Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El juicio por el golpe de la cervecería comenzó el 26 de febrero de 1924, en la Corte Popular del primer distrito de Munich, en la Blutenburgstrasse o calle de Blutenburgo o calle de la ciudad sangrienta (digo yo...) El público de la sala no se puede decir que tuviese muchas ganas de que el acusado fuese condenado; más bien todo lo contrario. El magistrado presidente del tribunal era un juez entonces de 53 palos llamado Georg Neihardt; conspicuo miembro del muy poblado estamento judicial bávaro bastante más que de derechas. Neihardt había conmutado ya la pena de muerte con que había sido condenado el conde Arco-Valley, asesino del comunista Kurt Eisner; en el auto de conmutación, justificó su decisión en el “intenso amor del condenado por su madre patria”. Tenía consigo, en el tribunal, a dos jueces profesionales más, además de dos jueces populares o legos y un, digámoslo en lenguaje taurino, sobresaliente. Neihardt acabó uniéndose al NSDAP en 1933 y fue objeto tras la guerra de un proceso de des nazificación en el que intentaron embargarle unas propiedades, aunque aparentemente apeló y lo paró.
Hitler entró en la sala a las ocho
y media de la mañana. Ocupó el banquillo de los acusados junto con sus otros
nueve compañeros de partida: general Enrich Ludendorff; Wilhelm Frick; Ernst
Röhm; Friedich Weber (estos tres últimos, acusados de alta traición); Robert
Wagner; Ernst Pöhner; Heinz Pernet; Wilhelm Brückner; y Hermann Krieber, éstos
últimos acusados de un delito menos grave de asistencia a la traición. Había,
pues; golpistas, traidores y traidores auxiliares.
El fiscal fue Hans Ehard; aunque,
técnicamente, Erhard lo que era, era el machaca del fiscal jefe, Ludwig
Stenglein. Ehard, que era una especie de Pío Cabanillas a la alemana y, por lo
tanto, dominaba los resortes adecuados para estar cerca del poder pero sin
quemarse, se uniría durante los años del nazismo a la Asociación de Jueces
Nacionalsocialistas; pero, como digo con notable inteligencia, no se apuntó al
NSDAP. En consecuencia, la des nazificación lo dejó en paz y le permitió
desarrollar una próspera carrera política en la CSU, es decir, la democracia
cristiana bávara; lo que le llevó en 1962 a convertirse en el Ayuso bávaro, es
decir, ministro-presidente del land. Su jefe Stenglein, que habría de oponerse
con cajas destempladas a la salida en libertad condicional de Hitler, acabó
entrando en el NSDAP en 1933; fue des nazificado por la Parca en 1936.
Tanto Stenglein como Erhard
defendieron que el juicio debía celebrarse a puerta cerrada. Argumentaron que
los detalles del golpe de Estado eran muy sensibles para ser conocidos por todo
el mundo. En mi opinión, habían sido aleccionados por Kahr en este sentido,
temeroso como estaba el hombre fuerte del gobierno bávaro de que se aireasen
sus, digamos, momentos de debilidad golpista. La defensa de Hitler, obviamente,
quería que Al Jazzera retransmitiese el
juicio las 24 horas como Gran Hermano. Neihardt acabó por decidir que sólo
algunos aspectos de la fase probatoria se ventilarían bajo llave. Ésta fue la
primera gran victoria de Hitler, quien esperaba que el juicio contra él se
convirtiese en un juicio sobre qué habían hecho, y qué no, los tres de la bencina
(que si a estas alturas todavía no sabéis que eran Kahr, Seisser y Lossow, me
parece que tenéis que repetir el FFC o Führer First Certificate).
Como no podía ser de otra manera
habiendo un tipo tan, que diríamos hoy, mediático como Adolfo, Hitler se
convirtió inmediatamente en el perejil de todas las salsas en aquella sala.
Siguiendo los elementos procesales bávaros, al inicio del juicio los acusados
tenían derecho a hacer una intervención propia, distinta de la de sus abogados.
Ese tipo de intervenciones que, en España, todo abogado penalista con una
mínima experiencia te aconseja que no aproveches. Pero, claro, lo que tú eres,
es un ciudadano acusado de conducción temeraria por saltarte un semáforo.
Hitler era distinto que tú, y estaba en otra situación Su intervención de
salida duró tres horas. En el juicio tendría que haber estado acusado Fidel
Castro para poder superarlo. Y no decepcionó. Hitler se autodefinió como “un
enemigo comprometido de los judíos”, enemigo mortal del marxismo, y de la
democracia de Weimar. Sabía bien donde estaba, y sabía que sus palabras,
publicadas en la prensa matutina del día siguiente, caerían como estiércol en campo
inseminado. El movimiento nacionalsocialista, continuó, ha nacido para salvar a
Alemania. Acto seguido, negó con cajas destempladas la imputación de alta
traición. Esto no era así, dijo, porque los tres hombres que manejaban y
ostentaban el poder en Baviera (o sea: Kahr, Seisser y Lossow) habían estado en
el ajo desde el primer sofrito.
