viernes, junio 25, 2010

La guerra civil bis (6)

El documento de la comisión de estudio deja poco margen para las interpretaciones. Dice, con neta claridad, que «el régimen franquista es un régimen fascista calcado del de la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini». Acusa a Franco de instigar la guerra tanto como las partes contendientes y afirma que la correspondencia incautada a los nazis y fascistas tras la guerra, y utilizada en el proceso de Nuremberg, sustenta la acusación contra Franco por realización de crímenes contra la paz.

La Comisión también estuvo de acuerdo con las teorías según las cuales Franco era un peligro inminente para la paz en Europa, pues asevera que «las actividades en la frontera francesa parecen indicar que se espera posiblemente un conflicto con la España franquista».

Sin embargo, en diplomacia el diagnóstico de una situación tiene poco valor si no viene acompañado de medidas. De hecho, la Historia de la ONU está repleta de casos así. Casos en los que la institución salva la cara mediante el recurso a decir «Fulano ha sido muy malo y es culpable de todo, pero no tomo medidas contra él». En el caso del estudio del problema español, el problema se planteó a la hora de preguntarse si, una vez claro que el franquismo era un fascismo más, le era aplicable el artículo 39 de la carta de la ONU: «El Consejo de Seguridad determinará la existencia de toda amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión y hará recomendaciones o decidirá qué medidas serán tomadas de conformidad con los artículos 41 y 42 para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales».

Como ya he comentado con anterioridad, aquí está la madre del cordero. Por mucho que los republicanos y, en general, todos aquellos que en aquellos años cuarenta tenían endiosada a la ONU como el foro definitivo del orden mundial, lo cierto es que, diplomáticamente hablando, lo que más le importaba a la oposición española, es decir la brutal represión interior del franquismo contra sus opositores, era un dato menor. Lo importante para la ONU era si Franco era una amenaza para la paz, como lo habían sido Hitler y Mussolini. Esto Franco lo sabía bien, y por eso tuvo buen cuidado de no incrementar ni un milímetro su imagen belicista. Por ello, la Comisión, en un párrafo que es la peor noticia para el republicanismo español, dice: «No se ha producido todavía la ruptura de la paz. Ningún acto de agresión ha sido probado. Ninguna amenaza contra la paz se ha establecido. Por consiguiente, ninguna de las medidas de coerción enunciadas en los artículos 41 [sin tropas] y 42 [mediando el uso de la fuerza y tropas] pueden ser ordenadas en la hora actual por el Consejo de Seguridad». De los escasos triunfos de la diplomacia franquista en esos años en los que iba claramente perdiendo la partida, le queda éste, crucial a la postre: convencer a las cancillerías suficientes de que no iba a atacar a nadie, ni se iba a implicar en ninguna aventura rara. En el momento que Franco consiguió que muchos países asumiesen que él no era como Mussolini y, por lo tanto, no iba a invadir Abisinia, la posición opositora se debilitó automáticamente.

Fruto de los dimes, diretes, discusiones y arreglos que todo papel diplomático comporta, el informe de la Comisión trata de arreglar las cosas diciendo que «el Subcomité constata que reina en este momento en España una situación que si no constituye un amenaza actual en el espíritu del artículo 39, representa una situación que, de prolongarse, puede amenazar el mantenimiento de la paz y de la seguridad internacionales». El deporte preferido de Naciones Unidas es el rubgy. Y la jugada preferida, la patada a seguir. Sin embargo, como el problema estaba planteado en unos términos muy claros y los apoyos de la causa republicana no eran pocos, el informe termina apostando por una resolución del Consejo de Seguridad que recomiende la retirada de embajadores.

Al estudiar este dictamen en el Consejo de Seguridad, se produce la curiosa situación de que un amigo de la causa republicana, tratando de reivindicarla, en realidad les hace la pascua. Ese amigo es Andrej Gromiko, jefe de la diplomacia soviética durante décadas.

Estados Unidos presenta una enmienda a la resolución del Consejo en la que, ladinamente, le coloca a la recomendación de retirar los embajadores la coletilla «o, en su defecto, toda acción que considerara como eficaz y apropiada a las circunstancias actuales». Es decir, trataba de quedarse con las manos libres para mantener el embajador y hacer las cosas a su manera.

Esta enmienda enfureció a los soviéticos, quienes se dieron cuenta (hay que ser tonto del culo para no verlo) que, de aprobarse, en realidad dejaba sin efecto la eventualidad de una retirada coordinada de embajadores, que era lo que el bloque del Este buscaba. Sin embargo, Gromiko, o quien le diese las órdenes pertinentes, operó con notable torpeza. De forma sorpresiva, la URSS ejerció el veto de la enmienda estadounidense y exigió que se volviese a la moción inicial redactada por el polaco Lange, es decir al aislamiento puro y duro de Franco. El 24 de junio, Óscar Lange volvió a solicitar la votación de la moción, en un intento del bloque del Este de que todos los países se retratasen. El resultado fue que Francia, la URSS y México la apoyaran, y los otros siete miembros de turno del Consejo la tumbasen. Entonces Polonia reculó, pero hasta cierto punto era tarde. Presentó una nueva propuesta de moción que buscaba que el asunto quedase en el orden del día y hubiese un compromiso de volver a tratarlo por el Consejo (Lange proponía como tope el 1 de septiembre, es decir unos tres meses, para, dijo, darle tiempo a los republicanos a derribar el régimen de Franco. Se desconoce las milongas que le habían contado los comunistas españoles exiliados en Moscú para creer eso posible); así como la creación de una nueva Comisión de Estudio, que quedó formada por Australia, Polonia y Reino Unido. Teniendo en cuenta que Polonia quería poco menos que la ONU invadiese España y que Reino Unido había votado para que toda la cuestión pasara a la Asamblea sin recomendación alguna, por lógica, esta segunda comisión no llegó ni a media conclusión consensuada. Ya en el Consejo, Australia y Reino Unido presentaron una moción que comprometía al Consejo a mantener el problema en observación; pero Gromiko la volvió a vetar, por considerarla floja. Ante la situación de bloqueo, la moción se votó sin veto, recibiendo nueve síes y dos noes. La URSS y Polonia habían perdido incluso el apoyo de Francia que antes habían tenido.

En resumen: al comenzar la sesión del Consejo, la mayoría de los miembros eran proclives a que se tomase alguna decisión contra Franco. Pero querían apostar, todo lo más, tres o cuatro amarracos. La actitud de Gromiko, cortando el mus y cantando un órdago a la grande, colocó a esos mismos países en la posición de tener que definirse, y lo hicieron decidiéndose por la cautela, que es lo que un diplomático hace cien veces de cada cien cuando no está seguro de las consecuencias de sus actos. Gromiko, intentando ayudar a la causa republicana, le metió un pepino por donde los amargan.

Giral, amargamente, se quejaría en nota pública de los resultados de este Consejo de Seguridad del verano de 1946 indicando que su resolución era «una sentencia que no guarda relación con sus considerandos». Y tenía razón. Tan dura era la ONU diagnosticando el fascismo de Franco como blanda actuando contra él. Y, para solaz de los apoyos de Franco, tácitos o descarados, ello no había ocurrido por ninguna acción de esos amigos, sino por una terrible torpeza de uno de los mejores amigos de la República.

No obstante, ese verano del 46 es el más feliz para los republicanos exiliados. Todos los grupos políticos apoyan aún el gobierno Giral, aunque con las serias matizaciones prietistas; y el apoyo internacional es evidente en actos como el escrito firmado por más de cien diputados británicos en apoyo de la República. En Hungría, el gobierno de Zoltan Tildy reconoce oficialmente a la República. Los obreros checoslovacos se manifiestan a favor de España. La Asamblea Francesa invita a Giral a intervenir en su Comisión de Asuntos Extranjeros (ante la cual Giral, no sé muy bien basándose en qué, asevera que «el gobierno de la República puede garantizar que el orden y la disciplina no serán perturbados en España»).

Una vez más, y puesto que está en fase de envalentone, Giral se muestra contrario a un plebiscito que defina la forma de Estado, pues da por totalmente finiquitada la monarquía en España. Pero aquí empieza el gobierno Giral a pisar terreno no muy firme. La Conferencia socialista celebrada los días 27 y 28 de agosto en el exilio propugna «un régimen de libertad que permita al pueblo darse, por la vía del sufragio universal, el gobierno de su elección». En la misma línea se pronuncia, en la clandestinidad interior, la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, la cual, en un manifiesto, se compromete a aceptar toda solución contraria a sus postulados que la voluntad popular, libremente expresada, pueda tomar. La toma de posición socialisgta, esto es lo que temen los giralistas, arrastra al laborismo británico, que empieza a coquetear descaradamente con la idea de una solución monárquica.


Lo quieran o no Giral, su gobierno y las formaciones que están en el centro de su apoyo, la simple y pura reinstauración de la República está dejando de ser la única alternativa al franquismo.

El 23 de octubre comienza un nuevo acto. Tras el Consejo de Seguridad, llega la Asamblea de la ONU.

miércoles, junio 23, 2010

El rey republicano

Hace muy pocos días hemos podido contemplar, en Estocolmo, una prueba más de que es posible gastarse un montón de pasta en vestirse como un adefesio. Tal cosa acaba por aparecer en las bodas de sangre real, todas ellas tocadas de cierta propensión al exhibicionismo estético que no pocas veces cae en el ridículo. En todo caso, de esta boda se han dicho muchas cosas. Se ha casado la heredera de un trono con su profe de gimnasia, y se ha destacado lo extraño de esta situación. Lo cierto es que las bodas plebeyas de príncipes y princesas ya no sorprenden, por haberse convertido en lo normal. Pero es que en el caso de la corona sueca, esta normalidad es tanto más lógica si tenemos en cuenta su génesis. La actual casa real sueca fue iniciada por un hombre que, siendo rey, odiaba a los reyes, como odió a un emperador. Ésta es, en notas sucintas, su historia; la historia de Jean Baptiste Bernadotte.

Nuestro Juan Bautista nació el 26 de enero de 1763, de una familia dedicada tradicionalmente a la sastrería. Su padre, Henri Bernadotte, murió teniendo su hijo 17 años, dejando la familia en una situación económica comprometida que acabó por decidir al joven a enrolarse en el ejército. Su primer destino fue Ajaccio, en Córcega , donde, por lógica, es más que probable que, durante sus paseos, se cruzase con algún miembro de la familia Bonaparte.

Con 21 años lo encontramos sirviendo, ya de sargento, en Grenoble, y conocido por todos los militares como Sergeant Bellejambe, o Sargento Piernabella, mote que alude a su éxito con las mujeres. Es tanto tal éxito que incluso el guapo sargento se liga a una grenoblina con un nombre tan sensual como Catalina L'Amour, y le hace una hija, Olimpia Bernadotte, que morirá siendo niña.

