viernes, enero 19, 2024

#HermanaYoSiTeCreo: la historia de Roscoe Fatty Arbuckle (1)

Arbuckle Post #1
Arbuckle Post #2


 

Supongo que serán legión aquéllos de entre mis lectores que piensen que el fenómeno del #MeToo es algo moderno. De hecho, es que hay cierto nivel de necesidad en defender esa idea. Uno de los mantras presentes de cierto feminismo es defender la idea de que lo que hay hoy en día, en materia de derechos, no tiene parangón con el pasado. Esta teoría es la que trata de convencernos de que nuestras madres y abuelas vivieron en mundos más parecidos al actual Kabul que a los lugares donde realmente viven hoy. Esto, sin embargo, no es tan cierto. Y hoy voy a contaros, para demostrároslo, una historia que os parecerá sacada de la Prensa de ayer mismo: la historia de Roscoe Conkling Arbuckle, AKA Fatty Arbuckle.

jueves, enero 18, 2024

Cartagena (6): El fin

 La sublevación
¿Pirata, yo? ¡Y tú más!
Quien mucho abarca, poco aprieta
La lucha en el mar
A peor
El fin 


En menos de una semana, la práctica totalidad de las esperanzas del menos templado de los revolucionarios cartageneros acabará disuelta. Estos días horribles comenzaron el 30 de enero con el incendio, en la rada cartagenera, de la Tetuán; incendio que alcanza el pañol de la pólvora y que provoca una deflagración. Desde el primer momento se sospecha de un fogonero llamado Ricardo Yuste, que es detenido. En pleno traslado para su interrogatorio, Yuste resultó alcanzado por un casco de granada que lo hirió mortalmente en el vientre. Entre sus últimos suspiros, confesó haber sido pagado para provocar el siniestro.

miércoles, enero 17, 2024

Cartagena (5): A peor

 La sublevación
¿Pirata, yo? ¡Y tú más!
Quien mucho abarca, poco aprieta
La lucha en el mar
A peor
El fin 



En todo caso, en una cosa que se parecen las negociaciones entre el centralismo republicano y los cantonales y las que, de alguna manera, se producen entre Madrid y Barcelona en el momento de redactar estas notas: en ambos casos, todo el mundo parece tener claro que el acercamiento debía comenzar por garantizarle a los rebeldes que no pisarían la cárcel. Tan pronto como el 30 de agosto, la izquierda parlamentaria lleva a las Cortes la propuesta de una amnistía para los cantonales. El gobierno, sin embargo, contesta que una amnistía sería totalmente incompatible con la dignidad de la República. O sea, los tiempos se parecen; pero no tanto.

martes, enero 16, 2024

Cartagena (4): La lucha en el mar

 La sublevación
¿Pirata, yo? ¡Y tú más!
Quien mucho abarca, poco aprieta
La lucha en el mar
A peor
El fin

La efectividad militar cantonal por tierra, como acabamos de ver, se vio notablemente cuestionada muy pronto y, de hecho, duramente golpeada por la cagada de Chinchilla. No obstante, como ya os he dicho la verdadera trump card de los cartageneros, sin la cual no se entiende su capacidad de resistencia como cantón, era la fuerza naval. En el puerto de Cartagena se encontraban tres fragatas acorazadas: la Vitoria, la Numancia y la Tetuán; una fragata blindada, la Méndez Núñez; otra de madera, la Almansa; y dos vapores de rueda: el Blasco de Garay y el Fernando el Católico. Aquello era más que suficiente para defender la plaza por mar y, de hecho, era la principal baza que tenían los cartageneros para llevar a cabo su estrategia de extensión del cantonalismo, en la que sabían que les iba la vida.

lunes, enero 15, 2024

Cartagena (3): Quien mucho abarca, poco aprieta

 La sublevación
¿Pirata, yo? ¡Y tú más!
Quien mucho abarca, poco aprieta
La lucha en el mar
A peor
El fin
  



A pesar de estas medidas racionalizadoras, el cantón cartagenero se encontró muy pronto con problemas importantes de circulante, como normalmente se dice. La moneda comenzó a escasear. Por eso, las autoridades comenzaron a emitir papel moneda propio para pagar los sueldos; billetes que luego se podían canjear por monedas en la medida en que se iban recaudando. El 4 de agosto, para ser exactos, se emiten billetes de 2.000, 10.000 y 20.000 reales al 6% anual. Estos títulos eran admisibles al 50% para el pago de contribuciones, y por su valor total en la compra de bienes. En otras palabras, el Estado cantonal, que por muy cantonal no dejaba de ser un Estado, le permitía al ciudadano utilizar aquellos papelitos de mierda cuando se trataba de pagarle a su vecino el comerciante; pero a la hora de pagar a Hacienda, ay, amigo, la mitad de lo pagado, por lo menos, tenía que ser en dinerito de verdad. La gente, claro, respondió tomando al asalto una factoría de desplatación, la de Ignacio Figueras, marqués de Villamejor, a la búsqueda del preciado metal.

viernes, enero 12, 2024

Cartagena (2): ¿Pirata, yo? ¡Y tú más!

 La sublevación
¿Pirata, yo? ¡Y tú más!
Quien mucho abarca, poco aprieta
La lucha en el mar
A peor
El fin 


Una vez que consiguió sentar, siquiera formalmente, el principio general de la sujeción de los federalistas a un ideal republicano central, por así decirlo, Pi i Margall decidió dar los pasos necesarios para acabar con el movimiento cantonalista de los díscolos murcianos, sin plantearse nombrar un mediador internacional ni nada. Para conseguirlo, envió a Antonio Altadill, el gobernador de Murcia, a la plaza. Da la impresión de que el gobernador, cuando llegó a Cartagena, se encontró una situación más difícil de lo que esperaba, puesto que tuvo que dar pasos no situados claramente en la dirección exigida por Madrid, como proponer el cese del Ayuntamiento y el nombramiento de una junta revolucionaria. Cuando las noticias llegan a Madrid, Pi i Margall se pone como el puma de Baracoa y le exige a su subordinado que retrotraiga la situación; para entonces, sin embargo, el general Contreras ya había declarado la independencia del cantón murciano; que era, probablemente, lo que Altadill había intentado evitar por la vía de prometerles a los cartageneros una profundización de los cambios revolucionarios (la típica mesa de negociación de toda la vida, que de toda la vida acaba como acaba).

jueves, enero 11, 2024

Cartagena (1): La sublevación

 La sublevación
¿Pirata, yo? ¡Y tú más!
Quien mucho abarca, poco aprieta
La lucha en el mar
A peor
El fin

Como suele ocurrir con cierta frecuencia, los habitantes de la población murciana de Cartagena, distinguida de tiempo atrás y sobre todo durante todo el siglo XIX por una importante presencia militar, eran, por lo general, antimilitaristas. En el último tercio de aquel siglo de tantas novedades ideológicas, Cartagena había adoptado muchas de ellas, y se puede considerar, sin demasiadas dudas, como un bastión liberal y anticlerical. En enero de 1873, cuando la marcha de Amadeo de Saboya vira el gobernalle de la nación española hacia su primer experimento republicano, la ciudad es engalanada como Vigo en Navidad y recorrida por una alegre manifestación de locales que están, literalmente, en su mejor momento. El 16, que es domingo, la manifestación se repite, esta vez ya con banda de música; más que manifestación, es romería reivindicativa (como la lerdez ésa actual de las batucadas). Pocos días más tarde llegó a la ciudad Antonio Gálvez Arce, quizá, o sin quizá, la principal figura, en ese momento, del republicanismo radical murciano.

miércoles, enero 10, 2024

Francorrupción: La hermanísima (y 6): Mola el franquismo, ¿eh?

