jueves, mayo 21, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (44): El tsunami hitleriano

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Acabamos de ver que, impasible el alemán, el parlamento mandó a la mierda las medidas austeras del gobierno. E, impasible el alemán again, el gobierno siguió a lo suyo. A última hora de la tarde del mismo día de la derrota parlamentaria, el gobierno aprobó los dos decretos que habían sido devueltos al corral invocando el artículo 48. Como decían los castizos hace un siglo y pico: para chulo yo, y para puta, tu madre.

Nada más conocer la noticia, los socialdemócratas invocaron el artículo 48.3 de la Consti para impulsar una moción que anulase la aprobación. Técnicamente, lo que hicieron fue aducir que el artículo 48 permitía las cosas que permitía en situaciones en las que el orden público estuviese severamente comprometido; pero que no era el caso, porque allí nadie se estaba dando de hostias (todavía).

Si ese tema salía adelante y los decretos eran violentados, a Brüning no le quedaría otra que convocar elecciones; y eso era algo que no quería hacer, entre otras cosas porque no iba a resolver nada. Por eso buscó un pacto serio y sólido con Hugenberg. El 17 de julio, Hugenberg le respondió: el DNVP apoyaría el cierre del Reichstag hasta el otoño para poder hacer guarreridas gubernamentales sin problema, a cambio de que Brüning se comprometiese a derribar el gobierno de Otto Braun en Prusia, dominado por el SPD. Brüning, que era un dictador cuando le interesaba y cuando le interesaba era un demócrata, le dijo que no podía hacer eso.

Así las cosas, el voto del SPD se hizo el 18 de julio. El rechazo de los decretos ganó por 231 a 221; para que nos entendamos, suficientes diputados del DNVP habían decidido unirse a a moción como para hacerla triunfar. En ese momento, Brüning se levantó y anunció la disolución del parlamento y nuevas elecciones, que fueron fijadas para el 14 de septiembre. El 26 de julio, con el parlamento cerrado, el gobierno aprobó la denominada Ley para la resolución de la incertidumbre financiera, económica y social; ley que, básicamente, estaba hecha con los dos decretos rechazados.

De todas las campañas electorales que había vivido Alemania desde el final de la guerra, ésta fue la más caótica y enfrentada hasta el momento. Hasta 37 partidos buscaron pillar cacho en el Reichstag. Zentrum tuvo que plantear una campaña a la defensiva. Sus oponentes estaban difundiendo la interpretación de que Brüning había labrado por ambición personal y de partido el fin del gobierno Müller (lo cual, en mi opinión, es un bulo); así que todo el esfuerzo de los centristas fue desmentir aquel aserto y afirmar que ellos querían salvar la república.

El DNVP fue a las calles de la Alemania con el eslógan Hagamos una derecha fuerte. Por lo demás, Hugenberg, que no le perdonaba a Brüning sus respuestas de nenaza durante las negociaciones de junio, montó una campaña básicamente contra el gobierno, en lo que se unió al discurso del SPD; con la notable diferencia de que el DNVP concluía de todo aquello que era necesario un cambio radical de régimen y cargarse el Plan Young. De manera especialmente importante, el DNVP decidió no hacer campaña atacando al NSDAP, dado que Hugenberg estaba convencido de que los votos que Hitler estaba ganando se los estaba quitando al SPD. En todo caso, el principal problema para el DNVP frente a las elecciones eran sus divisiones internas. Para entonces, por ejemplo, sólo la mitad de los diputados que habían sido elegidos en las elecciones de 1928 apoyaban al partido. El KVP de Treviranus esperaba quitarle buena parte de sus votos. Otros se habían unido al Christlich-Nationale Bauern und Landvolkpartei, CNBL, o Partido Cristiano-Nacional y de los Agricultores.