Estalla la Revolución Francesa. Por mor de la misma, el jefe de la guarnición, el coronel D'Ambert, a causa de su condición noble, es condenado a muerte. Bernadotte, quien durante toda su vida se caracterizará por ser fiel a sus ideas y planteamientos, le defiende. Luego, a la guerra; primero en Bélgica y luego, conforme avance el ejército francés, en Austria. Como siguiente campaña, Bernadotte es enviado a Italia, con 20.000 hombres, a auxiliar a un general llamado Napoleón Bonaparte. El encuentro entre ambos aflora una neta antipatía, lógica entre un militar como Bernadotte, de sólidas convicciones republicanas; y otro, como Napoleón, que, si bien no ha descubierto aún sus cartas, no se recata en esconder la elevada opinión que tiene de sí mismo y de su misión histórica.

Hagamos una breve pausa en la vida de Juan Bautista.

El 18 de septiembre de 1793, en Marsella, una jovencita espera a las puertas de las dependencias oficiales, adonde ha ido para terciar en favor de su padre y su hermano, que han sido detenidos por los comités revolucionarios. A pesar de sus porfías, no consigue gran cosa. Pero esa tarde-noche, un hombre entra en la sala donde ella está esperando y se fija en ella, Bernardine Desirée Clary. Ese hombre es José Bonaparte, el hermano de Napoleón que algún día será el despreciado rey de España. Si en aquel momento una voz en off le hubiese dicho a él que sería rey de Nápoles y de España, y a ella que sería reina de Suecia y de Noruega, es de suponer que se habrían descojonado de la risa.

José consigue la liberación de los Clary y, automáticamente, comienza a cortejar a las dos hermanas, Desirée y Julia, para terminar casándose con la segunda de ellas. Aunque, antes de esa boda, cuando aún José está pelando la pava con Desirée, su hermano Napoleón visitó Marsella y conoció a las hermanas. Opinó, según cuenta en sus memorias Desirée, que ésta era demasiado impulsiva para José, así pues le recomendó que se casase con Julia (y, como sabemos, el hermano le hizo caso). Por su parte, Napoleón decidió casarse con Desirée. Así pues, la que sería reina de Suecia y de Noruega bien pudo ser emperatriz de Francia.

Como he dicho, fue Napoleón quien decidió que aquella era su esposa perfecta. Pero con el mismo desparpajo que hizo esa decisión, la deshizo año y medio después, cuando conociese en París a Josefina de Beauharnais, quien sería su mujer. Desirée quedó absolutamente desolada e incluso le prometió a su ya ex novio guardarle las ausencias hasta la muerte, como era bastante normal en aquellas jovencitas románticas.

Desirée Clary y Jean Baptiste Bernadotte se conocerían en París, en una recepción de José Bonaparte, unos dos años después de que Napoleón la dejase marchándose, nunca mejor dicho, a la francesa. Se casaron el 17 de agosto de 1798. Pero los, y sobre todo las, amantes de las historias de amor, tienen muchos elementos para pensar que ambos estaban predestinados. En junio de 1789, un joven oficial Bernardotte seguía a su coronel D'Ambert y recaló en Marsella. Su coronel le dio un salvoconducto para que cierto civil de la calle Roma de dicha ciudad le diera alojamiento. El joven Jean Baptiste fue a la casa y le dio al dueño el papelito. Al casero no debió gustarle el porte de Piernabella, o quizá le pareció indigno de su casa hospedar a un puto sargento, motivo por el cual lo despachó con una disculpa.

Aquel hombre era monsieur Clary, y la casa de la calle Roma la vivienda de su familia y, por lo tanto, también la de la jovencita Desirée. Quienes nueve años después fueron marido y mujer no se conocieron aquel día por razón de lo cutre que fue el suegro.

Con su matrimonio, Bernadotte se convirtió asimismo en pariente de los Bonaparte. Pero Napoleón no le quería en París; seguía sin caerle bien. Lo mandó de comandante del ejército del Rhin. Pero el año siguiente, el gobierno republicano lo nombró ministro de la Guerra, por lo que regresó a París. Por aquel entonces nace el único hijo de la pareja y, por cierto, se produce un gesto de enorme ternura por parte de Desirée: le escribe una carta a Napoleón, entonces en Egipto, pidiéndole que sea el padrino del niño. Una forma muy femenina de decir: te he perdonado, hijoputa.

Juan Bautista dura en el proceloso lago de la alta política parisina exactamente seis semanas. Pasado ese tiempo, las envidias en la cúpula republicana comportan su cese. Merced a esta decisión, fomentada sobre todo por Barras, cuando llegue el 18 de Brumario y el golpe de Estado de Napoleón, Bernadotte no estará ahí para oponerle resistencia. En un encuentro posterior, el futuro rey de Suecia le dirá al futuro Emperador: «si yo hubiese sido ministro el 18 de Brumario, con seguridad os habría fusilado».

Esta afirmación es, más que probablemente, una exageración. En París mucha gente espera que Bernadotte salga de casa y se ponga al frente de milicias más o menos organizadas, que todo el mundo sabe están dispuestas a obedecerle. Pero no lo hace. Según todos los indicios, es José Bonaparte quien le come la oreja y acaba convenciéndole de que no se inmiscuya.

Ya en el poder, Napoleón hace todo lo posible por alejar a ese incómodo Bernadotte, que una vez se ha quedado en casa sin hacer nada, pero que lo mismo en cualquier momento decide hacer las cosas de otra manera. Incluso le ofrece la embajada en Estados Unidos, que éste no acepta. En 1804, cuando Napoleón decide su upgrading a la condición de emperador, consigue que Juan Bautista acepte la situación sin oponerse. Para recompensarle, lo nombra gobernador general de Hannover, gesto que, sin él saberlo, va a conseguir que al general, con el tiempo, le toque el gordo. En la famosa ceremonia de autocoronación de Napoleón como emperador, Jean Baptiste Bernadotte será quien porte el collar imperial.

Estamos en 1810. En Suecia, la dinastía reinante, los Vasa, se extingue. El último rey se ha vuelto loco y por eso le ha tenido que sustituir su tío, bastante decrépito, con el nombre de Carlos XIII. El Parlamento sueco busca un candidato para elegirlo rey. Y se fijan en el administrador de Hannover y algunas villas hanseáticas, de quien todo el mundo dice maravillas. Dicho y hecho: el 21 de agosto de 1810, el Parlamento elige rey a Jean Baptiste Bernadotte.

¿Se lo piensa mucho Juan Bautista? Es posible, porque es un republicano convencido. Probablemente, hay dos factores que pesan en su decisión positiva: por un lado, el hecho de que la monarquía sueca sea una monarquía constitucional, lo cual la hace más tragadera a ojos de un republicano. Por otro lado, lo mal, pero mal mal, que le sienta el ofrecimiento a Napoleón Bonaparte.

Bernadotte renuncia a la nacionalidad francesa y llega a Suecia el 20 de octubre de 1810. El pueblo les recibe con entusiasmo y eso place al futuro rey; pero no tanto a la futura reina. Pocos días después de llegar, Desirée está hasta las tetas de tanto frío, y decide volver a París. Será reina de Suecia por internet. De hecho, cuando los enemigos de Napoleón, entre los cuales se encontrará su marido, entren en París, cuatro años después, ella estará allí para contemplarlo.

El 5 de febrero de 1818, Carlos XIII muere y se produce la inmediata proclamación de Carl Johan, pues tal es el nombre que adopta Bernadotte. No es hasta junio de 1823 que se le reunirá la reina, que hasta entonces permanecerá en París.

El 8 de marzo de 1844, fallece Carl Johan, rey de Suecia y de Noruega. Al desnudarlo para prepararlo para los funerales, los sirvientes encontrarán un tatuaje en su brazo que nadie había visto antes. El tatuaje, probablemente un calentón de juventud, dice: «¡Abajo los reyes!»


Así pues, de alguna manera, Jean Baptiste Bernadotte, o Carl Johan de Suecia y de Noruega si lo preferís, fue un extraño caso de rey republicano. Con un inicio así, ¿quién se extraña de la existencia de un consorte profesor de gimnasia?

domingo, junio 20, 2010

La guerra civil bis (5)

1946 es un muy mal año para Franco. No sólo el Partido Comunista, en el interior, se cae del guindo de que no puede hacer la guerra por su cuenta, con lo que disuelve la Junta Suprema de Unión Nacional para ingresar en la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. Además, la antigua formación de Gil Robles, los monárquicos, los liberales y conservadores de la República, se unen en torno a Juan de Borbón y publican en París un manifiesto, que obliga al Caudillo a exiliar en Canarias al general Kindelán, notorio monárquico. No obstante, el jefe del Estado no está por la labor de mostrarse débil, y el 22 de febrero, contra la oponión internacional, fusila a Cristino García y un grupo de maquis.

Ante tamaña actitud, el 26 de febrero de aquel año el Consejo de Ministros francés decide cerrar la frontera pirenaica a partir del 1 de marzo. Esta decisión busca, claramente, que El Pardo rompa relaciones diplomáticas con Francia. Franco, de hecho, cerró la frontera un día antes de lo que la fecha prevista por los franceses, aunque no dio el paso diplomático esperado.

Es en esta situación en la que el gobierno de los Estados Unidos propone a las otras dos potencias aliadas occidentales la realización de una toma de posición pública conjunta. Dicha nota, la famosa Nota Tripartita, se publica el 5 de marzo de aquel año. Dentro de la nota, los tres firmantes afirman que «desean que unos dirigentes españoles patriotas y liberales consigan provocar la retirada pacífica de Franco, la abolición de Falange y el establecimiento de un gobierno provisional o encargado de la expedición de los asuntos corrientes, bajo cuya autoridad el pueblo español tuviera la posibilidad de determinar libremente el tipo de gobierno que desea y de elegir sus representantes». También dice la nota: «a despecho de las medidas represivas tomadas por el régimen actual contra los esfuerzos ordenados del pueblo español para expresar y dar forma a sus aspiraciones políticas, los tres gobiernos esperan que el pueblo español no conocerá de nuevo los horrores y las amargas experiencias de la guerra civil».

La Nota Tripartita fue redactada, probablemente, por funcionarios norteamericanos. Pero, probablemente, por sus venas corría sangre gallega, porque es un prodigio de ir hacia todas partes sin ir a ninguna en particular. Para el antifranquismo de a pie, no sus dirigentes, la nota tripartita fue la hueva en verso endecasílabo. La confirmación de que el mundo libre estaba contra Franco y dispuesto a actuar contra él retirándole los embajadores. Pero, en realidad, la Nota Tripartita tenía varias cargas de profundidad. Contenía, eso sí, el reconocimiento de la existencia de intentos «ordenados» de oposición al franquismo, en lo que probablemente era una alusión indirecta al «desorden» comunista, lo cual suponía un aval tácito para la oposición en el exilio. Asimismo, la Nota Tripartita compraba lo que podríamos denominar la «doctrina Prieto», según la cual se debía nombrar un gobierno de hombres buenos y democráticos que organizase unas elecciones libres. Sin embargo, el texto también tenía putadas.

La primera putada era el deseo compartido de las potencias de que la guerra civil no se repitiese. Por lo tanto, los países más poderosos del mundo libre decían, negro sobre blanco, que nadie iba a disparar una sola bala para echar a Franco; más aún, esa frase podía interpretarse como la afirmación, que con el tiempo se haría más cierta, de que, en la medida que Franco garantizase la paz o fuese un factor de paz, sería más fácil aceptarlo. La referencia a la eventual acción de españoles patriotas y liberales dejaba bien claro que, al revés de lo que ocurría para la República en el exilio, para los firmantes no todos los integrantes del Frente Popular eran invitados a formar parte del gazpacho antifranquista. Por último, la alusión a una salida pacífica de Franco dejaba claro, una vez más que las potencias no harían nada que implicase el uso de la violencia o de la fuerza.

Como digo, a no pocos exiliados de a pie la Nota Tripartita les pareció caída del cielo. Pero a los líderes republicanos les provocó un cabreo del 47. El gobierno Giral hubiera esperado una ruptura radical con el gobierno de Franco; algo parecido al bloqueo americano contra Castro, incluyendo, por supuesto, la pública admisión de la legitimidad del Ejecutivo republicano en el exilio (esto quiere decir, por lo tanto, que las aspiraciones del gobierno Giral van aún más allá de la actitud de la Casa Blanca hacia Castro, pues éste no ha dejado de ser reconocido como el jefe del Estado cubano).

Con la llegada a París el 12 de marzo de Martínez Barrio, la República estaba plenamente instalada en la capital francesa. En ese momento, Giral abordó la ampliación de su gobierno para incluir todas las fuerzas del exilio; movimiento con el que, en mi opinión, demostró que no se había enterado de nada. Se lo había dicho Rockefeller durante la reunión de la ONU. Se lo volvió a decir la Nota Tripartita en el alambicado lenguaje diplomático. Y se lo volvió a decir Prieto, líder para entonces de la facción más moderada del PSOE, quien se negaba a que los comunistas entrasen a formar parte del gobierno republicano en el exilio. Giral, sin embargo, impuso su criterio, con lo que en el gobierno exiliado entraron Santiago Carrillo, por el PCE, y Alfonso Rodríguez Castelao, por los galleguistas, junto con un conservador republicano, Rafael Sánchez Guerra, aunque este nombre permaneció en secreto porque estaba en el interior de España. Enrique de Francisco, del PSOE, entró como ministro de Economía, cubriendo la vacante dejada por Fernando de los Ríos, que dimitió como ministro de Estado por motivos de salud (en la cartera lo sustituyó Giral). Asimismo, Nicolau d'Olwer dimitió para ser nombrado embajador en México.

Giral había puesto todos los huevos en la cesta del gobierno republicano. Hasta Negrín, que seguía a su bola, publicó una nota renunciando a hacerle oposición a aquel gobierno. El 5 de abril, el gobierno polaco de concentración reconoce al gobierno republicano, y la monarquía rumana rompe relaciones con Franco. El 13 de abril les reconoce Yugoslavia, y el 27 es Bulgaria la que retira su embajador.

Como puede verse, los países que serán del bloque del Este, cada vez más en la órbita soviética, son el principal ariete internacional de la República. En la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, el representante polaco, el inasequible al desaliento Óscar Lange, saca a pasear la cuestión de la España de Franco. Fernando de los Ríos, observador oficioso, interviente para aseverar que tiene informes fidedignos según los cuales Franco tiene formado un ejército tan grande como el francés, y que lo está preparando para asentarlo en la frontera con Francia. Este paso es absolutamente necesario para los republicanos españoles porque, como dejan bien claros los debates que en el seno de la ONU se producirán en los próximos años, cada vez más la comunidad internacional exigirá, para poner pies en pared contra Franco, que éste sea una amenazada como lo fue Hitler; esto es, que sea susceptible de agredir a otros países. Es tristísimo constatar esto, porque equivale a decir que a la comunidad de países, la represión de los españoles, en realidad, no les importaba tanto. Lo cierto es que casi siempre es así.

A mi modo de ver, las exageraciones polacas y republicanas españolas, jaleadas por Radio Moscú a toda pastilla, jugaron en contra del crédito republicano. Permitieron a la Casa Blanca amorcillarse en tablas y decir que no daría un paso más mientras Polonia no demostrase, de forma fehaciente, sus afirmaciones sobre el pretendido tamaño del ejército español, sus investigaciones en materia atómica y de armas supersónicas; teorías estas dos últimas que para cualquiera que sepa algo de cómo estaba España en 1946 le moverán a la risa floja. Y es que Georges Bush no fue el primero al que se le ocurrió atacar a un dictador en la ONU afirmando que estaba desarrollando armas de destrucción masiva.

El 16 de abril, en la apertura de la 34 sesión del Consejo de Seguridad, Lange presentó la moción que impulsaba a los países a romper relaciones diplomáticas con Franco. Al día siguiente la defendió, defensa en la cual repitió la estrategia, llegando afirmar que en la localidad toledana de Ocaña, y bajo el máximo secreto, un tal doctor Bergmann von Segerstay estaba desarrollando una bomba atómica. Entre otras cosas, también acusó a Franco de ofrecer su ayuda a los japoneses en la preparación del ataque a Pearl Harbour. Como no fuera para preparar los bocadillos... ¡Tora, Tora, Tora, y de las JONS!

Francia, que como sabemos acababa de cerrar la cancela, y México apoyaron a tope la proposición polaca. Holanda, después, intervino para decir que todo aquello no eran más que conjeturas. El delegado americano, Stettinius, se ciñó a la Nota Tripartita como sus vestidos a las caderas de Uma Thurman, y aseveró que cualquier solución debería evitar una nueva guerra civil. Más claro, Alexander Cadogan, delegado británico, se negó a apoyar la propuesta polaca. Brasil también intervino para oponerse. Finalmente, la situación de bloqueo fue vencida por Australia, que tenía una posición equidistante, mediante el viejo truco de aprobar la formación de una comisión de estudio, que estuvo finalmente formada por Australia, Brasil, China, Francia y Polonia.

El gobierno Giral, en la elaboración de su memorando a la comisión de estudio, aprovechó la ocasión para soltar algo de lastre. En unas declaraciones por aquella época, por ejemplo, Giral dijo que si el pueblo español votase libremente la monarquía, ellos lo aceptarían; lo cual supone algún cambio respecto de la cerril posición anterior. No obstante, mantuvo algunas ideas y acusaciones un tanto febles. En el curso de sus dos comparecencias ante la Comisión, por ejemplo, dijo que desde febrero de 1946 existía en España un ejército alemán disfrazado, acusación que coincidía con la de los polacos, según los cuales 200.000 soldados alemanes del ejército de Vichy habían pasado a España y allí seguían, acantonados y armados. Asimismo, se hablaba de un misterioso envío de científicos alemanes a Madrid por orden de Martin Bormann, el 22 de mayo de 1945.


Y, con éstas, llegó el dictamen de la comisión.

viernes, junio 18, 2010

La guerra civil bis (4)

El 7 de noviembre de 1945, en la presentación de su gobierno ante las Cortes, José Giral aparece con una evidente voluntad integradora bajo la cual, entre otras cosas, asevera que «aspiramos a superar la oposición entre el Oeste y Rusia, adalid del Este europeo». Esta frase del informe presentado ante los diputados indica que el gobierno republicano en el exilio es, en buena parte, consciente del gran problema de política internacional que se le presenta a sus intenciones. De hecho, en buena parte es este argumento el que explica el distanciamiento de los republicanos respecto de Negrín y de los comunistas. Pero, sin embargo, es un distanciamento que no conseguirá, o más cabe decir que no podrá, ser tan intenso como le gustaría al Foreign Office, sobre todo. Como los hechos por venir en el seno de las Naciones Unidas demostrarán bien pronto, en realidad el apoyo internacional a la República se reduce a un par de apoyos diplomáticamente más o menos exóticos, como el de México, y el apoyo decidido del bloque soviético, bien que no ejercido directamente desde Moscú sino a través de diplomacias satélite. La República no puede, y en buena parte probablemente tampoco quiere, abandonar el lenguaje más que comprensivo hacia el «adalid de la Europa del Este», aunque cada vez se haga más difícil ir por la vida diciendo que se es una democracia parlamentaria y, a la vez, amiguito de semejante sistema.

Otro aspecto de cajón de madera de pino del discurso giralista es su decidido republicanismo. En el mismo informe, Giral dice: «no creemos que España, dada su Historia, pueda salvarse sino por la República». Los veteranos republicanos del exilio, políticos del exterior que, con el tiempo, estarán cada vez más divorciados de lo que se cuece en la que fue su casa, retienen como argamasa fundamental de su unión la apuesta republicana en clave binaria o maniquea: la República es Uno, la Monarquía es Cero. No se le puede reprochar esta postura a Giral et altera; es lógico, justo y necesario. Pero que las cosas sean justas no quiere decir que no sean incómodas o problemáticas. En el ajedrez de las diversas transiciones del franquismo que durante cuarenta años se irán manejando, habrá siempre un alfil situado en Londres. Y Londres, por un montón de razones, apostará siempre, de forma irrestricta de quién ostente su gobierno, por una solución monárquica para España. Por lo demás, la identificación del exilio, República = democracia y libertad, es una identificación en la que muchos no creen, y la República exiliada hará poco por acallar esos pruritos, convencida como está de que son absurdos.

Hay, por lo demás, una frase en el informe Giral que, la verdad, se podía haber ahorrado. Ésta: «Si la desventura, a nuestro pesar, hiciera imposible una solución de paz para nuestro problema, lo que acusaría inmadurez en la conciencia moral internacional, el gobierno de la República no vacilaría en aceptar, con inmenso dolor, y así lo declara, la responsabilidad de la violencia». Ojalá viviesen los testigos de aquellos tiempos para poder contarnos por qué narices se incluyó esta frase en el informe, por qué estúpida razón se hizo una lectura tan torpe de los tiempos y de las situaciones.

En noviembre de 1945, el mundo era un boxeador agotado que hace dos minutos ha ganado un combate a los puntos tras quince asaltos durísimos. El púgil sólo desea una cosa: quedarse tranquilo. Y sólo rechaza una cosa: tener que volver a subir al ring a boxear. Empapados de su filosofía moral según la cual el mundo libre tenía que hacer lo que fuese por echar a Franco, los republicanos españoles fueron, a mi modo de ver, incapaces de percibir que Occidente no estaba por la labor de echarlo a hostias, a menos que Franco hiciese de Hitler y se dedicase a consolidar e incrementar su ejército para, por ejemplo, preparar una acción sobre Gibraltar. Algo que el Caudillo, obviamente, se guardó mucho de hacer.

La filosofía republicana es aquélla que sostiene que la violencia es legítima contra lo ilegítimo. La filosofía de las agotadas sociedades europeas que han perdido hijos y padres a miles en la guerra es que ni de coña va a volver a haber leches. Como veremos cuando lleguemos a la famosísima Nota Tripartita, verdadero eje y pivote de la historia que se cuenta en estas notas, será allí donde las grandes cancillerías contesten, indirectamente, a esta desgraciada salida de pata de banco de Giral y, por extensión, de la República en el exilio.

