martes, mayo 13, 2008

Black Power (1)

¿Estamos ante un momento histórico? Puede que sí. ¿Tiene realmente posibilidades un político negro de llegar a presidente de los Estados Unidos? Yo creo que sí, aunque también creo que no está la cosa tan fácil como pretenden algunos (y no lo digo por Hilaria, sino por McCain: ¿quién no votaría a un político que se llamase Nocilla o PetitSuisse?). Estamos, desde luego, ante un posible hecho histórico, el final de un camino. Un camino muy largo y muy tortuoso, el de la normalización de la relación entre blancos y negros en los Estados Unidos. Dejadme que hoy, y algún otro día, le dedique unas neuronas a este asunto, visto desde el punto de vista de los negros.




1968. Hacía poco más de un año que en mi casa había un televisor, de marca ignota, que funcionó de maravilla durante casi veinte años. Los primeros grandes acontecimientos que pudimos ver en aquella caja electrónica fueron la victoria de Massiel en Eurovisión y las imágenes de los Juegos Olímpicos de México.

Me recuerdo sentado frente al televisor, viendo la final de los 200 metros lisos. No recuerdo la carrera, pero sí el resultado. La ganó el estadounidense Tommie Smith, negro; seguido de Peter Norman, australiano y blanco; y de John Carlos, también estadounidense, también negro.

Estos fueron los tres hombres que vi subirse al podio. Entonces sonó el himno de los Estados Unidos. Y ocurrió. Smith y Carlos, quienes por cierto eran amigos y compañeros de universidad, alzaron ambos un puño enguantado en un guante negro. Esa fue su protesta. Escucharon el himno de su país haciendo uno de los gestos más antiamericanos que se pueden hacer (levantar el puño es gesto de socialistas y comunistas, y Estados Unidos es un país que en plena democracia organizó una caza en toda regla de comunistas). Aunque lo más importante de aquel gesto no era el puño, sino su vestido. Lo importante era el guante, y que fuese negro. Ese gesto tenía un mensaje claro. Black Power. Ese día, el nacionalismo negro dio la vuelta al mundo. En realidad, la mayoría de los historiadores que he leído están de acuerdo en que la protesta de Smith y Carlos no fue propiamente una protesta nacionalista, sino de defensa de los llamados derechos civiles o, si lo preferís, en contra de la segregación racial. Al estilo de las protestas del reverendo Martin Luther King. No obstante, sea o no cierto eso, fuese cual fuese la intención real de aquellos dos atletas, ese gesto sirvió para la internacionalización de la causa negra estadounidense. Pero eso no quiere decir que aquello fuese nuevo. Ni de lejos. En realidad, el nacionalismo negro existe desde principios del siglo XIX, como ahora os voy a empezar a contar, si tenéis la paciencia de seguirme.

El asunto de los negros de Estados Unidos está, obviamente, influido en su totalidad por el hecho de la esclavitud. Y por eso es importante que entendáis que la relación de los Estados Unidos decimonónicos con la esclavitud no es ni tan fácil ni tan sencilla como nosotros la queremos ver. Nosotros queremos ver un país dividido en norteños absolutamente respetuosos con los negros y sureños aficionados a violar a sus esclavas y flagelar a sus esclavos. A mí la imagen de unos amos mayoritariamente crueles con sus esclavos siempre me ha parecido antieconómica. Para el plantador de algodón del sur, el esclavo era lo que es hoy para ese mismo plantador la máquina cosechadora. Y, de la misma manera que el agricultor moderno no se dedica a empapar su cosechadora de gasolina para verla arder porque es divertido, el plantador de hace 200 años tenía muchas razones para conservar a sus esclavos en razonable buena salud y condiciones; esto ha sido así desde siempre, era así en el sur de los EEUU y era así en la Roma clásica. No estoy diciendo, desde luego, que los esclavos negros tuviesen chaises longues y un blanco que les abanicase; pero lo que tampoco es cierto es que su vida se limitase a ser apaleados.

