miércoles, abril 23, 2008

Las guerras púnicas (y 2)

La primera parte de esta historia está aquí.


Si Roma hubiera sido una potencia al uso, la I Guerra Púnica habría quedado como una mera trifulca entre dos estados mediterráneos por un territorio. Uno había vencido, el otro había sido derrotado. Fin de la historia. Pero Roma no era una potencia al uso. Roma no quería ser el matón más fuerte del barrio. Roma quería ser el único matón del barrio. La I Guerra Púnica había sido el partido de ida. Ahora quedaba el de vuelta para ver quién resultaba eliminado. Y cuando Roma pensaba en eliminaciones, pensaba en eliminaciones: te arraso las murallas, vendo como esclavos a tus ciudadanos y echo sal sobre el terreno para que ahí no crezcan ni malas hierbas.



¿Eran conscientes romanos y cartagineses en 241 de que la paz no era más que una tregua y de que el conflicto entre ambos sólo podría acabar con la aniquilación de uno de ellos, porque el Mediterráneo era demasiado pequeño para los dos?

Entre el 237, en que se apoderaron de Cerdeña por la cara, y el inicio de la II Guerra Púnica, los romanos estuvieron demasiado ocupados con los galos y con los ilirios como para dedicar mucha atención a los cartagineses. Pero no dejaron de mirarles por el rabillo del ojo para ver lo que se traían entre manos en España.

Para los cartagineses fue otro cantar. La pérdida de Sicilia fue dolorosa, pero así son los azares de la guerra. En cambio, la pérdida de Cerdeña fue harina de otro costal. Roma aprovechó la rebelión de los mercenarios en la isla para conquistarla, violando todos los acuerdos previos con Cartago. Roma había demostrado que era un pescador que pescaba en río revuelto, pero además un pescador hijoputa. Después de aquello, pocos cartagineses quedaron partidarios de la paz con Roma. Fue más la pérdida de Cerdeña que la de Sicilia la que empujó a los cartagineses a buscar el desquite.

En 237 los cartagineses comenzaron la conquista de España. Habiendo perdido Sicilia y Cerdeña tenían que buscar nuevas áreas de influencia para rehacerse. España, además de sus riquezas mineras, ofrecía algo muy atractivo para los cartagineses: una fuente de guerreros para hacer frente a las inacabables reservas humanas de Roma.

La historia según nos ha llegado es que la II Guerra Púnica comenzó porque Aníbal atacó la ciudad de Sagunto, que simpatizaba con Roma, y al hacerlo cruzó el río que delimitaba las áreas de influencia romana y cartaginesa, según el tratado que habían firmado en 226. Lo malo con esta versión es que el río que no debían cruzar los cartagineses era el Iber. Algunos historiadores han intentado arreglar el embrollo, diciendo que Polibio se lió y que donde dijo Iber quería decir Júcar. Me parece más verosímil pensar que Polibio sabía lo que se decía y que todo es un intento de lavarles la cara a los romanos y ocultar que forzaron el desencadenamiento de la II Guerra Púnica con un pretexto fútil.



Lo que molestó a los romanos fue que Aníbal conquistase una ciudad que les era amiga, aunque se encontrase en el área de influencia cartaginesa, según lo acordado. Eso les molestó y en general les inquietaba el imperio que en pocos años los cartagineses se habían labrado en España. Ahora que sus guerras contra los ilirios habían terminado y los galos se mantenían tranquilos, había llegado el momento de volver a ocuparse de Cartago. Sagunto fue una mera excusa. Si no era Sagunto, lo mismo habrían dicho que los cartagineses tenían armas de destrucción masiva y habrían provocado igualmente la guerra.

Los romanos no declararon inmediatamente la guerra, sino que enviaron embajadores a Cartago con una demanda imposible de cumplir: la entrega de Aníbal. Es como si el Real Madrid le dijese al Barcelona: «Entrégame a Ronaldinho que le voy a cortar las piernas a la altura del cuello» [Nota de JdJ: Te saldría mejor el ejemplo con Messi, Tibur]. Pues va a ser que no y ya la tenemos liada.

La situación estratégica de Aníbal al comienzo de la II Guerra Púnica era cualquier cosa menos apetecible. Los romanos dominaban el mar, así que parecía que lo único que podía hacer era quedarse a la defensiva y a parar golpes. Pero no es así como se ganan las guerras y menos a los romanos. El plan de Aníbal era tan osado como genial y no me extraña que a los romanos les pillase por sorpresa: cruzar territorio no amigo o incluso hostil en el norte de Hispania y sur de la Galia, atravesar los Alpes y golpear a Roma en su patio trasero. El objetivo último era provocar el levantamiento de los aliados de Roma y que Roma, desprovista de una importante fuente de soldados y con el enemigo a las puertas, tirase la toalla.

La estrategia de Aníbal hubiese funcionado contra cualquier enemigo que no fuesen los romanos. Entre el 218 y el 216 derrotó abrumadoramente a los romanos en Trebia, Trasimeno y Cannas. Les causó unas 120.000 bajas. Para hacernos una idea de lo que representa ese número, pensemos que en la Antigüedad el único pueblo que soportó tantas bajas en combates muy seguidos fue el imperio persa en su guerra contra Alejandro Magno y tras la tercera y última de las tres grandes batallas que mantuvo contra él, la resistencia organizada colapsó. Era lógico que Aníbal pensase que después de una victoria tan abrumadora como la de Cannas ocurrida a menos de 200 kilómetros de Roma, sus aliados se rebelarían y Roma pediría la paz. Sólo ocurrió lo primero y aun así parcialmente.

Poco después de Cannas, Capua pidió a Roma igualdad de derechos y al no obtenerla, firmó la paz con Aníbal. Buena parte de la Apulia, los samnitas, los brucios, los lucanos y la mayoría de las ciudades griegas del sur siguieron el ejemplo de Capua. Se ha criticado mucho que Aníbal no atacase Roma después de Cannas. Son críticas injustas. Aníbal sabía que no estaba en condiciones de sitiar Roma. Inmediatamente después de Cannas los romanos fueron capaces de movilizar 50.000 hombres. Si Sagunto había caído sólo al cabo de ocho meses de asedio y eso que estaba al lado de las fuentes de abastecimiento del ejército cartaginés, cabe imaginarse en qué podría convertirse un intento de asediar Roma. La única baza con la que contaba Aníbal era su ejército de unos 45.000 hombres, que además estaban operando muy lejos de sus bases. Aníbal no podía poner a su ejército en un peligro innecesario. Si una victoria como la de Cannas no había servido para que los romanos pidiesen la paz ni para que todos sus aliados los abandonasen, las cosas empezaban a ponerse de color de hormiga. A Aníbal le pasó un poco como a los alemanes ante la URSS en 1941: o ganaban en los primeros rounds aprovechando la superioridad de sus tropas o de sus generales, o estaban condenados a la derrota porque la superioridad en medios de sus enemigos iría inclinando la balanza progresivamente en su contra.

A partir de 215 Aníbal intenta la estrategia de cercar a Roma, ya que no se atreve a atacarla directamente: su ejército conquista las partes del sur de Italia que permanecen fieles a Roma, Cartago intenta recuperar Cerdeña aprovechando una revuelta local, también envía tropas a Siracusa, que se pasa al bando cartaginés, y finalmente trata de implicar a Filipo V de Macedonia en la guerra. El elemento clave de esta estrategia tan ambiciosa era el ejército de Aníbal. Era preciso que conservase la iniciativa y distrajese las tropas romanas de manera que no pudiesen acudir a los nuevos frentes que se les abrían. Desgraciadamente para él, carecía de tropas suficientes para ello. Sus victorias le colocaron en la tesitura de tener que pasar a la defensiva para defender a sus nuevos aliados de los contraataques romanos. De hecho a partir de 215 una de las grandes preocupaciones de Aníbal sería la protección de Capua, su principal aliada en Italia.

Pienso que Aníbal empezó a perder la guerra en el momento en que empezó a perder la iniciativa en Italia. Lentamente los romanos fueron apagando los nuevos focos de peligro que Aníbal había intentado atizar contra ellos. En 212 cayó Siracusa y en 211 Capua. También en 211 los romanos se aliaron con la Liga Etolia y de repente Filipo V perdió todo su entusiasmo por Iliria; en cualquier momento le podían apuñalar por la espalda en Grecia. Con la suerte de la guerra volviéndose a su favor, los romanos enviaron al joven Escipión a España, para destruir la principal base del poderío cartaginés. Pronto las cosas se les pusieron a los cartagineses de color de hormiga en España: perdieron Cartago Nova y empezaron las revueltas de las tribus iberas. A la desesperada, el general cartaginés Asdrúbal decidió partir con sus tropas hacia Italia para reforzar a su hermano. Era un órdago a grande y bastante desesperado: estaba dando por perdida a España, la principal fuente de reclutamiento de soldados y de riquezas para los cartagineses. Si la jugada no salía bien, ya quedaría poco que rascar para continuar la guerra. La jugada salió de desastre. Asdrúbal y la mayor parte de su ejército fueron masacrados en el río Metauro, en el norte de Italia, en 207. Visto con perspectiva resulta evidente que el plan no podía funcionar. Era prácticamente imposible que el ejército de Asdrúbal pudiera cruzar la península itálica para reunirse con su hermano en el sur de la misma.

Para 206 la situación era desesperada y si hubiésemos estado en la I Guerra Púnica, sin duda en este momento los cartagineses habrían pedido la paz. Pero el recuerdo de las condiciones impuestas en 241 y, sobre todo, lo que había ocurrido con los capuanos, los siracusanos y los tarentinos cuando se habían rendido era como para echarse a temblar. Los cartagineses continuaron la guerra.

A partir de 206 las operaciones romanas se centraron en terminar la conquista de la España cartaginesa, mantener bloqueado a Aníbal en el sur de Italia y preparar el desembarco en el norte de África. La batalla final tuvo lugar en Zama en 202. Allí Escipión el Africano derrotó a un Aníbal que había logrado burlar el cerco romano y regresar a su ciudad con sus tropas. La derrota cabe achacarla básicamente a que una parte importante del ejército de Aníbal estaba compuesta por tropas norteafricanas poco entrenadas, poco combativas y poco motivadas. Pero que ganase o perdiese era irrelevante: los romanos ya tenían otro ejército en reserva por si Escipión perdía la batalla.

Podemos imaginarnos las condiciones de paz que le fueron impuestas a Cartago. Quedó reducida a ser una ciudad comerciante en el norte de África con una esfera de acción reducida y pocas defensas.

De la III Guerra Púnica no me ocuparé. Fue un episodio vergonzante, que sólo podía tener el final que tuvo: el aplastamiento total de Cartago por los romanos. Por cierto, que de alguna manera éstos justificaron la guerra alegando que había sido una guerra preventiva. ¿Resulta familiar el término?

viernes, abril 18, 2008

Las guerras púnicas (1)

Lo prometido es deuda. Aquí tenéis el primero de una serie de dos artículos de Tiburcio sobre las guerras púnicas. Yo creo que ha sido muy acertado por su parte escoger este tema. Las guerras púnicas son uno de esos hechos históricos de cuya existencia todo el mundo tiene noticia, pero de los que en realidad se desconoce todo o casi todo. Tiburcio tiene la tesis, muy acertada por lo demás, de que dicho conocimiento es importante porque la guerra entre Roma y Cartago tuvo, de hecho, una importancia crucial para la Antigüedad de Occidente, es decir para nosotros.





Aquí os dejo con él.




En mi opinión, el momento clave de la Antigüedad fueron las guerras púnicas. Fue entonces cuando se decidió si el Mediterráneo sería un lago romano o un imperio comercial cartaginés. Mi apuesta es que si los cartagineses hubiesen ganado las guerras púnicas, Cartago habría establecido una soberanía bastante laxa sobre el Mediterráneo occidental, en la que lo comercial habría tenido bastante importancia. El púnico habría sido la lingua franca y posiblemente los galos habrían tenido la oportunidad de crear estructuras políticas más sólidas y jugar en Europa el papel relevante que hacia el 300 a.C. parecía que estaban llamados a jugar. No creo que los cartagineses se hubiesen metido en muchos líos militares en el Mediterráneo oriental, donde los reinos helenísticos habrían seguido con su deporte favorito: darse capones mutuos.

La I guerra púnica fue como una manzana en un árbol: tenía que caer. A comienzos del siglo III a.C. era sólo cuestión de tiempo que un romano le dijera a un cartaginés, o viceversa: «Forastero, este mar es demasiado pequeño para los dos.» Cartago y Roma habían tenido relaciones pacíficas durante dos siglos e incluso habían sido aliadas contra Pirro el epirota. Sin embargo, los cartagineses no se fiaban y la expansión de Roma por la península italiana les daba mal yuyu y con razón.

El desencadenante de la I guerra púnica fueron los mamertinos. Los mamertinos eran un grupo de mercenarios itálicos que se habían adueñado del puerto de Messana, que domina el estrecho entre Sicilia y la península itálica. Harto de sus correrías, Hierón de Siracusa (la gran potencia rival de Cartago en la isla) les atacó y derrotó. Los mamertinos decidieron llamar al primo de Zumosol, pero resultó que había dos primos de Zumosol a mano, los cartagineses y los romanos. Los partidarios de los cartagineses se adelantaron y pronto hubo una guarnición púnica en la ciudad, que hizo que Hierón mirase hacia otro lado; sabía que no era rival para Cartago. Lo de tener un señorito que te controle jode, sobre todo cuando llevas varios años haciendo lo que te da la gana. Los mamertinos enviaron una embajada a los romanos para pedirles que les libraran de los cartagineses.

Parece que en el senado romano hubo una discusión muy enconada sobre si se debía ayudarlos o no. Esto indicaría que los senadores eran conscientes de que ayudar a los mamertinos suponía romper el tratado de paz con Cartago, al inmiscuirse en su esfera de influencia, e implicaba el riesgo de una guerra. El senado decidió que fueran las asambleas populares las que tomasen la decisión. Yo veo en esto una añagaza del partido belicista: siempre sería más fácil inflamar a las masas y llevarlas a votar en favor de la guerra. Y eso fue lo que ocurrió: las asambleas votaron por ayudar a los mamertinos.

He leído en algún libro que los romanos posiblemente no pensasen que su acción fuese a desencadenar la guerra. Lo dudo mucho. Los cartagineses no tenían más que ver cómo Roma se había ido expandiendo por la península itálica para entender que si hoy les dejaban que se metieran en Messana, mañana les ocuparían toda la isla. Lo que es cierto es que desde un punto de vista estratégico los romanos hicieron una machada, o una insensatez. Ellos, que no tenían barcos, establecían una cabeza puente en una isla, frente a una potencia naval. La receta para un desastre.Y sin embargo no hubo desastre. Los cartagineses eran un pueblo de comerciantes, no de guerreros. Una buena parte de su ejército la componían mercenarios, sobre cuya fiabilidad y eficacia se podría hablar mucho. Quitando a la familia de los Barca, que debían estar dotados de un gen marcial muy peculiar, los generales cartagineses no destacaban por su destreza. De alguna manera, durante los tres primeros años de la guerra los romanos no pararon de dar tortas a los cartagineses, pero todas eran tortas terrestres. Mientras no les derrotasen en el mar, serían incapaces de apoderarse de la costa y cada victoria terrestre sería contrarrestada por algún contragolpe marítimo cartaginés a sus espaldas.

Así, un pueblo terrestre como los romanos, que le tenía tanto pavor al agua que hasta cuando la bebía la mezclaba con vino, se lanzó a la tarea de construir una flota, empleando el know-how de los griegos de la Magna Grecia. Para contrarrestar la superior pericia naval de los cartagineses, los romanos inventaron el corvus, unas pasarelas de abordaje que enganchaban al barco enemigo y le impedían maniobrar, transformando el encuentro naval en uno más parecido al terrestre. Debió de ser una desagradable sorpresa para los cartagineses ver cómo en 260 una flota de 145 barcos romanos derrotaba a una suya de 130, de los que casi la mitad terminó en el fondo del mar.

Cuatro años de guerra marítimo-terrestre en el área de Sicilia condujeron a un estancamiento. Los romanos podían competir con los cartagineses en el mar, pero no lo suficiente como para aislar sus posesiones en el oeste de la isla y forzar a su rendición. Nuevamente los romanos tuvieron otra idea genial: si no conseguimos derrotarles decisivamente en Sicilia, llevemos la guerra a su casa, a África. Pensemos en la osadía de la empresa: gente que hacía cinco años no sabía ni nadar, iba a armar 330 galeras y montar en ellas a 15.000 legionarios y 500 jinetes para desembarcarlos al otro lado del mar, en el patio trasero de su enemigo. Echando sal a la herida, en el camino se cepillaron a una flota cartaginesa de un tamaño similar, a la que hundieron 30 barcos y capturaron otros 64. Pero ahí se terminó la suerte de los romanos. Cartago no se rindió, aunque ganas no le faltaron y tal vez lo hubiese hecho si Regulus, el comandante romano, le hubiese ofrecido mejores condiciones. Pero cuando te dicen «me darás todo lo que tienes y además abrirás la boca cuando esté fumando por si no encuentro un cenicero», te dices: «Pues para eso, sigo luchando a ver si…» Y ocurrió que «si». Los cartagineses recibieron a un general espartano, Xanthipo, que llegó con un número apreciable de mercenarios griegos y mostró a los romanos que también había otros pueblos en el Mediterráneo que sabían dar capones. Sólo 2.000 romanos lograron volver a Roma. Para redondear el desastre, una flota de 350 navíos que había acudido a África para rescatar a los supervivientes, en el camino fue azotada por una tormenta y sólo quedaron 80 barcos.

Cualquier otro pueblo de la Antigüedad habría tirado la toalla en ese momento y habría dicho a los cartagineses: «Quedémonos como estamos, yo con el este de la isla y tú con el oeste». Pero, como decía Obélix: «Están locos estos romanos». Siguieron la guerra con más ganas.

En 254 ya habían construido 220 nuevos navíos y levantado dos ejércitos que soltaron en Sicilia. Eso es vocación. En la campaña de ese año, les dieron varios buenos capones a los cartagineses y les relegaron al occidente de la isla. A los romanos el apetito se les abría comiendo, ¡y de qué manera! En 253 lanzaron una nueva operación osada: hacer raids por toda la costa de Libia para incitar a los nativos a que se revolviesen contra los cartagineses. La pasada volvió a saldarse con un nuevo desastre: una tormenta se cepilló a 150 de los 200 barcos romanos. Ni las pateras tienen tan mala suerte.

Tras el 253 la guerra empieza a parecerse a un combate de boxeo entre dos púgiles groguis, en el que ninguno alcanza ya a noquear al adversario. Los sucesivos desastres navales (aún hubo más en los años sucesivos) quitaron a los romanos la ventaja que habían conseguido en el mar y permitieron a los cartagineses reforzar las comunicaciones que mantenían entre Cartago y Sicilia. Pero en tierra los cartagineses eran incapaces de vencer a los romanos. El intento más serio que llevaron a cabo en estos años se saldó con una derrota épica ante Panormo de su ejército de 20.000 hombres. Tras Panormo, los cartagineses, menos obstinados que los romanos, bajaron la intensidad del conflicto. Se conformaban con mantener sus dos últimas posesiones en Sicilia, Drepana y Lilibeo, mientras hostigaban un poco a los romanos, y con reforzar sus posiciones en el norte de África.

Los romanos, inasequibles al desaliento, en 243 lanzan un nuevo órdago a grande y ya he perdido la cuenta de los que llevaban echados en esta guerra. Construyeron una nueva flota y con ella se dispusieron a cortar las comunicaciones entre Sicilia y Cartago. En 241 esa flota consiguió destruir a la flota cartaginesa que llevaba suministros a las tropas en Sicilia en las islas Égatas.
La élite cartaginesa decidió que demasiado era demasiado. Llevaban 22 años desangrándose en Sicilia y tenían su comercio abandonado. Las dos plazas que les quedaban en la isla ya no tenían valor económico si el resto de la isla se había perdido. La guerra de Sicilia había sido una inversión ruinosa y más valía retirarse y recortar gastos.

Los romanos les hicieron pagar lo mal que se lo habían hecho pasar: no sólo tuvieron que entregar sus últimas posesiones sicilianas; también tuvieron que dar una indemnización de 3.200 talentos de plata a pagar en diez años y devolver sin contraprestación a los prisioneros de guerra. Y en el colmo de la desfachatez, aprovecharon la revuelta de los mercenarios cartagineses que siguió al fin de las hostilidades para apoderarse de Cerdeña e imponer una nueva indemnización de 1.200 talentos a los cartagineses si no querían que les volviesen a dar capones. Y luego se extrañarían los romanos de que Aníbal les tuviese tantas ganas.

miércoles, abril 16, 2008

Juicio de la República (II)

¿Merecen los temas meramente opinativos un espacio en este blog que lo que quiere es contar historias? Yo creo que sí. Y me parece que con eso basta. Por ahí he leído que uno de los consejos que dan siempre los grandes bloggers es que cuando tienes un blog debes hacer en cada momento lo que te apetece. Y a mí me provoca escribir un poco más de esto, sobre todo después de los nueve comentarios que mis amables lectores han dejado al post anterior. Debo confesar que este post desplaza una interesante serie de dos artículos que ya está preparada en la que Tiburcio nos cuenta las guerras púnicas. Sí, babead. Vosotros, que sois listos, sabéis que no hay nadie como un elefante para contarte las guerras púnicas, por razones obvias. No obstante, la actualidad manda y yo soy de las personas que piensan que cuando una tertulia se anima, mientras no salgan a relucir los bastones como le pasó a Valle-Inclán en aquélla en la que perdió la mano, lo que hay que hacer es animar la discusión. 

lunes, abril 14, 2008

Juicio de la República

Alguna que otra persona, la más visible Robert en el comentario que ha dejado escrito al último post sobre España y Gibraltar, me ha preguntado mi opinión sobre un documental que ayer por la noche pasó La Sexta que especulaba con la posibilidad de que el final de la Guerra Civil hubiera sido otro y, en general, defendía la idea de la II República. La verdad es que no vi el documental. Lo ví anunciado, pero debo confesar que este fin de semana me hice con una copia de Call of Duty 4, así pues tenía, por decirlo de forma notablemente irresponsable, cosas más importantes (para mí) que hacer. Es por eso que me he pensado mucho escribir estas notas, porque su teórico origen, al fin y al cabo, es un programa que yo no he visto. Así pues, diré algunas cosas que opino sobre el juicio de la República y algo también sobre la política-ficción relacionada con un final distinto para la GCE.

sábado, abril 12, 2008

Gibraltar «casi» español (y 3)

Bueno, esta es la última toma. Y, aunque están juntitas en el blog, bueno sería informar de que es éste el tercer capítulo de una serie, así pues hay un primero, y después un segundo.


En marzo de 1782, el gobierno británico, al que hemos dejado en nuestro anterior artículo en proceso de creciente jodimiento por problemas internos, a los que no es en modo alguno ajeno el trauma de la pérdida de las colonias americanas, envía plenipotenciarios a París para hacer el enésimo intento del siglo por arreglar las cosas entre las dos potencias europeas. España vuelve a entrar en el juego y, a juzgar por la moral de nuestros políticos, con grandes perspectivas.

Las instrucciones que el Zapatero de la época, conde de Floridablanca, le remite a su Moratinos, el conde de Aranda, son en este sentido muy claras. Floridablanca da por consolidada la recuperación de Menorca y asevera que España puede racionalmente esperar que también le sea devuelto Gibraltar en cuatro meses. De hecho, da instrucciones a su ministro de no ceder en nada; lejos de ello, incluso insinúa a su ministro que exija la restitución de los derechos de pesca para los barcos españoles en las costas de Terranova. Floridablanca dice estas cosas porque está convencido de que la coalición francoespañola va a ser capaz de garantizarse el control de la isla de Jamaica, con lo que espera tener un importante elemento de trueque en las negociaciones con la pérfida Albión.

No obstante lo escrito, y consciente de que la suerte siempre es cambiante y que la política internacional se asemeja a una impresionante Operación Triunfo en la que los que votasen por teléfono fuesen chimpancés, don Flori también pensó diversas soluciones para el caso de que la solución se pusiera jodida. Juzgó, en este sentido, posible ofrecerle a Inglaterra un puerto franco en Menorca, o la cesión de territorios en el golfo de Guinea, eso sí, dice en las instrucciones, «sin perjuicio de quedarnos en los territorios y derechos necesarios para hacer nuestro comercio de negros». La pela es la pela

En un escenario de estrés total, Floridablanca se planteó incluso ofrecerle a los ingleses las plazas del Magreb, con la única excepción de Ceuta. Así pues, tienen los melillenses todo el derecho a sentirse muy españoles; pero hubo un momento en que estuvieron a piques de ser british.

Las propuestas que escuchó Aranda en París venidas de Londres no eran éstas. Los ingleses ofrecían la definitiva consolidación de las colonias españolas en el golfo de México, así como la ciudad de Mahón o el peñón de Gibraltar, a elegir. Estudiados los documentos, el gobierno español autorizó la firma de la paz preliminar, aunque dio instrucciones a Aranda de que ofreciese Orán y Mazalquivir a cambio de que, en la última de las ofertas citadas, se cambiase «o» por «y». De todas formas, si finalmente tenía que elegir, Aranda tenía órdenes terminantes de elegir Gibraltar (que, por cierto, no es por fastidiar, pero este detalle me plantea la pregunta de cuánto catalán se hablaría y enseñaría hoy en día en Mahón en el caso de que en los últimos 200 años, en lugar de española, hubiese sido británica).

