Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Aristide Briand tenía grandes esperanzas puestas en la entrada de Alemania en la Liga y las posibilidades que abría. Por eso invitó a Stresemann a un encuentro personal, que se celebró en forma de un almuerzo de cuatro horas en el Hotel Madame Lodge, en Thoiry, Francia oriental. De este encuentro hicieron notaría el propio Stresemann y su traductor, Oswald Hernard. Sus versiones difieren, sobre todo, en la iniciativa. Según Stresemann, en la reunión se produjeron algunas propuestas por parte de Briand; propuestas que, según Hernard, fueron cosa del alemán.
Sea como sea, lo que parece claro
es que allí se discutieron cinco grandes temas.
El primero de ellos fue el tema
del Saar, un territorio gestionado por la Liga y que ambos estuvieron de
acuerdo debía retornar a Alemania; y debía hacerlo, no, como estaba previsto,
mediante un referendo en 1935, sino lo antes posible. Para poder hacerlo,
empresarios alemanes comprarían a los franceses las minas de carbón por 300
millones de Reichmarks oro.
El segundo tema a tratar fue la
Comisión Interaliada de Control Militar. Stresemann reconoció que Alemania no
había hecho todos los deberes, y Briand insistió en que eran necesarios avances
mucho más potables en el tema de las organizaciones paramilitares. Sin embargo,
también reconoció que ese tema no era el más importante sobre la mesa.
Como tercer tema, se discutieron
las cesiones hechas por Alemania en favor de Bélgica en el marco del tratado de
Versalles. Briand le aseguró a Stresemann que Francia no protestaría en el caso
de que Berlín iniciase negociaciones con Bruselas para el retorno del distrito
de Eupen-Malmédy, otorgado a los belgas, siempre y cuando los germanos pagasen
bien.
Las dos cuestiones restantes
estaban relacionadas con la ocupación de Renania, que en teoría debería
mantenerse hasta 1930. Briand, a cambio de vagas promesas de asistencia alemana
al debilitado franco francés, prometió hacer todo lo posible para acelerar las
cuestiones en Renania. De hecho, Briand sugirió que Alemania le entregase una
parte de los bonos que se habían emitido sobre la red ferroviaria germana;
bonos que tenía la intención de monetizar en los mercados internacionales, para
así conseguir fondos que pudiesen ayudar a equilibrar su maltrecha economía.
Stresemann no se mostró nada de acuerdo pues, dijo, algo así sería fuertemente
contestado en su país. Eso sí, debió de sentirse muy feliz de comprobar cómo
habían cambiado los tiempos en menos de un lustro, y era ahora Francia quien
mendigaba la ayuda financiera de Alemania.
Cuando regresó de Thoiry, sin
embargo, Briand se encontró con una oposición casi frontal a todo lo que él
mismo había dicho en el encuentro. Lo cierto es que poco tiempo antes había
regresado a la primera magistratura del país el eterno Raymond Poincaré, un
hombre cuyos puntos de vista eran muy diferentes a los de su ministro de
Exteriores. Poincaré, que en modo alguno estaba solo en esto, mató el tema de
Renania, y también se las arregló para hacer que la solución muñida para el
Saar naufragase. Mucho más orgulloso, es decir francés, que Briand, dejó claro
que el tema de los bonos ferroviarios era una ful, porque entre otras cosas los
gloriosos franceses no necesitaban ayuda de los sucios teutones. Así las cosas,
el único resultado tangible del almuerzo de Thoiry se produjo e 31 de enero de
1927, cuando la Comisión Interaliada dejó de operar en Alemania.
Algunos días antes del encuentro
con Briand, Stresemann había estado en Ginebra, donde había pronunciado un
discurso delante de unos cuantos alemanes residentes en Suiza. Como lo hizo en
la gran cervecería Gambrinus, aquello ha quedado como El discurso Gambrinus.
Dijo Stresemann que la ocupación de Renania y la exclusión del control germano
sobre sus colonias eran medidas que ahora que el país estaba en la Liga de las
Naciones no tenían ninguna justificación. Se declaró convencido de que Alemania
“no es moralmente culpable” de la guerra, y rechazó con claridad la idea de que
había provocado el conflicto. Y pronunció una frase muy nacionalista: “Tengo la
firme convicción de que en las eras futuras la pregunta no será cómo fue
posible que Alemania fuese derrotada, sino cómo fue posible que el pueblo
alemán resistiese frente a un mundo de enemigos durante cuatro años y que
cuando hubiese de rendirse, todavía pudiera pavonearse de que la patria no
hubiera sido invadida”.
