viernes, mayo 08, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (36): Give peace a chance

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Alemania cada vez tenía una posición más cómoda en el ámbito internacional y, además, su política exterior estaba comandada por un hombre muy hábil y capaz como Stresemann. Stresemann, como hombre que era de centro-derecha, sin duda tenía claro que el futuro de aquella Alemania era, por así decirlo, tomar el camino de la República Federal de Alemania que surgiría algunas décadas después. Sin embargo, las tácticas dilatorias a la hora de permitir la entrada del país en la Liga de las Naciones le enseñaron que necesitaba darle un toque a sus socios preferentes. Así las cosas, volvió a hacerle cucamonas a la URSS.

Stalin, por su parte, emitía en la misma longitud de onda. Chicherin, reproduciendo con esto, seguramente, argumentos que tal vez había escuchado en la dacha del secretario general cualquier madrugada, le dijo a Stresemann que, si no podía fiarse de sus aliados occidentales para algo como la entrada en la Liga, qué sería en temas más serios. Los soviéticos querían un nuevo pacto de alianza con Alemania, ya que así pensaban debilitar el frente occidental anti soviético. Stresemann le contestó asegurando que siempre había querido un nuevo pacto germano-soviético.

Como consecuencia, el 24 de abril se firmó el acuerdo de Berlín, que se conoce más comúnmente como el pacto germano-soviético de neutralidad y no agresión. Lo firmaron Stresemann y Nikolai Nikolayevitch Krestinsky, el embajador soviético en la capital alemana.

Ambas partes habían pactado apenas cuatro artículos: mantener Rapallo como la base de las relaciones entre ambos Estados; compromiso de mantener la neutralidad en el caso de que cualquiera de los dos fuese atacado por un tercero; ninguna de las dos partes formaría parte de una coalición con el objeto de sancionar o estrangular económicamente al otro; el plazo de vigencia sería de cinco años (tres más cuando llegó 1931). Este acuerdo apenas concitó tres votos en contra en el Reichstag.

La opinión pública alemana, la publicada y la política, efectivamente, recibieron aquel pacto con auténtica alharaca. Ya sé que todas estas cosas han quedado desdibujadas tras la imposición del relato posterior a la segunda guerra mundial según el cual, se viene a decir, la  Guerra Fría comenzó en 1917 con la revolución rusa; pero la cosa es que no es verdad. Ni siquiera es verdad que la derecha ultranacionalista alemana fuese abiertamente antisoviética. Era anticomunista en el interior; pero eso no es exactamente lo mismo; es tan incierto, de hecho, que yo personalmente estoy convencido de que, de no haber inventado Stalin la Komintern y la revolución internacional, no habría sido molestado.

De hecho, el DNVP saludó con alegría la firma del pacto de Berlín; ya que consideraba, con buen criterio a la luz de los hechos, que una Alemania amigada con la URSS acercaba notablemente la posibilidad de recuperar Dantzig, la Alta Silesia y el corredor prusiano.

Como en un vaso comunicante, la firma del tratado causó una angustia total en el resto de Europa; que era justo lo que Stresemann estaba buscando. Francia, de hecho, no se quedó quieta y en junio de 1926 firmaría un tratado rápidamente negociado con Rumania, que venía a unirse a los que ya tenía con Polonia y Checoslovaquia. El ministro de Exteriores polaco, Aleksander Skzynski, urgió a los aliados occidentales a analizar cómo cambiaba aquel pacto las obligaciones de Alemania una vez que estuviese dentro de la Liga; venía a decir, pues, que tal vez el trato especial que reclamaba Berlín respecto del artículo 16 debería serle retirado.

Aquella primera mitad de 1926, además de con el tema del pacto soviético, Alemania estuvo dividida en torno a uno de esos debates simbólicos que los que están dentro de él consideran tan importantes, y los que están fuera suelen reputar de chorrada. A finales de abril, y de forma bastante inopinada porque nunca había dicho nada sobre el tema ni parecía estar interesado en él, el canciller Hans Luther, sin encomendarse ni al Reichstag ni a los líderes políticos, sin siquiera consultarlo con Gonzalo Miró, decidió proponerle al presidente Hindenburg la aprobación de una ley de la bandera o Flaggenordnung Erlass. Esta ley permitiría a los consulados y representaciones alemanas en el exterior poder ondear la vieja bandera imperial, con sus colores blanco, negro y dorado, junto a la bandera de la Alemania posterior a 1918, cuyos colores conocemos mejor (negro, rojo y dorado). Hay que decir que, en ese momento, ya se permitía el uso de la vieja bandera imperial en el mar, aunque la ley decía que las banderas debían llevar en la esquina superior derecha una especie de banderita en miniatura con los colores constitucionales. Stresemann estuvo de acuerdo con Luther, por considerar que los alemanes de fuera de Alemania eran personas, por lo general, muy apegadas al viejo Reich.

