martes, mayo 19, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (42): El canciller que no quería ser canciller

"


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Stresemann nunca había sido hombre de buena salud. Se había librado de ir a la guerra por ello. En 1919 había sufrido un infarto, que provocó un daño importante e irreversible en sus riñones. Hoy en día se considera que podía estar sufriendo la llamada enfermedad de Graves, un trastorno autoinmune que produce hipertiroidismo.

El centro del pensamiento de este político fue siempre la desconfianza en el rearme y el militarismo. Stresemann era consciente de que la capacidad que tenía Alemania de tener un ejército fuerte y poderoso era muy grande; pero tenía una visión fatalista de ese camino que, consideraba, lo llevaría al conflicto permanente con sus vecinos. Por lo tanto, creía a machamartillo en las ideas del wilsonismo sobre la necesidad de un mundo en paz y presidido por la colaboración internacional; un mundo en el que, estaba convencido, Alemania prosperaría.

Tras su muerte, el colega de partido Julius Curtius fue el designado para sucederle al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Pocos días después de esto llegó el 24 octubre o Jueves Negro, en el que comenzó a producirse el colapso de los mercados de capitales mundiales. El crash de Wall Street tiene fama en los foros poco reflexivos de haber sido el responsable del ascenso de Hitler. Ésta es, en mi opinión, una visión interesada y desde luego simplificada de las cosas. Los factores que trajeron el nacionalsocialismo a Alemania estaban allí antes de que se produjese la crisis económica del 29. Para cuando el primer inversor estadounidense se tiró por una ventana, el electorado alemán ya había demostrado que estaba bastante harto de una república que no había logrado su estabilidad y en la que todo se dirimía en combinaciones Frankenstein, en el mejor caso de partidos, en el peor, y más frecuentes, de personalidades. La república de Weimar fue, dicho sea esto con todos los tonos peyorativos que se puedan usar, una república de políticos. Y esta desconfianza fue la que alimentó a los no-políticos. Por lo demás, en 1930 Alemania recibió más préstamos de los Estados Unidos que en 1929; tampoco es estrictamente cierto que el grifo del dinero se cerrase.

La crisis, en todo caso, fue una crisis. Entre 1929 y 1932, la producción industrial alemana cayó al 50% de la existente al principio de la serie. Este dato, que se cita mucho, es de todas formas matizable, ya que en ese mismo periodo, en realidad desde 1924, la industria alemana se estaba cartelizando, fabricando oligopolios más interesados en los mercados exteriores que en los interiores. El verdadero cáncer para la industria alemana fue la introducción de aranceles por parte de sus clientes, el resto de los países desarrollados; el hundimiento de las exportaciones fue el que provocó el cierre de fábricas y la rápida subida del paro. En 1929, había 1,6 millones de desempleados en Alemania; en 1932 alcanzaron la maldita cifra que hoy en día sigue siendo un mantra negativo en el país: 6 millones. Y recordad que los inteligentes políticos habían creado un seguro de paro que sólo cubría, y eso durante poco tiempo, a 1,4 millones de desempleados.

El 3 de noviembre, los promotores del referendo anti Plan Young anunciaron que habían conseguido las firmas por un cortacabeza: 10,02% de los votantes censados. Geográficamente hablando, el DNVP sólo había conseguido firmas en sus caladeros naturales de votos, como Pomerania, Prusia oriental o Mecklenburgo, todos ellos en la franja oriental del país. El 29 de noviembre, la Ley de Libertad fue debatida en el Reichstag. Julius Curtius pronunció su primer discurso como ministro de Exteriores, atacando a la Ley de Libertad ácidamente, y asegurando que, de entrar en vigor, sumiría a Alemania en una gravísima crisis económica.

Hugenberg, siguiendo su costumbre, se quedó sentado en el escaño. Le encargó la respuesta a Ernst Oberfohren, quien desplegó los argumentos de la derecha contra el Plan Young. A continuación Thomas Esser, de Zentrum, acusó a los patrocinadores del referendo de querer sustituir una política de negociación por otra de provocación y chantaje. La votación derrotó la propuesta por un margen muy superior al esperado: 318 contra 82. En la votación del párrafo relativo al juicio de los políticos que habían firmado los acuerdos, incluso 23 de los 78 diputados del DNVP votaron en contra. De hecho, aquello provocó que dos líderes del partido, Gottfried Treviranus y Hans Schlange-Schöningen, anunciasen la marcha del partido para crear el KVP, de corte más moderado (aunque tampoco te secuestres con esto de moderado; dentro de unos párrafos vas a encontrar a Treviranus participando en una reunión destinada a diseñar una dictadura de facto). El conde Von Westarp siguió en el partido, pero dimitió como presidente del grupo parlamentario.

Como ya sabemos, aquel rechazo parlamentario activaba el referendo. El gobierno le hizo luz de gas a la convocatoria, situándola el 22 de diciembre, que no es que en Alemania fuese el día de la lotería, pero aquel año era el último domingo antes de Navidad, es decir, día de operación salida.

