lunes, noviembre 05, 2007

El chungo asunto del Vita

Bueno, dado que la encuesta ya ha sido cerrada y está en trance de publicación, se levanta la censura sobre los artículos relacionados con la época. Esto me permite sacar a pasear éste mientras busco tiempo para seguir con los resultados de la encuesta.

Que lo disfrutéis.



Con los hechos históricos de por medio, la mistificación es algo que, más que ser habitual, es normal. El nacionalista mistifica negativamente los hechos en los que quiere ver agresión a su nación, y el antinacionalista realiza una mistificación inversa. El monárquico mistifica cualquier acción de la corona y el republicano mistifica la gestión republicana. Quizá por esto yo tengo por norma, cada vez que discuto, en persona o en internet, sobre algún aspecto histórico, abandonar la discusión cuando me encuentro con argumentos del tipo «como todo el mundo sabe», «es algo obvio», etc. En Historia hay muy pocas cosas obvias y si alguien las ve así, entonces debería pensar que está mistificando en exceso.

Uno de los mitos o mistificaciones que existen sobre nuestra Historia reciente, que yo quiero traer hoy aquí, es el relativo a la República en el exilio, es decir, al devenir de los grupos políticos que apoyaron el bando republicano en la guerra civil a partir del momento en que dicha guerra terminó hasta más o menos la instauración de la democracia. Puesto que existe una primera mistificación, merced a la cual se señala que todos los grupos políticos republicanos eran democráticos, la idea por fuerza ha de permanecer en el tiempo, así pues la mistificación quiere ver en los años del exilio una existencia muelle y sobre todo consensual que estuvo lejos de ser así. De hecho, las fuerzas republicanas comenzaron a tirarse los trastos a la cabeza casi desde el primer minuto tras el famoso parte de Franco en el que decía que cautivo y desarmado el ejército rojo bla, bla, bla.

En puridad, las leches comenzaron antes. No otra cosa es el golpe de Estado del coronel Casado, es decir la rebelión de un militar para tomar el poder de la República con el solo objetivo de rendirla ante Franco, ya triunfante (Franco ya había ganado la guerra, como poco, cinco o seis meses antes). A Casado lo apoyó el líder del PSOE Julián Besteiro a título personal y el cenetista Cipriano Mera con sus fusiles y sus columnas. Como quiera que los comunistas reaccionaron contra el golpe, por las calles de Madrid, y sobre todo en los aledaños de lo que hoy son los Nuevos Ministerios, se produjo una guerra dentro de la guerra, en la que comunistas por un lado, y anarquistas y restos del ejército de la República por otro, se tiraron a matar. Y siguieron haciéndolo durante décadas. Las librerías de viejo están repletas de memorias, casi todas publicadas en los años setenta, de viejos combatientes de izquierdas. La tesis de los comunistas es: si los anarquistas no hubiesen jodido la marrana, la guerra se habría ganado. La tesis de los anarquistas es exactamente la misma. Lo único que hay que hacer es cambiar comunistas y anarquistas de sitio.

Con todo, y es de esto de lo que va este post, la más agria polémica se produjo en los primeros años tras terminar la guerra, y se produjo en el seno del PSOE. Debemos recordar que el Partido Socialista ha protagonizado, durante los años de la guerra, la coordinación de la misma. Una vez que, finalizando el verano del 36, se hizo patente que los partidos de izquierda burguesa no eran capaces de movilizar a las masas republicanas, Largo Caballero accedió a la presidencia del Gobierno. Largo hizo más o menos lo que pudo, lo cual incluye un par de capulladas y muchos errores de cálculo, tal como echar de su despacho al embajador soviético. Enemistado con los comunistas, éstos lo hicieron saltar del gobierno para poner a otro miembro del partido, Juan Negrín, más proclive a entenderse con ellos. Hoy es el día que, en toda la parafernalia de la llamada memoria histórica, en esta España actual el PSOE habla de todo, pero jamás pronuncia el nombre de Juan Negrín. De hecho, jamás he escuchado a un solo político socialista declararse heredero de Negrín.

En el gobierno Largo primero y en el que le siguió de Negrín después brilló, como gran organizador bélico, un tercer miembro del PSOE, Indalecio Prieto. Prieto era un político de corte socialdemócrata que gustaba de significarse como no marxista aunque, en realidad, la característica que mejor se le aplicaba era la de maniobrero; era capaz de ser casi cualquier cosa si lo creía conveniente para su futuro político. Pero era un gran organizador, razón por la cual se le considera, yo creo que con bastante razón, uno de los mejores ministros de Obras Públicas que ha tenido España. En la guerra se encargó de la organización bélica y por ello, porque era Prieto quien leía los partes de verdad y conocía con exactitud la situación del ejército y las milicias republicanas, en 1937 fue cayendo en un estado de depresión nada conveniente para la persona que se supone que tiene que ganar una guerra, motivo por el cual fue apartado del gobierno y, en los últimos meses de la República, lo tenían de florón viajando por el mundo a hacerse bolos.

