viernes, junio 11, 2010
La guerra civil bis (2)
El anuncio de Franco, en todo caso, reaviva los deseos de los republicanos, y muy especialmente de Martínez Barrio, de proceder a una convocatoria de las Cortes republicanas. Obviamente, se trata de una convocatoria para aquellos diputados electos en febrero del 36 por el Frente Popular y algunas formaciones afines. El principal problema es que, como es jurídicamente claro, un Parlamento no puede reunirse en un país extranjero, motivo por el cual los republicanos necesitan que el Estado mexicano, pues México es desde el primer momento el claro candidato a ser anfitrión de dicha reunión, le conceda a algún lugar la extraterritorialidad provisional; durante unas horas, el edificio donde se reúnan las Cortes republicanas tendrá que dejar de ser parte integrante de México.
Un notable avance en la unión de las fuerzas republicanas se da a mediados de ese mismo año con la constitución de un órgano de coordinación de partidos políticos en el que se integran Izquierda Republicana, Unión Republicana, el Partido Federal, Esquerra Republicana, Acción Catalana Republicana y el Partido Nacionalista Vasco; en suma, los dos principales partidos burgueses y los grandes muñidores nacionalistas. Ciertamente, el hecho de que el PSOE no se uniese a esta coordinación hizo que fracasara pronto, pero dejó la impronta de un mayor deseo de unión, prescindiendo de los comunistas, que se estimaba podría hacer mucho por dar una buena imagen a la causa republicana ante las democracias occidentales. En octubre de 1943, la Unión de Profesores Universitarios Españoles Emigrados realiza una reunión en Cuba de donde sale un manifiesto en el que se exige del mundo libre cooperación para desplegar en España un régimen de libertades, en estricto respecto del espíritu expresado por Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill en 1941 en el documento conocido como Carta del Atlántico.
José Giral, a la vez profesor y político, es quien queda encomendado por los congresistas para trasladar dicho manifiesto a las formaciones políticas. Giral se reúne, en efecto, con Martínez Barrio, Prieto y Albornoz (Álvaro de), y a Negrín le cuenta la historia por carta, quizá porque las relaciones no son las mejores posibles. En el otoño de 1943 dos políticos catalanes exiliados en México, Pere Bosch Gimpera y Josep Andreu Abelló, representantes de Esquerra y de Acció Catalana, organizan una serie de reuniones en la ciudad norteamericana que culminan, el 20 de noviembre de 1943, con la firma de un pacto de unidad para restaurar la República. El pacto apuesta por la puesta en marcha en España de «un régimen genuinamente democrático, conforme a los principios de la Carta del Atlántico», aunque se establecía la necesidad de poner en vigor la Constitución del 31. Esta tesis será la que mantendrá la República durante su exilio, sin llegar, a mi modo de ver, y con la única excepción interesada de Prieto, a darse cuenta de que esta posición, en realidad, suponía un obstáculo para el sueño de los republicanos.
El empecinamiento de los republicanos por identificar normalización democrática con regreso de la legalidad republicana será letal para ellos con el tiempo. Con una excesiva ausencia de autocrítica, que se observa hoy en día en la historiografía que les es más afín, los republicanos nunca estuvieron dispuestos a admitir la idea de que una cosa era decir que Franco era insostenible como demócrata, y otra muy distinta que la legalidad republicana fuese totalmente democrática. Bajo la legalidad republicana se habían quemado impunemente iglesias y conventos; bajo la legalidad republicana se habían aprobado unos artículos constitucionales en materia religiosa que sus propios autores consideraban de extrema izquierda; bajo la legalidad republicana se había aplicado una Ley de Defensa de la República que en manos de un líder de derechas consideraríamos pura y simplemente fascista. Los republicanos exiliados, y es posible que no les faltase razón en ello, se contentaban con echarle toda la culpa de estos errores al Partido Comunista; así pues, según ellos, muerto el perro, se acabó la rabia. Pero esto no será así a ojos del Foreign Office y, sobre todo, de la Casa Blanca.
Pero esto, en noviembre del 43, es hablar por hablar. En noviembre del 43, la República obtiene una victoria sin paliativos al lograr elaborar un documento a cuyo pie firman: Carlos Esplá y Pedro Vargas (IR); Indalecio Prieto y Manuel Albar (PSOE); Diego Martínez Barrio y Félix Gordón Ordax (UR); Josep Andreu (ERC) y Pere Bosch (ACR). Los únicos que no firmaron fueron el PNV, para el cual la unidad de España ya no existía; y el presidente del gobierno, Negrín, que no era de la partida. La UGT se adhirió, la CNT no expresó hostilidad alguna, y el PCE reaccionó anunciando la formación en el interior de España de una sedicente Junta Suprema de Unión Nacional. Apenas unos días después, se eligen los cargos rectores de la Junta Española de Liberación, en las personas de Álvaro de Albornoz (IR), Indalecio Prieto (PSOE), Diego Martínez Barrio (UR), y Antoni María Sbert por los partidos catalanes. No están todos los que son pero, desde luego, todos los que están, son. La JEL lanza un manifiesto dirigido a advertir de que es necesario «impedir que se realice la restauración de la monarquía antinacional que cayó en 1931» y se califica al pretendiente (ciudadano Juan de Borbón; ni Juan III, ni leches) de «banderizo y faccioso». Este manifiesto y las actuaciones de la JEL tuvieron un eco enorme en la opinión pública internacional.
Medio año después, sin embargo, concretamente el 24 de mayo de1944, Franco recibe un balón de oxígeno. Winston Churchill habla en la Cámara de los Comunes y se refiere al desembarco aliado en el norte de África con estas palabras: «No olvidaré jamás el inmenso servicio que España prestó entonces, no sólo al Reino Unido y a la comunidad británica, sino a la causa de las Naciones Unidas»; y añade más tarde: «no siento ninguna simpatía por los que consideran inteligente y divertido injuriar al gobierno español cada vez que se presenta la ocasión». Y más aún: «España será un poderoso factor de paz en el Mediterráneo después de la guerra. Los problemas de política interior de España sólo conciernen a los españoles. No tenemos por qué inmiscuirnos en estos asuntos».
El churchillazo cae sobre los republicanos como un jarro de agua helada. La JEL reacciona como el puma de Baracoa. Londres ha pronunciado las dos putas palabras: asuntos internos. Las mismas que pronunciará el secretario de Estado de Ronald Reagan, Alexander Haig, el 23 de febrero de 1981, durante el golpe de Estado del teniente coronel Tejero. Pero las palabras de Churchill son, además, sinceras. Son el producto, primero de las convicciones personales del británico, de por sí bastante conservador, y segundo de los movimientos que ha hecho el franquismo entre 1942 y 1944 y años siguientes, y que algunos historiadores conocen como proceso de desfascistización del régimen franquista. La baza de Franco es exactamente la desvelada por Churchill: jugar a contarle a las cancillerías que cualquier movimiento excesivo en España pondría en peligro el equilibrio Mediterráneo. Por el momento, el Pardo apenas tiene a Churchill decididamente de su parte. Pero, con el tiempo, acabará sacando agua de esa piedra.
Además de reaccionar ante las declaraciones de Churchill, la labor principal de los republicanos en el exilio es, en esos momentos, convocar las Cortes. Finalmente, y tras muchos dimes y diretes, Martínez Barrio logra arrancar de las autoridades mexicanas el apoyo suficiente como para poder realizar dicha convocatoria para todos los diputados del Frente Popular con la excepción de los comunistas, que para entonces ya no asisten a las reuniones de la Diputación Permanente.
Esta convocatoria, sin embargo, no fue un camino de rosas. Indalecio Prieto evolucionaba a marchas forzadas hacia un posibilismo muy propio de él, pues era un político al que le daba igual una cosa que la otra y, por lo tanto, era capaz de pactar con todos. En el marco de dicha evolución, o quizá porque tuvo la sensación de que las instituciones republicanas, dominadas por los partidos burgueses, nunca le darían el papel protagonista que ambicionaba para sí mismo, Prieto se fue desafectando del pie forzado de que el antifranquismo debía pasar siempre por la reivindicación de la legalidad republicana. Poco a poco, en sus artículos y en sus actuaciones, Prieto va dejando relucir que, para él, lo importante es tumbar a Franco; y si para tumbar a Franco tiene que tumbar el sueño republicano pues, como diría Terminator, no problemo.
A Prieto no le gusta aquella reunión de las Cortes porque la ve como un ruido. Según él, las actividades de la JEL están siendo muy bien acogidas por la opinión pública internacional, y poner en pie ahora otro foco de legalidad republicana puede ser un problema. Cierto es que Prieto en la JEL es secretario con mando en plaza y en las Cortes, el inspirador de la minoría socialista; algo menos, pues. Tampoco es menos cierto que si las Cortes republicanas empiezan a reunirse con habitualidad, Prieto se vería en la obligación de rendir cuentas de su gestión de la JARE, la junta de auxilio de exiliados que ha montado con el pastón del Vita, y cuyas cuentas nunca han quedado del todo aclaradas. También es cierto que revivir las Cortes podría suponer, por lógica, revivir la otra gran institución republicana, es decir el gobierno de Negrín; algo que es totalmente opuesto a los intereses de Prieto. Hay, pues, elementos para pensar que la actitud de Prieto pudo deberse a escrúpulos estratégicos o, quizá, más bien a intereses personales.
El 22 de noviembre de 1944, tras conocer que el presidente mexicano Ávila Camacho concede la extraterritorialidad provisional del Club France de México DF, Martínez Barrio reúne a la Diputación Permanente para convocar las cortes el 10 de enero de 1945.
A las 4,25 de la tarde de aquel día, estaban en el Club France 72 diputados, mientras que otros 49 expresaron su adhesión. En su discurso como presidente de las Cortes, Martínez Barrio dedicó, entre otras cosas, un recuerdo específico a la «figura venerable de la democracia española» de Francisco Largo Caballero. Ni aún mediante ese recuerdo específico, y para qué negarlo un tanto hipermétrope, consiguió Barrio bordear el principal problema de la convocatoria: los muchos escrúpulos legalistas de los representantes del PSOE. Los socialistas, instigados por Prieto para bombardear aquella iniciativa, ya se habían negado en la Diputación Permanente a aceptar votos por escrito y a distancia de diputados no presentes (para mi gusto, con todita la razón; diputado que no está, diputado que no vota). Pero es que, además, amenazaban con exigir en la sesión votaciones nominales, para evitar las votaciones por aclamación.
Los periódicos mexicanos del día 11, de hecho, publicaron la noticia de que la minoría socialista consideraba que las Cortes no eran tales, puesto que carecían del quorum necesario según la Constitución. Aduce el PSOE que no se ha logrado reunir los 100 diputados que son el umbral constitucional mínimo y, por lo tanto, se niegan a seguir actuando en las Cortes; tesis ésta que sería atacada por Gordón Ordax al recordar que, en realidad, sólo 198 diputados estaban en condiciones de acudir a la sesión, por lo que los asistentes formaban un quorum más que suficiente. A pesar de la oposición de Martínez Barrio a la suspensión, la obstinación socialista acabó por forzarla, aunque no se cerró el ciclo parlamentario. En todo caso, con este movimiento Prieto hirió de muerte a las Cortes como institución que pudiese aparecer ante la opinión pública internacional como activa y actuante y, por lo tanto, evitó que existiese un foco antifranquista más. Independientemente de que lo hiciese por motivos e intereses personales, que es más que probable, también hay que admitir que parte de razón no le faltaba pues, probablemente, lo que necesitaba la República era concentrar sus esfuerzos, no dispersarlos.
De todas formas, para desgracia de Prieto, el adormecimiento de las Cortes republicanas sirvió para fortalecer a su ex amigo Negrín, quien a partir de ahí sintió que el gobierno republicano era la única institución realmente viva. Aunque esto también era un poco espejismo. Útil, útil, lo que se dice útil para la causa republicana, era, en ese momento, la Junta Española de Liberación. Fue la JEL, de hecho, la que el 22 de enero recibió el telegrama que desde Guatemala anunciaba que dicho país había decidido no reconocer al régimen de Franco.
El siguiente paso era el 25 de abril de ese mismo año, 1945. Era la fecha fijada para la llamada Conferencia de San Francisco, que debía preparar la Carta de las Naciones Unidas. Esta cita es fundamental para la República, es una batalla crucial de la guerra civil bis, y la JEL está resuelta a ganarla.
Y es que, de hecho, en la primavera del 45 comenzará un rosario de victorias para la causa republicana.
miércoles, junio 09, 2010
La guerra civil bis (1)
Casi nada más terminar la primera guerra civil, empezó la segunda. Una guerra de la que muchas de las personas que saben de la primera lo desconocen casi todo. La República, perdida la guerra en el terreno bélico, trató de ganarla en el terreno diplomático.
Cuando la segunda guerra mundial terminó se produjo un proceso inusitado en la Historia de la Humanidad. Por primera vez, los Estados ganadores se plantearon hasta qué punto no tenían la responsabilidad de ser jueces de quienes provocaban las guerras. Esta cuestión provocó la eclosión del concepto de crimen contra la Humanidad y los llamados juicios de Nuremberg, amén de cierta doctrina por la cual los amantes de la libertad tenían, no sólo el derecho, sino el deber de preservarla convirtiéndose en defensores activos de la misma. En la segunda mitad del siglo XX, luchar activamente por la democracia se convirtió en algo lícito.
Pasadas las décadas, este mecanismo mental, bastante trufado de wishful thinking, acabaría por hacer aguas. Resultó que no todos los presuntos amantes de la libertad lo eran en realidad: en la coalición militan o han militado elementos tan liberticidas como Josif Stalin o los secretarios de Estado norteamericanos a los que no les ha importado teledirigir desde Washington dictaduras atroces en el Tercer Mundo. Además, resultó que el mundo está lleno de escalas de grises. ¿Es lícito liberar a los bosnios del yugo serbio? Sí. ¿Y a los iraquíes del yugo de Sadam? El Hermano Lobo contestó: Auuuuuuuuuu....
Pero antes de que el mundo cayese en esta cuenta; antes de que la ONU se convirtiese, como lo ha sido en diversas etapas de su existencia, en una Asamblea donde los dictadores eran mayoría cuando menos numérica, el mundo creía estar entrando en una nueva etapa en la que toda ponzoña sería cortada de raíz. Y ahí comenzó, en lo que a España se refiere, la segunda guerra civil.
Las convicciones fascistas de Franco son terreno de la psicohistoria. Pero que Franco no sólo colaboró con los regímenes fascistas sino que los imitó y construyó un Estado a su imagen y semejanza, es algo que no niegan ni los mismos franquistas. Haciendo uso de su providencial esencia galaica, es decir la habilidad sempiterna de decir que sí y que no en la misma frase, fue un más que digno aliado de las potencias del Eje, pero no parte del Eje mismo. Durante la segunda guerra mundial fue un apasionado colaborador de Hitler, pero recibía a los embajadores británico y estadounidense, a los que también les cantaba alguna que otra melodía de sirena. Con la División Azul dio el paso más claro de implicación pro-Eje; paso que, en todo caso, tuvo más motivaciones que las puramente relacionadas con la guerra mundial, pues por esa vía consiguió quitarle presión a la válvula nacionalsindicalista, que amenazaba con estallar enervada por su cuñado Monchito.
Merced al hecho de que Franco nunca entró en la segunda guerra mundial, y por lo tanto nunca se alistó en el Eje propiamente dicho, cuando las tropas de Hitler comenzaron a poner el culo contra Mannheim y se fueron retirando por las Ardenas arriba, no fue invadido. En realidad, para entonces ya le estaba ratoneando a los alemanes el wolframio que necesitaban para blindar sus blindados, cicatería de la que Washington estaba perfectamente informado. El día que capituló Japón, las tropas aliadas habían alcanzado sus últimos objetivos.
¿O no?
Ésta fue la tesis de los republicanos españoles y de la docena de naciones que eran sus aliadas en ello. Merced a las tesis de Nuremberg, la guerra, que se conformó como una guerra contra el liberticidio, no se podía considerar terminada hasta que todos los liberticidas fuesen vencidos. Y quedaba Franco quien, verdaderamente, no se podía ocultar, entraba entonces en los estadios y plazas de toros mientras hasta los cabestros saludaban brazo en alto, como se había saludado a Hitler y a Mussolini.
Mi misión en este post y los que le seguirán será contaros cómo ganó Franco esa guerra o, si lo preferís, y de nuevo creo es la forma más correcta de expresarlo, cómo la perdió la República.
El final de la guerra civil, borrascoso y complejo, levanta muchas dudas en materia de legitimidad. En febrero de 1939, durante una reunión fantasmagórica en el castillo de Figueras, el gobierno del doctor Juan Negrín había recibido el apoyo de todos los grupos republicanos. En esto se apoyaba Negrín, una vez terminada la guerra y en el exilio, para sostener la idea de la pervivencia de su Ejecutivo. Sin embargo, no pocos juristas, incluso del lado republicano, recordaban que todo gobierno, por definición, tiene un pueblo y un territorio sobre el que ejerce su mandato, condiciones éstas que ya no se daban en el caso del republicano. Además, hay que tener en cuenta que, tras el mal llamado golpe del coronel Casado (yo prefiero llamarlo golpe de Miaja), y dado que quienes lo secundaron lograron el control de las tropas republicanas, cabe sostener que el gobierno Negrín había sido depuesto, luego ya no representaba a la legalidad republicana.
Sean las cosas como sean, lo que está claro es que el Negrín que aparece en París a finales de marzo de 1939, y acuerda con los miembros allí presentes de la Diputación Permanente de las Cortes una reunión de la misma, se considera no sólo el mayor, sino el único depositario de la legalidad republicana. Tanto es así que en su discurso ante la Diputación, 31 de marzo, no sólo expresa su convencimiento sobre la legitimidad de su gobierno, sino que se permite el lujo de coquetear con la ilegitimidad de la propia Diputación, dado que ésta sí que no tiene territorio sobre el que actuar y, consecuentemente, la idea de unas Cortes que se reúnen en tierra extraña es algo difícil de asumir. Es la primera ocasión, y no la última, en la que Negrín pretende hacer de su capa un sayo y seguir siendo presidente del gobierno republicano sobre la base de que lo controle Rita.
Lo que recibe Negrín es una verdadera andanada retórico-jurídica. Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, argumenta, más o menos, que si Negrín está allí para comentar cositas porque le apetece, entonces que no diga que es el presidente del Consejo de Ministros; y que si está allí como presidente del Consejo de Ministros, entonces lo hace frente a la Diputación Permanente, representante constitucional del Parlamento, con todo lo que supone de derecho de ésta de juzgar su gestión y, sobre todo, darle órdenes. Termina diciendo Barrio que, en su opinión, el gobierno de la República ha dejado de existir; pero, si existiese, la Diputación estaría tan viva como él.
En suma, la doctrina Negrín, según la cual pervive el gobierno pero no las instituciones parlamentarias (una teoría, por cierto, que tiene de democrática lo que yo de lagarterana; y es que hay que ver las cosas que hay que oír y leer cuando se moteja a Negrín de supercampeón de las libertades) le parece al republicano una carallada. En el paroxismo de afirmarse más allá de todo control o auditoría, Negrín llega a decir que no sólo la Diputación Permanente, sino el mismo Parlamento no pueden relevarle de las responsabilidades que tiene como presidente del gobierno.
Álvaro de Albornoz, otro fino jurista republicano que, según las propias memorias de Pasionaria, se enfrentó con ella (y perdió) en febrero del 36 cuando los comunistas quisieron abrir las cárceles, interviene para decir que no puede haber primer ministro si no hay gobierno; y, sin territorio ni población, no hay gobierno que valga.
Y así está el tema republicano: la Diputación Permanente de las Cortes no cree que exista gobierno, y el gobierno no cree que exista la Diputación Permanente.
En la sesión del día siguiente, 1 de abril, las cosas se ponen aún peor. Pasionaria, el gran aval de Negrín en realidad, carga contra la Diputación Permanente, a la que prácticamente moteja de atajo de cobardes por no haber volado echando leches a Madrid para ordenar a Casado que depusiese su rebelión cuando la puso en marcha. Se monta la mundial, con reproches de alto signo por ambas partes, hasta que Ibárruri concluye dejando claro que, para los comunistas, no hay más gobierno que el de Negrín.
Finalmente, la Diputación claudica, y acepta el principio negrinista, un poco absurdo la verdad, de que el gobierno del doctor no puede dejar de serlo por imposibilidad de declinar su puesto frente al órgano constitucionalmente encomendado para ello (el Parlamento). Ya digo que, para mí, este argumento es tautológico. El gobierno no puede dimitir ante el Parlamento porque el Parlamento ya no existe. Pero si no existe el Parlamento, ¿cómo es posible que siga existiendo el gobierno?
En ese momento procesal, la respuesta a la pregunta no es ni jurídica, ni constitucional, ni siquiera ideológica: es, fundamentalmente, económica. No pocos de quienes participaron en esa discusión sabían, o sospechaban, que tentáculos republicanos habían logrado sacar de España, antes de la debacle final, fondos cuantiosísimos cuya exacta valoración nunca hemos conocido y, muy probablemente, nunca conoceremos. Procedente de incautaciones masivas y otros medios, la República contó con un importante flujo de fondos, y discutir sobre quién estaba al frente de las instituciones republicanas en el exilio equivalía, en la práctica, a discutir quién controlaría esa pasta. Negrín, más que probablemente, afirmaba su candidatura para seguir siendo presidente del Consejo de Ministros porque esperaba controlar esos fondos; algo que no pasó dado que, tras la odisea vivida por el famoso yate Vita, las riquezas del mismo caerían en las manos de su correligionario Prieto, quien no sólo no se las devolvió, sino que acabó arreglándoselas para echarlo del PSOE.