Los temas, sin embargo, iban a empeorar. El 6 de diciembre, Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank y uno de los integrantes alemanes de la comisión que había parido el Plan Young, hizo público un comunicado en el que criticaba al gobierno alemán y a los aliados por permitir concesiones a los acreedores en la primera conferencia de La Haya que, decía, serían notablemente nocivas para la economía alemana. Y añadía: “Me siento totalmente obligado a declinar responsabilidad alguna en la ejecución del Plan Young”. Schacht también atacó al ministro de Finanzas, Rudolf Hilferding, y su secretario de Estado, Joseph Popitz, por estar retrasando una serie de reformas fiscales que consideraba necesarias para sintonizar la economía alemana con las exigencias del Plan Young. Denunciaba la “debilidad” de los planes presupuestarios de Hilferding para 1930, que esperaba incrementar la recaudación del IVA de la época, pero no para mejorar la recaudación sino para compensar otras reducciones de impuestos. Schacht razonaba que, en medio de una crisis económica embrionaria, aquellos planes no reducirían el déficit público alemán. ¡Ah, los tiempos en los que los economistas le tenían un respeto a las generaciones jóvenes y rechazaban pasarse el día pasándoles marrones!

El 12 de diciembre, en el Reichstag, Müller atacó frontalmente el comunicado de Schacht, además de solicitar, y obtener, un voto positivo para las medidas presentadas por Hilferding. Dentro del gobierno, sin embargo, el DVP no estaba nada convencido, y amenazó con marcharse si no se hacían algunos ajustes. Hindenburg, sin embargo, se reunió con ellos para rogarles que no jodieran con la estabilidad parlamentaria.

Hilferding, sin embargo, tenía problemas. Cada uno tiene su juicio de los hechos presentes y pasados, por supuesto. El mío, en este punto, no es muy bueno. Hilferding, como Hitler, era austríaco. Hoy por hoy es un poquito difícil meterse con él, ya que los socialdemócratas alemanes lo han terminado por adoptar como su principal teórico de la primera mitad de siglo XX; razón por la cual, a menudo, lo barnizan con una capilla de mítica admiración que parece que hace como que no se lo pueda criticar. En mi opinión, era un piernas. Bueno, en realidad, lo que era, era un marxista convencido que, sobre todo durante el gobierno Müller, se vio compelido a trabajar en un entorno diferente, liberal; con las naturales incongruencias; incongruencias que a ti te podrán parecer mal pero que él, con ese eduardogarzonismo suyo tan calculado, tendía a no ver.

Las críticas de Schacht estaban muy bien tiradas. Hilferding siempre tenía que equilibrar cualquier putada gubernamental con algún caramelo de menta (como se ha visto en el ámbito fiscal); la consecuencia, lógica, era que nunca terminaba de hacer lo que tenía que hacer. En esas condiciones, gestionando un país como la Alemania de 1929, todo dependía de los créditos a corto plazo que permitiesen a su economía, y al Estado, luchar un día más. Pero eso, lo que significaba, era que el gobierno alemán estaba siempre intentando tapar agujeros en forma de vencimientos a corto plazo. A finales de aquel año, efectivamente, Hilferding se enfrentó a vencimientos que trató de tapar con un crédito-puente negociado en los mercados estadounidenses. Esto le obligó a ir a dicho mercado de la mano de un consorcio de bancos alemanes al frente del cual estaba Schacht. El presidente del Reichsbank no perdió la ocasión de fijar una serie de condiciones; entre ellas, la creación de un fondo de reserva de 450 millones para poder equilibrar posibles déficit presupuestarios.

Como él no había nacido para regirse por las reglas del buen comercio, el 21 de diciembre, un día antes de la votación del referendo, Hilferding dimitió, siguiendo en esto a Popitz, que lo había hecho horas antes. Fue sustituido por un político del DVP, Paul Moldenhauer.

Con la marcha de Hilferding, el gobierno Müller estaba herido de muerte; máxime teniendo en cuenta que el canciller estaba muy enfermo y había pasado casi todo el año impedido. En aquel mes de diciembre, Hindenburg llegó a la convicción de que el experimento basado en crear un gobierno con suficiente base parlamentaria, es decir, confiar en las capacidades gestoras del SPD en colaboración incluso con fuerzas de centro-derecha, había fracasado. Así que su plan fue: el referendo se pierde, el Plan Young se reafirma; y, a principios de año, echo a estos tipos.

El presidente de la república era muy consciente, en todo caso, de que la intentada con Müller había sido la última combinación parlamentaria mínimamente racional. El camino que él mismo se estaba trazando no era un camino que llevase a más pactómetros y cabildeos. Se trataba de que el presidente de la república hiciese uso de sus muy importantes poderes especiales para crear un gobierno tan sólo formalmente democrático que, de hecho, gobernase a espaldas del Reichstag, o más bien sin él. Es lo que en las oficinas de Hindenburg llamaban “un gobierno presidencial”, idea que había sido del general Von Schleicher, que estaba hasta los huevos del dédalo de partidos que era el sistema alemán.

