La guerra civil española, y en realidad todas las guerras, es como una buena película de Stanley Kramer: puedes disfrutarla fijándote en los protagonistas, pero a menudo los secundarios son incluso más interesantes. La guerra de España tiene muchos de estos side shows, cuyo conocimiento y exégesis, en realidad, daría para toda una vida de investigador histórico.
De la abultada nómina de secundarios de la guerra civil española hoy quiero sacar a colación uno que tuvo verdadera mala suerte, pues tan sólo le faltó un mes para contemplar el final de aquello contra lo que había luchado. El 25 de octubre de 1975, en efecto, moría en París Cipriano Mera.
Mera es el primer militante anarcosindicalista que consiguió el mando de un cuerpo del ejército, aunque este hecho, muy probablemente, se debe no sólo a sus méritos sino a la prematura muerte de Buenaventura Durruti en el frente de Madrid. Nació en 1896, en el pueblo madrileño de Tetuán de las Victorias, hoy, como casi todo madrileño sabe, plenamente integrado en el casco urbano que nuestro alcalde Gallardón fríe a impuestos.
Siguió la tradición del barrio, pues en Tetuán quien no se hacía trapero se hacía albañil; escogió lo segundo. Siempre sintió que sus ideas eran las anarcosindicalistas y por ello militó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) desde muy joven. En 1936 había llegado ya a la categoría de líder obrero y por eso fue una de las principales cabezas de la pavorosa huelga general de la construcción que, cuando estalló el golpe de Estado, llevaba ya cosa de setenta días de desarrollo, que se dice pronto.
Manuel Azaña conoció a Mera junto al (entonces) comunista Valentín González El Campesino, ya en la guerra, en 1937. En su diario deja un recuerdo insulso de este combatiente, muy al uso del estilo infatuado y superior que gastaba este señor al que algunos valoran tanto: «Nada en su persona me había llamado la atención. Es hombre seco, la faz terrosa, rasurado, de cejas espesas y prominentes, en cuya sombra se cobijan los ojos, que deben de ser pequeños. Avellanado y taciturno, es él quien parece un campesino, y no el otro.»
Resulta difícil saber cuántas celdas conoció Mera. Fue encarcelado en los años anteriores a la República por participar en huelgas. Lo volvió a ser en 1933 después de haber actuado en comités destinados a impedir el voto a las derechas, que aún así ganaron las elecciones. Fue encarcelado incluso después de la victoria del Frente Popular, a causa de una huelga, lo cual hay que reconocer que tiene su mérito revolucionario.
De hecho, cuando Mola, Franco, Queipo y el resto de la reata se alzan en diversos puntos de España, Mera está en la cárcel. Es liberado el 19 de julio tras gestiones en ese sentido llevadas a cabo por el general Pozas, que acaba de ser nombrado ministro de la Gobernación. Inmediatamente, participa en diversas acciones bélicas y muy especialmente en la operación de Cuenca.
Es el 19 de julio de 1936 y Mera, ya lo hemos dicho, sale de la cárcel. En unas horas, casi todo el pescado estará vendido: Sevilla cae del lado de los franquistas, también lo hace Galicia, gran parte de Castilla, Navarra; resiste Cataluña… Durante gran parte de la guerra, el frente estará partido en dos o, si lo preferís, habrá dos guerras: una en el sur (Andalucía primero, luego Extremadura, Toledo, Madrid…); y el norte por otro (País Vasco, Asturias, el frente de Aragón…). Y esto, la existencia de los dos frentes, es probablemente posible gracias a Cipriano Mera pues Mera, el día 19 de julio, cuando el Estado Mayor está a por uvas y viéndolas venir, se acuerda de que el viaje entre Madrid y el Mediterráneo tiene una llave; y esa llave se llama Cuenca.
Cuenca es, en 1936, una provincia de derechas hasta las trancas. Es por ello que el general Franco, cuando ha coqueteado con la idea de presentarse a las elecciones, lo ha hecho como diputado por Cuenca. La provincia, en todo caso, llevaba en aquellos años desde 1919 dándole acta de diputado al un militar, el general Joaquín Fanjul. Por lo demás, en Cuenca no hay fuerzas militares. Apenas la dotación de la Caja de Reclutas de la capital y, por supuesto, los cuartelillos de la guardia civil.
El Comandante Militar de la pequeña guarnición conquense, un teniente coronel, trata de convencer a la guardia civil de que se ponga del lado de los sublevados; pero la Benemérita duda. Se producen unas horas de toma y daca. Pero en Madrid alguien, Mera, se ha coscado de la movida, se ha dado cuenta de que tener Cuenca significa dejar expedito el camino entre Madrid y Valencia, y aparece en la capital en un par de camiones con apenas unas decenas de leales mal armados. Cuenca ciudad primero, y la provincia después, es tomada de forma incruenta. Ya no dejará de ser republicana hasta que acabe la guerra.
Para entonces, Mera manda una columna de 3.000 hombres, que es destinada en noviembre a la Cuesta de las Perdices primero y luego, cuando los franquistas apretaron, a la ciudad universitaria; y conviene decir esto por la cantidad de personas que parece existir hoy en día seriamente convencida de que Madrid lo defendieron las Brigadas Internacionales en solitario. Si alguien estuvo en el frente más caliente, ésos fueron los hombres del Mera Team.
Colocado al frente de una división, la XIV, en febrero de 1937, Mera participó en la batalla de Guadalajara, quizá la más clara victoria republicana de toda la guerra; y, concretamente, lleva a cabo la toma de Brihuega, donde le da una mano de hostias a Bergonzzolli y sus volátiles tropas italianas. Luego participa en la famosa batalla de Brunete.
Tras esas acciones, Mera asciende a teniente coronel, lo cual quiere decir que toma a su mando un cuerpo de ejército, el IV o también denominado del Centro porque ésta fue su demarcación geográfica. Tenía a su mando entre 40.000 y 50.000 hombres.
Conforme avanzaba la guerra, no obstante, Cipriano Mera se fue dando cuenta de la imposibilidad de ganarla. Probablemente, tras la caída de Cataluña se convenció incluso de la imposibilidad de un armisticio, porque ese tipo de acuerdos no pueden hacerse entre dos ejércitos en situaciones tan dispares como el franquista y el republicano. Esto le hizo acercarse al coronel Segismundo Casado, el cual, en Madrid, diseñaba en secreto una operación para rendir el ejército republicano y terminar la guerra. De hecho, Cipriano Mera y Julián Besteiro fueron los dos grandes avales políticos que tuvo el movimiento de Casado.
Una vez producido el golpe y ante la reacción comunista, en Madrid se entabló una guerra dentro de la guerra civil. Mera y el mayor Liberino González organizan una columna y entran en Madrid para ayudar a Casado. Esta intervención fue decisiva para lograr la rendición de las fuerzas de Barceló y Ascanio, que dio la puntilla final a la República.
Edmundo Rodríguez Aragonés, dirigente de la UGT que al final de la guerra era comisario del Ejército de Centro, nos dejó un retrato de aquellas horas del golpe de Estado de Casado (Los vencedores de Negrín, Roca, México D.F., 1976; es relativamente fácil de encontrar en libreros de viejo). A todas luces, el hecho de que Rodríguez tuviese connivencias con los comunistas (de otro modo, ni de coña sería comisario del Ejército de Centro) hizo que los confabulados no le hicieran participar en su movida y, de hecho, le dejaran ir a ver a Casado sin saber gran cosa, para así retenerlo.
Rodríguez retrata a Mera, en los minutos previos a la alocución de radio en la que se anunció el golpe, «taciturno y huraño, con su mano aún vendada, impaciente, pendiente de su discurso». Es un comentario un poco despectivo, pues es fácil comprender que la palabra no suele estar entre las habilidades natas de un albañil. No ha de sorprender, sin embargo, pues ya hemos dicho que Edmundo Rodríguez terminó la guerra siendo un filocomunista, y si algo construyó nuestra guerra civil fue un odio cerval, sin paliativos, a muerte y sin piedad entre comunistas y anarquistas.
Rodríguez, además, reserva su desprecio para don Cipriano, al aseverar en su libro que no comprendió por qué fue designado, junto con Casado y Besteiro, para hablar en la radio. «Mera», dice que le dijo Casado, «habla como un hombre del pueblo y dará confianza y seguridad. Su voz sincera y ruda será la nota popular».
Esto es, a todas luces, mentira. Si Mera habló por la radio aquel día es porque era el jefe de las únicas fuerzas reales con que el golpe podía contar. Estaba ahí para dejar bien claro a todos los anarquistas que escuchasen la alocución qué es lo que debían hacer.
Lo que sabemos por Rodríguez del discurso de Mera es que en él pidió la paz, pero una paz honrosa que, de no llegar, dijo, debería llevar a los republicanos a luchar hasta morir. Asimismo, le acusa de haber trufado su intervención de insultos hacia el primer ministro Juan Negrín, al que al parecer motejó de ladrón y cosas peores. Probablemente, Rodríguez dice la verdad. En ese momento, Negrín era la verdadera bestia negra de los anarquistas a causa de lo que consideraban una connivencia total con los comunistas.
El 29 de marzo de 1939, Cipriano Mera sale desde Valencia hacia Argelia, donde es confinado en un campo de concentración. Una vez libre, se va a Marruecos y se emplea en las obras del ferrocarril que los franceses proyectan construir entre Tánger y Dakar. No obstante, en 1940 el gobierno franquista lo reclama al francés. Mera es entregado, encerrado en la vieja cárcel de Porlier y condenado a muerte en 1943. No obstante, es indultado, aunque sigue preso y realizando trabajos forzados, entre otros lugares, en Cuelgamuros (Valle de los Caídos).
En 1946 recibe la libertad condicional y, tras intentar quedarse en España, acaba por irse a Francia, a pie desde Madrid. Allí trabaja como albañil hasta 1956.
Mera vivió siempre en barrios obreros; en Tetuán cuando estaba en España y en el barrio de Billancourt de París, donde está la fábrica de la Renault, cuando se fue a Francia. Nunca aceptó oferta alguna para recibir dádivas o cobrar por sus memorias o algo parecido.
Un periodista español, Luis Romero, lo entrevistó ya muy mayor en París, cuando el cáncer estaba ya acabando con él. Le dijo: «Usted tendría [en la guerra] la ocasión de llenar una maleta con lingotes de oro, joyas o cualquier otro objeto de valor que hubiese podido llevarse y situar en el extranjero. Ahora no viviría en esta casa, su compañera estaría mejor y a su edad no se vería obligado a tan duro trabajo».
Mera le miró y se limitó a contestar: «¿Y la conciencia?»
Ideas como ésta son las que albergaba la cabeza de este militante obrero, en el cual San Manuel Azaña Mártir sólo supo ver el rostro de un puto campesino.
miércoles, mayo 28, 2008
domingo, mayo 25, 2008
Roma, de Steven Saylor

Como ya he comentado en alguna ocasión, soy renuente a comentar mis lecturas, pues muchas de ellas se centran en libros descatalogados o de difícil localización. No obstante, cuando leo algún libro más o menos moderno, y sobre todo si es, por así decirlo, de entretenimiento, sí creo que puedo comentar lo que leo.
Hace algunos años, un notable historiador inglés, Edward Rutherfurd, hizo especialmente famoso un subgénero de novela histórica muy particular. Se trataba de novelas en las cuales se relataban periodos de tiempo muy largos, abarcando en algunos casos incluso la totalidad de la Historia conocida de un determinado lugar, a través de las generaciones de una misma familia; personajes secundarios que, sin embargo, tenían en las diferentes peripecias de su vida contacto directo con algunos de los principales momentos de la Historia de su ciudad o país.
Londres fue, probablemente, el primer hit de Rutherfurd, aunque no estoy seguro que no hubiese escrito ya antes alguno de sus libros. Es un libro interesante y muy apasionante de leer; y tiene, además, el beneficio añadido de que leerlo nos hace encontrar otra dimensión al Museo de Londres, pues no pocos los de los objetos y situaciones que se describen en el libro proceden de cosas que se guardan allí. El Museo de Londres, por cierto, es un lugar que casi nadie visita cuando va allí, y es un error, un error mayúsculo. Pero, claro, mayor error es vivir en Madrid y no haber pisado jamás el Museo Municipal.
El caso es que hay, como decía, un subgénero de éxito, que los editores, supongo, buscan con cierta avidez. A ese subgénero pertenece Roma, el libro de Steven Saylor cuya lectura hoy os comento. Al igual que en los libros de Rutherfurd, Saylor inventa dos linajes patricios, el de los Poticios y los Pinarios (espero que salgan bien escritos en este post; el señor Bill Gates se empeña en escribir Binarios cada vez que escribo Pinarios), cuyo percorrer repasa desde los tiempos anteriores a la fundación de Roma hasta la el año 1 Antes de Cristo, durante el primer reinado imperial, el de César Octavio Augusto. Patricios que son, estos Poticios y Pinarios tienen la ocasión de estar siempre a la que salta en los hechos de esa Roma clásica preimperial; así pues, en la novela los veremos ser coleguitas de los gemelos Rómulo y Remo; o mandar a tomar por culo la solución monárquica tarquinia; o levantar el sitio de Roma con el desgraciado Coriolano; o servir a la religión estatal como vírgenes vestales; o colaborar con las reformas de los gracos; o luchar contra el pérfido Sila; o, desde luego, formar parte del Estado Mayor de Julio César. He aquí, sin lugar a dudas, la principal virtud del libro: rel tema. Steven Saylor sabe bien que la Historia de Roma en los 999 años que relata la novela es una de las novelas negras mejor escritas que se pueden leer. Si me permite el autor esta boutade, que lo es pues escribir siempre es un esfuerzo que lo flipas, en parte el libro se escribe sola, porque esa parte primera que es inventar la historia está notablemente simplificada cuando hablamos de estos tiempos, y esa tierra, que están entre los episodios protagonistas de aquello que nos hizo como somos.
Hablando de novela histórica y hablando de Roma, la comparación se hace obligada con los libros Coleen MacCollough, escritora australiana de enorme erudición quien, sin embargo, para la mayor parte de nosotros, y sobre todo de vosotras (las talluditas), es famosa por una novela que no tiene nada que ver con los tiempos clásicos: The thornbirds (El pájaro espino), historia de amor y religión que fue un exitazo de audiencia en la tele bastantes años atrás.
McCollough es autora de una serie monumental de novelas, de casi 900 páginas cada una, que abarcan desde los inicios de la carrera de Cayo Mario hasta la de Julio César (por lo menos, éstas son las que yo he leído). Creo que, para aquellos de los lectores de este post que estén interesados en este periodo y no hayan leído estos libros, merece la pena que señale las diferencias.
En primer lugar, los ámbitos temporales no son los mismos. El de McCollough es mucho más corto. La suya es una cirugía de precisión y, en consecuencia, sus novelas son mucho más meticulosas. Describe los hechos sin prisas, uno por uno, con la intención de no dejar ni un elemento importante de los años que relata sin ser contado (de hecho, sus capítulos se dividen por años consulares); esto la lleva a una erudición en ocasiones apabullante, pero que al lector, y perdóneme que le llame así, más superficial, se le puede hacer algo pesada. Especialmente, el hecho de que McCollough no se salte ni un miembro de las familias que interaccionan en sus novelas, y que los romanos tuviesen la costumbre de repetir los nombres, hace que en ocasiones sea difícil centrarse. La obra de Saylor, sin embargo, es más ágil en este punto. También tiene muchas páginas, casi 700 en la edición inglesa que es la que yo comento, pero en realidad, como sabemos, la media no sale ni a un año por página. Además, teniendo en cuenta que lo que hace Saylor es situar personajes inventados en una realidad histórica, hace a Poticios y Pinarios atravesar por una serie de peripecias que impiden la confusión que, de todas maneras, es casi imposible teniendo en cuenta los saltos del tiempo.
En el asunto de los personajes está otra diferencia. Los de Saylor son inventados. McCollough, por su parte, hace novela histórica a lo Gore Vidal, es decir, sus protagonistas son los propios protagonistas de la Historia. Las peripecias que seguimos en sus novelas son las de Mario, Sila, Servilia Cepionis, Cicerón, etc. No hay personajes inventados, sino invención en torno a los personajes (invención, en ocasiones, un poco temeraria en mi opinión). ¿Cuál de las dos alternativas es mejor? La respuesta ha de ser galaica: depende. Depende del lector. Hay lectores para los cuales la pura peripecia histórica no es suficiente, porque no tienen demasiada ambición por los hechos históricos o el simple análisis de éstos les aburre o les deja insatisfechos. Éstos deberían leer a Saylor. Aquéllos para los cuales lo importante sea la Historia, sin aditamentos, deben leer a McCollough.
En su versión original, el libro está escrito de forma ágil y eficiente. El autor parece ser plenamente consciente de que los libros de 700 páginas repletos de periodos y tropos son propios tan sólo de los aficionados a la literatura rusa; de todas formas, tengo por mí que el inglés no es un idioma muy propio para ser alambicado en la escritura (o eso al menos dice mi profesora de inglés, quien siempre me está dando la brasa con que escriba frases tres veces más cortas). Otra gran virtud de Saylor, que se hace interesante, es que trata de explicar, desde el conocimiento y la imaginación, el origen de los mitos. A todas luces, Saylor alberga la teoría de que todos los mitos y creencias tienen un origen real. Así pues, no daré más detalles para no fastidiar a futuros lectores, pero diré que en el libro de Saylor se pueden encontrar explicaciones bastante plausibles sobre hechos como por qué la tradición decía que Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba; o quién fue Hércules y quién el gigante Caco al que según la tradición mató; o por qué estaba decretado que las moscas no podían entrar en determinados templos; o por qué los romanos celebraban extrañas fiestas como las Lupercalias. De hecho, al finalizar el libro coquetea (no sé si pensando en una segunda parte) con la idea de que el propio símbolo religioso de la cruz podría ser mucho más antiguo que el cristianismo.
¿Lo peor del libro? Lo peor del libro son los pies forzados que se ve obligado a respetar el autor por razón de su elección primera: meter mil años de Historia en un libro voluminoso, pero no tanto como para echar para atrás al comprador/lector masivo. Así las cosas, Roma se convierte en un ejemplo de lo que los británicos llaman cherry picking: el autor para aquí o allá para narrar un determinado periodo de la Historia de Roma, lo cual quiere decir que, necesariamente, se deja otros. Tiene que ser así porque, de lo contrario, por mucho que hubiese querido correr, habría escrito 1.500 páginas, o así. Lo que me parece enormemente discutible es la selección. Está hecha, probablemente, para poder colocar a los protagonistas de la novela, Poticios y Pinarios, ante determinadas situaciones. Pero las lagunas son, a mi modo de ver, pavorosas. Especialmente doloroso me parece el olvido de Cayo Mario, para mí el hombre que dio un vuelco a la Roma republicana, eso sí a largo plazo, con sus siete consulados y su reforma militar a favor de los miembros del censo por cabezas. Pero hay más cosas. En la novela de Saylor nada se dice de la cuestión itálica, que presidió los debates de la República durante siglos; apenas aparecen, como en un segundo plano, las guerras púnicas, a pesar de que su importancia pretende explicarse (no obstante lo dicho, Tiburcio la explica mucho mejor). No existen las conquistas imperiales; los galos toman Roma pero los romanos no pisan Galia en una sola escena, ni abaten las posesiones de los númidas, ni apresan a Yugurta. Se nos cuenta la Historia de Roma sin el concurso de Cicerón, de Catalina, prácticamente sin el concurso de Catón. Pompeyo Magnus se nos queda prácticamente inédito, pues César, en esta novela, no pasa el Rubicón (para pasar el Rubicón tendría que venir de la Galia, y ya hemos dicho de de eso no se dice nada) y, consecuentemente, no se nos cuenta la batalla de Pharsalos; apenas sus consecuencias. En la Historia de Roma hay políticos y líderes importantísimos como L. Apuleyo Saturnino, Marco Livio Druso, Publio Sulpicio Rufo, Cinna, Creso, Quinto Sertorio, Lépido, los Metelos, que no aparecen.
Y, sobre todo, está el problema de la República. Porque alguien que escribe sobre esos años está obligado, en mi opinión, a tratar de hincarle el diente al asunto de cómo, y por qué, murió la República romana. Si es cierto (yo lo pienso así) que era una evolución necesaria para un Estado que había alcanzado la importancia de Roma, o si se debió a la miopía de la clase patricia y a la creciente demagogia de los plebeyos, como también puede pensarse.
En conclusión, como novela de entretenimiento es buena; yo diría que muy buena. Pero si lo que se pretende es, además, obtener de ella una buena foto de la Historia de Roma, yo le recomendaría al protolector que no se hiciese demasiadas ilusiones.
Del libro, por cierto, ha salido edición española; pero desconozco la editorial. Supongo que no os será complejo encontrarla en internet.
Eso sí, visto el rollo catilinario de Tiburcio sobre las guerras púnicas y que a mí me va la marcha, desde hoy queda abierto el descriptor de Historia Antigua. Volveremos sobre ella, espero que pronto. Lo primero que me gustaría contaros es la historia de los gracos. Pero será ya otro día.
Hace algunos años, un notable historiador inglés, Edward Rutherfurd, hizo especialmente famoso un subgénero de novela histórica muy particular. Se trataba de novelas en las cuales se relataban periodos de tiempo muy largos, abarcando en algunos casos incluso la totalidad de la Historia conocida de un determinado lugar, a través de las generaciones de una misma familia; personajes secundarios que, sin embargo, tenían en las diferentes peripecias de su vida contacto directo con algunos de los principales momentos de la Historia de su ciudad o país.
Londres fue, probablemente, el primer hit de Rutherfurd, aunque no estoy seguro que no hubiese escrito ya antes alguno de sus libros. Es un libro interesante y muy apasionante de leer; y tiene, además, el beneficio añadido de que leerlo nos hace encontrar otra dimensión al Museo de Londres, pues no pocos los de los objetos y situaciones que se describen en el libro proceden de cosas que se guardan allí. El Museo de Londres, por cierto, es un lugar que casi nadie visita cuando va allí, y es un error, un error mayúsculo. Pero, claro, mayor error es vivir en Madrid y no haber pisado jamás el Museo Municipal.
El caso es que hay, como decía, un subgénero de éxito, que los editores, supongo, buscan con cierta avidez. A ese subgénero pertenece Roma, el libro de Steven Saylor cuya lectura hoy os comento. Al igual que en los libros de Rutherfurd, Saylor inventa dos linajes patricios, el de los Poticios y los Pinarios (espero que salgan bien escritos en este post; el señor Bill Gates se empeña en escribir Binarios cada vez que escribo Pinarios), cuyo percorrer repasa desde los tiempos anteriores a la fundación de Roma hasta la el año 1 Antes de Cristo, durante el primer reinado imperial, el de César Octavio Augusto. Patricios que son, estos Poticios y Pinarios tienen la ocasión de estar siempre a la que salta en los hechos de esa Roma clásica preimperial; así pues, en la novela los veremos ser coleguitas de los gemelos Rómulo y Remo; o mandar a tomar por culo la solución monárquica tarquinia; o levantar el sitio de Roma con el desgraciado Coriolano; o servir a la religión estatal como vírgenes vestales; o colaborar con las reformas de los gracos; o luchar contra el pérfido Sila; o, desde luego, formar parte del Estado Mayor de Julio César. He aquí, sin lugar a dudas, la principal virtud del libro: rel tema. Steven Saylor sabe bien que la Historia de Roma en los 999 años que relata la novela es una de las novelas negras mejor escritas que se pueden leer. Si me permite el autor esta boutade, que lo es pues escribir siempre es un esfuerzo que lo flipas, en parte el libro se escribe sola, porque esa parte primera que es inventar la historia está notablemente simplificada cuando hablamos de estos tiempos, y esa tierra, que están entre los episodios protagonistas de aquello que nos hizo como somos.
Hablando de novela histórica y hablando de Roma, la comparación se hace obligada con los libros Coleen MacCollough, escritora australiana de enorme erudición quien, sin embargo, para la mayor parte de nosotros, y sobre todo de vosotras (las talluditas), es famosa por una novela que no tiene nada que ver con los tiempos clásicos: The thornbirds (El pájaro espino), historia de amor y religión que fue un exitazo de audiencia en la tele bastantes años atrás.
McCollough es autora de una serie monumental de novelas, de casi 900 páginas cada una, que abarcan desde los inicios de la carrera de Cayo Mario hasta la de Julio César (por lo menos, éstas son las que yo he leído). Creo que, para aquellos de los lectores de este post que estén interesados en este periodo y no hayan leído estos libros, merece la pena que señale las diferencias.
En primer lugar, los ámbitos temporales no son los mismos. El de McCollough es mucho más corto. La suya es una cirugía de precisión y, en consecuencia, sus novelas son mucho más meticulosas. Describe los hechos sin prisas, uno por uno, con la intención de no dejar ni un elemento importante de los años que relata sin ser contado (de hecho, sus capítulos se dividen por años consulares); esto la lleva a una erudición en ocasiones apabullante, pero que al lector, y perdóneme que le llame así, más superficial, se le puede hacer algo pesada. Especialmente, el hecho de que McCollough no se salte ni un miembro de las familias que interaccionan en sus novelas, y que los romanos tuviesen la costumbre de repetir los nombres, hace que en ocasiones sea difícil centrarse. La obra de Saylor, sin embargo, es más ágil en este punto. También tiene muchas páginas, casi 700 en la edición inglesa que es la que yo comento, pero en realidad, como sabemos, la media no sale ni a un año por página. Además, teniendo en cuenta que lo que hace Saylor es situar personajes inventados en una realidad histórica, hace a Poticios y Pinarios atravesar por una serie de peripecias que impiden la confusión que, de todas maneras, es casi imposible teniendo en cuenta los saltos del tiempo.
En el asunto de los personajes está otra diferencia. Los de Saylor son inventados. McCollough, por su parte, hace novela histórica a lo Gore Vidal, es decir, sus protagonistas son los propios protagonistas de la Historia. Las peripecias que seguimos en sus novelas son las de Mario, Sila, Servilia Cepionis, Cicerón, etc. No hay personajes inventados, sino invención en torno a los personajes (invención, en ocasiones, un poco temeraria en mi opinión). ¿Cuál de las dos alternativas es mejor? La respuesta ha de ser galaica: depende. Depende del lector. Hay lectores para los cuales la pura peripecia histórica no es suficiente, porque no tienen demasiada ambición por los hechos históricos o el simple análisis de éstos les aburre o les deja insatisfechos. Éstos deberían leer a Saylor. Aquéllos para los cuales lo importante sea la Historia, sin aditamentos, deben leer a McCollough.
En su versión original, el libro está escrito de forma ágil y eficiente. El autor parece ser plenamente consciente de que los libros de 700 páginas repletos de periodos y tropos son propios tan sólo de los aficionados a la literatura rusa; de todas formas, tengo por mí que el inglés no es un idioma muy propio para ser alambicado en la escritura (o eso al menos dice mi profesora de inglés, quien siempre me está dando la brasa con que escriba frases tres veces más cortas). Otra gran virtud de Saylor, que se hace interesante, es que trata de explicar, desde el conocimiento y la imaginación, el origen de los mitos. A todas luces, Saylor alberga la teoría de que todos los mitos y creencias tienen un origen real. Así pues, no daré más detalles para no fastidiar a futuros lectores, pero diré que en el libro de Saylor se pueden encontrar explicaciones bastante plausibles sobre hechos como por qué la tradición decía que Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba; o quién fue Hércules y quién el gigante Caco al que según la tradición mató; o por qué estaba decretado que las moscas no podían entrar en determinados templos; o por qué los romanos celebraban extrañas fiestas como las Lupercalias. De hecho, al finalizar el libro coquetea (no sé si pensando en una segunda parte) con la idea de que el propio símbolo religioso de la cruz podría ser mucho más antiguo que el cristianismo.
¿Lo peor del libro? Lo peor del libro son los pies forzados que se ve obligado a respetar el autor por razón de su elección primera: meter mil años de Historia en un libro voluminoso, pero no tanto como para echar para atrás al comprador/lector masivo. Así las cosas, Roma se convierte en un ejemplo de lo que los británicos llaman cherry picking: el autor para aquí o allá para narrar un determinado periodo de la Historia de Roma, lo cual quiere decir que, necesariamente, se deja otros. Tiene que ser así porque, de lo contrario, por mucho que hubiese querido correr, habría escrito 1.500 páginas, o así. Lo que me parece enormemente discutible es la selección. Está hecha, probablemente, para poder colocar a los protagonistas de la novela, Poticios y Pinarios, ante determinadas situaciones. Pero las lagunas son, a mi modo de ver, pavorosas. Especialmente doloroso me parece el olvido de Cayo Mario, para mí el hombre que dio un vuelco a la Roma republicana, eso sí a largo plazo, con sus siete consulados y su reforma militar a favor de los miembros del censo por cabezas. Pero hay más cosas. En la novela de Saylor nada se dice de la cuestión itálica, que presidió los debates de la República durante siglos; apenas aparecen, como en un segundo plano, las guerras púnicas, a pesar de que su importancia pretende explicarse (no obstante lo dicho, Tiburcio la explica mucho mejor). No existen las conquistas imperiales; los galos toman Roma pero los romanos no pisan Galia en una sola escena, ni abaten las posesiones de los númidas, ni apresan a Yugurta. Se nos cuenta la Historia de Roma sin el concurso de Cicerón, de Catalina, prácticamente sin el concurso de Catón. Pompeyo Magnus se nos queda prácticamente inédito, pues César, en esta novela, no pasa el Rubicón (para pasar el Rubicón tendría que venir de la Galia, y ya hemos dicho de de eso no se dice nada) y, consecuentemente, no se nos cuenta la batalla de Pharsalos; apenas sus consecuencias. En la Historia de Roma hay políticos y líderes importantísimos como L. Apuleyo Saturnino, Marco Livio Druso, Publio Sulpicio Rufo, Cinna, Creso, Quinto Sertorio, Lépido, los Metelos, que no aparecen.
Y, sobre todo, está el problema de la República. Porque alguien que escribe sobre esos años está obligado, en mi opinión, a tratar de hincarle el diente al asunto de cómo, y por qué, murió la República romana. Si es cierto (yo lo pienso así) que era una evolución necesaria para un Estado que había alcanzado la importancia de Roma, o si se debió a la miopía de la clase patricia y a la creciente demagogia de los plebeyos, como también puede pensarse.
En conclusión, como novela de entretenimiento es buena; yo diría que muy buena. Pero si lo que se pretende es, además, obtener de ella una buena foto de la Historia de Roma, yo le recomendaría al protolector que no se hiciese demasiadas ilusiones.
Del libro, por cierto, ha salido edición española; pero desconozco la editorial. Supongo que no os será complejo encontrarla en internet.
Eso sí, visto el rollo catilinario de Tiburcio sobre las guerras púnicas y que a mí me va la marcha, desde hoy queda abierto el descriptor de Historia Antigua. Volveremos sobre ella, espero que pronto. Lo primero que me gustaría contaros es la historia de los gracos. Pero será ya otro día.
jueves, mayo 22, 2008
Ética bélica
Las guerras, dicen, sacan lo peor del ser humano. Y es verdad. Si en la vida se puede ser testigo de hechos abyectos y absolutamente faltos de moral, en una guerra la densidad de este tipo de cosas se multiplica. Pero la guerra, como momento extremo que es, también es una ocasión especialmente interesante para aflorar algunas cosas buenas. Hoy me gustaría hablaros de un héroe de la segunda guerra mundial. Un héroe quizá un poco olvidado, como le ocurre siempre a los héroes que lo son del que pierde. Por lo que sé de su historia, creo que merece claramente la consideración de héroe; pero no por la proeza táctica y militar que realizó, sino por tener, en medio de una guerra, algo muy valioso: sensibilidad y ética.
Se llamaba Luigi Durand La Penne, y era capitán de corbeta de la Armada italiana; un soldado de Mussolini, pues. En 1941, tenía 27 años y nadaba como un pez. Los marineros italianos llevaban claramente las de perder en el teatro de operaciones que les tocó, que fue el Mediterráneo. Allí les tocó lidiar con la segunda armada más poderosa del mundo, la británica, que les dio capones hasta que el tamaño de la cabeza se les dobló. De hecho, los británicos tenían tanto poderío en el Mare Nostrum que aparcaron en la acera de enfrente de Italia, en el puerto de Alejandría, sin que los italianos pudieran echarlos de allí. Entonces a alguien en el ejército fascista se le ocurrió que tal vez la mejor manera de ganarle a un elefante es atacarlo con pulgas. Pulgas como La Penne.
La Reina y sus súbditos tenían dos acorazados en la rada de Alejandría. La guerra también le costaba cosas a los británicos, que habían perdido un acorazado y un portaaviones, así pues guardaban aquellos barcos de guerra como oro en paño. El plan era de película de James Bond: seis submarinistas, dirigidos por La Penne, entrarían en el puerto de Alejandría en minisubmarinos sobre los que montaban como si fuesen ponys (ellos los llamaban cerdos) y, una vez dentro, sabotearían cuantos más navíos pudiesen, mejor.
Cada cerdo era capaz de moverse autónomamente unos 15 kilómetros a una velocidad de dos o tres kilómetros por hora, supongo que estudiada para hacer que los sónares y otros aparatos los confundiesen fácilmente con barracudas, tiburones u otros inquilinos habituales de la mar. En un espacio más bien pequeño (6,5 metros por 50 centímetros) eran capaces de transportar 300 kilos de explosivos.
Era una misión suicida. Lo jodido no es llegar a tres por hora; es tratar de huir a esa velocidad. Eso suponiendo que, tras colocar las cargas en los barcos, no les descubriese alguien y tuviesen que salir nadando.
El 18 de diciembre de 1941, en el submarino Scire que se había colocado en el fondo del mar frente a Alejandría, el equipo se distribuyó el trabajo: La Penne y el contramaestre Emilio Bianchi irían a por el acorazado Valiant; Antonio Marceglia y Spartaco Schergat tratarían de volar el acorazado Queen Elisabeth; y Vincenzo Martelotta y Mario Marino atacarían un petrolero que estaba también en la rada. El plan era que primero estallara el petrolero, a las 5,55 horas, causando un gran incendio; a las 6,05 volaría el Valiant y a las 6,15 el Queen Elisabeth.
El puerto de Alejandría, cosa lógica, estaba protegido con una red metálica. No obstante, aquella noche los seis marinos montados en sus cerdos tuvieron la suerte de que llegaron barcos nuevos, así pues todo lo que tuvieron que hacer fue colocarse a su estela.
La Penne localizó el Valiant. Subió a la superficie, bajo una de sus torres de fuego, desenrollando al tiempo un cable que había de servirle como a Pulgarcito las migas de pan, para volver a su cerdo, que le esperaba abajo en la oscuridad. Cuando regresó a su vehículo, este no arrancaba. Tampoco encontró a Bianchi.
El italiano estaba en el fondo del mar, a unos 30 metros de donde debían quedar las cargas, y estaba solo. Tardó una hora en arrastrar los 300 kilos bajo el agua esos 30 putos metros. Cuando terminó, estaba completamente exhausto.
Subió a la superficie un momento y allí fue, finalmente, divisado por un centinela. Le enviaron una serie de recados de grueso calibre. De la Penne nadó hasta una boya para protegerse. Allí, para su sorpresa, estaba Bianchi. El sistema de respiración de su compañero había fallado, provocando que éste se desmayase bajo el agua. Se despertó en la superficie y nadó hasta la boya, pues no podía volver a bucear. Ambos marinos fueron hechos presos y llevados al Valiant. La Penne fue encerrado en un pañol casi encima de donde calculaba que estaban los explosivos.
Algún tiempo más tarde se oyó como un lejano trueno. Martelotta había hecho los deberes: el petrolero acababa de estallar; aunque fallaron las bombas incendiarias y el fuego no fue muy importante. En ese momento, las prioridades de La Penne cambiaron. Es extraña cosa la guerra. Resulta difícil sostener que hizo lo que hizo por salvarse él, que al fin y al cabo iba a volar con el Valiant, pues desde el primer momento sabía que iba a una misión suicida. Aporreó la puerta hasta que alguien vino y entonces solicitó ver al capitán del barco, Charles Morgan.
Una vez frente a él, se limitó a decirle:
‑Su buque va a volar por los aires en diez minutos. No quiero matar gente innecesariamente.
Preguntado por Morgan, se negó a decirle dónde estaba colocada la carga. Si lo hubiera hecho, le habría tenido que decir que la había dejado suelta, al lado del casco, y con seguridad la reacción de Morgan habría sido sacar el barco por piernas, con lo que el objetivo que La Penne perseguía, que era destruir la nave, no se habría cumplido. Dado que no dio información sobre los explosivos, fue de nuevo encerrado en la bodega.
La explosión se produjo a las 6 de la mañana y seis minutos. De la Penne salió despedido y perdió el sentido. Cuando lo recuperó, salió por el hueco de la puerta de la bodega, donde ya no había puerta. Llegó a la cubierta. Desde allí vio cómo estallaba el Queen Elisabeth.
Lo que siguió a aquel atentado tan sorprendentemente exitoso (seis pavos contra toda una dotación de buques de guerra surtos en un puerto) fue uno de los episodios en el fondo más cachondos de la segunda guerra mundial. Tanto el Valiant como el Queen Elisabeth sufrieron gravísimos daños, especialmente el segundo, pues Marceglia había sido capaz de poner las bombas justo debajo de su sala de máquinas. Sin embargo, dado que el calado del puerto de Alejandría no es gran cosa, los barcos se hundieron, pero dejaron buena parte de sí mismos en la superficie y, lo que es más importante, razonablemente derechos.
En realidad, con aquella acción, Italia quedaba dueña total del Mediterráneo. Así lo sostuvieron muchos expertos al ver las fotos aéreas que tomaron los aviones espía. Sin embargo, el ejército italiano tenía el mismo problema que el alemán: su jefe era un listillo, y no admitía opiniones en contra. Mussolini opinó, contra el parecer de sus almirantes, que aquellos barcos no estaban descojonados, que lo estaban hasta el corvejón, sino plenamente operativos. Por esa razón, dio orden de que los barcos italianos no saliesen de sus bases, por lo que perdieron la ocasión de dominar el mar. Los dos cruceros alejandrinos tardaron cosa de un año en volver a navegar; año durante el cual, por cierto, los ingleses se dedicaron a celebrar fiestas en su cubierta y a aparentar normalidad en la misma, para que Mussolini siguiera pensando que estaban operativos.
Los seis buceadores fueron apresados. De la Penne se escapó un par de veces, pero le pillaron. Fue devuelto a Italia tras terminar la guerra en su país, en 1943. Tuvo tiempo de colaborar con los aliados, sobre todo en la retirada alemana del puerto de La Spezia.
Winston Churchill dijo una vez que la operación de Alejandría fue «un ejemplo singular de valor e ingenio». Pero fue más que eso. Luigi de la Penne salvó aquella noche muchas de las 1.700 vidas que laboraban en el Valiant, y que hubieran desaparecido de permanecer él callado. Fue condecorado por el Estado italiano en 1945. A la ceremonia de la condecoración asistió Charles Morgan, el que fuera comandante del Valiant aquella noche.
Morgan pidió permiso, que le fue concedido, para ser él quien prendiese la medalla en el pecho de quien fue su enemigo.
Se llamaba Luigi Durand La Penne, y era capitán de corbeta de la Armada italiana; un soldado de Mussolini, pues. En 1941, tenía 27 años y nadaba como un pez. Los marineros italianos llevaban claramente las de perder en el teatro de operaciones que les tocó, que fue el Mediterráneo. Allí les tocó lidiar con la segunda armada más poderosa del mundo, la británica, que les dio capones hasta que el tamaño de la cabeza se les dobló. De hecho, los británicos tenían tanto poderío en el Mare Nostrum que aparcaron en la acera de enfrente de Italia, en el puerto de Alejandría, sin que los italianos pudieran echarlos de allí. Entonces a alguien en el ejército fascista se le ocurrió que tal vez la mejor manera de ganarle a un elefante es atacarlo con pulgas. Pulgas como La Penne.
La Reina y sus súbditos tenían dos acorazados en la rada de Alejandría. La guerra también le costaba cosas a los británicos, que habían perdido un acorazado y un portaaviones, así pues guardaban aquellos barcos de guerra como oro en paño. El plan era de película de James Bond: seis submarinistas, dirigidos por La Penne, entrarían en el puerto de Alejandría en minisubmarinos sobre los que montaban como si fuesen ponys (ellos los llamaban cerdos) y, una vez dentro, sabotearían cuantos más navíos pudiesen, mejor.
Cada cerdo era capaz de moverse autónomamente unos 15 kilómetros a una velocidad de dos o tres kilómetros por hora, supongo que estudiada para hacer que los sónares y otros aparatos los confundiesen fácilmente con barracudas, tiburones u otros inquilinos habituales de la mar. En un espacio más bien pequeño (6,5 metros por 50 centímetros) eran capaces de transportar 300 kilos de explosivos.
Era una misión suicida. Lo jodido no es llegar a tres por hora; es tratar de huir a esa velocidad. Eso suponiendo que, tras colocar las cargas en los barcos, no les descubriese alguien y tuviesen que salir nadando.
El 18 de diciembre de 1941, en el submarino Scire que se había colocado en el fondo del mar frente a Alejandría, el equipo se distribuyó el trabajo: La Penne y el contramaestre Emilio Bianchi irían a por el acorazado Valiant; Antonio Marceglia y Spartaco Schergat tratarían de volar el acorazado Queen Elisabeth; y Vincenzo Martelotta y Mario Marino atacarían un petrolero que estaba también en la rada. El plan era que primero estallara el petrolero, a las 5,55 horas, causando un gran incendio; a las 6,05 volaría el Valiant y a las 6,15 el Queen Elisabeth.
El puerto de Alejandría, cosa lógica, estaba protegido con una red metálica. No obstante, aquella noche los seis marinos montados en sus cerdos tuvieron la suerte de que llegaron barcos nuevos, así pues todo lo que tuvieron que hacer fue colocarse a su estela.
La Penne localizó el Valiant. Subió a la superficie, bajo una de sus torres de fuego, desenrollando al tiempo un cable que había de servirle como a Pulgarcito las migas de pan, para volver a su cerdo, que le esperaba abajo en la oscuridad. Cuando regresó a su vehículo, este no arrancaba. Tampoco encontró a Bianchi.
El italiano estaba en el fondo del mar, a unos 30 metros de donde debían quedar las cargas, y estaba solo. Tardó una hora en arrastrar los 300 kilos bajo el agua esos 30 putos metros. Cuando terminó, estaba completamente exhausto.
Subió a la superficie un momento y allí fue, finalmente, divisado por un centinela. Le enviaron una serie de recados de grueso calibre. De la Penne nadó hasta una boya para protegerse. Allí, para su sorpresa, estaba Bianchi. El sistema de respiración de su compañero había fallado, provocando que éste se desmayase bajo el agua. Se despertó en la superficie y nadó hasta la boya, pues no podía volver a bucear. Ambos marinos fueron hechos presos y llevados al Valiant. La Penne fue encerrado en un pañol casi encima de donde calculaba que estaban los explosivos.
Algún tiempo más tarde se oyó como un lejano trueno. Martelotta había hecho los deberes: el petrolero acababa de estallar; aunque fallaron las bombas incendiarias y el fuego no fue muy importante. En ese momento, las prioridades de La Penne cambiaron. Es extraña cosa la guerra. Resulta difícil sostener que hizo lo que hizo por salvarse él, que al fin y al cabo iba a volar con el Valiant, pues desde el primer momento sabía que iba a una misión suicida. Aporreó la puerta hasta que alguien vino y entonces solicitó ver al capitán del barco, Charles Morgan.
Una vez frente a él, se limitó a decirle:
‑Su buque va a volar por los aires en diez minutos. No quiero matar gente innecesariamente.
Preguntado por Morgan, se negó a decirle dónde estaba colocada la carga. Si lo hubiera hecho, le habría tenido que decir que la había dejado suelta, al lado del casco, y con seguridad la reacción de Morgan habría sido sacar el barco por piernas, con lo que el objetivo que La Penne perseguía, que era destruir la nave, no se habría cumplido. Dado que no dio información sobre los explosivos, fue de nuevo encerrado en la bodega.
La explosión se produjo a las 6 de la mañana y seis minutos. De la Penne salió despedido y perdió el sentido. Cuando lo recuperó, salió por el hueco de la puerta de la bodega, donde ya no había puerta. Llegó a la cubierta. Desde allí vio cómo estallaba el Queen Elisabeth.
Lo que siguió a aquel atentado tan sorprendentemente exitoso (seis pavos contra toda una dotación de buques de guerra surtos en un puerto) fue uno de los episodios en el fondo más cachondos de la segunda guerra mundial. Tanto el Valiant como el Queen Elisabeth sufrieron gravísimos daños, especialmente el segundo, pues Marceglia había sido capaz de poner las bombas justo debajo de su sala de máquinas. Sin embargo, dado que el calado del puerto de Alejandría no es gran cosa, los barcos se hundieron, pero dejaron buena parte de sí mismos en la superficie y, lo que es más importante, razonablemente derechos.
En realidad, con aquella acción, Italia quedaba dueña total del Mediterráneo. Así lo sostuvieron muchos expertos al ver las fotos aéreas que tomaron los aviones espía. Sin embargo, el ejército italiano tenía el mismo problema que el alemán: su jefe era un listillo, y no admitía opiniones en contra. Mussolini opinó, contra el parecer de sus almirantes, que aquellos barcos no estaban descojonados, que lo estaban hasta el corvejón, sino plenamente operativos. Por esa razón, dio orden de que los barcos italianos no saliesen de sus bases, por lo que perdieron la ocasión de dominar el mar. Los dos cruceros alejandrinos tardaron cosa de un año en volver a navegar; año durante el cual, por cierto, los ingleses se dedicaron a celebrar fiestas en su cubierta y a aparentar normalidad en la misma, para que Mussolini siguiera pensando que estaban operativos.
Los seis buceadores fueron apresados. De la Penne se escapó un par de veces, pero le pillaron. Fue devuelto a Italia tras terminar la guerra en su país, en 1943. Tuvo tiempo de colaborar con los aliados, sobre todo en la retirada alemana del puerto de La Spezia.
Winston Churchill dijo una vez que la operación de Alejandría fue «un ejemplo singular de valor e ingenio». Pero fue más que eso. Luigi de la Penne salvó aquella noche muchas de las 1.700 vidas que laboraban en el Valiant, y que hubieran desaparecido de permanecer él callado. Fue condecorado por el Estado italiano en 1945. A la ceremonia de la condecoración asistió Charles Morgan, el que fuera comandante del Valiant aquella noche.
Morgan pidió permiso, que le fue concedido, para ser él quien prendiese la medalla en el pecho de quien fue su enemigo.
sábado, mayo 17, 2008
Black Power (y 2)
Por si quieres ver la primera parte
Como escribí al final de mi anterior comentario, el nacionalismo negro nació un poco a partir de la idea del regreso a África; idea, la del origen africano, que ha sido celosamente guardada por los americanos de color quienes, después de muchas generaciones, han querido ser conocidos como afroamericanos, signo éste de lo muy enraizado que está entre ellos este sentimiento. Sin embargo, todos los regresos a África, sin excepción, acabaron en fracasos, motivo por el cual se fue abriendo entre ellos la idea de la autodeterminación o, como diríamos hoy en España, el soberanismo.
Lo cual tampoco es una idea realmente negra. El establecimiento de una especie de colonia negra en el noroeste de los Estados Unidos es una idea que ya manejó el antiesclavista blanco Anthony Bezenet en un folleto que publicó en 1795. A Bezenet, por cierto, no parecía importarle mucho que el territorio adjudicado al futuro Estado negro estuviese ocupado por indios, lo cual demuestra que se puede ser muy progre sin dejar de ser racista. En 1805, otro blanco, Thomas Brannagan, propuso que se trazase una línea desde la frontera de los EEUU civilizados y que, a 2.000 millas de allí, se estableciese el Estado negro. Aquí podemos ver lo mucho que valoraban aquellos blancos la convivencia con los negros pues, para liberarlos, necesitaban poner nada menos de 2.000 millas por medio. De 1817 es la primera declaración propiamente negra, concretamente de un grupo de libertos de Virginia, en el sentido de que su colonia debía establecerse no en África sino en las riberas del río Missouri. Algunos años más tarde, se propuso Texas como el lugar para el Estado negro, quizá porque entonces no era el Estado que es ahora. No creo que a los tejanos de hoy les mole la propuesta. El siglo XIX registra diversos intentos, bastante torpes, de crear el Estado negro en Kansas y Oklahoma.
Cyril V. Briggs es el siguiente activista negro de la lista. Tras la primera guerra mundial, fundó la African Blood Brotherhood, una organización básicamente partidaria de la solución migratoria, pues a Briggs le ponía lo de un Estado negro en África, aunque también asumía que podía ser en América Central o del Sur. Pero Briggs es importante porque es el primer líder negro que acerca la defensa de los negros americanos a la nueva ideología de moda en el siglo XX: el comunismo. Él mismo y otros compañeros como Richard B. Moore, Lovett Fort-Witheman y Otto y Haywood Hall, se hicieron miembros del Partido Comunista Americano, que nació más o menos al mismo tiempo que el español, en 1921. El comunismo dejaría honda huella en el movimiento negro. Otto Hall fue a estudiar a Moscú en 1925 y allí el mismísimo little father Stalin le comió la oreja con que los negros eran una cuestión nacional. Es claro que el líder de la URSS vio en aquella historia una forma de dar por culo al mundo capitalista y, de consuno, en 1928 la Internacional Comunista adoptó oficialmente una postura en apoyo del derecho de autodeterminación de los negros del Cinturón Negro. Cinturón Negro no es aquí ninguna distinción de judoka, sino toda aquella área en la que la población negra fuese netamente mayoritaria.
Moscú, sin embargo, no tenía un compromiso sincero con la autodeterminación. Cuando los comunistas negros avanzaron en la construcción de una ideología que propugnaba la inmediata independencia de los negros, las gentes de Stalin se apresuraron a matizarles que eso era muy prematuro. El comunismo hizo con la independencia negra lo mismo que hizo siempre con todas las ideas atractivas que, por cualquier razón, o sabía que no podían cumplirse o no quería que se cumpliesen: situarlas en un futuro aún por alcanzar. Así, el comunismo negro americano comenzó a defender la idea de que los negros eran tan libres de separarse de los blancos como de decidir no hacerlo hasta que una eventual madurez de la situación permitiese dicha división en condiciones adecuadas.
Eso sí, la impregnación del comunismo en el movimiento negro americano supuso el viraje de éste hacia el punto en que fue, sin duda alguna, más eficiente: la demanda de la igualdad de derechos.
Con todo, no es el comunismo la única filosofía que impactaría en la ideología negra.
En 1888, un activista negro, Edward W. Blyden, escribió un folleto en el que establecía una diferencia de trato hacia los negros entre el cristianismo y el Islam; como nunca he podido dar con el folleto sólo tengo referencias indirectas, así pues no puedo explicar cómo bordeaba Blyden el pequeño asuntillo de que los musulmanes africanos montaron verdaderas factorías de encarcelamiento y venta de negros, lo cual, a mi modo de ver, más que pone en tela de juicio esa presunta comprensión de los mahometanos. Algunas décadas más tarde, en Carolina del Norte, Timothy Drew inicia la moda del cambio de nombre y pasa a llamarse Noble Negro Alí y modifica la típica ideología negra del retorno a África por otra más sutil: el retorno al Islam.
Noble Alí, quien se intitulaba profeta y se colocaba en el escalafón de la divinidad junto a Confucio, Jesús, Buda y Zoroastro, dotó al nacionalismo negro de raíces más valiosas. Sostuvo que en realidad los negros americanos eran originarios de Marruecos y, consecuentemente, herederos de los antiguos moabitas; lo cual les hacía, en sus orígenes, mucho más civilizados y poderosos que los habitantes de lo que hoy conocemos como África Negra. Por ello, Drew Alí, o Noble Negro Alí, dio a los negros una nueva identidad. Su final es un poco rocambolesco o, pensarán algunos, muy americano. Tras años de fundar templos a diestro y siniestro, otro activista, Sheik Claude Greene, vio las posibilidades de la cosa y fundó su propio grupo, también proislam. En la lucha entre las facciones, Greene fue asesinado en 1929, crimen por el que Alí fue acusado y encarcelado. Murió poco después de haber salido bajo fianza.
En 1930 eclosiona en Detroit Wallace D., también conocido como W. D. Fard. Escribió un libro delirante ya en su propio título (Teaching for the Lost Found Nation of Islam in a mathematical way), en el que establecía la teoría de que los negros de Estados Unidos descienden, todos, de una tribu perdida de Shabazz, que fue secuestrada de La Meca 369 años antes. Para liberarse, debían convertirse al Islam, hablar árabe y dedicarse a la astronomía y las matemáticas. El fenómeno Fard desapareció cuatro años después sin que se sepa muy bien ni cómo ni por qué. Eso sí, fue detenido varias veces. Pero su labor fue seguida por Elijah Poole, tuneado al Islam como Elijah Mahoma antes de la desaparición de Fard, y uno de los activistas que más claramente se decanta por la autodeterminación; en sus teorías propugna que les sean entregados a los negros tres o cuatro estados de la Unión, y que el desarrollo de la nación negra sea apoyado por los blancos durante 25 años.
Todo este cóctel de ideas, algunas de ellas un poco delirantes (no tengo tiempo de describiros la cosmogonía de Fard, o sea la historia del niño Yakub, pero es la leche) tenían, no obstante, que llevar las cosas a un punto de madurez y, por decirlo así, profesionalidad. Este paso es el que da Malcolm Little, también conocido como El-Hajj Malik El-Shabazz y, sobre todo, como Malcolm X.
Tras pasar por la cárcel, Malcolm X se convirtió al Islam y se apuntó a la iglesia de Elijah Mahoma. Sin embargo, terminó por distanciarse de él y fundar, en 1964, La Mezquita Musulmana. Peregrinó a La Meca y a África, y fue asesinado a tiros durante un mitin en 1965. La autoría del asesinato de Malcolm X es algo que no está claro; pudo ser la CIA o pudieron ser grupos de negros musulmanes rivales.
Malcolm X, con todas sus incongruencias y tonterías, que las tiene, es el primer líder negro que supera determinados pies forzados que existen, sobre todo, desde Marcus Garvey, y se atreve a blasfemar diciendo que él no distingue entre negros y blancos, sino entre gente que esté por la libertad y la justicia y gente que no. Además, tuvo la inteligencia de ser capaz de integrar las grandes corrientes del nacionalismo negro pues, si bien admitía que la solución más lógica para los negros era la vuelta a África, apostilló que, si los blancos no se atrevían a ello, entonces deberían dejarles un territorio en los propios EEUU para que pudieran vivir sin mezcla.
La principal aportación del Malcolm X, en mi opinión, es dotar al nacionalismo negro de pragmatismo. Quien haya seguido estas líneas y profundice en el tema verá que, entre estos líderes históricos, eran comunes las pajas mentales, los proyectos inalcanzables y las leyendas más propias de las Crónicas de Narnia que de una tertulia política seria. Malcolm rompe con todo eso y, a pesar de que muere prontísimo (no tenía ni 40 años), su evolución es evidente en el sentido de reivindicar cosas tangibles. En los últimos meses de su vida, los discursos de Malcolm X están repletos de demandas como que los políticos que manden sobre los negros sean negros y, sobre todo, la igualdad de derechos. En enero de 1965, en una entrevista televisiva, llegó a decir que ya no creía en el sueño de un Estado negro. «Creo», dijo, «en una sociedad donde la gente pueda vivir como seres humanos sobre la base de la igualdad». De ahí al archifamoso I had a dream de Martin Luther King sólo hay un paso; el nacionalismo negro, en las manos de Malcolm X, se tiñó de posibilismo. Revolucionario, pero posibilismo.
En 1966, en Oakland, California, dos amigos negros, Huey P. Newton y Bobby Seale, fundan el partido de los Panteras Negras. Al principio fueron, básicamente, unos grupos de seguridad local que patrullaban por el guetto de Oakland. Al igual que los mafiosos de la película Donnie Brasco se caracterizan por decir constantemente forget it, los Panteras Negras se caracterizaron por decir constantemente right on, o sea, ahora mismo.
Los Panteras Negras son una mezcla de izquierda radical y soberanismo. Su programa de diez puntos tiene uno fundamental, en el que se exige un referéndum entre los negros, supervisado por la ONU, sobre la autodeterminación; pero luego también habla de vivienda, educación, empleo, etc. Además, el suyo era un programa un tanto etéreo, porque propugnaba el referéndum, pero no decía nada sobre qué hacer según cuál fuese el resultado. Los panteras son una especie de gazpacho del revolucionarismo de Malcolm X (Eldridge Cleaver, uno de sus primeros líderes, era un seguidor suyo), el maoísmo, el castrismo y otras ideas afines; George Murray, uno de sus líderes, definió la ideología del partido como «inspirada en Che Guevara, Malcolm X, Lumumba, Ho Chi Min y Mao Tse-Tung». La suya es una estrategia de agitación guerrillera, motivo por la cual los panteras visten como el activista que se encuentra Forrest Gump al regresar de Vietnam, tocado con una boina y con ropas paramilitares.
Los Panteras Negras olvidan completamente la solución africana. Para ellos, su patria es la América blanca, y allí quieren quedarse. En su actuación, el nacionalismo cede espacio al marxismo-leninismo, pues Newton dijo: «tenemos dos males que combatir: el capitalismo y el racismo; hemos de destruir los dos».
Sobre la dialéctica de los Panteras, copiemos aquí una muestra de cómo Bobby Seale respondió, en una reunión, a una propuesta que no le gustaba: «Vamos a dar una patada en el culo a esos mamones si no se mantienen firmes en su basura y queremos decírselo claramente. Y vamos a darles unos azotes a esos maricas, a esos chicos de escuela si no enderezan su política. Así, queremos hacer saber esto a la SDS [Students for a Democratic Society; organización de negros y blancos que colaboraba con ellos]: que el primer mamón que se desmande, será mejor que se mantenga en línea para cierto tipo de acciones disciplinarias del partido Panteras Negras.»
A lo mejor, si Rajoy utilizase estas maneras, tendría al partido más unido…
Si añadimos a la nómina a Stockely Carmichael (inventor, por cierto, de la expresión Black Power), un Pantera Negra que se escindió para marcharse a África y hacerse pajas con la idea de hacer de Ghana el nuevo Estado afroamericano de la mano del presidente depuesto Kwame Nkrumah, habremos, creo yo, completado una visión a vista de pájaro de estos movimientos nacionalistas que florecieron en los sesenta y que han seguido teniendo diversas expresiones en las últimas décadas.
La relación entre negros y blancos ha seguido siendo muy conflictiva. Quizá el punto más jodido fue el famoso asunto de Rodney King, el negro brutalmente maltratado por la policía californiana y que está en los orígenes de los gravísimos disturbios provocados cuando dichos policías fueron absueltos por los jueces en 1992. También cabe citar otros episodios, como el liderazgo islamista de Louis Farrakan.
De todas formas, el nacionalismo negro siempre tuvo el problema de ser un poco antihistórico. La suya era una ideología fundamentalmente sureña y rural, pero es un hecho que los negros, a lo largo de los últimos cien años, si hay dos cosas que han hecho ha sido irse a vivir al norte y a las grandes ciudades. Asimismo, la aparición de otras minorías, notablemente los asiáticos y los hispanos, han hecho que, de alguna manera, el escalafón del racismo haya corrido, hasta el punto de hacer factible, hoy, que un negro ocupe las más altas magistraturas del Estado; cosa que sigue siendo algo más difícil para estadounidenses llamados Martínez, o Ming, o Jhartevilli.
Además, el nacionalismo negro, tan vinculado al marxismo, ha sufrido sus mismos problemas. Igual que Marx, que tantas cosas previó, no fue capaz de prever que el capitalismo sería capaz de tratar sus propias contradicciones y de darle al proletariado televisores de plasma y vacaciones en Cullera, el nacionalismo negro partía de una base, la dominación blanca, que en parte era incierta. Estados Unidos es, que duda cabe, un país con problemas de racismo; pero cuando en un país se aplica el racismo a lo bestia, como en la Alemania de Hitler o la Sudáfrica de Pik Botha, la colectividad objeto de odio no levanta cabeza ni para mear. En esos países, judíos y negros eran pobres, todos pobres. Barak Obama y su mujer son millonarios. Y no son los únicos. El primer héroe negro de la televisión que recuerdo se llamaba Corey Baker, era hijo de un policía uniformado negro que había muerto y vivía en un pequeño apartamento con su madre. Pero el héroe negro de hoy en día es Will Smith y vive en una mansión que lo flipas, propiedad de un juez negro cuyos hijos estudian en Princeton.
En realidad, eso que podríamos denominar «el experimento Obama» tiene que ver con todo esto y encuentra ahí su significado para quienes no nos jugamos gran cosa, al menos directamente, en las presidenciales americanas. El candidato no ha podido escapar a la atracción del nacionalismo negro. Él mismo tiene un pasado como activista en organizaciones muy inspiradas en las ideas de Malcolm X y que han llegado a defender ideas como que el SIDA fue una especie de guerra biológica inventada por los blancos para diezmar a los negros. Lo cual, en sí, no quiere decir nada, porque las personas, y los políticos lo son, no son necesariamente esclavas de su pasado. Robert Fitzgerald Kennedy fue, como ministro de Justicia, el principal impulsor de un viaje importantísimo de los Estados Unidos hacia la democracia social, la igualdad entre razas y los derechos civiles; años antes, sin embargo, había sido un probo asistente del senador McCarthy, sobre cuyas ideas y actuaciones no creo que haga falta extenderse.
Si Obama gana, y no hemos de olvidar que sólo ha hecho la mitad del camino de momento, para los Estados Unidos, y muy especialmente para su comunidad negra, llegará un momento crucial. Porque, como he pretendido reflejar en estos dos artículos, lo cierto es que la inmensa mayoría de los nacionalistas negros han sido excluyentes. No sólo han sido pronegros; han sido, también, antiblancos. Pero cuando se gobierna casi todo lo que empieza por anti debe dejarse aparte. Eso es, al menos, lo que dice la teoría.
Como escribí al final de mi anterior comentario, el nacionalismo negro nació un poco a partir de la idea del regreso a África; idea, la del origen africano, que ha sido celosamente guardada por los americanos de color quienes, después de muchas generaciones, han querido ser conocidos como afroamericanos, signo éste de lo muy enraizado que está entre ellos este sentimiento. Sin embargo, todos los regresos a África, sin excepción, acabaron en fracasos, motivo por el cual se fue abriendo entre ellos la idea de la autodeterminación o, como diríamos hoy en España, el soberanismo.
Lo cual tampoco es una idea realmente negra. El establecimiento de una especie de colonia negra en el noroeste de los Estados Unidos es una idea que ya manejó el antiesclavista blanco Anthony Bezenet en un folleto que publicó en 1795. A Bezenet, por cierto, no parecía importarle mucho que el territorio adjudicado al futuro Estado negro estuviese ocupado por indios, lo cual demuestra que se puede ser muy progre sin dejar de ser racista. En 1805, otro blanco, Thomas Brannagan, propuso que se trazase una línea desde la frontera de los EEUU civilizados y que, a 2.000 millas de allí, se estableciese el Estado negro. Aquí podemos ver lo mucho que valoraban aquellos blancos la convivencia con los negros pues, para liberarlos, necesitaban poner nada menos de 2.000 millas por medio. De 1817 es la primera declaración propiamente negra, concretamente de un grupo de libertos de Virginia, en el sentido de que su colonia debía establecerse no en África sino en las riberas del río Missouri. Algunos años más tarde, se propuso Texas como el lugar para el Estado negro, quizá porque entonces no era el Estado que es ahora. No creo que a los tejanos de hoy les mole la propuesta. El siglo XIX registra diversos intentos, bastante torpes, de crear el Estado negro en Kansas y Oklahoma.
Cyril V. Briggs es el siguiente activista negro de la lista. Tras la primera guerra mundial, fundó la African Blood Brotherhood, una organización básicamente partidaria de la solución migratoria, pues a Briggs le ponía lo de un Estado negro en África, aunque también asumía que podía ser en América Central o del Sur. Pero Briggs es importante porque es el primer líder negro que acerca la defensa de los negros americanos a la nueva ideología de moda en el siglo XX: el comunismo. Él mismo y otros compañeros como Richard B. Moore, Lovett Fort-Witheman y Otto y Haywood Hall, se hicieron miembros del Partido Comunista Americano, que nació más o menos al mismo tiempo que el español, en 1921. El comunismo dejaría honda huella en el movimiento negro. Otto Hall fue a estudiar a Moscú en 1925 y allí el mismísimo little father Stalin le comió la oreja con que los negros eran una cuestión nacional. Es claro que el líder de la URSS vio en aquella historia una forma de dar por culo al mundo capitalista y, de consuno, en 1928 la Internacional Comunista adoptó oficialmente una postura en apoyo del derecho de autodeterminación de los negros del Cinturón Negro. Cinturón Negro no es aquí ninguna distinción de judoka, sino toda aquella área en la que la población negra fuese netamente mayoritaria.
Moscú, sin embargo, no tenía un compromiso sincero con la autodeterminación. Cuando los comunistas negros avanzaron en la construcción de una ideología que propugnaba la inmediata independencia de los negros, las gentes de Stalin se apresuraron a matizarles que eso era muy prematuro. El comunismo hizo con la independencia negra lo mismo que hizo siempre con todas las ideas atractivas que, por cualquier razón, o sabía que no podían cumplirse o no quería que se cumpliesen: situarlas en un futuro aún por alcanzar. Así, el comunismo negro americano comenzó a defender la idea de que los negros eran tan libres de separarse de los blancos como de decidir no hacerlo hasta que una eventual madurez de la situación permitiese dicha división en condiciones adecuadas.
Eso sí, la impregnación del comunismo en el movimiento negro americano supuso el viraje de éste hacia el punto en que fue, sin duda alguna, más eficiente: la demanda de la igualdad de derechos.
Con todo, no es el comunismo la única filosofía que impactaría en la ideología negra.
En 1888, un activista negro, Edward W. Blyden, escribió un folleto en el que establecía una diferencia de trato hacia los negros entre el cristianismo y el Islam; como nunca he podido dar con el folleto sólo tengo referencias indirectas, así pues no puedo explicar cómo bordeaba Blyden el pequeño asuntillo de que los musulmanes africanos montaron verdaderas factorías de encarcelamiento y venta de negros, lo cual, a mi modo de ver, más que pone en tela de juicio esa presunta comprensión de los mahometanos. Algunas décadas más tarde, en Carolina del Norte, Timothy Drew inicia la moda del cambio de nombre y pasa a llamarse Noble Negro Alí y modifica la típica ideología negra del retorno a África por otra más sutil: el retorno al Islam.
Noble Alí, quien se intitulaba profeta y se colocaba en el escalafón de la divinidad junto a Confucio, Jesús, Buda y Zoroastro, dotó al nacionalismo negro de raíces más valiosas. Sostuvo que en realidad los negros americanos eran originarios de Marruecos y, consecuentemente, herederos de los antiguos moabitas; lo cual les hacía, en sus orígenes, mucho más civilizados y poderosos que los habitantes de lo que hoy conocemos como África Negra. Por ello, Drew Alí, o Noble Negro Alí, dio a los negros una nueva identidad. Su final es un poco rocambolesco o, pensarán algunos, muy americano. Tras años de fundar templos a diestro y siniestro, otro activista, Sheik Claude Greene, vio las posibilidades de la cosa y fundó su propio grupo, también proislam. En la lucha entre las facciones, Greene fue asesinado en 1929, crimen por el que Alí fue acusado y encarcelado. Murió poco después de haber salido bajo fianza.
En 1930 eclosiona en Detroit Wallace D., también conocido como W. D. Fard. Escribió un libro delirante ya en su propio título (Teaching for the Lost Found Nation of Islam in a mathematical way), en el que establecía la teoría de que los negros de Estados Unidos descienden, todos, de una tribu perdida de Shabazz, que fue secuestrada de La Meca 369 años antes. Para liberarse, debían convertirse al Islam, hablar árabe y dedicarse a la astronomía y las matemáticas. El fenómeno Fard desapareció cuatro años después sin que se sepa muy bien ni cómo ni por qué. Eso sí, fue detenido varias veces. Pero su labor fue seguida por Elijah Poole, tuneado al Islam como Elijah Mahoma antes de la desaparición de Fard, y uno de los activistas que más claramente se decanta por la autodeterminación; en sus teorías propugna que les sean entregados a los negros tres o cuatro estados de la Unión, y que el desarrollo de la nación negra sea apoyado por los blancos durante 25 años.
Todo este cóctel de ideas, algunas de ellas un poco delirantes (no tengo tiempo de describiros la cosmogonía de Fard, o sea la historia del niño Yakub, pero es la leche) tenían, no obstante, que llevar las cosas a un punto de madurez y, por decirlo así, profesionalidad. Este paso es el que da Malcolm Little, también conocido como El-Hajj Malik El-Shabazz y, sobre todo, como Malcolm X.
Tras pasar por la cárcel, Malcolm X se convirtió al Islam y se apuntó a la iglesia de Elijah Mahoma. Sin embargo, terminó por distanciarse de él y fundar, en 1964, La Mezquita Musulmana. Peregrinó a La Meca y a África, y fue asesinado a tiros durante un mitin en 1965. La autoría del asesinato de Malcolm X es algo que no está claro; pudo ser la CIA o pudieron ser grupos de negros musulmanes rivales.
Malcolm X, con todas sus incongruencias y tonterías, que las tiene, es el primer líder negro que supera determinados pies forzados que existen, sobre todo, desde Marcus Garvey, y se atreve a blasfemar diciendo que él no distingue entre negros y blancos, sino entre gente que esté por la libertad y la justicia y gente que no. Además, tuvo la inteligencia de ser capaz de integrar las grandes corrientes del nacionalismo negro pues, si bien admitía que la solución más lógica para los negros era la vuelta a África, apostilló que, si los blancos no se atrevían a ello, entonces deberían dejarles un territorio en los propios EEUU para que pudieran vivir sin mezcla.
La principal aportación del Malcolm X, en mi opinión, es dotar al nacionalismo negro de pragmatismo. Quien haya seguido estas líneas y profundice en el tema verá que, entre estos líderes históricos, eran comunes las pajas mentales, los proyectos inalcanzables y las leyendas más propias de las Crónicas de Narnia que de una tertulia política seria. Malcolm rompe con todo eso y, a pesar de que muere prontísimo (no tenía ni 40 años), su evolución es evidente en el sentido de reivindicar cosas tangibles. En los últimos meses de su vida, los discursos de Malcolm X están repletos de demandas como que los políticos que manden sobre los negros sean negros y, sobre todo, la igualdad de derechos. En enero de 1965, en una entrevista televisiva, llegó a decir que ya no creía en el sueño de un Estado negro. «Creo», dijo, «en una sociedad donde la gente pueda vivir como seres humanos sobre la base de la igualdad». De ahí al archifamoso I had a dream de Martin Luther King sólo hay un paso; el nacionalismo negro, en las manos de Malcolm X, se tiñó de posibilismo. Revolucionario, pero posibilismo.
En 1966, en Oakland, California, dos amigos negros, Huey P. Newton y Bobby Seale, fundan el partido de los Panteras Negras. Al principio fueron, básicamente, unos grupos de seguridad local que patrullaban por el guetto de Oakland. Al igual que los mafiosos de la película Donnie Brasco se caracterizan por decir constantemente forget it, los Panteras Negras se caracterizaron por decir constantemente right on, o sea, ahora mismo.
Los Panteras Negras son una mezcla de izquierda radical y soberanismo. Su programa de diez puntos tiene uno fundamental, en el que se exige un referéndum entre los negros, supervisado por la ONU, sobre la autodeterminación; pero luego también habla de vivienda, educación, empleo, etc. Además, el suyo era un programa un tanto etéreo, porque propugnaba el referéndum, pero no decía nada sobre qué hacer según cuál fuese el resultado. Los panteras son una especie de gazpacho del revolucionarismo de Malcolm X (Eldridge Cleaver, uno de sus primeros líderes, era un seguidor suyo), el maoísmo, el castrismo y otras ideas afines; George Murray, uno de sus líderes, definió la ideología del partido como «inspirada en Che Guevara, Malcolm X, Lumumba, Ho Chi Min y Mao Tse-Tung». La suya es una estrategia de agitación guerrillera, motivo por la cual los panteras visten como el activista que se encuentra Forrest Gump al regresar de Vietnam, tocado con una boina y con ropas paramilitares.
Los Panteras Negras olvidan completamente la solución africana. Para ellos, su patria es la América blanca, y allí quieren quedarse. En su actuación, el nacionalismo cede espacio al marxismo-leninismo, pues Newton dijo: «tenemos dos males que combatir: el capitalismo y el racismo; hemos de destruir los dos».
Sobre la dialéctica de los Panteras, copiemos aquí una muestra de cómo Bobby Seale respondió, en una reunión, a una propuesta que no le gustaba: «Vamos a dar una patada en el culo a esos mamones si no se mantienen firmes en su basura y queremos decírselo claramente. Y vamos a darles unos azotes a esos maricas, a esos chicos de escuela si no enderezan su política. Así, queremos hacer saber esto a la SDS [Students for a Democratic Society; organización de negros y blancos que colaboraba con ellos]: que el primer mamón que se desmande, será mejor que se mantenga en línea para cierto tipo de acciones disciplinarias del partido Panteras Negras.»
A lo mejor, si Rajoy utilizase estas maneras, tendría al partido más unido…
Si añadimos a la nómina a Stockely Carmichael (inventor, por cierto, de la expresión Black Power), un Pantera Negra que se escindió para marcharse a África y hacerse pajas con la idea de hacer de Ghana el nuevo Estado afroamericano de la mano del presidente depuesto Kwame Nkrumah, habremos, creo yo, completado una visión a vista de pájaro de estos movimientos nacionalistas que florecieron en los sesenta y que han seguido teniendo diversas expresiones en las últimas décadas.
La relación entre negros y blancos ha seguido siendo muy conflictiva. Quizá el punto más jodido fue el famoso asunto de Rodney King, el negro brutalmente maltratado por la policía californiana y que está en los orígenes de los gravísimos disturbios provocados cuando dichos policías fueron absueltos por los jueces en 1992. También cabe citar otros episodios, como el liderazgo islamista de Louis Farrakan.
De todas formas, el nacionalismo negro siempre tuvo el problema de ser un poco antihistórico. La suya era una ideología fundamentalmente sureña y rural, pero es un hecho que los negros, a lo largo de los últimos cien años, si hay dos cosas que han hecho ha sido irse a vivir al norte y a las grandes ciudades. Asimismo, la aparición de otras minorías, notablemente los asiáticos y los hispanos, han hecho que, de alguna manera, el escalafón del racismo haya corrido, hasta el punto de hacer factible, hoy, que un negro ocupe las más altas magistraturas del Estado; cosa que sigue siendo algo más difícil para estadounidenses llamados Martínez, o Ming, o Jhartevilli.
Además, el nacionalismo negro, tan vinculado al marxismo, ha sufrido sus mismos problemas. Igual que Marx, que tantas cosas previó, no fue capaz de prever que el capitalismo sería capaz de tratar sus propias contradicciones y de darle al proletariado televisores de plasma y vacaciones en Cullera, el nacionalismo negro partía de una base, la dominación blanca, que en parte era incierta. Estados Unidos es, que duda cabe, un país con problemas de racismo; pero cuando en un país se aplica el racismo a lo bestia, como en la Alemania de Hitler o la Sudáfrica de Pik Botha, la colectividad objeto de odio no levanta cabeza ni para mear. En esos países, judíos y negros eran pobres, todos pobres. Barak Obama y su mujer son millonarios. Y no son los únicos. El primer héroe negro de la televisión que recuerdo se llamaba Corey Baker, era hijo de un policía uniformado negro que había muerto y vivía en un pequeño apartamento con su madre. Pero el héroe negro de hoy en día es Will Smith y vive en una mansión que lo flipas, propiedad de un juez negro cuyos hijos estudian en Princeton.
En realidad, eso que podríamos denominar «el experimento Obama» tiene que ver con todo esto y encuentra ahí su significado para quienes no nos jugamos gran cosa, al menos directamente, en las presidenciales americanas. El candidato no ha podido escapar a la atracción del nacionalismo negro. Él mismo tiene un pasado como activista en organizaciones muy inspiradas en las ideas de Malcolm X y que han llegado a defender ideas como que el SIDA fue una especie de guerra biológica inventada por los blancos para diezmar a los negros. Lo cual, en sí, no quiere decir nada, porque las personas, y los políticos lo son, no son necesariamente esclavas de su pasado. Robert Fitzgerald Kennedy fue, como ministro de Justicia, el principal impulsor de un viaje importantísimo de los Estados Unidos hacia la democracia social, la igualdad entre razas y los derechos civiles; años antes, sin embargo, había sido un probo asistente del senador McCarthy, sobre cuyas ideas y actuaciones no creo que haga falta extenderse.
Si Obama gana, y no hemos de olvidar que sólo ha hecho la mitad del camino de momento, para los Estados Unidos, y muy especialmente para su comunidad negra, llegará un momento crucial. Porque, como he pretendido reflejar en estos dos artículos, lo cierto es que la inmensa mayoría de los nacionalistas negros han sido excluyentes. No sólo han sido pronegros; han sido, también, antiblancos. Pero cuando se gobierna casi todo lo que empieza por anti debe dejarse aparte. Eso es, al menos, lo que dice la teoría.
martes, mayo 13, 2008
Black Power (1)
Por si quieres ver la segunda parte
¿Estamos ante un momento histórico? Puede que sí. ¿Tiene realmente posibilidades un político negro de llegar a presidente de los Estados Unidos? Yo creo que sí, aunque también creo que no está la cosa tan fácil como pretenden algunos (y no lo digo por Hilaria, sino por McCain: ¿quién no votaría a un político que se llamase Nocilla o PetitSuisse?). Estamos, desde luego, ante un posible hecho histórico, el final de un camino. Un camino muy largo y muy tortuoso, el de la normalización de la relación entre blancos y negros en los Estados Unidos. Dejadme que hoy, y algún otro día, le dedique unas neuronas a este asunto, visto desde el punto de vista de los negros.
¿Estamos ante un momento histórico? Puede que sí. ¿Tiene realmente posibilidades un político negro de llegar a presidente de los Estados Unidos? Yo creo que sí, aunque también creo que no está la cosa tan fácil como pretenden algunos (y no lo digo por Hilaria, sino por McCain: ¿quién no votaría a un político que se llamase Nocilla o PetitSuisse?). Estamos, desde luego, ante un posible hecho histórico, el final de un camino. Un camino muy largo y muy tortuoso, el de la normalización de la relación entre blancos y negros en los Estados Unidos. Dejadme que hoy, y algún otro día, le dedique unas neuronas a este asunto, visto desde el punto de vista de los negros.
viernes, mayo 09, 2008
El Arco de Triunfo
La legislación vigente en España establece la obligatoriedad de eliminar los signos externos del franquismo. Por muy discutible que sea el concepto, la ley es la ley, ha sido democráticamente votada y, por lo tanto, debería cumplirse; igual que otras, por ejemplo la que establece los signos externos que deberán tener todos los edificios oficiales.
En general, esta obligación normativa obligaría a quitar alguna que otra placa, algún que otro monumento, y muchos cambios de nombres de institutos, ambulatorios, y otro tipo de centros públicos. No obstante, alguna obligación hay cuyo cumplimiento tiene algo más de enjundia. Hoy me quiero referir a uno de estos casos: el Arco de Triunfo de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un arco que, además de símbolo franquista, tiene alguna que otra particularidad como poco curiosa.
Según dicen los expertos, el Arco de Triunfo que ahora, en estricto cumplimiento de la ley, debería ser demolido, es el único en el mundo con una característica: haber sido construido en el mismo campo de batalla que conmemora. Los arcos de triunfo, en efecto, no están ubicados en los lugares donde se ha hecho la guerra, sino en puntos visibles y notables de los caminos y las ciudades. El Arco de la Universitaria, sin embargo, está situado ahí no por otra razón sino porque conmemora la victoria franquista en una de las batallas más largas, sino la más larga, de la guerra civil. Porque en ese frente más o menos marcado por el actual trazado de la A-6, republicanos y franquistas se repartieron hostias durante más de 850 días; lo cual hace que lo de Madrid en 1936-39, sin llegar a ser un asedio, fuese una batalla en toda regla. Cuando se habla de las batallas de la guerra civil, de Belchite, de Brunete o del Ebro, se cita la batalla de Madrid circunscribiéndola a los últimos meses del 36, cuando la ciudad estuvo a punto de caer a manos de los franquistas. Error. 1937 estabilizó el frente de Madrid, pero en modo alguno acabó con él. En las lomas de la ciudad universitaria siguió muriendo un montón de gente.
Como consecuencia, tanto las instalaciones propiamente universitarias como las adyacentes (colegios mayores, Hospital Clínico) quedaron hechos un asco. La universidad no volvió a realizar actividades docentes en aquel lugar hasta 1943, cuatro años después de terminada la guerra.
De 26 de febrero de 1942 data la Junta de la Ciudad Universitaria en la que el ministro de Educación, el ex militante de la CEDA José Ibáñez Martín, encarga a dicha Junta que asimismo encargue el boleto de un gran arco de triunfo a la entrada de las instalaciones. Modesto López Otero hizo un primer proyecto que es básicamente el que conocemos, aunque más pequeñito. Pero la cosa quedó en dibujos.
El Arco de Triunfo de Moncloa es hijo de una situación muy concreta, que es la que revive el proyecto. Hablamos del año 1946, el que muchos consideran el peor momento de Franco. Hitler, inesperadamente para el Caudillo, había perdido su guerra, tras lo cual España y Portugal quedaban como únicas islas fascistoides en una Europa occidental básicamente democrática. Fue entonces cuando se retiraron embajadores y se aisló políticamente al régimen. Ciertamente, yo siempre he sido escéptico sobre el alcance y los objetivos de aquel boicot; por muchas ilusiones que se hiciera la oposición democrática desde sus bases francesas y mexicanas, las potencias europeas estaban derrengadas tras una guerra y por las narices estaban dispuestas a decirle a sus divisiones que se tenían que volver a movilizar para hacer no sé qué en España. Además, hay que tener en cuenta que ahí estaba Estados Unidos, que ya por entonces le debía algún que otro favor al franquismo, y más que le debería pronto. No obstante este juicio, lo cierto es que España, y por España hemos de entender los franquistas, se sintió aislada; y fruto de aquel aislamiento y del cabreo que generó fue la machada de hacer el arco. Es una reacción muy española que se resume con el refrán: si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. ¿Fascista yo? ¡Qué coño fascista! ¡Fascistón!
López Otero, el del primer dibujillo, fue el arquitecto director de la obra, asistido por Pascual Bravo. Con fecha 17 de noviembre de 1948. se remitió el proyecto de cimentación a Luis Bellido quien, como arquitecto de la Junta de Construcciones Civiles, era quien tenía que marcar el proyecto con su nihil obstat. El día 20 le remitieron el proyecto entero del arco. La obra se cimentó en 1950 y tardó cinco años en levantarse. La documentación que he consultado cifra el coste en 8 millones de pesetas, o sea 48.000 euritos de nada.
El arco se asienta sobre una parcela de 130 por 42 metros y tiene 39 de alto. Eso sin contar el flequillo (la cuádriga que compone el grupo escultórico que lo corona), pues caso de sumar tendríamos que poner 5 metros más. Los más observadores de entre quienes por allí pasan o han pasado se habrán dado cuenta de que cada una de las «patas» del arco tiene una puerta. Dentro hay una escalera con seis rellanos que lleva a una sala central, que está en la «ceja» del arco, o sea el espacio que arriba conecta las dos «patas» (¿a que me explico como un niño de cuatro años?).
Es mi apuesta personal que no más allá del 0,01% de los madrileños sabrá que allí arriba hay una sala bien hermosa. O había: la información más moderna que he podido encontrar es de los años setenta del siglo pasado pero, la verdad, dudo mucho que de entonces a ahora haya variado la existencia del lugar.
Moisés de Huerta, José Ortells y los hermanos Arregui fueron los artistas encargados del adorno escultórico de la cosa. Además de las esculturas el arco, como todo arco conmemorativo, tiene sus inscripciones. No obstante, las que tiene no son las que se proyectaron en su momento. Los primeros bocetos preveían que la inscripción del arco diría:
MERITISSIMUS HISPANIAE DUX
FRANCISCUS FRANCO HANC SCIENTIAE
URBEM FURORE BELLICO DIRUTAM
MAFNIFICENTISSIME RESTAURATAM
AMPLIFICAVIT ANNO MCMXLIII
Que viene a decir algo así como que en 1943 la ciudad de la ciencia que había sido escangallada por la guerra fue amplificada y restaurada por el glorioso caudillo español Francisco Franco. Y olé.
En lugar de esta inscripción tan directa, cuando el arco se terminó tenía otras dos placas. Una dice:
ARMIS HIC VICTRICIBUS
MENS IUGITER VICTURA
MUMENTUM HOC
D.D.D.
Y la otra:
MUNIFICENCIA REGIA CONDITA
AB HISPANIOURUM DUCE RESTAURATA
AEDES STUDIORUM MATRITENSIS
FLORESCIT IN CONSPECTU DEI
Esto es, para la primera: «A los ejércitos aquí victoriosos, la inteligencia, que siempre es vencedora, dedicó este monumento». Y la segunda: «Fundada por la generosidad del rey, restaurada por el Caudillo de los españoles, la sede de los estudios matritenses florece en presencia de Dios».
Hay otra característica curiosa de este Arco de Triunfo. Si algún día alguien lo demoliese, para hacer las cosas bien, en mi opinión, debería hacer una cosa antes: inaugurarlo. Porque, ahí donde lo veis, el Arco de Triunfo, al menos en 1971 que es la última información que tengo, no había sido inaugurado oficialmente. Y dudo mucho que lo fuera después. Franco nunca inauguró su monumento. ¿Un síntoma? Pues sí. Entre otras cosas, porque hay más.
Segundo síntoma: las inscripciones que hemos visto. Un texto que citaba expresamente a Francisco Franco es cambiado por dos textos que hablan de él sin citar su nombre y además en ellos se hace acompañar por el rey Alfonso XIII, recordando que, efectivamente, fue dicho rey quien comenzó a construir la Ciudad Universitaria. Además, por virtud de los textos, el Arco, que estaba dedicado a Franco, pasa a estarlo a sus ejércitos.
Tercer síntoma. El proyecto del Arco incluyó, desde el primer momento, que a los pies del monumento se colocaría la estatua ecuestre del Caudillo obra de José Capuz que acabó colocada en Nuevos Ministerios y que ha sido quitada de ahí apenas hace un par de telediarios. Pero esa estatua nunca se colocó. Y siempre se dijo, en su momento, que esto había sido así por expreso deseo del principal beneficiario de la colocación, que no es otro que el señor bajito y regordete que figura en la dicha estatua encima del caballo.
Cuarto síntoma: el proyecto original del arco de triunfo contemplaba la realización en la sala que hay arriba de unos frescos conmemorativos, hemos de imaginar que con retrato de Franco en posición imperial incluido. ¿Se hicieron? No. Ni uno. Tampoco eso, quizá, fue del agrado del Caudillo.
Todo nos lleva a considerar, por lo tanto, que Franco acogió la construcción del Arco con displicencia; que maniobró para que su nombre fuese retirado de la placa conmemorativa; ni siquiera lo inauguró; y que se negó a que su estatua figurase ahí. ¿Cuál puede ser la razón?
Esto es ya terreno de la imaginación. Yo, desde luego, tengo mi teoría.
Ya lo he dicho: el arco se empezó en 1946 y se terminó en 1955. En 1946, España estaba aislada. En 1955, no. En 1946, era un Estado fascista. En 1955, no. En 1946, hasta los toreros tras el paseíllo saludaban brazo en alto. En 1955, no. En 1956, cabe imaginar que Franco y los suyos estaban preparando ya la Ley de Principios del Movimiento que aprobarían en mayo de 1958, ley que suponía la muerte estatal de los famosos puntos programáticos de Falange que había redactado el hasta entonces sacrosanto José Antonio. El discurso pronunciado por Franco ante las Cortes cuando conocieron de esta ley es el primer discurso oficial del Caudillo de cierta importancia en el que ni una sola vez, ni una, citó al fundador de Falange.
Yo creo que a Franco le susurraron al oído. Probablemente, labios que pronunciaban el español con la torpeza propia de los anglosajones. Esos labios le dijeron: «vale, somos amiguitos. Pero mariconadas, las justas, ¿eh?» Y Franco, que era muchas cosas pero de tonto no tenía un pelo, la cazó al vuelo: inaugurar el puto arco, con fanfarria militar, en plan hay que ver cómo les arreamos aquí a los rojos hijos de puta, y mira la placa con mi nombre y mi estatua al pie y toda la pesca, era una machada fascistoide que ya no se podía permitir. Eso es lo que yo creo que pasó.
¿Qué hacer con el arco? Se puede demoler, ciertamente. Aunque no sé si los madrileños estarán muy de acuerdo, básicamente porque las obras del intercambiador del Moncloa han supuesto que en esa zona de Moncloa se les haya estado dando por culo durante varios años; y ponerse ahora a tirar el arquito supondría volver a fornicar la gorrina again. Pero queda otra solución.
En un inteligente artículo de prensa, hace muchos años, el genial Gila proponía que para que no hubiese problemas con las estatuas ecuestres de los dictadores, éstas se hiciesen de forma que la cabeza se esculpiese aparte el resto de la escultura y luego se atornillase. Así no habría habido que quitar la estatua de Nuevos Ministerios. Con haber desatornillado la cabeza y puesto la de otro, (qué otro, es algo que os dejo a la imaginación), listos. Para mi gusto, lo ofensivo del Arco de Triunfo no es el arco, sino las inscripciones. Hablan de un ejército victorioso en unos tiempos en los que el guión va de otra cosa. Yo creo que lo que habría que hacer es cambiar esas inscripciones por otras. Por unos textos que hablasen de reconciliación y de futuro, no de pasado, de rencillas y de caudillajes. Sería un cambio menos traumático y coherente con los tiempos. Pero es, claro, sólo una idea.
En general, esta obligación normativa obligaría a quitar alguna que otra placa, algún que otro monumento, y muchos cambios de nombres de institutos, ambulatorios, y otro tipo de centros públicos. No obstante, alguna obligación hay cuyo cumplimiento tiene algo más de enjundia. Hoy me quiero referir a uno de estos casos: el Arco de Triunfo de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un arco que, además de símbolo franquista, tiene alguna que otra particularidad como poco curiosa.
Según dicen los expertos, el Arco de Triunfo que ahora, en estricto cumplimiento de la ley, debería ser demolido, es el único en el mundo con una característica: haber sido construido en el mismo campo de batalla que conmemora. Los arcos de triunfo, en efecto, no están ubicados en los lugares donde se ha hecho la guerra, sino en puntos visibles y notables de los caminos y las ciudades. El Arco de la Universitaria, sin embargo, está situado ahí no por otra razón sino porque conmemora la victoria franquista en una de las batallas más largas, sino la más larga, de la guerra civil. Porque en ese frente más o menos marcado por el actual trazado de la A-6, republicanos y franquistas se repartieron hostias durante más de 850 días; lo cual hace que lo de Madrid en 1936-39, sin llegar a ser un asedio, fuese una batalla en toda regla. Cuando se habla de las batallas de la guerra civil, de Belchite, de Brunete o del Ebro, se cita la batalla de Madrid circunscribiéndola a los últimos meses del 36, cuando la ciudad estuvo a punto de caer a manos de los franquistas. Error. 1937 estabilizó el frente de Madrid, pero en modo alguno acabó con él. En las lomas de la ciudad universitaria siguió muriendo un montón de gente.
Como consecuencia, tanto las instalaciones propiamente universitarias como las adyacentes (colegios mayores, Hospital Clínico) quedaron hechos un asco. La universidad no volvió a realizar actividades docentes en aquel lugar hasta 1943, cuatro años después de terminada la guerra.
De 26 de febrero de 1942 data la Junta de la Ciudad Universitaria en la que el ministro de Educación, el ex militante de la CEDA José Ibáñez Martín, encarga a dicha Junta que asimismo encargue el boleto de un gran arco de triunfo a la entrada de las instalaciones. Modesto López Otero hizo un primer proyecto que es básicamente el que conocemos, aunque más pequeñito. Pero la cosa quedó en dibujos.
El Arco de Triunfo de Moncloa es hijo de una situación muy concreta, que es la que revive el proyecto. Hablamos del año 1946, el que muchos consideran el peor momento de Franco. Hitler, inesperadamente para el Caudillo, había perdido su guerra, tras lo cual España y Portugal quedaban como únicas islas fascistoides en una Europa occidental básicamente democrática. Fue entonces cuando se retiraron embajadores y se aisló políticamente al régimen. Ciertamente, yo siempre he sido escéptico sobre el alcance y los objetivos de aquel boicot; por muchas ilusiones que se hiciera la oposición democrática desde sus bases francesas y mexicanas, las potencias europeas estaban derrengadas tras una guerra y por las narices estaban dispuestas a decirle a sus divisiones que se tenían que volver a movilizar para hacer no sé qué en España. Además, hay que tener en cuenta que ahí estaba Estados Unidos, que ya por entonces le debía algún que otro favor al franquismo, y más que le debería pronto. No obstante este juicio, lo cierto es que España, y por España hemos de entender los franquistas, se sintió aislada; y fruto de aquel aislamiento y del cabreo que generó fue la machada de hacer el arco. Es una reacción muy española que se resume con el refrán: si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. ¿Fascista yo? ¡Qué coño fascista! ¡Fascistón!
López Otero, el del primer dibujillo, fue el arquitecto director de la obra, asistido por Pascual Bravo. Con fecha 17 de noviembre de 1948. se remitió el proyecto de cimentación a Luis Bellido quien, como arquitecto de la Junta de Construcciones Civiles, era quien tenía que marcar el proyecto con su nihil obstat. El día 20 le remitieron el proyecto entero del arco. La obra se cimentó en 1950 y tardó cinco años en levantarse. La documentación que he consultado cifra el coste en 8 millones de pesetas, o sea 48.000 euritos de nada.
El arco se asienta sobre una parcela de 130 por 42 metros y tiene 39 de alto. Eso sin contar el flequillo (la cuádriga que compone el grupo escultórico que lo corona), pues caso de sumar tendríamos que poner 5 metros más. Los más observadores de entre quienes por allí pasan o han pasado se habrán dado cuenta de que cada una de las «patas» del arco tiene una puerta. Dentro hay una escalera con seis rellanos que lleva a una sala central, que está en la «ceja» del arco, o sea el espacio que arriba conecta las dos «patas» (¿a que me explico como un niño de cuatro años?).
Es mi apuesta personal que no más allá del 0,01% de los madrileños sabrá que allí arriba hay una sala bien hermosa. O había: la información más moderna que he podido encontrar es de los años setenta del siglo pasado pero, la verdad, dudo mucho que de entonces a ahora haya variado la existencia del lugar.
Moisés de Huerta, José Ortells y los hermanos Arregui fueron los artistas encargados del adorno escultórico de la cosa. Además de las esculturas el arco, como todo arco conmemorativo, tiene sus inscripciones. No obstante, las que tiene no son las que se proyectaron en su momento. Los primeros bocetos preveían que la inscripción del arco diría:
MERITISSIMUS HISPANIAE DUX
FRANCISCUS FRANCO HANC SCIENTIAE
URBEM FURORE BELLICO DIRUTAM
MAFNIFICENTISSIME RESTAURATAM
AMPLIFICAVIT ANNO MCMXLIII
Que viene a decir algo así como que en 1943 la ciudad de la ciencia que había sido escangallada por la guerra fue amplificada y restaurada por el glorioso caudillo español Francisco Franco. Y olé.
En lugar de esta inscripción tan directa, cuando el arco se terminó tenía otras dos placas. Una dice:
ARMIS HIC VICTRICIBUS
MENS IUGITER VICTURA
MUMENTUM HOC
D.D.D.
Y la otra:
MUNIFICENCIA REGIA CONDITA
AB HISPANIOURUM DUCE RESTAURATA
AEDES STUDIORUM MATRITENSIS
FLORESCIT IN CONSPECTU DEI
Esto es, para la primera: «A los ejércitos aquí victoriosos, la inteligencia, que siempre es vencedora, dedicó este monumento». Y la segunda: «Fundada por la generosidad del rey, restaurada por el Caudillo de los españoles, la sede de los estudios matritenses florece en presencia de Dios».
Hay otra característica curiosa de este Arco de Triunfo. Si algún día alguien lo demoliese, para hacer las cosas bien, en mi opinión, debería hacer una cosa antes: inaugurarlo. Porque, ahí donde lo veis, el Arco de Triunfo, al menos en 1971 que es la última información que tengo, no había sido inaugurado oficialmente. Y dudo mucho que lo fuera después. Franco nunca inauguró su monumento. ¿Un síntoma? Pues sí. Entre otras cosas, porque hay más.
Segundo síntoma: las inscripciones que hemos visto. Un texto que citaba expresamente a Francisco Franco es cambiado por dos textos que hablan de él sin citar su nombre y además en ellos se hace acompañar por el rey Alfonso XIII, recordando que, efectivamente, fue dicho rey quien comenzó a construir la Ciudad Universitaria. Además, por virtud de los textos, el Arco, que estaba dedicado a Franco, pasa a estarlo a sus ejércitos.
Tercer síntoma. El proyecto del Arco incluyó, desde el primer momento, que a los pies del monumento se colocaría la estatua ecuestre del Caudillo obra de José Capuz que acabó colocada en Nuevos Ministerios y que ha sido quitada de ahí apenas hace un par de telediarios. Pero esa estatua nunca se colocó. Y siempre se dijo, en su momento, que esto había sido así por expreso deseo del principal beneficiario de la colocación, que no es otro que el señor bajito y regordete que figura en la dicha estatua encima del caballo.
Cuarto síntoma: el proyecto original del arco de triunfo contemplaba la realización en la sala que hay arriba de unos frescos conmemorativos, hemos de imaginar que con retrato de Franco en posición imperial incluido. ¿Se hicieron? No. Ni uno. Tampoco eso, quizá, fue del agrado del Caudillo.
Todo nos lleva a considerar, por lo tanto, que Franco acogió la construcción del Arco con displicencia; que maniobró para que su nombre fuese retirado de la placa conmemorativa; ni siquiera lo inauguró; y que se negó a que su estatua figurase ahí. ¿Cuál puede ser la razón?
Esto es ya terreno de la imaginación. Yo, desde luego, tengo mi teoría.
Ya lo he dicho: el arco se empezó en 1946 y se terminó en 1955. En 1946, España estaba aislada. En 1955, no. En 1946, era un Estado fascista. En 1955, no. En 1946, hasta los toreros tras el paseíllo saludaban brazo en alto. En 1955, no. En 1956, cabe imaginar que Franco y los suyos estaban preparando ya la Ley de Principios del Movimiento que aprobarían en mayo de 1958, ley que suponía la muerte estatal de los famosos puntos programáticos de Falange que había redactado el hasta entonces sacrosanto José Antonio. El discurso pronunciado por Franco ante las Cortes cuando conocieron de esta ley es el primer discurso oficial del Caudillo de cierta importancia en el que ni una sola vez, ni una, citó al fundador de Falange.
Yo creo que a Franco le susurraron al oído. Probablemente, labios que pronunciaban el español con la torpeza propia de los anglosajones. Esos labios le dijeron: «vale, somos amiguitos. Pero mariconadas, las justas, ¿eh?» Y Franco, que era muchas cosas pero de tonto no tenía un pelo, la cazó al vuelo: inaugurar el puto arco, con fanfarria militar, en plan hay que ver cómo les arreamos aquí a los rojos hijos de puta, y mira la placa con mi nombre y mi estatua al pie y toda la pesca, era una machada fascistoide que ya no se podía permitir. Eso es lo que yo creo que pasó.
¿Qué hacer con el arco? Se puede demoler, ciertamente. Aunque no sé si los madrileños estarán muy de acuerdo, básicamente porque las obras del intercambiador del Moncloa han supuesto que en esa zona de Moncloa se les haya estado dando por culo durante varios años; y ponerse ahora a tirar el arquito supondría volver a fornicar la gorrina again. Pero queda otra solución.
En un inteligente artículo de prensa, hace muchos años, el genial Gila proponía que para que no hubiese problemas con las estatuas ecuestres de los dictadores, éstas se hiciesen de forma que la cabeza se esculpiese aparte el resto de la escultura y luego se atornillase. Así no habría habido que quitar la estatua de Nuevos Ministerios. Con haber desatornillado la cabeza y puesto la de otro, (qué otro, es algo que os dejo a la imaginación), listos. Para mi gusto, lo ofensivo del Arco de Triunfo no es el arco, sino las inscripciones. Hablan de un ejército victorioso en unos tiempos en los que el guión va de otra cosa. Yo creo que lo que habría que hacer es cambiar esas inscripciones por otras. Por unos textos que hablasen de reconciliación y de futuro, no de pasado, de rencillas y de caudillajes. Sería un cambio menos traumático y coherente con los tiempos. Pero es, claro, sólo una idea.
miércoles, mayo 07, 2008
Chinos
El interés obvio de Berna Wang por este tema, unido a ciertos intereses de máquetin (puesto que el Google Analytics me chiva que jamás ha habido un visionado de este blog desde China) me mueve a escribir estas notas. Es algo sobre lo que he hecho averiguaciones sueltas desde hace años, aunque en realidad es un asunto hasta trivial. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, siempre me ha interesado la cuestión de desde cuándo conviven chinos con nosotros en España.
La respuesta oficial es: desde hace bien poco. El primer censo de población española que se ocupa, que yo sepa, del asunto de los extranjeros, es el censo de 1930, es decir el que se hace en el último año de la monarquía, durante los tormentosos meses del gobierno Berenguer. Los censos, no obstante, tienen el defecto de ocuparse únicamente de los habitantes censados; que no son todos porque siempre son bastantes los que, por variadas razones entre las cuales figuran el despiste y el delito, prefieren que no se sepa dónde están.
El censo de 1930 nos dice que en toda España había 63 chinos: 39 en Barcelona, 11 en Madrid, 6 en Zaragoza; 2 en Pontevedra; y un chino solitario en las provincias de: Cádiz, León, Málaga, Valencia y Vizcaya. De ellos, 52 eran hombres y 11 mujeres. Los datos apuntan algunas cosas extrañas. Por ejemplo: de los 16 chinos casados residentes en España, siempre según el censo, 13 eran hombres y 3 mujeres. Lo cual nos lleva a pensar que:
a) O bien los chinos residentes en España se casaron con españolas, cosa que no pasa ni siquiera hoy en día, a pesar de que en los tiempos modernos por lo menos podrían hablar de fútbol puesto que los chinos saben un huevo.
b) O bien entre los chinos existe la poligamia entre las mujeres, o sea una sola mujer tiene varios maridos.
c) O bien, supuesto más probable, el censo era sólo la punta del iceberg.
Recapitulemos: la presencia china fuera de su país y de su área de influencia es un fenómeno que se inicia en el siglo XIX. El siglo XIX es, en efecto, una época de tremenda inestabilidad política en China, país que entonces se asemeja un poco a la España del siglo XVIII: un otrora imperio que lo flipas, dueño de su mitad del mundo, es para entonces una nación agotada, hecha pedazos por las disputas internas y ciertamente anquilosada. Pu Yi, el último emperador, nos cuenta en las primeras páginas de sus memorias su acceso al trono, y en su relato queda claro cómo aquella China estaba dividida en múltiples facciones, fundamentalmente raciales (pues chinos los hay de muchos tipos, cosa que a nosotros nos alucina; pero es lo cierto que un amigo japonés que tuve hace años no se podía creer que los europeos fuésemos incapaces de distinguir, por ejemplo, un chino Han de un coreano). De hecho, cuando leí el libro, debo confesar que me perdí. Pu maneja tal cantidad de nombres, cada uno con su tendencia y su politiqueo particular, que resulta muy difícil seguir el hilo.
Otro elemento para el cual las memorias de Pu Yi son interesantes, por lo menos para un occidental lego en estas materias como yo, es la descripción del anquilosamiento del régimen chino y de su corte. Nos cuenta, por ejemplo, que el Emperador tenía reservado un color, un tipo de amarillo que nadie más que él podía usar. Nada menos que el amarillo. Los españoles, que tenemos fama de supersticiosos, se lo habríamos cedido con gusto.
Tanto Occidente como la nueva potencia de corte occidental de la zona, es decir el Japón a partir de la llamada Era Meiji, practicaron con China una política de expolio a lo bestia. Siendo China un país ya muy débil cuya clase gobernante, además, se conformaba con que no les echasen de la Ciudad Prohibida y les dejasen permanecer allí con sus eunucos y sus chorradas, Inglaterra, Japón, Estados Unidos y Francia, como principales actores, se dedicaron a explotar las muchas riquezas de la zona, estableciendo status incluso de inmunidad para los foráneos, que no podían ser tocados por la justicia local. Esto generó la reacción ultranacionalista de los boxers y, sobre todo, hambre, mucha hambre. En realidad, los últimos 150 años de la historia de China se resumen, en buena parte, utilizando la palabra hambre.
Sabemos que los chinos que emigraron masivamente en el siglo XIX tuvieron como destino lejano (sobre las emigraciones en la misma Asia confieso que no sé nada) los Estados Unidos. En los EEUU posteriores a su guerra civil hay tres grandes tipos de parias: los irlandeses, los italianos, y los chinos. Italianos eran la mayor parte de los obreros que murieron asfixiados e intoxicados en las obras de los puentes de Nueva York, que se hicieron en condiciones de salubridad hoy totalmente inadmisibles. Y china fue buena parte de los brazos que clavaron al suelo los rieles de las primeras líneas de ferrocarriles.
¿Cuándo llegaron los chinos, más o menos masivamente, a España? No lo sé. Ya digo que, según las estadísticas oficiales, en 1930 dicha emigración aún no se había producido. Sin embargo, de esa misma época he recogido algún testimonio, por ejemplo en los libros del cronista Federico Bravo Morata, de que cuando menos Madrid se llenó de chinos. En algún momento de los años treinta, como digo, y de una forma al parecer súbita e inesperada (cuyos motivos también desconozco, aunque es fácil imaginar que la guerra entre el Kuomingtang y los comunistas algo tendría que ver), en las esquinas del centro de Madrid empezaron a aparecer chinos vendiendo flores. Y no se trató ni de uno ni de dos, porque fue un fenómeno al que la prensa le dedicó crónicas y espacios, por lo cual tuvieron que ser muchos para la época. Menos que hoy, desde luego, porque el Madrid de los años 30 era mucho más pequeño que el actual. Según los mapas que tengo, terminaba al oeste en el Palacio Real, al norte donde hoy están los Nuevos Ministerios, al este más o menos en el eje Francisco Silvela-Doctor Esquerdo, y al sur se desparramaba un poco más pues llegar, llegar, se podría considerar que llegaba hasta el pueblo de Vallecas (entonces pueblo, no parte de Madrid).
De aquella época más o menos podría ser una canción que se hizo relativamente famosa, un dúo cómico que, por lo que sé, solían hacer un español y una española disfrazados de chinos, cuya letra dice:
Cuando te digo, digo, digo china de alma
tú me contestas: chinito de amol.
Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.
Chinita tú, chinito yo.
Chinito tú, chinita yo.
Y nuestro amol así selá
siemple siemple igual.
Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.
Esta canción luego la cantó Fofito en el espectáculo televisivo de Los Payasos; pero por lo que me han contado, la canción es anterior, pienso yo, como he dicho, que quizá de la época de la primera emigración. Quizá vuestras abuelas sepan algo.
Por lo que he podido saber (éste es un asunto, como todos, en el que los conocimientos espero se completen con el tiempo) es entonces, es decir en algún momento entre 1930 y 1935, coincidiendo con la merdé de la guerra civil y la larga marcha y el estreno de Mao Tse Tung en su oficio de asesino en serie, cuando se produce la primera oleada de chinos hacia España.
La guerra civil española generó algunas trazas relacionadas con los chinos que he podido seguir. En publicaciones de aquí y de allá que he ido consultando he encontrado, por ejemplo, la foto de un brigadista internacional chino; tengo noticia de que en la China de Mao hubo muestras de solidaridad con la República (también tengo copia de una foto de una pancarta escrita en español macarrónico y colgada en una calle de Pekín por aquella época), pero no la tengo de que se organizasen brigadas de chinos camino de España. Tengo por más probable que ese chino de la foto sea, en realidad, un chino residente en España.
Otra traza es una noticia de un diario canario en el que, dos o tres días después del golpe de Estado franquista, se publica una lista como de doscientas personas detenidas por su colaboración con la República. Entre un montón de nombres y apellidos españoles aparece la referencia a un chinito que vendía mecheros. Que vendía mecheros, hemos de entender, mientras daba vivas a la República; de otra forma, no se entiende que lo trincaran. Como se ve, por cierto, era costumbre utilizar el diminutivo al referirse a los chinos. Por alguna razón que no acabo de entender, en el lenguaje coloquial español los chinos no son chinos sino chinitos; fenómeno que le ocurre también a las monjas.
A partir de entonces, probablemente, el flujo de chinos hacia Europa en general y España en particular supongo que sería más o menos continuado. En publicaciones inglesas he leído que, cuando menos en el caso de este país, dicha emigración se intensificó desde el momento en que empezaron a tomar cuerpo las negociaciones entre Reino Unido y China para la devolución de Hong-Kong, hecho éste que provocó que algunos residentes en la ex colonia decidiesen cambiar de aires.
Hoy por hoy, los chinos empadronados en España son 95.926. Lo cual nos da una tasa acumulativa del 10% anual, que no está nada mal.
并且这是所有我能告诉您
La respuesta oficial es: desde hace bien poco. El primer censo de población española que se ocupa, que yo sepa, del asunto de los extranjeros, es el censo de 1930, es decir el que se hace en el último año de la monarquía, durante los tormentosos meses del gobierno Berenguer. Los censos, no obstante, tienen el defecto de ocuparse únicamente de los habitantes censados; que no son todos porque siempre son bastantes los que, por variadas razones entre las cuales figuran el despiste y el delito, prefieren que no se sepa dónde están.
El censo de 1930 nos dice que en toda España había 63 chinos: 39 en Barcelona, 11 en Madrid, 6 en Zaragoza; 2 en Pontevedra; y un chino solitario en las provincias de: Cádiz, León, Málaga, Valencia y Vizcaya. De ellos, 52 eran hombres y 11 mujeres. Los datos apuntan algunas cosas extrañas. Por ejemplo: de los 16 chinos casados residentes en España, siempre según el censo, 13 eran hombres y 3 mujeres. Lo cual nos lleva a pensar que:
a) O bien los chinos residentes en España se casaron con españolas, cosa que no pasa ni siquiera hoy en día, a pesar de que en los tiempos modernos por lo menos podrían hablar de fútbol puesto que los chinos saben un huevo.
b) O bien entre los chinos existe la poligamia entre las mujeres, o sea una sola mujer tiene varios maridos.
c) O bien, supuesto más probable, el censo era sólo la punta del iceberg.
Recapitulemos: la presencia china fuera de su país y de su área de influencia es un fenómeno que se inicia en el siglo XIX. El siglo XIX es, en efecto, una época de tremenda inestabilidad política en China, país que entonces se asemeja un poco a la España del siglo XVIII: un otrora imperio que lo flipas, dueño de su mitad del mundo, es para entonces una nación agotada, hecha pedazos por las disputas internas y ciertamente anquilosada. Pu Yi, el último emperador, nos cuenta en las primeras páginas de sus memorias su acceso al trono, y en su relato queda claro cómo aquella China estaba dividida en múltiples facciones, fundamentalmente raciales (pues chinos los hay de muchos tipos, cosa que a nosotros nos alucina; pero es lo cierto que un amigo japonés que tuve hace años no se podía creer que los europeos fuésemos incapaces de distinguir, por ejemplo, un chino Han de un coreano). De hecho, cuando leí el libro, debo confesar que me perdí. Pu maneja tal cantidad de nombres, cada uno con su tendencia y su politiqueo particular, que resulta muy difícil seguir el hilo.
Otro elemento para el cual las memorias de Pu Yi son interesantes, por lo menos para un occidental lego en estas materias como yo, es la descripción del anquilosamiento del régimen chino y de su corte. Nos cuenta, por ejemplo, que el Emperador tenía reservado un color, un tipo de amarillo que nadie más que él podía usar. Nada menos que el amarillo. Los españoles, que tenemos fama de supersticiosos, se lo habríamos cedido con gusto.
Tanto Occidente como la nueva potencia de corte occidental de la zona, es decir el Japón a partir de la llamada Era Meiji, practicaron con China una política de expolio a lo bestia. Siendo China un país ya muy débil cuya clase gobernante, además, se conformaba con que no les echasen de la Ciudad Prohibida y les dejasen permanecer allí con sus eunucos y sus chorradas, Inglaterra, Japón, Estados Unidos y Francia, como principales actores, se dedicaron a explotar las muchas riquezas de la zona, estableciendo status incluso de inmunidad para los foráneos, que no podían ser tocados por la justicia local. Esto generó la reacción ultranacionalista de los boxers y, sobre todo, hambre, mucha hambre. En realidad, los últimos 150 años de la historia de China se resumen, en buena parte, utilizando la palabra hambre.
Sabemos que los chinos que emigraron masivamente en el siglo XIX tuvieron como destino lejano (sobre las emigraciones en la misma Asia confieso que no sé nada) los Estados Unidos. En los EEUU posteriores a su guerra civil hay tres grandes tipos de parias: los irlandeses, los italianos, y los chinos. Italianos eran la mayor parte de los obreros que murieron asfixiados e intoxicados en las obras de los puentes de Nueva York, que se hicieron en condiciones de salubridad hoy totalmente inadmisibles. Y china fue buena parte de los brazos que clavaron al suelo los rieles de las primeras líneas de ferrocarriles.
¿Cuándo llegaron los chinos, más o menos masivamente, a España? No lo sé. Ya digo que, según las estadísticas oficiales, en 1930 dicha emigración aún no se había producido. Sin embargo, de esa misma época he recogido algún testimonio, por ejemplo en los libros del cronista Federico Bravo Morata, de que cuando menos Madrid se llenó de chinos. En algún momento de los años treinta, como digo, y de una forma al parecer súbita e inesperada (cuyos motivos también desconozco, aunque es fácil imaginar que la guerra entre el Kuomingtang y los comunistas algo tendría que ver), en las esquinas del centro de Madrid empezaron a aparecer chinos vendiendo flores. Y no se trató ni de uno ni de dos, porque fue un fenómeno al que la prensa le dedicó crónicas y espacios, por lo cual tuvieron que ser muchos para la época. Menos que hoy, desde luego, porque el Madrid de los años 30 era mucho más pequeño que el actual. Según los mapas que tengo, terminaba al oeste en el Palacio Real, al norte donde hoy están los Nuevos Ministerios, al este más o menos en el eje Francisco Silvela-Doctor Esquerdo, y al sur se desparramaba un poco más pues llegar, llegar, se podría considerar que llegaba hasta el pueblo de Vallecas (entonces pueblo, no parte de Madrid).
De aquella época más o menos podría ser una canción que se hizo relativamente famosa, un dúo cómico que, por lo que sé, solían hacer un español y una española disfrazados de chinos, cuya letra dice:
Cuando te digo, digo, digo china de alma
tú me contestas: chinito de amol.
Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.
Chinita tú, chinito yo.
Chinito tú, chinita yo.
Y nuestro amol así selá
siemple siemple igual.
Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.
Esta canción luego la cantó Fofito en el espectáculo televisivo de Los Payasos; pero por lo que me han contado, la canción es anterior, pienso yo, como he dicho, que quizá de la época de la primera emigración. Quizá vuestras abuelas sepan algo.
Por lo que he podido saber (éste es un asunto, como todos, en el que los conocimientos espero se completen con el tiempo) es entonces, es decir en algún momento entre 1930 y 1935, coincidiendo con la merdé de la guerra civil y la larga marcha y el estreno de Mao Tse Tung en su oficio de asesino en serie, cuando se produce la primera oleada de chinos hacia España.
La guerra civil española generó algunas trazas relacionadas con los chinos que he podido seguir. En publicaciones de aquí y de allá que he ido consultando he encontrado, por ejemplo, la foto de un brigadista internacional chino; tengo noticia de que en la China de Mao hubo muestras de solidaridad con la República (también tengo copia de una foto de una pancarta escrita en español macarrónico y colgada en una calle de Pekín por aquella época), pero no la tengo de que se organizasen brigadas de chinos camino de España. Tengo por más probable que ese chino de la foto sea, en realidad, un chino residente en España.
Otra traza es una noticia de un diario canario en el que, dos o tres días después del golpe de Estado franquista, se publica una lista como de doscientas personas detenidas por su colaboración con la República. Entre un montón de nombres y apellidos españoles aparece la referencia a un chinito que vendía mecheros. Que vendía mecheros, hemos de entender, mientras daba vivas a la República; de otra forma, no se entiende que lo trincaran. Como se ve, por cierto, era costumbre utilizar el diminutivo al referirse a los chinos. Por alguna razón que no acabo de entender, en el lenguaje coloquial español los chinos no son chinos sino chinitos; fenómeno que le ocurre también a las monjas.
A partir de entonces, probablemente, el flujo de chinos hacia Europa en general y España en particular supongo que sería más o menos continuado. En publicaciones inglesas he leído que, cuando menos en el caso de este país, dicha emigración se intensificó desde el momento en que empezaron a tomar cuerpo las negociaciones entre Reino Unido y China para la devolución de Hong-Kong, hecho éste que provocó que algunos residentes en la ex colonia decidiesen cambiar de aires.
Hoy por hoy, los chinos empadronados en España son 95.926. Lo cual nos da una tasa acumulativa del 10% anual, que no está nada mal.
并且这是所有我能告诉您
domingo, mayo 04, 2008
El 68 y su vigencia
En los días de este pasado puente de mayo se han cumplido cuarenta años del denominado como Mayo del 68. Fue ésta una rebelión que en realidad comenzó algunas semanas antes y consistió en una movida estudiantil en institutos y universidades que, sin embargo, en mayo llegó a la radicalización máxima y, durante algunos días, tuvo en jaque al sistema político francés. La clave que hizo que las barricadas en París tomasen un aspecto claramente revolucionario fue la decisión de no pocas organizaciones obreras de unirse a la movilización, con lo que lo que en un principio era solamente una protesta estudiantil se convirtió en una protesta conjunta de todos quienes estaban en contra del sistema gaullista.
Por algún momento, el Mayo del 68 pudo pensar en triunfar. En no pocas jornadas de aquel mes tan agitado, tanto las fuerzas del orden como las fuerzas de orden llevaron las de perder. Finalmente, sin embargo, quedó demostrado que no pocas revoluciones son pendulares: tan pronto el péndulo está en un lado como en el otro. Las fuerzas moderadas, es decir los representantes de la clase media francesa ya entonces mayoritaria, acabaron reaccionando ante la deriva de las movilizaciones. Se produjeron manifestaciones en pro del orden y la concordia, manifestaciones al frente de las cuales se situaron personajes otrora símbolos precisamente de la alternativa como el escritor André Malraux, testigo de la guerra civil española. Finalmente, el pacto de los políticos con las organizaciones obreras terminó por desinflar en movimiento.
En este artículo me gustaría desgranar algunas reflexiones sobre la vigencia de Mayo del 68 o, lo que es lo mismo, de eso que se ha dado en llamar Los Sesenta. Debe de ser así porque yo al menos soy de una generación que ha crecido magnificando aquellos años como si fuesen una época notablemente creativa que luego ya no se ha repetido. Es algo, por ejemplo, que se dice mucho de la música: los sesenta son los años de los Beatles y del festival de Woodstock, y quienes admiran ambas cosas suelen decir que, después, la música no ha vuelto a ser creativa. Lo mismo piensan muchos de la política.
Eso sí, lo primero que me gustaría comentar es que para los españoles, precisamente por serlo, Mayo del 68 es algo relativamente lejano. Nosotros no lo vivimos, y porque no lo vivimos hubo un tiempo, yo no sé si sigue siendo así, en el que todo dios que fuese mínimamente de izquierdas y tuviese edad suficiente como para ser creíble se tiraba el moco de que había estado en París en Mayo del 68. Lo contrario o verdadero, es decir reconocer que, en aquel mes y en aquel año, uno estaba en Madrid, en Barcelona o en Teruel, venía a equivaler a reconocer que no tuvo ni puta idea de lo que ocurrió. No se trata exactamente de que la censura no dejase informar sobre los sucesos de París; los periódicos hablaron, y mucho, de Mayo del 68. Pero el régimen franquista hizo un uso parcial de los hechos, reflejando de ellos sólo su aspecto de anarquía, de modo y forma que los postulados básicos de aquella breve revolución, por lo menos para aquéllos que se informaron sobre la misma a través de la prensa española, quedaron ignotos.
Lo cierto es que, en España, hubo un mayo del 68, aunque de distinto origen. Para el día 1 de mayo de 1968, o sea 24 horas antes de que estallasen los sucesos de París, el Partido Comunista de España convocó una jornada de lucha que ya había intentado en octubre del año anterior, aunque con escaso éxito. La jornada de lucha se diseñó en tres días:
- Al terminar la jornada laboral del 30 de abril, se debían realizar paros y ocupaciones de fábricas, que terminarían con manifestaciones en el centro de las grandes ciudades.
- Para el 1 de mayo, debía celebrarse una manifestación en la Gran Vía de Madrid y en otras ciudades.
- El día 2 debían repetirse los paros en las fábricas para exigir la liberación de los detenidos que con seguridad se habrían producido en las jornadas anteriores.
La jornada de lucha, sin embargo, fue un desastre. En los años del posfranquismo se repitió mucho la leyenda urbana de que Franco, cada 1 de mayo (día laborable, pues suprimió la festividad), hacía que jugasen el Real Madrid y el Barcelona para restar adeptos a las manifestaciones. Verdaderamente, en buena parte es una leyenda urbana, además bastante gilipollas: un dictador que es capaz de borrar de un plumazo su oposición con un puto partido de fútbol no es que sea un dictador; es que no tiene oposición. Sin embargo, esta leyenda, como todas, tiene su parte de verdad: por casualidad o no, lo cierto es que el 1 de mayo de 1968, la selección española y la de Suecia se enfrentaron en Malmö, en partido televisado que tuvo a muchos españolitos pegados al televisor.
En realidad, los problemas serios del franquismo casi comenzaron en aquel año de 1968, pero no por el flanco que esperaban los comunistas, que lideraban el antifranquismo. Lejos de ser las fábricas el epicentro del antifranquismo, lo fue la universidad. En enero de 1969, al tercer día de interrogatorio policial del estudiante Enrique Ruano, éste se «suicidó» tirándose por la ventana. Vieja táctica ésta de la policía franquista; baste con recordar a Julián Grimau, el cual, detenido en la Dirección General de Seguridad, intentó también «suicidarse» lanzándose desde la ventana de un segundo piso en extrañísimas circunstancias (tan extrañísimas que llevan a la práctica convicción de que «fue suicidado», aunque sin éxito; algunas semanas después, el pelotón de fusilamiento remataría la faena).
Al presunto suicidio siguieron unos disturbios estudiantiles de la caraba. En Barcelona, una turba de estudiantes enfervorecidos entró por la fuerza en el rectorado de la universidad e intentó tirar al rector por la ventana, es de suponer que entendiendo que, si se mataba, el No-do informaría de que se había «suicidado». Otro grupo de estudiantes asaltó la sede del periódico ABC, el cual había publicado que Ruano estaba loco. Dos banderas con crespones negros, una roja y otra republicana, fueron izadas en la Complutense ante una multitud de varios miles de estudiantes vociferantes. Algunos meses antes, dos premios Nobel franceses, los profesores Lwof y Monod, habían rechazado ser investidos doctores Honoris Causa por la universidad madrileña a causa de las brutalidades policiales contra los estudiantes. Al producirse estos incidentes (y su correspondiente represión), el 15 de enero se anunciaba la publicación de un manifiesto, o más bien habría que decir un macromanifiesto, contra las brutalidades policiales para con estudiantes y detenidos políticos, firmado por 1.300 personas. Más de un millar de españoles que se atrevían a desafiar al franquismo a cara descubierta y, para colmo, liderados por un cura: el abad de Montserrat, monseñor Just, primer firmante.
El otro flanco que hasta entonces no había previsto en antifranquismo fue la violencia etarra. En junio de 1968 muere un guardia civil en Villabona y, apenas dos horas más tarde, la guardia civil mata a cuatro kilómetros del lugar del suceso a un militante de ETA, Javier Echevarrieta. Esta muerte genera un rosario de funerales por el alma del etarra que son duramente reprimidos por la policía y por fuerzas parapoliciales: la Guardia de Franco realiza un ataque en toda regla al monasterio benedictino de Lazcano.
El 2 de agosto de aquel año, ETA comienza su cuenta siniestra: el jefe de la brigada político-social de Guipúzcoa, el comisario Melitón Manzanas, muere tiroteado por la organización.
Conclusión: a principios de 1969, con ETA dando sus primeros coletazos, la universidad intentando tirar a los rectores por la ventana y los obreros realizando más de 450 huelgas casi simultáneas, Franco toma una decisión histórica: por primera vez desde el final de la guerra, decreta el estado de excepción en todo el territorio nacional.
Nada o casi nada de esto, sin embargo, tiene que ver con Mayo del 68. Las cosas que ocurrieron en España en aquel año ocurrieron entonces porque determinadas situaciones, sobre todo la madurez de los movimientos sindical y estudiantil, había llegado a su punto; y eso no guarda relación con lo ocurrido en Francia. Lo ocurrido en Francia era consecuencia de una reacción contra un orden de cosas representado por hitos como la guerra de Vietnam, asuntos que no estaban en la agenda de reflexiones de nuestros políticos patrios, unos porque eran falangistas de libro, y los otros porque bastante tenían con lo suyo.
¿Qué nos ha quedado de Mayo del 68? Es éste un hecho absolutamente opinable sobre el cual yo me voy a limitar, por lo tanto, a opinar. Cada uno tiene su análisis y éste es, tan sólo, el mío.
Una por una, las herencias de aquel movimiento.
La alternativa al capitalismo. Mayo del 68 es claramente hijo de un modo de reflexión que defiende una alternativa al sistema capitalista de los regímenes, llamémosles liberal-parlamentarios (y digo llamémosles porque es una visión muy limitada: el franquismo no fue liberal, mucho menos parlamentario, y no por ello dejó de ser capitalista). Pero es hijo de un momento en el que dicha alternativa está clara: el sistema soviético. Mayo del 68 no es un movimiento comunista, pero sí un movimiento que despertó notables simpatías dentro del comunismo (sobre todo del occidental) y que se hermana con otros movimientos sociopolíticos de la época, como la autodeterminación de la población negra estadounidense, que habían sido ampliamente defendidos por los comunistas. Parte de la fuerza de este movimiento como alternativa está en la sensación de que la alternativa existe; y, consecuentemente, conforme en los años posteriores la alternativa se fue desinflando, hasta derrumbarse literalmente en 1989, dicha fuerza fue perdiéndose. Los actualmente denominados movimientos antisistema con claramente herederos de Mayo del 68; sin embargo, tienen en el problema de que no tienen alternativa que señalar, lo cual los hace mucho más difusos.
A todo esto hay que añadir que, paradójicamente, el 68, que para algunos podría ser el momento de apogeo en la influencia del comunismo en el mundo no comunista, fue el principio del fin para la misma. En agosto de 1968, la URSS aplastó la llamada Primavera de Praga, acción con la que los jerifaltes soviéticos dejaron claro lo que pensaban de la democracia y la autodeterminación de los pueblos de su esfera.
La teoría de la igualdad. Ésta es, sin ningún lugar a dudas, la principal y más duradera herencia de Mayo del 68. Aunque los regímenes burgueses vencieron sobre aquellas tentativas, claramente decidieron tratar de fagocitarlas, al menos en parte, para evitar nuevas rebeliones. La generalización de derechos como el aborto, las políticas de igualdad sexual, etc., son evidentes hijas de esa política; aunque en modo alguno son luchas nuevas que nacen entonces. A mi modo de ver, es especialmente erróneo sostener que Mayo del 68 inventó el Estado del Bienestar, porque el Estado del Bienestar existe en muchos países, en diversas formas que se han ido perfeccionando, más o menos desde la posguerra mundial, es decir los años en los que los activistas del 68 estaban aún naciendo o en proyecto. Lo que sí está claro es que marcó el camino de su crecimiento y perfeccionamiento. Quizá el ámbito donde esta influencia sesentayochesca ha sido peor es el ámbito de la educación: la repulsión hacia todo lo que pueda oler a discriminación llevó a crear escuelas en las que, primero, las personas menos dotadas intelectualmente notaban menos esa presión; y, después, simple y llanamente se convirtieron en el paraíso de los vagos.
Cabe decir, de todas formas, que sin los movimientos de los sesenta, éste sería otro mundo; y sería peor. Sería un mundo con menos servicios públicos, con menos derechos sociales, con menos protección a la infancia, un mundo más dogmático y rígido, más cabrón.
La nueva moral: el 68, los Sesenta, el movimiento hippie, defienden una nueva moral, basada en el amor libre y la total decisión sobre el propio cuerpo. Es una reacción lógica contra la moral religiosa (de muchas religiones) que hace del hombre una especie de inquilino de sí mismo sin derecho a decidir sobre cómo saciar sus pulsiones y necesidades, derecho que retiene el Supremo Casero. En consecuencia, el 68 libera a una porción muy concreta de la sociedad, la juventud, que de toda la vida de Dios ha ido por ahí echando polvos contra las tapias, pero que ahora reivindica su puesto en la sociedad y reivindica su placer y su libertad.
La del 68 es la moral imperante de hoy en día. Los padres que son incapaces de decirle ni media palabra a su hijo adolescente que llega a casa a las seis de la mañana no hacen sino ser coherentes: ellos crecieron reivindicando un mundo en el que ellos, adolescentes entonces, se creían capaces de autorregular su vida sin imposiciones de nadie y, consecuentemente, han de aceptar esa relación de cosas. Si el cambio es bueno o malo es algo que, a mi modo de ver, es pronto para saber; creo que cuando la actual generación joven tenga hijos, hipotecas, obligaciones y mucho menos pelo, será cuando comience a verse en el largo plazo (que es cuando se ven estas cosas) cuáles han sido las consecuencias. Sin embargo, hay dos o tres cosas en las que el buenismo naïve de los Sesenta, a mi modo de ver, la ha cagado. Porque la teoría decía que eran las represiones sexuales las que impedían el adecuado desarrollo de las personas en este terreno; hoy tenemos otro mundo, un montón de información y esas cosas, y seguimos teniendo embarazos adolescentes, personas sexualmente desinformadas a miles, violadores, pederastas y machistas que queman vivas a sus mujeres. Incluso tenemos tantos que les tenemos que levantar juzgados especiales para enchironarlos a todos.
Sobre la tremenda cagada de pretender que el LSD, la maría y la farlopa eran inocuas y hasta buenas para el colesterol, me parece que hay muy poco que decir.
El pacifismo: otro elemento en el que el 68 está muertito. Los Sesenta surgen en buena medida por oposición a la guerra de Vietnam. Pero la guerra de Vietnam sólo paró cuando los dos púgiles que estaban sobre el ring decidieron que estaban hasta los huevos de darse hostias; y luego, por supuesto, siguió habiendo guerras, preventivas y preservativas, justas e injustas. Visto desde Ámsterdam, podría parecer que, en efecto, el 68 triunfó, porque es obvio que Europa es hoy territorio ampliamente pacifista; pero el mundo no se acaba en los polders de Holanda; mucho más allá hay lugares como Darfur o las barriadas tutsis o Kampuchea, donde creo que no están tan de acuerdo con la idea.
La huella cultural. El trazo cultural de los Sesenta es innegable. Entre otras cosas porque incluso algunos de sus grandes santones siguen por ahí dando guerra. Nuestra cultura actual, para bien o para mal, es hija de aquellos años, de la psicodelia, de los beatnicks, del realismo mágico, de un montón de cosas de aquel entonces. De la misma forma que el joven Gabriel García Márquez soñaba en París con saludar a Ernest Hemingway, muchos de los creadores de aquella época (entre ellos el propio Márquez) son hoy los sumos sacerdotes respetados y admirados. Se podría discutir sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina; es decir, si la novedad en el pensamiento y en las formas impulsó las nuevas filosofías políticas, o las nuevas filosofías políticas crearon las nuevas formas de pensamiento y creación. Pero es una discusión inútil, porque es imposible llegar a conclusión cierta alguna.
Esto es especialmente claro en el caso de la música. Los padres de las personas de mi generación hicieron casi todos la misma profecía cuando nosotros éramos unos críos. Nos juraron que cuando fuésemos mayores ya nadie se acordaría de Los Beatles (en mi caso, mi padre apostillaba: «y sí de Mozart»). Para cabreo de mi padre, que llegó a vivirlo, en los tiempos actuales la mayor parte de la gente que recuerda a Mozart lo recuerda por una película en la que se lo retrata de pajillas y vivalavirgen (cosa que probablemente era); y los discos de Los Beatles se venden a millones. Uno pone por la mañana cualquier radiofórmula mientras camina hacia el trabajo y lo más normal es que, día sí día también, le pongan el Hotel California. La pregunta es: ¿se escuchará a Melendi, El Canto del Loco o incluso a U2 en el 2040?
Las nuevas relaciones internacionales. Mayo del 68 y otros movimientos afines se hicieron, entre otras cosas, para generar un mundo distinto y mejor. Mucha gente cree que la solidaridad internacional hacia los países más desfavorecidos es hija de aquella filosofía; yo soy más bien escéptico en este punto, pues a mí la solidaridad internacional me parece más una consecuencia lógica de la descolonización, que es un proceso que en los años sesenta llevaba ya décadas en marcha. En todo caso, creo que los cambios aquí han sido mínimos, entre otras cosas porque los movimientos de Los Sesenta adolecieron del mismo pecado que los actuales movimientos antiglobalización: certeros a la hora de criticar lo existente, difusos a la hora de definir lo que debería existir en su lugar. Resulta tan difícil sostener que la invasión de Irak fue más legítima que la intervención americana en Vietnam que la tentación es a reconocer que, en este punto, las cosas han cambiado entre nada y absolutamente nada; pero conste que ni siquiera está claro hacia dónde tenían que haber cambiado.
¿Y las famosas máximas sobre La Imaginación al Poder o Prohibido Prohibir? Pues no me siento capaz de comentar si creo que siguen vigentes. Básicamente, porque nunca las he entendido muy bien, especialmente la segunda, que siempre he reputado una estupidez del cuarenta y dos y medio, con trienios por devengo y balcones a la calle.
Por algún momento, el Mayo del 68 pudo pensar en triunfar. En no pocas jornadas de aquel mes tan agitado, tanto las fuerzas del orden como las fuerzas de orden llevaron las de perder. Finalmente, sin embargo, quedó demostrado que no pocas revoluciones son pendulares: tan pronto el péndulo está en un lado como en el otro. Las fuerzas moderadas, es decir los representantes de la clase media francesa ya entonces mayoritaria, acabaron reaccionando ante la deriva de las movilizaciones. Se produjeron manifestaciones en pro del orden y la concordia, manifestaciones al frente de las cuales se situaron personajes otrora símbolos precisamente de la alternativa como el escritor André Malraux, testigo de la guerra civil española. Finalmente, el pacto de los políticos con las organizaciones obreras terminó por desinflar en movimiento.
En este artículo me gustaría desgranar algunas reflexiones sobre la vigencia de Mayo del 68 o, lo que es lo mismo, de eso que se ha dado en llamar Los Sesenta. Debe de ser así porque yo al menos soy de una generación que ha crecido magnificando aquellos años como si fuesen una época notablemente creativa que luego ya no se ha repetido. Es algo, por ejemplo, que se dice mucho de la música: los sesenta son los años de los Beatles y del festival de Woodstock, y quienes admiran ambas cosas suelen decir que, después, la música no ha vuelto a ser creativa. Lo mismo piensan muchos de la política.
Eso sí, lo primero que me gustaría comentar es que para los españoles, precisamente por serlo, Mayo del 68 es algo relativamente lejano. Nosotros no lo vivimos, y porque no lo vivimos hubo un tiempo, yo no sé si sigue siendo así, en el que todo dios que fuese mínimamente de izquierdas y tuviese edad suficiente como para ser creíble se tiraba el moco de que había estado en París en Mayo del 68. Lo contrario o verdadero, es decir reconocer que, en aquel mes y en aquel año, uno estaba en Madrid, en Barcelona o en Teruel, venía a equivaler a reconocer que no tuvo ni puta idea de lo que ocurrió. No se trata exactamente de que la censura no dejase informar sobre los sucesos de París; los periódicos hablaron, y mucho, de Mayo del 68. Pero el régimen franquista hizo un uso parcial de los hechos, reflejando de ellos sólo su aspecto de anarquía, de modo y forma que los postulados básicos de aquella breve revolución, por lo menos para aquéllos que se informaron sobre la misma a través de la prensa española, quedaron ignotos.
Lo cierto es que, en España, hubo un mayo del 68, aunque de distinto origen. Para el día 1 de mayo de 1968, o sea 24 horas antes de que estallasen los sucesos de París, el Partido Comunista de España convocó una jornada de lucha que ya había intentado en octubre del año anterior, aunque con escaso éxito. La jornada de lucha se diseñó en tres días:
- Al terminar la jornada laboral del 30 de abril, se debían realizar paros y ocupaciones de fábricas, que terminarían con manifestaciones en el centro de las grandes ciudades.
- Para el 1 de mayo, debía celebrarse una manifestación en la Gran Vía de Madrid y en otras ciudades.
- El día 2 debían repetirse los paros en las fábricas para exigir la liberación de los detenidos que con seguridad se habrían producido en las jornadas anteriores.
La jornada de lucha, sin embargo, fue un desastre. En los años del posfranquismo se repitió mucho la leyenda urbana de que Franco, cada 1 de mayo (día laborable, pues suprimió la festividad), hacía que jugasen el Real Madrid y el Barcelona para restar adeptos a las manifestaciones. Verdaderamente, en buena parte es una leyenda urbana, además bastante gilipollas: un dictador que es capaz de borrar de un plumazo su oposición con un puto partido de fútbol no es que sea un dictador; es que no tiene oposición. Sin embargo, esta leyenda, como todas, tiene su parte de verdad: por casualidad o no, lo cierto es que el 1 de mayo de 1968, la selección española y la de Suecia se enfrentaron en Malmö, en partido televisado que tuvo a muchos españolitos pegados al televisor.
En realidad, los problemas serios del franquismo casi comenzaron en aquel año de 1968, pero no por el flanco que esperaban los comunistas, que lideraban el antifranquismo. Lejos de ser las fábricas el epicentro del antifranquismo, lo fue la universidad. En enero de 1969, al tercer día de interrogatorio policial del estudiante Enrique Ruano, éste se «suicidó» tirándose por la ventana. Vieja táctica ésta de la policía franquista; baste con recordar a Julián Grimau, el cual, detenido en la Dirección General de Seguridad, intentó también «suicidarse» lanzándose desde la ventana de un segundo piso en extrañísimas circunstancias (tan extrañísimas que llevan a la práctica convicción de que «fue suicidado», aunque sin éxito; algunas semanas después, el pelotón de fusilamiento remataría la faena).
Al presunto suicidio siguieron unos disturbios estudiantiles de la caraba. En Barcelona, una turba de estudiantes enfervorecidos entró por la fuerza en el rectorado de la universidad e intentó tirar al rector por la ventana, es de suponer que entendiendo que, si se mataba, el No-do informaría de que se había «suicidado». Otro grupo de estudiantes asaltó la sede del periódico ABC, el cual había publicado que Ruano estaba loco. Dos banderas con crespones negros, una roja y otra republicana, fueron izadas en la Complutense ante una multitud de varios miles de estudiantes vociferantes. Algunos meses antes, dos premios Nobel franceses, los profesores Lwof y Monod, habían rechazado ser investidos doctores Honoris Causa por la universidad madrileña a causa de las brutalidades policiales contra los estudiantes. Al producirse estos incidentes (y su correspondiente represión), el 15 de enero se anunciaba la publicación de un manifiesto, o más bien habría que decir un macromanifiesto, contra las brutalidades policiales para con estudiantes y detenidos políticos, firmado por 1.300 personas. Más de un millar de españoles que se atrevían a desafiar al franquismo a cara descubierta y, para colmo, liderados por un cura: el abad de Montserrat, monseñor Just, primer firmante.
El otro flanco que hasta entonces no había previsto en antifranquismo fue la violencia etarra. En junio de 1968 muere un guardia civil en Villabona y, apenas dos horas más tarde, la guardia civil mata a cuatro kilómetros del lugar del suceso a un militante de ETA, Javier Echevarrieta. Esta muerte genera un rosario de funerales por el alma del etarra que son duramente reprimidos por la policía y por fuerzas parapoliciales: la Guardia de Franco realiza un ataque en toda regla al monasterio benedictino de Lazcano.
El 2 de agosto de aquel año, ETA comienza su cuenta siniestra: el jefe de la brigada político-social de Guipúzcoa, el comisario Melitón Manzanas, muere tiroteado por la organización.
Conclusión: a principios de 1969, con ETA dando sus primeros coletazos, la universidad intentando tirar a los rectores por la ventana y los obreros realizando más de 450 huelgas casi simultáneas, Franco toma una decisión histórica: por primera vez desde el final de la guerra, decreta el estado de excepción en todo el territorio nacional.
Nada o casi nada de esto, sin embargo, tiene que ver con Mayo del 68. Las cosas que ocurrieron en España en aquel año ocurrieron entonces porque determinadas situaciones, sobre todo la madurez de los movimientos sindical y estudiantil, había llegado a su punto; y eso no guarda relación con lo ocurrido en Francia. Lo ocurrido en Francia era consecuencia de una reacción contra un orden de cosas representado por hitos como la guerra de Vietnam, asuntos que no estaban en la agenda de reflexiones de nuestros políticos patrios, unos porque eran falangistas de libro, y los otros porque bastante tenían con lo suyo.
¿Qué nos ha quedado de Mayo del 68? Es éste un hecho absolutamente opinable sobre el cual yo me voy a limitar, por lo tanto, a opinar. Cada uno tiene su análisis y éste es, tan sólo, el mío.
Una por una, las herencias de aquel movimiento.
La alternativa al capitalismo. Mayo del 68 es claramente hijo de un modo de reflexión que defiende una alternativa al sistema capitalista de los regímenes, llamémosles liberal-parlamentarios (y digo llamémosles porque es una visión muy limitada: el franquismo no fue liberal, mucho menos parlamentario, y no por ello dejó de ser capitalista). Pero es hijo de un momento en el que dicha alternativa está clara: el sistema soviético. Mayo del 68 no es un movimiento comunista, pero sí un movimiento que despertó notables simpatías dentro del comunismo (sobre todo del occidental) y que se hermana con otros movimientos sociopolíticos de la época, como la autodeterminación de la población negra estadounidense, que habían sido ampliamente defendidos por los comunistas. Parte de la fuerza de este movimiento como alternativa está en la sensación de que la alternativa existe; y, consecuentemente, conforme en los años posteriores la alternativa se fue desinflando, hasta derrumbarse literalmente en 1989, dicha fuerza fue perdiéndose. Los actualmente denominados movimientos antisistema con claramente herederos de Mayo del 68; sin embargo, tienen en el problema de que no tienen alternativa que señalar, lo cual los hace mucho más difusos.
A todo esto hay que añadir que, paradójicamente, el 68, que para algunos podría ser el momento de apogeo en la influencia del comunismo en el mundo no comunista, fue el principio del fin para la misma. En agosto de 1968, la URSS aplastó la llamada Primavera de Praga, acción con la que los jerifaltes soviéticos dejaron claro lo que pensaban de la democracia y la autodeterminación de los pueblos de su esfera.
La teoría de la igualdad. Ésta es, sin ningún lugar a dudas, la principal y más duradera herencia de Mayo del 68. Aunque los regímenes burgueses vencieron sobre aquellas tentativas, claramente decidieron tratar de fagocitarlas, al menos en parte, para evitar nuevas rebeliones. La generalización de derechos como el aborto, las políticas de igualdad sexual, etc., son evidentes hijas de esa política; aunque en modo alguno son luchas nuevas que nacen entonces. A mi modo de ver, es especialmente erróneo sostener que Mayo del 68 inventó el Estado del Bienestar, porque el Estado del Bienestar existe en muchos países, en diversas formas que se han ido perfeccionando, más o menos desde la posguerra mundial, es decir los años en los que los activistas del 68 estaban aún naciendo o en proyecto. Lo que sí está claro es que marcó el camino de su crecimiento y perfeccionamiento. Quizá el ámbito donde esta influencia sesentayochesca ha sido peor es el ámbito de la educación: la repulsión hacia todo lo que pueda oler a discriminación llevó a crear escuelas en las que, primero, las personas menos dotadas intelectualmente notaban menos esa presión; y, después, simple y llanamente se convirtieron en el paraíso de los vagos.
Cabe decir, de todas formas, que sin los movimientos de los sesenta, éste sería otro mundo; y sería peor. Sería un mundo con menos servicios públicos, con menos derechos sociales, con menos protección a la infancia, un mundo más dogmático y rígido, más cabrón.
La nueva moral: el 68, los Sesenta, el movimiento hippie, defienden una nueva moral, basada en el amor libre y la total decisión sobre el propio cuerpo. Es una reacción lógica contra la moral religiosa (de muchas religiones) que hace del hombre una especie de inquilino de sí mismo sin derecho a decidir sobre cómo saciar sus pulsiones y necesidades, derecho que retiene el Supremo Casero. En consecuencia, el 68 libera a una porción muy concreta de la sociedad, la juventud, que de toda la vida de Dios ha ido por ahí echando polvos contra las tapias, pero que ahora reivindica su puesto en la sociedad y reivindica su placer y su libertad.
La del 68 es la moral imperante de hoy en día. Los padres que son incapaces de decirle ni media palabra a su hijo adolescente que llega a casa a las seis de la mañana no hacen sino ser coherentes: ellos crecieron reivindicando un mundo en el que ellos, adolescentes entonces, se creían capaces de autorregular su vida sin imposiciones de nadie y, consecuentemente, han de aceptar esa relación de cosas. Si el cambio es bueno o malo es algo que, a mi modo de ver, es pronto para saber; creo que cuando la actual generación joven tenga hijos, hipotecas, obligaciones y mucho menos pelo, será cuando comience a verse en el largo plazo (que es cuando se ven estas cosas) cuáles han sido las consecuencias. Sin embargo, hay dos o tres cosas en las que el buenismo naïve de los Sesenta, a mi modo de ver, la ha cagado. Porque la teoría decía que eran las represiones sexuales las que impedían el adecuado desarrollo de las personas en este terreno; hoy tenemos otro mundo, un montón de información y esas cosas, y seguimos teniendo embarazos adolescentes, personas sexualmente desinformadas a miles, violadores, pederastas y machistas que queman vivas a sus mujeres. Incluso tenemos tantos que les tenemos que levantar juzgados especiales para enchironarlos a todos.
Sobre la tremenda cagada de pretender que el LSD, la maría y la farlopa eran inocuas y hasta buenas para el colesterol, me parece que hay muy poco que decir.
El pacifismo: otro elemento en el que el 68 está muertito. Los Sesenta surgen en buena medida por oposición a la guerra de Vietnam. Pero la guerra de Vietnam sólo paró cuando los dos púgiles que estaban sobre el ring decidieron que estaban hasta los huevos de darse hostias; y luego, por supuesto, siguió habiendo guerras, preventivas y preservativas, justas e injustas. Visto desde Ámsterdam, podría parecer que, en efecto, el 68 triunfó, porque es obvio que Europa es hoy territorio ampliamente pacifista; pero el mundo no se acaba en los polders de Holanda; mucho más allá hay lugares como Darfur o las barriadas tutsis o Kampuchea, donde creo que no están tan de acuerdo con la idea.
La huella cultural. El trazo cultural de los Sesenta es innegable. Entre otras cosas porque incluso algunos de sus grandes santones siguen por ahí dando guerra. Nuestra cultura actual, para bien o para mal, es hija de aquellos años, de la psicodelia, de los beatnicks, del realismo mágico, de un montón de cosas de aquel entonces. De la misma forma que el joven Gabriel García Márquez soñaba en París con saludar a Ernest Hemingway, muchos de los creadores de aquella época (entre ellos el propio Márquez) son hoy los sumos sacerdotes respetados y admirados. Se podría discutir sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina; es decir, si la novedad en el pensamiento y en las formas impulsó las nuevas filosofías políticas, o las nuevas filosofías políticas crearon las nuevas formas de pensamiento y creación. Pero es una discusión inútil, porque es imposible llegar a conclusión cierta alguna.
Esto es especialmente claro en el caso de la música. Los padres de las personas de mi generación hicieron casi todos la misma profecía cuando nosotros éramos unos críos. Nos juraron que cuando fuésemos mayores ya nadie se acordaría de Los Beatles (en mi caso, mi padre apostillaba: «y sí de Mozart»). Para cabreo de mi padre, que llegó a vivirlo, en los tiempos actuales la mayor parte de la gente que recuerda a Mozart lo recuerda por una película en la que se lo retrata de pajillas y vivalavirgen (cosa que probablemente era); y los discos de Los Beatles se venden a millones. Uno pone por la mañana cualquier radiofórmula mientras camina hacia el trabajo y lo más normal es que, día sí día también, le pongan el Hotel California. La pregunta es: ¿se escuchará a Melendi, El Canto del Loco o incluso a U2 en el 2040?
Las nuevas relaciones internacionales. Mayo del 68 y otros movimientos afines se hicieron, entre otras cosas, para generar un mundo distinto y mejor. Mucha gente cree que la solidaridad internacional hacia los países más desfavorecidos es hija de aquella filosofía; yo soy más bien escéptico en este punto, pues a mí la solidaridad internacional me parece más una consecuencia lógica de la descolonización, que es un proceso que en los años sesenta llevaba ya décadas en marcha. En todo caso, creo que los cambios aquí han sido mínimos, entre otras cosas porque los movimientos de Los Sesenta adolecieron del mismo pecado que los actuales movimientos antiglobalización: certeros a la hora de criticar lo existente, difusos a la hora de definir lo que debería existir en su lugar. Resulta tan difícil sostener que la invasión de Irak fue más legítima que la intervención americana en Vietnam que la tentación es a reconocer que, en este punto, las cosas han cambiado entre nada y absolutamente nada; pero conste que ni siquiera está claro hacia dónde tenían que haber cambiado.
¿Y las famosas máximas sobre La Imaginación al Poder o Prohibido Prohibir? Pues no me siento capaz de comentar si creo que siguen vigentes. Básicamente, porque nunca las he entendido muy bien, especialmente la segunda, que siempre he reputado una estupidez del cuarenta y dos y medio, con trienios por devengo y balcones a la calle.
jueves, mayo 01, 2008
Cartas cruzadas (V): La muerte de Stalin
¿Navegando por internet en estos días? Tiene su mérito, si vives en España, cosa que le pasa, según las estadísticas, más o menos al 80% de los que por aquí se acercan. El día de hoy es festivo en todas partes y el de mañana en Madrid, por aquello de celebrar la jornada en la que empezamos a darle una patada en el culo al francés. Así que suponemos que la mayoría de nuestros lectores andarán por ahí esparragando.
No se lo reprochamos. Pero también queremos saludar a los incondicionales y, por ello, hemos hecho, Tiburcio y yo, el esfuerzo de poder facilitaros alguna novedad en estos días de asueto.
Aquí, aquí, aquí, y aquí podéis consultar los ejemplos anteriores de las cartas cruzadas que nos vamos enviando Tiburcio y yo. Nuestro mecanismo es sencillo. Durante nuestras relaciones, a menudo epistolares, encontramos a veces puntos de fricción; cosas sobre las que ambos sabemos algo y donde mantenemos opiniones de alguna forma divergentes. En el caso de que eso ocurra, acordamos escribirnos sendas cartas, el uno al otro, defendiendo nuestros postulados; esto, tras habernos puesto de acuerdo sobre quién escribe primero (así pues, uno de los dos siempre está contestando al otro).
Hoy copio aquí las dos cartas que nos hemos cruzado sobre el asunto de la muerte de Josef Stalin, el segundo líder de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, probablemente, el político más influyente del siglo XX, si tenemos en cuenta el mogollón de personas y hechos sobre los que ejerció una influencia directa o indirecta. Stalin murió en 1953 y, como todo lo que ocurría en las alturas de la URSS, dicha muerte está repleta de extrañas circunstancias, silencios y medias verdades. Un terreno ideal para la especulación.
Esta vez, comencé yo. Espero que disfrutéis con la lectura.
La carta de Juan de Juan a Tiburcio Samsa
Querido Tiburcio:
El vigilante de la sección de paquidermos del zoológico de Tampa, Florida, del que como recordarás fuiste inquilino en tu juventud, me contó el otro día, entre divertido y alucinado, que una tarde de martes que prácticamente no había público en el zoológico y ambos os estabais aburriendo mortalmente, le contaste que tú, básicamente, creías que la muerte de Josef Stalin fue natural. Ello me ha llevado a dejarte estas líneas, no tanto para ver si dejas de caer en el error sino para intentar, tan sólo, dejar alguna sombra de duda en tus elefantiásicos conocimientos.
Como quiera que estas cartas son públicas y las pueden leer personas a las que la juventud les permite no saber según qué cosas, deberemos decir aquí que Josef Stalin fue, después de Lenin, el segundo Gran Manitú de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo poder (en mi opinión, hablar tan sólo de gobierno sería inexacto) ostentó durante casi treinta años, en los cuales quizá el momento más importante fue la dirección de la guerra contra Alemania, que los rusos acabaron ganando tras la nada despreciable cifra de 25 millones de muertos y el balance bélico más devastador que recuerda la Historia.
Stalin, a decir de sus biógrafos, era un personaje extraordinariamente desconfiado y para el cual no había otra labor que mantenerse en el poder, labor por la cual estaba dispuesto a cualquier cosa. Así, inventó algunas instituciones históricas a las que no le hacemos toda la justicia que debiéramos. Porque todo el mundo sabe lo crueles y antihumanos que fueron los campos de trabajo de Hitler, pero siguen siendo muchos los que están, de una forma o de otra, dispuestos a perdonar y hasta a comprender los campos siberianos de Stalin, que no le fueron a la zaga en crueldad. Se dice que Stalin instauró en la URSS un régimen de terror y purgas; en realidad, el verbo mejor es remachó o apuntaló porque, contra lo que a veces los historiadores quieren creer, su predecesor, Lenin, tenía de demócrata lo que Belén Esteban de ingeniero aeronáutico, cuarta más, cuarta menos. El régimen de terror policíaco empezó en la URSS desde el mismo año 1917, con la victoria de los bolcheviques, y en realidad por eso Stalin pudo ascender tan fácilmente en la nomenklatura soviética: lo que los comunistas querían hacer, él lo hacía de coña.
El problema es que, una vez muerto Lenin y llegado Stalin al poder, la querencia de éste por la purga se convirtió en tóxica para los propios comunistas. Aunque ya sé que te lo sabes, te voy a recordar un resumen de los hechos:
En 1917, el Politburó del PCUS, su máximo órgano decisorio y gobierno efectivo de la URSS, estaba formado por los camisas viejas bolcheviques: Stalin, Lenin, Trosky y Sverdlov.
En 1918, entran a formar parte del Politburó los también bolches de toda la vida Kamenev y Bukharin.
En 1919, Sverdlov se quita de en medio palmándola, por cierto por culpa de la llamada gripe española. Entra sangre nueva: Krestinsky, Rykov y Tomsky.
En 1923, Zinoviev entra en el Politburó.
En 1924, muere Lenin, y Stalin accede al poder supremo. Y empieza la tangana.
En 1925, Stalin da entrada en el Politburó a Voroshilov y Molotov. Así que son: Stalin, Trosky, Kamenev, Buckharin, Zinoviev, Krestinsky, Rykov, Tomsky, Voroshilov y Molotov.
En 1926, primera purga: Stalin echa del Politburó a Trosky (por troskysta antirrevolucionario) y, con él, se lleva por delante a Kamenev y Zinoviev y a Krestinsky. Eso sí, entra Kalinin.
En 1927, el Politburó se reequilibra con la entrada de Kubychev y Ruduztak.
En 1929, los follados son Bukharin, Rykov y Tomsky.
En 1930, entran Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje. Así pues, ahora son: Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev, Ruduztak, Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje.
En 1931 sale Ruduztak.
En 1932 entra Andreiev (éste será purgado años más tarde, pero nunca fue formalmente cesado, así pues su cese formal no será hasta 1950; aunque, para entonces, ya llevaba varios acojonado nadie sabe dónde).
En 1934 sale Kirov (asesinado).
En 1935 entran Chubar y Mikoyan, y sale Kubychev.
En 1937 es purgado Orjonikidje.
En 1938 salen Kosior y Chubar.
En 1939 entran Yadanov y Kruschev.
En 1948 sale Yadanov.
En 1950 es purgado Andreiev.
Así pues, la lista completa de las personas que han pertenecido al Politburó desde 1917 y 1950 queda como sigue:
Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev (fuera), Ruduztak (fuera), Kaganovitch, Kirov (fuera), Kosjor (fuera), Orjonikidje (fuera), Andreiev (fuera), Chubar (fuera), Mikoyan, Yadanov (fuera) y Kruschev.
Dado que esta lista ha sido confeccionada respetando el orden cronológico de entrada en el Politburó, para cualquiera con dos dedos de frente hay algunas cosas que quedan claras. En primer lugar: en poco más de treinta años, el Politburó ha necesitado de 24 altos dirigentes, una tasa enorme. En segundo lugar: cuando más cerca está la fecha de entrada en el Politburó a la de Stalin, más se propende a cagarla. Tercera cosa: las personas que abandonan el Politburó por muerte natural son estrictísima minoría.
Así las cosas, yo no sé, como se ha especulado en muchos libros y reportajes de televisión, si Stalin preparaba en 1953, el año de su muerte, una nueva purga. Lo que sí sé es que los supervivientes del Politburó, con seguridad, tenían claro que si lo hacía no le temblaría la mano a la hora de sodomizarlos. Especialmente Molotov, Voroshilov y Kalinin, los más antiguos.
Ciertamente, es difícil saber cosas ciertas sobre la muerte de Stalin, porque la URSS quizá fue el paraíso de los trabajadores; pero desde luego no fue la capital mundial de la transparencia. El primer parte radiado en el que se informa de que Stalin ha tenido una hemorragia cerebral en la noche del 1 al 2 de marzo se da por Radio Moscú a las cinco y media de la madrugada del día 5. Dicho parte informaba de que Stalin había perdido el conocimiento y el uso de la parte derecha del cuerpo, así como el uso de la palabra (nunca he entendido este matiz del comunicado soviético: ¡pues claro que una persona que no tiene conocimiento no puede hablar!). Asimismo, se informaba de que habían sobrevenido «graves trastornos cardiacos y respiratorios».
Tan sólo 24 horas más tarde, se hace oficial la muerte de Stalin. Secuencia de hechos que ha hecho pensar a la mayoría de los sovietólogos que, cuando el día 5 se transmite el parte, en realidad Stalin está ya muerto.
El entonces máximo experto occidental en la Unión Soviética, Harrison E. Salisbury, corresponsal en Moscú del New York Times, escribiría en esos días: «No es del todo imposible que haya sido asesinado por un grupo de sus próximos colaboradores.» ¿Indicios? Alguno.
El día 5 de octubre del año anterior, el PCUS abrió las sesiones de su XIX Congreso. Es ya un congreso hecho por y para Stalin. De su estrategia respecto de la composición del Politburó queda bastante clara su voluntad de quitar de en medio a quienes hicieran la revolución rusa, quizá porque eran capaces de recordar el papel más bien mediocre que el georgiano había jugado en sus movidas. Esto, en 1952, está ya conseguido, pues se ha calculado que el 85% de los delegados del XIX Congreso pertenecían a la generación posrevolucionaria.
La tarea de leer el informe del Comité Central recayó en Malenkov, reciente estrella rutilante del partido. Malenkov se apoyaba en los llamados khoziaistveniki o tecnócratas, que parecían ostentar la mayoría del Congreso (más de la tercera parte). No obstante, frente a Malenkov había otra estrella en ascenso, la de Nikita Kruschev, que como todo lo que había conseguido en la vida lo había conseguido trabajando para el partido, prefería apoyarse en los llamados aparatchiki, algo así como los fontaneros del partido, que serían los que acabarían ganando la partida y llevando a Kruschev al poder a la muerte de Stalin.
El 2 de octubre de 1952, por lo tanto tres días antes de que empezase el congreso, Stalin había publicado un pequeño librito que llevaba por título Problemas económicos del socialismo en la URSS. Como algunos sovietólogos han destacado, dicho libro, sorprendentemente, sostiene tesis contrarias a las expresadas por Malenkov en su informe al Comité Central.
Tras la segunda guerra mundial, la URSS había adoptado, cuando menos en teoría, una postura relativamente aislacionista respecto de Occidente. En buena parte, esta fue una opinión forzada por los acontecimientos, pues las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron, básicamente, una patada a Stalin propinada en el culo de Japón. Tras la demostración atómica la URSS sabía que tenía poco juego en el corto plazo en materia bélica y por ello desarrolló una teoría muy leninista, o si se prefiere marxista de libro, según la cual los países capitalistas llegarían pronto a contradicciones y enfrentamientos entre ellos, lo que les llevaría a repetir el espectáculo de la guerra entre ellos.
Según las traducciones que he podido leer, en su folleto, Stalin decía: «Algunos camaradas afirman que, dadas las nuevas condiciones internacionales después de la segunda guerra mundial, las guerras entre países capitalistas han dejado de ser inevitables (…) Estos camaradas se equivocan. Ellos ven los fenómenos exteriores, los que afloran a la superficie, pero no ven las fuerzas abisales que, aún cuando siguen actuando de manera invisible, no por ello dejarán de determinar el curso de los acontecimientos».
Estos indicios me llevan a la teoría de que, a principios de 1950, dentro de la URSS existía todo un debate sobre el papel bélico del país, sobre si debía o no convertirse en alternativa militar a los Estados Unidos; sobre si debía o no existir Guerra Fría como luego la conocimos. Que quienes sucedieron a Stalin opinaban que sí lo dicen los hechos: guerra de Corea, guerra de Vietnam, crisis de los misiles cubanos… Lo que nunca sabremos a ciencia cierta es qué pensaba Stalin. Mi opinión personal es que lo pasó tan mal con la invasión de Hitler, sobre todo al principio, que es probable que le marcase. Además, Stalin no era persona que se sintiese muy atraído por el internacionalismo marxista. A él, eso de que otros pueblos del mundo siguieran la estela soviética se la traía bastante al fresco; a él lo que realmente le obsesionaba era mandar en su casa.
En octubre de 1952 hubo, pues, una contradicción dentro del régimen soviético, por mucho que muchos no la viesen: un informe oficial, el de Malenkov al Congreso, que expresaba unas tesis belicistas; y una publicación inmediatamente anterior de Stalin que parecía abogar por dejar que los países capitalistas se despedazasen entre ellos.
Según el informe secreto al Comité Central del PCUS con que Kruschev, una vez en el poder, reconoció por primera vez los crímenes de Stalin, el líder de la URSS no hizo nada durante el Congreso por contestar estas posiciones. Pero, sin embargo, en la primera reunión del Presidium del Soviet Supremo convocada tras el Congreso atacó muy duramente a Molotov y Mikoyan, acusándolos de haber cometido crímenes que, al parecer, no concretó. Pero todo el mundo sabía lo que significaba que Stalin te señalase con el dedo y no fuese para llamarte guapo.
Más indicios de que Stalin preparaba una purga: el día 20 de octubre, apenas seis días después de terminar el XIX Congreso, se abre un proceso contra 14 jefes del Partido Comunista Checoslovaco. En su alegato, el fiscal recuerda que la mayoría de los procesados son judíos, algo que no pasaba desde que el comunismo oficial se apioló al judío Trosky. Son condenados a muerte y ejecutados: Slansky (ex secretario general del PCCh), Geminder, Frejka, Clementes, Reicin, Margolius, Sling, Simón, Franck, Svab y Fishel; y enviados a prisión perpetua London, Hadju y Loebel.
El 7 de noviembre de 1952, es decir muy pocos días después de esta purga, los sovietólogos más conspicuos se dan cuenta de uno de esos detalles que había entonces que rastrear para imaginarse que algo estaba cambiando en aquel mundo tan coriáceo del comunismo oficial: se celebra la fiesta de la revolución bolchevique y, como de costumbre, los retratos de los grandes líderes son colocados en las principales fachadas de la ciudad. Hasta ese momento, y desde la misteriosa muerte probablemente teledirigida de Yadanov, la foto de Lavrentii Beria era la cuarta. Pero en esa ocasión es colocado en sexto lugar de prelación, detalle que dispara las hipótesis sobre una caída en desgracia del jefe de la policía secreta rusa (que acabaría, por cierto, cayendo efectivamente en desgracia con Kruschev).
Por si alguien podía dudar todavía de que Stalin preparaba una nueva purga, el 13 de enero de 1953, Pravda sorprende al mundo entero con una noticia según la cual, de tiempo atrás, los servicios de Seguridad del Estado venían investigando a un grupo de médicos terroristas (sic) que tenían como tarea asesinar a militares en activo de la URSS.
Fueron incluidos en este extraño grupo de médicos los profesores Vovsi, Vinogradov, los hermanos Kogan, Iegorov, Feldman (hay que hacer notar que éste era otorrinolaringólogo; el primer ototerrorista de la Historia), Etinguer, Grinstein y Mayarov. Se les acusaba de haber tratado de matar al mariscal Vasilievsky, al mariscal Govorov, al general Chetmenko, al mariscal Koniev, al almirante Levchenko y a otros más. Alguno de los encausados, como Vinogradov, había sido premio Stalin el año antes. Una vez convenientemente suavizado en la Lubianka, Vinogradov admitiría todos los intentos que se les imputaban (faltaría más) y unió el presunto asesinato del general Chervakov e incluso la muerte de Yadanov, que iba para sucesor de Stalin (y probablemente por eso murió, aunque no a manos de quien confesó haberlo matado).
Como era su costumbre, Stalin mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, iniciaba una purga; por otro, mediante dicha purga conseguía colocarle el marrón de sus putadas a otros. Si alguna vez existió aquel grupo terrorista decidido a acabar con el poder soviético, eran una verdadera recua de gilipollas, pues, con la única excepción de Yadanov, la verdad es que no fueron a por quienes tenían que ir. Para dejar descabezado el ejército deberían haber intentado asesinar a los miembros del Politburó que eran militares (Voroshilov, Bulganin y Beria) o al general Zhukov, el gran estratega del ejército rojo.
Y, por cierto, patadita colateral: Pravda, conforme informaba de este terrible complot, se preocupaba de recordar que los servicios de seguridad habían estado lentos y palurdos en su descubrimiento. ¿Se preparaba el terreno para que su jefe, o sea Beria, fuese convenientemente emasculado?
Al escritor francés Jean Paul Sastre le habría contado, según algunas versiones, el también escritor ruso Ilya Ehrenburg que, en efecto, Stalin preparaba una gran purga tras el XIX Congreso, ya que lo perdió. En dicho congreso triunfó la tesis de quienes querían hacer de la URSS la alternativa bélica mundial (y lo hicieron) frente a su líder, que terminó el único, y breve, discurso que pronunció en aquel congreso con un enigmático «¡Abajo los fomentadores de la guerra!»
Avisados de las intenciones (y sigo con la presunta versión Ehrenburg, publicada por el escritor Victor Alexandrov), el Presidium forzó una reunión con Stalin en la que Kaganovich le exigió la liberación de los médicos. Según algunas versiones, en ese punto Kaganovich se levanta y rompe su carné del partido delante las narices de Stalin. Cuando éste intenta reaccionar, Molotov y Mikoyan se ponen de parte de Kaganovich y le informan de que sus tropas (el general Zhukov) controlan ya el Kremlin. Y es el disgustillo de verse sobrepasado lo que lleva a Stalin al ictus y a palmarla. Esta versión también fue confirmada en sus principales aspectos por un funcionario huido, un tal Kapanadze. Así como por un embajador soviético, Pomonarenko, quien se lo contó al corresponsal en Moscú de France-Soir, Michel Gordey; con la novedad de que en su versión el tío con un par de huevos que rompía el carné delante de Stalin no era Kaganovich sino Voroshilov.
Cosas que dieron mucho que hablar en el tiempo de la muerte de Stalin:
1) El hecho de que Molotov fuese nombrado secretario general del PCUS apenas doce horas después de haberse anunciado la muerte del anterior (Stalin). En un régimen en el que las herencias siempre fueron tan lentas y trabajosas, tamaña rapidez da que pensar que estaba ya todo muy pensado (además de abonar la tesis de que Stalin murió probablemente bastantes días antes de la fecha oficial).
2) La presencia, confesada en el parte médico, de hipertensión en el ictus. ¿Cómo es posible que a una persona como Stalin se le presentase una hipertensión lo suficientemente prolongada como para reventarle el cerebro sin que los médicos se apercibiesen?
3) El hecho de que el año 1952 y primeras semanas de 1953 son, curiosamente, el momento en el que Stalin hace más apariciones públicas de toda su vida. Incluso estuvo en el desfile del 7 de noviembre del 52, algo que no hacía desde 1945, por encontrarse en esas fechas huido de los fríos moscovitas en Crimea. ¿Por qué tanta salida? ¿Tal vez porque rodeado de gente podía estar seguro de seguir vivo?
4) La purga de la figura de Stalin comenzó nada más morir. El 12 de marzo de 1953, una semana después de la muerte pues, se editó en Moscú una nueva edición de un diccionario de la lengua rusa (obra de SI Ojegov); edición que tenía ya algunas novedades como la desaparición de la voz estalinista; o que, en otra voz, se hablaba en anteriores ediciones de «las obras geniales de J. V. Stalin en materia lingüística» y en ésta se hablaba ya de «las obras de J. V. Stalin en materia lingüística», a secas.
Y es que, mi admirado Tiburcio, en esta vida no hay nada más jodido que dejar se ser divino.
Tuyo
JdJ
La carta de Tiburcio Samsa a Juan de Juan
Querido JdJ
Tu hipótesis es muy ingeniosa: Stalin preparaba una purga, los miembros del Politburó sabían por experiencias pretéritas y por otros indicios que sus cabezas están en peligro; se adelantan a Stalin y lo sacan del escenario antes de que él los saque a ellos. Ingenioso, pero equivocado, por el famoso factor NHP (No Había Pelotas).
En las purgas estalinistas llama la atención cómo sus víctimas iban como corderos al matadero. Las víctimas ponían cara de «te lo juro que soy muy bueno» y los demás, o bien miraban para otro lado, o bien colaboraban con celo en la purga, para demostrar su fidelidad inquebrantable. La omnipresencia de los servicios de inteligencia, la disciplina comunista, el aparato del Partido en el que todos se controlaban unos a otros, la mística generada en torno al Padrecito Stalin (con un Padrecito así, dan ganas de ser huérfano) dificultaban la resistencia cuando te habías convertido en objetivo de una purga y dificultaban aún más la conspiración entre las potenciales víctimas. En este caso concreto, había otro factor a tener en cuenta: la salud de Stalin se estaba deteriorando y estaba por ver quién le sucedería, lo que provoca más una atmósfera de puñaladas traperas que una de unión ante el peligro común. Algunos de los líderes puede que pensasen incluso que una purga beneficiaría a sus intereses al llevarse por delante a sus rivales.
En toda la Historia de la URSS sólo se me ocurren tres ejemplos de conspiraciones de los apparatchiki, o más bien dos y medio. El primero fue cuando, con el cuerpo de Stalin todavía caliente, Jrushev y sus amiguetes se deshicieron de Beria. Este es el medio ejemplo: Beria aún no era el líder de la URSS, pero tenía suficientes cartas en sus manos para intentar convertirse en el sucesor de Stalin y además era casi igual de hijoputa que el Padrecito. El segundo ejemplo fue cuando los barones del Partido se deshicieron de Jrushev. Jrushev no era Stalin y los tiempos habían cambiado. La movida casi se pareció a la que los barones de la UCD le montaron a Suárez en el 80 para descabalgarle del liderazgo del partido. El tercer ejemplo fue cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se estaba convirtiendo en la Unión de Menos y Menos Repúblicas no tan Socialistas ni tan Soviéticas. No sé si éste tercer ejemplo es completamente válido, porque el sistema para entonces estaba bastante desmantelado. A lo que voy: la conspiración para decapitar al líder supremo no era una práctica habitual en el sistema soviético y menos bajo Stalin.
Es cierto que en el momento de su muerte Stalin estaba preparando una purga. En enero de 1953 la prensa soviética publicó noticias sobre nueve médicos a los que se acusaba de haber matado a varios líderes soviéticos. Había indicios de que era el preámbulo a una nueva purga. Años después Jrushev indicaría que dos de las víctimas en esa purga habrían sido Molotov y Mikoyan. También parece que estaba cansado de Voroshilov y Kaganovich, los cuales habrían podido caer también. Por último estaba Beria. He leído en algunos libros que Stalin había empezado a recelar de él. Era un psicópata, el compañero perfecto para un dictador paranoico y sanguinario; pero eran tan parecidos que Stalin ya se sentía incómodo con él y en 1951 había efectuado una purga de partidarios de Beria en Georgia para bajarle los humos y recortarle la influencia. Algunos llegan al extremo de afirmar que la purga de 1953 habría afectado a todos los miembros. Pero no creo que eso hubiera bastado para unirles. La purga representaba un peligro, pero también una oportunidad, ahora que se presentía que la sucesión de Stalin estaba próxima.
Desde comienzos de los años cincuenta había indicios de que la salud de Stalin se estaba debilitando. Su ritmo de trabajo se había ralentizado. Precisamente si su discurso en el XIX Congreso resultó breve (55 minutos), fue porque físicamente ya no estaba en condiciones de aguantar más tiempo. En 1952 sufrió varios desmayos y algún episodio de lapsus de memoria. Tenía la presión alta y, aunque había dejado de fumar, seguía bebiendo y yendo a la sauna. También en sus últimos dos años se quejó ocasionalmente de episodios de mareos, náuseas y malestar. En ese período Stalin tomó algunas decisiones personales, que pueden explicarse como acciones de un hombre que siente que su vida su apaga y desea dejar sus asuntos en orden. Empezó a añorar con más frecuencia su infancia georgiana, hizo una aproximación a su hija Svetlana Alliluyeva y trató de ayudar a su hijo Vasili con su alcoholismo.
El XIX Congreso del PCUS, celebrado en octubre de 1952 y la purga que preparaba para 1953, para mí tienen una lectura clara. Stalin sabía que su tiempo se estaba terminando y estaba preparando lo que vendría después. Vamos, que quería gobernar después de muerto. Tú piensas que quería emascular a los miembros del Politburo tras el Congreso. Stalin no era tan refinado: quería cortarles las pelotas, que es lo mismo, pero no es igual. Los miembros del Politburó le habían decepcionado. No se fiaba de ellos. No sólo es que supieran demasiado sobre su pasado; es que ninguno estaba a la altura del Padrecito, al que décadas de paranoia y elogios habían sacado de la realidad. En el XIX Congreso se promovió a cuadros más jóvenes del Partido y se reforzó la disciplina del mismo y el control sobre sus miembros. Pienso que el futuro que Stalin preparaba para su sucesión, una vez se hubiera desembarazado de los miembros del Politburó, era una dirección colegiada de miembros jóvenes y de lealtad probada del Partido.
El ataque que le dio a Stalin el 1 de marzo de 1953 fue muy conveniente y sin duda salvó los cuellos de muchos. ¿Demasiado conveniente? Puede, pero resulta que yo creo que las casualidades. Dado el estado de salud de Stalin no me parece increíble que le diera un ataque. Presentas un escenario, el de la insubordinación de sus lugartenientes que le lleva al ictus y a palmarla. Cierto que un hecho como ése hubiera podido llevar a un ataque a un dictador megalómano e hipertenso como Stalin, pero vuelvo a insistir en el factor NHP que me parece tan importante. Me parece más creíble la versión que da Jrushev en sus memorias, por más que fuera parte interesada: Stalin y varios camaradas habían tenido una velada que se había prolongado hasta la cuatro de la mañana. Habían bebido, cenado y discutido. En determinado momento Stalin se había puesto de mal humor y había empezado a decir a sus compañeros de francachela, que eran miembros del Politburo, que no servían para nada, que habían perdido a Yugoslavia y dejado escapar la posibilidad de una victoria en Corea y que el sabotaje había reaparecido en la URSS como probaba la Conspiración de los Médicos. Me imagino que esa noche más de uno no dormiría. El que tampoco durmió fue Stalin; sufrió un ictus cerebral y entró en estado comatoso, del que ya no saldría.
En la tarde del 1 de marzo los miembros del Politburó descubrieron que Stalin había sufrido un ictus. El 6 de marzo anunciaron oficialmente que el Padrecito había muerto el día anterior. Aunque habían dispuesto de seis días para organizar la sucesión, los acontecimientos subsiguientes con el enfrentamiento entre el grupo Malenkov-Beria y el de Jrushev-Mikoyan-los demás mostrarían que las divisiones y las ambiciones de cada uno eran tan fuertes que no había habido manera de conciliarlas. Si con Stalin muerto no encontraban la manera de ponerse acuerdo para repartirse el botín del poder, ¿cómo hubieran podido ponerse de acuerdo para conspirar contra él, mientras aún vivía? Al final el factor NHP unido a las ambiciones egoístas de cada cual es el que prueba para mí que Stalin murió de muerte natural.
Atentamente,
Tiburcio
No se lo reprochamos. Pero también queremos saludar a los incondicionales y, por ello, hemos hecho, Tiburcio y yo, el esfuerzo de poder facilitaros alguna novedad en estos días de asueto.
Aquí, aquí, aquí, y aquí podéis consultar los ejemplos anteriores de las cartas cruzadas que nos vamos enviando Tiburcio y yo. Nuestro mecanismo es sencillo. Durante nuestras relaciones, a menudo epistolares, encontramos a veces puntos de fricción; cosas sobre las que ambos sabemos algo y donde mantenemos opiniones de alguna forma divergentes. En el caso de que eso ocurra, acordamos escribirnos sendas cartas, el uno al otro, defendiendo nuestros postulados; esto, tras habernos puesto de acuerdo sobre quién escribe primero (así pues, uno de los dos siempre está contestando al otro).
Hoy copio aquí las dos cartas que nos hemos cruzado sobre el asunto de la muerte de Josef Stalin, el segundo líder de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, probablemente, el político más influyente del siglo XX, si tenemos en cuenta el mogollón de personas y hechos sobre los que ejerció una influencia directa o indirecta. Stalin murió en 1953 y, como todo lo que ocurría en las alturas de la URSS, dicha muerte está repleta de extrañas circunstancias, silencios y medias verdades. Un terreno ideal para la especulación.
Esta vez, comencé yo. Espero que disfrutéis con la lectura.
La carta de Juan de Juan a Tiburcio Samsa
Querido Tiburcio:
El vigilante de la sección de paquidermos del zoológico de Tampa, Florida, del que como recordarás fuiste inquilino en tu juventud, me contó el otro día, entre divertido y alucinado, que una tarde de martes que prácticamente no había público en el zoológico y ambos os estabais aburriendo mortalmente, le contaste que tú, básicamente, creías que la muerte de Josef Stalin fue natural. Ello me ha llevado a dejarte estas líneas, no tanto para ver si dejas de caer en el error sino para intentar, tan sólo, dejar alguna sombra de duda en tus elefantiásicos conocimientos.
Como quiera que estas cartas son públicas y las pueden leer personas a las que la juventud les permite no saber según qué cosas, deberemos decir aquí que Josef Stalin fue, después de Lenin, el segundo Gran Manitú de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo poder (en mi opinión, hablar tan sólo de gobierno sería inexacto) ostentó durante casi treinta años, en los cuales quizá el momento más importante fue la dirección de la guerra contra Alemania, que los rusos acabaron ganando tras la nada despreciable cifra de 25 millones de muertos y el balance bélico más devastador que recuerda la Historia.
Stalin, a decir de sus biógrafos, era un personaje extraordinariamente desconfiado y para el cual no había otra labor que mantenerse en el poder, labor por la cual estaba dispuesto a cualquier cosa. Así, inventó algunas instituciones históricas a las que no le hacemos toda la justicia que debiéramos. Porque todo el mundo sabe lo crueles y antihumanos que fueron los campos de trabajo de Hitler, pero siguen siendo muchos los que están, de una forma o de otra, dispuestos a perdonar y hasta a comprender los campos siberianos de Stalin, que no le fueron a la zaga en crueldad. Se dice que Stalin instauró en la URSS un régimen de terror y purgas; en realidad, el verbo mejor es remachó o apuntaló porque, contra lo que a veces los historiadores quieren creer, su predecesor, Lenin, tenía de demócrata lo que Belén Esteban de ingeniero aeronáutico, cuarta más, cuarta menos. El régimen de terror policíaco empezó en la URSS desde el mismo año 1917, con la victoria de los bolcheviques, y en realidad por eso Stalin pudo ascender tan fácilmente en la nomenklatura soviética: lo que los comunistas querían hacer, él lo hacía de coña.
El problema es que, una vez muerto Lenin y llegado Stalin al poder, la querencia de éste por la purga se convirtió en tóxica para los propios comunistas. Aunque ya sé que te lo sabes, te voy a recordar un resumen de los hechos:
En 1917, el Politburó del PCUS, su máximo órgano decisorio y gobierno efectivo de la URSS, estaba formado por los camisas viejas bolcheviques: Stalin, Lenin, Trosky y Sverdlov.
En 1918, entran a formar parte del Politburó los también bolches de toda la vida Kamenev y Bukharin.
En 1919, Sverdlov se quita de en medio palmándola, por cierto por culpa de la llamada gripe española. Entra sangre nueva: Krestinsky, Rykov y Tomsky.
En 1923, Zinoviev entra en el Politburó.
En 1924, muere Lenin, y Stalin accede al poder supremo. Y empieza la tangana.
En 1925, Stalin da entrada en el Politburó a Voroshilov y Molotov. Así que son: Stalin, Trosky, Kamenev, Buckharin, Zinoviev, Krestinsky, Rykov, Tomsky, Voroshilov y Molotov.
En 1926, primera purga: Stalin echa del Politburó a Trosky (por troskysta antirrevolucionario) y, con él, se lleva por delante a Kamenev y Zinoviev y a Krestinsky. Eso sí, entra Kalinin.
En 1927, el Politburó se reequilibra con la entrada de Kubychev y Ruduztak.
En 1929, los follados son Bukharin, Rykov y Tomsky.
En 1930, entran Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje. Así pues, ahora son: Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev, Ruduztak, Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje.
En 1931 sale Ruduztak.
En 1932 entra Andreiev (éste será purgado años más tarde, pero nunca fue formalmente cesado, así pues su cese formal no será hasta 1950; aunque, para entonces, ya llevaba varios acojonado nadie sabe dónde).
En 1934 sale Kirov (asesinado).
En 1935 entran Chubar y Mikoyan, y sale Kubychev.
En 1937 es purgado Orjonikidje.
En 1938 salen Kosior y Chubar.
En 1939 entran Yadanov y Kruschev.
En 1948 sale Yadanov.
En 1950 es purgado Andreiev.
Así pues, la lista completa de las personas que han pertenecido al Politburó desde 1917 y 1950 queda como sigue:
Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev (fuera), Ruduztak (fuera), Kaganovitch, Kirov (fuera), Kosjor (fuera), Orjonikidje (fuera), Andreiev (fuera), Chubar (fuera), Mikoyan, Yadanov (fuera) y Kruschev.
Dado que esta lista ha sido confeccionada respetando el orden cronológico de entrada en el Politburó, para cualquiera con dos dedos de frente hay algunas cosas que quedan claras. En primer lugar: en poco más de treinta años, el Politburó ha necesitado de 24 altos dirigentes, una tasa enorme. En segundo lugar: cuando más cerca está la fecha de entrada en el Politburó a la de Stalin, más se propende a cagarla. Tercera cosa: las personas que abandonan el Politburó por muerte natural son estrictísima minoría.
Así las cosas, yo no sé, como se ha especulado en muchos libros y reportajes de televisión, si Stalin preparaba en 1953, el año de su muerte, una nueva purga. Lo que sí sé es que los supervivientes del Politburó, con seguridad, tenían claro que si lo hacía no le temblaría la mano a la hora de sodomizarlos. Especialmente Molotov, Voroshilov y Kalinin, los más antiguos.
Ciertamente, es difícil saber cosas ciertas sobre la muerte de Stalin, porque la URSS quizá fue el paraíso de los trabajadores; pero desde luego no fue la capital mundial de la transparencia. El primer parte radiado en el que se informa de que Stalin ha tenido una hemorragia cerebral en la noche del 1 al 2 de marzo se da por Radio Moscú a las cinco y media de la madrugada del día 5. Dicho parte informaba de que Stalin había perdido el conocimiento y el uso de la parte derecha del cuerpo, así como el uso de la palabra (nunca he entendido este matiz del comunicado soviético: ¡pues claro que una persona que no tiene conocimiento no puede hablar!). Asimismo, se informaba de que habían sobrevenido «graves trastornos cardiacos y respiratorios».
Tan sólo 24 horas más tarde, se hace oficial la muerte de Stalin. Secuencia de hechos que ha hecho pensar a la mayoría de los sovietólogos que, cuando el día 5 se transmite el parte, en realidad Stalin está ya muerto.
El entonces máximo experto occidental en la Unión Soviética, Harrison E. Salisbury, corresponsal en Moscú del New York Times, escribiría en esos días: «No es del todo imposible que haya sido asesinado por un grupo de sus próximos colaboradores.» ¿Indicios? Alguno.
El día 5 de octubre del año anterior, el PCUS abrió las sesiones de su XIX Congreso. Es ya un congreso hecho por y para Stalin. De su estrategia respecto de la composición del Politburó queda bastante clara su voluntad de quitar de en medio a quienes hicieran la revolución rusa, quizá porque eran capaces de recordar el papel más bien mediocre que el georgiano había jugado en sus movidas. Esto, en 1952, está ya conseguido, pues se ha calculado que el 85% de los delegados del XIX Congreso pertenecían a la generación posrevolucionaria.
La tarea de leer el informe del Comité Central recayó en Malenkov, reciente estrella rutilante del partido. Malenkov se apoyaba en los llamados khoziaistveniki o tecnócratas, que parecían ostentar la mayoría del Congreso (más de la tercera parte). No obstante, frente a Malenkov había otra estrella en ascenso, la de Nikita Kruschev, que como todo lo que había conseguido en la vida lo había conseguido trabajando para el partido, prefería apoyarse en los llamados aparatchiki, algo así como los fontaneros del partido, que serían los que acabarían ganando la partida y llevando a Kruschev al poder a la muerte de Stalin.
El 2 de octubre de 1952, por lo tanto tres días antes de que empezase el congreso, Stalin había publicado un pequeño librito que llevaba por título Problemas económicos del socialismo en la URSS. Como algunos sovietólogos han destacado, dicho libro, sorprendentemente, sostiene tesis contrarias a las expresadas por Malenkov en su informe al Comité Central.
Tras la segunda guerra mundial, la URSS había adoptado, cuando menos en teoría, una postura relativamente aislacionista respecto de Occidente. En buena parte, esta fue una opinión forzada por los acontecimientos, pues las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron, básicamente, una patada a Stalin propinada en el culo de Japón. Tras la demostración atómica la URSS sabía que tenía poco juego en el corto plazo en materia bélica y por ello desarrolló una teoría muy leninista, o si se prefiere marxista de libro, según la cual los países capitalistas llegarían pronto a contradicciones y enfrentamientos entre ellos, lo que les llevaría a repetir el espectáculo de la guerra entre ellos.
Según las traducciones que he podido leer, en su folleto, Stalin decía: «Algunos camaradas afirman que, dadas las nuevas condiciones internacionales después de la segunda guerra mundial, las guerras entre países capitalistas han dejado de ser inevitables (…) Estos camaradas se equivocan. Ellos ven los fenómenos exteriores, los que afloran a la superficie, pero no ven las fuerzas abisales que, aún cuando siguen actuando de manera invisible, no por ello dejarán de determinar el curso de los acontecimientos».
Estos indicios me llevan a la teoría de que, a principios de 1950, dentro de la URSS existía todo un debate sobre el papel bélico del país, sobre si debía o no convertirse en alternativa militar a los Estados Unidos; sobre si debía o no existir Guerra Fría como luego la conocimos. Que quienes sucedieron a Stalin opinaban que sí lo dicen los hechos: guerra de Corea, guerra de Vietnam, crisis de los misiles cubanos… Lo que nunca sabremos a ciencia cierta es qué pensaba Stalin. Mi opinión personal es que lo pasó tan mal con la invasión de Hitler, sobre todo al principio, que es probable que le marcase. Además, Stalin no era persona que se sintiese muy atraído por el internacionalismo marxista. A él, eso de que otros pueblos del mundo siguieran la estela soviética se la traía bastante al fresco; a él lo que realmente le obsesionaba era mandar en su casa.
En octubre de 1952 hubo, pues, una contradicción dentro del régimen soviético, por mucho que muchos no la viesen: un informe oficial, el de Malenkov al Congreso, que expresaba unas tesis belicistas; y una publicación inmediatamente anterior de Stalin que parecía abogar por dejar que los países capitalistas se despedazasen entre ellos.
Según el informe secreto al Comité Central del PCUS con que Kruschev, una vez en el poder, reconoció por primera vez los crímenes de Stalin, el líder de la URSS no hizo nada durante el Congreso por contestar estas posiciones. Pero, sin embargo, en la primera reunión del Presidium del Soviet Supremo convocada tras el Congreso atacó muy duramente a Molotov y Mikoyan, acusándolos de haber cometido crímenes que, al parecer, no concretó. Pero todo el mundo sabía lo que significaba que Stalin te señalase con el dedo y no fuese para llamarte guapo.
Más indicios de que Stalin preparaba una purga: el día 20 de octubre, apenas seis días después de terminar el XIX Congreso, se abre un proceso contra 14 jefes del Partido Comunista Checoslovaco. En su alegato, el fiscal recuerda que la mayoría de los procesados son judíos, algo que no pasaba desde que el comunismo oficial se apioló al judío Trosky. Son condenados a muerte y ejecutados: Slansky (ex secretario general del PCCh), Geminder, Frejka, Clementes, Reicin, Margolius, Sling, Simón, Franck, Svab y Fishel; y enviados a prisión perpetua London, Hadju y Loebel.
El 7 de noviembre de 1952, es decir muy pocos días después de esta purga, los sovietólogos más conspicuos se dan cuenta de uno de esos detalles que había entonces que rastrear para imaginarse que algo estaba cambiando en aquel mundo tan coriáceo del comunismo oficial: se celebra la fiesta de la revolución bolchevique y, como de costumbre, los retratos de los grandes líderes son colocados en las principales fachadas de la ciudad. Hasta ese momento, y desde la misteriosa muerte probablemente teledirigida de Yadanov, la foto de Lavrentii Beria era la cuarta. Pero en esa ocasión es colocado en sexto lugar de prelación, detalle que dispara las hipótesis sobre una caída en desgracia del jefe de la policía secreta rusa (que acabaría, por cierto, cayendo efectivamente en desgracia con Kruschev).
Por si alguien podía dudar todavía de que Stalin preparaba una nueva purga, el 13 de enero de 1953, Pravda sorprende al mundo entero con una noticia según la cual, de tiempo atrás, los servicios de Seguridad del Estado venían investigando a un grupo de médicos terroristas (sic) que tenían como tarea asesinar a militares en activo de la URSS.
Fueron incluidos en este extraño grupo de médicos los profesores Vovsi, Vinogradov, los hermanos Kogan, Iegorov, Feldman (hay que hacer notar que éste era otorrinolaringólogo; el primer ototerrorista de la Historia), Etinguer, Grinstein y Mayarov. Se les acusaba de haber tratado de matar al mariscal Vasilievsky, al mariscal Govorov, al general Chetmenko, al mariscal Koniev, al almirante Levchenko y a otros más. Alguno de los encausados, como Vinogradov, había sido premio Stalin el año antes. Una vez convenientemente suavizado en la Lubianka, Vinogradov admitiría todos los intentos que se les imputaban (faltaría más) y unió el presunto asesinato del general Chervakov e incluso la muerte de Yadanov, que iba para sucesor de Stalin (y probablemente por eso murió, aunque no a manos de quien confesó haberlo matado).
Como era su costumbre, Stalin mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, iniciaba una purga; por otro, mediante dicha purga conseguía colocarle el marrón de sus putadas a otros. Si alguna vez existió aquel grupo terrorista decidido a acabar con el poder soviético, eran una verdadera recua de gilipollas, pues, con la única excepción de Yadanov, la verdad es que no fueron a por quienes tenían que ir. Para dejar descabezado el ejército deberían haber intentado asesinar a los miembros del Politburó que eran militares (Voroshilov, Bulganin y Beria) o al general Zhukov, el gran estratega del ejército rojo.
Y, por cierto, patadita colateral: Pravda, conforme informaba de este terrible complot, se preocupaba de recordar que los servicios de seguridad habían estado lentos y palurdos en su descubrimiento. ¿Se preparaba el terreno para que su jefe, o sea Beria, fuese convenientemente emasculado?
Al escritor francés Jean Paul Sastre le habría contado, según algunas versiones, el también escritor ruso Ilya Ehrenburg que, en efecto, Stalin preparaba una gran purga tras el XIX Congreso, ya que lo perdió. En dicho congreso triunfó la tesis de quienes querían hacer de la URSS la alternativa bélica mundial (y lo hicieron) frente a su líder, que terminó el único, y breve, discurso que pronunció en aquel congreso con un enigmático «¡Abajo los fomentadores de la guerra!»
Avisados de las intenciones (y sigo con la presunta versión Ehrenburg, publicada por el escritor Victor Alexandrov), el Presidium forzó una reunión con Stalin en la que Kaganovich le exigió la liberación de los médicos. Según algunas versiones, en ese punto Kaganovich se levanta y rompe su carné del partido delante las narices de Stalin. Cuando éste intenta reaccionar, Molotov y Mikoyan se ponen de parte de Kaganovich y le informan de que sus tropas (el general Zhukov) controlan ya el Kremlin. Y es el disgustillo de verse sobrepasado lo que lleva a Stalin al ictus y a palmarla. Esta versión también fue confirmada en sus principales aspectos por un funcionario huido, un tal Kapanadze. Así como por un embajador soviético, Pomonarenko, quien se lo contó al corresponsal en Moscú de France-Soir, Michel Gordey; con la novedad de que en su versión el tío con un par de huevos que rompía el carné delante de Stalin no era Kaganovich sino Voroshilov.
Cosas que dieron mucho que hablar en el tiempo de la muerte de Stalin:
1) El hecho de que Molotov fuese nombrado secretario general del PCUS apenas doce horas después de haberse anunciado la muerte del anterior (Stalin). En un régimen en el que las herencias siempre fueron tan lentas y trabajosas, tamaña rapidez da que pensar que estaba ya todo muy pensado (además de abonar la tesis de que Stalin murió probablemente bastantes días antes de la fecha oficial).
2) La presencia, confesada en el parte médico, de hipertensión en el ictus. ¿Cómo es posible que a una persona como Stalin se le presentase una hipertensión lo suficientemente prolongada como para reventarle el cerebro sin que los médicos se apercibiesen?
3) El hecho de que el año 1952 y primeras semanas de 1953 son, curiosamente, el momento en el que Stalin hace más apariciones públicas de toda su vida. Incluso estuvo en el desfile del 7 de noviembre del 52, algo que no hacía desde 1945, por encontrarse en esas fechas huido de los fríos moscovitas en Crimea. ¿Por qué tanta salida? ¿Tal vez porque rodeado de gente podía estar seguro de seguir vivo?
4) La purga de la figura de Stalin comenzó nada más morir. El 12 de marzo de 1953, una semana después de la muerte pues, se editó en Moscú una nueva edición de un diccionario de la lengua rusa (obra de SI Ojegov); edición que tenía ya algunas novedades como la desaparición de la voz estalinista; o que, en otra voz, se hablaba en anteriores ediciones de «las obras geniales de J. V. Stalin en materia lingüística» y en ésta se hablaba ya de «las obras de J. V. Stalin en materia lingüística», a secas.
Y es que, mi admirado Tiburcio, en esta vida no hay nada más jodido que dejar se ser divino.
Tuyo
JdJ
La carta de Tiburcio Samsa a Juan de Juan
Querido JdJ
Tu hipótesis es muy ingeniosa: Stalin preparaba una purga, los miembros del Politburó sabían por experiencias pretéritas y por otros indicios que sus cabezas están en peligro; se adelantan a Stalin y lo sacan del escenario antes de que él los saque a ellos. Ingenioso, pero equivocado, por el famoso factor NHP (No Había Pelotas).
En las purgas estalinistas llama la atención cómo sus víctimas iban como corderos al matadero. Las víctimas ponían cara de «te lo juro que soy muy bueno» y los demás, o bien miraban para otro lado, o bien colaboraban con celo en la purga, para demostrar su fidelidad inquebrantable. La omnipresencia de los servicios de inteligencia, la disciplina comunista, el aparato del Partido en el que todos se controlaban unos a otros, la mística generada en torno al Padrecito Stalin (con un Padrecito así, dan ganas de ser huérfano) dificultaban la resistencia cuando te habías convertido en objetivo de una purga y dificultaban aún más la conspiración entre las potenciales víctimas. En este caso concreto, había otro factor a tener en cuenta: la salud de Stalin se estaba deteriorando y estaba por ver quién le sucedería, lo que provoca más una atmósfera de puñaladas traperas que una de unión ante el peligro común. Algunos de los líderes puede que pensasen incluso que una purga beneficiaría a sus intereses al llevarse por delante a sus rivales.
En toda la Historia de la URSS sólo se me ocurren tres ejemplos de conspiraciones de los apparatchiki, o más bien dos y medio. El primero fue cuando, con el cuerpo de Stalin todavía caliente, Jrushev y sus amiguetes se deshicieron de Beria. Este es el medio ejemplo: Beria aún no era el líder de la URSS, pero tenía suficientes cartas en sus manos para intentar convertirse en el sucesor de Stalin y además era casi igual de hijoputa que el Padrecito. El segundo ejemplo fue cuando los barones del Partido se deshicieron de Jrushev. Jrushev no era Stalin y los tiempos habían cambiado. La movida casi se pareció a la que los barones de la UCD le montaron a Suárez en el 80 para descabalgarle del liderazgo del partido. El tercer ejemplo fue cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se estaba convirtiendo en la Unión de Menos y Menos Repúblicas no tan Socialistas ni tan Soviéticas. No sé si éste tercer ejemplo es completamente válido, porque el sistema para entonces estaba bastante desmantelado. A lo que voy: la conspiración para decapitar al líder supremo no era una práctica habitual en el sistema soviético y menos bajo Stalin.
Es cierto que en el momento de su muerte Stalin estaba preparando una purga. En enero de 1953 la prensa soviética publicó noticias sobre nueve médicos a los que se acusaba de haber matado a varios líderes soviéticos. Había indicios de que era el preámbulo a una nueva purga. Años después Jrushev indicaría que dos de las víctimas en esa purga habrían sido Molotov y Mikoyan. También parece que estaba cansado de Voroshilov y Kaganovich, los cuales habrían podido caer también. Por último estaba Beria. He leído en algunos libros que Stalin había empezado a recelar de él. Era un psicópata, el compañero perfecto para un dictador paranoico y sanguinario; pero eran tan parecidos que Stalin ya se sentía incómodo con él y en 1951 había efectuado una purga de partidarios de Beria en Georgia para bajarle los humos y recortarle la influencia. Algunos llegan al extremo de afirmar que la purga de 1953 habría afectado a todos los miembros. Pero no creo que eso hubiera bastado para unirles. La purga representaba un peligro, pero también una oportunidad, ahora que se presentía que la sucesión de Stalin estaba próxima.
Desde comienzos de los años cincuenta había indicios de que la salud de Stalin se estaba debilitando. Su ritmo de trabajo se había ralentizado. Precisamente si su discurso en el XIX Congreso resultó breve (55 minutos), fue porque físicamente ya no estaba en condiciones de aguantar más tiempo. En 1952 sufrió varios desmayos y algún episodio de lapsus de memoria. Tenía la presión alta y, aunque había dejado de fumar, seguía bebiendo y yendo a la sauna. También en sus últimos dos años se quejó ocasionalmente de episodios de mareos, náuseas y malestar. En ese período Stalin tomó algunas decisiones personales, que pueden explicarse como acciones de un hombre que siente que su vida su apaga y desea dejar sus asuntos en orden. Empezó a añorar con más frecuencia su infancia georgiana, hizo una aproximación a su hija Svetlana Alliluyeva y trató de ayudar a su hijo Vasili con su alcoholismo.
El XIX Congreso del PCUS, celebrado en octubre de 1952 y la purga que preparaba para 1953, para mí tienen una lectura clara. Stalin sabía que su tiempo se estaba terminando y estaba preparando lo que vendría después. Vamos, que quería gobernar después de muerto. Tú piensas que quería emascular a los miembros del Politburo tras el Congreso. Stalin no era tan refinado: quería cortarles las pelotas, que es lo mismo, pero no es igual. Los miembros del Politburó le habían decepcionado. No se fiaba de ellos. No sólo es que supieran demasiado sobre su pasado; es que ninguno estaba a la altura del Padrecito, al que décadas de paranoia y elogios habían sacado de la realidad. En el XIX Congreso se promovió a cuadros más jóvenes del Partido y se reforzó la disciplina del mismo y el control sobre sus miembros. Pienso que el futuro que Stalin preparaba para su sucesión, una vez se hubiera desembarazado de los miembros del Politburó, era una dirección colegiada de miembros jóvenes y de lealtad probada del Partido.
El ataque que le dio a Stalin el 1 de marzo de 1953 fue muy conveniente y sin duda salvó los cuellos de muchos. ¿Demasiado conveniente? Puede, pero resulta que yo creo que las casualidades. Dado el estado de salud de Stalin no me parece increíble que le diera un ataque. Presentas un escenario, el de la insubordinación de sus lugartenientes que le lleva al ictus y a palmarla. Cierto que un hecho como ése hubiera podido llevar a un ataque a un dictador megalómano e hipertenso como Stalin, pero vuelvo a insistir en el factor NHP que me parece tan importante. Me parece más creíble la versión que da Jrushev en sus memorias, por más que fuera parte interesada: Stalin y varios camaradas habían tenido una velada que se había prolongado hasta la cuatro de la mañana. Habían bebido, cenado y discutido. En determinado momento Stalin se había puesto de mal humor y había empezado a decir a sus compañeros de francachela, que eran miembros del Politburo, que no servían para nada, que habían perdido a Yugoslavia y dejado escapar la posibilidad de una victoria en Corea y que el sabotaje había reaparecido en la URSS como probaba la Conspiración de los Médicos. Me imagino que esa noche más de uno no dormiría. El que tampoco durmió fue Stalin; sufrió un ictus cerebral y entró en estado comatoso, del que ya no saldría.
En la tarde del 1 de marzo los miembros del Politburó descubrieron que Stalin había sufrido un ictus. El 6 de marzo anunciaron oficialmente que el Padrecito había muerto el día anterior. Aunque habían dispuesto de seis días para organizar la sucesión, los acontecimientos subsiguientes con el enfrentamiento entre el grupo Malenkov-Beria y el de Jrushev-Mikoyan-los demás mostrarían que las divisiones y las ambiciones de cada uno eran tan fuertes que no había habido manera de conciliarlas. Si con Stalin muerto no encontraban la manera de ponerse acuerdo para repartirse el botín del poder, ¿cómo hubieran podido ponerse de acuerdo para conspirar contra él, mientras aún vivía? Al final el factor NHP unido a las ambiciones egoístas de cada cual es el que prueba para mí que Stalin murió de muerte natural.
Atentamente,
Tiburcio
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