jueves, febrero 12, 2009
Asilados (y 3)
Los representantes diplomáticos estuvieron a verle a principios de octubre. Fueron los embajadores chileno y brasileño, éste último a pesar de que al parecer estaba enfermo. Fueron allí a pedir explicaciones de por qué el gobierno español no aceptaba el derecho de asilo. Y se encontraron, para su sorpresa, con que el Jefe del Estado español se descolgaba, si hemos de creer a Núñez Morgado, con una boutade de la leche.
-Soy tan partidario del derecho de asilo -parece que dijo- que si el general Franco me pidiese asilo, se lo proveería.
Azaña, según su opinión personal expresada en dicha entrevista, consideraba que la labor de las embajadas era encomiable y humanitaria, y les animó a que fuese tan amplia como les fuera posible.
Éste es otro síntoma, de los muchos, de que Azaña, ya en tan temprana fecha como octubre del 36, era un mero polichinela político que no contaba ni para nada ni para nadie. Cuando los embajadores le afearon el hecho de que España declarase en la Sociedad de Naciones que ampararía la salida de asilados del país pero luego la impidiese en la práctica, el presidente respondió mostrándose contrito, pero poco más. Por lo demás, los propios embajadores pudieron comprobar, el mismo día de la entrevista, cuán profunda era la sima del divorcio entre el gobierno y el jefe del Estado, pues tuvieron una breve entrevista con el ministro de Estado, Álvarez del Vayo; quien, lejos de apuntalar las ideas expresadas por Azaña, se limitó a insinuar que la postura del cuerpo diplomático no era la que expresaban sus representantes, pues al fin y al cabo el embajador de la URSS, Rosemberg, no era invitado a sus reuniones. Núñez Morgado se escudó en un formulismo para justificar que Rosemberg no hubiese sido convocado a las reuniones, aunque es más que probable que hubiese obviado al embajador soviético por incompatibilidad ideológica.
En todo caso, no era la URSS el único país, como sabemos, que disentía de la norma general. Estados Unidos, por ejemplo, informó en octubre de que no tenía ningún asilado en su legación, dada, dijo, su interpretación estricta del derecho de asilo (que muta en generosa cuando le conviene). Asimismo, Gran Bretaña tampoco se adhirió a ninguna de las comunicaciones del cuerpo diplomático al Ministerio de Estado porque, según dijo en la sesión de 28 de octubre de 1936, tenía órdenes terminantes de Londres de no mezclarse en nada relacionado con la guerra civil. Y velay que lo consiguieron.
A esta sesión de 28 de octubre asistió Rosemberg, el embajador de la URSS al que Largo Caballero acabaría expulsando de su despacho (gesto éste que le costaría el puesto). El embajador soviético trató de compartimentar el asunto del asilo. Argumentó que la interpretación generosa del derecho de asilo era algo propio de los países latinoamericanos, no los europeos, y que, por lo tanto, debían ser aquéllos los que se limitasen a aplicarlo. Aunque este movimiento está relacionado con la acción de varias embajadas, probablemente está muy relacionado con la de Noruega, cuyo representante, Félix Schlayer, se había mostrado muy activo en la aceptación de refugiados y, además, se había embarcado en un conflicto directo con el gobierno por la detención de De la Cierva (posteriormente sería asesinado) que había provocado incluso una protesta del gobierno español en Oslo.
Hay que romper una lanza en favor de la casi siempre insolidaria Francia, porque en este caso no lo fue. Lejos de amilanarse, el representante francés contestó a Rosemberg que eso que acababa de decir no respondía ni de coña al sentir de todos los países europeos. Pero, aún así, la URSS tuvo sus apoyos en la reunión. Fáciles de adivinar: Estados Unidos y Gran Bretaña, claro.
A principios de noviembre, conforme la presión de las tropas franquistas sobre Madrid se hace más opresiva, el gobierno decide, como es bien sabido, marcharse a Valencia. Y, siguiendo una norma lógica, se lo comunica al cuerpo diplomático. El traslado del gobierno supone un problema grave para los representantes diplomáticos, que no saben si marcharse o quedarse. Sobre todo los que tienen sus embajadas llenas de refugiados que, si ellos se marchan, quedarían en una situación más que embarazosa. Tanto el decano como otros embajadores latinoamericanos (Cuba, Guatemala), que son los más implicados en el asunto de los asilados, apoyan con vehemencia la necesidad de quedarse. A partir de ahí, en un Madrid en el que no ha quedado demasiado claro quién manda, el cuerpo diplomático y el Colegio de Abogados de Madrid iniciarán relaciones para tratar de garantizar la seguridad de las cárceles y de la ciudad en general. En estas gestiones, según los testimonios existentes, llegó a plantearse la posibilidad de generar una especie de zona internacional, libre de bombardeos, donde se pudiesen concentrar los civiles; incluso hubo una radio que, al parecer, distribuyó la noticia de que Franco aceptaría que el paseo de la Castellana y el barrio de Salamanca fuesen utilizados para ese fin. Sinceramente, me cuesta creerlo. Además de ser impacticable pues, como también comprobaron los miembros del cuerpo diplomático, nada más difundirse esta noticia, se colocaron metralletas en los altos de los edificios de la plaza del Marqués de Salamanca, signo inequívoco de que la eventual zona neutral, de haber existido, habría sido aprovechada por las tropas republicanas, eliminando con ello su significado.
El 19 de noviembre, llega al cuerpo diplomático la orden de desalojar las embajadas de Italia y Alemania, en las que hay refugiadas unas 65 personas, 20 alemanas y el resto españolas. El cuerpo diplomático exige, y obtiene, del general Miaja garantías para su traslado. Estos refugiados debían repartirse entre las legaciones de Chile, Rumanía, Noruega, Cuba, Holanda, Suiza, y otras.
El cuerpo diplomático acabó protestando por lo que consideró pasotismo de Miaja, contrario a sus promesas. El día del traslado de la embajada alemana, las tropas que el general había comprometido no aparecieron; los que sí aparecieron fueron milicianos, en varias decenas. Cuando menos de momento, no he podido establecer si hubo muertos por los disparos producidos. Los testimonios que he leído hablan de que se logró sacar a 22 personas de la embajada pero, dado que la cifra de 65 es conjunta con la italiana, no me es posible saber cuántos lo intentaron.
Madrid, en ese momento, está de los nervios. Es fácil de entender. Que nadie cree que vaya a resistir lo demuestra el valiente gesto del gobierno tomando las de Villadiego. Así que los que han quedado en la capital, o son vehementemente frentepopulistas (y revanchistas; de ahí los temores de los diplomáticos y los abogados sobre la seguridad de las cárceles), o están ahí obedeciendo órdenes y ligeramente encabronados por la perspectiva de palmarla. Es en este contexto en el que hay que entender el gravísimo incidente que se produce en la noche del 3 al 4 de diciembre, cuando la Delegación de Orden Público, al frente de la cual se encuentra Serrano Poncela, ordena que se entre en la embajada de Finlandia y se la desaloje.
Hay que tener mucho cuidado al juzgar estos hechos. La tentación fácil es cargar contra el gobierno español (más concretamente, contra las autoridades de Madrid) por tamaño atropello. Pero lo cierto es que el asunto es más complicado pues, al parecer, los refugiados en la embajada de Finlandia habían sido captados por un funcionario español que no tenía el estatus de jefe de misión y que, al parecer, cobraba por sus humanitarios servicios. A mi modo de ver, el hecho de que la medida tomada por Orden Público fuese tan casuística (es decir, se dirigió a la embajada de Finlandia, y no a las demás) sugiere que no hay detrás un intento general de sacar a todos los refugiados, sino algún tipo de desacuerdo, hay quien dice que incluso crematístico (pues parece que el asilador pagaba a fuerzas policiales para que le dejasen en paz) en la movida.
Pero hay otras interpretaciones. El embajador de un país tan poco sospechoso de profranquismo como México sostuvo, acerca de este evento, que se trataba de una llamada de atención de Serrano Poncela a todas las legaciones, pues quería solucionar lo de los refugiados a las bravas (recuérdese que no pocas personas pensaban en aquellos días que en unas pocas semanas Madrid sería de Franco).
Lo que sí quedó claro de todo este incidente, para desdoro de la República, es que una legación extranjera había sido violentada. La razón aportada por el gobierno, a través del Ministerio de Estado, es de chiste: en la legación había rebeldes armados que, al paso de unos milicianos, les tiraron bombas desde la terraza. En efecto, cuando has sentido el aliento de la muerte en la nuca; cuando has pensado que te van a llevar por ahí y te van a fusilar en cualquier arcén e, in extremis, consigues salir de casa, llegar a una embajada y ocultarte en ella, sin saber a ciencia cierta si algún día podrás salir vivo de allí, lo que más te apetece es salir a la ventana a tirarle lapos y bombas a los milicianos que pasen por la calle Fernando el Santo.
El año 37 estuvo ya presidido por la cuestión de la evacuación de los refugiados, una vez que la presión sobre las legaciones descendió cuando la situación de Madrid se estabilizó. En abril de 1937, por ejemplo, salieron dos expediciones de refugiados en la embajada chilena. El resto de las legaciones evacuaron a la mayoría de sus refugiados a lo largo de aquel año. Pero cuando Franco entra en Madrid, el 28 de marzo de 1939, todavía quedaban en la embajada chilena 700 personas.
El asunto de los refugiados en las embajadas de Madrid es un feo asunto para la República por muchas y variadas razones. La primera, su resistencia a aceptar el principio de asilo, que es un principio de lesa humanidad que, en realidad, lo que debemos sentir, a mi modo de ver, es que no se aplique más veces (en Ruanda, por ejemplo). Oponer tecnicismos de derecho internacional para amparar el hecho de que civiles desarmados puedan ser apresados, paseados y asesinados es, simple y llanamente, repugnante.
La segunda razón por la que fue un feo asunto para la República es por los daños que causaron a su imagen los diversos hechos con que se jalonó la polémica. El inexplicable (por estúpido) asesinato de los sacerdotes colombianos; el ofensivo (por simbólico) asesinato del descendiente del Almirante de la Mar Océana; y la inaceptable (por antijurídica) invasión de la legación finesa, son hechos que no ayudaron precisamente a construir la imagen de un gobierno puramente democrático agredido por unas fuerzas reaccionarias. Lejos de ello, a la luz de estas movidas, la República apareció más bien como un régimen incapaz de mantener el orden en su seno y, consecuentemente, poner en su sitio a la violencia obrerista. Claro que, probablemente, es que los hechos reales se acercaban bastante a esta descripción.
¿Se podrían haber hecho las cosas de otra manera? Sí, sin duda. De haber usado la República para sus relaciones exteriores a personas más moderadas y más, por así decirlo, jurídicas que las que utilizó, probablemente la actuación habría sido otra. Lamentablemente para la República, ésta no fue ni siquiera la peor torpeza que cometió.
domingo, febrero 08, 2009
Asilados (2)
En realidad, ese divorcio, o distancia, ya existía con anterioridad; no hay que olvidar que en el subcontinente americano había entonces no pocos gobiernos cuyas querencias políticas no eran precisamente prorrepublicanas; ello a pesar que, entonces como durante décadas después de la guerra, fue muy cerca, en México, donde la República contó con su mayor avalista internacional.
Pero a esta distancia, digamos ideológica, que se salvaba con el tradicional disimulo diplomático, se hizo abismal cuando se conoció que Cristóbal Colón, duque de Veragua; y su cuñado, el duque consorte de la Vega, habían desaparecido del domicilio del primero, en el número 7 de la calle San Mateo, al parecer llevados por unos milicianos.
