miércoles, enero 31, 2007

¡Por Alá, qué tropa!

A lo mejor me equivoco, pero creo que si unos nobles y reyes tienen fama de haberse matado los unos a los otros, ésos son los nobles italianos del Renacimiento. Todo el mundo conoce las turbias historias de los Borgia, los Colonna o los Orsini. Asimismo, otro lugar común de la Historia es contemplar a los reyes musulmanes de Al-Andalus como diferencialmente más civilizados que sus enemigos cristianos. En ambos mitos hay bastante de verdad, pero no pocos ingredientes de falsedad.

Y si no, que se lo digan a los emires nazaríes, entre los cuales la muerte era cosa, más que posible, probable.

La dinastía nazarí reinó en Granada y seguía reinando cuando Fernando el Católico la tomó, expulsando al sensible Boabdil, ése al que su madre reprochó el no haber sabido defender Granada como un hombre. Hoy os voy a contar, sucintamente, la historia de los emires nazaríes durante un siglo, desde principios del siglo XIV hasta principios del XV. Y espero convenceros de que ser emir no era entonces ningún chollo.

A principios del siglo XIV, reinaba en Granada Muhammad al-Majlu, conocido como Muhammad III. Nuestro buen Muhammad tenía un problema: veía menos que Pepe Leches. Quizá tenía glaucoma, o alguna otra dolencia grave de la vista, porque el hecho es que estaba casi ciego. Esta circunstancia animó al primer ministro, ibn al-Hakim, para montar una conspiración y apartar al pobre Muhammad del poder. Se puso de acuerdo con Nasr, hermano del emir, y el 14 de marzo de 1309 lo destronaron. Nasr fue entronizado y al ciego lo enviaron a Almuñécar, a tomar las aguas. Sin embargo, a finales de 1310, Nasr enfermó muy gravemente y hubo que traer de vuelta a Muhammad a Granada. Estaba a punto de ser entronizado de nuevo cuando Nasr tuvo una recuperación supersónica, con lo que suspendió toda la movida. Según todas las trazas, la anécdota hizo que Nasr le viese las orejas al lobo, así pues se fue al palacio donde estaba su hermano, lo agarró por el cuello, y lo ahogó en una alberca. ¿Conocéis esa frase hecha que dice «eres más malo que pegarle a un ciego»? Pues Nasr lo era, pues no le pegó, sino que lo ahogó. Y no era cualquier ciego, sino su hermano ciego.

Este Nasr tan buena persona y amigo de la institución familiar sería destronado por Ismail I, un caudillo que lo atacó desde Málaga y lo cercó en la misma Alhambra. Nasr negoció seguir con vida a cambio de que se le permitiese ser señor de Guadix, a lo que Ismail accedió. Nada más llegar a su nueva plaza, Nasr, que como vemos era un musulmán español al mismo tiempo que un punto filipino, se alzó contra el emir, aliándose con Castilla y favoreciendo varias victorias de los cristianos (una prueba más que esa idea de la guerra entre moros y cristianos tiene más grietas que las mejillas de una cantaora jubilada). Lo que sabemos es que, ocho años y pico después de haber dejado el trono, Nasr murió de forma repentina. Pudo ser la morbilidad de la época, sí; o pudo ser que Ismail se lo cargó.

Ismail I, por su parte, reinó desde 1314, pero apenas duró hasta 1325. En dicho año fue asesinado, al parecer por una venganza personal. Cierto día, el emir le echó una bronca a Muhammad, que era hijo de su primo. El chorreo debió de ser de tal calibre que el tal Muhammad, quien probablemente tampoco tenía mucho aguante, resolvió responder asesinando a su rey (sí, hay gente que tiene unos prontos jodidos). Según las crónicas cristianas, la bronca fue por unas mamellas: Muhammad había capturado a una cristiana que al parecer estaba muy buena, Ismail se la quiso quedar y el medio sobrino le respondió que se columpiase.

El tal Muhammad no estaba hecho para los planes sutiles. Simplemente, esperó al emir cierto día que iba a impartir justicia y en la misma puerta del palacio, en medio del mogollón, le arreó tres estocadas que lo dejaron tieso. Los conjurados intentaron huir, pero la policía se los cargó allí donde los encontró; a ellos y a unos cuantos ciudadanos más, probablemente, inocentes, a los que consideró sospechosos.

A Ismail I le sucedió Muhammad IV. Este emir, que era muy joven (tenía 18 años cuando murió), había guerreado con Castilla y solicitado la ayuda de los ejércitos del Magreb, gracias a los cuales pudo recuperar Gibraltar. Tras esta victoria, Castilla se avino a firmar un armisticio, por lo que los ejércitos contendientes volvieron a casa. Regresaba el casi adolescente Muhammad a Granada cuando fue objeto de una emboscada cerca de Algeciras en la que, cómo no, fue asesinado.

A Muhammad IV lo sucedió su hermano Yusuf I, de quien algo bueno podemos decir: lejos de estar implicado en el asesinato de su hermano, y aunque fue entronizado con el apoyo de dichos asesinos, esperó pacientemente algún tiempo para poder vengarse de ellos (al cabecilla del asesinato lo deportó a Túnez, para ser exactos). Yusuf, además, fue un rey cojonudo, por lo que dicen las crónicas, amén del dato de su dilatado periodo, que abarca desde 1333 hasta 1354. Gobernó en una Granada sin grandes conflictos, estable y feliz. El tipo de rey que muere en la cama. Pero, quia. Ni de coña.

El 19 de octubre de 1354, se celebraba en Granada la ruptura del ayuno sagrado de los musulmanes, celebración que culminaba en un gran acto de oración. En el último acto de postrarse del emir, cuando estaba por lo tanto tocando el suelo con la frente, un hombre negro, al parecer retrasado mental, se le abalanzó y le clavó un puñal. El emir murió poco después y el asesino fue entregado al pueblo, que lo linchó y quemó vivo.

Este asesinato tiene un poco el mismo tufo que el atentado fallido que sufrió, pocas décadas después, Fernando el Católico en Barcelona. En ambos casos tenemos a un tipo retrasado que parece actuar solo, aunque los historiadores han dado muchas vueltas, en ambos casos, a la hipótesis de que pudiera haber instigadores por detrás. Algo que no se ha podido probar nunca. Y podemos pensar que es que un magnicidio siempre tiene una razón de ser. Pero después de haber vivido en el pasado reciente casos como el del intento de asesinato de Ronald Reagan, cometido por un pirado en medio de una empanada mental, es como para dudarlo. Sin embargo, en el caso de Yusuf, justo es consignar que algunas crónicas señalan que su asesino era hijo bastardo de Muhammad IV, el anterior emir y hermano suyo, por lo que, quizá, dentro de sus escasas entendederas pudo llegar a creer, o tal vez alguien le convenció, de que tenía derecho al trono.

A Yusuf I lo sucedió su primogénito, Muhammad V, pero el 23 de agosto de 1359, una revuelta palaciega lo derrocó. El beneficiario de la movida fue Ismail II, que entonces tenía apenas veinte años, y a quien Muhammad V, probablemente porque ya sabía de qué palo iba el niño, había mandado encerrar en compañía de su madre Maryam. No os creáis que el hecho de que fuesen hermanastros fue lo que movió a Ismail a respetar la vida de Muhammad. Si no se lo apioló durante el golpe de Estado fue porque no lo encontró; estaba en Guadix de viaje.

Llegar Ismail al poder y empezar otros a pensar en llevárselo por delante fue todo uno. El más ambicioso de ellos resultó ser su primo segundo y cuñado, Muhammad b. Abi l-Walid Ismail, que había sido el espadón que había ayudado a Ismail a quedarse con el trono. En realidad, este pollo era el que gobernaba en Granada, pero probablemente tenía sus roces con el emir formal, así que decidió quitárselo de en medio. La noche del 13 de julio de 1360, lo cercó en uno de sus palacios. Ismail, una vez rodeado, ofreció someterse a un nuevo encierro, como antaño. Su primo, sin embargo, lo hizo decapitar y le tiró la cabeza a la gente para que jugase con ella. A continuación, el hermano de sangre de Ismail, Quays, que era tan sólo un niño, también fue ejecutado. Así que el primo llegó al emirato, con el nombre de Muhammad VI.

Este Muhammad VI, llamado El Bermejo por los cristianos, se hizo con el poder, como acabamos de decir, tras quitarse de en medio al incómodo Ismail. Sin embargo, recordaréis que Ismail había destronado a un emir, Muhammad V, que estaba en Guadix de viaje cuando fueron a por él. Esto se reveló como un problema. Poco a poco, Muhammad V fue reuniendo partidarios y más partidarios, y llegó un momento en el que el emir tuvo claro que el antiguo emir tenía fuerza suficiente como para plantarle cara. Por cobardía o por constancia de que carecía de fuerzas, Muhammad VI tomó, ni corto ni perezoso, la decisión de pillar el tesoro nazarí, ponerlo en unos carros y marcharse a Castilla, donde solicitó la protección del rey Pedro I el Cruel.

El rey cristiano, en principio, hizo como que recibía encantado al huésped. Sin embargo, dos semanas después de la llegada, el 27 de abril de 1362, estando ambos en Tablada, lo mató de un lanzazo. Obviamente, lo hizo por la pasta. Porque hay que entender que la acción del rey cristiano fue alucinante y muy criticada, incluso entre los cristianos. Para la moral de aquella época, un rey que pedía asilo era intocable. Por eso, las crónicas de la época, por lo menos las procristianas, defienden la teoría de que Muhammad jamás pidió permiso al rey castellano para visitarle, luego nunca solicitó su protección, lo que, en teoría, daría derecho a El Cruel para matarlo.

De todas formas, para cuando El Bermejo la diñó, Muhammad V ya reinaba en Granada, de nuevo. Y murió, ¡por fin uno!, de muerte natural. Aunque esto, debéis saberlo, incluso lo ponen en duda algunos historiadores.

Tras la muerte de Muhammad V, le sucedió su hijo Yusuf II, quien tomó los servicios de un valido o primer ministro, un tal Jalid. Lo primero que hizo Jalid, visto lo visto, fue librar a su rey de la presencia, siempre molesta y levemente asesina, de sus hermanos; así que tomó a Saad, Muhammad y Nasr, los tres hermanos de Yusuf, y los encerró en otras tantas mazmorras, donde se pudrieron hasta morir.

Una vez superados los obstáculos, Jalid decidió que, en realidad, él era quien tenía todo el mérito de la gestión de gobierno, así pues resolvió matar a su rey. Para ello se amigó con el médico de la corte, el judío Yahya b. al-Saig, para envenenarlo. Lo malo es que el emir se enteró a tiempo: al primer ministro lo despedazó vivo a golpes de espada, y al judío lo degolló en prisión.

Se podría pensar que el rey se había garantizado una larga vida. Pero lo cierto es que su vida apenas se prolongó unos meses más. El 5 de octubre de 1392, el emir murió envenenado, con un envenenamiento digno de James Bond: el sultán de Fez le regaló una camisa envenenada, de forma que, tras ponérsela, empezó a sentirse mal y, dicen las crónicas, murió cayéndosele la carne a trozos.

Una vez que el emir murió, lo sucedió un hermano suyo, de nombre Muhammad, que reinó como Muhammad VII y, según todas las trazas, estuvo implicado con el sultán de Fez en el asunto de la camisa que hacía bastante más que picar. En realidad, Muhammad tenía otro hermano mayor, Yusuf, que por lo tanto tenía derecho a ser rey antes que él. Pero Muhammad lo convenció con el expeditivo método de encarcelarlo en Salobreña. Después de eso, reinó varios años en constante conflicto con Castilla, pero murió el 11 de mayo de 1408. Lo realmente increíble es que murió como su hermano: envenenado con una prenda. Hay que ser gilipollas para caer en la misma trampa que uno mismo ha tendido en el pasado.

En el espacio de cien años, pues, la monarquía nazarí tuvo diez reyes, de los cuales al menos ocho murieron violentamente. Diez reyes frente a seis en Castilla y cinco en Aragón. Este es un dato de gran importancia para explicar que, algunas décadas después, el reino de Granada estuviese tan debilitado frente al empuje de los reyes católicos.

A los reyes musulmanes les gustaban los buenos baños y las poesías bellas, ciertamente. Pero a navajeros tampoco les ganaba nadie. Como diría el conde de Romanones, ¡joder qué tropa!