jueves, septiembre 10, 2026

Restauración (6): La variante inglesa

 




 


El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto 



Hay algunas personas en este mundo, y el presente amanuense de estas notas es una de ellas, que sostienen que la forma correcta de abordar la Historia de Francia es entender que Francia, en realidad, nunca ha dejado de ser una monarquía. Lo que ha hecho no ha sido acabar con los reyes; los ha travestido, que no es exactamente lo mismo. El periodo de mando de los presidentes franceses es bastante largo para los estándares republicanos; de hecho, convierte a cada presidente francés en un Cayo Mario en potencia, con sus siete consulados que, tenedlo presente, en la República romana fueron algo absolutamente inusual. En Francia, sin embargo, los Marios, los Silas y, sobre todo, los Césares, son muy frecuentes. Y esto es así porque Francia tiene una nostalgia permanente por el mando vitalicio; lo que pasa es que no lo dice, y eso es algo que no es de extrañar, pues la tendencia del francés a callarse lo que realmente piensa es más profunda que su afición por el cassoulet.

Cuando la Asamblea francesa se fragmentó a causa de la actitud los partidos más a la derecha, que cada vez más parecían no conformarse con otra cosa que no fuese el legitimismo, Fofito Thiers, un personaje que yo creo que está un poco sobrevalorado, dimitió. Aquello, era la sensación general, sólo lo podía gestionar un militar. El elegido fue Marie Edmé Patrice Maurice de Mac Mahon, duque de Magenta, y héroe militar del II Imperio.

Balearic Burger llegó a la presidencia gracias al apoyo decidido de la derecha católica. Éste fue, de hecho, el detalle que con más fuerza se destacó en toda Europa del cambio de nombres al frente de Francia. Los elementos católicos europeos vieron todo esto con muy buenos ojos, como es lógico, llegando a imaginar que Mac Mahon procedería incluso a reconstruir la soberanía francisquital sobre los Estados Pontificios. Los sectores más confesionales y liberales lo veían todo, y por las mismas razones, como una amenaza. Bismarck estaba, lógicamente, con estos últimos, e intimó rápidamente a la embajada alemana en París para que fibrilase el mensaje de que Berlín contemplaría con preocupación un gobierno francés dominado por los católicos militantes. Y no era para menos. El obispo de Nancy, región eclesiástica que tenía potestad sobre algunos territorios que Francia había debido ceder a Alemania en 1870, publicó una pastoral en la que instaba a los feligreses de dichos territorios a rezar y actuar en favor de una reintegración en Francia.

En lo que toca a España, Mac Mahon fue contemporáneo de la entrada de Pavía en el Congreso y el posterior grito de Sagunto que acabó definitivamente con la I República. Pero eso no supone que los monárquicos se quedasen tranquilos. Las veleidades presidenciales de Mac Mahon se hicieron cada vez más evidentes, y pronto habría de conseguir el general que la Asamblea le concediese lo que en España se conoció como “el setenado”, es decir, un mando de siete años. Los monárquicos no podían olvidar que el principal beneficiario del golpe de Pavía había sido el general Serrano, y que Serrano era una persona que, claramente, aspiraba a lo mismo: a conseguir un mando largo que, con el tiempo, pudiese ampliar al resto de su vida.

Esto se hizo más que evidente para cualquiera que tuviera ojos; Serrano, efectivamente, se acercó a Mac Mahon todo lo que pudo y, sobre todo, excitó la atenta mirada de Bismarck, que no veía esos cabildeos con buenos ojos.

El objetivo era claro: conseguir que Francia reconociese al régimen español. Esto no era nada fácil. Mac Mahon estaba donde estaba, cuando menos parcialmente, gracias al apoyo de las clases más conservadoras francesas, lo que quiere decir más cercanas al legitimismo; más amigas de la solución carlista en España. Por esa razón, dicho reconocimiento fue una gran victoria para el régimen español. Pero, en este sentido, el nombramiento de Serrano operó en una dirección a la larga muy positiva para los borbónicos. En Serrano, los franceses podían ver a un Mac Mahon en versión hispana; un chico listo en el que confiar. La llegada de Serrano al poder comenzó a apagar las luminarias carlistas en París, que eran muchas. Isabel II cabildeó todo lo que pudo para garantizarse que el gobierno francés estaba abandonando a los carlistas; y que también abandonaría a la república paviana en cuanto apareciese una sólida alternativa nucleada en la figura de su hijo (bueno; ella, todavía, soñaba con ser ella misma el núcleo; pero eso no hace más que demostrar, una vez más, la insondable capacidad de los Borbones a la hora de vivir básicamente desconectados de la realidad).

