viernes, marzo 14, 2008

Lola Montes (1)

Si uno repasa la mitomanía moderna se puede encontrar con casos muy curiosos. Casos de personas que han quedado fijadas en la mente colectiva como arquetipos de formas de actuar o de ser y que, en realidad, no son tan merecedoras de ese mérito; y el contrario, es decir personas que tuvieron una actuación que merecería cierto mérito en el recuerdo de las generaciones venideras, pero que por alguna razón se les niega.

En este segundo grupo veo yo a Lola Montes. Si yo fuese mujer y feminista, se me ocurrirían pocas figuras que expresasen mejor que ella el afán de superación de una mujer en un mundo de hombres y ese mucho de inconformismo que tienen que tener siempre los renovadores. Cierto es que Lola Montes tiene elementos en su personalidad que a muchas personas quizá no la hagan atractiva; en su debe se encuentra, por ejemplo, su extremada megalomanía, que en el fondo fue la causa de su perdición. Pero, no obstante, aunque es evidentemente una figura con claroscuros (quién no los tiene) el relativo olvido de que es objeto hoy me parece, en muchos sentidos, inexplicable.

Para los españoles, además, Lola Montes es un mito rato. Porque es un mito pretendidamente español ostentado por una persona que, que yo sepa, jamás pisó España, aunque no son pocos los indicios de que nuestro país siempre le interesó mucho.

Toda esta historia empieza en 1817, en el pueblo irlandés de Limerick (aunque hay quien sostiene que este dato no es exacto). Ahí reside un alférez del ejército británico llamado Edward Gilbert, que se casa con una mujer de la localidad, miss Eliza Olivier Castle, quien según muchas crónicas era mujer muy bella, además de algo casquivana.

En 1818, el matrimonio tiene una hija, a la que ponen de nombre María Dolores Rosana. Desde el principio, Dolores echará en falta los cuidados y el interés de su madre, ya que la señora de Gilbert, que es prácticamente una adolescente, prefiere estar por ahí de farra con sus amigas a cuidar a su hija. En 1822, y dado que la familia no tiene un mango, el alférez Gilbert no tiene más salida que la que entonces tomaban todos los militares arruinados: pedir un destino en la India, donde cobraría un complemento de sueldo a cambio de estar puteado y en la otra punta del mundo. Tras algunas trancas y barrancas al llegar a la colonia, el militar es destinado a la ciudad de Dinapore, donde la familia sienta sus reales. Las cosas parecen ir bien, pero en 1825 el alférez cae enfermo y, después, muere. Es un momento muy duro para los Gilbert, pero les salvará la solidaridad militar. En su lecho de muerte, el alférez ha pedido a su mejor amigo el capital Craigie que cuide de su familia. Craigie cumple el encargo con creces, puesto que se acaba casando con la viuda; a lo cual probablemente ayudó que la señora, según se nos cuenta, estaba muy rica.

Craigie no era irlandés, sino escocés. En su intento sincero por ayudar a su hijastra de siete años, decide enviarla a Montrose, en la vieja patria, con su padre. Pero la cosa no sale bien. Dolores es una niña que ha crecido haciendo lo que se le salía de las narices, puesto que su madre no la controlaba. En el hogar escocés de los Craigie, acostumbrado al orden y a la gris monotonía, acabará teniendo enfrentamientos hasta con las alfombras, motivo por el cual es de nuevo trasladada, en este caso a Londres, donde será confiada a la familia del general Jasper Nicols. Los Nicols, sin embargo, fracasan como fracasaron los Craigie, así que aún se da un tercer traslado, a un internado de París.

En ese momento, Dolores cuenta 13 años. Los retratos de ella que nos han llegado nos describen a una mujer de indudable belleza que, además, casa muy mal con la tipología irlandesa. Efectivamente, Dolores tiene rasgos, como el color del pelo, más propios de alguien racialmente mediterráneo; y es por eso que sus compañeras de internado comenzarán a llamarla por un mote que, con el tiempo, marcará su vida: la andaluza.

