lunes, mayo 18, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (41): La última hora de un titán

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


En las primeras semanas de 1929, el canciller Müller desplegó una intensa actividad negociadora. Müller no había quedado nada contento con su gobierno de personalidades. Era consciente de que, como había defendido Stresemann frente a la Liga de las Naciones, la situación del país parecía mejor de lo que era; que eran muchos los riesgos y peligros que la acechaban; y que, como consecuencia, necesitaba un gobierno sólido, con un amplio apoyo parlamentario. Müller quería estar al frente de una gran coalición.

Los encuentros y cabildeos tomaron cosa de tres meses. Y, además, se presentaron nuevos problemas. El 6 de febrero, el único miembro de Zentrum en el gobierno, el ministro de Transportes y Territorios Ocupados, Theodor von Guérard, dimitió. Aprovechando esta minicrisis, y consciente de la importancia que los socialdemócratas daban a su permanencia en el gobierno, los centristas exigieron, el día 15, tres ministerios para ellos. Tras dos meses de conversaciones, el 13 de abril, efectivamente, tres ministros centristas entraron en el gobierno: Von Guérard entró en Justicia, Adam Stegerwald en Transportes, y Joseph Wirth en Territorios Ocupados.

El 7 de junio, el Comité Young, que había sido nombrado medio año antes, presentó en París su informe final. La esencia de este informe es lo que normalmente se conoce como Plan Young, y preveía que Alemania seguiría haciendo pagos por reparaciones de guerra hasta 1988; es decir, prácticamente hasta la caída del Muro. En los dos primeros años se pagarían 1.700 millones de marcos; y a partir de ahí las cantidades se irían incrementando hasta 2.400 millones en 1966, para pasar de nuevo a 1.700 millones en las siguientes dos décadas.

El pago se dividía en dos partes. La primera era un pago incondicional equivalente a un tercio de la cantidad; mientras que el resto, podía ser pospuesto. Se eliminó el denominado “indexado de prosperidad”; una norma según la cual, si la economía alemana mejoraba, también se incrementarían los pagos. En total, la factura a pagar por el país era de 112.000 millones de Reichmarks. Todos los controles extranjeros sobre la economía alemana: agente de reparaciones, comité de transferencias, participación en el Reichsbahn y Reichsbank, fueron removidos. El plan era revisable en el caso de que Alemania sufriese una crisis económica de especial virulencia. Los pagos podían ser disminuidos en el caso de que Estados Unidos aceptase una reducción o quita en las deudas interaliadas (esencialmente, las deudas del resto de aliados con ellos). Si Alemania aceptaba estas condiciones, la ocupación de Renania sería historia el 1 de julio de 1930.

Fue para recaudar estas cantidades y arbitrar las transferencias que se creó en Basilea el Banco Internacional de Pagos; que también se esperaba que operase como garantía del marco alemán.

El Plan Young fue generalmente valorado como un paso generoso. Reducía la factura global en 700 millones de marcos por año, eliminaba los controles foráneos sobre la económica germana, e incluía cláusulas de protección en el caso de problemas o imposibilidad de pago. En Alemania, sin embargo, las cosas se veían de otra manera. Una carga de pagos de 60 años era algo que se veía como excesivo; y, además, nada se decía de los préstamos de Estados Unidos que habían sido el soporte de los pagos en el tiempo inmediatamente anterior. A pesar de estas reticencias, el 21 de junio el gobierno alemán aceptó el Plan Young sin fisuras.

El 24 de junio, el plan fue al Reichstag. Como era de esperar, el principal opositor de peso fue el DNVP. Alfred Hugenberg le dejó a su antecesor, Kuno von Westarp, la labor de hablar sobre el tema. El conde se centró, sobre todo, en la fuerte y permanente carga financiera que introducía aquel calendario de pagos. En su respuesta, Stresemann no se mostró especialmente mordaz, sino más bien conciliador. Lo que hizo fue preguntarse si una mera revisión del Plan Dawes sería beneficiosa para Alemania; vino, pues, a decir, que de oponerse Alemania al avance del Plan Young, sería peor el remedio que la enfermedad. Las derechas, sin embargo, siguieron defendiendo la idea de que el calendario de pagos iba a provocar una crisis económica de tales proporciones que las clases medias serían borradas del mapa.

El 28 de junio fue el décimo aniversario del afirma del tratado de Versalles. En Alemania se “celebró” un día de luto. En los días siguientes, los nacionalistas lanzaron una campaña para obstruir el Plan Young. El 9 de julio, Hugenberg anunció la creación del Comité del Reich por el Referendo contra el Plan Young. En esta campaña implicó al DNVP, la Liga Pangermana de Heinrich Class, el NSDAP de Adolf Hitler, el Casco de Hierro dirigido por Fritz Seldt y Theodor Duesterberg, las Asociaciones Unidas por la Patria del conde Gustav Adolf Joachim Rüdiger Graf von der Golz, y el Partido Cristiano de los Agricultores de Albrecht Windhausen.

