miércoles, marzo 26, 2008

Lola Montes (y 3)

Abordamos hoy el tercer y último capítulo de la rocambolesca vida de Lola Montes, la mujer que lo fue todo y también fue nada. La hemos visto partir de Munich sola, fané y descangallá, abandonada por su otrora protector el rijoso y voluble Luis I de Baviera, AKA Donde dije Digo ahora Digo Que Te Den. Han pasado apenas unos días desde los sucesos revolucionarios en Baviera y Lola llega a Berna, la capital de la Confederación Helvética. Pero ésa es solo una estación. Los suizos suelen decir: nacer en Suiza es un honor y morir en Suiza una suerte, pero, mientras tanto, ¿qué haces? El pequeño país alpino era demasiado aburrido y predecible para Lola, enferma de megalomanía y necesitada de reconocimiento masivo a su persona. En mayo del mismo año decide volver a Londres, fiada en que los tiempos hayan pasado y sus pasados escándalos sean ya agua pasada.

Cinco años después de haber salido de la capital británica dando un portazo, Lola Montes regresa a la misma y se establece en una vivienda más bien modesta de la calle Hamilton. Pronto, su círculo de amigos la animará a regresar al teatro. Porque Lola siempre ha tenido tablas; pero ahora tiene otra cosa, que es una historia que contar. Así nace Lola Montes, reina de Baviera, la pieza de teatro en la que se relata su periplo bávaro. No obstante, cuando ya tenía apalabrado nada menos que el Covent Garden, el gobierno prohíbe el estreno: demasiado contenido político.

Poco a poco, Lola Montes se va haciendo idea de lo que realmente pasa: ya no le importa una mierda a nadie. Sabemos, lo he escrito ya varias veces, que esa es la peor noticia para los oídos de esa mujer. Es por eso, probablemente, que Lola urde un plan para volver a ser famosa, un plan que demuestra que, en el fondo, en los últimos 150 años no han cambiado demasiado las cosas: como una famosilla cualquiera, decide casarse para obtener notoriedad.

El elegido es un oficial del ejército llamado George Trafford Heald. Se casan en San Jorge, el 19 de julio de 1849. Desde el principio, el enlace tiene serias oposiciones dentro de la familia y los amigos del marido. Este partido es liderado por una de sus tías, lady Susan Heald, la cual, en su intención por hacerle la puñeta a la nueva esposa de su sobrino, se pone a escudriñar en su vida a la búsqueda de algo con que putearla. Le lleva tiempo, pero acabará por conseguirlo.

¿Recordáis al teniente James? Sí, el anterior marido de Lola Montes. Aquél con el que las cosas terminaron tan mal y que llegó a enviarle una demanda de divorcio. La cosa es que Lola siempre había vivido con el convencimiento de que dicho movimiento por parte de su marido iba en serio. Pero no fue así. En realidad, el capitán James estaba enamorado de Lola Montes hasta las trancas (y las barrancas), así pues, en realidad, aquella demanda sólo había sido una amenaza que no había llegado a la mesa del juez. Esto Lola no lo sabía; pero lady Susan acabó por averiguarlo.

La tía de George Trafford presentó una denuncia contra Lola Montes antes incluso de que la pareja hubiese terminado su luna de miel. Lola fue fulminantemente detenida por la policía inglesa el 6 de agosto de 1949, esto es, apenas medio mes después de la boda. Inicialmente, Lola fue absuelta por falta de pruebas, pues en la vista judicial nadie pudo certificar la real existencia del capitán James. Pero, claro, nadie había contado con la inasequible al desaliento Susan Heald, la cual removió Roma con Santiago hasta conseguir del ejército británico un certificado que afirmaba su existencia. Lola fue, de nuevo, detenida y encarcelada por bígama. En la segunda vista, fue condenada a abandonar Inglaterra ipso facto. La rígida sociedad victoriana había ganado de nuevo.

Con los ahorros que le quedan, Lola se va a París, su otra gran referencia. Pero allí se encuentra con el mismo síndrome que en Londres, pues ya no es recordada. Después de muchos tumbos, una tarde conoce a Eduard Willis, empresario teatral estadounidense. Son tiempos en los que las tablas estadounidenses tienen dinero y ganas de absorber cualquier cosa que en Europa se haya hecho famosa alguna vez, así que Lola le viene al pelo. El 20 de noviembre de 1851, Lola Montes embarca en Southampton camino de Nueva York, puerto donde el trasatlántico Humbolt en que viaja queda surto el 5 de diciembre de 1851. El 27 de diciembre de 1851 es la fecha de su presentación en el populoso Broadway. La expectación es grande y el teatro está lleno. Lola se presenta vestida de presunta andaluza y hace lo que puede, pero, sin embargo, no logra encender las pasiones yanquis.

Entre enero y mayo de 1852 hace una gira por diversas ciudades americanas que le reporta algunos beneficios. Pero está cansada, o tal vez simplemente se da cuenta de que, si bien nunca fue una bailarina de la hostia, con los años se está haciendo cada vez menos atractiva. Así pues, decide seguir los consejos que ya le habían dado en Londres y reciclarse a actriz. Monta una compañía propia, destinada a representar la obra que cuenta su historia bávara. No obstante, el siempre exigente Broadway acoge la novedad con frialdad.

En los meses siguientes, de nuevo de gira. En Nueva Orleáns, y me temo que nunca sabremos a ciencia cierta por qué ni cómo, Lola Montes comienza a sentir la llamada de la espiritualidad y la religión. Ello se nota en que se vuelve extraordinariamente generosa con los menesterosos; lo cual, por cierto, le servirá para ser más querida y vender más entradas de teatro, así pues es la suya una generosidad que se retroalimenta.

