martes, enero 30, 2007

Cartas Cruzadas (I): el conde-duque de Olivares

Hoy, Inasequible y yo mismo iniciamos una nueva sección, o subsección o lo que sea, de este Historias de España. Se trata de las Cartas Cruzadas.

Creo que ya he dicho que vivimos en ciudades diferentes. Así pues, Ina y yo hacemos lo que los amigos que no quieren perder el contacto: escribirnos. Buena parte de nuestros mensajes ya los leeis, pues son textos para el blog. Pero también hay otros en los que, básicamente, polemizamos.

La polémica no es que no sea mala, es que es guay. Polemizar está muy bien, es divertido y, si se polemiza con las orejas bien abiertas, normalmente se aprende mucho. Es por esto que hemos pensado en polemizar un poco. Hay muchas cosas en la Historia de España en las que Ina y yo estamos bastante en desacuerdo. Os puedo adelantar que hemos hecho un breve intercambio de posibles asuntos de polémica, y hay unos cuantos en que no es que pensemos diferente; es que pensamos radicalmente diferente.

Os vamos a dar la ocasión de elegir. De vez en cuando, Ina y yo nos cruzaremos cartas, previamente pactadas entre ambos, para defender posturas distintas sobre un mismo hecho histórico. Vosotros, si las leeis, podréis formar vuestra propia opinión, consolidar la que ya tenéis, o cambiarla. Cualquiera de las posibilidades vale. Si alguien está pensando en esas cosas de internet que la gente vota y luego se suman los resultados, ah, lo siento; el editor de este blog, aquí presente, se declara absolutamente incapaz de esas goyerías. El que quiera votar, que vote en el apartado de mensajes, y será bien recibido. Sobre todo si vota por mí ;-)

En fin, al torrao, que dicen los que saben de esto que internet nadie lee más allá de veinte líneas (o sea, todos vosotros sois masocas).

Nuestras primeras cartas cruzadas se refieren al conde-duque de Olivares. El conde-duque ha pasado a la Historia como el ejemplo del valido, o preferido, de un rey, quizá al alimón con Godoy, que lo fue algunos años más tarde. El valido es aquel personaje que goza del favor y de la confianza del rey y, por lo tanto, hace y deshace en el gobierno de la nación a su sombra. El conde-duque fue valido de Felipe IV, y la Historia no le da muy buena imagen. Inasequible se deja llevar por esa corriente y opina que el conde-duque es un personaje nefasto de nuestra Historia. Y yo no pienso así.

Esta vez, y sin que sirva de precedente, le he dado ventaja a Ina: escribí yo primero mi carta. La próxima vez, supongo, será él quien comience.

En fin, aquí están las cartas para vuestra lectura. Eso sí, recordad, mientras las repasais, que yo soy setenta mil veces más simpático que mi oponente.


Cartas cruzadas: el conde-duque

La carta de JdJ

Querido Inasequible:

Sé por dónde vas a ir. Es por esto que he decidido escribir yo primero. Sé que vas a elaborar un argumento muy a lo Paul Kennedy y me vas a contar que un país tiene que ser capaz de afrontar las labores que puede pagar, y que no fue ése el caso del conde-duque de Olivares. Supongo que piensas que a este primer ministro de Felipe IV le tocó la triste labor histórica de convencer a un país de que ya no era un imperio (de que tenía, de hecho, incluso problemas para ser un país); labor que no cumplió y, por eso, el juicio que la Historia haga de él tiene que ser negativo.

Yo soy un poco más blando con el conde-duque.

Me fastidia la imagen del valido, en el sentido de preferido del rey, actuando constantemente a su antojo y a su capricho. El conde-duque de Olivares, para mí, fue más bien el pobre diablo que, por ambición sin duda, echó sobre sus espaldas la labor de seguir haciendo como que España era grande. Así pues, lejos de ser una persona que hizo lo que le salió de las narices, fue más bien un estadista que hizo, mutatis mutandis, lo que pudo.

En el Consejo de Castilla, que vendría a ser como el Consejo de Ministros de hoy más o menos, el conde-duque llegó a sentarse, durante muchos años, con personajes que habían conocido al Rey Prudente, a Felipe II, a la figura que, entonces, era tomada como señera de los good old days en los que el Imperio español ganaba todos los partidos por goleada. Cabe preguntarse a cuántas de las campañas bélicas que tuvo que afrontar España durante la etapa del conde-duque, es decir la guerra en Flandes, el conflicto de la Valtelina, los crecientes problemas en América et altera, a cuántas de ellas, digo, podría haber renunciado el conde-duque. A cuatro siglos de distancia resulta muy fácil decir: haber dejado los intereses italianos al pairo, si no se podía pagar un Ejército para defenderlos. O: haber pactado una paz definitiva en Flandes, que se había convertido en el Iraq del Imperio Español.

España, sin embargo, era en el siglo XVII un animal herido; y si los leones pudiesen escribir blogs te contarían, Ina, lo que pasa cuando un león viejo da muestras de debilidad a la vista de una manada de hienas. El conde-duque de Olivares fue un gobernante obligado a gestionar una situación que él no había creado y cuyo círculo vicioso tampoco era capaz de romper. Ese círculo vicioso era: necesitaba ser fuerte para poder conservar el control sobre la riqueza que quedaba en su poder, pero la riqueza que quedaba en su poder ya era, a todas luces, insuficiente para financiar esa defensa. Pero eso, ya te digo, no es algo que inventase él, porque no fue él quien creó el imperio en el que nunca se pone el sol.

Hay signos de que Olivares hizo verdaderamente lo que pudo, con enormes dosis de pragmatismo. Cuando el crédito de España se agotó en la banca genovesa, pactó los asientos con los banqueros portugueses, todos o casi todos ellos descendientes de los judíos que, displicentemente, echó de España esa señora que también está, un poco, en el origen de los insomnios del valido: Isabel de Castilla, esa reina a la que a veces pienso que deberíamos llamar Isabel la Talibán, pues no hay que creer en Alá para ser talibán; de hecho, odiarlo a muerte es una forma de serlo. Asimismo, Olivares intentó generar un Estado moderno al pretender que la corona de Aragón se comiese el marrón imperial en igual proporción a la de Castilla. Se fue a Barcelona con el rey para convencer a los «otros españoles» y se llevó lo que se merecía (un «no» rotundo en varios idiomas autonómicos), porque tiene leches que mientras dura la fiesta y te estás forrando en Potosí digas que todo eso es de Castilla y que los levantinos no se muevan de Nápoles, pero cuando vengan mal dadas aparezcas con la factura, pongas cara de gilipollas y preguntes: ¿Pagamos a escote, Neng? Eso lo hizo Olivares, sí. Pero, de nuevo, ¿es responsabilidad suya que España llegase a tan tardía fecha como el siglo XVII sin haberse estructurado como Estado moderno, como ya habían hecho otros como Francia, como Inglaterra?

Dicho lo dicho, Ina. No lo hizo bien, pero hizo lo que pudo. Los taurófilos, salvo que sean de los tendidos más exigentes, saben que la faena de un torero hay que juzgarla en consonancia con el toro que le han soltado del corral. Un torero, por bueno que sea, no puede ligar una faena repleta de arte con una alimaña de malas intenciones. El morlaco que toreó el conde-duque era un toro jodido, jodidísimo. No digo que merezca una oreja ni una vuelta al ruedo; pero un respetuoso silencio, por lo menos, sí.

Es clemencia que te pido para este pobre hombre, en la villa de Madrid, en plenas calendas de enero.


La carta de Inasequible Aldesaliento

Querido Juan:

Los políticos heredan las situaciones igual que los jugadores de mus reciben las manos. Les gusten o no, ésas son las cartas con las que tienen que jugar y en función de ellas decidir si van a la grande o a la chica y hasta dónde van a echar faroles. Así pues, a los políticos hay que juzgarles por lo que hicieron con la mano que les cayó en gracia y si los envites que echaron eran conmensurados con las cartas que tenían.

El Conde-Duque de Olivares heredó una mano difícil, pero no desesperada. Heredó el mayor imperio de la Cristiandad, un imperio capaz de movilizar recursos muy importantes, pero que se enfrentaba a varios problemas importantes: el severo endeudamiento ocasionado por las continuas guerras; los numerosos compromisos políticos (frenar al Turco en el Mediterráneo, enfrentarse a los holandeses en Flandes y en las Indias Orientales, apoyar a los Habsburgo austriacos, asegurarse la hegemonía en Italia…); los problemas logísticos derivados de la necesidad de defender y garantizar las comunicaciones entre los distintos territorios que componían ese imperio; la decadencia económica producida por la llegada de los metales preciosos americanos, que habían matado a los productores nacionales; el hecho de que el imperio lo componía un conjunto de reinos disparejos, que sólo se parecían en su decisión de mantener sus libertades tradicionales y resistirse a las intervenciones y demandas reales.

El Conde-Duque de Olivares se fijó un objetivo básico: restablecer el nombre de España al nivel que se imaginaba que había estado en los tiempos de Felipe II, el gran referente para los españoles de su tiempo. Para ello intentó modificar la base económica del reino. Estimaba que del imperio podían extraerse aún más recursos. Las medidas que se propuso (creación de bancos que financiasen las industrias, recurso a los banqueros portugueses para romper la dependencia que se tenía de la banca genovesa, control de las importaciones para impedir la salida de la plata y reducir la competencia a la industria nacional, el intento de que todos los reinos aportasen a su propia defensa…) eran acertadas, pero fallaron en su aplicación. Las oligarquías urbanas y las élites de los distintos reinos se opusieron a las medidas y en casi todos los casos Olivares acabó o bien aguando sus planes iniciales o bien suprimiéndolos. Dada la estructura política de la Monarquía española, intentar imponer esas medidas revolucionarias, y para muchos tiránicas, podía conducir a rebeliones. De hecho, el fin de Olivares fue precipitado por las rebeliones de Portugal y Cataluña, en cuyo desencadenamiento la Unión de Armas propuesta por Olivares jugó un papel importante. Posiblemente la estructura política de la Monaquía española hubiese impedido a cualquier político ir más allá de lo que fue Olivares y la mano dura que Olivares hubiera podido emplear al comienzo de su valimiento y no empleó, sólo hubiera servido para que las rebeliones de Portugal y Cataluña se produjesen diez años antes de lo que se produjeron.

Si la vía de la reforma económica para aumentar los ingresos estaba casi vedada, sólo quedaba la vía de la reducción del gasto. Aquí Olivares intentó cortar algunos abusos al comienzo de su valimiento, pero con el tiempo el derroche en los gastos corrientes de la Casa Real volvió por donde solía. Un buen ejemplo está en la extravagante construcción del Palacio del Buen Retiro, extravagante para una monarquía endeudada y en guerra como la española.

Otra manera de recortar gastos hubiera sido reduciendo los compromisos exteriores y adoptando una política exterior más realista. Por desgracia, salvo durante la segunda mitad del reinado de Felipe III, la política exterior española estuvo guiada por los principios y no por el realismo. España era el adalid del catolicismo y el imperio central de la Cristiandad. Sólo los desastres consecutivos de la paz de Westfalia (1648) y de la Paz de los Pirineos (1659) pudieron acabar de convencer a los estadistas españoles de que los tiempos de Felipe II estaban muertos y era preciso otra política exterior. Cuando Olivares asumió el valimiento, aún ocupaban posiciones de poder hombres que llevaban subidos al machito desde los añorados tiempos de Felipe II y para los que la palabra compromiso era un término malsonante. El primer fallo garrafal de Olivares fue no comprender que la situación internacional había cambiado y que hacía falta una política exterior más modesta y que consumiese menos recursos.

Tal vez uno de los grandes problemas de Olivares es que en sus primeros años de valimiento logró algunos éxitos exteriores inesperados: la conquista de Breda (de la que a largo plazo lo único que realmente sacó España fue un cuadro maravilloso de Velázquez), la victoria sobre los holandeses en Brasil, la derrota de la expedición inglesa contra Cádiz… Esos éxitos incitaban al optimismo, pero no significaban por sí solos la victoria.

Aquí entra un rasgo del carácter de Olivares. Sospecho que psicológicamente era un ciclotímico, una persona que alternaba con facilidad las euforias y las depresiones. En los buenos momentos, cuando la fortuna le sonreía, podía comerse el mundo y elaboraba planes que eran un poco como la cuenta de la lechera. Cuando las desgracias se abatían sobre él, como ocurrió a menudo a partir de 1631, se hundía. Por desgracia el eufórico que había en él siempre acababa saliendo a flote y terminaba elaborando nuevos planes quiméricos y costosos.

El Olivares eufórico de finales de la década de los 20 es el que desempolva los planes de invasión de las Islas Británicas, se propone que España vuelva a ser una potencia naval de primer orden, elabora una estrategia para hacerle la guerra comercial a los holandeses tan complicada que requería hasta que España tuviera una base en el Báltico, se compromete a fondo con los Habsburgo austriacos en el Imperio e inicia la desastrosa aventura de Mantua. Cuando la suerte se le acabe en la década de los treinta, se encontrará con más frentes abiertos que recursos para afrontarlos.

En resumen, Olivares fue un gobernante trabajador, inteligente y bienintencionado, cuyo mayor fallo fue intentar llevar con treinta años de retraso el mismo tipo de política exterior prestigiosa y costosa que había llevado a cabo Felipe II, sin entender que el mundo había cambiado, la relaciones de poder estaban modificándose y que eran necesarios objetivos exteriores más modestos.