Te recuerdo que este pequeño capítulo es continuación de:
El pistolerismo (I): La huelga de La Canadiense.
El pistolerismo (II): Brabo Portillo y Pau Sabater.
Habíamos dejado Barcelona a finales de agosto de 1919, temblando, a pesar del calor, por el tristísimo asesinato de Pau Sabater y con, al menos, una buena noticia, como es la llegada de un nuevo gobernador, en la persona de Julio Amado, que quería resolver de una vez y para siempre las desavenencias entre obreros y patronos mediante la creación de una especie de parlamento laboral, antecesor de nuestra actual negociación colectiva. No obstante, el panorama no movía al optimismo. Toda el área estaba perlada de huelgas, especialmente en Manresa que era muy a menudo una ciudad a menos de medio gas; y, por la parte patronal, el matonismo había vuelto a las calles, de la mano del inefable Brabo Portillo, todos cuyos secuaces, con la sola excepción de Luis Fernández, habían sido liberados a pesar de haber sido detenidos por su participación en el asesinato de Sabater. La situación se hizo tan insostenible que los anarquistas decidieron dar un paso más, darle una vuelta de tuerca más a la situación, matando al mismísimo Brabo Portillo.
Estamos en el 5 de septiembre de aquel año. Se parecía, y mucho, a cualquier 5 de septiembre de nuestra vida actual porque aún la ciudad estaba a medio gas, con un montón de gente de vacaciones. En la esquina de las calles Paseo de Gracia y Roselló vive Brabo Portillo, y allí está trabajando esa mañana; todo en esas horas lo hará solo, lo cual nos da la medida de hasta qué punto se sentía este hombre omnipotente e intocable. Tras de cuidar de sus asuntos, se fue al barrio de Gracia a echar un cañete en el chalecito en el que, al parecer, tenía instalada a una amiga. Ya en el tranvía, el ex policía se percató de dos tipos que no le quitaban ojo de encima. Así pues, se bajó del tranvía sin dejar de vigilarlos, y con la mano presta para sacar la pistola. Iba al número 369 de la calle Córcega, donde vivía otra de sus conocidas (era, por lo que se ve, prolijo en las artes amatorias); pero, según todos los indicios, infravaloró el espionaje ácrata, pues era en ese mismo portal donde le estaba esperando su agresor.
Los asesinatos realizados por anarquistas siempre seguían el mismo patrón. Se utilizaba a tres asesinos, uno de los cuales disparaba mientras que los otros dos tenían como función cortar la retirada de la víctima. En realidad, los hombres que seguían a Brabo no eran quienes tenían que dispararle, sino los que iban a contenerlo. Aún y a pesar de esta estrategia, el ex policía logró huir unos metros por la calle Santa Tecla, hasta que fue herido en una ingle, momento en que debió parar y parapetarse tras un coche. Pero los atacantes se echaron al suelo y le dispararon por debajo del coche.
Brabo Portillo llegó vivo al dispensario de Ríus y Taulet, pero murió prácticamente de inmediato.
La muerte de Brabo agotó las existencias de cigarros puros en no pocas zonas de Barcelona. Para lo obreros, era la mejor noticia posible. Sin embargo, esa muerte tuvo un elemento nada positivo, y fue la radicalización de los patronos. Obviamente, los empresarios y burgueses de Barcelona se sintieron desamparados; alguien que era capaz de matar a Brabo era capaz de matar a cualquiera. Y, por último, estaban los miembros de la banda. Porque los empresarios todavía tenían su moral; pero los hombres que trabajaban para Brabo eran, pura y simplemente, delincuentes. Y obraron como tales.
A través de alguno de sus infiltrados en la CNT, consiguieron citar a los autores del atentado en un bar de la Ronda de San Pablo. Una vez que estuvieron allí, entraron para matarlos. Los cenetistas, sin embargo, reconocieron a El Mallorquín y, por eso, en ese momento se produjo dentro del bar un tiroteo al mejor estilo de las películas de Clint Eastwood.
Al no lograr su objetivo, los miembros de la banda activaron el Plan B, consistente en reconstituirse con un nuevo jefe. Que apareció en la persona de Rudolf Stallman, barón de König. Ya hablaremos de él.
Mientras ocurría todo esto, Amado trataba de reunir a su comisión mixta y abrir paso al diálogo. El 16 de septiembre, patronos y obreros alcanzaron un acuerdo. No está claro, sin embargo, que la voluntad de los empresarios fuese, de verdad, firmarlo (la firma se dejó para el día siguiente). Sea esto o no cierto, lo que sí lo es que pronto tuvieron a qué agarrarse para dar su negativa.
Esa noche, en unas fiestas de barrio en el Poble Nou, un desconocido hirió a Agustí Sabater, hijo de un industrial de la zona. Ni siquiera está claro que fuese un asunto político; quizá se trató de algún tipo de problema personal. Pero, a la luz de los hechos, el 17 a las 11 de la mañana, los representantes patronales se dirigieron al gobierno civil y, en plena ceremonia de la firma, comunicaron a través de su abogado, Tomás Benet, que no iban a firmar.
Amado montó en cólera. Con el apoyo de los obreros, pues Seguí se apresuró a asegurar la voluntad de la CNT de firmar el acuerdo, conminó a los empresarios a pensárselo mejor, y les dio 24 horas para dar una respuesta. Los representantes patronales consumieron aquel día en consultas y tertulias. Al día siguiente, ni siquiera se presentaron en el gobierno civil.
La respuesta de los patronos fue muy otra. Convocaron una gran conferencia empresarial española, que se abrió el 21 de octubre en el Palau de la Música Catalana. Arropados por empresarios de todo el país, envalentonados, los patronos catalanes decidieron ejecutar un lock out total (o sea, una huelga general de patronos) el 3 de noviembre y nombraron presidente de su federación a Feliu Graupere, un personaje hasta entonces de escasa importancia.
El problema de las huelgas generales es siempre el mismo: o el personal esta muy, pero que muy por la labor, o son un fracaso. El lock out del 3 de noviembre consiguió bastante poco, pues muchos empresarios continuaron con el trabajo y, por esta razón, apenas tres días después ya estaban patronos y obreros tratando de reunir la comisión mixta y llegar a algún tipo de acuerdo. Tras una serie de dimes y diretes, y merced a la intervención personal del general Miláns del Bosch, finalmente los patronos aceptaron llegar a un acuerdo, el día 11 de noviembre. El convenio se firmó el día 12, no sin suspense porque, esta vez, fueron los delegados obreros los que se demoraron varias horas. En la plaza de Sant Jaume esperaba una abigarrada multitud de burgueses y obreros, que recibió la noticia con júbilo.
El jueves día 14, Barcelona volvió a ser Barcelona. Uno de los pactos de aquel acuerdo era la suspensión de todos los conflictos, cierres y huelgas, que se discutirían uno por uno. Así pues, aquel día todas las empresas catalanas trabajaron con normalidad. Sin embargo, en algunas de ellas, normalmente grandes, ocurrió algo inesperado. Al llegar los obreros a las fábricas se encontraban con empleados de confianza manejando listas; en las listas figuraba quien estaba despedido y quien podía entrar. Esta actuación era frontalmente contraria a lo pactado, pues el convenio establecía que no habría represalias contra los huelguistas.
Grupos de obreros se fueron al gobierno civil y exigieron ver a Seguí, que estaba negociando conflictos con los patronos. Cuando el Noi del Sucre se enteró de lo que pasaba, montó en cólera, entró en la sala y, ante las explicaciones torpes y parciales de los patronos, anunció que la CNT se retiraba de la comisión mixta.
Fue la última oportunidad de impedir el pistolerismo en Barcelona.
El día 24 por la noche, estalló una bomba cerca de la Capitanía General de Barcelona que hirió a dos soldados. No está claro quién hizo aquello; todo el mundo pensó que era un acto de los obreros, pero también se ha apuntado a la banda de König, porque lo cierto es que el resultado de ese atentado fue que Miláns, que estaba hasta entonces bastante alejado del orden público, volviese a tomar el control de las calles, radicalizando los enfrentamientos.
Envalentonados, los patronos movieron ficha. El 1 de diciembre, a las puertas de las Navidades, decretaron un cierre patronal que dejaba a 50.000 obreros en la calle. El objetivo era dejarlos sin ingresos, sin nada que comer, sin posibilidad de comprar algo para vestirse, hasta que se rindieran.
El péndulo se movió, bruscamente.
viernes, mayo 18, 2007
miércoles, mayo 16, 2007
Mi voto en las próximas elecciones
Andamos los hispanos, en el tiempo presente, muy revueltos políticamente. La razón es que se nos acercan unas elecciones municipales y autonómicas (aunque no en todas las autonomías). Quizá los que podáis leer esto y no seáis españoles penséis que unas elecciones municipales son elecciones menores. Pero no hay tal, en nuestro caso. Unas elecciones municipales trajeron la II República, por ejemplo. Y, además, ahora mismo se da la circunstancia de que, a pesar de que hay mucha gente que no vota lo mismo cuando el parlamento que está votando es el local, regional o estatal, el hecho de que las municipales se celebren más o menos un año antes que las generales hace que sea bastante cierta la regla por la cual el partido que gana aquéllas, gana después éstas.
A mí nadie me ha preguntado el voto. Pero, aún así, yo contesto. No tengo ningún problema en escribir en público la decisión que tomaré el 27 de mayo, como la he tomado ya muchas veces en los últimos años.
Mi voto será nulo. Más que nada, porque es la única forma que conozco de expresar mi radical desacuerdo con el sistema electoral.
Son varias las cosas que me rayan.
En primer lugar, las listas cerradas. A las pocas horas de comenzar oficialmente la campaña electoral, ya recibí en mi casa las dos primeras cartas invitándome al voto a la Asamblea de Madrid. No sé si es fruto de la casualidad, si van coordinados (lo dudo) o qué, pero el caso es que las dos listas propuestas eran la de Falange Española de las JONS y La Falange, que al parecer hoy en día son cosas distintas (sin ir más lejos, el logo de una es el yugo y las flechas en blanco sobre fondo negro, y el del otro es el yugo y las flechas en negro sobre fondo blanco).
En ambos casos, la papeleta contiene 123 nombres; 120 candidatos, y tres candidatos suplentes.
Una pregunta personal, lector: ¿cuántos amigos tienes? Siempre se dice que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano. Pero, sumando a los colegas, no sé, todos tenemos una cuadrilla de, digamos, entre cinco y quince personas, con la que nos iríamos un sábado a cenar y al cine perfectamente. La siguiente pregunta es: ¿y a cuánta gente conoces un poco? O sea, si haces una lista de las personas de las que tienes datos del tipo si están casados o no, si tienen hijos, en qué trabajan, si son más bien ricos o pobres, si del Madrid, del Atleti o del Barça, ¿cuántos te saldrían? Entre compis del curro o del aula, amigos de papá y de mamá, el vecino ése tan cachondo mental… ¿sesenta, setenta personas?
Corolario: si tú, que lees eso, en los quince, veinte, treinta, cuarenta o sesenta y tantos años de vida que tienes, has conseguido acopiar información básica sobre algo más de 50 personas, ¿cómo serás capaz de juzgar la capacidad de 123 desconocidos a la hora de representarte en la Asamblea de Madrid?
Las listas cerradas no sólo son antidemocráticas sino que son absolutamente contrarias a nuestro devenir histórico. Hasta la transición posfranquista, los españoles de toda la vida de Dios, cuando habían podido votar, habían votado listas abiertas. Esto daba para ciertas comparaciones inteligentes; por ejemplo, en el PSOE de la República el candidato más votado era, casi siempre, Julián Besteiro. Y en las elecciones del 36 en Barcelona ciudad, a pesar de que el líder político catalán indiscutido era Lluis Companys, no fue el candidato más votado de la lista.
Las listas cerradas fomentan el deporte del «escaño seguro», ergo del lobby político. O sea: yo soy un líder político que quiero obtener el apoyo de un gran financiero y lo mismo lo consigo si su hijo tiene veleidades políticas: lo pongo de quinto candidato por Murcia, que para mi partido es escaño seguro, y a tirar millas.
Esta práctica del escaño seguro es el trasunto moderno del deleznable artículo 29 de la ley electoral de la Restauración, mediante el cual un candidato que no tenía oponentes era automáticamente proclamado; así, los caciques ni siquiera tenían que conseguir que la gente les votase; con amedrentar a todo aquél que osase competir con ellos les bastaba. Estoy hoy ya no pasa; no hay caciques, que se sepa. Pero sí hay diputados que el votante traga sí o sí. Suponiendo que yo conociese de la leche a María del Carmen Fátima González Gutiérrez (número 15 en la lista de FE de las JONS para la Asamblea de Madrid); suponiendo que la conociese y la ponderase como persona de enorme inteligencia y habilidad política, ¿por qué dicha ponderación tendría que llevar aparejado mi apoyo a otros 122 señores y señoras? Más aún: ¿cuál es mi capacidad de reacción si opino que María del Carmen Fátima merecería ser diputada en la Asamblea de Madrid pero, en cambio, albergo la opinión exactamente opuesta sobre Norberto Pedro Rico Sanabria, número 1 de su lista?
Pues esa libertad de decidir, los españoles la teníamos. La teníamos incluso en tiempos que motejamos de caciquiles y poco democráticos.
Un estudio sociológico interesante sería conocer, para cada partido, el nivel de conocimiento por los votantes de los candidatos de la lista. Fijo que por debajo del número seis no los conoce ni Dios.
Lo siguiente que me jode son las circunscripciones electorales. En la República se reinventó la circunscripción provincial como una medida contra el caciquismo. Y estuvo bien porque es cierto que, cuanto menor era la circunscripción electoral, más probabilidad había de que hubiese un mandamás llevándose al huerto los votos o la proclamación directa.
Pero el tiempo ha pasado y, hoy por hoy, me pregunto qué narices hacemos los residentes en Madrid votando candidatos al Congreso por una circunscripción como la muestra, con más de cinco millones de habitantes. Vale, por eso votamos más candidatos. Pero, como las listas son cerradas, eso no hace sino acrecentar el problema. Hay que votar listas abiertas y, además, listas de no más allá de cuatro o cinco candidatos.
Dicho de otra forma: en un sistema realmente democrático, yo quiero tener un congresista. Mi congresista. Un tipo, o tipa, con nombres y apellidos, con una historia, con una trayectoria y unas habilidades. Que haya hecho esfuerzos por hacerse conocer por mí, ya que su escaño depende de mi voto. A quien yo pueda acudir, me haga mucho o poco caso, cuando tengo algo que decir. Que pueda saber que votando a favor de la Ley X se la está jugando, porque yo estoy en contra. Las democracias parlamentarias en las que los parlamentarios votan según la indicación de un jefe de partido son democracias a medias.
Lo de las listas de cuatro o cinco candidatos me lleva a otro asunto, como es el juego de mayorías y minorías y las coaliciones. En el sistema electoral de la II República, los votantes votaban en las papeletas por un número de escaños inferior al total de la circunscripción que se tratase. Este sistema propugnaba la existencia de candidaturas llamadas de mayorías (el partido muy votado que va a al copo) y candidaturas de minorías (el partido de escasa implantación, pero que tal vez cuenta con un personaje de especial relevancia, que lo presenta buscando «rebañar» ese escaño al que no pueden llegar los votantes de los grandes partidos).
Este sistema, sobre todo, tenía una ventaja fundamental: las alianzas y coaliciones debían ser previas, no posteriores. Un sistema de mayorías y minorías favorece enormemente a la formación política que es capaz, a través de coaliciones, de presentarse ante su electorado unida. La izquierda perdió las elecciones del 33 por estar fraccionada, pero en 1936 aprendió la lección y le dio la vuelta a la situación con el Frente Popular. No creo que nadie desmienta la idea de que una coalición ante es muchísimo más democrática que una coalición post. En una coalición post, los líderes políticos de los partidos coligados están haciendo un juicio de intenciones (que sus electores quieren que se coliguen) al que, claramente, no han querido someterse por la vía de los votos; si tan convencidos están de que ése es el deseo de sus votantes, ¿por qué no se aliaron antes?
Se ha escrito sobradamente que este sistema electoral de mayorías fue uno de los grandes problemas de la República, porque favoreció la victoria de posiciones radicales. Yo no estoy de acuerdo. Hubiera sido el sistema electoral en la República el que hubiera sido, la situación se habría radicalizado igual, porque el problema de la República, además del sistema electoral, fue la inexistencia de un centro político. La deplorable situación de las clases humildes españolas, especialmente en el campo que era el principal motor de empleo, unida a la polarización política de aquellos tiempos (binomio marxismo-fascismo), hizo que las opciones de centro no existiesen. La Confederación Estatal de Derechas Autónomas de Gil-Robles, que viene a ser, en situación en el espectro sociológico, como nuestro PP de hoy, le hacía decir a su jefe en los mitines cosas como que había que construir un nuevo Estado y si el Parlamento no entendía eso, habría que someterlo; si a Rajoy se le ocurre decir la mitad de un cacho de un 10% de esto, lo echamos de España. Y qué decir de la izquierda. Ya no del PSOE, que entonces era un partido marxista de libro; la propia izquierda burguesa, es decir los radical-socialistas y los azañistas, mantenían políticas bastante alejadas del centro político.
En 1933 y en 1936, ganar era alejarse del centro; hoy en día, gana quien más se acerca a él. Pero el problema de las coaliciones estriba en que deberían ser casi ilegales a voto pasado. ¿Fomenta eso el frentepopulismo? Pero, ¿quién ha dicho que el frentepopulismo es malo? El Frente Popular se presentó a las elecciones de febrero de 1936 con un programa electoral (manifiesto electoral se llamaba entonces) muy interesante, a la par que moderado e integral. No faltaron las declaraciones de los políticos de dicho Frente en sentido integrador y Azaña, tras la victoria, así lo aseveró en el Parlamento: quería dirigir un gobierno para todos los españoles. De la deriva que después tomaron las cosas tuvieron la culpa algunas personas, pero no el Frente Popular como estrategia.
Pero, ¿cuál sería el juicio de la Historia si hubiese transcurrido de otra manera? Pongamos que en la España de 1936 el sistema electoral hubiera sido otro, digamos el que tenemos hoy nosotros: enormes circunscripciones electorales, ley D’Hont y listas cerradas. Pongamos que en febrero que 1936 se presentan cinco grandes fuerzas políticas a las elecciones: la derecha monárquica antidemocrática (el Bloque Nacional de Calvo-Sotelo, y los tradicionalistas); la derecha republicana (CEDA); la izquierda burguesa (Unión Republicana e Izquierda Republicana, digamos que en coalición o en un solo partido político, más las candidaturas portelistas); el PSOE y los comunistas, también en coalición o bajo las siglas del PSOE; y los nacionalistas.
¿Cuál habría sido el resultado de esas elecciones? Es imposible saberlo, pero mi apuesta es que, sobre un Parlamento de unos 350 escaños, el nacionalismo vasco y el catalán obtendrían representaciones similares a las que tienen, algo más elevadas en el caso del nacionalismo catalán; los monárquicos tendrían una minoría del tamaño de la que tiene hoy en día Izquierda Unida; los partidos de centro tendrían unos 50 o 60 diputados; y la CEDA y el PSOE-PC serían las grandes minorías, con más escaños para la segunda, digamos unos 160-170 para el PSOE, 120-130 para la CEDA. Lógicamente, habría en el grupo mixto pequeñas minorías, como los partidos más de izquierdas como el POUM.
En estas circunstancias, el PSOE, la izquierda burguesa, los partidos extremos y el nacionalismo catalán podrían recomponer el Frente Popular. Pero el juicio de la Historia ya no sería el mismo; estaría trufado de reproches, sobre todo hacia los partidos burgueses, por coligarse con formaciones más extremas después de las elecciones. Hoy en día, se habrían escrito páginas y páginas discutiendo hasta el fondo la cuestión de si quienes votaron en el 36 a los partidos burgueses eran o no partidarios de que éstos se aliasen con partidos marxistas; cuestión que hoy no existe en nuestro debate histórico, por el simple hecho de que la coalición existió y existió antes de las elecciones.
La democracia moderna, sin embargo, está repleta de multipartitos, tripartitos, bipartitos, tetrapartitos, pentapartitos y lo que caiga, a los que nadie ha votado como tales. Son los políticos los que prejuzgan la actitud de su electorado y, además, no le dan a ese mismo electorado la ocasión de que mostrar su desacuerdo mediante listas abiertas.
Iré, pues, a mi colegio electoral, pues para mí votar es, más que un derecho, una obligación. Pero para votar a 123 señores a los que no conozco de nada, que no me conocen a mí de nada tampoco y, aún así, se han arrogado la capacidad de hacer un juicio de intenciones sobre lo que yo quiero o dejo de querer votándoles, para eso, ya digo, haré lo que todos los años, en todas las elecciones: meteré en el sobre varias papeletas de varios partidos e iré señalando con círculos y flechas a aquellos candidatos de cada papeleta que deseo votar.
Siempre me ponen cara rara (salvo en las votaciones al Senado) por lo voluminoso de mi sobre. Una vez, una sola vez, un interventor electoral, no diré de qué partido, trató de averiguar, muy educadamente, la razón de tal volumen.
Se la expliqué, pero siempre he dado por hecho que no lo entendió.
A mí nadie me ha preguntado el voto. Pero, aún así, yo contesto. No tengo ningún problema en escribir en público la decisión que tomaré el 27 de mayo, como la he tomado ya muchas veces en los últimos años.
Mi voto será nulo. Más que nada, porque es la única forma que conozco de expresar mi radical desacuerdo con el sistema electoral.
Son varias las cosas que me rayan.
En primer lugar, las listas cerradas. A las pocas horas de comenzar oficialmente la campaña electoral, ya recibí en mi casa las dos primeras cartas invitándome al voto a la Asamblea de Madrid. No sé si es fruto de la casualidad, si van coordinados (lo dudo) o qué, pero el caso es que las dos listas propuestas eran la de Falange Española de las JONS y La Falange, que al parecer hoy en día son cosas distintas (sin ir más lejos, el logo de una es el yugo y las flechas en blanco sobre fondo negro, y el del otro es el yugo y las flechas en negro sobre fondo blanco).
En ambos casos, la papeleta contiene 123 nombres; 120 candidatos, y tres candidatos suplentes.
Una pregunta personal, lector: ¿cuántos amigos tienes? Siempre se dice que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano. Pero, sumando a los colegas, no sé, todos tenemos una cuadrilla de, digamos, entre cinco y quince personas, con la que nos iríamos un sábado a cenar y al cine perfectamente. La siguiente pregunta es: ¿y a cuánta gente conoces un poco? O sea, si haces una lista de las personas de las que tienes datos del tipo si están casados o no, si tienen hijos, en qué trabajan, si son más bien ricos o pobres, si del Madrid, del Atleti o del Barça, ¿cuántos te saldrían? Entre compis del curro o del aula, amigos de papá y de mamá, el vecino ése tan cachondo mental… ¿sesenta, setenta personas?
Corolario: si tú, que lees eso, en los quince, veinte, treinta, cuarenta o sesenta y tantos años de vida que tienes, has conseguido acopiar información básica sobre algo más de 50 personas, ¿cómo serás capaz de juzgar la capacidad de 123 desconocidos a la hora de representarte en la Asamblea de Madrid?
Las listas cerradas no sólo son antidemocráticas sino que son absolutamente contrarias a nuestro devenir histórico. Hasta la transición posfranquista, los españoles de toda la vida de Dios, cuando habían podido votar, habían votado listas abiertas. Esto daba para ciertas comparaciones inteligentes; por ejemplo, en el PSOE de la República el candidato más votado era, casi siempre, Julián Besteiro. Y en las elecciones del 36 en Barcelona ciudad, a pesar de que el líder político catalán indiscutido era Lluis Companys, no fue el candidato más votado de la lista.
Las listas cerradas fomentan el deporte del «escaño seguro», ergo del lobby político. O sea: yo soy un líder político que quiero obtener el apoyo de un gran financiero y lo mismo lo consigo si su hijo tiene veleidades políticas: lo pongo de quinto candidato por Murcia, que para mi partido es escaño seguro, y a tirar millas.
Esta práctica del escaño seguro es el trasunto moderno del deleznable artículo 29 de la ley electoral de la Restauración, mediante el cual un candidato que no tenía oponentes era automáticamente proclamado; así, los caciques ni siquiera tenían que conseguir que la gente les votase; con amedrentar a todo aquél que osase competir con ellos les bastaba. Estoy hoy ya no pasa; no hay caciques, que se sepa. Pero sí hay diputados que el votante traga sí o sí. Suponiendo que yo conociese de la leche a María del Carmen Fátima González Gutiérrez (número 15 en la lista de FE de las JONS para la Asamblea de Madrid); suponiendo que la conociese y la ponderase como persona de enorme inteligencia y habilidad política, ¿por qué dicha ponderación tendría que llevar aparejado mi apoyo a otros 122 señores y señoras? Más aún: ¿cuál es mi capacidad de reacción si opino que María del Carmen Fátima merecería ser diputada en la Asamblea de Madrid pero, en cambio, albergo la opinión exactamente opuesta sobre Norberto Pedro Rico Sanabria, número 1 de su lista?
Pues esa libertad de decidir, los españoles la teníamos. La teníamos incluso en tiempos que motejamos de caciquiles y poco democráticos.
Un estudio sociológico interesante sería conocer, para cada partido, el nivel de conocimiento por los votantes de los candidatos de la lista. Fijo que por debajo del número seis no los conoce ni Dios.
Lo siguiente que me jode son las circunscripciones electorales. En la República se reinventó la circunscripción provincial como una medida contra el caciquismo. Y estuvo bien porque es cierto que, cuanto menor era la circunscripción electoral, más probabilidad había de que hubiese un mandamás llevándose al huerto los votos o la proclamación directa.
Pero el tiempo ha pasado y, hoy por hoy, me pregunto qué narices hacemos los residentes en Madrid votando candidatos al Congreso por una circunscripción como la muestra, con más de cinco millones de habitantes. Vale, por eso votamos más candidatos. Pero, como las listas son cerradas, eso no hace sino acrecentar el problema. Hay que votar listas abiertas y, además, listas de no más allá de cuatro o cinco candidatos.
Dicho de otra forma: en un sistema realmente democrático, yo quiero tener un congresista. Mi congresista. Un tipo, o tipa, con nombres y apellidos, con una historia, con una trayectoria y unas habilidades. Que haya hecho esfuerzos por hacerse conocer por mí, ya que su escaño depende de mi voto. A quien yo pueda acudir, me haga mucho o poco caso, cuando tengo algo que decir. Que pueda saber que votando a favor de la Ley X se la está jugando, porque yo estoy en contra. Las democracias parlamentarias en las que los parlamentarios votan según la indicación de un jefe de partido son democracias a medias.
Lo de las listas de cuatro o cinco candidatos me lleva a otro asunto, como es el juego de mayorías y minorías y las coaliciones. En el sistema electoral de la II República, los votantes votaban en las papeletas por un número de escaños inferior al total de la circunscripción que se tratase. Este sistema propugnaba la existencia de candidaturas llamadas de mayorías (el partido muy votado que va a al copo) y candidaturas de minorías (el partido de escasa implantación, pero que tal vez cuenta con un personaje de especial relevancia, que lo presenta buscando «rebañar» ese escaño al que no pueden llegar los votantes de los grandes partidos).
Este sistema, sobre todo, tenía una ventaja fundamental: las alianzas y coaliciones debían ser previas, no posteriores. Un sistema de mayorías y minorías favorece enormemente a la formación política que es capaz, a través de coaliciones, de presentarse ante su electorado unida. La izquierda perdió las elecciones del 33 por estar fraccionada, pero en 1936 aprendió la lección y le dio la vuelta a la situación con el Frente Popular. No creo que nadie desmienta la idea de que una coalición ante es muchísimo más democrática que una coalición post. En una coalición post, los líderes políticos de los partidos coligados están haciendo un juicio de intenciones (que sus electores quieren que se coliguen) al que, claramente, no han querido someterse por la vía de los votos; si tan convencidos están de que ése es el deseo de sus votantes, ¿por qué no se aliaron antes?
Se ha escrito sobradamente que este sistema electoral de mayorías fue uno de los grandes problemas de la República, porque favoreció la victoria de posiciones radicales. Yo no estoy de acuerdo. Hubiera sido el sistema electoral en la República el que hubiera sido, la situación se habría radicalizado igual, porque el problema de la República, además del sistema electoral, fue la inexistencia de un centro político. La deplorable situación de las clases humildes españolas, especialmente en el campo que era el principal motor de empleo, unida a la polarización política de aquellos tiempos (binomio marxismo-fascismo), hizo que las opciones de centro no existiesen. La Confederación Estatal de Derechas Autónomas de Gil-Robles, que viene a ser, en situación en el espectro sociológico, como nuestro PP de hoy, le hacía decir a su jefe en los mitines cosas como que había que construir un nuevo Estado y si el Parlamento no entendía eso, habría que someterlo; si a Rajoy se le ocurre decir la mitad de un cacho de un 10% de esto, lo echamos de España. Y qué decir de la izquierda. Ya no del PSOE, que entonces era un partido marxista de libro; la propia izquierda burguesa, es decir los radical-socialistas y los azañistas, mantenían políticas bastante alejadas del centro político.
En 1933 y en 1936, ganar era alejarse del centro; hoy en día, gana quien más se acerca a él. Pero el problema de las coaliciones estriba en que deberían ser casi ilegales a voto pasado. ¿Fomenta eso el frentepopulismo? Pero, ¿quién ha dicho que el frentepopulismo es malo? El Frente Popular se presentó a las elecciones de febrero de 1936 con un programa electoral (manifiesto electoral se llamaba entonces) muy interesante, a la par que moderado e integral. No faltaron las declaraciones de los políticos de dicho Frente en sentido integrador y Azaña, tras la victoria, así lo aseveró en el Parlamento: quería dirigir un gobierno para todos los españoles. De la deriva que después tomaron las cosas tuvieron la culpa algunas personas, pero no el Frente Popular como estrategia.
Pero, ¿cuál sería el juicio de la Historia si hubiese transcurrido de otra manera? Pongamos que en la España de 1936 el sistema electoral hubiera sido otro, digamos el que tenemos hoy nosotros: enormes circunscripciones electorales, ley D’Hont y listas cerradas. Pongamos que en febrero que 1936 se presentan cinco grandes fuerzas políticas a las elecciones: la derecha monárquica antidemocrática (el Bloque Nacional de Calvo-Sotelo, y los tradicionalistas); la derecha republicana (CEDA); la izquierda burguesa (Unión Republicana e Izquierda Republicana, digamos que en coalición o en un solo partido político, más las candidaturas portelistas); el PSOE y los comunistas, también en coalición o bajo las siglas del PSOE; y los nacionalistas.
¿Cuál habría sido el resultado de esas elecciones? Es imposible saberlo, pero mi apuesta es que, sobre un Parlamento de unos 350 escaños, el nacionalismo vasco y el catalán obtendrían representaciones similares a las que tienen, algo más elevadas en el caso del nacionalismo catalán; los monárquicos tendrían una minoría del tamaño de la que tiene hoy en día Izquierda Unida; los partidos de centro tendrían unos 50 o 60 diputados; y la CEDA y el PSOE-PC serían las grandes minorías, con más escaños para la segunda, digamos unos 160-170 para el PSOE, 120-130 para la CEDA. Lógicamente, habría en el grupo mixto pequeñas minorías, como los partidos más de izquierdas como el POUM.
En estas circunstancias, el PSOE, la izquierda burguesa, los partidos extremos y el nacionalismo catalán podrían recomponer el Frente Popular. Pero el juicio de la Historia ya no sería el mismo; estaría trufado de reproches, sobre todo hacia los partidos burgueses, por coligarse con formaciones más extremas después de las elecciones. Hoy en día, se habrían escrito páginas y páginas discutiendo hasta el fondo la cuestión de si quienes votaron en el 36 a los partidos burgueses eran o no partidarios de que éstos se aliasen con partidos marxistas; cuestión que hoy no existe en nuestro debate histórico, por el simple hecho de que la coalición existió y existió antes de las elecciones.
La democracia moderna, sin embargo, está repleta de multipartitos, tripartitos, bipartitos, tetrapartitos, pentapartitos y lo que caiga, a los que nadie ha votado como tales. Son los políticos los que prejuzgan la actitud de su electorado y, además, no le dan a ese mismo electorado la ocasión de que mostrar su desacuerdo mediante listas abiertas.
Iré, pues, a mi colegio electoral, pues para mí votar es, más que un derecho, una obligación. Pero para votar a 123 señores a los que no conozco de nada, que no me conocen a mí de nada tampoco y, aún así, se han arrogado la capacidad de hacer un juicio de intenciones sobre lo que yo quiero o dejo de querer votándoles, para eso, ya digo, haré lo que todos los años, en todas las elecciones: meteré en el sobre varias papeletas de varios partidos e iré señalando con círculos y flechas a aquellos candidatos de cada papeleta que deseo votar.
Siempre me ponen cara rara (salvo en las votaciones al Senado) por lo voluminoso de mi sobre. Una vez, una sola vez, un interventor electoral, no diré de qué partido, trató de averiguar, muy educadamente, la razón de tal volumen.
Se la expliqué, pero siempre he dado por hecho que no lo entendió.
domingo, mayo 13, 2007
La muerte de Azaña
Manuel Azaña fue el segundo presidente de la II República española, y el último de ellos que lo fue sobre un país con integridad territorial; lo cual quiere decir que hubo otros presidentes después, pero lo fueron en el exilio y, por lo tanto, su mandato no se extendió propiamente sobre país alguno. Por lo demás, el orden constitucional nacido de la Ley de Reforma Política del franquismo, y la Constitución actualmente vigente después, proclama la alegalidad de aquella República surgida tras la derrota de 1939; al considerar el gobierno legal y soberano de España la monarquía constitucional prevista en las leyes franquistas, se viene a admitir que la República dejó de existir con el franquismo. Es por ello que, desde algunos puntos de vista, se podría decir que Azaña es el último presidente de la República española. Al menos, de momento.
Azaña tuvo en su vida tres grandes obsesiones: la religión, el ejército y él mismo. Empezando por la última, no fueron pocos los políticos republicanos, correligionarios de él, que le señalaron, una y mil veces, su excesiva displicencia para con los adversarios políticos, que en no pocos debates rozó el desprecio y que le hizo llegar tan lejos en la seguridad en sí mismo que llegó a cometer gravísimos errores, como cuando, en medio del debate parlamentario sobre los sucesos de Casas Viejas, dijo aquello de que allí «había pasado lo que tenía que pasar», como diciendo que el destino de un puto jornalero anarquista es que le revienten las tripas a tiros o lo quemen vivo dentro de la casa donde se ha hecho fuerte.
Azaña tenía mala opinión hasta de quienes le eran más cercanos; de todos los políticos con que trató al final de la República y durante la guerra, ninguno tenía tanta sintonía con él como el socialista Indalecio Prieto; y, sin embargo, en plena guerra, y merced a una aleve filtración, se publicaron algunas entradas de los diarios de Azaña en las que, entre otras cosas, se burlaba de la incultura del político socialista y de su incapacidad para expresar con agilidad sus ideas. Y ése le caía bien. Porque en sus diarios hay un montón de perlas dedicadas a los que le caían mal, como ésta, dedicada a Lluis Companys: «Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la Historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años». Ahí queda eso.
En materia militar, Azaña se creía un gran experto. En los primeros meses de 1936, cuando tanta gente se le acercaba para prevenirle del golpe de Estado que se preparaba, Azaña contestaba: «si conocieran ustedes como conozco a los militares, sabrían cómo hay que tratar sus demandas». Y parece bastante obvio que se equivocó.
Pero, con todo, su principal obsesión, como la de tantos políticos de izquierdas de aquella época, era la religión católica. Ya sabéis que Azaña había sido el principal propagandista del laicismo del Estado consagrado por la Constitución republicana, con la famosa frase que pronunció en el debate parlamentario: «España ha dejado de ser católica». Quizá por eso, la religión le perseguiría hasta más allá de su muerte, y es de esto que va este post.
En enero de 1939, Cataluña, en realidad el último frente serio de la guerra civil, se hundía bajo el empuje de las fuerzas franquistas. Desde el momento en que Franco consiguió aislar las dos áreas republicanas, el Centro y Cataluña, la guerra estaba irremisiblemente perdida para la República. Encontramos a Azaña el 21 de enero del 39, sábado, huyendo de buena mañana, en compañía de sus dos escoltas, del pueblo donde reside tras salir de Barcelona, llamado La Barata. Según mis noticias, está cerca de Tarrasa.
El domingo, Azaña reside en Llavaneras, lugar poco seguro porque es bombardeado. Finalmente, alcanza Figueras y el castillo de Perelada. Podéis intentar imaginar al presidente de la República viviendo allí, en un lugar fantasmagórico, rodeado de cuadros. En Perelada, en efecto, está ya una parte de las grandes obras del Museo del Prado, que han sido llevadas allí para salvar el tesoro artístico nacional de los bombardeos. En una sala de fumadores del castillo se pueden apreciar el Cristo de Velázquez y Las Meninas; éstas, eso sí, sin marco, pues ha sido necesario quitárselo para que pasaran por el dintel de una ventana. La mayor parte de las pinturas, no obstante, han sido ocultas en una mina de talco en el pueblo de La Bajol, pegado a Francia. Las Cortes de la República celebrarán su última reunión en suelo español el 1 de febrero de dicho año, en el castillo de San Fernando de Figueras.
En febrero, el propio Azaña se refugia en La Bajol. Toda la autoridad de la República cabe ya en un pañuelo: Negrín, presidente del gobierno, en el pueblo de Agullana; Azaña, presidente de la República, en La Bajol; y Lluis Companys, presidente de Cataluña, en un lugar llamado Mas Perxes, entre Agullana y La Bajol. El cuatro de febrero, sábado, los franquistas, que saben cosas, alcanzan el cuartel general de Agullana y tiran bombas hacia Mas Perxes, con tanta precisión que Companys tiene que salir de najas por el pinar que rodea la casa, a toda hostia. Ya está claro: partir al destierro, o morir.
Azaña abandona España el domingo 5 de febrero a las seis de la mañana, tras haber pasado toda la noche comprobando la salida de los cuadros de la mina de La Bajol. Pasa en Francia a Le Boulou y luego a Perpiñán. Luego Nimes y luego Collonges-sous-Salève, pueblecito saboyano en el que el cuñado de Azaña, Cipriano Rivas, había alquilado una casa el año anterior (signo evidente de que lo que pasó es lo que Azaña esperaba que pasase).
El 8 de febrero, Azaña hace un viaje a París vía Ginebra, donde permanece varios días en contactos diversos. El día 15 es instado por Negrín, a través del ministro Julio Álvarez del Vayo, a volar a Madrid. Se niega. Azaña afirma que volver a Madrid no es sino una forma de prolongar la guerra, y las muertes, algo con lo que no está de acuerdo. «Si cruzo la frontera», le dice a Álvarez del Vayo, «no se puede contar conmigo para nada, como no sea para hacer la paz». Cuando Azaña es informado de que Francia e Inglaterra están a punto de pactar el intercambio de embajadores con la España franquista, se va a la Gare de Lyon, toma un tren, vuelve a Collonges y, una vez allí, redacta una carta en la que comunica al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, su dimisión como Presidente de la República española.
En noviembre de 1939, ante la amenaza creciente de invasión alemana de Francia, Azaña y los suyos se van de Collonges para establecerse en el número 32 del Boulevard de l’Ocean, en el pueblecito de Pyla-sur-Mer, cerca de Burdeos. En febrero de 1940, a raíz de una gripe que se complica, sufre gravísimas complicaciones de salud.
Con el derrumbe de Francia y el armisticio, la playa de Archaron, donde se encuentra Pyla-sur-Mer, se convierte en zona ocupada por los alemanes, motivo por el cual se hace recomendable para Azaña salir de allí, pues para entonces ya sabe que Franco acaricia el proyecto de hacérselo entregar para ser juzgado, y probablemente ejecutado, en España (como de hecho le pasó a Companys, entre otros). Es por ello que se desplaza a Montauban. El 16 de septiembre de 1940, Azaña sufre un ataque que le paraliza medio cuerpo. Es el final.
El círculo íntimo de Azaña en esos últimos días es muy reducido: su mujer, su criado Antonio Lot, Juan Hernández Saravia (que había sido general jefe del Ejército de Cataluña), y una religiosa, la hermana Ignace, que frecuenta el Hotel du Midi, donde se aloja el ex presidente. Al parecer, sor Ignace, en realidad, daba servicio espiritual a Dolores Rivas, la mujer de Azaña, ya que ésta era católica practicante.
El mito de la muerte de Azaña se basa en una declaración firmada el 7 de marzo de 1952 por Pierre Marie Theas, que era, en 1940, obispo de Tarbes y de Lourdes. Dicha declaración, tal y como la reproduce en un libro suyo el escritor Carlos Rojas, dice así:
1.- [Azaña] recibió, con plena lucidez, el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré.
2.- Cuando solicité permiso de la señora de Azaña para darle el viático a su esposo, tenía la certeza de que el enfermo deseaba comulgar. Tropecé sin embargo con la obstinada negativa de N. Cinco veces comparecí y cinco veces fui rechazado. «Esto le afectaría demasiado», me dijo.
3.- Fue la señora de Azaña quien me llamó a medianoche para administrarle al enfermo la Extremaunción. La recibió in extremis; pero en pleno uso de sus facultades.
4.- Enterado el cónsul mexicano por la señora Azaña, preparó un entierro civil para el presidente. Después, la viuda no osó protestar, porque México abonaba la cuenta del hotel de Azaña y de sus acompañantes.
5.- Lo ocurrido con toda certeza es que el presidente había retenido, o hallado de nuevo, una muy intensa fe cristiana.
Las cosas no están muy claras. El biógrafo de Azaña y cuñado suyo, Cipriano Rivas Cherif, acepta en su libro que, viendo morir al ex presidente, sus íntimos decidieron llamar a la monja, que acabó llegando acompañada del obispo; pero no dice que le fuese administrado sacramento alguno. Delante de otro investigador de la vida y muerte de Azaña, Frank Sedwick, la esposa de Azaña negó que hubiesen pedido, ni ella ni el moribundo, el viático; aunque reconocía tener recuerdos muy borrosos de aquellos momentos. Es un hecho que doña Dolores estaba, en ese momento, sometida a una tensión enorme, pues no sólo su marido estaba muriendo sino que, en esas horas, había sido informada de que su hermano Cipriano acababa de ser condenado a muerte en España (aunque se le conmutó la pena). Por lo demás, no hay que olvidar que Azaña había estado ya a las puertas de la muerte durante su crisis gripal-cardiaca, algunas semanas antes, y es un hecho que entonces no pidió sacramentos.
A todo ello hay que añadir la extraña actitud de secretismo de monsieur el obispo, que no nos aclara quién fue el tal N. que, por cinco veces, se negó a que Azaña recibiese el viático. A favor de la tesis de que dicho deseo fuese cierto están los muchos perfiles de Azaña que se conservan, según los cuales el presidente parecía ser una persona con ciertas dosis de temor, sobre todo ante el sufrimiento físico, que pudieran haber influido en su ánimo en el momento postrero. Sin embargo, lo delicadísimo de su salud da que pensar que es difícil que en esos momentos postreros siguiese muy lúcido. Ciertamente, el obispo así lo afirma; pero es sabido que no pocas veces los sacerdotes tienden a ver lucideces donde quieren verlas.
Cierto o no cierto, que yo no lo creo cierto, resulta un dato de escasa relevancia histórica hoy en día la posibilidad de que Manuel Azaña, el inventor del «España ha dejado de ser católica», hubiera pedido, con su último suspiro, morir en paz con el Dios de sus padres; pero, sin embargo, dio para mucho en tiempos del franquismo. Y hasta es posible que la cosa vuelva a circular hoy en día, dadas las importantes dosis de mojigatería, azul y roja, que rodean a ese proceso que debiera ser serio y riguroso y que llamamos, con torpe pleonasmo, memoria histórica.
Por el momento, pues, la cuestión de la muerte de Azaña es sólo una cuestión para muy apasionados en la Historia. Como lo eres, o lo vas siendo, tú, si es que has llegado hasta la lectura del presente punto y final.
Azaña tuvo en su vida tres grandes obsesiones: la religión, el ejército y él mismo. Empezando por la última, no fueron pocos los políticos republicanos, correligionarios de él, que le señalaron, una y mil veces, su excesiva displicencia para con los adversarios políticos, que en no pocos debates rozó el desprecio y que le hizo llegar tan lejos en la seguridad en sí mismo que llegó a cometer gravísimos errores, como cuando, en medio del debate parlamentario sobre los sucesos de Casas Viejas, dijo aquello de que allí «había pasado lo que tenía que pasar», como diciendo que el destino de un puto jornalero anarquista es que le revienten las tripas a tiros o lo quemen vivo dentro de la casa donde se ha hecho fuerte.
Azaña tenía mala opinión hasta de quienes le eran más cercanos; de todos los políticos con que trató al final de la República y durante la guerra, ninguno tenía tanta sintonía con él como el socialista Indalecio Prieto; y, sin embargo, en plena guerra, y merced a una aleve filtración, se publicaron algunas entradas de los diarios de Azaña en las que, entre otras cosas, se burlaba de la incultura del político socialista y de su incapacidad para expresar con agilidad sus ideas. Y ése le caía bien. Porque en sus diarios hay un montón de perlas dedicadas a los que le caían mal, como ésta, dedicada a Lluis Companys: «Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la Historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años». Ahí queda eso.
En materia militar, Azaña se creía un gran experto. En los primeros meses de 1936, cuando tanta gente se le acercaba para prevenirle del golpe de Estado que se preparaba, Azaña contestaba: «si conocieran ustedes como conozco a los militares, sabrían cómo hay que tratar sus demandas». Y parece bastante obvio que se equivocó.
Pero, con todo, su principal obsesión, como la de tantos políticos de izquierdas de aquella época, era la religión católica. Ya sabéis que Azaña había sido el principal propagandista del laicismo del Estado consagrado por la Constitución republicana, con la famosa frase que pronunció en el debate parlamentario: «España ha dejado de ser católica». Quizá por eso, la religión le perseguiría hasta más allá de su muerte, y es de esto que va este post.
En enero de 1939, Cataluña, en realidad el último frente serio de la guerra civil, se hundía bajo el empuje de las fuerzas franquistas. Desde el momento en que Franco consiguió aislar las dos áreas republicanas, el Centro y Cataluña, la guerra estaba irremisiblemente perdida para la República. Encontramos a Azaña el 21 de enero del 39, sábado, huyendo de buena mañana, en compañía de sus dos escoltas, del pueblo donde reside tras salir de Barcelona, llamado La Barata. Según mis noticias, está cerca de Tarrasa.
El domingo, Azaña reside en Llavaneras, lugar poco seguro porque es bombardeado. Finalmente, alcanza Figueras y el castillo de Perelada. Podéis intentar imaginar al presidente de la República viviendo allí, en un lugar fantasmagórico, rodeado de cuadros. En Perelada, en efecto, está ya una parte de las grandes obras del Museo del Prado, que han sido llevadas allí para salvar el tesoro artístico nacional de los bombardeos. En una sala de fumadores del castillo se pueden apreciar el Cristo de Velázquez y Las Meninas; éstas, eso sí, sin marco, pues ha sido necesario quitárselo para que pasaran por el dintel de una ventana. La mayor parte de las pinturas, no obstante, han sido ocultas en una mina de talco en el pueblo de La Bajol, pegado a Francia. Las Cortes de la República celebrarán su última reunión en suelo español el 1 de febrero de dicho año, en el castillo de San Fernando de Figueras.
En febrero, el propio Azaña se refugia en La Bajol. Toda la autoridad de la República cabe ya en un pañuelo: Negrín, presidente del gobierno, en el pueblo de Agullana; Azaña, presidente de la República, en La Bajol; y Lluis Companys, presidente de Cataluña, en un lugar llamado Mas Perxes, entre Agullana y La Bajol. El cuatro de febrero, sábado, los franquistas, que saben cosas, alcanzan el cuartel general de Agullana y tiran bombas hacia Mas Perxes, con tanta precisión que Companys tiene que salir de najas por el pinar que rodea la casa, a toda hostia. Ya está claro: partir al destierro, o morir.
Azaña abandona España el domingo 5 de febrero a las seis de la mañana, tras haber pasado toda la noche comprobando la salida de los cuadros de la mina de La Bajol. Pasa en Francia a Le Boulou y luego a Perpiñán. Luego Nimes y luego Collonges-sous-Salève, pueblecito saboyano en el que el cuñado de Azaña, Cipriano Rivas, había alquilado una casa el año anterior (signo evidente de que lo que pasó es lo que Azaña esperaba que pasase).
El 8 de febrero, Azaña hace un viaje a París vía Ginebra, donde permanece varios días en contactos diversos. El día 15 es instado por Negrín, a través del ministro Julio Álvarez del Vayo, a volar a Madrid. Se niega. Azaña afirma que volver a Madrid no es sino una forma de prolongar la guerra, y las muertes, algo con lo que no está de acuerdo. «Si cruzo la frontera», le dice a Álvarez del Vayo, «no se puede contar conmigo para nada, como no sea para hacer la paz». Cuando Azaña es informado de que Francia e Inglaterra están a punto de pactar el intercambio de embajadores con la España franquista, se va a la Gare de Lyon, toma un tren, vuelve a Collonges y, una vez allí, redacta una carta en la que comunica al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, su dimisión como Presidente de la República española.
En noviembre de 1939, ante la amenaza creciente de invasión alemana de Francia, Azaña y los suyos se van de Collonges para establecerse en el número 32 del Boulevard de l’Ocean, en el pueblecito de Pyla-sur-Mer, cerca de Burdeos. En febrero de 1940, a raíz de una gripe que se complica, sufre gravísimas complicaciones de salud.
Con el derrumbe de Francia y el armisticio, la playa de Archaron, donde se encuentra Pyla-sur-Mer, se convierte en zona ocupada por los alemanes, motivo por el cual se hace recomendable para Azaña salir de allí, pues para entonces ya sabe que Franco acaricia el proyecto de hacérselo entregar para ser juzgado, y probablemente ejecutado, en España (como de hecho le pasó a Companys, entre otros). Es por ello que se desplaza a Montauban. El 16 de septiembre de 1940, Azaña sufre un ataque que le paraliza medio cuerpo. Es el final.
El círculo íntimo de Azaña en esos últimos días es muy reducido: su mujer, su criado Antonio Lot, Juan Hernández Saravia (que había sido general jefe del Ejército de Cataluña), y una religiosa, la hermana Ignace, que frecuenta el Hotel du Midi, donde se aloja el ex presidente. Al parecer, sor Ignace, en realidad, daba servicio espiritual a Dolores Rivas, la mujer de Azaña, ya que ésta era católica practicante.
El mito de la muerte de Azaña se basa en una declaración firmada el 7 de marzo de 1952 por Pierre Marie Theas, que era, en 1940, obispo de Tarbes y de Lourdes. Dicha declaración, tal y como la reproduce en un libro suyo el escritor Carlos Rojas, dice así:
1.- [Azaña] recibió, con plena lucidez, el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré.
2.- Cuando solicité permiso de la señora de Azaña para darle el viático a su esposo, tenía la certeza de que el enfermo deseaba comulgar. Tropecé sin embargo con la obstinada negativa de N. Cinco veces comparecí y cinco veces fui rechazado. «Esto le afectaría demasiado», me dijo.
3.- Fue la señora de Azaña quien me llamó a medianoche para administrarle al enfermo la Extremaunción. La recibió in extremis; pero en pleno uso de sus facultades.
4.- Enterado el cónsul mexicano por la señora Azaña, preparó un entierro civil para el presidente. Después, la viuda no osó protestar, porque México abonaba la cuenta del hotel de Azaña y de sus acompañantes.
5.- Lo ocurrido con toda certeza es que el presidente había retenido, o hallado de nuevo, una muy intensa fe cristiana.
Las cosas no están muy claras. El biógrafo de Azaña y cuñado suyo, Cipriano Rivas Cherif, acepta en su libro que, viendo morir al ex presidente, sus íntimos decidieron llamar a la monja, que acabó llegando acompañada del obispo; pero no dice que le fuese administrado sacramento alguno. Delante de otro investigador de la vida y muerte de Azaña, Frank Sedwick, la esposa de Azaña negó que hubiesen pedido, ni ella ni el moribundo, el viático; aunque reconocía tener recuerdos muy borrosos de aquellos momentos. Es un hecho que doña Dolores estaba, en ese momento, sometida a una tensión enorme, pues no sólo su marido estaba muriendo sino que, en esas horas, había sido informada de que su hermano Cipriano acababa de ser condenado a muerte en España (aunque se le conmutó la pena). Por lo demás, no hay que olvidar que Azaña había estado ya a las puertas de la muerte durante su crisis gripal-cardiaca, algunas semanas antes, y es un hecho que entonces no pidió sacramentos.
A todo ello hay que añadir la extraña actitud de secretismo de monsieur el obispo, que no nos aclara quién fue el tal N. que, por cinco veces, se negó a que Azaña recibiese el viático. A favor de la tesis de que dicho deseo fuese cierto están los muchos perfiles de Azaña que se conservan, según los cuales el presidente parecía ser una persona con ciertas dosis de temor, sobre todo ante el sufrimiento físico, que pudieran haber influido en su ánimo en el momento postrero. Sin embargo, lo delicadísimo de su salud da que pensar que es difícil que en esos momentos postreros siguiese muy lúcido. Ciertamente, el obispo así lo afirma; pero es sabido que no pocas veces los sacerdotes tienden a ver lucideces donde quieren verlas.
Cierto o no cierto, que yo no lo creo cierto, resulta un dato de escasa relevancia histórica hoy en día la posibilidad de que Manuel Azaña, el inventor del «España ha dejado de ser católica», hubiera pedido, con su último suspiro, morir en paz con el Dios de sus padres; pero, sin embargo, dio para mucho en tiempos del franquismo. Y hasta es posible que la cosa vuelva a circular hoy en día, dadas las importantes dosis de mojigatería, azul y roja, que rodean a ese proceso que debiera ser serio y riguroso y que llamamos, con torpe pleonasmo, memoria histórica.
Por el momento, pues, la cuestión de la muerte de Azaña es sólo una cuestión para muy apasionados en la Historia. Como lo eres, o lo vas siendo, tú, si es que has llegado hasta la lectura del presente punto y final.
Etiquetas:
Guerra Civil,
II República,
Siglo XX
jueves, mayo 10, 2007
Antilecturas
Inasequible Aldesaliento, siempre atento a las novedades y a la innovación, es nuestro principal generador de post novedosos. Hoy inaugura un nuevo tipo de post, que podríamos denominar la Antilectura.
Se trata de comentar un libro que no se os recomienda leer. Que ha sido leído por el crítico, muy a su pesar. Paréceme todo un servicio éste de Ina, porque es cierto que, si útil es que te señalen dónde debieras pisar, más lo es aún que te aviertan dónde, en caso que pongas el pie, vas a ponerte el zapato hasta las trancas de mierda.
Bienvenida sea, pues, esta Antilectura de Ina.
La Historia política de la España contemporánea, de Melchor Fernández Almagro, es una obra clásica para el estudio de la Historia española de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX.
Durante muchos años anduvo por mi casa el volumen segundo de los tres que la componen. Después de muchos años de tenerla en la lista de libros a leer algún día, finalmente me la he leído. Creo que ha sido para desafiar a JdJ, que me consta que no se la ha leído, y poderle decir: «Te habrás leído el diario de un bedel del Banco de España durante el reinado de Alfonso XIII y las memorias del primo segundo de Dolores Ibarruri, pero ¿a que no te has leído a Fernández Almagro?» Pues bien, el desafío me ha salido mal. JdJ, no leas a Fernández Almagro, por lo que más quieras.
El libro ha envejecido mal. Fernández Almagro concibe la Historia a la manera antigua: Historia es aquello que hacen los políticos y los militares. Los movimientos sociales, las ideologías, los acontecimientos económicos, prácticamente no cuentan. Da la impresión de que el libro haya sido escrito a base de los diarios de sesiones de las Cortes, recortes de hemerotecas y algunas memorias de prohombres de la época. Eso tal vez fuera suficiente para escribir Historia a comienzos del siglo XX. Hoy no basta.
Por poner un ejemplo. Dedica seis páginas al nacionalismo catalán y a las bases de Manresa, las cuales transcribe. Pero al cabo de esas seis páginas el lector sigue sin saber cuáles son los orígenes del nacionalismo catalán y cuál era su base social. Otro ejemplo, aún más sangrante: la segunda guerra de Cuba, a la que dedica prácticamente dos capítulos y medio de siete que tiene el libro. Fernández Almagro se extiende minuciosamente sobre las marchas y contramarchas de los ejércitos. Nos informa de que el general Hernández de Velasco sorprendió el 28 de marzo de 1897 a la partida insurrecta de Ríus Rivera en Cabezadas de Río Hondo y que ésta estaba compuesta por 100 hombres. ¡Bravo por el detalle! Pero el trasfondo de la guerra queda muy difuminado. Por un lado estaba la Unión Constitucional que era proespañola y asimilacionista, por otro estaban los autonomistas que nadaban entre dos aguas y lentamente iban perdiendo partidarios que se pasaban al independentismo. Pero aparte de saber que los cubanos se quejaban de la corrupción y desidia de la Administración colonial, apenas nos dice el autor cuáles eran las fuerzas sociales que apoyaban a cada uno de los bloques y las causas profundas del descontento. También durante el relato de las operaciones militares, el lector se queda en la duda de si los habaneros y el pueblo cubano en general eran proespañoles, proindependentistas o indiferentes. Tan pronto da la impresión de que deseaban la derrota de España como la de que estaban hartos de los desmanes de los independentistas.
Otra cosa que acaba molestando un tanto es que el autor a menudo abandona la neutralidad del historiador y ofrece sus juicios personales, que suelen ser patrioteros y conservadores. No diré que los historiadores actuales sean un dechado de neutralidad, pero al menos han aprendido a esconder mejor sus prejuicios.
Finalmente, para un lector del siglo XXI si hay algo en Fernández Almagro que acaba cansando es su retórica, que seguro que causó furor en su día. En el segundo párrafo del volumen ya tenemos un ejemplo magnífico: Contaba Doña María Cristina treinta y siete años cuando recayeron en su erguida cabeza de mujer extraordinariamente distinguida y de firme carácter, las tocas de la viudez y el peso total de la corona que hasta entonces compartiera sin carga constitucional de ninguna especie ni vislumbres de poder. Joven, viuda, herido el corazón a fondo; en tierra extraña; amenazada por toda suerte de posibilidades adversas, sin hijo varón que asegurase la sucesión, de no ser niño el fruto de su embarazo; desprovista de experiencia política y ajena por entero al juego de ideas e intereses de que acto continuo habría de ser árbitro… Y así durante 400 páginas más.
Se trata de comentar un libro que no se os recomienda leer. Que ha sido leído por el crítico, muy a su pesar. Paréceme todo un servicio éste de Ina, porque es cierto que, si útil es que te señalen dónde debieras pisar, más lo es aún que te aviertan dónde, en caso que pongas el pie, vas a ponerte el zapato hasta las trancas de mierda.
Bienvenida sea, pues, esta Antilectura de Ina.
La Historia política de la España contemporánea, de Melchor Fernández Almagro, es una obra clásica para el estudio de la Historia española de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX.
Durante muchos años anduvo por mi casa el volumen segundo de los tres que la componen. Después de muchos años de tenerla en la lista de libros a leer algún día, finalmente me la he leído. Creo que ha sido para desafiar a JdJ, que me consta que no se la ha leído, y poderle decir: «Te habrás leído el diario de un bedel del Banco de España durante el reinado de Alfonso XIII y las memorias del primo segundo de Dolores Ibarruri, pero ¿a que no te has leído a Fernández Almagro?» Pues bien, el desafío me ha salido mal. JdJ, no leas a Fernández Almagro, por lo que más quieras.
El libro ha envejecido mal. Fernández Almagro concibe la Historia a la manera antigua: Historia es aquello que hacen los políticos y los militares. Los movimientos sociales, las ideologías, los acontecimientos económicos, prácticamente no cuentan. Da la impresión de que el libro haya sido escrito a base de los diarios de sesiones de las Cortes, recortes de hemerotecas y algunas memorias de prohombres de la época. Eso tal vez fuera suficiente para escribir Historia a comienzos del siglo XX. Hoy no basta.
Por poner un ejemplo. Dedica seis páginas al nacionalismo catalán y a las bases de Manresa, las cuales transcribe. Pero al cabo de esas seis páginas el lector sigue sin saber cuáles son los orígenes del nacionalismo catalán y cuál era su base social. Otro ejemplo, aún más sangrante: la segunda guerra de Cuba, a la que dedica prácticamente dos capítulos y medio de siete que tiene el libro. Fernández Almagro se extiende minuciosamente sobre las marchas y contramarchas de los ejércitos. Nos informa de que el general Hernández de Velasco sorprendió el 28 de marzo de 1897 a la partida insurrecta de Ríus Rivera en Cabezadas de Río Hondo y que ésta estaba compuesta por 100 hombres. ¡Bravo por el detalle! Pero el trasfondo de la guerra queda muy difuminado. Por un lado estaba la Unión Constitucional que era proespañola y asimilacionista, por otro estaban los autonomistas que nadaban entre dos aguas y lentamente iban perdiendo partidarios que se pasaban al independentismo. Pero aparte de saber que los cubanos se quejaban de la corrupción y desidia de la Administración colonial, apenas nos dice el autor cuáles eran las fuerzas sociales que apoyaban a cada uno de los bloques y las causas profundas del descontento. También durante el relato de las operaciones militares, el lector se queda en la duda de si los habaneros y el pueblo cubano en general eran proespañoles, proindependentistas o indiferentes. Tan pronto da la impresión de que deseaban la derrota de España como la de que estaban hartos de los desmanes de los independentistas.
Otra cosa que acaba molestando un tanto es que el autor a menudo abandona la neutralidad del historiador y ofrece sus juicios personales, que suelen ser patrioteros y conservadores. No diré que los historiadores actuales sean un dechado de neutralidad, pero al menos han aprendido a esconder mejor sus prejuicios.
Finalmente, para un lector del siglo XXI si hay algo en Fernández Almagro que acaba cansando es su retórica, que seguro que causó furor en su día. En el segundo párrafo del volumen ya tenemos un ejemplo magnífico: Contaba Doña María Cristina treinta y siete años cuando recayeron en su erguida cabeza de mujer extraordinariamente distinguida y de firme carácter, las tocas de la viudez y el peso total de la corona que hasta entonces compartiera sin carga constitucional de ninguna especie ni vislumbres de poder. Joven, viuda, herido el corazón a fondo; en tierra extraña; amenazada por toda suerte de posibilidades adversas, sin hijo varón que asegurase la sucesión, de no ser niño el fruto de su embarazo; desprovista de experiencia política y ajena por entero al juego de ideas e intereses de que acto continuo habría de ser árbitro… Y así durante 400 páginas más.
lunes, mayo 07, 2007
El pistolerismo (II): Brabo Portillo y Pau Sabater
Os recuerdo que esta segunda toma es continuación de aquella que se llamaba El pistolerismo (I): la huelga de La Canadiense.
Pido disculpas por estar estos días un tanto remiso a asomarme por esta ventanita. Es la culpa de un ataque de lumbalgia que, como sabréis los que lo hayáis sufrido, aconseja las posiciones horizontales y suele penalizar las sedentes, como la que tengo yo ahora mismo mientras escribo estas líneas. No obstante, la Historia tiene, cuando a uno le gusta, cierto elemento sedante que, tal vez, llega donde no llega el E%&$%&fen (es que no me gusta dar marcas).
Será por eso que he encontrado un rato para continuar con esta historia, que llega hoy hasta el tristísimo, y alevoso, asesinato de Pau Sabater.
jueves, mayo 03, 2007
Cartas cruzadas (III): lo mejor de la República
Quienes hayais leído la anterior carta cruzada entre Ina y yo recordaréis que la dedicamos a polemizar sobre qué había sido lo peor la II República española. Una vez vencida dicha polémica, ambos polemistas estuvimos de acuerdo en que no tenía mucho sentido cruzarse aquellas misivas si no procedíamos a un cruce posterior recíproco, esto es intercambiando nuestros puntos de vista sobre qué fue lo mejor de dicha República.
Hoy tenéis a vuestra disposición nuestro intercambio, un intercambio en el que tenemos poco nivel de acuerdo, que es algo que a mí me gusta. Aún así, y para que Ina vea que juego limpio, cuando menos en el momento de tener las manos sobre la mesa, lo único que apostillaré, antes de copiaros las cartas, es que hay un detalle en la carta de Ina que me gustaría corroborar. Defiende que Gil-Robles, siendo ministro de la Guerra, tuvo la oportunidad de favorecer un golpe de Estado militar tras las elecciones de febrero de 1936 y que no quiso hacerlo. Me gustaría recordar, ya que él no lo hace, que eso es algo que no sólo afirman los escritores de derechas, sino autores totalmente identificados con el bando republicano, como es el caso de Mariano Ansó, quien asegura que así fue en su libro de memorias, que lleva el prístino título de Yo fui ministro de Negrín.
Hecha esta salvedad, aquí tenéis las cartas en el orden que fueron escritas y remitidas. Esta vez me tocó empezar a mí.
Lo mejor de la República. Por JdJ.
Querido Ina:
Me escribes para decirme, y no te falta razón, que nuestras anteriores Cartas Cruzadas se han quedado cortas. Porque no tiene sentido perorar sobre lo peor de algo (en este caso, lo peor de la II República Española) sin juzgar, al tiempo, lo mejor. Y, acto seguido, me recuerdas que ahora me toca a mí empezar. Quizás has intentado acojonarme con esta estrategia. Pues vas de culo.
No tengo un solo nombre para señalar lo mejor de la República, porque lo mejor de la República está en varios nombres. Aunque todos ellos creo están definidos por la misma característica. Todos son segundones.
La República tuvo muchos nombres sonoros, nombres de primera fila. Pero tuvo todavía más nombres segundones y entre éstos es donde yo he encontrado, o he querido encontrar, lo mejor de aquellos años. Voy a tratar de recordar a algunos.
Está, por ejemplo, Luis Lucia. Lucia era un político valenciano, de derechas. Tan de derechas que fundó con Gil-Robles la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de la que fue vicepresidente. Esa situación le llevó a ser dos veces ministro durante el Bienio de las derechas, una con Lerroux y otra con Chapaprieta. A pesar de que Gil-Robles le dedica en sus memorias palabras elogiosas, lo cierto es que ambos se fueron distanciando cada vez más. A Lucia no le gustaba la gestión personalista de Gil-Robles y, además, él sí que se creía las profesiones de fe republicana que Gil-Robles realizaba, más por estrategia que otra cosa.
El momento de demostrar todo esto fue el golpe de Estado del 36. Sería muy ampuloso afirmar que el éxito del golpe en Valencia dependía de Lucia. Pero lo que sí es cierto es que el gobierno, consciente de la importancia de conservar el Levante, había colocado allí a militares de sobradísima fidelidad republicana, y que la existencia de una oposición armada a dicha fidelidad dependía, en gran parte, de que Lucía fuese capaz de movilizar a sus milicias de la derecha valenciana. Pero no lo hizo. En un movimiento que Franco no entendió (y por eso lo acabaría encarcelando), el católico de derechas Luis Lucia, un señor que no ganaba nada en la deriva hacia la izquierda de la República, nada más comenzar el golpe hizo pública profesión de fidelidad republicana y desmovilizó, de hecho, la resistencia armada en su región.
Segundones en la izquierda también los hay. Uno muy famoso, gracias a sus memorias, es Julián Zugazagoitia, el cual, pese a estar lejos de ser uno de los socialistas más radicales, acabó pagando con su vida la fidelidad a la izquierda. O Álvaro de Albornoz, un político de la izquierda republicana burguesa que tenía, como todos, sus manías y sus odios (el suyo era la iglesia católica) pero que, por lo menos, dio pruebas de pretender que aquella República fuese, por encima de todo, un Estado de Derecho. Aparece Don Álvaro en las memorias de Dolores Ibárruri, Pasionaria, a quien la victoria del Frente Popular pilló en Asturias. La reacción al vuelco electoral, según cuenta la dirigente comunista, fue irse a la cárcel, donde había presos del golpe de Estado revolucionario del 34 a decenas, a liberarlos. Según ella misma, De Albornoz se negó. Adujo que aquellos hombres, a quienes él consideraba, igual que Ibárruri, héroes de la República, merecían salir a la calle; pero añadía que eso tiene que producirse por un acto jurídico del gobierno, un indulto, y recomendó esperar unos días. Ibárruri cuenta con desparpajo que los líderes del Frente Popular pasaron del ex ministro como de comer mierda, se fueron a la cárcel y liberaron a todos los presos; también, pues, a los chorizos y a los violadores.
Y como segundón me gusta también (creo que esto no te va a gustar del todo) el general Vicente Rojo. Primero, porque es otro católico nacido para ser conservador y facha que sabe permanecer en su puesto y cumplir con su deber por encima de todo. Segundo, porque, al mismo tiempo que digo o escribo lo anterior, también tuvo la presencia de ánimo y el carácter como para no llevar esa lealtad hacia el numantismo suicida: una vez que fueron expulsadas a Francia las tropas republicanas tras la toma de Cataluña por Franco, se negó a volver a España, por mucho que Negrín se lo ordenó, con el argumento, cierto, de que continuar la guerra ya no era sino incrementar inútilmente la nómina de muertos. Y, por último, porque tuvo la gallardía de enfrentar su destino, volver a España y ser estúpidamente condenado por rebelión, cuando lo que él había hecho había sido enfrentarse a quienes se habían rebelado.
Podría citarte más. Me gusta la labor de Jaume Carner, un ministro de Economía catalán en los tiempos de la negociación del Estatuto que, a pesar de su origen, supo llamarle al pan pan y al vino, vino. Me gusta la breve y básicamente apolítica labor de Joaquín Chapaprieta al frente del Gobierno. Me gusta la valentía de Justo Martínez Amutio en Albacete, negándose a mirar a otro lado tras los nueve fusilamientos de brigadistas internacionales. Me gusta la valentía de los coroneles que acudieron a la fallida operación de reconquista republicana de las Baleares, arriesgando el cuello por su jefe porque la CNT quería fusilarlo acusándolo de haber saboteado la operación. Me gusta Mariano Ansó dándole la barrila a Portela Valladares tras la guerra para que devolviese lo que no era suyo, es decir las acciones de la CHADE que en tiempo de guerra se habían incautado.
De todas las personas que te cito esta carta, Ina, se pueden decir cosas malas. Y es que tener medio mando en la República y en la guerra y acabar limpio de polvo y paja es, creo yo, imposible. El problema que tengo yo con los personajes de primera fila, de Gil-Robles a Negrín, de Besteiro a Lerroux, de Prieto a Azaña, de Franco a García Oliver, es que a todos, absolutamente a todos, les encuentro más peros que alabanzas. Es sólo la segunda fila donde encuentro ese balance neto positivo.
De todas formas, me dicen quienes han discutido de esto conmigo que es algo bastante normal.
Te mando un abrazo,
Juan
...
Lo mejor de la República, según Inasequible Aldesaliento
Querido JdJ:
Entiendo que entre tanto político irresponsable y demagogo que hubo en la II República, te haya costado encontrar personajes positivos y hayas optado por los segundones. Sin embargo, yo me resisto a rebuscar entre los sargentos y quiero un general con mando en plaza. Alguien debió de haber entre los políticos de primera fila de quien podamos hacer un juicio básicamente positivo. Creo que ese político existe: José María Gil-Robles.
Gil-Robles lideraba la CEDA, la Confederación Españolas de Derechas Autónomas, que era como la UCD de la Transición, pero una UCD a la que se le hubiese quitado Francisco Fernández-Ordóñez y se le hubiese añadido la Alianza Popular de Fraga. La CEDA englobaba a conservadores, católicos, pequeños propietarios, monárquicos, e incluso a parafascistas. Lo interesante de la CEDA es que agrupaba a grupos que no le tenían demasiado cariño a la República, pero que, sin embargo, aceptaron jugar conforme a las reglas del juego republicano. Esto es importante, porque esos grupos, que no habían contribuido a traer la República, a menudo respetaron la legalidad republicana más que otros que sí que habían contribuido a traerla.
He oído críticas a Gil-Robles de indefinición ideológica, más allá de su catolicismo esencial. Pienso que en él había mucho de oportunismo. Por otra parte, liderando unas huestes tan variopintas, no podía permitirse el lujo de definirse demasiado ideológicamente y ver cómo se le iban grupos enteros de partidarios. En su día le acusaron de querer jugar en España un papel dictatorial semejante al del Canciller Dollfus en Austria. Creo que en esas acusaciones hubo mucho de mala fe y demagogia y para probarlo no hay más que ver su ejecutoria política. También se le acusó en 1934 de no querer expresar inequívocamente su apoyo a la República. Hacerlo le hubiera enfrentado con muchos de los suyos. Fue malo que no expresase ese apoyo, pero hay que reconocerle que se mantuvo fiel a la legalidad republicana, más fiel que el PSOE en 1934, por mucho que éste si se hubiese declarado republicano.
La CEDA ganó las elecciones generales de noviembre de 1933. Sin embargo, el Presidente Alcalá-Zamora prefirió encargar la formación del gobierno al Partido Radical de Lerroux, que tenía 13 escaños menos. Gil-Robles acató la decisión y su partido se convirtió en el principal apoyo del gobierno radical, en espera de que llegase su momento. Quienes no aceptaron el gobierno legítimo del Partido Radical fueron precisamente las izquierdas. Resulta curioso que mientras El Socialista argüía que la República era tan mala como la Monarquía y que en ella no había lugar para el proletariado, Gil-Robles afirmase que daba lo mismo República que Monarquía, siempre que la ley no atacase a la Iglesia Católica. Más tarde, en junio de 1936, ya en vísperas de la Guerra Civil, insistiría en que España podía vivir en un régimen o en otro, pero en lo que no podía vivir era en anarquía.
El 4 de octubre de 1934, Gil-Robles retiró su apoyo al gobierno del radical Samper y provocó su caída. Algo perfectamente válido en el juego democrático y desde luego mucho más válido que la Revolución de Asturias que siguió unos días después (por no hablar del levantamiento fallido en Cataluña). Alcalá-Zamora encargó otra vez a los radicales que formasen gobierno, concretamente a Lerroux. Esta vez Lerroux incorporó al Gabinete a tres Ministros de la CEDA, lo que desencadenó los sucesos de octubre. O sea que un acontecimiento perfectamente legal y democrático había provocado una reacción ilegal y antidemocrática y la CEDA y Gil-Robles no se encontraron precisamente del lado de los antidemócratas.
Los sucesos de octubre hubieran podido dar pie al revanchismo o incluso a intentar un golpe de mano por parte de las derechas. ¿Cómo reaccionó la CEDA en esa tesitura? Suspendió el Estatuto catalán (Companys había dado motivos para ello), ante la presión de los monárquicos que pedían su abolición. De las 20 sentencias de muerte dictadas, sólo se ejecutaron dos. Gil-Robles insistió en que se ejecutaran todas, lo que realmente hubiera sido un error mayúsculo, que sólo habría servido para enconar aún más los ánimos. En protesta por su conmutación, abandonó el gobierno y forzó una crisis que le permitió a la CEDA conseguir cinco ministros en el nuevo gobierno, uno de ellos el propio Gil-Robles en la cartera de Guerra. No tengo datos para saber si la insistencia de Gil-Robles en la ejecución de todas las penas de muerte era real o se trataba de una añagaza para forzar la crisis. En todo caso, no me consta que tras su entrada en el gobierno volviera a abogar por la ejecución de las penas de muerte.
Por lo que he leído, Gil-Robles fue un Ministro de Guerra competente que buscó la modernización del Ejército. Eso sí, los oficiales de derechas se vieron favorecidos y los de izquierdas apartados. Lo mismo que en 2000 con Trillo y que en 2004 con Bono en el otro sentido. No hemos cambiado tanto.
El escándalo del estraperlo [nota de JdJ: sin olvidar, tampoco, el affaire Nombela-Tayá, también muy grave] provocó el fin del gobierno Lerroux y el desmoronamiento del Partido Radical. La solución más lógica hubiera sido encargar a Gil-Robles la formación de gobierno. Alcalá-Zamora volvió a negarse y prefirió encargarle a Portela Valladares que formara un gobierno provisional que preparara nuevas elecciones. En todo caso, entraba dentro de las potestades del Presidente de la República.
Cuenta Hugh Thomas que la decisión de Alcalá-Zamora fue un duro golpe para Gil-Robles que se veía como única alternativa posible a un gobierno del Partido Radical. Dice que su Subsecretario, el General Fanjul, el que siete meses después dirigiría la intentona frustrada del Cuartel de la Montaña, le dijo que si daba la orden, esa misma noche sacaría a la guarnición madrileña a la calle. La respuesta de Gil-Robles habría sido: «Si el ejército, agrupado en torno a sus jefes naturales, cree que debe tomar el poder temporalmente con el objeto de salvar el espíritu de la Constitución, yo no constituiré el menor obstáculo». Y pidió a Fanjul que consultara a otros generales. La respuesta de Gil-Robles se presta a muchas interpretaciones. La mía es: «He perdido la confianza en esta República. Si el Ejército unido da un golpe para enderezar el rumbo de la situación, no me opondré».
Pienso que Gil-Robles, con todos sus defectos, había sabido domesticar a su grey y hacer que pasara por el aro republicano aunque fuera a regañadientes. Si enfrente hubiera tenido a políticos del mismo talante, la Historia habría sido muy distinta.
Te devuelvo el abrazo,
Ina.
Hoy tenéis a vuestra disposición nuestro intercambio, un intercambio en el que tenemos poco nivel de acuerdo, que es algo que a mí me gusta. Aún así, y para que Ina vea que juego limpio, cuando menos en el momento de tener las manos sobre la mesa, lo único que apostillaré, antes de copiaros las cartas, es que hay un detalle en la carta de Ina que me gustaría corroborar. Defiende que Gil-Robles, siendo ministro de la Guerra, tuvo la oportunidad de favorecer un golpe de Estado militar tras las elecciones de febrero de 1936 y que no quiso hacerlo. Me gustaría recordar, ya que él no lo hace, que eso es algo que no sólo afirman los escritores de derechas, sino autores totalmente identificados con el bando republicano, como es el caso de Mariano Ansó, quien asegura que así fue en su libro de memorias, que lleva el prístino título de Yo fui ministro de Negrín.
Hecha esta salvedad, aquí tenéis las cartas en el orden que fueron escritas y remitidas. Esta vez me tocó empezar a mí.
Lo mejor de la República. Por JdJ.
Querido Ina:
Me escribes para decirme, y no te falta razón, que nuestras anteriores Cartas Cruzadas se han quedado cortas. Porque no tiene sentido perorar sobre lo peor de algo (en este caso, lo peor de la II República Española) sin juzgar, al tiempo, lo mejor. Y, acto seguido, me recuerdas que ahora me toca a mí empezar. Quizás has intentado acojonarme con esta estrategia. Pues vas de culo.
No tengo un solo nombre para señalar lo mejor de la República, porque lo mejor de la República está en varios nombres. Aunque todos ellos creo están definidos por la misma característica. Todos son segundones.
La República tuvo muchos nombres sonoros, nombres de primera fila. Pero tuvo todavía más nombres segundones y entre éstos es donde yo he encontrado, o he querido encontrar, lo mejor de aquellos años. Voy a tratar de recordar a algunos.
Está, por ejemplo, Luis Lucia. Lucia era un político valenciano, de derechas. Tan de derechas que fundó con Gil-Robles la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de la que fue vicepresidente. Esa situación le llevó a ser dos veces ministro durante el Bienio de las derechas, una con Lerroux y otra con Chapaprieta. A pesar de que Gil-Robles le dedica en sus memorias palabras elogiosas, lo cierto es que ambos se fueron distanciando cada vez más. A Lucia no le gustaba la gestión personalista de Gil-Robles y, además, él sí que se creía las profesiones de fe republicana que Gil-Robles realizaba, más por estrategia que otra cosa.
El momento de demostrar todo esto fue el golpe de Estado del 36. Sería muy ampuloso afirmar que el éxito del golpe en Valencia dependía de Lucia. Pero lo que sí es cierto es que el gobierno, consciente de la importancia de conservar el Levante, había colocado allí a militares de sobradísima fidelidad republicana, y que la existencia de una oposición armada a dicha fidelidad dependía, en gran parte, de que Lucía fuese capaz de movilizar a sus milicias de la derecha valenciana. Pero no lo hizo. En un movimiento que Franco no entendió (y por eso lo acabaría encarcelando), el católico de derechas Luis Lucia, un señor que no ganaba nada en la deriva hacia la izquierda de la República, nada más comenzar el golpe hizo pública profesión de fidelidad republicana y desmovilizó, de hecho, la resistencia armada en su región.
Segundones en la izquierda también los hay. Uno muy famoso, gracias a sus memorias, es Julián Zugazagoitia, el cual, pese a estar lejos de ser uno de los socialistas más radicales, acabó pagando con su vida la fidelidad a la izquierda. O Álvaro de Albornoz, un político de la izquierda republicana burguesa que tenía, como todos, sus manías y sus odios (el suyo era la iglesia católica) pero que, por lo menos, dio pruebas de pretender que aquella República fuese, por encima de todo, un Estado de Derecho. Aparece Don Álvaro en las memorias de Dolores Ibárruri, Pasionaria, a quien la victoria del Frente Popular pilló en Asturias. La reacción al vuelco electoral, según cuenta la dirigente comunista, fue irse a la cárcel, donde había presos del golpe de Estado revolucionario del 34 a decenas, a liberarlos. Según ella misma, De Albornoz se negó. Adujo que aquellos hombres, a quienes él consideraba, igual que Ibárruri, héroes de la República, merecían salir a la calle; pero añadía que eso tiene que producirse por un acto jurídico del gobierno, un indulto, y recomendó esperar unos días. Ibárruri cuenta con desparpajo que los líderes del Frente Popular pasaron del ex ministro como de comer mierda, se fueron a la cárcel y liberaron a todos los presos; también, pues, a los chorizos y a los violadores.
Y como segundón me gusta también (creo que esto no te va a gustar del todo) el general Vicente Rojo. Primero, porque es otro católico nacido para ser conservador y facha que sabe permanecer en su puesto y cumplir con su deber por encima de todo. Segundo, porque, al mismo tiempo que digo o escribo lo anterior, también tuvo la presencia de ánimo y el carácter como para no llevar esa lealtad hacia el numantismo suicida: una vez que fueron expulsadas a Francia las tropas republicanas tras la toma de Cataluña por Franco, se negó a volver a España, por mucho que Negrín se lo ordenó, con el argumento, cierto, de que continuar la guerra ya no era sino incrementar inútilmente la nómina de muertos. Y, por último, porque tuvo la gallardía de enfrentar su destino, volver a España y ser estúpidamente condenado por rebelión, cuando lo que él había hecho había sido enfrentarse a quienes se habían rebelado.
Podría citarte más. Me gusta la labor de Jaume Carner, un ministro de Economía catalán en los tiempos de la negociación del Estatuto que, a pesar de su origen, supo llamarle al pan pan y al vino, vino. Me gusta la breve y básicamente apolítica labor de Joaquín Chapaprieta al frente del Gobierno. Me gusta la valentía de Justo Martínez Amutio en Albacete, negándose a mirar a otro lado tras los nueve fusilamientos de brigadistas internacionales. Me gusta la valentía de los coroneles que acudieron a la fallida operación de reconquista republicana de las Baleares, arriesgando el cuello por su jefe porque la CNT quería fusilarlo acusándolo de haber saboteado la operación. Me gusta Mariano Ansó dándole la barrila a Portela Valladares tras la guerra para que devolviese lo que no era suyo, es decir las acciones de la CHADE que en tiempo de guerra se habían incautado.
De todas las personas que te cito esta carta, Ina, se pueden decir cosas malas. Y es que tener medio mando en la República y en la guerra y acabar limpio de polvo y paja es, creo yo, imposible. El problema que tengo yo con los personajes de primera fila, de Gil-Robles a Negrín, de Besteiro a Lerroux, de Prieto a Azaña, de Franco a García Oliver, es que a todos, absolutamente a todos, les encuentro más peros que alabanzas. Es sólo la segunda fila donde encuentro ese balance neto positivo.
De todas formas, me dicen quienes han discutido de esto conmigo que es algo bastante normal.
Te mando un abrazo,
Juan
...
Lo mejor de la República, según Inasequible Aldesaliento
Querido JdJ:
Entiendo que entre tanto político irresponsable y demagogo que hubo en la II República, te haya costado encontrar personajes positivos y hayas optado por los segundones. Sin embargo, yo me resisto a rebuscar entre los sargentos y quiero un general con mando en plaza. Alguien debió de haber entre los políticos de primera fila de quien podamos hacer un juicio básicamente positivo. Creo que ese político existe: José María Gil-Robles.
Gil-Robles lideraba la CEDA, la Confederación Españolas de Derechas Autónomas, que era como la UCD de la Transición, pero una UCD a la que se le hubiese quitado Francisco Fernández-Ordóñez y se le hubiese añadido la Alianza Popular de Fraga. La CEDA englobaba a conservadores, católicos, pequeños propietarios, monárquicos, e incluso a parafascistas. Lo interesante de la CEDA es que agrupaba a grupos que no le tenían demasiado cariño a la República, pero que, sin embargo, aceptaron jugar conforme a las reglas del juego republicano. Esto es importante, porque esos grupos, que no habían contribuido a traer la República, a menudo respetaron la legalidad republicana más que otros que sí que habían contribuido a traerla.
He oído críticas a Gil-Robles de indefinición ideológica, más allá de su catolicismo esencial. Pienso que en él había mucho de oportunismo. Por otra parte, liderando unas huestes tan variopintas, no podía permitirse el lujo de definirse demasiado ideológicamente y ver cómo se le iban grupos enteros de partidarios. En su día le acusaron de querer jugar en España un papel dictatorial semejante al del Canciller Dollfus en Austria. Creo que en esas acusaciones hubo mucho de mala fe y demagogia y para probarlo no hay más que ver su ejecutoria política. También se le acusó en 1934 de no querer expresar inequívocamente su apoyo a la República. Hacerlo le hubiera enfrentado con muchos de los suyos. Fue malo que no expresase ese apoyo, pero hay que reconocerle que se mantuvo fiel a la legalidad republicana, más fiel que el PSOE en 1934, por mucho que éste si se hubiese declarado republicano.
La CEDA ganó las elecciones generales de noviembre de 1933. Sin embargo, el Presidente Alcalá-Zamora prefirió encargar la formación del gobierno al Partido Radical de Lerroux, que tenía 13 escaños menos. Gil-Robles acató la decisión y su partido se convirtió en el principal apoyo del gobierno radical, en espera de que llegase su momento. Quienes no aceptaron el gobierno legítimo del Partido Radical fueron precisamente las izquierdas. Resulta curioso que mientras El Socialista argüía que la República era tan mala como la Monarquía y que en ella no había lugar para el proletariado, Gil-Robles afirmase que daba lo mismo República que Monarquía, siempre que la ley no atacase a la Iglesia Católica. Más tarde, en junio de 1936, ya en vísperas de la Guerra Civil, insistiría en que España podía vivir en un régimen o en otro, pero en lo que no podía vivir era en anarquía.
El 4 de octubre de 1934, Gil-Robles retiró su apoyo al gobierno del radical Samper y provocó su caída. Algo perfectamente válido en el juego democrático y desde luego mucho más válido que la Revolución de Asturias que siguió unos días después (por no hablar del levantamiento fallido en Cataluña). Alcalá-Zamora encargó otra vez a los radicales que formasen gobierno, concretamente a Lerroux. Esta vez Lerroux incorporó al Gabinete a tres Ministros de la CEDA, lo que desencadenó los sucesos de octubre. O sea que un acontecimiento perfectamente legal y democrático había provocado una reacción ilegal y antidemocrática y la CEDA y Gil-Robles no se encontraron precisamente del lado de los antidemócratas.
Los sucesos de octubre hubieran podido dar pie al revanchismo o incluso a intentar un golpe de mano por parte de las derechas. ¿Cómo reaccionó la CEDA en esa tesitura? Suspendió el Estatuto catalán (Companys había dado motivos para ello), ante la presión de los monárquicos que pedían su abolición. De las 20 sentencias de muerte dictadas, sólo se ejecutaron dos. Gil-Robles insistió en que se ejecutaran todas, lo que realmente hubiera sido un error mayúsculo, que sólo habría servido para enconar aún más los ánimos. En protesta por su conmutación, abandonó el gobierno y forzó una crisis que le permitió a la CEDA conseguir cinco ministros en el nuevo gobierno, uno de ellos el propio Gil-Robles en la cartera de Guerra. No tengo datos para saber si la insistencia de Gil-Robles en la ejecución de todas las penas de muerte era real o se trataba de una añagaza para forzar la crisis. En todo caso, no me consta que tras su entrada en el gobierno volviera a abogar por la ejecución de las penas de muerte.
Por lo que he leído, Gil-Robles fue un Ministro de Guerra competente que buscó la modernización del Ejército. Eso sí, los oficiales de derechas se vieron favorecidos y los de izquierdas apartados. Lo mismo que en 2000 con Trillo y que en 2004 con Bono en el otro sentido. No hemos cambiado tanto.
El escándalo del estraperlo [nota de JdJ: sin olvidar, tampoco, el affaire Nombela-Tayá, también muy grave] provocó el fin del gobierno Lerroux y el desmoronamiento del Partido Radical. La solución más lógica hubiera sido encargar a Gil-Robles la formación de gobierno. Alcalá-Zamora volvió a negarse y prefirió encargarle a Portela Valladares que formara un gobierno provisional que preparara nuevas elecciones. En todo caso, entraba dentro de las potestades del Presidente de la República.
Cuenta Hugh Thomas que la decisión de Alcalá-Zamora fue un duro golpe para Gil-Robles que se veía como única alternativa posible a un gobierno del Partido Radical. Dice que su Subsecretario, el General Fanjul, el que siete meses después dirigiría la intentona frustrada del Cuartel de la Montaña, le dijo que si daba la orden, esa misma noche sacaría a la guarnición madrileña a la calle. La respuesta de Gil-Robles habría sido: «Si el ejército, agrupado en torno a sus jefes naturales, cree que debe tomar el poder temporalmente con el objeto de salvar el espíritu de la Constitución, yo no constituiré el menor obstáculo». Y pidió a Fanjul que consultara a otros generales. La respuesta de Gil-Robles se presta a muchas interpretaciones. La mía es: «He perdido la confianza en esta República. Si el Ejército unido da un golpe para enderezar el rumbo de la situación, no me opondré».
Pienso que Gil-Robles, con todos sus defectos, había sabido domesticar a su grey y hacer que pasara por el aro republicano aunque fuera a regañadientes. Si enfrente hubiera tenido a políticos del mismo talante, la Historia habría sido muy distinta.
Te devuelvo el abrazo,
Ina.
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lunes, abril 30, 2007
La reforma agraria de la República
Nos escribe Camilo, no sabemos muy bien desde dónde, animándonos a escribir unas notas sobre el problema de la reforma agraria en la segunda República. Lo más loable de Camilo es su sinceridad: no esconde que tras su petición, además de un interés sincero, se encuentra la obsesión de su profesor del instituto por esta cuestión, obsesión que se ha concretado en el encargo de un trabajo con nota. Pues bien, Camilo, para retribuir tu sinceridad, tengo una noticia buena y la otra mala. La buena es que este post va precisamente de aquello que tú necesitas, esto es la reforma agraria en la República; la mala es que, si has leído algunos otros post nuestros, habrás notado que tenemos la costumbre de redactarlos en un lenguaje coloquial e, incluso, en algunos casos, incluso levemente obsceno; el tipo de lenguaje que les sirve a los profes para darse cuenta de que un alumno no ha escrito lo que dice haber escrito. Te recomendamos, pues, que antes de caer en la tentación del copy/paste, te leas lo que viene debajo, y trates de asimilarlo.
Con la cuestión religiosa, que ya hemos tratado aquí y aquí, y la cuestión militar, la agraria es, de lejos, la gran cuestión de la República. Baste para muestra el botón de que el gobierno Azaña, y de hecho el primer bienio de izquierdas, cayó por unos sucesos, los de Casas Viejas, cuyo origen es la insatisfacción de los anarquistas respecto de la reforma agraria. Claro que no era para menos. España, económicamente hablando, era, en 1931, una economía agraria. Así venía siendo de tiempo atrás aunque con una realidad, como poco curiosa, pues si bien en España la agricultura siempre había sido muy importante, lo que no había sido era productiva, ya que las tierras españolas son, por lo general, poco fértiles. Entonces lo eran menos que ahora porque en España no había habido una gran política de regadíos (ésta la practicó, mal que nos pese, el franquismo; a Franco se le ridiculizó por su manía de inaugurar pantanos, pero es lo cierto que esos pantanos han irrigado no pocos campos hasta entonces de secano) lo cual hacía que hubiese extensísimas áreas de agricultura de secano. Por lo demás, había dos modelos agrarios radicalmente distintos: el del norte, basado en los minifundios de escasísima superficie (a veces, tan poca que ni daba para sostener a la familia que lo cultivaba); mientras que en el centro y sur eran generales los grandes latifundios, pues el secano sólo tiende a ser rentable en grandes superficies. El agricultor típico de la época era el yuntero, es decir un jornalero con dos mulas y un arado, que trataba de arrendar campos para explotarlos. Los latifundios eran el 58% de la superficie cultivable de Cádiz y cerca del 50% en cualquier otra provincia andaluza o extremeña. En Sevilla, por ejemplo, había 2.344 propietarios de tierras, el 5% del total, que generaban el 72% de la producción agrícola. Dado que en el secano la rentabilidad se incrementa con la superficie que se puede explotar, un terrateniente andaluz medio era capaz de sacar unas 18.000 pesetas anuales de su finca, mientras que el arrendatario minifundista solía sacar, por sus 10 hectáreas, poco más de 160.
Esto por lo que se refiere a quienes podían alquilar una tierra. Para los jornaleros, la cosa era peor. Un jornalero andaluz ganaba en 1930 entre 3 y 3,5 pesetas por día, salvo en verano, cuando ganaba hasta 5 pesetas, pero tenía que trabajar cuatro horas más, hasta doce. En Cataluña, estos jornales eran de 4 y 8 pesetas y en el País Vasco no bajaban de 5 pesetas.
En 1931 había en España 99 personas nobles con categoría de Grande de España. Sólo entre esta centena de familias poseían 577.000 hectáreas de campo. El mayor propietario de España era el duque de Medinaceli (79.146 hectáreas), seguido del duque de Peñaranda (51.015), el de Vistahermosa (47.203) y el de Alba (34.455 hectáreas). Por último, cabe hacer notar que en algunas zonas, como las Castillas, era endémico el arrendamiento a corto plazo, que era como agarrar al yuntero por los huevos: el latifundista cambiaba las condiciones del arriendo cada poco tiempo y, en caso que el arrendatario se pusiese de canto, siempre le quedaba la posibilidad de dejar las tierras en barbecho y matarlo de hambre. Como era latifundista, tenía otras muchas parcelas arrendadas.
La primera medida efectiva tomada por la República fue la denominada Ley de Términos Municipales, que impedía contratar un jornalero en otro pueblo mientras en el pueblo de las tierras quedase un solo parado. Esta ley elevó notablemente los jornales, aunque también sentó las bases de cierta dominación sindical sobre la contratación agraria, dominación de la que los propietarios de tierras se quejarían constantemente. En todo caso, el salario mínimo quedaba fijado en 5,5 pesetas por jornada normal y 11 para la de siega. Se fijaba la jornada de ocho horas y se recortaban notablemente las potestades de desahucio por parte de los propietarios arrendadores.
El 21 de agosto se constituye la ponencia de la Ley de Reforma Agraria, integrada por los diputados Polanco, Calot, Álvarez Mendizábal, Martínez Gil, Morau Bayo, Crespo, Valera, Artigas Arpón, Díaz del Moral, Companys, Ossorio Tafull, Hidalgo, Vaquero, García y García, Canales González, Beade Méndez, Pérez Torreblanca, Escribano, Serra Moret, Martínez de Velasco y Domínguez Arévalo.
En esta comisión, donde había desde liberales agrarios de derecha hasta socialistas, chocaron frontalmente los dos modelos de reforma existentes en la izquierda. Por un lado, el modelo del PSOE, que quería expropiar grandes fincas y explotarlas como tales colectivamente (un modelo seudosoviético, por lo tanto); y el modelo de los republicanos burgueses, que propugnaba la parcelación de dichos latifundios y su entrega a una multitud de pequeños propietarios. A la derecha de los burgueses estaban las derechas, que no querían la reforma; y a la izquierda de los socialistas estaba la CNT, que quería hacerse con la tierra a la fuerza y sin milongas legales ni otras memeces.
Nada más comenzar la discusión de la ley, en mayo de 1932, los notarios empezaron a forrarse. ¿Que por qué? Pero, ¿es que estáis lentos con el puente, o qué? ¿Nos os he dicho que la ley iba en contra de los latifundios? Un latifundio no se puede hacer desaparecer, pero lo que sí se puede es cortar a trocitos: los propietarios se fueron a los notarios, cargados de parientes, amigos y amiguetes, y comenzaron a trocear sus fincas al máximo y poniendo en cada trocito un dueño diferente; aquí la esposa, aquí una prima, aquí un amigo…
La ley, finalmente, fue aprobada en el Congreso, el 9 de septiembre de 1932, con 318 votos a favor y 19 en contra. Sucintamente, establecía la creación de un organismo, el Instituto de Reforma Agraria, encargado de dirimir qué explotaciones serían susceptibles de expropiación; amén de establecer medidas como la reversión a los arrendatarios de fincas que no fuesen muy grandes y que llevasen arrendando de mucho tiempo atrás. La reforma, en principio, no establecía la expropiación sin indemnización de las fincas de los grandes de España; esto es algo que se suele decir hoy, pero lo cierto es que esta enmienda en la ley fue introducida después del golpe de Estado del general Sanjurjo, y fue una represalia por el apoyo prestado a dicho golpe por alguna de las augustas familias.
Por lo que se refiere al resto de las finas expropiadas, se calculaba para ellas un precio mediante un tipo de capitalización que era creciente según la renta generada por las tierras. Una parte de la indemnización se pagaba en pasta y la otra en papelitos, concretamente deuda especial amortizable en cincuenta años (o sea: 1982, que ya les vale), con un tipo del 5% anual. A mayor riqueza de la tierra, menor era la proporción de pago en dinero.
La pregunta es: ¿por qué la reforma agraria salió mal? Pues por varias razones, supongo. Las que yo podría citar aquí son, primera, la candidez. Los gobernantes republicanos fueron extraordinariamente cándidos al diseñarla. En primer lugar, identificaron el problema agrario con el problema agrario del centro y sur de España, con lo que generaron una reforma que a los agricultores gallegos, asturianos o riojanos les atravesaba sin romperles ni mancharles: no les servía para nada.
En segundo lugar, todo parece indicar que la de los gobernantes republicanos fue una reforma hecha como los políticos de hoy los programas electorales, o sea: tú promete y, si luego ganamos, ya veremos cómo lo pagamos. Con el agravante de que éstos ya habían ganado; ya tenían que llevar adelante sus promesas. Lejos de ser un problema exclusivo de los grandes de España, la reforma agraria española requería expropiaciones a otras muchas gentes, todas ellas con indemnización, y para eso hacía falta dinero.
Y aquí llega el tercer lugar. El Consejo Superior Bancario realizó un informe en el que aseveraba que el sistema bancario español era suficiente para financiar la reforma y el gobierno, candidez sobre candidez, le creyó. Con ello, la reforma quedó en manos de quien la financiaba, los bancos; y éstos estaban dominados por los grandes nombres del capital financiero, mucho más amigos de los terratenientes que de los políticos republicanos. Así pues, metieron a la zorra en el gallinero.
La reforma agraria se diseñó para reasentar a 60.000 campesinos por año. En 1934, por lo tanto, debían ser 120.000; y eran 12.500. El Instituto de Reforma Agraria contaba con una aplicación presupuestaria de 50 millones al año, con lo que podía, por lo tanto, aspirar a colocar unas 5.000 familias. Para el resto, dependía de los bancos. Azaña se queja y se queja en sus diarios de su ministro de Agricultura, el republicano Marcelino Domingo, de cuya capacidad técnica dice lindezas y al que pone a precipitarse de un equino; pero cabe preguntarse hasta qué punto la cosa no fue bien por la estulticia de un ministro o es que la cosa estaba, en realidad, mal diseñada.
El 10 de marzo de 1933, siete mil agricultores se juntaron en una asamblea en Madrid contra la reforma. Las protestas llegaban por doquier. Paradójicamente, la superficie de tierra dejada sin cultivar creció (o no tan paradójicamente, pues los propietarios tenían pocos incentivos para invertir en ella). En este ambiente, las derechas ganaron las elecciones del 33, y le dieron una completa vuelta a la tortilla.
El 11 de febrero de 1934, con un solo decreto (levantamiento de los campesinos dedicados a cultivos intensivos), el gobierno desahució a 28.000 jornaleros. Cinco días después, se reponía la libertad del propietario de elegir arrendatario, eliminada con la reforma. Y, tres meses después, se anulaban las disposiciones relativas a jornadas, salario y colocación. Los jornales cayeron en unos pocos días un 50%. Entre mayo y junio de 1934, la Federación de Trabajadores de la Tierra, vinculada a UGT, desató una violentísima huelga general en el campo, con quemas de maquinaria incluidas. Un intento racional de hacer una reforma moderada, el del ministro de la CEDA Manuel Giménez Fernández, fue abortado por las propias derechas y su egoísmo, pues ahora todo lo que pretendían era recuperar todos sus privilegios. En un auténtico festival de favoritismo, los grandes de España fueron indemnizados por las mejoras introducidas en sus tierras antes de ser ocupadas e, incluso, por la expropiación de algunas de dichas fincas, a valores superiores a los reales.
Si es cierto que el Frente Popular no llegó del todo con ese afán revanchista y guerracivilista que se le atribuye, lo cierto es que en la materia agraria no es así. El campo que votó al Frente lo votó para volver a voltear la tortilla, esta vez con más radicalidad incluso; y, una vez producida la victoria, ello se cumplió. De febrero a junio de 1936, se expropiaron tierras para asentar a casi 72.000 yunteros, o sea cinco veces la cifra del periodo 1932-33, aunque cabe decir que, en realidad, aquí el gobierno ya no hacía nada, sino que se limitaba a dar carta de naturaleza a los hechos. La mayor parte de estas expropiaciones corresponde a terrenos previamente ocupados por los campesinos, con mayor o menor violencia.
La nueva Ley de Reforma Agraria del Frente Popular se aprobó el 18 de junio de 1936. Pero, por razones sobradamente conocidas, prácticamente no se aplicó.
Con la cuestión religiosa, que ya hemos tratado aquí y aquí, y la cuestión militar, la agraria es, de lejos, la gran cuestión de la República. Baste para muestra el botón de que el gobierno Azaña, y de hecho el primer bienio de izquierdas, cayó por unos sucesos, los de Casas Viejas, cuyo origen es la insatisfacción de los anarquistas respecto de la reforma agraria. Claro que no era para menos. España, económicamente hablando, era, en 1931, una economía agraria. Así venía siendo de tiempo atrás aunque con una realidad, como poco curiosa, pues si bien en España la agricultura siempre había sido muy importante, lo que no había sido era productiva, ya que las tierras españolas son, por lo general, poco fértiles. Entonces lo eran menos que ahora porque en España no había habido una gran política de regadíos (ésta la practicó, mal que nos pese, el franquismo; a Franco se le ridiculizó por su manía de inaugurar pantanos, pero es lo cierto que esos pantanos han irrigado no pocos campos hasta entonces de secano) lo cual hacía que hubiese extensísimas áreas de agricultura de secano. Por lo demás, había dos modelos agrarios radicalmente distintos: el del norte, basado en los minifundios de escasísima superficie (a veces, tan poca que ni daba para sostener a la familia que lo cultivaba); mientras que en el centro y sur eran generales los grandes latifundios, pues el secano sólo tiende a ser rentable en grandes superficies. El agricultor típico de la época era el yuntero, es decir un jornalero con dos mulas y un arado, que trataba de arrendar campos para explotarlos. Los latifundios eran el 58% de la superficie cultivable de Cádiz y cerca del 50% en cualquier otra provincia andaluza o extremeña. En Sevilla, por ejemplo, había 2.344 propietarios de tierras, el 5% del total, que generaban el 72% de la producción agrícola. Dado que en el secano la rentabilidad se incrementa con la superficie que se puede explotar, un terrateniente andaluz medio era capaz de sacar unas 18.000 pesetas anuales de su finca, mientras que el arrendatario minifundista solía sacar, por sus 10 hectáreas, poco más de 160.
Esto por lo que se refiere a quienes podían alquilar una tierra. Para los jornaleros, la cosa era peor. Un jornalero andaluz ganaba en 1930 entre 3 y 3,5 pesetas por día, salvo en verano, cuando ganaba hasta 5 pesetas, pero tenía que trabajar cuatro horas más, hasta doce. En Cataluña, estos jornales eran de 4 y 8 pesetas y en el País Vasco no bajaban de 5 pesetas.
En 1931 había en España 99 personas nobles con categoría de Grande de España. Sólo entre esta centena de familias poseían 577.000 hectáreas de campo. El mayor propietario de España era el duque de Medinaceli (79.146 hectáreas), seguido del duque de Peñaranda (51.015), el de Vistahermosa (47.203) y el de Alba (34.455 hectáreas). Por último, cabe hacer notar que en algunas zonas, como las Castillas, era endémico el arrendamiento a corto plazo, que era como agarrar al yuntero por los huevos: el latifundista cambiaba las condiciones del arriendo cada poco tiempo y, en caso que el arrendatario se pusiese de canto, siempre le quedaba la posibilidad de dejar las tierras en barbecho y matarlo de hambre. Como era latifundista, tenía otras muchas parcelas arrendadas.
La primera medida efectiva tomada por la República fue la denominada Ley de Términos Municipales, que impedía contratar un jornalero en otro pueblo mientras en el pueblo de las tierras quedase un solo parado. Esta ley elevó notablemente los jornales, aunque también sentó las bases de cierta dominación sindical sobre la contratación agraria, dominación de la que los propietarios de tierras se quejarían constantemente. En todo caso, el salario mínimo quedaba fijado en 5,5 pesetas por jornada normal y 11 para la de siega. Se fijaba la jornada de ocho horas y se recortaban notablemente las potestades de desahucio por parte de los propietarios arrendadores.
El 21 de agosto se constituye la ponencia de la Ley de Reforma Agraria, integrada por los diputados Polanco, Calot, Álvarez Mendizábal, Martínez Gil, Morau Bayo, Crespo, Valera, Artigas Arpón, Díaz del Moral, Companys, Ossorio Tafull, Hidalgo, Vaquero, García y García, Canales González, Beade Méndez, Pérez Torreblanca, Escribano, Serra Moret, Martínez de Velasco y Domínguez Arévalo.
En esta comisión, donde había desde liberales agrarios de derecha hasta socialistas, chocaron frontalmente los dos modelos de reforma existentes en la izquierda. Por un lado, el modelo del PSOE, que quería expropiar grandes fincas y explotarlas como tales colectivamente (un modelo seudosoviético, por lo tanto); y el modelo de los republicanos burgueses, que propugnaba la parcelación de dichos latifundios y su entrega a una multitud de pequeños propietarios. A la derecha de los burgueses estaban las derechas, que no querían la reforma; y a la izquierda de los socialistas estaba la CNT, que quería hacerse con la tierra a la fuerza y sin milongas legales ni otras memeces.
Nada más comenzar la discusión de la ley, en mayo de 1932, los notarios empezaron a forrarse. ¿Que por qué? Pero, ¿es que estáis lentos con el puente, o qué? ¿Nos os he dicho que la ley iba en contra de los latifundios? Un latifundio no se puede hacer desaparecer, pero lo que sí se puede es cortar a trocitos: los propietarios se fueron a los notarios, cargados de parientes, amigos y amiguetes, y comenzaron a trocear sus fincas al máximo y poniendo en cada trocito un dueño diferente; aquí la esposa, aquí una prima, aquí un amigo…
La ley, finalmente, fue aprobada en el Congreso, el 9 de septiembre de 1932, con 318 votos a favor y 19 en contra. Sucintamente, establecía la creación de un organismo, el Instituto de Reforma Agraria, encargado de dirimir qué explotaciones serían susceptibles de expropiación; amén de establecer medidas como la reversión a los arrendatarios de fincas que no fuesen muy grandes y que llevasen arrendando de mucho tiempo atrás. La reforma, en principio, no establecía la expropiación sin indemnización de las fincas de los grandes de España; esto es algo que se suele decir hoy, pero lo cierto es que esta enmienda en la ley fue introducida después del golpe de Estado del general Sanjurjo, y fue una represalia por el apoyo prestado a dicho golpe por alguna de las augustas familias.
Por lo que se refiere al resto de las finas expropiadas, se calculaba para ellas un precio mediante un tipo de capitalización que era creciente según la renta generada por las tierras. Una parte de la indemnización se pagaba en pasta y la otra en papelitos, concretamente deuda especial amortizable en cincuenta años (o sea: 1982, que ya les vale), con un tipo del 5% anual. A mayor riqueza de la tierra, menor era la proporción de pago en dinero.
La pregunta es: ¿por qué la reforma agraria salió mal? Pues por varias razones, supongo. Las que yo podría citar aquí son, primera, la candidez. Los gobernantes republicanos fueron extraordinariamente cándidos al diseñarla. En primer lugar, identificaron el problema agrario con el problema agrario del centro y sur de España, con lo que generaron una reforma que a los agricultores gallegos, asturianos o riojanos les atravesaba sin romperles ni mancharles: no les servía para nada.
En segundo lugar, todo parece indicar que la de los gobernantes republicanos fue una reforma hecha como los políticos de hoy los programas electorales, o sea: tú promete y, si luego ganamos, ya veremos cómo lo pagamos. Con el agravante de que éstos ya habían ganado; ya tenían que llevar adelante sus promesas. Lejos de ser un problema exclusivo de los grandes de España, la reforma agraria española requería expropiaciones a otras muchas gentes, todas ellas con indemnización, y para eso hacía falta dinero.
Y aquí llega el tercer lugar. El Consejo Superior Bancario realizó un informe en el que aseveraba que el sistema bancario español era suficiente para financiar la reforma y el gobierno, candidez sobre candidez, le creyó. Con ello, la reforma quedó en manos de quien la financiaba, los bancos; y éstos estaban dominados por los grandes nombres del capital financiero, mucho más amigos de los terratenientes que de los políticos republicanos. Así pues, metieron a la zorra en el gallinero.
La reforma agraria se diseñó para reasentar a 60.000 campesinos por año. En 1934, por lo tanto, debían ser 120.000; y eran 12.500. El Instituto de Reforma Agraria contaba con una aplicación presupuestaria de 50 millones al año, con lo que podía, por lo tanto, aspirar a colocar unas 5.000 familias. Para el resto, dependía de los bancos. Azaña se queja y se queja en sus diarios de su ministro de Agricultura, el republicano Marcelino Domingo, de cuya capacidad técnica dice lindezas y al que pone a precipitarse de un equino; pero cabe preguntarse hasta qué punto la cosa no fue bien por la estulticia de un ministro o es que la cosa estaba, en realidad, mal diseñada.
El 10 de marzo de 1933, siete mil agricultores se juntaron en una asamblea en Madrid contra la reforma. Las protestas llegaban por doquier. Paradójicamente, la superficie de tierra dejada sin cultivar creció (o no tan paradójicamente, pues los propietarios tenían pocos incentivos para invertir en ella). En este ambiente, las derechas ganaron las elecciones del 33, y le dieron una completa vuelta a la tortilla.
El 11 de febrero de 1934, con un solo decreto (levantamiento de los campesinos dedicados a cultivos intensivos), el gobierno desahució a 28.000 jornaleros. Cinco días después, se reponía la libertad del propietario de elegir arrendatario, eliminada con la reforma. Y, tres meses después, se anulaban las disposiciones relativas a jornadas, salario y colocación. Los jornales cayeron en unos pocos días un 50%. Entre mayo y junio de 1934, la Federación de Trabajadores de la Tierra, vinculada a UGT, desató una violentísima huelga general en el campo, con quemas de maquinaria incluidas. Un intento racional de hacer una reforma moderada, el del ministro de la CEDA Manuel Giménez Fernández, fue abortado por las propias derechas y su egoísmo, pues ahora todo lo que pretendían era recuperar todos sus privilegios. En un auténtico festival de favoritismo, los grandes de España fueron indemnizados por las mejoras introducidas en sus tierras antes de ser ocupadas e, incluso, por la expropiación de algunas de dichas fincas, a valores superiores a los reales.
Si es cierto que el Frente Popular no llegó del todo con ese afán revanchista y guerracivilista que se le atribuye, lo cierto es que en la materia agraria no es así. El campo que votó al Frente lo votó para volver a voltear la tortilla, esta vez con más radicalidad incluso; y, una vez producida la victoria, ello se cumplió. De febrero a junio de 1936, se expropiaron tierras para asentar a casi 72.000 yunteros, o sea cinco veces la cifra del periodo 1932-33, aunque cabe decir que, en realidad, aquí el gobierno ya no hacía nada, sino que se limitaba a dar carta de naturaleza a los hechos. La mayor parte de estas expropiaciones corresponde a terrenos previamente ocupados por los campesinos, con mayor o menor violencia.
La nueva Ley de Reforma Agraria del Frente Popular se aprobó el 18 de junio de 1936. Pero, por razones sobradamente conocidas, prácticamente no se aplicó.
jueves, abril 26, 2007
No lo pillo
Juan José Ibarrexte, presidente del gobierno autonómico vasco o, como se dice en euskera, lehendakari, prepara estos días el setenta aniversario del bombardeo de Guernica. Es ésta una población de hondo significado para el nacionalismo vasco y está considerada como la receptora del primer bombardeo masivo de civiles planificado por la Alemania de Hitler, pues fue la temida Legión Cóndor la que realizó dicha razzia. Aunque sobre el bombardeo se han dicho algunas cosas que no parecen ser del todo ciertas (siempre se ha dicho, por ejemplo, que murió mucha gente porque era día de mercado, pero he leído por ahí que estaba suspendido), fue una acción horrenda y, sobre todo, bastante gratuita; bombardeando Guernica, los franquistas no le dieron ni la mitad de media vuelta a la guerra.
Lo que no acabo de entender es la actitud del gobierno vasco el cual, según leo en la prensa, quiere que el gobierno actual pida perdón por esa acción. Según la curiosa lógica filosófica de Ibarrexte, si el gobierno democrático alemán ya admitió en su día que aquel bombardeo estuvo muy mal hecho, lo mismo debería hacer el gobierno español actual. El argumento, según reproduzco de la prensa, es éste: «el actual Gobierno y el Parlamento español son herederos de aquel gobierno legítimo de la República, truncado por el alzamiento de Franco. Tienen, por tanto, toda la legitimidad democrática para condenar la dictadura franquista y para pedir perdón por todos los crímenes cometidos en nombre de España. Un gesto y un reconocimiento que se nos debe a Gernika y a Euskadi y, también, a la propia sociedad española».
Para empezar, eso de las herencias tiene mucha miga. La democracia actual es heredera de sí misma, en primer lugar, y de algunos elementos, no todos, de la última República de nuestra Historia (de momento). Pero, en fin, esa, en el fondo, es una historia. Aceptemos barco como animal acuático.
Pero es que, una vez hecho esto, nos encontramos con que, si los gobernantes actuales son los herederos de la República, entonces son los herederos de quienes, literalmente, fueron bombardeados por la Legión Cóndor. Pero, si es así, ¿por qué tienen que pedir perdón? O sea, un chuloputas me para un día por la calle y me arrea una hostia que me cambia la cara; y, al correr de los años, ¿yo tengo que pedir perdón por su afrenta?
El gobierno actual, o más bien el Estado democrático (pues el gobierno no es sino la expresión coyuntural de dicho Estado), tienen derecho, yo diría que la obligación histórica, de señalar, cuantas veces haga falta, el oprobio de Guernica. Pero no tienen que perdirle perdón a nadie, ni vasco ni moluqueño. Por la simple razón de que ni ellos ni aquéllos que de los que se dicen o les dicen herederos tuvieron nada que ver en el daño que se denuncia; es más, podríase decir que trabajaban en contra de dicho daño.
Al correr del tiempo, por cierto, acabará cumpliéndose también el 70 aniversario del acuerdo entre las milicias vascas y las italianas profanquistas en Santoña. Pacto del que algunos autores de la época, como Julián Zugazagoitia, escriben con prístino desprecio. No sabemos si ese día alguien pedirá perdón.
Lo que no acabo de entender es la actitud del gobierno vasco el cual, según leo en la prensa, quiere que el gobierno actual pida perdón por esa acción. Según la curiosa lógica filosófica de Ibarrexte, si el gobierno democrático alemán ya admitió en su día que aquel bombardeo estuvo muy mal hecho, lo mismo debería hacer el gobierno español actual. El argumento, según reproduzco de la prensa, es éste: «el actual Gobierno y el Parlamento español son herederos de aquel gobierno legítimo de la República, truncado por el alzamiento de Franco. Tienen, por tanto, toda la legitimidad democrática para condenar la dictadura franquista y para pedir perdón por todos los crímenes cometidos en nombre de España. Un gesto y un reconocimiento que se nos debe a Gernika y a Euskadi y, también, a la propia sociedad española».
Para empezar, eso de las herencias tiene mucha miga. La democracia actual es heredera de sí misma, en primer lugar, y de algunos elementos, no todos, de la última República de nuestra Historia (de momento). Pero, en fin, esa, en el fondo, es una historia. Aceptemos barco como animal acuático.
Pero es que, una vez hecho esto, nos encontramos con que, si los gobernantes actuales son los herederos de la República, entonces son los herederos de quienes, literalmente, fueron bombardeados por la Legión Cóndor. Pero, si es así, ¿por qué tienen que pedir perdón? O sea, un chuloputas me para un día por la calle y me arrea una hostia que me cambia la cara; y, al correr de los años, ¿yo tengo que pedir perdón por su afrenta?
El gobierno actual, o más bien el Estado democrático (pues el gobierno no es sino la expresión coyuntural de dicho Estado), tienen derecho, yo diría que la obligación histórica, de señalar, cuantas veces haga falta, el oprobio de Guernica. Pero no tienen que perdirle perdón a nadie, ni vasco ni moluqueño. Por la simple razón de que ni ellos ni aquéllos que de los que se dicen o les dicen herederos tuvieron nada que ver en el daño que se denuncia; es más, podríase decir que trabajaban en contra de dicho daño.
Al correr del tiempo, por cierto, acabará cumpliéndose también el 70 aniversario del acuerdo entre las milicias vascas y las italianas profanquistas en Santoña. Pacto del que algunos autores de la época, como Julián Zugazagoitia, escriben con prístino desprecio. No sabemos si ese día alguien pedirá perdón.
miércoles, abril 25, 2007
El día que un compostelano quiso matar a la reina
La Historia es la principal fábrica de mitos que tiene el hombre. Los hechos pasados y relevantes, recordados por las generaciones venideras, suelen generar mitos, mártires y conceptos que enraizan muy poderosamente en nuestras conciencias. Hay hechos, por lo demás, que todo el mundo recuerda, dado su carácter singular. Los magnicidios, por ejemplo. Cuando alguien atenta contra un rey o un primer ministro, esto es algo que se tiende a recordar. Ya hemos hablado aquí de magnicidios como el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco o el del primer ministro José Canalejas. Y hablaremos de algunos más, porque la Historia de España es más fecunda en magnicidios de lo que parece. Hoy, sin embargo, voy a hablaros de uno que me atrevería a apostar a que pocos de vosotros conocéis. Incluso aquellos de vosotros que sois paisanos míos, es decir gallegos. Incluso aquéllos de éstos que, además de gallegos, se sientan nacionalistas. En este último caso, además, vuestra ignorancia tiene poco perdón.
domingo, abril 22, 2007
El pistolerismo (I): La huelga de La Canadiense
Con este texto inicio hoy una serie de varios que iré salpimentando con otras historias y que no sé, en realidad, cuántos van a ser. Pretendo relataros, sin hacerme pesado a ser posible, uno de los periodos de la Historia reciente de España más impresionantes, a la par que olvidado. En puridad, si lo que ocurrió en España en el espacio de apenas cuatro o cinco años hubiera ocurrido en Estados Unidos, hoy todos podríamos contar que alguna vez hemos visto una película sobre el tema, y los principales protagonistas de los hechos se nos vendrían a la memoria con el rostro de actores de primerísimo nivel.
jueves, abril 19, 2007
Latinos lejanos
Hay apuntes del presente que tienen bastante que ver con el pasado. Así pues, con el permiso de Wonka que, de los lectores que sé que tiene este blog, es el que más sabe de sociología, quisiera dejaros un apunte basado precisamente en eso.
El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) español realiza periódicamente lo que denomina un Latinobarómetro, basado en conocer el conocimiento e ideas que los españoles tenemos respecto de Latinoamérica. En el último hay un par de preguntas que me han llamado la atención.
Por ejemplo, se le preguntaba a los españoles qué país latinoamericano es el principal amigo de España. Pues bien: uno de cada dos españoles (52%), no contestó, lo cual lo interpreto como un ni puta idea, a mí qué me pregunta. La siguiente frecuencia más alta está lejísimos, es del 17,5%, y se refiere a quienes consideran que Argentina es nuestro mejor amigo en Latinoamérica. De seguido (7%) van los que piensan que ninguno (no tenemos amigos en Latinoamérica), seguido de México y Venezuela (5,8%).
La otra pregunta se refiere a la valoración de los principales líderes políticos americanos. Empezando por el nivel de conocimiento, el líder político más conocido en España, pues sólo un 3,6% de los encuestados declara no saber quién es, es Fidel Castro. Castro es, a decir de la encuesta, más conocido en España que Georges Bush, de quien dice no tener razón el 5,7% del personal. El 16% no conoce a Hugo Chávez, y el 34% no conoce a Evo Morales o a Luiz Inacio Lula da Silva. Como se ve, el pueblo español tiene cierta querencia por las figuras que se ven o se quieren ver tirando a Bolívar y tal. El 66% no sabe quién es Néstor Kirchner, el mismo porcentaje desconoce que Álvaro Uribe esté sobre la tierra, a Michelle Bachelet y a Alan García los desconoce aproximadamente el 70% de la peña y la guinda se la lleva el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez quien, a pesar de tener un nombre de pila tan fácil de retener en la memoria, es un desconocido para el 82% de los españoles adultos.
Entramos ahora en el aspecto de la valoración que, de cada uno, dan aquéllos que les conocen. En este punto, suelo hacerme yo una cuenta, que no sé si tiene valor científico, que es tomar los porcentajes de valoración más elevada (en la escala de 0 a 10, el encuestado califica al personaje con un 9 o un 10, o sea este tío es la rehostia) y compararlos con los de valoración más reducida (o sea, 0 o 1, más o menos vaya pedazo de cabrón).
El peor parado es Bush. Por cada español que lo consideran el compendio de todo bien sin mezcla de mal alguno, hay 60, repito, 60, que lo consideran un PdeC. El siguiente es Fidel Castro, que por cada hooligan a su favor en España tiene 22 opositores cerriles. Y le anda a la zaga Kirchner, cuyo ratio es de 18. Después viene Chávez (14 enemigos por cada amiguito), Tabaré (6), Evo Morales (4), Uribe y Lula (3), hasta llegar al único líder que tiene, mutatis mutandis, un enemigo acérrimo por cada amigo del alma: Michelle Bachelet.
Sí, sí. Ya sé que falta Alan García. Pero es que recordaréis de las clases de mates que una división por cero es imposible. Y eso es lo que pasa: de todos los encuestados, no hubo ni uno que le diese al pobre don Alan un 9 o un 10.
La reflexión que me ha provocado la lectura de estos datos es: ¿habrá sido siempre así? Obviamente, no podemos aseverarlo científicamente, puesto que la demoscopia es una ciencia relativamente moderna. Sin embargo, yo creo que hay cosas que leyendo quedan muy claras.
Por ejemplo, me llama la atención que, con la única excepción relativa de Cuba, cuanto más tiempo ha sido un país latinoamericano colonia española, más empeño parecemos poner en olvidarlo. ¿Dónde está Puerto Rico en toda esta historia? Parece como si los primeros que hubiésemos asumido que Puerto Rico no es sino un estado de los Estados Unidos hubiéramos sido los propios españoles.
También aprecio un fenómeno que, insisto, no puedo demostrar pero en el que creo: la indiferenciación de Latinoamérica. El hecho de que el país del que más nos acordemos (poco, pero el que más) a la hora de buscar un amigo sea Argentina viene a ser un síntoma de que hay cierta cohorte de españoles para la cual la palabra argentino y la palabra latinoamericano son sinónimas. Error que es injusto con todos los países del área, con Argentina incluso, pero lo es especialmente, en mi opinión, con México, un país que ha estado muy presente en la Historia reciente de España, especialmente durante los años del franquismo, y que parece totalmente olvidado en las conciencias de los españoles.
Si esta encuesta se hubiese hecho a mediados del siglo XIX, estoy seguro que, cuando menos entre las clases medias, habría aportado niveles de conocimiento muy superiores. España se ha sentido orgullosa de su labor en América hasta un punto, en el 98, en el que lo perdió todo y por ello se embarcó en una reflexión sobre todas las cosas que había hecho mal. De ahí nació, en mi opinión, todo un latinopesimismo, basado en la mala conciencia colonial que, por lo que se ve, es una mancha que hoy sigue extendiéndose.
Con todo, la evolución sociológica más formidable parece la relativa al vecino del norte. Porque tan sólo han pasado treinta o cuarenta años desde el actual paso de tu culo, Georges y aquella coplilla que cantaba el pueblo de Bienvenido Mr. Marshall, cuyo estribillo decía:
Americanos,
vienen a España
guapos y sanos,
viva el tronío
de ese gran pueblo
con poderío,
olé Virginia,
y Michigan,
y viva Texas, que no está mal,
os recibimos
americanos con alegría,
olé mi mare,
olé mi suegra y
olé mi tía.
El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) español realiza periódicamente lo que denomina un Latinobarómetro, basado en conocer el conocimiento e ideas que los españoles tenemos respecto de Latinoamérica. En el último hay un par de preguntas que me han llamado la atención.
Por ejemplo, se le preguntaba a los españoles qué país latinoamericano es el principal amigo de España. Pues bien: uno de cada dos españoles (52%), no contestó, lo cual lo interpreto como un ni puta idea, a mí qué me pregunta. La siguiente frecuencia más alta está lejísimos, es del 17,5%, y se refiere a quienes consideran que Argentina es nuestro mejor amigo en Latinoamérica. De seguido (7%) van los que piensan que ninguno (no tenemos amigos en Latinoamérica), seguido de México y Venezuela (5,8%).
La otra pregunta se refiere a la valoración de los principales líderes políticos americanos. Empezando por el nivel de conocimiento, el líder político más conocido en España, pues sólo un 3,6% de los encuestados declara no saber quién es, es Fidel Castro. Castro es, a decir de la encuesta, más conocido en España que Georges Bush, de quien dice no tener razón el 5,7% del personal. El 16% no conoce a Hugo Chávez, y el 34% no conoce a Evo Morales o a Luiz Inacio Lula da Silva. Como se ve, el pueblo español tiene cierta querencia por las figuras que se ven o se quieren ver tirando a Bolívar y tal. El 66% no sabe quién es Néstor Kirchner, el mismo porcentaje desconoce que Álvaro Uribe esté sobre la tierra, a Michelle Bachelet y a Alan García los desconoce aproximadamente el 70% de la peña y la guinda se la lleva el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez quien, a pesar de tener un nombre de pila tan fácil de retener en la memoria, es un desconocido para el 82% de los españoles adultos.
Entramos ahora en el aspecto de la valoración que, de cada uno, dan aquéllos que les conocen. En este punto, suelo hacerme yo una cuenta, que no sé si tiene valor científico, que es tomar los porcentajes de valoración más elevada (en la escala de 0 a 10, el encuestado califica al personaje con un 9 o un 10, o sea este tío es la rehostia) y compararlos con los de valoración más reducida (o sea, 0 o 1, más o menos vaya pedazo de cabrón).
El peor parado es Bush. Por cada español que lo consideran el compendio de todo bien sin mezcla de mal alguno, hay 60, repito, 60, que lo consideran un PdeC. El siguiente es Fidel Castro, que por cada hooligan a su favor en España tiene 22 opositores cerriles. Y le anda a la zaga Kirchner, cuyo ratio es de 18. Después viene Chávez (14 enemigos por cada amiguito), Tabaré (6), Evo Morales (4), Uribe y Lula (3), hasta llegar al único líder que tiene, mutatis mutandis, un enemigo acérrimo por cada amigo del alma: Michelle Bachelet.
Sí, sí. Ya sé que falta Alan García. Pero es que recordaréis de las clases de mates que una división por cero es imposible. Y eso es lo que pasa: de todos los encuestados, no hubo ni uno que le diese al pobre don Alan un 9 o un 10.
La reflexión que me ha provocado la lectura de estos datos es: ¿habrá sido siempre así? Obviamente, no podemos aseverarlo científicamente, puesto que la demoscopia es una ciencia relativamente moderna. Sin embargo, yo creo que hay cosas que leyendo quedan muy claras.
Por ejemplo, me llama la atención que, con la única excepción relativa de Cuba, cuanto más tiempo ha sido un país latinoamericano colonia española, más empeño parecemos poner en olvidarlo. ¿Dónde está Puerto Rico en toda esta historia? Parece como si los primeros que hubiésemos asumido que Puerto Rico no es sino un estado de los Estados Unidos hubiéramos sido los propios españoles.
También aprecio un fenómeno que, insisto, no puedo demostrar pero en el que creo: la indiferenciación de Latinoamérica. El hecho de que el país del que más nos acordemos (poco, pero el que más) a la hora de buscar un amigo sea Argentina viene a ser un síntoma de que hay cierta cohorte de españoles para la cual la palabra argentino y la palabra latinoamericano son sinónimas. Error que es injusto con todos los países del área, con Argentina incluso, pero lo es especialmente, en mi opinión, con México, un país que ha estado muy presente en la Historia reciente de España, especialmente durante los años del franquismo, y que parece totalmente olvidado en las conciencias de los españoles.
Si esta encuesta se hubiese hecho a mediados del siglo XIX, estoy seguro que, cuando menos entre las clases medias, habría aportado niveles de conocimiento muy superiores. España se ha sentido orgullosa de su labor en América hasta un punto, en el 98, en el que lo perdió todo y por ello se embarcó en una reflexión sobre todas las cosas que había hecho mal. De ahí nació, en mi opinión, todo un latinopesimismo, basado en la mala conciencia colonial que, por lo que se ve, es una mancha que hoy sigue extendiéndose.
Con todo, la evolución sociológica más formidable parece la relativa al vecino del norte. Porque tan sólo han pasado treinta o cuarenta años desde el actual paso de tu culo, Georges y aquella coplilla que cantaba el pueblo de Bienvenido Mr. Marshall, cuyo estribillo decía:
Americanos,
vienen a España
guapos y sanos,
viva el tronío
de ese gran pueblo
con poderío,
olé Virginia,
y Michigan,
y viva Texas, que no está mal,
os recibimos
americanos con alegría,
olé mi mare,
olé mi suegra y
olé mi tía.
martes, abril 17, 2007
Amor que mata
Hoy os voy a contar una historia de amor desgraciado. Uno de esos amores que matan, la treta del enamorado que responde al amor con traición. Es, por lo tanto, una historia tan vieja como el mundo. Yo la voy a contar. Pero la cuenta mucho mejor mi fuente, el escritor alemán Hermann Kesten, en un libro portentoso que no estaría mal que leyéseis en estos días tan letrados que rodean la onomástica de ese santo de nombre catalán que mataba dragones. El libro se llama Fernando e Isabel y en España lo ha publicado Edhasa.
Situación: estamos en el siglo XV, en Castilla. Gobierna Castilla... ¿quién gobierna Castilla? No es tan fácil la contestación.
Hasta 1454, el rey de Castilla ha sido Juan II, hombre muy empeñado en consolidar la autoridad real frente a las grandes casas nobles castellanas, acostumbradas a hacer y deshacer a su antojo pues, al fin y al cabo, Castilla la han construido los castellanos, o sea ellos. A la muerte de Juan II le ha sucedido su hijo, Enrique IV, más que probablemente homosexual, de carácter más pactista que proclive al enfrentamiento y, en general, ecléctico: pese a estar al frente del Estado que carga sobre sus espaldas la labor de expulsar al moro de España, gusta de dar audiencias vestido al modo musulmán.
Como buen homosexual, Enrique no era muy ducho, lo cual no quiere decir necesariamente impotente, con las mujeres. Su primer matrimonio, con Blanca de Navarra, fue anulado por el propio Papa tras comprobarse que no había sido consumado. No obstante, en 1455, ya rey de Castilla, comenzará a sentir esa presión que todo príncipe sin hijos legítimos siente enseguida; la cosa no es, como en las reuniones familiares de la clase media, que la abuela da el coñazo con eso de cuándo vas a tener hijos, chatín. La cosa es que la Corte te dice: vos habéis venido al mundo a tener heredero sí o sí, majestad. Por tal motivo, casa don Enrique para tener hijos, y escoge a una mujer de una importante casa real, Juana de Portugal. Con mucho o con poco esfuerzo, Enrique logrará tener una hija con Juana, una hija que hoy se da básicamente por cierto que fue suya. La niña se llamó como su madre, Juana. Nació para ser Juana de Castilla pero se quedó en Juana la Beltraneja.
La llamaban de aquella guisa porque todo el mundo la decía hija no del rey, sino de un valido de la corte, don Beltrán de la Cueva. A Enrique le pusieron el escasamente nebuloso mote de El Impotente. Aunque con la Historia antigua es difícil llegar a claridades absolutas, todo parece indicar que en aquel mito de la impotencia y de la bastardía de la niña tuvieron mucho que ver los nobles que habían decidido aliarse con la hermanastra de Enrique, Isabel. Isabel, una de las mujeres más ambiciosas de nuestra Historia, por lo general generosa en féminas dispuestas a todo, acabaría encontrando en los Mendoza y otros pares castellanos y, sobre todo, en el aún más ambicioso que ella Fernando de Aragón, los apoyos perfectos para iniciar la campaña para sostener una idea: la Beltraneja es una hija de puta, aquí no hay más reina que Yo Misma.
En fin. Todos sabéis que lo consiguió, claro. Que se coronó Isabel la Católica y luego se dedicó a hacer puñetas con fray Torquemada. Pero, en realidad, la historia que quiero contaros ni he empezado a contarla. Empezó antes de todo esto. Empezó cuando todavía vivía el infante Alfonso.
Alfonso era hermano de Enrique IV y, cuando algunas casas nobles decidieron ponerle la proa a su amanerado hermano reinante, se convirtió en su campeón. Antes, pues, de todo el lío de la Beltraneja e Isabel y tal, estuvo el lío de Alfonso y Enrique, o Enrique y Alfonso. Eran hermanos, sí; pero ya sabéis que, en aquella época, los hermanos de las dinastías reinantes se llevaban peor que Javi Navarro y los delanteros contrarios.
Ahora tenéis que pensar en Toledo. No os tiene que costar mucho, porque esta ciudad bellísima conserva muchas cosas de aquella época. Si miráis el mapa, veréis que, en un supuesto de guerra larvada en el seno de Castilla, Toledo está situada en medio; lo que se dice un hostiadero. Enrique y Alfonso, cada uno con su partido y sus fuerzas del orden, campaban por la meseta reclamando de villas y ciudades la adhesión a su causa. Y pocas ciudades había entonces más grandes que Toledo, así pues ambos pretendientes contendieron para ganar la ciudad para su causa. En los tiempos que relato, las mesnadas del infante Alfonso estaban a tres días de la ciudad. Así pues ésta debía decidir, sí o sí, si se unía a la causa alfonsina o le cerraba las puertas al muchacho.
Toledo era entonces, además, la ciudad de los mil barrios, pues allí tenían área propia: los moros, los moriscos (ex moros convertidos), los cristianos, los judíos y los conversos (o sea, antiguos judíos convertidos al cristianismo, conocidos entre los cristianos como marranos). Para tomar la decisión de qué partido tomar, se reunieron por separado los judíos, los cristianos viejos y nuevos, y los moros y moriscos (el hecho de que los moriscos se fuesen a parlamentar con los moros permite avizorar que su decisión de seguir a la santísima trinidad no debía de ser muy sincera).
Los cristianos decidieron, bastante juiciosamente creo yo, abrirle las puertas a Alfonso, probablemente temerosos de que, de cerrarlas, el niño las abriese a hostias. Los moros, enterados de tal decisión, dictaminaron: lo que diga la rubia. O sea, si los cristianos dicen sí, nosotros también. Pero, claro, llegaron los judíos. Para un judío hay muchas cosas sagradas, pero una de ellas es la ley. Las leyes de su dios han de respetarse y, de hecho, por respetarlas no pocos de ellos acabarían ardiendo vivos en la plaza de cualquier pueblo. En esa ocasión, no se desviaron ni medio milímetro de sus convicciones: puesto que la ciudad había jurado, en su día, fidelidad al rey Enrique, el juramento era sagrado. Básicamente, pues: los hebreos votamos por darle a Alfonsito por donde amargan los pepinos.
Aquella posición de los judíos no varió la de los cristianos, que siquieron apoyando al infante. Pero, eso sí, terminó de cabrearlos, pues sintieron como que los judíos les decían que eran incapaces de cumplir un compromiso, ergo eran pecadores.
¿Fue casualidad, por lo tanto, lo que empezó a pasar en los días siguientes? Más que probablemente, no. Porque lo que empezó a pasar fue que por Toledo comenzaron a deambular cuadrillas de pobres, de tullidos, de soldados en paro, clamando por la carestía de la vida, la pobreza y la imposibilidad de conseguir pan, y preguntándose en voz alta, en las calles, en los mercados, de quién era la culpa de aquella situación. Sabido es que, en aquellos tiempos, la culpa del malestar económico siempre la tenía uno: el usurero, el recaudador de impuestos, el ricachón comerciante.
El puto judío.
Los hebreos ya estaban condenados, sólo que no lo sabían. A Toledo, al calor de la rebelión que se avecinaba, se dejó caer el confesor del rey, Alonso de Espina, quien adornó los púlpitos de la ciudad con unas soflamas al lado de las cuales los discursos de Hitler parecerían los de un liberal moderado.
De la misa, el pueblo de Toledo se fue a la judería, cada cual agarrando lo que tenía: un hacha, un cuchillo, un simple palo o una espada. Los judíos se metieron en sus casas. No les sirvió de nada. Los cristianos derribaron las puertas a hachazos, quemaron los edificios. Para muchos judíos aquello no era nuevo. Algunos padres, oyendo retumbar los golpes brutales en la puerta de su casa, cogieron el cuchillo de la cocina y, antes de que la puerta cayese, degollaron a sus hijos, sobre todo los más pequeños, para ahorrarles el horror, y sobre todo a las niñas, porque la caridad cristiana, cuando se trataba de violar en medio de una razzia, no le hacía ascos absolutamente a nada. Además del dato importante de que, en el caso de que el padre o la madre se hubiesen olvidado o resistido a matar a sus hijas de diez, de once, de trece años, se veían por ello condenados a ser testigos directos de cómo eran desfloradas. Casi en cada esquina había un fraile, normalmente dominico, predicando: por si tienes dudas, chaval, por si estás a punto de vomitar o de llorar con tanta depravación, que lo sepas: Dios lo quiere. En la puerta de la judería, otros frailes esperaban con un barril de agua; los judíos que lograban llegar allí eran invitados a bautizarse.
Cuando leo eso de que el Vaticano ha perdido perdón por haber puteado a Galileo, siempre pienso: hay miles, centenares de miles de almas que habrían dado lo que fuese por ser Galileo. Y por ellas no ha pedido perdón nadie. Nadie.
Los niños no fueron respetados. Se lo dijo Heinrich Himmler a su médico: mirar a un niño judío puede moverte a la compasión; pero se te pasa si piensas que si no te lo cargas llegará a adulto. Hay que tener mucho cuajo para ensartarle los intestinos a un niño de siete años que llora e implora por su vida; pero, claro, si Dios lo quiere...
Al día siguiente, los judíos fueron expulsados de Toledo. El cargo: recaudar un impuesto sobre el pan que había sido impuesto por la catedral, pero que los frailes no querían cobrar porque los panaderos les apaleaban.
La violencia, sin embargo, no terminaría ahí. Conscientes de la animosidad de los cristianos contra todo lo judío, los conversos sabían que eran los siguientes en la lista. Uno de los conversos más ricos de Toledo, Fernando de la Torre, reunió un ejército de 4.000 hombres con el que planeó un golpe de mano. Tomaría la ciudad, sometería a los cristianos e impondría en Toledo su ley antes de ser masacrado.
¿Podía salirle bien el plan? No lo sabemos. Porque el amor se metió en medio.
Tenía Fernando de la Torre una hija, joven, bella y enamorada de un joven noble cristiano, Almaido Brabillo, que se colaba en su cama a escondidas por las noches. En la noche previa al alzamiento, Almaido y su novia holgaron entre las sábanas pero ella, extrañamente, no quería dejarle marchar. Sabido es que el tabaco vino de América, así pues en el siglo XV el macho egoísta, tras oportuna eyaculación, no podía darse la vuelta en la cama y encender un pitillo, por la razón de que no había pitillo. Así pues, Almaido quiso simplemente marcharse una vez que se había descargado, pero ella no estuvo de acuerdo. Lo abrazó, lo besó y le dijo:
-Tengo miedo de no volver a verte.
Y, a las preguntas de su amado, la amada lo confesó todo.
Así, las tropas de Fernando de la Torre, cuando llegaron a la catedral, se encontraron la puerta bien cerrada y a varios centenares de cristianos dentro, bien armados y esperándolos. La lucha fue tremenda. Los conversos nunca pudieron ganar pues, a mitad de batalla, tuvieron que volver grupas porque otra horda, llegada de los barrios bajos, estaba atacando su barrio, que ardió como la yesca. Fernando de la Torre murió, ahorcado, en la puerta de la que había sido su casa.
¿Y su hija? Se podría decir que tuvo suerte. El cuarto o quinto violador que se la folló tuvo piedad de ella y la llevó a la cárcel, donde ya había algunos judíos autoencerrados para salvar la vida. Fue condenada al destierro y a tres días de penitencia. Fueron, pues, setenta y dos horas durante las cuales hubo de permanecer descalza y vestida tan sólo con una camisa, día y noche, con dos alguaciles guardándola a derecha e izquierda. Debía estar de pie, con una vela en la mano, y de los jirones de la camisa le colgaban papeles donde estaban escritos sus pecados. Los alguaciles estaban ahí para garantizar que nadie la matase. Pero, durante esas setenta y dos horas, cualquiera, incluso los niños, podía insultarla y, sobre todo, escupirla. Y ella no podía moverse. Así que ahí la tenéis, casi cumplidos los tres días, temblando de frío con una vela entre las manos y centenares de salivazos adornando su cuerpo.
Ese cuerpo serrano que tanto le gustaba al joven Almaido, que ahora mismo pasa junto a ella y que, lejos de tener siquiera una mirada compasiva, aprieta los labios, inspira fuerte con las narices, y dentro de su boca fabrica una pequeña bomba verde.
Estas cosas pasaban en la España que, a decir de algunos, era un modelo de convivencia racial.
Situación: estamos en el siglo XV, en Castilla. Gobierna Castilla... ¿quién gobierna Castilla? No es tan fácil la contestación.
Hasta 1454, el rey de Castilla ha sido Juan II, hombre muy empeñado en consolidar la autoridad real frente a las grandes casas nobles castellanas, acostumbradas a hacer y deshacer a su antojo pues, al fin y al cabo, Castilla la han construido los castellanos, o sea ellos. A la muerte de Juan II le ha sucedido su hijo, Enrique IV, más que probablemente homosexual, de carácter más pactista que proclive al enfrentamiento y, en general, ecléctico: pese a estar al frente del Estado que carga sobre sus espaldas la labor de expulsar al moro de España, gusta de dar audiencias vestido al modo musulmán.
Como buen homosexual, Enrique no era muy ducho, lo cual no quiere decir necesariamente impotente, con las mujeres. Su primer matrimonio, con Blanca de Navarra, fue anulado por el propio Papa tras comprobarse que no había sido consumado. No obstante, en 1455, ya rey de Castilla, comenzará a sentir esa presión que todo príncipe sin hijos legítimos siente enseguida; la cosa no es, como en las reuniones familiares de la clase media, que la abuela da el coñazo con eso de cuándo vas a tener hijos, chatín. La cosa es que la Corte te dice: vos habéis venido al mundo a tener heredero sí o sí, majestad. Por tal motivo, casa don Enrique para tener hijos, y escoge a una mujer de una importante casa real, Juana de Portugal. Con mucho o con poco esfuerzo, Enrique logrará tener una hija con Juana, una hija que hoy se da básicamente por cierto que fue suya. La niña se llamó como su madre, Juana. Nació para ser Juana de Castilla pero se quedó en Juana la Beltraneja.
La llamaban de aquella guisa porque todo el mundo la decía hija no del rey, sino de un valido de la corte, don Beltrán de la Cueva. A Enrique le pusieron el escasamente nebuloso mote de El Impotente. Aunque con la Historia antigua es difícil llegar a claridades absolutas, todo parece indicar que en aquel mito de la impotencia y de la bastardía de la niña tuvieron mucho que ver los nobles que habían decidido aliarse con la hermanastra de Enrique, Isabel. Isabel, una de las mujeres más ambiciosas de nuestra Historia, por lo general generosa en féminas dispuestas a todo, acabaría encontrando en los Mendoza y otros pares castellanos y, sobre todo, en el aún más ambicioso que ella Fernando de Aragón, los apoyos perfectos para iniciar la campaña para sostener una idea: la Beltraneja es una hija de puta, aquí no hay más reina que Yo Misma.
En fin. Todos sabéis que lo consiguió, claro. Que se coronó Isabel la Católica y luego se dedicó a hacer puñetas con fray Torquemada. Pero, en realidad, la historia que quiero contaros ni he empezado a contarla. Empezó antes de todo esto. Empezó cuando todavía vivía el infante Alfonso.
Alfonso era hermano de Enrique IV y, cuando algunas casas nobles decidieron ponerle la proa a su amanerado hermano reinante, se convirtió en su campeón. Antes, pues, de todo el lío de la Beltraneja e Isabel y tal, estuvo el lío de Alfonso y Enrique, o Enrique y Alfonso. Eran hermanos, sí; pero ya sabéis que, en aquella época, los hermanos de las dinastías reinantes se llevaban peor que Javi Navarro y los delanteros contrarios.
Ahora tenéis que pensar en Toledo. No os tiene que costar mucho, porque esta ciudad bellísima conserva muchas cosas de aquella época. Si miráis el mapa, veréis que, en un supuesto de guerra larvada en el seno de Castilla, Toledo está situada en medio; lo que se dice un hostiadero. Enrique y Alfonso, cada uno con su partido y sus fuerzas del orden, campaban por la meseta reclamando de villas y ciudades la adhesión a su causa. Y pocas ciudades había entonces más grandes que Toledo, así pues ambos pretendientes contendieron para ganar la ciudad para su causa. En los tiempos que relato, las mesnadas del infante Alfonso estaban a tres días de la ciudad. Así pues ésta debía decidir, sí o sí, si se unía a la causa alfonsina o le cerraba las puertas al muchacho.
Toledo era entonces, además, la ciudad de los mil barrios, pues allí tenían área propia: los moros, los moriscos (ex moros convertidos), los cristianos, los judíos y los conversos (o sea, antiguos judíos convertidos al cristianismo, conocidos entre los cristianos como marranos). Para tomar la decisión de qué partido tomar, se reunieron por separado los judíos, los cristianos viejos y nuevos, y los moros y moriscos (el hecho de que los moriscos se fuesen a parlamentar con los moros permite avizorar que su decisión de seguir a la santísima trinidad no debía de ser muy sincera).
Los cristianos decidieron, bastante juiciosamente creo yo, abrirle las puertas a Alfonso, probablemente temerosos de que, de cerrarlas, el niño las abriese a hostias. Los moros, enterados de tal decisión, dictaminaron: lo que diga la rubia. O sea, si los cristianos dicen sí, nosotros también. Pero, claro, llegaron los judíos. Para un judío hay muchas cosas sagradas, pero una de ellas es la ley. Las leyes de su dios han de respetarse y, de hecho, por respetarlas no pocos de ellos acabarían ardiendo vivos en la plaza de cualquier pueblo. En esa ocasión, no se desviaron ni medio milímetro de sus convicciones: puesto que la ciudad había jurado, en su día, fidelidad al rey Enrique, el juramento era sagrado. Básicamente, pues: los hebreos votamos por darle a Alfonsito por donde amargan los pepinos.
Aquella posición de los judíos no varió la de los cristianos, que siquieron apoyando al infante. Pero, eso sí, terminó de cabrearlos, pues sintieron como que los judíos les decían que eran incapaces de cumplir un compromiso, ergo eran pecadores.
¿Fue casualidad, por lo tanto, lo que empezó a pasar en los días siguientes? Más que probablemente, no. Porque lo que empezó a pasar fue que por Toledo comenzaron a deambular cuadrillas de pobres, de tullidos, de soldados en paro, clamando por la carestía de la vida, la pobreza y la imposibilidad de conseguir pan, y preguntándose en voz alta, en las calles, en los mercados, de quién era la culpa de aquella situación. Sabido es que, en aquellos tiempos, la culpa del malestar económico siempre la tenía uno: el usurero, el recaudador de impuestos, el ricachón comerciante.
El puto judío.
Los hebreos ya estaban condenados, sólo que no lo sabían. A Toledo, al calor de la rebelión que se avecinaba, se dejó caer el confesor del rey, Alonso de Espina, quien adornó los púlpitos de la ciudad con unas soflamas al lado de las cuales los discursos de Hitler parecerían los de un liberal moderado.
De la misa, el pueblo de Toledo se fue a la judería, cada cual agarrando lo que tenía: un hacha, un cuchillo, un simple palo o una espada. Los judíos se metieron en sus casas. No les sirvió de nada. Los cristianos derribaron las puertas a hachazos, quemaron los edificios. Para muchos judíos aquello no era nuevo. Algunos padres, oyendo retumbar los golpes brutales en la puerta de su casa, cogieron el cuchillo de la cocina y, antes de que la puerta cayese, degollaron a sus hijos, sobre todo los más pequeños, para ahorrarles el horror, y sobre todo a las niñas, porque la caridad cristiana, cuando se trataba de violar en medio de una razzia, no le hacía ascos absolutamente a nada. Además del dato importante de que, en el caso de que el padre o la madre se hubiesen olvidado o resistido a matar a sus hijas de diez, de once, de trece años, se veían por ello condenados a ser testigos directos de cómo eran desfloradas. Casi en cada esquina había un fraile, normalmente dominico, predicando: por si tienes dudas, chaval, por si estás a punto de vomitar o de llorar con tanta depravación, que lo sepas: Dios lo quiere. En la puerta de la judería, otros frailes esperaban con un barril de agua; los judíos que lograban llegar allí eran invitados a bautizarse.
Cuando leo eso de que el Vaticano ha perdido perdón por haber puteado a Galileo, siempre pienso: hay miles, centenares de miles de almas que habrían dado lo que fuese por ser Galileo. Y por ellas no ha pedido perdón nadie. Nadie.
Los niños no fueron respetados. Se lo dijo Heinrich Himmler a su médico: mirar a un niño judío puede moverte a la compasión; pero se te pasa si piensas que si no te lo cargas llegará a adulto. Hay que tener mucho cuajo para ensartarle los intestinos a un niño de siete años que llora e implora por su vida; pero, claro, si Dios lo quiere...
Al día siguiente, los judíos fueron expulsados de Toledo. El cargo: recaudar un impuesto sobre el pan que había sido impuesto por la catedral, pero que los frailes no querían cobrar porque los panaderos les apaleaban.
La violencia, sin embargo, no terminaría ahí. Conscientes de la animosidad de los cristianos contra todo lo judío, los conversos sabían que eran los siguientes en la lista. Uno de los conversos más ricos de Toledo, Fernando de la Torre, reunió un ejército de 4.000 hombres con el que planeó un golpe de mano. Tomaría la ciudad, sometería a los cristianos e impondría en Toledo su ley antes de ser masacrado.
¿Podía salirle bien el plan? No lo sabemos. Porque el amor se metió en medio.
Tenía Fernando de la Torre una hija, joven, bella y enamorada de un joven noble cristiano, Almaido Brabillo, que se colaba en su cama a escondidas por las noches. En la noche previa al alzamiento, Almaido y su novia holgaron entre las sábanas pero ella, extrañamente, no quería dejarle marchar. Sabido es que el tabaco vino de América, así pues en el siglo XV el macho egoísta, tras oportuna eyaculación, no podía darse la vuelta en la cama y encender un pitillo, por la razón de que no había pitillo. Así pues, Almaido quiso simplemente marcharse una vez que se había descargado, pero ella no estuvo de acuerdo. Lo abrazó, lo besó y le dijo:
-Tengo miedo de no volver a verte.
Y, a las preguntas de su amado, la amada lo confesó todo.
Así, las tropas de Fernando de la Torre, cuando llegaron a la catedral, se encontraron la puerta bien cerrada y a varios centenares de cristianos dentro, bien armados y esperándolos. La lucha fue tremenda. Los conversos nunca pudieron ganar pues, a mitad de batalla, tuvieron que volver grupas porque otra horda, llegada de los barrios bajos, estaba atacando su barrio, que ardió como la yesca. Fernando de la Torre murió, ahorcado, en la puerta de la que había sido su casa.
¿Y su hija? Se podría decir que tuvo suerte. El cuarto o quinto violador que se la folló tuvo piedad de ella y la llevó a la cárcel, donde ya había algunos judíos autoencerrados para salvar la vida. Fue condenada al destierro y a tres días de penitencia. Fueron, pues, setenta y dos horas durante las cuales hubo de permanecer descalza y vestida tan sólo con una camisa, día y noche, con dos alguaciles guardándola a derecha e izquierda. Debía estar de pie, con una vela en la mano, y de los jirones de la camisa le colgaban papeles donde estaban escritos sus pecados. Los alguaciles estaban ahí para garantizar que nadie la matase. Pero, durante esas setenta y dos horas, cualquiera, incluso los niños, podía insultarla y, sobre todo, escupirla. Y ella no podía moverse. Así que ahí la tenéis, casi cumplidos los tres días, temblando de frío con una vela entre las manos y centenares de salivazos adornando su cuerpo.
Ese cuerpo serrano que tanto le gustaba al joven Almaido, que ahora mismo pasa junto a ella y que, lejos de tener siquiera una mirada compasiva, aprieta los labios, inspira fuerte con las narices, y dentro de su boca fabrica una pequeña bomba verde.
Estas cosas pasaban en la España que, a decir de algunos, era un modelo de convivencia racial.
300
Según Google Analytics, ayer lunes, día 16, y por primera vez en la historia de este sitio, se superaron las 300 visitas diarias. Para ser exactos, 305, lo cual lo deja en 303 contando la que hice yo y la que hizo Ina. Normalmente nos movemos en un entorno de 200 o así, pero ayer no sé yo qué pasaría que la cosa se animó.
Madrid, Rota, Valladolid, Barcelona y Valencia fueron las ciudades de España con más conexiones. Pero también hubo 13 visitas desde Francia, 12 desde Perú, 10 desde México, 7 desde Argentina, 6 desde Alemania...
Os imagino a todos entrando, uno por uno, en el pequeño vestíbulo de mi casa. Y busco la manera de daros el chasco y confesaros que soy abstemio, así pues no puedo ofreceros whisky.
Luego me siento en el sofá, frente a vosotros que apretais un vasito de agua mineral o de zumo de melocotón, y comienzo mi rollo: ¿habéis oído hablar alguna vez de ....?
Joder, joder. 300. Uno cada cinco minutos.
Me entran ganas de echar a correr ;-)
Madrid, Rota, Valladolid, Barcelona y Valencia fueron las ciudades de España con más conexiones. Pero también hubo 13 visitas desde Francia, 12 desde Perú, 10 desde México, 7 desde Argentina, 6 desde Alemania...
Os imagino a todos entrando, uno por uno, en el pequeño vestíbulo de mi casa. Y busco la manera de daros el chasco y confesaros que soy abstemio, así pues no puedo ofreceros whisky.
Luego me siento en el sofá, frente a vosotros que apretais un vasito de agua mineral o de zumo de melocotón, y comienzo mi rollo: ¿habéis oído hablar alguna vez de ....?
Joder, joder. 300. Uno cada cinco minutos.
Me entran ganas de echar a correr ;-)
sábado, abril 14, 2007
Stalingrado
Winston Churchill, primer ministro británico durante la segunda guerra mundial, escribió una vez que en enero de 1943, durante la batalla de Stalingrado, habían girado los goznes de la Historia. Y no le faltaba razón. Es idea compartida por los historiadores de aquella guerra que fue en Stalingrado donde Alemania, o mejor deberíamos decir Adolf Hitler y sus generales, comenzó a perder la guerra.
Con esta personalidad que tengo, que me hace tener querencia por los pequeños detalles y los hechos de poca importancia aparente, a pesar de que llevo bastantes años interesado por la Historia, Stalingrado nunca me había motivado mucho. De hecho, por ejemplo, jamás he visto ni una sola de las películas que se han hecho sobre esa batalla, que son dos o tres según mis cuentas. No obstante, los hechos, como las personas, te escogen. Hay hechos que son como una novia pesada y te persiguen, de una forma u otra. A mí me suelen perseguir en forma de libros. Hace algunos años, haciendo tiempo en el VIPS del Heron City esperando a entrar en el cine, en las estanterías de libros baratos paseaba yo mis ojos por lomos de best-sellers. No quería comprar una novela; me quejaba en mi interior de que en esos templos del éxito lector no haya libros de Historia, cuando tropecé con el famoso libro de William Craig sobre Stalingrado, Enemigo a las puertas, y me lo compré.
De alguna manera, pensé que los muertos de Stalingrado se habían quedado ya contentos con esa lectura por mi parte. Pero no era así. Hace dos semanas, pateando el caótico montón de libros de un chamarilero del Rastro, encontré un libro verde, razonablemente bien conservado, una edición de Noguer de 1960. El libro se llama El ejército traicionado y es obra de Heinrich Gerlag.
He pasado una semana robándole minutos a cualquier cosa para devorar sus quinientas páginas.
Lamento daros la referencia de un libro descatalogado (según el ISBN, no ha sido reeditado y Uniliber, el buscador de libros usados, exporta una sola referencia) y a continuación deciros que deberíais leerlo. Pero es así. Quizá alguno de los visitantes de este blog que, según me chiva Google Analytics, nos lee desde Alemania, tenga más facilidades para encontrarlo.
En cualquier caso, el hecho de que sea un libro tan poco frecuente, que estuviera en un montón de folletos y cosas de escasísimo valor, y que yo lo encontrase, me ha dado que pensar que, una vez más, los muertos de Stalingrado han querido hablar. Porque ésa, y no otra, es la intención de Gerlag. En el prólogo del libro nos cuenta que lo escribió dos veces: una, estando preso de los rusos, que se lo incautaron; y otra, años después, en Alemania, en ambos casos como homenaje a los muertos y a los vivos. En ese homenaje, Gerlag nos aporta un testimonio para mí extraordinariamente valioso por lo raro: un viaje al interior de las líneas alemanas.
Stalingrado se llama hoy Volgogrado, un nombre bastante insulso (viene a ser como llamarle a Zaragoza Ebroburgo). En una extensión no demasiado grande hacia el oeste de la ciudad, entre los ríos Volga y Don, quedó, el 23 de noviembre de 1942, atrapado el VI Ejército alemán al completo, junto con las divisiones blindadas del IV Ejército; en total, 22 divisiones completas, más de 200.000 hombres. Esto ocurrió tras una acción ofensiva rusa que acabó con dos frentes defendidos por soldados rumanos aliados de los alemanes. La extensión dentro de la cual quedaron los alemanes recibió entonces el nombre de La Bolsa, y el proceso de progresivo deshinchamiento de dicha Bolsa fue el centro de la tragedia de Stalingrado.
Desde el inicio de este asedio a gran escala, la orden de Adolf Hitler fue la misma: resistir. Tenía tanta pasión por la idea de que el ejército alemán no cediese ni un metro de terreno en Stalingrado que, de hecho, todo parece indicar que en los inicios del invierno de 1942-1943, a las 22 divisiones alemanas les habría sido relativamente sencillo romper el cerco ruso por el oeste (el ejército alemán avanzaba hacia el este y se retiraba hacia el oeste). De hecho, un general, Heinz, lo hizo. Fue desposeído del mando y sometido a un consejo de guerra. Hitler había definido cuál era la Hauptkampflinie, la HKL o línea del frente, y nadie más que él podía cambiarla.
Dentro de la Bolsa quedaron entre 250.000 y 300.000 alemanes, rumanos e italianos (incluso algún croata), aunque éstos últimos en proporción muy pequeña. Eran, por lo demás, una mezcla de unidades veteranas y bisoñas y, a finales de noviembre de 1942, estaban razonablemente bien pertrechadas de vehículos, artillería y, en menor medida, carros de combate. Según el ambiente descrito por Gerlag en su novela, de hecho las tropas alemanas, justo antes de producirse el cerco, estaban razonablemente frescas de cuerpo y mente y confiaban en un pronto relevo. Quedar cercadas, por lo demás, tampoco las traumatizó. Disponían de aeródromos, en ese momento sobre todo el de Pitomnik, con capacidad sobrada para el despegue y aterrizaje de los Junkers del ejército alemán; y estaban, además, convencidos de que el ejército alemán, desde fuera de la Bolsa, sería capaz de romper el cerco. Además, estaba el desprecio hacia el combatiente ruso, al que consideraban un combatiente inexperto, cobarde, mal pertrechado y organizado por generales más bien torpes.
La mayoría de esos 250.000 alemanes, por lo tanto, pensaba, a principios de diciembre de 1942, que estaba en medio de una batalla que ganaría con relativa facilidad. Pero sesenta días después no menos de 170.000 de ellos estaban muertos, algunos por heridas de guerra pero otros muchos de disentería u otras enfermedades y, en su mayor parte, de pura y simple debilidad.
Las claves de la cuestión fueron dos. En primer lugar, el Alto Estado Mayor de Hitler, pecando del mismo pecado de infravaloración que sus propios soldados, creyó que el teniente general Hoth, a quien sus hombres conocían como El Enano Rabioso, integrado en el ejército al mando del general Von Manstein, lograría romper el cerco con su avance desde Kotelnikovo, a unos 150 kilómetros de Stalingrado por el suroeste. Lo cierto es que lo más cerca que llegó a estar fue algunas decenas de kilómetros, y tuvo que retirarse enseguida; de hecho, la operación Hoth nunca intentó otra cosa que establecer una línea de suministro. El 19 de diciembre, llegó a unos 50 kilómetros de La Bolsa y estableció una cabeza de puente. Sin embargo, pocos días después de llegar, tuvo que mover sus tres divisiones al codo del río Don, lejos de Stalingrado, para evitar una catástrofe para el ejército alemán. Y ya no volvió.
La operación de Hoth, en todo caso, contaba con que la presión sería doble, o sea, que mientras él intentaba «entrar», el general Von Paulus, al mando del VI Ejército, intentaría «salir». Cosa que Paulus no hizo. O, más bien, no pudo hacer. ¿Por qué? Aquí llegamos a la segunda cuestión: los suministros.
Porque los suministros, metéroslo en la cabeza, son tres cuartos de guerra. Si tuviésemos una cámara de video mágica que nos permitiese grabar escenas ocurridas en el pasado y filmásemos, un suponer, a los tercios españoles de Spinola avanzando hacia Malinas, veríamos una larga fila de piqueros y caballeros, de respetable longitud, seguida de alguna artillería y, después, otra fila tan larga o más que todo lo anterior formada por cocineros, pajes, artesanos, descuideros, prestamistas y prostitutas. Un ejército, antes que nada, es lo que come, las balas que tiene para disparar y la gasolina de que dispone para moverse. Sin eso, hay soldados, pero no ejército.
A principios de enero de 1943, se produjo una de las mayores rebeliones sin violencia de los generales alemanes contra Hitler. Una de las cosas más injustas que se pueden hacer hablando y escribiendo de la segunda guerra mundial es referirse al ejército alemán o simplemente del bando alemán, como hace mucha gente, hablando de «los nazis». Una cosa era el NSDAP y sus estructuras y otra el ejército alemán, cuyos mandos no siempre eran de ideología fascista, aunque ciertamente profesaban una obediencia total a su jefe, su Führer. Sin embargo, esa obediencia no les eximía de plantarle cara a los planteamientos de Hitler, algo que al Führer le gustó tan poco que comenzó a desconfiar de ellos y es por eso que, más o menos desde la caída de Stalingrado, decidió tomar notas taquigráficas de sus reuniones de Estado Mayor.
En diciembre de 1942, un general alemán, llamado Wagner, había escrito uno de esos memoriales que a Hitler no le gustaba tener que leer. Básicamente, Wagner defendía la idea de que el abastecimiento de la Bolsa de Stalingrado era imposible. La Bolsa contaba con una línea férrea, la línea de Chir, sólo parcialmente adaptada o adaptable al ancho de vía alemán y, además, como el tiempo acabó por demostrar, atacable con relativa facilidad por los rusos. Así las cosas, la única vía fiable de suministro era la aérea y, según Wagner, que era general de Intendencia y sabía de lo que hablaba, ésta nunca alcanzaría los niveles necesarios, que se estimaban en 700 toneladas diarias para una dotación pasable y 1.000 toneladas para una dotación perfecta.
Wagner tenía razón; durante la batalla de Stalingrado, el día que el abastecimiento alcanzó las mayores cifras consiguió descargar 300 toneladas; eso sin contar el aspecto cualitativo del asunto: según Craig, uno de los aviones que logró aterrizar en un asediado aeródromo de Pitomkin, sobre el cual se echaron centenares de soldados que llevaban semanas con una dieta que calculo yo inferior a las 600 kilocalorías diarias, iba hasta las trancas de… condones.
En la Historia militar hay cosas que se rebelan con el tiempo. Cayo Mario, el tío de Julio César, descubrió que se puede hacer un buen ejército a base de muertos de hambre (los miembros del census capiti de la siempre elitista Roma); y con esa estrategia cambió para siempre la faz de los ejércitos. Asimismo, la lucha posterior al desembarco de Normandía descubrió a los estrategas que no hay avance enemigo que no sea susceptible de ser frenado desde el aire si se tienen los aviones y los pilotos adecuados.
Pero hay verdades que permanecen por siempre, porque la guerra es como es. Y una de ellas es ésta: es imposible abastecer a 22 divisiones sólo desde el aire. Máxime cuando las tropas necesitan absolutamente de todo; cuando ni los caballos tienen algo que comer en una estepa pelada. El memorial de Wagner, al parecer, recomendaba la retirada alemana hasta el Donetz, confiando, con bastante lógica, que si los rusos decidían perseguirlos se encontrarían con los mismos problemas de intendencia que ellos mismos, así pues no avanzarían mientras fuese invierno.
En la reunión en la que a Hitler se le expuso la imposibilidad de suministrar toda la ayuda material al VI Ejército, el Führer reaccionó como solía: gritando que, aún así, había que hacerlo. Existe una posibilidad de que si, a pesar de ello, los generales hubiesen mantenido una posición unitaria, acabase por ceder, cuando menos parcialmente. Pero no fue así, porque hubo un general que rompió el consenso: Hermann Göring, responsable de la Luftwaffe (fuerzas aéreas) se levantó y le prometió a Hitler lo que luego no cumplió, es decir un suministro aéreo adecuado para la Bolsa de Stalingrado.
Ya el 15 de diciembre de 1942, la ración diaria de pan de los soldados fue reducida a 100 gramos. Aparte de eso, los soldados podían aspirar, según lo pícaros que fuesen sus oficiales de cocina (se dio orden de no acaparar suministros, pero nadie o casi nadie la cumplió), a alguna que otra salchicha que llegase por avión y, sobre todo, a sopa de caballo, esto es, nieve fundida al fuego con un hueso de caballo dándole sustancia. Los alemanes se comieron todo lo que tenían de cuatro patas que no era de madera. Según Gerlag, ni siquiera eran los que estaban en peor situación: la novela retrata a los soldados rumanos, sin disciplina, sin mando y sin órdenes, vagabundeado por la Bolsa, unas veces mendigando un trozo de pan, otras robándolo.
Yo, que he estado a régimen severo, sé lo que son 100 gramos de pan; os aseguro que morderse un ratito el labio inferior alimenta más. Pero yo estaba en mi casa. Los alemanes, sobre tener esa dieta, tenían que luchar, hacer caminatas, construir búnqueres, disparar de nuevo, a 20, a 30, a 35 grados bajo cero, algunos de ellos sin contar con otra cosa que las capas y botas de verano que el ejército les había dado seis meses antes, cuando Rusia era cosa de seis semanas y nadie iba a poder con el primer ejército del mundo.
Uno de los grandes aciertos de Gerlag, ya lo he dicho, es retratar todo esto desde dentro de las líneas alemanas. Nosotros, me refiero cuando menos a los españoles aunque supongo que los latinoamericanos no contarán una historia diferente, hemos crecido con la versión de la segunda guerra mundial de las películas americanas. Para nosotros, el soldado alemán era casi siempre un tipo alto; de facciones duras; un tipo que a la hora de gritar ¡Alarma!, interpreta la fonética de un idioma muy suave con las típicas aristas de la prosodia hitleriana; alguien tan cruel como el régimen que defiende, es decir, un trasunto de Hitler en el campo de batalla. Con nombres inventados tal y como confiesa en el prólogo de su libro, Friedich Gerlag despliega en su novela tipologías bien diferentes. El teniente Breuer, posible retrato autobiográfico de un hombre razonablemente cultivado que sólo sabe pensar en la mujer que ha dejado en Alemania; el soldado Lakosh, torturado por la idea de que el régimen por el que él lucha mató a su padre, un sindicalista, y que tras recibir una carta de su madre, repleta de reproches insinuados, decide desertar; el teniente Wiese, poeta, antinazi furibundo, que promete no levantar su arma contra nadie pero finalmente lo hace, por caridad, para matar a dos aviadores alemanes que están ardiendo vivos dentro de la carlinga de su avión; el pastor luterano Peters, que enloquece tratando de creer en Dios en medio de tanta podredumbre y dolor; el brigada, después teniente, Harras, falso héroe de una batalla perdida; el teniente Fröhlich, nacionalsocialista, quien hasta el último minuto, hasta el mismísimo 30 de enero de 1943, aún espera que su Hitler acuda a rescatarlo; y una caterva de jovencísimos soldados, adolescentes apenas, para los cuales cada jornada coloca sobre los hombros la labor de no morir de hambre y después, si queda tiempo, esquivar los tiros de los Iván, como ellos los llaman.
La lectura de la novela tiene, por lo tanto, el mismo efecto que algunos otros productos, como la famosa película Das Boot: mostrar a un ejército formado por hombres de carne y hueso que están lejos de ser ese estólido centinela bien alimentado que encerraba a Steve McQueen en la Nevera (The great escape).
A mediados de enero, como muy tarde, los mandos alemanes sabían muy bien que la batalla estaba perdida. Sin embargo, tenían la orden de Hitler de resistir; orden que, por si no había quedado clara, sería evidentemente ratificada por el Führer a finales del enero con su decisión de nombrar al general Von Paulus mariscal de campo; hasta Stalingrado, ningún mariscal de campo alemán se había rendido jamás. Aún y a pesar de eso, montaron una operación medio propaganda medio contraataque en serio, que fue la creación de lo que llamaron unidades-fortaleza. Su filosofía está clara: en ese momento, en la Bolsa quedarían unos 140.000 soldados, de los cuales sólo 40.000 estaban en los frentes, combatiendo. Las unidades-fortaleza supusieron movilizar a los otros 100.000, o buena parte de ellos.
En la práctica, esto supuso mandar al frente a soldados que nunca tenían que haber peleado: cocineros, ingenieros, soldados de plana mayor, ordenanzas, chóferes. Los rusos los mataron como a chinches; hubo unidades-fortaleza que desaparecieron virtualmente antes de que su primer día de combate se acabase. Los siguientes refuerzos que enviaron fueron los heridos. En el libro de Gerlag se retrata vivísimamente la llegada a una primera línea de fuego de un contingente de 200 soldados tullidos, heridos, enfermos, al mando de un capitán que no puede ni levantar la mano. Y allí los deja, arrastrando los pies por la nieve, camino de la muerte.
Las órdenes impartidas en Stalingrado fueron tan crueles, reflejan con tanta claridad ese punto sádico que puede llegar a tener una cúpula militar que no respete a sus soldados, que se produjeron casos como la HKL del ferrocarril Voronovo-Gumrak, línea de frente que se estableció ya durante la retirada de las tropas a la ciudad de Stalingrado. El plan de dicha línea establecía que sería defendida por soldados heridos y enfermos que aún pudiesen andar, a los que no se les informaría de que su función era morir allí para permitir la retirada de su división.
Sobre una imagen satélite actual (Google Maps) del área de Volgogrado, el Don, el Volga y el Mar de Azov, os he preparado una imagen de la rápida evolución de los frentes en enero de 1943. La línea roja marca el estado en el que se consolidó el frente tras el 23 de noviembre de 1942. La línea amarilla explica los progresos de los rusos el 14 de enero (claramente decididos a cortarle a la Bolsa el cordón umbilical, esto es tomar Pitomnik). Y las dos almendras naranjas son la situación tan sólo 10 o 12 días después.
A mediados de enero ya se había producido la instrucción de que los soldados heridos no fuesen alimentados (o sea: se les retiró la ración diaria de... ¡sesenta gramos de pan!); aún a pesar de una medida tan necesariamente cruel y las muertes que provocó, a finales de enero Von Paulus se referiría en un cablegrama a Hitler de 16.000 soldados heridos a los que nadie estaba atendiendo. Gerlag nos los pinta, diseminados dentro de habitaciones de edificios semiderruidos de Stalingrado, viviendo entre sus excrementos, sin narcóticos para el dolor, comiendo nieve derretida. Buena parte de ellos ya habían estado, más muertos que vivos y mal alimentados, en el monumental tanatorio en que se convirtió el hospital de Gumrak o las instalaciones del mando en Stalingrazki. Cuando estas poblaciones fueron tomadas, los heridos simplemente peregrinaron, arrastrándose, hacia la ciudad.
El saldo final de la batalla de Stalingrado, para los alemanes, fue de unos 5.000 supervivientes de una población inicial no inferior a 250.000. El sitio de Stalingrado duró setenta y seis días, durante los cuales desaparecieron tres divisiones acorazadas, una división antiaérea, dos divisiones rumanas y trece divisiones de infantería. En noviembre de 1943, según la intendencia alemana, había en la Bolsa 270.000 soldados, de los que 35.000 la abandonaron por avión enfermos o heridos. Los rusos contaron, tras la batalla, 142.000 cadáveres en la estepa.
En La Bolsa actuaron 34 generales. De ellos siete la abandonaron por avión, cinco de ellos sin herida alguna, uno con una herida leve y el último con una herida grave. Un general murió en combate, otro se suicidó y otro desapareció.
La mayor parte de los prisioneros de guerra alemanes murió en la primavera de 1943, víctima de una epidemia de tifus, en los campos de prisioneros de Beketovka, Kranoarmeisk y Frolov. Otros murieron en los trenes que los transportaban a Asia Central o en campos de trabajo.
De los generales presos, sólo murió uno; de un cáncer de estómago que ya había contraído antes de la derrota.
Ciertamente, Hitler podía estar satisfecho, pues un solo ejército alemán había conseguido tener empantanados, durante dos meses, cinco ejércitos rusos. Pero pagó un altísimo precio de vidas por ello, precio que, según todos los indicios, nunca le pesó. Una vez, en 1943, llegó a decir que la obligación de los soldados de Stalingrado era estar muertos. Para él, al parecer, un soldado alemán que se dejaba ganar no tenía derecho a la vida; los relatos de su vida en el búnquer de Berlín, en las últimas jornadas de la guerra, dejan entrever que no sentía dolor alguno por Alemania, pues se había dejado vencer y los pueblos cobardes no merecen compasión; el mismo sentimiento reservaba, según las actas de sus reuniones de Estado Mayor, para rumanos e italianos, no así, curiosamente, para españoles ni para musulmanes; a éstos últimos los consideraba excelentes combatientes.
En contraprestación, a nosotros también nos importa un bledo que se volara los sesos.
Con esta personalidad que tengo, que me hace tener querencia por los pequeños detalles y los hechos de poca importancia aparente, a pesar de que llevo bastantes años interesado por la Historia, Stalingrado nunca me había motivado mucho. De hecho, por ejemplo, jamás he visto ni una sola de las películas que se han hecho sobre esa batalla, que son dos o tres según mis cuentas. No obstante, los hechos, como las personas, te escogen. Hay hechos que son como una novia pesada y te persiguen, de una forma u otra. A mí me suelen perseguir en forma de libros. Hace algunos años, haciendo tiempo en el VIPS del Heron City esperando a entrar en el cine, en las estanterías de libros baratos paseaba yo mis ojos por lomos de best-sellers. No quería comprar una novela; me quejaba en mi interior de que en esos templos del éxito lector no haya libros de Historia, cuando tropecé con el famoso libro de William Craig sobre Stalingrado, Enemigo a las puertas, y me lo compré.
De alguna manera, pensé que los muertos de Stalingrado se habían quedado ya contentos con esa lectura por mi parte. Pero no era así. Hace dos semanas, pateando el caótico montón de libros de un chamarilero del Rastro, encontré un libro verde, razonablemente bien conservado, una edición de Noguer de 1960. El libro se llama El ejército traicionado y es obra de Heinrich Gerlag.
He pasado una semana robándole minutos a cualquier cosa para devorar sus quinientas páginas.
Lamento daros la referencia de un libro descatalogado (según el ISBN, no ha sido reeditado y Uniliber, el buscador de libros usados, exporta una sola referencia) y a continuación deciros que deberíais leerlo. Pero es así. Quizá alguno de los visitantes de este blog que, según me chiva Google Analytics, nos lee desde Alemania, tenga más facilidades para encontrarlo.
En cualquier caso, el hecho de que sea un libro tan poco frecuente, que estuviera en un montón de folletos y cosas de escasísimo valor, y que yo lo encontrase, me ha dado que pensar que, una vez más, los muertos de Stalingrado han querido hablar. Porque ésa, y no otra, es la intención de Gerlag. En el prólogo del libro nos cuenta que lo escribió dos veces: una, estando preso de los rusos, que se lo incautaron; y otra, años después, en Alemania, en ambos casos como homenaje a los muertos y a los vivos. En ese homenaje, Gerlag nos aporta un testimonio para mí extraordinariamente valioso por lo raro: un viaje al interior de las líneas alemanas.
Stalingrado se llama hoy Volgogrado, un nombre bastante insulso (viene a ser como llamarle a Zaragoza Ebroburgo). En una extensión no demasiado grande hacia el oeste de la ciudad, entre los ríos Volga y Don, quedó, el 23 de noviembre de 1942, atrapado el VI Ejército alemán al completo, junto con las divisiones blindadas del IV Ejército; en total, 22 divisiones completas, más de 200.000 hombres. Esto ocurrió tras una acción ofensiva rusa que acabó con dos frentes defendidos por soldados rumanos aliados de los alemanes. La extensión dentro de la cual quedaron los alemanes recibió entonces el nombre de La Bolsa, y el proceso de progresivo deshinchamiento de dicha Bolsa fue el centro de la tragedia de Stalingrado.
Desde el inicio de este asedio a gran escala, la orden de Adolf Hitler fue la misma: resistir. Tenía tanta pasión por la idea de que el ejército alemán no cediese ni un metro de terreno en Stalingrado que, de hecho, todo parece indicar que en los inicios del invierno de 1942-1943, a las 22 divisiones alemanas les habría sido relativamente sencillo romper el cerco ruso por el oeste (el ejército alemán avanzaba hacia el este y se retiraba hacia el oeste). De hecho, un general, Heinz, lo hizo. Fue desposeído del mando y sometido a un consejo de guerra. Hitler había definido cuál era la Hauptkampflinie, la HKL o línea del frente, y nadie más que él podía cambiarla.
Dentro de la Bolsa quedaron entre 250.000 y 300.000 alemanes, rumanos e italianos (incluso algún croata), aunque éstos últimos en proporción muy pequeña. Eran, por lo demás, una mezcla de unidades veteranas y bisoñas y, a finales de noviembre de 1942, estaban razonablemente bien pertrechadas de vehículos, artillería y, en menor medida, carros de combate. Según el ambiente descrito por Gerlag en su novela, de hecho las tropas alemanas, justo antes de producirse el cerco, estaban razonablemente frescas de cuerpo y mente y confiaban en un pronto relevo. Quedar cercadas, por lo demás, tampoco las traumatizó. Disponían de aeródromos, en ese momento sobre todo el de Pitomnik, con capacidad sobrada para el despegue y aterrizaje de los Junkers del ejército alemán; y estaban, además, convencidos de que el ejército alemán, desde fuera de la Bolsa, sería capaz de romper el cerco. Además, estaba el desprecio hacia el combatiente ruso, al que consideraban un combatiente inexperto, cobarde, mal pertrechado y organizado por generales más bien torpes.
La mayoría de esos 250.000 alemanes, por lo tanto, pensaba, a principios de diciembre de 1942, que estaba en medio de una batalla que ganaría con relativa facilidad. Pero sesenta días después no menos de 170.000 de ellos estaban muertos, algunos por heridas de guerra pero otros muchos de disentería u otras enfermedades y, en su mayor parte, de pura y simple debilidad.
Las claves de la cuestión fueron dos. En primer lugar, el Alto Estado Mayor de Hitler, pecando del mismo pecado de infravaloración que sus propios soldados, creyó que el teniente general Hoth, a quien sus hombres conocían como El Enano Rabioso, integrado en el ejército al mando del general Von Manstein, lograría romper el cerco con su avance desde Kotelnikovo, a unos 150 kilómetros de Stalingrado por el suroeste. Lo cierto es que lo más cerca que llegó a estar fue algunas decenas de kilómetros, y tuvo que retirarse enseguida; de hecho, la operación Hoth nunca intentó otra cosa que establecer una línea de suministro. El 19 de diciembre, llegó a unos 50 kilómetros de La Bolsa y estableció una cabeza de puente. Sin embargo, pocos días después de llegar, tuvo que mover sus tres divisiones al codo del río Don, lejos de Stalingrado, para evitar una catástrofe para el ejército alemán. Y ya no volvió.
La operación de Hoth, en todo caso, contaba con que la presión sería doble, o sea, que mientras él intentaba «entrar», el general Von Paulus, al mando del VI Ejército, intentaría «salir». Cosa que Paulus no hizo. O, más bien, no pudo hacer. ¿Por qué? Aquí llegamos a la segunda cuestión: los suministros.
Porque los suministros, metéroslo en la cabeza, son tres cuartos de guerra. Si tuviésemos una cámara de video mágica que nos permitiese grabar escenas ocurridas en el pasado y filmásemos, un suponer, a los tercios españoles de Spinola avanzando hacia Malinas, veríamos una larga fila de piqueros y caballeros, de respetable longitud, seguida de alguna artillería y, después, otra fila tan larga o más que todo lo anterior formada por cocineros, pajes, artesanos, descuideros, prestamistas y prostitutas. Un ejército, antes que nada, es lo que come, las balas que tiene para disparar y la gasolina de que dispone para moverse. Sin eso, hay soldados, pero no ejército.
A principios de enero de 1943, se produjo una de las mayores rebeliones sin violencia de los generales alemanes contra Hitler. Una de las cosas más injustas que se pueden hacer hablando y escribiendo de la segunda guerra mundial es referirse al ejército alemán o simplemente del bando alemán, como hace mucha gente, hablando de «los nazis». Una cosa era el NSDAP y sus estructuras y otra el ejército alemán, cuyos mandos no siempre eran de ideología fascista, aunque ciertamente profesaban una obediencia total a su jefe, su Führer. Sin embargo, esa obediencia no les eximía de plantarle cara a los planteamientos de Hitler, algo que al Führer le gustó tan poco que comenzó a desconfiar de ellos y es por eso que, más o menos desde la caída de Stalingrado, decidió tomar notas taquigráficas de sus reuniones de Estado Mayor.
En diciembre de 1942, un general alemán, llamado Wagner, había escrito uno de esos memoriales que a Hitler no le gustaba tener que leer. Básicamente, Wagner defendía la idea de que el abastecimiento de la Bolsa de Stalingrado era imposible. La Bolsa contaba con una línea férrea, la línea de Chir, sólo parcialmente adaptada o adaptable al ancho de vía alemán y, además, como el tiempo acabó por demostrar, atacable con relativa facilidad por los rusos. Así las cosas, la única vía fiable de suministro era la aérea y, según Wagner, que era general de Intendencia y sabía de lo que hablaba, ésta nunca alcanzaría los niveles necesarios, que se estimaban en 700 toneladas diarias para una dotación pasable y 1.000 toneladas para una dotación perfecta.
Wagner tenía razón; durante la batalla de Stalingrado, el día que el abastecimiento alcanzó las mayores cifras consiguió descargar 300 toneladas; eso sin contar el aspecto cualitativo del asunto: según Craig, uno de los aviones que logró aterrizar en un asediado aeródromo de Pitomkin, sobre el cual se echaron centenares de soldados que llevaban semanas con una dieta que calculo yo inferior a las 600 kilocalorías diarias, iba hasta las trancas de… condones.
En la Historia militar hay cosas que se rebelan con el tiempo. Cayo Mario, el tío de Julio César, descubrió que se puede hacer un buen ejército a base de muertos de hambre (los miembros del census capiti de la siempre elitista Roma); y con esa estrategia cambió para siempre la faz de los ejércitos. Asimismo, la lucha posterior al desembarco de Normandía descubrió a los estrategas que no hay avance enemigo que no sea susceptible de ser frenado desde el aire si se tienen los aviones y los pilotos adecuados.
Pero hay verdades que permanecen por siempre, porque la guerra es como es. Y una de ellas es ésta: es imposible abastecer a 22 divisiones sólo desde el aire. Máxime cuando las tropas necesitan absolutamente de todo; cuando ni los caballos tienen algo que comer en una estepa pelada. El memorial de Wagner, al parecer, recomendaba la retirada alemana hasta el Donetz, confiando, con bastante lógica, que si los rusos decidían perseguirlos se encontrarían con los mismos problemas de intendencia que ellos mismos, así pues no avanzarían mientras fuese invierno.
En la reunión en la que a Hitler se le expuso la imposibilidad de suministrar toda la ayuda material al VI Ejército, el Führer reaccionó como solía: gritando que, aún así, había que hacerlo. Existe una posibilidad de que si, a pesar de ello, los generales hubiesen mantenido una posición unitaria, acabase por ceder, cuando menos parcialmente. Pero no fue así, porque hubo un general que rompió el consenso: Hermann Göring, responsable de la Luftwaffe (fuerzas aéreas) se levantó y le prometió a Hitler lo que luego no cumplió, es decir un suministro aéreo adecuado para la Bolsa de Stalingrado.
Ya el 15 de diciembre de 1942, la ración diaria de pan de los soldados fue reducida a 100 gramos. Aparte de eso, los soldados podían aspirar, según lo pícaros que fuesen sus oficiales de cocina (se dio orden de no acaparar suministros, pero nadie o casi nadie la cumplió), a alguna que otra salchicha que llegase por avión y, sobre todo, a sopa de caballo, esto es, nieve fundida al fuego con un hueso de caballo dándole sustancia. Los alemanes se comieron todo lo que tenían de cuatro patas que no era de madera. Según Gerlag, ni siquiera eran los que estaban en peor situación: la novela retrata a los soldados rumanos, sin disciplina, sin mando y sin órdenes, vagabundeado por la Bolsa, unas veces mendigando un trozo de pan, otras robándolo.
Yo, que he estado a régimen severo, sé lo que son 100 gramos de pan; os aseguro que morderse un ratito el labio inferior alimenta más. Pero yo estaba en mi casa. Los alemanes, sobre tener esa dieta, tenían que luchar, hacer caminatas, construir búnqueres, disparar de nuevo, a 20, a 30, a 35 grados bajo cero, algunos de ellos sin contar con otra cosa que las capas y botas de verano que el ejército les había dado seis meses antes, cuando Rusia era cosa de seis semanas y nadie iba a poder con el primer ejército del mundo.
Uno de los grandes aciertos de Gerlag, ya lo he dicho, es retratar todo esto desde dentro de las líneas alemanas. Nosotros, me refiero cuando menos a los españoles aunque supongo que los latinoamericanos no contarán una historia diferente, hemos crecido con la versión de la segunda guerra mundial de las películas americanas. Para nosotros, el soldado alemán era casi siempre un tipo alto; de facciones duras; un tipo que a la hora de gritar ¡Alarma!, interpreta la fonética de un idioma muy suave con las típicas aristas de la prosodia hitleriana; alguien tan cruel como el régimen que defiende, es decir, un trasunto de Hitler en el campo de batalla. Con nombres inventados tal y como confiesa en el prólogo de su libro, Friedich Gerlag despliega en su novela tipologías bien diferentes. El teniente Breuer, posible retrato autobiográfico de un hombre razonablemente cultivado que sólo sabe pensar en la mujer que ha dejado en Alemania; el soldado Lakosh, torturado por la idea de que el régimen por el que él lucha mató a su padre, un sindicalista, y que tras recibir una carta de su madre, repleta de reproches insinuados, decide desertar; el teniente Wiese, poeta, antinazi furibundo, que promete no levantar su arma contra nadie pero finalmente lo hace, por caridad, para matar a dos aviadores alemanes que están ardiendo vivos dentro de la carlinga de su avión; el pastor luterano Peters, que enloquece tratando de creer en Dios en medio de tanta podredumbre y dolor; el brigada, después teniente, Harras, falso héroe de una batalla perdida; el teniente Fröhlich, nacionalsocialista, quien hasta el último minuto, hasta el mismísimo 30 de enero de 1943, aún espera que su Hitler acuda a rescatarlo; y una caterva de jovencísimos soldados, adolescentes apenas, para los cuales cada jornada coloca sobre los hombros la labor de no morir de hambre y después, si queda tiempo, esquivar los tiros de los Iván, como ellos los llaman.
La lectura de la novela tiene, por lo tanto, el mismo efecto que algunos otros productos, como la famosa película Das Boot: mostrar a un ejército formado por hombres de carne y hueso que están lejos de ser ese estólido centinela bien alimentado que encerraba a Steve McQueen en la Nevera (The great escape).
A mediados de enero, como muy tarde, los mandos alemanes sabían muy bien que la batalla estaba perdida. Sin embargo, tenían la orden de Hitler de resistir; orden que, por si no había quedado clara, sería evidentemente ratificada por el Führer a finales del enero con su decisión de nombrar al general Von Paulus mariscal de campo; hasta Stalingrado, ningún mariscal de campo alemán se había rendido jamás. Aún y a pesar de eso, montaron una operación medio propaganda medio contraataque en serio, que fue la creación de lo que llamaron unidades-fortaleza. Su filosofía está clara: en ese momento, en la Bolsa quedarían unos 140.000 soldados, de los cuales sólo 40.000 estaban en los frentes, combatiendo. Las unidades-fortaleza supusieron movilizar a los otros 100.000, o buena parte de ellos.
En la práctica, esto supuso mandar al frente a soldados que nunca tenían que haber peleado: cocineros, ingenieros, soldados de plana mayor, ordenanzas, chóferes. Los rusos los mataron como a chinches; hubo unidades-fortaleza que desaparecieron virtualmente antes de que su primer día de combate se acabase. Los siguientes refuerzos que enviaron fueron los heridos. En el libro de Gerlag se retrata vivísimamente la llegada a una primera línea de fuego de un contingente de 200 soldados tullidos, heridos, enfermos, al mando de un capitán que no puede ni levantar la mano. Y allí los deja, arrastrando los pies por la nieve, camino de la muerte.
Las órdenes impartidas en Stalingrado fueron tan crueles, reflejan con tanta claridad ese punto sádico que puede llegar a tener una cúpula militar que no respete a sus soldados, que se produjeron casos como la HKL del ferrocarril Voronovo-Gumrak, línea de frente que se estableció ya durante la retirada de las tropas a la ciudad de Stalingrado. El plan de dicha línea establecía que sería defendida por soldados heridos y enfermos que aún pudiesen andar, a los que no se les informaría de que su función era morir allí para permitir la retirada de su división.
Sobre una imagen satélite actual (Google Maps) del área de Volgogrado, el Don, el Volga y el Mar de Azov, os he preparado una imagen de la rápida evolución de los frentes en enero de 1943. La línea roja marca el estado en el que se consolidó el frente tras el 23 de noviembre de 1942. La línea amarilla explica los progresos de los rusos el 14 de enero (claramente decididos a cortarle a la Bolsa el cordón umbilical, esto es tomar Pitomnik). Y las dos almendras naranjas son la situación tan sólo 10 o 12 días después.
El saldo final de la batalla de Stalingrado, para los alemanes, fue de unos 5.000 supervivientes de una población inicial no inferior a 250.000. El sitio de Stalingrado duró setenta y seis días, durante los cuales desaparecieron tres divisiones acorazadas, una división antiaérea, dos divisiones rumanas y trece divisiones de infantería. En noviembre de 1943, según la intendencia alemana, había en la Bolsa 270.000 soldados, de los que 35.000 la abandonaron por avión enfermos o heridos. Los rusos contaron, tras la batalla, 142.000 cadáveres en la estepa.
En La Bolsa actuaron 34 generales. De ellos siete la abandonaron por avión, cinco de ellos sin herida alguna, uno con una herida leve y el último con una herida grave. Un general murió en combate, otro se suicidó y otro desapareció.
La mayor parte de los prisioneros de guerra alemanes murió en la primavera de 1943, víctima de una epidemia de tifus, en los campos de prisioneros de Beketovka, Kranoarmeisk y Frolov. Otros murieron en los trenes que los transportaban a Asia Central o en campos de trabajo.
De los generales presos, sólo murió uno; de un cáncer de estómago que ya había contraído antes de la derrota.
Ciertamente, Hitler podía estar satisfecho, pues un solo ejército alemán había conseguido tener empantanados, durante dos meses, cinco ejércitos rusos. Pero pagó un altísimo precio de vidas por ello, precio que, según todos los indicios, nunca le pesó. Una vez, en 1943, llegó a decir que la obligación de los soldados de Stalingrado era estar muertos. Para él, al parecer, un soldado alemán que se dejaba ganar no tenía derecho a la vida; los relatos de su vida en el búnquer de Berlín, en las últimas jornadas de la guerra, dejan entrever que no sentía dolor alguno por Alemania, pues se había dejado vencer y los pueblos cobardes no merecen compasión; el mismo sentimiento reservaba, según las actas de sus reuniones de Estado Mayor, para rumanos e italianos, no así, curiosamente, para españoles ni para musulmanes; a éstos últimos los consideraba excelentes combatientes.
En contraprestación, a nosotros también nos importa un bledo que se volara los sesos.
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