martes, abril 28, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (29): Polarización

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Era probablemente inevitable que las elecciones de mayo de 1924 se convirtiesen en un durísimo castigo para las formaciones que habían estado detrás de la gran coalición que había cebado la masa monetaria alemana, creando toneladas de pobreza; que se había tenido que mostrar tan pastueña con los aliados; y que, al fin y a la postre, había tenido que poner fin a la resistencia pasiva después de que los franceses invadiesen una parte de su territorio. De alguna manera, incluso se podría decir que poco les pasó. Aunque lo más importante es que les pasó más a unos que a otros.

La gran perdedora de las elecciones fue la izquierda, por mucho que hubiese cierta izquierda que tuviese razones para descorchar el champán. Ya os he escrito en algunos otros puntos de estas notas que, en mi opinión, el turning point más importante para la eclosión del nacionalsocialismo en Alemania fue el año 1922; 1924 es un poco el momento en el que el virus 1922 da la cara con un episodio de fiebre y mareos. Y es un momento en el que la macrotendencia social alemana gira, para no regresar ya, propiamente hablando, al punto anterior.

Recordad: con la crisis de confianza provocada por el cansancio de guerra y otras cosas, la sociedad alemana acabó por darse cuenta de que el esquema sólo epidérmicamente democrático de la monarquía no le servía. En ese proceso, eligió un campeón, que fue la socialdemocracia. Los socialdemócratas alemanes son los primeros socialistas (bueno, hay alguno anterior, pero en países relativamente poco importantes) que se dan cuenta de que no pueden ir por la vida con la revolución y la dictadura del proletariado floja. Que tienen que ser más constitucionalmente fieles al sistema, para así poder modelarlo a su gusto.

La estrategia les salió de coña. En 1919, el SPD tuvo el 38% de los votos y los socialistas revolucionarios, es decir el USPD, un 7,6%. Esto quiere decir que las izquierdas alemanas, electoralmente hablando, estaban en un brutal 45% del voto viable. Los alemanes les votaron mayoritariamente porque percibieron que ellos eran los únicos que les podían sacar de la tristísima pesadilla de la guerra. Entonces se había fundado la república de Weimar y el SPD decidió colaborar, a ratos eso sí, con ella. El Estado se dotó de una cabeza socialdemócrata, y la implicación constitucional del SPD quedó fuera de toda duda. El resultado de dicha implicación, que no se olvide era fundamentalmente implicarse en la legalidad del infame tratado de Versalles, fue que en 1920, apenas unos meses después, el SPD había perdido 16 puntos y se quedaba un poco por debajo del 22%; mientras que el USPD se iba al 17,6% y el KPD, presentado a las elecciones, rascaba un 2% adicional. La práctica totalidad de los votos perdidos por el SPD, pues, se habían ido a sus marcas revolucionarias. La sociedad alemana de izquierdas, por lo tanto, decidió robustecer la alternativa revolucionaria.

Entre 1920 y 1924 pasan muchas cosas: los impagos de la Alemania, la invasión del Ruhr, la resistencia pasiva, la rendición final de los alemanes, una crisis económica de la hueva, la multiplicación del paro, y una híper inflación que devoró la riqueza de las clases sociales alemanas, con la única excepción de aquéllos que tenían suficiente dinero como para hacer negocio con ella. Y, sobre todo, las revoluciones de Sajonia y Turingia, donde quedó claro que los alemanes que, aun hambrientos, estaban dispuestos a poner el pecho para parar las balas de los antidisturbios, eran menos de los que la propaganda creía. 

Desmoralizados por este fracaso, la mayoría de los hombres del USPD decidió ir a la fusión; fusión que era deseada por el SPD, que veía a los del USPD un poco como hermanos descarriados. Ambos fueron a una operación 2 + 2 = 5, pero en realidad lo que hicieron fue una operación 2 + 2 = 3. Los socialdemócratas más templados no entendieron la fusión y acabaron, por así decirlo, por darse cuenta de que, en realidad, no eran de izquierdas. El SPD, pues, perdió mucho voto prestado de las clases medias alemanas. En la izquierda del voto, otros alemanes obreros entendieron que entre el original y la copia carbón, siempre es mejor el original. Así pues, si lo que quieres es asaltar los cielos, no es con Pedro Sánchez con quien tienes que ir, sino con Pablo Iglesias. El KPD recogió voto ex socialista; es decir, hizo aquello para lo que nació Podemos, que a todas luces no contaba con que Pedro Sánchez iba a saber cerrar esa vía de agua.

El resultado combinado de todo esto es que las izquierdas, que habían sido el 45% del voto en 1919 y habían aguantado el tirón en 1920 (43%), en 1924 se fueron al 33%; voto del que casi 13 puntos, es decir más de un tercio, se había convertido en escaños ocupados por culos comunistas.

Pero vayamos con los resultados concretos de las elecciones.

El SPD, como ya os he comentado, apenas logró permanecer como primera fuerza política, con 100 diputados, el 20,5% del voto, y 6 millones de fieles. Teóricamente, apenas perdía respecto de 1920; pero el truco era que, a causa de la fusión, ahora la cuenta había que hacerla sumando el USPD en los resultados del pasado. Haciendo bien las cuentas, perdía más de 70 diputados.

El electorado también castigó al DVP de Stresemann. Con 45 diputados y un 9,2% de voto (algo menos de 3 millones), se había dejado cuatro puntos, o un tercio de su fuerza electoral, por el camino. El DDP, también elemento de la coalición, obtuvo 28 escaños, 11 menos que en las elecciones anteriores, con un porcentaje del 5,65% y 1,6 millones de adeptos. También perdió en torno a un tercio de su pasada fuerza de voto.

De los partidos coligados, sólo Zentrum, probablemente por la tendencia del voto católico a ser muy fiel, conservó los muebles. Con 65 escaños, uno más que en 1920, alcanzó el 13,4% de los votos y 3,9 millones de papeletas; más o menos las gallinas que entraron en 1924 por las que fueron saliendo en 1920.

En la derecha, el DNVP ganó 95 escaños, un 19,5% del voto y 5,96 millones de papeletas; es decir, empate técnico con el SPD. A base de pactar con pequeños partidos, además, el DNVP sumó 10 escaños más de apoyos Frankenstein, lo que en la práctica lo colocó por encima del SPD. 

Este resultado, además, lo había conseguido a pesar de la presentación de un partido creado a pelo puta, el Nationalsozialistiche Freiheitspartei o NSFP. Una formación liderada por Erich Ludendorff que pretendía recoger el voto del NSDAP, declarado ilegal; aunque Hitler, escocido por la actuación del general en su juicio, rechazó apoyar la candidatura. Sacó el 6,5% de votos y 1,9 millones de papeletas. Técnicamente, la mayoría de los historiadores tiende a simplificar y a adjudicar estos votos como si los hubiera conseguido el NSDAP. En 1924, pues, el 26% de los alemanes, uno de cada cuatro, había votado ya opciones de derecha más o menos extremosa. Entre otras cosas, los resultados del NSFP sentaron en el Reichstag a Ludendorff y a Ernst Röhm.

En el otro extremo de la tesitura, el KPD consiguió 58 actas de diputado, con un porcentaje de voto del 12,6% y 3,69 millones de fieles. Claramente, recibió las nueces del agitado árbol socialdemócrata. Por cada alemán que votó comunista en 1920, en 1924 votaron ocho.

El DNVP se consideró, sin ambages, el ganador de las elecciones, y con inmediatez exigió la dimisión del gobierno Marx. Éste fue el punto en el que la república de Weimar se encontró ante la gran contradicción en la que, tarde o temprano, se ve una democracia parlamentaria: qué es lo que pasa cuando quien gana unas elecciones no cree en ellas; qué es lo que pasa cuando quien debe colocarse al frente de un determinado sistema quiere derribarlo o cambiarlo de arriba a abajo; y, en general, cómo se resuelve la dinámica en unas elecciones en las que los votantes han elegido un campeón, pero los perdedores pueden aspirar a generar una coalición en su contra.