A los quince años, la educación de Dolores ha terminado. En ese momento, se presenta en Europa su madre, extrañamente acompañada por un militar de veinte años, el teniente Thomas James, que va un poco como de ayudante. El encuentro entre madre e hija es bastante frío, y no es para menos; hasta ese momento, aquélla ha pasado de ésta como de comer mierda, así que no hubiera sido muy racional esperar ningún abrazo caluroso. Claro que las cosas son peor de lo esperado. Dolores comienza a mosquearse con cositas que su madre medio le dice y, poco a poco, a base de embaucar con zalamerías al pobre James, acaba enterándose de la verdad: su madre ha ido a Europa para preparar a su hija y casarla con un juez del Tribunal Supremo de la India, sir Abraham Lumley, que en ese momento cuenta sesenta años.

Evidentemente, Dolores se niega. Y la madre se niega a que se niegue, amenazándola con obligarla. Aquí comienza propiamente dicho la vida rebelde de Lola Montes, vida en la cual repetirá varias veces el mismo recurso: el enamoramiento de hombres. De dedica a encoñar al teniente James, consigue que el joven se pirre por sus huesitos y le organice una fuga romántica. La pareja deja a la madre con un palmo de narices y se va a Irlanda, donde James deja a Dolores con unos parientes suyos. El 23 de julio de 1837, Dolores se casa por primera vez, en este caso con Thomas James, en la localidad irlandesa de County Meath.

Se repite la historia del padre de Dolores. La pareja se traslada a Dublín, pero allí son pobres como ratas. La salida que encuentra James es pedir un traslado en lo más profundo de la India. Pero Dolores tiene 19 años, ha vivido en Londres y en París, se ha fugado por amor. No es ya mujer que se vaya a acomodar con un destino selvático. Acompaña a su marido porque no tiene más remedio, pero comenzará a hacerle la vida imposible.

La pareja acaba residiendo en Karnal. Allí Lola comenzará, un poco al estilo de su madre, a dar fiestas entre la minoría inglesa local, fiestas en las que interpreta bailes y canciones que empieza a decir que son españoles. En la primavera de 1841, abandona a su esposo y se va a Calcuta, curiosamente a casa de su odiada madre. Es ley de vida que las hijas rebeldes acaben pareciéndose al objeto de su rebeldía. Por consejo de su padrastro, Lola es enviada a Londres; en el barco del viaje conocerá a un hombre, un tal Lennox, con el que vivirá una pasión tórrida (ambos se instalarán juntos en el mismo hotel a su llegada a la ciudad), relación que será la base para la presentación por parte del marido de una demanda de divorcio. Demanda que, sin embargo, sólo fue presentada en plan amenaza, cosa que Lola no llegará a saber y que tendrá su importancia dentro de algunos párrafos.

Tras la demanda de divorcio, en la prensa india se publican algunas esquelas con el nombre de Dolores. Las ha hecho publicar la madre, que así quiere dejar claro que para ella su hija ha muerto.

En Londres, Dolores conoce a una ex actriz que dirige una academia de interpretación, llamada Fanny Kelly. Kelly es la primera persona que le dice que tiene aptitudes para el teatro. Asimismo, le recomienda que tome lecciones de baile, concretamente con un profesor español, Francisco Montes alias Paquiro, célebre torero. Será Paquiro quien, tras ponderar las capacidades de la joven aprendiza, le aconseje que cambie su nombre por el apodo español, Lola; y lo complete con su propio apellido, Montes. Sin lugar a dudas, el torero estuvo enamorado de su alumna, aunque lo más probable es que no tocase pelo.

Lola Montes debuta el 3 de junio de 1843, ejecutando varios bailes más o menos españoles en el intermedio de una representación de El Barbero de Sevilla, que era el gran éxito de la época. Esa primera noche Lola Montes, que según todos los testimonios estaba que crujía, se movía más que decentemente y además llevaba unos vestidos acojonantemente bellos, puso el teatro patas arriba. Y así debiera haber seguido siendo si no fuera porque Londres, entonces, estaba en plena era victoriana y su sociedad, en consecuencia, no estaba en condiciones de aceptar según qué cosas.

Una noche acudió a una representación donde bailaba Lola Montes un tal lord Raleigh, quien había conocido a Lola en la India. Nada más verla bailar, gritó:

‑Pero… ¡si es María Dolores James, la esposa divorciada del teniente James!

Lo siguiente fue un silencio sepulcral, y lo siguiente una bronca monumental. ¡Una divorciada ejecutando bailes en un teatro! ¡Divorciada de un teniente de Su Majestad!