El ministerio español, a través de su subsecretario Ureña, comunicó el 7 de septiembre su rauda disposición a arreglar el asunto e interesarse por los dos aristócratas desaparecidos. Por su parte, el secuestro del descendiente del descubridor de América movilizó a las embajadas de Chile, Argentina, Venezuela, Panamá, y otros países. Las naciones americanas, que profesaban admiración por su mitos, consideraban una eventual agresión al descendiente de Colón como algo propio, y así se lo hicieron saber al ministerio de Álvarez del Vayo. Tanto es así que el duque de Veragua había recibido como poco tres ofertas (de la República Dominicana, de Chile y de Bolivia) para ser asilado en esos países si lo consideraba pertinente.
El día 7, el cuerpo diplomático comunica al ministerio de Estado español, y más concretamente a su secretario el señor Ureña, que el gobierno argentino tiene reservado un camarote en el paquebote 25 de Mayo para los dos aristócratas en el momento en que el gobierno se los entregue. El ministerio español afirma que hará todo lo posible por localizarlos y defenderlos.
A los cuatro días de saltada la noticia, por conductos extraoficiales se tuvo información por los diplomáticos de que ambas personas se encontraban vivas y detenidas en la checa del Círculo Socialista del Sur, situada en el número 50 de la calle Velázquez (a un tiro de piedra, pues, de la casa del atribulado señor Hoo). Los embajadores y representantes exigieron del ministro una actuación inmediata, y éste, a decir de las fuentes diplomáticas, la comprometió.
Setenta y dos horas después, los cadáveres del duque y el duque consorte aparecieron en la carretera de Fuencarral, no sin que antes se hubiesen realizado las oportunas gestiones para causarles, como dicen hoy los del SAMUR en la tele, lesiones incompatibles con la vida.
El ministro que había prometido que en dos días tendría un total control de la calle no pudo hacer nada por dos personas que, además, tenían una significación política prácticamente nula.
La carta que el decano chileno envió al ministro español de Estado, y que fue distribuida a todos los países que se interesaron por la suerte de Veragua, es bastante clara aún a pesar de su educado lenguaje diplomático: «No he de insistir, repito, en la consternación unánime que producirá en todo el mundo civilizado la tremenda e irreparable desgracia acaecida, porque estoy cierto que también alcanza y en primer término a ese pueblo español y su gobierno, que serán, no lo dudo, los primeros en condenar ese hecho execrable que ofende a toda la Patria española».
Los franquistas se dieron un festín con esta carta en según que cancillerías del mundo. Y es que, a veces, los penaltis no los paran los porteros, sino que los fallan quienes los tiran.
La siguiente gestión en la que participó el cuerpo diplomático fue su intervención en favor de las mujeres y los niños que se encontraban en el Alcázar de Toledo. Aquí no fueron obstaculizados por el gobierno; todo lo contrario. Al gobierno republicano, que los sitiados de Moscardó se hubiesen encerrado con mujeres y niños no le beneficiaba en nada, pues suponía que los bombardeos podían matar civiles. Tanta fue la colaboración republicana que el primer ministro, Largo Caballero, puso como condición a la mediación diplomática que, si ésta tenía éxito, él debería estar presente en el momento de salir los civiles. Esa foto para el mundo no se la hubiera perdido don Francisco ni por todo el oro del mundo.
La gestión, en cambio, no salió bien. Y su desarrollo es una buena muestra del enorme Patio de Monipodio político en que se había convertido la República en aquellos meses de guerra. La primera sorpresa de la legación diplomática que viajó a Toledo un domingo fue que era imposible entrevistarse a solas con el coronel que llevaba el asedio (Barceló). Era estrictamente necesario que con él estuviese su comité de defensa, formado por un miembro de la FAI, otro de la CNT, otro de la UGT, otro de Unión Republicana, otro de Izquierda Republicana, otro del PSOE y otro del Partido Comunista. Los miembros del comité se negaron primero a la propia liberación pretextando que era dar alas al enemigo que estaba a punto de caer. Una vez que aceptaron el hecho en sí de la liberación, se encontraron con que la pretensión diplomática era llevarse a todas aquellas personas (en su mayoría, mujeres e hijos de los propios sublevados) bajo protección de las legaciones y darles asilo en las embajadas. Como la cosa no iba ni para delante ni para detrás, el embajador chileno, que como decano presidía la delegación, blandió el salvoconducto del propio Largo Caballero, primer ministro. Documento que, literalmente, ordenaba «a todas las autoridades civiles y militares y a las milicias populares, fuerzas sindicales y políticas afectas al Frente Popular y, en general, a cuantos cooperan en la acción en defensa del Régimen, guarden todo género de consideraciones y den toda clase de facilidades al citado señor Embajador».
La respuesta que recuerda Núñez Morgado es, como he dicho, todo un tratado histórico en sí mismo sobre cómo funcionaba el bando republicano aquellos días.
- Puede ser el señor Largo Caballero todo lo Presidente del Consejo y Ministro de la Guerra que usted quiera; pero aquí somos nosotros la única autoridad. Seguimos lo que nos dice Madrid cuando no se opone a lo que deseamos nosotros.
El siguiente problema insoluble se planteó cuando, algo más enfriados los ánimos del comité, uno de sus miembros preguntó bajo qué bandera quedarían amparados los refugiados. Al contestársele que la del cuerpo diplomático en pleno, los miembros del comité se dieron cuenta de que eso suponía que las mujeres e hijos de los sublevados franquistas saliesen del Toledo republicano bajo la bandera de, entre otros, Alemania e Italia. La verdad, en esto es lógico que pusieran pies en pared. Finalmente, se acordó que sólo apareciese la bandera de Chile.
La última barrera, sin embargo, la pusieron los sublevados. Vencidas todas las resistencias, cuando se entró en contacto con ellos, se limitaron a contestar que, si el cuerpo diplomático quería algo de ellos, era el prefijo telefónico de Burgos el que tenía que marcar.
A finales de septiembre, ya muchas embajadas están hasta las trancas de personal y siguen produciéndose conflictos. Destaca, por ejemplo, el relativo a Juan de la Cierva, teóricamente amparado por el hecho de que trabajaba como letrado para la embajada de Noruega, pero que fue detenido en el momento de tomar el avión para salir de España.
A mediados de octubre es el momento en que el gobierno español trata de fijar su posición relativa al derecho de asilo. Lo hace en una comunicación al cuerpo diplomático. Debo confesar que nunca he dado con un libro donde se reprodujese este escrito del Gobierno pero, por las referencias indirectas que he podido leer, tengo la sensación de que el principal punto de anclaje de la postura gubernamental es que el derecho de asilo es, en 1936, un derecho ya caduco consagrado como tal por la Convención de La Habana. A este argumento, los favorables a la aplicación de dicho derecho siguen oponiendo el argumento de su contenido humanitario, amén de la confusión que parece existir, en el caso de la guerra española, entre lucha política y lucha militar. Esto quiere decir que, en guerra, la libertad de una persona puede ser conculcada, y en un caso extremo incluso se le puede quitar la vida, por el hecho de ser un elemento bélico activo, bien militar (soldado), bien civil (espía, saboteador, etc.) en la contienda militar. Sin embargo, no es de recibo que una persona sea detenida, encarcelada o ejecutada por el solo hecho de ser de la misma cuerda ideológica de quienes luchan, si no lucha.
A todo esto hay que añadir que la posición del gobierno no es monolítica en el tiempo. En los primeros tiempos del conflicto bélico, cuando no había nadie en las embajadas salvo sus trabajadores, el cuerpo diplomático consultó con Augusto Barcia, entonces subsecretario del Ministerio de Estado, quien se mostró partidario de que practicasen el derecho de asilo, siempre que no beneficiase a enemigos declarados de la República. Asimismo, los representantes diplomáticos recordaron que Ángel Ossorio, en su puesto de representante español ante la Sociedad de Naciones, había expresado ideas distintas de las que ahora defendía el gobierno español.
Está, por último, el problema de la propia actuación de los partidarios del Frente Popular. Durante la represión del golpe de Estado revolucionario del 34, algunos fueron asilados en la legación cubana, y no parece que considerasen ese movimiento ilegal. Al igual que la embajada española había asilado pocos años antes, en 1919, a varias decenas de personas durante la sangrienta caída del presidente Estrada Cabrera en Guatemala.
Ya he dicho que nunca he leído la nota completa, pero todo parece indicar que es de una torpeza sólo posible cuando se está muy nervioso o se tienen muy pocas luces (o las dos cosas). Entre otras cosas, la nota acusa a las legaciones diplomáticas de realizar abusos notorios en su política de asilo; ignorando que ese tipo de acusaciones, entre estados soberanos, hay que probarlas (como hay que probar la posesión de armas de destrucción masiva, por poner otro ejemplo). Por último, la nota terminaba con un párrafo difícilmente tolerable, en el que el gobierno español se reservaba realizar acciones contra dichos abusos.
Días después, el mismísimo Manuel Azaña vendría a sumar algo más de desconcierto en todo este merdé.
Pero tendréis que esperar. Mis dedos se alejan del teclado por unos días.
jueves, febrero 05, 2009
Asilados (1)
Casi desde que existe el hombre, hay sociedades. Casi desde que hay sociedades, hay naciones. Caso desde que hay naciones, hay embajadas. Y casi desde que hay embajadas, existe algo parecido al derecho o la práctica de asilo.
Una embajada es una isla territorial. Geográficamente hablando está inmersa en un país; pero no es ese país, sino aquél al que representa. Un ciudadano de los Estados Unidos pone el pie en su nación cuando entra en la embajada de la calle Serrano de Madrid. Lo cual tiene como consecuencia inmediata que las autoridades españolas tienen que moverse, dentro de ese edificio, pidiendo permiso. O no actuar en lo absoluto.
Esta es la clave del asilo diplomático. Cuando el natural de un país siente que se encuentra en peligro dentro de él; cuando es perseguido por razones incompatibles con los derechos del hombre, es decir por pensar de una determinada manera, por tener la piel negra o por no querer ponerse un velo, el lugar más cercano y asequible donde huir es una embajada. La frontera real del país que nos persigue, que es el nuestro propio, puede llegar a estar muy lejos. Pero las embajadas y consulados están a un par de estaciones de Metro, o a una hora de autobús.
Nosotros, los españoles, hemos disfrutado muy recientemente de las bondades del asilo político. No pocos de nuestros exiliados del franquismo han tenido la consideración de asilados políticos, protegidos por lo tanto por su país de acogida contra el intento de España de detenerlos o incluso algo peor.
Pero también ha habido momentos en los que España no ha estado demasiado de acuerdo en que ciudeadanos españoles fuesen asilados. Y me refiero a nuestra guerra civil. La guerra, tras el primer golpe que delimitó las zonas de dominación de un bando y de otro, consolidó Madrid bajo el control de la República, como es bien sabido. En Madrid, como en otras muchas partes de la España republicana y la nacional, se desató, en ese momento, una gran represión en la persona de quienes eran considerados enemigos del régimen. Aunque había consulados en muchos sitios, lo cierto es que la situación existente en Madrid presenta elementos diferenciadores respecto de otras ciudades de España, con la excepción tal vez de Barcelona, por la presencia en la ciudad de las embajadas; la zona nacional, por su parte, tiene una triste e injusta ventaja en esto, pues en sus áreas de control escasa era la presencia diplomática y, por ello, los testimonios existentes son muchos menos.
Por las razones que ya he explicado, no fueron pocos los que, sintiéndose perseguidos, decidieron que el asilo en una legación era su mejor oportunidad de sobrevivir. Lo cual generó una muy tensa situación entre el gobierno republicano y algunas representaciones diplomáticas, en hechos que conforman una pequeña historia dentro de la Historia.
