Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Del 3 al 20 de enero de 1930 se celebró la segunda conferencia de La Haya, a la que asistieron todos los participantes de la primera más los Estados Unidos, Austria, Bulgaria y Hungría. Alemania envió a Julius Curtius, titular de Exteriores; Paul Moldenhauer, Finanzas; Josep Wirth, Territorios Ocupados; y Robert Schmidt, ministro de Economía.
Uno de los temas a discutir fueron las eventuales sanciones
por impagos de Alemania. Curtius sugirió que el tema de los pagos fuese dejado
de mano de la Corte Internacional de La Haya. Esto se aceptó, lo que
automáticamente se cargó el artículo 430 de Versalles.
El siguiente tema de discusión fue la formación del Banco
Internacional de Pagos. El 13 de enero, Hjalmar Schacht declaró que el
Reichsbank no estaba dispuesto a participar en ese banco a menos que ciertos
ajustes políticos se hiciesen de salida, incluyendo el poder de los aliados de
imponer sanciones a Alemania. Moldenhauer terció recordando que una ley alemana
podía obligar al Reichsbank a participar en BIP. Schacht aceptó, pero no se
calló. El 7 de marzo, habría de dimitir como presidente del banco central,
siendo sustituido por el ex canciller Hans Luther.
El 20 de enero, a la clausura de la conferencia, todos los
países aceptaron los términos del Plan Young, acuerdo que cancelaba formalmente
las cláusulas sobre reparaciones de guerra del tratado de Versalles, y ponía
calendario a la evacuación de Renania el 30 de junio de aquel año. Así pues, la
famosa frase “la humillación de Versalles explica el auge del
nacionalsocialismo” tiene un pequeño problema de calendario. Para cuando
Versalles fue liquidado, el NSDAP tenía 12 diputados.
El Reichstag ratificó el Plan Young por 266 contra 193
votos. Se presentó una moción de censura sobre el gobierno Müller, que se
perdió. El presidente Hindenburg firmó el Plan Young el 13 de marzo.
Ahora, sin embargo, llegaban las consecuencias. El Plan
Young liberaba a Alemania de ciertas culpas y de una espada de Damocles
permanentemente pendiendo sobre su nuca. Pero no dejaba de ser un calendario de pagos que, indirectamente, lo que
estaba exigiendo de Alemania era que organizase su sistema económico bajo bases
racionales que, desde luego, iban a demandar sacrificios por parte de la
sociedad. La demanda, sin embargo, llegó en el peor momento posible, cuando el
país, como otros muchos, estaba viéndose sumido en la gravísima crisis
económica provocada por el crash del 29. El principal problema era el millón y
medio de desempleados, y creciendo; desempleados que, además, tal y como
reconocían muchos altos funcionarios alemanes, en unos meses se quedarían sin
seguro de desempleo, porque no habría dinero con qué pagarles. Una vez más,
debo recordaros que el seguro de desempleo se diseñó en un caso más de como sea, que no tengo ni puta idea,
flagrantemente infra financiado desde el minuto uno.
El 24 de marzo, Paul Moldenhauer, el casi nuevo ministro de
Finanzas, introdujo un proyecto de ley en el Reichstag que autorizaba al
Instituto del Reich para la Mediación Laboral y el Seguro de Desempleo el
incremento de la cotización de empresarios y trabajadores del 3,5% al 4%. El
Zentrum Heinrich Brüning introdujo una enmienda por la cual las cotizaciones no
se movían y el déficit del sistema sería financiado con un préstamo de 150
millones de marcos; todo ello combinado con el compromiso de subir las cotizaciones
en el futuro.
El canciller Müller, Zentrum, el DDP y el DVP estuvieron de
acuerdo en esta fórmula, pero el SPD no. La propuesta venía a decir que si en
el futuro la situación empeoraba habría que incrementar cotizaciones o reducir prestaciones; y esto era algo
que los socialdemócratas no podían aceptar. Müller, entonces, ofreció un
incremento de cotizaciones sólo con la puntita, hasta el 3,75%. La mayoría del
gabinete estaba por ello, pero no el ministro de Trabajo, Rudolf Wissell, quien
dijo que sin el consenso del grupo parlamentario del SPD allí no se movía un
dedo.