Negrín y Prieto. Prieto y Negrín. Dos correligionarios, como lo puedan ser hoy, un suponer, Zapatero y Pepiño Blanco, que acabaron a hostias. Discutiendo por la cosa más desagradable que se puede discutir entre hermanos: por dinero.

El Gobierno de la República declaró, durante la guerra, la obligatoriedad de que los ciudadanos entregasen los metales preciosos y las joyas que tuviesen al Banco de España. Además, decretó delito la posesión de más de 400 pesetas en moneda de peseta y procedió a incautaciones al amparo de estas leyes. A lo que hay que unir que partidos políticos y sindicatos, en algunas zonas de España, camparon por sus respetos, ocuparon edificios y se quedaron con un montón de cosas que encontraron en las casas de los que consideraban sus enemigos.

A día de hoy, año 2007, nadie sabe, y yo creo que no se sabrá nunca, a cuánto ascendieron aquellas incautaciones. Es uno de esos misterios de los que poca gente quiere hablar, una de esas memorias que nadie quiere recuperar. Pero lo que sí sabemos es que una parte, no sabemos cuál, de aquellas incautaciones aparece, muy poco antes de terminar la guerra, en las sentinas de un yate. El Vita.

El 23 de marzo de 1939, o sea a cosa de una semana o así del final de la guerra, el Vita atracó en el puerto mexicano de Veracruz. En su interior se acumulaban cerca de doscientos paquetes, bultos y baúles, conteniendo joyas y otros bienes valiosos incautados a particulares. Toda esa pasta había salido de España por orden del presidente del Gobierno, Juan Negrín, el cual, cotizando el final de la guerra, quería tener dinero en el extranjero para atender a los exiliados. Sin embargo, el hecho de que Francia reconociese a Franco y adoptase una actitud cada vez menos beligerante hacia los rebeldes le hizo temer que tal vez el país vecino cogiese las joyas y se las diese al general. Ésta fue la razón final de que ordenase cargarlas en un barco y enviarlas a México, pues tanto México como su presidente, Lázaro Cárdenas, tenían una posición prorrepublicana a prueba de bombas.

El rector de la Universidad de Valencia, José Puche, fue la persona encargada por Negrín para estar en Veracruz el día señalado para la recepción del Vita. Sin embargo, Puche se retrasó, motivo por el cual, al llegar el barco, no había nadie para hacerse cargo de él. Las gentes de la embarcación se pusieron nerviosas. No eran tontas y sabían que, llevando un barco cargado de riquezas, no podían confiar en el secreto; los puertos son sitios muy permeables donde todo, de una forma o de otra, se acaba sabiendo. Así las cosas, se buscó a un republicano de pro que se pudiera hacer cargo del cargamento. Asunto solucionado, porque en México se encontraba don Indalecio Prieto.

De acuerdo con su amigo el presidente mexicano Cárdenas, Prieto se llevó el barco a un puerto menos público, Tampico, y luego desde allí transportó las riquezas a Ciudad de México.

Es bastante claro que Prieto estaba pensando en encargarse de coordinar la ayuda económica a los exiliados. La cosa tiene su lógica: siempre había sido el hombre de las pelas en el PSOE (fue, por ejemplo, el financiero del golpe de Estado del 34); tenía una bien ganada fama de organizador infatigable; y, para colmo, en uno de los que se adivinaban principales destinos de la emigración forzada, México, tenía línea directa nada menos que con el Presidente de la República. Así las cosas, Prieto había solicitado, en las mismas semanas en que sucedía todo lo del Vita, ser colocado por el PSOE en México al frente del organismo de ayuda a los refugiados que había creado Negrín.

Pero Negrín dijo no.

Don Juan abrigaba la misma ambición. Quería ser él quien coordinase esa ayuda. Por altruismo o por alguna otra razón, eso no lo sé. Pero lo quería con mucha fuerza y, además, la razón parecía estar con él, porque él era el Presidente del Gobierno. Así lo había dictaminado, en efecto, la Comisión Permanente de las Cortes republicanas, reunida en París, el 31 de marzo de 1939 (unas horas antes del final oficial de la guerra, pues).

¿Cómo le sentó todo aquello a Prieto? Pues lo suficientemente mal como para no obedecer. Para cuando el pobre Puche llegó a México y exigió tomar los bienes del Vita, Prieto los había trasladado a algún lugar secreto.

