miércoles, mayo 20, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (43): La motosierra económica

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Del 3 al 20 de enero de 1930 se celebró la segunda conferencia de La Haya, a la que asistieron todos los participantes de la primera más los Estados Unidos, Austria, Bulgaria y Hungría. Alemania envió  a Julius Curtius, titular de Exteriores; Paul Moldenhauer, Finanzas; Josep Wirth, Territorios Ocupados; y Robert Schmidt, ministro de Economía.

Uno de los temas a discutir fueron las eventuales sanciones por impagos de Alemania. Curtius sugirió que el tema de los pagos fuese dejado de mano de la Corte Internacional de La Haya. Esto se aceptó, lo que automáticamente se cargó el artículo 430 de Versalles.

El siguiente tema de discusión fue la formación del Banco Internacional de Pagos. El 13 de enero, Hjalmar Schacht declaró que el Reichsbank no estaba dispuesto a participar en ese banco a menos que ciertos ajustes políticos se hiciesen de salida, incluyendo el poder de los aliados de imponer sanciones a Alemania. Moldenhauer terció recordando que una ley alemana podía obligar al Reichsbank a participar en BIP. Schacht aceptó, pero no se calló. El 7 de marzo, habría de dimitir como presidente del banco central, siendo sustituido por el ex canciller Hans Luther.

El 20 de enero, a la clausura de la conferencia, todos los países aceptaron los términos del Plan Young, acuerdo que cancelaba formalmente las cláusulas sobre reparaciones de guerra del tratado de Versalles, y ponía calendario a la evacuación de Renania el 30 de junio de aquel año. Así pues, la famosa frase “la humillación de Versalles explica el auge del nacionalsocialismo” tiene un pequeño problema de calendario. Para cuando Versalles fue liquidado, el NSDAP tenía 12 diputados.

El Reichstag ratificó el Plan Young por 266 contra 193 votos. Se presentó una moción de censura sobre el gobierno Müller, que se perdió. El presidente Hindenburg firmó el Plan Young el 13 de marzo.

Ahora, sin embargo, llegaban las consecuencias. El Plan Young liberaba a Alemania de ciertas culpas y de una espada de Damocles permanentemente pendiendo sobre su nuca. Pero no dejaba de ser un calendario de pagos que, indirectamente, lo que estaba exigiendo de Alemania era que organizase su sistema económico bajo bases racionales que, desde luego, iban a demandar sacrificios por parte de la sociedad. La demanda, sin embargo, llegó en el peor momento posible, cuando el país, como otros muchos, estaba viéndose sumido en la gravísima crisis económica provocada por el crash del 29. El principal problema era el millón y medio de desempleados, y creciendo; desempleados que, además, tal y como reconocían muchos altos funcionarios alemanes, en unos meses se quedarían sin seguro de desempleo, porque no habría dinero con qué pagarles. Una vez más, debo recordaros que el seguro de desempleo se diseñó en un caso más de como sea, que no tengo ni puta idea, flagrantemente infra financiado desde el minuto uno.

El 24 de marzo, Paul Moldenhauer, el casi nuevo ministro de Finanzas, introdujo un proyecto de ley en el Reichstag que autorizaba al Instituto del Reich para la Mediación Laboral y el Seguro de Desempleo el incremento de la cotización de empresarios y trabajadores del 3,5% al 4%. El Zentrum Heinrich Brüning introdujo una enmienda por la cual las cotizaciones no se movían y el déficit del sistema sería financiado con un préstamo de 150 millones de marcos; todo ello combinado con el compromiso de subir las cotizaciones en el futuro.

El canciller Müller, Zentrum, el DDP y el DVP estuvieron de acuerdo en esta fórmula, pero el SPD no. La propuesta venía a decir que si en el futuro la situación empeoraba habría que incrementar cotizaciones o reducir prestaciones; y esto era algo que los socialdemócratas no podían aceptar. Müller, entonces, ofreció un incremento de cotizaciones sólo con la puntita, hasta el 3,75%. La mayoría del gabinete estaba por ello, pero no el ministro de Trabajo, Rudolf Wissell, quien dijo que sin el consenso del grupo parlamentario del SPD allí no se movía un dedo.

El 27 de marzo, el grupo parlamentario socialdemócrata llegó, reunió, vio y rechazó. Müller, totalmente acuciado por una situación en la que el seguro de desempleo, de no verse financieramente disciplinado de alguna manera, corría el peligro de hacer capotar toda la capacidad alemana de realizar los pagos a los que se había comprometido, comenzó a coquetear con la idea de irse a ver a Hindenburg para pedirle que sacase a pasear el artículo 48 de la Constitución e impusiese la reforma del seguro de desempleo mediante una enmienda PMC (Por Mis Cojones). Meissner, que era el representante de la presidencia en las reuniones del consejo de ministros, le dijo a Müller delante de todos que Hindenburg no estaba dispuesto a garantizarle sus poderes especiales a aquel gobierno. O sea: no dijo: hacer eso sería antidemocrático. Dijo: no me fio de ti para estas cosas.