La creación del comité, y la implicación de todas las fuerzas que se metieron dentro, fueron la demostración de la creciente radicalización de las derechas alemanas, y la capacidad cada vez mayor de unirse. Aquel mismo año de 1930, dos de los miembros de aquel club: el Casco de Hierro y el NSDAP, se habían peleado a causa de la voluntad del primero de impulsar un referendo para modificar la Constitución y reforzar los poderes presidenciales de la república de Weimar. Ahora, sin embargo, por fin los grupúsculos habían encontrado un objetivo común a derrotar, que era el Plan Young.

Había, además, otras consideraciones. El creciente divorcio de los empresarios con la república de Weimar, divorcio en el que no era ajeno el conflicto de la metalurgia del Ruhr y el arbitraje, bastante de parte para qué nos vamos a engañar, del gobierno, había hecho que la indiferencia de los empresarios hacia el nacionalsocialismo se comenzase a matizar, por lo menos en algunos casos. Hitler, ahora, tenía pasta para gastar en propaganda. Podía aspirar a liderar algunos aspectos de la campaña pro referendo; y, presentado al lado del DNVP en plan foto de Colón, podía aspirar a mejorar su imagen frente a las clases medias. Hitler, además, disponía de recursos financieros extra que le llegaban del propio Hugenberg, que prefería que fuesen los nacionalsocialistas lo que se gastasen en la campaña.

Entre el 6 y el 31 de agosto, en La Haya, se celebró la conferencia sobre la liquidación final de la guerra. Su orden del día: el Plan Young y la evacuación de Renania; aunque normalmente se la conoce como la primera conferencia de La Haya. A esa conferencia, Berlín envió a Stresemann y a Rudolf Hilferding, ministro de Finanzas. Por Francia fue Aristide Briand, que era primer ministro tras la renuncia de Poincaré, y Louis Loucheur, su ministro de Trabajo. Gran Bretaña acababa de formar un gobierno laborista en minoría al mando de Ramsay MacDonald, y envió a Arthur Henderson, secretario de Exteriores; y Philip Snowden, canciller del Exchequer. Por Bélgica estaban Henri Jasper, primer ministro; y Paul Hymans, ministro de Exteriores. Por Italia fueron Antonio Mosconi, ministro de Finanzas; y el inevitable Alberto Pirelli. Japón fue representado por Mineichiro Adachi, embajador en París. Estuvieron también observadores de Checoslovaquia, Grecia, Polonia, Portugal, Rumania y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Los que no estuvieron fueron los estadounidenses.

En la conferencia nadie negó la mayor, es decir, nadie puso en duda el monto de pagos fijados en el Plan. En realidad, los problemas vinieron en relación con la distribución de dicho calendario. Snowden, un hombre ya sobradamente conocido en Reino Unido porque no se callaba nunca ni atendía a las convenciones diplomáticas, dejó claro que Gran Bretaña debería ser beneficiada en la distribución de los pagos. Cuando el tema se encalló, incluso llegó a amenazar con marcharse de la conferencia; una amenaza que nunca sabremos a ciencia cierta si iba de farol, porque el caso es que Londres arrimó el ascua a su sardina.

El objetivo fundamental de Berlín era obtener una evacuación lo más rápida posible de Renania. Recibió el respaldo de Gran Bretaña, que se ofreció a retirar sus propias tropas antes del fin de 1929. Los franceses, sin embargo, dijeron que la retirada debería hacerse por fases, y que requeriría de un mayor desarme de la región, así como esperar a que Alemania cumpliese con el primer pago previsto en el Plan Young. Stresemann se vio obligado a retirar su demanda de que el territorio minero del Saar fuese devuelto antes de la fecha prevista (1935).

El 30 de agosto, finalmente, se tomó la decisión de comenzar la retirada de tropas aliadas de Renania el 15 de septiembre de 1929, terminando no más tarde del 30 de junio de 1930.

Cerrada la primera conferencia de La Haya (la segunda se celebraría a principios de 1930, para terminar de zurcir algunas mierdas), el 9 de septiembre Stresemann estuvo en la Liga de las Naciones, en el que fue su último discurso público. Este discurso fue una cerrada confesión de creencia en el pacto Kellogg-Briand, es decir, la convicción de que era posible remover la guerra del horizonte de la Humanidad. “La guerra”, dijo entonces Stresemann, “no se evitará preparando la guerra contra la guerra, sino eliminando sus causas”. Personalmente, considero que Gustav Stresemann era, cosa rara en un político, una persona con inteligencia por encima de la media. Por eso mismo, estoy íntimamente convencido de que, cuando dijo aquella frase, era perfectamente consciente de estar soltando una subnormalidad del cuarenta y dos. Pero era diplomático; es decir, nunca sabremos qué pensaba en realidad.

