Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Los resultados de las elecciones alemanas de 1930 cayeron sobre Alemania y el resto del mundo como chistorra navarra en estómago ulcerado. El Reichsbank se tuvo que poner manos a la obra para evitar la salida masiva de oro y capitales del país, y las acciones de empresas alemanas se hundieron en las Bolsas locales e internacionales (otro síntoma de que Hitler no había ganado sus votos precisamente ilusionando con sus ofertas económicas).
Göbels le diseñó entonces a su jefe una serie de entrevistas
en periódicos internacionales; no porque le preocupase mucho aquel pánico, sino
porque entendió que era el momento de aprovechar su tirón. En esas entrevistas,
Hitler se presentó a sí mismo como un alemán amante de su patria que lo que
quería era liberarla de las cargas financieras impuestas por el tratado de
Versalles y el Plan Young.
Dentro del país, los contrincantes políticos de Hitler
comenzaron a temer un golpe de Estado del NSDAP en connivencia con el ejército.
Tan pronto como el 23 de septiembre de aquel año, el tribunal superior de
Leipzig comenzó a juzgar a Richard Scheringer, Hans Wendt y Hans Ludin,
acusados de alta traición. Los tres eran tenientes del Reichswehr sirviendo en
Ulm, y fueron acusados de ser miembros secretos del NSDAP, cosa que estaba
prohibida, y estar intentando reclutar a otros mandos. El 25 de septiembre, convocado
por el abogado de los acusados Hans Frank, Adolf Hitler hizo acto de presencia
en el tribunal como testigo. Negó estar en relación con los tres encausados y
aseguró que su objetivo era alcanzar el poder por medios democráticos. Pero
añadió: “Cuando nuestro partido gane por medios democráticos, crearemos un
nuevo Tribunal Supremo que reemplace a éste, y los criminales de noviembre
encontrarán su castigo; sus cabezas van a rodar”.
El 5 de octubre, el canciller Heinrich Brüning se entrevistó
con Hitler por primera vez. Se reunieron en la casa del siempre maniobrero
Gottfried Treviranus. Hitler acudió con Gregor Strasser y Wilhelm Frick (lo cual nos dice algo sobre sus confianzas en ese momento; Himmler o Ribentropp son muy posteriores).
Brüning trató de convencer a Hitler de que su plan de austeridad tenía como
objetivo reducir los pagos del Plan Young y evitó en todo momento prometerle al
austríaco puestos en el gobierno. Sin embargo, sí le dijo que Zentrum podría
llegar a formar coaliciones de gobierno con el NSDAP en algunos lander.
Hitler no estaba cómodo en esa entrevista y, de hecho, hizo lo que hacen hoy los contertulios de izquierdas: se
dedicó a volver, cada vez que tomaba la palabra, sobre los mismos temas,
independientemente de lo que le iba diciendo su interlocutor. Se dedicó a
denunciar a los que consideraba “enemigos del nacionalsocialismo”, que eran
casi todos. Brüning sacó la conclusión de que Hitler era “un Mussolini barato,
a quien no le interesa nada más que el poder”. Aparentemente, el hecho de que
el italiano se estuviese convirtiendo, en ese momento, en el árbitro de Europa,
no le dio de pensar, como se dice hoy. En todo caso, al final de la entrevista
el canciller había decidido que aquel tipo no entraría en su gobierno.
Hitler, extrañamente, salió de aquella entrevista optimista.
Incluso le dijo a Göbels que había conseguido impresionar a Brüning. Conforme
fueron pasando las semanas, sin embargo, los actos del canciller le fueron
dejando claro que Brüning lo consideraba un subnormal; con lo que Hitler
comenzó a acunar una sólida inquina contra él (de hecho, mi sicoteoría de salón
de casa es que una de las razones de la animosidad de Hitler hacia Von Papen
radica en que le recordaba a Brüning).
Para sorpresa de nadie, Hindenburg sacó como conclusión de
las elecciones de 1930 que el canciller Brüning debía seguir siendo canciller;
lo cual tiene mérito puesto que, sobre no haber quedado primero, ni siquiera
había quedado segundo. Hindenburg, pues, es, en el fondo, el sueño húmedo de políticos como Yolanda Díaz, pues, en según qué circunstancias, no habría dudado en hacerles presidentes del gobierno. El 30 de septiembre, el candidato a canciller anunció
que si el nuevo Reichstag no le votaba el plan económico, sacaría de nuevo a
pasear el artículo 48. No le quedaba otra, pues los partidos que le apoyaban
apenas superaban la proporción de uno de cada tres votos en el Reichstag.