 La capital que quería ser mayor
El funcionario catastral antifascista
Hacienda pica como la membrilla que es
La prima de Zumosol
Los estafadores pierden una batalla, pero no la guerra
Mola el franquismo, ¿eh? 

Ahora todo lo que había que hacer era irse al Registro de la Propiedad de Madrid número 2, el de su amigo Liaño, para comenzar a iniciar los trámites del artículo 205. Pero entonces algo pasó. Feliciano Ballestín, el pobre pringao al que Gutiérrez Soto había endosado la letra muerta de las 110.000 pesetas, se había ido al juzgado a exigir dicho dinero, una vez que el estafador estaba en la cárcel. El juez, respondiendo al llamado, decretó el embargo de los bienes del condenado hasta dicha cantidad. Y resultó que lo único que “poseía” Gutiérrez Soto era la famosa finca inexistente. El 3 de octubre de 1958, el BOE publicaba la pública subasta de la “finca”.

martes, enero 09, 2024

Francorrupción: La Hermanísima (5): Los estafadores pierden una batalla, pero no la guerra

La capital que quería ser mayor
El funcionario catastral antifascista
Hacienda pica como la membrilla que es
La prima de Zumosol
Los estafadores pierden una batalla, pero no la guerra
Mola el franquismo, ¿eh? 


Dicho y hecho. El 12 de julio, de buena mañana, Gómez de la Serna recogió a comprador y vendedor en el Hotel Nacional de la glorieta de Atocha, los metió en su coche, los llevó a Ocaña y, una vez allí, el notario local autorizó la escritura por la cual Bruguera, como apoderado de su amante, vendía a Gutiérrez Soto un solar que se había inventado usando un plano de 1868 y sobre cuya propiedad no exhibió el más mínimo documento acreditativo, lo cual no debe extrañarnos porque, veramente, no lo poseía. Como en el terreno de la imaginación todo vale, en la escritura de venta la finca se describía como de 87.500 metros cuadrados pero, “según reciente medición, en realidad 100.000”. Claramente, Gómez de la Serna se había dicho a sí mismo: think big. Necesitaba vender esa finca cien veces, así pues la necesitaba grande.

lunes, enero 08, 2024

Francorrupción: La Hermanísima (4): La prima de Zumosol

La capital que quería ser mayor
El funcionario catastral antifascista
Hacienda pica como la membrilla que es
La prima de Zumosol
Los estafadores pierden una batalla, pero no la guerra
Mola el franquismo, ¿eh?

 

La Fundación puso el asunto en manos de uno de los condueños, un abogado llamado Joaquín Matut. Lo primero que hizo Matut es lo que hay que hacer cuando se sabe de estas cosas, y es por eso que las expropiaciones públicas, tantas veces, son auténticas estafas a los propietarios: poner las cosas en su sitio. En su habitual forma de hacer chulesca y mediocre, que la verdad da igual que lo dirija el conde de Mayalde, el marqués viudo de Pontejos, Alberto Ruiz Gallardón, Manuela Carmena o Batman, la mierda de Ayuntamiento de esta ciudad, sabedor de que La Escuadra era una finca única, por así decirlo, resolvía expropiarla toda. Tó p'a mi, tó p'a mi. Matut, sin embargo, tiró de planos y de planificaciones urbanísticas y pronto descubrió que, en realidad, lo que entonces el Ayuntamiento llamaba Parque del Este era sólo el espacio situado al este de la calle Sainz de Baranda, es decir, entre ésta y la M30; y eso era sólo una parte de la finca. Así pues, a base de escritos y otras mamonadas que la calculada estupidez del Ayuntamiento de Madrid obliga a hacer (hecho éste que el autor de estas notas puede certificar sin mácula de duda), se consiguió situar la expropiación en sus justos términos métricos decimales. Lo siguiente que hizo Matut fue contestarle al Ayuntamiento, educadamente, que no mamase con la valoración.

La respuesta del Ayuntamiento fue reconocer que de los 20.841 metros cuadrados que inicialmente quería expropiar sólo necesitaba 4.941 (tócate los remueldes, María Remigia; pensad en la cantidad de humildes, y no duchos en derecho de la propiedad, propietarios de terrenos en España, que han sido, son y serán engañados por la maquinaria de la Administración Pública). Aunque, eso sí, no se movió de la valoración inicial. Ahora, pues, se ofrecía a soltar 150.869 pesetas. Esto, obviamente, era un problema. Pero Matut tenía pensada una solución, que era proponerle al Ayuntamiento una permuta. Matut, excelentemente bien informado, sabía que, años atrás, el Ayuntamiento le había comprado a los herederos del jardinero Cecilio Rodríguez los terrenos que una vez le había regalado en la llamada Huerta del Cordero, al norte (para que lo entendáis: hacia el Pirulí) de los terrenos que ahora quería expropiar. Esos terrenos no formaban parte de la planificación del Parque del Este; así pues, el plan de Matut era proponerle al Ayuntamiento que pagase la expropiación con esos terrenos. En mayo de 1957, y tras consultarlo con otro abogado (Miguel García Obeso, letrado de Banesto), presentaron un escrito en tal sentido. El Ayuntamiento acabaría aceptando, y la permuta se firmó el 1 de marzo de 1958. La parcela permutada, de 1.860 metros cuadrados entre el Camino Alto de Vicálvaro y la prolongación de las calles Elvira y Gorbea, tenía una edificabilidad de 11.000 metros cuadrados; los condueños podrían resarcirse sobradamente de la expropiación. Pero con lo que os tenéis que quedar es con el dato de que, en el momento en que aceptó la permuta el Ayuntamiento, los condueños de La Escuadra dispusieron de un documento legal de toda legalidad en el que: primero, se delimitaban perfectamente los lindes de La Escuadra; segundo, se adveraba sin mácula de duda la propiedad de la misma por sus legítimos y reales propietarios; y, tercero, se adveraba la propiedad municipal de los otrora terrenos de Cecilio Rodríguez, y su voluntad de permutarlos.

Como podéis comprobar, pues, tenemos: un grupo de estafadores que decide engañar a un tercero estafador él mismo (el usurero) inventándose una finca que dicen poseer pero no poseen, para así avalar un préstamo; además, se plantean seguir con el momio después, buscando incautos gilipollas que acaben comprando dicha finca que, repetimos de nuevo, no poseen. Y resulta que esa finca está emplazada sobre unos terrenos que tienen unos dueños bien claros y establecidos documentalmente, que son, básicamente: Antonio López, el que podemos denominar “pequeño terrateniente de Sáinz de Baranda”; la Fundación Caldeiro y otros condueños; y el Banco Central/Dragados y Construcciones. Y por medio se mete el Ayuntamiento de Madrid, pretendiendo expropiar una parte de esos terrenos; pretendiendo, por lo tanto, expropiar una parte de esa finca inventada.

Y os preguntaréis: todo esto, ¿qué tiene que ver con Pilar Franco?