Os estaréis preguntando por qué no salieron adelante estos acuerdos; pues la Union Jack en lo alto del Peñón creo que deja en evidencia que no hubo acuerdo. La razón estriba en que la Inglaterra que hizo todas esas ofertas era una Inglaterra con graves problemas internos, los cuales acabaron por remitir cuando se admitió lo inevitable y, consecuentemente, Londres reconoció la independencia de los Estados Unidos de América. Ahora los ingleses ya no tenían que guerrear con los americanos. El sitio de Gibraltar estaba fracasado. Francia, por su parte, consciente de que Londres tenía todos los músculos dispuestos para darla de hostias, era favorable al pacto. ¿Por qué, entonces, ceder ante los españoles? Aranda, que había estado ramoneando en París durante semanas, retrasando las negociaciones por considerar que el éxito del bloqueo a Gibraltar era un hecho y que el imperio se colapsaría, se encontró, cuando quiso acelerar, con que sus contrincantes estaban frenando.

Los franceses, que llegaron rápidamente a los acuerdos básicos con Inglaterra, dejaron solo a Aranda en la negociación. Para recuperar el apoyo gabacho, tuvimos que prometerles la parte española de la isla de Santo Domingo.

Inglaterra remaba a favor de corriente y lo sabía. Sus plenipotenciarios, tras rechazar una primera propuesta española, echaron un órdago a chica: ellos devolverían Gibraltar, pero a cambio de la restitución por España de Puerto Rico, acompañado o bien de Guadalupe con la Dominica, o bien la Martinica con Santa Lucía (islas que eran posesiones francesas). Madrid juzgó aquella propuesta un insulto. La contrapropuesta de Aranda incluía la restitución de las Bahamas, renuncia por parte de España a los derechos de pesca en Terranova y una serie de concesiones comerciales para Inglaterra, a cambio de Gibraltar. Pero no coló. Los ingleses sabían bien lo que le dolía a los españoles y lo débiles que eran sin la compañía de su gran aliado francés. Contrapropusieron ofreciendo la restitución de las dos Floridas a cambio de nuestra renuncia a Gibraltar, así como que les diésemos Menorca, aunque podíamos conservarla si desistíamos de las Floridas. Hay que reconocer que los ingleses, haciendo propuestas, son lo más parecido a un charlatán vendedor de mantas que se puede uno encontrar fuera de los mercadillos.

España va cediendo pasito a pasito, sin dejar de hacer evidente que su pretensión última es recuperar Gibraltar. La siguiente propuesta de Aranda ofrecía la recuperación española de Gibraltar a cambio de ceder Menorca. Francia ayudaba cediendo a Inglaterra las islas Dominicas y Guadalupe; pero, eso sí, a cambio de hacerlo se nos cobraba la parte española de Santo Domingo. España conservaba la Florida occidental y los ingleses se comprometían a irse de Honduras y el área de Campeche aunque, eso sí, a cambio de obtener un punto de comercio para poder comprar palo de tinte, que era todo lo que les interesaba de aquella zona (o sea, lo que se dice un irse sin irse).

Para entonces, sin embargo, Londres y Washington ya estaban en paz y los ingleses tenían claro que Francia (país que, como sabemos, estaba a las puertas de una revolución) no estaba en condiciones de atacarla, así que contestaron: y una mierda. El órdago esta vez fue a juego: España renunciaba a Gibraltar, devolvía Menorca y renunciaba a las Bahamas. Además, Puerto Rico, bien acompañado de Guadalupe, Santa Lucía y Dominica, o bien con Trinidad en lugar de Santa Lucía. A cambio, España conservaba las Floridas. Y son lentejas, macho.

Lo que sigue es una estupidez de Aranda. Como sabe cualquier persona, no digo ya versada, sino un poco aficionada a los hechos diplomáticos, la diplomacia es una disciplina en la que la mentira, el amague, las medias palabras, son ley. Una de las reglas básicas de la negociación diplomática es que tu contrincante no conozca tus principales intenciones ocultas pues, caso de conocerlas, es como un jugador de mus que juega con sus cartas y con las tuyas: quizá podrás tener mejores cartas, pero nunca lograrás hacerle perder porque él siempre sabrá si lo son.

Francia quería que todo aquello se ajustase ya. Así pues, el negociador francés, De Reyneval, comunicó a Aranda la predisposición de París, realmente generosa, de ceder a Inglaterra Santa Lucía, Guadalupe, Dominica y Martinica, a cambio de que le devolviese el Peñón a España. ¿Solucionado? Pues no. Aranda, en ese momento, y sólo en ese momento, se acojonó. Se dio cuenta de una cosa que antes no había pensado a fondo. Si Inglaterra obtenía, merced a dicho acuerdo, una posición tan preeminente en las Antillas, entonces adquiriría la posibilidad de mover dichos territorios hacia la independencia; y, por efecto simpático, si eso ocurriese, acabaría llegando a las Antillas españolas.

Repentinamente poco feliz con la oferta francesa, y probablemente comido por los nervios, Aranda hizo lo que nunca se debe hacer en diplomacia: enseñó a Vergennes, subordinado de De Reyneval, un papel secreto de Floridablanca en el que el jefe del gobierno español cuestionaba cuáles podrían ser las ventajas que sacaría España de un eventual abandono de la reivindicación de Gibraltar. Fue la primera vez que Francia, en puridad, la primera vez que un diplomático no español tuvo conciencia de que en la cabeza de Madrid entraba la idea de no recuperar el Peñón.

Reyneval, puesto que el secreto no era suyo y puesto que su prioridad no era trabajar para España sino para la consecución de un acuerdo, acabó confesándole este extremo a Schelburne, el negociador inglés. Y para qué queríamos más. Londres se apresuró a ofrecer, a cambio de olvidarse de Gibraltar, la conservación de Menorca y las dos Floridas, ello a cambio del poder inglés en Bahamas y de acceso comercial al palo de tinte en Campeche. Esto fue el 12 de diciembre de 1782. Para entonces, Aranda estaba ya sonado y sabía que todo dios en la mesa de mus conocía sus cartas. Así pues, el 18 cedió, y firmó.

No hay que ser excesivamente duros con Aranda. Su posición era difícil. Probablemente temía una paz separada entre ingleses y franceses, la cual habría hecho que España lo perdiese todo o casi todo, incluida Menorca. Y, además, sus temores en materia antillana no iban mal tirados. Los ingleses, mediante el control de las islas francesas combinado con su potencia naval mercante, posiblemente habrían monopolizado el comercio entre América y Europa.

En 1786 hicimos un nuevo intento, ofreciendo Puerto Rico y Caracas a cambio del Peñón. Pero los ingleses no se mostraron interesados.

El acuerdo de San Ildefonso, de 18 de agosto de 1796, arreglado por Godoy con los franceses, todavía enciende una tenue candela al aseverar que, si hay guerra con Inglaterra y España recupera Gibraltar, ésta cederá a Francia la Luisiana. Hubo guerra, pero los ingleses nos volvieron a dar hasta en las profundidades del ano. Su desprecio por las pretensiones españolas era para entonces tan grande que los negociadores españoles a muy duras penas pudieron participar en las conversaciones, y para poco menos que ir a la máquina a por cafés para el personal.

Y hasta aquí, cuarta más, cuarta menos, llega la historia de los momentos en los que hubo alguna posibilidad de recuperar esa esquinita de la península que llamamos Peñón de Gibraltar. Una historia de debilidad, torpeza y soberbia. Lo propio en cuestiones diplomáticas.

viernes, abril 04, 2008

Gibraltar «casi» español (2)

Supongo que si has llegado aquí será porque has léido el primer capítulo. Pues bueno, si lees éste, debes saber que aún hay un tercero.


Habíamos dejado nuestro relato hace ahora 281 años, cuando, el 11 de febrero de 1727, 20.000 españoles cercaban Gibraltar con la intención de recuperar lo suyo.

Sin embargo, aquello no pasó de ser una bravuconada. España hizo lo que entonces ya era apenas capaz de hacer, es decir poner muchos hombres en la empresa. Pero la guerra moderna ya no iba de eso. De tiempo atrás, una cosa llamada artillería había adquirido una importancia crucial para el éxito de estas cosas y el conde de las Torres, jefe de las tropas españolas, jamás tuvo ninguna, hasta el punto que los ingenieros adscritos a las tropas, Francisco Monteagut y Diego Bordick, elevaron una protesta por la falta de medios en que habían sido obligados a currar.

Cinco meses duró aquella gilipollez, tras los cuales las tropas españolas se retiraron sin haber siquiera intentado tomar la plaza. Por medio, el emperador germano se había hecho amiguito de Francia, Inglaterra y Holanda, naciones con las que firmó una paz el 31 de mayo de aquel año, paz que dejó a Felipe V con las posaderas al oreo. Por medio de la llamada Acta de El Pardo (5 de marzo de 1728), Felipe V aceptaba los acuerdos de París (es decir, la paz que acabamos de citar) y se comprometía a levantar todo bloqueo sobre Gibraltar, lo cual significaba demoler una serie de fortificaciones que se habían construido, sacar de allí un pedazo de cañón que se había colocado para acojonar a los brits, y retrasar las trincheras hasta la línea de Utrecht.

Para que el Borbón pudiera pensar que había conseguido algo, los acuerdos establecían que en el Congreso de Soissons se trataría el asunto. Pero, una vez más, los primates de la política europea de la época engañaron a este rey nuestro, entre pánfilo y resignado, pues en Soissons se habló de Gibraltar lo mismo, más o menos, que se cantaron coplas de Isabel Pantoja. El 9 de noviembre de 1729, en Sevilla, España firma una paz con Francia e Inglaterra, documento en que tampoco se dice ni media sobre Gibraltar.

Pasan los años. En 1733, el 7 de noviembre, por fin España y Francia logran firmar un pacto de familia. Obsérvese lo extraordinariamente bien llevada que era la nobleza francesa que, siendo todos los infantes de la pata de Luis XIV, necesitaron décadas para poder arreglarse. Merced a este pacto en el que, ampulosamente, se prometía solidaridad eterna entre los monarcas francés y español, para entonces y para siempre, Francia se comprometía a defender las escasas posesiones que le quedaban a España en Italia (como la Toscana o Parma). Asimismo, Francia se comprometía a ayudar a España si era atacada por Inglaterra y, detalle que es el que nos importa a efectos de lo que aquí vemos, el rey Luis XV se comprometía a poner en juego sus buenos oficios para conseguir la devolución de Gibraltar. Aunque es de suponer que a los más veteranos de entre los diplomáticos españoles esta promesa del Tratado de El Escorial les haría orinarse de risa, teniendo en cuenta lo bien que el bisabuelo del firmante había defendido los intereses de España en la negociación con Inglaterra apenas unas décadas más atrás.

En la quinta década del siglo, y preferentemente en 1739, hubo hostias entre España e Inglaterra, aunque lo de Gibraltar no entró en juego, ni para bien, ni para mal.

La paz con que se cerró este tipo de hostilidades es la Paz de Aquisgrán, firmada por España, Inglaterra, Francia y Austria el 18 de octubre de 1748. Fue presunto plenipotenciario español Melchor de Macanaz, el cual, entre otras cosas, exigió allí la devolución de Gibraltar; sin embargo, con el tiempo se descubrió que Macanaz no era ni pleni ni potenciario, o sea, no tenía poderes en lo absoluto, con lo que quedó en posición muy desairada.

Este detalle me lleva a hacer un inciso para recomendaros a todos una lectura. Se trata del libro El proceso de Macanaz (editado por Anagrama), escrito por uno de los dos o tres mejores escritores españoles del siglo XX: Carmen Martín Gaite. A Martín Gaite la conoceréis, algunos, como ficcionadora; aquí la leeréis como investigadora histórica, sin por ello perder su estilo ágil y cautivador. En este libro se unen la pericia, la cultura y la capacidad investigadora de la autora y la increíble y triste historia que cuenta, que no es otra que la difícil vida de Melchor de Macanaz, o como un alto funcionario puede ser, simple y llanamente, traicionado por su jefe, el rey, y obligado a vivir por Europa como un errante que no puede volver a su país porque allí la Inquisición se lo quiere apiolar. Y todo, ya digo, por haber creído los cantos de sirena de Felipito cuando, en los primeros años de su reinado, le dio por ser realista y tratar de recortar los poderes de la Iglesia en beneficio de la Corona. Luego cambió de idea, claro, y no le importó que dicho cambio triturase al pobre Macanaz.

Los reyes, siempre tan solidarios.