Fue una jugada notablemente torpe. Los argumentos de Luther no se sostienen. Imaginad que un gobierno español dijese ahora que, como ha decidido que los españoles que viven en Hispanoamérica son muy admiradores del franquismo, en las legaciones españolas allí se podrá desplegar la bandera con la gallina del apóstol. Pasó lo que  tenía que pasar. Los socialdemócratas salieron en tromba diciendo, como John McEnroe, eso de “¿bromea o qué?” El DDR y el Zentrum les hicieron hilo tout de suite. Todos parecían estar de acuerdo en que la vieja bandera imperial debía seguir usándose en el mar, supongo que porque efectivamente es más visible en la distancia, que es lo que tienen que ser las banderas marineras; pero se negaban en redondo a que en las legaciones pudiera aparecer.

Luther, por lo demás, le hizo un flaquísimo favor al presidente Hindenburg; pues todo el mundo en Alemania asumió que la propuesta, en realidad, era del viejo, lo cual está muy lejos de ser lo cierto. El viejo zorro no perdonaría.

El 12 de mayo, el SPD le cascó una moción de censura al gobierno; y la perdió por un cortacabeza. Entonces Erich Kock-Weser, el líder del DDP, en medio de una competición a ver quién meaba más lejos, planteó un voto de censura del canciller. Y éste sí que se ganó, 176 a 146, como consecuencia de que el DNVP decidiese abstenerse. Así las cosas, Luther tomó las de Villadiego el 13 de mayo, aunque su gobierno, que técnicamente no había sido censurado, siguió en el puesto, con Otto Gessler al frente de forma provisional.

Nuevos cabildeos. El DNVP rehusó entrar en el gobierno; y, la verdad, no es culpo, pues después de años de política personal practicada por Ebert, y luego de políticas igual de individualistas practicadas por los cancilleres de Hindenburg, tiene lógica que un partido con tanta presencia y proyección considerase que sólo entraría en un gobierno que pudiera controlar. El SPD, que era el otro triunfo de la baraja, dijo que en modo alguno apoyaría un gobierno minoritario dirigido por Gessler. Hindenburg, en esas circunstancias, tuvo que volver el rostro hacia el zorro centrista: Wilhelm Marx.

El 17 de mayo, cuatro días después del emasculamiento de Luther, Marx era canciller de nuevo. El político centrista quería cuantos más partidos políticos, mejor, dentro de su coalición; pero siempre con la condición de que asumiesen el rumbo marcado para la política exterior. Esto dejaba fuera al DNVP, pero en la imaginación del canciller, no al SPD. Sin embargo, el DVP ya estaba dentro de la coalición; y este partido siempre sostuvo que no gobernaría con los socialdemócratas.

El tercer gobierno Marx retuvo todos los ministros del gobierno Luther, con la única excepción, lógica, de que el Zentrum Johannes Bell sustituyó al propio Marx como ministro de Justicia y de los Territorios Ocupados. O sea: Zentrum + DDP + DVP + BVP. Una vez más, una coalición minoritaria que dependía, cada día, de que a los socialdemócratas no les picase el bichito.

Contemporánea a esta crisis de gobierno es la polémica en torno a la eventual celebración de un referendo sobre la eventual expropiación de bienes de la familia real alemana sin indemnización. El artículo 153 de la Constitución establecía que la propiedad sólo podía ser expropiada por razones de bien común, y mediando siempre una compensación adecuada. Los jueces solían hacer en los tribunales una interpretación muy estricta de este artículo, fallando, normalmente, a favor de la nobleza y los miembros de la familia real.

Hindenburg, además, era de la misma opinión. El 15 de marzo, anunció que la expropiación sin indemnización no podría considerarse como avalada por las necesidades del bien común, puesto que se trataba de una expropiación política, como tal anticonstitucional. El 24 de abril Wilhelm Marx, que entonces era ministro de Justicia, confirmó esta opinión; esto tenía su importancia pues, si como ya se estaba reclamando se hacía un referendo sobre el tema, éste no podría ganar por mayoría simple, sino por una mayoría del 50% de todos los registrados para votar, votasen o no.

Efectivamente, el tema de un referendo se venía hablando desde enero de aquel año, y contaba con el apoyo del SPD; aunque los socialdemócratas, por lo general, eran partidarios de que en la operación mediase algún tipo de compensación. Los comunistas, por supuesto, no querían dar compensación alguna. El artículo 73 de la Constitución, desarrollado en la ley de Referendos de 27 de junio de 1921, establecía que la petición de un referendo debería estar firmada por un 10% de todos los votantes registrados. El SPD y el KPD consiguieron 12 millones y medio de firmas, más que suficiente pues.

Sin embargo, el 6 de mayo el Reichstag votó, 236 votos contra 142, rechazando la celebración de la votación; este rechazo, sin embargo, era una chorrada, ya que, en los términos de la legislación, dado que la petición tenía firmas sobradas, todo lo que cabía era confirmar la celebración, que quedó fijada para el 20 de junio. La pregunta fue: ¿Está usted de acuerdo con la confiscación de la propiedad de los príncipes germánicos sin compensación?

