El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La varienta inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
En aquel entorno cebado por el general Serrano para que la pregunta de quién podría ser el nuevo rey de una monarquía española restaurada quedase permanentemente en paso, los que se sentían como principales candidatos a dicha candidatura, sin embargo, estaban en situación de debilidad. Los borbónicos (cuya primera victoria de opinión pública es que todo el mundo, historiadores e historiatrices incluidos, los llame alfonsinos) tenían un candidato muy poco potente. El hombre que debía racionalizar el avispero español, cerrar heridas y promover una especie de Era Meiji castiza, apenas tenía pelos en los cojones y gastaba el típico rostro de atontolinao que provee la genética leonorita. En un entorno en el que los que aceptaban que el experimento republicano había sido un puto programa de Carlos Latre, éstos también tenían, mayoritariamente, la sensación de que lo que necesitaba España era un rey Chuck Norris. Por ello, las diferencias entre Alfonsitín y Federico Carlos se hacían evidentes. Cánovas y su gente tenían un problema de candidato; y no podían cambiarlo porque la otra alternativa: la Gorda, era totalmente inplanteable. Incluso borbónicos convencidos como el general Concha dudaban de Alfonso por estar demasiado verde.
Cánovas, sin embargo, no lo tenía todo perdido. Siempre excelentemente bien informado, el astuto borbónico sabía bien que en Berlín el tema de Federico Carlos se daba ya por imposible en el terreno de lo real. En esas circunstancias, para los alemanes la prioridad había dejado de ser que la opinión pública y publicada en España estuviese a favor de Federico Carlos; la prioridad había pasado a ser que el gobierno aplastase la alternativa carlista, que era la que menos gustaba en el despacho de Bismarck, sobre todo porque los alemanes, clarividentemente, no veían una consolidación carlista como otra cosa que no fuese la prolongación del problema, no su solución. Así las cosas, había terreno para labrar un acercamiento a Alemania. En otras palabras: el reto de Cánovas era hacer la idea borbónica compatible con los planes geopolíticos de la naciente nación germana.
Muy probablemente, Bismarck estaba preocupado con la evolución de la triple entente. El canciller alemán, desde luego, no era un demócrata en el sentido que hoy le damos a esta palabra; pero sí tenía la capacidad de un Richelieu de entender que no podía dejarse llevar por sus ideas; que tenía que mirar el mundo y buscar dentro de él la mejor de las opciones para su proyecto nacional. Esto convertía a Bismarck en el hombre más flexible de la triple entente. A punto de estrenar el último cuarto del siglo XIX, ni su rey Guillermo, ni Francisco José, ni desde luego Alejandro II de todas las Rusias, estaban en condiciones de entender que la triple entente no podía ser un simple poner el reloj a cero en el Congreso de Viena. A aquel plato le hacía falta algún condimento nuevo; ideas más adaptadas a lo que era Europa y el mundo en aquel momento histórico. Bismarck tenía la clarividencia de entender que había que crear un sistema de pensiones porque, como solía decir, si las personas sabían que debían de enfrentarse a una vejez de pobreza, todo lo que les quedaría sería la revolución. Podremos decir muchas cosas de este señor arrogante y bastante coñazo; pero la cosa es que, mientras él estuvo sobre la tierra, no hubo primera guerra mundial.
Es en este terreno en el que hay que entender la decisión de Cánovas de iniciar contactos con Berlín, llegando incluso a sugerir un matrimonio de Alfonso con una princesa prusiana o cuando menos comechucrut (una hija de Federico Carlos o del rey Luis de Baviera).
Podemos dar por más que posible la existencia de un memorando de Cánovas dirigido a Bismarck sobre todos estos hechos; aunque el texto del mismo parece que no ha sido encontrado, lo que es un hecho es que fue largamente tratado en la Prensa. Por lo demás, hay que tener en cuenta que Alemania hizo esfuerzos en aquella segunda mitad de 1874 por demostrar cierto buen rollo respecto de los borbónicos. El conde Hartzfeld, embajador alemán en Madrid, visitó en París a Guillermo Morphy, personaje cuya importancia en el ámbito de Alfonso ya he comentado. En septiembre, fue el propio Alfonso quien visitó Berlín acompañado por Luis Arístegui y Doz, conde de Mirasol, y por José Osorio y Silva, duque de Sesto, marqués de Alcañices; más conocido en los círculos borbónicos como Pepe Alcañices (el hombre de quien acabaría diciendo Isabel II: "Alfonso, ven a darle un beso a Pepe, que te acaba de hacer rey").
En dicha visita, Alfonso fue recibido por el príncipe Adalberto de Baviera; pero Bismarck consideró que lo más discreto era no hacer él lo propio. Eso sí, el gobierno alemán nombró a un teniente coronel que le hizo de guía y, es de suponer, también de espía; considerando que Alfonso era un Borbón, también es posible que actuase de introductor de putas. Aquel mando sería quien le elaboraría un puntual informe a Bismarck sobre el aspecto y carácter del jovencito español.
