miércoles, abril 04, 2007

Santa Semana, de la mano de Saddam

Con vuestro permiso (o incluso sin él), este blog se va a procesionar unos días, lejos del mundanal mundo electrónico. Antes de ello, sin embargo, os dejamos este post de Ina, que os recomiendo vivamente; rico, rico, rico.

Una vez más, qué narices, nos salimos del tiesto para tratar un asunto que no es la Historia de España; aunque supongo que a ninguno de vosotros le costará encontrar la ligadura. Hoy Inasequible os quiere hablar de los días, no tan lejanos, en los que amábamos a Saddam Hussein.

Le dejo a él mismo con la palabra, y de vosotros me despido hasta el lunes.

Después de más de una década de propaganda negativa, resulta difícil ya acordarse de que hubo un tiempo en el que Saddam Hussein era el bueno de la película.

Decir simplemente que la revolución islámica iraní de 1979 quitó el sueño a los estadistas occidentales, no haría justicia al tremendo impacto que tuvo. Les quitó el sueño, la sonrisa y las ganas de vivir. En pocos meses, el régimen pro-occidental el Shah Mohammed Reza Pahlevi había caído ante una extraña alianza de comunistas e islamistas. De pronto el país más poblado del Golfo Pérsico, el país con las Fuerzas Armadas mejor dotadas de la región, el país que era visto como el gendarme de la zona, se adentraba por derroteros impredecibles. Pronto se vio que la revolución era más islamista que comunista, aunque los ayatollahs empezaron a armar tal barullo que seguramente muchos habrían preferido a los comunistas.

Estratégicamente, la revolución iraní no podía haber ocurrido en peor momento. 1980 sería un año electoral en Estados Unidos y además la guerra de Vietnam aún estaba fresca en las memorias. Con Europa no había que contar. Todavía existía el Pacto de Varsovia y la OTAN, que aún no había perdido su razón de ser, no buscaba meterse en extraños líos fuera del continente europeo. Los ejércitos de los países ribereños del Golfo tampoco estaban para muchas alegrías: pequeños, dotados a menudo de más material moderno del que saben utilizar y compuestos por oficiales que ven su puesto como una agradable sinecura, más que como un cometido guerrero. Si los ayatollahs iraníes decidían pasar de las soflamas verbales a los estacazos, no estaba muy claro lo que podría ocurrir. O tal vez sí que estuviera muy claro: en la segunda mitad de 1979 se produjeron revueltas shiies en la provincia saudí de Hasa y en Bahrein, mientras que en Kuwait ocurrían actos terroristas y circulaba propaganda sediciosa. Afortunadamente, Saddam Hussein, que había accedido a la presidencia de Iraq el 16 de julio de 1979, vino a salvarnos.

Tengo un libro de la editorial británica Osprey, que se titula The Iran-Iraq war 1980-1988, cuyo autor es un tal Efraim Karsh. Resulta interesante porque, aunque está editado en 2002, presenta una visión de la guerra en la que Saddam es el bueno de la película. Me ha sorprendido que, después de lo que ha llovido, alguien siga manteniendo la misma imagen que nos vendían los medios de comunicación en los ochenta. Tal vez el bueno del profesor Karsh sea un eremita, absorto en sus estudios, y no haya leído un periódico como poco desde agosto de 1990.

Según el profesor Karsh, la guerra entre Iraq e Irán, que inició Saddam Hussein en septiembre de 1980, fue esencialmente un movimiento de autodefensa ante la sedición que el régimen islámico iraní estaba extendiendo entre la mayoría shií de Iraq e incluso entre los kurdos. De hecho, Saddam hubiera preferido aprovechar la bonanza petrolífera de 1979-80 para desarrollar el país y mejorar el nivel de vida de la población y no para lanzar una guerra. Suena bonito, pero no sé por qué me resulta más convincente lo que Said K. Aburísh cuenta en el libro The House of Saud: tanto Estados Unidos como Arabia Saudí tenían pánico de los efectos que podría tener la revolución iraní sobre la región y pensaron en alquilar al mamporrero iraquí para que los protegiera. Aburish afirma que hubo incluso un acuerdo secreto por el que los saudíes se comprometían a entregarle a Saddam toda la asistencia financiera que necesitase. El negocio parecía redondo: le iban a pagar para que matonease a un vecino molesto, en una guerra que se prometía corta y victoriosa.

Porque ésa era otra; se ve que los analistas que predijeron el resultado del ataque iraquí contra Irán en 1980 debieron de ser los mismos que auguraron una ocupación tranquila de Iraq por los estadounidenses en 2003. Las expectativas eran que Iraq barrería sin problema a los iraníes, que habían dedicado los últimos meses a purgar y ejecutar a los oficiales del antiguo Ejército del Shah y a dejar que el polvo del desierto se amontonase sobre unos aviones para los que, en todo caso, ya no podían comprar recambios, porque sus proveedores les habían cerrado el grifo. Es más, muchos esperaban que bajo el peso de las derrotas militares, el régimen del ayatollah Jomeini se derrumbase en pocas semanas. Como para preguntarles quién va a ganar la Liga.

La guerra comenzó bien para los iraquíes, pero hubo dos sorpresas desagradables: los iraníes se defendían como leones, haciendo que cada conquista fuera a costa de muchas bajas, y el régimen de Jomeini no cayó. En lugar de un conflicto breve y victorioso, a partir del verano de 1981, Iraq se encontró adoptando el papel de defensor en una lucha que empezaba a parecerse cada vez más a la guerra de trincheras de 1914-18.

Durante esos años de guerra de trincheras, Saddam siguió siendo el bueno de la película, aunque a veces sus aliados tuvieran que dislocarse el cuello de tanto girar la cabeza para no ver los verdaderos colores de Saddam. Se le perdonó que uno de sus aviones bombardeara por error un destructor norteamericano en 1987 y matara a 37 marineros. Se hizo la vista gorda ante el uso de armas químicas por los iraquíes (es posible que las ofensivas iraníes hubieran sido victoriosas si no hubieran intervenido las armas químicas iraquíes). Incluso el asesinato con gases de entre 5.000 y 10.000 kurdos en marzo de 1988, sólo llevó a que Occidente le diese un pequeño capón en la cabeza a ese dictador que no era malo, sino solamente un poco bruto.

Aburish apunta que tanto EEUU como Arabia Saudí deseaban que la guerra Irán-Iraq terminase en tablas o, como él dice: «Que Allah derrote a Jomeini, sin que Saddam salga victorioso». Me parece muy verosímil. Una victoria iraní hubiera sido un desastre: revoluciones shiíes en toda la región, difusión del islamismo radical… Una victoria iraquí sólo hubiera resultado marginalmente mejor. Un Iraq socialista, nacionalista y victorioso, convertido en potencia regional tampoco era algo que despertase grandes alegrías. Una prueba de que Aburish no anda desencaminado es el extraño asunto del Irangate. Para explicar de una manera sencilla el embrollo: Estados Unidos proporcionaba secretamente armas a Irán por medio de Israel; Arabia Saudí financiaba la operación y con los beneficios obtenidos el Ejecutivo norteamericano financiaba ilícitamente a la contra nicaragüense. Con amigos así, quién necesita enemigos, ¿verdad Saddam?


La guerra Irán-Iraq terminó en agosto de 1988 en tablas: ambos países acordaron el regreso al status quo anterior a septiembre de 1980. Saddam, de cara a su pueblo, se proclamó vencedor. Una victoria muy extraña: 200.000 iraquíes habían muerto y otros 400.000 habían muerto (dejo a JdJ que haga los cálculos de qué porcentaje representa eso en una población de 17 millones de habitantes, pero me parece que el resultado es apreciable), el país había acumulado deudas por importe de 50.000 millones de dólares con Kuwait y Arabia Saudí para sufragar la guerra, las importaciones de bienes civiles disminuyeron un 50% entre 1982 y 1987. Todos esos sacrificios habían servido para conseguir… nada.

Fue entonces cuando Saddam se convirtió en el malo de la película. Para aquéllos que gusten de conspiraciones maquiavélicas, voy a contar la historia siguiendo a Aburish.

Aburish afirma que tras la guerra a Saddam le buscaron las cosquillas y le pusieron contra las cuerdas. Justo en un momento en el que el Iraq endeudado dependía enormemente de su petróleo, Kuwait excedió su cuota de la OPEP, aumentando su producción de petróleo a partir del yacimiento de Rumailla, que está en la frontera entre los dos países y es una causa tradicional de controversia. Con esta medida, Iraq perdía del orden de los 4.000 millones de dólares anuales por ingresos del petróleo. Para más inri, Kuwait empezó a insistir en el pago inmediato de los 8.000 millones de dólares que le debía Iraq ¿Por qué Kuwait se enemistaba de esta manera con Iraq, en unos momentos en los que el dinero le salía por las orejas (las Torres de KIO en Madrid y el financiero De La Rosa pueden dar fe de que si algo no necesitaba Kuwait en esos momentos era más dinero)? Aburish no da una respuesta clara, aunque apunta varias pistas: el temor a Saddam y el deseo de reducir su poder; el intento de desviar la atención para que no saliera a la luz el apoyo que Iraq había recibido de Arabia Saudí y de Estados Unidos durante la guerra. Reconozco que Aburish llega a convencerme de que algo huele a podrido en este embrollo, pero me fallan las motivaciones: Saddam había quedado bastante debilitado con la guerra y había otras maneras de desviar la atención menos peligrosas.

La tensión entre Iraq y Kuwait se prolongó durante dieciséis meses y aquí llegamos a una parte de la historia que me fascina. El 25 de julio de 1990, Saddam Hussein llamó a audiencia a la embajadora de Estados Unidos en Bagdad, April Glaspie, para sondearla sobre cuál sería la postura de EEUU en caso de un conflicto entre Kuwait e Iraq. La respuesta fue que EEUU podía vivir con un barril en torno a los 25 dólares y que el conflicto fronterizo entre los dos países era un asunto interno árabe en el que EEUU no deseaba interferir. Saddam tomó el encuentro, al que siguió una carta amistosa del Presidente Bush (padre) dos días después, como una luz verde a la invasión de Kuwait. Ahora vienen las preguntas interesantes: Glaspie pensaba que la había llamado a audiencia el Ministro de Asuntos Exteriores, Tarek Aziz, y se encontró con el propio Saddam. ¿De verdad pensaba que la habían convocado, y esta vez nada menos que el propio Saddam, para contarle por enésima vez lo malos que eran los kuwaitíes? ¿Tan inútil era que no vio que Saddam estaba sondeándola y mandándole señales de que sus intenciones podían ser un pelín belicosas? ¿Es posible que un viejo zorro como Saddam malinterpretase (versión de Efraín Karsh) la respuesta cortés de Glaspie y tomase por una luz verde lo que no era más que una manera de quedar bien sin comprometerse a nada? Dado que Glaspie debió informar inmediatamente al Departamento de Estado de su encuentro con Saddam, ¿a nadie se le encendió una bombillita de que algo gordo se preparaba?

Como quiera que fuese, el 2 de agosto de 1990 Saddam invadió Kuwait y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Me gustaría terminar con una reflexión: Saddam era un dictador brutal, de tendencias socializantes, nacionalistas y laicas. Lo irónico del asunto es que para Occidente posiblemente fuera uno de los interlocutores más fiables en la región. Desde luego había más puntos ideológicos en común con él que con los ayatollahs iraníes, con los monarcas saudíes o con los islamistas. Cierto que su record de Derechos Humanos era pésimo. ¿Qué hubiera debido hacer Occidente a este respecto? No sé. Tal vez habríamos podido preguntárselo a Pinochet.

lunes, abril 02, 2007

Los libros de Inasequible

Pues, como era previsible, Inasequible ha leído mi post sobre los libros de Historia recomendados y no ha podido resistir la tentación de escribir el suyo y solicitarme que lo cuelgue de la ventaja para pública notoriedad. Yo lo hago con gusto; hoy lunes tocaba escribir del Alcázar de Toledo, pero es cuestión que bien se puede quedar para dentro de un par de días.

Vayamos, entonces, con las recomendaciones de Ina el cual, fiel a su espíritu por cierto, hace trampa, porque no os habla sólo de libros de Historia de España. Pero ya me desquitaré yo oportunamente.

Vamos allá, pues.

Como lector soy anárquico. Paso de leer Kim de Kypling a leer un libro sobre el FMI y a continuación uno sobre el faraón Ajenatón. Desde luego he leído muchísima menos Historia de España que JdJ y la que he leído lo he hecho de una manera menos sistemática.

Mi lista de libros de Historia de España, que realmente recomendaría, se reduce a tres:

- La Conquista de México, de Hugh Thomas. Está escrita con el mismo cuidado que puso en La Guerra Civil Española. Creo que con eso lo digo todo.

- El Conde-Duque de Olivares, de J.H. Elliott. Prolijo y entretenido. Sólo le critico la estructura, que a veces se hace un poco confusa. Posiblemente la riqueza del tema haya impedido que fuera de otra manera: ¿qué criterio seguir para contar temas tan diversos, pero al mismo tiempo tan interrelacionados como las reformas financieras, la guerra hispano-holandesa, las relaciones con Francia y la crisis de Mantua?

- La Guerra Civil Española, de Hugh Thomas, que hace doblete en mi lista. No he visto ninguna otra Historia de la Guerra Civil que le llegue a la altura. Últimamente, para quedar a la altura de JdJ, he releído partes y he encontrado que se ha quedado un poco anticuada. Cosas que Hugh Thomas decía en los sesenta y eran novedosas, ahora son conocimiento corriente (salvo para Pío Moa) y ya no llaman tanto la atención. No obstante, creo que hay puntos en los que la historiografía ha avanzado y ve las cosas de una manera diferente.

