miércoles, abril 02, 2008

Gibraltar «casi» español (1)

Antes de que empieces la lectura de este tocho, me parece lo justo advertirte de que existen un tocho 2 y un tocho 3, que le siguen.

Cada vez me cuesta más agotar temas en un solo post. Pienso que, además, este sistema, aunque tiene la jodienda del suspense, es mejor porque esto de la lectura electrónica es como jodido y todo el mundo dice que no hay que escribir tochos. En fin, trataré de que en estos temas pluridía las tomas no sean muchas.

Todos los españoles, al menos todos los españoles de mi generación, hemos tenido que estudiar que España perdió el Peñón de Gibraltar como consecuencia del Tratado de Utrecht, el cual, desde entonces, ha amparado una situación de colonialismo en la misma vieja Europa. Sobre el asunto de Gibraltar hay mucho que discutir, tanto desde el punto de vista británico, como desde el punto de vista español. Pero no pretendo yo hoy realizar la disección de estos dimes y diretes. El motivo y objetivo del artículo de hoy es contaros algunas cosas sobre el momento en que España, a mi modo de ver, estuvo más cerca de recuperar Gibraltar; y que no fue otro que los tiempos inmediatamente posteriores al momento en que lo perdió.

El 4 de agosto de 1704, los ingleses ocupan el Peñón, y allí siguen. Eran perfectamente conscientes de que España intentaría recuperar la plaza, así pues metieron dentro de ella a 3.000 hombres armados, que fueron suficientes para resistir el primer embate, que corrió a cargo de tropas traídas desde Portugal por el marqués de Villadarias, otras al mando de Aytona y otras del entonces aliado francés.

Poco tiempo después, según los relatos de la época, se presentó a marqués de Villadarias un cabrero que dijo conocer muy bien los caminos de aquella zona. El hombre le ofreció al marqués liderar una operación por la cual las tropas que le fuesen encomendadas serían guiadas hasta la altura del Peñón, desde donde los hispano-franceses podrían hacerse fuertes, hostigar a los ingleses y, a la postre, echarlos. Este cabrero se llamaba Simón Susarte. Villadarias envió a un oficial de su confianza con el cabrero para verificar si era verdad que el tipo era capaz de subir a la cumbre de forma escondida. Una vez que ese extremo fue comprobado, envió quinientos hombres, al mano del coronel Figueroa, los cuales subieron a la altura del Peñón por la noche. Se acordó que el 10 de noviembre el general comenzase una ascensión con más tropas y, una vez que se encontrasen ambos contingentes en un punto, atacar a los ingleses por sorpresa.

El cabrero y su gente lograron llegar a una altura conocida como El Hacho, donde pasaron a cuchillo a la pequeña dotación inglesa que hacía guardia. Luego bajaron hasta La Silleta, el lugar donde estaba pactado que se encontrarían con las tropas que subían. Pero que nunca subieron.

Lo que no está muy claro es la razón de que la operación no se llevase a cabo. Hay dos teorías, a cual más gilipollas: una, que a Villadarias no le hizo ni puta gracia que un civil se fuese a llevar las glorias de recuperar el Peñón; y otra, que fue el comandante francés el que petardeó el proyecto porque su gran jefe, el mariscal de Tessé, se encontraba de camino hacia el lugar pero aún no había llegado y, de esta manera, corría peligro de no participar en la gloriosa recuperación del Peñón.

Los ingleses, que no son idiotas en cuestiones de guerra, formaron a toda hostia un destacamento, al mano de Henry de Armstard, y subieron a La Silleta. Sin ayudas y cercados como estaban, los españoles se batieron, pero fueron lógicamente reducidos y, en buena parte, muertos. Susarte y algunos que le siguieron lograron, sin embargo, escapar.

A principios de 1705 llegó, por fin, el francés Tessé a Gibraltar, cuando los ingleses estaban ya más asentados en la plaza que un roble centenario. El 7 de febrero, y no muy convencido, intentó el asalto a la plaza. En este episodio se confirmó que los ingleses tienen, verdaderamente, una flor en el culo en lo que a tempestades se refiere; pues una galerna dispersó a la escuadra francesa del barón de Pontis, que se dirigía a la plaza para prestar ayuda artillera al asalto, sin la cual éste fue imposible. Una vez sonados por los rayos y los vientos, los franceses fueron pasto fácil de ese gran marino que se llamó sir John Leake.

