Primera
Segunda
Tercera
El segundo concilio de Nicea, será el que deba enfrentarse, como decía, con el problema de la iconoclastia. En realidad, los iconoclastas son una consecuencia de la impregnación entre religiones. Tanto los judíos como los musulmanes son contrarios al culto a las imágenes y, de hecho, el Antiguo Testamento no es muy partidario (véase Éxodo, XX, 4). A los iconoclastas les preocupaba que la creciente querencia del catolicismo por las imágenes, a base de multiplicar vírgenes, santos y celebraciones, debilitaba al catolicismo a la hora de conseguir prosélitos entre las personas nacidas en otras creencias. El emperador León III dió un paso hacia la prohibición de las imágenes, pero la lentitud en la retirada de las imágenes llevó a los emperadores bizantinos a decidir acelerar un poco las cosas. El clímax iconoclasta se alcanzó el día que los iconoclastas, por sí mismos o quizá debidamente teledirigidos, derribaron una imagen de Jesús de Nazaret que coronaba el palacio imperial.
El patriarca de Constantinopla, Germán, protestó contra estos actos y defendió el uso de imágenes en el culto católico. La respuesta de los constantinopolitanos fue deponerle para colocar en su lugar al iconoclasta Anastasio. El año 729, Germán se fue con el cuento al Papa Gregorio II.
El siguiente Papa Gregorio, el III, celebró un sínodo en el 731, donde amenazó con excluir de los sacramentos a todo aquel que destruyese una imagen. El sucesor del emperador León III, Constantino V, llamado El Coprónimo, intensificó la violencia iconoclasta. Convocó un concilio en Hiería sin el concurso del Papa. En este conciliábulo reunió a 338 obispos, todos iconoclastas, dirigidos por Gregorio de Neocesarea. Anatematizaron a Germán de Constantinopla, Jorge de Chipre y Juan Damasceno por defender el culto de las imágenes.
El siguiente emperador, León IV, siguió con la política iconoclasta, aunque no sin tantas violencias. Pero tenía el problema en casa. Su mujer, la emperatriz Irene, era secreta defensora de las imágenes, hasta el punto que su marido llegó a descubrirla en sus habitaciones privadas practicando el culto a las mismas. Sin embargo, Irene jugaba con la ventaja que las mujeres suelen tener siempre en materia de esperanza de vida; así, León la acabó palmando antes que ella, dejándole la corona a un niño de diez años, Constantino VI. La emperatriz, ni corta ni perezosa, restableció el culto a las imágenes y pactó con el Papa, Adriano I, la celebración de un concilio. Este segundo concilio de Nicea se abrió el 24 de septiembre del 787, bajo la presidencia del patriarca Tarasio de Constantinopla.
El concilio sirvió para condenar definitivamente la iconoclastia, aunque, teniendo en cuenta que los enemigos de las imágenes eran un huevo, intentó fórmulas de acercamiento para que no se cabreasen mucho, fórmulas que de hecho han permanecido en el tiempo. Por ejemplo, una de las cosas que Nicea pasó de defender eran las imágenes representando la Trinidad, entonces muy en boga, en las que el Padre aparecía como un anciano, el Hijo como alguien más joven y el Espíritu Santo como la famosa paloma. No es una iconografía demasiado extendida, y ello es así, en parte, por aquel intento de transacción. Dicen las conclusiones del concilio que “se debe dar a estas imágenes la salutación y la adoración e honor, pero no el culto de latría [de ahí la ido-latría], que sólo conviene a la Naturaleza Divina”. Viendo las cosas que hacen los almonteños con la reja y tal, da que pensar que las normas de Nicea no se cumplen demasiado.
Estas conclusiones, además, vivirían otra peripecia que dio para un montón de problemas. Enviadas las actas a Roma originalmente escritas en griego, el Papa dio orden de que se tradujesen al latín y fuesen remitidas al nuevo poder emergente en Europa, que era el emperador Carlomagno. El traductor la cagó y, en lugar de la palabra adecuada que era veneración (de las imágenes), utilizó la palabra adoración. Como consecuencia, durante varios años la iglesia francesa anduvo a hostias con Roma por considerar que el concilio de Nicea obligaba a los católicos a adorar las imágenes.
De todas formas, una cosa quedó clara en Nicea y permanece en el momento presente: el pacto entre el Papado y los poderes políticos de Occidente. Hasta esos días, el gran apoyo del pontífice había sido el emperador constantinopolitano; pero con el surgimiento de Carlomagno, es decir el poder centroeuropeo redivivo, el Vaticano cambió de amiguito, lo cual no sentó nada bien a los emperadores bizantinos, los cuales, poco a poco, fueron alejándose y creando eso que conocemos como cisma de Oriente.
El día de la Epifanía del 857, el patriarca Ignacio de Constantinopla celebraba una misa a la que asistía Bardas, el regente que gobernaba durante la minoría de edad del emperador, su sobrino Miguel III, conocido por la Historia con el nada equívoco sobrenombre de El Beodo. Por razones de moralidad, Ignacio se negó a dar la comunión a Bardas, por lo que el regente se encabronó y lo cesó. Nombró patriarca a Focio, que es, a mi modo de ver, el caso más supersónico de santidad de la Historia: en seis días pasó de seglar mediopensionista a superobispo de una de las dos o tres mayores sedes apostólicas del mundo.
La reacción de Roma era de esperar. Sintiéndose fuerte ahora que tenía alianzas con el nuevo poder Europeo, se puso del lado de Ignacio y lo declaró único y legítimo patriarca de Constantinopla. La respuesta de Focio fue excomulgar al Papa Nicolás I. Apoyándose en argumentos demográficos, Focio lanzó la idea de que Roma debería dejar se ser la sede central del catolicismo en favor de Constantinopla, ya que, desde la conversión de los búlgaros, el catolicismo era más fuerte en el Este que en el Oeste de Europa. Además, acusó a los latinos de herejes, por defender la idea de que el Espíritu Santo no sólo procede del Padre, sino también del Hijo. Como se puede ver, este teológico tridente siempre ha dado para mucho en las polémicas.
El Beodo fue asesinado en el año 867, siendo sustituido por Basilio el Macedonio, el cual cambió completamente el tono del enfrentamiento. Recluyó a Focio en un monasterio y restituyó a Ignacio. Ambos por su cuenta se dirigieron a Roma para solicitar apoyo. Así que, finalmente, el Papa Adriano II tuvo que convocar un concilio, el IV de Constantinopla, que comenzó el 5 de octubre del 869. Dicho concilio excomulgó a Focio y creyó enterradas todas las indisciplinas de la iglesia oriental.
Este cuarto concilio de Constantinopla es el último celebrado en Oriente. El último de las discusiones bizantinas. Para entonces, la Edad Media llamaba a la puerta, y el mundo cambiaba. El resto de los concilios ecuménicos se ha celebrado en Occidente, lo cual ha alejado progresivamente a los llamados católicos y a los llamados ortodoxos. Es un proceso quizá menos visible porque los problemas de la Iglesia católica, en los siglos siguientes, serán muchos, pero ya no vendrán de Oriente, sino de cosas como la herejía albigense y, sobre todo, el protestantismo.
A Juan XXIII le preocupaba mucho la desunión de los católicos y hay quien quiere ver en el último concilio, el Vaticano II, un intento de acercamiento. No obstante, como habéis podido leer, hay por medio siglos de leches.
Por de pronto, cambiamos de tema para no aburrir en exceso. Pero queda pendiente hablar de muchos concilios, y de muchas discusiones, aunque ya no bizantinas.
Pues si. Tras un largo camino de siglos, la Iglesia católica parecía haber llegado a un acuerdo en que Dios y su hijo eran dos naturalezas sin confusión ni cambio, división o separación; es decir que habían llegado a un acuerdo sobre sabe Dios qué (y nunca mejor dicho).
Sin embargo, la paz estaba lejos de llegar al terreno de la discusión religiosa. En los siglos subsiguientes, se dejó de discutir sobre las naturalezas de Cristo y se pasó a dar hostias por la cuestión de las voluntades que, como espero demostraros pronto, da para mucho.
En el siglo V, el famoso emperador Justiniano vino a alimentar la hoguera de las leches entre teólogos con la publicación del libro denominado de los Tres Capítulos, en el que, entre otras cosas, incluía extractos de las obras de Teodoreto de Mopsuesta, doctrinario que fue de los nestorianos, que eran contrarios al monofisismo.
Los monofisistas estaban fuera de la Iglesia desde el follón de Eutiques, entre otras cosas porque consideraban a Roma excesivamente blanda con el nestorianismo. Ofrecieron a Justiniano el retorno monofisista a la Iglesia a cambio de la condena explícita de los nestorianos por el Papa Virgilio; pero éste declinó la idea, buscando que no hubiese follón.
Justiniano, sin embargo, hizo la guerra por su cuenta. A causa sobre todo de cómo le comió la oreja el obispo de Cesarea, Teodoro Askidas, publicó un decreto condenando a los nestorianos. Los obispos de Oriente firmaron todos como un solo hombre; debían obediencia al Papa, ciertamente. Pero Justiniano, sus ejércitos y sus comisarías estaban más cerca. Cuando el Papa de Roma se enteró de que el emperador había conseguido firmas que sólo podía autorizar él montó en cólera, desposeyó al patriarca de Constantinopla Mennas, que también había firmado, y generó una división de hecho entre iglesia de oriente y de occidente. En realidad, estaba echando un pulso con Justiniano, o Justiniano con él, pues ambos sabían bien que el decreto venía a cagarse y mearse sobre la autoridad del Concilio de Calcedonia, que había admitido en el seno de la Iglesia a dos nestorianos, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa, que ahora resultaban condenados.
Justiniano no se lo pensó dos veces. Llevó sus ejércitos a Roma y allí, el 22 de noviembre del año 545, pilló al Papa diciendo misa en Santa Cecilia del Trastevere y lo sacó de Roma a la fuerza. En sus inicios, Virgilio no dio su brazo a torcer; sabía que, si lo hacía, era como admitir que el que mandaba en la Iglesia era Justiniano, y no él. Pero al final acabó dándole la razón.
La decisión del Papa provocó la rebelión de la Iglesia occidental, para la cual Justiniano no era tan poderoso. Un sínodo de obispos africanos retiró la comunión católica a Virgilio, o sea el Papa; a bien quién es el chichi que se atreve hoy a hacerle eso al Ratzinger. El Papa negoció entonces con Justiniano una pequeña patada a seguir, es decir dejarlo todo pendiente hasta un nuevo concilio.
A pesar del pacto, Justiniano fue a lo suyo y publicó un nuevo decreto condenatorio de los nestorianos. Como quiera que el Papa amenazó con echar de la Iglesia a quien se adhiriese al decerto, Justiniano se fue a por él, motivo por el cual el pontífice hubo de huir de Constantinopla a Calcedonia, desde donde excomulgó al equipo teológico habitual de Justiniano (Teodoro Askidas y Mennas) y logró suficientes adhesiones obispales como para acojonar a Justiniano, quien finalmente volvió grupas y le pidió perdón.
Fruto de este frágil acuerdo fue el concilio II de Constantinopla, abierto por Justiniano y al cual el Papa no asistió por si las flies. El concilio condenó a los nestorianos, pero el Papa, desde Roma, se negó a que Teodoreto pudiera ser condenado, motivo por el cual Justiniano se cabreó de nuevo y volvió a desterrar a Virgilio. Lo tuvo en el maco hasta que torció el brazo y condenó a los nestorianos.
El concilio III de Constantinopla, que viene después, es el producto de que los obispos católicos orientales empezasen a notar en la nuca el aliento del mahometanismo, cada vez más en boga. Buscando fortalecer a la Iglesia frente a la nueva amenaza, el patriarca Sergio de Constantinopla trató de elaborar una teoría comprensiva del monofisismo y el catolicismo ortodoxo. En una finta realmente gallega, la teoría de Sergio daba la razón a los católicos al afirmar que en Cristo había dos naturalezas; pero, al mismo tiempo, se la daba a los monofisistas al aseverar que era una sola su voluntad. Es lo que se llama monotelismo. La cosa surgió su efecto: los monofisistas se pasaron en masa al monotelismo y, con ello, el emperador Heraclio tuvo lo que buscaba, que era una Iglesia más unida, o sea más fuerte frente a Mahoma.
La Iglesia católica, con tanto monasterio y tanto lugar de reflexión y oración, siempre tiene la capacidad de alumbrar algún tocanarices que le acaba encontrando problemas a las soluciones. En este caso, se trata de dos monjes, Sofronio y Máximo. Estos dos monjes rechazaban la piedra angular del monotelismo, según la cual era necesario admitir una sola voluntad en Cristo pues, de tener dos, entrarían en conflicto. Los monjes sostenían que, si la existencia de dos naturalezas no provocaba dicho conflicto, no tenía por qué provocarla la existencia de dos voluntades. Además, afirmaban que en Cristo tenía que existir la voluntad humana, y no sólo la divina, pues de otra forma no existiría su libre sometimiento a la voluntad divina (eso de Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu).
Sofronio acabó siendo elegido obispo de Jerusalén, desde donde envió un mensajero a Roma para explicarle al Papa Honorio I que el monotelismo oriental, que el pontífice creía inofensivo, era en realidad una herejía. Como respuesta, Honorio dictó una carta de ésas que tan bien se entienden: «dos naturalezas operando lo que les es propio, sin confusión, sin separación y sin cambio». Ole con ole y ole.
La intención de Honorio era que no se discutiese demasiado la cuestión para no andar dando por culo. Pero, a su muerte, el emperador Heraclio, para quien el apoyo monotelista era muy importante políticamente, dictó un decreto, la Ektesis, en el que claramente se ponía del bando monotelista. Ni este Heraclio ni su sucesor Constantino III, ni el siguiente Constante II, se bajaron de la burra de su decreto, por mucho que los diferentes papas que se sucedieron se lo pidiesen. Finalmente, el Papa Teodosio I se atrevió a deponer al patriarca de Constantinopla, Pablo, después de que éste le escribiese una carta que era algo así como un «sí, soy monotelista. ¿Pasa algo?»
En esta situación tan enfrentada, el depuesto Pablo convenció al emperador Constante de que publicase un nuevo decreto en el que se amenazaba con penas severas al que siquiera hablase sobre si hay una o dos voluntades en Cristo.
Un nuevo Papa, Martín I, celebró un concilio en Letrán en el que condenó el monotelismo y lanzó anatema contra todo el equipo monotelista, es decir los patriarcas Sergio, Pirro, Pablo, Ciro de Alejandría, etc. La respuesta del emperador fue imponer sus decretos en Italia por la fuerza e irse a por el Papa. El general Teodoro Galliopas persiguió al Papa a Letrán, donde lo detuvo y lo mandó a Naxos exiliado. Martín I moriría en ese destierro, bastante maltratado, razón por la cual hoy la Iglesia católica lo venera como mártir.
Por si no hubiese suficiente gente tocando los huevos, surgió otro doctrinario, Pedro de Constantinopla, quien, no sabemos si después de haberse tomado un tripi o qué, decidió resolver la cuestión proponiendo la teoría de que Cristo no tiene una ni dos voluntades, sino tres. Hay que ver la querencia que tiene la Iglesia católica de usar el número tres para explicarlo todo.
El Papa Vitaliano, más listo que los anteriores, ejercitó la paciencia. Se limitó a esperar a que Constante la espichara (fue asesinado en el 668) y, una vez producido el óbito, se dedicó a trabajarse al sucesor, Constantino Pogonato, al cual acabó arrancando la retirada de los famosos decretos.
El buen rollito entre papas y emperadores culmina en el III concilio de Constantinopla, convocado para unir las iglesias de oriente y occidente, siendo Papa Agatón. En sus sesiones se condenó el monotelismo.
Ya se había resuelto el problema de las voluntades. Pero aquella era de las discusiones bizantinas iba a dar para mucho. En la cola de los problemas estaban ya esperando unos tipos de los que seguro que alguna vez habéis oído hablar.
La próxima vez hablaremos, pues, de los iconoclastas.
Lamento no estar asomándome por esta ventana en estos días. Una contractura muscular en el brazo derecho tiene la culpa. Aún me quedan unos días de cabestrillo cuando no sea necesario escribir y eso. Pero, bueno, le robo unos minutos al relajo muscular para dejar estas líneas.
Los inicios de un negocio siempre son duros. Y el negocio de Dios no es una excepción. La Iglesia católica, a la que ahora vemos con una imagen más bien monolítica, dista mucho de haber tenido siempre la misma situación. Esto es especialmente cierto en sus primeros pasos o, mejor deberíamos decir, sus primeros pasos de poder. Como es bien sabido, la religión cristiana, a pesar de los leones en el circo y esas cosas, se expandió pronto y no tardó en demostrarle a los gobernantes sus enormes capacidades como galvanizadora. Una nación que, además de buenos reyes y un ejército molón, tuviese una religión nacional, era una nación enormemente cohesionada, capaz de mayores avances. Esto es lo que marcó el primer maridaje, siempre difícil, entre el poder temporal de la espada y el espiritual de la mitra.
Cada vez más, dominar la mitra se convirtió en un premio importante. La decadencia del imperio romano de Occidente, que como en un sistema de vasos comunicantes se correspondió con el florecimiento del de Oriente y de su capital, Constantinopla, vino a plantear nuevos elementos en la ecuación.
Es la época de las primeras discusiones bizantinas, expresión que se ha legado a nuestro idioma como sinónimo de perder el tiempo discutiendo chorradas. Las chorradas de las discusiones bizantinas, sin embargo, tenían todo un trasfondo de poder y de enfrentamiento sobre quién ha de mandar en Europa, lo que entonces era lo mismo que decir en el mundo.
En este post quiero hablaros de aquellos principios, los primeros siglos hasta la Edad Media, y las discusiones que se produjeron en aquellos momentos.
Un concilio ecuménico o perfecto es una reunión destinada a desarrollar cánones sobre fe, moral y costumbres, que sólo puede ser convocado por el Papa; los concilios imperfectos son aquellos convocados por cardenales, obispos o seglares (un rey, por ejemplo), en ocasiones muy extraordinarias, como por ejemplo nombrar un Papa (Papa que, por definición, si no está nombrado no puede convocar concilio, por lo cual éste no puede ser ecuménico). Un tercer tipo de concilio es aquél convocado subeptricia e ilegalmente por alguien para tocarle las narices al Santo Padre. Esto se denomina conciliábulo, palabra que también ha pasado a nuestra lengua común con parecido significado al original.
El primer concilio de la Iglesia católica es la reunión o asamblea de los apóstoles en Jerusalén, y que nos es relatada en los Hechos de los Apóstoles, XV, 1-32. Debió de ser en el año 50, es decir unos 17 después de la ejecución de Jesucristo, y coincidió con el regreso por parte de Pablo, el inspector de Hacienda que se dio el piñazo al caerse del caballo, de su primera tournée evangelizadora.
Hasta ese momento, la mayoría de los cristianos eran judíos, pues aquella era la tierra que los apóstoles se habían trabajado más. En aquel primer concilio ya hubo problemas doctrinales, pues se planteó el problema de si los gentiles, o sea nacidos fuera de la fe cristiana y no judíos, debían cumplir las leyes mosaicas al convertirse. Lo cual afectaba, entre otras cosas, a la circuncisión.
Es natural pensar que los gentiles hechos y derechos no se sintiesen muy tentados de hacerse cristianos si para ello se tenían que afeitar el rabo. Lo de los judíos es otra historia, porque ellos estaban circuncidados de serie, es decir, se les cortaba el prepucio siendo unos bebés, lo cual duele menos (o por lo menos se recuerda menos).
La asamblea de Jerusalén debió de ser movida pues, aún pasado el conflicto, y según nos cuenta el mismo Pablo en su epístola a los Gálatas, tuvo que recriminar a Pedro de Antioquia por volver a reclamar la circuncisión a los conversos. En todo caso, el concilio de Jerusalén consiguió dar el primer paso universal de la Iglesia, dictaminando que los nuevos cristianos gentiles no tenían que respetar la ley mosaica, salvo en tres cosas: no participar en banquetes sacrificales paganos, no comer carne de animales estrangulados, y no fornicar (entiéndase por fornicar jugar fuera de casa, o hacerlo con la mujer propia por fornicio, y no por poner un hijo a Su Servicio).
Dos de las tres condiciones han sido, por lo que sé, razonablemente cumplidas por los conversos.
Pasaron tres siglos, en los cuales la Iglesia prosperó claramente y fue adquiriendo diversas cuotas de poder. En el año 325 ya era lo suficientemente grande como para tener problemas. Y el problema llegó en forma de una cosa que los educandos de mi generación, o sea los que tuvimos que estudiarnos los reyes godos, conocemos por el asunto de Recaredo: el arrianismo.
El arrianismo es la primera herejía importante de la Iglesia católica. En términos temporales, quiere decir: la primera vez que alguien le dice al Papa: voy a montar un negocio como el tuyo en la calle de enfrente.
Los herejes premedievales, yo diría que en su totalidad, no son sino cristianos que se ponen a pensar. Y, pensando, llegan a conclusiones que, de alguna forma, ponen en peligro el monopolio doctrinal del Papa y de su iglesia. Arrio era un sacerdote que por lo visto hablaba que lo flipas y era, además, muy asceta (la mayor parte de los herejes han atacado siempre la autoridad de Roma por la vía de acercarse más al ideal de pobreza de Jesucristo; es lo que tiene vivir de coña).
El hábil Arrio se dio cuenta de que la Iglesia, probablemente porque para poder sustentar una superioridad intelectual hace falta que aquello sobre lo que se piensa sea complicado, había elaborado una serie de teorías que eran difíciles de tragar por parte de los mediopensionistas, que entonces, además, eran mayoritariamente analfabetos. A mucha gente le costaba entender eso de que Jesucristo hubiera sido hombre y dios a la vez, y no digamos eso de la Trinidad, que es, verdaderamente, un misterio.
Así que Arrio decidió explicar las cosas de otra manera. Según dijo, Cristo no era dios, sino que había sido adoptado por Dios. Era, pues, un hombre como cualquiera, sólo que Dios se guardaba de lo que debía hacer.
Un sínodo obispal celebrado en el 321 expulsó a Arrio de la Iglesia. Los arrianos fueron expulsados de Egipto, que era su stronghold. Encontraron amparo, sin embargo, bajo el ala de los obispos Eusebio de Cesarea y Eusebio de Nicomedia.
Así fue como se encontró la cosa el emperador Constantino, decidido a unificar el imperio bajo una sola creencia, lo cual le obligaba a unificar la creencia en sí. Fue un español, Osio de Córdoba, quien le sugirió la idea de convocar un concilio, el primero de los ecuménicos de Nicea.
En Nicea compareció Arrio, el cual expresó su visión de las cosas. Según él, sólo Dios es un ser eterno, sólo él no ha sido creado y es incomunicable (o sea, incomprensible por la mente humana). Consecuentemente, Jesucristo no nace de la sustancia de Dios, sino creado de la nada por él. Es, por lo tanto, un agente capaz del mal como del bien. Ciertamente, no es un hombre cualquiera, por poseer amplias condiciones virtuosas. No obstante, no puede ser llamado hijo de Dios, pues no nace de él.
El arrianismo se cargaba de un plumazo el misterio de la Trinidad, así como el de la Redención. Una burrada, vamos.
El concilio, dirigido por un tal Atanasio (casi todos los partidarios papales citados en este post son hoy santos; pero dado que el que escribe soy yo, no les he colocado la coletilla), condenó el arrianismo y sustantivó una doctrina que hoy, 1.700 años después, sigue ahí, en boca de mucha gente, cada domingo. Fue ahí, en efecto, donde se compuso el llamado Símbolo de Nicea, que a cualquier católico o ex católico le sonará, y que más o menos dice:
Creo en Jesucristo, hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos.
Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado y no creado, de la misma naturaleza que el padre
Muchos de vosotros habéis rezado estos versos o lo seguís haciendo. Quizás alguna vez os habréis preguntado qué quieren decir. Pues aquí lo tenéis: cada vez que los decís en la asamblea de los domingos, estáis diciendo: ¡chúpate ésa, Arrio! La clave son las expresiones «nacido del Padre», o sea, de naturaleza divina; y «engendrado y no creado», o sea que comparte con Dios la característica de no haber sido creado por nadie (nadie puede crear a Dios, pues es Dios quien crea).
Se dice que fue Osio el cordobés el que redactó este texto que tanto éxito ha tenido en el tiempo.
El primer concilio de Nicea, además de aprobar la excomunión de Melecio, un obispo que había hecho consagraciones a diestro y siniestro en los tiempos de Diocleciano para así conseguir clientes, también tomó una decisión que ha llegado hasta nuestros días: la celebración de la fiesta de Pascua, fijada para el equinoccio de la primavera, o sea el 21 de marzo, de forma que la Pascua se celebraría el domingo inmediato siguiente a la decimocuarta luna tras dicho día.
Lo que se dice facilito.
Pocas décadas más tarde, en el 381, hubo que convocar otro concilio, esta vez en Constantinopla, a causa de la aparición de una nueva herejía. Esta vez se debía a Apolinar, obispo de Laodicea, el cual, buscando argumentos contra el arrianismo, se había pasado de frenada y se había colocado él mismo más allá de la doctrina oficial.
Apolinar era neoplatónico y, como tal, admitía lo que se denominaba el principio tricotómico del alma humana. Este principio no sostiene, contra lo que pueda parecer, que el alma humana tiene predilección por tricotar. Sostiene que el cuerpo humano se compone de un alma sensitiva, un alma intelectual y lo que viene siendo el cuerpo material propiamente dicho. Apolinar sostenía que Jesucristo era hombre y Dios a la vez, sólo que, como hombre, carecía de alma intelectual, o sea no pensaba; pensaba por él su mitad divina.
La teoría está bien, es elegante, pero ponía a la Iglesia en los mismos problemas que el arrianismo. Si, como hombre, Jesucristo no pensaba, era imposible el misterio de la Redención; para poder redimirse como hombre (y luego redimir a la Humanidad con su sacrificio), Jesucristo tenía que pensar como hombre, no como dios, algo que Apolinar negaba. Por lo demás, si el Cristo hombre no tenía alma intelectual, no se encarnó propiamente en hombre, pues los hombres piensan (bueno, casi todos).
Así que el Papa Dámaso I (esto lo digo de memoria porque no lo encuentro en mis libros; pero juraría que era español) se puso de acuerdo con el emperador Teodosio I para convocar el concilio. Que el concilio fue movido nos lo dice el hecho de que, a la muerte repentina del presidente de las sesiones, Melecio de Antioquia, fue sustituido por una especie de usurpador, Máximo el Cínico, el cual fue asimismo destituido por Gregorio Nacianceno, el cual tuvo que dimitir por la oposición de los obispos egipcios y macedonios, motivo por el cual hubo que buscar a un seglar, Nectario, para que dirigiese los debates.
El concilio, finalmente, reaprobó el Símbolo de Nicea, con lo que quería presentar batalla tanto al apolinarismo como el llamado macedonismo, una secta que negaba la divinidad del Espíritu Santo. En defensa de este tercer miembro del team católico, se aprobó el Símbolo de San Epifanio, que también conocemos bien de la misa actual:
Creo en el Espíritu Santo,
señor y dador de vida,
procedente del Padre
adorado y glorificado con el Padre y el Hijo
y que habló con los profetas.
Cuando murió Apolinar, algunos de sus seguidores se apuntaron a una nueva teoría que habría de dar muchos quebraderos de cabeza a Roma: el monofisitismo.
Hemos de esperar hasta el año 431 para encontrar el nuevo pressing catch doctrinario, el concilio de Éfeso. Siendo Papa el primero que para ello eligió el nombre de Celestino, un presbítero de Constantinopla se subió un día a la tribuna y largó la teoría de que la virgen María no era madre de Dios. El patriarca de Constantinopla, Nestorio, lejos de darle siete cañetes al relapso, le apoyó, y sostuvo que la Iglesia erraba al llamar a María Theotocon, es decir madre de Dios; cuando meramente era Christotocon, madre de Cristo. Esta proposición venía a suscitar el problema de nuevo: según Nestorio, lo que salió de María fue un hombre, no un dios; hombre sobre el cual se posaría luego la divinidad, un poco como el Espíritu Santo sobre los apóstoles en los dibujos de mis evangelios escolares infantiles.
De nuevo Nestorio, al reconocer dos Cristos, uno nacido de Dios y otro de una ciudadana llamada María, se cargaba la Redención; puesto que, si eran personas distintas, no se podía atribuir a una las acciones de la otra.
En Roma, Cirilo de Alejandría, que fue para esto el principal campeón de la Iglesia oficial, compuso los llamados Doce Anatematismos, que vienen a ser una teología oficial en esquema, y se los envió a Nestorio para que los suscribiese. Nestorio, lejos de obedecer, acusó a Cirilo de hereje (monofisitista). Cirilo, sin embargo, abrió el concilio de Éfeso, en el cual echó a Nestorio del círculo de confianza católico.
Veinte años exactos duró la tranquilidad en la casa del rico. En las controversias contra Nestorio, que ya había sido cauterizado y enviado a un convento de Antioquia, se había destacado mucho un viejo abad del monasterio de Constantinopla. Se llamaba Eutiques. Este abad era muy afecto a la filosofía de Orígenes, autor que sostenía la preexistencia de las almas, y basándose en ello sostenía que, si bien el cuerpo de Cristo era un cuerpo en cuanto a su forma y apariencia, no lo era en cuando a su sustancia.
Ésta es, sustancialmente, la teoría sostenida por el monofisitismo. Doctrina que resuelve eso de la doble militancia de Cristo, divina y humana, generando una sola realidad en la que lo humano, la verdad, tiene poco papel. Tan poco que, como rápidamente se dieron cuenta los jerarcas romanos, se negaba la Encarnación.
En 488, Eutiques fue llamado ante un tribunal eclesiástico, presidido por el patriarca bizantino Flaviano, para explicarse. Según se nos dice, Eutiques defendió entonces que, en Jesucristo, lo humano y lo divino están tan mezclados, tan juntos, que acabaron por general una sola naturaleza de carácter mixto, en la cual lo humano fue absorbido por lo divino.
Dicho esto, Flaviano secularizó a Eutiques y lo excomulgó. El ya ex abad anunció que apelaría al Papa. E hizo algo más: buscarse el apoyo del emperador Teodosio II.
Este apoyo, que también fue buscado antes por Nestorio, marca el comienzo del conflicto entre poderes. Ya hemos dicho que la religión católica fue una ayuda enorme para conseguir para los reyes sociedades conjuntadas y fieles. Sin embargo, a base de concentrar poder, la Iglesia se había convertido en un actor poderoso, y los reyes ambicionaban ese poder, de la misma forma que los Papas ambicionaban los poderes de los reyes. Teodosio II se apuntaba a un bombardeo con tal de meterse en medio de las discusiones de la Iglesia, para así debilitarla en su poder, lo cual incrementaba las capacidades del poder temporal. Conocedor de que Flaviano había escrito a Roma contando los resultados del juicio doctrinal, escribió su propia carta defendiendo a Eutiques, adjuntó otra del propio excomulgado y, haciendo valer sus medios, logró que llegase primero a Roma.
No les sirvió de nada. El Papa León I, llamado El Grande, no tragó y confirmó la condena a Eutiques en su célebre Epístola Dogmática (bueno, célebre para quien haya estado en un seminario, supongo), en el que trataba de sentar el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios, o sea la unión hipostática de sus dos naturalezas.
Mientras ocurría esto, Eutiques, Teodosio y Dióscoro de Alejandría convocaban un concilio en Éfeso, que se celebró en el 449; concilio al que no dejaron pasar a los enviados papales, Julio, Renato e Hilario. Este concilio respondió a la excomunión de Eutiques revirtiéndola y excomulgando a Flaviano, quien moriría en el destierro consiguiente.
Dado que ahora no había patriarca en Constantinopla, se eligió a un discípulo de Dióscoro, Anatolio. León I, sin embargo, condicionó su placet a dicho nombramiento a que se aceptasen los anatemas de Cirilo a Nestorio, así como la Epístola Dogmática.
Las cosas no pintaban bien para Roma, pero en eso se murió Teodosio, el tocahuevos. La hermana de Teodosio, Pulquería, se casó con Marciano, y el nuevo emperador anunció la celebración de un concilio ecuménico, esto es controlado por el Papa; el concilio de Calcedonia, del 451.
Eutiques fue desterrado, pero en el concilio se presentó Dióscoro proponiendo nada menos que la excomunión del Papa. Sin embargo, fue Dióscoro el que perdió la partida, y la sede episcopal. El anatema quinto de aquel concilio pretendía resolver el problema con estas palabras tan claras: «Creemos en Jesucristo, que para nosotros y nuestra salvación apareció de la Virgen María, Madre de Dios según la humanidad, con un solo y mismo Cristo, Hijo, Señor, monógeno, en dos naturalezas, sin confusión o cambio, sin división ni separación, no estando borradas las diferencias de las naturalezas por su unión y conservando, por el contrario, cada una de ellas su propiedad y concurriendo entrambas a constituir una sola persona y una sola hipóstasis».
¿Estáis pensando lo mismo que yo? O sea: ¿así pretendían dejarlo claro?
Así pasó lo que pasó luego. Que lo contaremos luego, claro.
Hace bien pocos días ha tomado cuerpo la noticia de que el catalán Albert Boadella había sido «fichado» por la Comunidad de Madrid para no sé qué cargo cultural. La contratación se asemeja al fichaje de un crack futbolístico que llevase tiempo sin hacer nada importante en el club que le hizo grande y recibiese una oferta de su eterno rival. A veces, estos fichajes salen mal, y el crack sigue haciendo el vago allí donde va; y, a veces, salen requetebién. El tiempo nos dirá si Boadella va a ser un Ronaldinho o un Luis Enrique. Pase lo que pase, sin embargo, Albert Boadella es una persona que tiene un sitio en la Historia de España, y es por esto que hoy lo traemos a este balcón.
Els Joglars fue, en su origen, un grupo de mimo formado dentro de la Agrupación Dramática de Barcelona. Era el año 1962. Así pues, en 1977 los juglares llevaban quince años de carretera, de los que unos ocho eran ya de forma más profesional. Fue aquel año 77 cuando decidieron hacer un montaje llamado La Torna.
Una torna es algo muy especial, eso que se dice un hecho diferencial puro y duro, que merece su explicación. La que yo tengo, y que aquí os copio, es del escritor Francisco Candel, y la podéis leer en su libro Un charnego en el Senado (Barcelona, Plaza y Janés, 1979). Dice Candel:
«Cuando yo era chico y mi madre me mandaba a comprar pan, si la pieza de pan elegida no llegaba al kilo, me cortaban una rebanada de pan hasta completarlo. Eso era la torna. Y los chavales nos comíamos la torna camino de casa».
La torna es, pues, como las vueltas, pero en especie. Algo así como un suplemento inesperado de mercancía, algo que se añade a la compra básica.
La ejecución de Salvador Puig Antich es un hecho bien conocido del franquismo. Fue una de las ejecuciones políticas realizada por ese cocodrilo anciano que era el franquismo, capaz aún de dar algunos coletazos. Pero lo que mucha gente desconoce es que, al mismo tiempo que era ejecutado Puig, también en Cataluña era ejecutado otro reo, el polaco Heinz Chez, a quien la justicia dio pasaporte en la cárcel de Tarragona.
Chez, a pesar de ser polaco, debía de ser un punto filipino con cierta propensión a la violencia. De una forma al parecer un poco absurda, había tenido un enfrentamiento en un camping tarraconense con un guardia civil, y lo había matado. Era, por lo tanto, un delincuente común, y para aquel entonces ya no era normal que en España los delincuentes comunes fuesen ajusticiados. Pero Chez sí lo fue, y además coincidiendo con la ejecución de Puig Antich. Y, muy probablemente, la razón, como venían a decir Els Joglars en su montaje, era tapar una mancha con otra.
Así pues, Puig Antich era el kilo de pan que el franquismo quería comprar, y el pobre Heinz Chez era, eso: la torna.
La obra se estrenó fuera de Cataluña, en la localidad oscense de Barbastro, el 7 de septiembre de 1977. Los juglares siguieron su gira por diversas poblaciones de dentro y fuera de Cataluña, aunque con especial querencia hacia su patria chica. Llegados a Reus, el día antes de la representación allí recibieron una llamada de alguien que dijo ser militar y que les aconsejó que suspendiesen la representación. Como no daba más datos, los actores no dieron importancia al mensaje y fueron adelante con los faroles.
El 15 de diciembre de aquel año, en Barcelona, Albert Boadella fue llamado a declarar a la Capitanía de Barcelona. Declaración de trámite. Al día siguiente le volvieron a llamar. Pero ya no fue de tanto trámite, porque lo trincaron y lo enviaron a la cárcel Modelo. Él y todo el grupo habían sido acusados de injurias a las Fuerzas Armadas.
El encarcelamiento de Boadella supuso una movilización general, especialmente en Cataluña, en pro de la libertad de expresión. Se formaron comités, asociaciones. Se consolidó el icono de un rostro, si no recuerdo mal simulando una máscara de tragedia griega, con una raya roja que le cruzaba la boca, cerrándola. Centenares, miles de personas se manifestaron por Barcelona exhibiendo aquel mensaje. Los políticos, los intelectuales y, sobre todo, los artistas, al fin y al cabo compañeros de gremio de los acusados, se hicieron solidarios con aquel atropello. Incluso se hicieron canciones específicas por parte de conspicuos miembros de la nova cançó, como Marina Rosell. También hay que decir que se producían movimientos, por así decirlo, del otro lado. En las cercanías de la sede del juicio fue común ver, durante sus sesiones, a miembros de organizaciones parafascistas.
Ya en la cárcel Boadella, no sé si por propia inventiva o, como dice la sentencia del crimen de los Urquijo, «en compañía de otros», empezó a informar a quienes le visitaban (normalmente, políticos de izquierdas) de debilidad general, falta de sueño, repugnancia repentina por determinadas comidas y bebidas… los típicos síntomas de una hepatitis. El hígado del juglar le sirvió de salvoconducto para pasar al Hospital Clínico, donde un día dijo que se metía en el baño, y se fugó. Era el 27 de febrero de 1978.
Buena parte de la gente pensó que aquel juicio no llegaría a mayores. Las evidencias eran débiles en contra de los Joglars. La obra, antes de producirse las denuncias por injurias al ejército, se había representado en un buen puñado de ciudades con la correspondiente autorización administrativa, signo de que no se había apreciado en la misma ningún problema. Por lo demás, las siete personas que tenían que valorar la obra en el juicio ni siquiera la habían visto e, ítem más, alguno de los informes-denuncia que manejaban había sido impulsado por personas que tampoco la habían visto. Tal vez fue el verlo tan claro lo que relajó en exceso a los defensores, porque lo cierto es que Els Joglars fueron condenados. Dos años en el maco por la patilla. Andreu Solsona, Gabi Renom, Arnau Vilardebó y Miriam de Maeztu fueron condenados; otros miembros del grupo, por lo que he leído por ahí, fueron al exilio. Todos ellos habían llevado a cabo una huelga de hambre justo antes de su juicio y aquel verano hicieron otra. La empezaron el 26 de agosto y, cosa de dos semanas después, consiguieron algo, pues la Dirección General de Instituciones Penitenciarias les concedió el tercer grado y el régimen abierto. Ellos, sin embargo, siempre abominaron de esta transacción. Decían que no querían el tercer grado sino la libertad. O sea, lo que quiere alguien que es, que se considera, inocente.
Y no les faltaba razón. Si el tardofranquismo está repleto de rabotazos totalitarios, ejecuciones incluidas, el juicio de Els Joglars es ya el rabotazo del posfranquismo. De una Transición preconstitucional que aún no era capaz de garantizar ni administrar las principales libertades civiles, como la de expresión. La Constitución española, esa misma norma que hoy ampara que cualquier grupo de teatro pueda hacer casi cualquier montaje sin poder ser molestado por ello, fue aprobada por los españoles en 1978. Pero aún tuvieron los juglares que ver limitada su libertad hasta el último día de enero de 1979, fecha en la que fueron, finalmente, indultados. Claro que no dejó de ser un indulto de mierda, pues apenas les quedaba un mes para cumplir sus condenas.
El 23 de marzo de 1979, creyéndose ya seguro tras el indulto, Albert Boadella, el huido, paseaba por las calles de Barcelona. Pero lo trincaron y lo enviaron a tratarse la hepatitis a la cárcel. Gestiones políticas, al parecer lideradas por Josep Tarradellas, permitieron que lo soltaran en julio de aquel año.
Creo que fue en el 2005 cuando Boadella impulso un montaje, La torna de La Torna, que de alguna manera quería recoger y recordar el espíritu de aquella obra que tantos conflictos y tantas solidaridades provocó. Para entonces, muchos juglares habían seguido caminos muy diferentes y, de hecho, algunos de los compañeros de entonces acusaron a Boadella de divo y de que querer dar la impresión de que el único represaliado había sido él.
No suelo pensar mucho en La torna, obra que no ví. Pero a veces lo hago. De vez en cuando, me entra el cólico miserere de que hace años que no voy al teatro y me lanzo a la cartelera patria para ver qué hay por ahí que me pudiera abrir las meninges. Es entonces cuando me doy cuenta de que aquel teatro de entonces, más o menos modernillo, más o menos clásico, más o menos cutre, pero básicamente dedicado a dar algún tipo de mensaje, ha sido sustituido por monólogos, duólogos o otros logos en los que jóvenes actores, normalmente llegados de la fama televisiva (antes el camino era exactamente el contrario), se intercambian frases más o menos inteligentes o sugerentes en torno al interesante asunto de cómo follo yo, cómo follas tú, o cómo follamos ambos. En este curioso mundo en el que las procaces conversaciones de lavabo público entre hombres o mujeres han sido elevadas a la condición de libreto artístico, reflexiones como la de los juglares se han convertido en algo, digamos, folclórico.
Supongo que será eso que llaman normalidad democrática.
Fuera quien fuera el organizador de la muerte de Habyarinama, los hechos dejan claro que los hutus estaban esperando la oportunidad de comenzar sus acciones, porque obraron de forma muy ordenada. En las primeras horas tras conocerse la noticia, los más prominentes políticos hutus moderados fueron asesinados, acción tras la cual la Ruanda hutu cortó el último cordón umbilical que le podía unir a una mínima cordura. Esta matanza de hutus no suficientemente anti tutsis debería empezar por la primera ministra hutu, Agata Uwilingiyimana, la cual, sin embargo, fue protegida en su residencia. La buena señora, creyendo que la realidad era otra de la que era, rehusó huir confiando en que podría lanzar un mensaje radiado a su pueblo. Cosa que, claro, no logró. A pesar de que estaba protegida por paracaidistas belgas, acabó huyendo por el jardín con su marido, para ser literalmente cazada al día siguiente.
A partir de ahí comenzaron las matanzas masivas de tutsis.
El 9 de abril, tropas francesas aterrizaron en Kigali, formalmente para proteger la embajada y a los residentes franceses. Pero no es exactamente así. Los franceses también fueron a Ruanda a proteger a los miembros del clan de los akazu, situado en el epicentro del odio que se había desatado. Miembra conspicua de aquel clan era la señora Kanzinga, la cual, con todos los pronunciamientos de monsieur Mitterrand, ese demócrata [de blancos, bien sur], acabaría volando a París y recibiendo 40.000 dólares en el aeropuerto para sus gastitos. Otro de los protegidos por los inventores de la cosa ésa que empieza por l, la que va detrás y empieza por e, y la tercera y última que empieza por f, fue Ferdinand Nahimana, director de la Radio de las Mil Colinas, que había sido, y siguió siendo, el principal centro de difusión de mensajes que, simple y llanamente, llamaban a la población a matar tutsis.
Nadie, absolutamente nadie en los centros de poder y la información diplomática, puede decir que no supiera de qué iba aquello. Con fecha 8 de abril, el blanco mejor informado de lo que pasaba en Ruanda, el triste general Dallaire, telegrafió a Nueva York dejando bien claro que lo que estaba pasando era una acción totalmente planeada de la que formaban parte los efectivos de la Guardia Presidencial ruandesa. En el activo de este valiente militar hay que anotar también el mérito de que siempre se negó a abandonar Ruanda, incluso estando en las condiciones de mierda en que estaba; ello a pesar de que una vez llegó a ser conminado a ello por el mismísimo Boutros-Ghali al teléfono.
El 12 de abril Bélgica, que había registrado las pérdidas de los paracaidistas que protegían a la primera ministra y que fueron asesinados, anunció que dejaba la misión de la ONU. Esta decisión dejó a cientos de personas sin protección y no les dejó más destino que tapizar las carreteras con sus cadáveres. La decisión de los belgas movió, además, al Consejo de Seguridad de la ONU (que más bien debería llamarse el Consejo de Yo Me Toco los Cojones) de retirar la Unamir, es decir la misión de paz; en el momento de dicha decisión, la vida de 30.000 personas aún dependía de los hombres del general Dalladier.
Los asesinos de aquellos días estaban tan ocupados que tuvieron que cortar el tendón de Aquiles de muchas de sus víctimas para evitar que se escapasen, porque no tenían tiempo de matarlos en las siguientes horas. Muchos de los refugiados que fueron abandonados por los soldados de la ONU pedían a los cascos azules que les dispararan, pues consideraban mejor destino aquél que el que les esperaba. Igual que algunos judíos, durante los progromos en España de finales de la Edad Media, arrojaban a sus bebés contra las parades para reventarles el cráneo antes de que fuesen torturados por los cristianos, muchos padres y madres tutsis ahogaron a sus bebés en los ríos con sus propias manos para que no cayesen en poder de los hutus. Un superviviente tutsi ha dejado dicho que nunca olvidará el rostro de su hijo adolescente, que extendía los brazos hacia él desde el fondo de la fosa donde lo estaban enterrando vivo.
Todo eso pasaba mientras nosotros veíamos la tele.
A finales de abril, la tragedia llegó a su segundo acto. Desde el norte del país, las milicias tutsis de Paul Kagame avanzaron hacia la capital; y entonces fueron los hutus los que se dieron cuenta de que debían huir a Tanzania si no querían ser pasto de los buitres. Curiosamente, fue cuando las carreteras de Ruanda se llenaron de hutus cuanto el mundo blanco comenzó a darse cuenta de que algo pasaba en Ruanda, y los editores de los telediarios empezaron a pensar que había que darle algo de espacio a aquella merienda de negros. Eso sí, en la ONU seguía sin pronunciarse la palabra genocidio. Habían muerto ya más de medio millón de personas en el espacio de un par de semanas; pero eso, para los diplomáticos, y muy especialmente para los franceses, no era sino el resultado de una guerra civil. Mitterrand y los suyos trataban de que no entrase a funcionar la Convención sobre Genocidio de 1948, según la cual, en el momento que éste se produjese, la ONU tendría que actuar sí o sí.
El 7 de junio, es decir un mes después de que las matanzas masivas comenzasen, Boutros-Ghali, propuso que la Unamir recibiese más efectivos. Difícilmente se puede ser más cínico. No obstante diez días más tarde, cuando se reunió de nuevo el Consejo de Seguridad, las evidencias sobre lo que estaba pasando en Ruanda eran ya tantas y tan grandes, que ni la ONU pudo negarse a enviar una nueva misión de paz, la llamada Unamir 2, razonablemente dotada con 5.500 efectivos. No obstante, Naciones Unidas no había hecho el más mínimo plan logístico para este envío, lo cual en la práctica lo convirtió en papel mojado. Además, hay que tener en cuenta que los jerifaltes de esta des-organización, temiendo que sus soldados pudiesen quedar en el fuego cruzado entre tutsis y hutus, decidieron que el desembarco de la mayoría de las tropas se produjese en la periferia del país, donde se establecerían zonas seguras… para quien lograse llegar a ellas, claro.
Entre tanto, las milicias del RPF pro-tutsi, o más bien anti-hutu, habían tomado ya gran parte del país y obligado al gobierno a salir echando leches de Kigali y refugiarse en Gitarama, ciudad que finalmente fue también tomada por el RPF, lo cual dio la señal de que el llamado gobierno provisional estaba a punto de espicharla. Pero, claro, el gobierno provisional tenía una carta en la mano: era profrancés. El 14 de junio, el demócrata de-tout-la-vie Paquito Mitterrand aprobó el envío de tropas francesas a Ruanda, hecho éste que se producía seis días después de la autorización para Unamir 2; es decir, los franceses decidieron, y nunca mejor dicho, hacer la guerra por su cuenta. El ya multicitado general Dallaire dijo por activa y por pasiva que esta Operación Turquesa (así la bautizaron en París) era una coña marinera cuyo objetivo no era evitar la catástrofe humana, sino apuntalar al gobierno provisional que apoyaba precisamente dicha catástrofe. Aún así, cuando Francia ofreció sus tropas a la ONU, ésta las aceptó. Así, tropas francesas cruzaron la frontera ruandesa desde Zaire, siendo recibidas por los hutus como héroes. Su misión, sin embargo, no pudo llevarse a cabo. Ellos querían retomar Kigali, pensando que tenían para ello que apagar un pequeño incendio forestal; pero se encontraron hasta el último bosque de pinos desde Asturias hasta Cádiz ardiendo por los cuatro costados. En defensa de no pocos miembros de aquella misión debe decirse que no fueron, en efecto, pocos los que, a la vista de lo que realmente había pasado, se volvieron contra sus grandes jefes, arguyendo que a ellos se les había contado que estaba habiendo una matanza entre hutus y tutsis, no lo que realmente estaba pasando, esto es que los hutus estaban perpetrando una matanza de tutsis.
El 4 de julio, las tropas de Kagame tomaron Kigali. A continuación, los hutus comenzaron un éxodo a Zaire, que afectó a un millón de personas, más o menos. Y aquí se vio lo importante que son hoy en día los medios de comunicación. Porque durante los días en los cuales los radicales hutus mataban a machetazos a niños de seis años o violaban por turnos a sus hermanas de diez antes de degollarlas, no hubo ningún valiente reportero que tomase imágenes de ello; y ya se sabe que ojos que no ven, Occidente que se toca los huevos. Eso sí, cuando los hutus huyeron a Zaire, en centenares de miles, y montaron allí sus campos de refugiados, las cámaras de las televisiones mundiales acudieron en masa y distribuyeron imágenes que, ahora sí, abrieron los informativos del mundo entero. El presidente norteamericano, Bill Clinton, dijo entonces que aquello era la catástrofe humana más grave de la generación presente; o sea, que o a Clinton le molaban los hutus, o nadie le había informado de lo que había pasado antes.
Pocas semanas antes de escribir estas notas, el Ministerio de Justicia ruandés ha hecho público una investigación sobre la implicación de Francia en las matanzas hutus. Obviamente, es un informe de parte y, como tal, ha sido contestado desde el otro lado de la trinchera. Sin embargo, las acusaciones están ahí, como lo están los muertos.
Llama la atención cómo los informes, investigaciones y conclusiones varias sobre hechos que costaron, no 90.000, sino más de medio millón de vidas, conciten nuestro interés de una forma tan escasa. Las matanzas de Ruanda se realizaron sobre el cuerpo y el alma, si es que existe, de tres cuartos de la población tutsi de aquel país; no creo que en la Historia del mundo haya muchos ejemplos más de una limpieza étnica de ese calibre.
Ya que tanto se habla ahora de la educación para la ciudadanía, pienso yo que esta historia que he querido torpemente explicaros aquí debería contarse en todos los colegios. Contarse hasta las lágrimas, hasta conseguir amargar el almuerzo de ese día de quienes la escuchasen. Y pienso eso porque también pienso que lo más increíble de las matanzas de Ruanda es que pudiesen desarrollarse durante aproximadamente tres semanas en las cuales todos nosotros nos dedicamos a jugar al paddle, ligar con Mari Puri o simplemente ponernos hasta el culo de cerveza. Medio millón de muertos de todos los sexos, de todas las edades; centenares de personas amontonadas en las iglesias donde los propios sacerdotes flanquearon el paso de sus asesinos para que los masacrasen frente al altar (ole con ole el Vaticano… ¿o es que era anglicano el arzobispo Nsengiyumva?); niños muertos a machetazos delante de sus madres que en ese momento eran violadas; personas amontonadas en corrales como corderos y asesinadas sistemáticamente, lenta y parsimoniosamente; todos esos hechos, a nosotros, no nos amargaron ni medio minuto.
Y podremos pensar muchas cosas. Pero la verdaderamente cierta es ésta: si fue así, si nos importó una mierda, si no le dedicamos ni atención ni tiempo ni interés, fue por una sola razón básica.
Al fin y al cabo, sólo eran negros.