Resulta chocante que los tres libros relacionados con la Historia de España que más me han gustado provengan de la pluma de anglosajones y no de españoles. Tal vez sea que todavía no me haya encontrado a un historiador español capaz a la vez de manejar con rigor las fuentes y escribir de manera amena. Parecería que entre nosotros, cuando más riguroso el libro de Historia, más árido de leer. Por cierto que a Pío Moa se le lee de un tirón, ergo…

Otros libros de Historia que me han gustado, aunque no estén relacionados con la Historia de España, y que recomiendo (los escribo en el idioma en el que los leí, porque no estoy seguro de si están traducidos al español):

- Europe’s last summer, de David Fromkin. Cuenta la sucesión de errores y malentendidos que en el verano de 1914 acabaron llevando a la I Guerra Mundial. Frente a la opinión generalizada de que la Guerra fue casi un accidente provocado por unos planes de movilización muy rígidos, que hicieron que los militares dominaran sobre los diplomáticos, Fromkin defiende que la Guerra, que hubiera podido perfectamente evitarse, fue en buena medida provocada por los generales alemanes, que creían que era ineludible una guerra con Francia y Rusia y pensaban que el equilibrio de fuerzas en 1914 les era más favorable de lo que les sería en unos pocos años.

- The Third Reich in Power de Richard J. Evans [Nota de JdJ: el libro de Evans editado en español es el anterior: La llegada del Tercer Reich: el ascenso de los nazis al poder, en Editorial Península]. Evans no se limita a narrar los acontecimientos políticos de la Alemania nazi anterior a la II Guerra Mundial, sino que analiza lo que implicó el régimen nazi en los campos de la cultura, la economía, las ciencias, las leyes…

- Sowing the wind de John Keay. Es un relato de cómo Gran Bretaña, con un poco de ayuda de Francia, consiguió que Oriente Medio se convirtiera en el berenjenal que es hoy en día. Los ingleses tienen una palabra para describirlo y Keay la utiliza en el subtítulo: The mismanagement of the Middle East 1900-1960. Los españoles tenemos otra palabra más expresiva: “La gran cagada”.

- The Yamato Dinasty, de Sterling y Peggy Seagrave. Es un relato despiadado de la Casa Imperial japonesa y los círculos de palacio desde la Revolución Meiji. Es especialmente interesante la parte referente a la ocupación norteamericana tras la II Guerra Mundial. A diferencia de lo que ocurrió en la Alemania nazi, se recurrió a unos cuantos cabezas de turco, que pagaron el pato de un expansionismo en el que toda la élite, empezando por la familia imperial, había estado de acuerdo.

- A History of Cambodia, de David Chandler. Camboya es uno de mis países favoritos, a pesar de la mala rima que tiene su nombre. Si a eso le sumamos que David Chandler es un gran historiador…

- The Civil War, de Bruce Catton. Es un relato de la Guerra de Secesión norteamericana. Me gustan los libros de guerras, cuando introducen el elemento político y muestran cómo a veces en las guerras los que mandan menos son los generales.

viernes, marzo 30, 2007

Libros de Historia

Pedro Liarte nos escribe preguntándonos si podemos recomendar algún libro de Historia Contemporánea de España. No he acordado este post con Inasequible, así que lo que viene detrás son apreciaciones meramente mías.

Quiero dejar clara una cosa por adelantado. Mi visión de la historiografía está muy lejos de ser la misma que tengo de cualquier ciencia. En el caso de la literatura científica, supongo que no tiene mucho sentido tratar de aprender física leyendo libros de física de hace cien años, porque el científico es un conocimiento sedimentario; uno se apoya sobre otro y, apoyándose, lo supera.

Hay muchas personas, y yo he sido una de ellas durante mucho tiempo, que piensan que con la Historia pasa lo mismo. Y, en parte, es así. Por ejemplo: en tiempos de Howard Carter (el descubridor de la tumba de ese faraón de medio pelo llamado Tuthank Amon), para conocer la distribución de una tumba real egipcia no había más huevos que abrirle los sellos y entrar en ella. Sin embargo, si hoy se descubriese una tumba faraónica intacta, esto no sería estrictamente necesario. Dependiendo de cómo estuviese hecha la tumba, se podrían introducir microcámaras, usar rayos x o historias de ésas, lo que permitiría observar un entorno funerario con escasa o inexistente contaminación de modernidad. Incluso podría estudiarse la tumba sin abrirla jamás. Con las mismas, hoy se podría, cuando menos en teoría, fijar el origen genealógico de una momia mediante análisis de ADN que ayer por la tarde no existían.

Hay porciones de la Historia, por lo tanto, que ganan con el tiempo. Porciones de la Historia en las que tiene su sentido decir: si el libro 1 es del 2006 y el libro 2 es del 2005, entonces el libro 1 tiende a ser mejor que el 2. Pero no es el caso de aquello por lo que nos pregunta Pedro, es decir la Historia moderna.

Hay elementos de la Historia moderna sobre los que disponemos de un caudal de documentación tan enorme que los estudios que se han hecho sobre ellos pocos años después de producidos los hechos no adolecen en modo alguno de incompletitud. O sea: si un hipotético historiador hubiese querido hacer un estudio sistemático de la Inquisición Española en, digamos, 1670, no habría tenido acceso a la documentación que pudo tener un Henry Kamen para escribir su libro, porque en aquel entonces la Inquisición todavía tenía poder para ocultar sus procesos. Sin embargo, las personas que escribieron sobre la Alemania de Hitler en los años cincuenta y sesenta, apenas diez o quince años después de producidos los hechos disponían, por mor de los procesos de Nuremberg y otras iniciativas, de un caudal de documentación muy parecido al que tenemos hoy en día.

Por esto, honradamente le recomiendo a una persona que se quiera acercar a la lectura de aspectos de la Historia, en este caso, de España, que no olvide a los clásicos. Porque son clásicos por algo y porque los estudios modernos, no por modernos son mejores.

Hecha esta digresión, voy con dos o tres recomendaciones.

Personalmente, creo que para alguien que esté dispuesto a leerse varios cientos de páginas que le barnicen su conocimiento sobre la Historia reciente de España debe leer el libro de Raymond Carr, España 1808-1975, editado por Ariel. Es un libro denso y bastante largo, pero el lector puede saltarse partes. Ya que Carr trata de hacer una descripción total de la Historia de España, toca todas las teclas, es decir los hechos políticos, los económicos, los sociales, o los culturales. El lector puede, por lo tanto, saltarse aquellas partes que, por alguna razón, no le interesen. Es un excelente libro de lectura y, posteriormente a ésta, se vuelve a él muchas veces para consultar detalles.

De los historiadores españoles mi preferido es Jaume Vicens Vives. Aparte de la larga escuela de historiografía que creó (en buena parte nucleada en la editorial que lleva sus apellidos), su Aproximación a la Historia de España me parece un libro de lectura muy interesante y fresca, aunque ya tenga 55 años. El punto de vista de Vicens fue una Historia muy ligada a los hechos económicos y sociales.

¿Que si he leído libros sobre la guerra civil? Sí, los he leído. Pero considero que el buen libro, completo y equilibrado, sobre la guerra, aún no se ha escrito. El libro de Hugh Thomas fue un loable intento, y es lectura recomendable porque su autor, además, sabe escribir con agilidad. No obstante, la mayoría de los libros descriptivos de la guerra suelen responder a una estudiada selección de fuentes. Dado que sobre la guerra se ha publicado tanto, es perfectamente posible escribir un libro sobre la guerra civil que lleve un apéndice bibliográfico de cien o doscientas referencias, y no moverse ni un ápice de un punto de vista concreto, sea éste profranquista, marxista, ácrata o mediopensionista. Y es lo que hace buena parte de los autores que he leído.

Quizá, a quien quiera empezar, le recomendaría que se hiciese con las memorias de Julián Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles. Yo tengo la edición hecha en París en 1940 pero, según el ISBN, está editada por Tusquets en el 2001. Todo el mundo o casi todo el mundo está de acuerdo en que son unas memorias muy equilibradas, y además os servirán para tener una pintura general de la guerra civil.

Sobre aspectos concretos de la Historia moderna de España hay libros interesantísimos. Sobre Falange, por ejemplo, hay un libro de Sheelagh Elwood, Prietas las filas (Grijalbo), que a mí me parece muy interesante; en los últimos tiempos un historiador catalán, Joan María Thomas, está haciendo aportaciones también muy valiosas. En el otro lado del espectro, sobre el comunismo hay un libro muy interesante, Grandeza y miseria del Partido Comunista de España, obra de Gregorio Morán, pero por delante os digo que es un libro bastante raro y difícil de conseguir. Los admiradores de Riego no debéis perderos los trabajos de Alberto Gil Novales sobre el trienio liberal, es decir el comienzo de la lucha interna en España por la democracia. Otro historiador interesante es Carlos Seco Serrano, especialmente los libros escritos, alguno de ellos en colaboración con Javier Tusell, sobre el reinado de Alfonso XIII (o sea, la fase final de la Restauración).

Con la II República española pasa un poco como con la guerra civil. Como dice precisamente Seco en su introducción a un librazo de Tusell (Las elecciones del Frente Popular, editada por Cuadernos para el Diálogo; una obra fundamental para la sociología de la República), la República es un hecho histórico en que las dos posiciones del historiador molestan. Si vivió aquellos años, malo; si no los vivió, también malo. En el primero de los casos, el historiador tiende a tener visiones muy parciales y partidistas; en el segundo, el historiador, en la medida que se deja influir por ese sectarismo de base, tiende a tener visiones completamente distorsionadas. Honradamente, creo que con los tiempos republicanos no hay más narices que leerse trabajos históricos con mucho sentido crítico, pero combinarlos con la lectura de testimonios directos, procurando, en todo caso, equilibrarlos. Aquí falta, también la realización de una obra comprensible y comprensiva que, a mi modo de ver, debería partir de la base metodológica de plantear el proceso que trae el franquismo como un proceso iniciado, como muy tarde, en 1909. La literatura más moderna sobre la república, basada en el moísmo (libros pro-Moa y libros anti-Moa), a mí me sirve de más bien poco.

miércoles, marzo 28, 2007

¿Para qué están las hemerotecas?

Supongo que alguno de los lectores de este blog que resida en España o vea el canal internacional de TVE habrá visto, en la noche del martes 27 de marzo, la entrevista del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, con 100 ciudadanos españoles, elegidos no sé muy bien cómo por alguna empresa demoscópica. Es la primera vez que se ha hecho en España este experimento modelo «ciudadanos de a pie entrevistando a político».

Por lo que he visto esta mañana, y ya me podía imaginar ayer al verlo, un de los detalles más famosos del programa es y será el del café. Un señor de 50 años, de Pamplona, se le quejó al presidente de lo mucho que le había jorobado la llegada del euro. Como quiera que el presidente contestó con vaguedades (un error por su parte; debería aprender que las respuestas deben ser proporcionales a la pregunta), el ciudadano, ni corto ni perezoso, volvió a coger el micrófono, se quejó de cómo habían subido los precios y, a bocajarro, le preguntó al presidente si sabe lo que cuesta un café hoy en España.

El presidente, tras dudarlo unos segundos, sentenció: 80 céntimos.

Hoy es el cachondeo de todas las cafeterías. La gente no quiere pagar más que 80 céntimos por los cafés, cuando es un hecho que valen un euro, o más; pero aducen, claro, que lo que dice el presidente, va a misa. Como le dijo al presidente el navarro: «ese precio que usted ha dicho es de los tiempos del abuelo Patxi».l

Pues bien: ¿cero para el presidente? No. Quien piense que una persona que es secretario general del principal partido de la oposición desde hace como diez años, y presidente del gobierno desde hace tres, haya tenido en los últimos diez años que echar la mano al bolsillo una sola vez para pagar un café, quien piense eso, digo, es que está tonto.

El cero es para sus asesores. Porque venían avisados.

Hace ya muchos años, tantos que no he conseguido encontrar evidencias en internet de lo que voy a contar, Jacques Chirac, entonces alcalde de París y aspirante a llegar donde llegó (a la Presidencia de la República) fue entrevistado creo que en una emisora de radio. La gente llamaba y preguntaba al señor alcalde. Y hubo un tipo que se limitó a preguntarle: señor Chirac, ¿podría decirme cuánto vale un billete de metro?

Chirac fue incapaz de dar una cifra. No lo sabía, y eso fue un problema de imagen para él, porque un alcalde de París que no sabe lo que cuesta moverse por París queda como un elitista soberbio.

Desde aquel día, todos los políticos bien asesorados que se presentan ante auditorios no profesionales (colegios, encuentros con corporaciones, tertulias electorales en los mercados, etc.) suelen llevar en la cabeza una batería de precios que les preparan sus asesores. Desde la anécdota Chirac, obligación número uno a la hora de preparar a un político que dice aquello de dejad que los votantes se acerquen a mí es conseguir que no le pillen en un renuncio. Y es relativamente fácil, porque nadie le va a preguntar a un político cuánto vale un billete de avión en clase turista de Madrid a Pekín con escala en Frankfurt (pregunta que se asemeja a la de la velocidad de la golondrina africana de Los caballeros de la Tabla Cuadrada); si cae la pregunta será sobre el precio de un café, o de un menú del día, o de un metrobus, o de un piso.

Ya sé que la Historia se considera disciplina inútil. Pero a veces resulta, más que útil, vital.

Lo dicho: cero zapatero para los asesores de patatero.

lunes, marzo 26, 2007

Los sucesos de Cullera

Comenzar agosto y pararse España ha sido así de toda la vida de Dios. Sin embargo, el 1 de agosto de 1911, hace pues ahora noventa y pico años, no fue tan tranquilo. Vivía entonces España uno de esos gobiernos desgraciados, relativamente comunes en nuestra Historia, incapaces de contentar a nadie: el gobierno del liberal José Canalejas. Ya sabemos cómo termina esta historia pues, algunos meses más tarde de lo que ahora relato, Canalejas sería muerto de un disparo a quemarropa en la madrileña Puerta del Sol. En parte, las incógnitas sobre la muerte de este primer ministro parten del hecho de que son varios, por lo menos dos, los bandos interesados en su muerte; pues Canalejas jodió por igual a derechas y a izquierdas. Teóricamente subido al poder para hacer una política anticonservadora, en parte la hizo con sus medidas anticlericales (o secularizantes, en nuestro punto de vista actual); pero también se dio cuenta, muy pronto, de que cuando se está en el poder es imposible entenderse con organizaciones obreras, algunas muy radicales, como los anarquistas y buena parte de los socialistas. En esos mismos meses que ahora se relatan había nacido la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, anarcosindicalista) y la UGT (Unión General de Trabajadores, socialista) estaba ya bastante implantada.

Fue un caso extraño porque las izquierdas (o sea, marxistas y republicanos) habían dejado vivir en relativa tranquilidad al anterior gobierno conservador de Antonio Maura y, cuando llegaron «los suyos», se cebaron con ellos. Es extraño, pero no imposible. En un pasado más cercano, encontramos que con ningún presidente del gobierno se llevó peor Nicolás Redondo padre cuando era secretario general de UGT que con… Felipe González.

Entre la actitud de aquella izquierda y la que le puso la proa a González con su reforma de las pensiones hay una diferencia; una diferencia que, no me cansaré de repetirlo, se empeñan en no ver quienes quieren oír en el presente los tambores de guerra civil: la acción revolucionaria. La respuesta de las izquierdas a un gobierno liberal que no les daba todo lo que querían no fue combatirlo en el Parlamento, sino en la calle. Agosto de 1911 fue el aperitivo.

En la noche del 1 al 2, se produjo un motín en una fragata llamada Numancia, surta en Tánger con funciones de guardacostas. Fue una acción revolucionaria que actuaba en el mismo centro del orden constitucional, es decir las fuerzas del orden. Así pues, el gobierno no flaqueó. El día 9 (eso sí que era justicia rápida), cinco tripulantes de la fragata fueron juzgados y condenados a muerte. Cuatro de ellos fueron indultados pero el quinto, el fogonero Antonio Sánchez Moya, fue fusilado.

A partir de ahí, se montó la mundial.

La provincia de Cádiz paró casi totalmente. El día 27 hubo una manifestación bastante violenta en Barcelona, seguida de un mitin libertario en el que habló un seudolíder ácrata, Cristóbal Litrán, miembro de la Escuela Moderna de Francisco Ferrer, el mártir de la Semana Trágica de Barcelona. Con todo, España estaba a medio gas. La cosa esperó hasta septiembre pero, una vez pasado el verano, estalló. Especialmente en Bilbao.

A principios de mes, se declararon en huelga los carreteros (o sea, los camioneros de la época). Se le fueron uniendo gremios hasta que el personal de Altos Hornos de Vizcaya decidió unirse. El 11 de septiembre se declaró huelga general en toda la cuenca.

El Gobierno declaró el estado de guerra y llegó a militarizar a algunos obreros (la llamada Ley del Brazalete). Se suspendieron las garantías constitucionales. Incluso Pablo Iglesias subió al mismo Bilbao por ver de amansar las cosas. Lejos de eso, la huelga se extendió, en los días siguientes, a Asturias, Zaragoza, Málaga, La Coruña, Santander, Sevilla, Huelva, Gijón, Ferrol y Barcelona. El 18 de septiembre, la UGT declara la huelga general en todo el país.

En este ambiente de huelga generalizada ocurrieron los sucesos de Cullera, que dan título a este post.

El 18 de septiembre, llegan a Valencia noticias de los hechos más caóticos en diversas poblaciones de la provincia. El juez de instrucción de Sueca, López de Rueda, se desplaza a Cullera para instruir un sumario sobre los hechos. Antes de entrar en el pueblo, el juez y sus acompañantes fueron rodeados por diversas turbas, que reclamaban la libertad para quienes ya habían sido presos. Según las crónicas de la época el juez, con un par, les hizo frente con un revólver… pero sin la guardia civil, porque ésta estaba concentrada en Valencia capital. De esta guisa, más propia de Gary Cooper que de un funcionario de Justicia, entró en el pueblo, mientras cada vez se juntaba más gente y las mujeres gritaban: «¡Matarlo, arrastrarlo!»

Aún temerosos del revólver del juez, los amotinados estaban cada vez más cerca y, finalmente, uno de ellos sacó la navaja y le asestó una puñalada al escribiente del juez, a la altura de la clavícula pero por la espalda. El juez cargó con su funcionario y comenzó a buscar una casa donde refugiarse; sólo una, la residencia del juez municipal, le abrió la puerta.

Una vez que dejó allí al escribiente, el juez López de Rueda se dirigió al edificio del Ayuntamiento de Cullera, desde cuyo balcón trató de hablar al pueblo para tranquilizarlo. Pero no lo consiguió, pues sus palabras fueron acalladas por las pedradas y los insultos.

Tarde se percató el juez de lo inútil de su gestión. Se parapetó dentro del Ayuntamiento pero, para cuando hizo eso, las turbas ya estaban intentando tirar la puerta del edificio a hachazos.

La escena era lo suficientemente violenta como para que todo el mundo mínimamente relacionado con la autoridad sintiese miedo de su integridad física. Eso le pasó al alguacil del Ayuntamiento cullerense, un hombre ya viejo el cual, viendo ya perdidos a quienes se quedasen en el edificio del Consistorio, resolvió huir corriendo hacia el río cercano, el Júcar. En su persecución, los amotinados le hieren de un balazo, pero el alguacil, aún así, sigue corriendo y se tira al río. Pero avanza poco, y sus perseguidores pronto le rodean en la orilla.

El alguacil ruega por su vida.

Lo matan a palos, a pedradas, lo cosen a puñaladas.

Son las dos de la tarde. El juez, preso en el Ayuntamiento, decide apostar una última carta por su vida. La avalancha de amotinados está a punto de romper la puerta. Él espera a mitad de la escalera, con el revólver en la mano.

Suena un tiro.

En una de las piernas del juez, estalla una rosa roja. Le han dado. Los amotinados no son tontos y no han querido exponerse a que el juez muriese matando.

Su señoría retrocede, reptando. Llega a un salón de la planta alta donde se encuentra el secretario del Ayuntamiento y un niño. Juez y actuario resuelven que no pueden dejar morir al infante. Le obligan a esconderse debajo de un diván, y, luego, el juez se dirige a la puerta, la abre, y allí mismo recibe la muerte, como el alguacil, a hostias, a puñaladas, a golpes, a patadas, a pedradas, a hachazos. Arrastran el cadáver escaleras abajo. Cuando fue recuperado, su estado era tal que fue imposible hacerle la autopsia.

Dentro del salón queda el secretario. Rodeado de amotinados, los mira, tembloroso, y murmura:

‑Me entrego a vosotros, no me hagáis daño. Soy un pobre que no hizo nada más que cumplir con su deber. Perdonadme la vida.

Silencio. Parece que el indulto llegará. Hasta que da un paso adelante el líder de los amotinados, otro más de los grandes nombres de ese anarcosindicalismo primario y rural que algunos (pocos, cierto es) quieren ver tan heroico. Es el Chato de Cuqueta y lleva una piedra en la mano. De un gesto se la estampa en la cara al funcionario, vaciándole un ojo. El hombre cae, y en la caída ya le están abriendo decenas de heridas en la piel.

Hubo 22 procesados por estos hechos. Un mes después, el 25 de octubre, ya estaban denunciando malos tratos en la cárcel, acusación de la que se hicieron eco los diputados republicanos Lerroux, Azzati y Barral. Una comisión nombrada por el Parlamento, presidida por un catedrático valenciano de apellido Machi, dictaminó la inexistencia de malos tratos. Lo cual no paró las denuncias en la prensa de izquierdas.

Siete de los participantes en estos sucesos fueron condenados a muerte. Siete. Seis fueron inmediatamente indultados. Sólo quedó el Chato de Cuqueta. Pero éste también sería finalmente indultado y, sinceramente, desconozco qué fue de él.

Cuando uno lee historias y reseñas, alcanza a leer, a veces, descripciones de los sucesos de Cullera. Pero nadie, jamás, las asume. Nadie, jamás, dice: «los míos hicieron esto». Los sucesos de Cullera, población que hoy es un bellísimo pueblo turístico en el que no pocos madrileños moran sus noches agosteñas, no los quiere recordar nadie, menos aún reivindicarlos. Y eso no está bien (me refiero a olvidarlos). Por muchas razones pero, sobre todo, por una fundamental: recordar los sucesos de Cullera nos ayuda a entender que los españoles tenemos, o tuvimos que no sé, un punto en el que nada, absolutamente nada, nos paraba. En el que no había autoridad que mereciese respeto ni argumento que pudiera ser escuchado. Hecho éste que tiene su contraargumento, a mi modo de ver, y es éste: no hay injusticia social, no hay bandera, no hay idea; no hay nación ni misión ni himno ni protesta tan valiosa que valga el tembloroso pánico de un niño, bajo un diván, llorando, meándose, pidiendo por su vida y viendo morir, por una rendija, a sus seres queridos, como cerdos en día de San Martín.

No he conseguido encontrar en la prensa de la época referencias a ese niño. No sé si se salvó; si el Cuqueta le vio, le creo capaz de apiolárselo. Viviera o muriera, en su memoria he querido escribir estas líneas.

Nunca mais, por supuesto.

viernes, marzo 23, 2007

El nacimiento de las Juntas de Defensa

Cuando un ejército decide jugar a gobernar, lo puede hacer de dos formas. Una, directa, es bastante conocida: la dictadura militar. La otra se basa en tutelar a quien gobierna y conforma, por lo tanto, una democracia vigilada.

Durante mucho tiempo, y no sólo el franquismo, el ejército español ha tenido un papel fundamental en la política. Desde luego, como origen de los movimientos de uno u otro signo, pero también, una vez que éstos cuajaron, como gran tutor de los gobiernos. Con ser esto normal en la Historia de España, y excepción hecha del franquismo que fue una dictadura militar, quizás el episodio de la vida de España en el que el poder del Ejército, poder tutelar, sobre el gobierno, fue más fuerte, fue el periodo de las Juntas Militares de Defensa. La historia de su nacimiento tiene su miga y, puesto que hoy en día no se suele contar, aquí os la quiero dejar; entre otras cosas porque, a mi entender, el conocimiento de los golpes de Estado dados contra el poder constituido en España no está completo sin saber de este episodio. Espero que, al final de este post, hayáis llegado a la conclusión de que merecía la pena leerlo, como yo creo que merece la pena escribirlo.

El ejército, como institución, ha cambiado mucho a lo largo de la Historia, de España como de otros países. El ejército medieval era una especie de compendio de pequeños ejércitos formados por siervos y mercenarios de distintos señores feudales. La huella del feudalismo permaneció bastante clara en los ejércitos renacentistas y barrocos, cuyos generales eran, casi sin excepción, personas de noble casta. El ejército de aquella época es un ejército mercenario, en ocasiones rabiosamente mercenario como es el caso de los tercios que por España lucharon en Flandes, y que fueron capaces de levantar asedios por el simple hecho de no haber cobrado a tiempo.

Todavía la guerra de la independencia española frente al pérfido francés se sustantivó contra regimientos comandados por condes, duques y príncipes de sangre azul franca. Pero en el propio ejército español, siendo como fue aquella una guerra de raíz eminentemente popular, las cosas estaban cambiando. Se estaba larvando el embrión de ejércitos profesionales, interclasistas, que ofrecían a cualquiera la oportunidad de ingresar en ellos, ser un buen militar, y medrar hasta lo más alto. Ejemplo de lo que he dicho es el Príncipe de la Paz o de Vergara, Baldomero Espartero, un soldado raso que a fuerza de inteligencia y decisión llegaría a general e, incluso, alcanzó el punto más alto de la fama y el honor cuando, tras la Gloriosa, hubo quien le ofreció ocupar el trono de España. Así pues, la diferencia que viene a introducir el siglo XIX es que cualquier puto mono podía ser general si valía para ello.

Esta imagen idílica, sin embargo, presentaba sus problemas. En el ejército decimonónico había, como he insinuado, dos vías, no una, de llegar al generalato: una era ingresar en una academia militar, ingresar en la corporación militar por lo tanto; y la otra era ascender desde la clase de tropa, lo cual significa acumular méritos de guerra (pues es la forma de ascender desde tan abajo). A España, en aquellos años que van desde la primera guerra carlista hasta la guerra de Marruecos que se terminó en 1926, no le faltaron hechos de guerra para que esa clase de tropa se foguease y consiguiese, como canta la bella zarzuela, los entorchados de brigadier.

Esta doble vía sentó las bases de un enfrentamiento que, en puridad, no desaparecería del todo hasta la guerra civil: el enfrentamiento entre burócratas y africanos: unos, militares de academia y cuerpo, defensores del rígido escalafón como forma de ascenso (o sea, hay una lista por antigüedad, y asciende el primero de la lista); y otros, fogueados en las guerras de España, notablemente en las de Marruecos, defensores de que quien debe ascender es quien mejor sabe guerrear, o sea el que más hostias se ha dado en las trincheras.

Aunque la división es muy cruda e injusta, se podría decir que el principal núcleo de burócratas se concentró, desde los inicios del enfrentamiento, en los llamados cuerpos facultativos, que eran Artillería e Ingenieros; ambos, cuerpos del ejército en los que eran necesarios conocimientos muy específicos, pues un buen artillero ha de saber de física y de química, y los ingenieros de sus cosas. Los más partidarios de los méritos de guerra se situaban en las armas llamadas generales, infantería y caballería, que son las que suelen ir al merdé cuando hay leches. Esta división básica fue incluso intensificada por los propios cuerpos facultativos puesto que, durante décadas del siglo antepasado, funcionó entre artilleros e ingenieros el compromiso moral de renunciar a los méritos de guerra. Esto es: cada vez que un artillero o ingeniero era ascendido por méritos de guerra, renunciaba a dicho ascenso, cambiándolo habitualmente por una condecoración, para así conservar la pureza de los ascensos por escalafón; actitud ésta que provocó que los ascendidos por méritos de guerra tendiesen, obviamente, a integrarse en otras armas. Un interesante reformador militar hoy olvidado, el general Manuel Gassola, fue el primer ministro que, en 1887, trató de acabar con estas prácticas extrañas, aunque con no mucho éxito. Lo que sí ocurrió, con rapidez, es que las distintas guerras en que se fue embarcando España (Marruecos, Filipinas, Cuba) fueron generando más y más oficiales por méritos de guerra; la conservación de la doble vía de ascenso, escalafón y guerra, fue la que provocó que, durante la primera mitad del siglo XX, el mal endémico del ejército español fuese la inflación de oficiales o, como decimos hoy, mucho jefe para poco indio.

En 1914, por lo tanto, ésta era la situación del ejército español: tenía inflación de oficiales, también un montón de puestos burocráticos, y un ejército en guerra en el cual algunos militares, entre ellos Francisco Franco, comenzaran una imparable carrera de ascensos por méritos bélicos. En dicha fecha de 1914, el conde del Serrallo, ministro de la Guerra en el gobierno del conservador Eduardo Dato, hizo patente su preocupación por las consecuencias que aquella molicie tenía a la hora de tratar de ganar la guerra colonial. Le preocupaba que el nivel de los oficiales que se enviaban a Marruecos fuese tan bajo, y pensó soluciones posibles para elevarlo. La que encontró fue endurecer el ascenso a oficial, dictando una serie de normas sobre requisitos que debería cumplir el militar ascendido; normas que, a decir de Emilio Mola, el general golpista que acompañó a Franco en la aventura del 36 y que tuvo una larga producción literaria, «cayeron en el Ejército como culebrón en charca de ranas».

El gobierno cambió el 9 de diciembre de aquel mismo año. Subió al poder el conde de Romanones, liberal, quien nombró ministro de la Guerra al general Agustín Luque y Coca (que es, por cierto, el inventor del servicio militar obligatorio en España); pero éste encontró las ideas de su antecesor muy puestas en razón, motivo por el cual decidió mantenerlas. Eso sí, tratando de quitarse de encima el marrón de tener que calificar los ascensos, dejó esta labor en manos de los capitanes generales de las plazas.

Era capitán general de Cataluña, entonces, el general Felipe Alfau Mendoza, el cual, cuando recibió las órdenes de Madrid, resolvió aplicarlas con excesivo afán y, haciendo uso de sus prerrogativas, dictó unas pruebas para el ascenso que eran, a decir de los contemporáneos, un insulto a los militares que tuvieran que pasarlas. A pesar de que Alfau fue prevenido de lo incómodo de su política, procedió con ella y, algunas semanas después, resolvió «examinar» a un teniente coronel y dos comandantes.

El «examen», consistió en que los candidatos mandasen por turno las evoluciones de un batallón que formó en el entonces llamado Campo de Galvany, en la Diagonal; y se le dio publicidad para que acudiese público. Los militares aprobaron, claro. No iban a aprobar. Yo no soy militar y, aún así, sé gritar perfectamente ¡AAAAAArmas al hombro!, o ¡Descansen!

A los ociosos espectadores barceloneses aquello les pareció chusco, así pues se burlaron con evidencia del examencito y de los examinandos. Sin embargo, a Alfau le debió parecer que había obrado de puta madre, pues maquinó la posibilidad de hacer algún examen más, para lo cual decidió seleccionar como candidato a mandos de Artillería.

Ay, amigo Sancho. Con la Iglesia hemos topado.

Ya lo hemos dicho. Cuando menos en aquel entonces, para arma corporativa, pagada de sí misma, orgullosa de su nivel, despreciativa del resto de las armas, el arma de Artillería. ¿A ellos, con vergonzosos y estúpidos examencitos públicos? Le montaron al capitán general un pollo de tal calibre que hasta Alfau, que como vemos no debía de ser hombre de muchas luces, cedió. Pero cedió a medias; fracasado el intento con los artilleros, la tomó con el personal destinado en las cajas de reclutas.

A los militares de Infantería, visto lo visto, les empezó a dar la impresión (cierta) de que, dado que Alfau no se atrevería con las armas más elitistas, les tocaría a ellos pagar el pato. Así pues el capital Emilio Guillén Pedemonte, de la dicha arma, comenzó a maquinar contactos con compañeros, inicialmente para defenderse frente a los exámenes, aunque muy pronto llegaron a formular cosas más serias, concretamente la creación de una Junta que defendiese los derechos de los militares de infantería. Junta que, por supuesto, los cuerpos elitistas, Artillería e Ingenieros, ya habían formado en sus respectivas armas. Pocos días después, en los caóticos solares de una callecita periférica de Barcelona llamada Gran Vía Laietana, este primer grupo de mandos intermedios (capitales y tal) se reunió con los comandantes, y la Junta quedó constituida.

Estamos ya en el año 1916. La Junta de Infantería ha hecho público ya una especie de manifiesto en el que se muestra dispuesta a tomar las medidas más extremas para defender el honor y los derechos de los infantes; no pocos altos mandos del cuerpo se han negado a firmarlo. El coronel del regimiento Vergara, Benito Márquez, es el principal propagandista de la Junta, en su condición de presidente de la misma, asistido por el secretario, capital Manuel Álvarez Gilarranz. En el reglamento de esta Junta, aprobado en diciembre de 1916, el militar adherido se compromete a:«Prometo, bajo mi palabra de honor, que si, en el cumplimiento de alguna decisión que el Arma, conforme a este Reglamento, adoptase, resultase perjudicado en su carrera o intereses cualquier compañero que, cumpliendo nuestro mandato, hubiese intervenido en ella, procuraré, por todos los medios posibles, ampararle en unión de todos mis compañeros del Arma y, desde luego, a garantizar al damnificado los sueldos de sus empleos en activo, hasta el de coronel inclusive, a medida que vaya alcanzándolos por antigüedad quien le siga en el escalafón y el retiro que en la misma forma le corresponda». Aunque esta medida es, claramente, una medida solidaria tendente a no dejar tirado al militar represaliado por defender la Junta, con el tiempo fue otra cosa: en combinación con el artículo 4 del Reglamento, que obligaba a los miembros de la Junta a acatar la opinión de la mayoría, se utilizó como vía para hacer que los militares ascendidos por méritos de guerra renunciasen a dichos ascensos y los cambiasen por la Cruz de María Cristina.

En abril de 1917 cayó el gobierno Romanones y subió el marqués de Alhucemas, que nombró ministro de la Guerra a Francisco Aguilera, ministro que, desde el primerísimo día de su gestión, le puso la proa a la Junta de Infantería. El 25 de mayo por la mañana, el general Alfau llamó a Márquez a su despacho y le comunicó la orden de disolver la Junta de Infantería en 24 horas. Al día siguiente, domingo, Márquez y el resto de cabezas de la Junta le comunicaron al general su negativa, motivo por el cual fueron inmediatamente encarcelados en el cuartel de las Atarazanas: el coronel Benito Márquez; teniente coronel Silverio Martínez Raposo; comandante Rafael Espino; capitanes Leopoldo Pérez Pala, Miguel García Rodríguez y Manuel Álvarez Gilarranz; tenientes Emilio González Unzalu y Marcelino Flores.

No sabemos muy bien lo que pasó entonces. Sabemos, eso sí, que el fiscal, comandante de Artillería Salavera, se personó en Atarazanas para tomar declaración a los detenidos. Se sabe que los detenidos comenzaron a soltar sapos y culebras del general Alfau, dado datos concretos de cosas concretas. Se sabe que Salavera, tras escuchar lo escuchado, resolvió regresar a Capitanía General a parlamentar con Alfau. Y se sabe que Alfau fue convocado a Madrid esa misma noche, y nunca regresó a Barcelona; y que Salavera no volvió a pisar Atarazanas. Cada uno, con estos datos, que se haga la composición de lugar que quiera.

El 31 de mayo, estaba al frente de la Capitanía de Cataluña el general José Marina, los jefes de la Junta habían sido trasladados al castillo de Montjuïch, y los militares de infantería echando espumarajos en los cuartos de banderas. Tal y como comprobó el comandante de Caballería Mariano Foronda, que aquel día 31 trató de hacer de hombre bueno y pactar una solución, en algunos de los principales cuarteles de Barcelona, como los regimientos Santiago y Montesa, la idea prevalente era liberar a los detenidos sí o sí, como fuese. A lo largo de la jornada, la situación se hizo explosiva. En primer lugar, el arma de Artillería informó que, de no liberar la Infantería a los detenidos, lo harían ellos; en segundo lugar, por toda Barcelona se extendió el rumor, publicado por la prensa, de que de Madrid llegaban militares con la misión de sustituir en sus puestos a los coroneles Márquez y Echevarría y al teniente coronel Martínez Raposo; noticia que, además, quedó seudoconfirmada cuando se supo que el capital general Marina tenía la intención de ir al día siguiente a presenciar la revista en los cuarteles, detalle que se interpretó como un indicio de que pensaba dar el espaldarazo a los nuevos jefes.

Aquello levantó la rebelión.

Los oficiales de infantería decidieron, pura y simplemente, impedirle al día siguiente al capitán general, ¡al capitán general!, la entrada en los cuarteles. Incluso cursaron órdenes a Zaragoza de que, si se recibían noticias de que los nuevos mandos llegaban de Madrid, se levantase la vía. Como ya hemos visto, las juntas militares eran un fenómeno de mandos intermedios; hemos visto en ellas implicados a coroneles, tenientes coroneles, capitales y tenientes, pero no a generales. Éstos, alarmados por el cariz que tomaba la cosa, se citaron a las ocho de la mañana del 1 de junio, en la Capitanía General, con el objeto de tratar de convencer a Marina de que desistiese de su propósito. Ved aquí el cariz de la situación: a los generales ni por asomo se les ocurrió tratar de imponer la disciplina y el orden del mando, llamando a los mandos intermedios a obedecer. Eso es porque sabían que no serían obedecidos. Mientras tanto, los miembros de la Junta suplente no encarcelados redactaron un manifiesto, el conocido como Manifiesto del 1 de junio, que se debe a la pluma del capitán Isaac Villar Moreno, que fue asistido por los capitanes Evelio Quintero, Manuel Ramos, Jesús Marín, Francisco Díaz Contesti, Arturo Herrero y Juan Rojí.

El manifiesto es todo un monumento de victimismo militar. Tras insinuar que el ejército había sido vilipendiado tras la pérdida de las colonias, se aseveraba que las reformas políticas de los últimos años habían dejado a las fuerzas armadas en una situación de caos y desorganización. Se acusaba al sistema de enchufismo, injusticia y agravio comparativo de los militares respecto de otros funcionarios públicos. Y asevera el manifiesto (itálicas mías): «La totalidad del Arma ha resuelto exponer respetuosamente, por última vez, su deseo de permanecer en disciplina, pero obteniendo la rehabilitación inmediata de los arrestados, la reposición de los privados de destinos, la garantía de que no se tomarán represalias y de que será atendida, en lo posible, con más interés y cariño y, por último, el reconocimiento oficioso de existencia de su Unión y Junta de Defensa, empeñando en cambio nuestra palabra de honor de que jamás será esto fuente de indisciplina, de que no se quebrantará su respeto a los poderes constituidos». El manifiesto daba un plazo de doce horas para la aceptación de estos hechos.

No sé la vuestra; pero mi opinión es que este manifiesto tiene tanto de golpe de Estado que el teniente coronel Tejero gritando en el Congreso ¡Quieto todo el mundo! Para empezar, era un ultimátum (por última vez). Para seguir, en las promesas hechas caso de ser atendidas sus propuestas, los militares de la Junta dejaban claro lo que pensaban hacer si no era así: quebrantar su respeto a los poderes constituidos.

El primer problema se resolvió. En leer el manifiesto y tal, el general Marina consumió tiempo suficiente como para que el tiempo de revista en los cuarteles más díscolos hubiese pasado. Además, los nuevos mandos no llegaron. Sin embargo, esto estaba lejos de resolver definitivamente la situación, puesto que el bravo Marina, héroe de la acción de Sidi-Hamed-el-Hach, se negó a acatar el plazo del manifiesto, que consideraba, con razón, una imposición de un mando inferior a otro superior. El viejo militar se enrocó. Pero tenía un mando superior.

A media tarde, se recibió en los cuarteles un comunicado de los arrestados en Montjuïch. De dicho comunicado cabe suponer que desde Madrid se ordenó la puesta en libertad de los junteros aquella misma noche; libertad que, no obstante, había sido negada por Marina por estar dentro del plazo de las doce horas, así pues susceptible de ser interpretada como una bajada de pantalones del capitán general (que es exactamente lo que fue). Posibilistas y generosos como siempre cuando se ha ganado, los arrestados coincidieron en aceptar ser liberados al día siguiente, pasado un plazo que, según su comunicado, «exige el amor propio del general Marina, el del Gobierno o el de alguien superior». Ese alguien superior sólo podía ser, entiendo yo, el rey o el papa. Y no creo que al vicario de Cristo toda esta milonga le importase mucho.

A partir de ese día, y hasta bien entrada la dictadura de Primo de Rivera, las Juntas militares se convertirían en un gobierno dentro del gobierno que manejaba los asuntos militares, y aún los meramente conexos con el orden militar, a su placer. Tanto que se habla de la masonería, no creo que jamás los masones consiguiesen una capacidad de influencia en las decisiones gubernamentales ni la mitad de la que consiguieron estos políticos en paralelo, jamás votados, jamás elegidos. Y eso lo hicieron, a mi modo de ver, mediante un auténtico golpe de Estado, en el que no se disparó un solo tiro, cierto, ni hubo víctimas; pero eso fue sólo porque el gobierno legítimo cedió.

Tiempo habrá, espero, de volver a hablar de estas Juntas, y de cómo les fue.

miércoles, marzo 21, 2007

¿Estamos hoy como en el 36? Parte II: las diferencias

Vayamos, tal cual era lo prometido, con las diferencias, espero convenceros que sustanciales, existentes entre la situación actual y la que llevó a la guerra civil del 36. En realidad, identificar 2007 y 1936 es ya una forma de guerracivilismo, aunque hay que reconocer que no son pocas las personas que sostienen la dicha tesis de buena fe. A ellas más que a nadie va dirigido este post, porque la buena fe presupone siempre la capacidad crítica y de reflexión, otrosí la duda, primero que todo de las ideas propias.

Factores que hoy no son como ayer:


España, hoy, tiene un problema de bienestar, no de igualdad social.

En Casas Viejas, un grupo de jornaleros de ideología anarquista fue capaz de disparar a sangre fría a guardias civiles en defensa de un nuevo sistema de organización económica en el agro. Sinceramente, si mañana, un suponer, el Gobierno decidiese proponer un recorte en el Plan de Empleo Rural, del tipo de en lugar de certificar x peonadas para acceder a las ayudas habrá que certificar x + n, no me imagino yo a ningún grupo organizado de jornaleros montando una revolución.

En los años treinta del siglo pasado, España tenía un gravísimo problema de nivelación social. Era un país tercermundista en el sentido de país en el que los que vivían muy bien, vivían muy bien; y los que vivían mal vivían de pena. No existía el sistema de pensiones tal y como lo conocemos hoy, ni el sistema nacional de salud; no existía una prestación organizada y universal de desempleo, no existía la negociación colectiva, notablemente la confederal (a escala macro), no existían los mecanismos de nivelación territorial. Lo cual quiere decir que el debate se conformaba entre los representantes de unos grupos ciudadanos que todo lo tenían que ganar y otros grupos que no querían perder ni un ápice de sus privilegios.



No hay nada a la izquierda del PSOE

Como consecuencia de todo lo anterior, entre 1936 y el 2007 hay una diferencia fundamental, que es la ocupación electoral del espacio de izquierdas por parte de una formación moderada, de centroizquierda, como es el PSOE. Con todos mis respetos hacia la representación de Izquierda Unida y de algún que otro grupo nacionalista que pueda considerarse de auténtica izquierda, a los efectos que importa, a los efectos de tocar pelo, de gobernar a la sociedad, no hay nada a la izquierda del PSOE.

En 1931, en primer lugar, el PSOE era marxista. Lo cual quiere decir que a la izquierda del PSOE actual, que abandonó el marxismo en 1979 si no me falla la memoria, estaba el propio PSOE. El Partido Socialista de 1931 había provocado ya, en 1917, una huelga general revolucionaria con la intención de darle una completa vuelta a la tortilla del sistema político español; y lo volvió a hacer en 1934. Así pues, el PSOE de los años treinta no era un partido que se dedicase a poner a parir a sus contrarios políticos y a diseñar gestos más o menos partidistas; propugnaba, simple y llanamente, la dictadura del proletariado.

A este respecto, no hay sino leer las actas de los Consejos Nacionales de UGT que, a finales de 1933 y principios de 1934, descabalgaron a Julián Besteiro de la secretaría general del sindicato para así colocar a Largo Caballero y coordinar a sindicato y partido en la organización del golpe de octubre del 34. Estas actas (fueron publicadas por Amaro del Rosal en su libro 1934: el movimiento revolucionario de octubre. Madrid, Akal) están trufadas de apelaciones a la dictadura del proletariado como evolución lógica de la República. Y es absolutamente cierto que otras fuerzas prorrepublicanas, la llamada izquierda burguesa de AR, el PRRS y el PRRSI, la DNR, los federales o los alcalá-zamoristas, no estaban por esa labor; pero, electoralmente, quien partía el bacalao era el PSOE y, de hecho, la cuestión de si el PSOE debía o no participar en el gobierno fue la gran cuestión de las izquierdas durante todo aquel periodo.

El PSOE propugnaba esas ideas y actuaciones en parte por convicción, pues al fin y al cabo era un partido marxista; y, en gran parte, por presión. Porque el PSOE de la República no tenía a su izquierda a una organización más o menos vaporosa y de escaso tirón electoral. Lo que tenía era un anarcosindicalismo o anarquismo tan poderoso que era capaz de dirimir el fiel de la balanza electoral (aunque los análisis divergen, yo creo fuera de toda duda que la victoria del Frente Popular en el 36 no habría sido tal sin los votos del anarquismo) o el hecho de que la violencia tuviese o no efecto: la única diferencia existente entre Asturias, donde prendió la revolución del 34, y el resto de España, es que en Asturias la CNT decidió apoyar el movimiento.

La CNT, obviamente, no defendía la dictadura del proletariado; pero era una formación a la izquierda del marxismo que hizo mucho, muchísimo por crispar España. A los patronos no les gustó una mierda que el ministro de Trabajo, Largo Caballero, les obligase a formar jurados mixtos para dirimir los problemas en el seno de la empresa (antecedente de la negociación colectiva). Pero cuando no estaban terminando de mascullar contra aquellos putos marxistas, se encontraron con que la CNT rechazaba dichos jurados y prefería seguir haciendo pistolerismo; y entonces los jurados mixtos ya no les parecieron tan mal.

Dado que el PSOE no consiguió atraer a la CNT, fue ésta la que atrajo al PSOE al Lado Oscuro de la Fuerza. A Largo Caballero le obsesionaba la competencia que, como revolucionario, le hacían la CNT y la FAI, y en gran parte fue por eso que derivó hacia posiciones crecientemente revolucionarias. En las actas de Del Rosal hay una intervención de un sindicalista, de Zaragoza, que se queja precisamente de eso. Viene a decir: nosotros discutimos aquí mientras los anarquistas están en la calle montando pollos de la hostia, y es a éstos a los que hacen caso los obreros.

El 17 de julio, cuando estalla la guerra civil, en Madrid, que como todas las ciudades de España está gobernada por un Ejecutivo netamente de izquierdas, lleva un desarrollo de más de dos meses una huelga en la construcción convocada por la CNT. Este detalle demuestra hasta qué punto, en la República, había una masa de acción a la izquierda de la izquierda que le impedía la moderación.



No hay nada a la derecha del PP

En la España de hoy, si decides abrir la boca y hablar de política es relativamente fácil encontrar a personas anti PSOE 100% o anti PP 100%. A las primeras les calzo el discurso que se ha leído en el parágrafo anterior. A las segundas les digo: el día, que yo reputo desgraciadamente probable, que haya en España un partido fascista, ya verás lo bien que te cae el PP.

En la España de la República, los partidos burgueses auténticamente republicanos (para mí, la CEDA de Gil-Robles fue republicana tan sólo de boquilla) competían por una estrecha franja de votos. Para colmo, estaban notablemente divididos, en parte por diferencias ideológicas, en parte por personalismos. A Alcalá-Zamora las grandes formaciones no marxistas que vio nacer la República le venían estrechas, porque no habrían asumido su liderazgo. Luego estaban las derechas conservadoras de toda la vida que habían renegado de la monarquía, representadas por el pequeño partido de Miguel Maura Gamazo. Azaña fundó la Acción Republicana, luego Izquierda Republicana, tensando el izquierdismo de las clases medias. En su mismo espacio se desarrolló el llamado radical-socialismo que, para colmo, se escindió.

La bolsa electoral del republicanismo burgués era el camarote de los Hermanos Marx. Así que, para hacer sitio, había que cargarse a quien más espacio ocupaba.

Quien más espacio ocupaba era el Partido Radical de Alejandro Lerroux, una formación con fuertes diferencias ideológicas en su seno pues en ella cupieron, durante su existencia, elementos netamente de derechas y netamente de izquierdas. En 1931, el PR era la única formación republicana burguesa con estructura, organización y seguidores suficientes. En parte estaba condenada a la disolución por sus disensiones internas (el radical-socialismo nace del PR), pero también hay que decir que el resto de las formaciones de clases medias hicieron todo lo que pudieron por hacerle caer. Sin embargo, si el PR hubiese sido fuerte, auténticamente fuerte, hubiera operado de tampón, o de integrador, de las derechas. Cuando en 1933 el electorado viró a diestra, el PR ya estaba muy debilitado, por lo que no se pudo evitar que la CEDA obtuviese una representación tan elevada que no invitarla al Gobierno fue, finalmente, imposible.

La voladura controlada de la gran formación política centrista existente en los inicios de la República abrió las puertas del fascismo y el filofascismo. Cierto es que en España las clases medias, como en toda Europa, estaban sufriendo las mordeduras de la crisis económica; pero esas veleidades bien podrían haberse conducido a través de un partido moderado. Por lo demás, hemos de entender que un PR desbastado de sus pasadas veleidades protorrevolucionarias habría tratado con más tacto algunas cuestiones, como la religiosa. Para las clases medias y medias-altas, esos electores que voten lo que voten siempre votan lo mismo (el Orden, con mayúscula), sólo les quedó El Jefe; el político que coqueteaba con la metodología mussoliniana, que asistió como invitado a un congreso del NSDAP alemán, y que usaba, en su retórica mitinera, recursos seudogoebbelsianos: Gil-Robles y su Confederación Española de Derechas Autónomas. O, peor: si consideraban a Gil-Robles un blando, lo que les quedó fue hacerse albiñanistas, falangistas o requetés.

El fascismo fue un problema real en la España republicana y, en 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones, estaba ya totalmente fuera del sistema. Sus militantes eran muy pocos, apenas 6.000 en toda España, pero lo importante del fascismo no son sólo los apoyos reales que consigue, como el hecho de que, existiendo, ofrece una salida para amplias capas sociales que, en ausencia de fascismo, se mantienen dentro de los límites de la democracia. Que es lo que pasa ahora, cuando menos de momento pues en este punto debo confesar que soy pesimista.



No tenemos crisis económica

Aunque dentro de seis meses la economía española entrase en recesión, cosa que no va a hacer, entre una recesión económica y la crisis del 29 media un abismo. La España en la que se declaró la guerra civil estaba repleta de personas desesperadas sin trabajo ni perspectivas. Esta realidad alimentó, sin duda, los radicalismos, sobre todo, lógicamente, los de la izquierda. Paradójicamente, la riqueza nos hace a todos más cautos. En 1936 los militares golpistas de Madrid se encerraron en un cuartel y las gentes, más o menos organizadas por sindicatos y partidos, se lanzaron a cercarlo y atacarlo. ¿Acaso alguien cercó o siquiera se manifestó masivamente alrededor del parlamento el 23 de febrero de 1981?

La espiral de la violencia se suelta con mucha más dificultad en situaciones de renta alta.



Hoy somos una unidad de destino en lo europeo

Falange quería que España fuese una unidad de destino en lo universal; nosotros hemos sido más modestos y nos hemos conformado con la unión tan sólo europea.

Una de las cosas con peor prensa de este mundo es la globalización económica. Sin embargo, la globalización económica tiene su punto. La libertad de movimiento de capitales nos ha jodido mucho en un pasado no muy lejano (véanse, por ejemplo, las sucesivas crisis del Sistema Monetario Europeo en los primeros años noventa del pasado siglo) pero, sin embargo, es una poderosa arma anti guerra civil. Sí, sí. No pongáis esa cara. Un enfrentamiento civil no surge de la noche a la mañana. Se gesta durante mucho tiempo, en el cual la espiral de violencia va creciendo y creciendo. Una espiral de violencia retrae el dinero, pues el dinero es por definición cobarde. Y en un marco globalizado, el dinero se pira cuando quiere, en la medida que le pete y por la puerta que le salga de ahí.

La gran inteligencia de los arquitectos de la Europa de la posguerra mundial (segunda) fue entender este hecho. En primer lugar, convencieron a los imperialistas (básicamente, Reino Unido y Alemania) de que hay formas elegantes de invadir sin necesidad de disparar un solo obús. Así pues, en los últimos quince años Alemania ha cumplido el viejo sueño de Hitler, sólo que en lugar de expandirse hacia el Este con la Wehrmacht lo ha hecho con el Deutsche Bank. En segundo lugar, crearon un sistema internamente liberalizado (globalizado) en el que salirse de la foto, o sea comenzar a darse de hostias, sale caro. Carísimo. Hoy, la crispación no es negocio y el enfrentamiento es una ruina. España no es el único país de Europa que tiene serias tensiones entre nacionalidades, pero en todos o casi todos los casos los políticos tensan la cuerda retórica, mientras se muestran notablemente prácticos en la realidad, porque todo el mundo sabe que en el momento en que dejen de ser económicamente atractivos, el dinero se irá. Y ellos no podrán pararlo. Aquí tenemos, sin ir más lejos, la razón de que haya tantos políticos en Bruselas que están locos por integrar a los países balcánicos en la Unión Europea. Nadie se pelea si cada hostia que da le va a costar 100 euros.

Nada de esto existía hace setenta años. Los poderes públicos en España tenían, cuando menos teóricamente, la fuerza de impedir la fuga de capitales (aunque la fuga de capitales fue uno de los problemas de la República), y España era, aún, un país demasiado autárquico como para que el miedo a una debacle económica pudiera pesar en contra de un enfrentamiento civil.



No existe el problema agrario

En los años 30, la mayor parte de la población adulta y económicamente activa en España trabajaba, o intentaba trabajar, en el campo. Las principales producciones del país eran agroganaderas, la industria era apenas incipiente y los servicios, cigóticos. Además, la propiedad de la tierra estaba notabilísimamente concentrada en unos pocos terratenientes, lo que multiplicaba la frustración de los jornaleros.

Este factor, unido al paro endémico generado por la gran crisis económica de 1929, hizo que enormes masas de trabajadores, especialmente en el sur de España, no tuviesen absolutamente nada que perder y estuviesen agraces para ser recolectados por las ideologías más radicales, violentas y revolucionarias.

Nuestra agricultura, hoy, es mucho más pequeña y (una vez más) está integrada dentro de un sistema europeo, la llamada Política Agraria Común, cuya filosofía básica es garantizar a los agricultores una renta mínima razonable. Condiciones en las que es muy difícil ser bakuniniano y jugártela a que un guardia civil te abra la cabeza.



No existe el problema religioso

No, no existe. Que la Iglesia católica sueñe con que la asignatura de religión se siga impartiendo en los colegios y proteste por la edición de colecciones fotográficas de decidido mal gusto no se compara, ni de coña, con la expulsión de los jesuitas, el destierro del cardenal primado de España y, sobre todo, la quema masiva de conventos e iglesias.

Frases como «el Gobierno actual está acorralando a la Iglesia como en la República» están impregnadas de un desconocimiento histórico abracadabrante, amén que sorprendente en personas tan proclives al estudio como las que han pasado por un seminario. El Gobierno actual está dando pataditas en las canillas donde los de la República daban auténticas palizas con bates de béisbol y puños americanos (por omisión, obviamente; los gobernantes de la República no agredían a la Iglesia, pero sí permitieron que fuese impunemente agredida). Por su parte, la jerarquía eclesiástica hoy defiende sus principios morales cuando lo que hacía, hace sesenta años, era anatematizar determinadas opciones políticas y amenazar con las llamas de infierno a quien les votase.

En fin tengo que irme. Si se me ocurren más, lo mismo las voy añadiendo.

lunes, marzo 19, 2007

¿Estamos hoy como en el 36? Parte I: el guerracivilismo

Una de las cantinelas que más se dejan oír hoy en día en España son todas aquellas frases que intentan tejer vínculos entre la situación actual y la que llevó a la guerra civil de 1936. Estas teorías quieren ver en reacciones, palabras y acciones del contrario (sea éste de izquierdas o de derechas) usos y abusos propios de los que llevaron al enfrentamiento civil del que ahora hace setenta años, o sus consecuencias. Esta teoría, expresamente denotada o connotada, está haciendo mucho a favor de eso que llamamos crispación social.

Por eso, tal vez, sea interesante romper una lanza a favor del argumento de que es una imbecilidad más o menos de la altura de los hermanos Gasol subidos uno en los hombros del otro.

Cierto es, no debe esconderse, que hay algunos factores que se parecen. Pero también el crash bursátil de 1987 se pareció al de 1929, pero se quedó a dos o tres añitos-luz, en todo caso. Los hijos se parecen a los padres, lo cual no quiere decir que vayan a conducir igual el coche, o que les vayan necesariamente a gustar las espinacas, o que vayan a estudiar ingeniería genética o filología eslava. Ésta es una de las razones por las que recomiendo esa labor tan poco en boga hoy en día que se llama conocer la Historia; porque saber de Historia es, en parte, vacunarse contra el fatalismo. Las cosas ocurren por cosas que el hombre decide hacer y pensar, y ese albedrío es, las más de las veces, razonablemente libre.

Esto será un post en dos partes: una dedicada a analizar en qué se parecen el pasado y el presente (en qué medida estamos en una situación cercana) y el siguiente, el miércoles espero, en qué no se parecen. Esta primera toma tiene el atractivo (ejem…) de que me ha dado por hacer una de esas cosas tan propias de las revistas de divulgación: un test de autocalificación. En este caso, se trata de un test para que cada uno valore, en la intimidad, en qué medida es o no una persona guerracivilista (si leéis el post veréis qué significa esto). Lo he hecho por cachondeo, por divertirme un rato y divertiros a todos; esto tiene la validez científica que tienen todos estos test. Pero, en fin, lo mismo queréis comentar vuestras puntuaciones. Empezaré yo por confesar que he sacado 32 puntacos de vellón (motivo por el cual he estado a punto de manipular los rangos de calificación, claro).

Bueno, vamos allá.

Cosas en las que la situación actual se parece

La situación del 2007 se parece mucho a la de 1936 en una cosa: el guerracivilismo. Es éste un virus que ataca silenciosamente y cuyos grupos de riesgo están situados en toda la tesitura del espectro político.

Hay un guerracivilismo de derechas, cuyos síntomas consisten en defender la idea de que las izquierdas pretenden acabar con los logros políticos y sociales de las últimas décadas. Éste fue, sin ir más lejos, el discurso de José Calvo Sotelo durante la República; ministro que había sido de Primo de Rivera, quería ver en los años de la dictadura del marqués de Estella la construcción de un país moderno (en parte lo fue: nuestra actual red de carreteras es herencia de aquellos años) y señalaba a la República, sobre todo la del primer bienio (1931-1933), como destructora de aquellos logros. El guerracivilismo de derechas se apunta los méritos de casi todo progreso, trata de instilar en el inconsciente colectivo la idea «la derecha crea, la izquierda destruye» y, por lo tanto, trata de bloquear el acceso de las izquierdas al poder con el argumento de que, como Penélope, no harán sino destejer la tela de bienestar que la noche anterior habrá tejido la honrada actuación de las derechas.

El guerracivilismo de derechas se preocupa, especialmente, de monopolizar el concepto de orden. Es por ello que es una forma de pensar cataclísmica: cualquier cosa que hagan las izquierdas generará gravísimas consecuencias. Profetas del desastre, los llamó, acertadamente, el presidente Rodríguez Zapatero. En el fondo de esta estrategia es contraponer ideas: orden = yo; desorden = el otro. El guerracivilismo de derechas busca apropiarse, en la medida que puede, de todo símbolo que la sociedad vincule a ese concepto de orden, de lo que siempre ha funcionado. Y se da de bruces con la Historia, porque la Historia demuestra que casi todas las grandes medidas de progreso fueron atacadas por este flanco del desorden y la debacle. Por haber, hasta hubo gente que, en el siglo XIX, sostenía que la velocidad supersónica que era capaz de desarrollar el ferrocarril volvería locas a las vacas que lo veían pasar.

Son ejemplos de guerracivilismo de derechas los temblorosos anatemas del PP tras perder las elecciones del 2004, anunciando que el gobierno de las izquierdas acabaría con el progreso económico logrado en los años anteriores; o el intento de apropiación partidista de las enseñas nacionales.

Hay un guerracivilismo de izquierdas, que se basa en tener un concepto patrimonial de la democracia. Dicho claramente: cuando gobierno yo es democracia, cuando gobierna mi contrincante es dictadura, es recorte de las libertades individuales, etc. Enfermos de guerracivilismo de izquierdas estuvieron prácticamente todos los políticos de izquierdas de la República: Diego Martínez Barrio, Félix Gordón Ordás y por supuesto Manuel Azaña, personajes principales que eran de la izquierda burguesa republicana, hicieron todo lo que pudieron para que el presidente Alcalá-Zamora no abriese las Cortes del 33, simple y llanamente porque habían perdido las elecciones. Y Largo Caballero, Prieto y el PSOE salvo Besteiro, unos pocos meses después, dieron un golpe de Estado cuya razón de ser fue la entrada de la CEDA de Gil-Robles en el Gobierno; ojo, la entrada en el Gobierno. No dieron un golpe de Estado contra un decreto o una ley, sino contra la sospecha de que dichos decretos o leyes fuesen a ser aprobados algún día.

El guerracivilista de izquierdas, por lo tanto, concibe un gobierno de derechas no como un natural, y hasta sano, turno ejecutivo. Lo concibe como una amenaza para la democracia, porque la democracia es él, y sólo él. El guerracivilista de izquierdas se da de hostias con la Historia, pues la Historia demuestra que en los turnos de partidos de diferente signo, a largo plazo y por lógica, quien sale ganando es el más liberal de los dos, pues el más conservador encuentra dificultades para dar marcha atrás en la legislación que su oponente desarrolló. Por poner un ejemplo actual: si el PP tarda, que como mínimo lo tardará, dos o más años en gobernar en España, difícilmente podrá entonces ilegalizar el matrimonio homosexual.

Son ejemplos de moderno guerracivilismo de izquierdas: el Pacto del Tinell tras las penúltimas elecciones catalanas; la volandera imaginación de Pedro Almodóvar, imaginando en las derechas actuales un golpismo que, por no existir, ni existió en las derechas de la República (el general Franco le propuso a Gil-Robles que anulase los resultados de las elecciones del 36, y éste se negó); o las famosas declaraciones de Federico Luppi pidiendo un cordón sanitario contra el PP.

Existe, por último, el guerracivilismo nacionalista, una forma de hacer las cosas que parte de dos bases: una, que toda medida que tome una democracia respecto de un territorio con identidad propia debe favorecerle, lo cual es falso pues, no en democracia, en cualquier forma de gobierno siempre hay que tomar medidas impopulares, incómodas y negativas. Y, dos, que todo ataque contra el nacionalismo equivale a ataque a la nación. Así planteó, sin ir más lejos, Lluis Companys el conflicto de la Ley de Términos Municipales en 1934. El Tribunal de Garantías Constitucionales dictaminó que estaba legislando una materia de competencia estatal exclusiva, y él convirtió esa sentencia no es una legítima corrección, sino en una agresión; y no en una agresión a los redactores de la ley, sino a Cataluña entera.

Hace algunos años hubo una operación política en España para crear un nuevo partido de centro, operación que fue liderada por el entonces número dos de Convergència i Unió, Miquel Roca i Junyent; fue por eso que se la llamó Operación Roca. La Operación Roca presentó candidatos en casi toda España y se pegó un hostión electoral de los que hacen época. Alfonso Guerra, que es un fino analista político, dictaminó: «El señor Roca no ha perdido por ser catalán, sino por ser nacionalista catalán». Y tenía razón. El problema del guerracivilista nacionalista es que no encuentra diferencias entre ambas expresiones, que para él son sinónimas. Esa sinonimia le lleva a desarrollar ideas como el conflicto del Estado con Euskal Herria (por supuesto, por este orden) o la interpretación de una sentencia desfavorable del Tribunal Constitucional en términos conspirativos (no es que no me den la razón porque no la tengo o creen que no la tengo; no me dan la razón porque soy gallego, porque soy vasco, porque soy catalán).

El guerracivilismo nacionalista es, por último, el parcial responsable de una parte del guerracivilismo de derechas, antes citada, que es el apropiamiento de las enseñas nacionales. El guerracivilismo nacionalista practica un ninguneo tan integral hacia las enseñas nacionales, o estatales según su lenguaje, que en estos años no ha hecho sino dejarle a las derechas espacio para que hagan exactamente lo que están haciendo. Ahora se queja, claro. Pero no se da cuenta, o no se quiere dar, de que si en los últimos veinte años hubiese aceptado con naturalidad la bandera de España (aceptación «natural» para cuyo favorecimiento la bandera «perdió» su famoso aguilucho, que está muy lejos de ser un símbolo franquista, a menos que Franco naciese a finales del siglo XVIII), las manifestaciones actuales de las derechas no se podrían estar produciendo como lo hacen.



El test del guerracivilista

Después de todo lo que has leído, ¿eres tú un guerracivilista? ¿Te preocupa serlo? ¿Notas algún síntoma peligroso? Para responder a estas preguntas, Historias de España te ofrece, de forma desinteresada, el famoso Test de Autoevaluación del Guerracivilista elaborado por la prestigiosa universidad de Fraud Valley.

La cosa es tal que así: debes escoger sólo una respuesta. En muchas preguntas habrá varias respuestas que podrías elegir, pero has de optar por la que más se acerca a ti, la que mejor te define. Para ello tendrás que ser sincero contigo mismo; completamente sincero. Pregúntale a tu cerebro cada respuesta, pero pregúntasela también a tus tripas y, aún te diría más, hazle más caso a ellas.

Una vez hecho el test, te metes para el coleto 10 puntos por cada a), 8 por cada b), 4 por cada c) y 2 por cada d) O sea: ya sabes bien cómo manipular el resultado; ahora que lo sabes, rellena el test con sinceridad.

Responde una sola pregunta 6. Hay una pregunta si eres de izquierdas, otra si eres de derechas y otra si eres nacionalista. Ya sabemos que se puede ser nacionalista de izquierdas y cosas así, pero nosotros sabemos de qué estamos hablando. Y tú también. Así que elige.

El test:


1) Define tu posición como votante en unas elecciones:

a) Jamás votaré a un partido determinado.
b) Soy votante fiel de un partido determinado.
c) He votado o suelo votar opciones diferentes en elecciones municipales, autonómicas, generales o europeas.
d) No voto, me abstengo o voto en blanco.


2) Piensa en el político que peor te caiga. En tu opinión…

a) Habría que meterlo en la cárcel.
b) Habría que hacer algo para impedir su participación en la vida política.
c) Hago lo que puedo para convencer a los que le voten de que no lo hagan.
d) Me cae mal, pero tampoco es para tanto.


3) Pensando en el ámbito político que más te interese (municipal, autonómico o general; ya asumimos que el europeo no será): cuando tu partido NO gobierna o NO gobernase…

a) Se resiente la democracia auténtica.
b) Se frena el auténtico progreso.
c) Se cometerían injusticias que mi partido es incapaz de cometer.
d) Es obvio que la legislación y la política no me gustarían.


4) No nos interesa conocer cuál es la nota de 1 a 10 que le das a tu líder. Queremos saber la nota que le das al líder de la formación contraria.

a) De 0 a 1
b) De 1 a 3
c) De 3 a 4
d) Más de 4.


5) ¿Qué te gusta más?

a) Discutir sobre lo inútil que es el líder de la formación política contraria a la mía.
b) Discutir sobre lo hábil que es el líder de mi formación política.
c) Discutir sobre grandes temas, tipo cambio climático, impuestos, etc.
d) No me gusta discutir de política.


6) (Contestar si eres/votas de izquierdas) Partimos de la base de que si estás haciendo este test es porque no te sientes fascista (si te sientes fascista, no sigas; el resultado es que eres guerracivilista). Pero, como no eres fascista, te preguntamos: ¿qué es un fascista?

a) Una persona de derechas.
b) Un racista.
c) Un nostálgico del franquismo.
d) Una persona denotadamente antidemocrática y fuera del sistema.


6) (Contestar si eres/votas de derechas). Imagínate que al llegar a tu casa encuentras en el buzón una carta del Partido Comunista de España con un lema en el sobre que dice: «La solución comunista a la actual crispación social de España». ¿Qué haces?

a) La rompo sin leerla.
b) La dejo en otro buzón, porque deben de haberse equivocado.
c) La leo en diagonal.
d) La abro y la leo.


6) (Contestar si eres/votas nacionalista y vives en una autonomía con cooficialidad de lenguas). La lengua cooficial con el castellano en tu comunidad…

a) Es, en mi opinión, la lengua propia de mi comunidad. El castellano debe usarse para entenderse con el resto del Estado.
b) Es la lengua propia de mi comunidad, aunque todo aquél que quiera recibir enseñanza, relacionarse con la Administración, etc., en castellano, debe tener derecho a hacerlo.
c) Es, como la pregunta decía, la lengua cooficial con el castellano en mi comunidad autónoma, aunque es lógico que el gobierno autónomo fomente especialmente su uso.
d) Es, como la pregunta decía, la lengua cooficial con el castellano en mi comunidad autónoma.



Calificación.


Más de 46 puntos: Tu posición es sectaria. Por encima de 50 puntos, abiertamente sectaria. Probablemente piensas que eres rabiosamente pro; pero, en realidad, lo que eres, es furibundamente anti. Lo que más te gusta de ganar unas elecciones es que otro las pierda y piensas que los partidos políticos que rechazas son por definición incapaces de hacer nada ni medio bien.

De 26 a 45 puntos: El Lado Oscuro de la Fuerza es muy fuerte en ti. Sabes que El Emperador es un cabrón con borlas, pero le escuchas muchas veces, más de lo que quisieras admitirte. Probablemente, lees a hurtadillas algunos periódicos y escuchas algunas emisoras de radio, diciéndote al tiempo que son muy talibanes; pero leer esas cosas y escucharlas, en el fondo, te reconforta.

De 16 a 25 puntos: Eres el centrista que, según los sociólogos, puebla este país. Es muy probable que la política te interese más bien poco, aunque con los años te has ido volviendo responsable y dándote cuenta de que hay cosas en las que hay que pensar. Los políticos, en general, te dan pena.

Menos de 15 puntos: Has alcanzado la pureza de un caballero jedi. Deberías ir echando leches al blog de Inasequible y preguntarle dónde hay que apuntarse para ser lama; es más que probable que seas la reencarnación perdida de algún rimpoché. Si con la que está cayendo y respondiéndote a ti mismo la verdad sincera de la buena has sacado menos de 15 puntos, chaval, tienes la sangre de horchata.

Bonnie & Clyde: los poemas de Bonnie Parker

Selara Majere, lectora habitual de esta esquina de intenet, ha ensayado una traducción para los poemas de Bonnie Parker que reproduje en mi post sobre esta pareja mítica de delincuentes. Con mis agradecimientos, reproduzco aquí sus traducciones, que he modificado tan sólo en dos detalles en los que creo poder aportar una traducción algo más precisa..

El primer poema, o principio de poema, que cité tiene la siguiente traducción:

Nací en un Rancho de Wyoming
No me trataron como Helena de Troya,
Me enseñaron que la vara era la ley
Y convivía con vaqueros grasientos.


Por lo que se refiere al famoso poema sobre los propios Barrow, su traducción es ésta:

Has leido la historia de Jesse James
De cómo vivió y murió
Si aún necesitas algo que leer
Aquí está la Historia de Bonnie y Clyde.

Bonnie y Clyde son la banda de Barrow
Seguro que todos habéis leído
Cómo roban y atracan
Y como aquellos que les delatan
Suelen encontrarse moribundos o muertos.

Hay muchas mentiras en esos relatos
No son tan poco compasivos;
Odian todas las leyes,
Los soplones, los detectives y las ratas.
Les clasifican como asesinos a sangre fría,
Dicen que son crueles y sin corazón,
Pero con orgullo digo
Que conocí a Clyde
Cuando era honesto, decente y limpio.

Pero la ley tonteó
No cejo en perseguirle
Y encerrándole en celdas
Hasta que me dijo:
"Nunca seré libre
Así que me encontraré con algunos en el infierno"

El camino estaba mal iluminado
Sin señales que les guiaran
Pero tomaron una decisión.
Si las carreteras eran ciegas
No se rendirían hasta que murieran.

La carretera se vuelve más y más oscura
A veces apenas puedes ver.
Aún así, es una lucha hombre a hombre,
Y hacen lo que pueden
Ya que saben que nunca serán libres.

Si intentan actuar como ciudadanos
Y alquilar un bonito piso,
A la tercera noche son invitados a pelear
Con el rat-tat-tat de las ametralladoras.

No piensan que sean demasiado duros para desesperar,
Saben que la ley siempre gana,
Les han disparado antes;
Pero no ignoran
Que le precio del pecado es al muerte.

Algunas personas sufren que les rompan el corazón,
Algunas personas mueren de cansancio,
Pero os puedo asegurar
Que pequeños son nuestros problemas
Hasta que lleguemos al nivel de Bonnie y Clyde.

Algún día caerán juntos
Y les enterrarán el uno junto al otro.
Para unos pocos implicará tristeza,
Para la ley alivio
Peor es la muerte para Bonnie y Clyde.

viernes, marzo 16, 2007

Bonnie & Clyde

Lo prometido es deuda. Dije que algún día escribiría la historia de Bonnie Parker y Clyde Barrow, y aquí está. Espero que os entretenga.

Confieso que cuando termino de escribir este post es un poco tarde y tengo muchas ganas de ir al sobre. Así pues, los poemas los reproduzco sin traducir. A ver si alguno de estos días tengo un rato y los traduzco, pero no sé.

Cualquier persona con deseos de ser delincuente querría haber vivido en el sudeste medio de Estados Unidos en los años 30. Aquella zona, nucleada por metrópolis como Chicago, San Luis o Kansas City, era lo mejor de lo mejor para ellos. Eran los años de la Ley Seca y del contabando mansalva. Los años de los médicos que curaban heridas de bala sin hacer preguntas; de los abogados llamados «labios rectos», que se las sabían todas y a menudo eran más delincuentes que sus defendidos; y de las gun molls, concubinas del crimen que eran, a partes iguales, amas de casa y compañeras de atraco. El crimen estaba tan bien organizado en aquella época, y la policía era aún tan bisoña, que incluso había pequeñas capitales del crimen. En una de ellas, la ciudad de Joplin, Missouri, recalaron, en la primavera de 1933, Clyde Barrow y Bonnie Parker.

Barrow había nacido en 1910 y era un chico más bien bajo, no muy atlético y cabello castaño, que se peinaba con la raya en el centro. Tenía un aspecto considerado afeminado en la época; lo más probable es que fuese homosexual. Tenía una gran capacidad de sacrificio, lo cual lo convirtió en un delincuente especialista en enfrentar los peligros. Estando en la cárcel, muy joven, había llegado a cortarse con un hacha dos dedos del pie derecho para no tener que trabajar.

En 1932, poco después de haber salido liberado de la prisión de Huntsville, Texas, Barrow conoció a Bonnie Parker en Dallas. Ella era rubia, muy guapa, tenía un cuerpo al estilo de los que hoy gustan (más bien delgado para la época) y, cuando conoció a Barrow, era camarera y estaba casada, aunque eso no le impedía tener relaciones frecuentes con otros hombres; tan probable es que Barrow tuviese tenencias homosexuales como que Parker fuese ninfómana. Ambos encontraron comunicación en la ambición del crimen, así pues decidieron formar una pequeña banda que se haría legendaria. A los dos miembros de la misma que le dieron nombre se les unió un amigo de Bonnie, Raymond Hamilton.

Bonnie y Clyde eran fanáticos de los coches rápidos y de las armas. La de las armas era Bonnie. Cuando Barrow la conoció, apenas sabía nada sobre las extraordinarias posibilidades que ofrece una escopeta con los cañones recortados: abulta casi tan poco como una pistola y su disparo es tan brutal que deja al personal acojonado. Además de escopetas recortadas, la pareja acumuló pronto pistolas, rifles y metralletas.

Hamilton fue pronto detenido en Michigan, lo cual generó un problema para la pareja; no sólo criminal, sino relacionado con las necesidades corporales de Bonnie. En la misma Tejas, no lejos de la casa de Barrow padre, la pareja reclutó a William Daniel Jones, quien entonces tenía 17 años y ya había robado un par de coches. Pocos días después, los Barrow robaron un coche y Clyde mató a su dueño de un disparo; así que Jones ya no tenía elección, debía quedarse con ellos porque separarse hubiera supuesto tener que responder del cargo de cómplice de asesinato.

Los Barrow, que así se anunciaban en sus crímenes, querían una banda a lo grande, como las de Dillinger o de Ma Barker. Así pues, reclutaron al hermano de Clyde, Buck Barrow, que acababa de salir de Huntsville y se había casado con una mujer llamada Blanche. Ésta fue la banda que en 1933 se fue a Joplin y se dedicó a hacerse fotos, que se hicieron famosas, haciendo poses con las armas en la mano.

No obstante la tranquilidad aparente, un ciudadano responsable acabó por denunciar en la Missouri State Highway Patrol a ese extraño grupo de inquilinos. A las 16 horas del 13 de abril de 1933, el sargento G. B. Kahler, de la MSHP, dirigió una redada. Los coches de policía bloquearon las salidas de los coches. Clyde y el joven Jones, que estaban fuera de la casa, entraron apresuradamente en el garage.

Cuando empezaron los disparos, todo el mundo, salvo Blanche Barrow que no era una delincuente, supo qué hacer. Se armaron hasta los dientes y respondieron a los disparos de la policía. Uno de los cuatro alcanzó con un perdigonazo en el cuello a un policía, que murió en el acto. A un segundo le acertaron en plena cara y también lo mataron. Primero Jones y después Buck Barrow, con riesgo de sus vidas se adelantaron hacia uno de los coches de policía que estaba aparcado para bloquear la salida, con la intención de soltarle el freno de mano. Buck lo consiguió, así pues la banda ya podía huir. No obstante, se les presentó un problema añadido: Blanche Barrow, meándose de miedo, salió corriendo y echó a correr calle abajo. Tuvieron que salir con un coche a perseguirla, en medio de los disparos, y luego meterla en el coche antes de salir echando leches.

Una de las cosas que encontró la policía en el piso abandonado fue el detalle de algo que contribuiría, y mucho, a construir el mito de Bonnie & Clyde. Bonnie Parker era poeta. Escribía poemas que acabaría enviando a los periódicos, y éstos los publicarían, hecho éste que contribuyó a la construcción del mito. El poema que encontraron aquella tarde se llamaba El suicidio de Sal. Apenas estaba empezado, pero relataba la historia, verdadera o inventada, de una chica, Sal, que se suicidaba tras una vida de crímenes y falta de amor. Como he dicho, el poema apenas comenzaba a contar la vida de la tal Sal.

I was born on a ranch in Wyoming
not treated like Helen of Troy,
was taught that rods were rulers
and ranked with greasy cowboys...

Durante las semanas o meses que siguieron a la huida de Joplin, los Barrow comprobaron que también el hampa tiene sus reglas y, en su caso, les jugaban en contra. A los delincuentes no les caían bien los Barrow, probablemente por la personalidad, un poco insultante y soberbia, de Bonnie. Además, la banda de los Barrow siempre fue una banda impulsiva, que hacía las cosas casi sin pensar, lo cual quiere decir dos cosas: la primera, que se exponían a demasiados peligros para realizar atracos poco lucrativos; la segunda, que nunca tuvieron pasta suficiente como para pagar a policías, médicos y abogados corruptos y construirse, como hicieron otras bandas, refugios más o menos seguros.

Así pues, tras la huida de Joplin, los Barrow dieron tumbos por Estados Unidos como verdaderos parias. La policía los perseguía y los delincuentes pasaban de ellos. Así las cosas, era sólo cuestión de tiempo que las disensiones surgiesen. Ya hemos visto que Blanche Barrow no tenía madera para criminal; pero no era la única que quería largarse, porque Jones también estaba básicamente acojonado. Tras la huida de Joplin, estando la banda en Louisiana, Jones robó un coche por su cuenta y se piró a casa de su madre; pero allí lo encontraron los Barrow, quienes le obligaron a volver y, para atarlo más a la banda, lo implicaron más en los crímenes: en unos pocos días, Jones era cómplice del secuestro de dos policías y coautor de media docena de robos en los que se produjo un asesinato, amén de haber estado a punto de morir, con Bonnie, dentro de un coche que se incendió tras una huida.

Con todo, la policía estrechaba el cerco. De hecho, a principios de julio de 1933, los Barrow estuvieron cercados en una zona montañosa pero, tras robar el coche de un médico, consiguieron romper el cordón. El 18 de julio, la policía recibió denuncias de varios atracos a estaciones de servicios perpetrados en la misma zona por tres hombres y una mujer con los brazos vendados (Bonnie se los había quemado en lo del coche).

Ese mismo día, a las diez de la noche, tres hombres y dos mujeres, o sea ellos, llegaron al Red Crown Cabin Camp de Platte City, Missouri, y alquilaron una cabaña de ladrillo, flanqueada por dos garajes. Bonnie, Clyde y Jones tomaron una habitación y Buck y Blanche, la otra. El dueño del campo sospechó de ellos, al parecer porque le pagaron en efectivo, y comunicó con la policía. Ésta junto piezas y no tardó ni dos minutos en llamar a Kansas City para pedir refuerzos.

En la madrugada del 19 de julio, los Barrow habrían terminado sus días de no ser por la dolencia de Bonnie. El joven Jones tuvo que ir a la farmacia local a comprar vendas y pomada para sus heridas y, estando allí, escuchó a alguien comentar que había demasiados policías en la zona. Así pues, para cuando la policía llegó a la cabaña, los Barrow estaban todos en la habitación de Buck, armados hasta los dientes, y esperando. Llegó un coche blindado y se instalaron dos escudos de acero. La policía se acercó a la puerta y llamó, identificándose. Bonnie dijo a través de la puerta que los hombres no estaban y que abriría enseguida, pero que estaba desnuda. Cuatro segundos después, se oyó la voz de Clyde Barrow.

‑Shoot’em, bastards!

La suerte se alió con los delincuentes. La descarga que lanzaron no atravesó los escudos de acero pero, increíblemente, si penetró al coche blindado. Una de las balas provocó un cortocircuito en el claxon, que empezó a sonar solo. El resto de la partida de policías creyó que era una señal, y avanzó.

En ese momento, Buck Barrow salió de la cabaña a lo John Wayne, con una pistola en cada mano y disparando, seguido de Bonnie y de Blanche, que se protegían con sendos colchones. Mientras tanto, Clyde entró en el garage y sacó un coche marcha atrás. Una vez que el auto protegió a las mujeres, éstas soltaron los colchones y comenzaron a disparar (ambas; así pues, Blanche había aprendido el oficio). Luego, tuvieron que recoger a Buck, que fue alcanzado por una bala en la cabeza.

Automáticamente, el FBI comenzó en la zona la caza de Buck, en ese momento el miembro más débil del grupo, puesto que estaba gravemente herido. Unos días más tarde, un granjero encontró una hoguera apagada y unos vendajes con sangre en un parque de atracciones abandonado en Dexter, Iowa. Un vigilante, tras conocer el dato, decidió emboscarse en la zona. Pocas horas después vio llegar dos coches y, en ellos, a tres hombres y dos mujeres. El vigilante dio el queo al sheriff local, quien llamó a otros sheriff y a la Guardia Nacional de Iowa.

A medianoche, un pequeño ejército formado por policías, guardias nacionales y una proporción bastante alta de mediopensionistas, rodeó a los Barrow en el parque abandonado. El joven había pasado la tarde encadenado a un árbol, signo inequívoco de que había intentado escapar; Blanche tenía una herida en el ojo izquierdo, al parecer provocada por la esquirla de un parabrisas roto por los disparos, y Buck estaba en calzoncillos.

Fue Clyde Barrow quien vio venir a los policías y dio la alarma. Jones fue a poner el coche en marcha, pero fue alcanzado por un disparo de perdigones. Aún así, Clyde Barrow le metió en coche y lo arrancó. Bonnie se colocó agachada junto al auto para protegerse de los disparos. Pero quien fue alcanzado, en un brazo, fue su compañero, quien no pudo evitar entonces que el automóvil se estrellase contra un árbol. Tras intentar, infructuosamente, coger el segundo coche, Bonnie, Clyde y Jones escaparon, a pesar de que les perseguían decenas de personas, por el bosque.

Mientras, Buck Barrow permanecía de rodillas frente a la policía, sangrando por siete heridas distintas de su cabeza. Esa misma noche, fue desahuciado por los médicos del hospital de Dexter. Lo cual fue terrible para Clyde Barrow pues Blanche descargó contra él toda su inquina, considerándole responsable de todo por haber abandonado a su hermano. Desde entonces, ayudó todo lo que pudo a la policía.

Durante la huida a Minnesota de lo que quedaba de la banda de los Barrow, Bonnie Parker comenzó a escribir el poema que se haría famoso en aquella época, dedicado a contar la historia de la banda. Poema que, como siempre en las historias de bandas de delincuentes de aquella época, acude con prontitud a los mitos de los buenos ladrones de la Historia americana (James), amén de tratar de construir el mito, machacón en la poética de Bonnie Parker, del ladrón de buena esencia, podrido por la acción de la ley.

You’ve read the store or Jesse James
of how he lived and died.
If you still are in need of something to read
here is the story of Bonnie and Clyde.

Now Bonnie and Clyde are the Barrow gang

I’m sure you all have read
how they rob and steal
and how those who squeal
are usually found dying or dead.

There are lots of untruths to their write-ups

they are not so merciless as that;
they hate all the laws,
the stool-pidgeons, spotters and rats.
They class them as cool-blooded killers,
they say they are heartless and mean,
but I say this with pride
that I once know Clyde
when he was honest and upright and clean.

But the law fooled around,

kept trackin’im down
and lockin’im up in a cell
till he said to me:
“I’ll never be free

so I’ll meet a few of them in hell”

This road was so dimly lighted

there were no highway sings to guide,
but they made up their minds;
if the roads were all blind
they wouldn’t give up till they died...

The road gets dimmer and dimmer
sometimes you can hardly see.
Still it’s fight, man to man,
and do all you can
for they know they can never be free.

If they try to act like citizens

and rent’em a little nice flat,
about the third night they’re invited to fight
by a submachine gun rat-tat-tat.

They don’t think they are too tough to desperate,

they know the law always wins,
they’ve been shot before;
but they do not ignore
that death is the wages of sin.

From heartbreaks some people have suffered,

from weariness some people have died,
but take it all in all,
our troubles are small
till we get like Bonnie and Clyde.

Some day they will go down together

and they will bury them side by side.
To a few it means grief,
to the law is relief,
but it’s death to Bonnie and Clyde.

La vida se tornó dura para la banda Barrow tras los sucesos de Dexter. En sucesivas huidas producidas en las semanas anteriores, elevaron la cifra de personas asesinadas a nueve. Esto hizo saltar todas las costuras de la presencia de ánimo del joven Jones, quien se escapó. Cuatro meses después de la muerte de Buck Barrow, Jones fue detenido en Houston. Hizo una confesión completa y solicitó ser condenado a cadena perpetua [sic]. Bonnie Parker y Clyde Barrow, por muchos poemas que escribiesen y muchas películas que les hagan, eran un par de sádicos. La vida de Jones era tan terrible que prefería estar en la cárcel para siempre.

La marcha de Jones puso a los Barrow ante la necesidad de encontrar un compinche. Así que ambos, un día, espiaron la salida de los presos forzados de un establecimiento en el que Clyde había estado internado, la Eastham Texas State Prision Farm. Su objetivo era claro: uno de esos presos era Raymond Hamilton, el primer socio de la pareja, que entonces estaba ya condenado a 263 años de cárcel.

Atacaron a los guardias y provocaron la huida de cinco presos, entre ellos Hamilton. Tenían dos coches escondidos cerca, así que los otros cuatro presos cogieron uno y en el otro huyeron los Barrow con Hamilton. Poco más tarde recogieron a otro delincuente, Henry Methvin.

El 17 de febrero de 1934, los Barrow escaparon de una enorme redada organizada por la policía en las Cockson Hills, al este de Oklahoma, que habían sido ya refugio de malhechores en los tiempos de los hermanos James. En la huida, asaltaron un banco en Texas y luego se dirigieron a Indiana, donde Hamilton los abandonó, después de una violenta discusión sobre el reparto del botín.

Para entonces, vivían en su propio coche. El 1 de abril, dos policías se acercaron al vehículo para hacer una comprobación y fueron asesinados por la pareja. Clyde Barrow fue declarado Enemigo Público Número 1 del Estado de Texas.

Cinco días más tarde, el coche de los Barrow se enfangó en una carretera de Lost Trail, Commerce, Oklahoma. Trataron de atracar a un tipo que pasaba en coche para quitárselo, pero éste no sólo escapó sino que le contó todo a la policía. El jefe de policía, Percy Boyd, y el guardia municipal Cal Campbell fueron a ver qué pasaba. Cuando se encontraron con los Barrow, se inició un tiroteo en el que ganaron los rifles automáticos de los criminales. Los Barrow, una vez conseguido, a punta de pistola, que un camión sacase su coche del fango, acomodaron a Boyd, herido, en el asiento de atrás, y huyeron. En Fort Scott, Kansas, compraron comida y un periódico; por él supieron que Campbell había muerto. Bonnie Parker se cogió un cabreo de mil demonios cuando vio publicada una foto suya con un pitillo en la boca; lo que más le importaba en ese momento es que el país supiera que aquella foto había sido una broma y que ella no fumaba.

El joven Methvin que, como sabemos, era el tercero de la banda, tenía un padre, Iván, que vivía en Louisiana, en una zona denominada Arcadia. Ahí se montó la operación que acabaría con los Barrow, dirigida por un agente especial del FBI, L. A. Kindell; el sheriff de Arcadia, Henderson Jordan; y Frank Hamer, capitán de la Texas Highway Patrol, considerado entonces el revólver más rápido de Texas y del que también se decía que había matado a más de 75 forajidos. Fue colocado en la partida para vengar la muerte de un guardián de la prisión tejana durante la liberación de Hamilton y Methvin.

Los Barrow estaban con la mosca detrás de la oreja; entre otras cosas porque el inasequible al desaliento Hamer les había perseguido ya por nueve estados, sin perderles la pista. Así pues, dado que Methvin se obstinaba en visitar a su padre, obligaron a éste a mudarse a una casa en lo más profundo del bosque. Esta presión pudo con el señor Iván Methvin, quien decidió ir a la policía.

El 21 de mayo, cuando la banda visitó la casa de Iván Methvin, éste llamó aparte a su hijo y le explicó sus conversaciones policiales. Henry, que estaba ya tan harto de los Barrow como antes lo estuvo Jones, prometió abrirse en cuanto pudiera.

A la mañana siguiente, la banda se acercó por el pueblo de Shreveport, donde los Barrow encargaron a Methvin que hiciese la compra. La oportunidad buscada. El muchacho fue al almacén, pero no volvió.

A los Barrow esta ausencia no les puso especialmente nerviosos. Estaban acostumbrados a esas cosas y la ausencia no significaba otra cosa que Methvin se había mosqueado por algo y decidido no volver. Así pues, se metieron en el coche y se fueron a una casa abandonada que ocupaban. Dieron órdenes al padre de que buscase al hijo y quedaron al día siguiente, en la carretera entre Sailes y Gibsland, para que les informase.

Era la oportunidad de Hamer, el killer.

Durante un día, Hamer y sus hombres buscaron el mejor lugar de aquella carretera para emboscar a los Barrow. Eligieron una zona arbolada y a las tres de la madrugada del 23 de mayo, seis hombres se colocaron ahí, dispuestos a pasar la noche. Cuando amaneció, apareció Methvin padre en un camión. Hamer le ordenó que parase frente a los arbustos donde los hombres estaban emboscados y que simulase un pinchazo. El sheriff Jordan, que estaba presente, dio la instrucción de capturarlos vivos. Hamer, más pragmático, los condenó a muerte fríamente:

‑Eso será si no echan mano de las armas. Si las empuñan, duro con ellos.

A las nueve y cuarto, apareció el coche con los Barrow; él, conduciendo en calcetines y con gafas de sol; ella, con un vestido rojo. En el coche, una escopeta, once pistolas, un revólver, tres rifles automáticos y 2.000 cartuchos; los policías tenían un rifle automático, tres escopetas automáticas y dos rifles.

El coche aparcó entre el camión y los arbustos donde estaban los policías. Todo perfecto. Sin embargo, en ese momento se acercó por la carretera un camión con dos negros en la cabina. Una vez más la suerte del lado de los criminales pues, si se iniciaba el tiroteo, ese camión les podría ofrecer protección, amén de una vía de escape. Por eso Jordan se levantó, salió de la maleza y conminó a Clyde a rendirse.

Clyde Barrow abrió la portezuela de su lado, dispuesto a disparar. Bonnie blandió una pistola. Los policías lanzaron una andanada. El camión de los negros paró en seco y sus ocupantes salieron de najas campo a través. El coche de los Barrow comenzó a andar hasta que cayó en la cuneta. Los policías fueron detrás con las armas amartilladas; pero los Barrow ya estaban muertos.

Clyde Barrow murió con una escopeta en las manos que tenía siete muescas en la culata. En la culata de la pistola de Bonnie Parker había tres muescas.

En una cosa se equivocó Bonnie Parker, la poeta. Ella y su compañero no fueron enterrados juntos, side by side. Pequeño, insignificante pago para la decena de familias que rompieron, los niños huérfanos, las esposas viudas, todo para llenar su sed de violencia, su incapacidad de adaptarse socialmente y esa pulsión que tienen, de cuando en cuando, algunos americanos pirados por parecerse a Jesse James o Billy the Kid.

Hace años, muchos, muchos años, cuando el uniforme de la policía española cambió de color y pasó del gris (por eso los llamábamos grises) al marrón, en las manis gritábamos: gris o marrón, un cabrón es un cabrón.

Pues eso, familia Barrow: gris o marrón, poeta o prosista, hombre o mujer… lo que sigue.