miércoles, marzo 11, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (2): Esto no está chupado


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 



Max von Baden, como normalmente se le conoce, era un activo homosexual a quien sus altos contactos tuvieron que asistir cuando era un joven oficial, pues al parecer una noche en Berlín se comió, o intentó comer, la polla equivocada; tema que pudo dar con sus huesos en la cárcel. Por supuesto, se casó con una miembra de su club azul, la princesa María Luisa de Hanover, con la que hemos de suponer que jugaría a los dardos o algo así. Pero se había pasado toda la guerra colaborando con la Cruz Roja, lo que le había dado buena prensa incluso entre los aliados; y no tenía enemigos declarados en la mayoría de los grupos políticos. Su figura, pues, era perfecta (bueno, casi perfecta) para mantener viva la llama Hohenzollern.

El príncipe Maximiliano (que la tocaba con la mano) consideró que lo mejor que podía tener Alemania en aquellos momentos tan delicados era un gobierno centro-izquierda, así un poco en plan Rajoy. Quería incluir a los socialdemócratas, al Zentrum y sus católicos, y el FVP, que eran los progresistas de los que os hablaba antes.

El elemento fundamental de aquella ecuación eran los pedrosánchez. El SPD se había creado en 1863, y era el resultado de la fusión de dos formaciones socialistas, una puramente marxista y la otra reformista. En 1913, los socialdemócratas eligieron como su líder al futuro presidente de la república de Weimar, Friedrich Ebert. Un convencido de que el socialismo tenía que llegar a Alemania no en las calles, sino en el Bundestag.

En 1914, cuando el káiser había solicitado al Bundestag la financiación de la guerra y la imposición de una Burgfrieden, algo así como una suspensión de la vida política, Ebert había votado a favor. Aquello le granjeó severas críticas de su izquierda antibelicista. En 1916, Ebert pasó a compartir el poder en el partido con otro moderado, Philipp Scheidemann. Sheidemann trabajó por mantener el partido unido, es decir por el diálogo entre belicistas y antibelicistas; y por el logro de una paz negociada.

El 21 de diciembre de 1915, cuando el gobierno se presentó ante el Reichstag pidiendo más pasta, varios diputados socialistas votaron en contra. Hugo Haase, uno de esos diputados se convirtió en el líder de esta facción. Haase y Scheidemann se llevaron así en plan Sánchez y Page (pero con enfrentamientos serios, no de cartón piedra) hasta que, en marzo de 1916, ante una nueva petición de pasta, los de Haase decidieron votar por su cuenta. Como consecuencia, en 1917 el partido se escindió. Los antibelicistas se juntaron en el Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutschlands o Partido Socialdemócrata Independiente, o sea el USPD (que se llama así no por ser estadounidense, sino por ser Unabhängige, independiente); con su líder en Haase. Los pro belicistas se quedaron con la marca anterior, es decir Mehrheitssozialdemocratische Partei Deutschlands o Partido Socialdemócrata de la Mayoría, MSPD. Los vínculos entre los otrora hermanos siguieron siendo sin embargo bastante estrechos y, de hecho, los dos decidieron apoyar al gobierno de Maximiliano.

El 2 de octubre de 1918, Hindenburg y Ludendorff convocaron a los líderes de los partidos en el Reichstag. El ponente del día fue el comandante Freiherr von dem Bussche, quien le contó a los civiles que la cosa estaba sobaco de grillo perdida. Los militares dejaron claro que el enemigo no tenía ninguna intención de negociar una paz; que había que ir a un armisticio, es decir, una bajada de pantalones.

Os lo creáis o no, los líderes políticos, el 2 de octubre de 1918, se quedaron pijarriba cuando escucharon a Bussche. De hecho, se quedaron más extrañados que si José Luis Ábalos les hubiese anunciado su intención de ingresar como monje en el Monte Athos. Nadie entre aquellas calaveras supuestamente mucho mejor informadas que la media sabía o sospechaba que la derrota era algo tan probable y cercano.

Al día siguiente, Hindenburg, hemos de suponer que tras recibir los parabienes políticos para el gesto, le envió un memorando al príncipe Maximiliano en el que le venía a decir que había que hacerle una oferta de paz al enemigo cagando hostias. Max envió un telegrama al presidente Wilson haciendo eso mismo en las primeras horas del día 4.

Ese mismo día 4 fue el día en que se anunció la composición del gabinete de Max. Era una lista bastante continuista respecto de Hertling, porque seguían: Friedrich von Payer, como vicecanciller; Wilhelm Solf, ministro de Colonias, que ahora era además de Asuntos Exteriores; Siegfried von Rodern, ministro de Finanzas; Paul von Krause, como ministro de Justicia; Wilhelm von Waldow, ministro de Alimentación; y Otto Rüdlin, ministro de Correos.