El 27 de marzo, el grupo parlamentario socialdemócrata
llegó, reunió, vio y rechazó. Müller, totalmente acuciado por una situación en
la que el seguro de desempleo, de no verse financieramente disciplinado de
alguna manera, corría el peligro de hacer capotar toda la capacidad alemana de
realizar los pagos a los que se había comprometido, comenzó a coquetear con la
idea de irse a ver a Hindenburg para pedirle que sacase a pasear el artículo 48
de la Constitución e impusiese la reforma del seguro de desempleo mediante una
enmienda PMC (Por Mis Cojones). Meissner, que era el representante de la
presidencia en las reuniones del consejo de ministros, le dijo a Müller delante
de todos que Hindenburg no estaba dispuesto a garantizarle sus poderes
especiales a aquel gobierno. O sea:
no dijo: hacer eso sería antidemocrático. Dijo: no me fio de ti para estas
cosas.
Accordingly, el
gobierno Müller dimitió.
Con el final de aquel gobierno promovido y dirigido por el
SPD, como ya os he dicho, toda la combinatoria política posible de la república
de Weimar se había agotado. Todas las combinaciones posibles incluso en un
sistema político tan rico como el alemán entonces, en el que jugaban
literalmente decenas de partidos, se había agotado. Se había probado la
coalición social, la coalición burguesa, las grandes coaliciones, las
coaliciones de hombres buenos, de zurdos, de protésicos, todo. Ninguna de esas
combinaciones había logrado la estabilidad porque, las cosas como son, los
intereses de los partidos eran muy divergentes; y todos ellos estaban en las
coaliciones por la misma razón por la que los políticos las montan: porque
están convencidos de que podrán engañar al resto de socios.
Las cosas como son, el SPD ya había dado pruebas sobradas de
su cansancio cuando había asumido que la caída de su ministro de Finanzas sería
cubierta con un ministro de un partido que apestaba a CEOE. Allí ya nadie creía
básicamente en nada. La república de Weimar, eso sí, había conseguido
plenamente uno de sus objetivos, que era desactivar a espoleta revolucionaria
del socialismo alemán. Pero poco más.
No había pasado ni una hora desde la dimisión de Müller, y
Meissner estaba ya telefoneando a Brüning para decirle que el presidente le
invitaba a crear un gabinete “sin las ataduras partidarias”. Le dijo que fuese
a ver a Hindenburg esa misma tarde; pero Brüning le dijo, con educación eso sí,
que con quien se tenía que reunir él no era con el viejo crepuscular ése, sino con
su grupo parlamentario.
Hindenburg y Brüning se vieron finalmente el 28 de marzo. El
presidente le dijo que no creía que la solución pudiera estar en un gobierno
basado en una coalición parlamentaria. Que había dejado de creer que la
solución pudiera estar en el edificio del Reichstag. Y le dijo: “serás mi
último canciller, y yo nunca te abandonaré”. Afirmación que, viniendo de un
político como Hindenburg era ya, debería mover a cualquier persona con dos
neuronas a levantarse y salir echando bolitas de café por el orto hasta cruzar
la frontera.
El católico, sin embargo, se ablandó. Supongo que esperó
unos segundos a ver si Dios le enviaba alguna señal; pero se ve que no estaba
online. Entonces Hindenburg comenzó a demostrar que allí el que había pensado
era él, o más bien su equipo. Mantendrás, le dijo, a Groener en Defensa, y a
Georg Schätzel (DVP) en el Ministerio Postal. Debes invitar al gabinete a
Martin Schiele (DNVP) para que anuncie un programa de emergencia para el medio
rural (Schiele dimitió como diputado del DNVP cuando fue nombrado). Hindenburg
quería en el gobierno a otro disidente del DNVP, Gottfried
Treviranus, que como os he dicho había fundado el Konservative Volkspartei o KVP.
Heinrich Brüning se convirtió en canciller el 30 de marzo. Al final retuvo siete ministros del gobierno anterior: Hermann Dietrich (DDP, vicecanciller y ministro de Economía); Julius Curtius (DVP, Exteriores); Paul Moldenhauer (DVP, Finanzas); Georg Schätzel (BVP, Correos); Wilhelm Groener (independiente, Defensa); Adam Stegewald (Zentrum, Trabajo); y Theodor von Guérard (Zentrum, Transportes). Los nuevos, todos procedentes de la derecha, eran: Johann Bredt (Wirtsschaftspartei o Partido de las Clases Medias, Justicia); Martin Schiele (disidente del DNVP).
Brüning dejó claro ante el Reichstag que, como primera providencia, no habría
cambio en la política exterior (el hecho que era la verdadera piedra de toque
de todo gobierno alemán en ese momento). Y también le dijo al parlamento que en
el momento en que se le pusieran gallitos, convocaría elecciones. La
contestación inmediata fue una moción de censura del SPD, que fue apoyada por
el KPD. Rudolf Breitscheid, el Patxi López del momento, fue muy duro al
reprocharle al canciller sus formas de chulo de aldea; pero, en el fondo, sabía
que tenía la sartén por el mango. Aunque el SPD sabía que no podía perder gran
cosa en unas nuevas elecciones, también sabía que de las urnas no iba a salir
una situación suficientemente estable como para permitir un gobierno que
también lo fuese. En medio de una crisis económica, además, ir a las urnas es
siempre una apuesta muy jodida.
En todo caso, de quien dependía Brüning en mayor medida era
del DNVP. La mayoría de los diputados de este partido era proclive a apoyar
al canciller, sobre todo porque había prometido ayudas financieras para el
campo. Alfred Hugenberg, sin embargo, decía y repetía que su partido no tenía
ningún compromiso con aquel gobierno. En todo caso, el 3 de abril, la moción de
censura fue rechazada por 253 votos contra 187, con el DNVP convirtiéndose en
el gran avalista del proyecto de Hindenburg.
Brüning, por lo demás, no había llegado al gobierno
precisamente para repartir Kalise para todos. El 12 de abril llevó al
Reichstag, que lo aprobó por un cortacabeza (217-206) un plan de austeridad
pública con incrementos de impuestos, sobre todo los indirectos. Y uno
especialmente doloroso: un aumento del 50% en el impuesto sobre la cerveza.
Medidas que encabronaban al personal pero que, con un déficit público de 436
millones de marcos, causado en buena medida por aquella introducción poco
meditada del seguro de desempleo, no dejaban de ser intentar derribar la
Muralla China con un cepillo de dientes.
Por ello, el 5 de junio el gobierno tuvo que aprobar un
nuevo plan presupuestario. Aquí fue donde Moldenhauer se desplegó con una serie
de medidas de gran austeridad, incluyendo un impuesto especial del 10% de la
renta para los hombres solteros (lo que se podría llamar el Impuesto o Follas o Pagas); impuestos
extras sobre los salarios y sobre los variables de los directivos. Por
supuesto, se propuso un incremento de la cotización por desempleo, al 4,5% tanto
para empresarios como para trabajadores. En corto: el Estado esperaba quedarse
con todas las mejoras salariales que se pactasen en las empresas por la crisis,
y aún más aún.
Moldenhauer tuvo la gran virtud de encabronar a todo el
mundo. A las izquierdas, porque su paquete fiscal le ponía más difícil la
supervivencia a las clases más modestas. Y a las derechas, porque el mordisco
en las stock options de los directivos les pegaba un torpedo en la línea de
flotación; por no mencionar que toda la sociedad alemana alucinó con la
propuesta de que los hombres no casados tuviesen que pagar por ello un impuesto
(aunque no hay noticias de que las feministas protestasen porque a ellas no se
les aplicase). Moldenhauer, miembro él mismo del DVP, era, pues, un Garamierdi
de la vida, y todo aquello le enfrentó con su logia. Así que el 18 de junio,
harto de recibir fotopollas en su móvil, decidió dimitir. Fue reemplazado por
el vicecanciller, Hermann Dietrich, que era un DDP. El debate interno y externo
al gobierno, sin embargo, no cedió momento. Adam Stegerwald, titular de
Trabajo, comenzó a desmentir con cajas destempladas que la financiación del
seguro de desempleo estuviese causando el desequilibrio de las cuentas públicas
(noniná). Hugenberg le contestó
aseverando algo así como que el seguro de desempleo estaba herido de muerte.
En este ambiente, el 22 de junio el Estado Libre de Sajonia
celebró elecciones propias, en las cuales, para sorpresa de todo el mundo, el
NSDAP se sacó el 14,4% de los votos. En un hecho sicológico que dejó a los
kancilleres y gonzalomirós de la época pijarriba, las gentes de Adolf Hitler
habían quedado incluso por delante de los comunistas (13,6%). Como decía la
niña de Poltergeist: “Ya están
aquíiii...” Llegaron pronto los análisis. Los nacionalsocialistas habían ganado
votos, evidentemente, a costa del DNVP, del DVP pero, ojo, también del DDP. Es decir, rascaban votos incluso entre las clases
medias de centro-izquierda.
Un gobierno desesperadamente necesitado de buenas noticias,
por fin las tuvo. El 30 de junio, los aliados terminaron la evacuación de
Renania. Eso sí, el Saar, con sus ricas minas, seguía sin haber vuelto a manos
alemanas, algo que Hindenburg se apresuró a recordar.
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