La cuestión de confianza subsiguiente al informe no fue sencilla. Alfonso Rodríguez Castelao, en representación de los republicanos gallegos; Lasarte, por el PNV; Cordero, por el Partido Federal; y Gomáriz, de Unión Republicana, la apoyaron. Sin embargo, Lamoneda, socialista negrinista; Uribe, comunista, y Fernández Clérigo, en representación de un grupo llamado Agrupación de Izquierda Republicana, intervinieron para decir que hubieran preferido a Negrín de presidente del gobierno. Ante tamañas intervenciones en apoyo de un militante del PSOE para primer ministro, otro militante del PSOE, Indalecio Prieto, se levantó para defender a Giral. Como se ve, el socialismo estaba muy unido en aquel entonces.

En todo caso, la confianza se otorgó por aclamación, es decir sin votación; y a mi modo de ver es una pena, porque de haberse votado se dispondría de una información muy interesante para el análisis histórico actual. La cosa iba sobre carriles. Pero, claro, estaba presente en aquellas Cortes uno de esos políticos acostumbrados a dar una de cal, y otra de arena.

Al día siguiente, 8 de noviembre, en el turno de explicación de voto, Indalecio Prieto elaboró un discurso muy medido que puso de los nervios a Giral y a su gobierno. Básicamente, la tesis del discurso fue: apoyo al gobierno Giral, siempre y cuando sirva para lo que tiene que servir, es decir para conseguir que las potencias mundiales echen a Franco. Si no, ya lo siento, pero que le den. Más aún: Prieto lanzó el Misil Pershing sobre la República en el exilio cuando pronunció la siguiente frase: «obedeceremos lo que se nos diga desde dentro de España cuando lo diga voz autorizada. Si allí se traza un camino, desde luego digno, que no sea el que hemos emprendido nosotros aquí, nosotros lo seguiremos sin vacilaciones».

La diferencia entre el antifranquismo de interior y del exilio es, básicamente, que el primero de ellos, como estaba comiendo mierda todos lo días, acabó por ser mucho más posibilista que el segundo. Por decirlo de alguna manera: los antifranquistas clandestinos apostaron pronto por cualquier fórmula que acabase con Franco, mientras que los antifranquistas exiliados sólo estaban dispuestos a aceptar aquéllas de esas fórmulas que cuadrasen con su cosmovisión política. Estamos hablando, claro, de la forma de Estado. Tierno Galván describe muy bien en sus memorias como para la mayoría de los socialistas de interior llegar a la democracia bajo el ala de un rey no les producía urticaria republicana; de hecho, los socialistas de hoy son los nietos de ese posibilismo. El Prieto de noviembre de 1945 ya sabe cosas. Sabe que hay por ahí un runrún de convergencia con las fuerzas conservadoras pero democráticas (hecho éste que repugna a muchos republicanos exiliados, para los cuales conservador democrático es un oxímoron), y no está dispuesto a dejar que ese proceso, que reputa con muchas más posibilidades de triunfo que la oposición frontal y republicana al franquismo (y los hechos demuestran que acertaba), se haga sin que él participe.

Prueba de ese posibilismo de la oposición de interior es la formación, por republicanos, socialistas y anarquistas de interior, de la llamada Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, que se produce por aquel entonces y es casi contemporánea de la creación por los comunistas de la Unión Nacional Antifascista. La ANFD, en su primer comunicado, declara que «no tiene relación alguna» con la Junta Suprema de Unión Nacional inspirada por el PCE y asevera que «rechaza por igual el contubernio con el enemigo y la irresponsabilidad peligrosa del amigo». Mientras Giral, por lo tanto, llama a Stalin «adalid de la Europa del Este», el antifranquismo de interior no comunista se apresta a aseverar que ellos no van con los comunistas ni a comprar lotería. La ANFD sufrió la infiltración de un tapado de la policía franquista, y todos sus miembros, salvo Sánchez Guerra, fueron detenidos.

Así las cosas, el gobierno, a través de Gordón Ordax, presentó una moción que finalizaba abruptamente las deliberaciones de las Cortes, para evitar que hubiese bronca.

En ese mismo año, 1945, se ha lanzado un manifiesto que asevera que «el régimen del general Franco, inspirado en sus orígenes por los sistemas totalitarios de las potencias del Eje tan contrarios al carácter de nuestro pueblo, es fundamentalmente incompatible con las circunstancias que la guerra está creando». Estas afirmaciones tan categóricas las hace un ciudadano llamado Juan de Borbón, que apenas algún año antes de escribir estas lindezas se presentaba voluntario para luchar a favor de ese régimen inspirado por el fascismo y contrario al carácter del pueblo español, sin que pareciese que estos handicap le preocupasen mucho. Ahora, sin embargo, los movimientos franquistas tendentes a hacer de España un reino sin rey, mueven a Juan a tratar de alinearse con la oposición al franquismo.

Quizá el Borbón, o los gilrrobleses que le rodeaban, pensaron que esta declaración por parte del jefe de la Casa de Borbón crearía una fractura dentro del franquismo. Pronto descubrieron, sin embargo, que los monárquicos franquistas eran, en realidad, franquistas monárquicos. Hubo, desde luego, monárquicos que pensaron que los militares de tal filiación tomarían el poder y llamarían a Juan de Borbón para tomar el gobernalle del Estado; pero nada de eso ocurrió. Todo lo que ocurrió es que un fiel colaborador de Franco como el duque de Alba, embajador en Londres desde 1930, presentó la dimisión. Hay quien ha dicho que la cúpula militar monárquica le ofreció a Juan de Borbón que el aviador Juan Antonio Ansaldo lo recogiese en Lisboa para llevarle al aeródromo de Puerta de Hierro, donde sería recibido por los militares, que le acompañarían al Pardo a convencer a Franco de que no retrasase más el retorno de la monarquía. Sin embargo, para entonces hasta Juan de Borbón, que nunca fue un fino analista que digamos, entendía que en la España de Franco nada podía cambiar sin la anuencia de Franco (salvo, claro, que se muriese, como le pasó en el 75). Nadie habría convencido al pueblo español de 1945 de la necesidad de un cambio que Franco no reputase necesario.

En noviembre de aquel año de 1945, la Venezuela de Rómulo Bethancourt se une a México, Guatemala y Panamá en la lista de países que reconocen el gobierno republicano en el exilio como el legítimo de España. El 19 de diciembre, la Comisión de Asuntos Extranjeros de la Asamblea Francesa pide al gobierno que rompa sus relaciones con Franco. El 21 de diciembre, Míster Armour, embajador de Estados Unidos en Madrid, abandona el país.

En enero de 1946, media Europa considera que al régimen de Franco le quedan dos telediarios.Para entonces, la lista de los que han repudiado a Franco es larga: México, Rusia, China, Checoslovaquia, Polonia, Austria, Hungría, Bolivia, Yugoslavia, Bulgaria y Rumania. Los parlamentos de Cuba, Ecuador, Uruguay y Francia han solicitado la ruptura de relaciones. México, Guatemala, Panamá y Venezuela han reconocido la legitimidad del gobierno republicano. El 8 de febrero, el mismo día que las Naciones Unidas aprobaban una moción antifranquista presentada por Panamá y que no recibió ni un solo voto en contra, Giral llega a París. Instalar al gobierno republicano en el exilio en la capital francesa es uno de los pasos que se han diseñado para mejorar su presencia internacional.

Las cosas pintan bien. Y, a ojos de muchísimos exiliados, sobre todo de a pie, pasarán a pintar aún mejor con el siguiente acto de esta historia. Este acto, sin embargo, a pesar de ser epidérmicamente prorrepublicano, lleva en su seno el germen de lo que, con el tiempo, hará que las tornas se vuelvan a favor de Franco.

Hablamos, hablaremos, de lo que la Historia conoce como Nota Tripartita.

miércoles, junio 16, 2010

El mantra autonómico

Las situaciones de crisis sirven para muchas cosas, entre las cuales se encuentra el afloramiento de problemas y debates que permanecían dormidos. Uno de los mantras de esta crisis, en este sentido, consiste en hablar del gasto y de la deuda de las autonomías y de la necesidad de refrenarlo, reformarlo o, añaden los más radicales, incluso terminar con él. Esta última propuesta de Fuera Autonomías revela hasta qué punto el debate está emputecido. En puridad, no habría mejor manera de acabar hundiendo a este país en el pozo maloliente de la pobreza, que acabar con las autonomías y la importante caterva de hogares que viven de ellas de una forma directa, nos guste o no. Pero, en todo caso, el debate en torno a las autonomías está revelando toda una discusión vieja, que no es ni siquiera de cuño español.

España, en este sentido, es parte de un debate histórico que se produce en otros países, por ejemplo Alemania, donde el federalismo más o menos camuflado se ha impuesto por motivos que van más allá de la voluntad de los pueblos. La organización del Estado alemán es una organización claramente buscada para diseñar una nación con un poder descentralizado más acorde con lo que era la Alemania de posguerra: un país con varios dueños. A España le ocurre lo mismo. España es un país que tiene varios dueños, algunos de los cuales viven en Madrid, y otros no. Agustín de Foxá, personaje de notable capacidad irónica, solía decir que Cataluña es la única metrópoli del mundo obsesionada con independizarse de sus colonias. En realidad, no se trata de que Cataluña sea o no sea España; se trata de que Cataluña es una de las dos grandes salas de máquinas de España y, consecuentemente, no hay diseño posible para este barco que no incluya características suficientemente aceptables por su parte.

El (pseudo) federalismo catalán y la extraña mezcla entre soberanismo moderno y foralismo medieval que conforma el nacionalismo vasco condicionan la Historia de España de todo el siglo XX y, consecuentemente, eran una de las principales incógnitas de la ecuación en 1975 cuando, con la muerte del general Franco, se cerró el larguísimo paréntesis que para la cuestión abrió su dictadura. Todos los planes de avance de España desde el Pacto de San Sebastián de 1930 hasta la PlataJunta democrática antifranquista han tenido que hacer un primer trabajo consistente en limar asperezas ideológicas entre socialistas, comunistas, anarquistas, liberales, conservadores y mediopensionistas; y, luego, han tenido que abordar un segundo trabajo, que es coger el momio resultante y hacerlo coherente con las aspiraciones de los nacionalistas.

Durante el franquismo los nacionalismos, en buena parte por las ronchas que tenían en la piel en su difícil relación con la República durante la guerra civil (más difícil cuanto más cercana al comunismo se quiso dicha República) , se extrañaron de la oposición al general, haciendo la guerra por su cuenta. Y así les fue. Para cuando Franco se murió, a los catalanes y vascos en el mundo no los conocía ni Dios. Quien más, quien menos, tenía sus apoyos: los republicanos irredentos, el de México; los socialistas moderados, el de Billy Brandt y Olof Palme; los comunistas, el de sus padres. Pero la cuestión catalana y vasca le importaba un bledo a las cancillerías en las que se coció la salsa constitucional de la Transición. Es más que probable que Henry Kissinger pensara que Guernica era un pescado.

