lunes, marzo 24, 2008

Lola Montes (2)

Hemos dejado, en el anterior capítulo, a nuestra bailarina española de pacotilla tras un sonoro fracaso parisino, que le ha granjeado las más acercadas críticas de una pluma por otra parte por lo general amargada y batallona, como era la de Teófilo Gautier. Gautier era crítico de uno de los principales periódicos de París, La Presse. Montes trama su venganza haciendo uso de sus armas de mujer. En las tertulias de los Hermanos Provenzales se hace la encontradiza con un joven periodista llamado Dujarier, que es el jefe de la sección literaria de La Presse; es, pues, el jefe de Gautier. Pronto se hacen amantes. Juntos se adjuntarán a una tertulia literaria entonces famosísima en París, llamada la Tertulia de los treinta y cinco porque era norma que ninguno de sus miembros superase dicha edad.

Aquella tertulia es un ejemplo más que se ha dado y se dará en la historia de la literatura y el periodismo. Era una tertulia antisistema, formada por amantes de las nuevas formas, enemigos de lo convencional (por eso era tan importante que todos fuesen jóvenes), lo cual está bien desde el punto de vista de la estética, pero es siempre una fuente potencial de conflictos en las relaciones personales. Formaba parte también de la tertulia de los treinta y cinco un personaje, Jean de Beauvallon, que se encargaba de la crítica teatral de El Globo, otro periódico parisino propiedad de Granier de Cassagnac. De Beauvallon era un tipo pendenciero y un poco plasta. Además, con cuatro copas en el cuerpo apenas era capaz de refrenar su lengua. Una noche pasa lo que tiene que pasar, y realiza un comentario sobre Lola Montes en términos tan soeces que Dujarier se levanta y le arrea una hostia. Como consecuencia de ese gesto, a su llegada al día siguiente a la redacción de La Presse, Dujarier se encuentra con dos visitantes, el vizconde de Ecquevillez y el conde de Fleurs. Le visitaban en su condición de padrinos del ofendido para pactar las condiciones en que se celebraría el duelo entre ambos.

Dujarier, probablemente, pertenecía a esa nueva sociedad moderna para la cual los duelos eran una rémora del pasado. Sin embargo, le pudo el orgullo. Lejos de permitir que se pudiera decir de él que era un cobarde, designó a sus amigos Arturo Bertrand y Jean de Boigne como padrinos y, por mucho que le rogaron tanto Lola como sus otros amigos, siguió adelante con el duelo. Fue un duelo entre dos personas y también entre dos periódicos, una vieja rivalidad solucionada de la peor forma posible.

El duelo se celebró a las once de la mañana de un 11 de marzo nevado, en el lugar más apropiado de París para estas cosas: el bosque de Bolonia. Dujarier no tenía ni media oportunidad frente a un hombre tan experimentado con la pistola como era su rival. Dujarier disparó primero, y falló. Luego le llegó el turno a De Beauvallon, que le metió a su rival una bala justo encima de la nariz. Aunque debemos consignar que el asunto terminó en los tribunales. Según se pudo probar en el juicio que acabó celebrándose, De Beauvallon había pasado un par de horas antes del duelo probando su pistola, algo que estaba radicalmente prohibido por las reglas de los duelos; motivo por el cual fue condenado por asesinato y enviado ocho años a prisión. Pero esa reparación ya no significaba nada para Lola Montes. Se había visto en el centro de un escándalo que había terminado por costarle la vida a su amante. Las murmuraciones eran muchas y, por eso, decidió abandonar París.

Aprovechando la respetable cifra de 25.000 francos que le había legado Dujarier, Lola se pierde en Alemania, en diversos lugares hasta llegar a Munich, la capital de Baviera. Allí intentó trabajar, pero se encontró con la oposición rotunda del director del teatro de la Corte, el cual le dijo, simplemente, que sus condiciones artísticas eran deficientes y que era bastante mal bailarina.

Así las cosas, Lola tenía dos opciones: o emigrar de nuevo, y ya le iban quedando pocos destinos; o buscar un favor que ni el director del teatro pudiese obviar. Es por eso que, pasados unos días y haciendo uso de sus artes, consigue colarse en la cámara del rey Luis de Baviera.

Dicen los relatos contemporáneos de aquel encuentro que no llevaba Lola Montes ni cinco minutos en presencia del monarca y éste ya estaba babeando. Tanto es así que el relato que nos ha llegado es pelín escabroso: entre alucinado y decididamente rijoso, Luisito le preguntó a Lola si todos los encantos que se adivinaban eran reales, a lo que la apelada respondió desciñéndose el vestido y quedándose frente a su majestad en pelota picada, para que ponderase libremente las artes que la naturaleza había esculpido en su piel.