Fue el descrédito carlista en Francia el que, verdaderamente, catapultó a Alfonso al regreso borbónico. Y hay que explicarlo así. No hacía ni diez años que los españoles habían echado de su país a la satisfier; los sentimientos no podían haber cambiado tanto y, de hecho, no habían cambiado. Lo que pasaba es que la experiencia republicana había sido para muchos españoles, sobre todo para los españoles censitarios que tenían algún patrimonio que defender, una experiencia desastrosa. Por otra parte, el carlismo, acicateado por un legitimismo francés que había decidido mantenerse en sus trece de forma ultramontana, tampoco tuvo incentivos para evolucionar; y la personalidad de Carlos VII, la verdad, ayudó poco. La gran parte de España; esa España silenciosa que mueve las cosas aunque no se deje ver por tertulias y manifestaciones, se había quedado sin opciones. Alfonso de Borbón no fue el deseo de un país; fue la opción que quedaba, el único calzoncillo usado que encontró España en el cajón.

Los borbónicos, por lo demás, tenían muy claro que, mientas el joven Alfonso no pudiese pisar España, su futuro pasaba por París. Por eso Cánovas multiplicó las gestiones en Francia, donde por otra parte su cohorte de altos nobles tenía muchos contactos, pues la gente de sangre azul, como decía mi padre, son todos primos y además, se follan a las mismas putas. Cánovas, que en el verano de 1874 fue confirmado por Isabel como principal representante de los borbónicos, consiguió ganarse al mariscal Bazaine, una de las vacas sagradas de los últimos éxitos militares que Francia podía recordar.

En este repaso de la relación del borbonismo alfonsino con las potencias europeas, nos hemos dejado todavía a Inglaterra. La isla, es por todos conocido, comenzó a experimentar a finales del siglo XVIII una serie de pulsiones desarrollistas al caballo de las cuales, en cuanto el panorama bélico europeo más o menos se estabilizó, el país se forró. En el siglo XIX, y sobre todo a principios del XX, era de admiración en el resto de Europa el modo de vida de obreros y trabajadores manuales británicos en comparación con sus colegas de otros países. El país, por lo demás, se democratizó profundamente en 1867, con una ley, la Reform Act, que reconoció el derecho al voto a más de un millón de ciudadanos. Se creó la enseñanza pública; en el ámbito geopolítico, los ingleses parecieron entender que la mejor postura para los negocios era la neutralidad. Benjamín Disraeli acuñó un eslógan: imperium et sanitas; imperio y prosperidad. Ésas eran las dos cosas que le debían importar a un político inglés.

Una de las primeras ocasiones que tuvo Londres para mostrar su flemática tranquilidad fueron, precisamente, los muchos y muy radicales hechos que ocurrieron en España. Pero eso no quiere decir que no tuviese ideas. A Londres, desde el minuto uno, le gustó la idea de educar a un nuevo Borbón joven que, llegado el momento, estuviese en condiciones de tomar el gobernalle del Estado con un concepto evolucionado. En este sentido, se podría decir, a la vista de la actitud de muchos políticos ingleses ante la España de Franco, que no cambiaron nada en un siglo. Por esta razón, Cánovas siempre encontró aliento y apoyo en los diplomáticos ingleses a la hora de hablar de la educación del príncipe.

Los ingleses, esto es importante, tenían un alto concepto de Alfonso de Borbón. Lo conceptuaban como un joven que se a apartaba del esquema medio de monarca centroeuropeo. Evidentemente, no les gustó nada que se fuese a estudiar a Viena, en el puto centro de todo lo rancio; por eso siempre quisieron modificar eso de alguna manera.

Cánovas, decidido britanista en la cuestión de la educación del príncipe, chocaba en esto con su jefa, la polvos. A Isabel no le gustaban los británicos, a quienes verdaderamente poco tenía que agradecerles personalmente; y se agarraba al dato de que O'Ryan, el ayo del príncipe, pese a portar tan sajón apellido, no sabía inglés. Isabel, formalmente, no se oponía a la idea de que su hijo debía educarse como rey constitucional; pero, en realidad, no lo entendía. Y la frecuencia con que en Reino Unido llegaba a gobernar Gladstone, que para ella debía de ser como Pablo Iglesias, no le inspiraba ninguna confianza.

En lo que se refiere a las relaciones con el gobierno, Londres nunca mostró interés por la polémica de la corona española. Eso no fue óbice para que descuidase su embajada en Madrid, que fue ocupada por un personaje importante, Austen Henri Layard, que es básicamente conocido en la Historia por haber desenterrado la ciudad de Nínive. Layard hizo una lectura muy correcta de las relaciones de poder en Madrid y se dedicó a cultivar la amistad de Serrano, a cuya familia acogió en su casa por un siaca cuando se proclamó la república.