Los nacionalistas, sin embargo, fueron extraordinariamente rápidos y eficientes a la hora de volver a colocarse en primera línea de interés. Las izquierdas exiliadas, de corte más propio de la República, se encontraron rápidamente con la sorpresa de que las izquierdas finiseculares, siguiendo ese proceso por el cual la autodeterminación de los pueblos se había convertido en centro de sus discursos, se habían hecho nacionalistas. Socialistas y comunistas superaron con elegancia esa contradicción interior inherente al hecho de decir, con la comisura izquierda de la boca, que todos los proletarios del mundo son tus hermanos; y decir, con la derecha, que hay que favorecer a la región propia.

Todo esto se acrisoló en la discusión de la Constitución del 78, que es un texto elegante para muchas cosas, pero en materia de autonomías, hay que reconocerlo, está bastante cerca de ser una puta mierda. Vale que un texto constitucional, como norma genérica que es, debe proveer en general. Pero una cosa es diseñar un marco general, y otra no diseñar ningún marco en lo absoluto. Más claro: el problema no está en las autonomías; está en su relación con el Estado central, porque nadie, a día de hoy, puede decir cuáles son los límites de dicha relación.

A la Transición política sólo le preocupaba una cosa de verdad en materia autonómica. Bueno, dos: en primer lugar, que nadie que pudiera exhibir un leve atisbo de voluntad autonómica en su pasado, desde la rebelión de los comuneros hasta la extraña figura de Rafael Casanovas, desde los dibujos de Castelao hasta los discursos de Blas Infante, se quedase sin su autonomía. En segundo lugar, que todo este cachondeo no alcanzase a los ingresos fiscales del Estado.

La única línea roja que se pintó de verdad en la Constitución del 78 fue la línea roja de que, en España, los impuestos los recauda el Estado central, excepción hecha de las comunidades forales, que los recaudan por su cuenta y luego cada año le pagan al Estado por los servicios prestados en la comunidad (es lo que se llama cupo), en un esquema que resulta abracadabrante que sea defendido por políticos que se supone que defienden el concepto de la solidaridad de los que más tienen para con los que menos.

Más allá de esta línea, que es la misma que le preocupaba a Azaña y consiguientemente no dejó traspasar a los catalanes, se permitió todo. Se diseñó, sí, un esquema dual, un esquema de autonomías completas y autonomías de baja intensidad. Son los artículos 143 y 151 de la Constitución, más el 138 que deja uno de ellos, en realidad, sin contenido.

Las autonomías del 143 son las autonomías de medio pelo: Aragón, Asturias, Baleares, Cantabria, Castilla y León, Castilla La Mancha, Extremadura, Madrid, Murcia y La Rioja. Las del 151 son las históricas (País Vasco, Cataluña y Galicia) más la otra foral (Navarra) más un pequeño grupetto de se entiende, más o menos, que tienen una intensidad autonómica mayor que la media (Andalucía, Canarias y Comunidad Valenciana). Esta clasificación, a mi modo de ver, no tiene ni pies ni cabeza. El independentismo canario, históricamente hablando, es bastante poca cosa; los canarios no han tenido jamás nada ni medio parecido a la rebelión de los Comuneros castellanos. La identidad valenciana, entendida como específica y diferenciada de la española, no se sabe muy bien de dónde sale; Andalucía tiene alguna tradición más, pero escasamente autonomista. Y, sin embargo, es autonomía de baja intensidad Baleares, que no sólo tiene idioma propio (ahora incluso dos, contando el alemán), sino que no siempre ha sido parte integrante en su totalidad de eso que llamamos la nación española.

Se supone que las autonomías del 143 son autonomías que se dedican al fomento de la actividad económica, los servicios sociales y las obras públicas. Las del 151, además, tienen competencias en materia de educación y sanidad y, algunas, seguridad pública. Pero, claro, está el 138, artículo según el cual toda región que tiene más de cinco años de Estatuto, hoy en día todas, tiene ya pedigree regional suficiente para poder asumir la totalidad de las competencias.

Este montajito, como digo difuso y genérico como hay pocos, es el que ha abocado a España a la situación actual, en la que uno de cada dos euros gastados por el actor público es gastado por las autonomías. Y esto ha ocurrido así mientras el Estado central apenas ha adelgazado, con lo que las estructuras se han duplicado. La insoportable levedad de la regulación constitucional de las autonomías, que como fruto del pacto de la Transición, consistente en no provocar ronchas a los nacionalistas a cualquier precio, es tan genérica que en realidad no marca apenas límite alguno para el desarrollo constitucional, es la que ha permitido que una de esas autonomías haya aprobado un Estatuto basado en el principio de que la decisión del Estado de transferirle dinero está mediatizada por una serie de normas que están en dicho Estatuto (con lo que una norma menor pasa a condicionar a la mayor); y los guardianes de la pureza constitucional lleven cuatro años, cuatro, decidiendo si eso está bien o mal escrito. Y no me extraña que no se pongan de acuerdo porque la Constitución, decir, decir, lo que se dice decir, poco dice al respecto.

En este entorno, como consecuencia de todo lo dicho, cada vez habrá que hablar más de las cifras de las autonomías. La que se ha sacado a pasear más en los últimos tiempos es la de la deuda. El asunto de la deuda de las autonomías tiene bastante atractivo porque permite muchas interpretaciones. Hay quien piensa, por ejemplo, que la autonomía que está más endeudada es la que tiene una deuda mayor. Ésta es una visión bastante paleta, con perdón de la palabra. Bajo ese punto de vista, la persona más endeudada de España quizá sea la baronesa Thyssen; lo cual no quiere decir, ni por asomo, que tenga ni la mitad de dificultad para cumplir con sus compromisos que la que tengo yo para pagar mi hipoteca.

Hay quien calcula la deuda de acuerdo con el PIB regional pues el PIB regional, al fin y al cabo, define la capacidad final de pago que cada región tiene. Pero esto también es equívoco porque las competencias asumidas no son las mismas y, consecuentemente, tampoco lo es la estructura de gastos.

Así las cosas, yo me he decidido por un indicador un poco más pedestre, que es el multiplicador de presupuestos. Esto es: poner en relación el nivel de deuda, publicado por el Banco de España, con el gasto presupuestario total. Es una ratio que viene a significar lo siguiente: si una autonomía decidiese dejar de hacer absolutamente todo lo que hace para dedicar la totalidad de sus ingresos a amortizar su deuda, ¿cuánto tardaría?

Lo que me sale es estre fistro.



La Comunidad Valenciana es la comunidad más endeudada de España. Según mis cálculos, tardaría casi un año entero en devolver todo lo que debe, dedicando el gasto actual a pagarla. Baleares supera los 300 días y Cataluña los 250. La CAM está ligeramente por encima de los 200. Y estas cuatro comunidades son las que están por encima de la tasa de las autonomías consideradas en su conjunto.

No he tenido tiempo de buscar la cifra de gasto total de los presupuestos estatales, pero tengo la sensación de que esta ratio no es exageramente superior a la que se obtendría en el caso de la Administración Central, sobre todo si la aislamos de la Seguridad Social.
Y es que, de hecho, la deuda de las Comunidades Autónomas, aunque ya sé que es un mantra actual, no tiene pinta de haber crecido de una forma exponencial. Las CCAA han alcanzado en muy pocos años el 40% del gasto del Estado. Pero su deuda no es, ni de lejos, el 40% de la deuda total de las AAPP. Según las Cuentas Financieras de la Economía Española, es apenas el 16%.
Pero, claro, la cosa tiene truco. Las autonomías (y la Administración Central) han aprovechado el agujero metodológico europeo por el cual el endeudamiento de empresas participadas por la Administración no consolida dentro de la deuda de los entes públicos, para crear una miríada de empresas y empresitas participadas que se han endeudado, deuda que en realidad es deuda pública no contabilizada. Y nadie sabe a ciencia cierta a cuánto asciende.

domingo, junio 13, 2010

La guerra civil bis (3)

El 25 de abril de 1945 se abrió la conferencia de San Francisco. Por tal motivo, la Junta Española de Liberación redactó un memorando que, a día de hoy, es, al menos en mi opinión, el más completo memorial de agravios contra el franquismo que se ha elaborado.

Álvaro de Albornoz, Félix Gordón, Antoni María Sbert e Indalecio Prieto se desplazaron a San Francisco con copias del memorando traducidas. En la mañana desayunaban juntos y se repartían las distintas delegaciones diplomáticas, y luego se dirigían al palacio de la Ópera para conferenciar con ellos. Su labor fue ímproba, casi amateur y de una gran eficiencia. Lograron inesperados apoyos en Latinoamérica, cuyos gobiernos, mayoritariamente conservadores, eran en principio más partidarios de comprender a Franco; y, además, cosecharon apoyos en países europeos como Bélgica, Checoslovaquia, Yugoslavia o la propia URSS. Fueron víctimas de la frialdad de Reino Unido y la hostilidad de Edward Stettinius Jr., responsable de la diplomacia norteamericana y jefe de su delegación; aunque entre los representantes de los EEUU encontraron un aliado en Nelson Rockefeller, quien les aconsejó, con muy buen tacto probablemente, que pusieran cuanta más tierra de por medio mejor entre la JEL y el Partido Comunista para poder lubricar las relaciones con la Casa Blanca.

En realidad, el hecho de que los republicanos nunca cumpliesen del todo con ese consejo, aspirando a ratos a retrotraer al PCE a la vieja coalición del Frente Popular, acabaría por ser uno de los baldones del republicanismo en esta guerra civil bis.

Una de las batallas que ganaron entonces los republicanos fue la de la opinión pública. Se celebraron dos conferencias de prensa, el 21 de mayo y el 9 de junio, ambas multitudinarias y con asistencia masiva de medios de comunicación de habla inglesa. Se podría decir, para entendernos, que los republicanos españoles fueron un poco los palestinos de la conferencia de San Francisco.

En una de dichas conferencias de prensa, en la cual hubo de contestar un turno de preguntas de dos horas, Indalecio Prieto sustantivó los cuatros pasos que, en opinión de la JEL, debían darse en una auténtica política de aislamiento del franquismo por el entorno internacional:

  • En primer lugar, condena del franquismo en San Francisco.
  • En segundo lugar, retirada de los embajadores y ruptura de relaciones diplomáticas.
  • En tercer lugar, formación de un gobierno provisional salido de las Cortes republicanas (más concretamente: de la porción de las mismas que estaba en el exilio).
  • Y, en cuarto lugar, reconocimiento por parte de la ONU de dicho gobierno como el legítimo de España.