Entre Bismarck y Cánovas existía una sima. En buena parte, el Imperio alemán había llegado a conformarse desde la identificación reformada y los amargos reproches que el nacionalismo germánico tenía que hacerle a la figura del Francisquito. Recuérdese que Bismarck había ido al Bundestag a decir, alto y claro: “No habrá otro Canosa”, en alusión a la humillación que el SumoPon ejerció sobre el emperador Enrique IV. Cánovas, es cosa bien sabida, era un señor que consideraba que España tenía dos esencias: la monarquía, y el catolicismo. En este punto, las cosas como son, para el español era más difícil entenderse con el canciller alemán que con Mary Cooper, la madre de Sheldon. No obstante lo dicho, no echéis en saco roto la comparación entre Bismarck y Richelieu; el francés también buscó a los protestantes cuando le cuadró.
Alemania, cabe sospecharlo, quería seguir influyendo en España. De hecho, poco tiempo después del incidente del Albatros habría de ocurrir otro en el mismo teatro: la costa cantábrica, que siempre ha hecho sospechar a muchos historiadores que el tema fue buscado. Un carguero matriculado en Rostock, el Gustav, había hecho línea hacia Nueva York y volvía a casa como El Almendro. En el Cantábrico lo sorprendió una galerna que le obligó a refugiarse en la bahía de Guetaria. Los carlistas, Ahivalahostia, lo recibieron con fuegos artificiales, pero de los que no se ven y matan si te dan. Del puerto de Guetaria, controlado por los gubernamentales, se enviaron varios soldados para ayudar a los germanos. El incidente generó una oleada de indignación en Alemania que comprometió mucho el entonces recién estrenado gobierno de Alfonso de Borbón. Los alemanes enviaron un buque a la zona, el Nautilus. Le prometieron a Madrid que sólo investigaría, pero el caso es que el buque bombardeó Zarauz y cien marineros desembarcaron en la villa.
Menos problemas en el terreno religioso tenían los borbónicos con Viena; aunque eso tampoco quiere decir que el camino fuese fácil con aquellos gobernantes que gustaban de girar bailando con un palo de fregona en el culo.
El principal problema que presentaba la relación con los austríacos era que el propio Imperio estaba en pleno proceso de evolución. El montaje legitimista del Congreso de Viena se basaba en la existencia de Un Centinela, que era precisamente Viena, siempre dispuesto a actuar allí donde la chispa revolucionaria acabase por prender. Esto, sin embargo, se fue a la mierda cuando la revolución prendió en la propia Austria. El movimiento de 1848 fue muy profundo en Austria y, de hecho, marcó un antes y un después. La presión de los manifestantes provocó la convocatoria de una Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal; y, sobre todo, provocó la jubilación de Metternich, que fue bastante más que un símbolo. Las tensiones centrífugas se hicieron evidentes por las ilusiones de autogobierno de los húngaros y los checos, los eternos jartibles del Imperio.
La revolución también tumbó a Francisco I, el monarca austríaco, que fue sustituido por Francisco José, un hombre que, quizás con demasiado optimismo, se consideraba más sintonizado con los tiempos. La derrota de Solferino (1859) dejó al Imperio sin la Lombardía, lo cual fue una pérdida muy significativa, sobre todo en el plano económico. En 1866, tras ser de nuevo derrotada en Sadowa, Austria se ve obligada a entregarle el Veneto a Napoleón III para que éste lo entregue al proyecto italiano; asimismo, Austria hubo de firmar con Alemania el tratado de Praga, por el cual abandonaba la Confederación Germánica. De esta manera, la Historia daba la vuelta. Siempre se había hablado, en aquel entorno geográfico, de que la Gran Alemania era Austria; y que el resto de los principados podrían, si eso, conformar una pequeña Alemania. La situación, ahora, se revertía, como es evidente para cualquiera que mire un mapa actual.
Por lo demás, debilitada y muy presionada, Viena hubo de aceptar la Ausgleich, es decir, la creación de la monarquía dual austro-húngara en situación de igualdad (1867). La pérdida definitiva de un enfoque centralizado, unida al hecho de que, obviamente, el nuevo estatus constitucional supuso un acicate para las fuerzas políticas y sociales húngaras y balcánicas que lo que querían era, simplemente, separarse de Viena, debilitó notablemente al Imperio, que dejó de ser la fuerte referencia geopolítica europea que había sido en las cuatro décadas anteriores. Muy particularmente, se dejó de mirar hacia los Habsburgo para muchas cosas, y ellos, por su parte, todavía se retrajeron más. España fue un buen ejemplo, pues, a pesar de ser el candidato carlista hijo de una archiduquesa de aquella peña, Austria-Hungría se guardó muy mucho de mostrar simpatías públicas por él.