De nuevo acomodada y con una respetable suma de dólares en la cuenta bancaria, Lola Montes sigue sus viajes por aquel país que es en realidad casi un continente. En uno de esos viajes conoce a un periodista llamado Patrick Purdy. El 18 de julio de 1853 se casan en San Francisco. No obstante, Lola se engaña. Está empezando a experimentar las fuerzas opuestas de dos sentimientos distintos: por un lado, la humildad religiosa y, por otro, la megalomanía de que siempre ha adolecido. En realidad, todavía puede más lo segundo que lo primero. Lola se aburre pronto del joven Purdy, así pues pocas semanas tras la boda la encontramos echando polvos con un médico alemán llamado Adler. Cuando abandona al alemán, perseguida por el escándalo, decide poner tierra, y mar, de por medio, así que forma una compañía de teatro y se va nada menos que a Australia.

Australia es el último mojón exitoso de la carrera artística de Lola Montes. El público australiano es más proclive aún que el americano a consumir glorias europeas, y Lola lo es. Al parecer, también ella les ayuda mucho a que la valoren; cuentan algunas historias que Lola Montes, en Australia, gustaba de bailar una danza llamada La Araña, en la que se levantaba tanto las faldas que el público podía ver (o creía ver)… pues eso: la araña.

Después de un año de éxitos y pasta, el 1 de julio de 1856, Lola Montes regresa a Europa.

Ya lo hemos dicho: todavía es lo suficientemente joven para que la megalomanía pueda en ella. París la decepciona por segunda vez. Ni siquiera sus amigos la recuerdan. Prueba de que está desesperada de no ser nadie es la estúpida movida que monta tras marcharse a San Juan de Luz, desde donde escribe una carta a los periódicos desmintiendo que el suicidio de un actor, Mauclerc, se deba a desavenencias entre ambos; carta en la que además informa de que son pareja y están casados.

Ni qué decir tiene que cuando Mauclerc, que está vivito y coleando, se entera, pone las cosas en su sitio en los periódicos: ni se ha suicidado, ni conoce a Lola Montes ni, por supuesto, está casado con ella. Abochornada, Lola sigue huyendo. A Nueva York, de nuevo. Debuta en el Green Theatre el 2 de febrero de 1857, con escaso éxito. Así pues, disuelve la compañía y se sume en la melancolía y la depresión, sentimientos ambos que la cambian, y mucho. La megalomanía pierde terreno. Lola se hace vieja, poco a poco. Nunca ha sido una persona muy nostálgica, pero ahora se sorprende a sí misma pensando interminablemente en los lugares de su pasado. Y los sentimientos que le provocan son tan fuertes que tomará una decisión inusitada en su vida: volver a Irlanda. Es la primera vez que lo hace por sí misma, pues la otra vez que regresó a su tierra fue por razón de matrimonio.

Es 1858. Lola Montes tiene cuarenta años; pero hay que tener en cuenta que hace 150 años se estaba mucho más ajado con cuarenta tacos que hoy. Ya no es la que era. Actúa en Dublín, en el Round Room, y luego en Londres, y luego en otras ciudades de Inglaterra. Su éxito es, por decirlo amablemente, escaso. Además, está arruinada, y carece de amigos. Yo siempre he pensado que es la vergüenza la que le impulsa a volver a Nueva York. Es una ciudad enorme, una ciudad que avanza a un ritmo distinto del de Europa, con distintos mitos y prioridades. Por primera vez en su vida, Lola Montes no quiere ser nadie, no quiere que la conozcan, e intuye que Nueva York es (y es que lo es) el lugar del mundo más apropiado para las gentes que no quieren ser molestadas.

En Nueva York, la mujer que era capaz de despertar turgencias entre los muslos de media Europa (la masculina) con sólo salir al escenario ricamente vestida, camina por la calle pobrísimamente vestida. Ella, que ha escrito un libro sobre los secretos de la belleza, no se arregla y lleva una extraña vida de beata, de iglesia en iglesia, con parada en los asilos de pobres. Un día, en medio de una populosa calle céntrica, Lola se siente terriblemente cansada (probablemente sufría de alguna dolencia coronaria) y se sienta en la acera. Así, vestida como una mendiga y más muerta que viva, la encuentra lady Buchanan, una vieja compañera de colegio de Escocia que se ha casado con un americano, y que la reconoce. Lady Buchanan será la última, modesta, mecenas de Lola Montes. Será quien la cuide y le procure lo imprescindible para vivir.

1860. Lola tiene sólo 42 años, pero está hecha la puñeta. En diciembre de dicho año, en plena calle, sufre un ictus y se queda paralizada. El día 17 de enero de 1861, Lola Montes muere en el hospital Asteria de Nueva York. Nadie acompaña el féretro el día que es enterrado en el cementerio de Greenwood. Allí, supongo, seguirá. Cuando menos hace unas décadas, que yo sepa, todavía había allí una tumba con una lápida en la que se leía:

Elisa Rosana Gilbert. 1818-1861.

¿Os percatáis del detalle? Lola Montes se llamaba Dolores Elisa Rosana Gilbert, y era condesa de Lansfeld, baronesa de Rosenthal y dama de la Orden de Santa Teresa. Por supuesto, su morir humilde disolvió sus títulos. Pero borró algo más. Borró su primer nombre de pila, que no era cualquier nombre, sino el nombre que la hizo famosa, el único nombre que tuvo durante muchos años.

Alguien, no sabemos si ella misma, quiso que en la puerta de la última morada de Lola Montes no apareciese la más mínima traza de que aquél había sido su nombre en vida. Como si antes de marcharse, hubiese querido deshacerse de un pesado fardo.