jueves, diciembre 21, 2006

La muerte de Carrero

¿Alguien sabría decirme qué fue lo que hizo hace 33 años? Yo sí: el 20 de diciembre de 1973, me pasé la mañana jugando al fútbol. Era jueves y hasta el viernes, 21, no nos daban boleta en el colegio. Pero yo estaba en Sexto de Básica (lo cual es… ¿el último año de la actual primaria?) y ya habíamos hecho los exámenes. Así que los curas decretaron jornada deportiva, como le llamaban, y nos pasamos, los peques, todo el día haciendo deporte.

Eran días ilusionados para mí, como todos los previos a la Navidad de aquella época, porque siempre veníamos a Madrid, con mis abuelos, y resultaba agradable la gran ciudad tan iluminada y llena de juguetes.

Al correr de la mañana, sin embargo, el ámbito se ensombreció. En Madrid habían matado a Carrero. Yo, desde luego, no tengo conciencia de haber escuchado ese apellido hasta que me dijeron que lo habían matado. Tampoco entendía, desde luego, la sutil diferencia entre jefe del gobierno y jefe del Estado, aunque la había tenido que estudiar (como sabemos bien todos, una cosa es estudiar las cosas y otra muy distinta sabérselas y no digamos comprenderlas). Pero tengo el recuerdo vívido de mis padres, esa tarde, discutiendo por teléfono con mis abuelos la conveniencia o no de suspender el viaje a Madrid. Teníamos miedo. En una pequeña ciudad en una esquina del mapa de España, algunos pensaban que Madrid era algo así como el escenario de una guerra. El pensamiento tiene su lógica. Quien puede matar al presidente del gobierno, puede matar a cualquiera.

Yo no sé si habéis visto una película de Clint Eastwood que se llama Sin Perdón; ojito con hablar mal de ella que es una de mis dos o tres pelis preferidas. En ella, Richard Harris hace un excelente papel secundario, el de un pistolero matón de origen inglés que gusta de criticar a los Estados Unidos tras el asesinato de Lincoln porque, dice, un magnicidio de esas características no sería posible en Inglaterra a causa del respeto a la majestad (es obvio que no vivió para ver el atentado del IRA contra lord Mountbatten). Algo así pasó en España aquel día. Por mucho que ya existiese la ETA y que hubiesen muerto policías, el atávico carácter de intocable que tenía todo el entorno del general Franco hacía que, 24 horas antes del atentado, no hubiese ni un solo español normal que pudiese imaginar que aquello iba a ocurrir.

El almirante Luis Carrero Blanco había estado siempre a la sombra del caudillo, a pesar de que (o quizás por eso mismo) no fue un militar con un especial papel en la guerra civil. Franco nunca se fió mucho (o nada) de las estrellas rutilantes de la guerra, como el general Varela (a quien siempre defendió de la falange, pero mientras también defendía a la falange de él) o el general Muñoz Grandes, el de la División Azul. Aunque habría que preguntarle a Franco, todo parece indicar que la primera persona (militar, por supuesto) en la que pensó para que le sucediese fue el general Camilo Alonso Vega; el problema es que Alonso Vega era de su quinta y, ya en los años sesenta, estando Franco aún de relativa buena salud, ya estaba enfermo.

Carrero no se apartó nunca de la línea dura del franquismo y eso que hemos dado en llamar, con la perspectiva histórica, el nacionalcatolicismo. Siempre le fue fiel a Franco y por eso el general, cuando a finales de los años sesenta comenzó a sentir la presión combinada de su vejez y del creciente papel en el franquismo de los «azules», es decir los partidarios de una evolución del franquismo, desde el franquismo, hacia la democracia, pensó en él para que fuese su báculo. De esta manera, rompió la tendencia existente hasta el momento, pues durante treinta años Franco había acumulado las condiciones de jefe del Estado y del gobierno, otorgando esta segunda a su amigo almirante.

Enrique Tierno Galván, que fue un importante miembro de la oposición socialista del interior, fundó el Partido Socialista Popular, acabó integrado en el PSOE y llegó a la cumbre de su carrera política con la alcaldía de Madrid, dejó en su libro de memorias, Cabos sueltos, un retrato de Carrero, a quien vio una vez en la vida. Habla de un hombre alto y con demasiados kilos «que temía a los demás porque veía a los demás como se veía a sí mismo»; o sea, tremendamente desconfiado. Según Tierno, Carrero escuchaba siempre con esa media sonrisa en la boca que tiene quien tiene la sensación de que «está sobre aviso, es astuto y no le engaña a uno nadie».

Otras personas que conocieron a Carrero dicen que tenía un punto muy coloquial y campechano (lo cual casaría con esta impresión un poco rural que dejó en el viejo profesor). He tenido la ocasión de hablar con periodistas ya provectos que destilan de él la imagen de alguien con pocos oropeles. Probablemente, esta campechanía conspiró para acabar con él. No era una persona que tomase especiales medidas de seguridad y, sobre todo, era animal de costumbres, lo cual quiere decir lo peor que se puede tener cuando se está en peligro de atentado: hacía casi siempre los mismos itinerarios.

La bomba que la ETA colocó bajo el asfalto de la calle Claudio Coello le esperó de regreso de misa, pues tenía la costumbre de oírla y de hacer a la vuelta siempre ese trayecto. La bomba era tan potente que, con toda probabilidad, mató a Carrero y a su chófer en el acto. Era tan fuerte que el coche, un pesado vehículo oficial, creo que un Dodge, voló por los aires tan alto que, con el impulso, «saltó» la fachada del convento de los jesuitas de Serrano (o sea, la fachada que da a Claudio Coello) y fue a caer en el patio de dicho edificio. No sé ahora mismo los pisos que tiene ese inmueble, pero son unos cuantos. La bomba, pues, fue brutal.

Por increíble que pueda parecer, en los primeros momentos tras el atentado la inexistencia del coche (estaba en el patio anexo, no en la calle) disparó toda serie de especulaciones. La bomba generó un socavón enorme en la calle que se llenó de agua (rotura de tuberías). Algunos policías, al parecer, llegaron a pensar que Carrero podría encontrarse ahí, hundido. Se tardó algún tiempo es descubrir la verdad, cuando los jesuitas descubrieron el macabro regalo del cielo que había en su patio.

El día que murió Carrero no era cualquier día. El 20 de diciembre de 1973, se celebraba en Las Salesas la vista por el proceso 1.001, el escarmiento que el franquismo había diseñado contra las Comisiones Obreras de Marcelino Camacho, Julián Ariza, Julián Sartorius et altera, todos ellos comunistas. En la historia del franquismo, los dos grandes sindicatos de la República, la UGT y la CNT, fueron clandestinos y se alejaron del sistema. A principios de los años sesenta, sin embargo, surgió un movimiento impulsado por los comunistas, las Comisiones Obreras, que, sin dejar de estar frontalmente opuesto al franquismo, basó su estrategia en aprovechar los resortes de la propia dictadura; estar, por lo tanto, presente en la estructura de los sindicatos verticales falangistas, haciéndoles la guerra desde dentro.

La estrategia de CCOO minó poco a poco al franquismo, como una gota malaya; desde más o menos mediados de los años cincuenta, el régimen estuvo más o menos a la defensiva, viéndose obligado a bajarse de burras que le eran muy queridas (por ejemplo, permitiendo formas de negociación colectiva entre empresarios y trabajadores más allá del sindicato vertical); en los años sesenta, cuando a la resistencia sindical se unió la resistencia estudiantil, el franquismo comenzó a sentirse amenazado.

El proceso 1.001 de 1973 se concibió como un correctivo. Con él, Franco quería deshacer las ilusiones de las Comisiones Obreras y llevarse por delante a sus dirigentes. El día que mataron a Carrero había tensión en todo Madrid porque no se sabía si habría manifestaciones o algún tipo de acto clandestino en solidaridad con los procesados. La vista, sin embargo, no llegó a empezar; la noticia del asesinato llegó antes. A partir de ese momento, los activistas de izquierdas se aplicaron a buscar lugares donde dormir distintos de su propio domicilio. En realidad, no les pasó nada, pero eso no quiere decir que no estuviesen en peligro. Al parecer, uno de los elementos más radicales del fascismo español, el general Iniesta Cano, entonces director general de la Guardia Civil, quiso enviar un telegrama a sus comandancias ordenando detenciones masivas de izquierdistas, con empleo de armas de fuego por medio si había problema. Fue frenado por los oficios de Torcuato Fernández Miranda.

El gobierno tenía una reunión ese día. En Castellana 3, si no me falla la memoria. Era una reunión para tratar de discutir y coordinar algunas decisiones aperturistas, pues en aquel momento ya era totalmente aceptada la idea de la evolución del régimen; las diferencias estaban en lo que unos y otros entendían por evolución. Según nos cuenta un ministro falangista de aquel gobierno (José Utrera Molina, Sin cambiar de bandera, Madrid, Planeta, 1989), días antes del atentado, en una reunión del gobierno de materia económica, habían surgido discrepancias políticas que habían aconsejado a Carrero convocar una reunión política, monográfica, para aquel mismo día 20. Según le confesó a Utrera la mano derecha de Carrero, el ministro subsecretario de la Presidencia José María Gamazo, Carrero tenía la intención, en esa reunión, de soltar un speech que obrase como puñetazo encima de la mesa y obligase al gobierno, aperturistas incluidos, a cerrar filas en defensa del régimen y del franquismo. No pudo dar, sin embargo, tal discurso.

La mayor parte de los ministros llegaron a Castellana 3 sin saber lo que había ocurrido; todavía a las 10 de la mañana, a Utrera le cuenta su colega de Obras Públicas, Gonzalo Fernández de la Mora, que el presidente Carrero se encuentra muy grave a causa de una explosión de gas.

Por su parte, Franco, según los testimonios que tenemos, recibió la noticia sin querer creer que fuese un atentado. Por dos veces en la misma conversación, trató de «convencer» a Fernández Miranda (que fue quien le llamó pues era vicepresidente del gobierno) de que podría tratarse de una casualidad o un accidente. Al coronel de Artillería Antonio Galbis, una de las dos personas (junto con Vicente Gil, entonces su médico personal) que le dio al general la noticia, le sorprendió la insistencia con que Franco se empeñó en que le fuesen minuciosamente detalladas las heridas y lesiones sufridas por Carrero. Según Utrera, en la mañana del día 22, cuando se iba a producir el entierro de Carrero al que no asistió, Franco le confesaría a un ayudante suyo, el capitán de navío Antonio Urcelay: «me han cortado el último hilo que me unía al mundo».

Aquella Navidad, Franco sorprendería a los españoles con un recuerdo del atentado en el que pronunció su famoso «no hay mal que por bien no venga», cuya exégesis rompió muchas meninges en aquellos tiempos. Es el día de hoy y yo creo que aún no está muy claro qué quiso decir. Lo cierto es que se tomó tiempo para nombrar el nuevo presidente del gobierno. El día 24, Nochebuena, el caudillo y el presidente de las Cortes, Alejando Rodríguez de Valcárcel, manejaron aún una lista de 25 nombres que, tras algunas horas de tira y afloja, quedan reducidos a cinco:

* El propio Rodríguez de Valcárcel, de cuya fidelidad franquista no caben dudas.
* José Antonio Girón, de quien hablaremos enseguida.
* El almirante Nieto Antúnez, de la estirpe militar de los que ganaron la guerra.
* Manuel Fraga, el toquecito aperturista.
* Carlos Arias Navarro, a pesar de que era ministro de Gobernación en el gobierno Carrero y era, por lo tanto, el ministro del Interior al que la ETA le había metido un gol por toda la escuadra.

Con la muerte de Carrero, los azules desplegaron toda su capacidad de influencia. Consiguieron, de hecho, que Franco se olvidase de la tentación de contestar a los hechos buscando un sucesor de Carrero aún más bunkerizado que él. O sea: hoy en día, un búnker es una trampa de tierra que encontramos en los campos de golf. Pero entonces la palabra búnker llamaba a esas pequeñas fortalezas que se usan en las guerras, normalmente para defender posiciones atacables como las playas. El búnker, a principios de los setenta en España, significaba la fortaleza en la que estaba refugiados los franquistas irredentos, los ganadores de la guerra, los enemigos de la reconciliación.

El principal elemento del búnker franquista era, en mi opinión, José Antonio Girón de Velasco, falangista viejo que había ocupado diversos cargos en los gobiernos de Franco y, a principios de los setenta, representaba el No pasarán del más rancio guerracivilismo franquista.

El día 26, después de haber pasado la Navidad en familia, Franco se reúne de nuevo con Rodríguez de Valcárcel. En ese momento, el general considera que el propio Valcárcel o Girón deben presidir el gobierno (o sea: mantenella y no enmendalla). Sin embargo, ambos candidatos presentan un impedimento legal: al ser miembros del Consejo del Reino, deben dimitir de dicho cargo antes de poder presidir el gobierno, y eso supone dilatar un nombramiento que ya tarda (el plazo para nombrarlo expira el 28, día de los Inocentes). En esas circunstancias, Franco se decide por Nieto Antúnez. Sin embargo Ucelay, el ayudante de Franco, le convence de que Nieto Antúnez carece de apoyo y carisma y de que su nombramiento será mal recibido (o al menos esto es lo que nos cuenta Utrera Molina en sus memorias). Ante las dificultades de tiempo, Franco se decide por Carlos Arias (lo cual, si es cierta la versión de Utrera, vendría a significar, por eliminación, que no quiso que Fraga fuera presidente del gobierno).

El general, por lo tanto, se decidió por un civil con pedigree franquista, pero algo más acomodaticio: Carlos Arias Navarro (el de «Españoles, Franco ha muerto»). En realidad, para mí la figura importante del gobierno Arias no era tanto él como su vicepresidente Antonio Carro

Independientemente de versiones y relatos, que Girón esperaba tocar pelo y que quedarse fuera no le gustó un ídem lo demuestra, a mi modo de ver, el gironazo que protagonizó aprovechando la celebración falangista de Alcuberre, del que algún día hablaremos, si os apetece.

El 12 de octubre de 1974, ante las cortes, Carlos Arias Navarro pronunció un discurso que estaba llamado a hacer girar los goznes de la Historia del franquismo; un discurso que se anunció por el régimen como aperturista y democrático y que recibió el ampuloso nombre de El Espíritu del 12 de febrero. Lo cierto es que aquel Espíritu fue más bien un Fantasmilla. Una reforma con la boca pequeña y, sobre todo, lampedusiana, en la que todo se modificaba para que nada cambiase. Se anunciaba la puesta en marcha de asociaciones políticas, pero éstas debían estar dentro de la ortodoxia del régimen. En el fondo del Espíritu del 12 de febrero late la convicción por parte de Franco en el sentido de que los partidos políticos, la dicotomía entre derechas e izquierdas, era tóxica para cualquier país y para cualquier sociedad. El caudillo estaba dispuesto a aceptar una evolución del régimen, pero siempre respetando sus presupuestos básicos, que eran antipolíticos y antidemocráticos.

El Espíritu del 12 de febrero fue un fracaso. A los del búnker les cabreó, pues lo vieron como una muestra de innecesaria debilidad del régimen franquista. A las fuerzas democráticas, dentro y fuera de España, les convenció de que con Franco sería imposible una transición a la democracia. A partir de ese día, el antifranquismo, como en el refrán indio, se sentó en la puerta de su casa hasta ver pasar el cadáver de su enemigo. Que no tardó ni dos años en pasar.

Pero esto fue posible porque el enemigo, antes, había perdido a su lugarteniente. ¿Qué habría ocurrido de morir Franco en 1975 con un almirante Luis Carrero Blanco aún en plenitud de facultades y llevando la manija del gobierno y de las Cortes? Puede que nada: según, de nuevo, Utrera Molina (ibidem, página 83), el entonces príncipe Juan Carlos, en entrevista con Carrero cuando éste era presidente del gobierno, le dijo que, caso de morir Franco, esperaría de él que se retirase de su puesto para dejar paso a la evolución, y el almirante accedió.

Otro aspecto surgido del atentado fueron las muchas teorías conspirativas. Un comando de cuatro terroristas vascos fue capaz de construir un túnel por debajo de la calle Claudio Coello y colocar una bomba asombrosamente coordinada con el paso del coche de Carrero. Se ha dicho que algo de esta magnitud no se podría haber hecho sin el conocimiento de los Estados Unidos, pues su embajada está muy cerca y tenían que haber detectado las excavaciones; se ha dicho que no es posible que el túnel no fuese descubierto si algunas semanas antes visitó España el secretario americano de Estado, Henry Kissinger, lo que provocó los típicos controles de seguridad. Se ha dicho que tras el atentado se tardó, extrañamente, un montón de horas en poner controles en las carreteras. Se han dicho muchas cosas, pero yo creo que la mayor parte son imaginaciones.

Puede que los americanos tengan hoy sensores detectores del movimiento y cosas muy sofisticadas, pero en 1973, sinceramente, lo dudo. Con posterioridad a dicho año, en ocasiones mucha posterioridad, las embajadas de Estados Unidos han sufrido atentados catastróficos en países mucho más calientes de lo que era la España de 1973, un país en el que la CIA podemos apostar que no pensaba en una probabilidad de atentado contra su embajada superior al cero coma algo por ciento. En estas circunstancias, pretender que la embajada de la calle de Serrano tuviese complejísimos sistemas de detección de túneles (que alcanzasen más allá de sus puras inmediaciones, pues el lugar donde murió Carrero está cerca, pero no al lado) es un poco fatuo. De tener dicho sistema a punto, EEUU lo habría colocado en cincuenta embajadas del mundo antes que en la de Madrid.

No sé si este blog lo lee algún ingeniero que nos pueda alumbrar al respecto.

Por lo que se refiere a Kissinger, que yo sepa no pasó por la calle Claudio Coello.

En cuanto a las operaciones de control de carreteras, es fácil hacer reproches. Pero hay que entender que aquella España, aquella policía, no estaba acostumbrada a sufrir atentados, mucho menos magnicidios, en el mismo Madrid. Su lentitud pudo ser torpe, pero lo que no fue es ilógica.