En fin, fin de la digresión. La Paz de Aquisgrán fue a la paz lo que la música militar a bla, bla, bla. No podía aquella Europa aquietarse porque era mucha la pasta que estaba en juego en un mundo en el que el comercio trasnacional, eso que hoy llamamos globalización, era cada vez más importante. En un continente polarizado entre dos grandes poderes, Francia e Inglaterra, el principal aliado a ganar por ambas partes era España. Para entonces reinaba en el país Fernando VI, partidario de que no nos metiésemos en follones. Gobernar, lo que se dice gobernar, gobernaba España el marqués de la Ensenada quien, más que francófilo, lo que era es antibritánico. El difícil equilibrio de fuerzas entre progabachos y probritish se desequilibró con la muerte del ministro de Estado, Carvajal. Merced a los hábiles manejos de sir Benjamin Keene, embajador inglés en Madrid y personaje de gran interés por su habilidad maniobrera, fue nombrado titular del ministerio el embajador español en Londres, Ricardo Wall, nacido en Irlanda. Esto ocurrió en el contexto de una movida más amplia en la que Ensenada fue arrestado. No obstante, a los ingleses el tiro les salió por la culata, pues Wall resultó ser un cero a la izquierda, un tipo irresoluto y siempre dubitativo del que poco pudieron sacar.

En 1756 comienzan las hostilidades entre franceses e ingleses. El 28 de junio la flota francesa, al mando del celebérrimo cardenal Richelieu que tan famoso hizo Alejandro Dumas vater [gracias a Alfor sabemos que esto es una cagada mía; trátase no del cardenal sino de su sobrino el duque], toma Mahón (debemos recordar que Menorca es entonces inglesa) y se apresura a ofrecerle el pastelito a Fernando VI a cambio de que éste abandone su neutralidad; esto, además de, cómo no, la promesa de recuperar Gibraltar.

Para los ingleses, todo depende del pusilánime Wall, que es (aquí viene un chiste imbécil) el único muro que hay que en el gobierno español contra las pretensiones francesas, por mucho que los ingleses cuenten con aliados tan conspicuos como el duque de Alba.

Pitt, el ministro de Estado inglés, decide poner toda la carne en el asador. Sabe lo que los reyes españoles llevan ambicionando décadas por encima de todo, y ese algo es volver del revés Utrecht y recuperar Gibraltar. Así pues, ofrece a Fernando VI el abandono del Peñón, así como de los territorios ocupados por los ingleses en el golfo de México. No obstante, la oferta fue bastante estúpida por orgullosa pues, a cambio, se exigía del rey español ayuda para recuperar Menorca. A lo que Fernando con seguridad contestó: pero, ¿cómo puedes ser tan idiota como para proponerme que te ayude para que recuperes algo que es mío?

Murió Fernando y llegó Carlos III, el fiel rey que limpió Madrid de mierda. En 1762, fuimos aliados con Francia a guerrear con Inglaterra, pero nada se intentó contra Gibraltar; consecuentemente, en la Paz de Fontainebleau (1763) no se habló del tema.

En 1775, por un quítame allá esos impuestos del té, estalla la guerra entre Inglaterra y sus colonias del norte de América. Durante esa guerra, fuimos disimulados proveedores de armas de la facción rebelde la cual, lógicamente, nos caía mucho mejor que estos tipos que llevaban siglos haciéndonos putada tras putada (no obstante lo dicho, los rumores de que Carlos III y George Washington posaron juntos para un cuadro en las islas Azores son sólo rumores).

En 1778, cuando Francia concluye un tratado con los Estados Unidos, estalla de nuevo la guerra con Inglaterra; no obstante, Carlos III y su ministro Floridablanca se niegan en redondo a entrar en las hostilidades, a pesar del pacto de familia. España prefirió entonces jugar sus cartas al mejor postor pero, como quiera que los ingleses se pusieron de canto, volvió a pactar con los franceses, alcanzando un tratado de alianza defensiva (Aranjuez, 12 de abril de 1779); tratado que, en su artículo séptimo, dice: «El Rey Católico, por su parte, entiende adquirir, por medio de la guerra y del futuro tratado de paz, las ventajas siguientes: 1ª La restitución de Gibraltar (…)».

Francia y España diseñaron un desembarco de Normandía, sólo que al revés. Carlos III estaba dispuesto a poner unos ochenta batallones en juego y 40 navíos, los cuales, sumados a la fuerza de 50 de los franceses, doblaban la flota inglesa. Así pues, se plantearon el desembarco en la isla y nada menos que la toma de Londres; operación que pocos han intentado y que nadie ha conseguido desde el gran Julio.

España declaró la guerra a Inglaterra el 16 de junio de 1779. Sin embargo, la cosa no fue bien. Los estrategas españoles y franceses se entendieron malamente. En primer lugar, funcionó la flor en el culo de los ingleses, pues la flota española, surta en Cádiz, no pudo salir durante semanas a causa, cómo no, de los temporales. Para cuando pudo hacerlo, en abril, se desempeñó con lentitud y pereza, lo cual fue vital para la operación pues, como el Día D demuestra bien, los desembarcos en el Canal, sean en dirección a Vallecas o a Plaza de Castilla, deben hacerse con mucha rapidez y sin dudas. Los almirantes franceses, de forma un tanto cobardecilla, sostenían que para poner un pie en Inglaterra era necesario destruir antes la flota británica; pero, claro, sabiendo los ingleses como sabían que eran menos, iban moviendo los barcos, huyendo de la pelea, lo cual retrasó la invasión meses enteros.

Llegó el otoño sin que la invasión se hubiese verificado. Los 75 barcos hispano-franceses (la flota inglesa a duras penas llegaba a 30) se volvieron a Brest sin haber golpeado. Allí se declaró una epidemia que hizo 12.000 bajas entre los franceses y 3.000 entre los españoles (según Floridablanca, esta diferencia en la morbilidad se debió al «mayor aseo de los barcos españoles». Sans commentaires). Hubo que renunciar a la invasión por todo el invierno.

En julio de 1779, una fuerza comandada por Martín Álvarez de Sotomayor y ayudada por una flota al mando de Antonio Barceló pone sitio a Gibraltar. El bloqueo estuvo muy bien montado e incluía vigilancia ya desde Brest de los barcos que pudiesen salir de Inglaterra con la intención de abastecer el Peñón. La parte más importante era la fuerza formada por un crucero y once navíos más que se colocó para vigilar el Estrecho, a las órdenes de Juan de Lángara; fuerza que, además, debía de contar el con el refuerzo de 16 navíos más, llevados desde Brest por Luis de Córdoba.

No contaban, claro, con la flor en el culo. Lángara fue sorprendido por un temporal que le obligó a refugiarse en Cartagena. Para cuando Córdoba llegó al Estrecho, pues, Lángara no estaba allí, por lo que el almirante dividió sus fuerzas, se quedó con una parte en Cádiz y la otra parte la mandó a Ferrol.

Luego Lángara volvió al Estrecho. Pero, claro, para cuando él volvió, Córdoba ya no estaba. Pero los que sí estaban eran los ingleses, los cuales, en pelea producida el 16 de enero de 1780 entre los cabos de Trafalgar y Espartel, nos dieron la del pulpo. Les mandaba el almirante Rodney. Por supuesto, Rodney consiguió abastecer el Peñón y ya no hubo manera de tomarlo. Como bien sabemos, más o menos por allí volvió a haber hostias navales, aunque esta vez quien mandaba los barcos ingleses se llamaba Nelson.

Como consuelo nos queda que, más o menos mientras tanto, las fuerzas hispano-francesas, a las órdenes de Crillón, recuperaron Menorca.

En septiembre de 1782 pasó, probablemente, el último tren bélico serio para la toma de Gibraltar. El ingeniero francés D’Arzón había inventado unas barcazas de doble cubierta que tenían un plano inclinado diseñado para que cayesen al mar las bombas que les tirasen. Eran barcos tan ingeniosamente diseñados que hasta tenían un circuito constante de agua para que las llamadas balas rojas no pudieran incendiarlos. El día 9 empezó el cañoneo contra la fortaleza y el día 13 se procedió al ataque con las barcazas, que llevaban 200 piezas de artillería cada una. Pero el invento no funcionó, pues se incendiaron y acabaron perdiéndose.

En 1782, los ingleses realizaron una nueva expedición de abastecimiento de la plaza, al mano de lord Howe. Una vez pasado el Estrecho, casi fueron alcanzados por los navíos españoles. Pero… ¿lo adivináis? Pues sí: un puto temporal.

Esto en lo que concierne a la parte bélica. Pero también la hubo diplomática. España, haciendo gala de una notable capacidad de ser infiel a lo firmado (en 1779 se había comprometido a ir de la mano de Francia en toda negociación) estableció negociaciones secretas con lord North, jefe del gobierno inglés, en las que ofreció abandonar la alianza con Francia a cambio de recuperar Gibraltar. En 1780, a través de un cura que se llamaba Hussey, Madrid dio su ultimátum: o Gibraltar, o nada. El gobierno inglés estudió el asunto muy seriamente aunque, como de costumbre, le puso unas condiciones que lo dificultaban claramente: cesión de Puerto Rico; de la fortaleza de Homoa; de un puerto en la bahía de Orán; indemnización por las cuantiosas inversiones militares hechas en Gibraltar; renuncia a toda alianza con Francia; alianza con Inglaterra frente a los rebeldes americanos o, cuando menos, cese de la ayuda a los mismos; y, además, ni la cesión de Puerto Rico ni la devolución de Gibraltar serían efectivas mientras Inglaterra no recuperase sus colonias (cosa que, como sabemos, no consiguió nunca; o, siendo la leche de tory y la leche de optimistas, no han conseguido aún).

Es bastante claro que el plan de Inglaterra era separarnos de Francia y, una vez conseguido, ya no habría nada de lo prometido.

En marzo de 1782 el gobierno británico, presionado por la oposición, envía emisarios a París para buscar un arreglito. En dichas reuniones se llega a hablar, de nuevo, de restitución de Gibraltar.

Pronto veremos cómo y en qué condiciones.

miércoles, abril 02, 2008

Gibraltar «casi» español (1)

Antes de que empieces la lectura de este tocho, me parece lo justo advertirte de que existen un tocho 2 y un tocho 3, que le siguen.

Cada vez me cuesta más agotar temas en un solo post. Pienso que, además, este sistema, aunque tiene la jodienda del suspense, es mejor porque esto de la lectura electrónica es como jodido y todo el mundo dice que no hay que escribir tochos. En fin, trataré de que en estos temas pluridía las tomas no sean muchas.

Todos los españoles, al menos todos los españoles de mi generación, hemos tenido que estudiar que España perdió el Peñón de Gibraltar como consecuencia del Tratado de Utrecht, el cual, desde entonces, ha amparado una situación de colonialismo en la misma vieja Europa. Sobre el asunto de Gibraltar hay mucho que discutir, tanto desde el punto de vista británico, como desde el punto de vista español. Pero no pretendo yo hoy realizar la disección de estos dimes y diretes. El motivo y objetivo del artículo de hoy es contaros algunas cosas sobre el momento en que España, a mi modo de ver, estuvo más cerca de recuperar Gibraltar; y que no fue otro que los tiempos inmediatamente posteriores al momento en que lo perdió.

El 4 de agosto de 1704, los ingleses ocupan el Peñón, y allí siguen. Eran perfectamente conscientes de que España intentaría recuperar la plaza, así pues metieron dentro de ella a 3.000 hombres armados, que fueron suficientes para resistir el primer embate, que corrió a cargo de tropas traídas desde Portugal por el marqués de Villadarias, otras al mando de Aytona y otras del entonces aliado francés.

Poco tiempo después, según los relatos de la época, se presentó a marqués de Villadarias un cabrero que dijo conocer muy bien los caminos de aquella zona. El hombre le ofreció al marqués liderar una operación por la cual las tropas que le fuesen encomendadas serían guiadas hasta la altura del Peñón, desde donde los hispano-franceses podrían hacerse fuertes, hostigar a los ingleses y, a la postre, echarlos. Este cabrero se llamaba Simón Susarte. Villadarias envió a un oficial de su confianza con el cabrero para verificar si era verdad que el tipo era capaz de subir a la cumbre de forma escondida. Una vez que ese extremo fue comprobado, envió quinientos hombres, al mano del coronel Figueroa, los cuales subieron a la altura del Peñón por la noche. Se acordó que el 10 de noviembre el general comenzase una ascensión con más tropas y, una vez que se encontrasen ambos contingentes en un punto, atacar a los ingleses por sorpresa.

El cabrero y su gente lograron llegar a una altura conocida como El Hacho, donde pasaron a cuchillo a la pequeña dotación inglesa que hacía guardia. Luego bajaron hasta La Silleta, el lugar donde estaba pactado que se encontrarían con las tropas que subían. Pero que nunca subieron.

Lo que no está muy claro es la razón de que la operación no se llevase a cabo. Hay dos teorías, a cual más gilipollas: una, que a Villadarias no le hizo ni puta gracia que un civil se fuese a llevar las glorias de recuperar el Peñón; y otra, que fue el comandante francés el que petardeó el proyecto porque su gran jefe, el mariscal de Tessé, se encontraba de camino hacia el lugar pero aún no había llegado y, de esta manera, corría peligro de no participar en la gloriosa recuperación del Peñón.

Los ingleses, que no son idiotas en cuestiones de guerra, formaron a toda hostia un destacamento, al mano de Henry de Armstard, y subieron a La Silleta. Sin ayudas y cercados como estaban, los españoles se batieron, pero fueron lógicamente reducidos y, en buena parte, muertos. Susarte y algunos que le siguieron lograron, sin embargo, escapar.

A principios de 1705 llegó, por fin, el francés Tessé a Gibraltar, cuando los ingleses estaban ya más asentados en la plaza que un roble centenario. El 7 de febrero, y no muy convencido, intentó el asalto a la plaza. En este episodio se confirmó que los ingleses tienen, verdaderamente, una flor en el culo en lo que a tempestades se refiere; pues una galerna dispersó a la escuadra francesa del barón de Pontis, que se dirigía a la plaza para prestar ayuda artillera al asalto, sin la cual éste fue imposible. Una vez sonados por los rayos y los vientos, los franceses fueron pasto fácil de ese gran marino que se llamó sir John Leake.

El primer rey Borbón español, Felipe V, era un rey francés. En muchos aspectos. El francés era su lengua materna. Francesa su parentela y muy especialmente su abuelo, el rey Luis XIV. Franceses eran todos o casi todos los personajes que lo rodeaban. Y francesa era su obediencia, pues la operación de colocar a Felipe al frente de España no era sino una movida para expandir la influencia gala en Europa. Dado que por lo tanto el asunto de Gibraltar, en realidad, formaba parte de una movida más complicada en cuya cúspide se encontraba la guerra entre Francia e Inglaterra, en 1711 Felipe V le da permiso al que manda, o sea el rey de Francia, para que negocie en su nombre. La intención de este Abuelito, dime tú de Felipe V era que en la negociación Francia defendiese la devolución por parte de Inglaterra de Gibraltar y Menorca. Pero, claro, eso le pasa por fiarse de un francés (algo, ya lo hemos dicho, en todo caso disculpable porque él mismo lo era). Lo que hizo Francia, en sus prisas por terminar cuanto antes las hostilidades con Inglaterra, fue, como se dice coloquialmente, tirar con pólvora del rey y poner sobre la mesa concesiones que, en realidad, no eran suyas. Sobre las mesas del Tratado de Madrid (27 de marzo de 1713) y de Utrecht (13 de julio de 1713), Francia colocó la cesión por España de los Países Bajos, de Milán, de Nápoles, de Sicilia, de Cerdeña, de Gibraltar, de Menorca y de las islas de San Cristóbal. Con estos amigos, quién necesita enemigos.

Fruto de esta genial negociación es el famosísimo artículo X del Tratado de Utrecht, que textualmente comienza:

«El Rey Católico [éstos somos nosotros], por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este tratado a la Corona de Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensa y fortaleza que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre sin excepción ni impedimento alguno».

Si nos llegamos a bajar un centímetro más los pantalones, tocamos Nueva Zelanda.

Al Rey Católico, en todo caso, estas palabras tampoco le sentaron tan mal. Para Felipe V, el Tratado de Utrecht fue la paz de Inglaterra con Francia, lo cual venía a significar el automático debilitamiento de sus enemigos en la guerra dinástica. Así pues, puede decirse que aquel tratado le hizo rey de España.

El ya rey español estaba casado con María Luisa de Saboya, quien gobernaba de forma efectiva porque Felipito siempre fue de natural asténico y poco dado a enfangarse en cuestiones de gobierno. María Luisa murió pronto, y el rey casó con Isabel de Farnesio, la cual se trajo a una mano derecha, el cardenal Alberoni, que como buen italiano (Italia había sido básicamente española durante mucho tiempo) ambicionó la recuperación por España del prestigio político y militar perdido para siempre (diga lo que diga Aznar) en Utrecht.

Alberoni era muy, muy ambicioso. Consideraba factible que España recuperase los estados italianos que también había soltado en Utrecht. Asimismo, ambicionaba, aunque con reparos, que Felipe V se hiciese con la corona de Francia exigiendo la regencia a la muerte de su abuelo (este blog no se llama Historias de Francia pero, la verdad, es que la tangana que se montó con la sucesión de Luis XIV es como para contarla). Como lo que más le molestaba eran los ingleses, también parece ser que hizo planes para intervenir en el país cargándose a la dinastía reinante y sustituyéndola por la descendencia del rey Jacobo II.

El 17 de julio de 1717, de forma absolutamente prematura, España le dice al mundo lo mismo que Terminator: I’m back. Pero, claro, ya no éramos un ciborg de última generación; apenas nos podíamos considerar una tostadora oxidada.

Una escuadra se desplaza a Cerdeña y la ocupa sin grandes oposiciones. Esto levanta las alarmas en todas las cancillerías europeas. También en París, porque la corona francesa tenía muchos candidatos, los cuales eran, obviamente, contrarios a las pretensiones de Felipe.

Inglaterra, Francia, Holanda y después Alemania [quise decir Sacro Imperio] se unieron en una alianza para darnos la del pulpo. Una vez que lo consiguieron, activaron la vía diplomática, y dos representantes, uno francés y otro inglés, fueron enviados a España para intentar convencer a Felipe V de que se bajase de la burra. Está documentado que el francés, marqués de Nancré, llevaba instrucciones claras de insinuarle a Felipe que si bajaba los brazos se podría hablar de devolvernos Gibraltar, algo a lo que los ingleses estarían resignándose (lentamente, claro está; un británico nunca se resigna a nada en menos de tres meses).

Nancré llegó a ofrecer al cardenal Alberoni un codicilo secreto en el futuro tratado de paz en el que se estableciese: en primer lugar, que España podría tener una guarnición en la Toscana; en segundo lugar, la devolución de Gibraltar a España; en tercer lugar, una alianza defensiva. Pero, ¡ay, ay, ay! Alberoni era italiano, y su sueño, ya lo hemos dicho, era la recuperación de la posición de España en Italia.

Haciendo uso de maneras de mal regateador, Alberoni pidió, además, Cerdeña. El momento que los ingleses estaban esperando para contestar: y una hembra de pollo como un recipiente de cocina.

De todas maneras, los ingleses se portaron en esta negociación como auténticos ingleses. Enviaron a Stanhope a negociar con el rey. El enviado le pidió audiencia el 12 de agosto de 1718. Pues bien: 24 horas antes de que se celebrase esta audiencia, el día 11, el almirante Bing había atacado a los barcos españoles en cabo Pessaro, sin mediar aún declaración de guerra, y no había dejado de ellos ni los mondadientes. Típicamente british: con una mano te acaricio la mejilla, y con la otra te destrozo los huevos. Todo muy ético.

Inglaterra y Francia acabaron por declarar la guerra a España. Y nos dieron hasta en el velo del paladar. En 1720, ya vencido, Felipe V se acuerda de la oferta que le habían hecho en 1718 de unirse a la cuádruple alianza y quiere retomar las negociaciones en las ofertas de entonces hechas por Inglaterra. Pedía Gibraltar, Cerdeña y Menorca. La contraoferta fue: te apuntas a la alianza y a cambio yo no te abro un socavón en el culo. Así que entramos en la alianza a cambio de nada.

En ese punto, Felipe V renunció a Menorca como objetivo y se centró en que le devolviesen, al menos, Gibraltar. Los ingleses, al parecer, llegaron a estudiar algún escenario basado en la restitución del Peñón a cambio, básicamente, de que España cediese mogollón de poder en América, especialmente en términos comerciales. De hecho, los diplomáticos españoles llegaron a pensar que la oposición del Parlamento inglés a devolver Gibraltar (que era como es, o sea cerril) se acabaría si se les ofrecía a cambio La Florida y Santo Domingo (no sabe Juan Luis Guerra lo cerca que estuvo de ser educado bebiendo té de bergamota). No obstante, aquí el que puso pies en pared fue Felipe V, que se negó en redondo.

Entretanto, en Francia hay regencia y se reanudan las relaciones con España. El enviado a Madrid, marqués de Maulevrier, recibe instrucciones de comerle la oreja constantemente a Felipe V con la matraca de que Francia está dispuesta a apoyar a España en su reivindicación de Gibraltar.

El 13 de junio de 1721, España e Inglaterra concluyen un tratado de amistad en cuyo clausulado se pacta que dicho tratado queda en suspenso en tanto que el rey de Inglaterra no proponga a su parlamento la cesión de Gibraltar. El rey inglés promete «aprovechar las primeras ocasiones favorables para arreglar este asunto». Ocasiones favorables que a día de hoy, y han pasado unos 280 años, aún no se han presentado. Para España, en todo caso, esta carta del rey inglés que he citado tiene gran importancia en el pleito de Gibraltar, pues supone la adhesión inglesa al principio, siempre defendido por España, de que la restitución de Gibraltar debe hacerse sin compensaciones (o sea, que es nuestro).

¿Cumplió el rey inglés lo que decía en la carta? Pero, lector, ¿cómo puedes ser tan inocente? ¡Este post va de diplomacia!

En 1722, con todos los acuerdos firmados y todas las buenas palabras pronunciadas, se celebró el Congreso de Cambrai, en el que el iluso Felipe creía que iba a salir el asuntillo de Gibraltar. Ni se mentó.

España intentó buscarse aliados. El 5 de noviembre de 1725, firma un acuerdo de amistad con Alemania en el que figura un artículo secreto según el cual, si Alemania entra en guerra con Inglaterra, se compromete a ayudar a España en la recuperación de Gibraltar. No obstante, la cosa se fue a la mierda porque el plenipotenciario español, barón de Riperdá, era también un plenibocas, porque no supo mantener la lengua quieta y los ingleses acabaron enterándose de la cláusula (y hemos de recordar que, formalmente, éramos aliados y amigos). Los ingleses, inmediatamente, concluyeron acuerdos con Prusia, Hesse-Casel, Holanda, Suecia y Dinamarca. Alemania reaccionó atrayéndose al zar de Rusia y convenciendo a los prusianos de que estaban en el bando equivocado. El 11 de febrero de 1727, un ejército español de 20.000 hombres cercaba Gibraltar.

Continuará, por supuesto.

viernes, marzo 28, 2008

¿Boicot? Pues va a ser que sí.

El barón Pierre de Coubertin alumbró a finales del siglo XIX el sueño de resucitar unos juegos deportivos, los olímpicos, que formaban parte de un amplio abanico de celebraciones parecidas que se hacían en la antigua Grecia. A Coubertin le fascinaba la idea, relatada por los historiadores de aquella época, de que la celebración de los juegos era un hecho capaz de detener las guerras en curso, y quiso ver en este detalle la prueba de la capacidad del deporte a la hora de colaborar en la paz mundial.

Lo que el barón apenas llegó a barruntar a lo largo de su vida era que, además de impulsar un sueño intelectualmente atractivo, estaba también alumbrando un gran negocio. Los juegos olímpicos se han ido consolidando, en los últimos 110 años más o menos, como la gran cita de referencia del deporte mundial. Esto ha hecho que para la ciudad que organiza los juegos (son ciudades, no países, las que optan) hacerlo se convierta en un chollo. No siempre sale bien, conste. Hay juegos como los de Montreal que parecen haber reportado escasos beneficios para sus organizadores. Pero, por lo general, organizar los juegos es algo que todo el mundo desea.

Si es verdad que los juegos griegos no se veían influenciados por la política, será porque no eran negocio. En la época moderna ha sido exactamente al revés. Lejos de ser capaces de aplazar las rencillas, no han hecho sino reflejarlas.

El primer boicot de los Juegos Olímpicos se produjo en 1956. Pero antes ya había habido sus conatos. Cabe recordar, en este sentido, el hecho, íntimamente unido a la Historia de España, de que los primeros combatientes internacionales en el bando republicano, una vez declarada la guerra civil, fueron deportistas que se encontraban el 18 de julio de 1936 en Barcelona, esperando los inicios de unos juegos inspirados sobre todo por las naciones y los partidos comunistas como una especie de alternativa a los juegos que se celebraban en la Berlín de Adolf Hitler. No fue sin embargo hasta 20 años después, cuando el premier soviético Nikita Kruschev reprimió a sangre y fuego un levantamiento en Hungría, cuando tres naciones europeas: Países Bajos, Suiza y la España de Franco, decidieron no acudir a las olimpiadas de Melbourne. Paralelamente, algunos países asiáticos boicotearon los mismos juegos por razón de la Crisis del Canal de Suez, uno más de los episodios de la siempre difícil existencia del Estado de Israel.

En los años setenta, los boicot surgieron a causa de las políticas de apartheid. Hay que citarlas en plural porque aunque todo el mundo se acuerda de Sudáfrica, entonces también se tenía una política parecida en Rhodesia, nación africana también gobernada por los blancos. Ambos países, y muy singularmente Sudáfrica, pasaron muchos años fuera del ámbito deportivo a causa de su política de segregación racial. La cosa, en todo caso, se puso fea después de que la selección neozelandesa de rugby, los famosos All Blacks, realizase una gira por Sudáfrica. A partir de entonces, los países africanos exigieron que Nueva Zelanda fuese excluida de los Juegos Olímpicos y, en las olimpiadas de Montreal 1976, tomaron las de Villadiego después de haber comenzado las competiciones. Fue así porque el Comité Olímpico se negó a prohibir la participación de Nueva Zelanda, aduciendo en defensa de dicha decisión que el rugby, es decir el deporte donde el país había roto el bloqueo a Sudáfrica, no es un deporte olímpico.

No fue éste el único problema que ocurrió en Montreal. Aquel año, la República Popular de China presionó para que Taiwán no pudiese acudir bajo el nombre de República de China. Los formosanos se negaron a ir de otra manera y no participaron ni en Montreal ni en los juegos siguientes de Moscú.

Con todo, fue aquí, en Moscú, donde el boicoteo a los juegos alcanzó su punto más elevado. La invasión soviética de Afganistán provocó que los Estados Unidos liderasen un movimiento occidental de boicot a los juegos, que le salió bastante bien aunque con notables deserciones. La URSS contestó en la siguiente convocatoria, en Los Ángeles 1984, boicoteando los juegos en compañía de todos sus países satélite salvo la Rumania de Nicolae Ceaucescu.

Los responsables del movimiento olímpico podrán considerarse por encima del bien y del mal, cosa que probablemente hacen; pero, en la realidad, están absolutamente manchados del polvo del camino como todos nosotros. Para Adolf Hitler, los juegos olímpicos de Berlín fueron una ocasión de oro para vender su nueva Alemania, surgida de las cenizas de una pavorosa crisis económica, de identidad y de ilusión nacional. El movimiento olímpico, de una forma un tanto lerda, colaboró en el apuntalamiento de la imagen mundial de un asesino. Y pretender que el deporte está por encima de estas cosas es, lo repito, una gilipollez.

El movimiento y el negocio olímpicos alcanzaron su punto mayor de paroxismo, en mi opinión, en los juegos de Munich 1972. Tras el asesinato de varios atletas israelíes por parte de un comando palestino, el espectáculo tenía que haberse detenido, simple y llanamente. Pero hace treinta y pico años era ya mucha la pasta que estaba en juego en los juegos, valga la redundancia, y las competiciones continuaron. Me recuerdo a mí mismo, que entonces tenía diez años, viendo en la tele unas eliminatorias de 400 metros lisos y, cuando los locutores cantaron los corredores de cada calle, al llegar a la 6 informaron de que allí no había nadie: era el puesto de uno de los atletas de la delegación israelita. No se puede caer más bajo.

¿Son mala idea los boicot? Lo que me parecen es inevitables. Al menos mientras el movimiento olímpico siga concibiéndose como un ente apolítico, en el sentido de más allá de la política. Si el movimiento olímpico tuviese una dimensión moral de la que en mi opinión carece, tomaría la decisión pura y simple de no otorgar nunca la sede olímpica a lugares que puedan hacer de ello manipulación en contra de los derechos del hombre. Porque eso es lo que hacen las dictaduras cuando organizan olimpiadas. Aceptar regímenes políticos atroces en el seno de los juegos se supone que es respetar la filosofía del barón De Coubertin, todo eso del buen rollito mundial y tal; aunque se les acepta de una forma un tanto curiosa, pues si la Sudáfrica de Pik Botha no podía ir a los juegos porque no otorgaba derechos a las personas de raza negra, la China de Mao, mientras mataba de hambre a 70 millones de personas (y matar es la peor forma de privar de derechos), seguía yendo, que tiene eggs.

En lo que se convierte el movimiento olímpico en manos de una dictadura es en un vehículo de propaganda y de enmascaramiento de muchas realidades que conculcan los más básicos derechos del hombre.

¿Boicot a los juegos olímpicos de Pekín? Por supuesto. Por decencia. Por justicia. Y por salvar lo poco que le va quedando de presentable a ese bonito sueño que se llama, por llamarse algo, movimiento olímpico.

miércoles, marzo 26, 2008

Lola Montes (y 3)

La miniserie completa:

Primer capítulo
Segundo capítulo
Tercer capítulo


Abordamos hoy el tercer y último capítulo de la rocambolesca vida de Lola Montes, la mujer que lo fue todo y también fue nada. La hemos visto partir de Munich sola, fané y descangallá, abandonada por su otrora protector el rijoso y voluble Luis I de Baviera, AKA Donde dije Digo ahora Digo Que Te Den. Han pasado apenas unos días desde los sucesos revolucionarios en Baviera y Lola llega a Berna, la capital de la Confederación Helvética. Pero ésa es solo una estación. Los suizos suelen decir: nacer en Suiza es un honor y morir en Suiza una suerte, pero, mientras tanto, ¿qué haces? El pequeño país alpino era demasiado aburrido y predecible para Lola, enferma de megalomanía y necesitada de reconocimiento masivo a su persona. En mayo del mismo año decide volver a Londres, fiada en que los tiempos hayan pasado y sus pasados escándalos sean ya agua pasada.

lunes, marzo 24, 2008

Lola Montes (2)

La miniserie completa:

Primer capítulo
Segundo capítulo
Tercer capítulo


Hemos dejado, en el anterior capítulo, a nuestra bailarina española de pacotilla tras un sonoro fracaso parisino, que le ha granjeado las más acercadas críticas de una pluma por otra parte por lo general amargada y batallona, como era la de Teófilo Gautier. Gautier era crítico de uno de los principales periódicos de París, La Presse. Montes trama su venganza haciendo uso de sus armas de mujer. En las tertulias de los Hermanos Provenzales se hace la encontradiza con un joven periodista llamado Dujarier, que es el jefe de la sección literaria de La Presse; es, pues, el jefe de Gautier. Pronto se hacen amantes. Juntos se adjuntarán a una tertulia literaria entonces famosísima en París, llamada la Tertulia de los treinta y cinco porque era norma que ninguno de sus miembros superase dicha edad.

martes, marzo 18, 2008

El patrimonio sindical

Con este post, el equipo médico habitual se despide hasta después de estos días santos. Así pues, que lo paséis bien.




Un periódico económico anunciaba en su edición de ayer, o sea del 17 de marzo del 2008, que esta legislatura, la 2008-2012, será probablemente la que dejará finalmente zanjado el problema de la devolución del patrimonio sindical acumulado durante la dictadura.


Basta echar un vistazo a las fechas (Franco murió en 1975, y en el 2008 la pasta aún está por distribuir) para darnos cuenta de que nos encontramos ante un asunto peliagudo. Lo es desde varios puntos de vista: el jurídico (cómo se regulará la devolución), el moral (si tiene sentido en sí la devolución) y el histórico (quién tiene derecho a dicha devolución).


Quizá, este asunto del patrimonio sindical es uno de los elementos que más ha envenenado la relación entre los dos principales sindicatos españoles, la Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras; relación que, en todo caso, ha pasado por momentos de muy variado pelaje.


¿Cuál es el fondo de la cuestión? Pues el fondo de la cuestión es que, con la muerte de Franco y el advenimiento de la democracia, el sindicato vertical franquista desapareció. Sindicato quiere decir que era una organización de productores (obreros y empresarios) y vertical quiere decir que no era de clase, es decir, los englobaba a todos juntitos. El concepto de la democracia orgánica, que es a la democracia lo que la música militar es a la música, establece que las células representativas de la sociedad son la familia, el municipio y el sindicato. Así pues, el sindicato vertical era una de las tres patas del trípode franquista.


Los bienes del sindicato único franquista fueron transferidos a un organismo autónomo llamado Administración Institucional de Servicios Socioprofesionales (AISS), es decir al Estado. Fue ésta una operación lógica porque, verdaderamente, el sindicato franquista era un sindicato paraestatal, cuyo patrimonio, sin embargo, salía de las aportaciones de empresarios y trabajadores. Así pues, se entendió que todo lo que se había acumulado, y que era mucho, debía revertirse a las organizaciones representativas, tanto de los empresarios (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) como de los trabajadores (centrales sindicales).


En paralelo, o si se quiere en línea secante con este proceso, se produjo el de devolución del patrimonio histórico, es decir, a aquel sindicato que existía en 1939 y, consecuentemente, fue incautado en sus bienes por el franquismo (Ley de Responsabilidades Políticas), se le debían de devolver dichos bienes, en la minoría de los casos; y, en la mayoría de los casos, el precio de lo que poseyó, por imposibilidad de devolverle el bien (por ejemplo, porque la otrora sede social del sindicato Tal estuviese hoy ocupada por mediopensionistas con sus correspondientes derechos de propiedad).


El asunto del patrimonio sindical histórico ha quedado más o menos cerrado (digamos, semicerrado) con pagos que algunos de los sindicatos implicados consideran magros. De los tres grandes sindicatos que existían en la República y que existen hoy en día: UGT (cercano al PSOE), CNT (cercano a sí mismo) y ELA-STV (cercano al PNV), el que más pasta ha recibido es el primero de ellos. Y es algo que, históricamente, se entiende mal. No he leído yo a un solo historiador o contemporáneo de aquellos tiempos que se haya atrevido a sostener que la UGT era un sindicato más fuerte que la CNT. La CNT tenía muchos más afiliados, especialmente en Cataluña y Aragón donde era casi monopolística entre los obreros, y por una sencilla ley de proporcionalidad (a más afiliados, más locales, más mesas, más máquinas de escribir) deberíamos concluir que el reparto del patrimonio sindical histórico debería haberla beneficiado a ella más que a nadie. Claro que con la CNT también tenemos otro problema peliagudo, como es el asunto de las herencias. Porque la CNT ha sufrido alguna que otra escisión y, a partir de ahí, surge la discusión sobre si el único heredero de la vieja CNT es quien conserva sus siglas, o bien todos los que maman de esas siglas en sus inicios o, incluso, nadie, porque la CNT hubiera cambiado radicalmente en sus postulados. ¿Es imposible esta última tesis? No sé. ¿Qué me decís de Acción Nacionalista Vasca?


Así pues, a mi modo de ver no es un problema de simpatías, que yo por la CNT no tengo ninguna. Es un problema de justicia histórica. Si hablamos de devolver lo que otro tenía, puede que exista, tal y como se aduce por lo que he podido leer, dificultades para certificar las posesiones. Pero, en primer lugar, esas dificultades también afectarán, digo yo, a los demás. Y, en segundo lugar, hay un hecho palmario, y es que la CNT era el sindicato más fuerte en afiliados y, consiguientemente, las diferencias no deberían ser muy elevadas.


Una vez que nos hemos olvidado del problema estrictamente histórico, nos queda el asunto del patrimonio sindical acumulado. Porque aquí ya no hay vara de medir. Hay un patrimonio que se ha generado a través de las cotizaciones obligatorias de obreros y empresarios; y un patrimonio generado en unos años en los que la representatividad obrera no se medía democráticamente. ¿Cómo repartir todo aquello, pues?


Lo que se pretende es un reparto basado en el criterio, probablemente, menos malo: la representatividad actual de las organizaciones obreras. Lo cual sitúa a Comisiones Obreras en primera fila, porque es el sindicato más votado en las elecciones sindicales. Es, como digo, un criterio absolutamente imperfecto. En primer lugar, porque la propia representación sindical lo es, puesto que hoy por hoy, en España, por cada trabajador por cuenta ajena que está afiliado a un sindicato hay chiquicientos que no lo están; y parecida proporción, aunque algo más limitada, se puede sospechar para los trabajadores que votan o no votan a esas centrales sindicales en las elecciones. Sin embargo es, probablemente, el único criterio posible.


De todo punto, si finalmente las noticias son ciertas y se procede a un reparto del patrimonio sindical acumulado basado en la representatividad actual, esto culminará una estrategia de décadas llevada a cabo por Comisiones Obreras, que sus buenas críticas le valió pero sobre cuya pertinencia y eficacia, en mi opinión, no cabe dudar.


Comisiones Obreras no nació como un sindicato. Nació como un movimiento. La diferencia es importante. En buena teoría, las Comisiones Obreras nacieron para englobar en su seno a la oposición sindical al franquismo y disolverse cuando ya no hicieran falta, es decir cuando el caimán se hubiera ido hacia Barranquilla. Así pues, a la muerte de Franco lo que decía el guión escrito a principios/mediados de los sesenta es que Comisiones tenía que disolverse para que cada mochuelo regresase a su olivo: el comunista al comunista, el maoísta al maoísta, el católico al católico... En 1967, las propias CCOO se definían a sí mismas aseverando que «las Comisiones Obreras no son una organización sino una fuerza coordinada, sin distinción de ideologías políticas, concepciones religiosas o filosóficas y con el denominador común de no aceptar el sindicalismo oficial y defender la libertad sindical».