Este referendo fue el primero en la Historia de Alemania. Su campaña fue muy desabrida. Los únicos que apoyaron decididamente el voto positivo fueron los convocantes, es decir, socialistas y comunistas. El resto de partidos no es que le hiciese ascos a la expropiación, sino al hecho de que fuese sin compensación; y recomendaron a sus seguidores la abstención, conscientes de que, con las reglas de juego en la mano, era como votar en contra.

En el fondo de aquellas discusiones hay mucha tela. Ciertamente, entre los partidarios de la abstención podía haber gente, sobre todo del DNVP, que consideraba que los cronprinces tenían derechos históricos sobre sus fincazas y paquetes accionariales; pero también había muchos a quienes, las cosas como son, los borbones germánicos les importaban lo mismo que las dudas tributarias del tercer portero del Leganés Club de Fútbol. Lo que había detrás era el miedo a que las izquierdas, una vez que consiguiesen abrir la lata de los derechos de propiedad privada de la familia real, comenzasen a bajar por la cuesta. El referendo de 1926, por lo tanto, hay que entenderlo como un referendo en torno a la propiedad privada.

El 20 de julio, el 96,2 de las personas que fueron a los colegios electorales a votar, es decir 14.450.000 votos en números redondos, estuvieron a favor de la expropiación sin indemnización. El 3,8% (585.027 alemanes, alemanas y alemanos) se molestó a ir a la urna a votar que no. Desde algunos puntos de vista, era todo un logro para los convocantes: el Si había conseguido más votos que Hindenburg en la elección presidencial. Sin embargo, hechas las cuentas respecto del censo, la posición favorable se quedaba en el 39,3% y, por lo tanto, muy lejos del resultado necesario. Aquello abrió una amarga disputa en el seno de las izquierdas, ya que el SPD, no son cierta razón en mi opinión, sostenía que si, como ellos habían sugerido, la pregunta hubiese dejado la puerta abierta a algún tipo de compensación aunque mínima, el referendo se podía haber ganado.

Perdido el referendo, el tema fue remitido a los gobiernos regionales. Aquí las cosas fueron más racionales. Aquel mismo año, el 29 de octubre, la familia Hohenzollern firmó un acuerdo con el gobierno prusiano. Este acuerdo declaró que 20 de los 60 castillos que poseía la familia en el land serían considerados propiedad privada, mientras que por los restantes la familia real recibiría 22 millones de Reichsmarks como compensación.

El 3 de septiembre, el comité encargado de estudiar la reorganización del Consejo de la Liga de las Naciones propuso que se le ofreciese a Alemania un asiento permanente en el Consejo, unido a la ampliación del número de miembros no permanentes de seis a nueve. Los países que ocuparían los tres sitios adicionales serían elegidos por la Asamblea, y podrían ser designados para un nuevo mandato al final del primero de tres años. Se trataba, pues, de sitios semi permanentes; y todo el mundo asumía que serían para Polonia, Chile y Rumania. Colombia, Países Bajos y China recibieron puestos de dos años, y El Salvador, Bélgica y Checoslovaquia, de un año. Polonia aceptó esta propuesta; pero España y Brasil seguían enfadadas y en trámites de salir de la Liga. Así las cosas, el 8 de septiembre, tras un voto unánime de la Asamblea, Alemania entró en la Liga de las Naciones.

Contestando al discurso de Stresemann agradeciendo el recibimiento en el club internacional, habló el francés Aristide Briand. Briand pronunció un discurso brillante y vibrante, retóricamente al nivel de Martin Luther King con su famoso I had a dream. Es un discurso, sin embargo, que no se cita mucho porque, claro, por muy vibrante que quiera ser, no deja de ser un meconio superado por los tiempos casi inmediatamente. Briand, que al contrario que la mayoría de los políticos creía en lo que decía, estaba sinceramente convencido de que el tiempo de las guerras había terminado en el mundo. Era el suyo, evidentemente, un punto de vista totalmente eurocéntrico; pues a cualquier observador fino no se le hubiera escapado, en 1926, el detalle de que, si bien Europa había levantado el pie del acelerador de la violencia desde 1918, en muchos otros puntos del mundo estaba ocurriendo exactamente lo contrario. Pero como quiera que aquellos políticos de 1926 eran hijos, ni siquiera nietos, de los viejos dominadores coloniales, para ellos todo el monte era orgasmo; y el final del belicismo en occidente equivalía al final del belicismo en el mundo.

Briand, pues, quiso certificar el fin de la violencia bélica en la Historia. Lo hizo con su famosa frase: no más rifles, no más ametralladoras ni cañones; es el momento del arbitraje, y de la paz.

Give peace a chance. Décadas después, John Lennon haría caja con el mismo mensaje, consciente de que este tipo de cosas siempre tienen su público. Igual que los libros de Harry Potter y las canciones de Rita Irasema, más o menos.

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