Entre los nuevos miembros estaban: por el Zentrum, Adolf Gröber y Mathias Erzberger, ambos ministros sin cartera; y Karl Trimborn, ministro del Interior. El progresista Conrad Haussmann también era ministro sin cartera. En cuanto a los socialdemócratas, Philipp Scheidemann era ministro sin cartera, y Otto Bauer ocupó el ministerio de nueva creación de Trabajo. Luego estaban, más sueltos, el titular de Marina, Ernst Karl August Klemens von Mann; y el de Asuntos Económicos, Hans Karl von Stein zu Nord-und-Ostheim. Ebert se negó a ser ministro.

No sólo era la primera vez que los socialdemócratas formaban parte de un gobierno en Alemania; es que, además, los representantes de las derechas habían sido completamente preteridos. Max Baden quería enviarle un mensaje a los aliados: Alemania estaba dispuesta a ventilar los pasillos de su sistema político. ¿Por qué no se tomaban un café y llegaban a algún acuerdo?

Para más datos, Baden se presentó ante el Reichstag el día 5. Dijo que habían llegado tiempos políticos nuevos, y que aceptaba los términos de la paz que habían propuesto en 1917 los socialdemócratas y algunos partidos de centro. Dijo también que durante la guerra el Alto Mando había tomado decisiones que no debería haber tomado; y declaró campanudo que nunca jamás volverían las decisiones bélicas a tomarse fuera del parlamento.

Aquel discurso, sin embargo, tuvo una respuesta inmediata: la del káiser Guillermo, que aquel mismo día envió una circular a las unidades militares aseverando que Alemania no aceptaría ninguna paz que no fuese honrosa; es decir, tratando de matizar la idea de Maximiliano de que la paz la decidirían los políticos. Pero lo más importante fue el manifiesto que hizo público aquel 5 de octubre el USPD de Haase. El líder pacifista quiso dejar claro que una cosa era apoyar por razones de urgencia al gobierno de Max Baden, y otra distinta bajarse de las convicciones propias. Por ello, el manifiesto dejaba claro que el culpable de aquel desastre era el Ejército alemán; y llamaba a la revolución socialista.

El 8 de octubre, la respuesta del presidente Wilson a la propuesta alemana se conoció en la capital del imperio. Wilson, genio y figura, había elaborado aquel telegrama sin siquiera haberle enviado un borrador a Londres y París. El tono de la carta era muy Wilson: muchas buenas palabras, mucha cucamona, toneladas de frufrufrú pero más bien poco ñiquiñiqui. En realidad, lo que pasaba era que el presidente estadounidense quería confirmar algo que no se deducía en lo absoluto del telegrama alemán: que el káiser aceptaba que las conversaciones se basasen en el respeto a los 14 puntos del americano. Asimismo, le venía a decir que la retirada alemana de los territorios que había ocupado no podía ser una consecuencia de las conversaciones de paz, sino una condición para las mismas.

Esa carta, las cosas como son, donde peor sentó fue en París y en Londres. A los socios de Wilson no les sentó nada bien que no se les hubiera consultado. Y no cabe criticarlos por ello. Habían puesto encima de la mesa centenares de miles de muertos; y ahora Wilson parecía actuar como si hubiese ganado la guerra él solo. El 9 de octubre, al día siguiente de conocerse la respuesta, el Supreme Allied War Council dejó muy claro que el abandono alemán de los territorios ocupados iba como el culo y que los germanos tenían que desarmarse ya.

El 10 de octubre, en aquel ambiente de final de guerra, el barco irlandés RMS Leinster, fletado por una compañía privada dublinesa, fue hundido por el submarino alemán UB-123. Hubo como mínimo 560 muertos; una total disgrace, recetada por unos tipos que decían que querían la paz. Entre los aliados, los alemanes no es que se convirtiesen precisamente en gente muy popular. Y es que sólo hay una cosa peor que un francés haciendo de francés, y esa cosa es un alemán haciendo de francés.

Como consecuencia de todos estos hechos, Max Baden se dio cuenta de que, para que su puto país pudiese respirar un día más, más le valía decirle a Wilson que sus catorce puntos de los cojones serían totalmente respetados. El 12 de octubre, pues, contestó al presidente americano que sí a todo, y que Alemania estaba dispuesta a abandonar la Europa okupada.

La respuesta de Wilson a la repuesta a Wilson llegó a Berlín el día 14. En ese momento, quedó claro que la falta de rapidez de los alemanes, y sobre todo su manía de seguir tirando torpedos a los barcos, se había demostrado como algo letal. Wilson había cambiado de tono. Ahora parecía como que sufría un profundo dolor de huevos; su tono conciliatorio había cambiado. Había, por así decirlo, dejado de ser Barack Obama, todo buenos deseos, para pasar a ser Donald Trump, es decir, o te dejas violar, o te fusilo. Sobre todas las cosas, lo que Wilson dejaba claro en su misiva era que no sería él, sino el mando supremo aliado quien habría de decidir las condiciones de la rendición. Y, por supuesto, la guerra submarina alemana debía terminar, ya. La respuesta, además, portaba una abstrusa referencia a la necesidad de que en Alemania desapareciesen los “poderes arbitrarios”; lo cual era una forma de exigir la abdicación del felpudo, sólo que sin citarlo.