Estamos en abril de 1939 y Prieto comienza con sus maniobras, técnica ésta en la que, como he dicho, era un consumado maestro. Lo primero que hace el político socialista es enviar a la Diputación Permanente del Congreso un informe sobre su gestión relacionada con el barco y sus bienes y ligando dicha gestión a su amistad con el presidente de México (primer mensaje: hace falta que la pasta la gestione yo). En segundo lugar, juega a las claras una carta que será, a la postre, la que le dará la victoria: la carta de demostrar que es dicha Diputación Permanente el único vestigio real de las instituciones republicanas que queda en pie (segundo mensaje: ya no existe el Gobierno Negrín; el señor Negrín es hoy un diputado mediopensionista más). Así lo dictaminó la Diputación permanente en una reunión el 26 de junio de 1939 (con lo que se puede apreciar lo que le duraban las convicciones a la mencionada Diputación, pues tomó, en dos meses, dos decisiones que se anulaban la una a la otra).



En todo caso, el dictamente de la Permanente suponía, como consecuencia, declarar la inexistencia del gobierno de la República, con lo que Negrín quedaba sin legitimidad para administrar la pasta. Se da la circunstancia de que ambos contendientes, Prieto y Negrín, viajaron a Francia desde México en julio, pocos días después de esa decisión, y lo hicieron en el mismo barco. Durante todo el viaje, Negrín hizo denodados esfuerzos por entrevistarse con Prieto; sin embargo, a pesar de que un barco es un espacio finito donde los encuentros son prácticamente imposibles de evitar, dicha entrevista jamás se celebró. Como poco, hay que reconocerle a Prieto que era un tipo hábil.

La JARE, siglas de la junta de ayuda a los refugiados de la que Prieto fue vicepresidente y principal valedor, nunca elaboró un inventario de los bienes del Vita, que fueron su principal fuente de recursos. Los responsables de administrar todos aquellos bienes nunca sintieron más labor fiscalizadora que la de la Diputación Permanente de las Cortes republicanas, organismo casi fantasmagórico que carecía de los medios mínimos para ejercer dicha labor. Por supuesto, de auditorías externas ni hablamos. Ésta es la razón, lógica en casos de silencio como éste, de que la rumorología se dispare notablemente. Según a quién leamos, sin salir del bando republicano, podemos leer que en el barco viajaban bienes por valor de entre 10 y 200 millones de dólares.

A despecho de mitos y leyendas varios, lo cierto es que la ayuda económica a los refugiados durante los primeros años de la posguerra, los más duros, se consumó en una especie de competencia entre la JARE y el CTARE, es decir el Comité Técnico de Ayuda a los Refugiados Españoles, que administraba los fondos del SERE fundado por Negrín. Ambos servicios fueron, en algún momento, acusados de sectarios, es decir de favorecer con más cariño a los exiliados de su cuerda ideológica (socialistas en el caso de la JARE, negrinistas y comunistas en el caso del CTARE); pero, sean estas discriminaciones o no ciertas, lo que sí lo es, es que actuaron separados. En ambos casos, los fondos dieron no sólo para subvencionar a muchas personas, sino para fundar empresas, comprar ranchos, etc.; iniciativas casi todas que tarde o temprano fueron cayendo en la ruina, en casos por la impericia de quienes decidían los proyectos, que no eran inversores profesionales; y en casos por el propio diseño de los proyectos, pues cuando se compra un rancho y se pretende convertirlo en explotación ganadera a base de meter a trabajar dentro a exiliados que en su vida han visto una vaca a menos de cien metros, lo más normal es que acabe quebrando; pues en esta vida para todo, absolutamente para todo, hay que valer.

A la ineficiencia cabe añadir la acusación de falta de transparencia. El exilio español era muy variado pero, en el fondo, muy fácil de definir: todo aquel al que Franco no dejaba entrar en España sin el correspondiente trinque y encarcelamiento, podía considerarse un exiliado. Sin embargo, es lo cierto que la pasta (o sea, los manejes de la JARE y del CTARE) sólo la controlaron unos pocos de ese exilio, los más organizados. Los demás pudieron ser, y lo fueron en miles de casos, beneficiarios de la cosa. Pero en materia de información, fiscalización y control, hubo más bien poco. Hubo organizaciones como la denominada Asociación de Inmigrados (una asociación mexicana, pues), que jamás pudo, a pesar de sus peticiones, colaborar con la JARE. La JARE, de hecho, tenía una comisión que hacía las veces de control, la llamada Comisión de Socorros; que, sin embargo, acabó por ser disuelta.

