miércoles, enero 10, 2007

¿Quién mató a Canalejas?

En un reciente post hemos hablado del asesinato de Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno en el momento en que la ETA acabó con él. Si alguien repasa los comentarios que provocó este post habrá visto que las teorías conspirativas en torno a este hecho están al cabo de la calle y no son pocos los que creen en ellas. Quizá sea verdad o quizá no. Lo que sí está claro es que cuando un alto dignatario muere inesperada y violentamente, casi siempre cabe esperar que surja la interpretación de que dicha muerte no ha sido ni casualidad ni fruto de las causas que, en un primer análisis, parecen haberla provocado.

Hoy quiero hablaros de otro magnicidio, en la actualidad menos recordado: el de José Canalejas Méndez quien, al morir, en la madrileña Puerta del Sol, era también presidente del Gobierno, como Carrero. Su muerte, como espero explicaros, también está teñida de ciertas sospechas conspirativas.

Canalejas formó gobierno el 9 de febrero de 1910. Su llegada a la máxima magistratura fue consecuencia de la pérdida de confianza del rey, Alfonso XIII, en el anterior presidente, también liberal, Segismundo Moret, a quien ya hemos leído en estos comentarios interviniendo, como ministro, ante las Cortes para presentar la ley que acabó con la esclavitud humana en España. Moret había llegado a la jefatura del gobierno tras echar del mismo a los conservadores de Antonio Maura por la actuación de éstos en la Semana Trágica de Barcelona y, sobre todo, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia. Sin embargo, en muy poco tiempo Moret, que tenía algo de torpe, dilapidó su capital político, siendo necesario un cambio de gobierno sin que éste perdiese el tinte liberal (de izquierdas, para que nos entendamos).

En realidad, Canalejas no era, como cabría esperar, el número uno de su partido. La Restauración canovista partía de la base de que, en cada turno de gobierno entre los partidos conservador y liberal, gobernaría siempre el líder de cada formación; pero en 1910, así como en el Partido Conservador aún era indiscutido (por poco tiempo) el liderazgo de Antonio Maura, en el Liberal, sin embargo, la cosa ya no estaba tan clara. El partido liberal dinástico, en 1910, había ya olvidado los años del liderazgo único, que prácticamente se circunscriben a aquéllos en los que vivió el fundador de la formación, Práxedes Mateo Sagasta (el único político español que ahora mismo recuerdo con nombre de personaje de culebrón venezolano). El liberalismo dinástico, en los últimos años, acusaba de diversos e intensos personalismos y tenía, en realidad, no uno, sino cuatro líderes: Moret, el conde de Romanones, Canalejas y García Prieto. Tras la caída del primero, como hemos dicho, Canalejas maniobró y pactó con García Prieto su nombramiento como ministro de Estado (hoy Asuntos Exteriores, un destino muy suculento); y con Romanones su ingreso en Instrucción Pública, que llevaba añadida la presidencia de las Cortes algunos meses después (desde donde, como veremos pronto, el conde no tuvo reparo en tocarle los cojoncillos a su teórico jefe de partido).

Según algunos contemporáneos, fue el conde de Romanones, auténtico confidente de palacio en aquellos años, quien lubricó la llegada de Canalejas al poder, pues a Alfonso XIII aquel tipo no le gustaba demasiado por excesivamente, que diríamos hoy, progre. Sobre todo, anticlerical. Se dice que Doña María Cristina, la madre del rey, le dijo a Romanones, el día de la jura de Canalejas: «Por Dios, en usted confiamos». Cabe sospechar, por decirlo mal y pronto, que en Palacio estaban acojonados con la que les podría montar aquel carbonario ferrolano.

Tenemos, pues, a un presidente del gobierno que frisa los cincuenta años, en edad agraz para la política por lo tanto, de convicciones más demócratas que liberales (o sea, a la izquierda de la izquierda, aunque sin dejar de ser burgués). Por todo ello, candidato a entenderse más con la izquierda de su espectro político que con la derecha. Pero no será así. Todo el mundo sabe que la política hace extraños compañeros de cama. El problema de Canalejas no era la oposición, o sea el partido conservador; el problema de Canalejas era su propio partido, en el que había, por lo menos, dos o tres patricios que se sentían con tanto derecho y capacidad para liderar la formación como el propio Canalejas. Factor al que hay que unir su propia evolución, puesto que está bastante claro que, tanto más ejerció el poder Canalejas, más republicano avant la lettre se volvió, y más se convenció de que era necesario colaborar con las fuerzas conservadoras.

Quizá por eso Canalejas, nada más celebrarse las elecciones del 8 de mayo de 1910 (que ganó, claro, porque en aquel entonces las elecciones siempre las ganaba quien las convocaba) lanzó un discurso en el que aseguró al partido conservador que su ministerio se regiría por el riguroso respeto de la ley; afirmación que puede parecer inocente y fatua, pero que ante unos políticos que habían sido apeados del poder por haber, en su opinión, defendido la ley y el orden durante la Semana Trágica, tenía mucho significado.

Ante un parlamento mayoritariamente liberal, con elementos republicanos y aún socialistas, Canalejas dirá cosas tan propias del partido que teóricamente combatía como ésta: «Yo, que no he perdido la serenidad de juicio, hablo desde aquí a todos los obreros españoles y les digo: Os engañan conscientemente los que dicen que estamos preparando una campaña, una guerra. Estamos, sí, haciendo Ejército, robusteciendo instituciones militares, con el apoyo y la fuerza de las Cámaras, para que España no sea débil». El mismísimo José María Aznar firmaría estas palabras, a pesar de que, de haber existido en 1910, habría estado muy alejado de las bancadas de Canalejas en el Parlamento.

Así pues, las palabras de Canalejas, muchas veces, sonaban un poco como si Zapatero hubiese respondido a su victoria electoral del 2004 declarando… su compromiso con la invasión de Iraq.

Que Canalejas tendió una mano al partido conservador lo demuestra también que la afirmación de que sostendría el imperio de la ley recibió la respuesta del líder de la derecha, Antonio Maura, declarando: «Nosotros no somos de aquéllos que cuando les toca no gobernar impiden que los demás gobiernen».

Canalejas, aún así, no renunció a su política liberal. Dictó una real orden sobre libertad de cultos que escandalizó a las fuerzas católicas. Luego continuó con una ley, denominada «del candado», por la que limitaba el crecimiento de las órdenes religiosas, y que provocó la ira del Vaticano, ello a pesar de su moderación de base, pues se limitaba a impedir la creación de nuevas órdenes religiosas en un país, como aquella España, en el que dabas una patada en el suelo y salían veinte órdenes religiosas distintas.

De consecuencias de esta polémica, Canalejas hubo de retirar de Roma al embajador de España ante la Santa Sede, Emilio Ojeda; tan mal se pusieron las cosas. En el fondo de la cuestión estaba la voluntad de Canalejas de renegociar el Concordato entre España y el Vaticano, y ya se sabe que el Vaticano, en cuanto le quieren tocar los concordatos, se pone siempre muy nervioso.

La ley fue aprobada en una maratoniana sesión de las Cortes, de 18 horas, donde los carlistas, y muy especialmente el gallego Vázquez de Mella, practicaron cuanto obstruccionismo fueron capaces. Al final, por cierto, le metieron un gol por la escuadra: en medio de las negociaciones conciliadoras con el Vaticano, Canalejas aceptó una enmienda aparentemente inocente según la cual la ley perdería vigencia si en dos años no se aprobaba una nueva Ley de Asociaciones; cosa que, en una España tan convulsa como aquélla, fue imposible de cumplir.

En todo caso, no son pocos los estudiosos de Canalejas que rechazan la imagen del político como un hombre rabiosamente anticlerical. En primer lugar, su entorno privado era profundamente religioso, a través de su mujer. En segundo lugar, está comprobado que no fueron pocas las iniciativas que tomó para amigarse con el Vaticano (una de ellas a través del líder catalanista, Françesc Cambó, que hizo un viaje a Roma sólo para eso). En tercer lugar, su ausencia de voluntad revanchista, tan usual entre los anticlericales, quedó clara cuando, tras aprobarse la ley del Candado, se negó a secundar la iniciativa de Moret para que se secularizaran los cementerios y la educación. Y cuarto, porque dijo en público cosas como no que no concebía Estado sin religión. Canalejas tiene toda la pinta de ser un político convencido de la esencia católica de España (al estilo de su oponente Cánovas del Castillo, que decía que el catolicismo formaba parte de la Constitución Natural de España), a la vez que empeñado en establecer una separación clara entre Iglesia y Estado. Suya fue la primera norma, si no me equivoco, que estableció la potestad de jurar o prometer en público (excepción hecha de los militares, que siguieron jurando sí o sí).

Una de las frases preferidas de José Canalejas era, me parece a mí, una gran verdad política: «Todo lo que sea forzar la evolución, es destruirla». Quería cambiar España, pero no pintarla de nuevo.

Pues bien: aún y con ésas, aún y a pesar de enfrentarse frontalmente con la bestia negra del progresismo español de inicios del XX, o sea el Vaticano, Canalejas no vio sino acrecer los problemas a su izquierda. En primer lugar, la oposición le llegaba de su propio partido, de Segismundo Moret, que había perdido la presidencia del gobierno y ahora le hostilizaba en las Cortes a través de sus partidarios. Cuando estaba en componendas con Moret para que no le tocase las narices, otro prohombre liberal, Montero Ríos, la emprendió con él por su decisión de facilitar la aprobación de la Mancomunidad Catalana, reivindicada por los nacionalistas de allí.

De hecho, el asunto de Cataluña fue la segunda gran piedra de toque para Canalejas, unida a la ley del Candado y al problema de Marruecos (que, dado que los que iban a la guerra eran los obreros, venía a mezclarse con la creciente movilización proletaria). No sé si porque su padre era oriundo de Barcelona o por convicción política, me parece evidente que los intentos de Canalejas por resolver la cuestión catalana fueron sinceros y hasta valientes. Prat de la Riba, cuando llegó a Madrid para entregarle el proyecto de Mancomunidad, se lo dijo bien claro: «Por la moderación de esta fórmula [la Mancomunidad, en la que el catalanismo se desdijo de sus veleidades soberanistas], por su gubernamentalismo, por su concordia con la opinión general de España, Cataluña ha concebido grandes esperanzas. Que no se conviertan en desengaños».

Por su parte, Cambó lloró la muerte de Canalejas aseverando que España perdía a un gran hombre de Estado y Cataluña a un gran amigo.

En el debate parlamentario, la oposición al proyecto fue orquestada por Romanones (o sea, para que lo pilléis bien: Zapatero se presenta en el Congreso con un proyecto de ley, al que le pone la proa un grupo de diputados … ¡azuzados desde la tribuna por Manuel Marín!). Según diversos relatos, los conspirados liberales llegaron al acuerdo de que, si veían a Canalejas débil, Romanones, que presidía la sesión, se rascaría el sobaco. En ese momento, otro liberal, el diputado Burell, pediría la palabra, que el presidente le otorgaría con generosidad, para atacar frontalmente y a degüello al presidente y a su proyecto de Mancomunidad. Al parecer, la intervención de Canalejas fue tan rotunda que Romanones, calculando la posibilidad de una derrota, se aguantó el picor de la axila sin rascarse. Probablemente, también ayudaron dos emisarios que el presidente del gobierno envió a la tribuna presidencial a decirle cositas al oído al siempre maniobrero conde.

El paroxismo anticanalejista llegó a tal punto que, en esa misma sesión, un diputado liberal demócrata (o sea, como hemos dicho, la izquierda de la izquierda burguesa) realizó un vibrante discurso en el que invocó a los Reyes Católicos, artífices, dijo, de la unidad de España que la Ley de Mancomunidades iba a poner en peligro. Poned Estatuto donde dice Ley de Mancomunidades y seguro que os suena. ¡Ah! ¿Que queréis saber qué diputado era? Pues era don Niceto Alcalá-Zamora, el futuro presidente de la República. Let’s tie this fly by the tail.

Como podéis ver, y ya cantaban los payasos de la tele, no hay nada más lindo que la familia unida...

Los llamados demócratas, gérmenes de los futuros republicanos, así como los socialistas, le reprochaban a Canalejas que se entendiese con los conservadores. Y es que la Semana Trágica había provocado un movimiento de aislamiento del conservadurismo, el famoso ¡Maura, no!, que recuerda mucho al Pacto del Tinell tras las penúltimas elecciones catalanas. Ahora, sin embargo, el ejecutor de dicho pacto parecía entenderse con la formación a la que se buscaba aislar. La actitud de las izquierdas fue violenta, hasta el punto de mediar en ella la convocatoria de tres huelgas generales (en Bilbao, Sevilla y Valencia) y la generación de un clima de agitación social que provocó sucedidos como la huelga de Cullera, que merece que cualquier día le dediquemos un post específico. La declaración por la UGT de la huelga general en toda España (18 de septiembre de 1911) hizo necesario suspender las garantías constitucionales.

En agosto de 1911, una fragata se había rebelado en Tánger, motín de resultas del cual el gobierno decretó (y llevó a cabo) el fusilamiento de un fogonero, Antonio Sánchez Moya. Por aquel entonces, en Barcelona se dieron mueras al rey.

Canalejas se comió el marrón. Por los mentideros periodísticos circuló el rumor de que, de no haber estado el rey en Inglaterra durante los sucesos, Sánchez Moya nunca había sido fusilado. Es decir, toda la responsabilidad recaía en Canalejas. A ello se unió la condena a muerte en la persona de Juan Jover, alias el Chato de Cuqueta, cabecilla de la insurrección de Cullera. A finales de año, Canalejas le dijo a Romanones: «no puedo continuar como un muñeco de pim-pam-pum». A todas luces, se creía, se sabía la piñata de las izquierdas. Y añadió algo muy inquietante a la luz de lo que luego pasó: «Los que inducen a mi asesinato, que lo hagan personalmente, pues sería más digno».

El problema de Marruecos estaba, en 1911, al rojo vivo. Si algo necesitaba, no Canalejas, sino el presidente del gobierno español, era apoyo interno para conseguir respeto externo. Pero no lo tenía. Le faltaba dicho apoyo y le faltaba, además, de los suyos. En no menos de cuatro discursos lo pudo decir más alto, pero no más claro.

El rey, claramente preocupado por la situación revolucionaria, solicita, en noviembre de 1911, su opinión al líder de la oposición conservadora, Antonio Maura. Maura, tal era su costumbre, le responde por escrito, con un papel, conocido como el Memorando de Maura, escrito en su estilo ampuloso y alambicado, pero en el que, sucintamente, repasa los errores que el sistema político ha cometido dando pábulo a las fuerzas más radicales y lejanas de la monarquía (a los que llama facciosos en el documento) y defendiendo, ante el rey, el regreso al viejo sistema de la Restauración, es decir el turno pacífico de dos grandes partidos dinásticos, insinuando la exclusión de los demás al solicitar el fin de «la situación de condescendencia para con las diversas especies de revolucionarios».

Según Juan de la Cierva, que era algo así como el Alfonso Guerra del Felipe González que fue Antonio Maura, por aquel entonces tanto él como su jefe tuvieron preparada una lista completa de ministros y gobernadores, pues les fue anunciado que Canalejas caería y ellos ocuparían el gobierno. El 22 de enero de 1912, el rey recibió a Maura en Palacio, entrevista de la que está comprobado que Canalejas no tenía ni zorra idea (se lo dijeron los periodistas mientras almorzaba en el Ritz con unos políticos santanderinos, y se quedó de piedra). Todo parece indicar que el rey apoyaba un cambio de orientación.

Y Canalejas, además, está cansado. En julio de 1912 se lo confesó a Eduardo Dato, político conservador que acabaría, como él, siendo presidente del gobierno; y acabaría, como él, asesinado. En mayo, en las Cortes, la conjunción republicano-socialista, por boca de Gumersindo de Azcárate, le ha dado la puntilla: en discurso público, los republicano-socialistas han aseverado que, de no ser por la Semana Trágica, el gobierno conservador de Antonio Maura habría sido considerablemente mejor que el de Canalejas.

O sea: Zapatero llega al gobierno. En el gobierno, saca a las tropas de Iraq, legaliza el matrimonio homosexual, elimina la asignatura de religión en las escuelas, aprueba una ley de la memoria histórica, saca adelante el Estatuto catalán, subvenciona siete millones de guarderías, aprueba la ley de dependencia y le declara la guerra a los Estados Unidos. Y todo lo que consigue, después de eso, es que el ala izquierda de su partido se levante en el Congreso y diga que, de no ser por la guerra de Iraq, ¡los gobiernos de Aznar habrían sido mucho mejores que el suyo!

No me digáis que no es como para pensar: que os den por el c…

A las nueve de la mañana del 12 de noviembre de 1912, José Canalejas está en su casa, afeitándose (o, más bien, le están afeitando) mientras departe con sus amigos y colaboradores los asuntos del día. A las diez menos algo, se traslada en automóvil al Palacio Real con el alcalde de Madrid, Ruiz Giménez. A las diez y media, estaba de nuevo en su casa, y se dirigió al ministerio de la Gobernación, a presidir el Consejo de Ministros. Eran otros tiempos: fue a pie, y sin escolta (no le gustaba); o, más exactamente, con una exigua escolta siguiéndolo a prudente distancia. Remontó Huertas hasta la plaza del Ángel, luego la calle de Espoz y Mina hasta la Puerta del Sol, donde se paró a estudiar el escaparate de la librería San Martín.

En la Puerta del Sol estaba también Manuel Pardinas, un anarquista llegado de América, según la policía, para matar a Alfonso XIII. Esa mañana, los reyes iban a ir al Retiro, a una exposición de crisantemos (sic) y tenían que pasar por ahí. Podría ser que Pardinas quisiera matar al rey (aunque, como veremos, también se consolidó la teoría de que siempre fue a por Canalejas), pero vio al presidente del gobierno ahí, tan cerca, y decidió llevárselo por delante. Le disparó en la sien, a quemarropa, y luego inició una corta huida, pues tras dar unos pasos se suicidó.

Hasta ahí la Historia. Más allá, quedan las dudas, las preguntas, y las teorías. Veamos.

¿Era común que un terrorista anarquista que matara con pistola se suicidase, inmolase decimos hoy, en el mismo lugar del crimen? Bueno, esto sí que tiene su lógica, porque lo cierto es que Pardinas disparó contra sí mismo cuando se vio medio rodeado y comprobó que un transeúnte (Víctor Galán, conserje de La Filarmónica) se le echaba encima y que un policía le daba caza. Quizá se mató para evitar un posible linchamiento.

¿Por qué hablaba Canalejas, antes de su muerte, de las personas que querían su asesinato, y les conminaba a que diesen la cara públicamente? No podía referirse a los anarquistas, pues la voluntad de los anarquistas de cargarse a los mandamases burgueses no era cosa que estuviese oculta al conocimiento de nadie, así pues no demandaba de publicidad alguna.

¿A quién quería dejar Canalejas el gobierno? ¿A Moret, que le había puesto todas las zancadillas posibles? ¿A Romanones, que le negó el apoyo a su Ley de Mancomunidades hasta que a la cuenta atrás no le quedan ni diez segundos? ¿A Montero Ríos, que había maniobrado para echarle? ¿A los republicano-socialistas, que le habían montado una tangana en 1911 de la que resultó la suspensión de garantías constitucionales y el fusilamiento de dos activistas y, además, le echaban flores a Maura?

¿O, tal vez, al partido conservador que, con la lógica excepción de la cuestión religiosa, se había mostrado más bien no beligerante con él, tratándole de dejar gobernar; al partido conservador, que, según todos los indicios, era el que estaba en el deseo del rey?

Y, por cierto: ¿quién gobernó tras el asesinato de Canalejas? Pues los liberales, es decir, el partido que iba a perder el poder, según todas las trazas.

A las preguntas cabe añadir las inquietantes cosas que con el tiempo destapó la investigación del asesinato. A todas luces, Canalejas se sabía amenazado, y amenazado además por la persona de Pardinas, pues algunos días antes de su muerte le confesó a su mujer que estaba cabreado porque la policía española le había perdido la pista. Sin embargo, como suele ocurrir en estas cosas, este tal Pardinas, a pesar de estar buscado por la policía en España y en el mundo, pudo colocarse sin problemas como pintor en las obras del hotel Palace e incluso, según le confesó a su amigo y casero Emilio Corona, unos días antes había estado en el Congreso, sin que se llegase a averiguar, a ciencia cierta, quién le franqueó el paso. Asimismo, también se supo que el día anterior, a las dos de la tarde, Pardinas fue visto vigilando la puerta del chalet que en la calle Abascal tenía el escultor Mariano Benlliure. Y es un hecho que aquel mediodía los Canalejas visitaron al artista; pero lo que no se pudo saber es cómo llegó a Pardinas, insistimos un anarquista sin oficio ni beneficio y, además, perseguido por la policía, una información tan precisa.

Pardinas había llegado a España tras un amplio y costoso periplo por Europa y América, cuya financiación nunca quedó clara. Además, existen indicios de que el día antes de matar a Canalejas podría haber recibido una cantidad de dinero: a pesar de confesarse no fumador ni bebedor ni amigo de ningún vicio (algo típico de algunos anarquistas de la época, que querían ser puros como cartujos), la tarde-noche antes del asesinato se presentó en el café Mercantil, en la calle Ancha de San Bernardo, donde se apioló un vermú carísimo (francés, marca Susinis), varios coñás y, no contento con todo eso, amagó con invitar a copas a los 22 músicos de la banda que allí estaba tocando. Tampoco se sabe nada de la misteriosa mujer con que estuvo en el bar Sol, justo al lado del lugar donde mataría a Canalejas, pocos minutos antes de perpetrar el crimen.

Los indicios más claros hablaban de una reunión en Tampa, Florida, en la que elementos anarquistas y, diríamos hoy, antisistema, debatieron la posibilidad de matar al rey Alfonso. Decidieron que ese asesinato no serviría de nada, pues habría regencia, y por eso decidieron ir a por algún político principal, y eligieron a Canalejas.

Esa es la versión más o menos oficial. Pero, ¿quién mató a Canalejas? Otra preguntilla para el que quiera calentarse la cabeza.