El DNVP quería como canciller de Alemania al almirante Alfred Peter Friedich von Tirpitz, el gran impulsor de la guerra submarina alemana. La mera noticia de que Tirpitz podía acabar siendo el mandamás germano generó fibrilaciones auriculares descontroladas entre los aliados. En las grandes capitales se temía que el almirante, simplemente, giraría el gobernalle de la república de Weimar para convertirla en el regreso del káiser.

El 26 de mayo, el gabinete Marx dimitió. Ebert reaccionó haciendo un uso bastante cuestionable de sus poderes presidenciales; igual de cuestionable que el uso que, durante nuestra Repu 2.0, haría la luminaria Alcalá-Zamora. Exactamente igual que el presidente de la república hispana se negó a llamar a quien por aritmética tenía que llamar, que era la CEDA, y actuar sólo después de que el ganador de las elecciones constatase que no podía formar gobierno, Ebert decidió atajar por la comarcal y volver a llamar a Marx, un señor que antes del 6 de mayo tenía escasos apoyos parlamentarios propios y que ahora todavía los tenía más magros. La idea de Ebert era que igual que Marx había cosido una coalición que contaba con la comprensión del SPD, ahora cosiera otra que no la necesitase, aprovechando que los rojillos estaban de capa caída. Así las cosas, le animó a crear una coalición de centro derecha en la que, a ser posible, estuviese el DNVP. Pero, claro, de nuevo: si quería al DNVP en el gobierno, lo que tenía que haber hecho era llamar al DNVP a formar gobierno. Como, probablemente, nadie, salvo Ludendorff, habría querido unirse a un gobierno dirigido por Von Tirpitz, entonces habría podido llamar a Marx con más fuerza moral. Todos estos detalles son importantes. Porque si en un sistema político una formación gana las elecciones o queda en empate técnico con otro (que fue lo que pasó) y la respuesta del sistema, personificado en el jefe del Estado, es hacer como que eso no ha pasado, lo que se hace es radicalizar más al votante y ponerlo en condiciones de creer en las teorías que le dicen que ese Estado no vale para nada, y que juega con cartas marcadas. La democracia, como la mujer del César, además de ser decente, tiene que parecerlo.

Cuando Marx se fue a negociar con los deuveeneperos, éstos, como suele pasar con estos grupos políticos, permanecieron, nunca mejor dicho, impasible el alemán. En efecto: el votante de ultraderecha es, siempre, un votante que, en buena medida, está hasta los cojones de todo, se ha radicalizado y, lo que es más importante, tiene una extremada sensibilidad hacia las componendas y pasteleos. El representante político, digámoslo en términos españoles, voxero, sabe que se la juega si admite entrar al típico yo te doy, tú me das. Así las cosas, el DNVP dijo que su precio para formar parte del gobierno alemán era: que Von Tirpitz fuese canciller; que Marx, obviamente, no lo fuera; y que Stresemann no fuese ministro de Exteriores. Y todo esto, además, sin que el grupo de derecha se comprometiese a votar a favor del Plan Dawes; eso, dejaron claro, lo tenían que mirar.

Se juntó un poco el hambre con las ganas de comer. Las condiciones impuestas a Marx eran inaceptables; y Marx, por su parte, no tenía demasiadas ganas de gobernar con las derechas.

Así las cosas, el 3 de junio Marx se convirtió en canciller de un gobierno extremadamente frágil basado en el mensaje, que a los lectores españoles os sonará, de “por lo menos no gobierna la ultraderecha”. Y que, éste es un mensaje histórico importante, y puesto que no hace falta haceros spoiler con el final de esta historia, terminó como terminó.