En estas condiciones, la Historia de la ayuda a los refugiados españoles, a pesar de tener su base en un importante volumen de acciones de gestión, compras, montaje de empresas, etc., apenas cuenta con contabilidades o balances para escribirse. La transparencia brilla por su ausencia.

En septiembre de 1940, dos organizaciones de exiliados españoles en México, ajenas a la JARE, presentaron un escrito ante el Gobierno mexicano quejándose de la situación de opacidad en que se gestionaban aquellos fondos. Según acabaría reconociendo José Giral, que tenía una posición importante dentro de aquel montaje, la JARE tenía frente a él a los socialistas negrinistas y largocaballeristas (o sea, sólo tenía a favor a los prietistas), a los anarcosindicalistas y a sectores de Izquierda Republicana y Unión Republicana. O sea, apoyarles, apoyarles, lo que se dice apoyarles, les apoyaban Manolo y el de la guitarra. Por ello ese mismo mes, los gestores de los fondos (Prieto, Giral y Andreu) dimitieron ante la Diputación Permanente; aunque esa dimisión fue como la de Felipe González de la secretaría general del PSOE: la hicieron tan sólo para que la Diputación Permanente les pidiera, que les pidió, que se quedasen.

El Gobierno mexicano, presionado por el descontento de los exiliados que no estaban tocando pelo, inició una movida, que le llevó dos años, para hacerse con el control de la JARE. Le costó dos años porque ahí estaba Prieto para maniobrar. Cuando se creó la empresa mixta hispano-mexicana que gestionaría los fondos, se las arregló para tener mayoría en el consejo. Cuando el Gobierno mexicano empezó a recibir más que evidentes notas de protesta del exilio, se las arregló para hacer creer que provenían siempre del pérfido comunismo (mentira y gorda: eran todos los que estaban cabreados).

La suerte de Prieto se acabó cuando un decreto publicado en México que prohibía la circulación de dólares (a causa de un intento de fraude cometido por los alemanes) obligó a la JARE a intentar canjear los que tenía, acción ésta que sirvió para que los mexicanos se enterasen de que tenía una pastizara colocada fuera del país. México se sintió engañado por la JARE pues, después de todos los favores que le había hecho, ésta había respondido deslocalizando beneficios. En este ambiente, el Gobierno mexicano tomó pleno control de la JARE. Sin embargo, la comisión creada por los mexicanos nunca pudo tener la constancia total de que la información que llegó a tener sobre el volumen de los bienes del Vita respondiese a la realidad. Como he dicho ya un poco más arriba, el monto real de las riquezas que transportaba aquel yate es uno de los misterios de la Historia que yo creo que jamás se aclarará, pues todo el mundo que gestionó esos recursos era bien consciente de su procedencia y de la posibilidad de que algún día hubiese reclamaciones, así pues las señales dejadas fueron mínimas.

En suma, el episodio que comienza con el atraque del yate Vita en el puerto de Veracruz es uno de los episodios más desconocidos, y a la vez más desagradables, de esa Historia dentro de la Historia que es la que se ocupa de las vicisitudes del exilio español tras la guerra civil. Y como con casi todo lo que tiene que ver con la guerra, puede ser visto a través de cristales de diferentes colores, con diferentes conclusiones por lo tanto. Quienes son más partidarios del bando republicano tienden a entender que el oscurantismo con el que se desenvolvió la gestión de aquellos fondos era natural, tratándose de una labor humanitaria realizada desde la clandestinidad. Quienes son más partidarios del bando franquista incluyen este episodio en el mismo baúl donde meten el oro de Moscú y otra serie de episodios, demostrativos, según ellos, de la propensión de los republicanos por la rapiña.

Lo cierto es que la pasta del Vita sirvió, mayoritariamente, para dar ayuda y un futuro a personas que se encontraban, en muchos casos, en situaciones muy comprometidas tras su expulsión del país donde vivían. Sin embargo, dicha labor, ciertamente, se realizó con un oscurantismo que tiene poca justificación. La República en el exilio hizo denodados esfuerzos durante décadas por aparecer ante el mundo como un auténtico gobierno en el exilio, un gobierno además democrático; y los gobiernos democráticos no gestionan con la falta de transparencia y el sectarismo con que ellos lo hicieron.

Ahora sólo nos queda esperar que en algún lugar, en algún cajón, duerma el sueño de los justos algún diario, alguna contabilidad, algún inventario ignoto, realizado quizás por alguna de las muchas personas que estuvieron ligadas a esta situación, en el que se detalle cuánto dinero había en el barco y en qué se gastó. Y que tal vez alguien encuentre algún día esos papeles y, además, entienda su importancia.



Son tres condiciones, y se tienen que dar las tres. La verdad es que la cosa está chunga.