Con posterioridad, llegaron a San Francisco José Antonio Aguirre, lehendakari en el exilio; y Juan Negrín, presidente del Gobierno. Aquí fue donde la República echó su único borrón. Todos los amigos de la causa le recomendaron a la JEL que organizase un encuentro de las fuerzas republicanas en el exilio para mostrar su unidad (consejo que tenía sentido, más que nada, porque los comunistas no estaban). Pero Prieto se negó. No quiso compartir, no ya mesa sino techo, con Negrín. Para entonces, el enfrentamiento entre ambos era frontal. En el fondo, como siempre, el amargo y nunca suficientemente aclarado conflicto de la pasta de la emigración. El memorando de la JEL dibujaba a una legalidad republicana comprometida en una sola dirección y sin fisuras. Pero aquel gesto dejó bien claro que ni una sola dirección, ni ausencia de fisuras, ni nada.

No obstante este borrón, la República triunfó de pleno. En el llamado proyecto de Dumbarton Oaks, que pinta las actuales Naciones Unidas, le colocaron al artículo que decía «el organismo estará abierto a todos los países amantes de la paz» la coletilla «cuyo régimen no se hubiera establecido con la cooperación militar de Estados que combatieron a las Naciones Unidas»; lo cual equivalía a decir «excepto el bajito bigotudo ése de voz de pito que fue amigo de Hitler y piensa como él».

En la sesión del 19 de junio, en el que el representante mexicano presentó esta enmienda en un vibrante discurso en el que, entre otras cosas, recordó que Franco había pronunciado el archifamoso «¡Heil, Hitler!», nadie pidió la palabra en contra. Sin embargo, la propuesta fue apoyada por Francia, Australia, Bélgica, Uruguay, EEUU, Ucrania, Bielorrusia, Guatemala y Chile. En un mundo como el que estaban empezando a construir las naciones, en el que algunas de las antes citadas jamás estarían de acuerdo en nada las unas con las otras, la incesante labor republicana consiguió arrancar de ellos un consenso histórico. La propuesta ni siquiera fue votada. Se aprobó por aclamación.

Pocos días después, en Potsdam, las tres potencias ganadoras declararían sobre España: «[los tres gobiernos] no favorecerán ninguna solicitud de ingreso del presidente del Gobierno español [sic], el cual, habiendo sido fundado con el apoyo de las potencias del Eje no posee, en atención a sus orígenes, sus antecedentes y su íntima relación con los Estados agresores, las cualidades necesarias para justificar su ingreso en el seno de las Naciones Unidas».

El rotundísimo éxito conseguido por la República en San Francisco llevó a ésta ambicionar llegar a la tercera etapa Prieto, esto es la formación de un gobierno viable que operase como alternativa real al ilegal de Franco. Oliéndose la tostada, Negrín intensificó su campaña para hacerse ver como ese gobierno en el terreno que le era menos propicio, como es el exilio latinoamericano. Por eso fue a México y pronunció allí una serie de conferencias en las que trató, claramente, de aparecer como el gran estratega que tenía muy claro lo que había que hacer. La verdad, sin embargo, es que el republicanismo estaba vendiendo negrines compulsivamente, porque aquél distaba mucho de ser un valor en alza. El éxito de San Francisco se debía a Negrín más o menos en la misma medida en que las seis copas de Barça se deben a Torrebruno. Él lo sabía, como sabía que el gran muñidor de la JEL, Prieto, no se iría con él ni a comprar un sello.

Los días 7 y 8 de agosto, en otro movimiento, Negrín promueve una reunión de los distintos partidos republicanos, a la que el PSOE asiste sólo un día y a regañadientes, a la que le arranca una petición a Martínez Barrio para que reúna a las Cortes y jure ante ellas como presidente de la República. Negrín juega la baza de la «normalidad republicana». El mismo Negrín que seis años antes el negaba el pan y la sal a las instituciones parlamentarias republicanas quiere ahora revivirlas, pensando que aceptar el nombramiento de Martínez Barrio como presidente de la República, que es una consecuencia constitucional de la renuncia de Azaña, resucitará la vigencia y legalidad de su propio gobierno, que por aquellas fechas nadie ponía en duda.

Efectivamente, el 17 de agosto, en el salón de Cabildos de México D.F., se reunieron las Cortes republicanas, con la asistencia de 96 diputados. Martínez Barrio promete su cargo y, acto seguido, según las previsiones de la Constitución del 31, Negrín resigna su gobierno. Que pensaba que estaría en las quinielas de Martínez Barrio lo demuestra el hecho de que, efectivamente, en las consultas que evacúa éste, el de Negrín es uno de los dos nombres que escucha. El otro es el de José Giral. Pero en contra de Negrín juega el factor de que el de Giral es el nombre que más veces se pronuncia. Y el otro hecho, no menos grave para él, de que una de las principales fuentes de hostilidad hacia su candidatura proceda de su propio partido, el PSOE.

Así las cosas, Martínez Barrio encomienda el gobierno a Giral. De alguna manera, en ese momento se acaba la carrera política de Negrín, aunque ésta volverá a aparecer diez años más tarde, cuando tenga un gesto realmente incomprensible.

El primer gran problema para formar el gobierno Giral fue Negrín. El político burgués llegó a ofrecerle ser vicepresidente y ministro de Asuntos Exteriores (el único ministro real en un gobierno en el exilio), pero Negrín, obstinado y dolido, se negó a todo. El Partido Comunista (como se ve, la República no estaba madura para atender el consejo de Rockefeller) se negó a participar en ningún gobierno que no presidiese Negrín (no obstante lo cual, hoy no faltan historiadores que dicen que la comunistofilia de Negrín es un cuento que se han inventado los Lunnis). Prieto y Tarradellas, por su parte, también fueron tentados por Giral, y rechazaron ser ministros. Por todos estos motivos, Giral amagó con no formar gobierno, pues Barrio le había conminado a formar uno en el que estuviesen todos. Sin embargo, el presidente de la República le dijo que se contentaba con uno a la usanza clásica, es decir representativo de la mayoría del Parlamento.

Tras un mes de duras negociaciones, Giral formó un gobierno con los siguientes miembros:

  • Presidencia, José Giral (IR).
  • Estado, Fernando de los Ríos (PSOE).
  • Hacienda, Augusto Barcia (IR).
  • Justicia, Álvaro de Albornoz (IR).
  • Defensa, general Juan Hernández Sarabia, independiente.
  • Gobernación, Manuel Torres Campañá (UR).
  • Instrucción Pública, Miquel Santaló (ERC).
  • Navegación, Industria y Comercio, Manuel Irujo (PNV).
  • Emigración, Trifón Gómez (UGT).
  • Obras Públicas, Horacio Martínez Prieto (CNT).
  • Agricultura, José Enrique Leiva (CNT).
  • Ministro sin cartera, Ángel Ossorio y Gallardo, independiente.
  • Ministro sin cartera , Lluis Nicolau D'Olwer (ANC).


El 31 de agosto, se disolvió la JEL.

Este gobierno cuyos nombres acabáis de leer, y donde es marcada la ausencia de nombres de primera fila como Prieto, Gordón, Sbert y, por supuesto, Negrín y los comunistas, era el gobierno destinado a administrar la victoria por goleada de la conferencia de San Francisco. Fue el gobierno de la ilusión, el gobierno en el que los republicanos pusieron sus mayores esperanzas y su mayor confianza en que Franco caería como fruto del aislamiento internacional.

Fue el gran gobierno republicano en el exilio, y es posible que no muchos de sus miembros considerasen, en agosto de 1945, que, sin tenerlo chupado, lo tenían muy factible. Las cosas, sin embargo, y a pesar de que en la fachada la República seguiría cosechando éxitos, no iban a ir exactamente como ellos esperaban.

viernes, junio 11, 2010

La guerra civil bis (2)

El 27 de julio de 1942, espoleada por el anuncio hecho en Madrid de que Franco va a montar unas cortes orgánicas, la Diputación Permanente de las Cortes Republicanas, o si se prefiere la esquinita de la República en el exilio más controlada por los partidos republicanos burgueses, decide elaborar una nota dirigida, sobre todo, a las cancillerías occidentales y a las Naciones Unidas. Tras diversas negociaciones con el gobierno mexicano para evitar que dicha acción le provoque un conflicto diplomático, la nota se publica el 10 de agosto y tiene un eco internacional nada despreciable. Sin embargo, ya este primer gesto provoca un hecho que será muy relevante en el futuro: el silencio de Washington y Londres.

El anuncio de Franco, en todo caso, reaviva los deseos de los republicanos, y muy especialmente de Martínez Barrio, de proceder a una convocatoria de las Cortes republicanas. Obviamente, se trata de una convocatoria para aquellos diputados electos en febrero del 36 por el Frente Popular y algunas formaciones afines. El principal problema es que, como es jurídicamente claro, un Parlamento no puede reunirse en un país extranjero, motivo por el cual los republicanos necesitan que el Estado mexicano, pues México es desde el primer momento el claro candidato a ser anfitrión de dicha reunión, le conceda a algún lugar la extraterritorialidad provisional; durante unas horas, el edificio donde se reúnan las Cortes republicanas tendrá que dejar de ser parte integrante de México.

Un notable avance en la unión de las fuerzas republicanas se da a mediados de ese mismo año con la constitución de un órgano de coordinación de partidos políticos en el que se integran Izquierda Republicana, Unión Republicana, el Partido Federal, Esquerra Republicana, Acción Catalana Republicana y el Partido Nacionalista Vasco; en suma, los dos principales partidos burgueses y los grandes muñidores nacionalistas. Ciertamente, el hecho de que el PSOE no se uniese a esta coordinación hizo que fracasara pronto, pero dejó la impronta de un mayor deseo de unión, prescindiendo de los comunistas, que se estimaba podría hacer mucho por dar una buena imagen a la causa republicana ante las democracias occidentales. En octubre de 1943, la Unión de Profesores Universitarios Españoles Emigrados realiza una reunión en Cuba de donde sale un manifiesto en el que se exige del mundo libre cooperación para desplegar en España un régimen de libertades, en estricto respecto del espíritu expresado por Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill en 1941 en el documento conocido como Carta del Atlántico.

José Giral, a la vez profesor y político, es quien queda encomendado por los congresistas para trasladar dicho manifiesto a las formaciones políticas. Giral se reúne, en efecto, con Martínez Barrio, Prieto y Albornoz (Álvaro de), y a Negrín le cuenta la historia por carta, quizá porque las relaciones no son las mejores posibles. En el otoño de 1943 dos políticos catalanes exiliados en México, Pere Bosch Gimpera y Josep Andreu Abelló, representantes de Esquerra y de Acció Catalana, organizan una serie de reuniones en la ciudad norteamericana que culminan, el 20 de noviembre de 1943, con la firma de un pacto de unidad para restaurar la República. El pacto apuesta por la puesta en marcha en España de «un régimen genuinamente democrático, conforme a los principios de la Carta del Atlántico», aunque se establecía la necesidad de poner en vigor la Constitución del 31. Esta tesis será la que mantendrá la República durante su exilio, sin llegar, a mi modo de ver, y con la única excepción interesada de Prieto, a darse cuenta de que esta posición, en realidad, suponía un obstáculo para el sueño de los republicanos.