El amplio espectro de partidos de clase media, por lo general, era consciente de que lo mejor que podían hacer para mejorar sus expectativas y darle estabilidad a la república era entenderse y unirse. Por esta razón el DDP, un partido que cada vez estaba registrando peores resultados, se fusionó con la Asociación de Jóvenes del Reich para Formar el Partido Estatal Alemán o Deutsche Staatspartei, DStP. El DStP se presentó a las elecciones como el justo medio entre la revolución proletaria y la dictadura de derechas, defensor, a la vez, de la justicia social y de la propiedad privada. Un poco a la derecha, Ernst Scholtz, el lider del DVP, intentó la misma operación en el centro-derecha, pero no lo consiguió. Se podría decir, de alguna manera, que tanto el DStP como el DVP querían inventar a Albert Rivera. 

El SPD, por otra parte, tras haber estado dos años en el gobierno del país, estaba ahora con el biorritmo revolucionario. Bueno, eso y que haber gobernado, y puesto que gobernar siempre supone, de alguna manera, pisar huevos y callos, le hizo tener la sensación de que tenía que volver a recuperar su tono 15-M para ser respetado. Fue a las elecciones, por lo tanto, prometiendo una política sectaria en la que, dijo, los intereses del Estado (o sea, de todos) no serían puestos por encima de los intereses de la clase trabajadora (o sea, de un subconjunto de esos todos).

Lo que todo el mundo se preguntaba, en ese momento, era hasta dónde iba a llegar Fofito Poezl. Recordaréis que la referencia estricta que tenía el país era el putomiérdico 2,37% que había sacado el NSDAP en las generales de mayo de 1928. Sin embargo, todo el mundo sabía que eso había cambiado. La involucración del NSDAP en el referendo contra el Plan Young había cambiado las cosas. Desde la primavera de 1930, y superando su más que probable repugnancia personal hacia el muchacho, Hitler había nombrado a Josef Göbels como su jefe de propaganda. Göbels tenía muchas cosas que hacerse perdonar por su jefe, antes y después del tiempo que os relato; y por eso, quizás, era el subordinado perfecto. Un lamebotas profesional pero que, además, era extremadamente inteligente en lo suyo. Tanto que todos los miguelangelrodríguez o ivanredondos posteriores a él no han hecho otra cosa que imitarlo.

Göbels fue el introductor, cuando menos en Europa, de la técnica consistente en hacer trackings distrito a distrito para comprobar la situación del voto, así como los temas que le molestan en el zapato a los electores. Con esa información, le diseñaba los discursos al jefe, para que éste sacase en los mítines precisamente los temas sobre los que la gente quería oír propuestas. Luego diseñó un plan de propaganda por correo, diseñada específicamente para grupos concretos. Nunca perdía el tiempo enviándole a un obrero de una papelera un folleto sobre cuotas lecheras. Göbels editó miles de postales electorales, pegatinas, folletos, películas, diapositivas; organizó correcalles con bandas y marchas con antorchas en la noche. Creó una red de escuelas de formación en discurso público, en las que fueron formados más de 1.500 portavoces del partido.

En esta campaña, además, el NSDAP abandonó el sueño de emocionar al votante trabajador, y se centró en las zonas rurales. Esto, sin embargo, no nos debe llevar a engaño. En las grandes ciudades la campaña también fue muy fuerte, y se centró en la denuncia del capitalismo, que se decía dominado por los judíos.

El pistoletazo de salida lo dio el propio Hitler en Munich, el 19 de julio. Atacó frontalmente, uno a uno, a todos los partidos que habían estado, de una manera u otra, por la república de Weimar. Su lema fue: Contra los partidos del Plan Young. Esta tesis le permitió al NSDAP hacer una campaña muy inteligente, en la que los temas concretos se evitaron en su práctica totalidad. ¿Qué hacer con el seguro de desempleo? Fuera los partidos de Weimar. ¿Qué pasa con Gaza? Fuera los partidos de Weimar. ¿Se debería crear un seguro obligatorio para las promociones de vivienda? Fuera los partidos de Weimar.

Tras el discurso de Munich, Hitler se embarcó en una campaña nacional de mítines. Entre el 3 de agosto y el 14 de septiembre pronunció 20 grandes discursos en reuniones monstruo.