Lo importante a los efectos de esta serie, sin embargo, es que, tras muchos dimes y diretes cuyo fondo, como digo, es la pasta, la República sobrevive con dos, que pronto serán tres, focos de legitimidad institucional y política: por un lado, está el gobierno de Juan Negrín, llamado a ser muy potente como consecuencia de su capacidad económica derivada de los activos conservados, pero que pronto se quedará sur la paille; por otro lado, están las Cortes republicanas, o más concretamente su Diputación Permanente, que se sienten, eso sí con la opinión contraria de Negrín, representantes del sentir popular que votó en febrero de 1936; y, con el tiempo, y gracias al golpe de suerte del atraque del Vita en Veracruz y la decisión del presidente Lázaro Cárdenas de darle el control de los fondos, surgirá un tercero en discordia: Indalecio Prieto. Negrín y Prieto, que serán enemigos irreconciliables a partir del momento en que el segundo se quede con los fondos del Vita, se parecen, sin embargo, en una cosa: ambos quieren jugar el partido de la oposición antifranquista a su puta bola.
Serán las Cortes republicanas las que traten de guardar las esencias institucionales de la República y las que, en 1942, más concretamente el 27 de julio, cuando perciban que las tornas de la segunda guerra mundial comienzan a cambiar claramente, pongan en marcha la operación de acoso y derribo internacional del régimen franquista.
Ha estallado la guerra civil bis.
lunes, junio 07, 2010
Pistoleros de leyenda: Butch Cassidy
Billy the Kid
Butch Cassidy
Los Dalton
La familia Earp
Wyatt Earp
Jesse James
En 1902, durante su traslado a Sudamérica, Robert LeRoy Parker, alias William T. Philips, alias George Cassidy y alias, sobre todo, Butch Cassidy, pasó por las Islas Canarias. Con ello, Butch se convirtió, probablemente, en el único gran pistolero de leyenda del Lejano Oeste que alguna vez estuvo en España.
viernes, junio 04, 2010
Pistoleros de leyenda: Wyatt Earp
..bueno, como esto ya va siendo toda una serie, aquí tienes otros capítulos.
Billy the Kid
Butch Cassidy
Los Dalton
La familia Earp
Wyatt Earp
Jesse James
Lamento deciros que, en este post, no podré haceros ningún comentario sobre la pertinencia histórica de la película dedicada a la vida de Wyatt Earp. No la he visto. Por diversas razones que sería prolijo contar aquí, no soporto a Kevin Kostner haciendo de vaquero.
miércoles, junio 02, 2010
Pistoleros de leyenda: Billy the Kid
Billy the Kid
Butch Cassidy
Los Dalton
La familia Earp
Wyatt Earp
Jesse James
Tengo la sensación, pero obviamente sólo es eso, de que los pistoleros del Oeste ya no son lo que eran. Para las personas de mi generación y anteriores, el pistolero es, en buena medida, el gran héroe de la infancia. Como Felipe, el atormentado amigo de Mafalda, todos hemos soñado, no una, sino mil veces, con ser El Chico de Montana y apiolarnos a los malos a la salida del saloon con nuestra Colt 45 de seis tiros. Una pregunta para sociólogos es si eso, realmente, ha desaparecido. Puede pensarse que sí, o puede pensarse que no. Al fin y al cabo, los héroes de, un suponer, Gears of War, ¿qué son sino pistoleros modernos?
Más allá de estas technicalities, lo cierto es que el imaginario de los pistoleros del Oeste ha presidido las vidas de buena parte de niños y no tan niños, y desde luego no sólo en los Estados Unidos. Por lo cual ellos son parte de nuestra Historia. Pero, ¿hasta qué punto son Historia?
La respuesta, al menos por mi parte, es: lo son. Sin duda, hay una Historia de los pistoleros. Pero, sin embargo, esa Historia no es tal y como nosotros la imaginamos.
Lo primero que tenéis que hacer si queréis acercaros al fenómeno de los pistoleros del Far West es borrar de vuestra memoria la imagen de dos tipos de nervios de acero acercándose lentamente el uno al otro en una calle desierta, compitiendo a ver quién es el primero que saca el arma y dispara, o lo hace más rápido. Olvidaros de eso. La principal herramienta de un buen pistolero no era la rapidez, sino la puntería. El mejor pistolero era el que acertaba en el primer disparo en algún sitio, a ser posible definitivo, no el que sacaba antes. También deberéis olvidaros de las cartucheras. Si pudiéseis viajar en el tiempo y poder ver con vuestros propios ojos a Wyatt Earp, o a los hermanos Dalton, o a Billy the Kid, les veríais llevando sus armas en bolsillos o cinturones, rara vez en cartucheras; y, como le ocurre a William Manning, el pistolero encarnado por Clint Eastwood en Sin perdón, observaríais que la mayoría de ellos preferirían un rifle a un revólver. Y su principal preocupación no sería sacar primero, ni siquiera acertar en algún sitio importante; la función del primer tiro de un pistolero era, simple y llanamente, dar. Porque 999 de cada 1.000 veces que un humano, por muy campeón olímpico de tiro que quiera ser, saca su arma inopinadamente y dispara sin apenas poder pensar, le acierta a Venus, no, desde luego, a su objetivo. Por ello, lo importante era acertar, aunque fuese en un dedo del pie.
Otra cosa a la que deberéis acostumbraros es a restar o, mejor que mejor, a dividir. Vuestros amigos los pistoleros no fueron, en modo alguno, tan sanguinarios como pretenden los mitos que algún día leísteis en los tebeos que, por otra parte, no hacían sino eco de mitos que están bien consolidados en el inconsciente colectivo del Sur americano. A Guillermito el Niñato, por ejemplo, se le atribuyen 21 muertes sin contar mexicanos; pero, en realidad, apenas mató a cuatro personas. Hay ejemplos más radicales: Bat Masterson, por ejemplo, sólo mató a un hombre en toda su vida; y no sólo eso, es que apenas participó en tres tiroteos. Los pistoleros no se pasaban la vida disparando. Ni de coña. De hecho, el más sanguinario pistolero que reconocen las estadísticas históricas, Jim Miller, mató a doce personas, aproximadamente la mitad de lo que se le atribuye a Billy y casi la cuarta parte de los que se le señalan a Wes Hardin. A Pat Garret se le atribuyen dos muertes, y al Sundance Kid, ninguna.
Según los estudios que he podido consultar, algo más de la mitad de los pistoleros «censados» por los historiadores murieron en tiroteos, y un exiguo 5,5% murió ejecutado (aunque eso, obviamente, no cuenta a los que, como Billy the Kid, estuvieron en capilla para ser ahorcados). Uno de cada cuatro, como mínimo, murió de muerte natural e incluso alguno, como el peripatético George Coe, tuvieron largas vidas. Entre las profesiones conocidas por los pistoleros, la de agente de la autoridad es la más frecuente, seguida, cómo no, de cow boy o ranchero. En esto sí que el mito ha sido bastante preciso. Pero hay en la nómina de pistoleros conocidos oficios tan poco violentos, teóricamente, como los de director de escuela o maestro, ejecutivo de seguros, médico o pastelero. Tan sólo uno de cada diez pistoleros, más o menos, fue jugador de fortuna al estilo de Mel Gibson en Maverick.
Espero poder hacer unos cuantos retratos de pistoleros de leyenda. Y voy a empezar por Henry McCarty, alias William Booney, alias Henry Artrim, alias Kid Artrim, alias William Artrim o, como es más conocido, Billy the Kid. Nosotros le solemos llamar Billy el Niño.
Billy nació en Indiana, o tal vez en Nueva York en 1859, y moriría en Fort Sunner, Nuevo México, el 14 de julio de 1881. Durante la guerra civil, la familia McCarty se mudó a Kansas y luego, a la muerte del padre, a Nuevo México, donde la madre de Billy se casó con William Atrim. La familia se estableció en Silver City.
Después de verse envuelto en algunos pequeños robos, que le llevaron a la cárcel de la que logró escapar, la carrera de Billy el Niño comienza en 1877, con el asesinato, en el saloon de George Adkins en Fort Grant, de F. P. Cahill. Cahill era un herrero con el que Billy, que tenía 17 años, discutió. El herrero le empujó al suelo y una vez ahí, le arreó una hostia en la cara, motivo por el cual el niño sacó un revólver y le disparó a quemarropa. Acusado por el asesinato, escapó a Nuevo México, donde pasó un tiempo cazando con otro curioso pistolero, George Coe, que sería el gran instigador de la conocida como Guerra de Licoln Country (en la que se enfrentó a las autoridades, que le habían encarcelado y torturado injustamente) y que años después se convertiría al cristianismo y colgaría las pistolas; no sin compartir antes diversos tiroteos con Billy.
El ambiente del siempre inestable Lincoln Country le gustó a Billy, motivo por el cual se empleó en el rancho allí situado propiedad de John Tunstall. El asesinato de este ranchero inglés, que se produjo prácticamente delante del propio Billy, desencadenó una guerra a gran escala en el condado, en la que el Niño participó buscando venganza. Billy estaba en el pequeño comando pistolero dirigido por Dick Brewer, capataz de Tunstall, que se cargó a tres miembros del otro bando ranchero, y organizó y lideró la emboscada en la que murieron el sheriff William Brady y su adjunto George Hindman. Asimismo, participó en la que se conoce como batalla de Blazer's Mill. Estos hechos ocurrieron cuando una serie de pistoleros de Tunstall pararon a almorzar en Blazer's Mill y fueron descubiertos por un hombre del bando contrario, Buckshot Roberts. Charlie Bowdre, Henry Brown y el futuro creyente George Coe lo rodearon y le conminaron a rendirse. Pero Roberts contestó alzando su rifle y empezando a disparar. Consiguió herir a Coe y a otro miembro de la partida, John Middleton, que estaba cerca, pero fue asimismo herido por Bowdre. Así las cosas, se hizo fuerte dentro de un edificio. Dick Brewer, el capataz también presente, intentó buscar una posición elevada desde donde disparar, pero Roberts le descubrió y le disparó, acertándole en la cabeza. En ese momento, el resto de los compañeros de Brewer decidieron marcharse, dejándolo allí agonizar.
En julio de 1878, Billy the Kid y su gente huían desesperadamente de las autoridades que les perseguían y, finalmente, se rindieron a cambio de que el gobernador, Lew Wallace, les garantizase amnistía. Sin embargo, poco acostumbrado a las lentitudes y plazos de los trámites burocráticos, acabó desesperándose y huyendo del condado de Lincoln para formar una pequeña banda junto con conocidos forajidos de la época como Dave Rudabaugh, Charlie Bowdre y Tom O'Folliard, con la que realizó acciones que llegaron hasta Texas, entre las cuales se incluye el asesinato del jugador Joe Grant y su escapatoria de una emboscada que le montó Pat Garret, en Greathouse Ranch, White Oaks.
Lo de Grant fue en el saloon de Bob Hargrove en Fort Summer y lo cito porque tuvo elementos de película. Alguien contó a Billy que un tipo borracho, Joe Grant, se había propuesto matarlo. Entonces Billy se le acercó y le pidió el revólver para admirarlo. Cuando lo estaba mirando, observó que sólo tenía tres balas puestas en el tambor, así pues dejó el arma de manera que el siguiente disparo se produjese en una cámara vacía. Luego Grant le desafió, sacó su revólver, lo puso frente al rostro de un estólido Billy, y disparó. Pero no pasó nada. Bueno, sí pasó. Pasó que Billy ya tenía su revólver en la mano, y acabó con él.
