martes, julio 10, 2007

ANV, en sus inicios

Hace ahora un año, nadie o casi nadie, sobre todo en España pero fuera del País Vasco, tenía ni idea de a qué respondían las siglas ANV y el nombre de Acción Nacionalista Vasca. Rápidamente, sin embargo, ANV ha saltado a la primera línea de la discusión política, sobre todo por haber sido señalada como el reducto en el que los miembros de Batasuna, organización política ilegal, se refugiaron para sortear dicha ilegalidad durante las pasadas elecciones municipales celebradas en España.

ANV, sin embargo, tiene, como se han preocupado de recordar muchas personas en los últimos tiempos, una larga historia. Todo parece indicar, de hecho, que, a despecho de discusiones más precisas en torno a la legalidad de sus candidatos, lo que parece estar muy claro es la enorme distancia existente entre su nacimiento y su presente. Hoy quiero dedicar estas líneas a contaros lo que sé sobre aquél.

ANV nació el 30 de noviembre de 1930, con el denominado manifiesto de San Andrés. Lo primero que hay que entender es ese tiempo. En noviembre de 1930, hace poco menos de un año que la dictadura del general Primo de Rivera ha quedado herida de muerte con el cese del general, a principios de año, y el nombramiento al frente del gobierno del general Dámaso Berenguer, el cual creyó, inocentemente, que podría encauzar la monarquía en su beneficio, cuando lo que había en ese momento en España era una marea republicana que se demostró imparable. No hace muchas semanas del manifesto se han reunido en San Sebastián diversas fuerzas de izquierdas y nacionalistas para llegar a un acuerdo, el Pacto de San Sebastián, de donde ha salido hasta el futuro gabinete republicano. España huele a República y, más concretamente, Cataluña, el País Vasco y Galicia huelen a algún tipo de autonomía. Todos los partidos nacionalistas ven llegado el momento de que sus aspiraciones sean tenidas en cuenta.

El País Vasco, sin embargo, tiene un problema bastante grave. Los orígenes más directos del nacionalismo vasco están en el foralismo, es decir la defensa de los fueros y las leyes viejas que otorgan privilegios a los denominados territorios históricos. El foralismo es un movimiento distinto, por ejemplo, del nacionalismo catalán, que tiene otra naturaleza; y ha sido tradicionalmente defendido, en el País Vasco, por fuerzas sociales de corte muy conservador, íntimamente ligadas a la Iglesia católica. Como resultado, cuando la situación madura o parece madurar para los nacionalismos inscritos en España, el vasco es un nacionalismo que defienden, en exclusiva, fuerzas de derecha, presididas por el ideario de Sabino Arana, de quien se pueden decir muchas cosas, pero que era un enamorado del igualitarismo no es una de ellas. De hecho, la izquierda obrerista vasca, cuyo nacimiento y crecimiento eran lógicos teniendo en cuenta que el País Vasco era una de las dos grandes áreas industriales de España, se desarrolló a espaldas del nacionalismo y, de hecho, demostrando una amplia desconfianza hacia el mismo dado su carácter reaccionario.

Prueba de ello es que de la principal líder obrerista crecida en parte en el País Vasco, Dolores Ibárruri Pasionaria, pocos testimonios autonomistas, menos aún independentistas, se conservan. Y de la otra gran figura del obrerismo vasco, Indalecio Prieto (nacido en Asturias, pero bilbaíno de adopción), los testimonios españolistas son legión.

En 1930, por lo tanto, nacionalismo vasco significa sabinismo de tintes reaccionarios y, sobre todo, confesionales; los diputados vascos presentarán dura pelea durante los debates de la Constitución republicana de 1931 a cuenta del laicismo del Estado. El PNV es la ya fuerza claramente hegemónica de esta tendencia, aunque en compañía de algunos grupos sindicales (Solidaridad de Obreros Vascos, hoy existente) y de otro corte, como la Federación de Mendigoizales, una especie de montañeros que desde principios de siglo realizaban excursiones dedicadas, además de a excursionar, a difundir el ideario de Don Sabino. En los tiempos de la República, cuando el PNV se vuelve posibilista y acepta la vía de un estatuto de autonomía que será aprobado ya en plena guerra, los nacionalistas independentistas se escindirán en un grupo llamado Jagi-Jagi, aunque con escasa fuerza (aunque esto de que tenían escasa fuerza lo he leído en un escrito del PNV, los hechos parecen darles la razón).