La primera vez que se habla de Comisiones Obreras fue en Asturias, concretamente en la mina de La Camocha, en 1956. Allí se produjo entonces un conflicto laboral que terminaría en las primeras huelgas importantes del franquismo (1957). Por aquel entonces, sin embargo, las Comisiones Obreras son una cosa de aquí te pillo aquí te huelgo; surgían por razón de tal o cual conflicto y luego desaparecían, sin permanecer. En 1962, con ocasión de la gran oleada de huelgas que dejó por primera vez al franquismo contra las cuerdas (y al sindicalismo vertical falangista en bragas), las Comisiones tuvieron importante presencia; y terminaron de consolidarse en 1964, con ocasión de las deliberaciones del convenio del sector del metal de Madrid, deliberaciones en las que formaron parte activa de la voz obrera.

Más o menos de entonces data la estrategia fundamental que hará de las Comisiones el sindicato líder y, en mi opinión, sustentará sus peticiones (desde el punto de vista histórico) en torno al asunto del patrimonio sindical acumulado. Porque la reacción primaria de los sindicatos democráticos fue boicotear el sindicato falangista por no serlo; y, sin embargo, las CCOO tomaron la dirección exactamente contraria. En una estrategia muy propia del agit-prop comunista, las Comisiones deciden, lejos de boicotear al sindicato único, okuparlo. Los grandes sindicalistas de los inicios, al frente de los cuales estaban Marcelino Camacho y Julián Ariza, se infiltran en las secciones sociales de sus sindicatos verticales, y desde ahí se dedican a joder la marrana (dicho sea esto desde el punto de vista del franquismo) oponiéndose a las pastueñas decisiones de los jurados oficiales de empresa y otros organismos.

A pesar de su definición ideológica urbi et orbe, las Comisiones Obreras acabaron siendo monopolizadas por el Partido Comunista; el cual, de hecho, disolvió su propio brazo sindical, la OSO (Oposición Sindical Obrera), para potenciar las Comisiones. Aunque esto, en realidad, debe, en mi opinión, matizarse. Porque si los comunistas consiguieron quedarse con Comisiones fue también porque fueron lo suficientemente listos como para darse cuenta de que en un sindicato masivo siempre hará falta que haya gente de muy diversas sensibilidades políticas. Así las cosas, aquel PCE, al calor del entonces famoso eurocomunismo que nunca he sabido muy bien qué era, movilizó a la organización para actuar de forma que en ella cupieran muchas personas. En esto le ganó por la mano a otras organizaciones más radicalizadas, notablemente al Felipe o Frente de Liberación Popular, una formación que había llegado al marxismo desde el catolicismo (y es que no todos los caminos llegan a Roma, pero la mayoría salen de ahí) y que sostuvo una praxis revolucionaria de libro que sólo le sirvió para que muchos trabajadores le diesen la espalda, porque el personal quería mejores sueldos, mejor jornada y que Franco se fuese a la mierda; pero para ello no estaba dispuesto a llenar España de soviets.

Un aspecto curioso de la historia de CCOO es su connivencia con los católicos. En la España del franquismo, al margen del sindicato oficial tan sólo las organizaciones confesionales eran toleradas, y muy especialmente la HOAC (Hermandad de Obreros de Acción Católica), que perdería progresivamente fuerza conforme se acercase la Transición. La HOAC, como la JOC (Juventud Obrera Católica) y un montón de párrocos en toda España, pero muy especialmente en Madrid y Barcelona, prestaron a las Comisiones sus primeros locales donde reunirse y les dieron cierta cobertura seudolegal.

La mayoría de edad de las Comisiones se alcanza en 1966, porque fue año de elecciones sindicales. Entre los obreros, las Comisiones van al copo, y ganan mogollón de puestos. Animados por las perspectivas, el 31 de enero de ese año los dirigentes madrileños (o sea, Camacho y Ariza) alumbran un documento que llevaba el título Las Comisiones Obreras ante el futuro sindicalismo, en el que, entre otras lindezas, se decía: «Los trabajadores deben comprender claramente que forman un mundo marginado por la sociedad capitalista». Para cualesquiera ojos mínimamente informados, era fácil ver la mano del Partido Comunista detrás de estas líneas. Así pues, la reacción del franquismo fue declarar ilegales las Comisiones y comenzar el largo periplo de detenciones en Carabanchel de sus dirigentes.

En febrero de 1967, ante la presión comunista, se generan conflictos con los católicos. Frente a la influencia del PC se alza la AST, Acción Sindical de Trabajadores, un grupo nacido en 1960 a partir de militantes de las Vanguardias Obreras Juveniles (VOJ) fundadas por los jesuitas; organización que será el germen de la Organización Revolucionaria de los Trabajadores (ORT), de ideología maoísta; así como militantes de Acción Católica. Entre todos, fuerzan a Comisiones a definirse como una organización apolítica de contenido puramente sindical. No obstante, la tensión pro-anti comunista ya no cedería. Por su parte, los marxistas más puristas que el eurocomunismo de Carrillo, los que podríamos decir, taurinamente, que eran marxistas del tendido del 7, trataron de hacer la competencia al movimiento con las COR, Comisiones Obreras Revolucionarias, que tuvieron poca vida y, de consuno, escaso éxito.

El último rabotazo del franquismo contra el sindicalismo no oficial fue el famoso proceso 1.001; que tiene entidad suficiente como para que lo dejemos para otro artículo, algún otro día.

Aunque los actuales sindicatos no hubiesen colaborado con la organización sindical del franquismo, aún así sostendrían que tienen derecho a ser los beneficiarios del patrimonio acumulado. Esa opinión, no obstante, sería discutible. A mi modo de ver, la actitud de Comisiones Obreras durante los años sesenta hace, cuando menos en su caso, poco sólida esa postura. Las Comisiones colaboraron en las organizaciones obreras, participaron en ellas, las estructuraron e hicieron funcionar. Para echar a Franco, ciertamente; pero lo hicieron. Históricamente hablando, además, esta estrategia permitió consolidar, durante los años sesenta y setenta una central sindical que no sólo ha acabado por convertirse en la más votada en las elecciones sindicales, sino en una alternativa evidente a la dicotomía UGT/CNT, que tal mal, pero que muy mal, funcionó durante la República.

viernes, marzo 14, 2008

Lola Montes (1)

La miniserie completa:

Primer capítulo
Segundo capítulo
Tercer capítulo



Si uno repasa la mitomanía moderna se puede encontrar con casos muy curiosos. Casos de personas que han quedado fijadas en la mente colectiva como arquetipos de formas de actuar o de ser y que, en realidad, no son tan merecedoras de ese mérito; y el contrario, es decir personas que tuvieron una actuación que merecería cierto mérito en el recuerdo de las generaciones venideras, pero que por alguna razón se les niega.

miércoles, marzo 12, 2008

Empieza por M...

¿Eres tú mismo catalán o tienes catalanes cerca? Si es así, puedes hacer una pequeña prueba o encuesta. Se trata de hacer una pregunta muy sencilla y esperar la respuesta. Una pregunta que ha de servir para saber qué es lo que sabe un catalán sobre la Historia de Cataluña. Cuanto más nacionalista sea, más divertido será el juego.

La pregunta es: el primer presidente moderno de Cataluña tuvo un primer apellido que empezaba por M. ¿Cuál era?

La inmensa mayoría, por no decir todos, de los catalanes mínimamente versados en su Historia responderán al punto: Macià. Y ése es el momento que tú estás esperando para exclamar: ¡Error!

1874. En España está a punto de llegar un rey joven que trata de colocar las cosas en su sitio después del convulso periodo de la I República. Alfonso XII no las tiene todas consigo. Sabe que su permanencia en el trono no está de ningún modo asegurada. Excelente símbolo del ambiente que se respira entonces en España es una conocidísima anécdota según la cual, desfilando un día el rey por Madrid, observó a un grupo de obreras que lo vitoreaban, con tanta pasión que se acercó a ellas para saludarlas. Cuando les agradeció que gritasen con tanta fuerza sus vítores, ellas le contestaron: «Mucho más alto gritamos cuando echamos a la puta de tu madre».

Uno de los lugares que el monarca mira con el rabillo del ojo es Cataluña. Sabe que los catalanes ambicionan recuperar sus fueros. En marzo de ese mismo año, en Olot, una junta de representantes de las cuatro provincias catalanas se ha reunido y ha decidido reclamar los fueros de Cataluña, petición que han reafirmado en Vich. Alfonso piensa en qué hacer. Pero no piensa muy rápido.

En el fondo de esta actuación late el problema carlista. Yo sé que es fácil caer en la tentación de ver en el siglo XX, con su guerra civil, a la época en que España hirvió como una olla a presión. En realidad, esa realidad le corresponde mucho más al siglo anterior, siglo en el que se produjeron no una, sino tres guerras civiles, casi seguidas, y en el que se generó la pelea entre la España liberal y la conservadora que, de alguna manera, sigue vigente hoy en día. Enfrentamiento que, además, al llegar Alfonso al trono estaba en plena ebullición en su tercer fascículo.

El carlismo es un fenómeno dinástico muy complejo. No se trata sólo de una mera querella sobre quién tiene derecho de sangre a reinar. Simplificando mucho, es una cebolla que, como poco, tiene dos capas más. Por un lado está el tradicionalismo, pues los carlistas decimonónicos son defensores del orden antiguo frente a los cambios de la monarquía liberal (no digamos ya de la república), que consideran peligrosos. No son pocos los momentos de nuestra Historia en los que carlismo y tradicionalismo, siendo en principio ideologías distintas, se han confundido.

La segunda capa, que es la que aquí nos interesa, es la defensa de los fueros. El carlismo propugna el orden antiguo y ésa es una idea especialmente atractiva para todos aquéllos que, en aquellos antiguos tiempos, tuvieron autogobierno. El terreno natural del carlismo es, pues, el País Vasco y Navarra pero, sobre todo, el conglomerado Aragón/Cataluña, centro que fue de una monarquía con fuerza propia, tanta fuerza o más que Castilla. Así las cosas, al rey Alfonso le cayó, con la corona, el marrón de tratar de cerrar esa esclusa para que no se escapase por ahí el agua de la fidelidad dinástica catalana.

Ya hemos dicho que Alfonso piensa demasiado despacio. El 2 de agosto de ese mismo año, la Secretaría de Guerra de Carlos VII, el pretendiente carlista, autoriza la creación de la Diputación catalana.

Aquella Diputación no tuvo una vida fácil. Quede anotado para la Historia que su primera sede estuvo en San Juan de las Abadesas, aunque luego varió mucho de headquarters hasta recalar en Camprodón. Se compuso sólo de siete diputados, a pesar de que la cifra inicialmente pensada fue de 16. Sus nombres eran: Francesc X. Subirá, Joseph Solà, Francesc J. Sitjar, Josep Macià, Joaquim de Rocafiguera, Josep Coronas y Lluis de Cuenca y de Perino.

Al frente de todos ellos, el President. Joan Mestre i Tudela.

Sabemos de Mestre que fue alcalde de Lérida, puesto del que sería destituido tras la revolución de 1868 que conocemos como La Gloriosa. El cese, obviamente, se debió a que Mestre cojeaba del pie carlista, que no fue precisamente el más favorecido con la victoria del liberalismo en España. Así que, una vez cesado como alcalde, pasó a ser jefe de la Junta Provincial ilerdense del carlismo. En aquellos tiempos fue objeto incluso de un atentado contra su vida.

Al crearse la Diputación o Generalitat, Mestre se encontraba retirado de la vida política, tal vez a causa de las lecciones aprendidas tras el atentado, pero fue llamado por los siete diputados.

La figura de Mestre estaba incluso llamada a experimentar cierto paralelismo con el gran protomártir del nacionalismo catalán, Casanova. En 1875, los generales carlistas llamaron a defender la Seo de Urgel, población que había sido tomada por los carlistas algunos meses antes y que estaba cercada por los alfonsinos. El 22 de julio de 1875 los centralistas, un poco hartos de tanta resistencia, tomaron la dura decisión de bombardear la población (con los civiles dentro, por supuesto), bombardeo que provocó un gravísimo incendio. Intentando apagar las llamas y salvar a la gente en la barriada de Castellciutat, Mestre sufrió graves quemaduras.

Una vez caída Seo de Urgel, Mestre fue detenido, si bien, al parecer, fue bien tratado. Y digo al parecer porque, por lo que he podido leer, a partir de ese momento la Historia se lo traga. Hay quien dice que aún vivió quince años más ejerciendo de abogado, pero no lo podría afirmar.

Resulta curioso que este episodio, el que podríamos denominar la Generalitat carlista, sea relativamente poco conocido en los tiempos que corren. Parece lógico que un nacionalismo exalte todos aquellos episodios de su Historia que se parezcan a sus objetivos ideológicos básicos; y éste, me parece a mí, cumple perfectamente esta característica a los ojos de un nacionalista catalán. Prueba de este desconocimiento es un dato tan simple como éste: si le consultamos a Google sobre «Antoni Mestre i Tudela», no nos aparecerá ni una sola página (bueno; a partir de ahora, si el algoritmo de Google funciona bien, ya habrá una, así pues, todos los que en el mundo mundial estén intentando documentarse sobre Antoni Mestre... ¡tendrán que pasar por aquí!). Y con respecto a la actual Generalitat de Cataluña, que yo haya visto ni siquiera lo cita en su repaso de la Historia de Cataluña; aunque cierto es que puedo estar equivocado, porque uno tiene dos ojos, pero no puede leerlo absolutamente todo.