Por supuesto, entre casquete y casquete, Luis I de Baviera comunicó al director del teatro de la Corte que Lola Montes estaba contratada, sí o sí. Lola Montes fue anunciada, en este caso, como bailarina madrileña (sic) y el rey, que no daba hilo sin puntada, especialmente cuando la cosa iba de ganarse el próximo polvo, hizo que en la primera representación y subsiguientes el público estuviese convenientemente salpimentado de miembros de las fuerzas de orden público que estaban ahí para aplaudir a rabiar las actuaciones de la bella danzante otrora andaluza y ahora presuntamente castiza.

La Montes manejó con gran destreza los múltiples babeos bávaros por sus huesos. Porque siendo el rey quien visitaba su tálamo a nadie se le ocurría hacerle sombra; pero babeaban igual. Así, Lola se granjeó la admiración (por llamarlo de alguna manera) del influentísimo médico real, el doctor Curtius; sí como el teniente Nüssbaum, ayudante de campo del rey, quien tanto la amaría que acabaría acompañándola incluso en los peores momentos. Por lo que se refiere a la esposa del rey, la princesa Teresa de Sajonia Hildburhausen, también dispensaba un trato cariñoso a Lola Montes, quizá por creer a su marido cuando decía y repetía que sólo eran buenos amigos (ja), quizá por alguna otra razón que desconocemos.

Las cosas, sin embargo, comenzaron a ir mal. En parte, como ya he insinuado, Lola Montes era una enferma. Enferma de megalomanía. Todo indica que, cuando tuvo poder, un poder real y efectivo, no supo ni administrarlo ni dosificarlo. El rey Luis hacía lo que Lola le decía; pero no sólo eso: asismismo, a Lola le gustaba que eso se notase. Esto generó problemas internos y externos. Externamente, fue sobre todo el poderoso canciller austrohúngaro Metternich quien le puso la proa. Internamente, fueron diversos grupos nucleados alrededor de los movimientos estudiantiles, que ya se estaban movilizando, en Baviera como en toda Europa, a favor de la revolución liberal.

En 1846, las presiones e intrigas de Lola Montes alcanzan un punto bastante importante: Abel, un consejero del rey muy reputado, es relevado de su cargo, en parte por los consejos en tal sentido de la falsa española, a la cual el señor consejero le cae de puta pena. En la tangana política que se monta, a la que no son ajenas las acusaciones de que el rey está siendo manejado por una extranjera, el monarca, hemos de suponer que ante la amenaza de perder muchas noches dulces caso de ceder, toma una decisión curiosa. Si bien lo lógico hubiera sido que hubiese rebajado la influencia de la mujer extranjera, lo que decide es… que deje de ser extranjera.

Luis de Baviera presenta a su gobierno el proyecto de nacionalización de Lola Montes. El Ejecutivo en pleno pone pies en pared y le contesta a su rey que ni de coña. Contestan con un documento semipúblico (destinado originalmente sólo a los ojos del rey, acaba, por extrañas casualidades, publicado en los periódicos) en el que dicen cosas tan categóricas como ésta: «Los sentimientos nacionales han sido profundamente heridos. Baviera no quiere ser gobernada por una mujer cuya propia vida particular está condenada por toda la opinión». O ésta: «No son solamente la gloria y el bienestar del Gobierno de Su Majestad lo que está en juego, sino la verdadera existencia de la Corona».

Dicho de otra forma: acusan al rey de calzonazos, de estar al mandado de una tipa que, además de tipa (quedaban aún 150 años para la paridad), era, a su modo de ver, un pendón desorejado.

El rey cesó a los ministros rebeldes (Von Seinsheim, Von Gruppenberg y Von Schvenk) y formó un gobierno más proclive a Lola. Dicho ejecutivo aprobó no sólo su nacionalización, sino la concesión en su persona de los títulos de condesa de Landsfeld y baronesa de Rosenthal; con grandeza de Baviera, supongo. Cabe destacar que, en el momento de la nacionalización, Lola Montes dice ser María Dolores Porris y Montes, hija de un militar carlista español y una mujer cubana. Según todos los indicios, pues, hizo una especie de tutti-frutti con los lugares comunes que tenía en la cabeza sobre España y los españoles. El rey la dotó con una pensión que le permitía no tener que morirse para ir al cielo. Poco tiempo después, la Montes comenzaba la construcción de su suntuoso palacio de la Barerstrasse de Munich.

