martes, abril 21, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (24): Stresemann llega al poder

"


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


La invasión del Ruhr, obviamente, enervó las negociaciones para conseguir superar el stalemate en que estaba la cuestión del pago de las reparaciones. El 7 de junio, un gobierno alemán cada vez más a la defensiva envió una nueva nota. Proponía que la cuestión de lo que podía o no podía pagar el país se sometiese a un comité de expertos independientes. Asimismo, ofreció permitir la inspección militar en las industrias alemanas de toda la documentación financiera. Pero, sobre todo, por primera vez el Estado alemán ofrecía garantías sobre los pagos. Se ofrecía a formalizar una hipoteca sobre los activos considerados más valiosos en ese momento: la red ferroviaria y la infraestructura industrial (porque en la república de Weimar, como nunca había sido ministro Oskar Puenten, el ferrocarril era eficiente y puntual y, de hecho, era la infraestructura más valiosa del país). Con esa garantía, Alemania esperaba obtener un préstamo de 10.000 millones con el que garantizar buena parte de los pagos a corto plazo.

Esta nota fue muy positivamente valorada en Londres. Por fin los chucrut ponían dinero sobre la mesa. Los británicos vieron la nota, de hecho, como un cambio radical respecto de la de mayo. Sin embargo, los franceses valoraron sobre todo que no decía nada sobre la resistencia pasiva, es decir, los alemanes, en este tema, no pensaban aflojar. Este hecho llevó al gobierno Poincaré a rechazar los términos del documento en su totalidad. Los franceses nunca han sido muy sensibles a las sutilezas, salvo cuando las practican ellos. 

El gesto fue, como muchos de los gestos de los franceses cuando se creen en una posición sobrada, una torpeza. De hecho, yo creo que Cuno esperaba ese movimiento e, incluso, lo deseaba. El “no es no” de Francia colmó muchos vasos en la opinión pública internacional, y comenzó a convertir a los gabachos en los malos de la novela. El 27 de junio, el que siempre mete la zarpa cuando de dar por culo se trata, es decir, el Francisquito Pío Eleven, condenó la ocupación franco-belga, a la que acusó de estar labrando “la ruina de Europa”. Una pieza, como se ve, de pura literatura vaticana, creada por unos tipos que, a base de estar todo el puto día hablando del infierno, no son capaces de ponderar las cosas que dicen y escriben. Lo más importante para los alemanes fue que el PasPas se apuntaba a la idea de un comité de expertos internacionales que acordase la forma de arreglar aquel desaguisado.

El 29 de junio Poincaré tenía que comparecer en el Senado francés, y utilizó la cita para contestarle al SumoPon. Dijo que Francia no tenía ninguna intención de anexionarse el Ruhr permanentemente y, por lo tanto, vino a decir que el SantoPa le estaba llamando imperialista (a fuer de ser muy, muy técnicos, he de decir que, en mi opinión, Pío lo había acusado, más bien, de ser epirocrático); lo cual, apostilló el Poinca, era falso. Y terminó: “Francia seguirá en el Ruhr sólo hasta que Alemania pague sus deudas”. 

Efectivamente, Pío XI, que es un Papa que tiene mucha fama entre los papas pero, la verdad, no era demasiado lince en los temas de geopolítica internacional, había atacado a los franceses asumiendo que lo que querían era anexionarse Renania; posición con la que demostraba que no entendía la geopolítica del siglo XX, donde este tipo de cosas habían quedado desterradas, cuando menos en el mundo no comunista; y con la que, además, se colocaba en contra de las capas sociales francesas más conservadoras, que también eran las más fervientemente católicas. Por no hablar de los belgas, que en su vertiente camembert son más católicos que el cáliz de la catedral de Valencia (además de que, siendo valones, por lógica se rebotan con facilidad). Pero, bueno, eso a los francisquitos se les da una higa, pues siempre habrá alguien que se crea sus chorradas.

En el Reino Unido, Andrew Bonar no pasó la ITV de primer ministro, chuchurrío como estaba, así que fue sustituido por el primer conde de Baldwin de Bewdley, normalmente conocido como Stanley Baldwin. El flamante primer ministro hizo una declaración en la hausofcomons sobre el tema reparaciones. Interesado en colocarse, nunca mejor dicho, au dessus de la melée renana, Baldwin dijo que Reino Unido seguía reclamando que Alemania cumpliese prontamente con sus compromisos; pero que la invasión del Ruhr era una cosa muy fea que olía a caca. Dijo que la última nota alemana era una buena base para trabajar. Algunos días después, en su propio parlamento, Poincaré dijo, con más educación que yo eso sí, que el discurso de Baldwin era, básicamente, un compendio de subnormalidades.

A finales del mes de julio, la resistencia pasiva a la invasión del Ruhr, o más concretamente lo mucho que estaba costando, comenzaba a provocar críticas incluso dentro de Alemania. Al fin y al cabo, se estaba financiando a una región entera para que no currase. Cuno, sin embargo, le dijo al Reichstag que no pensaba aflojar. Vino a decir que, más pronto que tarde, la opinión pública internacional se rebelaría contra las condiciones francesas de pago y también la invasión. Y no le faltaban razones para pensarlo. El líder del laborismo británico, Ramsay MacDonald, intervino en los Comunes en agosto  criticando a ful la posición francesa.

La sensación en el gobierno británico de que en el asunto del Ruhr había consenso político le impulsó a mover ficha. El 11 de agosto, los británicos enviaron una nota en la que abandonaban lo que se conocía, y se conoce, como política de neutralidad benevolente hacia la invasión del Ruhr. El gobierno británico se posicionaba, negro sobre blanco, contra este movimiento, y lo declaraba ilegal en su opinión. Lo más importante para los franceses es que venía a decir que en el tema del Ruhr, Reino Unido podría actuar por su cuenta, sin sintonizarse con alguien.

En París, aquella nota cayó como chistorra mojada en salsa de jalapeños en estómago ulcerado. Los franceses se cogieron un cabreo monumental. El 20 de agosto, su gobierno, hay que reconocer que plenamente respaldado en esto por la sociedad francesa, envió una respuesta oficial a la nota británica. 78 páginas dedicadas a rebatir la afirmación de que la ocupación del Ruhr era ilegal; algo en lo que, en mi opinión, tenían toda la razón. Con el tratado de Versalles en la mano, la ocupación del Ruhr podría ser inmoral, que lo era, y contraproducente, que lo era mucho más. Pero lo que no era, es ilegal. Poincaré venía a decir que los alemanes tenían que abandonar la resistencia pasiva, punto; no podían esperar abandonarla a cambio de algo.

La nota británica de agosto de 1923 fue un ejemplo más de diplomacia Forinofis: apresurada, torpe, un tanto miope y, sobre todo, más preocupada por lo de dentro (la opinión pública británica) que de lo de fuera (aquello sobre lo que en verdad iba la nota); un poco como la posición actual de España en el tema de Gaza y la guerra de Irán. Pero, por sobre todas las cosas, lo que fue, fue contraproducente, porque movió al gobierno francés a enrocarse en su posición, negando algunos de los que, con el tiempo se vería, habían de ser los elementos fundamentales para solucionar el tema. Y me refiero al asunto de la comisión internacional de expertos. Movido por la ira y la decepción, el gobierno francés ni se planteó decir: de la nota inglesa me gusta esto pero no me gusta esto otro. Contestó: la nota, toda la nota, es una puta mierda.

Poincaré hizo esto, en buena medida, porque estaba convencido de que Alemania se estaba quedando sin fuelle para resistir. Y no le faltaba razón. Para cualquier observador medianamente imparcial estaba bastante claro que el gobierno Cuno cada vez estaba más solo en términos internos. El 9 de agosto hubo un cierre patronal de tiendas en Berlín para provocar su caída. El 10 de agosto, en una de esas medidas que mueven a pensar que el carácter democrático de la república de Weimar es, a veces, más que cuestionable, el presidente Ebert usó sus súper poderes constitucionales para prohibir la edición de panfletos llamando a la caída del gobierno. Sin embargo, había que estar ciego para no ver lo que estaba pasando. Hasta Hermann Müller, el líder del SPD, avalista del gobierno, hubo de reconocer en el Reichstag que la expansión garzonita de la masa monetaria había sido un desastre que no había solucionado nada. Los políticos, siempre elaborando sus críticas en ese punto en el que son ya, para todo el mundo, más evidentes que el mal olor de la mierda.

