lunes, enero 01, 2024

El caso Dreyfus (y 7): Por la República

El conde arruinado
Comienza el juicio
Otro traidor entre nosotros
Cualquier cosa menos un nuevo juicio
Zola
El principio del fin
Por la República  



La noticia de que el teniente coronel Henry había falsificado el gran documento acusador contra Dreyfus y que, tras haberlo confesado, se había suicidado, conmocionó a toda Francia. Eso sí, los dreyfusistas se compusieron pronto y dos periodistas: Ernest Judet y Charles Maurras, comenzaron a construir la teoría que, por otra parte, el propio Henry había confesado: que todo lo había hecho por patriotismo. Dado que las verdaderas pruebas no podían hacerse públicas al ser secretas, Henry no había hecho otra cosa que fabricar un documento que tuviese sus mismos efectos. Incluso se abrió una suscripción para levantarle un monumento.

Al día siguiente de saberse lo de Henry, Esterhazy huyó a Inglaterra. En realidad, huyó por un tema personal, dado que un primo suyo, Cristián, le había confiado una cantidad para que se la invirtiese, y el Tito Esterhazy se la había gastado en sus lujos. Dado que el primo le había puesto una querella por estafa, Esterhazy sabía que su detención era inminente.

El 3 de septiembre de 1898, la mujer de Dreyfus presentaba la demanda de revisión del proceso. Brisson, el primer ministro, era para entonces decidido partidario de la misma, y maniobró en el Supremo para que se admitiese la apelación. La decisión, sin embargo, hizo caer al gobierno Brisson, que fue sustituido por Charles Dupuy.

Durante la revisión del Supremo, Le Figaro se apuntó la exclusiva de publicar las actas del proceso original. Fue, de hecho, la primera vez que el público francés pudo conocer los entresijos de aquel proceso. En esas semanas falleció Félix Faure, el presidente de la República, sustituido por Émil Loubet. En el funeral de Faure, una patota de nacionalistas, dirigida por Paul Deroulede, rodeó a los asistentes, gritando que su intención era tomar el Elíseo; una especie de golpe de Estado como lo del Capitolio de Washington, pero a lo bestia.

El Supremo, finalmente, casó la sentencia de 1894, alegando que habían aparecido hechos nuevos, como la comunicación en su día a los jueces del expediente secreto que no fue conocido por la defensa o el acusado; así como el hecho de que el papel usado para el memorando había sido encontrado en casa de Marguerite Pays, la amiga de Esterhazy; el hecho de que Henry había falsificado el documento; las declaraciones de los calígrafos adverando la letra de Esterhazy en el memorando; así como el hecho de que la carta que decía “ese canalla de D.” no necesariamente se refería a Dreyfus. Por lo demás, una circular de 17 de mayo de 1894 dejaba claro que los oficiales de Estado Mayor no iban a tener maniobra alguna en los días siguientes; lo cual desmentía que Dreyfus hubiese podido escribir en el memorando “voy a salir de maniobras”.

Por increíble que pueda parecer, la decisión del Supremo, lejos de definir el tema Dreyfus, lo embarró más. Los enfrentamientos en la calle, ya casi todos violentos, se recrudecieron. El 4 de junio de 1899, en las carreras de caballos en Auteuil, el mismísimo presidente Loubet fue escrachado por los antidreyfusistas. Un aristócrata, Isidore-Fernand Chevreau, barón Christiani, le arreó un bastonazo al presidente. Hubo bastante heridos.

La violencia antidreyfusista estaba derivando, cada vez más, en una violencia antirrepublicana, agitada por las clases más conservadoras, los militares y los curas. En la Asamblea Nacional, una sólida mayoría republicana reprobó los sucesos de Auteuil y, además, exigió el procesamiento del general Mercier por haberle ocultado el expediente secreto a la defensa de Dreyfus. Se acuerda que este procesamiento sea posterior a la revisión del caso Dreyfus. Seis días después, el 12 de junio, las izquierdas tumban el gobierno Dupuy, que es sustituido por Pierre Marie René Ernest Waldeck-Rousseau. Su gobierno será rápidamente bautizado en la calle como Le Ministère Dreyfus.

No yerran. Waldeck saca a la calle a Picquart, que llevaba casi un año preso. Y Zola vuelve de Inglaterra. En frase que conocemos bien, el miedo estaba cambiando de bando.

El 2 de agosto de 1899, comienza el nuevo consejo de guerra contra el capitán Alfred Dreyfus, en el instituto público de Rennes. El tribunal había cambiado de arma: eran todos artilleros menos el presidente, coronel Jouauast, que era ingeniero. El acta de acusación fue la misma que en 1894. Sin embargo, todo lo que tenía que definir el juicio era si Dreyfus había entregado los documentos que se listaban en el memorando, o no. De esta manera, el gobierno esperaba que las nuevas sesiones orillasen las grandes cuestiones de seguridad nacional, por así decirlo.

En Rennes lo que más había cambiado era el público. Desde luego, estaban los mandos de Estado Mayor, escoltando al general Mercier; pero, al contrario que en el juicio anterior, y sobre todo el primero, los dreyfusistas, como Reinach o Clemenceau, estaban ahí; como estaban periodistas de medio mundo.

Fue abogado de Dreyfus Fernand Gustave-Gaston Labori. Un hombre muy meticuloso que fue contestando, uno a uno, a los argumentos de los generales en sus declaraciones. El principal testigo de confirmación fue Mercier. Según él, sólo Dreyfus podía conocer los documentos listados en el memorando. Además, Dreyfus, según dictaminaron los peritos, tenía una letra semejante a la del memorando.

El principal argumento era que Dreyfus era uno de los pocos, selectos, oficiales, que podía tener información y documentación sobre el cañón de 120 del que se hablaba en el memorando. La tesis que se defendió fue que, puesto que Dreyfus fue el encargado de ir a la imprenta del Ministerio a hacer copias de algunos documentos, pudo quedarse con los defectuosos, que tenía la obligación de destruir. Mercier concluyó: “cada vez estoy más convencido de su culpabilidad, por mucho dinero que se gasten los judíos”.

La declaración de Mercier fue un golpe para el antidreyfusismo. Los contrarios al capitán condenado esperaban que el general sacase de su chistera un conejo inesperado, pero no lo hizo. Se hablaba de que podría sacar una presunta foto del presunto memorando súper secreto en el que habría una anotación del mismísimo káiser alemán, inculpatoria para Dreyfus. Pero, claro, no sacó tal cosa, porque no existía tal cosa. Labori se cachondeó de ese rumor y, de hecho, anunció que se iba a meter a fondo con la falsificación de Henry de la carta de Panizzardi.

El día siguiente era el 14 de agosto de 1899. Labori y Picquart se dirigían al tribunal, cuando un tipo les disparó. Herido Labori en la espalda, Demange hubo de tomar el testigo. Siguieron 23 días más de vista, con 115 testigos. Bertillon estuvo entre ellos, renaciendo en su tesis de que el memorando lo había escrito Dreyfus calcando de su propia letra; pero otro calígrafo, Paraf-Javal (llamado en realidad Georges Mathias) le refutó. Otro de los peritos que declaró en 1894 declaró para descargar su conciencia pues, dijo, en su día había acusado a Dreyfus, y ahora no lo tenía nada claro.

Los antidreyfusistas subieron al estrado a un personaje estrafalario, un austríaco llamado Cernusky que era un supuesto pretendiente al trono de Serbia, quien declaró que unos oficiales de una potencia europea le habían confesado que Dreyfus era uno de los cuatro espías que Alemania tenía en el Ejército francés. Labori, ya repuesto, aprovechó el detalle de que se había llamado a declarar a un extranjero para sugerir que fuesen asimismo convocados aquéllos que podían arrojar toda la luz sobre el tema de la carta de Panizzardi: el propio Panizzardi y Schwartzkoppen, el receptor. El tribunal inicialmente se negó, pero el gobierno francés gestionó que Schwartzkoppen pudiese declarar en Berlín ante unos jueces alemanes. Los alemanes, sin embargo, y con buen criterio, eligieron callar. Esterhazy, huido en Inglaterra, fue convocado, pero no compareció; se limitó a enviar una carta.

A la hora de las conclusiones, Demange fue claro: Todo condena a Esterhazy y, sin embargo, vosotros lo defendisteis, mientras que con todas vuestras suposiciones, posibilidades, chismes, suspicacias y retorcidos argumentos no podéis presentar una prueba, una sola prueba evidente contra Dreyfus.

Cuando el jurado se retira para deliberar, Dreyfus es retirado de la sala: según la ley procesal, no puede escuchar el veredicto. Pasa una hora y tres cuartos. Finalmente, los jueces regresan, y el presidente lee: En nombre del pueblo francés, por cinco votos contra dos, el del presidente, coronel Juauast, masón, y el del capitán Breon, católico ferviente, Dreyfus es condenado a diez años de reclusión, sin que sea necesaria una degradación por reconocérsele circunstancias atenuantes.

La misma sala donde se leyó la sentencia se convirtió allí mismo en un enfrentamiento. Ese enfrentamiento se hace más masivo y más grave cuando la noticia llega a París. Algunos nacionalistas se sienten contentos, pero no todos. Eso de las “circunstancias atenuantes” da que pensar a mucha gente que los jueces han querido contemporizar. Además, Dreyfus había sido condenado a deportación perpetua; diez años es muy poco.

Los antidreyfusistas, efectivamente, olieron la debilidad. La sentencia, sin ser una sentencia de absolución, daba alas a la causa del capitán. Muchas personas que lo defendían comenzaron a desfilar en triunfo por las capitales de media Europa. Las embajadas y consulados de Francia fueron apedreados, y algunas banderas francesas fueron quemadas en la calle. La reina de Inglaterra se mostró estupefacta por el veredicto, y expresó su deseo de que Dreyfus pudiese apelar ante unos jueces que mereciesen tal nombre. Zola publica un nuevo artículo, El último acto, en el que clama: “por dos veces, se ha condenado a la inocencia”.

Para cuando se produjo la condena, el gobierno era un mar de dudas sobre su aplicación. Dreyfus estaba ya enfermo, y se daba por bastante seguro que no sobreviviría a la reclusión ahora fijada. De hecho, la familia apeló inmediatamente, tratando de evitar el largo periodo de cárcel.

Había otra posibilidad. El gobierno francés, dominado por el llamado revisionismo, es decir por políticos convencidos de que Dreyfus era inocente, estaba dispuesto a concederle el indulto. Pero los hombres que luchaban por el capitán, sobre todo Clemenceau, se negaron. El indulto presupone el arrepentimiento, y no traería la justicia a un claro caso de falsa acusación. Personas como Reinach o Lazare, sin embargo, estaban por pedirlo. Scheurer-Kestner también era partidario del indulto, como lo era el eminente jurista Alexandre Millerand, futuro primer ministro del país, porque consideraba que, si los Dreyfus llevaban adelante su apelación, habría un tercer consejo de guerra y una tercera condena. Millerand, de hecho, dado que estaba muy bien conectado con el gobierno, le dijo a la familia que, si Dreyfus retiraba la apelación, sería indultado en 24 horas. Pero Clemenceau seguía argumentando que aquel indulto era “rendir a la República frente al sable”.

El viejo zorro, sin embargo, acabó por ceder. Mateo Dreyfus le dijo que su hermano sólo retiraría la apelación si él estaba de acuerdo, y él decidió ceder por razones humanitarias.

Así las cosas, el 19 de septiembre de 1899, tras cinco años de condena, se firmó el indulto de Alfred Dreyfus. Al día siguiente, era puesto en libertad. Jaurès hizo pública una carta del militar, que decía: El gobierno de la República me devuelve la libertad. Ésta no es nada para mí sin el honor. Desde hoy buscaré la reparación del horrible error judicial de que he sido víctima. Quiero que Francia sepa, por una sentencia definitiva, que soy inocente. Mi corazón no se serenará mientras haya un solo francés que me impute el crimen que otro ha cometido.

En el año 1900 hubo elecciones al Senado; la inmensa mayoría de los candidatos dreyfusistas fue derrotada, mientras que resultaban elegidos candidatos como el general Mercier. Claramente, el pueblo francés no creía en la inocencia del judío. Por otra parte, los agitadores nacionalistas fueron juzgados y condenados; esto obligó a Derouele a refugiarse en San Sebastián. La Asamblea votó, por 425 votos contra 60, no volver a discutir el tema Dreyfus. Asimismo, se decretó una amnistía para neutralizar los casos pendientes: Mercier todavía tenía que ser juzgado por haber entregado el expediente secreto a las espaldas de la defensa del caso Dreyfus. Reinach había sido acusado de difamar a Henry, Picquart por la acusación de haber falsificado el telegrama; y estaba Zola, condenado en rebeldía. Todo eso quedó perdonado.

Los dreyfusistas protestaron por aquella amnistía, por lo que claramente suponía de carpetazo al asunto. Dreyfus escribió una carta rechazándola. Atendiendo a su petición, cuando el gobierno decretó la amnistía, excluyó al capitán.

En dos años, sin embargo, el ambiente cambió radicalmente. En las elecciones de 1902, los ganadores son casi todos dreyfusistas: Clemenceau, Francis Charles Dehault de Pressensé, Labori, Reinach, Jaurès… Con su impulso, se aprobó la revisión del indulto a Dreyfus. A Waldeck-Rousseau lo sustituye Émile Combès, un primer mandatario que llega con la clara intención de desplegar el programa republicano: subordinación del Ejército al Estado, reducción de la enseñanza religiosa. En el Ministerio de la Guerra, por primera vez desde que comenzó el escándalo, hay un titular: Louis Joseph Nicolas André, que es partidario de la revisión.

El general André, sin embargo, quería hacer las cosas bien. Quería que la revisión del caso fuese decidida por el Parlamento. El 6 de abril de 1902, Jaurès aprovechó una situación propicia para suscitar un debate en la Asamblea sobre el consejo de guerra de Rennes. En ese momento, se rumoreaba que el tribunal había sido manipulado como el de 1894 con la historia de que si existían documentos súper secretos que comprometían la seguridad del país y tal. Jaurès recordó en su discurso las muchas veces que se había hablado de la existencia de una carta del káiser Guillermo, que luego se convirtió en una anotación al margen de un memorando en la que, presuntamente, diría: ese canalla de Dreyfus debe enviar cuanto antes los documentos prometidos. Recuérdese que luego se dijo que, por no poderse llevar esta prueba y hacerse pública, era por lo que el “patriótico” Henry había realizado su falsificación. Jaurès opinó que la presencia de este memorando es lo que hizo pensar al tribunal de Rennes que había implicaciones secretas muy jodidas en el tema del memorando, y por eso decidieron condenar de nuevo a Dreyfus. Pero el tiempo había pasado, continuó, y ahora las averiguaciones en torno a todo aquel tema eran posibles. El general André contestó que no se oponía a la investigación. La investigación se aprobó por 250 votos contra 75.

El 21 de abril de 1903, Dreyfus solicitó una segunda revisión de su causa. Contrariamente al parecer de todo su círculo, se empeñó en comparecer, de nuevo, ante un tribunal militar. Vino a decir: ellos me condenaron, y ellos deben absolverme. La revisión comenzó un año después.

Aunque parezca increíble, después de tantos dimes y diretes, la revisión todavía dio para algunas novedades. Por ejemplo, Picquart había denunciado en las sesiones anteriores que el español marqués de Valcarlos estaba a sueldo del Estado Mayor, cosa que se negó con cajas destempladas. Ahora, sin embargo, se descubrió que asientos en la contabilidad del Estado Mayor, a nombre de un tal Juanes, en realidad estaban raspadas, y habían sido originalmente de Valcarlos. También se aportaron cartas de un aristócrata alemán afirmando que Schwartzkoppen y Dreyfus nunca se habían conocido, así como una declaración de Esterhazy ante el cónsul de Londres admitiendo que había escrito el memorando. Henry Poincaré, por su parte, desacreditó por completo el sistema Bertillon.