Cánovas, en todo caso, quería al niño en Inglaterra sí o sí. Lo quería viviendo en un país con un rey constitucional que ha de aceptar el juego de la democracia (no es ninguna novedad que la reina Victoria repugnaba a Gladstone); y, además, quería, con ello, lanzarle un mensaje a cierto liberalismo avanzado español: es de los vuestros. Mi candidato no es un Sigmarinen con un palo de fregona en el culo.

Por todo ello, el astuto político conservador quería encontrar para Alfonso una academia militar en Inglaterra. Buscaba otro mensaje: la forja del príncipe como soldado británico estaría lejos de los cánones prusianos. En marzo de 1874, ya estaba el político presionando a su jefa con el argumento de que el príncipe llevaba demasiado tiempo en Viena; que había que llevarlo a peceras más constitucionalistas.

Más o menos vencidas las resistencias isabelinas, se pensó en la academia de Woolwich, donde ya había un príncipe estudiando (el hijo de Napoleón III). El gobierno inglés, sin embargo, recomendó Sandhurst. Y Cánovas no quiso decir que no.

Para acompañarlo se propuso al coronel Juan Velasco Fernández de la Cuesta, que había pedido la baja tras el destronamiento de Isabel; y el conde de Mirasol, Luis Arístegui y Doz. En junio se hizo pública la estancia inglesa. Pronto el príncipe viajó para ponerse bajo la disciplina de Sir Duncan Alexander Cameron, general del ejército y director de Sandhurst. La estancia comenzó relativamente modesta. No había mucho dinero. Los salarios que cobraba su séquito eran relativamente modestos; y el propio Alfonso tuvo que comprarse un velocípedo porque, en los inicios, el grupo no podía permitirse un caballo.

Además de las potencias del siglo, para España, y para los borbónicos, el Vaticano era otra referencia fundamental. El Papa era padrino de Alfonso, e Isabel buscaba toda la cercanía posible con Roma, consciente de que en la ciudad italiana había mucho partidario del carlismo.

Por otra parte, la España de La Gloriosa, que se quedó sin amigos en una Europa básicamente legitimista, valoraba mucho la amistad vaticana. Por ello, los gobiernos surgidos de una revolución que había tenido indudables elementos anticlericales se preocuparon mucho de mostrarse ampliamente respetuosos con el hecho religioso; siendo lo cierto que semos muchos los que pensamos que la Constitución del 69 es la que mejor ha abordado el tema religioso en nuestra Historia.

Roma reaccionó con prudencia. La música que le tocaba Madrid no le desagradaba; pero, al mismo tiempo, era consciente de que el gobierno tampoco quería romper con sus grupos más revolucionarios. Las terminales del carlismo, que eran muchas en Roma, malmetían constantemente contra Madrid. Pero Pío IX supo aguantar, asistido por su secretario, el cardenal Giacomo Antonelli.

El SumoPon Pío, que lo fue entre 1846 y 1878, se había comido en esos años las revoluciones del 48 y la creación del Estado italiano. Inicialmente, llegó para poner una nota algo más moderna y liberal a su antecesor, Gregorio XVI; pero el 2 de abril de 1848, en el momento en que tuvo claro que Italia surgiría de sus fincas particulares, tomó el camino exactamente contrario y, sobre todo, rompió con el liberalismo independentista italiano. En 1854, quiso lanzar una señal a todos proclamando el dogma de la Inmaculada Concepción; primera vez que un PasPas hacía esto sin el báculo conciliar. En 1864, se marcó la encíclica Quanta cura y, después, el Syllabus: el Vaticano se mostraba preocupado con los avances ideológicos del siglo. Aquel gesto no gustó mucho en algunos sectores de la Iglesia; y por eso llegaría en 1870, durante el Vaticano I, la definición de la infalibilidad papal; que, lejos de ser una victoria del Francisquito, fue la forma que encontraron el resto de cardenales de delimitar los terrenos en los que podía considerar su poder omnímodo.

El giro de Pío, en todo caso, dio alas a las tendencias más conservadoras del catolicismo en toda Europa.

Fue en esos tiempos cuando el Papa comenzó a convertirse en un fenómeno de masas. El primer acto multitudinario fue la canonización de mártires japoneses del siglo XVI (verano de 1862); acto que reunió a más de 100.000 fieles en Roma. Luego llegó el concilio,.

Pío IX combinó un largo mandato cada vez más conservador con la gestión de su secretario de Estado, Antonelli; un hombre que tenía fama de ambicioso y pragmático, hasta el punto de que se llegó a decir que el Papa se había alegrado mucho cuando supo que, en su lecho de muerte, había solicitado los santos sacramentos. De Antonelli se decía también que era un consumado maestro en el arte de hablar mucho y no decir nada. Era, por lo demás, el hombre que le filtraba el mundo al Papa; todo lo que sabía éste sobre el exterior de su propia vida, se lo había contado su secretario de Estado.

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