El 14 de septiembre, las elecciones registraron un importantísimo porcentaje de participación del 82%. Nadie pudo escamotear la realidad de que el gran ganador de las elecciones, a pesar de no haberlas ganado, fue el NSDAP, a quien votaron 6,4 millones de alemanes, el 18,3%, con 107 escaños en el Reichstag. Nunca en la historia de la república había un partido registrado ese rally entre dos elecciones. Los nacionalsocialistas se convirtieron en la segunda fuerza política del país detrás de los socialdemócratas.

En todo caso, cuatro partidos más de los tradicionales de la república consiguieron mejorar o aguantar sus votos. El KPD sacó un 13,1%, 4,6 millones de votos, ganando 77 escaños, es decir, 23 más. Zentrum, por su parte, ganó 68 escaños, siete más, sacando el 11,8% (4,1 millones de votos) que venía a ser más o menos lo mismo que en las elecciones anteriores. El BVP, con 1,1 millones de votos y un 3%, apenas se movía en intención de voto y ganó 19 escaños, dos más. El cuarto partido que aguantó el tsunami nacionalsocialista fue el CNBL, que sacó otro 3%, con 1,1 millones de votos, más del doble que en las elecciones anteriores, y ganó 19 escaños.

El SPD había perdido terreno, aunque no llegó la sangre al río. Permaneció como el primer partido del sistema, con 143 escaños, perdiendo sólo 10. Sus votos fueron el 24,5%, 8,6 millones de votos, una pérdida de 5 puntos.

El gran perdedor de las elecciones, sin duda, había sido el DNVP de Hugenberg. Del 14% en 1928 había caído ahora al 7,2%, con 2,45 millones de votos y 32 escaños. Uno de cada tres votantes del DNVP en 1928 votó al NSDAP en 1930. El DVP no hizo otra cosa que continuar su declive, con un 4,5% del voto, 1,57 millones, pasando a tener 30 diputados. El DStP se llevó un 3,78%, 1,3 millones de votos y consiguió 20 escaños, cinco menos de los que había ganado el DDP en las elecciones anteriores. El KVP, surgido del DNVP, se llevó un 0,83% y cuatro escaños.

Los estudios realizados sobre estas elecciones han concluido que uno de cada cuatro votantes del NSDAP en 1930 votaba por primera vez, bien por edad, bien por abstencionismo anterior. Otro 22% había votado previamente al DNVP. Pero, ojo: un 18% de los votantes se había cambiado desde los partidos de clase media, y un 14% desde la socialdemocracia.

Hitler había obtenido los cambios de voto a su favor más resonantes en áreas rurales y protestantes, dado que el voto católico suele ser más rígido (hasta que colapsa, eso sí). Sus nuevos caladeros estaban en la Alemania septentrional y oriental, en una franja que comenzaba en Schleswig-Holstein y terminaba en Prusia oriental, pasando por Pomerania, Mecklenburgo, Hanover, Brunswick u Oldenburgo; tampoco le había ido nada mal en Franconia y Hesse-Nassau, ambas protestantes. Socialmente hablando, en 1930 a Hitler le votaron eso que el comunismo llama pequeñoburgueses: tenderos de una sola tienda, ganaderos, autónomos como carpinteros o fontaneros; pero también trabajadores de cuello blanco normalmente modestos, funcionarios de bajo nivel, maestros de escuela y estudiantes universitarios. La peor noticia para los contrincantes del NSDAP y, en general, para los antifas pasados, presentes y futuros, es que Hitler y Göbels habían conseguido demostrar un hecho que, por otra parte, ya había demostrado a su manera Mussolini: que las ideologías fascistas tienen la capacidad de crecer en todas las capas sociales.

Desde el minuto uno de la "como victoria" de Hitler de 1930, un ejército de teóricos con mayor o menor conocimiento, por lo general gonzalomirós de vía estrecha pero también catedráticos con mucha reflexión a sus espaldas, han estado buscando una especie de argumento mágico que explique la locura de aquellas elecciones. Se tiende, pues, a ver aquellas elecciones como un hecho patológico, enfermizo; como una fiebre. Y se trata de aislar el virus que, él sólo, fuere capaz de explicarlo todo. Es un ejercicio intelectual necesario, porque, de encontrarse ese virus, se podrá defender la idea de que aquello no fue normal; de que el fascismo no es normal y no forma parte, por lo tanto, de las opciones posibles que contempla el pueblo soberano y siempre sabio.