Así que ya sabéis: la respuesta acertada no es Macià, sino Mestre. Antoni Mestre i Tudela. Un hombre que, una vez, fue considerado por los catalanes, o cuando menos por buena parte de ellos, como su President, y así fue tratado y respetado.

lunes, marzo 10, 2008

¿Requiem? por el Partido Comunista de España

Uno de los lugares comunes que uno lee de cuando en cuando en artículos de prensa, opiniones blogueras, y demás, es que uno de los hechos más sorpresivos del regreso de las elecciones libres a España, en 1977, fueron los escasos resultados del Partido Comunista. Esta tesis parte de considerar que, en aquel momento, el PCE lideraba el antifranquismo y, por lo tanto, estaba llamado a liderar la España democrática.


Pocas opiniones puedo imaginar más equivocadas que ésta.


En realidad, los resultados obtenidos por el PCE tras el advenimiento de la democracia fueron cojonudos. Esto sólo podemos sospecharlo porque el término de comparación, las elecciones del 36, es equívoco por varias razones. La primera de ellas, y no es razón baladí, porque no existen resultados oficiales de las mismas. Sí, como lo leéis. Sé que os parecerá increíble, pero de las famosas elecciones de febrero del 36, ésas que casi todo el mundo conoce como Las del Frente Popular, no hay resultados oficiales. Así de limpias y claras fueron.


Es cierto que este obstáculo ha sido saltado por los historiadores, especialmente Javier Tusell en una monografía que es de consulta imprescidible en este campo. Existe alguna literatura, pues, donde se pueden consultar resultados más o menos oficiales. Pero aún nos queda la segunda dificultad: los comunistas acudieron a las elecciones en coalición, el famoso Frente Popular, así pues es difícil dirimir cuántos de sus votos fueron suyos y cuántos para la coalición. Sin ir más lejos, hoy es verdad histórica prácticamente aceptada por todos que las elecciones del 36 las ganó el Frente Popular (también los comunistas) gracias a la actitud de votantes activos de los seguidores del anarcosindicalismo. Y el anarcosindicalismo y el comunismo eran como agua y aceite.


Sean las cosas como sean, lo cierto es que los comunistas fueron una fuerza más bien mierdilla dentro de un Frente Popular en el que la gran parte de los votos la pusieron el PSOE, los partidos de izquierda burguesa y los nacionalistas catalanes, que arrasaron en sus provincias (aunque Companys, el líder de Esquerra, no fue el nacionalista más votado; eso, con tiempo, ya lo contaremos otro día). Así pues, históricamente hablando, el Partido Comunista, cuando se ha tratado de meter papeles en urnas, no puede decir que haya conseguido nunca resultados mucho mejores que los que ha obtenido al regresar la democracia tras la muerte de Franco.


Es cierto que los comunistas lideraron el antifranquismo. Cierto, pero con matizaciones. La primera de ellas es el tamaño en sí del antifranquismo. Aunque no nos guste reconocerlo ni recordarlo, es imposible que un régimen se mantenga cuarenta años por la única vía de la represión. Un régimen que tiene cuatro décadas de vida tiene que haber contado, sin lugar a dudas, con determinadas tasas, no bajas, de apoyo social. El franquismo tuvo al principio mucho apoyo social activo (personas que eran franquistas, que querían a Franco en el poder y que identificaban un régimen de libertades con el caos republicano) y luego, cada vez más, apoyo social pasivo, formado por personas que no creían en el franquismo pero lo aceptaban como lo que había, además de comprar el discurso de la creciente prosperidad económica y todas esas cosas (discurso bastante mentiroso: soltando más de medio millón de emigrantes por la sentina, hasta yo soy capaz de conseguir crecimiento económico).


En todo caso, el papel del Partido Comunista en la Historia de España no se debe menoscabar. En la guerra civil española, y dado que la URSS fue el único apoyo exterior de importancia para la República (hubo otros, como México, pero lógicamente de mucha menor enjundia bélica), los comunistas tuvieron creciente importancia. Colocaron dos submarinos en el gobierno, Jesús Hernández y Vicente Uribe (el primero de los cuales acabaría apostatando de la URSS), cuyas carteras ministeriales estaban de adorno; ellos estaban ahí para marcar de cerca a los gestores de la guerra.


Los comunistas echaron a Largo Caballero del gobierno. Personaje de varias caras y difícil exégesis, don Francisco, a pesar de ser conocido como el Lenin español (apodo que, al parecer, no le gustaba nada), dentro del enfrentamiento entre ácratas y comunistas tiraba más por los primeros. Aunque, en realidad, lo que acabó con él no fue estrictamente esa predilección sino el hecho, más simple si se quiere, de que siendo el presidente del gobierno quería dirigir la guerra como le pareciese mejor. Los comunistas, apoyados en la creciente ayuda soviética, querían tomar parte cada vez más en la dirección de la guerra, y esto provocó el enfrentamiento. Largo labró su desgracia el día que echó de su despacho, al parecer con muy malos modos, al embajador soviético Rosemberg. Jesús Hernández pronunció un discurso en Valencia, poco tiempo después de cesado Largo, explicando dicha salida del gobierno. Yo lo tengo en un folleto de la época que encontré en Buenos Aires. Calificarlo de insultante no es hacerle justicia.


En un artículo periodístico recogido en un libro que he comprado recientemente, Indalecio Prieto cuenta historias alucinantes del poder dentro del poder que acabaron siendo los comunistas en la República en guerra. Cuenta, por ejemplo, que en los últimos estertores de la campaña del Norte, cuando Franco había tomado ya el País Vasco; cuando ya había ocurrido la cosita ésa de la que el PNV no quiere saber nada y que se llama Pacto de Santoña; cuando, por lo tanto, Santander se había perdido y sólo quedaban porciones de Asturias, Prieto, que era ministro de Defensa y el máximo responsable de la guerra en el bando republicano dio la orden de que un destructor republicano abandonase el puerto de El Musel, sometido a graves bombardeos franquistas. Algunos mandos comunistas le dijeron que no estaban de acuerdo porque querían que aquel barco fuese utilizado para algunas evacuaciones. Prieto contestó que comprendía las necesidades de evacuación, pero que el barco era muy valioso y temía perderlo con los bombardeos. Así pues, cursó la orden de que se pirase a Casablanca y allí esperase instrucciones.


Lo siguiente que supo Prieto de aquel barco es que se había hundido en El Musel bajo las bombas franquistas. Nunca salió del puerto. Según él, los comunistas dedicieron que tenían más razón que el máximo responsable de la guerra así que, simple y llanamente, le desobedecieron.


Otro de los aspectos de la actuación de los comunistas que, que yo sepa, permanece aún relativamente virgen, es el reparto de armamento. Llegó la mal llamada ayuda soviética (y digo mal llamada porque la República la pagó religiosamente, y la palabra ayuda parece querer decir como que fue un regalo o algo así), pero lo que no sabemos exactamente es cómo se repartió. Un largocaballerista acérrimo como Justo Martínez Amutio, gobernador civil de Albacete durante la guerra, nos habla de que había un órgano teóricamente coordinador de las compras y distribución de armamento, pero que no coordinaba una mierda. Y luego tenemos las quejas que perlan las memorias de los combatientes anarquistas, los cuales se burlan de mitos como los de Modesto o Líster como grandes militares ya que, según ellos, la efectividad de esas unidades se basaba, sobre todo, en que eran los destinatarios de todo el material nuevo que llegaba. Quien parte y reparte...


Tras la derrota bélica, el comunismo español se encastilla en Moscú, a pesar de algunas defecciones como la de Hernández o Valentín González El Campesino. En los años cuarenta, el PCE adopta una posición partisana contra el franquismo, manteniendo partidas de guerrilleros en el interior, los famosos maquis, y propugnando algunas operaciones de «invasión» de España que no pasaron de ser cuatro petardos.


En algún momento, más o menos a mediados de los cincuenta, el comunismo español, sólo o en compañía de otros (sustancialmente, de Kruschev) se acaba dando cuenta de que se está gastando en una guerra imposible, y cambia de estrategia. A partir de entonces defiende la reconciliación nacional y la convergencia antifranquista. Aunque los comunistas no estuvieron presentes en el contubernio de Munich, el espíritu de esta reunión es muy parecido al sostenido por el propio PCE.


Lentamente, en el seno del PCE ganan los posibilistas y pactistas. En los años sesenta, el comunismo español coqueteará con el socialismo, con los monárquicos, con todo dios que se les ponga a tiro. Asimismo, cambiará radicalmente su vieja filosofía de combatir al franquismo por otra, más eficiente, de dinamitarlo desde dentro, haciéndose presente en el movimiento obrero (Comisiones Obreras) y estudiantil, los dos grandes lobanillos de Franco en la época. En 1962, el comunismo está detrás de la primera gran huelga vivida por el franquismo, que merece ser contada cualquier día en esta ventana.


En paralelo con este fenómeno, el líder del comunismo español, Santiago Carrillo, se va convirtiendo, junto con el italiano Enrico Berlinguer, en el principal representante del eurocomunismo, una especie de comunismo elegante desligado de sus ropajes soviéticos, destinado a participar lealmente en las democracias parlamentarias liberales y no a hacerles la revolución, que es para lo que, en teoría, existe el comunismo.


A mediados de los años setenta, el posibilismo del PCE facilitará la generación de la denominada Platajunta, donde se fusionan dos grupos opositores al franquismo: la Junta Democrática de España, patrocinada por el PCE y en la que estaban el Partido Socialista Popular de Enrique Tierno, CCOO y el Partido de los Trabajadores, entre otros; y la Plataforma de Convergencia Democrática de España, liderada por el PSOE y donde estaban grupos socialdemócratas, democratacristianos y el Movimiento Comunista. ¿Que qué hacía el PSP con los comunistas y el Movimiento Comunista con los socialistas? Bienvenido a la Transición y sus misterios, amigo.


El PCE realizó, en los primeros años de nuestra democracia, impagables servicios a su construcción. El primero de ellos, aceptar la bandera constitucional, una decisión que estaba radicalmente en contra de la mayoría de los militares y dirigentes, que sentían como suya la bandera republicana. El segundo, proceder a su plena integración en el juego parlamentario, con lo que Santiago Carrillo hizo para la izquierda social lo mismo que Manuel Fraga hizo para la derecha: incluir en el esquema democrático a capas de ciudadanos que, en principio, no le hacían ascos a la idea de que nos volviésemos a dar de hostias. El tercer gran servicio fue favorecer la firma de los Pactos de la Moncloa, que permitieron una evolución económica racional para España en unos años durísimos. El cuarto, y más doloroso de todos, fue enterrar en enero del 77, en silencio, puño en alto, a sus muertos de Atocha; sin tirarse al monte, sin organizar razzias de fascistas, sin responder al golpe con golpe.


Hay una cosa que el comunismo español no supo entender, sin embargo: la caída del muro de Berlín. Ciertamente, para cuando el modelo soviético se derrumbó los comunismos europeos llevaban muchos años bastante desligados del Kremlin; pero, aún así, desde un punto de vista ideológico seguían siendo muy dependientes de la alternativa soviética que, repentinamente, desapareció.


El comunismo siempre se ha nutrido de dos tipos de simpatizantes: por un lado, el comunista sincero, el tipo que lo que quiere es la dictadura del proletariado y esas cosas. Y, por otro lado, la persona que es, básicamente, un perseguidor de utopías como, por decirlo en francés, la libertad, la igualdad y la fraternidad. En un creciente proceso de desideologización, para el comunismo estos simpatizantes no propiamente comunistas son, cada vez, más necesarios. Lo cual nos lleva a la conclusión de que el comunismo, para permanecer, tiene que ser cada vez menos comunista.


Fruto de este proceso es la desaparición formal del Partido Comunista en diversos países europeos para mutar en experimentos más o menos exitosos, olivos y otros cultivos. Pero no en España. El PCE sigue existiendo como tal partido y condicionando con su existencia a la coalición de que forma parte (en realidad, que lidera), Izquierda Unida.


Los últimos años han sido los de la reflexión, más o menos soterrada, sobre si existe un espacio político en España para un Partido Comunista y para una coalición liderada por él. Esta idea recibió un fuerte rejonazo con la decisión de su líder histórico, Santiago Carrillo, de integrarse en el PSOE, de donde saliera hace ya muchas décadas en su condición de dirigente de las Juventudes Socialistas. En las elecciones de ayer ha recibido un segundo rejonazo. Si es de muerte, el tiempo lo dirá.