No obstante, Garret le persiguió, por lo que Billy finalmente tuvo que rendirse y fue encarcelado en Lincoln, en 1880. Algunos meses después, mató a dos guardias, J.W. Bell y Bob Olinger, y se escapó. Pero, tras unos pocos meses de acción, Garret lo localizó y acabó con él.
Billy llevaba meses escondido en una granja de corderos, que abandonaba de vez en cuando para ir a ver a una amante llamada Celsa Gutiérrez. En una de esas visitas fue localizado por la partida formada por Pat Garret, John Poe y Tip McKinney. No obstante, en su inicio no lo reconocieron.
A medianoche, parcialmente desnudo después de haber pasado la tarde con Celsa y no precisamente jugando al scrabble, sintió hambre, así que cogió su rifle y un cuchillo carnicero y salió en calcetines camino de la casa de Pete Maxwell, para pedirle la llave de la despensa de carne. En el camino vio a Poe y a McKinney, que esperaban fuera de la casa mientras Garrett preguntaba a Maxwell si había visto al niño. En ese momento, Billy preguntó, en voz alta y en español, quién estaba ahí, y al no recibir respuesta amartilló su arma y entró en la casa, que estaba a oscuras. Garret lo esperó tumbado en la cama. Billy repitió la pregunta al tenue bulto que podía ver y, como no le contestara, comenzó a recular hacia la puerta. Pero, en ese momento, Garret le disparó dos veces y se escabulló. El primero de los tiros mató a McCarty en el acto, porque le acertó en el corazón.
Al día siguiente, se fabricó un modesto ataúd, en el que Billy fue enterrado en el cementerio local, entre sus dos antiguos compañeros Tom O'Folliard y Charlie Bowdre.
Y así terminaron los días reales de Billy el Niño.
sábado, mayo 29, 2010
The Euzkadi Armada (2)
En aquel invierno, primero de la guerra, se aumentaron los efectivos con tres nuevos reemplazos. Pero el ejército vasco seguía teniendo el mismo problema que semanas antes: la carencia casi absoluta de mandos bregados en las técnicas militares. Es lógico que toneladas de españoles para los cuales todo el contacto con el Ejército ha sido pasarnos un año de nuestra vida desfilando y haciendo chorradas podamos pensar, en algún momento, que un militar es un tipo que sabe marcar el paso y poco más. Lejos de ello, el oficio militar puede ser tan o más complicado que el de ingeniero de una central nuclear; y, además, exactamente igual que el ingeniero tiene que dar lo mejor de sí mismo el día que hay un escape radiactivo, del militar se espera que lo haga en caso de guerra. Los inspectores del ejército republicano que realizaron informes sobre las tropas vascas no dejan lugar a dudas en sus notas en que, también en Euskadi (y digo también porque éste fue el gran mal de las milicias populares), el ejército era una armada de chichinabo, con escasos niveles de disciplina y mandos por lo general muy jóvenes que probablemente se sabían de memoria artículos de Sabino Arana; pero en técnica militar estaban más bien peces. El general Martínez Cabrera, por ejemplo, describe a las tropas de Euskadi como «más bien grupos de hombres fuertes y bien cuidados que batallones en el verdadero sentido militar del término».
En febrero de 1937 empiezan los problemas en serio. Como ya hemos tenido ocasión de comentar, tras las primeras semanas de 1937 y ante los problemas registrados en Guadalajara, Franco cambia de objetivo a corto plazo y se dirige hacia el Norte. Pronto es bastante evidente para la República que los golpistas preparan grandes acciones en este teatro, que es un teatro muy ancho y, por decirlo así, amenazado por todos los lados, incluso el mar. El gobieno vasco monta en cólera cuando los aviones de guerra que estaban en Lamiako y Sondika son trasladados a Asturias, «dejando», afirma el gobierno autónomo en un cablegrama a Valencia, «riqueza industrial Vizcaya indefensión absoluta». El 27 de febrero ocurrirá otra cosa sobre cuya importancia se ha discutido mucho pero que, en todo caso, no puede considerarse sino una putada: el ingeniero Alejandro Goicoechea, diseñador del llamado Cinturón de Hierro de Bilbao, deserta al bando franquista.
El Cinturón de Hierro de Bilbao, verdadero mito de la guerra que sus constructores decían poco menos que capaz de parar al mismísimo Godzilla, era, como digo, la gran esperanza blanca de los bilbainos. Consecuentemente, no son pocos los que consideran que la huida de Goicoechea, que conocía bien su estructura y sus puntos débiles, fue fatal para la ciudad. No obstante, también cabe anotar aquí que algunos conspicuos combatientes han dejado dicho o escrito que aquel cinturón era más bien cintita, y de hierro nada. Era una estructura de protección, sin duda; pero no está claro hasta qué punto tenía la capacidad de detener una invasión en superioridad de condiciones como la que enfrentó.
Al finalizar el primer trimestre del año 37, el ejército vasco tiene en las trincheras 40.000 hombres, por lo que su problema sigue sin ser de efectivos; aunque empiece a serlo ya de material, cosa que no ha pasado hasta entonces, gracias al efectivo bloqueo naval de los franquistas. Con todo, su problema sigue siendo la descoordinación táctica, pues los diferentes sectores del frente se entienden poco entre ellos y se ajustan malamente. En este sentido, quizá, el ir perdiendo la guerra ayudó a los gudaris, pues conforme tuvieron que defender menos territorio, más fácil les fue coordinarse.
El 31 de marzo comienza el anunciado y temido ataque franquista, con mayor fuerza incluso de lo esperado. El gobierno vasco reaccionó reuniéndose con todos los mandos de la zona, también los del EPR, y llamando a cuatro nuevas quintas, movilizando a todos los hombres aptos y creando un Tribunal Militar de Euskadi. De entonces son los angustiosos mensajes de Aguirre a Valencia solicitando aviones que nunca llegarán.
Los vascos adoptan como puntos de resistencia el monte Sebigan y los Inchortas, pero será en este momento, ante el grave empuje enemigo, cuando paguen el error de haber creído que los mandos militares pueden improvisarse de la noche a la mañana. El gran problema de las tropas vascas durante esta ofensiva es la indisciplina o, si se prefiere, la incapacidad de los mandos para controlar los deseos de los soldados de, en viendo las cosas puteonas, hacerle un calvo al enemigo y salir de najas. Algunas unidades deben ser desarmadas ante el grave peligro de indisciplina y otras, simple y sencillamente, aparecen en Bilbao.
El 25 de abril, el gobierno vasco da otro paso en el acercamiento al gobierno central. Es en esa fecha, casi nueve meses después de comenzada la guerra, que acepta la estructuración del ejército de la misma forma que el EPR, en divisiones y brigadas, una decisión básica de libro cuando dos fuerzas combaten juntas. Pero es que ellos, claro, eran vascos. Distintos.
Un día después de esta decisión, cae Eibar. Al siguiente, Marquina. El 28, caen Durango y Lequeitio. Al día siguiente, Guernica. Hay que remontarse muy al final de la guerra para encontrar una semana tan negra.
El 5 de mayo llega la gran respuesta de Aguirre, quien además de lehendakari es aún consejero de Defensa, a la situación desesperada. ¿Podría ser entregar la dirección táctica de la guerra al EPR? Podría ser. Pero no es. La decisión consiste en asumir él personalmente el mando de las tropas. Dicho de otra forma: a pesar de los gestos que ha tenido que ir realizando por mor de los difíciles resultados de la guerra, el gobierrno vasco sigue soñando con dirigir un ejército vasco, de vascos y para los vascos. Ciertamente, los nacionalistas vascos llaman la atención sobre un hecho que no se puede negar: lo primero que tiene que ser capaz de hacer un jefe militar es mantener las tropas en combate, es decir aportarles moral y combatividad. Y esto es algo que, en el País Vasco cuando menos de 1937, sólo podía hacer el PNV. Por lo demás, también hay que decir que la alergia vasca a las unidades no vascas también tenía su razón de ser. Como bien señalan diversos testimonios, la llegada a Bilbao y su zona de unidades de Asturias y Santander, unidades normalmente con adscripción ideológica de izquierdas, supuso la producción en Euskadi de hechos que hasta entonces no habían sido normales; notablemente, las agresiones, o cosas peores, de religiosos. Dado que las izquierdas con pistola de la guerra civil fueron mucho menos democráticas y amantes de los derechos humanos de lo que por lo general pretenden hoy sus nietos, en una comunidad como la vasca, que no tenía ni medio problema de desafección con su fe católica y sus ministros, la cosa no es tan fácil como decir que a Euskadi llegaron tropas del resto de España a ayudar.
El 29 de mayo, si los franquistas escupen, el lapo mancha los contrafuertes del Cinturón de Hierro de Bilbao.
Por esas fechas, y siguiendo la petición de los propios vascos, el gobierno central envía allí a un general, Mariano Gámir Ulibarri. Aguirre está dispuesto a entregarle el mando sobre las tropas, pero no a dejar de ser consejero de Defensa (una vez más, la polisemia...). Gámir, sin embargo, es un bombero con un cubo agujereado y una pala de playa al que envían en solitario a apagar el incendio del Liceo de Barcelona. Para entonces, las unidades de gudaris están mal pertrechadas, estrechitas de moral y absolutamente carentes de mandos intermedios con las bragas bien puestas. El 12 de junio, los franquistas inician el embate contra el famoso Cinturón. Las brigadas I, V y VI nacionales entran por el cinturón sin grandes dificultades (utilizando un tramo especialmente mal dotado, cierto es), provocan la práctica desaparición de la I División de Euskadi, y penetran más de dos kilómetros por el valle de Asúa. Ese mismo día, los franquistas tienen ya la posibilidad de ubicar piezas a tiro de la ciudad, a la que comienzan a hostigar.
Prieto, quien también se plantea la huida a Santander de las tropas republicanas, decide finalmente, probablemente por la importancia industrial del enclave, que éstas coloquen su línea de resistencia en la orilla izquierda del Nervión. Consecuentemente, el 14 Gámir ordena la voladura de los puentes sobre la ría; pero la I brigada navarra hará inútil este gesto, pues logra cruzarla en un movimiento muy audaz, y crear una cabeza de puente. El 15 se decreta la movilización general en Bilbao. El 16 comienza a bombardearse Archanda. Es ese día cuando el gobierno vasco se reúne y decide abandonar la ciudad. El día 17, ya rodeado Bilbao por el sur, Aguirre pedirá un último y, a mi modo de ver, bastante estúpido, esfuerzo a tres de sus batallones de gudaris más acérrimos: la reconquista del casino de Archanda. Los nacionalistas lo conseguirán, a sangre y fuego, pero por muy poco tiempo.
El gobierno vasco abandona Euskadi.
El 6 de agosto, ya fuera de Euskadi, los gudaris dejarán de llamarse Ejército Vasco para pasar a ser el XIV Cuerpo de Ejército de la República. El 14, se rompe el frente santanderino y el coronel Adolfo Prada, jefe supremo del XIV Cuerpo, ordena su repliegue a una línea de contención. Pero las tropas no combaten ya y están en un total estado de descomposición. Tres batallones desertan esa noche y se dirigen a Santoña.