Fue, sin embargo, tan sólo una victoria provisional. Los enemigos de Lola contaban con la siempre proverbial capacidad de los estudiantes de montar follón. Cuando un catedrático de la universidad bávara, Lassolx, fue cesado, surgió el rumor de que había sido por imposición de Lola, lo cual provocó una macromanifestación estudiantil por el centro de Munich que acabó delante de la casa de la falsa española, donde los estudiantes lo más suave que le dijeron fue puta. A Lola no se le ocurrió otra cosa que salir al balcón y brindar con champán por los «simpáticos estudiantes de Munich». Aquello no hizo sino empeorar las cosas. Por lo demás, la reacción del rey Luis, muy democrática, fue disolver la manifestación a hostia limpia y cesar a todos los catedráticos que consideró implicados en el affaire.

Resbalando en su propio babeo, el rey Luis ya no se recata de nada, y llega a consultarle a Lola graves asuntos de Estado delante de sus ministros. Ella es propietaria de su palacio, tiene la nacionalidad y el rey come en su mano. Todo parece ir bien. Pero un día el jefe del partido revolucionario, el que apoyan los estudiantes anti-Lola, Görres, fallece. En un primer momento, la policía cree poder reprimir los actos en su honor, pero no hace sino prender la mecha que, como sabréis bien todos los que hayáis estudiado la Historia del siglo XIX en Europa, estaba pronta a estallar al final de la quinta década de dicha centuria. Movilizados por la represión policial, los estudiantes montan movidas de creciente contenido revolucionario. Como en el mayo francés de 1968, esas movidas llaman a otras movidas que asimismo provocan otras movidas y así, como sin quererlo, en unos pocos días lo que eran manifestaciones de estudiantes ahora lo son de estudiantes, obreros y pequeñoburgueses: toda la sociedad que, de alguna manera, está siendo discriminada por don Luis, que tenía de demócrata lo que yo de neurocirujano sudmoluqueño. Uno de los puntos más calientes son las puertas del palacio de Lola Montes. Y allí Lola, llevada probablemente por su megalomanía que le haría reputar como imposible ser odiada por la turba, sale a la calle a enfrentarse con los manifestantes y, al comprobar su cerrazón, anuncia:

‑Bien, bien, caballeros. Mañana cerraremos la Universidad.

Fue un gesto soberbio y estúpido. Lola Montes, por lo que he leído, nunca se dio cuenta de que no era nadie. Vale, mataba a polvos al rey. Pero eso no la convertía en miembro del Gobierno ni cosa parecida. Su anuncio fue una chulería y la confirmación para todos sus opositores de que las cosas que sobre ella se contaban eran plenamente ciertas. Si salió viva de allí fue gracias a una pequeña guardia pretoriana de estudiantes monárquicos que la protegía, aunque tuvo que salir de najas.

Al día siguiente, ¿lo adivináis? Pues sí: el rey clausuró indefinidamente la universidad de Munich. Y aunque luego intentó arreglarlo (un decreto de 10 de febrero de 1848 establecía que el cierre se produciría sólo en verano), ya dio igual. Los periódicos bajaban en barrena contra la Montes, recordando todos los carísimos regalos que había hecho el rey. El 11 de febrero de aquel año, estalló la revolución en Munich, y una impresionante multitud de estudiantes, obreros y burgueses se presentó frente al palacio real, exigiendo la reapertura de la universidad, la readmisión de los catedráticos; y que se mandase a Lola Montes a tomar por culo.

¿Qué vale más, un polvo o una corona? Luisito El Coherente debió pensar que lo segundo pues, ni corto ni perezoso, dio orden a su ministro del Interior de que firmase la orden de expulsión de María Dolores Porris. La mujer que lo ha sido todo en Baviera, que ha poseído palacios y joyas, ya sólo tiene la compañía de tres estudiantes, Peisner, Hertheim y Laibinger, y la del siempre fiel teniente Nüssbaum. Sale de Baviera, aunque vuelve unas semanas después, disfrazada de hombre. Desde su escondite le escribe una carta al rey y éste le contesta mandándole dos policías que la expulsan de nuevo.

Nos queda el consuelo de que al rey Luigi Vendeculos nada le sirvió para salvar sus propias posaderas. Con Lola Montes fuera de juego, el 2 de marzo los revolucionarios le montan otra promenade al señor rey el cual, con fecha 21 del dicho mes, abdica a favor de su hijo Maximiliano.



Los reyes, siempre tan amigos de sus amigos.