Los tiempos han acabado por demostrar, sin embargo, que izquierda y nacionalismo no necesariamente están enfrentados. Lo cual viene a significar que se puede ser nacionalista sin ser por ello un burgués y, al tiempo, que el significado de la izquierda ha cambiado mucho durante el siglo XX, pues, ciertamente, cuando ser socialista era sostener una ideología internacionalista, ello venía a suponer que un socialista de La Coruña se debía sentir más hermano de un obrero indonesio que de su vecino sastre lucense. En 1930, sin embargo, eso de que desde la izquierda se asumiese el nacionalismo vasco era como pensar que Joan Laporta vaya a sacar un DVD bailando chotis. Y éste, precisamente, es el espacio que intentó ocupar, tímidamente, ANV.

ANV nace, fundamentalmente, de personas escindidas del PNV. Lo cual no es ninguna novedad, pues todo nuevo nacionalismo vasco, en aquella época, debe surgir de ahí. Su programa, expresado en el manifiesto de San Andrés, es más bien liberal y de clase media, aunque rápidamente definirá como su labor el lograr una entente entre el nacionalismo y las izquierdas vascas. Lo que ocurre es que esta tentativa quedó definida en una asamblea de ANV celebrada en Bilbao, tras una serie de reuniones en los ayuntamientos donde tenía presencia, que se celebró en 1936. La guerra cortó de cuajo estos intentos. Los indicios hacen sospechar, en todo caso, que el inicio de la guerra no sólo cercenó la labor de ANV, sino que la libró de una triste escisión. Algunos de los nombres más importantes en la formación de este partido, como Justo Gárate, o el abogado Luis Urrengoechea, Anacleto Ortueta, Luis Areitioaurtena, Tomás Bilbao o Andrés Resca, eran personajes de corte burgués liberal que no se encontraron nada cómodos con la deriva del partido, motivo por el cual el enfrentamiento bélico les pilló a muchos poniendo tierra política de por medio. Según las referencias que he leído, en aquel entonces la principal implantación de ANV se daba en Baracaldo.

Una clara definición del acercamiento que ANV quería hacer con las izquierdas fue su encuadramiento en el Frente Popular. Esta decisión no fue comprendida por el PNV, que consideraba que el nacionalismo vasco que se integrase en el Frente Popular pecaba de falta de patriotismo; e incluso por algunos militares de ANV, ya que, al parecer, militamtes de este partido habían resultado muertos a manos de socialistas (un correligionario asesinado en Baracaldo que habría denunciado, antes de morir, a su agresor, así como otro asesinado por la espalda en una romería en Santurce).

Al comenzar la guerra, ANV formó cuatro batallones, dato éste que nos tiene que dar la muestra de su relativa importancia, puesto que, si hemos de creer a dirigentes de aquel momento como Luís Ruiz de Aguirre, para entrar en los batallones de ANV se exigía ser militante (además de razonablemente joven, claro). Otra prueba de que era una fuerza respetada es que formó parte de la caótica Junta de Defensa de Guipúzcoa, que fracasó rápidamente en su misión de impedir el avance de las tropas franquistas (mejor dicho: molistas) desde Navarra. Lo cierto es que esta junta era el Patio de Monipodio, con escasísima presencia de militares profesionales capaces de organizar la resistencia (amén de la sospecha, que existe siempre con las fuerzas republicanas al inicio de la guerra, de que de haber existido militares en buen número, tampoco les habrían dejado las fuerzas políticas mandar).



Con excesiva rapidez, pero de una forma lógica porque en ese momento la guerra en el País Vasco consiste en un ejército organizado peleando contra batallones de amateurs, la República pierde Irún, lo cual quiere decir que se queda sorda y ciega respecto de Francia, es decir sin capacidad de obtener recursos, legales o clandestinos, por la frontera. En el repliegue táctico, las fuerzas nacionalistas, los gudaris o patriotas vascos, se concentran en Azpeitia (aunque manteniendo la diferencias, es decir PNV y ANV por separado) y comienzan a organizar batallones razonablemente estructurados. Sin embargo, para entonces San Sebastián está perdida.

Tres meses después de empezada la guerra, ANV controla unos 5.000 gudaris. Sin embargo, por lo que he podido saber nunca actuaron unidos, como un pequeño ejército. Más bien, se organizaban en pequeños grupos que actuaban en diversos puntos de lo que en ese momento ya se puede denominar, con claridad, una retirada. El caos, no obstante, quedará muy matizado a partir del 7 de octubre de 1936, fecha histórica para el nacionalismo vasco en la que se crea el gobierno vasco, es decir una autoridad que todos, y notablemente los gudaris, reconocen y obedecen. Un aspecto que yo creo que aún no se ha investigado a fondo es el de la relación entre el gobierno vasco y el gobierno de Madrid desde el punto de vista militar. Porque, por un lado, los vascos se quejan amargamente, en sus testimonios, de que Madrid los dejó en pelotas, sin aviación, sin marina de guerra con que defenderse de la que se les venía encima. Por su parte, los testimonios desde Madrid no niegan la mayor (que el País Vasco nunca recibió los cazas que necesitaba para evitar que los franquistas y la Legión Cóndor los bombardeasen impunemente), pero aseveran que fue completamente imposible esa ayuda (según Julián Zugazagoitia, Prieto intentó «todo lo humanamente posible» para suministrar los aviones); y, sobre todo, contraatacan acusando a los vascos de una notable miopía bélica.

Seguimos aquí a Zugazagoitia, quien en la primavera de 1937 se desplazó a Bilbao y vivió de primera mano el cruel cerco de la ciudad. El gobierno de Madrid había encargado al general Llano de la Encomienda la dirección del ejército del Norte pero, según nos cuenta Zuga en sus memorias, ante él se quejó amargamente de que allí nadie le hacía ni puto caso. Las palabras que pone en boca de Llano son, pensando en un país en guerra civil, abracadabrantes:

«- Esa negativa a recibirlos [se refiere al traslado de batallones asturianos y santanderinos para la defensa de Bilbao] se fundaba en el deseo de los nacionalistas de ser ellos solos quienes defendiesen su país. Lo han dicho concretamente: Iremos con mucho gusto en ayuda de Asturias y de quien nos necesite. Pero aspiramos a ser nosotros solos quienes defendamos Euzkadi

Es decir: el gobierno vasco, sintiéndose el único gobierno de su territorio, se habría obstinado, según estos testimonios, en no permitir que soldados extranjeros defendiesen su suelo. Querían defenderlo solos. Y, claro, lo perdieron.

Según los líderes de entonces de ANV, los gudaris de este partido no desecharon ninguna acción bélica. Estuvieron en la acción de Villarreal, en Marquina, en Kalamúa, en Sollube, en Bizcargi, en la famosa Cota 333, en Gorbea, en Orduña; y también en Asturias, adonde acudieron ante el peligro de derrumbamiento republicano y donde hubo unidades que perdieron hasta un tercio de sus efectivos (eso sí: al socialista asturiano Juan Antonio Cabezas, en su libro Asturias, catorce meses de guerra civil, se le «escapa» un comentario sobre la decepcionante actuación de los batallones vascos en las luchas del Principado). Algunas fuentes, en todo caso, hablan de que los batallones de ANV habrían perdido hasta un 50% de sus efectivos en la guerra, lo cual es una pasada y una más que probable exageración; pero lo que sí es, probablemente, cierto, es que la masacre bélica anuló el futuro de la formación como partido político.

No parece que ANV tuviese ya una participación muy relevante en los dos hechos de la guerra en el País Vasco que permanecen, en gran parte, en el misterio de la Historia. El primero es la pregunta de por qué Bilbao fue finalmente tomada por los franquistas sin que las tropas en retirada quemasen una sola fábrica, una sola infraestructura económica de la ciudad, cuando algunos testimonios hablan de que había órdenes de hacer política de tierra quemada. ¿Huida precipitada, imposibilidad práctica o pacto con la oligarquía económica vizcaína?

La segunda gran pregunta es el Pacto de Santoña. Pero es que el Pacto de Santoña da, por si solo, para un post.