Santoña...
jueves, mayo 27, 2010
The Euzkadi Armada (1)
Llevo unos días ausente. La culpa no es mía, sino de un herpes zóster que se ha empeñado en darme la barrila, aparte de fiebre y otras cosas. Pero finalmente he podido regresar a mis lecturas y escrituras, poco a poco. Aquí estamos de nuevo.
Vamos allá con el asunto del ejército de Euskadi.
Algunos de vosotros ya me habréis leído alguna que otra vez que en mi modesta opinión, modesta porque los hechos puramente bélicos no son lo mío, la guerra civil se decidió en la campaña del Norte y, más específicamente, con la toma por los nacionales de un Bilbao impoluto y con su maquinaria industrial en perfecto estado de revista. Sea o no sea cierta esta aseveración, lo que sí lo es es que el asunto de la guerra en el País Vasco, o más concretamente el del ejército de Euskadi, es un asunto muchas veces analizado por la literatura sobre la guerra. Y tiene su interés, porque es, de alguna manera, un asunto que acrisola uno de los grandes problemas del ejército republicano y sustenta la idea de que el bando de las izquierdas, cuando menos en parte, perdió la guerra por causade sus propios errores.
El Estatuto de Autonomía del País Vasco fue aprobado el 1 de octubre de 1936 por un centenar de diputados españoles. Paradójicamente, pues, esta decisión se tomaba el mismo día que en general Franco accedía a la jefatura del Estado nacional. El día 7, juraba su cargo el primer gobierno vasco, presidido por José Antonio Aguirre.
Con estos dos movimientos, la República atrajo hacia sí a un grupo político, el nacionalismo vasco, que en modo alguno tenía vocación para ello. El PNV era un partido fuertemente conservador, ideológicamente más cercano al bando nacional que al republicano, y especialmente refractario a los postulados de las izquierdas obreristas y laicas. El bando nacional nunca pareció demasiado proclive a hacerle guiños al nacionalismo vasco para ganárselo, así pues los vascos acabaron por sacrificar su ideología en el altar del autonomismo, aunque eso les costase la defección de algunos de sus miembros más conspicuos, como Luis de Arana, hermano de Sabino el inventor del nacionalismo vasco moderno, quien se dio de baja del PNV cuando supo que éste se avenía a colabrar con fuerzas no vascas (las izquierdas).
El 8 de agosto de 1936, la Junta de Defensa de Azpeitia decide la creación del Eusko Gudarostea o Ejército Vasco. Esta decisión, en buena medida impulsada por el Euskadi Buru Batzar, está relacionda con la lentitud con que el mando de Madrid reacciona, una vez comenzada la guerra, en todo lo que tiene que ver con el Norte; algo hasta cierto punto lógico si tenemos en cuenta que en las primeras semanas de la guerra casi todo se ventila en el eje que va de Cádiz a Madrid. En realidad, Madrid no se toma en serio el frente del norte hasta mediados de septiembre, cuando las tropas nacionales están ya a punto de entrar en San Sebastián; la reacción consiste en nombrar un jefe de operaciones en la persona del capitán de Estado Mayor Francisco Ciutat.
El nombramiento de Ciutat forma parte de una estrategia que tiene que ver con el cambio de gobierno de la República, el 4 de septiembre, y la llegada de Francisco Largo Caballero al cargo de primer ministro. Largo es el primer responsable gubernamental que se preocupa seriamente por la colaboración de los vascos en la guerra civil y cuando se lo plantea a Manuel de Irujo mediante la oferta de hacerlo ministro, se encuentra con la reivindicación de éste de que se apruebe previamente el Estatuto de autonomía. El 23 de septiembre, efectivamente, Irujo será nombrado ministro sin cartera, gesto que vinculará al PNV a la suerte de la República y que será el espaldarazo final para la aprobación del Estatuto.
La formación del gobierno vasco, sin embargo, marcará el inicio de la descoordinación de fuerzas. Aguirre no sólo es nombrado presidente del dicho Ejecutivo; también es nombrado consejero de Defensa. Por lo tanto, los vascos realizan un movimiento que también se aprecia en el caso del gobierno catalán, es decir ejecutivos autonómicas abrogándose competencia que son exclusivas del Estado central. En realidad, el movimiento de Aguirre tiene su lógica. Estamos en octubre de 1936, es decir un momento en la historia de la guerra civil en el que el bando republicano es todavía un cachondeo de milicias al servicio de diferentes ideologías, poco parecidas a un ejército adecuadamente establecido. El gobierno vasco, que no lo olvidemos es un gobierno social e ideológicamente de derechas, no quiere que eso le ocurra. Por ello, el 25 de octubre el diario oficial de Euskadi publica el decreto por el que se somete a todas las fuerzas militares que operan en el País Vasco a «la autoridad superior del Consejero de Defensa de Euzkadi». Esto supone, por lo tanto, crear un mando militar propio, distinto del del llamado Ejército del Norte. El derecho llama a cuatro reemplazos, uniformiza a las tropas y, en un detalle que no escapará a la izquierdas, pasa de crear el comisariado político en las unidades, como ocurre en el EPR. En la formación del Estado Mayor de este ejército vasco será nombrado el teniente coronel Federico Montaud como máximo responsable, siendo jefe de operaciones el comandante Modesto Arambarri.
Existen diversos testimonios, no pocos de ellos nacionalistas, en el sentido que el Ejército de Euskadi estuvo bien pertrechado y dotado de hombres, probablemente en mayor medida que lo estuvieron las tropas que luchaban en Asturias y Santander. Sin embargo, esto es lo que compete a las tropas de tierra, puesto que la marina, y sobre todo la aviación, nunca dejaron de ser un problema grave para las fuerzas vascas. De hecho, la Historia de la guerra civil en el País Vasco es un constante fluir de cablegramas desde Bilbao a Madrid solicitando unos aviones que nunca llegan, ausencia que le da a Franco una superioridad en el aire de la cual los bombardeos impunes de Durango y Guernica son el ejemplo más sobresaliente y al tiempo conocido. Indalecio Prieto, responsable en ese momento de aportar esas fuerzas, dijo, tanto entonces como a lo largo de sus plañideros repasos de memoria en el exilio, que él, como bilbaino de adopción, ardía en deseos de completar esos deseos del gobierno vasco. Pero aquí resulta difícil saber a quién creer. Según Largo y el propio Prieto, los culpables fueron los rusos, dueños y señores de la aviación republicana, quienes nunca quisieron auxiliar a una porción del frente que no les era ideológicamente proclive. La acusación tiene, desde luego, una lógica aplastante. Pero no es menos cierto que el centro de operaciones de Madrid no se sentía precisamente feliz con un ejército vasco que ejercía de tal.
En el caso de la marina, más de lo mismo. La flota del almirante Buiza protegió Bilbao al principio de la guerra, pero acabó marchándose y dejando tras de sí únicamente dos destructores, el Císcar y el José Luis Díez, y tres submarinos, a los cuales el gobierno vasco unió la infatuadamente conocida como Marina Auxiliar de Guerra de Euzkadi, que no eran sino unos bacaladeros reinventados como buques de guerra.
De una u otra forma, el 14 de noviembre un gran desfile por las calles de Bilbao mostró el poderío de este ejército de nuevo cuño. En una nueva coincidencia de fechas, ese mismo día era nombrado jefe del Ejército del Norte, de obediencia a gobierno de Valencia, el general Francisco Llano de la Encomienda, con el cual los desencuentros y las discusiones fueron constantes. Las relaciones imposibles entre Llano y Montaud dejan claro que ambas partes no tenían una idea clara de quién mandaba. El primer objetivo del ejército vasco fue plenamente coherente con su carácter nacionalista: reconquistar Vitoria, acción que, desde un punto de vista estratégico general, era poco menos que una chorrada. El 30 de noviembre se inicia una operación que debe culminar con la toma de Vitoria y Miranda de Ebro. Esta acción, sin embargo, queda empantada en Villarreal de Álava, o Legutiano. El fracaso total de la acción de Vitoria abre los ojos de los vascos; la cosa no es tan fácil como los balances triunfalistas de Aguirre quieren hacer ver.
A partir de ahí, la cuesta abajo.
viernes, mayo 21, 2010
Tiroleses
Dado que todavía estoy ocupado en cosas que me obstaculizan, no puedo retribuiros con un post como bien os merecéis por vuestra fidelidad combinada con sapiencia. Pero, por lo menos, os dejo aquí una pequeña adivinanza más.
A ver si sabéis quién es el autor de estas palabras:
El mundo liberal cae víctima del cáncer de sus errores. Y con él caen el imperialismo comercial de los capitalistas financieros y los millones de desempleados.
miércoles, mayo 19, 2010
Adivinanza falangista
Esta de hoy la leí en un viejo ejemplar de Historia y Vida (quien decía haberla recibido de testimonio directo de un testigo) y me llamó la atención.
La cuestión es ésta: la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, FET de las JONS, partido único del franquismo, tenía un Consejo Nacional que, la verdad, sobre todo pasados los primeros años del régimen se convirtió en un mero adorno del mismo, sin mayores competencias. Sus reuniones solían consumirse estudiando asuntos de escaso valor, puesto que todo el bacalao del partido (en la medida que el partido cortase bacalao) lo cortaba la Junta Política o el ministro secretario general del Movimiento con su equipo. Factor común Franco, obviamente.
No ha de extrañar, por lo tanto, que en una de las reuniones de dicho Consejo se tratase un tema de tanta hondura como los nombres que deberían llevar los distintos mandos de las milicias falangistas, al estilo de los flechas y los pelayos.
Durante dicha discusión, un representante del partido, por cierto bastante significado, realizó la propuesta de que los mandos de Falange se llamasen tiroleses. Sustantivó dicha propuesta afirmando que, de esa manera, se haría homenaje público a unos héroes de la Historia del Partido.
¿Quiénes eran esos héroes?
Para nota: ¿quién fue ese falangista superconocido?
Pista: hay que ser un perfecto ignorante para poder acertar esta adivinanza.
lunes, mayo 17, 2010
La revolución mexicana
La independencia de México propiamente dicha comienza en 1867, cuando se produce la victoria definitiva sobre el emperador Maximiliano, la restitución de la Constitución nacional de diez años antes y la llegada al poder de un líder carismático: Benito Juárez. Sin embargo, Juárez fallecerá sin haber podido terminar la reconstrucción del país, lo cual abrirá un típico proceso de lucha entre facciones del que saldrá ganador un militar, el coronel Porfirio Díaz. Inicialmente, Díaz le es fiel a la senda liberal iniciada por los primeros padres de la patria mexicana, pero pronto se deja atraer por los cantos de sirena de la erótica del poder, siempre tan poderosa, y en 1884 modifica la Constitución para eliminar la limitación a las reelecciones y poder eternizarse como presidente. Porfirio Díaz, convertido ya en pseudodictador de facto, embarca al país en un proyecto de modernización y crecimiento, en el cual, sin embargo, se va dejando cosas por el camino. Al igual que le ocurrirá a la España de principios del siglo XX, generándose con ello un conflicto que estalló en la II República, el sector agrario, mayoritario entre la población y muy especialmente en extensas zonas del país, se queda atrás en la modernización y la racionalización de la propiedad.
Con todo, la lucha agraria en México adquiere tintes muy distintos, mucho más dramáticos, que el ya de por sí complejo problema agrario español. La pelea agraria en México es una pelea por el agua, que las grandes haciendas tienden a monopolizar en detrimento de los pequeños propietarios y los predios comunales. La Ley de Terrenos Baldíos, en 1894, trata de racionalizar el aprovechamiento de terrenos sin dueños o con documentos de propiedad dudosos aunque, en realidad, se convierte en un instrumento para intensificar la concentración de la tierra en manos de los grandes terratenientes. Este conflicto, como digo existente ya en los últimos años del siglo XIX, irá madurando en la primera década del XX y convergiendo con las clases medias profesionales de las ciudades, asimismo atacadas por la crisis económica y el desempleo, además de crecientemente concienciadas sobre la necesidad de exigir libertades y, más concretamente, el regreso a la senda constitucional de 1857.
En 1910, estas dos aspiraciones distintas pero en el fondo confluyentes, las de los campesinos y las clases profesionales urbanas, se acrisolan en la persona de Francisco Madero, un acaudalado de Coahuila que en 1904 ha iniciado su carrera política y que funda un movimiento contra la reelección del presidente, y lanza un manifiesto en compañía de algunos nombres importantes de la Historia mexicana como José Vasconcelos. El gobierno decide perseguirlo y efectivamente lo detiene en San Luis Potosí. Madero, sin embargo, logra huir a San Antonio, hogar tejano de los Spurs, y allí hace público su llamado Programa de San Luis. El documento de San Luis es fundamental para entender la revolución mexicana, porque es el documento en el que Madero, que para poder mantener su oposición necesita que los campesinos se levanten, ofrece en el mismo reparación para las reivindicaciones de las clases rurales y, más concretamente, la revisión de las disposiciones sobre terrenos baldíos. En la práctica, pues, Madero promete a los líderes agrarios la devolución de tierras a los campesinos a cambio de su apoyo activo.
El manifiesto de San Luis inaugura la revolución agraria mexicana. Pancho Villa y Abraham González en Chihuahua; Maytorena en Sonora; los hermanos Gutiérrez en Coahuila; Emiliano Zapata en Morelos; y otros líderes en Zacatecas y otras áreas del país, se levantan contra el gobierno y bajo la autoridad de Madero. En seis meses, laminan a un poder estatal al que pillan en bragas, nada preparado para algo así. El 21de mayo de 1911, Porfirio Díaz firma el Tratado de Ciudad Juárez. Un tratado extraño por demasiado generoso por parte de los vencedores.
Madero, quizá demasiado obsesionado con respetar un legalismo que sus aliados agraristas no van a entender, acepta un trato con Díaz basado en cierto equilibrio de fuerzas. El hasta entonces presidente acepta salir de México hacia el exilio, pero a cambio de que Madero resigne el poder revolucionario y acepte la formación de un gobierno de transición que convoque elecciones. Como digo, se trata de un gesto hasta cierto punto inusitado en la Historia, pues lo más común en la vida del hombre es que quien gane se quede con el machito por las buenas o por las buenas. Lejos de ello, Madero le dejó el puesto a su ministro Francisco León de la Barra y, en cumplimiento de los acuerdos, suspendió las reformas sociales que había prometido y procedió a instar el licenciamiento de las tropas revolucionarias.
Esta situación provocó el rápido mosqueo de los revolucionarios más radicales, sobre todo campesinos, que se negaron a licenciarse y convirtieron el país en un rosario de conflictos. Para acabar con esa interinidad, Madero adelantó las elecciones, que ganó de calle con su Partido Constitucional Progresista.
La llegada definitiva de Madero a la presidencia sirvió para dejar en evidencia la fragilidad de la alianza pragmática entre clases medias y campesinado. Para entonces, ambas tendencias tenían intereses claramente distintos, antagónicos a veces, así pues la labor de gobierno consensual se hizo cada vez más difícil, hasta ser imposible. Madero propugnó una recuperación de terrenos baldíos que afectó a 20 millones de hectáreas; pero eso, cualquiera que se le eche un vistazo a un mapa de México se dará cuenta, era el chocolate del loro, así pues ni de coña el maderismo radical se apaciguó por ello.
El 25 de noviembre de 1911, apenas un mes y unos días tras la victoria electoral de Madero, Zapata se alza contra el presidente y, en el denominado Plan de Ayala, designa nuevo líder a Pascual Orozco. Un maestro de primaria, Otilio Montaño, será el gran ideólogo del zapatismo de Ayala.
La guerra de Morelos se extendió a otros territorios limítrofes con rapidez. El 25 de mayo de 1912, a Zapata se une el propio Pascual Orozco a quien ha ofrecido la jefatura de la revolución. Fue Orozo quien derrotó en México DF a las tropas gubernamentales, comandadas por el general José González Palas. Para colmo, esta derrota dio alas a la derecha porfirista, comandada por el sobrino del ex presidente, Félix Díaz, el cual se alzó en Veracruz el 16 de octubre del mismo año. Díaz, sin embargo, no consiguió que alguna unidad militar más allá de la ciudad de su asonada se le uniese, por lo que se rindió y fue encarcelado junto al también porfirista Bernardo Reyes, que había realizado su propio levantamiento fracasado con anterioridad.
A pesar de tener relativamente controlada la situación, Madero cometió un error grave, y fue malquistarse con los Estados Unidos y con su embajador, Henry Lane Wilson. En la pelea de las dos grandes potencias mundiales, Inglaterra y EEUU, por ganar influencia económica en el sabroso mercado mexicano, Madero favoreció a los ingleses, lo que provocó que los estadounidenses acabaran decidiendo apoyar las intentonas antimaderistas.
El 9 de febrero de 1913, un porfirista, el general Mondragón, liberó a Reyes y a Díaz. Madero, presionado, confió la contrarrevolución al general Victoriano Huerta, quien en realidad estaba en relaciones con el embajador Wilson y con el propio Díaz, con el que pactó que el primero sería presidente para preparar el terreno a unas elecciones y la presidencia del segundo. Huerta acabaría por hacer detener a Madero, quien posteriormente sería asesinado durante un traslado. Poco a poco, Huerta se fue deshaciendo de quienes podían estar delante de él en la prelación para la presidencia, ignaurando una dictadura personal.
La dictadura de Huerta fue muy dura. Suprimió libertades públicas e hizo asesinar a líderes revolucionarios, como Abraham González. Disolvió los centros obreros y el propio Parlamento. Sin embargo, siempre tuvo enfrente a la revolución ruralista que, de la mano de caudillos como Venustiano Carranza, Villa o el propio Zapata, pugnaba por dominar la situación en los mismos estados rurales donde se había producido la revolución contra Madero. Una vez más, además, EEUU operó como fiel de la balanza, pues el presidente americano, Wodrow Wilson, decidió que no le convenía Huertas, por lo cual le impuso un embargo de armas mientras, en paralelo, daba ayudas diversas a los revolucionarios. Huertas intentó entonces una alianza con Alemania, lo cual provocó el desembarco de 23.000 marines en Veracruz y el aislamiento definitivo de la presidencia. En julio de 1914, el dictador abandonaba el país, y el general Álvaro Obregón entraba en la capital.
El regreso del constitucionalismo, sin embargo, no podía ya parar a Carranza, Villa y Zapata, tres líderes militares y políticos entre los cuales seguían vivas las previsiones realizadas en el ya viejo Plan de San Luis. No obstante, había marcadas diferencias entre ellos. Venustiano Carranza, sin ir más lejos, era un líder de ideas conservadoras y sin casi campesinos entre sus partidarios. Resulta increíble, y muy difícil de entender para quien no es mexicano, que el villismo haya podido ser una especie de submovimiento del movimiento carrancista, teniendo en cuenta las hondas diferencias existentes entre unos y otros, pues Pancho Villa se nutría fundamentalmente de líderes agrarios o de otros sectores obreros (como el empleado de ferrocarriles Rodolfo Fierro) o, incluso, personas de discutible catadura.
Quizá Pancho Villa sea, en la práctica, el más radical de los revolucionarios mexicanos, teniendo en cuenta que procedió a expropiaciones sin indemnización e incluso a la expulsión de propietarios, como hizo con algunos españoles. Villa es, además, un revolucionario más del corte que estamos acostumbrados a encontrar en el siglo XX. Zapata, más romántico y cercano al siempre potente anarquismo rural mexicano, repartía las tierras que conseguía entre los campesinos. Villa, mostrando tendencias más centralizadoras, mantenía las tierras en poder de una autoridad central, acercándose con ello a esquemas comunistas.
Estas tres revoluciones, carrancista, villista y zapatista, se acabaron reuniendo en Aguascalientes, para dirimir sus diferencias. Los problemas, sin embargo, surgieron desde el primer momento, pues tanto Carranza como Villa le pusieron la proa a la asamblea allí constituida. La convención, pues, terminó en una nueva guerra civil, en la que Pancho Villa y Emiliano Zapata se aliaron contra Carranza... y los estadounidenses. Éstos últimos hicieron valer su poderío en las batallas de Celaya y Aguascalientes, con lo que Carranza tomó el control de todo el centro del país. Los dos contrincantes, que de todas formas tenían hondas diferencias entre ellos, se retiraron. Villa fue derrotado en Agua Prieta, tras lo cual su ejército se dividió y se convirtió en una serie de partidas sueltas, una especie de maquis a la mexicana, que actuó hasta 1920, aunque ya consolidado el poder de Carranza. En la llamada Convención de Sabinas, Villa se rindió definitivamente. Murió víctima de un atentado cometido por Jesús Salas Trujillo.
Por su parte Zapata, retirado en Morelos, seguía siendo un problema. Por eso Carranza exigió su muerte.El coronel Jesús Guajardo organizó un complot contra el líder agrarista el cual, traicionado, murió cosido a balazos en la hacienda Chimaneca. Aunque, como decía al principio de este post, con la muerte del Zapata hombre nació el Zapata mito.
A partir de ese momento, México iniciaría un proceso de institucionalización que le ha llevado a estar gobernado durante décadas por un partido cuyo nombre es el extraño oxímoron Partido Revolucionario Institucional. No obstante, la revolución mexicana dejó tras de sí una estela de imágenes más o menos románticas (lo cual quiere decir ciertas) sobre las acciones de sus protagonistas, y un poso que sigue ahí, como demuestra el resurgir, cada cierto tiempo, de un agrarismo radical en el país. De todas estas figuras, es sin duda la de Emiliano Zapata, un Robin Hood con sombrero charro que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, el que mayor fascinación despierta.
Sobre si la revolución fue útil o inútil, es opinión que le pertenece a los propios mexicanos.
jueves, mayo 13, 2010
La encrucijada socialista
Alguna vez he leído que había gentes en el equipo económico del presidente Allende que consideraban la inflación como el arma macroeconómica del proletariado contra la burguesía. La veían bien porque, en la cortedad de su visión dogmática, entendían que el pobre tiene pocos gastos y muy localizados, así pues la inflación atacará más al que gasta más y en más cosas, es decir el burgués y el rico. Esta anécdota, de ser cierta (porque una cosa es lo que se lee y otra lo que pasa de verdad), demostraría que en todas partes, hasta en la Casa de la Moneda allendista, tiene que haber tontos contemporáneos. La inflación es lo peor de lo peor para todos los que la sufren. Yo sólo he sido millonario una vez en mi vida: en 1989, durante los quince días que pasé en una Argentina hiperinflacionaria y con el austral en caída libre. Yo era millonario a base de que millones de argentinos no pudiesen pagarse ni un café. Cuando llega la inflación, así está el tema. Y si es peor que peor, lo que llega no es la inflación, sino la deflación. La deflación es, simple y llanamente, el infierno.
Esta mañana le decía a mi mujer que los grandes ganadores de la crisis en la que hemos ingresado, oficialmente, ayer por la mañana, serán los chinos residentes en España. Ellos tienen la filosofía que hay que tener ahora: trabajar como cerdas, gastar sólo cuando se pueda y en lo que se pueda, y si no se puede, ajo y agua. Es lo que todos tenemos por delante, lo queramos ver o no.
Pero hay más encrucijadas tras el discurso de ayer en el Congreso, y una de ellas muy interesante: la encrucijada del PSOE.
El Partido Socialista Obrero Español nace en un entorno jodido y de escasos alicientes para su crecimiento. España, dado su carácter mediterráneo y otra serie de cosas que tienen que ver con las notables habilidades de los primeros propagandistas ácratas, mucho más peritos que los marxistas, es un país cuya clase obrera propendía más al anarquismo que al socialismo, con la excepción de algunas zonas, notablemente la cuenca minera asturiana o el campo jienense, donde las teorías socialistas siempre han tenido mucho predicamento.
El gran líder del socialismo español, el tipógrafo Pablo Iglesias, tenía notables capacidades organizativas que le hicieron ver, tras el desastre de Cuba, una norma fundamental de estrategia política que los revolucionarios tienden a olvidar: lo más importante, en política, es estar. Iglesias se dio cuenta de que, en la España constitucional de la Restauración, para ganar espacios de influencia hacía falta participar en el sistema y aprovecharse de él, en lugar de ponerle bombas. Éste es el punto en el que el socialismo empieza a ganarle la partida al anarquismo, pues éste nunca entendió, ni entiende, que no se puede volar eternamente en línea recta.
Pablo Iglesias inventó la conjunción republicano-socialista, más diseñada para el poder local que para el Congreso, porque suponía la unión de dos fuerzas dispersas y débiles (una de ellas, el republicanismo, además desprestigiada) que por adición podrían aspirar a rasgar la malla de la corrupción electoral, especialmente en las grandes ciudades, y hacerse un sitio en las tribunas nacionales. Por mor de esta alianza Iglesias y sus principales acólitos consiguieron ser diputados y su minoría pudo aspirar a ser un poco bisagra de los hechos políticos.
La intervención del PSOE en la política del primer tercio de siglo es muy importante; más de lo que cabría deducir de su fuerza parlamentaria. Republicanos y socialistas tomaron banderas cruciales para el devenir político español en aquella época; especialmente la consigna de ¡Maura, no!, que se convierte en la primera vez que el PSOE ensaya una cosa que repetirá varias veces en las décadas siguientes con notable éxito: la idea de que hay demócratas de alta calidad (los socialistas) y demócratas de baja calidad o antidemócratas (las derechas); y la conversión ante los ojos de la sociedad de una pura pelea por el poder político en una pretendida lucha hercúlea por salvar las esencias democráticas del país. Maura fue atacado por las izquierdas estratégicamente lideradas por el PSOE como presunto asesino de la democracia española, especialmente tras los sucesos de la Semana Trágica y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, que le dieron, a él y a su ministro Juan de la Cierva, vitola vitalicia de protofascistas (entonces la palabra no existía, pero el concepto sí). España, en términos generales, compró esa teoría, lo que erosionó notablemente el papel que Maura estaba llamado a jugar en la política española.
A mi modo de ver, el primer momento en el que el socialismo español se da cuenta de que está mazas es con el gobierno Canalejas, que se plantea como una reacción orquestada de liberales, republicanos, demócratas y obreristas contra el conservadurismo asesino de la Trágica. Y la cosa les funcionó, al menos hasta que Canalejas comenzó a hacer políticas liberales, demasiado conservadoras a los ojos de las izquierdas que lo sustentaban, y se produjo el enfrentamiento entre ambos (un poco como lo que va a pasar ahora entre Zapatero e Izquierda Unida). Luego Canalejas se murió porque lo mataron y tal, pero para entonces el PSOE ya estaba maduro para pensar en estrategias propias.
La huelga general de 1917, que a los socialistas lo mismo se puede decir que les salio medio bien que les salió medio mal, es el primer momento en que el PSOE decide jugar la Champions League de la política española. Iglesias, ya lo he dicho, era un buen estratega, aunque también cometió torpezas, de las que hoy nadie se quiere acordar, como amenazar de muerte de Maura en sesión parlamentaria. En todo caso, por mucho que hoy sea un icono también tenía sus limitaciones. Era un líder nacido y desarrollado para conseguir el crecimiento del socialismo; para el paso siguiente, que es el salto a la primera línea nacional, hacían falta otros líderes, y éstos fueron, sobre todo, Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero.
El ticket Besteiro-Caballero, sin embargo, hace nacer un fenómeno que ya no se apartará de la Historia del PSOE: las corrientes. Besteiro era intelectualmente un marxista de libro pero tenía una vena posibilista que matizaba enormemente sus ideas. Había llegado al marxismo desde la filosofía; era, pues, un marxista de biblioteca, y por eso mismo le faltaba esa llama revolucionaria que anida en el pecho de quien se ha hecho marxista como, un suponer, Pasionaria, esto es viviendo una adolescencia en un pueblo de mierda al lado de una mina de mierda cuyos mineros de mierda cobraban sueldos de mierda que además estaban obligados a gastar en una cantina de mierda propiedad de la misma empresa de mierda que les había firmado sus contratos de mierda. Besteiro y Pasionaria eran, pues, ambos marxistas, pero son dos ejemplos que demuestran a las claras que hay formas de ser marxistas que se diferencian entre ellas casi tanto como la diferencia que hay entre ser marxista y no serlo.
Largo Caballero era estuquista. Un día, siendo joven, estaba subido a una escalera, haciendo su trabajo de mierda y blablabla..., cuando pasó una mani de la UGT, y se fue con ellos. La suya, pues, era la génesis del revolucionario de acción, que quizá no sepa gran cosa sobre las sutilezas de la superestructura dialéctica, pero tiene eso que se llama capacidad estratégica. Poseo un pequeño folleto sobre la UGT escrito por él en 1929 y allí, en esas 60 páginas, está, de una forma u otra, todo Largo Caballero.
Besteiro es la teórica dialéctica y Largo el estratega del momento. El primero se mueve por la Historia con sextante y el segundo con un pequeño GPS. Ambos se juntan en la huelga general de 1917, que fue una huelga que si llega a hundir las estructuras de la España de la Restauración habría sorprendido a sus propios organizadores. Los socialistas no querían, con aquella huelga, emular a la revolución rusa. Sabían que no podían. Lo que querían, y a mi modo de ver consiguieron, fue inaugurar una nueva etapa en la Historia de España, etapa en la cual, al Parlamento como foro de evolución política, se venía a sumar un nuevo escenario: la calle. Y la calle, dijeron los socialistas bien claro en el 17 como Fraga haría 60 años más tarde, la calle, machos, es mía.
Luego llega la dictadura primorriverista, un gran momento para el socialismo español que, sin embargo, dibujó los perfiles de su división. La dictadura marca, en efecto, una de las cumbres del pragmatismo largocaballerista: Largo escucha los cantos de sirena del general Primo de Rivera, quien le ofrece la absoluta prevalencia sindical de la UGT sobre la CNT. Así las cosas, los anarquistas son ilegalizados y perseguidos por el dictador, la UGT es soportada de una manera más o menos velada, y Largo Caballero accede al Consejo de Estado; porque, sí, esos mismos socialistas que apenas 15 años antes le ponían palos en las ruedas a Maura porque en la Tierra no había más demócrata que el PSOE e Iglesias era su profeta, fueron consejeros de Estado en un régimen dictatoral.
Esta decisión de Largo, sin embargo, lo divorcia de Besteiro, quien en mi opinión durante aquellos años incuba incluso una seria inquina personal contra el líder de la UGT. A Largo tampoco le caía muy bien Besteiro; pero aún habrá otro socialista que le caerá peor.
Indalecio Prieto, hombre medio asturiano medio bilbaino (como Pasionaria), sin estudios, hábil y maniobrero como pocos, bastante lince para los negocios, se coloca de jovencito en un periódico de Bilbao de taquígrafo, y de ahí sube hasta el cielo socialista en relativamente poco tiempo. Prieto tenía de marxista lo que yo de lagarterana. Fue siempre, por encima de todo, prietista. El Prieto de nuestros tiempos contemporáneos es Adolfo Suárez, insigne suarista. Don Indalecio comprende como nadie, casi desde el primer momento, las enormes posibilidades que ofrece el PSOE como partido político integrador capaz de ganarse bolsas de votos más allá de los barrios obreros. Inventa, de alguna manera, el PSOE moderno, aunque lo que él quería inventar era otra cosa: una plataforma personal.
Largo Caballero, hombre de grandes odios, odia a Prieto con casi cada una de las células de su epidermis. Si Prieto participa en el Pacto de San Sebastián en el que se produce la conjunción de las fuerzas republicanas, es por joder a Largo. Si Largo reacciona a dicha reunión anunciando que la presencia de Prieto en la misma no compromete la postura del PSOE, es por joder a Prieto. Y en medio está Besteiro, a quien las conchas marxistas se le han ido cayendo poco a poco, que ya en 1930 es un gran admirador del laborismo británico, es decir del socialismo que cambia el sueño revolucionario soviético por ser parte del turno de poder, y que ya por entonces va diciendo aquello de que la huelga general de 1917 fue un primer escalón hacia otras movilizaciones más fuertes que, sin embargo, según él con el tiempo han perdido su sentido.
Cuenta Joaquín Pérez Madrigal en uno de sus libros que la mañana del 14 de abril de 1931, cuando ya se bullía con las primeras noticias macuteras de que los republicanos habían sacado unos resultados cojonudos en las municipales, Nicolás Salmerón junior pronunció un discurso en un círculo republicano en el cual, henchido de optimismo, aseguró que los republicanos serían capaces de echar al rey en cuestión de unos meses. Esta anécdota nos demuestra que nadie se esperaba aquella mañana lo que ocurriría en la tarde. Cuando el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, se presenta en el hotelito de Maura en la calle Príncipe de Vergara, donde esperan todos los republicanos, a poner a la Benemérita a las órdenes de la República, todos se caen de culo. El poder les ha llovido del cielo sin tener que arrear ni media hostia.
El PSOE no estaba preparado para esto. El PSOE tenía escrito el guión que tan mal salió en diciembre de 1930, esto es el cambio de poder mediante un golpe de Estado militar republicano apoyado por una huelga general de la UGT (la intentona Galán, pues) que pusiera el país en manos de estas dos fuerzas: el ejército de izquierdas y el PSOE-UGT. Con la histórica lección de civismo que dieron los españoles el glorioso 14 de abril de 1931, las cosas se truncaron, y el socialismo no pudo evitar que la República fuese protagonizada por quienes, desde los ya lejanos tiempos de Pablo Iglesias, habían sido sus compañeros de viajes: las izquierdas republicanas burguesas.
A partir de ahí, se inicia la conflictiva relación del PSOE con la República, que no hará sino ahondar sus divisiones internas. Largo Caballero, y la demostración es la mal llamada Revolución de Asturias, nunca renunció a su plan inicial, que es hacerse con la nación mediante un proceso revolucionario de catón marxista; proceso, según él, necesario porque Largo, desde 1917, tiene el rabillo del ojo izquierdo permanentemente troquelado en el anarcosindicalismo, y su preocupación constante es que la CNT le gane a revolucionario.
Pero para entonces el PSOE tiene ya una derecha. La derecha besteirista que no renuncia a su marxismo de base pero que, imbuida de las metodologías británicas, entiende que lo que toca es apoyar a la República y soportarla como fenómeno de evolución histórica (teoría, por cierto, que será más o menos la misma que la sostenida por los ya escindidos comunistas de obediencia soviética, aunque éstos, más que por convicción ideológica, apoyan la república por la teoría leninista de que para llegar a una revolución obrera antes debe producirse una revolución burguesa apoyada por los obreros).
En medio, por supuesto, Prieto. Prieto, que no es ni una cosa ni otra. Es lo que toque ser en cada momento para poder alcanzar su objetivo, nunca conseguido ni siquiera en el exilio, de ser presidente del consejo de ministros.
Los diarios de Azaña son buena fuente para cualquiera que quiera leerlos a la hora de aprender cuántos quebraderos de cabeza le dio a los gobiernos de izquierdas de la República la eterna pregunta de si el PSOE iba o no a colaborar con ellos. Unas veces lo hizo, otras no. Aunque cada vez tendió más al no, y esto fue por la actitud de los anarquistas. La CNT le puso la proa a la república burguesa casi desde el primer día; convirtió el nuevo régimen, también desde el primer día, en un insoluble problema de orden público, en el que no hay prácticamente un solo día sin hostias. Irredentos, relapsos y bastante ciegos, los anarquistas, que no ven demasiadas diferencias entre Azaña y los empresarios catalanes que los masacraban por las calles de Barcelona en la segunda década del siglo, se ponen en contra de casi todo: de los jurados de empresa, de la reforma agraria. De todo. Esto pone de los nervios a Largo. En las reuniones de la UGT, no pocos dirigentes regionales y sectoriales se levantan para quejarse de que la CNT les está pasando por la izquierda. En el área más obrera de España, Cataluña, la UGT se convierte en un personaje de ficción.
Esta competitividad revolucionaria es la que dirime las disensiones dentro del PSOE a favor del largocaballerismo. Besteiro es descabalgado del mando en la UGT por negarse a avalar la idea de un golpe de Estado revolucionario. Prieto, cuyo estómago tiene unas paredes mucho más gruesas que el de Besteiro, lo cual le hace más fácil tragar sapos, se convierte en un Trosky de vía estrecha de la noche a la mañana y se apunta a la organización del golpe. Largo concentra en su persona el mando del PSOE y de la UGT. Al calor del proyecto de golpe de Estado, la mal llamada Revolución de Asturias, el PSOE parece haber tomado una sola dirección.
Aquello sale como el rosario de la aurora, por muchas y variadas razones que sería prolijo analizar aquí. Lo importante es que sale mal. El fracaso del golpe de Estado revolucionario, cuyo objetivo, no lo olvidemos, era instaurar en España la dictadura del proletariado, crea una tormenta de la hueva en el seno del PSOE. Paradójicamente, lamina al besteirismo, que no había participado en la asonada, puesto que los socialistas tienden a culpar a Besteiro y su inacción del fracaso revolucionario. De esta manera, el besteirismo desaparece de la Historia del PSOE hasta Suresnes. El golpe, además, deja muy tocado el caballerismo. Es, pues, la ocasión del prietismo.
Indalecio Prieto y otros tan posibilistas como él en otras formaciones inventan el Frente Popular. El Frente Popular es una cosa que los republicanos fomentan para subirse a los votos del PSOE y luego gobernar sin ellos; el PSOE inventa el Frente Popular exactamente con la misma intención respecto de los republicanos; y ambos tienen la misma idea respecto de los votos, más o menos soterrados, procedentes del anarquismo. Prieto cree que va a poder manipularlos a todos: a los republicanos y a Largo. Pero se equivoca.
Largo Caballero no es ningún idiota. Entre febrero y mayo de 1936, se descubre como gran estratega político y alcanza el máximo de su capacidad maniobrera. De sendos mandobles se carga a las dos sombras que tiene delante: Azaña y Prieto. En primer lugar, se saca de la manga un tecnicismo constitucional para follarse al presidente Alcalá-Zamora; proceso en el que contará con la decidida colaboración de Prieto, quien a esas alturas todavía cree estar trabajando para sí mismo y no para su contrincante. Una vez que Alcalá se ha pirado, consigue que el candidato para sustituirlo sea Azaña, con lo que convierte al viejo político republicano en un orondo florero sin poder efectivo. Y luego, cuando Azaña, a la hora de formar gobierno, se fija en aquél en quien más confía, que es Prieto, Largo desempolva los eternos peros del socialismo para participar activamente en el poder burgués, le recuerda al PSOE que es un partido marxista y que lo suyo no es ocupar ministerios burgueses sino trabajar por el poder obrero, y consigue que el partido vete la cantidatura de Prieto.
El siguiente movimiento de Largo no lo conocemos porque, antes de que pudiera hacerlo, llegó Franco, le dio una patada al tablero y lo mandó a tomar por culo. Con la guerra, el PSOE pierde a Caballero, que muere en el 42. Pero esto no evita que el PSOE siga escindido. El PSOE del exilio se divide entre los negrinistas, muchos de ellos más comunistas que socialistas o cuando menos partidarios de la convergencia con el PCE; republicanos estrictos, que son los que, como Rodolfo Llopis, abonan a esa República fangasmagórica en el exilio que se empeña en tratar de convencer al mundo de que es el gobierno legítimo de España (un gobierno sin territorio ni población); y prietistas, antillopistas acérrimos para los cuales la República ya no existe y lo que hay que hacer es defender en España un proceso por el cual el pueblo decida su propio futuro; teoría ésta que les lleva a una herética convergencia con los monárquicos, que dura hasta que Franco le invita a pipas al ciudadano Juan al yatecito y éste deja al resto de los demócratas en la estacada.
Prieto muere en 1962, pero su bandera posibilista, pactista, sigue ondeando de la mano del socialismo del interior, que cada vez comulga menos con los sueños de abuelo Cebolleta de los republicanos del exilio los cuales, de alguna manera, son los herederos del caballerismo. Son los tiempos de Tierno, de Morán, de gente así, que se va a la calle Hermosilla a tomar café con Gil-Robles, y tal. La estructura del PSOE, como partido que lo es del exilio, está dominada por ese republicanismo acérrimo. Pero eso estalla en Suresnes de la mano del nuevo líder socialista, Nicolás Redondo, quien promueve al mando del socialismo a un político sevillano, Felipe González, con notabilísimas habilidades estratégicas.
Yo no sé lo que González opinará de sí mismo; mi idea es que González es, básicamente, un besteirista, y su actuación durante la década de los setenta resucita en el PSOE una cosmovisión socialista que de alguna manera parecía perdida. La decisión de González de abandonar el marxismo, e inmolarse (o amagar con inmolarse) como secretario general del partido cuando le ponen la proa, tiene toda la carga de conciencia de responsabilidad histórica que tienen algunas de las decisiones de Besteiro, notablemente la de no apoyar el golpe del 34 y apoyar, en cambio, el golpe de Miaja, mal llamado golpe de Casado, al final de la guerra civil. Desde la llegada de la democracia hasta 1996, pues, a mi modo de ver el PSOE es, básicamente besteirista; sigue una línea que ha sido minoritaria históricamente dentro del partido y que, sin embargo, en esos años da la medida de sus posibilidades, que son muchas.
En 1996 la cosa cambia, porque se rompe el guión. Un político de Valladolid demuestra que lo que se denominaba el techo de Fraga, esto es que la derecha española sería siempre relevante, pero nunca gobernante, es de cristal; y lo rompe con un golpe de chota. Como siempre le ha ocurrido cada vez que el guión no le ha salido como esperaba, el PSOE empieza a delirar y a cometer actos impuros. Felipe González, que de todas maneras ya estaba básicamente amortizado, se va. El partido, inusitadamente, descubre la democracia, las elecciones primarias, elige a un líder con grandes capacidades intelectuales pero escasa empatía con su electorado, que en un debate parlamentario de altos vuelos se enfanga en una discusión interminable sobre la aplicación del criterio de devengo en las cuentas públicas del que, a buen seguro, el 80% de sus votantes no entendieron una mierda. El líder se va, o le van, vaya usted a saber. Llega otro que intenta la convergencia de las izquierdas. Miel sobre hojuelas para una derecha que suspira por los votos del centro político: mayoría absoluta y nueva dimisión.
Leyendo las cosas en términos de tendencias históricas (besteirismo, caballerismo y prietismo), habiendo fracasado la primera y no apareciendo ninguna figura señera para el prietismo, era lógico que el ganador de la partida fuese el caballerismo. A la cúpula del PSOE llega, pues, un líder cuyos presupuestos estratégicos son: la convergencia absoluta con los sindicatos; el discurso obrerista del siglo XXI, que ya no es el discurso de la revolución sino el del Estado social; y un planteamiento neto de izquierdas en las formas de gobierno: ampliación del aborto, matrimonio homosexual, laicismo, etc.
El gran problema que ha tenido el neocaballerismo es el mismo que se ha encontrado el neokennedismo de Obama en Estados Unidos: la crisis económica. La crisis lo cambia todo, y algunos se han dado cuenta antes que otros. El caballerismo ha hecho en estos tres años lo que ha hecho de toda la vida de Dios: mantenella y no enmendalla, porque el mayor temor del caballerismo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, es el reproche nacido a su izquierda. Hace setenta años, al caballerismo le obsesionaba ser sobrepasado por el comunismo libertario; hoy, y aunque esos sobrepases no tengan la misma calidad ni los mismos escenarios ni los mismos protagonistas, la preocupación sigue siendo la misma.
Lo que hemos vivido ayer, a mi modo de ver, es una escena por la cual el caballerismo se ha subido a la tribuna y ha dicho: ya no soy caballerista. O, más bien: ya no puedo serlo. Era lo que tocaba, y lo que había que hacer. Lo interesante, ahora, es ver cuáles van a ser las consecuencias.
¿Conseguirá mutar el caballerismo en un neo-neo-caballerismo, y salir del atolladero ideológico? ¿Mutará en besteirismo? En este segundo caso, ¿hará falta un nuevo Besteiro? ¿Existe? Y, por supuesto, siempre queda la tercera vía: el prietismo. Un líder al que le dé igual Juana que su hermana, al que le dé igual ser laico que católico, liberal que conservador, revolucionario que capitalista, y que viva, única y exclusivamente, para generar poder, y conservarlo.
Pero, ¿hay, hoy, algún Prieto en el PSOE?