En realidad, los que estaban más incómodos que con
candidiasis vaginal eran los socialdemócratas. Los socialistas estaban un poco donde dice que está, en el momento de escribir estas notas, Gabriel Rufián: no se entendían con Brüning y preferían pegarse un tiro en cada testículo antes de aprobar su
plan de austeridad. Pero también temían que, de tirar mucho de la cuerda, el
canciller terminase aliado con el NSDAP en una dictadura de facto que todo lo que tendría que hacer es tirar de artículo 48,
no convocar elecciones e ir espaciando las reuniones del Reichstag (tres cosas
que acabarían pasando, de hecho). Los socialistas, por lo tanto, decidieron
garantizarle a Brüning que no perdería ninguna moción de censura; se hicieron,
pues, un Puigdemont. Brüning respondió con unos nebulosos compromisos de
permitirles meter mano en su plan de austeridad.
El 13 de octubre, apertura del Reichstag, ya se lio, nunca
mejor dicho, parda. Los miembros del NSDAP querían estar en la sesión con sus
uniformes de la Sturmableitung. Pero
resulta que una ley prusiana prohibía los uniformes en los parlamentos.
Conocedores de la prohibición, los nacionalsocialistas habían entrado vestidos
de señores de Cuenca en una boda, pero todos ellos con bolsitas sospechosas
dentro de las cuales llevaban los uniformes; y una vez dentro se fueron al
baño, y se cambiaron. A partir de ahí, comenzaron a cantar canciones
nacionalsocialistas, a insultar a los ministros, y a provocar a los socialistas
y a los comunistas.
El día 16, Brüning apareció ante el parlamento para pedir
apoyo a su plan de austeridad. El propio plan había mutado; ahora propugnaba
nuevos recortes de gasto público, y quería imponer nuevos impuestos, o subir
más los existentes. Anunció, por ejemplo, que la contribución para el seguro de
desempleo se incrementaría hasta el 6,5% para empresarios y trabajadores; lo que venía a significar que los trabajadores alemanes ya se podían ir olvidando de subidas de sueldo por lo menos hasta que los nibelungos aprendiesen a bailar sevillanas.
Anunció un recorte de la paga de los funcionarios del 6%, una reducción de los
subsidios a los lander, y un aumento en el impuesto al tabaco. O sea, que el funcionario de land deficitario que, además, le diese al Marlboro, estaba bien jodido.
El 17 de octubre, el socialdemócrata Hermann Müller tomó la
palabra; momento en el que los diputados del NSDAP abandonaron ruidosamente la
sala. Müller dejó claro que no apoyaría ninguna de las tres mociones de censura
planteadas contra el gobierno (comunistas, DNVP y NSDAP). Que había que ser
realistas y defender la Constitución. No me cansaré de recordaros que en el
centro de las dificultades que intentaba neutralizar el plan de Brüning estaban
las promesas poco meditadas del sistema de seguro de desempleo. Aquí estaba,
pues, el pirómano ofreciéndose a apagar el incendio. Pero salvaron al gobierno
Brüning.
Tras la votación, el propio parlamento votó irse a tomar por
culo hasta el 3 de diciembre. Dicho día, Hermann Dietrich presentó el
presupuesto del Estado para 1931. El ministro de Finanzas vino a decir que,
aunque reducir el déficit público era crucial, había que hacerlo permitiendo el
crecimiento industrial. Gottfried Feder, hablando en nombre del NSDAP, dijo que
el gobierno era ilegítimo, porque no había recibido una investidura propiamente
dicha (aunque había ganado las mociones de censura). Los comunistas dijeron
que, en su opinión, Alemania ya era una dictadura, ya que allí quien gobernaba
era el presidente con su artículo 48; evidentemente, cargaron contra los
socialdemócratas por apoyar aquel meconio.
Las mociones contra el gobierno fueron derrotadas todas y
siguieron días de sesiones en las que los nacionalsocialistas la montaron por
cualquier cosa, hasta llegar a la pausa de Navidad. Otra imagen normalmente
difundida nos habla de la república de Weimar como una democracia al uso, hasta
que llegaron los camisas pardas y se la cargaron. Pero eso tiene sus
matizaciones. En el momento en que los señores diputados se fueron de vacas
aquel año 30, el Reichstag, entre 1920 y 1930, se había reunido una media de 100 días al año. Eso sí: entre
septiembre de 1930 y marzo de 1931, lo hizo 50 veces. Entre marzo de 1931 y
julio de 1932, 24. Después de eso y hasta la dictadura, tres veces. Por el
camino, Hindenburg firmó decretos usando el artículo 48: cinco en 1930, 43 en
1931 y 57 en 1932.
En el año 1931 pasó lo que tiene que pasar cuando el niño
tiene una tos de camionero y se niega a tomar el jarabe: que empeora. Las
ventas al por menor cayeron un 30%, mientras las bancarrotas inundaban los
juzgados tras un incremento del 20%. El 8 de enero, el desempleo llegó a los
cuatro millones y medio de personas, y llegaría a la cifra mágica de seis
millones a finales de año; más de 4.000 empleos volatilizados cada día, festivos incluidos.