El día 29, ante una expectación,
si no nacional (de toda Alemania) sí estatal (de toda Baviera), habló el héroe
de guerra Ludendorff. También habló tres horas. Hay que decir, en este sentido,
que, aunque yo creo que es tradición ya perdida entre los alemanes de perfil
público, porque hoy en día escuchas a la Von der Mierden y te parece estar
escuchando a una estudiante del Cambridge Advance, los alemanes siempre han
tenido mucha tradición de hablar y hablar, y hablar bien además. En mi opinión,
de todos los políticos a los que yo he escuchado hablar en directo, el más
impresionante de todos ha sido Helmut Kohl. Esta habilidad o costumbre, además,
hace especialmente difícil seguirles, a causa de la especial sintaxis del
alemán. Muy conocida es la anécdota del intérprete de Otto von Bismarck. En una
recepción oficial, el canciller alemán estaba hablando con unos extranjeros, y
el intérprete traducía. Pero el caso es que Bismarck llevaba dos minutos
hablando, y el intérprete seguía impertérrito. Los extranjeros le preguntaron
que si no traducía nada, y él contestó, calmo: “es que estoy esperando al
verbo”.
Ludendorff admitió que era
partidario del regreso del káiser y desató un furibundo ataque contra la
república de Weimar y la Iglesia católica, que consideraba implicada en ella.
Eso sí: negó saber nada del golpe con antelación. Y de Hitler dijo que era “un
autor de eslóganes y un aventurero que no me ha entendido y que, además, me ha
mentido”.
Este momento: el momento en que un
héroe de guerra le negó a Hitler el beneficio de su amistad y complicidad, fue,
probablemente, el momento políticamente más bajo de la carrera de quien sería
el amo de Alemania y de los alemanes.
Los obvios testigos principales de
la acusación eran el trío de gobernantes bávaros formado por Kahr, Seisser y
Lossow. Los tres consiguieron declarar en sesión secreta. Otto von Lossow fue
interrogado durante más de seis horas. Las dedicó, sobre todo, a desmentir la
idea de que el triunvirato tenía algún tipo de connivencia con Hitler. Detrás
de él, Gustav Ritter von Kahr negó tener la intención de participar en nada con
Hitler; pero admitió, presionado por testimonios manejados por la defensa, que
había tenido conversaciones con altos mandos militares en las que había
fantaseado con un cambio de régimen. En general, Kahr, siempre que pudo, se
negó a contestar a la defensa arguyendo razones de seguridad estatal. Asimismo,
fue extremadamente vago en los detalles de su deposición. Todas las fechas,
horas y lugares eran aproximados, eso si los recordaba.
Hans Ritter von Seisser admitió en
su interrogatorio que consideraba que Hitler era un excelente retórico. Sin
embargo, en sus contestaciones estuvo preciso, tranquilo y sin incongruencias.
Fue, de largo, quien más hizo por hacer creíble el testimonio del triunvirato.
Finalmente, tuvo un enfrentamiento frontal en la sala con Hitler. El líder del
NSDAP, obviamente defendiendo la idea de que Von Seisser había estado
discutiendo las posibilidades del golpe con él, le dijo que era un hombre sin
honor. Seisser, teatralmente, cogió su portafolios, se levantó y salió de la
sala sin tener para ello permiso del juez; lo que le valió una multa de 60
marcos.
El juicio de Hitler fue informado
en la Prensa de todo el mundo. El 27 de marzo, después de cuatro semanas de
espectáculo, Hitler pronunció su alegato final. Estuvo inapetente: una hora
nada más. Recordó que la república de Weimar no era sino la forma que
socialistas y judíos habían encontrado para apuñalar por la espalda a Alemania.
También añadió que, por su parte, el respeto a la ley no regresaría hasta que
viese al presidente de la república en el banquillo, acusado de alta traición.
El 1 de abril, el juez Neihardt
leyó la sentencia. Adolf Hitler Poezl era sentenciado por alta traición a cinco
años de prisión, con la reducción de cuatro meses de prisión preventiva; lo
cual lo hacía candidato a salir bajo palabra en seis meses. Neihardt rechazó la
petición de los fiscales de que, tras cumplir su sentencia, Hitler fuese
deportado a Austria. También le impuso una multa de 200 marcos-oro,
El general Erich Ludendorff, que
se presentó en la sala a escuchar la sentencia con todas sus chapas colgando de
la pechera, fue declarado inocente de todos los cargos. Kriebel, Weber y Pöhner
fueron sentenciados por alta traición, con la misma pena que Hitler. Röhm,
Brückner, Pernet, Wagner y Frick fueron encontrados culpables de auxilio a la
traición, y recibieron penas de 15 meses de prisión cada uno, más una multa de
100 marcos-oro. Esto suponía que todos ellos, nada más terminar el juicio,
salían bajo palabra.