El discurso del Gambrinus, aunque
más propiamente deberíamos decir el discurso de la Gambrinus, generó toda una
reacción airada en Francia. Poincaré se hizo un Óscar Puente y salió en tromba,
repitiendo la idea de la responsabilidad exclusiva de Alemania en una guerra
que había dejado Europa descojonada. El 2 de octubre, en Colonia, Stresemann,
lejos de intentar templar gaitas, se aprestó a contestar al primer ministro
francés. Como ya he transpirado en párrafos anteriores, para entonces Alemania
se sentía fuerte económicamente y readmitida en el club internacional a través
de la Liga de Naciones. Bueno, eso y que el relativo giro a la derecha del
electorado alemán, siendo como era miembro de un gobierno en minoría, le
aconsejaba hacer según qué guiños. Había llegado el momento de poner en su
sitio a aquel gallito. Insistió, pues, en que la implicación de Alemania en la
guerra no era responsabilidad de su gobierno. En otras palabras: avaló, aunque
sin citarla, la teoría de la puñalada en la espalda.
Las cosas en la política alemana
estaban a punto de ponerse peor. El 27 de septiembre, un periódico alemán del
sur del país publicó que el príncipe Guillermo de Prusia, primogénito del
príncipe de Asturias-Parterkirchen, había recibido autorización para hacerse un
Leonor y participar en unas maniobras del noveno regimiento de infantería en
Württemberg. Fue admitido como algo así como un teniente provisional, y se le
autorizó a llevar el uniforme imperial
del primero de guardias a pie, aunque ni siquiera era miembro de las fuerzas
armadas. El expediente de uilemino había pasado por las manos del general Otto
von Seeckt, que lo había aprobado, entre otras cosas porque la petición llegó
firmada por el príncipe heredero. Seeckt ni siquiera había consultado con Otto
Gessler, su superior en calidad de ministro.
El tema pasó poco después de que
la familia real hubiera sido autorizada para volver a Alemania, al calor de las
negociaciones, que ya os he contado, para normalizar el tema de su enorme
patrimonio. Los periódicos se lanzaron contra Gessler; los que no creían que no
supiera nada, por haberlo aprobado; los que sí lo creían, por ser un puto
nenaza.
El 1 de octubre, Hindenburg se
entrevistó con Von Seeckt. El general llegó a la entrevista chulesco y sobrado,
y admitió todo lo que se decía, en una especie de “sí, fui yo. ¿Qué pasa?” Esa
actitud era un error de bulto, teniendo en cuenta que Hindenburg era un militar
como él y, por lo tanto, no estaba hecho para admitir actitudes sobradas en
subordinados. El presidente de la república, pues, se convenció de que tenía
que cesar al puto general del monóculo de los cojones. Cuando se enteró, Seeckt
perdió pie. Él siempre había pensado que el presidente se dejaría llevar por la
no tan secreta solidaridad entre soldados prusianos. Ese mismo día, Seeckt
recibió otro rapapolvo de Gessler. Así las cosas, el general invirtió la semana
siguiente en borrar del móvil las fotos que tuviese con putas y el día 8 cesó
en su cargo, para ser sustituido por el general Wilhelm Heye, que era para
entonces algo así como el jefe de Recursos Humanos del ejército alemán. Heye
era, por encima de todas las cosas, un hombre ciegamente fiel a Hindenburg y
también fiel a la república.
El DNVP consideró que el cese de
Von Seeckt había sido una movida orquestada por Stresemann, y calificó al
general de “·víctima de la política de amistad franco alemana”.
El 10 de diciembre, el comité
Nobel decidió nominar para el premio de la Paz a los dos ministros de
Exteriores alemán y francés, Gustav Stresemann y Aristide Briand; al tiempo que
concedía el del año anterior a Austen Chamberlain y Charles Dawes.
El 3 de diciembre, el periódico Manchester Guardian publicó un artículo
de Frederik Voigt, su corresponsal en Berlín, en el que el periodista
profundizaba en los vínculos clandestinos entre el ejército alemán y la Unión
Soviética. El centro del artículo era el análisis de un acuerdo alcanzado entre
la compañía Junkers y la URSS para el levantamiento de fábricas dedicadas a
material bélico aéreo. En un segundo artículo, el día 6, Voigt daba notaría de
la construcción en Moscú de una factoría de Junkers en la que se fabricarían
100 aviones para el ejército alemán.
El día 9 de diciembre, los
socialdemócratas alemanes se hicieron eco de estas informaciones en el Vorwärts. Y añadían datos frescos: en el
puerto de Stettin, estibadores locales habían visto entregas de obuses
soviéticos destinados a Alemania. Los estibadores confesaron que se les habían
dado jugosas propinas a cambio de su silencio. El 16 de diciembre, Philipp
Scheidemann trató este tema en un discurso en el Reichstag, en el que dio más
información sobre los acuerdos secretos entre el ejército alemán y la URSS, y
exigió la dimisión de Gessler. Los diputados de la derecha comenzaron a gritar
que el socialdemócrata era un traidor, y abandonaron el salón de plenos.
