lunes, diciembre 11, 2006

La Semana Trágica de Barcelona

Una de las categorías del conocimiento, del histórico también, son esos hechos de cuya existencia todo el mundo sabe, aunque pocos sabrían decir exactamente en qué consistieron. Entre estos casos se encuentra, creo yo, la Semana Trágica de Barcelona. Mi experiencia me dice que casi todo el mundo ha oído hablar de ella, pero apenas sabe el par de cosas que de ella se decían en su libro de Historia del bachillerato. La Semana Trágica fue de gran importancia para la Historia de España, y es por ello que merece la pena repasarla un poco, aunque sea por encima.

Esto fue, pues, muy telegráficamente, lo que pasó.

En el año 1909, pues tal fue el que albergó esta algarada, la Restauración cuenta con más de treinta años ya de existencia. Es cierto que el rey que reina ya no es el mismo, pues Alfonso XII ya está muerto y ha sido sucedido por su hijo, Alfonso XIII, aún joven. Pero permanece el sistema puesto en marcha por Cánovas del Castillo, muy de corte anglosajón, basado en el turno pacífico de dos grandes partidos, el conservador y el liberal. Los dos arquitectos del bipartidismo civilizado, Cánovas y Sagasta, han muerto ya. Al frente del liberalismo se encuentra un político provecto, Segismundo Moret, quien siente ya en su nuca el aliento de otro político liberal entonces joven que aprovechará, en los próximos años, su gran cercanía con el rey para urdir mil maniobras; se trata de Álvaro de Figueroa, conde de Romanones.

En el campo conservador, a la herencia de Cánovas y de Francisco Silvela se ha seguido la de un político originariamente liberal: Antonio Maura. Maura manda en el partido conservador y el partido conservador es el que gobierna. La segunda gran pieza de ese gobierno, tras su cabeza, es el ministro que hoy denominaríamos del Interior, Juan de la Cierva. De la Cierva es un hombre de ideas claramente conservadoras y muy amigo del orden; es, un poco, el Fraga Iribarne de su tiempo.

Hasta 1909, y aunque ha habido algunos episodios chuscos (algún día escribiremos sobre el debate de investidura más corto de la Historia y de la inacabable moral del marqués de la Vega de Armijo), el turno entre los dos partidos más o menos se ha respetado. Pero se romperá en 1909. Y será a causa de la Semana Trágica.

España es un país hasta cierto punto agostado. Hay síntomas muy preocupantes. Por ejemplo, los ejércitos modernos, como el inglés, el francés o el alemán, registran entonces una tasa de un oficial por cada 20 soldados, más o menos; en el español hay un oficial por cada 5 o 6 soldados. El país tiene una caterva de 60.000 funcionarios, un montón, de los cuales la mitad son… sacerdotes, pues España es un país católico y confesional en el que quienes dicen misa cobran por ello, como cobra quien extiende los certificados de penales. La nómina pública tiene a un maestro o catedrático por cada seis curas. Se hace un padrón en Madrid, del que resulta una población de 595.586 personas.

España sestea. Hasta el 9 de julio, cuando estalla la guerra.

Ese día, un grupo de marroquíes ataca y mata a unos obreros de las obras del ferrocarril de Melilla. El comandante de las tropas de Melilla contesta atacando a los moros hasta hacerlos retroceder, no sin antes sufrir la muerte de un oficial y de varios soldados. Esta acción provocará el inicio de la guerra de Marruecos, cuyo clímax, el desastre de Annual, provocará, dentro de 14 años, el golpe de Estado del general Primo de Rivera.

La guerra de Marruecos, como problema social, no es, como podría serlo hoy, un problema entre pacifistas y belicistas. Lo que emponzoñará la vida de España desde aquel día hasta el final de las hostilidades es la intrínseca discriminación existente en la recluta de soldados.

Unos ochenta años antes de los hechos que relatamos, un personaje bastante conocido de la Historia de España, Juan Álvarez Mendizábal (el de la desamortización), había llegado a la presidencia del gobierno (1835) en unas condiciones harto complicadas a causa de la sangría de la primera guerra carlista. En el intento de allegar recursos para dicha guerra, Mendizábal inventó una medida transitoria que habría de durar décadas: un impuesto sobre el servicio militar. El sujeto pasivo de dicho impuesto era quienes, debiendo combatir, no lo hacían, e importaba la suma (fabulosa) de entre 1.000 a 4.000 reales, más un caballo en buen estado. En la práctica, esta medida transitoria provocó que, durante todo el siglo XIX y parte del XX, la guerra (o el servicio militar, en tiempo de paz) fuese un sangrante ejemplo de clasismo: los ricos, que podían pagar el impuesto, se quedaban en casa; y los pobres pechaban con el fusil y con la muerte. De estos tiempos son la costumbre de algunos padres de poner a sus hijos nombre de mujer (Cruz o Rosario eran nombres de hombre relativamente comunes) y un seguro de vida específico, el seguro de quintas, que era un producto de capitalización que los padres comenzaban a acopiar al nacimiento del hijo varón con el objetivo de que, pasados los años, el ahorro hubiese alcanzado la magnitud del impuesto, para librarle de la guerra. En el lenguaje de la época se comenzó a hablar de los cuotas, tal era el nombre que recibían los jóvenes burgueses que se libraban del servicio mediante el pago del impuesto.

El primer error del gobierno fue disponer, el mismo día 10 de julio, la movilización de la Brigada Mixta de Cataluña.

De todas las regiones de España, Cataluña era la más indicada para la movilización (tenía muchas tropas, un puerto grande y barcos en él), pero la menos, al mismo tiempo. La guerra era cosa de pobres y si había un lugar en el que los pobres estaban organizados y tenían conciencia de clase, ése era la industriosa y relativamente próspera Cataluña (relativamente próspera porque en 1909 vivía una situación de paro endémico, causado por el bajo precio internacional de los productos textiles, que también le echó gasolina a la hoguera). Para colmo, el coordinador de toda la historia bélica había de ser el ministro de la Guerra, el general Linares, quien antes de ser ministro había sido… capitán general de Cataluña. Tiró de donde sabía que había.

El 14 de julio, embarcó hacia Melilla el Batallón de Cazadores de Barcelona, al que siguieron los batallones de Mérida, de Alba de Tormes, de Alfonso XII y de Cazadores de Estella. El día 18 embarcó, por su parte, el Batallón de Cazadores de Reus, compuesto íntegramente por soldados catalanes. Se armó la de Dios.

Era domingo (otra torpeza gubernamental). En un muelle tomado por la policía, las esposas de los soldados, pues muchos estaban casados, lloraban a gritos. Desde la popa del barco, los mismos soldados que iban movilizados gritaban mueras a la policía, a Maura, a Romanones y a la guerra, siendo aclamados por el público en los muelles. Los obreros, desde los muelles, gritan: «¡Tirad los fusiles! ¡Que vayan los cuotas! ¡Que vayan los hijos de Comillas y Güell! (alusión a dos de los principales accionistas del ferrocarril de Melilla)». Ya el día 14, en el primer embarque, unas damas católicas habían llevado medallas de santos a los Cazadores de Barcelona y éstos las habían tirado al mar, desdeñosamente. En los mitines que inmediatamente celebraron socialistas y anarquistas en toda Cataluña, los discursos se ven acompañados por los gritos desgarradores de las mujeres.

El gobierno, en todo caso, no se toma en serio las cosas. El 21 de julio, los diputados de la Esquerra piden la apertura urgente de las Cortes, y La Cierva les contesta tomándolos a chirigota. En realidad, no es desprecio, sino antigüedad: hasta el siglo XX, todo lo que apañaba un gobierno para empezar una guerra era la opinión de los países vecinos y del propio ejército; a eso que llamamos el pueblo no se le había preguntado nunca y aquella vez tampoco se le preguntó.

El 18 de julio (de 1909, obviously), la Federación Socialista de Cataluña votó la huelga general. El día 20, socialistas y anarquistas convocaron juntos un histórico mitin en Tarrasa, del que salió un comunicado en el que se afirmaba el derecho de los marroquíes a su independencia, se llamaba a la huelga general, se decían cosas como que a los reunidos se la sudaba que en Marruecos prevaleciese la media luna sobre la cruz y se hacían propuestas como, cito textualmente, «que se formen regimientos de curas y frailes, que a más de estar interesados en los triunfos de la religión católica, no tienen ni familia ni hogar, y no producen la menor utilidad al país». Era gobernador de Barcelona Ossorio y Gallardo, un liberal de mente abierta que acabaría en las filas republicanas. Prohibió las reuniones preparatorias de la huelga, pero aún así éstas se celebraron de forma más o menos clandestina y el domingo 25 bajaron a Barcelona obreros de Sabadell, de Tarrasa, de Igualada y de Badalona, que estaban, a las doce de la noche, todos apiñados en la sede de la Casa del Pueblo, en la calle Nueva de San Francisco. Los activistas obreros, consiguieron, a eso de la una, dar esquinazo al policía que les vigilaba, que se fue a redactar un informe bastante tranquilizador, mientras ellos se reunían en una chocolatería para preparar, nunca mejor dicho, el pastel.

El lunes, 26 de julio, amanece la Semana Trágica de Barcelona con un montón de líderes obreros estratégicamente dispuestos por la ciudad, pasando a todo el mundo la consigna de no trabajar. La SEAT del momento, o sea la Hispano-Suiza, se declara en huelga ese mismo día. Los piquetes logran acojonar a los carreteros, con lo que la huelga consigue paralizar el tráfico de la ciudad. De Madrid se exige represión. Ossorio se niega. Su negativa se convierte en dimisión. En Barcelona manda el ejército. A primera hora de la tarde, los tranvías vuelven a las cocheras. La huelga general es del cien por cien. Comienza la violencia. En los barrios extremos de la ciudad y en la Barcelona gótica se levantan barricadas.

A pesar de ser la Semana Trágica un movimiento sin cabeza ni planificación (sus propios impulsores no creían en las posibilidades de triunfo de la huelga), de lunes a jueves, hasta que llegan tropas de refresco, la calle es de la protesta. Primero, la huelga se extiende a Sabadell, a Mataró, a Granollers, Manresa y Tarrasa; luego se vuelan puentes y vías férreas, en un intento de incomunicar Cataluña del resto de España para evitar el envío de tropas. Los huelguistas vuelan las estaciones eléctricas, dejan Barcelona sin gas, rompen casi todos los 7.000 faroles públicos. Se quemaron conventos e iglesias. Sin embargo, no hay una estrategia; los huelguistas no tienen una acción coordinada para hacerse con los edificios cruciales, o con las fábricas. Al revés que otras movilizaciones que vivirá España bien pronto, ésta de la Semana Trágica es, tan sólo, un puñetazo en la mesa. Y, después de eso, nada.

En total, entre alzados y paseantes, murieron 104 personas. Hubo 296 heridos. Sólo en el barrio de Gracia se levantaron 76 barricadas. 21 de las 56 iglesias de la ciudad fueron incendiadas, y 30 de los 75 conventos. El único barrio por donde no pasó la Semana Trágica fue Sarriá, defendido, desde el primer día, por el entonces relativamente numeroso carlismo catalán.

Se practicaron centenares de detenciones, algunas de las cuales pasaron a la jurisdicción militar. Pero, de todos los procesos, uno destacará especialmente: el de Francisco Ferrer Guardia.

Ferrer Guardia era un anarquista que dirigía una denominada Escuela Moderna y de quien se dijo, en la época de los sucesos que hoy cuento, que había tenido algunas connivencias con Mateo Morral, el anarquista que trató de matar a Alfonso XIII; incluso se insinuó que había participado en dicho atentado, pero que su rastro había desaparecido misteriosamente de las actuaciones judiciales realizadas sobre el mismo.

Ferrer participó en la Semana Trágica; pero de ahí a decir que la organizó hay un trecho muy difícil de recorrer que el gobierno Maura-La Cierva, sin embargo, recorrió sin problemas. El programa de Ferrer, que escribió en un pasquín, recoge todos los tópicos del anarquismo vehemente de la época: abolición de las leyes, expulsión de las órdenes religiosas, disolución de los tribunales y del ejército, derribo de las iglesias, expropiación de la banca… No obstante, Ferrer no tenía madera de Lenin, ni de lejos.

La condena a muerte de este conspirador fue, a todas luces, exagerada. Así lo entendió media Europa y, de hecho, dicha condena provocó en todo el continente una corriente de solidaridad con el condenado y de antiespañolismo que no tiene nada que envidiarle a los años de Olof Palme recogiendo firmas contra Franco por los fusilamientos de militantes de ETA y FRAP, o, algunos años antes, el escándalo organizado en torno al fusilamiento de Julián Grimau. Para muchos europeos, Ferrer fue fusilado, en la madrugada del 13 de agosto de 1909, por defender la escuela laica; la leyenda negra española en estado puro.

La Semana Trágica, o más concretamente el fusilamiento de Francisco Ferrer, marca un antes y un después para España. Son un montón las cosas que no vuelven a ser iguales. En primer lugar, el anarcosindicalismo será dotado de un mártir y de una voluntad de organización de la que antes carecía. Sobre el cadáver de Ferrer comienza a construirse la CNT que diseñará, en buena parte, el triste futuro de España en las tres décadas siguientes. En segundo lugar, el escándalo de la ejecución de Ferrer acabará con el gobierno Maura y acabará, de hecho, con algo mucho más importante: con el turno pacífico pues, desde entonces, el partido liberal, que hasta ese momento ha sido un aliado de los conservadores contra los partidos republicanos y obreros, construirá una conjunción con los primeros que cristalizará en 1930 en el Pacto de San Sebastián. Ni siquiera Cataluña se libra de las consecuencias. La muerte de Ferrer supone la voladura de Solidaritat Catalana, la conjunción de fuerzas nacionalistas generada alrededor del catalanismo altoburgués de la Lliga, que no sólo no hizo nada por apoyar la Semana Trágica, sino que celebró su represión. El nacionalismo de izquierdas nace de esa decepción y, durante el resto del siglo, ya no hará otra cosa que crecer.

El 20 de octubre de aquel año, en las Cortes, Segismundo Moret reclama a Maura que dimita. Maura se niega, seguro en su mayoría, pues la matemática parlamentaria está de su lado. Moret ataca al ministro La Cierva, acusándole de ser excesivamente cruel con Barcelona. Éste le contesta que la política de blandenguería ante la revolución la practicó Moret en 1906 y le acusa de haber conseguido, con esa actitud, provocar el atentado de Mateo Morral contra el rey (debe recordarse que esta bomba mató a 23 personas del público). Una acusación muy dura. Los liberales nunca la perdonarán.

A las palabras de La Cierva se sigue un gran escándalo. Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, espeta: «Yo hablaré mañana, porque no hay más remedio que hablar, y ya veré si es el último discurso que hago como monárquico». El general Luque, que luego será ministro de la guerra, afirma: «yo no tengo de monárquico ni el canto de un duro y, a poco que me aprieten, tiro también el duro».

Ya he dicho que la matemática parlamentaria estaba con Maura. Pero en la España de 1909 había algo de más importancia que los votos de las Cortes.

Cuando, algunas horas después, Antonio Maura se encuentra frente al rey Alfonso XIII, éste le estrecha la mano y le dice: «¿Viene usted solo? Ya sabía yo que iba usted a prestar un gran servicio a la Patria y ala monarquía. ¿Qué le parece Moret como sucesor?»

La suerte está echada. Desde ese día, el turno de partidos de la Restauración está ya, de alguna manera, muerto, y en España comienza otro ciclo histórico, que acabará causando centenares de miles de muertos.

Y todo eso por no saber, por no querer entender un grito muy sencillo: no a la guerra.