domingo, marzo 04, 2007

[Pequeña] nómina de asonadas

Una de las cosas para las que me parece útil el conocimiento de la Historia es para luchar contra los tópicos. Dado que en el pasado, muchas veces, las cosas no fueron como ahora, conocer la Historia supone luchar contra esa sensación tópica que mucha gente tiene (por eso es tópica) de que todo lo que vivimos hoy lo hemos vivido siempre.

Una sensación tópica con la que he vivido desde hace muchos años es una suerte de superioridad que no pocas personas en España sienten hacia otros países de habla hispana. Esta sensación parte de la consideración de España, y de su Historia, como un ente que se ha visto y se ve libre de los problemas estructurales que se hacen evidentes en no pocos países de Latinoamérica.

Lo cierto, sin embargo, es que no hay un solo problema que estos países experimenten o hayan experimentado que nos sea ajeno a nosotros. Es cierto, por ejemplo, que en los países latinoamericanos ha habido dictaduras pavorosas; también lo es que alguno de ellos, caso de Chile, acumulan en su Historia más años de democracia que nosotros mismos. Es cierto que no pocos países latinoamericanos están fuertemente endeudados; como lo es que en la España de finales del siglo XIX el servicio de la deuda estatal consumía casi la mitad del presupuesto público, situación de bancarrota de facto que algunos países latinoamericanos no han alcanzado nunca.

También se suele recordar mucho, en España, lo comunes que son las asonadas militares en los países latinoamericanos. Y de eso va este post.

Lo que sigue es la descripción somera de los pronunciamientos militares ocurridos en España de los que yo tengo noticia por mis lecturas, a lo largo del siglo XIX.

Todos sabemos que esta Historia empieza con el 2 de mayo, fecha en la que se produce un levantamiento popular contra los franceses invasores. Levantamiento que, tras varios años de guerrilla y guerra a secas, consiguió la salida de las tropas de Napoleón y el regreso a España de Fernando VII, rey Borbón, a quien el pueblo de Madrid saludó con el grito de ¡Vivan las caenas!, o sea viva las cadenas, en indicación de rechazo a las ideas liberales y democráticas de los franceses y el apoyo al absolutismo español de toda la vida.

Fernando VII militaba, a todas luces, en aquella idea de que España debía ser una monarquía absoluta, así pues, apoyado como he dicho por el pueblo, procedió, nada más llegar a la capital de España, a clausurar el palacio de María de Aragón, donde se reunían las Cortes nacidas del sueño de Cádiz, y a perseguir a los liberales.

Esto, sin embargo, airó a no pocos liberales, algunos de ellos militares, que habían ansiado la vuelta del rey, pero de un rey más democrático. Por eso, en diciembre de 1814, el general Espoz y Mina comenzó la larga retahíla de golpes de Estado militares decimonónicos, con un intento fallido de asaltar la ciudadela de Pamplona, tras el cual huyó a Francia [Nota para coruñeses: la mujer de Espoz y Mina era doña Juana de Vega, mujer que da nombre a una centriquísima calle de nuestra ciudad]. Pocos meses después, en 1815, era el general Díaz Porlier quien dirigía un golpe de Estado liberal en Galicia, también fracasado, que le costó la vida, pues fue ahorcado. En 1816 aún hubo otra conspiración liberal, conocida como El Triángulo, de resultas de la cual fue también ahorcado uno de sus cabecillas, Vicente Richard.

Cero de tres es un resultado como para desanimar a cualquiera. Pero no a nuestros militares afrancesados. Esperaron un poquito, hasta el 5 de abril de 1817, fecha del levantamiento de Caldetas, dirigido por los generales Lacy y Miláns del Bosch, antepasado éste del Miláns del Bosch que asimismo se alzaría contra el gobierno democrático en Valencia el 23 de febrero de 1981. En 1818, por supuesto, tocaba golpe, aunque no hubo, porque fue abortado por la policía antes de tiempo. Su inspirador, el coronel Joaquín Vidal, fue apresado y ahorcado, algunos meses después, junto con otros catorce colegas de asonada.

El empeño de los liberales por dar el golpe (en los dos sentidos de la frase) acabaría por encontrar su razón de ser en la famosísima sublevación de Cabezas de San Juan; la de Riego, sí.

La cosa es como sigue. En las postrimerías de 1819, las cosas en la América española se estaban poniendo decúbito prono para España pues todos los pueblos del Cono Sur y Centroamérica suspiraban, y más que suspiraban, por su independencia. Fernando VII se dio cuenta de que tenía que enviar allí a los marines a repartir leches, razón por la cual concentró en Cádiz a un número nada desdeñable de tropas, a las órdenes del general O’Donell. Aquella guerra, la de América, era a principios del siglo XIX tan impopular entre la tropa como lo sería la de Marruecos cien años después; ni soldados ni oficiales querían ir a Perú, a Colombia, a Chile o a la Pampa a diñarla de cualquier mosquetonazo. Al parecer, aquéllos que aún sentían arder en su pecho el fuego patrio lo apagaron con la ayuda de los reales de vellón de, generosamente, habrían repartido ciertos extraños señores argentinos que a Cádiz se allegaron para comprar voluntades. El gobierno, mosqueado con O’Donell, le quitó el mando; pero no, no era él quien más trabajaba por el golpe, sino eso que llamamos los mandos intermedios. El 1 de enero de 1820, el comandante del segundo batallón de Asturias, Rafael del Riego, se pronunció en Cabezas de San Juan y declamó: a América, que vaya la repostera autora de tus días. Esta vez, sin embargo, no se produjo el tipo fueguillo rápidamente acalmado; no habían pasado más que unas horas y al pronunciamiento de Riego se unían otros en La Coruña, Ferrol y Vigo (esa liberal Galicia decimonónica), y luego el pronunciamiento del marqués de Lazán en Zaragoza, Mina en Navarra y, finalmente, el de O’Donell en Ocaña.

El rey juró la Constitución liberal y Riego quedaría impreso en nuestra iconografía como símbolo de la libertad. Él y su himno, que es el himno que, por error, hace un año o así le tocaron al equipo español de Copa Davis en Australia. Ese himno que mucha gente canta con una letra que dice:

Si los curas y frailes supieran
la paliza que van a llevar
bajarían del coro cantando:
¡Libertad, libertad, libertad!


Aunque yo puedo ofrecer otras versiones de la época. Por ejemplo, ésta se cantaba por los tiempos de primera guerra carlista:

Disfrazado de perro de presa
un carlista se vino a Madrid
pero un guardia del Ayuntamiento
la morcilla le dio en Chamberí
.

O ésta otra, propia de algunos años más tarde:

Espartero le dio a la reina
¡Hija mía de mi corazón
si no tienes bastante milicia
formaremos otro batallón…

El siguiente golpe de Estado se produce en 1823, que es lo que tarda Fernando VII en hartarse de la farsa liberal y conseguir que las monarquías absolutas europeas le metan en España a los Cien Mil Hijos de San Luis para darle la vuelta a la tortilla.

Como es bien sabido, en aquella Corte absolutista again de Fernando VII, el rey Capullo, se produjo el choque de trenes de la competencia entre dos mujeres, ambas cuñadas del rey. Eran ellas María Francisca, esposa del infante Don Carlos (de donde el carlismo); y la otra Luisa Carlota, esposa del también infante Francisco de Paula. Eran, pues, el Marichalar y el Urdangarín de la época, sólo que ellas manejaban de la leche y venían a representar las dos vías de evolución de la monarquía borbónica: una, absolutista a machamartillo y la otra, algo más moderada y liberaloide.

María Francisca fue la primera en mover ficha con las asonadas del brigadier Capapé, por un lado; y de los generales Grimarest y Bessières, por el otro. No llegaron a nada porque los ejércitos estaban hasta las cejas de oficiales liberales, así pues era difícil moverlos con un objetivo absolutista. Posteriormente, un cabecilla absolutista catalán, José Bussons, conocido como El Jep dels Estanys, y el coronel Rafi-Vidal, dieron otro golpe de Estado, fracasado, en Cataluña.

Muerto el rey y comenzadas las guerras carlistas, la rueda de las asonadas no dejó de rodar. Poco después de dicho fallecimiento, el capitán Cardero dirigió un golpe de Estado contra el gobierno moderado, golpe que consistió en tomar con ochocientos hombres la Casa de Correos (actual sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol) y hacerse fuerte allí. Fue un golpe de coña, pero aún así fue trágico porque el general que allí fue a sofocarlo, José Canterac, habría de morir estúpidamente. Los sublevados, por cierto, no fueron castigados. Salieron de la Casa tocando marchitas y más contentos que unas pascuas, camino del frente del Norte.

También hemos de anotar, en aquella época, el golpe del general Latre en Andalucía, o el motín de los sargentos de La Granja, en el que la regente fue obligada a firmar un decreto volviendo a poner en vigor la Constitución del 12, La Pepa. O la sublevación de oficiales de la brigada de Van-Halen en Aravaca [siempre que leo esto me los imagino bajando a Madrid por la cuesta de las Perdices, con melenas hasta los hombros y guitarras eléctricas]; o la sublevación de Miranda de Ebro donde perdió la vida Ceballos de la Escalera; o la de Pamplona, donde moriría el general Sarsfield.

En 1840, terminada la guerra civil (por el momento), progresistas y moderados debían convivir; pero lo cierto es que éstos últimos, apoyados por la reina regente, querían el mal del jefe progresista Espartero y quedarse con el poder. Por esta razón, en octubre de 1841, dos generales: Manuel de la Concha y Diego de León, dirigen una operación de secuestro de la reina Isabel II y de su hermana la infanta Luisa Fernanda, secuestro que no puede llevarse a cabo por la heroica resistencia del regimiento de alabarderos de palacio, al mando del coronel Dulce.

Espartero creyó haber cortado la cabeza de la serpiente con la ejecución de Diego de León. Sin embargo, poco después de la ejecución, Borso di Carminati se alzó en Zaragoza, y se vio secundado por Piquero y Montes de Oca en Vitoria, O’Donell en Pamplona (sí, el mismo que se había unido a Riego; hay militares que le dan a pelo y a pluma) y Oribe en Toro. La sublevación, no obstante, fracasó.

En 1843, sin embargo, los enemigos de los progresistas habían conseguido crear un ambiente en su contra en media España. El general Narváez, el Espadón de Loja, se había coligado con el general Serrano, el que hoy da nombre a la calle pija, así como Zurbano y Seoane; se alzó en Torrejón de Ardoz, donde aún no había una base militar estadounidense, pero se dominaba Madrid. El regente salió por patas de España.

No obstante, dentro del propio gobierno conservador habría disensiones, y la negativa que recibieron sus facciones más progres de reformar la Constitución les movió a montar, casi ipso facto, movidas en Cataluña, Aragón, Galicia, Alicante, Murcia y Cartagena. Los progresistas, por su parte, se nuclearon alrededor del general Zurbano –such is life‑ el cual se animó a alzarse en su tierra, Logroño, más concretamente en las cercanías de Haro, en un pronunciamiento que Narváez aplastó sin demasiado esfuerzo, y que le costó la vida.

No obstante, ya hemos visto que los progresistas, o sea liberales, no cejaban fácilmente en el empeño de alzarse. El 2 de abril de 1846 hubo una sublevación en Lugo; en mayo de 1848, el comandante Buceta toma la plaza Mayor de Madrid, invasión que declinó no sin una dura lucha en la que moriría el general José Fulgosio. En Sevilla, poco después, se sublevaron el comandante Del Portal y el capitán Mola (abuelo del general Mola que se alzaría con Franco el 18 de julio de 1936). En febrero de 1854 el golpe fue en Zaragoza y lo dio el coronel Hose. En junio, nuevamente O’Donell, junto con los generales Dulce, Ros de Olano y Echagüe, se enfrentaría con las tropas gubernamentales, comandadas por el general Blaser, el puente de Vicálvaro, enfrentamiento tras el cual se retiraron al bello castillo de Manzanares, desde donde se lanzaría un célebre manifiesto, que redactó el no menos célebre político Antonio Cánovas del Castillo. Espartero apareció en Zaragoza y en Madrid el pueblo se sublevó, a las órdenes del general Evaristo San Miguel. Entre la Vicalvarada, la llegada de Espartero y tal, la revolución triunfó.

¿Tranquilidad? Ni de coña. En 1856, dos años después, ya estaban los propios liberales progresistas divididos. El personal adoraba a Espartero, pero odiaba a O’Donell, que era ministro de la guerra. Por ello, la Milicia Nacional se alzó contra él y O’Donell tuvo que reunir para hacerle frente nada menos que 10.000 hombres. A partir de ahí la cosa se calma un poco, entre otras cosas porque estábamos en guerra en África y no era cosa de andar con milongas. Pero, aún así, en 1860 habría un pronunciamiento carlista, dirigido por el mariscal Jaime Ortega.

Para entonces, gobernaba O’Donell y su Unión Patriótica, pero, a pesar de la retirada de Espartero a Logroño, había otros militares liberales que querían destacar. Por ejemplo, Juan Prim, quien dirigió el pronunciamiento de Villarejo, en enero de 1866. Tampoco hay que olvidar la sublevación del cuartel de San Gil, el 22 de junio de 1866, cuando los progresistas jugaron un órdago contra O’Donell con el concurso de Manuel Becerra y de conocidos conspiradores como Pierrad. Este golpe dio para dos días de luchas y casi mil muertos (a los que hay que sumar 68, sí, 68 fusilados).

Muerto O’Donell le sucedió González Bravo, quien dejó de hacer caso a algunos militares amigos del conde de La Bisbal, lo cual provocó que éstos empezasen a pensar, rápidamente, en apiolárselo. Para ello no dudaron en aliarse con Prim, el cual, hemos de recordar, se había alzado contra su otrora jefe político. Pero les dio igual. Esta alianza de difícil naturaleza fue la que estuvo detrás del alzamiento, el 18 de septiembre de 1868, del comandante de la fragata Zaragoza, Topete, en Cádiz; alzamiento que terminaría con la victoria del puente de Alcolea y esa revolución que llamamos La Gloriosa, por la cual la reina Isabel II fue puesta de patitas en Francia. Aquel experimento, como sabemos, acabaría con la disolución del parlamento por el general Pavía y el golpe de Estado de Martínez Campos que trajo de nuevo a los Borbones a España en la persona de Alfonso XII.

Tras la Restauración, el golpismo quedó de manos de los políticos progresistas más radicales, sobre todo Ruiz Zorrilla, quien llegó a alzar tropas, con poco éxito, en Badajoz. Luego empezó la moda de los levantamientos republicanos. Un tal Ferrándiz, comandante, se alzó con treinta soldados (sic) en Santa Coloma de Farnés; otro sargento, llamado Casero, lo hizo en Cartagena y en Madrid, en septiembre de 1889, se alzó el brigadier Villacampa.

¿Los habéis contado? Yo sí: son cuarenta. Entre 1808 y 1889, que son 80 años, contáis cuarenta asonadas, y seguro que no están todas. Y ni siquiera hemos terminado el siglo. En el siglo XX aún nos quedarían por contar el golpe de Primo de Rivera, los dos golpes contra Primo (el de San Juan y el de Sánchez Guerra), la sublevación de Jaca, la de Cuatro Vientos, la revolución de Asturias; podemos incluir en la lista de golpes ese nonato que fue la creación de las Juntas de Defensa; y, por supuesto, no podemos olvidar ni el golpe de estado de 1936 ni el de 1981.

Con esta cantidad de muertos en el armario, ¿quién se siente superior?