Solo, fané y descangallao, Wilhelm Cuno se fue a ver al presidente Ebert en las últimas horas de la tarde del 12 de agosto para decirle yo me abro, macho. A las 9,30 de la noche, Ebert le pidió al líder del DVP, Gustav Stresemann, que aceptase la labor de formar gobierno.

Stresemann estaba por la labor; pero sólo si podía coser una gran coalición. Para ello, necesitaba al SPD en el gobierno; necesitaba, por lo tanto, que el partido mayoritario de la izquierda decidiese, por mor de la emergencia nacional, aparcar las obvias diferencias ideológicas que tenía con formaciones políticas nacidas en los clubes elitistas de la gente de dinero. Supo encontrar el momento adecuado. El SPD se encontraba en una mala posición pues, al fin y al cabo, había sido avalista del experimento Cuno, que era ahora extremadamente impopular por los torrentes de pobreza con que había regado las cabezas de los alemanes. Colocarse ahora en el “no es no” podría haber sido catastrófico para ellos, y lo sabían.

Así las cosas, el primer gabinete Stresemann fue bendecido con una prez escasa en la Historia de Weimar: la presencia activa de hasta cuatro partidos políticos. El DVP puso dos miembros: el propio Stresemann como canciller, aunque terminaría por sustituir al independiente Hans von Rosenberg como ministro de Exteriores; y Hans von Raumer como titular de Asuntos Económicos. El SPD mojó cuatro veces: Robert Schmidt como vicecanciller y ministro de Reconstrucción; Wilhelm Sollmann como ministro del Interior; Rudolf Hilferding como ministro de Finanzas; y Gustav Radbruch en Justicia. Zentrum puso tres piezas: Heinrich Brauns en Trabajo; Anton Höfle en Correos; y Johannes Fuchs al frente del Ministerio, ahora creado, de Territorios Ocupados. El DDP, por último, contribuyó con dos ministros: Otto Gessler en Defensa y Rudolf Oester en Transporte. Además del ministro de Exteriores, otro miembro independiente era Hans Luther, en Alimentación y Agricultura.

En la votación de confianza del gobierno, ganada con holgura, 13 miembros del propio DVP se abstuvieron, poco convencidos por una fórmula de cogobernanza con los sucios socialistas. En todo caso, la principal oposición vino del DNVP; un partido que para entonces ya no se escondía, y que sostenía que la única solución para Alemania era una dictadura de corte derechista.

Esta idea no hacía sino recoger todo un sentimiento social en Alemania, acunado por la crisis económica. Dado que estas notas se llaman Cómo conocí a vuestro Führer y, consecuentemente, tienen por objetivo fundamental explicar por qué un austríaco de ideas políticamente borderline pudo llegar a ser el hombre de Alemania y los alemanes, es importante entender el sentimiento que iba creciendo en 1923, después del año 1922 que es, para mí, un momento pivotal en el proceso por el cual Adolf Hitler llegó a canciller.

Si contáis con cuidado, os daréis cuenta de que, a finales del verano de 1923, Gustav Stresemann se estaba convirtiendo en el octavo canciller de la república de Weimar desde su fundación. Entre el 9 de noviembre de 1919 y el 14 de agosto de 1923 (fecha del voto de confianza del primer gobierno Stresemann) habían pasado 1.374 días. Esto quiere decir que  la media era de un canciller cada 171 días; es decir, cada canciller había durado, como media, algo menos de seis meses.