Como no puede ser de otra manera,
la Prensa alemana de izquierdas consideró que la sentencia era una mierda. Y,
las cosas como son, tenían razón. Yo no soy juez; pero creo que me llega la
neurona para entender que hay dos alternativas: o decides que alguien ha
cometido alta traición contra el Estado, momento en el que le tienes que meter
un sentención; o, si no lo quieres en la cárcel, entonces tienes que decidir
que no cometió alta traición. Pero
este pastiche, medio carne, medio pescado, es un poco la leche.
Y lo que es peor: el hecho de que
los periódicos en todo el mundo comentasen la sentencia, aunque fuese para
criticarla, hizo de Adolf Hitler un fenómeno mundial. De hecho, Göbels es
el primero que, en su diario, se muestra tope contento con el juicio en sí y
sus resultados. Hitler se había convertido en un mártir de la causa y, además, la jugada le salía casi gratis.
Una semana después de explotada la
bomba Hitler, Carlos Dawes entregaba en París a la Comisión de Reparaciones su
informe definitivo. Las cosas que dice ese peiper son lo que normalmente
conocemos como Plan Dawes. Un esquema que, sin fijar una cifra máxima de pagos
de reparaciones, trataba de diseñar las condiciones en las que Alemania habría
de ser capaz de pagar lo que tenía que pagar, restaurando su total soberanía
económica y fiscal, y eliminando la espada de Damocles de las medidas
punitivas.
Como ya sabemos por las primeras
conclusiones del análisis del Comité Dawes, el principal problema que estos
expertos financieros trataron de solucionar fue el incremento de la capacidad
del gobierno alemán a la hora de allegar recursos. La recomendación fundamental
del esquema propuesto fue que el plan de pagos sería cofinanciado por una
emisión de bonos del sistema ferroviario, por un valor de 11.000 millones de
marcos-oro, y emisiones de títulos por parte de industrias diversas por valor
de 5.000 millones de marcos-oro. Todo ello más un impuesto sobre el transporte,
otro sobre las ventas (una especie de IVA, pues) y otros impuestos especiales
sobre el alcohol, el tabaco, la cerveza y el azúcar. En otras palabras: el Plan
Dawes comportaba un importante incremento del coste de la vida para los
alemanes que fumaban, bebían y tomaban bollos; o sea, todos menos los anacoretas.
Todos los ingresos procedentes de
estas fuentes se canalizarían a través de un nuevo banco establecido en Berlín,
administrado por el Reichsbank, con un presidente alemán y una alta dirección
formada por un director general también alemán y un consejo de vigilancia con
siete miembros alemanes y siete extranjeros (que supongo que ya os habréis
imaginado que no eran etíopes). Este Banco de Billete-Oro se ocuparía de
recaudar toda esa pasta surplus. Un
agente internacional de pagos, nombrado por los aliados, sería el responsable
de sacar el la pasta del banco y distribuirla entre los acreedores. Para este
cargo se escogió al estadounidense Seymour Parker Gilbert, un tipo tan
disciplinado y sistemático que el mote por el que fue conocido durante casi
toda su vida fue “La Máquina Pensante”.
En el marco de toda esta movida,
se aprobó un nuevo calendario de pagos. Los pagos empezarían por 1.000 millones
de marcos-oro en 1924, ayudados por un préstamo de 800 millones concedidos por
instituciones financieras de Wall Street lideradas por YiPi Morgan. Al año
siguiente los pagos subirían a 1.200 kilos, igual en 1927, 1.750 millones en
1928 y 2.500 millones en 1929.
El 11 de abril, la Comisión de
Reparaciones preguntó al gobierno alemán por su opinión sobre el Plan Dawes.
Stresemann tardó apenas un día en contestar que le parecía bien. El 26 de abril
respondieron los aliados. La respuesta francesa, pasivo-agresiva y en tono
amargo, no era nada clara. Macronismo puro, pues. No se ofrecía compromiso
alguno de abandonar Renania, y recordaba que Francia exigía una evidencia
indiscutible de la voluntad de Alemania de pagar. Los británicos estaban de
acuerdo con el plan, como también lo estaban, en términos generales, belgas e italianos.
En Alemania, el Plan Dawes se
publicó en medio de una campaña electoral, ya que los alemanes habían sido
llamados a las urnas del 4 de mayo. El 13 de abril, Ebert había disuelto el
Reichstag. La ley de poderes especiales había vencido en su vigencia, y los
socialdemócratas habían dejado claro que no apoyarían una ampliación de la
misma.
Durante la campaña electoral
Stresemann, que no se olvide dirigía un partido de centro-derecha, permitió
introducir en su programa la idea de una Volkskaisertum;
una monarquía popular constitucional. Esto generó una inquietud de la hostia
fuera de Alemania, en el sentido de que uno de los principales apoyos del
gobierno Marx le estaba haciendo el caldo gordo a las derechas. Stresemann se
hizo entrevistar por The New York Times,
en la que trató de dejar claro su inmarcesible fidelidad a la república de
Weimar.
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