Accordingly, el gobierno Müller dimitió.

Con el final de aquel gobierno promovido y dirigido por el SPD, como ya os he dicho, toda la combinatoria política posible de la república de Weimar se había agotado. Todas las combinaciones posibles incluso en un sistema político tan rico como el alemán entonces, en el que jugaban literalmente decenas de partidos, se había agotado. Se había probado la coalición social, la coalición burguesa, las grandes coaliciones, las coaliciones de hombres buenos, de zurdos, de protésicos, todo. Ninguna de esas combinaciones había logrado la estabilidad porque, las cosas como son, los intereses de los partidos eran muy divergentes; y todos ellos estaban en las coaliciones por la misma razón por la que los políticos las montan: porque están convencidos de que podrán engañar al resto de socios.

Las cosas como son, el SPD ya había dado pruebas sobradas de su cansancio cuando había asumido que la caída de su ministro de Finanzas sería cubierta con un ministro de un partido que apestaba a CEOE. Allí ya nadie creía básicamente en nada. La república de Weimar, eso sí, había conseguido plenamente uno de sus objetivos, que era desactivar a espoleta revolucionaria del socialismo alemán. Pero poco más.

No había pasado ni una hora desde la dimisión de Müller, y Meissner estaba ya telefoneando a Brüning para decirle que el presidente le invitaba a crear un gabinete “sin las ataduras partidarias”. Le dijo que fuese a ver a Hindenburg esa misma tarde; pero Brüning le dijo, con educación eso sí, que con quien se tenía que reunir él no era con el viejo crepuscular ése, sino con su grupo parlamentario.

Hindenburg y Brüning se vieron finalmente el 28 de marzo. El presidente le dijo que no creía que la solución pudiera estar en un gobierno basado en una coalición parlamentaria. Que había dejado de creer que la solución pudiera estar en el edificio del Reichstag. Y le dijo: “serás mi último canciller, y yo nunca te abandonaré”. Afirmación que, viniendo de un político como Hindenburg era ya, debería mover a cualquier persona con dos neuronas a levantarse y salir echando bolitas de café por el orto hasta cruzar la frontera.

El católico, sin embargo, se ablandó. Supongo que esperó unos segundos a ver si Dios le enviaba alguna señal; pero se ve que no estaba online. Entonces Hindenburg comenzó a demostrar que allí el que había pensado era él, o más bien su equipo. Mantendrás, le dijo, a Groener en Defensa, y a Georg Schätzel (DVP) en el Ministerio Postal. Debes invitar al gabinete a Martin Schiele (DNVP) para que anuncie un programa de emergencia para el medio rural (Schiele dimitió como diputado del DNVP cuando fue nombrado). Hindenburg quería en el gobierno a otro disidente del DNVP, Gottfried  Treviranus, que como os he dicho había fundado el Konservative Volkspartei o KVP.

Heinrich Brüning se convirtió en canciller el 30 de marzo. Al final retuvo siete ministros del gobierno anterior: Hermann Dietrich (DDP, vicecanciller y ministro de Economía); Julius Curtius (DVP, Exteriores); Paul Moldenhauer (DVP, Finanzas); Georg Schätzel (BVP, Correos); Wilhelm Groener (independiente, Defensa); Adam Stegewald (Zentrum, Trabajo); y Theodor von Guérard (Zentrum, Transportes). Los nuevos, todos procedentes de la derecha, eran: Johann Bredt (Wirtsschaftspartei o Partido de las Clases Medias, Justicia); Martin Schiele (disidente del DNVP).

Brüning dejó claro ante el Reichstag que, como primera providencia, no habría cambio en la política exterior (el hecho que era la verdadera piedra de toque de todo gobierno alemán en ese momento). Y también le dijo al parlamento que en el momento en que se le pusieran gallitos, convocaría elecciones. La contestación inmediata fue una moción de censura del SPD, que fue apoyada por el KPD. Rudolf Breitscheid, el Patxi López del momento, fue muy duro al reprocharle al canciller sus formas de chulo de aldea; pero, en el fondo, sabía que tenía la sartén por el mango. Aunque el SPD sabía que no podía perder gran cosa en unas nuevas elecciones, también sabía que de las urnas no iba a salir una situación suficientemente estable como para permitir un gobierno que también lo fuese. En medio de una crisis económica, además, ir a las urnas es siempre una apuesta muy jodida.