El argumento obvio de estos análisis es simple: Alemania celebró unas elecciones en lo peor del first strike de la crisis del 29, y así le fue. Pero esta interpretación es, en mi humilde opinión, falsa. Es, como digo, un trampantojo mental que se hacen los ramoncitoespinares de esta historia para poder dormir tranquilos.

Si a Hitler lo hubiese encumbrado como alternativa política seria la crisis económica, entonces el NSDAP tendría que haber acudido a las elecciones con un programa económico y social alternativo. Pero eso no fue lo que pasó, como ya os he contado. Hitler se presentó a las elecciones de 1930 con un argumento muy claro: alemán, la república de Weimar te está jodiendo. Lo adornaba con otros argumentos complementarios, como es la connivencia de esa misma república, y de los aliados, con los aleves conspiradores judíos; pero, en esencia, el suyo no fue un ataque hacia la situación económica, sino hacia la inutilidad del sistema. La crisis económica que sufrían los alemanes tenía como un año de vida; pero antes habían sufrido otra, de tintes catastróficos, en lo peor del tema de las reparaciones. El problema no era la crisis, sino la desconfianza en que la clase política tuviese capacidad, ni ganas, de resolverla. De creer a Hitler, de hecho, no es que no hubiese voluntad, es que había deseos de que la crisis se prolongase, pues el objetivo final era sojuzgar al pueblo alemán con la connivencia de los políticos alemanes.

Es importante saber deslindar esto. Una cosa es dejar de votar a uno para votar a otro porque confías más en sus políticas antiinflacionarias o porque ofrece blindar las pensiones (eso es ganar aprovechando una crisis económica). Y otra muy distinta ganar a base de convencer al electorado de que hay una conspiración en la que cuatro tipos, que se pasean por el Reichstag y la cancillería, han decidido someterse a grandes poderes internacionales y entregar al pueblo alemán a cambio (eso es ganar aprovechando una crisis sistémica). Lo primero te obliga a pedir el voto de los tuyos; lo segundo te permite pedir el voto de puto todos. El fascismo consiguió superar el esquema nacido un día en los Estados Generales franceses; el esquema de izquierdas y derechas. Logró convencer casi a uno de cada cinco alemanes que fueron a votar (que fueron casi todos) de que el problema no es de qué equipo eres; el problema es que el fútbol, en sí, es una mierda. En las elecciones de 1930, Adolf Hitler (en realidad, Josef Göbels) encontró la clave de bóveda que llevaba unos diez años buscando; la misma que buscan  todos, y todos son todos, los estrategas electorales que han sido y son después de Göbels: la transversalidad. Eso que, en término no muy afortunado en mi opinión, solemos llamar populismo. La transversalidad es la capacidad de transmitir un mensaje sistémico. Un mensaje diseñado no para cuestionar políticas, sino el propio sistema de la política. "Haga como yo y no se meta en política"; ésta era una de las frases preferidas del general Franco. Es una frase que, en realidad, es farfolla, pues todo aquél que gobierna, al fin y a la postre, termina haciendo política, le guste o no. Pero es un mensaje potentísimo cuando se está en el poder y de lo que se trata es de asaltarlo. 

¿Estás diciendo, Jota, que un mensaje tipo, digamos, "PSOE, PP, la misma mierda es", es un mensaje, en el fondo, fascista? Yo lo que pienso es que es, más bien, un mensaje seudo, o más bien proto, fascista. Lo que es, sin duda, es un mensaje göbelsiano hasta las cachas. Y porque los fascismos siempre buscan esa transversalidad anti sistémica es por lo que defiendo que nunca llegan ellos; es el sistema, cuando colapsa,  cuando se desprestigia frente a los votantes que lo mantienen, quien llama al fascismo y lo deja entrar.

Pero eso es algo que demasiada gente, aun hoy en día, se niega a ver. Y es, también, la razón de que lo que más desea en este mundo un fascista, es que las estrategias contra él las diseñe un antifascista.

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