El empecinamiento de los republicanos por identificar normalización democrática con regreso de la legalidad republicana será letal para ellos con el tiempo. Con una excesiva ausencia de autocrítica, que se observa hoy en día en la historiografía que les es más afín, los republicanos nunca estuvieron dispuestos a admitir la idea de que una cosa era decir que Franco era insostenible como demócrata, y otra muy distinta que la legalidad republicana fuese totalmente democrática. Bajo la legalidad republicana se habían quemado impunemente iglesias y conventos; bajo la legalidad republicana se habían aprobado unos artículos constitucionales en materia religiosa que sus propios autores consideraban de extrema izquierda; bajo la legalidad republicana se había aplicado una Ley de Defensa de la República que en manos de un líder de derechas consideraríamos pura y simplemente fascista. Los republicanos exiliados, y es posible que no les faltase razón en ello, se contentaban con echarle toda la culpa de estos errores al Partido Comunista; así pues, según ellos, muerto el perro, se acabó la rabia. Pero esto no será así a ojos del Foreign Office y, sobre todo, de la Casa Blanca.

Pero esto, en noviembre del 43, es hablar por hablar. En noviembre del 43, la República obtiene una victoria sin paliativos al lograr elaborar un documento a cuyo pie firman: Carlos Esplá y Pedro Vargas (IR); Indalecio Prieto y Manuel Albar (PSOE); Diego Martínez Barrio y Félix Gordón Ordax (UR); Josep Andreu (ERC) y Pere Bosch (ACR). Los únicos que no firmaron fueron el PNV, para el cual la unidad de España ya no existía; y el presidente del gobierno, Negrín, que no era de la partida. La UGT se adhirió, la CNT no expresó hostilidad alguna, y el PCE reaccionó anunciando la formación en el interior de España de una sedicente Junta Suprema de Unión Nacional. Apenas unos días después, se eligen los cargos rectores de la Junta Española de Liberación, en las personas de Álvaro de Albornoz (IR), Indalecio Prieto (PSOE), Diego Martínez Barrio (UR), y Antoni María Sbert por los partidos catalanes. No están todos los que son pero, desde luego, todos los que están, son. La JEL lanza un manifiesto dirigido a advertir de que es necesario «impedir que se realice la restauración de la monarquía antinacional que cayó en 1931» y se califica al pretendiente (ciudadano Juan de Borbón; ni Juan III, ni leches) de «banderizo y faccioso». Este manifiesto y las actuaciones de la JEL tuvieron un eco enorme en la opinión pública internacional.

Medio año después, sin embargo, concretamente el 24 de mayo de1944, Franco recibe un balón de oxígeno. Winston Churchill habla en la Cámara de los Comunes y se refiere al desembarco aliado en el norte de África con estas palabras: «No olvidaré jamás el inmenso servicio que España prestó entonces, no sólo al Reino Unido y a la comunidad británica, sino a la causa de las Naciones Unidas»; y añade más tarde: «no siento ninguna simpatía por los que consideran inteligente y divertido injuriar al gobierno español cada vez que se presenta la ocasión». Y más aún: «España será un poderoso factor de paz en el Mediterráneo después de la guerra. Los problemas de política interior de España sólo conciernen a los españoles. No tenemos por qué inmiscuirnos en estos asuntos».

El churchillazo cae sobre los republicanos como un jarro de agua helada. La JEL reacciona como el puma de Baracoa. Londres ha pronunciado las dos putas palabras: asuntos internos. Las mismas que pronunciará el secretario de Estado de Ronald Reagan, Alexander Haig, el 23 de febrero de 1981, durante el golpe de Estado del teniente coronel Tejero. Pero las palabras de Churchill son, además, sinceras. Son el producto, primero de las convicciones personales del británico, de por sí bastante conservador, y segundo de los movimientos que ha hecho el franquismo entre 1942 y 1944 y años siguientes, y que algunos historiadores conocen como proceso de desfascistización del régimen franquista. La baza de Franco es exactamente la desvelada por Churchill: jugar a contarle a las cancillerías que cualquier movimiento excesivo en España pondría en peligro el equilibrio Mediterráneo. Por el momento, el Pardo apenas tiene a Churchill decididamente de su parte. Pero, con el tiempo, acabará sacando agua de esa piedra.

Además de reaccionar ante las declaraciones de Churchill, la labor principal de los republicanos en el exilio es, en esos momentos, convocar las Cortes. Finalmente, y tras muchos dimes y diretes, Martínez Barrio logra arrancar de las autoridades mexicanas el apoyo suficiente como para poder realizar dicha convocatoria para todos los diputados del Frente Popular con la excepción de los comunistas, que para entonces ya no asisten a las reuniones de la Diputación Permanente.

Esta convocatoria, sin embargo, no fue un camino de rosas. Indalecio Prieto evolucionaba a marchas forzadas hacia un posibilismo muy propio de él, pues era un político al que le daba igual una cosa que la otra y, por lo tanto, era capaz de pactar con todos. En el marco de dicha evolución, o quizá porque tuvo la sensación de que las instituciones republicanas, dominadas por los partidos burgueses, nunca le darían el papel protagonista que ambicionaba para sí mismo, Prieto se fue desafectando del pie forzado de que el antifranquismo debía pasar siempre por la reivindicación de la legalidad republicana. Poco a poco, en sus artículos y en sus actuaciones, Prieto va dejando relucir que, para él, lo importante es tumbar a Franco; y si para tumbar a Franco tiene que tumbar el sueño republicano pues, como diría Terminator, no problemo.

A Prieto no le gusta aquella reunión de las Cortes porque la ve como un ruido. Según él, las actividades de la JEL están siendo muy bien acogidas por la opinión pública internacional, y poner en pie ahora otro foco de legalidad republicana puede ser un problema. Cierto es que Prieto en la JEL es secretario con mando en plaza y en las Cortes, el inspirador de la minoría socialista; algo menos, pues. Tampoco es menos cierto que si las Cortes republicanas empiezan a reunirse con habitualidad, Prieto se vería en la obligación de rendir cuentas de su gestión de la JARE, la junta de auxilio de exiliados que ha montado con el pastón del Vita, y cuyas cuentas nunca han quedado del todo aclaradas. También es cierto que revivir las Cortes podría suponer, por lógica, revivir la otra gran institución republicana, es decir el gobierno de Negrín; algo que es totalmente opuesto a los intereses de Prieto. Hay, pues, elementos para pensar que la actitud de Prieto pudo deberse a escrúpulos estratégicos o, quizá, más bien a intereses personales.

El 22 de noviembre de 1944, tras conocer que el presidente mexicano Ávila Camacho concede la extraterritorialidad provisional del Club France de México DF, Martínez Barrio reúne a la Diputación Permanente para convocar las cortes el 10 de enero de 1945.

A las 4,25 de la tarde de aquel día, estaban en el Club France 72 diputados, mientras que otros 49 expresaron su adhesión. En su discurso como presidente de las Cortes, Martínez Barrio dedicó, entre otras cosas, un recuerdo específico a la «figura venerable de la democracia española» de Francisco Largo Caballero. Ni aún mediante ese recuerdo específico, y para qué negarlo un tanto hipermétrope, consiguió Barrio bordear el principal problema de la convocatoria: los muchos escrúpulos legalistas de los representantes del PSOE. Los socialistas, instigados por Prieto para bombardear aquella iniciativa, ya se habían negado en la Diputación Permanente a aceptar votos por escrito y a distancia de diputados no presentes (para mi gusto, con todita la razón; diputado que no está, diputado que no vota). Pero es que, además, amenazaban con exigir en la sesión votaciones nominales, para evitar las votaciones por aclamación.

Los periódicos mexicanos del día 11, de hecho, publicaron la noticia de que la minoría socialista consideraba que las Cortes no eran tales, puesto que carecían del quorum necesario según la Constitución. Aduce el PSOE que no se ha logrado reunir los 100 diputados que son el umbral constitucional mínimo y, por lo tanto, se niegan a seguir actuando en las Cortes; tesis ésta que sería atacada por Gordón Ordax al recordar que, en realidad, sólo 198 diputados estaban en condiciones de acudir a la sesión, por lo que los asistentes formaban un quorum más que suficiente. A pesar de la oposición de Martínez Barrio a la suspensión, la obstinación socialista acabó por forzarla, aunque no se cerró el ciclo parlamentario. En todo caso, con este movimiento Prieto hirió de muerte a las Cortes como institución que pudiese aparecer ante la opinión pública internacional como activa y actuante y, por lo tanto, evitó que existiese un foco antifranquista más. Independientemente de que lo hiciese por motivos e intereses personales, que es más que probable, también hay que admitir que parte de razón no le faltaba pues, probablemente, lo que necesitaba la República era concentrar sus esfuerzos, no dispersarlos.

De todas formas, para desgracia de Prieto, el adormecimiento de las Cortes republicanas sirvió para fortalecer a su ex amigo Negrín, quien a partir de ahí sintió que el gobierno republicano era la única institución realmente viva. Aunque esto también era un poco espejismo. Útil, útil, lo que se dice útil para la causa republicana, era, en ese momento, la Junta Española de Liberación. Fue la JEL, de hecho, la que el 22 de enero recibió el telegrama que desde Guatemala anunciaba que dicho país había decidido no reconocer al régimen de Franco.

El siguiente paso era el 25 de abril de ese mismo año, 1945. Era la fecha fijada para la llamada Conferencia de San Francisco, que debía preparar la Carta de las Naciones Unidas. Esta cita es fundamental para la República, es una batalla crucial de la guerra civil bis, y la JEL está resuelta a ganarla.

Y es que, de hecho, en la primavera del 45 comenzará un rosario de victorias para la causa republicana.

miércoles, junio 09, 2010

La guerra civil bis (1)

El general Francisco Franco ganó la guerra civil. Y también ganó la segunda guerra civil. Cuando la primera guerra civil estalló, no estaba del todo claro que su bando, que entonces no dirigía él, fuese a ganar. Los resultados del first strike del llamado alzamiento (una forma como cualquier otra de no llamar a las cosas por su nombre) fueron bastante descorazonadores para los rebeldes. Luego pasaron muchas cosas que hicieron que, sin embargo, quien en un primer momento quizá pudo pensar que no tenía demasiado futuro, acabara con posesionarse de dicho futuro durante cuarenta años. Sobre este tema mucha gente tiene una opinión o, incluso, varias. La pregunta de qué le hizo a Franco ganar la guerra (pregunta que, en mi opinión, debe plantearse de otra manera: qué le hizo a la República perderla) es una de las preguntas más apasionantes del estudio de dicho enfrentamiento.

Casi nada más terminar la primera guerra civil, empezó la segunda. Una guerra de la que muchas de las personas que saben de la primera lo desconocen casi todo. La República, perdida la guerra en el terreno bélico, trató de ganarla en el terreno diplomático.