Lola Montes acababa de ser enterrada bajo varias toneladas de convencionalismos y, en realidad, Londres ya nunca más volvería a ser ni medio cálido con ella.

Pero la Montes era una luchadora. Sabiendo que en Inglaterra no tenía nada que hacer, se traslada a Bruselas, donde consigue alguna actuación. Una cosa trae la otra y en Bruselas firma un contrato para actuar en Varsovia. Estamos en 1844 y Polonia está bajo la bota del zar ruso, que tiene un dictador local, Paskievitcht, al frente de un régimen duro y represor. En Varsovia, Lola se hace amiga de la mujer del banquero más rico de Polonia, la señora Steinkiller, quien la introduce en la alta sociedad. No tarda en inspirar el interés del propio Paskievitcht. De la entrevista entre ambos sabemos poco, aunque un síntoma bastante claro es que Lola sale de su despacho poco menos que expulsada con cajas destempladas y mientras dedica una serie de epítetos y dicterios irreproducibles al viejo. No es difícil imaginar el contenido de la conversación.

Éste es el primer caso en el que la actuación de Lola Montes empieza a tener tintes políticos. La anécdota es rápidamente conocida en Varsovia y le granjea la simpatía de los polacos. Aunque todo dictador tiene siempre sus recursos. En las representaciones de Lola Montes, a partir de ese día, comienza a haber en el teatro grupos de espectadores, cada vez más numerosos, que la molestan, tratan de interrumpirla y le silban. Pronto se hace evidente que las representaciones se han vuelto poco menos que imposibles. En ese momento, Lola Montes toma una decisión que dice mucho de su recio carácter.

Una noche detiene la representación mientras se la están boicoteando. Se acerca al borde del escenario y pide silencio. Una vez que lo obtiene, asevera que sabe bien cuál es la razón de esos abucheos, y acusa directamente al dictador de Polonia de instigarlos y de coartar la libertad de su pueblo. El público estalla en una ovación y, ante los impotentes ojos de la policía, saca en volandas a Lola Montes del teatro y la lleva a su hotel en manifestación, dando vivas a Polonia y mueras al dictador.

Al día siguiente, la policía se presenta en la habitación de Lola Montes para prenderla. Ella esgrime su condición de extranjera y consigue ganar tiempo. El suficiente para que el embajador de Francia en Varsovia le ofrezca el refugio de la embajada. Esto la salva de la cárcel, aunque no de abandonar Polonia.

La decisión que toma en ese momento Lola Montes es difícil de entender. Ella sabía bien que se habría enfrentado con los corifeos del gran poder ruso pero, aún así, el destino que decidió fue San Petesburgo, la ciudad del zar. Debía de sentirse muy segura de sus encantos. Y lo cierto es que no falló.

Poco tiempo después de llegar a San Petesburgo, Lola Montes actúa en el teatro imperial de aquella ciudad, donde acude a verla el zar Nicolás I. Todos los indicios son claros de que, nada más verla bailar, el rijoso padrecito de todas las rusias se quedó hondamente encoñado con la presunta andaluza. Al día siguiente la recibió en palacio y le ofreció el oro, el moro, el eslavo y lo que hizo falta.

Muchos biógrafos de Lola Montes destacan algo que es realmente cierto, y es que aquella mujer, como todos los megalómanos, se aburría pronto de que siempre fueran los mismos los que le alabaran y comiesen la oreja. De esta manera se suele justificar el hecho de que, teniendo un zar a sus pies, decidiese marcharse. Yo, sin embargo, tengo otra teoría. Es evidente de Nicolás estaba dispuesto a muchas cosas por un polvo o dos. Pero la corte rusa estaba fuertemente jerarquizada y, además, los eslavos son muy suyos, así pues nunca aceptarían realmente el poder de una presunta andaluza en realidad nacida en Irlanda. Lola sabía todo eso pero, al tiempo, había probado las mieles del poder. Se había dado cuenta de lo que es capaz de ceder un hombre poderoso cuando está encoñado. Siempre he pensado que fue por eso por lo que abandonó San Petesburgo, engañando al zar prometiéndole un pronto reencuentro que nunca se produjo. Quería más. Y sabía dónde conseguirlo.

¡A Berlín!