El primer rey Borbón español, Felipe V, era un rey francés. En muchos aspectos. El francés era su lengua materna. Francesa su parentela y muy especialmente su abuelo, el rey Luis XIV. Franceses eran todos o casi todos los personajes que lo rodeaban. Y francesa era su obediencia, pues la operación de colocar a Felipe al frente de España no era sino una movida para expandir la influencia gala en Europa. Dado que por lo tanto el asunto de Gibraltar, en realidad, formaba parte de una movida más complicada en cuya cúspide se encontraba la guerra entre Francia e Inglaterra, en 1711 Felipe V le da permiso al que manda, o sea el rey de Francia, para que negocie en su nombre. La intención de este Abuelito, dime tú de Felipe V era que en la negociación Francia defendiese la devolución por parte de Inglaterra de Gibraltar y Menorca. Pero, claro, eso le pasa por fiarse de un francés (algo, ya lo hemos dicho, en todo caso disculpable porque él mismo lo era). Lo que hizo Francia, en sus prisas por terminar cuanto antes las hostilidades con Inglaterra, fue, como se dice coloquialmente, tirar con pólvora del rey y poner sobre la mesa concesiones que, en realidad, no eran suyas. Sobre las mesas del Tratado de Madrid (27 de marzo de 1713) y de Utrecht (13 de julio de 1713), Francia colocó la cesión por España de los Países Bajos, de Milán, de Nápoles, de Sicilia, de Cerdeña, de Gibraltar, de Menorca y de las islas de San Cristóbal. Con estos amigos, quién necesita enemigos.

Fruto de esta genial negociación es el famosísimo artículo X del Tratado de Utrecht, que textualmente comienza:

«El Rey Católico [éstos somos nosotros], por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este tratado a la Corona de Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensa y fortaleza que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre sin excepción ni impedimento alguno».

Si nos llegamos a bajar un centímetro más los pantalones, tocamos Nueva Zelanda.

Al Rey Católico, en todo caso, estas palabras tampoco le sentaron tan mal. Para Felipe V, el Tratado de Utrecht fue la paz de Inglaterra con Francia, lo cual venía a significar el automático debilitamiento de sus enemigos en la guerra dinástica. Así pues, puede decirse que aquel tratado le hizo rey de España.

El ya rey español estaba casado con María Luisa de Saboya, quien gobernaba de forma efectiva porque Felipito siempre fue de natural asténico y poco dado a enfangarse en cuestiones de gobierno. María Luisa murió pronto, y el rey casó con Isabel de Farnesio, la cual se trajo a una mano derecha, el cardenal Alberoni, que como buen italiano (Italia había sido básicamente española durante mucho tiempo) ambicionó la recuperación por España del prestigio político y militar perdido para siempre (diga lo que diga Aznar) en Utrecht.

Alberoni era muy, muy ambicioso. Consideraba factible que España recuperase los estados italianos que también había soltado en Utrecht. Asimismo, ambicionaba, aunque con reparos, que Felipe V se hiciese con la corona de Francia exigiendo la regencia a la muerte de su abuelo (este blog no se llama Historias de Francia pero, la verdad, es que la tangana que se montó con la sucesión de Luis XIV es como para contarla). Como lo que más le molestaba eran los ingleses, también parece ser que hizo planes para intervenir en el país cargándose a la dinastía reinante y sustituyéndola por la descendencia del rey Jacobo II.

El 17 de julio de 1717, de forma absolutamente prematura, España le dice al mundo lo mismo que Terminator: I’m back. Pero, claro, ya no éramos un ciborg de última generación; apenas nos podíamos considerar una tostadora oxidada.

Una escuadra se desplaza a Cerdeña y la ocupa sin grandes oposiciones. Esto levanta las alarmas en todas las cancillerías europeas. También en París, porque la corona francesa tenía muchos candidatos, los cuales eran, obviamente, contrarios a las pretensiones de Felipe.

Inglaterra, Francia, Holanda y después Alemania [quise decir Sacro Imperio] se unieron en una alianza para darnos la del pulpo. Una vez que lo consiguieron, activaron la vía diplomática, y dos representantes, uno francés y otro inglés, fueron enviados a España para intentar convencer a Felipe V de que se bajase de la burra. Está documentado que el francés, marqués de Nancré, llevaba instrucciones claras de insinuarle a Felipe que si bajaba los brazos se podría hablar de devolvernos Gibraltar, algo a lo que los ingleses estarían resignándose (lentamente, claro está; un británico nunca se resigna a nada en menos de tres meses).

