El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
En el bando alfonsino siempre hubo dos tendencias muy claras. Por un lado estaban los seres inteligentes, los buenos estrategas como, sobre todo, Cánovas o el marqués de Molins (Mariano de las Mercedes Roca de Togores y Carrasco); y, por otro lado, la reina y sus turiferarios. Isabel era una mujer no exenta de inteligencia política que, sin embargo, utilizaba muy pobremente. Su visión estratégica, además, siempre estaba superada por su natural poco comprensivo con el liberalismo decimonónico (ella siempre fue, básicamente, la hija de Fernando VII; que la presión carlista la llevase a ser otra cosa, es otra movida); y era, además, una persona con un altísimo resquemor hacia la España y los españoles que la habían echado. Por lo tanto, soñaba con una Restauración que, más que eso, era un Regreso. Creía, y la verdad es que el caos que fue la I República la avalaba, que el pueblo español acabaría pidiéndole que regresase al mismo puesto y con las mismas prerrogativas.
Los monárquicos inteligentes, sin embargo, eran de otra opinión. La verdad de las cosas, uno de los elementos que le llevan a uno a pensar que los Borbones españoles son de aprendizaje lento es el hecho de que la tensión aquí descrita se repitiese, casi un siglo más tarde y como en una copia carbón, con Juanito Segundón y sus relaciones con Franco. El monarquismo inteligente era consciente de dos cosas que la reina negaba: una, la Restauración no sería un proceso espontáneo; había que cincelarlo como un marroquinero. Dos: lo que volvería no sería lo que había sido. Era necesario hacer una nueva oferta. Cánovas pensaba, en esto como la reina, que algún día España se cansaría de experimentos fallidos, y volvería a pensar en la monarquía. Pero su oferta para ello era un chaval de 17 años que había visto mucho mundo; un Felipe de Borbón que hubiera perdido el frenillo en Georgetown.
En este esquema cuadraba muy mal la convergencia dinástica con las dos ramas que, de una manera o de otra, se consideraban también con derechos sobre la corona de España: los Orléans y el carlismo. Pero esa convergencia existió, porque la quería la reina; y la reina la quería, sobre todo, porque el Papa le susurraba al oído que sería cojonuda para la causa.
El alfonsismo tenía un pero importante: la minoridad de Alfonso. En los tiempos que relatamos, el príncipe todavía era menor de edad, por poco pero lo era; y eso suponía que, de llegar al trono, tendría que aceptar una regencia que se adivinaba compleja, pues la España finisecular no aceptaría una regencia de su madre, consciente de que eso sería como traerla a ella de nuevo. Era necesario atar cabos entre los que podían exigir, como poco, el derecho a ser, por así decirlo, el Lord Mountbatten del alfonsismo. Y eso pasaba por tranquilizar a la rama Montpensier.
El duque de Montpensier, Antonio de Orléans, casado con la infanta real María Luisa Fernanda de Borbón, se gastó sus buenos duros en los tiempos de la almoneda monárquica española para conseguir ganar voluntades para su candidatura personal. Y la cosa venía de atrás. En 1862 ya había intrigado para ser emperador de México, asunto en el que fue laminado por Maximiliano de Austria; lo cual fue una suerte para él, no cabe duda. A partir de entonces, su residencia sevillana bien conocida, el palacio de San Telmo, se convirtió en nido de conspiradores; sobre todo de militares unionistas que, como el general Domingo Dulce, comenzaban a preparar su viraje revolucionario. Estos hombres consiguieron que Antonio de Orléans financiase el movimiento revolucionario. Su participación fue tan descarada que una Real Orden de 7 de julio de 1868 prescribía que debía abandonar España. Montpensier no se fue muy lejos, a Portugal; la reina intentó, sin éxito, que el gobierno luso le negase el asilo. El rey Luis, sin embargo, le aconsejó que se trasladase a Inglaterra, a Génova o, si se quería quedar en Portugal, a Madeira. Finalmente, recaló en Porto, donde le habrían de encontrar las noticias septembrinas. Inmediatamente, envió por barco a su mano derecha, Felipe Solís y Campuzano, a España. Solís, en la capital, se fue a ver al general Prim, para sugerirle la inmediata proclamación de la infanta María Luisa Fernanda. Prim no se molestó ni en darle su usuario de Insta.
Cosas de la vida: Antonio de Orléans había financiado la llegada al poder de los revolucionarios. Pero, una vez los revolucionarios al frente del país, éstos no quisieron saber nada con que Montpensier regresase a su batcueva sevillana. Los revolucionarios tenían como gran prioridad política obtener un rápido reconocimiento por parte de la Francia de Luis Napoleón; y ésta sentía un odio africano hacia este señor, que no dejaba de ser uno de los candidatos a la restauración borbónica en el país. Toño, sin embargo, inició el viaje de regreso impasible el Orléans; en Manzanares lo interceptó la UME, que le obligó a regresar a Portugal cagando melodías digitales. Sin embargo, en el verano de 1869, cuando el general Serrano consolidó su posición como regente, las simpatías de éste hicieron su trabajo, y Monty pudo volver a compartir pasillo con la Junta de Andalucía.