La crisis económica cada vez era peor; pero, una vez más: el
verdadero problema no era la crisis, sino transmitir la sensación de que no
eres capaz de enfrentarla; de que, según la teórica nacionalsocialista, ni
siquiera te lo planteas. El NSDAP empezó el año 1931 con 389.000 miembros y lo
terminó con 806.294.
El 1 de enero de 1931, Hitler inauguró la nueva sede del
NSDAP en Munich, la conocida como Braunes
Haus o Casa Marrón, 45 Brienner
Strasse. Era un edificio construido en 1828, antes conocido como el Palacio
Barlow. El NSDAP pagó por el edificio 805.864 marcos, que fueron financiados
con aportaciones de miembros del partido (los célebres crowfundings políticos, siempre un epítome de transparencia), más
300.000 marcos provenientes de un préstamo avalado por el empresario
siderúrgico Fritz Thyssen. El arquitecto Paul Troost se encargó de renovar el
edificio, creando un gran hall de entrada que sería conocido como El Salón de
las Banderas; y un amplio despacho para Hitler en la primera planta, donde el
líder nacionalsocialista tenía un busto de Mussolini, una foto de Henry Ford,
un retrato (sin firmar) de Federico el Grande, y una pintura que describía un asalto
del regimiento de List, del que Hitler formaba parte, durante la batalla de
Flandes de 1914. Hitler, en todo caso, apenas iba por allí. Odiaba el trabajo
de back office. A él, como a Óscar Puente, lo que le iba era batirse el cobre día a día en cualquier esquina.
El 5 de enero, en el piso enorme que Hermann Göring tenía en
Munich, Hitler se entrevistó con Hjalmar Schacht, el dimisionario gobernador
del Reichsbank. Schacht quedó impresionado por el piquito del líder
nacionalsocialista e, inmediatamente después del encuentro, comenzó a comerle
la oreja a Brüning para que metiera a los nacionalsocialistas en el gobierno. Su pasión hitleriana acabaría por costarle caro, pues acabó en el bench de Nürmberg.
El mismo día de esa entrevista, Hitler nombró a Ernst Röhm
jefe de Estado Mayor de las SA. El nombramiento de Röhm buscaba calmar las
aguas tras una movida que había agitado las SA en los tiempos de las elecciones
de 1930. El gran muñidor de aquellos problemas había sido Walter Stennes, el
comandante de las SA en Berlín. Hitler veía a las SA como una tropa auxiliar,
pero no quería que se convirtiesen en una organización paramilitar; en
realidad, el líder del NSDAP siempre temió que las SA, teniendo como tenían
armas, estructura y mandos, se acabasen convirtiendo en un partido dentro del
partido.
Stennes, sin embargo, no era de esa opinión. Walter era un
jonsista de primera hora, un Onésimo Redondo de puta madre, uno de los miembros de la tendencia socialista del
NSDAP; y quería ver en las SA el germen de un futuro ejército del pueblo
alemán, un poco al estilo del ejército rojo de Lenin. Stennes odiaba a la
mayoría de los altos dirigentes del partido, a los que consideraba capitalistas
peligrosos. Estaba en contra de la estrategia hitleriana de ascender en el
sistema político por medios democráticos, quería una propaganda nacionalsocialista
decididamente anticapitalista, y consideraba que la república de Weimar tenía
que caer a hostias.
En septiembre de 1930, cuando llegaron las elecciones y se
elaboraron las listas de candidatos, tres dirigentes de las SA berlinesas se
quedaron fuera de la plancha. Stennes y otro grupo de miembros de las SA de su
mismo ADN, entonces, tomaron por la fuerza la oficina del Gau de Berlín, es
decir, Josef Göbels. Para tranquilizar las cosas, Hitler decidió destituir al
entonces jefe de las SA, Franz von Salomon y, el 2 de septiembre, asumió
personalmente el mando supremo de la organización. Prometió más fondos, pero
exigió obediencia total a su persona; cosa que Stennes aceptó. Aún así, este
inquieto nacionalsocialista la volvería a montar algunas semanas después y
terminó expulsado del partido. Cuando el NSDAP llegó al poder, Göring, que yo
creo que tenía cierta simpatía por el muchacho, le conminó a abandonar el país.
Stennes, efectivamente, se marchó con su mujer a Shanghai, donde se convirtió
en asesor militar del Kuomintang. Regresó a Alemania después de la guerra y
llegó a ser diputado, antes de retirarse y morir 53 años después de su
revuelta, en 1983. Por cierto, con sus dos cojones morenos intentó que la RFA le diese una pensión de
víctima del nazismo, que le fue negada.
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