De alguna manera, sin embargo, Austria seguía siendo el refugio del legitimismo. Enrique de Borbón, conde de Chambord, candidato al trono de Francia a la antigua usanza; y Carlos de Borbón-Austria, referente del carlismo, vivían en el país. Por esto resulta un tanto curioso que se eligiese el mismo destino para un joven príncipe Alfonso, estando como estaba cuando menos teóricamente abierto a enfoques menos legitimistas.
En el verano de 1871, mientras Alfonso disfrutaba de sus vacaciones escolares, se planteó el tema de la continuidad en los estudios. En octubre viajó a París acompañado de su preceptor Tomás O'Ryan Vázquez. Apenas estuvo unas horas. Saludó al rey Francisco de Asís, que al día siguiente celebraba su santo; y cogió un tren a Ginebra. De la capital pasó a Lucerna, donde estuvo una semana triscando por los montes (versión oficial; lo que triscó o dejó de triscar, vete tú a saber). Luego viajó a Munich, residencia del príncipe Adalberto de Baviera, casado con Amelia, hermana de Francisco de Asís.
Fue allí, en el palacio de Nymphenburg, donde se planteó el tema del colegio del niño. Se pensó en un colegio en Bedburg, en la Prusia renana, que había sido originalmente un colegio de aristócratas. Se manejó también la posibilidad de ir a otro en Ausburg, o la escuela de pajes de Munich. A la reina Isabel no le gustaron ninguna de estas alternativas. Alfonso quedó en Baviera, asistiendo a las clases particulares de los propios hijos de Adalberto y Amelia; o sea, en lenguaje actual, se acopló. Entrado ya noviembre, O'Ryan le sugiere a Isabel que considere la Academia Real e Imperial Teresiana de Viena. Esta candidatura plació a todos lo suficiente, y a principios de diciembre se decidió que Alfonso se matricularía allí.
La elección de Viena aparece como el probable resultado de un cierto encastillamiento por parte de la madre. La reina Isabel recelaba de las alternativas alemanas por lo común que era ya en aquel país que las escuelas no hiciesen distingos religiosos. La reina no quería que en España se pudiera llegar a saber que su hijo, de 14 años, se estaba formando, o incluso hacía amistades, con protestantes. Austria le pareció un terreno mucho más propicio y confesional. Pero me parece que era bastante consciente de que el mensaje adjunto al gesto de enviar a su hijo a estudiar allí no era el mejor del mundo. El caso es que Alfonso llegó a Viena identificado como marqués de Covadonga, sin alharaca alguna. Ocultar aquello, sin embargo, en una Europa que no era sino un compendio de viejas del visillo, era misión imposible. Lorenzo de Castellanos, encargado de negocios de la embajada española, no tardó en confirmar que se trataba del borboncito.
En el Theresianum, como se le conocía, el príncipe recibió la inmaculadamente concebida educación que esperaba su madre. Siendo Viena, además, sus profesores se esmeraron en excitar en el alumno, como en todos los demás, el gusto musical. Alfonso comenta en sus cartas su asistencia a una ópera de Richard Wagner, cuya música define como “un ruido estrepitoso de principio a fin”; y no será este amanuense quien le afee el balance. En otra misiva, lo apela de “farsante”.
La razón fundamental del anti wagnerianismo de Alfonso era la más común razón para dicha posición musical: la afición a la ópera italiana. Todo parece indicar que el príncipe era muy gustoso de asistir a las representaciones de ópera italiana. De hecho, disfrutó mucho de la llegada a Viena de la compañía de Adelina Patti, en la que estaba integrada una cantante española, Elena Sanz, que solicitó una audiencia. Elena Sanz, por cierto, es un ejemplo de mujer empoderada desgraciadamente olvidada por este feminismo actual nuestro, tan reñido con la cultura que no pase por la alfombra de los Goya. Mujer de orígenes humildísimos, estudió en una institución de caridad, el Colegio de Doncellas Huérfanas de Leganés. Tenía, dicen, una voz limpia y maleable (dos ingredientes sin los cuales el bel canto no es lo primero y, en ocasiones, ni siquiera lo segundo); y también era un pibón. Alfonso y ella volverían a encontrarse, sobre todo después de que éste enviudase de María de las Mercedes de Orléans. Ya en la entrevista que tuvieron en Viena, momento en que Alfonso tenía 14 años, Guillermo Morphy habría de fijarse en el dato de que a Alfonso le jodió mucho que terminase la entrevista, y que le costó centrarse en su trabajo después. O, sea, más que probablemente estaba más empalmado que un mandril o, podríamos decir, se encontraba en posición borbónica de presenten armas.
La Corte austríaca no se opuso a la estancia del príncipe español en Viena, probablemente porque sintió la cerrazón de su madre respecto del tema; pero quiso dejar claro, desde el primer momento, que ellos no iban a dar soporte público al Borbón. Así las cosas, Alfonso tenía una vida interesante de visitas culturales y recreativas; pero apenas aparecía por el palacio real, y mucho menos podía aspirar a ser agasajado por el emperador o su familia. Para Francisco José y la Sissi, lo fundamental era mantener un vuelo indiferente, como diría Han Solo.
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