Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Max von Baden, como normalmente se le conoce, era un activo homosexual a quien sus altos contactos tuvieron que asistir cuando era un joven oficial, pues al parecer una noche en Berlín se comió, o intentó comer, la polla equivocada; tema que pudo dar con sus huesos en la cárcel. Por supuesto, se casó con una miembra de su club azul, la princesa María Luisa de Hanover, con la que hemos de suponer que jugaría a los dardos o algo así. Pero se había pasado toda la guerra colaborando con la Cruz Roja, lo que le había dado buena prensa incluso entre los aliados; y no tenía enemigos declarados en la mayoría de los grupos políticos. Su figura, pues, era perfecta (bueno, casi perfecta) para mantener viva la llama Hohenzollern.
El príncipe Maximiliano (que la tocaba con la mano)
consideró que lo mejor que podía tener Alemania en aquellos momentos tan
delicados era un gobierno centro-izquierda, así un poco en plan Rajoy. Quería
incluir a los socialdemócratas, al Zentrum y sus católicos, y el FVP, que eran
los progresistas de los que os hablaba antes.
El elemento fundamental de aquella ecuación eran los
pedrosánchez. El SPD se había creado en 1863, y era el resultado de la fusión
de dos formaciones socialistas, una puramente marxista y la otra reformista. En
1913, los socialdemócratas eligieron como su líder al futuro presidente de la
república de Weimar, Friedrich Ebert. Un convencido de que el socialismo tenía
que llegar a Alemania no en las calles, sino en el Bundestag.
En 1914, cuando el káiser había solicitado al Bundestag la
financiación de la guerra y la imposición de una Burgfrieden, algo así como una suspensión de la vida política,
Ebert había votado a favor. Aquello le granjeó severas críticas de su izquierda
antibelicista. En 1916, Ebert pasó a compartir el poder en el partido con otro
moderado, Philipp Scheidemann. Sheidemann trabajó por mantener el partido
unido, es decir por el diálogo entre belicistas y antibelicistas; y por el
logro de una paz negociada.
El 21 de diciembre de 1915, cuando el gobierno se presentó
ante el Reichstag pidiendo más pasta, varios diputados socialistas votaron en
contra. Hugo Haase, uno de esos diputados se convirtió en el líder de esta
facción. Haase y Scheidemann se llevaron así en plan Sánchez y Page (pero con
enfrentamientos serios, no de cartón piedra) hasta que, en marzo de 1916, ante
una nueva petición de pasta, los de Haase decidieron votar por su cuenta. Como
consecuencia, en 1917 el partido se escindió. Los antibelicistas se juntaron en
el Unabhängige Sozialdemokratische Partei
Deutschlands o Partido Socialdemócrata Independiente, o sea el USPD (que se
llama así no por ser estadounidense, sino por ser Unabhängige, independiente); con su líder en Haase. Los
pro belicistas se quedaron con la marca anterior, es decir Mehrheitssozialdemocratische Partei Deutschlands o Partido
Socialdemócrata de la Mayoría, MSPD. Los vínculos entre los otrora hermanos
siguieron siendo sin embargo bastante estrechos y, de hecho, los dos decidieron
apoyar al gobierno de Maximiliano.
El 2 de octubre de 1918, Hindenburg y Ludendorff convocaron
a los líderes de los partidos en el Reichstag. El ponente del día fue el
comandante Freiherr von dem Bussche, quien le contó a los civiles que la cosa
estaba sobaco de grillo perdida. Los militares dejaron claro que el enemigo no
tenía ninguna intención de negociar una paz; que había que ir a un armisticio,
es decir, una bajada de pantalones.
Os lo creáis o no, los líderes políticos, el 2 de octubre de 1918, se quedaron
pijarriba cuando escucharon a Bussche. De hecho, se quedaron más extrañados que
si José Luis Ábalos les hubiese anunciado su intención de ingresar como monje
en el Monte Athos. Nadie entre aquellas calaveras supuestamente mucho mejor
informadas que la media sabía o sospechaba que la derrota era algo tan probable
y cercano.
Al día siguiente, Hindenburg, hemos de suponer que tras
recibir los parabienes políticos para el gesto, le envió un memorando al
príncipe Maximiliano en el que le venía a decir que había que hacerle una
oferta de paz al enemigo cagando hostias. Max envió un telegrama al presidente
Wilson haciendo eso mismo en las primeras horas del día 4.