Los socialdemócratas no se
arredraron. Se dirigieron al canciller Wilhelm Marx para recordarle que ellos,
en el fondo y en la forma, eran el sustento de la coalición de gobierno; y que
tenía que echar a Gessler y reformar el Reichswehr. El 17 de diciembre, un día
después del incendiario discurso de Scheidemann, el SPD presentó un voto de
censura contra el gobierno, que se ganó por 249 votos contra 171. El DNVP, para
sorpresa de todos, votó a favor. Claramente, el grupo de la derecha quería
entrar y controlar el gobierno, por lo que tenía sus propios intereses en
hacerlo caer. Visto el giro dramático que habrían de mostrar los
acontecimientos, es obvio que sabían lo que votaban.
Así las cosas, el tercer gobierno
Marx dimitió el 18 de diciembre.
Enero de 1927 atestiguó, por lo
tanto, un regreso del cabildeo y el juego de tronos weimariano para poder
montar un nuevo gobierno. Hindenburg era partidario de una coalición burguesa
que incluyese al DNVP; y pensaba que la persona ideal para presidir ese
gobierno era Julius Curtius, un miembro de perfil conservador del DVP. Zentrum,
sin embargo, no estuvo de acuerdo; los centristas preferían excluir al DNVP del
gobierno, y preferían una coalición republicana de centro-izquierda que
incluyese a los socialdemócratas. El DVP, sin embargo, prefería ver en el
gobierno al DNVP que al SPD. El DDP no estaba dispuesto a entrar en un gobierno
con el DNVP. Como consecuencia de esto, Otto Gessler acabaría dimitiendo como
miembro del partido, para así poder seguir siendo ministro de Defensa.
Después de varios días de
banderías y capillas, Hindenburg, un poco hasta los huevos de aquel tren de la
bruja, llamó a todos los líderes políticos a una reunión conjunta, en la que
les anunció que si no se ponían de acuerdo, él resignaría la presidencia. Al
final, el presidente tuvo que marcar el mismo teléfono de siempre: el de
Wilhelm Marx. Le encargó la formación de una coalición burguesa de centro y
derecha (más que de centro-derecha. Son cosas distintas), y le puso como única
condición que se asegurase de que los ministros del DNVP aceptasen Locarno, la
participación alemana en la Liga de las Naciones, y la Constitución de Weimar.
Las negociaciones de aquel
gobierno fueron las primeras en las que Hindenburg estuvo aconsejado por un
militar que cada día prometía más: el general Kurt Ferdinand Friedrich Hermann
von Schleicher, responsable del Departamento de las Fuerzas Armadas del Ministerio
de Defensa, recientemente creado. Schleicher era, además, un amigo personal de
Oskar Hindenburg, el hijo del presidente. Hombre de recia educación castrense
prusiana, Schleicher era tan sólo epidérmicamente demócrata. Creía que Alemania
debía ser gobernada por el artículo 48 de la Constitución, directamente por el
mariscal Hindenburg, sin contar con el Reichstag que, en su visión, lo que
tocaba, lo jodía. Poco a poco, sólo o en compañía de Oskar, comenzaría a
fibrilarle esas ideas al jefe.
El 29 de enero se formó el cuarto
gabinete Marx, como coalición de Zentrum, DVP, BVP y DNVP. La gran novedad eran
los cuatro ministros de este último partido: Oskar Hegt, vicecanciller y
titular de Justicia; Walter von Keudell, Interior; Martin Schiele, Alimentación
y Agricultura; y Wilhelm Koch en Transportes. El DVP entraba con Gustav
Stresemann (Exteriores, por supuesto) y Julius Curtius (Economía). Por Zentrum:
Wilhelm Marx, canciller; Heinrich Brauns, Trabajo; y Heinrich Köhler
(Finanzas). El BVP tenía a Georg Schätzel (Correos). Como os he dicho, Otto
Gessler se auto convirtió en hombre sin partido para poder seguir siendo
ministro de Defensa.
El primer tema serio al que hubo
de enfrentarse este gobierno, algunas semanas después de formado, fue la
aparición de ataques antisemitas en Berlín. Todo empezó con un ataque muñido
por los nacionalsocialistas contra un grupo de comunistas en la estación de
tren de Lichterfelde-Ost. Luego pasaron a la famosa Kurfürstendamm, donde ya la
tomaron con varios comercios propiedad de hebreos.
En todo caso, aquel gobierno Marx
fue el de las reformas sociales. El canciller consideraba que, frente a los
alemanes, debía compensar la entrada de los ministros del DNVP mostrando un
perfil lo más progresista posible, dejando con ello sin terreno a los
socialdemócratas. El 21 de diciembre se aprobó un decreto sobre la jornada
laboral que sacralizaba la jornada de ocho horas, aunque era una norma que todo
lo fiaba a los acuerdos de la negociación colectiva. En febrero, Brauns
promovió otra ley que establecía nuevos niveles de retribución para las horas
extra.
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