El 15 de julio de 1936, tres días antes del golpe de Estado nacional por lo tanto, se había constituido en San Sebastián, como era costumbre, el llamado Ministerio de Jornada, que era una especie de ministerio de verano destinado a servir de contacto entre el gobierno español y los embajadores en sus lugares de vacaciones (la razón de que el ministerio radicase en San Sebastián estriba en que la capital donostiarra era la Marbella de la época). Sin embargo, a pesar de ello, cuando estalla la guerra civil hay unos cuantos embajadores que siguen en Madrid. Para ser concretos, se trataba de: Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático; y Alcibíades Pecanha, embajador de Brasil. Asimismo, había ministros plenipotenciarios, por lo tanto no embajadores pero con cierto poder de decisión, como Lasso de la Vega (Panamá), Daniel Castellanos (Uruguay), Juan de Osma (Perú), Karl Egger (Suiza), Tsien-Tai (China), Raúl Contreras (El Salvador), Tevfik Kamil Koperler (Turquía), Plácido Sánchez (Bolivia), César Tolentino (R. Dominicana), Kristoph Boeck (Dinamarca), Carlos Uribe (Colombia), Stanoyé Pelivanovitch (Yugoslavia); así como encargados de negocios como Virgilio Rodríguez Beteta (Guatemala) y Manuel Pichardo, de Cuba. Por último, en algunas embajadas los embajadores habían dejado consejeros al cargo de todo durante el verano. Era el caso de Hermann Voarckers, de Alemania; Edgardo Pérez Quesada, de Argentina; Nicolás Karastoyanov, de Bulgaria; Zdanko Formanek, de Checoslovaquia; Eric Wenjean, de Francia; George Ogilvy-Forbes, de Gran Bretaña; Teiichiro Takaoka, de Japón; Juan F. Urquidi, de México; D. R. Flaes, de Holanda; conde Leopoldo de Koziebrodzki, de Polonia; vizconde de Riba Támega, de Portugal; Constantino Zanesco, de Rumania; y monseñor Tito Crespi, de la Santa Sede, entre otros. Incluso habría otros diplomáticos de menor rango, como el vicecónsul noruego Félix Schlayer, que acabarían jugando un papel importante en el asunto de los refugiados. Schlayer se reivindicó, por cierto, como descubridor de los fusilamientos masivos de Paracuellos del Jarama.
La primera preocupación de esta caterva de representantes diplomáticos fue, naturalmente, abordar la protección de los intereses extranjeros en España, a los que ellos, al fin y al cabo, representaban. A tal efecto, se convocó una primera reunión el 24 de julio en el número 26 de la calle del Prado, donde estaba, y honradamente no sé si sigue, la embajada de Chile. En esa reunión ya se abordó el primer caso de amparo, aunque no en la persona de ciudadanos españoles, sino de unos sesenta austriacos a los que la guerra pilló en Madrid (y, teniendo en cuenta la deriva nazi de Austria, es de suponer que no serían muy bien vistos) sin tener representación diplomática que les atendiese.
El primer incidente del que tengo noticia con personas extranjeras se produce el día 20 de julio y es la muerte, desconozco las circunstancias (aunque el representante suizo habló de asesinato), del ciudadano suizo doctor Mathille. El segundo ocurre alrededor del día 30 de julio. Se trata de un grupo de monjas bolivianas que se encontraban en un convento en Carabanchel y que, raudas, viendo la que se estaba montando, o sea que ser monja empezaba a no ser ningún chollo en aquel Madrid, se dirigieron a su embajada para solicitar volver a casa. Los diplomáticos en servicio fueron a buscarlas al convento, pero sus coches fueron, siempre según el relato del representante boliviano, detenidos por milicianos, los cuales cachearon a las monjas hasta que se llevaron todo lo que llevaban de valor. También murió en esos días un ciudadano británico que vivía en la Gran Vía y que se asomó al balcón durante una manifestación. Mala decisión.
Los reportes se suceden, hasta el punto de dejar bastante claro, al menos según mi opinión, que es absolutamente cierto que el gobierno de la República no mandaba una mierda en esos primeros días y los grupos de milicianos actuaban cada uno a su bola y a placer. En Barcelona y Santander, mueren dos súbditos alemanes. En el convento de las Reparadoras de Madrid, en el que entran las milicias, la monja uruguaya hermana Doussinague es molestada y vejada por los milicianos. La esposa del cónsul finlandés en San Sebastián muere a causa de unos disparos. Un desconocido dispara y hiere al canciller de Egipto. El apartamento del secretario de la embajada china, señor Hoo, es tiroteado, con lo que cabe imaginar que el señor secretario debió declamar su apellido a voz en grito. Míster Hoo vivía en Velázquez, 71; era, pues, prácticamente vecino de José Calvo Sotelo, quien para entonces ya no estaba en condiciones de oírle gritar. Otro tanto, y me refiero al tiroteo, le pasa al apartamento del agregado de prensa alemán.
A todos estos problemas se une el derivado de que los domicilios de ciudadanos extranjeros están siendo revisados como los de cualquier nacional. En caso de guerra resulta difícil sostener que el domicilio sea inviolable (como dijo Groucho Marx, ¡es la guerra!); pero en el caso de los extranjeros la cosa cambia. Sin embargo, esta queja del cuerpo diplomático deja bastante claro algo que es fácil de intuir, y es que las partidas de milicianos que tomaron el poder efectivo de las calles de Madrid en esas jornadas no dominaban las sutilezas del derecho internacional de extraterritorialidad.
El problema del asilo se plantea en la reunión del cuerpo diplomático de 4 de agosto.
El representante de Yugoslavia es quien lo pone sobre la mesa, indicando que hay que partir de la base de que el gobierno español va a velar por la vida y la integridad de todos sus ciudadanos y que, por lo tanto, no compete conceder a españoles derecho de asilo en las embajadas. Otros representantes, como el de Dinamarca, se inclinan por una interpretación distinta y defienden que el gobierno español debe respetar las acciones de asilo que realicen las embajadas. Esta posición es apoyada por el decano, el embajador chileno, quien basa su defensa del derecho de asilo en elementos humanitarios. Finalmente, los diplomáticos hicieron lo que hacen siempre cuando no están de acuerdo: prometieron pensárselo un poco más, y le dieron al asunto una elegante patada a seguir. Las discusiones prosiguen durante los siguientes días. Básicamente, los contrarios al asilo, al parecer liderados por Yugoslavia, argumentan que el derecho de asilo es algo que ha caído en desuso en Europa; idea que supongo se basada en considerar la doctrina de los derechos humanos plenamente consolidada en el continente, algo que un tal Adolfo se estaba ya empeñando en desmentir con vehemencia. Las razones de los partidarios estaban, como he dicho, en el contenido humanitario del asilo.
En esos primeros días de agosto, el gobierno republicano comete su primer error gordo, su primera gran cagada, con el cuerpo diplomático. En puridad, no es el gobierno quien comete ese error; pero resulta ser igualmente responsable a causa del escaso control efectivo que ejerce sobre los hombres armados en el bando republicano.
Siete religiosos colombianos que trabajaban en el manicomio de San Juan de Dios de Ciempozuelos solicitan a su embajada el regreso al país. La legación les facilita papeles compulsados por el Ministerio español de Estado en los que figuran como enfermeros de profesión. Los siete sacerdotes, vestidos ya de civil, son llevados al tren de Barcelona, para poder tomar allí un barco.
El cónsul colombiano en la ciudad condal los esperó inútilmente en la estación. Unas horas después, los siete cadáveres aparecieron en el depósito.
El crimen de los siete sacerdotes colombianos fue, si cabe, más estúpido que la media, además de premeditado, si hemos de creer al testimonio del propio representante colombiano en Madrid, el cual relató al cuerpo diplomático que, cuando estaban embarcando en el tren para Barcelona, se le acercó alguien preguntándole si algún viajero venía de Ciempozuelos. Los colombianos, pues, habrían salido ya de Madrid «marcados».
La cagada del gobierno español tiene que ver con el cambio de actitud del cuerpo diplomático. Hasta ese momento lo vemos dividido y, aunque las discusiones seguirán, adoptará la clara unanimidad (como no podía ser de otra manera) a la hora de repugnar estos hechos. Bueno, no total, porque el representante francés, en uno de esos arabescos raros que tiene la diplomacia, se aviene a apoyar la nota de protesta ante el gobierno español en lo que se refiere a protestar porque al cónsul colombiano en Barcelona no se le están dando seguridades para su integridad; pero se niega a respaldarla en lo que se refiere a la protesta por el asesinato de los siete religiosos.
A mediados de agosto prosigue la discusión en torno a la aplicación del derecho de asilo, pero en parte es una discusión baladí, porque quienes son partidarios de aplicarlo han ido a una política de hechos consumados. Sabemos, por ejemplo, que para entonces cuando menos la embajada de Chile estaba ya llena de refugiados. Por parte de los países menos proclives a meterse en ese jardín, las posturas se van definiendo. La embajada de Estados Unidos, por ejemplo, aseveró, desde el primer momento, que su política sería dar asilo a quien se lo pidiese, y entregárselo después al gobierno español una vez recibidas de él las oportunas garantías de integridad para los refugiados; lo cual es una de esas soluciones tan propias de la diplomacia, que no solucionan nada. El representante francés comunicó en agosto que tenía autorización de París para irse de España. Y el de Gran Bretaña (los ingleses, siempre tan implicados en todo lo que no es inglés) informó de que tenía autorización de Londres para cerrar la embajada y pirarse.
Otro campo en el que las disensiones entre los diplomáticos se hicieron patentes fue la propia actitud ante los hechos que se estaban produciendo. Algunos diplomáticos, los menos proclives a la República, defendían la idea de marcharse; pero, conscientes de que esa decisión tomada individualmente apenas tendría significado, defendían que la decisión, si se tomaba, debía ser mancomunada. La intención de quedarse de diversos representantes, tales como el argentino, el mexicano o el turco, hizo que, de hecho, la decisión consensuada fuese la de quedarse.
Es en ese momento cuando el gobierno español mueve ficha.
A finales de agosto (la reunión se trató en la sesión del cuerpo diplomático del día 20) Núñez Morgado, en su calidad de decano del cuerpo, fue recibido por el ministro de Estado, quien le ofreció todas las garantías de que las peticiones de las embajadas serían atendidas. Eso sí, el gobierno de la República fue firme, dentro de los típicos circunloquios educados que presiden todo diálogo entre diplomáticos, al advertir a los embajadores y representantes que consideraría su marcha como un gesto hostil.
En esa reunión se habló de que había españoles asilados en las embajadas. No es que hiciera falta informar al gobierno español, que lo sabía bien. Pero es el caso que se citó. Pero, por lo que sé, no parece que se iniciase una discusión abierta sobre si procedía o no aplicar el derecho de asilo.
Los problemas continuaron. En esas semanas, Vicente Noguera, español por lo tanto pero al mismo tiempo cónsul honorario de Polonia en Valencia, fue asesinado mientras embarcaba para marcharse de España. Asimismo, en esos días la embajada de Venezuela y la de Gran Bretaña reportaron sendas visitas de milicianos quienes, buscando a alguien, pretextaron tener pleno derecho a entrar y revisar las legaciones.
El día 21 de agosto, el cuerpo diplomático decide comunicar al gobierno de Madrid su protesta por un hecho que parece, como poco, curioso: la correspondencia a algunas embajadas llega abierta por la censura. El 1 de septiembre, los representantes de Portugal, Alemania, Dinamarca y Uruguay comunican su traslado a Alicante por razones de seguridad personal. En el caso, sobre todo, del representante alemán, no nos cuesta entender los porqués de la medida.