Si eres de esas personas que todo lo ves desde el balcón del futuro y, por lo tanto, emites juicios hacia las decisiones de otros con presentismo y te dices que la decisión del pueblo alemán de seguir a un tipo de bigotito no tiene lógica, has de pararte a pensar en esto: los precios han crecido varias veces más que tu salario; eso si todavía tienes salario, claro, porque en el bloque donde vives cada día hay un vecino más que se queda en paro. El casero de tu piso te revisa la renta casi cada fiesta de guardar. Tu empresa apenas fabrica, porque dependía del acero del Ruhr, que ahora ni siquiera puede comprar, eso si tuviera algo para poder comprar, porque el comercio con Renania ha quedado prohibido. Consecuentemente, tratáis de fabricar vigas con chicle endurecido que no os compra nadie; y si te las compran, os pagan con unos billetes que valen tanto que mucha gente los está utilizando para empapelar el salón de su casa. Estás cada día más convencido de que tu fábrica va a chapar. Tu hijo pequeño tiene neumonía, pero te dicen que en un hospital ni sueñes con que te atiendan si no llevas algún alimento tangible con el que ablandar la indiferencia del médico. Y tú siempre has pensado que el socialismo en el que militas te iba a proteger; pero resulta que el socialismo en el que militas, recién unificado, ha estado detrás como avalista del gobierno que, expandiendo la masa monetaria como si no hubiera un mañana, te ha empobrecido.

Así las cosas, ¿tendrás el cuajo de pensar que resulta estrambótico e inexplicable creer que lo que necesita Alemania es un cirujano de hierro; alguien con poder, ganas de ejercerlo, que pase de los politicastros que no hacen sino turnarse unos a otros para dejar cada vez las cosas peor que como las heredaron? ¿Acaso no te das cuenta de que ésa es una idea tan fácil de acunar cuando lo que se desea es un cirujano rojo que cuando se lo desea azul, negro o pardo? Y, lo que es más importante: enfrentado como estás, en el fondo de tus pensamientos, con la idea de que quizás te has equivocado apoyando a los que has apoyado hasta ahora, ¿no te supondrá una salida elegante y cómoda comenzar a creer a ésos que te dicen que no, que tú no te has equivocado; que han sido los judíos los que te han movido a equivocarte?

Cuando el hambre y la enfermedad entran en una casa, la racionalidad, la democracia y la libertad salen por la ventana. Y si nunca has sufrido hambre física; si nunca has vivido la angustia de contemplar cómo un ser querido se muere delante de tus narices sin que tú puedas cuidarlo, mejor guárdate tus juicios de ser históricamente privilegiado.

1923 es el año en el que nace en Alemania la idea de que aquello sólo lo resuelve alguien con dos buenos huevos. El gran impulsor de esta idea es un historiador, Arthur Möller van den Bruck, autor de un libro fundamental para la época: Das Dritte Reich; El Tercer Reich. En su libro, Möller clama que la gran desgracia de Alemania es ser un régimen democrático. Que eso tiene que corregirse mediante la eclosión de un líder autoritario, que conecte con la Historia del Primer Reich, es decir, el Sacro Imperio Romano-Germánico (800-1806), un ente político literalmente milenario que tuvo su mejor líder en Federico el Grande; Federico es, de hecho, a Adolf Hitler, lo que Iván IV Vasilievitch fue para Iosif Stalin.

Möller conectaba su III Reich con las ideas finales del marxismo. Para él, ese Reich habría de ser una sociedad sin clases, cuya unidad procedería de la unidad patriótica. Esta unidad sería quintaesenciada por un partido único, el Partido del III Reich, dirigido por un líder plenipotenciario, considerado, por ello, el Führer, el Jefe. Todo ello vendría a través de un movimiento de extrema derecha que tomase elementos del socialismo, razón por la cual debía llamarse nacionalsocialismo. Van den Bruck era un indisimulado admirador de Mussolini y del fascismo, por lo que no escondía que este nacionalsocialismo sería la forma alemana del fascismo.

Van den Bruck, eso sí, siempre dejó claro que, en su opinión, ese Führer no era Adolf Hitler. Ahí, las cosas como son, y como a muchos otros, le falló el radar.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario