Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
En las primeras semanas de 1929, el canciller Müller desplegó una intensa actividad negociadora. Müller no había quedado nada contento con su gobierno de personalidades. Era consciente de que, como había defendido Stresemann frente a la Liga de las Naciones, la situación del país parecía mejor de lo que era; que eran muchos los riesgos y peligros que la acechaban; y que, como consecuencia, necesitaba un gobierno sólido, con un amplio apoyo parlamentario. Müller quería estar al frente de una gran coalición.
Los encuentros y cabildeos tomaron cosa de tres meses. Y,
además, se presentaron nuevos problemas. El 6 de febrero, el único miembro de
Zentrum en el gobierno, el ministro de Transportes y Territorios Ocupados,
Theodor von Guérard, dimitió. Aprovechando esta minicrisis, y consciente de la
importancia que los socialdemócratas daban a su permanencia en el gobierno, los
centristas exigieron, el día 15, tres ministerios para ellos. Tras dos meses de
conversaciones, el 13 de abril, efectivamente, tres ministros centristas
entraron en el gobierno: Von Guérard entró en Justicia, Adam Stegerwald en
Transportes, y Joseph Wirth en Territorios Ocupados.
El 7 de junio, el Comité Young, que había sido nombrado
medio año antes, presentó en París su informe final. La esencia de este informe
es lo que normalmente se conoce como Plan Young, y preveía que Alemania
seguiría haciendo pagos por reparaciones de guerra hasta 1988; es decir,
prácticamente hasta la caída del Muro. En los dos primeros años se pagarían
1.700 millones de marcos; y a partir de ahí las cantidades se irían
incrementando hasta 2.400 millones en 1966, para pasar de nuevo a 1.700
millones en las siguientes dos décadas.
El pago se dividía en dos partes. La primera era un pago
incondicional equivalente a un tercio de la cantidad; mientras que el resto,
podía ser pospuesto. Se eliminó el denominado “indexado de prosperidad”; una
norma según la cual, si la economía alemana mejoraba, también se incrementarían
los pagos. En total, la factura a pagar por el país era de 112.000 millones de Reichmarks.
Todos los controles extranjeros sobre la economía alemana: agente de
reparaciones, comité de transferencias, participación en el Reichsbahn y Reichsbank,
fueron removidos. El plan era revisable en el caso de que Alemania sufriese una
crisis económica de especial virulencia. Los pagos podían ser disminuidos en el
caso de que Estados Unidos aceptase una reducción o quita en las deudas
interaliadas (esencialmente, las deudas del resto de aliados con ellos). Si
Alemania aceptaba estas condiciones, la ocupación de Renania sería historia el
1 de julio de 1930.
Fue para recaudar estas cantidades y arbitrar las
transferencias que se creó en Basilea el Banco Internacional de Pagos; que
también se esperaba que operase como garantía del marco alemán.
El Plan Young fue generalmente valorado como un paso
generoso. Reducía la factura global en 700 millones de marcos por año,
eliminaba los controles foráneos sobre la económica germana, e incluía
cláusulas de protección en el caso de problemas o imposibilidad de pago. En
Alemania, sin embargo, las cosas se veían de otra manera. Una carga de pagos de
60 años era algo que se veía como excesivo; y, además, nada se decía de los
préstamos de Estados Unidos que habían sido el soporte de los pagos en el
tiempo inmediatamente anterior. A pesar de estas reticencias, el 21 de junio el
gobierno alemán aceptó el Plan Young sin fisuras.
El 24 de junio, el plan fue al Reichstag. Como era de
esperar, el principal opositor de peso fue el DNVP. Alfred Hugenberg le dejó a
su antecesor, Kuno von Westarp, la labor de hablar sobre el tema. El conde se
centró, sobre todo, en la fuerte y permanente carga financiera que introducía
aquel calendario de pagos. En su respuesta, Stresemann no se mostró
especialmente mordaz, sino más bien conciliador. Lo que hizo fue preguntarse si
una mera revisión del Plan Dawes sería beneficiosa para Alemania; vino, pues, a
decir, que de oponerse Alemania al avance del Plan Young, sería peor el remedio
que la enfermedad. Las derechas, sin embargo, siguieron defendiendo la idea de
que el calendario de pagos iba a provocar una crisis económica de tales
proporciones que las clases medias serían borradas del mapa.
El 28 de junio fue el décimo aniversario del afirma del
tratado de Versalles. En Alemania se “celebró” un día de luto. En los días
siguientes, los nacionalistas lanzaron una campaña para obstruir el Plan Young.
El 9 de julio, Hugenberg anunció la creación del Comité del Reich por el
Referendo contra el Plan Young. En esta campaña implicó al DNVP, la Liga
Pangermana de Heinrich Class, el NSDAP de Adolf Hitler, el Casco de Hierro
dirigido por Fritz Seldt y Theodor Duesterberg, las Asociaciones Unidas por la
Patria del conde Gustav Adolf Joachim Rüdiger Graf von der Golz, y el Partido
Cristiano de los Agricultores de Albrecht Windhausen.
La creación del comité, y la implicación de todas las
fuerzas que se metieron dentro, fueron la demostración de la creciente
radicalización de las derechas alemanas, y la capacidad cada vez mayor de
unirse. Aquel mismo año de 1930, dos de los miembros de aquel club: el Casco de
Hierro y el NSDAP, se habían peleado a causa de la voluntad del primero de
impulsar un referendo para modificar la Constitución y reforzar los poderes
presidenciales de la república de Weimar. Ahora, sin embargo, por fin los grupúsculos
habían encontrado un objetivo común a derrotar, que era el Plan Young.
Había, además, otras consideraciones. El creciente divorcio
de los empresarios con la república de Weimar, divorcio en el que no era ajeno
el conflicto de la metalurgia del Ruhr y el arbitraje, bastante de parte para
qué nos vamos a engañar, del gobierno, había hecho que la indiferencia de los
empresarios hacia el nacionalsocialismo se comenzase a matizar, por lo menos en
algunos casos. Hitler, ahora, tenía pasta para gastar en propaganda. Podía
aspirar a liderar algunos aspectos de la campaña pro referendo; y, presentado
al lado del DNVP en plan foto de Colón, podía aspirar a mejorar su imagen
frente a las clases medias. Hitler, además, disponía de recursos financieros
extra que le llegaban del propio Hugenberg, que prefería que fuesen los
nacionalsocialistas lo que se gastasen en la campaña.
Entre el 6 y el 31 de agosto, en La Haya, se celebró la
conferencia sobre la liquidación final de la guerra. Su orden del día: el Plan
Young y la evacuación de Renania; aunque normalmente se la conoce como la
primera conferencia de La Haya. A esa conferencia, Berlín envió a Stresemann y
a Rudolf Hilferding, ministro de Finanzas. Por Francia fue Aristide Briand, que
era primer ministro tras la renuncia de Poincaré, y Louis Loucheur, su ministro
de Trabajo. Gran Bretaña acababa de formar un gobierno laborista en minoría al
mando de Ramsay MacDonald, y envió a Arthur Henderson, secretario de
Exteriores; y Philip Snowden, canciller del Exchequer. Por Bélgica estaban
Henri Jasper, primer ministro; y Paul Hymans, ministro de Exteriores. Por
Italia fueron Antonio Mosconi, ministro de Finanzas; y el inevitable Alberto
Pirelli. Japón fue representado por Mineichiro Adachi, embajador en París.
Estuvieron también observadores de Checoslovaquia, Grecia, Polonia, Portugal,
Rumania y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Los que no estuvieron
fueron los estadounidenses.
En la conferencia nadie negó la mayor, es decir, nadie puso
en duda el monto de pagos fijados en el Plan. En realidad, los problemas
vinieron en relación con la distribución de dicho calendario. Snowden, un
hombre ya sobradamente conocido en Reino Unido porque no se callaba nunca ni
atendía a las convenciones diplomáticas, dejó claro que Gran Bretaña debería
ser beneficiada en la distribución de los pagos. Cuando el tema se encalló,
incluso llegó a amenazar con marcharse de la conferencia; una amenaza que nunca
sabremos a ciencia cierta si iba de farol, porque el caso es que Londres arrimó
el ascua a su sardina.
El objetivo fundamental de Berlín era obtener una evacuación
lo más rápida posible de Renania. Recibió el respaldo de Gran Bretaña, que se
ofreció a retirar sus propias tropas antes del fin de 1929. Los franceses, sin
embargo, dijeron que la retirada debería hacerse por fases, y que requeriría de
un mayor desarme de la región, así como esperar a que Alemania cumpliese con el
primer pago previsto en el Plan Young. Stresemann se vio obligado a retirar su
demanda de que el territorio minero del Saar fuese devuelto antes de la fecha
prevista (1935).
El 30 de agosto, finalmente, se tomó la decisión de comenzar
la retirada de tropas aliadas de Renania el 15 de septiembre de 1929,
terminando no más tarde del 30 de junio de 1930.
