viernes, abril 18, 2008

Las guerras púnicas (1)

Lo prometido es deuda. Aquí tenéis el primero de una serie de dos artículos de Tiburcio sobre las guerras púnicas. Yo creo que ha sido muy acertado por su parte escoger este tema. Las guerras púnicas son uno de esos hechos históricos de cuya existencia todo el mundo tiene noticia, pero de los que en realidad se desconoce todo o casi todo. Tiburcio tiene la tesis, muy acertada por lo demás, de que dicho conocimiento es importante porque la guerra entre Roma y Cartago tuvo, de hecho, una importancia crucial para la Antigüedad de Occidente, es decir para nosotros.





Aquí os dejo con él.




En mi opinión, el momento clave de la Antigüedad fueron las guerras púnicas. Fue entonces cuando se decidió si el Mediterráneo sería un lago romano o un imperio comercial cartaginés. Mi apuesta es que si los cartagineses hubiesen ganado las guerras púnicas, Cartago habría establecido una soberanía bastante laxa sobre el Mediterráneo occidental, en la que lo comercial habría tenido bastante importancia. El púnico habría sido la lingua franca y posiblemente los galos habrían tenido la oportunidad de crear estructuras políticas más sólidas y jugar en Europa el papel relevante que hacia el 300 a.C. parecía que estaban llamados a jugar. No creo que los cartagineses se hubiesen metido en muchos líos militares en el Mediterráneo oriental, donde los reinos helenísticos habrían seguido con su deporte favorito: darse capones mutuos.

La I guerra púnica fue como una manzana en un árbol: tenía que caer. A comienzos del siglo III a.C. era sólo cuestión de tiempo que un romano le dijera a un cartaginés, o viceversa: «Forastero, este mar es demasiado pequeño para los dos.» Cartago y Roma habían tenido relaciones pacíficas durante dos siglos e incluso habían sido aliadas contra Pirro el epirota. Sin embargo, los cartagineses no se fiaban y la expansión de Roma por la península italiana les daba mal yuyu y con razón.

El desencadenante de la I guerra púnica fueron los mamertinos. Los mamertinos eran un grupo de mercenarios itálicos que se habían adueñado del puerto de Messana, que domina el estrecho entre Sicilia y la península itálica. Harto de sus correrías, Hierón de Siracusa (la gran potencia rival de Cartago en la isla) les atacó y derrotó. Los mamertinos decidieron llamar al primo de Zumosol, pero resultó que había dos primos de Zumosol a mano, los cartagineses y los romanos. Los partidarios de los cartagineses se adelantaron y pronto hubo una guarnición púnica en la ciudad, que hizo que Hierón mirase hacia otro lado; sabía que no era rival para Cartago. Lo de tener un señorito que te controle jode, sobre todo cuando llevas varios años haciendo lo que te da la gana. Los mamertinos enviaron una embajada a los romanos para pedirles que les libraran de los cartagineses.

Parece que en el senado romano hubo una discusión muy enconada sobre si se debía ayudarlos o no. Esto indicaría que los senadores eran conscientes de que ayudar a los mamertinos suponía romper el tratado de paz con Cartago, al inmiscuirse en su esfera de influencia, e implicaba el riesgo de una guerra. El senado decidió que fueran las asambleas populares las que tomasen la decisión. Yo veo en esto una añagaza del partido belicista: siempre sería más fácil inflamar a las masas y llevarlas a votar en favor de la guerra. Y eso fue lo que ocurrió: las asambleas votaron por ayudar a los mamertinos.

He leído en algún libro que los romanos posiblemente no pensasen que su acción fuese a desencadenar la guerra. Lo dudo mucho. Los cartagineses no tenían más que ver cómo Roma se había ido expandiendo por la península itálica para entender que si hoy les dejaban que se metieran en Messana, mañana les ocuparían toda la isla. Lo que es cierto es que desde un punto de vista estratégico los romanos hicieron una machada, o una insensatez. Ellos, que no tenían barcos, establecían una cabeza puente en una isla, frente a una potencia naval. La receta para un desastre.Y sin embargo no hubo desastre. Los cartagineses eran un pueblo de comerciantes, no de guerreros. Una buena parte de su ejército la componían mercenarios, sobre cuya fiabilidad y eficacia se podría hablar mucho. Quitando a la familia de los Barca, que debían estar dotados de un gen marcial muy peculiar, los generales cartagineses no destacaban por su destreza. De alguna manera, durante los tres primeros años de la guerra los romanos no pararon de dar tortas a los cartagineses, pero todas eran tortas terrestres. Mientras no les derrotasen en el mar, serían incapaces de apoderarse de la costa y cada victoria terrestre sería contrarrestada por algún contragolpe marítimo cartaginés a sus espaldas.

Así, un pueblo terrestre como los romanos, que le tenía tanto pavor al agua que hasta cuando la bebía la mezclaba con vino, se lanzó a la tarea de construir una flota, empleando el know-how de los griegos de la Magna Grecia. Para contrarrestar la superior pericia naval de los cartagineses, los romanos inventaron el corvus, unas pasarelas de abordaje que enganchaban al barco enemigo y le impedían maniobrar, transformando el encuentro naval en uno más parecido al terrestre. Debió de ser una desagradable sorpresa para los cartagineses ver cómo en 260 una flota de 145 barcos romanos derrotaba a una suya de 130, de los que casi la mitad terminó en el fondo del mar.

Cuatro años de guerra marítimo-terrestre en el área de Sicilia condujeron a un estancamiento. Los romanos podían competir con los cartagineses en el mar, pero no lo suficiente como para aislar sus posesiones en el oeste de la isla y forzar a su rendición. Nuevamente los romanos tuvieron otra idea genial: si no conseguimos derrotarles decisivamente en Sicilia, llevemos la guerra a su casa, a África. Pensemos en la osadía de la empresa: gente que hacía cinco años no sabía ni nadar, iba a armar 330 galeras y montar en ellas a 15.000 legionarios y 500 jinetes para desembarcarlos al otro lado del mar, en el patio trasero de su enemigo. Echando sal a la herida, en el camino se cepillaron a una flota cartaginesa de un tamaño similar, a la que hundieron 30 barcos y capturaron otros 64. Pero ahí se terminó la suerte de los romanos. Cartago no se rindió, aunque ganas no le faltaron y tal vez lo hubiese hecho si Regulus, el comandante romano, le hubiese ofrecido mejores condiciones. Pero cuando te dicen «me darás todo lo que tienes y además abrirás la boca cuando esté fumando por si no encuentro un cenicero», te dices: «Pues para eso, sigo luchando a ver si…» Y ocurrió que «si». Los cartagineses recibieron a un general espartano, Xanthipo, que llegó con un número apreciable de mercenarios griegos y mostró a los romanos que también había otros pueblos en el Mediterráneo que sabían dar capones. Sólo 2.000 romanos lograron volver a Roma. Para redondear el desastre, una flota de 350 navíos que había acudido a África para rescatar a los supervivientes, en el camino fue azotada por una tormenta y sólo quedaron 80 barcos.

Cualquier otro pueblo de la Antigüedad habría tirado la toalla en ese momento y habría dicho a los cartagineses: «Quedémonos como estamos, yo con el este de la isla y tú con el oeste». Pero, como decía Obélix: «Están locos estos romanos». Siguieron la guerra con más ganas.

En 254 ya habían construido 220 nuevos navíos y levantado dos ejércitos que soltaron en Sicilia. Eso es vocación. En la campaña de ese año, les dieron varios buenos capones a los cartagineses y les relegaron al occidente de la isla. A los romanos el apetito se les abría comiendo, ¡y de qué manera! En 253 lanzaron una nueva operación osada: hacer raids por toda la costa de Libia para incitar a los nativos a que se revolviesen contra los cartagineses. La pasada volvió a saldarse con un nuevo desastre: una tormenta se cepilló a 150 de los 200 barcos romanos. Ni las pateras tienen tan mala suerte.

Tras el 253 la guerra empieza a parecerse a un combate de boxeo entre dos púgiles groguis, en el que ninguno alcanza ya a noquear al adversario. Los sucesivos desastres navales (aún hubo más en los años sucesivos) quitaron a los romanos la ventaja que habían conseguido en el mar y permitieron a los cartagineses reforzar las comunicaciones que mantenían entre Cartago y Sicilia. Pero en tierra los cartagineses eran incapaces de vencer a los romanos. El intento más serio que llevaron a cabo en estos años se saldó con una derrota épica ante Panormo de su ejército de 20.000 hombres. Tras Panormo, los cartagineses, menos obstinados que los romanos, bajaron la intensidad del conflicto. Se conformaban con mantener sus dos últimas posesiones en Sicilia, Drepana y Lilibeo, mientras hostigaban un poco a los romanos, y con reforzar sus posiciones en el norte de África.

Los romanos, inasequibles al desaliento, en 243 lanzan un nuevo órdago a grande y ya he perdido la cuenta de los que llevaban echados en esta guerra. Construyeron una nueva flota y con ella se dispusieron a cortar las comunicaciones entre Sicilia y Cartago. En 241 esa flota consiguió destruir a la flota cartaginesa que llevaba suministros a las tropas en Sicilia en las islas Égatas.
La élite cartaginesa decidió que demasiado era demasiado. Llevaban 22 años desangrándose en Sicilia y tenían su comercio abandonado. Las dos plazas que les quedaban en la isla ya no tenían valor económico si el resto de la isla se había perdido. La guerra de Sicilia había sido una inversión ruinosa y más valía retirarse y recortar gastos.

Los romanos les hicieron pagar lo mal que se lo habían hecho pasar: no sólo tuvieron que entregar sus últimas posesiones sicilianas; también tuvieron que dar una indemnización de 3.200 talentos de plata a pagar en diez años y devolver sin contraprestación a los prisioneros de guerra. Y en el colmo de la desfachatez, aprovecharon la revuelta de los mercenarios cartagineses que siguió al fin de las hostilidades para apoderarse de Cerdeña e imponer una nueva indemnización de 1.200 talentos a los cartagineses si no querían que les volviesen a dar capones. Y luego se extrañarían los romanos de que Aníbal les tuviese tantas ganas.