Schleicher era, entonces, el auténtico Miguel Ángel Rodríguez de Hindenburg. Descollaba en el círculo íntimo del presidente por encima de Otto Meissner, jefe de la cancillería presidencial; o de Oskar Hindenburg, el hijo del presidente. Schleicher incluso tenía un candidato para presidir ese gobierno presidencial: Heinrich Brüning, a quien Ludwig Kaas había nombrado jefe del grupo parlamentario de Zentrum. Brüning era un devoto católico que, personalmente, abogaba por una monarquía constitucional como forma de gobierno ideal. Se había opuesto a la revolución de noviembre de 1918 y, antes de ser político en el Reichstag, había presidido la Liga de Sindicatos Cristianos. Schleicher ya le había dicho alguna cosa en la primavera de aquel 1929, pero Brüning le había dicho eso de “qué va, quita, quita”.

El 26 de diciembre, Schleicher organizó un encuentro en el domicilio berlinés de un amigo suyo, el barón Friedrich Wilhelm Freiherr von Willisen. Allí estuvieron Gottfried Treviranus, que lo contó; y también Otto Meissner, y por supuesto Brüning. Wilhelm Groener fue invitado a estar, pero no pudo ir porque tenía plancha.

Schleicher defendió su idea de un gabinete presidencial. Brüning presentó una vez más sus reservas; en su opinión, el gabinete Müller debería seguir en su sitio al menos hasta junio de 1930, es decir, la evacuación de Renania.

Días antes de aquella reunión, el referendo sobre la Ley de la Libertad se había saldado con una derrota sin paliativos de las derechas. 5.838.890 votos fueron partidarios del Plan Young, frente a 338.195 en contra. El sí, pues, ganó con un 94,5%.

Eso sí, no todos en la coalición del referendo habían perdido. De hecho, Adolf Hitler podía considerarse victorioso. La campaña de defensa del voto negativo, que los propios impulsores de la consulta habían dejado en sus manos, le había supuesto poder convertirse en una figura de alcance nacional. Ahora, todos los alemanes, para bien o para mal, lo conocían. De alguna manera, pues, con el referendo del Plan Young, Adolf Hitler se hizo un Gabriel Rufián.

De hecho, el referendo fue el campo de pruebas en el que Hitler pudo comprobar que los cambios organizativos que venía realizando desde 1928, centrándose en la labor propagandística y olvidándose un poco de la necesidad de cautivar a las clases más modestas, estaban empezando a dar sus frutos. El 27 de octubre hubo elecciones estatales en Baden, y allí el NSDAP se fue al 7%. Quince días después, rascó el 8% en las municipales de Lübeck. En Prusia hubo elecciones municipales, y el partido se apañó un 5,3% que, oye, en el Paraíso de la socialdemocracia, le supo a gloria. El 8 de diciembre, en las elecciones estatales de Turingia, el NSDAP, con un 11,3%, triplicó sus votos. Todos los análisis apuntaban a que el NSDAP estaba empezando a fagocitar voto del DNVP y del DVP; es decir, poco a poco se estaba convirtiendo en el portavoz de los alemanes de clase media más o menos acomodada que estaban hasta el coño de todo.

Para entonces, los más listos de los observadores internacionales residentes en Alemania, nada de Nanísimos contándole a la gente lo que quiere oír sino Jon González con un Excel en la cabeza, ya estaban vaticinando que, de haber elecciones nacionales en ese momento, el NSDAP, como poco, doblaría su representación hasta 24 diputados. Sir Horace George Montagu Rumbold, noveno baronet de Rumbold y embajador británico en Berlín, fue quizás quien primero lo vio venir. Le escribió a sus jefes en Londres que aquel tipo austríaco tenía la rara habilidad de combinar eslóganes de extrema derecha y extrema izquierda haciéndolos todos suyos. Prometía la guerra al capitalismo, el odio hacia el liberalismo, la hostilidad a los regímenes parlamentarios; y, por sobre todas las cosas, la culpabilidad de los judíos. Rumbold hacía notar que el programa del NSDAP era una contradicción andante, antimarxista hasta las cachas pero asentado sobre los mantras del marxismo. Antiliberal, pero defensor de la propiedad privada y la prosperidad personal. 

Sin embargo, Rumbold venía a decir de Hitler más o menos lo mismo que un periodista norteamericano dijo una vez de Lola Flores: "No sabe bailar ni sabe cantar; pero no se la pierdan". Todas las contradicciones intrínsecas en el discurso político del NSDAP, venía a decir, daban igual. Porque Hitler, hacía notar el embajador, se dirigía a jóvenes alemanes que no veían perspectiva alguna en sus vidas; que se veían inmersos en un sistema que no tenía trabajo para ellos, que no tenía vivienda para ellos, que no les procuraba una educación de calidad ni nada parecido a la seguridad económica; y cada vez más, amenazaba también a sus padres y abuelos, que habían sufrido una crisis económica brutal muy pocos años antes, y que ahora apostaban a que volverían a ser los paganos de la que venía.

Rumbold, a mi modo de ver, había barruntado lo que a menudo no se barrunta: cuando la necesidad aprieta, los debates ideológicos pasan a ser cualquier cosa menos ideológicos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario