martes, octubre 28, 2008

Corpus de sangre (y 3)

La presunta muerte del conseller Massana fue la que convirtió el Corpus de Sangre en lo que el mito catalanista pretende que fue. En mi opinión fue entonces, y no antes, cuando los disturbios se convirtieron en la mezcla entre un mero problema de orden público, los segadores, mezclado con la sincera y mayoritaria defensa por parte de los barceloneses de sus muy queridos poderes locales, representados, obviamente, por ese diputado presuntamente muerto. Conforme se fue conociendo la noticia del asesinato, era más o menos la hora de la sobremesa, mucha gente se echó a la calle para protestar. Los tres obispos que habían participado en acallar a los segadores, es decir Gil Manrique y los prelados de Urgel y Vich, lo pudieron comprobar claramente cuando salieron a la calle, apresuradamente, en dirección al Consejo del Ciento, adonde se dirigieron tras conocer un inopinado mensaje que les había llegado del virrey señalando que los quería ver. Para los prelados, aquello fue un jarro de agua fría. Todos ellos esperaban que, para entonces, Santa Coloma estuviese seguro en algún barco a unas cuantas millas del mogollón. No contaban con el jovencito Cristofol y sus chorradas. Decidieron ir al Consejo para ver qué se cocía allí.

Cuando llegaron, se encontraron con el inoperante conseller en cap, el cual no hacía otra cosa que esperar que a alguien se le ocurriese algo que hacer, ya que de su propia cabeza no salían nada más que quejas. Los consejeros, además, se sintieron anonadados y asustados por la noticia de que el virrey seguía en suelo catalán.

Cuando fueron los obispos a Atarazanas, se encontraron al virrey rodeado por una variopinta fuerza de un medio millar de personas y, digámoslo claramente, acojonado en un rincón. Le acababan de dar la noticia de lo de Massana y se estaba haciendo caquita. Al poco tiempo, surgieron noticias de que una galera genovesa se acercaba al puerto, y el obispo Manrique (quién mejor que él) vio el cielo abierto. Le dijo a Santa Coloma que se marchase en el barco. Cristofolín d’Icart, AKA «La Realidad No Va Conmigo», siguió dando la murga con que tal y cual, pero esta vez don Dalmau pasó de él y se fue a la playa a esperar el esquife.

La cosa se puso fea cuando los segadores, a la búsqueda de correligionarios, enviaron una comisión agitadora al barrio de la Ribera, repleto de pescadores. Los marinos se pusieron de muy mala hostia con las historias que les contaron los amotinados, así que montaron una partida importante de personal que se apioló la puerta llamada del duque de Cardona en la muralla, y entraron en la ciudad, donde acabaron por tomar el baluarte de Santa Eulalia, que como sabemos más o menos dominaba las Atarazanas y la zona de costa donde el virrey tenía que tomar la barca. A las órdenes de un sacamuelas, Josep Novís, desprecintaron el peazo cañón del baluarte y se aprestaron, no a disparar a los esquifes, bastante pequeñitos, sino al propio barco genovés. Un poco brutos sí que eran, sí.

Claro que lo que no eran, es artilleros. El disparo impactó en el mar, y preparar el segundo era cosa jodida, pues si se equivocaban con la medida de pólvora, podían salir de allí todos volando a tomar vientos. Lo que hizo Novis fue buscar a un miliciano artillero que estaba allí de casualidad (wrong day, wrong place, wrong moment) y obligarle, a punta de pistola, a disparar el cañón. El artillero, Françesc Barba, que no quería ser responsable de nada, se cuidó de poner suficiente pólvora para que el cañonazo lo fuese, pero suficiente poca como para que no llegase. De nuevo, los rebeldes barceloneses fallaron el tiro y, en lugar de darle al barco, le dieron a Neptuno. Luego repitieron varios disparos, con escaso éxito. Pero los genoveses, por si acaso, volvieron grupas e hicieron como que se largaban.

Hay que imaginar al adiposo Santa Coloma, con el agua a la altura de los muslos, viendo cómo los esquifes daban media vuelta. Todavía llevaba del brazo a d’Icart, que seguía comiéndole la oreja. Volvieron a Atarazanas. Para entonces, había partidas de amotinados prendiendo fuego a algunas de las puertas, con la intención de asaltar el cuartel. Entonces alguien propuso que el virrey se refugiase en el denominado baluarte del Rey, que estaba en el ángulo de la muralla de la ciudad más cercano a Montjuïch, lo cual obligaba, para llegar allí, a atravesar una playa. Era una solución desesperada, porque el baluarte estaba en bastante mal estado.

Fue en ese momento cuando los procastellanos de Atarazanas se dieron cuenta de algo inesperado. La galera genovesa, en realidad, no se había ido. Se había limitado a poner agua de por medio y ordenar a los esquifes que costearan buscando un lugar para poder desembarcar y recoger al virrey. La operación de huida se reactivó.

Y, en ese momento, don Dalmau dio su tercer pasito hacia la muerte. Y no se sabe muy bien ni por qué, ni quién, ni cómo, le convenció de que, acojonado como estaba, sabiendo que toda una ciudad lo quería muerto como lo sabía, decidiera quedarse.

Cuando se desplomaron las puertas, el populacho penetró en Atarazanas berreando el grito de guerra medieval de los catalanes: «¡A carn, a carn!» Que digo yo que querrá decir algo así como «a la carne». Tal y como los castellanos habían temido, entrar los amotinados en el cuartel y unírseles las milicias gremiales, fue todo uno. Al fin y al cabo, aquellos toneleros, zapateros y bataneros armados eran tan catalanes como los que los atacaban.

Los esquifes llegaron a la playa. Se situaron a unos centenares de metros del virrey, el cual sólo correría riesgo durante unos cincuenta metros, que eran los que los segadores et altera podían batir desde donde estaban. Tenía muchas posibilidades de huir. Sin embargo, para su desgracia, en ese momento los disparos cesaron. Don Dalmau no podía saber que era la calma antes de la tormenta. Lo tomó como un contraataque de sus tropas y, cuarto pasito, en lugar de salir echando hostias por la playa, aprovechando la tregua, para alcanzar el esquife, volvió al baluarte.

Apenas medio minuto después, aquel lugar era el infierno.

Empujados por los amotinados, todos los inquilinos de Atarazanas corrían hacia Montjuïch, o sea en dirección al baluarte, tratando de salvar sus vidas. Y detrás de ellos venía una horda asesina, que llevaba horas saqueando a placer por toda Barcelona. Esa masa informe de agresores y agredidos tomó el baluarte y pilló al virrey dentro. Fue un caos absoluto. Santa Coloma terminó saltando desde una ventana, unos cuatro metros hasta el suelo, donde se dio una soberana hostia y quedó conmocionado. Uno de sus fieles, Santiago Domínguez de la Mora, y el maestresala, capitán Magí Esteve, consiguieron llevárselo.

Trataron de alcanzar a los esquifes, pero éstos ya se iban, presionados por los que, como el genovés Gandolfo o el sargento Baltasar de Pantoja, los habían alcanzado, y no querían saber nada de esperar a nadie; ni siquiera al puto virrey. A Santa Coloma se lo llevaron los suyos hacia la montaña de Montjuïch, a cuyo pie el pígnico aristócrata cayó, extenuado.

Allí dio Santa Coloma su última orden como representante del poder español en Cataluña. Esa orden fue que a nadie se le ocurriese hablar castellano.

Tratando de huir de los segadores que ya llegaban, Santa Coloma intentó saltar hacia abajo, a unos peñascos, pero se arreó otra hostia que le volvió a dejar agilipollado. Allí le encontraron una partida de segadores y marineros los cuales, tras reconocerle, se dedicaron a masajearle el píloro con sus dagas, matándolo. Y es probable que, nada más hacerlo, se dieran cuenta de lo que habían perpetrado, porque lo cierto es que a los dos acompañantes de Santa Coloma, Domínguez de la Mora y Esteve, les perdonaron la vida. Y la razón que esgrimieron para ello no se sostiene. Lo hicieron, según su confesión, porque ambos eran catalanes. Sin embargo, se da la circunstancia que el muerto, o sea el virrey, sí que era catalán, mientras que uno de los perdonados, De la Mora, era andaluz, de Niebla. Eso sí: hablaba un catalán perfecto, diríase que aznariano, tanto en la intimidad como en público.

Una de las paradojas de este día es que haya hecho tanto por defender la autonomía catalana, siendo como fue una jornada en la que las instituciones locales catalanas se revelaron como completamente inoperativas. Fuese para defender al virrey o para ponerse en su contra, lo cierto es que ni la Diputación ni el Consejo del Ciento sirvieron para erguirse como fuerza alternativa, no sólo ante los españoles, sino ante los segadores los cuales, como hemos visto, lejos de ser un grupo de autonomistas concienciados, más bien eran una turba incontrolada. Durante todos estos sucesos, tanto la Diputación como el Consejo del Ciento permanecieron inoperativos, queriendo creer que el virrey se había ido en algún barco; y cuando supieron la verdad, tampoco hicieron gran cosa por restablecer el orden. Los segadores, de hecho, seguían campando por sus respetos. En un convento encontraron al odiado Berart, al que cosieron a puñaladas.

Faltó, como ya he escrito, un conseller en cap consciente de su labor, de sus responsabilidades, y dispuesto incluso a jugarse la vida por restablecer en orden en Barcelona. Calders no valía para ninguna de estas cosas. Formalmente, no tenía tropas a su cargo, pues las milicias gremiales dependían del virrey al que no habían querido defender; pero eso es algo que un dirigente catalán con carisma habría podido obviar con facilidad. Calders era dirigente, y era catalán. Fue lo tercero de lo que anduvo falto. Debió de ser muy amargo para los consellers recibir, una tras otra, peticiones de protección, y tener que contestar con negativas, pues ni ellos mismos se atrevían a salir a la calle por no tener guardaespaldas.

En la madrugada del día 8, el Consejo del Ciento tuvo una reunión en la que acordó la redacción de una carta al rey, relatándole los hechos, en la que expresaban con toda mesura que la culpa había sido de los excesos de las tropas acantonadas en Cataluña, asunto en el cual tenían toda la razón. Luego intentaban minimizar los daños producidos, en lo cual no la tenían.

Diputados y consejeros consiguieron, finalmente, convencer a primera hora de la mañana a los segadores para que saliesen de Barcelona. Pero, una vez que lo hubieron hecho, los alborotadores volvieron, conscientes de que ellos tenían la sartén por el mango. En el convento de Santa Madrona, donde muchos fugitivos de Montjuïch se habían refugiado, se los llevaron por delante a pesar de que los frailes intentaron ocultarles prestándoles sayales frailunos; los segadores se dieron cuenta de la jugada al mirarles las botas.

Con todo, es el episodio de María Calvet el que, a mi modo de ver, deja el calado moral de los segadores en peor lugar.

Enervados por Ramón Goday, una partida de segadores decidió ir a la plaza de San Justo y Pastor a llevarse por delante la casa de otro juez, de nombre Mir. Luego fueron a la calle Ancha a saquear las cosas del alguacil Monrodón y de otro fiscal, un tal Vinyes. Cuando estaban a punto de quemarlas, les llegó la noticia de que había muerto un segador. Como un solo hombre, varias decenas de segadores de dirigieron al lugar del suceso, la posada de María Calvet. Allí encontraron un segador con una bala en el pecho. Fueron informados de que María Calvet se había marchado al hospital de la Santa Cruz. Y con esos datos, y ni uno más, decidieron que la mujer era culpable del asesinato.

María Calvet había ido, sí, al hospital de la Santa Cruz, para acompañar a Miquel de Segarra, que era el otro segador que se había peleado con el primero, matándolo (así pues, no había habido atentado de ninguna clase). Estaba allí, sin demasiado que hacer porque, entre otras cosas, De Segarra la palmó pronto, cuando los segadores rodearon el hospital y reclamaron que saliera. Cuando María Calvet supo que la querían matar, se negó a hacerlo.

Y la reacción de los segadores fue la lógica en unos Campeones de la Libertad y la Democracia: anunciaron que iban a quemar el hospital.

El hospital de la Santa Cruz no estaba lleno de pérfidos españoles traidores. Estaba lleno de catalanes enfermos y heridos. Y los segadores se mostraron dispuestos a quemarlos vivos a todos ellos, por no entregarles a María Calvet, la cual era culpable del gravísimo delito… de haber procurado auxilio a un herido.

Todo muy digno de pasar a la Historia con los más bellos timbres de gloria.

Ni siquiera la mediación del obispo Gil Manrique aplacó a los segadores. O María Calvet, o quemaban el hospital. Finalmente, el propio Manrique hubo de acompañar a María hasta la puerta de San Antonio, donde los segadores la mataron a tiros, de rodillas, indefensa.

Lo que se dice unos valientes.



Lo que es innegable, en cualquier caso, es que una acción que muy probablemente estuvo impulsada por la condición, hoy diríamos, antisistema de los segadores, prendió claramente como una reivindicación nacional. Ya hemos dicho que desde el mediodía del Corpus de Sangre lo que hasta entonces había sido un desorden de orden público se había convertido en una viva protesta nacionalista, tan fuerte que, tras los sucesos que aquí contamos, se produciría una guerra en toda regla, la guerra de Cataluña. Por primera vez, Cataluña expresó con la fuerza de las armas la voluntad de no formar parte de España; si bien lo que aprendió es que dicha voluntad no le conduciría a otra cosa que a la dependencia respecto de Francia. Pero ésa es otra historia.

En el Corpus de Sangre hay muchas preguntas sin respuesta. O, por lo menos, yo las tengo.

No se puede decir que la condición de los segadores fuese desconocida. El hecho de que jueces y fiscales fuesen el objeto fundamental de sus violencias denuncia claramente su espíritu. Todo el mundo sabía, por lo demás, que iban por la vida armados de hoces y pedreñales. ¿Por qué nadie previó un plan de contingencia ante la esperada invasión de Barcelona por los temporeros? Más aún, ¿cómo es posible que Barcelona estuviese defendida por polis amateurs después de haber sido invadida por un pequeño ejército cuando lo de Tamarit?

El caos en que cayó Barcelona nada más caer el virrey demuestra claramente que él era el único poder que realmente existía en la ciudad y en Cataluña. ¿Por qué entonces existían las instituciones catalanas? La solución adoptada por Felipe y el conde-duque es la peor de las posibles: otorgar poderes locales pero mantenerlos como drogados, a medio gas. Si uno se compra una caja, tendrá que llenarla de algo; comprarla para tenerla vacía es de gilipollas.

¿Habría sido otra la evolución con un conseller en cap con carisma y decisión? Cuanto menos en mi opinión, decididamente sí. Calders tiene su porción de culpa en todo lo que pasó.

¿Fueron los conflictos alimentados por Clarís? A mí me parece que no. Mosén Clarís estaba jugando claramente sus cartas, sin perder de vista al amigo francés, pero eso tiene su lógica a la vista de la ceguera, más que miopía, con que el conde-duque abordaba el problema catalán. Pero, tras la presunta muerte de su compañero Massana, su capacidad para atizar la hoguera era más o menos la misma que la que tenía de apagarla: ninguna.