Y yo os contesto: paciencia, joven Padawan. Paciencia.

De todas las circunstancias que rodeaban la estafa de Bruguera, el primero que fue consciente fue Sergio Orbaneja. El avispado conseguidor visitó la zona un domingo y se encontró, para su sorpresa, con un partido de fútbol. Indagó y habló, sobre todo, con Claudio Jadraque, el utillero. Así pues: tomó conciencia de que los terrenos que Bruguera había “ocupado” con su certificado de Hacienda y su escritura privada falsa tenían dueños muy bien definidos y, lo que es peor, había centenares de testigos de ello: labriegos de la zona, inquilinos de la Casa Blanca, jugadores, árbitros y público. De hecho, al ser partidos de fútbol oficiales, incluso había policías que asistían a los mismos por seguridad.

Sergio Orbaneja descubrió, desalentado, que la finca llamada Casa Blanca, lindante al norte con la carretera de Vicálvaro y la Huerta del Cordero, por el este con los herederos de Pedro Barbería, por el sur de nuevo con los Barbería hereus y un foso, y por el oeste con el hospital de San Juan de Dios y terrenos de la Diputación; esa finca, digo, estaba perfectamente registrada en el Registro de la Propiedad número 2 de Madrid como finca 574. El registro de la Propiedad hacía notaría de todos los cambios de propiedad que se habían producido desde la primera inscripción, en 1871, a nombre de los herederos de doña María Josefa Mosquera y Moscoso Guimarey, más conocida como la marquesa de Aranda.

Ni qué decir tiene que estas constataciones dejaron a los estafadores más fríos que Yolanda Díaz escuchando el Sermón de las Siete Palabras. Sergio Orbaneja, que había tomado la dirección de la estafa, consideró la parte fundamental de la misma totalmente perdida. Pero no todo. Todavía pensaba que, si no eran demasiado ambiciosos, todavía podían pillar cacho. De la enorme finca que Bruguera había “construido” en su beneficio, podían todavía quedarse con parte si sabían evitar los problemas mayores. Para el conseguidor, el mayor problema estaba en la Casa Blanca, la finca del Central y Dragados porque, como ya os he explicado, al propietario, que además no era cualquier propietario, le resultaría muy fácil adverar su propiedad; y sería muy difícil instar nada, ni expediente de dominio ni leches, sin que notarios o jueces diesen con el legítimo dueño.

Había que ir a por un objetivo más fácil. Por eso se fijó en la parte de aquellos terrenos que era un vertedero de tiempo atrás. Es decir: la parte de los terrenos de la Fundación Caldeiro que ahora el Ayuntamiento se quería chupar.

El tema, sin embargo, estaba en un stalemate. Es un momento en el que los estafadores de poca monta ya no pueden seguir solos; necesitan un primo, o prima, de Zumosol. Y, por eso, es aquí donde se produce un giro dramático de los acontecimientos.

Todo lo que sabía Mercedes Romeu Vaqué de aquella movida era que su novio, Manuel Bruguera, le había hecho dueña de unos terrenos en las afueras de Madrid, con los que podía soñar con una jubilación dorada. Esa jubilación, sin embargo, pasaba porque Merche lograse vender aquello; y para venderlo, necesitaba registrarlo en el Registro de la Propiedad. Y esto era lo que ahora parecía imposible, por lo que le decía Bruguera.

Para desatascar la cosa, Mercedes le habló a su novio de una amiga suya, Julia Rodríguez Álvarez, viuda de Núñez. Esta señora tenía un hijo, José Luis Núñez Rodríguez, de quien se decía que había hecho una fortuna en América y que estaba excelentemente empleado en España como asistente y apoderado de una señora principal.

Esa señora principal era Pilar Franco Bahamonde, viuda de Jaráiz y Hermanísima de la España del Nuevo Amanecer.

No podemos saber si a Bruguera le pareció buena o mala idea meter a una Franco en aquel embrollo. Siendo como era un hombre que llevaba sesenta y pico años nadando en aguas muy turbias y conociendo a todo tipo de hijos de puta como él, es difícil que no se maliciase que tan importante señora, en el caso de carecer de moral, pudiera soltar alguna que otra puñalada de pícaro en sus mismos riñones. Pero, probablemente, lo que pensó fue: no queda otra. Aquí estamos hablando de subvertir la bien engrasada maquinaria de la fe pública y el registro de la propiedad; y eso sólo lo puede conseguir alguien que esté por encima del bien y, sobre todo, del mal. Así pues, dio su placet a la gestión. Se pactó el contacto. El tema llegó a Núñez y, de Núñez, a la hermanísima. Y, de la hermanísima, a su abogado: Alfredo Gómez de la Serna. Un nota de muchas gónadas, como podréis ver.

Gómez de la Serna ya era la Champions League. Hasta ahora, hemos visto abogados expulsados y timadores que pretenden ser ingenieros sin serlo. Pero De la Serna estaba a otro nivel. Era abogado en ejercicio y, además, registrador de la Propiedad; esto es, se sabía de memoria cada rincón del laberinto normativo de la propiedad inmobiliaria. Era el registrador de Ocaña, provincia de Toledo; y, obviamente, esto le hacía conocer muy bien al notario local, Miguel González Rodríguez; por eso sabía que Miguel era el profesional de la fe pública ideal para plantear un bisnes como el proyectado.

Manuel Bruguera y Alfredo Gómez de la Serna se conocieron al inicio del verano de 1957. En dicha entrevista, Bruguera le entregó al registrador copia de todo lo que había hecho hasta el momento: el acta de Hacienda, la escritura falsa, las hojas kilométricas, la cédula parcelaria de la finca de la marquesa de Aranda y una certificación del Catastro indicando en su día la inexistencia de las cédulas parcelarias causada por los conflictos de Pedro Barbería con sus vecinos colindantes. En aquel acto, pues, Manuel Bruguera, se podría decir, vendió su alma; no al Diablo, pero sí a Pilar Franco.

Ahora el tema estaba en manos de Gómez de la Serna. El abogado era hombre de recursos, y de contactos. Sabía que necesitaba implicar a más personas en lo que estaba imaginando; personas que fuesen lo suficientemente estafadoras como para participar en una estafa. Afortunadamente para él, tenía todo tipo de clientes.

Pensó enseguida en José María Gutiérrez Soto. Se trataba de un conocido suyo que no era lo que se dice una perita en dulce. Ni él, ni su amigo y asociado a ratos, Claudio Pardo Fernández. Ambos eran timadores habituales y, llevados por la necesidad, habían puesto en circulación una gran letra de cambio, por 110.000 pesetas, bastante dinero hace setenta años, librada por Gutiérrez Soto y aceptada por Pardo, que éste le había endosado posteriormente a un tal Feliciano Ballestín.

Cuando la letra venció, Ballestín exigió su dinero pero, claro, los dos estafadores no tenían con qué pagar. Pardo ganó tiempo con un cheque sin fondos; pero aquello tenía toda la pinta de ir a estallar. Ballestín los denunció y fueron citados por un juzgado; en ese momento, habían acudido a Gómez de la Serna.

Lo cierto es que no salieron indemnes. La operación de las 110.000 pesetas les acabaría por costar la cárcel a ambos. Pardo salió al poco en libertad provisional y huyó a México, donde una mujer, probablemente su amante, le clavó un cuchillo en el cuello y lo mató. Por su parte, Gutiérrez Soto, tras todo el follón que ahora contamos, fue condenado por otra estafa y, en 1974, fue declarado en busca y captura por abandono familiar.

