miércoles, diciembre 17, 2008

Adivinanza barcelonesa: alcalde por bien vestir

Desde luego, no hay quien pueda con vosotros. Anoche me fui a cenar, sin leer los mensajes del blog, sintiendo en mis tripas el calorcillo ese cabrón que se siente cuando se gana. Pero ya he visto que he perdido.

Hay un comunicante anónimo que ha dado en el bull's eye: en efecto, nuestro alcalde de Barcelona por la razón de vestir bien es don Josep Banqué. Vayamos con la historia.

En realidad, la confusión de muchos de nuestros comunicantes es muy sencilla. Muchos dijeron: apuesto por algún alcalde de Franco, porque eso de nombrar a un alcalde por lo bien que viste sólo se le puede ocurrir a un dictador. Y no se equivocaban. En lo que se equivocaban era en considerar que Franco es el único dictador de la Historia de España.

La democracia nunca se ha querido mucho con las instituciones locales. Nuestros políticos siempre han tenido claro que el Ayuntamiento es la administración más cercana al ciudadano y, por ello, siempre han querido atarla corto. Cuando Franco murió, el franquismo estaba sometido a un auténtico terremoto predemocrático por la intención de Arias Navarro de modificar la ley de régimen local para que los alcaldes fuesen elegidos por sufragio. Algo que a los franquistas irredentos les parecía pecado mortal. Tampoco hace falta recordar, a estas alturas de la película, que fueron unas elecciones municipales las que trajeron la segunda república a España.

La Restauración canovista tuvo muy claro este efecto y, por eso, generó un sistema en el que la gente elegía a los concejales, pero era el gobierno el que elegía a los alcaldes. Eran los entonces llamados alcaldes de Real Orden. Este sistema se acabó a finales de la segunda década del siglo XX, pero duró muy poco porque en 1923, como bien sabemos por los libros de Historia, se produjo el golpe de Estado incruento del marqués de Estella, general Miguel Primo de Rivera, el cual regresó a la dictatorial costumbre de nombrar a los alcaldes a dedo.

El 23 de septiembre de 1923 era alcalde de Barcelona el marqués de Alella, un catalán tan monárquico como antimonárquico pueda ser Joan Tardá, por poner un ejemplo tonto. Quiere esto decir que, en realidad, Primo de Rivera, que conocía bien Cataluña y Barcelona pues había dado el golpe de Estado desde la Capitanía General condal, podría haberlo mantenido en su puesto porque don Fernando Fabra Puig no se habría apartado ni medio milímetro de la nueva política. No obstante, la dictadura se apioló al marqués, creo yo que por varias razones. La primera, por no mantener un alcalde electo, que no era ésa la intención de la Dictadura. Y, last but not least, porque, en realidad, la medida primorriverista no iba contra los alcaldes, sino contra los concejales.

Los concejales eran la auténtica china en el zapato del general. A su modo de ver, eran ellos los que introducían en la gestión local el cáncer de las luchas partidarias y la demagogia de los votos. El primer objetivo de la dictadura en los ayuntamientos, pues, no era tanto desalojar a los alcaldes, sino sustituir a los concejales.

Tenían entonces muchos ayuntamientos españoles, el de Barcelona entre ellos, una cosa que se llamaba vocales asociados. Los vocales asociados eran una especie de suplentes o asistentes de los concejales, y no eran nombrados por votación popular sino de forma orgánica. Eran, pues, representates gremiales. El vocal gremial estaba ahí, por lo tanto, para garantizar cosas como que si el concejal de Abastos quisiera hacer una reforma en el mercado de la Boquería, antes tendría que escuchar a los asentadores, representados por el correspondiente vocal asociado elegido por su gremio.

La decisión de Primo fue sustituir a los concejales por los vocales asociados.

El día 1 de octubre, a las 12 de la mañana, en la entonces la llamada Sala de la Reina Regente del Ayuntamiento (hoy, no sé) , el general Losada, gobernador civil de la plaza (militar, por supuesto) convocó al alcalde, a los tenientes de alcalde, a los concejales y a los vocales asociados. La reunión fue deslucida porque todos los miembros de la reunión recibieron la convocatoria apenas esa mañana, así pues muchos no pudieron acudir o, como veremos pronto, llegaron tarde. Una vez que consideró que había gente suficiente, Losada les leyó el texto de un Real Decreto por el cual los ayuntamientos quedaban intervenidos y serían gestionados por los vocales asociados. Los concejales fueron simplemente invitados a abandonar la sala, pues ya no eran concejales. Losada se limitó a decir:

- En cumplimiento el Real Decreto al que acaba de darse lectura, los concejales han terminado su mandato y pueden retirarse.

A continuación de tan fría despedida, los asombrados concejales, ninguno de los cuales ni de coña pensaba en verse en una como aquélla, se dirigieron al salón de sesiones a elegir alcalde. El único pie medio forzado que contenía el decreto era que, decía su artículo primero, el elegido debería ser, preferentemente, de titulación universitaria o probada cualificación profesional. Primo de Rivera tampoco quería fruteros al frente de sus ayuntamientos.

Ya hemos dicho que la reunión fue muy apresurada y que hubo gente que llegó tarde. Cuando ya se estaba deliberando, entró en el salón de sesiones don Josep Banqué Feliu. Don Pepito, o don Pep mejor dicho, era catedrático de griego (el idioma). Sabía de gestión municipal más o menos lo que sé yo de cómo obtener arbustos frondosos de bouganvillas en mantillo arcilloso. Su tardanza tenía una razón de ser. El 1 de octubre de 1923, además de nombrarse nuevo alcalde de Barcelona, también comenzaba el curso universitario barcelonés. Banqué venía de dicho acto de apertura, adonde habían ido a buscarle para contarle que, ejem, don Josep, es usted concejal.

El señor Banqué venía de la ceremonia de apertura como entonces se ponían los catedráticos en esas ocasiones. O sea, llevaba un chaqué perfecto, de gala.

El general Losada, que lo vio entrar en el salón de reuniones, preguntó quién era aquel señor tan bien vestido que acaba de entrar en la sala. Cuando le dijeron que era un catedrático de universidad tuvo, que diría Zerolo, una serie inconclusa de orgasmos dictatoriales. Y no quiso saber más. Llamó al secretario del Ayuntamiento y le ordenó que Banqué fuese nombrado regidor de la ciudad ipso facto.

Dicen las crónicas que nada más producirse el nombramiento, entró en la sala Javier Vila Teixidor, que era a quien muchos esperaban para que fuese nombrado. Vila representaba a los abogados, era abogado él mismo, y todos juzgaban que tenía la preparación necesaria para llevar la alcaldía con decencia; además de tener a su favor el nada despreciable elemento de que todos creían que querría ser alcalde, como luego se confirmó. Pero Vila se entretuvo con un cliente y llegó tarde. Llegó tarde a la reunión y llegó tarde a la Historia, pues nunca fue alcalde.

Esa noche, cuando Josep Banqué llegó a su casa, su mujer estaba esperándole mohína. Los catedráticos de griego suelen ser gente ordenada; las lenguas antiguas no son cosa que suela demandar de servicios extraordinarios ni horarios extraños, así pues la señora de Banqué estaba acostumbrada a tener a su marido en casa a horas fijas. Por eso, cuando entró en la casa, le dijo:

- ¿Cómo es que llegas tan tarde? ¿Te ha pasado algo? Me tenías intranquila.

- ¿Que si me ha pasado algo? -contestó el contrito catedrático en la lengua de Homero- ¡Me han nombrado alcalde de Barcelona!

Como era de esperar, al marido le costó más de media hora empezar a convencer a su mujer de que no se estaba cachondeando de ella.

Banqué duró cosa de dos semanas en la alcaldía que, en realidad, apenas fueron unas horas. Las conjugaciones del griego clásico no tienen nada que ver con la gestión de un presupuesto municipal y, según todos los indicios, hasta el último minuto que fue alcalde, serlo le pesó. Una prueba de lo agobiado que estaba es su, por así decirlo, dimisión. Porque Banqué no es sólo el único alcalde de la Historia de Barcelona que lo fue por ir bien vestido. También es el primer alcalde de Barcelona que deja el cargo, como quien dice, a la francesa.

9 de octubre de 1923. Formalmente, Banqué había sido elegido el día anterior. Ese día, los tres representantes del gobierno francés en la Feria del Mueble que se celebra esos días en Barcelona, señores Filippi, Charmeill y Ramilleux y Amic, expresan su deseo de entrevistarse con el alcalde. Una visita protocolaria para despedirse.

El funcionario de turno anuncia al alcalde la petición de los galos. El alcalde, según dicho funcionario, se hace repetir varias veces la filiación de los señores y el motivo de la visita; signo inequívoco de que, nada más decirle que hay unos extranjeros a los que tiene que cumplimentar (entiéndase por extranjeros no los metecos, sino gentes habladoras de lenguas plebeyas), don Josep se nos va por la patilla. Entonces dice que esperen un momento y que los recibirá enseguida.

Después de muchos, muchos minutos de espera, los franceses empiezan a mosquearse. Y los funcionarios.

Uno acaba decidiéndose por entrar a ver si al señor alcalde le ha dado un algo. Y se encuentra el despacho vacío. El alcalde ha tomado por otra puerta del despacho y ha salido a la calle, echando hostias. Total, porque tres franceses le querían ver para decirle eso de trés jolie, que hay que ver qué hospitalarios los barceloneses, bla por aquí, bla por allá, apretón de manos y a otra cosa. Si se le llega a hundir el Carmelo, se pega un tiro.

Atrapado a lazo por los pasillos del Ayuntamiento el único concejal que estaba por allí, Ramón María Puigmartí, se le hizo entrar por la puerta falsa y aparecer como el alcalde ante los franceses. Con lo cual, los parisinos se volvieron a casa con la idea de que el día 8 había sido nombrado Banqué y el 9, Puigmartí. Quizá pensaban que es costumbre inveterada de los catalanes elegir un alcalde diario.

Banqué dimitió formalmente ante el general Losada al día siguiente, pretextando que estaba recibiendo anónimos amenazadores. ¿De Alcibíades, quizá?