lunes, septiembre 14, 2026

Restauración (8): Manifiesto y grito




 


El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto 



Isabel pasó aquel tiempo viéndose de cuando en cuando con el pretendiente carlista, en unas entrevistas que alarmaron a no pocos alfonsinos, que llegaron a sacar la conclusión de que, alimentada por las recomendaciones vaticanas, que obviamente tenía en muy alta estima, estaba dispuesta la ex reina a hacer concesiones excesivas a una fusión dinástica presidida por unos principios rancios de cojones; principios que, tampoco nos vamos a engañar, a esa señora le iban bastante. Estos contactos fueron contemporáneos con la actuación isabelina en el asunto, que ya hemos visto, de la negociación de una fusión de las tendencias dinásticas en Francia.

Cuando Isabel, tras muchos desvelos, consiguió tener la entrevista con el Papa que siempre había ambicionado (en puridad, lo que Isabel habría querido era haber tenido entrada libre a su albedrío a las habitaciones francisquitales), pudo comprobar de primera mano que el Vaticano estaba por arreglar las cosas; pero por lo que no estaba, era por poner su potencia diplomática al servicio del regreso de la corona a España.

Para empezar, el Vaticano no quería a la ex reina española en Roma. Si Isabel fue allí, fue a su puta bola y sin solicitar el oportuno placet de quien tendría que recibirlo. Fue recriminada por ello y se le advirtió, por la diplomacia vaticana, que si se le ocurría acercarse a menos de cien metros de un miembro de la casa de Saboya, el Papa anularía la audiencia. El Papa, además, quería que Isabel, si pisaba Roma y le visitaba, lo hiciera acompañada de su marido.

La reina, sin embargo, se presentó en Roma sola. Y no sólo llegó, sino que su intención era irse directamente a ver a Pío. Los dos ex nuncios en España, cardenales Barilli y Franchi, fueron a esperarla a la estación, y allí sudaron mierda hasta que la convencieron de que esperase un poquito.

Pío, sin embargo, sabía que tenía que recibir a la puta señora cojonera aquélla, y lo hizo. Lo hizo, eso sí, para dejarle claro que no sería él quien traería la monarquía a España, y para hacerle promoción de su idea de la fusión dinástica, poniendo a Francia como ejemplo. Es muy lógico pensar que fue entonces cuando Isabel le diría que, puesto que iba a ir a Viena de seguido, podía ir a visitar al conde de Chambord. Aquello era una carambola porque Chambord, siendo como era un candidato dinástico de corte muy conservador, tenía bastante más que amistad con el pretendiente carlista. Así pues, parecía posible muñir una carambola en la que se produjesen dos fusiones dinásticas a la vez, todas ellas borbónicas.

Pero no salió bien. Isabel, ya lo sabemos, fracasó en una mediación en la que tampoco era tan bien recibida como ella esperaba. Y, además, en un gesto bastante torpe, quiso cobrarse por adelantado una parte del presunto pago del Papa, haciendo que La Época publicase artículos en los que se venía a sugerir que el apoyo de Roma a la causa de Alfonso era cosa hecha.

Volvamos a Inglaterra. A pesar de que estaban en academias distintas, pronto Alfonso trabó nuevos contactos con el príncipe Luis Napoleón. Ambos ya se habían conocido en los últimos tiempos del II Imperio. Alfonso recordaba haber sido invitado por Eugenia de Montijo y haber aprovechado esas visitas para practicar la esgrima con Luis. En 1874, Luis Napoleón había cumplido 18 años, por lo que había alcanzado la mayoría de edad. Los bonapartistas y monarquistas franceses destacaron mucho este hecho: ya tenían un candidato joven. Aunque el gobierno francés hizo todo lo posible por enterrar la noticia, en Chislehurst se celebró un acto conmemorativo para el que diversos prohombres bonapartistas cruzaron el Canal. Luis Napoleón habló allí para defender la idea de que en Francia había que hacer un referendo. Bueno, para ser exactos, lo que dijo, genio y figura, es que en Francia había que hacer un referendo que ganase él.

Toda aquella parafernalia era, en buena medida, eso: farfolla. Pero quien quiere ver, ve. Tanto Eugenia de Montijo como Isabel de Borbón, en mi opinión, sobrevaloraron las oportunidades del bonapartismo francés. La Euge, por ejemplo, yo creo que pensaba que Mac Mahon era un bonapartista emboscado que, en su momento, se haría a un lado (un poco lo que los militares monárquicos pensaban de Franco nada más terminar la guerra civil). A lomos de estas convicciones más bien endebles, ambas, Eugenia e Isabel, permitieron que la opinión pública europea llegase a pensar que había una especie de entente entre los dos príncipes; algo que no beneficiaba en nada a Alfonso. Todo ello para desesperación de Cánovas, cuyo principal problema, en aquellos años, fue siempre que a la puta señora se le metiese entre ceja y ceja meter las pezuñas en asuntos que no entendía ni respetaba pues, esencialmente, el exilio la había convertido, en demasiadas cosas, en la hija de Fernando VII.