Cerrada la primera conferencia de La Haya (la segunda se
celebraría a principios de 1930, para terminar de zurcir algunas mierdas), el 9
de septiembre Stresemann estuvo en la Liga de las Naciones, en el que fue su
último discurso público. Este discurso fue una cerrada confesión de creencia
en el pacto Kellogg-Briand, es decir, la convicción de que era posible remover
la guerra del horizonte de la Humanidad. “La guerra”, dijo entonces Stresemann,
“no se evitará preparando la guerra contra la guerra, sino eliminando sus
causas”. Personalmente, considero que Gustav Stresemann era, cosa rara en un
político, una persona con inteligencia por encima de la media. Por eso mismo,
estoy íntimamente convencido de que, cuando dijo aquella frase, era
perfectamente consciente de estar soltando una subnormalidad del cuarenta y
dos. Pero era diplomático; es decir, nunca sabremos qué pensaba en realidad.
Aquel mismo mes de septiembre, en todo caso, la campaña en
pro del referendo contra el Plan Young estaba en todo lo gordo. Todo había
comenzado el 1 de aquel mes, con un discurso de Hugenberg en el bosque de
Teotoburgo, de inolvidables resonancias históricas para los chucrut.
Teatralmente, Hugenberg señaló la espada que Arminio porta en el monumento de
homenaje, y declaró que muy pronto la espada alemana estaría desenvainada de
nuevo. Hitler no estaba allí; había aducido un fuerte resfriado con fiebre.
Hugenberg presentó allí el texto de la Gesetz gegen die Versklavung des deutschen Volks o ley contra la
esclavitud del pueblo alemán (normalmente conocida como la Ley de la Libertad),
que propugnaba cuatro grandes cosas: rechazo de la culpa exclusiva; eliminación
del artículo 231 del tratado de Versalles (culpabilidad exclusiva); rechazo de
nuevos pagos de reparación; cancilleres y ministros signatarios de los tratados
serán llevados a los tribunales.
La última de las regulaciones era la más polémica, pues
dentro de la propia coalición pro-referendo había gente que era contraria a ese redactado.
Hugenberg, sin embargo, llegó a manejar borradores de la ley en las que el
mismísimo presidente de la república era enviado al banquillo. Otros, sin
embargo, consideraban esta regulación absolutamente necesaria. Entre ellos
estaba Adolf Hitler, quien, el 12 de septiembre, dejó claro que, si la demanda
de enjuiciamiento hacia los políticos que habían colaborado con las regulaciones
aliadas era eliminada de la plataforma reivindicativa, el NSDAP abandonaría la
campaña del referendo. Para entonces, la sensación generalizada en la derecha
alemana era que ésta necesitaba del dinero y el piquito de Fofito; razón por la
cual el conocido como “párrafo de prisión” se quedó donde estaba.
Para poder votar aquella ley en referendo, hacía falta la
firma de al menos el 10% de todos los votantes registrados, que debían expresar
dicha voluntad entre el 16 y el 29 de octubre de 1929. Si se conseguían las
firmas, se produciría un debate en el Reichstag y una votación de la ley. Si el
parlamento rechazaba el texto de la ley, entonces se pasaba a la fase bulén butá, y se celebraba el referendo.
Antes de eso, en todo caso, el presidente Hindenburg quiso darle una puñalada
mortal a la iniciativa, haciendo una declaración en la que se situaba
completamente ajeno a la iniciativa.
A finales de septiembre, un mes antes de la recogida de
firmas, el gobierno Müller entró en crisis. El motivo fueron las propuestas de
Rudolf Wissell, el ministro de Trabajo. El Yolando Díaz de aquel gobierno
propuso incrementar las cotizaciones empresariales del 3,5% al 4%, para así
poder financiar el seguro de desempleo. Ya os he hablado de ello antes. El
seguro de desempleo nació como una oferta muy ilusionante; pero también fue una
oferta que, desde el minuto uno, y eso los políticos lo sabían, estaba infra financiada;
es decir, había una parte del gasto que no se correspondía con ingreso
potencial alguno. Como de costumbre, los miembros de la cofradía del como
sea, que no tengo ni puta idea, simplemente esperaron a que se encendiese
la lucecita roja del sistema y comenzase a sonar la sirena, para decir que
había que hacer lo que ellos sabían desde el principio que había que hacer, es
decir, incrementar los ingresos del sistema.
El problema de esta propuesta era sobre todo para los
partidos más o menos coligados en el gobierno que eran de perfil más
derechista; y, entre ellos, nadie más que el DVP de Stresemann, que era un
partido liberal, básicamente de empresarios medianos y grandes. El 2 de
octubre, el DVP tuvo una reunión tormentosa sobre el tema, en la que se
decidió, por un cortacabeza, abstenerse en la votación.
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