Sobre todo, lo que yo creo que es una imagen plenamente desenfocada es la que tenemos de los abolicionistas. Thomas Jefferson dejó escrito, cierto, que todos los hombres nacen iguales. Pero también dejó escrito esto: «los negros, sea por ser de origen una raza distinta o por volverse diferentes con el tiempo y las circunstancias, son inferiores a los blancos en sus cualidades, tanto corporales como mentales.» Otra idea que propugnaba Jefferson es que a los negros americanos, esos mismos a los que había que liberar de la esclavitud, había que sacarlos del país como fuese. «Nada está escrito con más seguridad en el libro del destino», escribió una vez, «como que los esclavos negros han de ser libres; pero no es menos cierto que las dos razas, igualmente libres, no pueden vivir bajo el mismo gobierno». Dicho de otra forma: a los abolicionistas jamás se les pasó por la cabeza la idea de hacer de los negros ciudadanos de primera; ni siquiera que fuesen ciudadanos de los Estados Unidos.

El campeón del antiesclavismo es, supongo que no hay duda en esto, Abe Lincoln. Pues bien, Lincoln es el padre de estas palabras: «¿Y luego? ¿Liberarlos y hacerlos política y socialmente nuestros iguales? Mis propios sentimientos no lo aceptarían.» Con un par.

Según nos relata el médico de Heinrich Himmler, el conocido vicecabrón de la Alemania nazi, Hitler y su patulea de esquizoides (incluido Bobote Tonto'l'Culo Von Ribentropp, buen conocido de Tiburcio) manejaron la posibilidad, antes de inventar las cámaras de gas, de deportar en masa a todos los judíos de Europa, y estudiaron seriamente la posibilidad de utilizar para ello la isla de Madagascar. De la misma raíz paternalisto-fascista es la idea de Liberia, es decir la nación africana montada por los EEUU para meter allí a todos los negros una vez liberados de la esclavitud (para luego tirar la llave, es de suponer). Ferdinand Fairfax es, al menos por la información que tengo yo en este momento, el primer ilustre americano que tuvo esta idea; pero a Lincoln le fascinaba. Una vez escribió: «Apenas puedo creer que el Sur y el Norte logren vivir en paz si no nos deshacemos de los negros.» Bushrod Washington, juez y sobrino del presidente que sale en los billetes creo que de dólar, fundó ya en 1818 la American Society for Colonizing the Free People of Color in the United States. Al año siguiente se envió el primer barco de negros a Sierra Leona, donde un marino blanco había fundado una colonia tras el muy americano gesto de comprarle los terrenos a un jefe tribal africano al que en el mismo momento del regateo apuntaba a la sien con su pistola.

Estas colonizaciones tenían que afectar más o menos a un cuarto de millón de negros, pues éste era el monto de los hombres de color que por entonces vivían ya en Estados Unidos siendo libres. Pero a los jerifaltes blancos esta gente le salió rana. Los libertos negros contestaron mayoritariamente, en ocasiones a través de mitines masivos, que eran americanos, y que se quedaban en casita. En consecuencia, la Sociedad apenas logró enviar a África a unos 8.000 negros, y eso que la mitad de los que fueron eran esclavos y se piraron porque a cambio se les ofreció la manumisión.

Al calor de estas ideas, el retorno a África está presente en el nacimiento del nacionalismo negro, comenzando una historia de dos siglos de relación conflictiva con la idea. En 1831 se celebró en Filadelfia la primera convención negra de la Historia de los Estados Unidos; convención que condenó la emigración a Liberia. En 1833 ya se pronunciaba incluso contra la emigración al Canadá, país que era el destino habitual de los negros razonablemente wealthy y cultos que acababan hasta las pelotas de la segregación americana. En aquella época, por cierto, la mayoría de los negros se rebelaron ante la costumbre de llamarlos «africanos» y comenzaron a exigir que se les llamase negros o de color; expresiones ambas que hoy son anatema en Estados Unidos, donde el lenguaje políticamente correcto ha medio resucitado el africanismo cuyo abandono los tatarabuelos de los que hoy gustan de ser llamados afroamericanos vieron con delicia. W.E.B. Du Bois, un activista a favor de los negros, escribió: «¿Por qué tratar de cambiar el nombre? «Negro» es una hermosa palabra. Etimológica y fonéticamente es mucho mejor que «africano» o «de color»».

El primer nacionalista negro serio fue Martin R. Delany. Accedió a esa condición con su libro The condition, elevation, emigration and destiny of the coloured people of the United States (1852); obra en la que incluyó un apéndice con un proyecto para la emigración en masa de los negros a la costa oriental de África.

El nacionalismo negro nace con estas palabras de Delany: «Somos una nación dentro de otra nación. Como los polacos en Rusia [entonces no existía Polonia como tal], los húngaros en Austria [entonces no existía Hungría como tal], los galeses, irlandeses y escoceses en los dominios británicos [entonces no existía... ¡anda, ni ahora tampoco!]».

El mensaje de Delany, sin embargo, es un poco incoherente. Como casi todo el nacionalismo negro, que no se aclara. Ya hemos visto que proyecta una emigración masiva a África. Pero, en realidad, propugna esa idea no por amor a la tierra africana, sino por repulsión hacia el rechazo vivido en los EEUU. De esta forma, el nacionalismo es un nacionalismo un poco extraño, pues un nacionalista, por definición, ama a su tierra, no la ve como un mal menor. El gallego ama a Galicia porque le mola; quiere vivir en Tuy porque es su tierra, no por no vivir en Barcelona. Tanto fue el despiste de Delany que ni siquiera tuvo claro el destino, pues si bien primero propugnó la emigración a África, luego cambió de idea y defendió que el destino debía ser Centroamérica, Sudamérica, las Antillas…

En la década de 1870, pasada la guerra civil (donde fue nombrado mayor del Ejército del Norte tras haber ofrecido una fuerza de nada menos que 40.000 negros) y abolido el esclavismo, Delany se embarcó en una lucha continuada para conseguir que la mayor parte de los cargos políticos de los condados y territorios donde vivían los negros fuesen ocupados por negros, cosa que consiguió en no despreciable medida. Suya es una frase que supongo habrá leído, en algún momento de su vida, Barack Obama: «es evidente que no hay blancos en el Norte o en el Sur que se sometan de buena gana a ver al negro gobernando a los blancos de Norteamérica.» Eso de hablar del negro en singular para referirse a los negros era moda decimonónica.

La siguiente figura del nacionalismo negro es Marcus Garvey. Antillano de nacimiento, fundó en Jamaica la Universal Negro Improvement Association. Luego, en Nueva York, tuvo éxitos clarísimos a la hora de galvanizar a los negros americanos con un panafricanismo nacionalista en el que reclamaba una nación para los negros. Fundó una República Africana en Nueva York, lo cual da la idea de las incoherencias internas que seguía teniendo el movimiento. Garvey montó toda una corte en la que él era Su Alteza el Potentado, luego venía Su Excelencia el Presidente Provisional de África y otros 19 ministros, más una nobleza formada por Caballeros del Nilo, Duques de Nigeria y Uganda y los miembros de la Orden de los Servicios Distinguidos de Etiopía. Fundó una Iglesia Ortodoxa Africana cuyos Dios era negro, los ángeles eran más negros que en la canción de Antonio Machín… y Satán era, cómo no, blanquito. Si tenía la cara de Laporta o Calderón, es algo que no he logrado averiguar.

Una característica realmente curiosa de Garvey era su racismo. Esto también ha dejado cierta huella en muchos negros partidarios de la negritud, que lo han sido después de él. Especie de racismo inverso, los garveyanos se acostumbraron a defender que todo lo que hacían los negros era bueno y que todo lo que hacían los blancos era malo. El paroxismo xenófobo de Garvey llegó a tal punto que acabó admirando… ¡al Ku Klux Klan! Sí, como lo leéis. Les admiraba y tenía relativas buenas relaciones con ellos. Y no es tan extraño. Cambiando blanco por negro, eran como él. Pensaban como él. Para que luego digan que es espacio no es curvo y los extremos no se tocan.

Garvey fue encarcelado en 1925, acusado de delito postal, en una movida de la que quizá no fueron ajenos otros líderes negros. Dos años después fue indultado y deportado a Jamaica. Su estrella decayó, pero algunas de sus trazas siguen ahí.

Al nacionalismo negro le había fallado el retorno a África. Tampoco se sentía muy tentado de simplemente intentar cuajar en un país donde la segregación estaba al cabo de la calle. El siguiente paso es de libro: ¿y si la patria está aquí, aquí mismo?

El siguiente paso es pensar en la idea de un Estado Negro dentro de los Estados Unidos, distinto del Estado blanco.

Pero esa historia la abordaremos en el siguiente capítulo.