Todo esto había que contraprogramarlo de alguna manera. Y esa manera fue lo que conocemos como manifiesto de Sandhurst. El 28 de noviembre, Alfonso cumplía años. En la estafeta de la academia militar terminaron hasta los huevos con tanto email de felicitación. Alfonso respondió a todas esas felicitaciones a principios de diciembre, con un mensaje que fue, en realidad, una proclamación.

Cánovas llevaba meses tratando de que el príncipe tuviese ese gesto. Pero chocaba con la de siempre. La chochona no quería un compromiso de su hijo con las ideas constitucionales. Hay que entender, realmente, que tenía sus razones. España era un puto caos. Puede que los españoles, viviendo su país desde dentro, estuviesen más acostumbrados. Pero para un observador exterior, e Isabel lo era, cada día estaba más claro que todo aquello iba a petar más pronto que tarde. Isabel concebía, pues, que la Restauración le iba a caer como una fruta madura. ¿Para que, entonces, hacer concesiones liberales?

Medio a espaldas de la madre, sin embargo, diversas personas estuvieron como medio año trabajando en el texto de aquel manifiesto; sobre todo, Cánovas y un estrecho colaborador suyo, Antonio Fabié; uno de los escasos  hegelianos españoles, por cierto. Cánovas, en todo caso, sólo consultó con quien quiso; a los comités de partidarios de la Restauración propiamente dichos no los consultó, probablemente consciente de que siempre habría por ahí algún bocachancla. Muy probablemente, Cánovas decidió esperar, no tanto al cumpleaños del príncipe, como al nombramiento del general Concha como comandante de la guerra en el norte; los borbónicos estaban convencidos de la lealtad de Concha, así pues esperaba un apoyo decidido.

Como era de esperar, el manifiesto llegó pronto a los cíceros de la Prensa española. Cuando consideró el texto definitivo, Cánovas se lo entregó a Fabié y a José Ignacio Escolar, director de La Época, uno de los baluartes monárquicos en la opinión publicada española del momento; una especie de Nacho Escolar monárquico. Intentó Cánovas que alguna embajada les diese a ambos estatus diplomático para poder salir de España con valija, pero no lo consiguió. Así las cosas, Escobar fue inmovilizado casi una semana en Zumárraga por los carlistas. Fabié, sin embargo, bajó por Barcelona y Aragón, acompañado por otro amigo de Cánovas, Antonio Candalija. En Barcelona, los refugió un periodista monárquico, Juan Mañé i Flaquer. Pasaron la frontera con el manifiesto doblado dentro de una petaca de cigarrillos.

Llevaron el texto a París, donde se lo entregaron al duque de Sesto. Ahora, el papel, una vez firmado por el príncipe, debía regresar a España.

Cánovas tiene fama entre quienes no lo conocen de rancio y anticuado. Pero eso es, básicamente, porque todo aquél que se cree la polla de Montoya tiende a pensar que no se puede ser lo que él no es sin ser un imbécil. Así las cosas, el que no es monárquico tiende a pensar que todo monárquico es un ser rancio, anticuado y nostálgico de los tiempos del Cid. Que Cánovas estaba intelectualmente enamorado de la España inmortal de sus mejores tiempos, es algo obvio. Pero que eso lo convirtiese en un rancio, es rotundamente falso. Era un político muy moderno que, sobre todo, entendía muy bien las reglas de juego de la política moderna. Por eso, frente a otros que soñaban con que el manifiesto, una vez en Madrid, fuese poco menos que llevado en procesión bajo palio a la redacción de los periódicos, Cánovas defendía que la publicación debía aparecer como un accidente; como el resultado de una indiscreción. Por ello, se decidió montar la ficción de que el texto iría en una carta personal que, de alguna manera, acabaría en manos de algún Antonio Maestre de la vida.

El problema era designar un destinatario. El gobierno español, muy consciente de que cada vez el caos era peor, esperaba una reacción monárquica. Estaba muy nervioso y, por eso mismo, el destinatario teórico de la teórica carta podría pasarlo mal. En este ambiente llegó el 28 de noviembre y el tsunami de felicitaciones.

Por esas fechas, según refiere Benalúa (sobrino de Pepe Alcañices, autor de un jugoso libro de recuerdos), Cánovas citó en su casa de la calle de la Madera a un pequeño grupo de políticos: Sesto, Manuel Becerra, Antonio Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo y el marqués de Sardoal, quien, como ya os he comentado, era alcalde de Madrid. Benalúa dice que también estuvo un ministro del gobierno, y cree recordar que era Echegaray, porque tenía cara de billete. En esa reunión se acordó enviar dos mensajes de felicitación al príncipe cuando cumpliese los 17, algunos días después.

