martes, marzo 06, 2007

Cartas Cruzadas (II): Lo peor de la República

En esta segunda edición de nuestras cartas cruzadas, Ina y yo nos hemos planteado la siguiente cuestión: ¿cuál es el personaje que nos parece más nefasto de la II República española? Como era de esperar, no nos hemos puesto de acuerdo, lo cual entiendo que enriquece la sección.

Quedan aquí nuestras dos opiniones.

La carta de Inasequible


Querido Juan:

Cuando me propusiste un debate sobre quién fue el político más nefasto de la II República española, al principio creí que sería una cuestión peliaguda. La II República estuvo plagada de medianías, algunas inocuas y otras bastante peligrosas. Ha sido el deseo de reivindicar la II República frente a la dictadura franquista lo que ha hecho que muchas de esas medianías se mitificasen y adquiriesen casi el tinte de genios.

Como te digo, pensé que me costaría encontrar entre tanto mediocre quién fue el más nefasto de todos, pero la respuesta me vino antes de lo que me esperaba. El peor de todos fue, sin duda, Francisco Largo Caballero.

Cuando llegó la República, Largo Caballero era el secretario general del principal partido de izquierdas, el PSOE, y de uno de los principales sindicatos españoles, la UGT. Tenía 62 años y una larga carrera política a sus espaldas: entró en el ayuntamiento de Madrid en 1905 y en las Cortes en 1917 y había sido consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera. Tenía fama de hombre austero y nadie dudaba de su dominio de la cuestión obrera. De hecho fue el primer Ministro de Trabajo de la República y fue un Ministro competente.

El Largo Caballero que me cae simpático termina en 1933 y ahí empieza el Largo Caballero que me irrita y que fue un desastre.

Largo Caballero se tomó fatal la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933. Fue en ese momento donde empieza a dar muestras, como tantos otros políticos de la época, de un concepto patrimonialista de la República: si la República no estaba mandada por los suyos, que eran los verdaderos republicanos, entonces no era legítima y la insurrección se convertía en una herramienta válida para derrocarla.

Es cierto que esta actitud la tuvieron muchos y que ya desde antes de 1933 había muchos políticos españoles con ganas de llegar a las manos con los contrarios. ¿Por qué me parece peor Largo Caballero que José Antonio Primo de Rivera o el fascista José María Albiñana, por poner dos ejemplos? Por la sencilla razón de que Largo Caballero podía movilizar a grandes masas y fue el responsable de la radicalización del principal partido de la izquierda y de uno de los principales sindicatos. José Antonio Primo de Rivera y José María Albiñana jugaban casi en los márgenes del sistema y apenas sí lograban el respeto de sus teóricos aliados de derechas. En una España más tranquila apenas habrían podido jugar al papel de moscas cojoneras. Ellos solitos nunca hubieran podido ni derribar el sistema ni crear disturbios importantes. Largo Caballero sí que tenía las masas para hacerlo y lo intentó. Lo menos que se puede decir es que fue un irresponsable.

He mencionado una de sus motivaciones para actuar como actuó: el sentido patrimonialista de la República. La otra está más extendida y quien esté libre de ella que tire la primera piedra: la vanidad. A Largo Caballero le apodaron el Lenin español y sospecho que el apodo se le subió a la cabeza. Me imagino que la idea de ser el padre de la Unión de Repúblicas Soviéticas Españolas debió de producirle más de un orgasmo. Ser Ministro de Trabajo lo es cualquiera, pero líder de una revolución proletaria…

Desde comienzos de 1934 Largo Caballero considera que es necesario un levantamiento proletario: hay que echar a las derechas del poder y asegurarle a él un lugar preeminente en la Historia de los pueblos. Sus tesis radicales triunfaron en el comité nacional del PSOE , provocando la dimisión de moderados como Besteiro, Saborit y Trifón Gómez. Gracias en buena medida a Largo Caballero, el PSOE desde enero de 1934 inicia una deriva hacia la extralegalidad.
Ya sólo podemos conjeturar lo que habría ocurrido en octubre de 1934 si el PSOE hubiera optado por la legalidad y las derechas hubieran visto en él a un aliado para mantener el orden republicano. Los revolucionarios de octubre hicieron lo peor que pueden hacer los insurgentes: ser derrotados. La revolución de octubre fue un prodigio de mala organización y optimismo desenfrenado. Igual de chapucera que el Alzamiento del 18 de julio de 1936. Lo peor que tuvo fue que colocó a España en la cuesta abajo de la guerra civil. Tras octubre de 1934, las derechas no pudieron ver a las izquierdas más que como unos revolucionarios peligrosos contra los que había que armarse. Las izquierdas, por su parte, llenas de revanchismo y con el recuerdo de la dura represión, sobre todo en Asturias, se prometieron que la próxima vez lo harían mejor y saldarían cuentas debidamente.

Por desgracia, ni el fracaso de octubre de 1934 ni los meses que pasó en la cárcel devolvieron el seso a Largo Caballero. Hay ancianos que en la senectud pierden la cabeza por alguna corista y tratan de volver a sentirse jóvenes entre sus brazos. A Largo Caballero le pasó eso con la revolución. Fue una tragedia para España que sus niveles de testosterona no hubieran sido más elevados y no hubiera optado más bien por vivir alguna aventura loca con alguna obrera del sindicato. Como digo, lo vivido no le había enseñado nada. Durante la campaña electoral de 1936 pronunció perlas como que si las derechas ganaban, él procedería a «declarar la guerra civil». Poco antes había declarado, con moderación manifiesta, que deseaba una República sin lucha de clases y pensaba que para ello era necesario que desapareciera una clase. Pensemos que esto lo decía el líder del principal partido de la izquierda y un hombre que tenía posibilidades reales de llegar al gobierno.

Durante los últimos meses de paz, Largo Caballero se dedicó a lo que mejor sabía hacer por aquellos días: inflamar a las multitudes con soflamas revolucionarias. Toda una demostración de prudencia en el ambiente electrizado de la España de 1936.

En resumen, cuando haya que elaborar la lista de responsables de que España tuviera una guerra civil, uno de los lugares de honor habría que reservárselo a Largo Caballero, el Lenin español.



La carta de JdJ


Querido Ina:

Me propones que te escriba una carta explicándote cuál fue, en mi opinión, el personaje más nefasto de la II República española. Desde entonces a hoy, que he empezado a cabrilear los dedos sobre el teclado, han pasado varios días. No sabía qué escribirte. Fundamentalmente, porque no acababa de entender el sentido de tu propuesta. No sé si por personaje más nefasto de la República entendemos quien más daño le quiso hacer o quien más daño le pudo hacer. Y no es asunto baladí. Porque si la opción es la primera, creo que elegiría al general Sanjurjo, porque fue el personaje que viajó, en poco más de un año, de poner a la guardia civil al servicio de la República a dirigir un golpe de Estado contra ella; además de dirigir el golpe de Estado del 36, algo que la Historia posterior tiende a ocultar. Es, evidentemente, quien menos quiso a la República y quien menos creyó, de consuno, en la capacidad de los españoles de resolver democráticamente sus problemas.

Sanjurjo, no obstante, no fue quien más daño le hizo a la República. Se pasó buena parte de aquellos años obviamente apartado de la vida pública. Quien más daño le hizo a la República, a mi entender, fue Manuel Azaña.

Sí, Azaña, sí. Ya sé, Ina, que Azaña tiene muy buena prensa. Ya sé que es un político que tiene la rara cualidad de que ambas partes del espectro actual, izquierdas y derechas, lo reclaman para su acervo ideológico. Ya sé que, para muchos españoles, Azaña ejemplifica el respeto por los valores democráticos y la ambición de una España mejor, una España moderna, justa y solidaria. Y yo no dudo que Azaña albergaba esos altos deseos. A los políticos, sin embargo, no se les juzga por sus visiones, sino por sus acciones.

En primer lugar, Azaña cargó con algunas de las grandes reformas que tenían que cambiar a España. Fue el adalid del laicismo del Estado (con su famosa sentencia parlamentaria, «España ha dejado de ser católica»); como ministro de la Guerra, realizó la reforma del ejército, una reforma que, a trazo grueso, le copiaría Narcís Serra varias décadas después; y, como presidente del gobierno republicano del primer bienio (1931-1933), impulsó la reforma agraria.

Y, sin embargo, fracasó en los tres intentos.

El laicismo del Estado se consiguió a base de una violencia que la República pagaría muy cara con el tiempo. No cuesta imaginarse las tristes entrevistas que muchos diplomáticos republicanos acabarían teniendo en las cancillerías de Europa y América, durante la guerra civil, pidiendo una ayuda militar y política que no llegaba desde países que les contestaban, machaconamente: es que usted quema iglesias y no hace nada por impedirlo. Estados Unidos tuvo una guerra civil por el asunto de la esclavitud; pero, una vez terminada, a nadie se le ocurrió quemar y saquear las plantaciones sureñas donde habían trabajado generaciones de esclavos negros; y mucho menos se le ocurrió a los políticos yankees dar orden a la Guardia Nacional de observar el espectáculo sin intervenir. En España, sin embargo, el laicismo del Estado significó la patente de corso de la violencia contra el catolicismo; patente de corso que comenzó en el famoso consejo de ministros al que le llegó la noticia del saqueo del convento de la calle de la Flor. El propagandismo franquista se pasó décadas refocilándose en la idea de que Azaña albergaba un resquemor agrio contra los curas. Será verdad sólo a medias, si acaso. Pero lo cierto es que no supo ver, cuando ya era presidente del Gobierno, que la libertad de expresión consiste en defender el derecho de tu enemigo a hablar (porque defender el de tu amigo es demasiado fácil); y que el respeto a las libertades públicas consiste en garantizárselas a quien más odias.

La reforma del ejército consistió en ofrecer a un montón de mandos el retiro a sueldo completo para limpiar los cuarteles de militares estrellados sin otra cosa que hacer que pensar en asonadas. Insisto en que esta reforma fue copiada por el general Gutiérrez Mellado primero, y por Narcís Serra después, durante la Transición y los primeros gobiernos del PSOE. La Historia deberá reconocer, algún día, que Gutiérrez Mellado y Serra lo hicieron setenta veces mejor que Azaña. Básicamente porque cuando el fascismo se planteó dar la vuelta a la tortilla de la Transición, apenas encontró para ello a un marino pirado, un guardia civil dispuesto a todo y un general con ínfulas de ser lo que no era. Sin embargo Azaña, tras su tan cacareada reforma militar, dejó intacto el conflicto básico del ejército español de la época (africanos contra amigos del escalafón) y a la inmensa mayoría de quienes odiaban la República con mando en plaza. A Gutiérrez Mellado le pilló el golpe del 23-F con un solo conspirador de talla al frente de una capitanía general (bueno, dos si contamos a Merry Gordon). El 18 de julio del 36, y sin contar más apoyos que los hubo, Francisco Franco era capitán general de Canarias, dominaba el ejército de África, y Emilio Mola tenía a su disposición Navarra entera, con lo que eso suponía.

Y la reforma agraria. ¡Ay, la reforma agraria!

Hay toda una corriente de la Historia de la República dedicada a esto. Ahora veo que se publican libros tendentes a demostrar que salió mejor de lo que siempre se ha dicho. Yo no dudo que en la República llegase a haber entregas de tierras y, sobre todo, lo que hubo fue la famosa Ley de Términos Municipales, según la cual un patrón agrícola no podía buscar jornaleros en otro pueblo mientras en el suyo hubiese un jornalero parado; ley que generó un alza inmediata de los salarios rurales. Pero es que el problema de la reforma agraria de Azaña no es tanto lo que hizo, como lo que no hizo. Y aquí llegamos al gran reproche que yo, cuando menos, tengo para este político.

Azaña era un maestro de la creación de expectativas. Una persona poco dada a medir sus palabras. Hombre político cien por cien, no escatimaba un apoyo si para conseguirlo tenía que decir algo pasado de tono. Así las cosas, durante el bienio constituyente de la República, durante el cual fue en su mayor parte él presidente del gobierno, utilizó muy a menudo el verbo triturar. Azaña prometió triturar el viejo Estado monárquico, triturar las estructuras de poder económico, triturar todo lo que no le gustaba. Probablemente, en él ese verbo no era más que una metáfora inelegante. Pero Azaña no podía olvidar que, en la misma manifestación y de la mano, llevaba aliados para los cuales el significado del verbo triturar era literal; porque el socialismo de los años 30, en tanto que marxista y propugnador de la lucha de clases, lo que quería era triturar, literalmente, a la derecha política y social.

Así pues, Azaña prometió: trituraremos el viejo régimen. Luego llegó la reforma agraria, y los jornaleros del sur vieron cómo los señoritos de siempre seguían al frente de sus latifundios; jodidos, eso sí; pagando salarios más altos, eso sí. Pero no triturados. Y decidieron triturarlos ellos. Eso fue Castilblanco, o Casas Viejas, el pozo de mierda en el que se ahogó Azaña. Y la culpa la tuvo él, porque él fue quien le dio Red Bull a esos sueños de violencia impune y lucha de clases.

Con los catalanes le pasó exactamente lo mismo. Para ganarse a la Esquerra, que dominaba al electorado catalán como no lo ha vuelto a hacer un partido político en Cataluña ni creo que vuelva jamás, Azaña les cantó los cantos de sirena que hicieron falta. Luego, cuando llegó el momento de rellenar las grandes palabras estatutarias de pesetas, él mismo se tuvo que poner de canto, porque las cuentas no salían. Pero no tuvo, claro, la fuerza moral de frenar las ansias golpistas de la Generalitat cuando, en 1934, las derechas tascaron el freno de la autonomía o, más bien, la frenaron como se frenan los reactores comerciales: invirtiendo los motores. Es más que probable que Azaña tratase, en privado, de refrenar las iras catalanistas, así como las obreristas del PSOE que en el 34 estaba preparando el golpe de Estado que daría en octubre. Pero lo que queda para el juicio de la Historia son las palabras públicas; y en los mitines prerrevolucionarios de Azaña, en sus discursos de finales del 33 y del 34, hay mucho más de veladas amenazas justificadas que de intento de disminuir la crispación. Siempre lo mismo. Hay un LP de los Kinks que se llama: Give the people what they want. Si cambiamos give por tell, tenemos a Manuel Azaña.

De lo que pasó después de las elecciones del Frente Popular, mejor no hablar. Azaña se dejó nombrar presidente de la República, algo que no debió permitir porque sabía que era una jugada de Largo para quitarlo de en medio en el juego del poder. Y, una vez estallada la guerra, fue derivando lentamente hacia posiciones comprensivas y pacíficas (sus famosas tres pes: paz, piedad y perdón) que le habrían hecho un gran favor a España de haber existido, un suponer, en febrero del 36. Porque, a la luz de la modernidad, de nuestros días, es claro que la democracia nos da derecho a batir al contrario en las urnas, pero no a machacarlo. Se dirá: es que Azaña temía el advenimiento del fascismo. Pero, ya que era tan inteligente, podría haberse dado cuenta de qué elemento se repite en multitud de advenimientos fascistas en la Europa de su época: el miedo a la revolución marxista. La mejor manera de luchar contra el fascismo habría sido equidistarse de ambos extremos, haber sido una auténtica izquierda republicana de corte burgués, haber cambiado el país poco a poco pero, eso sí, sin dejar que ni falangistas ni albiñanistas ni japistas extremos, pero tampoco socialistas revolucionarios, anarcosindicalistas, poumistas o comunistas, tirasen una piedra sin recibir una pelota de goma o similar. Ni un solo día de su vida, la República dejó de ser un enorme problema de orden público. Y, de eso, la responsabilidad es de Manuel Azaña, que la gobernó.

Por lo demás, algo que resulta curioso, casi increíble, es que un régimen que llegó mediante una rebelión cívica y pacífica como la del 14 de abril de 1931 estuviese, apenas unas semanas después, provocando muertos, heridos e incendios. En 1931 la olla estaba caliente; pero es obvio que alguien subió el fuego aún más.

Y, aunque en realidad quien más gobernó fue el Partido Radical nadie, durante los cinco años que duró la II República española, tuvo más tiempo en su poder el mando de la cocina que Manuel Azaña. Él fue la gran referencia de la izquierda burguesa, tenía el respeto del Partido Socialista y una creíble imagen exterior. En 1931, podía haber presentado este programa político: paz para todo el país; piedad para los desfavorecidos; perdón para quienes hasta hoy nos han dominado. Pero, para darse cuenta de que ésa era la vía, Manuel Azaña tuvo que perder una guerra civil.

Tampoco es como para alabarle las capacidades visionarias.