A partir de aquí es cuando empieza la candidatura de Antonio de Orléans por la corona de España; candidatura que habría de terminar de forma bastante estúpida. Para su candidatura recabó el apoyo del unionismo, muy poderoso, y que sabía que le debía mucho. Sin embargo, además del gesto estúpido que tuvo (y que, en realidad, no fue más que la disculpa), la candidatura de Montpensier nunca fue seria en el marco de las negociaciones que ya hemos descrito en esta serie. En primer lugar, Napoleón III, que debería haber sido el principal apoyo internacional de un príncipe de origen francés, no quería ir con aquel tipo ni a heredar. Es evidente que para un Bonaparte, que un hijo de Luis Felipe de Orléans reinase en España no podía ser buena noticia. Eugenia de Montijo se marchó de una entrevista con el literato Patricio de la Escosura, tan sólo porque éste le vino a sugerir que Orléans era un candidato más sólido y lógico que Alfonso de Borbón.
Antonio de Orléans, sin embargo, tenía su público. Era un hombre de honda raíz católica; pero tampoco iba diciendo las cosas que decían los carlistas sobre el gobierno tradicional de Dios. En tal sentido, se venía a presentar como una especie de Unión del Centro Democrático, entre rancios y wokes. Apostaba, pues, porque España entrase por los carriles de un proceso parecido a la Transición, en el cual su figura se hiciese grande.
Montpensier, sin embargo, tenía el hándicap de ser considerado un extranjero. Los españoles no lo consideraban uno de los suyos; los sevillanos, menos. Por lo demás, el verdadero muñidor de la continuidad monárquica del país en ese momento, el general Prim, no quería enfrentarse con París y, además, como ya hemos visto, era un decidido partidario de la unión ibérica, lo que hacía que Fernando de Coburgo fuese su hombre. En ese momento, Montpensier trató de buscar algún asidero más en la izquierda, es decir, el republicanismo. Pero a los republicanos les caía como el culo. En esta opinión pesó mucho que el infante Enrique de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, cuarto hijo de Francisco de Paula de Borbón y Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, hombre destacado hasta su muerte por sus ideas revolucionarias, le fuese decididamente no afecto.
Enrique de Borbón hizo algo más que opinar en salones y chocolatitos. Hizo público un manifiesto en el que ponía a Montpensier de puta para arriba, amén de aseverar que su candidatura a la corona española no era sino la primera pieza de una pinza para destrozar el II Imperio francés. Entre otras cosas, lo llamaba “hinchado pastelero francés”. Aquello encabronó a Antonio de Orléans; y el resto, como se dice, es Historia. Ambos se batieron en duelo el 12 de marzo de 1870. Montpensier reventó al infante, y con ello reventó todas sus posibilidades de ser rey de España. Un consejo de guerra lo condenó a un mes de extrañamiento y a indemnizar a la familia de la víctima con 30.000 pesetas. Para colmo, no fueron pocos los que implicaron a Montpensier en uno de los hechos más extraños de la Historia de España, es decir, el asesinato de Prim. Muchas personas de la época, como Sagasta; y, en el futuro, estudiosos del asunto como Antonio Pedrol, creyeron en la implicación de Solís y Campuzano.
Llegado Amadeo a la corona, Antonio de Orléans, como capitán general que era, venía obligado a jurarle fidelidad. Se negó. Fue encarcelado por ello en el castillo de la Mola, en Mahón, y luego expulsado del ejército. En 1871 fue elegido diputado por Cádiz, tras lo cual solicitó regresar a Sevilla.
Orléans fue, por lo tanto, durante un tiempo un serio contrincante del alfonsinismo. Mientras su perfil fue el de un candidato fuertemente apoyado por la Unión Liberal, fue así; luego empezó a cagarla y, en ese momento, en París comenzaron a pensar que sería proclive a escuchar una oferta que le permitiese seguir flotando, a cambio de aceptar su sumisión a la candidatura del príncipe. Aparentemente, el primero que sugirió que la mejor forma de resolver el sudoku dinástico español era proclamar a Alfonso bajo una regencia ejercida por los duques de Montpensier, fue Francisco II, el ya entonces rey emérito de las Dos Sicilias, quien se lo dijo a Severo Catalina (el mandadero de Isabel II en Roma). Cuando Catalina le comentó aquel mojo a Isabel, la emérita se descojonó. Pero eso fue bastante antes del duelo, la caída en desgracia de Montpensier, y la llegada de Amadeo a España. En ese punto la Borbona, ante el peligro de que se consolidase en España una nueva dinastía que enviase a los Borbones al cubo de orgánicos de la Historia, comenzó a pensar que lo mismo sí que sería buena idea atraer al sevillano. Su madre, María Cristina, era además de la misma opinión.