La razón última de que el manifiesto de Sandhurst quedase vinculado al cumpleaños de Alfonso fue que, puesto que los muñidores de la presunta carta filtrada no querían señalar a nadie como destinatario, decidieron que necesitaban un destinatario colectivo; y qué mejor destinatario que el conjunto de personas que habían felicitado al príncipe por su cumpleaños. Buena parte de las copias fue distribuida por dos monárquicos de pro, José Elduayen y Luis Pidal y Mon. Por deferencia, dos primeras copias fueron enviadas a Francisco de Asís y al duque de Montpensier. Para entonces, el texto ya se estaba traduciendo para la Prensa extranjera. Aunque no se tradujo al alemán. Se consideró que los prusianos no estarían muy contentos con aquello. La versión inglesa la elaboró el diplomático Rafael Carlos Merry del Val. Su texto fue filtrado al Morning Post; por feliz coincidencia, Alfonso y el director de dicho periódico habían coincidido en el barco en que el príncipe había cruzado el Canal.

Como aquello se supone que era una carta filtrada por una indiscreción, se decidió no enviar el texto a soberano alguno; ni siquiera, para disgusto de Isabel, al SumoPon. Aunque, al final, la puñetera señora acabó saliéndose con la suya, pues le envió la carta en su condición de padrino del niño.

La carta se fechó el 24 de diciembre. Pero es todo farfolla. En dicha fecha, el texto había sido publicado por la Prensa europea y se conocía en España. El 27, con la anuencia del gobierno, la publicaron El Tiempo y La Época.

En Sandhurst comenzaban las vacaciones de Navidad. En ese momento, nadie habría apostado porque la Restauración era ya casi un hecho. El plan del príncipe era bajar a Dover, cruzar a Francia, y estar en París con su madre hasta el 1 de enero, y luego vuelta a Inglaterra. Efectivamente, Alfonso pasó la Nochebuena con su séquito en un hotel de Londres (donde les exigieron el pago por adelantado) y el 30 embarcó en Dover. Pero para entonces las tornas españolas eran otras.

Horas después, el Papa recibía al cuerpo diplomático para celebrar el año nuevo. Entre los invitados estuvo Álvarez Lorenzana, quien quería tener un aparte con el SumoPon para explicarle que en España se había liado parda y que desde Sagunto se había proferido un grito que había acabado con la república. Pero, vamos, que Lorenzana demostraba con ese gesto no conocer el Vaticano; porque lo cierto es que el Papa, quizás, supo todo eso antes incluso que él. En efecto, cuando ambos se encontraron, fue Pío quien le sacó el tema a Lorenzana. Éste, liberado pues de dar más información a un tipo que a todas luces sabía tanto o más que él, se limitó a hacer un comentario sobre las investigaciones que estaba haciendo de cuál había sido la suerte de los políticos españoles que Antonelli conocía personalmente. Los dos políticos españoles más ligados a Roma eran Alejandro de Castro, que era embajador ante la Santa Sede justo en tiempos de La Gloriosa; y Antonio Cánovas, que había residido en Roma en 1855 cuando se le encomendó la dirección de la Agencia de Preces.

Siempre cautelosa, la Santa Sede esperó para pronunciarse sobre la nueva situación española. Esto chocó con la actitud de Lorenzana. No era aquel hombre el más indicado para relacionarse con el Vaticano. Su natural era impulsivo e impaciente, y no se tomó muy bien el silencio cauteloso de los sotanudos. Día sí, día también, le exigía a Antonelli el envío inmediato de un nuncio vaticano a la nueva España; preferentemente, Franchi (obsesión que se presta al chiste fácil de que los Borbones españoles siempre han querido un Franchi cerca...) Efectivamente, los alfonsinos eran conscientes de que no estaba toda la partida ganada; estaban los carlistas. El tradicionalismo era la ideología de muchos de los obispos españoles; y por eso Lorenzana quería que Franchi viajase a España, convenientemente ungido de los poderes necesarios, para ponerlos en vereda. El Vaticano, sin embargo, permaneció impasible el célibe. El Papa no quería que en las cancillerías europeas se pensase que había tenido algo que ver en el grito de Sagunto.

Los alfonsinos creían tener razones para exigir lo que exigían. En 1833, cuando estalló la crisis dinástica española en todo su esplendor, el gobierno había exigido y obtenido del PasPas Gregorio XVI una encíclica en la que se venía a criticar al clero y episcopado español que se había alineado con los carlistas. Ahora querían lo mismo; pero, claro, había pasado medio siglo. Medio siglo en el que al gobierno de la Iglesia, que diría Alfonso Guerra, no lo reconocía ni la madre que lo parió. A esto hay que añadir que los muchos propagandistas carlistas surtos en Roma también hacían su labor. La Prensa cercana al Vaticano compró, por ejemplo, la versión según la cual todo lo que había pasado era una taimada movida montada por Bismarck.

Todo esto le permitió a Antonelli colocarse donde quería: el reconocimiento vaticano vendría después, no antes, del del conjunto de potencias europeas. El gobierno español entendió. En marzo tuvo un gesto claro al sustituir a Lorenzana por un canovista puro, Antonio Benavides. El Vaticano, sin embargo, siguió sin enviar nuncio. Reclamaba el pleno cumplimiento del Concordato de 1851. No fue hasta el 3 de mayo que no presentó sus credenciales el nuncio apostólico más colchonero de la Historia: Giovanni Simeoni.


Recreación actual de Antonio María Fabié.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario