El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
Los proyectos de golpe militar más moderados del 73 (Cheste, Lersundi, Caballero de Rodas) eran historia. Ni la clase política, ni el propio ejército, habían mostrado interés por ellos. Entre todos estos conspiradores, sin embargo, uno ha seguido labrando su telaraña con paciencia: el conde de Valmaseda o Balmaseda, callado y sufrido militar que siempre creyó en la causa monárquica, que crio a sus pechos a Arsenio Martínez Campos y que, además, había labrado importantes vínculos con el alfonsismo catalán, muy ligado a los intereses económicos coloniales, liderado por el conde de Foxá. Cuba había sido su teatro.
Valmaseda fue cesado como capitán general de Cuba por Amadeo. Unos dicen que fue ese desaire que lo convirtió en un monárquico; otros dicen que ya venía borbonero de serie. A su llegada a Madrid, el conde, junto con algunos de sus subordinados (entre ellos, Martínez Campos) forma una especie de grupo conspirador que no tuvo nada que ver, ni son otros grupos del ejército, ni tampoco con los muñidores oficiales de la Restauración, por así decirlo. Valmaseda era un tipo muy terco y de convicciones pétreas; el líquido posibilismo de Cánovas le producía arcadas.
En 1873, conforme comenzó a capotar la monarquía amadeísta, los planes conspiradores monárquicos comenzaron a proliferar. Caballero de Rodas estuvo al frente de una conspiración que echaría al rey Amadeo para colocar al general Serrano, quien empedraría el regreso de los Borbones. Caballero de Rodas implicó en el fracasado plan a los generales José y Manuel Gutiérrez de la Concha y a Lersundi. Serrano se negó a participar, lo que mató el partido antes de empezar.
Cuando cayó Amadeo, y ante el temor de que pasara lo que pasó, es decir, que se proclamase la república, hubo otra intentona. Se diseñó en la calle de la Greda, hoy de Los Madrazo, donde vivía el general Mariano Rebagliato Prescetto. El jefe militar de aquella conspiración era el general Federico de Soria Santacruz y Resa. El plan era entrar en Madrid con dos regimientos de Caballería que estaban acuartelados en Alcalá de Henares, rodear el Congreso, detener a los políticos republicanos. O sea, el golpe de Pavía ahead of its time. Los reunidos, que fueron varios, no lograron ponerse de acuerdo. Cánovas, además, una vez que supo del tema, dejó claro que no quería saber nada.
En julio, con Pi i Margall resollando por las esquinas de su gobierno, hubo una especie de movida en la que aparece por primera vez el ticket Valmaseda-Martínez Campos, junto con el general Gasset y otros mandos, muchos de ellos de la Guardia Civil. El epicentro de la movida fue un gran cuartel de la Guardia Civil que había entonces en la calle Serrano. La dimisión de Pi i Margall y la llegada de Salmerón al poder frustraron estos planes.
Valmaseda no se arredró por este fallo. Lo tomó como un primera ensayo sin más. Días después, en casa del provecto Agustín Armendáriz y Murillo, marqués de Armendáriz y suegro del conde de Foxá (quien, como ya os he dicho, era el gran interlocutor civil de Valmaseda), se firmó el conocido como “compromiso de los coroneles de Valmaseda”, por el que se comprometían a trabajar sin desmayo por la monarquía. A partir de ese momento, y no antes, Martínez Campos se erige en dirigente principal de la conspiración.
Con toda la fama que ha adquirido el golpe de Pavía como acción militar conservadora y pro monárquica, esta idea no hace sino demostrar lo poco que saben los que saben del siglo XIX español y, muy particularmente, de ese cubo de basura que llamamos I República. Si alguien se decepcionó con la marcha de aquellos hechos, fueron lo alfonsinos. Unos, por las convicciones republicanas todavía latentes dentro del proyecto; otros, por no entender el gesto de Cánovas de rechazar, como rechazó, un puesto en el nuevo gobierno.
El gesto de Cánovas, sin embargo, sobre ser discutible, tiene sus elementos de lógica. Participar en un gobierno no es gobernar; y él sabía bien que la opción que había que jugar ahora desde el monarquismo era ir al copo. Sin embargo, no pudo evitar que Martínez Campos, por ejemplo, se tomase el gesto, o más bien el no-gesto, como una traición al alfonsismo. El general le reprochó a Serrano no haber dado el paso, y de hecho trató de proclamar la monarquía en Barcelona. Su error fue pensar que el general José Antonio Turón lo apoyaría. Turón había sido un esparterista convencido, pero con los años había ganado en moderación. Narváez lo ascendió varias veces. En 1866 fue nombrado capitán general de Sevilla y cuando llegó la revolución era jefe de la guarnición de Aranjuez. Luego lo nombraron capitán general de Cataluña, donde recibió con frialdad el movimiento de Campos.
Martínez Campos fue encarcelado en el castillo de Bellver en Mallorca; pero su aceptación del nuevo régimen lo sacó del maco, tras de lo cual se incorporó al ejército que preparaba el marqués del Duero para batallar en el norte. Allí se destacaría cuando, tras la derrota de su ejército en la que murió Concha, logró, con la colaboración del brigadier Ramón Blanco y Erenas, reagrupar las fuerzas.
La derrota de Concha intensificó la convicción monárquica de que hacía falta un golpe de fuerza. El grupo de Valmaseda envió a Madrid a un capitán, Federico Sánchez Bedoya, con el propósito de contactar con Cánovas. El político conservador no quiso ni recibirlo. Sánchez estuvo veinte días intentando una entrevista imposible, y al final sólo consiguió verse con Romero Robledo y Fabié. Se vieron el 28 de agosto, y en la entrevista Sánchez Bedoya les dijo que le dijesen a Cánovas que los militares iban a hacer rey a Alfonso en tres meses.
El plan de Sagunto nació en diciembre de 1874, tras la carta de Sandhurst y por motivos logísticos, ya que alguno de los conspiradores sentía el peligro de ser desplazado de su puesto de mando, como era el caso del general Luis Dabán.
Hay que decir que el manifiesto de Sandhust no le gustó gran cosa a Valmaseda. El general, para entonces, estaba convencido de que la legalidad no traería a la monarquía; y, por lo tanto, recelaba de las expresiones templadas.
Una tarde pasado el día de Navidad, según los jugosos recuerdos del conde de Benalúa, llamaron a su tío, o sea el duque de Sesto, quien se entrevistó con Valmaseda. Valmaseda le contó que tanto él como Martínez Campos se iban a unir al día siguiente con Dabán, quien estaba al mando de una brigada. Sesto se fue a ver a Cánovas a su casa, y el político contestó que aquello era una mierda.
El día 27, Martínez Campos le escribe a Cánovas una carta, que le envía por intermedio de Esteban Garrido, pariente político suyo. En la primera frase de la carta, el general dice que cuando Cánovas la esté leyendo, él ya se habrá alzado. En la madrugada del 29, Martínez Campos reúne a los jefes y oficiales de la brigada al mando de Luis Dabán y les comunica la intención de proclamar a Alfonso XII. Aparentemente, sólo cuenta con esta brigada, más algunos carabineros en Ciudad Real que controla Valmaseda.
Esta humildad, sin embargo, no era tal. Los impulsores del movimiento esperaban un efecto dominó, y lo tuvieron. El general Joaquín Jovellar Soler, jefe del ejército del centro, se les unió desde Nules. Más compleja fue la decisión del capitán general de Madrid, Fernando Primo de Rivera y Sobremonte, quien tardó en decidirse si seguir el pronunciamiento o la estela de Cánovas. En la tarde del 30, tras haber hablado con el propio Cánovas, se decidió a favor del movimiento. Serrano, por su parte, tal vez consciente de que con aquel golpe de Estado pasaba ya el último tren de la Historia para él, se limitó a resignarse.
¿Le moló el golpe a Cánovas? Es bastante obvio que no. Cánovas quería que al rey lo trajese una votación de las Cortes o un plebiscito. El año 1873, en el que España había estado verdaderamente en disposición de justificar un golpe de Estado, le había convencido de que el tiempo de las asonadas había pasado. Hizo todo lo que pudo por parar el grito de Sagunto. De hecho, existen algunos indicios de que llegó a escribir un texto para su periódico amigo, La Época, desautorizando el golpe. José Ignacio Escolar, director del periódico, se las arregló para que el texto se perdiese por el camino (y es que eso de poner al frente de un periódico a alguien llamado Escolar nunca ha sido buena idea)
Ante los hechos, sin embargo, Cánovas se encargó, como obviamente le intimaron, a constituir el ministerio-regencia. Pero aquí lanzó un mensaje bien claro, ya que la cartera de Guerra en dicho gobierno no fue ni para Valmaseda ni para Martínez Campos, sino para Jovellar; lo cual demuestra que, en los golpes de Estado, el gato al agua no se lo lleva quien los lanza, sino quien los desequilibra con su apoyo (lección que, décadas después, el general Francisco Franco demostró tener bien aprendida). A Valmaseda acabarían, tres meses después, devolviéndole el mando militar de Cuba; pero dimitió cuando supo que la autoridad civil sería Tomás Rodríguez Rubí, un amigo personal de la reina que era, según muchos testimonios, de escasa luz política. Martínez Campos fue ascendido a teniente general y nombrado capitán general de Cataluña.
¿Por qué estaba tan cabreado Cánovas? Pues porque tenía una comprensión profunda de la Historia.
El grito de Sagunto puede considerarse, y de hecho así se considera en muchos manuales, como la culminación de la obra de una vida para Cánovas. Pero no lo fue. Más bien, fue todo lo contrario. A lo largo de su actuación en los años anteriores a la Restauración, máxime desde que fue designado muñidor principal del proyecto, Cánovas tuvo siempre claro que los Borbones no podían regresar a España escoltados por espadones. Antonio Cánovas creía que las naciones tienen constituciones inmanentes, y que la constitución inmanente de España, fruto fundamentalmente del esfuerzo de la Reconquista, era su identificación con la Corona y con la religión católica. Creía, por lo tanto, que España era como una especie de desagüe que propendía a la Corona (y está bien el símil del desagüe, porque no tenía gran opinión de la situación española. Célebre es la anécdota de la sesión parlamentaria en la que se discutían los primeros artículos de la nueva Constitución, en la que, cuando se empezó a leer: “Son españoles...”, se le oyó decir: “los que no pueden ser otra cosa”).
Como creía en la esencia inmanente monárquica de España, Cánovas quería un regreso de los Borbones, si no aclamado, sí, cuando menos, aceptado por los españoles. Nunca impuesto. Su intención era regresar a los tiempos gloriosos del regreso de Fernando VII, cuando un Borbón bien amado fue recolocado en el trono de la nación por un pueblo que lo quería.
Cánovas era consciente de que, a partir de aquel primer y prometedor episodio, los Borbones no habían hecho otra cosa que cagarla. El propio Fernando VII se había convertido en golpista militar contra sí mismo. La continuidad dinástica se había visto oscurecida por las dudas de tongo. Ahora, Isabel II se mostraba ilusionada cada vez que alguien le hablaba de golpes de Estado militares a su favor. Y hay que decir que, a la luz de lo que vendría, no se puede decir que Cánovas exagerase. Alfonso XIII resultó ser un Borbón desastroso, que al final aceptó el principio de que su estatus se mantendría gracias al apoyo militar-social de la dictadura. Juan de Borbón, hasta que se resignó a la imposibilidad de sacar agua de esa fuente, confió en que la manera de regresar la Corona a España sería la presión de los militares monárquicos sobre Franco. Como digo, sólo después de convencerse de que los Kindelán de la vida no iban a arriesgar sus posiciones vitales muelle por un rey, comenzó a barruntar, apoyado por sus partisanos civiles, el proyecto de regresar por deseo de los españoles. Proyecto que, en todo caso, traicionó de nuevo aceptando el pasteleo con el general Franco en favor de su hijo Juan Carlos.
Juan Carlos de Borbón se presentó ante los españoles vestido de capitán general; pero ya había llegado a la conclusión de que los Borbones, si querían sobrevivir, tendrían que apuntarse al look Paiporta: ropas civiles casi modestas, barro en los pantalones y en el pelo. De alguna manera y con mucha más distancia, porque cada tiempo es cada tiempo, yo creo que eso es lo que quería Cánovas. Una monarquía que le dejase claro a sus ciudadanos que no era tonta, que había sabido escuchar los mensajes del siglo; que comprendía que la revolución francesa, y la de 1830, y la de 1848, y la de 1870, no habían pasado en balde. Que ya no eran tiempos de ambicionar, como en el congreso de Viena, que los relojes podían atrasarse. Cánovas soñaba con la eclosión de un liberalismo templado que supiese disolver los excesos decimonónicos en una ideología, o serie de ideologías, moderadas, ponderadas, centradas en la idea de progreso. Era perfectamente consciente de que el conservadurismo se debilitaría en ese entorno, porque el conservadurismo habría de aceptar, cuando gobernase, cada una de las reformas del progresismo; y así ocurre, de hecho, hoy en día. No obstante estar jugando contra sus propios intereses ideológicos, no le importaba. Porque su principal objetivo no era la ideología, sino conservar el alma española. Alma que, como ha he dicho, en su mente se identificaba con el altar, y con los Borbones de los cojones.
Dice el saber popular: algo tendrá el vino cuando lo bendicen. Y, las cosas como son, hay que reconocer que algo tendrá la Corona, cuando ni siquiera sus errores acaban con ella. Cánovas quería un regreso borbónico enderezado, justo y, casi se podría decir, retorciendo un tanto las cosas, democrático. Creía firmemente que los españoles, escaldados por el desastre de la I República, abrazarían a su rey como el hijo pródigo; y cualquier otra componenda no le gustaba. Pero fracasó. A los Borbones no los trajeron los españoles, sino algunos españoles. Y, lo que es peor, el detalle parece como que les vino a animar a pensar que todo el monte es orgasmo, y que podían equivocarse cuanto y cuantas veces les saliese de los huevos, que siempre habría para ellos segundas y terceras oportunidades.
Si los actuales Borbonos, Borbonas y Borbones han entendido, de una puta vez, que eso no es así, es algo que el tiempo dirá. Yo, personalmente, no soy nada optimista.
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