El 12 de julio de 1906, 46 magistrados del Tribunal Supremo estuvieron presentes en la lectura de la sentencia que anulaba el fallo de Rennes, declaraba a Dreyfus con derecho a exigir una indemnización, y a que su sentencia fuese publicada en todos los periódicos de Francia a costa del Estado.

Al día siguiente, el Boletín Oficial del Estado francés publicaba dos leyes: una nombraba a Alfred Dreyfus jefe de escuadrón; y la otra nombraba a Picquart general de brigada. El Congreso votó, por 381 votos contra 88, una resolución expresando su gratitud a quienes habían defendido a Dreyfus. El 20 de julio, un decreto nombró a Dreyfus caballero de la Legión de Honor. Pero, todavía en 1908, en la ceremonia de traslado del cadáver de Zola al Panteón, un tipo disparó a Dreyfus en un brazo.

Las cosas, sin embargo, habían cambiado para siempre. Se ha dicho muchas veces que el caso Dreyfus le sirvió a Francia para superar su antisemitismo que, hasta entonces, había sido tan intenso como el alemán de entonces o el español de siempre. En realidad, las cosas van mucho más allá.

El caso Dreyfus, en lo que vino a suponer de retirada de la patente de corso para que hiciesen los que les saliese de los cojones al Ejército y la Iglesia católica (gran propagandista contra los judíos y los masones), es el gran puntal del republicanismo francés. Conforme los hechos verdaderos de todo aquel affaire se fueron conociendo e imponiendo, fue quedando cada vez más claro que las fuerzas que habían sostenido el poder francés durante un siglo, desde que Napoleón Bonaparte lo cambió (más bien lo jodió) todo, se habían extralimitado. Que había que ponerles un freno. La Francia que resultó de la superación del escándalo Dreyfus, que estuvo a punto de provocar una guerra civil en el país, era una Francia legalmente laica, con un Ejército constitucional que ya no volvió a ser una amenaza para el poder político, y unos valores republicanos que hacen que, todavía hoy, muchos franceses, en sus mítines políticos, canten con orgullo el himno de su patria; un himno que, precisamente por este orgullo republicano, es mucho más que un himno nacional, como demuestran datos como que fuese repetidamente cantado por las calles españolas durante la II Repu.

En todo caso, las cosas se han tomado su tiempo para evolucionar. No olvidéis el dato de que, en el régimen de Vichy, es decir, la Francia tutelada y vigilada por el régimen nazi alemán durante la segunda guerra mundial, hubo una oficina de Asuntos Judíos que, en la práctica, envió a muchos de ellos a los campos de exterminio. Y esa oficina estaba dirigida por Charles Mercier du Paty de Clam. Eso es: el hijo del hombre que montó el escándalo Dreyfus.

El caso Dreyfus, en este sentido, es un parto. Doloroso como todos. Pero cuando todo ha pasado, cuando ya tienes al recién nacido en tus brazos, todo sufrimiento te parece poco para esa recompensa. Eso sí, la República francesa no dejó, ni deja, de ser algo gestionado por franceses. No hay que extrañarse, pues, de que, al fin y a la postre, el niño acabase siendo un farlopero vago que no se encontraría el culo con las dos manos.

Pero ésa, cuando menos de momento, es otra Historia.

2 comentarios:

  1. La tensión y la violencia en torno al caso fueron tremendas. Además del atentado contra Labori, se produjo el intento de golpe de estado de Déroulède (Que desembocó en el episodio entre ridículo y siniestro de Guérin asediado en Fort Chabrol) y el propio Dreyfus fue herido en un atentado en 1908 (Y sospecho que el asesinato de Jaurès estuvo algo influido por su relación con el caso)

    Es curioso que los que suelen hablar de la "anormalidad" del sigo XIX español rara vez comentan las convulsiones que experimentó Francia en ese mismo periodo (Aunque dudo que las conozcan)

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  2. Dreyfus participó en la defensa de París en 1914 a las órdenes del general Gallieni, por cierto.

    Eborense, estrategos

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