Aquel mismo mes de septiembre, en todo caso, la campaña en pro del referendo contra el Plan Young estaba en todo lo gordo. Todo había comenzado el 1 de aquel mes, con un discurso de Hugenberg en el bosque de Teotoburgo, de inolvidables resonancias históricas para los chucrut. Teatralmente, Hugenberg señaló la espada que Arminio porta en el monumento de homenaje, y declaró que muy pronto la espada alemana estaría desenvainada de nuevo. Hitler no estaba allí; había aducido un fuerte resfriado con fiebre.

Hugenberg presentó allí el texto de la Gesetz gegen die Versklavung des deutschen Volks o ley contra la esclavitud del pueblo alemán (normalmente conocida como la Ley de la Libertad), que propugnaba cuatro grandes cosas: rechazo de la culpa exclusiva; eliminación del artículo 231 del tratado de Versalles (culpabilidad exclusiva); rechazo de nuevos pagos de reparación; cancilleres y ministros signatarios de los tratados serán llevados a los tribunales.

La última de las regulaciones era la más polémica, pues dentro de la propia coalición pro-referendo había gente que era contraria a ese redactado. Hugenberg, sin embargo, llegó a manejar borradores de la ley en las que el mismísimo presidente de la república era enviado al banquillo. Otros, sin embargo, consideraban esta regulación absolutamente necesaria. Entre ellos estaba Adolf Hitler, quien, el 12 de septiembre, dejó claro que, si la demanda de enjuiciamiento hacia los políticos que habían colaborado con las regulaciones aliadas era eliminada de la plataforma reivindicativa, el NSDAP abandonaría la campaña del referendo. Para entonces, la sensación generalizada en la derecha alemana era que ésta necesitaba del dinero y el piquito de Fofito; razón por la cual el conocido como “párrafo de prisión” se quedó donde estaba.

Para poder votar aquella ley en referendo, hacía falta la firma de al menos el 10% de todos los votantes registrados, que debían expresar dicha voluntad entre el 16 y el 29 de octubre de 1929. Si se conseguían las firmas, se produciría un debate en el Reichstag y una votación de la ley. Si el parlamento rechazaba el texto de la ley, entonces se pasaba a la fase bulén butá, y se celebraba el referendo. Antes de eso, en todo caso, el presidente Hindenburg quiso darle una puñalada mortal a la iniciativa, haciendo una declaración en la que se situaba completamente ajeno a la iniciativa.

A finales de septiembre, un mes antes de la recogida de firmas, el gobierno Müller entró en crisis. El motivo fueron las propuestas de Rudolf Wissell, el ministro de Trabajo. El Yolando Díaz de aquel gobierno propuso incrementar las cotizaciones empresariales del 3,5% al 4%, para así poder financiar el seguro de desempleo. Ya os he hablado de ello antes. El seguro de desempleo nació como una oferta muy ilusionante; pero también fue una oferta que, desde el minuto uno, y eso los políticos lo sabían, estaba infra financiada; es decir, había una parte del gasto que no se correspondía con ingreso potencial alguno. Como de costumbre, los miembros de la cofradía del  como sea, que no tengo ni puta idea, simplemente esperaron a que se encendiese la lucecita roja del sistema y comenzase a sonar la sirena, para decir que había que hacer lo que ellos sabían desde el principio que había que hacer, es decir, incrementar los ingresos del sistema.

El problema de esta propuesta era sobre todo para los partidos más o menos coligados en el gobierno que eran de perfil más derechista; y, entre ellos, nadie más que el DVP de Stresemann, que era un partido liberal, básicamente de empresarios medianos y grandes. El 2 de octubre, el DVP tuvo una reunión tormentosa sobre el tema, en la que se decidió, por un cortacabeza, abstenerse en la votación.

Al final de aquella reunión, Stresemann se sintió mal y regresó a su casa de Berlín. A las siete de la tarde su correligionario Julius Curtius, ministro de Economía, fue a visitarlo. Estuvieron hablando una hora, algo que tal vez fue un poco temerario. A las diez y media de la noche, Stresemann sufrió un ataque que lo dejó inconsciente y semiparalizado. A las 5,25 de la mañana, tuvo un segundo ataque, que acabó con él. Tenía 51 años.

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