Isabel decidió enviar a alguien al palacio de San Telmo. Ese alguien fue Rafael Merry del Val. Merry viajó, sin Pippin, a la vieja Hispalis, para plantearle a Toño un acuerdo basado en puntos muy concretos: asumiría la candidatura de Alfonso; si llegaba al trono siendo menor, la regencia la formarían la reina María Cristina y los Montpensier; Alfonso se casaría son la hija de Antonio, María de las Mercedes, salvo que no se gustasen; una comisión paritaria de cuatro personas redactaría un convenio.
Los Monty dieron largas.
Para entonces, Montpensier estaba más en la tercera cláusula de ese proto convenio que en la segunda. Le decía a todo el mundo que quería escucharle que él no quería ya nada para sí; pero que consideraba que su familia debía volver a tocar pelo en el Palacio Real. En esencia, esto quería decir que aceptaba la candidatura de Alfonso pero, al tiempo, venía a plantear la cuestión de quién dirigiría el movimiento alfonsino. Este planteamiento generó un rosario de reuniones en el Hotel Mirabeau de París, así como en el palacio Basilewsky, entre destacados monárquicos, en número de hasta sesenta. Allí estuvieron Alejandro Mon, los marqueses de Molins y de Salamanca, el infante Sebastián de Borbón, José Güel y Renté, el conde de Iranzo, el de Xiquena, el de Toreno, el marqués de Santa Cruz, Claudio Moyano, los generales Reyna, Gasset, Calonge, el marqués de Bedmar, el duque de Sesto, Nazario Carriquiri, Alejandro de Castro, marqueses de Pidal y de Moctezuma, Esteban Collantes... Quienes estéis puestos en el unionismo decimonónico y en la política moderada sabréis ponderar estos nombres en lo que valían.
Toda esta gente, a base de cuchipandas, fue diseñando el proyecto de una reconciliación dinástica. Se partía de la base de que Isabel II debía retirarse de la política, lo que suponía aceptar a María Cristina como cabeza de la familia real. Alfonso debía educarse lejos de su madre.
El embajador español en París, Salustiano de Olózaga, estuvo muy cercano a aquellas conversaciones. Sobre todo de la principal, celebrada el 23 de septiembre de 1871 en el palacio Basilewsky, con presencia de las dos reinas de España. Olózaga no escondió, en sus informes a Madrid, su satisfacción por el hecho de que aquellos embroques no habían servido sino para acordar no estar de acuerdo. Olózaga redujo en su informe los ambiciosos objetivos de las reinas a “un arreglo casero para que se puedan reconciliar y vivir en paz todos los individuos de la familia”. Y, continúa: “No sonó ni una vez el nombre de don Francisco de Asís ni el del duque de Montpensier y todo se redujo a decir doña Isabel que deseaba la reconciliación con todos, que se apartaba completamente de la política, que dejaba ésta y la dirección de los asuntos de la familia a su madre”.
La verdadera muñidora de aquellas reuniones fue María Cristina. La ya provecta reina remérita, yo cuando menos así lo imagino, no debía de estar muy contenta con la forma en que su augusta hija llevaba las cosas, ni la forma que tenía de apañarlas. Tras aquellas reuniones, designó a Francisco Goicoerrotea y al marqués de Pidal, Pedro José Pidal y Mon, para que fuesen a Sevilla a ver al duque y le arrancasen una profesión clara de alfonsismo. Los Orléans, sin embargo, en ese momento jugaban la baza de respetar la voluntad libremente expresada de los españoles (es una regla inmanente: si vas perdiendo en los despachos, exige un referendo). Pero lo cierto es que Montpensier no había estado en la reunión de París. De hecho, no se vio con Isabel hasta enero de 1872, cuando Margarita de Nemours, es decir Margarita Adelaida de Orléans, se casó con el príncipe Ladislao Czartorysky. Ladis era viudo de María Amparo Muñoz y Borbón, hija de la reina María Cristina y el conde de Riánsares, motivo por el cual la borbonada estaba también invitada al ágape. Montpensier libró una visita a Isabel en su casa; pero aquello no pasó de unos pestiños y un selfie.
En una cosa Goicoerrotea y Pidal sí
que pudieron decirle a su jefa que habían conseguido sus objetivos.
Montpensier, finalmente, se avino admitir por escrito lo que, por
otra parte, era bastante evidente; y es que, no siendo carlista,
debía admitir que Alfonso de Borbón era el único candidato viable
para la corona de España. Esta asunción abrió la posibilidad de
que Montpensier se convirtiese en un actor directo de la operación
restauradora; un papel que fue establecido en un acuerdo que
conocemos como convenio de Cannes. Se firmó allí porque los
Montpensier estaban allí por razones de salud de su hija Cristina.
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