La prensa alemana publicó la última carta de Wilson; automáticamente, la opinión pública alemana se puso como los del PNV si alguien propusiera hacer astillas para calentarse con el árbol de Gernika. En la derecha no faltaron pecholobos que exigieron la total cesación de las negociaciones para el armisticio (obviando el dato tonto de que, cuando lo que se está preparando es un armisticio, no hay, propiamente hablando, una negociación). Incluso los socialdemócratas admitieron que todo, incluso las cesiones, tenía un límite. Allí, pues, nadie parecía haberse enterado de que habían perdido la guerra ya. Que estaban ya en el punto de “paz, piedad, perdón”, donde mandas sobre el mundo menos que el entrenador del Barça en una habitación en la que esté Lamine Yamal.

El príncipe Maximiliano debió de pensar: mal de muchos... Así que el 17 de octubre convocó una reunión de líderes políticos y militares. Les puso tres cuestiones sobre la mesa, ya que, siendo alemanes, poner cuatro podría ser abuso.

Esas tres cuestiones eran: ¿hemos de aceptar las condiciones de Wilson? Segunda: suponiendo que dijésemos que no, ¿podría Alemania defender su propio territorio? Tercera cuestión: suponiendo que no aceptásemos las condiciones, y suponiendo que pudiésemos resistir dentro de la aldea unas semanas o meses, ¿mejoraría eso las condiciones que nos cabe esperar en un acuerdo final de paz?

Como primera providencia, el almirante Reinhard Scheer, que era jefe de Estado Mayor de la Marina, se negó en redondo a cesar la guerra submarina alemana. Ludendorff fue de la opinión de que había que rechazar las condiciones de Wilson. Pero estas posiciones se encontraron con la barrera impuesta por los políticos quienes, de manera más o menos consensual, le dijeron a Maximiliano que los milicos tenían que dejar de dar por culo con sus opiniones. Baden, estando así las cosas, y ante el evidente riesgo de que los grupos políticos más a la izquierda se sintiesen alienados de la acción de gobierno y montasen una revolución, decidió enviar una respuesta conciliatoria a Wilson que, entre otras cosas, ofreciese la cesación inmediata de la guerra submarina.

La respuesta se envió el 20 de octubre y, por aceptar, incluso aceptaba que los aliados supervisasen la retirada alemana. El príncipe Maximiliano exhibía, asimismo, las recientes reformas constitucionales que, según él, habían hecho de Alemania una democracia plena.

Wilson contestó el 23 con un “vale, empezamos a entendernos”. Pero añadía: “la paz ahora depende de que se cumpla lo dicho”; es decir, asumía que, aunque estaba negociando con alemanes, aquello era como negociar con franceses. Las condiciones del armisticio, añadía, debían dejar totalmente claro que Alemania no podría recomenzar las hostilidades (es por esta razón que el Tratado de Versalles, finalmente, habría de limitar el tamaño de las fuerzas armadas germanas). El gobierno estadounidense, añadía Wilson, no trataría, ni con “jefes militares”, ni con “autócratas monárquicos”; la cita parece demostrar que la Casa Blanca estaba perfectamente informada del enfrentamiento entre uniformados y pedrossánchez que se había producido el día 17. Exigía una “representación auténtica del pueblo alemán”. Sin estos términos, añadía, no habría armisticio; habría rendición.

En ese punto procesal, todo el gobierno alemán, formado al fin y al cabo por políticos, estaba en modo “como sea”. Querían la paz, y si para tener la paz el káiser tenía que cortarse el pene y cosérselo a la oreja izquierda, ellos mismos comprarían las tijeras, la aguja y el hilo. Sin embargo, el Alto Mando alemán era de otra opinión, como el vasco del chiste. El 24 de octubre, mediante un memorando, Hindenburg trató de galvanizar a sus tropas identificando la oferta de armisticio de Wilson con una rendición (que, para qué nos vamos a engañar, era lo que era), y argumentando que un soldado alemán con los huevos bien puestos no podía aceptar eso. Para entonces, el príncipe Max estaba en la cama pasando la gripe española; pero, aun así, leyó la proclama de su generalito, y se puso como el Puma de Baracoa. Como estaba enfermo, llamó a su vicecanciller, Friedich Ludwig von Payer, para que se reuniese con Ludendorff, a ver qué coño le pasaba a los milicos. El encuentro entre Payer y Ludendorff fue tormentoso. El general repitió los argumentos de su jefe y exigiendo que las negociaciones del armisticio fuesen cortadas de inmediato. Payer insistió justo en lo contrario. Cuando Maximiliano tuvo conocimiento de la conversación, se dio cuenta de que toda su labor era incompatible con la permanencia de Ludendorff en el Estado Mayor. Así que le escribió al káiser diciéndole que, o cesaba a Ludendorff, o él se abría.

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