Gutiérrez Soto, que era quien debía pagarle las 110.000 pesetas a Ballestín, salió sin embargo pronto de la cárcel, puesto que Gómez de la Serna pagó su deuda (aunque, con el tiempo, el abogado sostendría, falsamente, que había sido absuelto). ¿Por qué hizo eso? Pues porque Gutiérrez Soto tenía los mismos apellidos que un afamado arquitecto madrileño. Jugando al equívoco, Gómez de la Serna había decidido que Gutiérrez Soto fuese, por ello, el “comprador” de la “finca” “vendida” por Mercedes Romeu. Dado que Pardo había desaparecido (de hecho, pronto estaría muerto), lo podía guardar en la manga para echarle toda la culpa si se descubría el engaño.

En paralelo a todo esto que os cuento, y que conforma el tronco fundamental de los sucesos, estaba Arcadio Cruz Velasco, el estafador original por así decirlo, tratando de convencer a un cada vez más escéptico Alfonso Sergio Orbaneja de que tirase para delante con el “negocio”. Orbaneja, ya os lo he dicho, cada vez creía menos en todo aquello. Pero, presionado por Cruz Velasco, se avino a preparar el documento de compraventa de una parcela de una hectárea, segregada de la parcela total; es decir, aceptó comprarle a Mercedes Romeu una parte de lo que en realidad no poseía. Escogió el vertedero al sur del campo de fútbol del Banco Central; como ya os he contado, era la parte de la finca con el que Orbaneja consideraba que todavía se podía perpetrar una estafa, pues consideraba que sus dueños estaban menos claros (Orbaneja, claro, desconocía que el aleve Ayuntamiento había puesto sus ojos de vieja'l'visillo sobre aquel albañal). El 30 de junio de 1957, Bruguera, como apoderado de su amante, y Sergio Orbaneja, firmaron la venta de aquella finca que ni vendedor ni comprador poseían, y que estaba a piques de ser expropiada.

La misma mañana en que firmaron la venta, Bruguera se marchó, mintiéndole a Cruz Velasco y a Orbaneja (les dijo que iba a visitar a una pariente) al cercano edificio de los juzgados, donde se había citado con Alfredo Gómez de la Serna y su cliente José María Gutiérrez Soto.

Gómez de la Serna presentó a los dos estafadores (que, por suerte para el abogado, no se conocían) e informó de que “el señor Gutiérrez” estaba interesado en comprar la parcela del “señor Bruguera”. Gómez de la Serna le dijo que ya tenía preparada la escritura de venta de la totalidad de la finca y que ya había concertado una cita con su amigo, el notario de Ocaña, Miguel González Rodríguez. Bruguera, pues, supo al instante que iba a vender una parcela que no poseía; pero que, en realidad, el tema era peor, porque una hectárea de dicha parcela, en realidad, la iba a vender dos veces, porque la acababa de enajenar en una mesa del Chun-Chao.

Así las cosas, Alfredo Gómez de la Serna citó a Bruguera en Ocaña el día 12 de julio. Cuando hizo eso, ya había hablado con su amigo el notario. González, parece ser, había puesto algunos peros al principio; pero cuando Gómez de la Serna le insinuó que podía sacar tajada del negocio (que, como veremos, la sacó), accedió a no ser muy porculo con la operación.

viernes, enero 05, 2024

Francorrupciòn: La hermanísima (3): Hacienda pica como la membrilla que es

La capital que quería ser mayor
El funcionario catastral antifascista
Hacienda pica como la membrilla que es
La prima de Zumosol
Los estafadores pierden una batalla, pero no la guerra
Mola el franquismo, ¿eh?


El plan requería dos pasos. En primer lugar, se inmatricularía la finca inventada en el Registro, tras “demostrar” que no estaba previamente inscrita. Una vez hecho esto, había que pasar a demostrar que, además, era suya. Para esto era para lo que Bruguera había inventado la falsa compraventa entre su mujer y su amante; pero, efectivamente, si lo estáis pensando, habéis acertado: también tenía que demostrar que su mujer vendió la finca porque efectivamente era suya.

jueves, enero 04, 2024

Francorrupción: La hermanísima (2): El funcionario catastral antifascista

 La capital que quería ser mayor
El funcionario catastral antifascista
Hacienda pica como la membrilla que es
La prima de Zumosol
Los estafadores pierden una batalla, pero no la guerra
Mola el franquismo, ¿eh?

Arcadio se había citado con Manuel Bruguera porque recordaba un poco la historia que éste le había contado, y que ahora parecía cuadrar con sus objetivos. Bruguera, efectivamente, le había contado que, durante la Guerra Civil, había estado temporalmente empleado en el Instituto Geográfico y Catastral. El Catastro republicano era bastante cachondeo, pues no se olvide que una parte importante de las fuerzas republicanas era partidaria de quemar todos los títulos de propiedad de la burguesía y tal. Pero, vaya, que meter allí a un estafador, no ayudaba precisamente. Allí, en el Catastro, Manuel Bruguera aprendió rápidamente algo que sabemos muchos de los que hemos comprado pisos de segunda mano, y nos hemos encontrado con que el IBI nos llega al cobro a nombre de personas extrañas que resultan ser las propietarias del piso, en ocasiones de hace décadas (y, aunque no tenga nada que ver con este relato, os puedo garantizar que cambiar eso, en Madrid, es un follón de mil demonios). Así pues, en España es relativamente común la situación de que Catastro y Registro de la Propiedad no coincidan; lo cual es como la mierda para las moscas en el caso de un estafador.

miércoles, enero 03, 2024

Francorrupción: La hermanísima (1) La capital que quería ser mayor

La capital que quería ser mayor
El funcionario catastral antifascista
Hacienda pica como la membrilla que es
La prima de Zumosol
Los estafadores pierden una batalla, pero no la guerra
Mola el franquismo, ¿eh?



La ciudad de Madrid, como tal ciudad, ha experimentado muchos hitos. Pero ninguno como la creación del Canal de Isabel II. No es ninguna exageración decir que sin el Canal, Madrid nunca habría podido dejar de ser una ciudad de provincias con alguna que otra ínfula; una capital menor como Bonn. El río Lozoya y su racionalización ingenieril, que es lo que conocemos como Canal de Isabel II, supuso la oportunidad de urbanizar decentemente amplias zonas del secarral castellano que rodeaba a una villa de cuyas condiciones absurdamente imposibles ya se quejó Quevedo, entre otros.

martes, enero 02, 2024

Franquismo.xls

Estos días en que escribo estas notas han sido de asueto, porque estoy de vacaciones. Como tenía algo más de tiempo, me ha dado por hacer un ejercicio en Excel (bueno, en el Calc de OpenOffice) sobre el franquismo. He utilizado para ello una obra que todos deberíais tener para consultas: Gobiernos y ministros españoles (1808-2000), de José Ramón Urquijo Goitia, editado por el CSIC. Con los datos obrantes en las series gubernamentales del libro, he hecho una hoja que incluye a todos los ministros y presidentes del gobierno de Franco, incluyendo al propio Franco, con indicación del día de su nombramiento y de su cese. A partir de ahí, he tirado de PivotTable para procesar los datos. Aquí os voy a contar dos o tres resultados que han salido.