Ese mismo día 4 fue el día en que se anunció la composición
del gabinete de Max. Era una lista bastante continuista respecto de Hertling,
porque seguían: Friedrich von Payer, como vicecanciller; Wilhelm Solf, ministro
de Colonias, que ahora era además de Asuntos Exteriores; Siegfried von Rodern,
ministro de Finanzas; Paul von Krause, como ministro de Justicia; Wilhelm von
Waldow, ministro de Alimentación; y Otto Rüdlin, ministro de Correos.
Entre los nuevos miembros estaban: por el Zentrum, Adolf
Gröber y Mathias Erzberger, ambos ministros sin cartera; y Karl Trimborn,
ministro del Interior. El progresista Conrad Haussmann también era ministro sin
cartera. En cuanto a los socialdemócratas, Philipp Scheidemann era ministro sin
cartera, y Otto Bauer ocupó el ministerio de nueva creación de Trabajo. Luego
estaban, más sueltos, el titular de Marina, Ernst Karl August Klemens von Mann;
y el de Asuntos Económicos, Hans Karl von Stein zu Nord-und-Ostheim. Ebert se
negó a ser ministro.
No sólo era la primera vez que los socialdemócratas formaban
parte de un gobierno en Alemania; es que, además, los representantes de las
derechas habían sido completamente preteridos. Max Baden quería enviarle un
mensaje a los aliados: Alemania estaba dispuesta a ventilar los pasillos de su
sistema político. ¿Por qué no se tomaban un café y llegaban a algún acuerdo?
Para más datos, Baden se presentó ante el Reichstag el día
5. Dijo que habían llegado tiempos políticos nuevos, y que aceptaba los
términos de la paz que habían propuesto en 1917 los socialdemócratas y algunos
partidos de centro. Dijo también que durante la guerra el Alto Mando había
tomado decisiones que no debería haber tomado; y declaró campanudo que nunca
jamás volverían las decisiones bélicas a tomarse fuera del parlamento.
Aquel discurso, sin embargo, tuvo una respuesta inmediata:
la del káiser Guillermo, que aquel mismo día envió una circular a las unidades
militares aseverando que Alemania no aceptaría ninguna paz que no fuese
honrosa; es decir, tratando de matizar la idea de Maximiliano de que la paz la
decidirían los políticos. Pero lo más importante fue el manifiesto que hizo
público aquel 5 de octubre el USPD de Haase. El líder pacifista quiso dejar
claro que una cosa era apoyar por razones de urgencia al gobierno de Max Baden,
y otra distinta bajarse de las convicciones propias. Por ello, el manifiesto
dejaba claro que el culpable de aquel desastre era el Ejército alemán; y
llamaba a la revolución socialista.
El 8 de octubre, la respuesta del presidente Wilson a la
propuesta alemana se conoció en la capital del imperio. Wilson, genio y figura,
había elaborado aquel telegrama sin siquiera haberle enviado un borrador a
Londres y París. El tono de la carta era muy Wilson: muchas buenas palabras,
mucha cucamona, toneladas de frufrufrú pero más bien poco ñiquiñiqui. En
realidad, lo que pasaba era que el presidente estadounidense quería confirmar
algo que no se deducía en lo absoluto del telegrama alemán: que el káiser
aceptaba que las conversaciones se basasen en el respeto a los 14 puntos del
americano. Asimismo, le venía a decir que la retirada alemana de los
territorios que había ocupado no podía ser una consecuencia de las
conversaciones de paz, sino una condición para las mismas.
Esa carta, las cosas como son, donde peor sentó fue en París
y en Londres. A los socios de Wilson no les sentó nada bien que no se les
hubiera consultado. Y no cabe criticarlos por ello. Habían puesto encima de la
mesa centenares de miles de muertos; y ahora Wilson parecía actuar como si
hubiese ganado la guerra él solo. El 9 de octubre, al día siguiente de
conocerse la respuesta, el Supreme Allied
War Council dejó muy claro que el abandono alemán de los territorios
ocupados iba como el culo y que los germanos tenían que desarmarse ya.
El 10 de octubre, en aquel
ambiente de final de guerra, el barco irlandés RMS Leinster, fletado por una compañía privada dublinesa, fue
hundido por el submarino alemán UB-123. Hubo como mínimo 560 muertos; una total disgrace, recetada por unos tipos
que decían que querían la paz. Entre los aliados, los alemanes no es que se
convirtiesen precisamente en gente muy popular. Y es que sólo hay una cosa peor
que un francés haciendo de francés, y esa cosa es un alemán haciendo de francés.
Como consecuencia de todos estos
hechos, Max Baden se dio cuenta de que, para que su puto país pudiese respirar
un día más, más le valía decirle a Wilson que sus catorce puntos de los cojones
serían totalmente respetados. El 12 de octubre, pues, contestó al presidente
americano que sí a todo, y que Alemania estaba dispuesta a abandonar la Europa
okupada.
La respuesta de Wilson a la
repuesta a Wilson llegó a Berlín el día 14. En ese momento, quedó claro que la
falta de rapidez de los alemanes, y sobre todo su manía de seguir tirando
torpedos a los barcos, se había demostrado como algo letal. Wilson había cambiado
de tono. Ahora parecía como que sufría un profundo dolor de huevos; su tono
conciliatorio había cambiado. Había, por así decirlo, dejado de ser Barack
Obama, todo buenos deseos, para pasar a ser Donald Trump, es decir, o te dejas
violar, o te fusilo. Sobre todas las cosas, lo que Wilson dejaba claro en su
misiva era que no sería él, sino el mando supremo aliado quien habría de
decidir las condiciones de la rendición. Y, por supuesto, la guerra submarina
alemana debía terminar, ya. La respuesta, además, portaba una abstrusa
referencia a la necesidad de que en Alemania desapareciesen los “poderes
arbitrarios”; lo cual era una forma de exigir la abdicación del felpudo, sólo
que sin citarlo.
La prensa alemana publicó la
última carta de Wilson; automáticamente, la opinión pública alemana se puso
como los del PNV si alguien propusiera hacer astillas para calentarse con el
árbol de Gernika. En la derecha no faltaron pecholobos que exigieron la total
cesación de las negociaciones para el armisticio (obviando el dato tonto de
que, cuando lo que se está preparando es un armisticio, no hay, propiamente
hablando, una negociación). Incluso los socialdemócratas admitieron que todo,
incluso las cesiones, tenía un límite. Allí, pues, nadie parecía haberse
enterado de que habían perdido la guerra ya. Que estaban ya en el punto de
“paz, piedad, perdón”, donde mandas sobre el mundo menos que el entrenador del
Barça en una habitación en la que esté Lamine Yamal.
El príncipe Maximiliano debió de
pensar: mal de muchos... Así que el 17 de octubre convocó una reunión de
líderes políticos y militares. Les puso tres cuestiones sobre la mesa, ya que,
siendo alemanes, poner cuatro podría ser abuso.
Esas tres cuestiones eran: ¿hemos
de aceptar las condiciones de Wilson? Segunda: suponiendo que dijésemos que no,
¿podría Alemania defender su propio territorio? Tercera cuestión: suponiendo
que no aceptásemos las condiciones, y suponiendo que pudiésemos resistir dentro
de la aldea unas semanas o meses, ¿mejoraría eso las condiciones que nos cabe
esperar en un acuerdo final de paz?
Como primera providencia, el
almirante Reinhard Scheer, que era jefe de Estado Mayor de la Marina, se negó
en redondo a cesar la guerra submarina alemana. Ludendorff fue de la opinión de
que había que rechazar las condiciones de Wilson. Pero estas posiciones se
encontraron con la barrera impuesta por los políticos quienes, de manera más o
menos consensual, le dijeron a Maximiliano que los milicos tenían que dejar de
dar por culo con sus opiniones. Baden, estando así las cosas, y ante el
evidente riesgo de que los grupos políticos más a la izquierda se sintiesen
alienados de la acción de gobierno y montasen una revolución, decidió enviar
una respuesta conciliatoria a Wilson que, entre otras cosas, ofreciese la
cesación inmediata de la guerra submarina.
La respuesta se envió el 20 de
octubre y, por aceptar, incluso aceptaba que los aliados supervisasen la
retirada alemana. El príncipe Maximiliano exhibía, asimismo, las recientes
reformas constitucionales que, según él, habían hecho de Alemania una democracia
plena.
Wilson contestó el 23 con un
“vale, empezamos a entendernos”. Pero añadía: “la paz ahora depende de que se
cumpla lo dicho”; es decir, asumía que, aunque estaba negociando con alemanes,
aquello era como negociar con franceses. Las condiciones del armisticio,
añadía, debían dejar totalmente claro que Alemania no podría recomenzar las
hostilidades (es por esta razón que el Tratado de Versalles, finalmente, habría
de limitar el tamaño de las fuerzas armadas germanas). El gobierno
estadounidense, añadía Wilson, no trataría, ni con “jefes militares”, ni con
“autócratas monárquicos”; la cita parece demostrar que la Casa Blanca estaba
perfectamente informada del enfrentamiento entre uniformados y pedrossánchez
que se había producido el día 17. Exigía una “representación auténtica del pueblo alemán”. Sin estos
términos, añadía, no habría armisticio; habría rendición.
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