En todo caso, de quien dependía Brüning en mayor medida era del DNVP. La mayoría de los diputados de este partido era proclive a apoyar al canciller, sobre todo porque había prometido ayudas financieras para el campo. Alfred Hugenberg, sin embargo, decía y repetía que su partido no tenía ningún compromiso con aquel gobierno. En todo caso, el 3 de abril, la moción de censura fue rechazada por 253 votos contra 187, con el DNVP convirtiéndose en el gran avalista del proyecto de Hindenburg.

Brüning, por lo demás, no había llegado al gobierno precisamente para repartir Kalise para todos. El 12 de abril llevó al Reichstag, que lo aprobó por un cortacabeza (217-206) un plan de austeridad pública con incrementos de impuestos, sobre todo los indirectos. Y uno especialmente doloroso: un aumento del 50% en el impuesto sobre la cerveza. Medidas que encabronaban al personal pero que, con un déficit público de 436 millones de marcos, causado en buena medida por aquella introducción poco meditada del seguro de desempleo, no dejaban de ser intentar derribar la Muralla China con un cepillo de dientes. 

Por ello, el 5 de junio el gobierno tuvo que aprobar un nuevo plan presupuestario. Aquí fue donde Moldenhauer se desplegó con una serie de medidas de gran austeridad, incluyendo un impuesto especial del 10% de la renta para los hombres solteros (lo que se podría llamar el Impuesto o Follas o Pagas); impuestos extras sobre los salarios y sobre los variables de los directivos. Por supuesto, se propuso un incremento de la cotización por desempleo, al 4,5% tanto para empresarios como para trabajadores. En corto: el Estado esperaba quedarse con todas las mejoras salariales que se pactasen en las empresas por la crisis, y aún más aún.

Moldenhauer tuvo la gran virtud de encabronar a todo el mundo. A las izquierdas, porque su paquete fiscal le ponía más difícil la supervivencia a las clases más modestas. Y a las derechas, porque el mordisco en las stock options de los directivos les pegaba un torpedo en la línea de flotación; por no mencionar que toda la sociedad alemana alucinó con la propuesta de que los hombres no casados tuviesen que pagar por ello un impuesto (aunque no hay noticias de que las feministas protestasen porque a ellas no se les aplicase). Moldenhauer, miembro él mismo del DVP, era, pues, un Garamierdi de la vida, y todo aquello le enfrentó con su logia. Así que el 18 de junio, harto de recibir fotopollas en su móvil, decidió dimitir. Fue reemplazado por el vicecanciller, Hermann Dietrich, que era un DDP. El debate interno y externo al gobierno, sin embargo, no cedió momento. Adam Stegerwald, titular de Trabajo, comenzó a desmentir con cajas destempladas que la financiación del seguro de desempleo estuviese causando el desequilibrio de las cuentas públicas (noniná). Hugenberg le contestó aseverando algo así como que el seguro de desempleo estaba herido de muerte.

En este ambiente, el 22 de junio el Estado Libre de Sajonia celebró elecciones propias, en las cuales, para sorpresa de todo el mundo, el NSDAP se sacó el 14,4% de los votos. En un hecho sicológico que dejó a los kancilleres y gonzalomirós de la época pijarriba, las gentes de Adolf Hitler habían quedado incluso por delante de los comunistas (13,6%). Como decía la niña de Poltergeist: “Ya están aquíiii...” Llegaron pronto los análisis. Los nacionalsocialistas habían ganado votos, evidentemente, a costa del DNVP, del DVP pero, ojo, también del DDP. Es decir, rascaban votos incluso entre las clases medias de centro-izquierda.

Un gobierno desesperadamente necesitado de buenas noticias, por fin las tuvo. El 30 de junio, los aliados terminaron la evacuación de Renania. Eso sí, el Saar, con sus ricas minas, seguía sin haber vuelto a manos alemanas, algo que Hindenburg se apresuró a recordar.

El 9 de julio, el gobierno encontró un punto de consenso en la propuesta de Hermann Dietrich de imponer un impuesto nuevo adicional del 2,5% que pagarían todos los funcionarios públicos, más un bautizado “impuesto de ciudadanía” que no dependía de los ingresos. Era, literalmente, una tasa por ser alemán. El 15 de julio, Brüning fue al Reichstag a presentar el paquete financiero. Para entonces, su lenguaje había cambiado. Ya no amenazaba con elecciones. Ahora dijo que si el Reichstag no le aprobaba las medidas, el gobierno “tomará todas las medidas constitucionalmente posibles para sacar adelante sus planes presupuestarios”. O sea, se sacó el artículo 48 del culo. Impasibles los alemanes, el Reichstag le derrotó a Dietrich sus dos impuestos 256 contra 193, con los votos en contra de socialdemócratas, comunistas, muchos nacionalistas de derechas y los nacionalsocialistas.

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