Alemania es la verdadera segunda patria de Lola Montes. Allí, una vez dejada la fría San Petesburgo, comenzará su carrera de gran artista que labró su fama y la convirtió en algo así como la Madonna de hace 150 años (claro que para completar la imagen deberíamos imaginar a Madonna ligándose a George Bush y dictándole los decretos presidenciales). También dispara su vida amorosa. En 1844, en Dresden, asiste a un concierto de un famoso músico. Bueno, bastante más que un famoso músico.

¿Habéis sido alguna vez, o sois, fans de algún rockero? ¿Habéis esperado alguna vez, en la edad del pavo, a las puertas de un hotel esperando a que se asomase, y os habéis meado encima de tanto gritar cuando lo ha hecho? En fin, ésta es la típica cosa que nadie confiesa jamás que ha hecho, pero que evidentemente muchos hemos tenido que hacer porque, si no, a ver de dónde salen esas tropas histéricas que siguen a los cantantes famosos. Lo que quizá no sepáis es que ese fenómeno no es tan moderno como parece. En el siglo XIX había, en efecto, un concertista que era capaz más o menos de lo mismo. Las mujeres no gritaban como posesas en su presencia, pero sí se desmayaban, muy a menudo, en mitad de sus conciertos, subyugadas por la tremenda fuerza de sus interpretaciones. Franz Lizst era, además, un hombre extraordinariamente guapo, con una mirada muy penetrante y muchas ganas de follar. Federico Chopin es a los melancólicos lo que Lizst a los histéricos. Así las cosas, los destinos de este sex symbol pianístico y el de la bella bailarina andaluza estaban poco menos que condenados al embroque.

Fue en Dresde, ya lo he dicho. Se conocieron, se encoñaron y se mataron mutuamente a polvos. La cosa sólo dura unas semanas porque Lizst es así, como una rapsodia húngara: muy intensa, sí, pero dura lo que dura (dura).

No fueron nueve semanas y media. Sólo cinco. Pasado el tiempo del encoñe, el pianista se larga a la francesa. Será por eso que Lola se va a París.

En París, Lola Montes se convertirá en miembro de pleno derecho de uno de los grupos intelectuales más interesantes de las últimas décadas. París tiene tradición como foco de irradiación de cultura y, en aquel momento, vivían en la ciudad verdaderos pesos pesados de la Historia de las letras. En el viejo café de París, en la calle de Taibout, Lola comenzará a frecuentar las tertulias literarias de los Hermanos provenzales, presididas por Alejandro Dumas padre y en las que se sientan personas como su hijo Alejandro, Honorato de Balzac, Lamartine o Alfred de Musset. Es posible que Alejandro hijo, que entonces tenía veinte añitos, llevase a la tertulia a su amiga la asténica Alfonsina de Plessis, que le servirá de modelo para su archifamosa Dama de las Camelias. Los contertulios levantan sus copas ante Lola Montes, que está en lo mejor de su belleza, y declaman: ¡Vive la danseuse espagnole!

Dumas consigue que Lola sea contratada para participar en una importante representación. La Montes debuta el 30 de marzo de 1844. Fue un fracaso. Probablemente, la pudieron los nervios; incluso llegó a perder alguna pieza de su vestuario por causa de algún movimiento torpemente realizado. Otro grande de las letras francesas, Teófilo Gautier, le dedicó al día siguiente una crítica absolutamente acerada y decepcionante.

Para entonces, la decepcionada y rabiosa Lola se consuela en los brazos de Alejandro Dumas padre, que siempre permanecieron abiertos para mujeres de buen ver. Entre cañete y cañete, Dumas le presenta a Méry, un millonario aficionado a la literatura. Cree en Lola, no parece excesivamente obsesionado con tirársela (para delicia de Dumas) y está forrado de millones. Así que con el dinero de su amigo, Lola Montes podrá montar espectáculos a medida que la salvarán del olvido y la convertirán en una gran protagonista de la vida del todo París. La vida le sonríe de nuevo.

Pero pronto llegará el amor. Sempiterno obstáculo. El amor hace a las gentes hacer cosas extrañas e incluso, como es el caso, aceptar la muerte. La tragedia está llamando a las puertas de la vida de Lola Montes, aunque ella no lo sepa.

Continuará, pues.