Nancré llegó a ofrecer al cardenal Alberoni un codicilo secreto en el futuro tratado de paz en el que se estableciese: en primer lugar, que España podría tener una guarnición en la Toscana; en segundo lugar, la devolución de Gibraltar a España; en tercer lugar, una alianza defensiva. Pero, ¡ay, ay, ay! Alberoni era italiano, y su sueño, ya lo hemos dicho, era la recuperación de la posición de España en Italia.

Haciendo uso de maneras de mal regateador, Alberoni pidió, además, Cerdeña. El momento que los ingleses estaban esperando para contestar: y una hembra de pollo como un recipiente de cocina.

De todas maneras, los ingleses se portaron en esta negociación como auténticos ingleses. Enviaron a Stanhope a negociar con el rey. El enviado le pidió audiencia el 12 de agosto de 1718. Pues bien: 24 horas antes de que se celebrase esta audiencia, el día 11, el almirante Bing había atacado a los barcos españoles en cabo Pessaro, sin mediar aún declaración de guerra, y no había dejado de ellos ni los mondadientes. Típicamente british: con una mano te acaricio la mejilla, y con la otra te destrozo los huevos. Todo muy ético.

Inglaterra y Francia acabaron por declarar la guerra a España. Y nos dieron hasta en el velo del paladar. En 1720, ya vencido, Felipe V se acuerda de la oferta que le habían hecho en 1718 de unirse a la cuádruple alianza y quiere retomar las negociaciones en las ofertas de entonces hechas por Inglaterra. Pedía Gibraltar, Cerdeña y Menorca. La contraoferta fue: te apuntas a la alianza y a cambio yo no te abro un socavón en el culo. Así que entramos en la alianza a cambio de nada.

En ese punto, Felipe V renunció a Menorca como objetivo y se centró en que le devolviesen, al menos, Gibraltar. Los ingleses, al parecer, llegaron a estudiar algún escenario basado en la restitución del Peñón a cambio, básicamente, de que España cediese mogollón de poder en América, especialmente en términos comerciales. De hecho, los diplomáticos españoles llegaron a pensar que la oposición del Parlamento inglés a devolver Gibraltar (que era como es, o sea cerril) se acabaría si se les ofrecía a cambio La Florida y Santo Domingo (no sabe Juan Luis Guerra lo cerca que estuvo de ser educado bebiendo té de bergamota). No obstante, aquí el que puso pies en pared fue Felipe V, que se negó en redondo.

Entretanto, en Francia hay regencia y se reanudan las relaciones con España. El enviado a Madrid, marqués de Maulevrier, recibe instrucciones de comerle la oreja constantemente a Felipe V con la matraca de que Francia está dispuesta a apoyar a España en su reivindicación de Gibraltar.

El 13 de junio de 1721, España e Inglaterra concluyen un tratado de amistad en cuyo clausulado se pacta que dicho tratado queda en suspenso en tanto que el rey de Inglaterra no proponga a su parlamento la cesión de Gibraltar. El rey inglés promete «aprovechar las primeras ocasiones favorables para arreglar este asunto». Ocasiones favorables que a día de hoy, y han pasado unos 280 años, aún no se han presentado. Para España, en todo caso, esta carta del rey inglés que he citado tiene gran importancia en el pleito de Gibraltar, pues supone la adhesión inglesa al principio, siempre defendido por España, de que la restitución de Gibraltar debe hacerse sin compensaciones (o sea, que es nuestro).

¿Cumplió el rey inglés lo que decía en la carta? Pero, lector, ¿cómo puedes ser tan inocente? ¡Este post va de diplomacia!

En 1722, con todos los acuerdos firmados y todas las buenas palabras pronunciadas, se celebró el Congreso de Cambrai, en el que el iluso Felipe creía que iba a salir el asuntillo de Gibraltar. Ni se mentó.

España intentó buscarse aliados. El 5 de noviembre de 1725, firma un acuerdo de amistad con Alemania en el que figura un artículo secreto según el cual, si Alemania entra en guerra con Inglaterra, se compromete a ayudar a España en la recuperación de Gibraltar. No obstante, la cosa se fue a la mierda porque el plenipotenciario español, barón de Riperdá, era también un plenibocas, porque no supo mantener la lengua quieta y los ingleses acabaron enterándose de la cláusula (y hemos de recordar que, formalmente, éramos aliados y amigos). Los ingleses, inmediatamente, concluyeron acuerdos con Prusia, Hesse-Casel, Holanda, Suecia y Dinamarca. Alemania reaccionó atrayéndose al zar de Rusia y convenciendo a los prusianos de que estaban en el bando equivocado. El 11 de febrero de 1727, un ejército español de 20.000 hombres cercaba Gibraltar.

Continuará, por supuesto.