Cuando la segunda guerra mundial terminó se produjo un proceso inusitado en la Historia de la Humanidad. Por primera vez, los Estados ganadores se plantearon hasta qué punto no tenían la responsabilidad de ser jueces de quienes provocaban las guerras. Esta cuestión provocó la eclosión del concepto de crimen contra la Humanidad y los llamados juicios de Nuremberg, amén de cierta doctrina por la cual los amantes de la libertad tenían, no sólo el derecho, sino el deber de preservarla convirtiéndose en defensores activos de la misma. En la segunda mitad del siglo XX, luchar activamente por la democracia se convirtió en algo lícito.

Pasadas las décadas, este mecanismo mental, bastante trufado de wishful thinking, acabaría por hacer aguas. Resultó que no todos los presuntos amantes de la libertad lo eran en realidad: en la coalición militan o han militado elementos tan liberticidas como Josif Stalin o los secretarios de Estado norteamericanos a los que no les ha importado teledirigir desde Washington dictaduras atroces en el Tercer Mundo. Además, resultó que el mundo está lleno de escalas de grises. ¿Es lícito liberar a los bosnios del yugo serbio? Sí. ¿Y a los iraquíes del yugo de Sadam? El Hermano Lobo contestó: Auuuuuuuuuu....

Pero antes de que el mundo cayese en esta cuenta; antes de que la ONU se convirtiese, como lo ha sido en diversas etapas de su existencia, en una Asamblea donde los dictadores eran mayoría cuando menos numérica, el mundo creía estar entrando en una nueva etapa en la que toda ponzoña sería cortada de raíz. Y ahí comenzó, en lo que a España se refiere, la segunda guerra civil.

Las convicciones fascistas de Franco son terreno de la psicohistoria. Pero que Franco no sólo colaboró con los regímenes fascistas sino que los imitó y construyó un Estado a su imagen y semejanza, es algo que no niegan ni los mismos franquistas. Haciendo uso de su providencial esencia galaica, es decir la habilidad sempiterna de decir que sí y que no en la misma frase, fue un más que digno aliado de las potencias del Eje, pero no parte del Eje mismo. Durante la segunda guerra mundial fue un apasionado colaborador de Hitler, pero recibía a los embajadores británico y estadounidense, a los que también les cantaba alguna que otra melodía de sirena. Con la División Azul dio el paso más claro de implicación pro-Eje; paso que, en todo caso, tuvo más motivaciones que las puramente relacionadas con la guerra mundial, pues por esa vía consiguió quitarle presión a la válvula nacionalsindicalista, que amenazaba con estallar enervada por su cuñado Monchito.

Merced al hecho de que Franco nunca entró en la segunda guerra mundial, y por lo tanto nunca se alistó en el Eje propiamente dicho, cuando las tropas de Hitler comenzaron a poner el culo contra Mannheim y se fueron retirando por las Ardenas arriba, no fue invadido. En realidad, para entonces ya le estaba ratoneando a los alemanes el wolframio que necesitaban para blindar sus blindados, cicatería de la que Washington estaba perfectamente informado. El día que capituló Japón, las tropas aliadas habían alcanzado sus últimos objetivos.

¿O no?

Ésta fue la tesis de los republicanos españoles y de la docena de naciones que eran sus aliadas en ello. Merced a las tesis de Nuremberg, la guerra, que se conformó como una guerra contra el liberticidio, no se podía considerar terminada hasta que todos los liberticidas fuesen vencidos. Y quedaba Franco quien, verdaderamente, no se podía ocultar, entraba entonces en los estadios y plazas de toros mientras hasta los cabestros saludaban brazo en alto, como se había saludado a Hitler y a Mussolini.

Mi misión en este post y los que le seguirán será contaros cómo ganó Franco esa guerra o, si lo preferís, y de nuevo creo es la forma más correcta de expresarlo, cómo la perdió la República.




El final de la guerra civil, borrascoso y complejo, levanta muchas dudas en materia de legitimidad. En febrero de 1939, durante una reunión fantasmagórica en el castillo de Figueras, el gobierno del doctor Juan Negrín había recibido el apoyo de todos los grupos republicanos. En esto se apoyaba Negrín, una vez terminada la guerra y en el exilio, para sostener la idea de la pervivencia de su Ejecutivo. Sin embargo, no pocos juristas, incluso del lado republicano, recordaban que todo gobierno, por definición, tiene un pueblo y un territorio sobre el que ejerce su mandato, condiciones éstas que ya no se daban en el caso del republicano. Además, hay que tener en cuenta que, tras el mal llamado golpe del coronel Casado (yo prefiero llamarlo golpe de Miaja), y dado que quienes lo secundaron lograron el control de las tropas republicanas, cabe sostener que el gobierno Negrín había sido depuesto, luego ya no representaba a la legalidad republicana.

Sean las cosas como sean, lo que está claro es que el Negrín que aparece en París a finales de marzo de 1939, y acuerda con los miembros allí presentes de la Diputación Permanente de las Cortes una reunión de la misma, se considera no sólo el mayor, sino el único depositario de la legalidad republicana. Tanto es así que en su discurso ante la Diputación, 31 de marzo, no sólo expresa su convencimiento sobre la legitimidad de su gobierno, sino que se permite el lujo de coquetear con la ilegitimidad de la propia Diputación, dado que ésta sí que no tiene territorio sobre el que actuar y, consecuentemente, la idea de unas Cortes que se reúnen en tierra extraña es algo difícil de asumir. Es la primera ocasión, y no la última, en la que Negrín pretende hacer de su capa un sayo y seguir siendo presidente del gobierno republicano sobre la base de que lo controle Rita.

Lo que recibe Negrín es una verdadera andanada retórico-jurídica. Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, argumenta, más o menos, que si Negrín está allí para comentar cositas porque le apetece, entonces que no diga que es el presidente del Consejo de Ministros; y que si está allí como presidente del Consejo de Ministros, entonces lo hace frente a la Diputación Permanente, representante constitucional del Parlamento, con todo lo que supone de derecho de ésta de juzgar su gestión y, sobre todo, darle órdenes. Termina diciendo Barrio que, en su opinión, el gobierno de la República ha dejado de existir; pero, si existiese, la Diputación estaría tan viva como él.

En suma, la doctrina Negrín, según la cual pervive el gobierno pero no las instituciones parlamentarias (una teoría, por cierto, que tiene de democrática lo que yo de lagarterana; y es que hay que ver las cosas que hay que oír y leer cuando se moteja a Negrín de supercampeón de las libertades) le parece al republicano una carallada. En el paroxismo de afirmarse más allá de todo control o auditoría, Negrín llega a decir que no sólo la Diputación Permanente, sino el mismo Parlamento no pueden relevarle de las responsabilidades que tiene como presidente del gobierno.

Álvaro de Albornoz, otro fino jurista republicano que, según las propias memorias de Pasionaria, se enfrentó con ella (y perdió) en febrero del 36 cuando los comunistas quisieron abrir las cárceles, interviene para decir que no puede haber primer ministro si no hay gobierno; y, sin territorio ni población, no hay gobierno que valga.

Y así está el tema republicano: la Diputación Permanente de las Cortes no cree que exista gobierno, y el gobierno no cree que exista la Diputación Permanente.

En la sesión del día siguiente, 1 de abril, las cosas se ponen aún peor. Pasionaria, el gran aval de Negrín en realidad, carga contra la Diputación Permanente, a la que prácticamente moteja de atajo de cobardes por no haber volado echando leches a Madrid para ordenar a Casado que depusiese su rebelión cuando la puso en marcha. Se monta la mundial, con reproches de alto signo por ambas partes, hasta que Ibárruri concluye dejando claro que, para los comunistas, no hay más gobierno que el de Negrín.

Finalmente, la Diputación claudica, y acepta el principio negrinista, un poco absurdo la verdad, de que el gobierno del doctor no puede dejar de serlo por imposibilidad de declinar su puesto frente al órgano constitucionalmente encomendado para ello (el Parlamento). Ya digo que, para mí, este argumento es tautológico. El gobierno no puede dimitir ante el Parlamento porque el Parlamento ya no existe. Pero si no existe el Parlamento, ¿cómo es posible que siga existiendo el gobierno?

En ese momento procesal, la respuesta a la pregunta no es ni jurídica, ni constitucional, ni siquiera ideológica: es, fundamentalmente, económica. No pocos de quienes participaron en esa discusión sabían, o sospechaban, que tentáculos republicanos habían logrado sacar de España, antes de la debacle final, fondos cuantiosísimos cuya exacta valoración nunca hemos conocido y, muy probablemente, nunca conoceremos. Procedente de incautaciones masivas y otros medios, la República contó con un importante flujo de fondos, y discutir sobre quién estaba al frente de las instituciones republicanas en el exilio equivalía, en la práctica, a discutir quién controlaría esa pasta. Negrín, más que probablemente, afirmaba su candidatura para seguir siendo presidente del Consejo de Ministros porque esperaba controlar esos fondos; algo que no pasó dado que, tras la odisea vivida por el famoso yate Vita, las riquezas del mismo caerían en las manos de su correligionario Prieto, quien no sólo no se las devolvió, sino que acabó arreglándoselas para echarlo del PSOE.

Lo importante a los efectos de esta serie, sin embargo, es que, tras muchos dimes y diretes cuyo fondo, como digo, es la pasta, la República sobrevive con dos, que pronto serán tres, focos de legitimidad institucional y política: por un lado, está el gobierno de Juan Negrín, llamado a ser muy potente como consecuencia de su capacidad económica derivada de los activos conservados, pero que pronto se quedará sur la paille; por otro lado, están las Cortes republicanas, o más concretamente su Diputación Permanente, que se sienten, eso sí con la opinión contraria de Negrín, representantes del sentir popular que votó en febrero de 1936; y, con el tiempo, y gracias al golpe de suerte del atraque del Vita en Veracruz y la decisión del presidente Lázaro Cárdenas de darle el control de los fondos, surgirá un tercero en discordia: Indalecio Prieto. Negrín y Prieto, que serán enemigos irreconciliables a partir del momento en que el segundo se quede con los fondos del Vita, se parecen, sin embargo, en una cosa: ambos quieren jugar el partido de la oposición antifranquista a su puta bola.

Serán las Cortes republicanas las que traten de guardar las esencias institucionales de la República y las que, en 1942, más concretamente el 27 de julio, cuando perciban que las tornas de la segunda guerra mundial comienzan a cambiar claramente, pongan en marcha la operación de acoso y derribo internacional del régimen franquista.


Ha estallado la guerra civil bis.

lunes, junio 07, 2010

Pistoleros de leyenda: Butch Cassidy

..bueno, como esto ya va siendo toda una serie, aquí tienes otros capítulos.

Billy the Kid
Butch Cassidy
Los Dalton
La familia Earp
Wyatt Earp
Jesse James


En 1902, durante su traslado a Sudamérica, Robert LeRoy Parker, alias William T. Philips, alias George Cassidy y alias, sobre todo, Butch Cassidy, pasó por las Islas Canarias. Con ello, Butch se convirtió, probablemente, en el único gran pistolero de leyenda del Lejano Oeste que alguna vez estuvo en España.