El segundo gobierno Marx estaba basado en Zentrum, DDP y DVP, es decir: por cada diputado que lo apoyaba, había tres que no. La lista de ministros no hace falta hacerla, porque es la misma que la del primer gabinete.

La clave de bóveda del segundo gobierno Marx era el hecho de que, si no tenía diputados suficientes para recibir apoyo, sí los tenía para recibir apoyo en la principal medida que debía tomar, que era aprobar el Plan Dawes. En realidad, pues, el argumento “por lo menos no gobierna la ultraderecha” era más bien “por lo menos podremos aprobar el Plan Dawes”. El 6 de junio, el DNVP presentó una moción de censura contra el gobierno recién constituido, y la perdió. Los socialdemócratas ni se plantearon otro voto que el negativo.

El gran crítico del Plan Dawes en el Reichstag fue David Hugenberg, futuro líder del DNVP. Hugenberg era una avispado hombre de negocios que había especulado a lo bestia durante los tiempos de la híper inflación, construyendo un imperio. Muy interesado en el mundo de los medios de comunicación, compró periódicos y agencias de prensa, así como Universum Film, que era la mayor productora fílmica de Alemania. Era un monárquico declarado, y su real bestia negra en la política alemana era Stresemann.

En mayo de 1924, además de votar los alemanes, votaron los franceses. La votación la ganó la coalición llamada Cartes des Gauches, es decir, una alianza entre socialistas y radicales. Raymond Poincaré fue desalojado del sillón de primer ministro y sustituido por su gran oponente Édouard Herriot, que también asumió la cartera de Exteriores. Herriot era partidario de que los franceses abandonasen Renania, y se apresuró a dejar claro que Francia avalaba totalmente el Plan Dawes.

El 7 de julio, un periódico alemán publicó una declaración pública de Adolf Hitler en la que éste anunciaba que había abandonado la jefatura del NSDAP,  y que abandonaba toda actividad política durante su cautiverio, ya que estaba dedicado a escribir un “libro sustancial”. La intención de Hitler era titular su libro Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía: mi relato; Max Amann, que era el editor de Hitler, le dijo que adónde iba con un título así. Fue Amann quien resumió el concepto en la expresión Mein Kampf, mi lucha.

El libro fue publicado por la editorial del NSDAP, Eher Verlag, en dos volúmenes, pues tiene 782 páginas. Se colocó al mercado a 12 marcos del Reich, un precio sustancialmente por encima de lo que costaban los libros entonces.

Se ha criticado mucho Mein Kapmf por ser un truño mal escrito. En realidad, lo que está es mal estructurado. Es pues, un poco como la imagen especular de Das Kapital, que está perfectamente estructurado, pero muy mal escrito.

Es un libro que se hace complejo por la ausencia de una colocación adecuada de las ideas y temas, que desaparecen y resurgen de forma a menudo poco explicable. Se ha dicho y escrito muchas veces que Rudolf Hess escribió el libro que le dictaba Hitler, aunque no es cierto. Hess influyó en el libro mediante la transmisión de las ideas de Klaus Haushofer, antiguo profesor de Hess y que le marcó mucho en sus ideas. Sin embargo, el libro lo escribió Hitler en una máquina de escribir que el alcaide de Lansberg le permitió comprar (y que finalmente fue un regalo de una admiradora, Helene Bechstein). Lo cual debió de ser todo un trabajo, porque Hitler escribía con dos dedos.

El libro es, en realidad, dos libros. El primer volumen es básicamente la historia de la vida de Hitler. Historia que cuenta con notables dosis de amnesia selectiva, cosa que se le ha reprochado mucho, en mi opinión de forma no muy justa, pues este tipo de fenómeno se produce en ocho de cada ocho autobiografías; no es en modo alguno propio de Hitler. El segundo volumen es donde llega el manifiesto político, como digo no muy bien estructurado, que sin embargo habría de servir como faro a toda una nación; a varias, en realidad.

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