A principios de septiembre se produce un hecho casi anecdótico pero que es muy revelador a la hora de mostrar la actitud , más que la actitud la preocupación, de la República por la postura de los diplomáticos extranjeros. Se acaba de nombrar nuevo gobierno, el famoso «de la victoria» que presidiera Francisco Largo Caballero, en el que fue nombrado ministro de Estado el socialista casi comunista, y cada vez menos socialista y más comunista, Álvarez del Vayo. Lo que un ministro de Asuntos Exteriores tiene que hacer es esperar a que el cuerpo diplomático le cumplimente; no es normal que se adelante él. Pero eso fue lo que hizo Álvarez. Sin esperar a que el decano chileno le pidiese audiencia, se la concedió. En la misma, el ministro ofreció (again) todas las garantías para las legaciones diplomáticas y aseguró el pleno control por parte del gobierno de las acciones de las masas y grupos políticos. En consecuencia, remachó Álvarez del Vayo, el gobierno español espera que el cuerpo diplomático permanezca en Madrid.
El motivo de tan apresurada entrevista es muy fácil de adivinar. En septiembre, los muchos que en el bando republicano habían especulado con una guerra civil de unos días en la que los alzados serían vencidos fácilmente, ya han sido desmentidos. La guerra se consolida y, además, tiene muchos frentes. Y uno de ellos es el diplomático. El anuncio de cuatro representantes en el sentido de abandonar Madrid (aunque sea, en principio, para permanecer en zona republicana) no debió sentar nada bien en el gobierno. Era preciso dejar bien claro que los embajadores seguían viendo a la República como el gobierno de España.
Otra cosa que dijo en esa entrevista Álvarez del Vayo, si hemos de creer las actas de las reuniones del cuerpo diplomático, fue que el gobierno haría todo lo posible para que cesasen loos crímenes y atropellos de personas. Más aún: se dio un plazo de dos días para demostrar fehacientemente que controlaba la situación.
Días después de esta promesa, un grupo de milicianos se presentó en la embajada de Chile exigiendo la entrega de una persona que decían estaba dentro. Ante la negativa del embajador a dejarles entrar, no insistieron, pero montaron un puesto de guardia paralelo que cacheaba a todas las personas que pretendían entrar en la embajada.
La situación, con todo, empeoraría más. Para ser más concretos, con el asesinato de Colón.
lunes, febrero 02, 2009
La (in)solidaridad catalana (y 3)
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
En un entorno de mayor fuerza, las posiciones de los proteccionistas se fueron haciendo más intransigentes. Tras un intento en la Junta de Aranceles para restablecer los derechos diferenciales, fallido, abandonaron dicha Junta. En 1880 escenificaron un nuevo abandono, esta vez la Comisión de Información Arancelaria, que tenía que estudiar la situación de la industria lanera y cuyas conclusiones no les gustaron. Otra vez el espíritu, llamémosle escasamente negociador. Y como las desgracias nunca vienen solas, sobre este nuevo error estratégico proteccionista se cernió de nuevo la desgracia, pues el gobierno Cánovas, en el poder, le dejó el sitio al gobierno Sagasta, de corte decididamente liberal. El 7 de julio de 1881 Sagasta, ante las graves diferencias existentes en torno a la reforma del arancel, decide dejar la cuestión en suspenso.
domingo, febrero 01, 2009
La (in)solidaridad catalana (2)
A finales de 1851, en plena ebullición del librecambismo en España, se anuncia la nueva reforma arancelaria. Aunque estamos en un momento de la Historia en el que las ideologías que hoy llamaríamos de izquierdas aún no se puede decir que fuesen muy visibles, en parte fueron los librecambistas los que, en el curso de aquella muy agria polémica hicieron uso de algunos de los elementos demagógicos que luego se convertirán en propios de las izquierdas. Así, en uno de sus periódicos, los librecambistas describen a los industriales catalanes como «aves de rapiña de desenfrenada voracidad, lobos hambrientos que devoran la sustancia de todos los españoles, monopolistas, bárbaros de la civilización, beduinos, tiranos aborrecibles, verdugos del obrero, señores de horca y cuchillo, cuya cabeza hay que exponer en una picota en medio de la plaza pública».
viernes, enero 30, 2009
La (in)solidaridad catalana (1)
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
No creo concitar la oposición de nadie si digo que el asunto de nuestra Historia Económica que más encono político e ideológico ha generado ha sido la batalla del proteccionismo. Es un asunto que tiene mucho que ver con el debate regionalista, o autonomista como se dice hoy en día, porque el gran campeón del proteccionismo español ha sido, tradicionalmente, Cataluña. Y es habitual que quien quiere atacar a esta región (o comunidad autónoma, como se dice ahora) por el flanco de su pretendida insolidaridad, recuerde los muchos beneficios que le reportó el proteccionismo a costa de presuntos beneficios no producidos en otros lugares de España.
miércoles, enero 28, 2009
Joder con la cita, again
Con todo, no veo que nadie haya interpretado la pista que dejé yo. Porque si por algo es conocido Romanones en el mundo de las frases célebres es aquella de: ¡Joder, qué tropa! (véase la última línea y el título de este post, sin ir más lejos). Así pues, el título del post no era en modo alguno inocente.
Según Jiménez, el conde de Romanones fue el primer español que se puso un audífono moderno. Fue necesario el concurso de un técnico para ajustar el aparato. El otorrino, que sabía perfectamente de qué palo iba su cliente, le advirtió al dicho técnico que sería conveniente que le hiciera una rebaja por el aparato.
Cuando el conde hubo portado el sonotone, y comprobando que funcionaba, preguntó lo que costaba.
- 5.500 pesetas -respondió el técnico, aplicando disciplinada rebaja.
Entonces el conde sacó la chequera y extendió un cheque... por 5.000 pesetas. Cuando el técnico le indicó, suavemente, que el documento estaba erróneo, el conde le dio la respuesta más castiza que he leído nunca:
- El cheque está bien. Es que yo no pago fracciones.
Pocos días después de aquello, el conde "estrenó" su aparato en una representación teatral, en medio de la cual, en gesto propio de los sordos, casi detuvo la representación al prorrumpir con su vozarrón:
- ¡Casilda, Casilda, oigo muy bien, este aparato es estupendo!
lunes, enero 26, 2009
Joder con la cita...
No obstante, algo sí me queda para dejaros esta adivinanza. Simple: se trata de decir quién escribió la siguiente frase (frasecita que tiene sus bemoles):
Bueno, no os desaniméis. En el texto hay varias pistas que estoy seguro que sabréis ver. Por ejemplo, sabemos que el autor de la frase no es Josep Lluís Carod Rovira. Esto lo sabemos porque él nunca habría escrito En mi frecuente paso por el Gobierno, sino en mi frecuente paso por el Gobierno Catalán. ¿O no?
En fin. Fuera coñas, hay varias pistas. Alguna de ellas muy clara , diría yo. Pero, claro, yo sé la respuesta.
Hala, a pensar...
viernes, enero 23, 2009
La Puerta


Estas dos fotos que presiden hoy el comentario son antitéticas. Pertenecen a un mismo momento histórico y a sus dos extremos. En una, la Puerta de Alcalá aparece adornada con los retratos de Stalin y de otros conspicuos líderes comunistas. Es una foto tomada durante la guerra. La segunda foto está tomada al final de dicha guerra, y se corresponde con una misa que se celebró a los pies de esa misma Puerta, presidida por una imagen de Cristo seriamente dañada por las violencias de aquellos años; misa en la que los vencedores de la guerra dieron gracias por su victoria.
Dos situaciones tan extremas en el mismo lugar sirven para definir la importancia que la Puerta de Alcalá, como lugar de encuentro y de Historia, ha tenido para España y para Madrid. Quizá el momento principal vivido por esta puerta fuese el malhadado día en que hubo de ser testigo de un magnicidio en la persona del presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, quien vivía allí mismo y allí mismo fue asesinado por dos anarquistas que se acercaron a su coche en una moto con sidecar.
La construcción de la Puerta de Alcalá forma parte de un proyecto más genérico y ambicioso, a la par que muy caro, cuyo principal elemento era la urbanización del paseo del Prado. E, incluso, podríamos decir que hasta la urbanización del Prado formaba parte de otro proyecto aún mayor que se concretó con la construcción de la Puerta de San Vicente, el acabado definitivo del Palacio Real, la construcción de la Casa de Aduanas (actual Ministerio de Hacienda, en Alcalá, 9), el palacio del conde de Altamira en la calle de la Flor, la Casa de Correos (sede de la Comunidad de Madrid), la fábrica de porcelana del Retiro (hoy inexistente), el Banco y el Colegio de San Carlos, la Imprenta Real...
Carlos III, el mejor alcalde de Madrid como le dicen algunos, tuvo desde luego la visión de que Madrid, ciudad apolillada y sucia, debía de mejorar su aspecto y convertirse en una capital europea de relumbrón, y para ello se embarcó en una serie de obras faraónicas, probablemente más aún de lo que lo son las que hoy aborda nuestro alcalde. La reinvención del área incluía la sustitución de la vieja puerta, que estaba un poco más abajo, a la altura de la calle Alfonso XI.
Hay que hacer notar que las medidas de Carlos III alcanzaron hechos más primarios, puesto que el rey se impuso la tarea de que Madrid dejase de ser una ciudad cuyas calles estuvieran literalmente llenas de mierda. El personal de aquel Madrid simplemente tiraba sus desechos y detritus por la ventana, razón por la cual no era muy buena idea andar por la calle de noche, pues no sólo se corría el peligro de ser atacado por los felones, sino también alcanzado por el contenido de los orinales castizos. En una ciudad donde la limpieza pública prácticamente no existía, toda aquella basura quedaba en las calles, se pudría y le daba a la villa, digamos, personalidad. Bajo la inspiración y el impulso de Carlos III, se inventó la conocida como La Marea, que eran unos carros que llevaban unas piezas que servían para arrastrar la mierda, y que iban seguidos de barrenderos que completaban la tarea.
Para pagar todo esto, se embargó el arbitrio o impuesto que pagaban las tabernas madrileñas. Así pues, eso de esquilmar al personal para hacer grandes obras no es ni de coña cosa moderna. Aunque el dinero movilizado fue mucho, no dio para hacer todo lo que se pensó. Sin ir más lejos, el arquitecto Ventura Rodríguez diseñó un pórtico, que quería situar junto a las caballerizas del Casón del Buen Retiro, con capacidad para unas 3.000 personas y que podría albergar cafetines y tabernas. Es curioso imaginarse qué aspecto tendría hoy la zona de haberse llevado a cabo.
Don Ventura, por cierto, fue arquitecto reputado y sus obras pueden verse en muchos lugares de España. Pero hay que reconocer que con la Puerta y el tándem Carlos III-Sabattini, pinchó en hueso. Hasta cinco diseños presentó de la obra, y todos le fueron amablemente rechazados.
La información disponible nos dice que hubo catorce contratistas interesados en hacer la obra. La decisión final se tomó a las cuatro de la tarde del martes, 6 de junio, y fue en favor de Francisco de la Fuente. Las condiciones de De la Fuente eran las que más placían a Sabattini pero, no obstante, el arquitecto consideraba los precios pedidos por el asentista excesivos. Se negoció con él, sin llegar a ningún arbitrio, por lo que el constructor final fue Santiago Feijoo y Compañía.
Siete años después, en 1777, el Ayuntamiento de Madrid tuvo que darle al señor Feijoo un par de cachetadas, pues la obra, al parecer, iba como el culo. El contratista se comprometió a terminar la Puerta en un año, y lo cumplió.
Las crónicas nos dicen que la Puerta, pronto, estuvo rodeada de chabolas e, incluso, unos cien años después el Ayuntamiento tuvo que aprobar un presupuesto de rehabilitación, pues estaba hecha una braga. No ha de extrañar esto pues, entonces, la Puerta de Alcalá era un monumento de extrarradio, tanto que junto a la misma estaba situada la verja fiscal en la que las mercancías que entraban en Madrid pagaban fielato y un poco más allá, la plaza de toros; existen testimonios, además, que se quejan de lo difícil que era apreciarla, rodeada como estaba de chabolas.
José era un Bonaparte. Y pensaba como un Bonaparte. Igual que un ilustre descendiente de su sangre acabaría imaginando una gran avenida parisina que hoy se llama de los Campos Elíseos, José ideó algo que, de haber sido realizado, habría hecho que Madrid, hoy, no fuese Madrid como lo conocemos. Entre otras cosas, hubiera hecho innecesaria la construcción de la Gran Vía. Soñaba José Bonaparte con una gran avenida, un gran bulevar, ancho y claro, que comenzase en el Palacio Real y terminase en la Puerta de Alcalá, haciendo pues que ambos monumentos y símbolos se mirasen en la distancia. Dejo a la imaginación del lector el aspecto que habría tenido tan imponente obra.
Hasta ese momento tenemos Puerta, pero no tenemos plaza. La plaza de la Independencia es muy posterior a la Puerta de Alcalá y se basa, también, en un modelo muy francés, que no puede ser otro de la plaza de L'Etoile. Es Fernández de los Ríos quien, tras su acceso al Ayuntamiento ya en la segunda mitad del siglo XIX, propone la creación de una plaza de cien metros de radio, cuyo centro será la Puerta, dedicada a los defensores de Zaragoza. Eso sí, el proyecto final fue más modesto que el que pretendía el concejal.
Fernández de los Ríos, inspirándose en París o tal vez envidiándolo, quería que a la plaza confluyesen ocho calles. Propuso que se llamasen: Numancia, Sagunto, Covadonga, Granada, Padilla, Bravo, Maldonado y Lanuza. Todo un pastiche de orgullo patrio. Una de las calles, entiendo yo por los testimonios que he leído, vendría a coincidir con la avenida arbolada que hay tras la puerta del Retiro que da a la plaza. Justo frente a ésta, es decir entre Serrano y (creo que se llama así) Salustiano Olózaga, otra calle que terminaría en un monumento al 2 de mayo. En la actual calle de Alfonso XII se situaría, frente al Casón, una estatua de Quevedo. Otra calle tiraría por lo que hoy es la calle de Alcalá hacia las Escuelas Aguirre. Otra comunicaría con el barrio de Salamanca, entonces en construcción, y tendría una estatua de Pelayo. A otra, desde la plaza hasta Recoletos (debe de ser la de Salustiano Olózaga), se trasladaría desde el Retiro la llamada fuente de las Cuatro Estaciones. Y otra calle conectaría la plaza con unos llamados jardines de los Campos Elíseos (cómo no) que se querían construir más o menos en el actual emplazamiento del inicio de la calle Velázquez.
El proyecto, como sabemos, se realizó reduciendo ligeramente la superficie de la plaza y suprimiendo calles y monumentos.
La última gran polémica que ha vivido la Puerta de Alcalá fue ya durante el franquismo, cuando a algún arquitecto con ganas de especular y dar por saco se le ocurrió levantar la torre de Valencia, en el inicio de la calle O'Donell. No pocas voces se levantaron aseverando, con absoluta certitud en mi opinión, que ese palitroque ahí colocado destruía la armonía de la imagen de la puerta y que, seguro, en Madrid habría muchos sitios donde colocar la puñetera torrecita sin necesidad de andar jodiendo con ello las postales. No hubo indulto para nuestra puerta que, por lo tanto, desde entonces tiene una especie de pariente tonto del culo que se asoma por detrás en las fotos, con la sonrisa de bobalicón que suelen tener los bobalicones.
martes, enero 20, 2009
Voces animales
He encontrado hoy, en una de mis lecturas, referencias a un libro de mucho mérito. Se publicó en Sevilla en 1490 y su título es Vocavulario collegido por el cronista Alonso de Palencia. Este libro se publicó cuando Antonio de Nébrija todavía estaba dando los últimos toques a su Gramática y, por lo tanto, es una fuente interesantísima sobre el español barroco. En el pasaje que yo he leído, De Palencia ejemplifica la variedad del español desplegando la totalidad de los verbos que el español tenía para designar las voces de los animales.
Aquí os copio la lista. Yo creo que os va a molar y os servirá para epatar algún día delante de algún diletante que se las dé de listillo. Honradamente, no sé cuántas de estas voces se usan hoy (bueno, algunas sí, pero no muchas). El vocabulario, en todo caso, tiene todos los variados sabores semánticos y fonológicos de unos tiempos en los que la cultura del español medio incluía la habilidad de conocer a un animal con sólo escuchar su voz.
Os recomiendo que os busquéis alguna voz complejilla y os la aprendáis. Imaginaos mañana, cuando estéis tomando café con ese compañero del curro que sólo sabe escucharse, si le decís en voz alta: "Ya estás otra vez, tetrisitando como un ánade en celo". Si os contesta, es que es un crack.
Las voces son:
Águila: clamar.
Halcón: plipiar.
Buitre: pulpar.
Cuervo: croarar.
Milano: vilvinar.
Cisne: dreasar.
Grulla: gruar [éste es el más lógico de todos]
Cigüeña: crotorar.
Gallo: cantar o curcusitar.
Ánade: tetrisitar.
Tortuga: gemir.
Paloma: pausitar [tengo la sensación de saber que hay otro verbo moderno para lo que hace la paloma, pero ahora mismo no lo recuerdo]
Perdiz: Cácabar no cátabar.
Grajo: fringuliar.
Lechuza: cutubiar.
Tordo: trotilar o sucitar.
Estornino: pasitar.
Golondrina: minurar.
Abeja: bombialar [para mí que la abeja moderna se limita a zumbar]
Cigarra: fricinir.
León: fremer [sic]
Tigre: jachar [sic]
Pantera: couriar.
Oso: uncar o soviar.
Puerco montés [entiendo que se refiere al jabalí]: frender.
Lince: urcar.
Lobo: asillar.
Elefante: barritar.
Caballo: relinchar.
Asno: rebuznar.
Cerdo: gruñir.
Berraco: churritar.
Carnero: oretar.
Oveja: balar.
Cabrón: mitar. [Aunque yo opino que el cabrón, más que mitar, lo que más hace es dar por culo]
Cabrito: vezar.
Perro: ladrar.
Vulpeja: gañir.
Liebre: vagir.
Gato: maullar.
Rana: croar o vamir.
Ratings
A veces, sin embargo, se presentan ocasiones de comentar alguna cosa. No me parece legal escribiren el blog porque eso puede generar la falsa impresión de que le dedico un tiempo que no le dedico. Así pues, pensando gilipolleces, se me ocurrió la posibilidad de abrir una etiqueta nueva aquí, Off Topic, y, consecuentemente, escribirlo aquí. No pega ni con cola, lo sé. Pero tampoco pegaban Spencer Tracy y Katharine Hepburn, y les funcionó.
En fin. Los historiomaníamos, que sepan que la etiqueta Off Topic no va con ellos. Esto no va de Historia. Pero es que con esta historia de la calificación crediticia de España, que si rating por aquí rating por allá, he pensado que sería bueno escribir un par de cosas. Porque esto de los rating puedes pensar que no te afecta, pero te equivocarás. Esto de los rating, como espero demostrarte, se parece bastante a eso que se dice tanto hoy en día de que si una mariposa base sus alas en Colombia provoca un huracán en Japón.
Supón que compras una letra del Tesoro a un año al 3,1%. Esto quiere decir que hoy, digamos 1 de enero, tú pagas 1.000 euros; y el emisor, en este caso el Tesoro español, te pagará, el 31 de diciembre, 1.031 euros.
Pensemos que la inflación esperada es del 2%. Para conocer el valor de tu letra, tienes que descontar el valor futuro de la misma a euros de hoy en día. Calcular su valor actual. Esto se hace dividiendo el flujo que vas a recibir por 1+ la inflación esperada en tanto por 1 (o sea, 0,02). Así que divides 1.031 por 1,02 y te da 1.010,78. Ése es el valor real de tu letra hoy en día o, si lo prefieres, tienes una ganancia esperada, en valor actual, de 10,78 euros o, si lo prefieres, un 1,078%. El resto, hasta 3,1%, propiamente no lo vas a ganar, porque entre el momento en que tú pagas y el momento en que cobras, la inflación se come parte de la retribución.
Ahora entra a jugar el asunto del rating. La pregunta es sencilla: si el compromiso de pagar 1.000 euros es del Estado español, ¿te fías de que va a pagar? Supongo que sí. Y, ¿te fías lo mismo si el emisor es el Estado de Uganda? Probablemente, no. Técnicamente, te dirán que la deuda pública ugandesa tiene un riesgo de crédito muy superior a la deuda española.
Riesgo de crédito quiere decir probabilidad de default, es decir que el emisor no pague, o no en la medida que se ha comprometido; por ejemplo que en lugar de dar un 3,5%, dé solamente un 2%, o incluso no devuelva todo el principal (principal se llama a lo que tú le prestaste). Todos los activos financieros, cualquiera que sea su emisor, tienen una probabilidad de default, por pequeña que sea. Se considera que hay activos de seguridad total, como la deuda de Estados Unidos el bono alemán, pro ejemplo el Bund (bueno, en realidad el Bund es un derivado sobre los bonos a diez años, pero bastante liado está ya esto).
Los estados más ricos y poderosos han hecho default en la Historia. El caso más claro es el Imperio español que, en época de Felipe II, declaró varias veces la quiebra en el pago de juros, que eran la deuda pública de la época. En años más modernos se ha dado el caso de países que, ante dificultades financieras extremas, han declarado la deuda perpetua, lo cual quiere decir que devuelven los intereses (los 31 euros de cada 1.000) pero no el principal (los 1.000 euros). Jode, ¿eh?
Los inversores en bonos, que son fundamentalmente banqueros, necesitaban un mecanismo para poder medir ese riesgo. Para guardar pasta suficiente como para hacer frente al default si se produce. Sucintamente, se trata de multiplicar tu riesgo (el valor actual de los pagos que tienes pendientes) por una determinada probabilidad. Por ejemplo, en nuestro viejo bono al 3,1%, cuyo valor actual era de 1.010,78 euros, deberíamos multiplicar dicho valor por una determinada probabilidad de default, o sea de impago.
Pongamos que es 0,001, o sea una probabilidad del 0,1% o, lo que es lo mismo, de cada 1.000 euros de deuda emitida por este emisor, dejará de pagar 1. Esto quiere decir que, por el mero hecho de comprar el bono al 3,1%, tienes que provisionar 1,01078 (1.010,78 por 0,001) euros, por si acaso esta emisión hace default. Pero eso, naturalmente, cambia tu rentabilidad. Porque tú ya no te estás gastando 1.000 euros, sino 1.001,01078 euros (el precio del bono más el precio del riesgo de crédito). Por lo tanto, tu rentabilidad ya no es del 3,1%; ahora tienes que calcular qué rentabilidad hacen 1.031 euros sobre 1.001,01078. Esto te dará el 3%. Hay una diferencia de 0,1 puntos porcentuales o, como se dice más en el ámbito financiero, 10 puntos básicos (un punto básico es un 0,01%).
Si los tipos están al 3,1% y viene el Estado español a venderte una letra al 3,1%, tú, si has hecho las cuentas del párrafo anterior, le contestarás: ah, no. No puede ser. Si acepto tus condiciones, entonces no tendré un 3,1% de rentabilidad, sino un 3% (es decir, estoy perdiendo diez puntos básicos que podría obtener invirtiendo a precios de mercado). Así pues, para yo comprar tu bono, me tienes que ofrecer, no un 3,1% de rentabilidad sobre 1.000, sino un 3,1% de rentabilidad sobre 1.001,01078: al correr de 365 días, me tienes que pagar 1.032,04 euros. Pero yo te voy a pagar 1.000, así pues, aunque el mercado esté en 3,1%, tú tienes que ofrecerme un 3,204% o, lo que es lo mismo, 9 puntos básicos más.
Esos 9 puntos básicos es lo que se denomina prima de riesgo. Es el precio que tiene que pagar el emisor, en este caso el Tesoro español, por tener una probabilidad de default de 0,001. Y, ¿quién dice que la probabilidad es ésa? Bueno, en esto cada maestrillo bien puede tener su librillo, y es lo que se llaman modelos internos de control de riesgo, basados habitualmente en la experiencia contrastada del banco. También puede ser una probabilidad prescrita por el supervisor (por ejemplo, el Banco de España). Pero siempre, o casi siempre, depende del rating.
El rating es una nota. A mejor nota, menor probabilidad de default. Así de simple. La banca y otros inversores institucionales inventaron los rating para que hubiese alguien que se tomase el trabajo de ponerle una nota a las emisiones y a los emisores, valorando un montón de aspectos que influyen en la probabilidad de que haya un impago total o parcial. Como os he dicho antes, existen emisores que se consideran con un riesgo cero o muy cercano a cero, como el bono alemán. Alemania es un país grande que lo flipas y con altos niveles de estabilidad. El mercado toma entonces la rentabilidad del bono alemán como rentabilidad libre de riesgo. De esta manera, el inversor sabe que si quiere hacer una inversión sin riesgo de crédito, una inversión que se va a pagar sí o sí, lo que hace es comprar bonos alemanes. El resto de emisores, por ejemplo el Tesoro español, tendrán que ofrecer una rentabilidad superior (prima de riesgo) al bono alemán, para así conseguir que comprar sus títulos sea más atractivo que comprar los alemanes.
¿Qué es lo que pasa cuando hay un downgrading? Pues, sencillamente, que la probabilidad de default se incrementa. Ya no es de 0,001 sino, por ejemplo, de 0,005. Ahora multiplicamos el valor actual de 1.010,78 euros por 0,005, lo cual nos da 5,05 euros. Ahora, si el bono alemán está al 3,1%, reclamaremos al Tesoro español que sea capaz de darnos el 3,1% sobre 1.005,05 euros, lo cual es 1.036,21 euros, o sea un tipo de interés nominal del 3,62%. Así pues, los 9 puntos básicos que eran antes mi prima de riesgo son ahora 52 puntos básicos (3,62%-3,1%).
Os invito a que observéis una cosa. Si la probabilidad de default es de 0,001 y pasa a ser de 0,005, se multiplica por 5. Pero si la prima de riesgo es de 9 puntos y pasa a ser de 52, se multiplica por 5,7. La relación no es lineal, pues. En realidad, el downgrading empeora las cosas más que lo que superficialmente cabría esperar.
Cuando el Tesoro español tenía una calidad crediticia tan buena o incluso mejor que el alemán, nuestra probabilidad de default era nula y la prima de riesgo cero. Luego, cuando nuestra probabilidad pasó a ser (me refiero al ejemplo) de 0,001, se generó una prima de riesgo de 9 puntos básicos. Y ahora, que nos han hecho downgrading, y según estas cifras inventadas, la prima de riesgo ha pasado a ser de 52 puntos básicos. Esto quiere decir que para conseguir el dinero que consigue el Estado alemán ofreciendo pagar 10.000 euros, nosotros tenemos que prometer pagar 10.052. Endeudarnos nos sale más caro.
Por lo tanto, un mismo coste, es decir si suponemos que Alemania y España se van a gastar el mismo dinero en un plan de rescate financiero financiado con deuda; un mismo coste, digo, nos saldrá de hecho más caro a nosotros que a ellos. Los economistas suelen decir que deuda hoy son impuestos mañana, y es cierto. El Estado no se diferencia de una familia. En un Estado, como en una familia, no puedes estar eternamente gastando más de lo que ingresas o debiendo dinero; la diferencia entre un Estado y una familia es que con un Estado se suele tener más paciencia. Mucha más.
Este asunto de la prima de riesgo explica, además, la honda tragedia de los países endeudados del Tercer Mundo. Un país endeudado genera serias dudas sobre su viabilidad económica. En consecuencia, las agencias de rating le otorgan a sus emisiones notas muy bajas. Como consecuencia los inversores, para comprarlas, exigen primas de riesgo muy elevadas. Esto encarece la deuda del emisor, quien se ve obligado a comprometer cada vez tipos mayores. Pero si ofrece tipos mayores la deuda le sale más cara y, en realidad, sus probabilidades de pagarla pasan a ser menores. Entonces las agencias le bajan el rating. Y así mucho.
Así pues, esto del downgrading del rating se parece a eso de la mariposa y el huracán. Porque alguien en la otra parte del mundo, en un sitio con un nombre tan poco financiero como Pobre y Del Montón (Standard & Poor’s), decide que va a bajar la calificación del Estado español; y aquí, en tu casa, suben tus impuestos. Puede que no ahora. Pero subirán.
Y ahora repite conmigo: jodida mariposa de los c….
sábado, enero 17, 2009
Cómo admirar a la vez a Marx, Lenin, Mao, Hitler y Franco (y 5)
A la altura del año 1972, cuando por lo tanto Macías llevaba tres años en el poder, no quedaba en Guinea ni un solo político anterior a la independencia o que hubiese ostentado algún cargo de importancia en el país en los primeros tiempos de su existencia. Al que no estaba exiliado, Macías lo había ejecutado, en una represalia sangrienta que había alcanzado, no sólo a los propios políticos, sino a sus familias, a sus amigos e, incluso, a sus vecinos. Macías, como muchos africanos, tenía un fuerte sentido localista y tribal. El país, en sí, estaba en manos del clan de Mongomo; y, en justa correspondencia (justa según su forma de ver, se entiende), los lugares de donde eran oriundos sus enemigos debían de sufrir las consecuencias. Los oriundos de Evinayong, Río Benito, Acurenam, Kogo o Fernando Poo, eran sistemáticamente perseguidos por el régimen. Para entonces, y como consecuencia de esta política tan liberal, aproximadamente uno de cada seis guineanos estaba exiliado.
Macías decretó que los desplazamientos por el interior del país sólo podrían realizarse de mediar un certificado de autorización expedido por el Gobierno. De hecho, pues, convirtió Guinea en una inmensa cárcel. Para algunos lo fue con más claridad. En 1973, todos los sacerdotes católicos y protestantes fueron colocados en arresto domiciliario y les fue prohibido separarse de la cocina de su casa más de tres kilómetros. Los seminarios fueron cerrados, en una medida que fue dramática para el nivel cultural de la clase, llamémosla, intelectual de Guinea, por la mayor parte de los ciudadanos alfabetos salían precisamente de los seminarios.
1973 fue también el año en el que se produjo un cambio sustancial en la estructura de poder española con el acceso de Luis Carrero Blanco a un puesto que Franco, jefe del Estado, se había reservado hasta entonces para sí: presidente del Gobierno. Si la presidencia de Carrero puede interpretarse de muchas formas en relación con el régimen franquista, desde el punto de vista de Guinea Ecuatorial la lectura está muy clara. Carrero era un colonialista, opuesto en gran medida a las posturas algo más pro tercermundistas de Castiella, y una persona aliada de los grandes empresarios que habían tenido intereses en el país. No es extraño, pues, que la llegada de Carrero viniese casi a coincidir en el tiempo con el inicio por parte de estos empresarios de acciones ante el Tribunal Supremo, exigiendo indemnizaciones por las expropiaciones de que habían sido objeto por Macías, en unas cantidades, más de 100 millones de pesetas, que Guinea no quería pagar y, probablemente, no podía.
El hecho de que España pusiese pies en pared hizo ver a Macías, quien de todas formas ya se consideraba rodeado de conspiradores, lo solo que estaba. Un tiempo antes había tenido un gravísimo conflicto con Gabón del que salió perdedor, en gran parte por su aislamiento internacional (acentuado por el detalle de que el embajador que envió a Naciones Unidas ni siquiera sabía hablar inglés).
En aquel mundo, sin embargo, siempre había una salida para quien se sintiese aislado: los otros, o sea el llamado bloque del Este.
La Unión Soviética y sus satélites aceptaron encantados. Para entonces, 1973 como decimos, lo de Vietnam era cosa pasada y gran parte del enfrentamiento geopolítico de la Guerra Fría se había desplazado a África (véase, por ejemplo, Angola).
Las Juventudes en Marcha por Macías adoptaron en su uniforme el cuello Mao (cabe hacer notar que Macías logró, no se sabe muy bien cómo, ayuda simultánea de la URSS y de China). En sus discursos comenzó a aparecer la palabra revolución y se inició por todo el país una campaña para destruir todos los libros editados en Occidente. Fue al inicio de esa etapa, en un mitin en Bata, donde Macías expresó que las personas que, en su opinión, habían hecho más en favor de la Humanidad, habían sido Marx, Lenin, Mao, Hitler, Franco y el dictador ugandés Idi Amín. Todos ellos, como sabemos, están hoy muertos y en el Cielo.
Los actos oficiales terminaban con la siguiente letanía: «En marcha con Macías, siempre con Macías, nunca sin Macías, todo por Macías». Luego, un poco en plan de la canción esa tan coñazo del pumpun y abre la muralla y cierra la muralla y tal, se coreaban una serie de «abajos»: abajo el colonialismo, el imperialismo, el neocolonialismo, los golpes de Estado, los ambiciosos, el colonialismo tecnológico y el colonialismo comercial. Y se terminaba con un «arriba» para la revolución.
En las escuelas se comenzó a enseñar el mito de Macías. Se decía que era una persona con poderes mágicos y que las balas no podían herirle (por eso, una vez ejecutado, mucha gente no creyó su muerte). También se enseñó, como en la Camboya de Pol Pot, que un niño debe ser más fiel al Estado que a su familia, así pues, si cree o sabe que sus padres son subversivos, debe denunciarlos. Los nombres propios y la toponimia se africanizaron, en un movimiento parecido a la deslatinización del alemán llevada a cabo por Hitler. Para valorar lo centrado que para entonces estaba el muchacho, tras una noche de pesadillas, en la que tal vez soñó que se lo apiolaban, construyó una muralla en derredor suyo en Malabo, dentro de la cual vivía solo con su familia.
En el verano del 73 se celebró, a culatazos, el referéndum sobre la reforma de la Constitución. Se ha dicho muchas veces que Franco hizo trampas en sus referenda haciendo votar a los muertos. Macías casi aplicó el sistema: dejaba medio muertos, si no del todo, a los que no votaban. La reforma constitucional fue aprobada por el 99% de los votos. El III congreso nacional del PUNT, en sus resoluciones, califica a Francisco Macías Nguema Biyogo de: Único Líder y Héroe Nacional, Honorable y Gran Camarada, Presidente Vitalicio de la República, General Mayor de las Fuerzas Armadas Nacionales, Gran Maestro en Educación, Ciencia y Cultura, Presidente del PUNT e Incansable Trabajador al servicio del Pueblo.
Las resoluciones del PUNT son para orinar sin dejar caer la más mínima gota. Una de ellas, por ejemplo, prohíbe a los ministros del Gobierno dedicarse al comercio, pero advierte, en la misma frase, que «este precepto no se extiende a los familiares de las autoridades señaladas».
No parece que hagan falta muchas opiniones para valorar que la nueva Constitución es un texto que no tiene la más mínima intención de mostrar tintes democráticos. Pese a admitir el principio general de que el pueblo es soberano, añade, en un ribete típicamente fascista, que dicha soberanía sólo se podrá ejercer a través del Estado y el partido único. Ese mismo partido tiene la potestad hasta de revocar el mandato de los diputados (art. 60), y el presidente puede disolver la Asamblea cuando quiera. Los jueces eran, asimismo, de mandato directo presidencial (art. 68).
En junio de 1974, más de cien personas fueron asesinadas en Bata, acusadas de preparar un golpe de Estado. Sus familiares fueron obligados a acudir al juicio a pronunciar, ellos mismos, la sentencia de muerte.
En 1974 Macías, cuya paranoia ahora se dirigía contra los cooperantes enviados por otros países africanos, los expulsó. También hizo lo propio con el delegado de las Naciones Unidas para el programa de desarrollo del país. El presidente guineano estrechó sus relaciones con la URSS, aportando con ello una base interesante para tropas cubanas presentes en Angola. No obstante, esto no arregló su enfermiza manía persecutoria. En 1975, durante el aniversario de la independencia, tan sólo consintió estar fuera de su palacio 16 minutos, dado que, como aseveró en una intervención radiada desde su despacho, sabía que la oposición había comprado mercenarios para matarlo.
Su decisión de dar la espalda a los vecinos africanos le salió cara a Macías. Gabón, que había aceptado realizar una política de devolución de exiliados, cesó en la misma, convirtiéndose en un santuario para los huidos. Otros países, como Egipto o Nigeria, se negaron a devolver a los estudiantes guineanos que tenían en su territorio, como les demandó el Gobierno ecuatorial. Por su parte, los que estaban en países del Este aprovechaban que tenían que pasar por Madrid para coger el avión a Malabo, y lo «perdían». Naciones Unidas solicitó de España que diese a estos guineanos el estatuto de refugiado político. Pero España, probablemente porque luchaba asimismo para que algunos españoles no obtuviesen dicho estatuto en Francia, se negó, por lo que los guineanos fueron declarados apátridas. Detallito que alimentó notablemente la desconfianza de los guineanos hacia España. En 1975, Macías Nguema Biyogo Ñegue abolió la enseñanza privada, generando el monopolio estatal de la enseñanza que ya tenía en la economía, pues los artículos de primera necesidad sólo podían adquirirse mediante autorización; lo cual, por cierto, condenaba a la hambruna a los parientes de cualquiera considerado subversivo. En abril de aquel año, asimismo, quedó prohibida en Guinea la expresión «Dios guarde a usted muchos años».
La charlotada de Macías llegó a puntos tan increíbles como un mitin en el que anunció que había averiguado (se jactaba de saberlo todo, como Dios, y mucha gente lo creía) que le habían puesto una granada debajo de la tribuna desde la que hablaba. Acto seguido se agachó, se levantó, mostró al público una granada y, acto seguido, acusó al vicepresidente Miguel Eyegue, que estaba a su lado, de haber preparado el complot. Allí mismo lo destituyeron y se lo llevaron, no precisamente a jugar al mus. Incluso se dice que hizo abortar a hostias a una de sus esposas, que osó transmitirle la inquietud por los problemas de hambre del país.
A finales de 1975, Malabo se quedó sin luz por falta de combustible para los generadores. A principios de 1976, los 15.000 jornaleros nigerianos del cacao, hartos de putadas y de hambre, pidieron la repatriación. La guardia guineana intentó impedirlo, pero el envío por parte de Nigeria de barcos de guerra los tranquilizó bastante. Macías huyó al interior. A la salida de los barcos, hubo disturbios con varios muertos por la cantidad de guineanos, muchos de ellos incluso policías, que se tiraron al mar para intentar subirse a los barcos.
En febrero de 1976, EEUU rompió sus relaciones diplomáticas con Guinea. Para entonces, ya no había ni embajador guineano en Madrid, que fue expulsado tras los fusilamientos de los militantes del FRAP y de ETA y unas declaraciones suyas al respecto; ni embajador español en Malabo, puesto que fue expulsado en represalia.
Francisco Macías Nguema Biyogo Ñegue Ndong fue responsable, según diversas fuentes, de unas 90.000 muertes. Es una cifra parecida a la que se estima de personas desaparecidas durante la dictadura argentina. Guinea, sin embargo, no ha tenido ni un Costa Gavras que le haya hecho una película, ni un Sabato que haya hecho notaría de sus bestialidades. Sus muertes, a juzgar por los conocimientos del enterado medio (incluso del español) es como si nunca se hubiesen producido.
Él creía que con su régimen de terror, desarrollando un país en el que mandaban, de hecho, las partidas de la porra de su Juventud en Marcha con Macías, solventaba su único problema, que era la oposición exterior. Pero en eso se equivocó. Con su aislamiento internacional, que para 1976 era ya pavoroso, Macías dejó de ser útil incluso para los suyos. Por eso fue de su propio entorno de donde partió el golpe de Estado que acabó con él; eso sí, buscando soldados extranjeros para fusilarlo, pues los guineanos no se atrevían.
El 3 de agosto de 1979, Teodoro Obiang Nguema, sobrino del presidente, dirigió un golpe de Estado contra él y lo depuso. Con la caída y muerte de Macías se abrió un periodo muy confuso, en realidad lleno de desencuentros, entre Guinea y España. Hoy, ambos países dan la impresión de no sentir nada positivo por haber estado, un día, íntimamente ligados.
Probablemente, la mejor manera de terminar este grupo de comentarios sobre Guinea sea citar, por última vez, al presidente Macías:
«El hombre que hizo posible la libertad de África fue el Führer. Al provocar la guerra de Europa, consiguió traer la libertad que hoy disfrutamos. Por más que dicen que Hitler fue malo, Hitler intentó salvar a África. Ése es el hombre que nos ha dado la libertad, tened esto presente».
Cráneo previlegiado.
In memoriam Tadeo Mba. Adiós, amigo.
miércoles, enero 14, 2009
Historias de Barcelona
Inocente fui yo por considerar que en internet no sería posible averiguar qué jaca ganó el concurso de Miss Europa de 1933. Porque sí, fue la rusa. Y también habéis acertado los que habéis considerado que era concursante en el exilio, es decir representaba a los rusos blancos.
Ahora, en la segunda exiliada, no es por nada, la habéis cagado.
Hay y comentario que casi da en el blanco. Dice: yo votaría por Alemania, porque un país fascista es bien capaz de estar en contra de los concursos de belleza.
De lo único que hay que darse cuenta es de que Alemania no era el único país fascista en 1933.
La segunda exiliada, señores, era exiliada de Don Benito. No de la población pacense, no; de don Benito Mussolini, pues fue este ciclotímico dictador el que decidió que los concursos de belleza eran impropios de una patria imperial como la vieja Italia.
En fin, hechas las aclaraciones, contemos algunas cosas de Barcelona.
Ocurre a veces, en las subastas y remates de libros usados que frecuento, que para poder llevarte un buen mero tienes que llevarte alguna anchoa. Es usual que haya lotes de libros empaquetados a causa de la poca «salida» que algunos libros tienen por sí solos. A este hecho cabe unir que el bibliófilo (o por lo menos este bibliófilo que aquí os escribe) suele reservar alguna parte de sus adquisiciones para lo que podríamos denominar «pequeñas locuras», o sea compra de libros que teóricamente no son de su interés, y que compra por puro vicio, por leer algo distinto.
Una de estas adquisiciones fue, hace algunas semanas, un libro editado en 1963 por Ediciones Marte, titulado Memorias de un funcionario. No era caro y he de reconocer que el título me enganchó. ¿Qué tendría un funcionario que contar? Y, a todo esto, ¿de qué tipo de funcionario estamos hablando?
El libro en cuestión resultó ser obra de Manuel Ribé. Un hombre que, en la primera mitad del siglo XX, se ocupó, en diversas etapas, de la responsabilidad de la policía local del Ayuntamiento de Barcelona y, sobre todo, de su protocolo. Con la puntillosa meticulosidad de alguien que tiene en muy alto concepto su trabajo, Ribé escribió un libro que es, básicamente, la nómina de todas las cuchipandas, recepciones, premios y demás historias en las que estuvo metido el Ayuntamiento de Barcelona en la primera mitad del siglo. En realidad, el libro se hace un poco pesado. Ribé, catalán hasta las cachas, realiza descripciones tan pormenorizadas que se hace algo pesado; casi en cada almuerzo, cena o desayuno que organiza, nos detalla el menú y los costes. Una información muy interesante para alguien que quiera estudiar la evolución de los precios en la Barcelona de antes de la Guerra Civil.
Es Ribé quien cuenta, entre alucinado y cachondo, el extraño caso del alcalde de Barcelona que lo fue tan sólo por llevar puesto un buen chaqué (que, ahora que lo pienso: ¿no será que la ministra de Defensa lee este blog, y por eso se lo pone?). Pero cuenta más cosas. Algunas de ellas las voy a dejar aquí, no sin dejar de recomendar a mis amigos catalanes, o catalanófilos, especialmente los barcelonípedos, que, si algún día les cae en su entorno el libro de Ribé, tiren de tarjeta de débito y se lo lleven.
Hablando de Cataluña, hay que empezar por la cuestión lingüística. Aunque no la esperada. En año 1909, como sabemos bien, fue especialmente movido en Barcelona a consecuencia de la Semana Trágica. Así pues, una vez que aquellos disturbios pasaron, los regidores de la ciudad estaban locos por albergar en la ciudad cuantos más signos de modernidad y de progreso, mejor. En parte por esta razón, aquel año de 1909 se celebró en la Ciudad Condal el V Congreso Mundial de Esperanto. El Ayuntamiento, gozoso de la convocatoria, le pagó a los asistentes una comida, para lo cual aprobó un crédito extraordinario de 5.000 pesetas (30 euracos).
Pero lo alucinante es lo que nos cuenta Ribé. Le dejo hablar (aunque las cursivas son mías): «Ni qué decir tiene que como Jefe de la Guardia Urbana procuré que el Cuerpo cuidara muy bien de todos los servicios a los que debía atender, teniendo muy en cuenta que el Congreso era Universal y que Barcelona aún convalecía. Unos doce guardias y tres clases hablaban correctamente esperanto, y distribuidos con cuidado y maña, les pareció a los congresistas que eran muchísimos más los que conocían ese idioma».
Hace ahora cien años, pues, la policía local de Barcelona tenía 15 efectivos que hablaban esperanto. ¿Alguien se anima a buscar en Google cuántos hay ahora?
Hace cien años, si hemos de hacer caso de Ribé, el gran problema de Barcelona, como localidad turística, era el puerto. Porque cabe decir que hace un siglo en Barcelona, mientras en muchos lugares de España aún no sabían lo que era un turista, ya existía una asociación privada que llevaba el no muy elegante nombre de Sociedad para la Atracción de Forasteros, dedicada al fomento del turismo hacia la ciudad, de la que Ribé, por cierto, era secretario. Era pronta, pues, la vocación de la ciudad por convertirse en eso que llaman una economía de servicios, vía turismo.
Pero el puerto era un problema. Entonces, los trasatlánicos no desembarcaban a su grey mediante pasarela, sino que echaban el ancla a unos cientos de metros del muelle, de forma que el pasaje era llevado a tierra en barcas. Lo cual provocaba que en el puerto hubiese siempre una multitud de ofertadores de todo tipo, o sea taxistas, dueños de pensiones, de restaurantes, de tiendas y, por supuesto, descuideros de variada laya, subidos a un ejército de barcas que literamente atracaba (en varios sentidos) a los inocentes guiris que llegaban con sus francos y su despiste. «Sólo yo sé lo que tuve que trabajar para que el desembarco en el puerto de Barcelona fuese digno de su nombre», afirma, categórico, Ribé.
Otra especialidad barcelonesa era el republicanismo. En Barcelona, como en Madrid, el sentir republicano era muy fuerte y, aunque en las elecciones a Cortes se disimulaba mediante las mil artimañas de la manipulación electoral (durante medio siglo, en España se dio siempre la curiosa, y sospechosa, circunstancia de que las elecciones siempre las ganó el partido que las convocaba), en el ámbito local esto era ya mucho más difícil. Por tal razón, la ciudad alcanzó a tener alcaldes de fe republicana. En septiembre de 1910 arribó a Barcelona la infanta doña Isabel, miembro pues de la familia real, que fue agasajada por las autoridades locales. Esta doña Isabel o era despistada o le importaba todo un culo porque, llegando al paseo de Gracia y viendo a las gentes que la vitoreaban, se volvió hacia el alcalde accidental, José María Serraclara, y le dijo:
- Alcalde, ahora es el momento oportuno de dar un viva al rey.
Serraclara puso la misma cara que pondría Henry Fonda si tras descartarse de cuatro cartas le viniese un póker de mano; algo así como cara de catalán con el interruptor general en off. Tuvo que ser un ministro del gobierno de Madrid quien, subeptriciamente, se acercase a la infanta, y le musitase:
- ¿Es que Su Alteza ignora que el señor alcalde es republicano?
O sea, como invitarle al Carod a que dé un Viva España.Los relatos sobre aquellos años, hace un siglo, son enternecedores por su amateurismo. Hoy, en política, todo es profesional. Y es obvio que si el alcalde de Madrid, Gallardón el Picopala, visitase Barcelona y pasara en ella varios días, sobran en la ciudad hoteles de postín para alojarlo. Sin embargo, en octubre de 1911, cuando el alcalde de Madrid, Francos Rodríguez, visitó Barcelona, las cosas eran más amateurs. Porque Francos (en plural) no se hospedó en ningún hotel, sino en la mismísima casa del alcalde de Barcelona. Eso es lo que se llama cooperación territorial, y lo demás son hostias. Era alcalde de Barcelona el marqués de Marianao, y tenía un palacio en el paseo de Gracia que lo flipas (creo que hoy es la sede del Banco Vitalicio). Allí se quedó el alcalde de Madrid, pero no, por cierto, sin que Marianao intentase algún otro arreglo, o sea quitarse de enmedio el huésped. La razón nos la da Ribé: los madrileños, decía el alcalde barcelonés, solían cenar muy tarde, y eso le causaba molestias.
He aquí un misterio resuelto: el hecho diferencial catalán consiste, básicamente, en acostarse pronto. ¿Qué habría sido de la industria discotequera sin la inmigración?
Marianao, por cierto, cumple con el retrato del catalán modelo en otra cosa: su intensa devoción por la virgen del puño. Los propietarios del paseo de Gracia tenían la obligación de poner losetas en la acera delante de su casa, pero podían dejar una parte con tierra. En realidad, casi todo el mundo que vivía en la avenida había completado las aceras con losetas, pero no Marianao, quien mantenía la proporción de tierra porque, como repitió siempre que se lo recordaron, no estaba obligado a embellecer la zona. Ni siquiera cuando fue alcalde abordó la obra. La pela es la pela...
El 18 de diciembre de 1914, la Guardia Urbana estrenó uniforme de gran gala para las celebraciones especiales. Conociendo a Ribé, que es quien lo preparó, tuvo que ser un uniforme acojonante. Tan, tan acojonante, que en el curso de la cena que se celebraba, el capitán general de Cataluña, el célebre general Valeriano Weyler, se dirigió a dos guardias que guardaban la puerta y les estrechó la mano, tomándolos por invitados.
Algunas semanas antes, en octubre, se declaró en Barcelona una epidemia de tifus. 9.278 enfermos y 1.976 fallecidos, que se dice pronto. El motivo de dicha infección da la medida del amateurismo de los tiempos: una casa recién construida vertía todas sus aguas fecales en las conducciones de Moncada que surtían Barcelona. Así pues, los barceloneses bebían, literalmente, un agua de mierda. Lo extraño es que quedase alguno...
Esto debe de ser algún tipo de tradición. Mi experiencia personal es que si hay un elemento en el que un barcelonés siempre está dispuesto a reconocer la superioridad de Madrid, es el agua, que aquí es mucho más rica, y considerablemente más barata.
Pero el tifus no fue todo. En el otoño de 1918, Barcelona habría de sufrir, como toda España, la terrible gripe española, ésa que dicen que está a punto de repetirse. La enorme mortandad de la gripe en Barcelona acabó creando un cuello de botella funerario: los enterradores de los cementerios, literalmente, no daban abasto y se llegó a la tétrica situación de que en la plaza frente al llamado Cementerio Nuevo se acumulasen los ataúdes con su muerto dentro, esperando que alguien los enterrase. Fue necesario crear brigadas de enterradores provisionales, en realidad obreros del Ayuntamiento. Otra medida que se tomó es que los sacerdotes no fuesen a la casa de los fallecidos y permaneciesen en la entrada de sus parroquias. Los féretros ni siquiera entraban: pasaban por delante, el cura rezaba el responso, y, hala, al cementerio. Extrema unción exprés.
En 1915, albergando ya Barcelona la idea de convertirse en una gran ciudad ferial, la ciudad toma posesión de la montaña de Montjuïch y aledaños, con el fin de montar una exposición internacional de Industrias Eléctricas, que fue la que lo comenzó todo. El alcalde, Pich y Pon, albergó enseguida la idea de construir un palacio en lo más alto de la montaña. Tantas ganas tenía de hacerlo que, cuando descubrió que allí en la cima había unos viñedos, ni corto ni perezoso se los compró al vinatero con su propio dinero; hoy sospecharíamos de este movimiento por posible corrupción urbanística, pero en aquel entonces lo único que pasaba era que Pich estaba que no orinaba por empezar las obras. Al día siguiente de la adquisición, se presentaron los obreros municipales para arrancar las viñas y el antiguo dueño, que lo vio, se agarró un disgusto de la hostia y empezó a dar la brasa, tanta, tanta, que el alcalde le tuvo que apoquinar 250 pesetas para que se callase.
El 30 de mayo de 1925, se celebró en Barcelona un acto que ahora mismo puede parecer poco importante, pero que en su momento fue de gran trascendencia para la ciudad: la inauguración el metro a su paso por la calle Balmes.
El metro de la calle Balmes, o más bien su inexistencia antes de ser construido, es una buena demostración de lo anárquicamente que creció Barcelona. Porque Barcelona, a base de tener alcaldes bienintencionados pero con escasa formación urbanística, se convirtió en un ejemplo claro de ciudad antigua, pues a mediados del siglo XIX todavía era una ciudad casi medieval, que estaba siendo engullida por su propio desarrollo. El crecimiento de Barcelona, sobre todo desde que Rius y Taulet diseñó su expansión, se había hecho muy deprisa. La calle Balmes había sido alguna vez una calle más bien periférica, pero ya no lo era. Sin embargo, mantenía una característica típica de calle de extrarradio: la recorría el ferrocarril de superficie. La situación era tan incómoda y peligrosa que en los últimos años que existió dicho ferrocarril fue necesario que la ciudad colocase un guardia urbano en cada una de las esquinas de las calles perpendiculares, con el objeto de evitar accidentes. Pocos avances en la calidad de vida urbanística de la ciudad son más importantes que el que inauguró aquel día primaveral, hoy hace 84 años.
¿Cuántos años hace que existen los vuelos entre Barcelona y Madrid? Pues 81, porque el primero despegó el 16 de diciembre de 1927. En sus inicios, el vuelo tomaba unas tres horas, o sea el triple que hoy. Todavía hubo gente que tomó aquellos aviones que era capaz de recordar los tiempos en los que el barcelonés que tomaba la diligencia para ir a Madrid salía a eso de las 10 de Barcelona y paraba tres horas después para comer... ¡en Hospitalet!
He dicho antes que Barcelona era aún en el siglo XIX una ciudad medieval. Pero hay medievalismos en esta ciudad que son, paradójicamente, modernos. Todos los que hemos estado en Barcelona hemos visitado el barrio gótico y, una vez allí, hemos admirado el pequeño puente de la calle del Obispo, ése que une dos edificios. Y tengo por mí que no sólo turistas sino los propios locales tienen ese detalle arquitectónico por algo puramente gótico. Serán pocos los que sepan que ese puente fue, en realidad, inaugurado el 23 de abril de 1928. Y conviene decir que su construcción fue un escándalo entre arquitectos, artistas, escritores y otros porculos, los cuales consideraban que el tal puente era un pastiche que nunca sería tomado por auténtico. En realidad, la obra forma parte de todo un plan trazado por los ediles de la ciudad para conseguir consolidar el barrio. Y, ciertamente, lo han conseguido; no serán pocos los que piensen que el barrio gótico de Barcelona se llama así desde los tiempos del gótico. Lejos de ello, la denominación data de los tiempos de la inauguración del puente de la calle Obispo.
Otro dato: ¿cuándo se instalaron los primeros semáforos en Barcelona? Pues en agosto de este cumplirán, exactamente, 80 añitos. La implantación obligó a las administraciones a editar miles y miles de pasquines donde se explicaba sencillito lo de los tres colores y lo de lo que hay que hacer y tal. Ya sé que os parecerá una chorrada, pero si os paráis a pensarlo, creo que acabaréis por coincidir conmigo en que entender el funcionamiento de un semáforo no es tan fácil como parece cuando no se ha nacido rodeado de ellos. De hecho, aún hoy somos mayoría los humanos que tendemos a interpretar de mala manera la luz ámbar.
Y rodando, rodando, en este pequeño anecdotario llegamos hasta un día con Historia, como es el 14 de abril de 1931. Como es archisabido, ese día toda España hervía ante las noticias que iban llegando del enorme caudal de votos obtenidos por las candidaturas republicanas en las elecciones municipales. En Barcelona y Cataluña los nacionalistas ganaron por goleada, en buena parte por un efecto que se repetiría en febrero del 36, es decir que los habitantes de las barriadas más modestas se aplicaron a votar masivamente.
El líder del catalanismo era Françesc Maciá y, como tal, su objetivo fue ir a la Diputación a hacerse con el poder (de hecho, declaró la República Catalana, proclamación de la que luego tuvo que dar marcha atrás tras no fáciles negociaciones con los políticos de Madrid). El segundo de Maciá, o sea Lluis Companys, fue encargado de ir al Ayuntamiento para hacerse cargo del mismo. Allí fue donde se encontró con nuestro incombustible Ribé.
Era alcalde de Barcelona, accidental, el señor Martínez Domingo, el cual se negó a entregar a Companys la vara de alcalde, por considerar el procedimiento poco legal. Aún así, Companys la tomó, con lo que al hasta entonces alcalde no le quedó otra que darse el piro.
El problema se planteó cuando el nuevo poder en el Ayuntamiento (no cabe llamarlo alcalde propiamente hablando) dictaminó, lo cual tiene su lógica, que se izase la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento.
El 14 de abril de 1931, no había en el Ayuntamiento de Barcelona ni una bandera tricolor.
Visto lo visto, los servicios de la corporación se dirigieron a la plaza de San Justo, donde había un centro republicano, donde pidieron prestada la bandera que solían colocar en un mástil sobre la entrada. Una bandera, nos cuenta Ribé, que estaba un poco estropeada. Ya sabemos cómo se ponen las banderas que trabajan muchos días y muchas noches sin que alguien las lave: asquerosas. Pues aquella tela semimugrienta fue la que se izó a la una y media de aquel 14 del balcón del Ayuntamiento de Barcelona, a falta de algo mejor.
No quiero terminar estos comentarios sin confirmar algo que comenté, como posibilidad, cuando conté la peripecia de Josep Banqué, aquel alcalde que lo fue por la sola razón de ir bien vestido. Porque Banqué no fue, en efecto, el alcalde más breve de la Historia de esta ciudad. Éste fue Víctor Felipe Martínez, capitán de la legión. Tomó posesión del cargo, en nombre del ejército franquista, a las cuatro y media de la tarde del 26 de enero de 1939, cuando las tropas de Franco estaban entrando en la ciudad; y cesó a la misma hora del día siguiente, momento en que fue nombrado Miguel Mateu y Pla.
No sé por qué, pero me da que si en el Ayuntamiento de Barcelona hay galería de retratos de los antiguos alcaldes, no figurará el del capitán Martínez.