lunes, enero 01, 2024

El caso Dreyfus (y 7): Por la República

El conde arruinado
Comienza el juicio
Otro traidor entre nosotros
Cualquier cosa menos un nuevo juicio
Zola
El principio del fin
Por la República  



La noticia de que el teniente coronel Henry había falsificado el gran documento acusador contra Dreyfus y que, tras haberlo confesado, se había suicidado, conmocionó a toda Francia. Eso sí, los dreyfusistas se compusieron pronto y dos periodistas: Ernest Judet y Charles Maurras, comenzaron a construir la teoría que, por otra parte, el propio Henry había confesado: que todo lo había hecho por patriotismo. Dado que las verdaderas pruebas no podían hacerse públicas al ser secretas, Henry no había hecho otra cosa que fabricar un documento que tuviese sus mismos efectos. Incluso se abrió una suscripción para levantarle un monumento.

viernes, diciembre 29, 2023

El caso Dreyfus (6): El principio del fin

El conde arruinado
Comienza el juicio
Otro traidor entre nosotros
Cualquier cosa menos un nuevo juicio
Zola
El principio del fin
Por la República 


El artículo de Zola partió Francia en dos. Por otra parte, el gobierno dio la callada por respuesta durante ocho largos días. Finalmente, el 20 de enero de 1898, el gobierno denunció el artículo, por lo que toda Francia supo que Émile Zola iba a ser juzgado por su atrevimiento.

miércoles, diciembre 27, 2023

El caso Dretfus (5): Zola

El conde arruinado
Comienza el juicio
Otro traidor entre nosotros
Cualquier cosa menos un nuevo juicio
Zola
El principio del fin
Por la República  


El Figaro publicó un artículo en el que hablaba de Esterhazy sin citarlo. Otros periódicos entraron al trapo, y se montó la tangana. Finalmente, acabó ocurriendo que, entre especulación y especulación, algún periodista torpe, o sea periodista a secas, acabó por escribir el nombre de un oficial que nada tenía que ver con todo aquello. Todo este espectáculo acabó sirviéndole a Mateo Dreyfus como acicate final para hacer lo que venía pensando en hacer de tiempo atrás. Así pues, publicó una carta abierta en los periódicos en la que acusaba directamente al conde Walsin Esterhazy de ser el verdadero autor de las traiciones por las que había sido condenado su hermano Alfred.

Aquello provocó una gran, pero desigual, guerra de Prensa; desigual, porque todos los grandes diarios se colocaron del lado de Esterhazy, y la familia Dreyfus sólo encontró eco en el entonces modesto Figaro y otros periódicos radicales con poca tirada. En el bando de los dreyfusistas había de todo; desde personas que directamente creían en la inocencia del capitán, hasta los que, como Clemenceau, se limitaban a pedir una repetición del juicio, por considerar que había sido demasiado sucio. Por otra parte, la gran opinión pública francesa lo único que veía ahí era un intento de los ocultos ricos judíos de siempre (toda etapa histórica tiene su Soros) tratando de salvar a uno de los suyos a costa del prestigio del glorioso Ejército francés. En un primer momento, las fuerzas de izquierdas no se inmiscuyeron en el asunto, por considerar que era un conflicto entre burgueses; con el tiempo, sin embargo, acabaron por darse cuenta de que allí había un filón de crítica hacia la forma que tenían las clases conservadoras de hacer las cosas.

Esterhazy, ya os he dicho que convencido de que el apoyo del Ejército nunca se le regatearía, exigió que se le abriese juicio. El Estado Mayor, un poco mosqueado, le encargó dicho juicio al general Georges-Gabriel de Pellieux. Sabía lo que hacía. De Pellieux era un antidreyfusista convencido. Para él, el juicio contra el capitán había sido limpio y perfecto, así pues no había nada que discutir.

Los partidarios del inquilino de la Isla del Diablo, sin embargo, no se arredraron. Louis Leblois, abogado de Dreyfus, su hermano y el senador Scheurer-Kestner aportaron cartas de Esterhazy que venían a demostrar que la letra del famoso memorando era la suya. Picquart fue llamado desde Túnez para ir a París y contar su investigación y las conclusiones a las que había llegado. Los comandantes Lauth y Henry, así como el archivero Grevelin, intervinieron para opinar que el famoso petit bleu estaba falsificado; y, de hecho, para sostener su teoría se apoyaron en algunas raspaduras que tenía en el área de la dirección, raspaduras que, en realidad, habían sido hechas por el Estado Mayor para desacreditar el documento.

Finalmente, habló Esterhazy. Declaró que él no había escrito el memorando; que quien lo había escrito había calcado su letra para hacerle aparecer como culpable. Refirió una historia rocambolesca, según la cual un tal capitán Joseph Brô le había escrito tres años antes para pedirle una información escrita sobre la batalla de Eupatoria, en la guerra de Crimea, en la que había participado el padre de Esterhazy. Éste dijo haber enviado esa información pero, tiempo después, cuando le preguntó a Brô qué se había hecho del escrito, el capitán le dijo que nunca había recibido nada. Dijo que el escrito él lo había enviado a casa de un amigo de Brô, que vivía en el mismo edificio que el suegro de Alfred Dreyfus; de donde concluyó que el capitán se había hecho con el informe para copiar la letra.

Era un relato sin tino. Pero tenía su lógica desde el punto de vista de quien lo inventó, que no fue Esterhazy, sino el Estado Mayor. Durante su juicio, Dreyfus había hecho alusión a un capitán Brô cuando habló de militares que tenían una letra parecida a la suya.

Así iba yendo el juicio, hasta que se produjo una novedad inesperada. Un día, Scheurer-Kestner se presentó en la sala con una carta de una conocida suya, una tal señora Boulaney, en la que ésta le venía a decir que en su casa tenía cartas de Esterhazy. Se verificó un registro y, efectivamente, apareció un abultado paquete de cartas. En ellas, el que se presentaba como un patriota destilaba un odio eterno hacia Francia. Entre otras cosas, decía: “estoy convencido de que este pueblo no vale ni lo que vale el cartucho que ha de matarlo”. O: “No haría daño a un perro, pero con gusto mataría a cien mil franceses”.

La carta se publicó en la Prensa, y fue un escándalo. Tras un momento inicial de despiste, los antidreyfusistas comenzaron a argumentar que se trataban de fogosas cartas de juventud. Esterhazy trató de echar más arena a la hoguera insinuando que las cartas habían sido falsificadas. Clemenceau, en su recién abierto L’Aurore, bautizó a Esterhazy “el ulano”, y desde entonces fue así como lo conoció toda Francia.

En medio de todo este escándalo, el general De Pellieux anunció el fin de su encuesta judicial. Dictaminó, sin sorpresas, que todo lo que Picquart había elaborado eran insinuaciones e invenciones contra sus superiores. Recomendó que el instructor compareciese ante un consejo de guerra; pero también recomendó que lo hiciese Esterhazy, para dejarlo todo clarinete.

Así las cosas, el 4 de diciembre de 1897 se abrió el proceso contra Esterhazy. En la Asamblea, una proposición no de ley santificando la condena de Dreyfus se aprobó por 484 votos contra 18.

El juicio contra Esterhazy fue puesto en manos de un comandante retirado que estaba radicalmente en contra de la revisión del juicio de Dreyfus: Alexandre Alfred Ravary. Hizo peritar el memorando, y tres peritos estuvieron de acuerdo en que no era de Esterhazy, sino que su letra estaba calcada en unos párrafos e imitada en otros. Ravary, en realidad, convirtió el juicio contra Esterhazy en un juicio contra Picquart, al que acusó de haber retenido y manipulado el telegrama y de haber alimentado a los revisionistas con ilusiones e invenciones.

La vista de la causa se fijó para los días 10 y 11 de enero de 1898. El tribunal lo presidió el general Henri Desiré Charles de Luxer. Leblois y Demange acudieron como abogados de la mujer y el hermano de Dreyfus, reclamando ser parte en la causa; provisión que se les denegó.

Esterhazy estuvo optimista y sonriente en su declaración. El memorando lo había fabricado Dreyfus, utilizando el informe sobre la batalla de Eupatoria del misterioso capitán Brô. El telegrama era falso; opinó que, probablemente, fabricado por Picquart.

Mateo Dreyfus presentó cinco peritajes de cinco calígrafos muy conocidos, que unánimemente coincidían en que el memorando lo había escrito Esterhazy. Picquart, que hubo de declarar a puerta cerrada y que estaba siendo linchado a cámara lenta, declaró con valentía, destacando que, o mintieron los peritos que en 1894 habían dicho que Dreyfus había calcado su propia letra desfigurándola, o mentían los peritos de 1898, que ahora decían que era a Esterhazy a quien había calcado.

El 11 de enero, en sus conclusiones, el fiscal abandonó la acusación contra Esterhazy. El tribunal delibera tres minutos, y se decanta, claro está, por la absolución. El ya ex acusado es recibido en la calle por una multitud, sobre todo de militares, que lo vitorea. Al día siguiente, el general De Pellieux informó a Esterhazy que los peritos habían declarado falsas las cartas de juventud donde decía aquellas cosas tan feas, y lo invitaba a querellarse contra los periódicos que las habían publicado. Asimismo, Picquart fue detenido y conducido al fuerte de Mount Valerien.

Pero éste es el punto en el que entran a jugar los periodistas. Los verdaderos, buenos, periodistas. L’Aurore, el periódico dirigido por Georges Clemenceau, era un florilegio de excelentes reporteros: Lucien Descaves, Camille Mauclair, Charles Longuet (yerno de Carlos Marx), Gustave Geffroy, Urbain Gohier… Clemenceau había comenzado siendo un escéptico respecto de la inocencia de Dreyfus. Sin embargo, con el tiempo Bernard Lazare, muy amigo suyo, y el incansable Scheurer-Kestner, lo fueron arrastrando. Cuando las cartas de juventud fueron publicadas, el director del periódico se sacudió sus últimas dudas.

La tradición nos dice que, el día que se produjo el fallo del tribunal y la absolución, Clemenceau comentó a las personas que iban con él:

- Esto era de prever. Piczquart debería haber roto ya su espada [salir del Ejército] para no chocar con la disciplina, y Scheurer-Kestner debería haber llevado la campaña con más brío.

Émile Zola, que lo escuchaba, le dijo:

- ¿Así que usted cree que sería necesario atacar?

- Sí -. Contestó Clemenceau.

- Pues mañana daremos ese golpe -, contestó Zola.

Al día siguiente, Zola se presentó con su artículo, y lo leyó a la redacción. Todos estuvieron de acuerdo en que era oro molido, y que había que publicarlo ya. Eso sí, Clemenceau le dijo a Zola que el título (Carta al Presidente de la República) era una puta mierda. Zola le preguntó cuál pondría. Y Clemenceau contestó: “el que usted mismo no ha parado de escribir en el artículo: Yo Acuso”.

Aquella noche, París se llenó de pasquines que anunciaban la publicación, al día siguiente, del artículo de Zola. El periódico se empezó a vocear a las ocho de la mañana. Los lectores se lo quitaban de las manos a los niños que los vendían.

Citar el artículo es un poco prolijo, porque el texto es largo. Pero yo creo que tratándose de una de las mejores piezas del periodismo de opinión de todos los tiempos, merece la pena el trabajo (por mi parte) y la lectura (por la vuestra):

Tal es la pura verdad, señor Presidente; una espantosa verdad, que será el oprobio de vuestro gobierno. Sé bien que ningún poder tenéis en este asunto, que estáis a merced de los que os rodean y de la Constitución del Estado. Pero, aún así, tenéis un deber que cumplir. Y no es que yo desespere del tiempo. Lo repito con la seguridad más vehemente: la verdad está en marcha, y nada la detendrá. Hoy empieza el proceso, porque hoy la situación es clara: están a un lado los culpables, que no quieren que se haga la luz, y al otro los amantes de la justicia, que por el cumplimiento de ésta sacrificarán su vida. Cuando se entierra la verdad, se la hace más fuerte y se le da un poder tal de explosión que, al estallar, todo lo destruye. Ya se verá cómo ha de producirse más tarde el tremendo desastre.

Pero esta carta es larga, señor presidente. Voy a resumir.

Yo acuso al teniente coronel Paty de Clam de haber sido el obrero diabólico del error judicial, instrumento no más, a mi juicio; y de haber defendido su obra nefasta durante tres años, con las maquinaciones más ridículas y culpables.

Yo acuso al general Mercier de haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores iniquidades de este siglo.

Yo acuso al general Billot de haber poseído las pruebas irrefutables de la inocencia de Dreyfus, sin dignarse utilizarlas, de culpable de lesa humanidad y lesa justicia, movido por un fin político y para salvar al Estado Mayor, comprometido.

Yo acuso al general De Pellieux y al comandante Ravary de haber instruido un sumario infame, quiero decir, una obra de monstruosa parcialidad, de la que es monumento imperecedero el informe mezcla de osadía y necedad del segundo.

Yo acuso a los tres peritos calígrafos: Belhome, Varimard y Conard, de haber emitido informes mentirosos y fraudulentos, y les tacho de parciales, a menos que, por examen médico, se me demuestre que están enfermos de la vista y el juicio.

Yo acuso a las oficinas de Guerra de haber emprendido en la prensa, especialmente en L’Eclair y L’Echo de Paris, una campaña abominable para cohonestar sus faltas y extraviar a la opinión pública.

Yo acuso, por último, al primer consejo de guerra de haber violado el derecho condenando a un acusado por un documento secreto, y acuso al segundo consejo de guerra de haber procurado justificar por orden superior esta legalidad, cometiendo a su vez el crimen jurídico de absolver a un culpable.

Al formular estas acusaciones caigo bajo la sanción de los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que castiga los delitos de difamación; pero estoy dispuesto a arrostrar las consecuencias de mi acto.

En cuanto a las gentes a quienes acuso, no los conozco ni les he visto jamás, ni abrigo contra ellos odio o rencor. En mi sentir no son más entidades, espíritus del mal social. Y mi acto es sólo un medio revolucionario para apresurar la explosión de la verdad y de la justicia.

Una sola pasión me anima: la de la luz. Y trabajo por la Humanidad, que tanto padece y tiene derecho a la felicidad. Mi ardiente protesta es el grito de mi conciencia. ¡Que me lleven al tribunal, y que mi proceso sea del dominio público!

Eso es lo que yo quiero.

martes, diciembre 26, 2023

El caso Dreyfus (4): Cualquier cosa menos un nuevo juicio

El conde arruinado
Comienza el juicio
Otro traidor entre nosotros
Cualquier cosa menos un nuevo juicio
Zola
El principio del fin
Por la República 


Fuese como fuese que se había conseguido la carta, no estaba timbrada. Eso es: o bien Schwartzkoppen la había escrito y la había roto; o bien alguien la había sacado del buzón. Esto, con el tiempo, le daría problemas a Picquart, puesto que muchas personas llegarían a decir que aquel telegrama era totalmente falso.

viernes, diciembre 22, 2023

El caso Dreyfus (3): Otro traidor entre nosotros

El conde arruinado
Comienza el juicio
Otro traidor entre nosotros
Cualquier cosa menos un nuevo juicio
Zola
El principio del fin
Por la República



A los tres días de juicio, el tema estaba capotando, y todos los sabían. Uno de los testigos de la acusación más motivados, el comandante Hubert-Joseph Henry, solicitó declarar de nuevo. Durante su segunda declaración juró por su honor que un militar (Valcarlos) le había avisado de que había un topo en el Estado Mayor; y, teatralmente, se volvió hacia Dreyfus y, señalándolo, tetrisitó: “¡Ese traidor es usted!” Dreyfus y su abogado defensor se levantaron como movidos por un resorte y le exigieron que identificase al militar que había dicho cosa tal (que no la había dicho; Valcarlos advirtió de la existencia de un topo, pero nunca dijo que fuese Dreyfus). Henry se negó a dar la filiación de su fuente, pero juró por su honor que todo lo que había dicho era cierto.

El día 22 se produjeron las conclusiones de fiscal y defensor. Demange se extendió en la ausencia total de pruebas y, de hecho, se apoyó en otros argumentos como, por ejemplo, que el hecho de que el memorando se refiriese al freno hidráulico del cañón de 120 demostraba que quien había escrito eso no era un oficial de Estado Mayor, pues en el Estado Mayor todos sabían que la expresión correcta era freno hidroneumático.

Por si todo lo referido no supusiera ya un compendio bastante burdo de irregularidades procesales, antes de la sentencia se produciría todavía otra mucho peor. En el momento de salir para deliberar los jueces, Paty de Clam se dirigió al presidente del tribunal y le entregó un sobre lacrado procedente del ministro de la Guerra, indicándole que eran documentos secretos que ni el acusado, ni su defensor, podían conocer. En el sobre estaba la carta donde decía “ese canalla de D.”, otras notas de Schwartzkoppen, un comentario escrito de Paty de Clam, y la traducción “libre” del telegrama de Panizzardi.

Los jueces declararon culpable al acusado. Para que luego digan que no hay lawfare.

Aquella misma noche, todo París fue informado de que el capitán Dreyfus había sido condenado a deportación perpetua. La Prensa nacionalista, que es como decir la Prensa francesa a secas, salió en tromba lamentándose de que no existiese en Francia la condena a muerte para los delitos políticos.

Hasta ese momento, Dreyfus había asistido a su caída con el gesto estólido del militar de pura cepa. Incluso cuando le fue leída la sentencia en el patio de la cárcel permaneció en posición de firmes y con el rostro pétreo. Una vez condenado, sin embargo, tuvo una crisis seria. Le pidió al comandante Forzinetti, su alcaide, un revólver para reventarse la cabeza. Al día siguiente lo visitó Paty de Clam, quien le ofreció algún tipo de dulcificación de la condena si confesaba la importancia de la información que le había pasado a los alemanes. Pero para entonces Dreyfus había recuperado su compostura, y le contestó que no mamase. Aquella mañana le escribió una esquela al ministro Mercier en el que le rogaba que continuasen las investigaciones del affaire.

El 5 de enero de 1895, el capitán Alfred Dreyfus fue degradado en el patio de la Escuela Militar, en el Campo de Marte. La ceremonia se hizo de cara al público, apenas separado por una reja; el personal, como le suele pasar normalmente a los borregueros, a los amigos de los escraches, a ese tipo de gente que suele resolver los traumas relativos a la longitud de su pene o la orientación de sus mamellas a base de confundirse en la manada rocapollas, comenzó a gritar que a aquel hombre había que matarlo allí mismo.

En el acto de ser degradado, el capitán Dreyfus todavía gritó: “¡Viva Francia!” Hay gente, la verdad, que no aprende.

Quince días después, Dreyfus salía hacia el puerto de La Rochela, donde tomó un barco a la malhadada Isla del Diablo, en la Guyana. En la ciudad costera, el espectáculo de las turbas de intelectuales tirándole piedras y salivazos se reprodujo; un oficial del ejército se acercó a él y lo abofeteó, para regocijo de los tatarabuelos de los actuales usuarios de Twitter y la mayoría de los asistentes a la gala de los Goya.

Aunque con el tiempo se han hecho famosas las soflamas contra la manipulación del caso Dreyfus y las gentes de la Prensa, por lo general, gustan mucho de recordar esto para demostrar lo mucho que molan, la verdad es que, cuando se produjo la sentencia, una sentencia que era consecuencia de un juicio que parecía organizado por subnormales, no hubo ni un solo periódico en Francia que se molestase siquiera en insinuar que lo mismo lo que había pasado en la sala era una ful. Los periodistas y resto de opinadores franceses dictaminaron sobre todo aquello sin haber visto ni el memorando ni uno solo de los documentos o peritajes que se citaron en el juicio. Simple y llanamente, dieron por buena la sentencia; era una sentencia dictada por franceses y los franceses, ya se sabe, nunca se equivocan.

Lejos de caminarse hacia la verdad, se caminó hacia la mentira. Alguien, no sabemos ni sabremos quién, distribuyó por todo París el rumor de que Dreyfus, cuando estaba esperando para desfilar hacia su degradación, le había confesado a sus custodios que era el traidor que la sentencia decía. La cosa es que, efectivamente, Dreyfus había tenido una conversación con el capitán que lo custodiaba, Charles Gustave Nicolas Lebrun-Renault. Le contó, básicamente, la entrevista que había tenido en la cárcel con Paty de Clam, en la que éste le había conminado, sin éxito, a confesarse culpable, y que incluso le dijo que podía confesar que los documentos que había pasado a los alemanes eran sólo el principio, porque aspiraba a conseguir de los alemanes otros más importantes cuando fue descubierto (es decir, una confesión de agente doble; esto, teóricamente, dulcificaría su sentencia). Lebrun-Renault, como en la sentencia del crimen de los Urquijo, solo o en compañía de otros, convirtió esa conversación en otra distinta, en la que Dreyfus le habría confesado a él precisamente lo que Paty de Clam le había insinuado. A mí siempre me ha parecido que Lebrun pudo ser él mismo manipulado en esta anécdota, puesto que en su informe del acto de degradación no cita palabra alguna de Dreyfus, cosa que estaba obligado a hacer; y en posteriores entrevistas y declaraciones nunca habló del tema.

El rumor, sin embargo, estaba ahí, y el pueblo, ese ente tan sabio, había dictado su sentencia. Se puede decir, en realidad, que, en ese momento, en toda Francia sólo había tres personas que creían en la inocencia del capitán, aparte de su mujer: su defensor, Demange; Mateo, su hermano; y el diputado Joseph Reinach. Y situaciones como ésta: una persona prístinamente inocente que es consideraba culpable por un país entero salvo tres personas, deberían enseñarnos (ésta es una de las razones por la que mola estudiarse el caso Dreyfus) la importancia de tener un poder judicial independiente y profesional.

La “confesión” frente a Lebrun-Renault, claramente fabricada para provocar la perdición de Dreyfus, tenía sin embargo una derivada en la que sus inventores, dado que probablemente eran militares franceses, no repararon, pues para ello hace falta tener circunvoluciones cerebrales libres de sectarismo: dejaba en muy mal lugar a Alemania. En la embajada se cogieron un cabreo de mil demonios, pues ya se habían preocupado de comprobar que nadie en aquel edificio había tenido nunca relación con Alfred Dreyfus. Así las cosas, de Berlín le llegó orden al embajador alemán, Georg Herbert Fürst zu Münster von Derneburg, conde de Münster-Lendeburg y habitualmente conocido como Münster porque su nombre, la verdad, es un coñazo, de ponerse en contacto de nuevo con el gobierno francés para exigirle alguna acción asertiva frente a la Prensa local que, como vendía mogollón de ejemplares contando esas chorradas, las ampliaba todo lo que podía (a ver si os vais a pensar que lo de escribir para conseguir clickbaits lo habéis inventado vosotros). Tras entrevistarse Münster y el presidente Perier, la agencia Havas sacó una nota oficiosa que declaraba que las embajadas no habían intervenido en el caso Dreyfus. Quince días después, Perier caía tras una votación en la Asamblea Nacional, siendo sustituido por François Felix Faure. Faure procedió a cesar al general Mercier, sustituido por el también general Émile Auguste François Thomas Zurlingen.

Algunas semanas después, el comandante Picquart fue nombrado jefe de la Oficina de Informes de Estado Mayor. Su jefe, el general Boisdeffre, le dejó muy claro que heredaba el cargo para continuar la investigación del caso Dreyfus, obviamente en la misma dirección que hasta el momento. En el Estado Mayor, como siempre que un judío es culpable real o teórico de algo, estaban convencidos de que el capitán no había actuado solo. Que aquello había sido una conspiración semita en toda regla y que, en consecuencia, muchos de los implicados, quizás peces más gordos que el que navegaba hacia Guyana, estaban libres y no localizados. Picquart, que también era bastante antisemita, se tomó la labor con la pasión de un fiscal general del Estado.

El comandante, sin embargo, se fue olvidando del tema Dreyfus con el tiempo. Literalmente, se aburrió de leer subnormalidades. Encargaba o recibía informes de todo tipo de investigadores de lo más variopinto, que habían desarmado la vida y milagros de Alfred Dreyfus. Pero todos aquellos informes no eran más que papelotes que no le interesarían ni a Tele 5. Para entonces, además, la familia Dreyfus había hecho los deberes. El capitán, en la noche antes de partir de Francia, le había escrito una carta a su mujer en la que le pedía que no cejase nunca en la investigación de todo aquel embrollo; y Mateo, su hermano, acompañado de Reinach, se habían puesto a ello. Ambos investigadores acabaron por averiguar lo del informe secreto del Estado Mayor surgido a última hora, en el que figuraba la famosa carta donde decía “ese canalla de D.” También se dedicaron a buscar apoyos en las altas esferas, Lo encontraron en Auguste Scheurer-Kestner, presidente del Senado. Scheurer era de Mulhouse, como Dreyfus. De ideología republicana, era un furibundo partidario del regreso de Alsacia a la casa común francesa. Por ahí le entraron Mateo y Joseph, y consiguieron convencerle de que a su paisano no se le había tratado bien en el juicio.

Scheurer intentó reclutar a políticos pero, sobre todo, a periodistas que abrazasen la causa de la defensa de Dreyfus y se aviniesen a escribir sobre todos los puntos oscuros del juicio. El político, sin embargo, fracasó, pues se encontró a una clase periodística que le venía a decir que vale, que lo mismo aquello olía mal; pero que querían pruebas más sólidas (porque los periodistas, ya se sabe, nunca publican nada porque dicen que han oído que alguien parece haber dicho que escuchó a alguien susurrar). En realidad, sólo consiguió un acólito: un escritor de ideas anarquistas, Bernard Lazare. Lazare preparó una obrita que analizaba el memorando y rebatía los peritajes que habían concluido que la letra era del capitán.

En marzo de 1896, Schwartzkoppen se hartó de Esterhazy. Ambos habían seguido relacionándose durante todos aquellos meses a pesar del ruido del escándalo; pero lo cierto es que los papeles que filtraba el militar francés cada vez eran más mierderos. Aunque, como ya os he contado, los alemanes pagaban por pieza y según su valía, en el mes de febrero llegaron a la conclusión de que era tontería seguir pagándole a aquel lerdo por las mierdas que les traía.

El 20 de febrero, Schwartzkoppen redactó una carta que textualmente decía:

Señor comandante Esterhazy, calle de Bienfesaince, 37 [La he espiado en Google Maps y, la verdad, es más que posible que la casa que hay hoy en día en esa dirección sea la misma en la que vivió Esterhazy].

Espero una explicación más detallada que la que el otro día me dio sobre la cuestión aplazada. Por lo tanto, le ruego me la de por escrito, a fin de juzgar si puedo o no continuar mis relaciones con la casa RCT.

Al parecer, Schwartzkoppen echó la carta en un buzón público personalmente. La misiva, sin embargo, terminó en el Ministerio de la Guerra francés. No la pudo coger la señora Bastian ni ningún otro espía de la embajada. Una opción es que los franceses habían hecho seguir al alemán. Aunque la que me parece más plausible es que el alemán hiciera un primer borrador, lo rompiese, y lo tirase dentro de la embajada, en cuyo caso la señora Bastian sí podría haberlo recogido.

Horas después, un emocionado capitán Jules Maximilien Lauth, subordinado del comandante Picquart, se presentaba ante éste con la carta (en realidad, un telegrama neumático o petit bleu, como se llamaba entonces) de Schwartzkoppen. Desde el primer momento, la reacción en el Estado Mayor se decantó por entender que había otro traidor. 

Al Ejército francés, a la Francia toda, se le erizaron los pelos del lomo, como cuando el lobo avista pieza: había que cazar a otro(s) judío(s). 

jueves, diciembre 21, 2023

El caso Dreyfus (2): Comienza el juicio

El conde arruinado
Comienza el juicio
Otro traidor entre nosotros
Cualquier cosa menos un nuevo juicio
Zola
El principio del fin
Por la República


Paty de Clam, con seguridad, estaba buscando que Dreyfus, al percatarse de la lista de documentos que se le estaba dictando, se extrañase y se derrumbase. Pero el judío, sin embargo, aunque verdaderamente estaba mosqueado porque la petición era rara, rara, rara, siguió escribiendo. Con más nervios que un filete del Lidl, el juez terminó por interrumpir el dictado para conminar al militar y preguntarle por qué temblaba y se mostraba nervioso; cosa que Dreyfus no estaba haciendo. Finalmente, Dreyfus argumentó que tenía frío. El dictado siguió hasta que Paty de Clam dijo: “Fíjese en cómo escribe usted; esto es muy grave”.