El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
El borrador del convenio fue estudiado en París por un workshop alfonsino formado por la reina en el que estaban presentes el marqués de Salamanca, el de Bedmar, el duque de Rivas, Carriquiri, José Lorenzo Bonaventura Güell y Renté (que era cuñado de Francisco de Asís), Coello, Martín Belda y Mencia del Barrio, y Alejandro Mon. Eñ 15 de enero de 1872, María Cristina y Montpensier firmaban el documento. En el mismo, el duque aceptaba la candidatura de Alfonso y se comprometía a trabajar por ella, a cambio del compromiso de que formaría parte de la regencia durante la minoridad del príncipe. Asimismo, se acordaba no convocar Cortes constituyentes, así como el compromiso de que la cuestión religiosa sería directamente negociada con la Santa Sede.
Se creó un comité de seguimiento formado por doce personas, seis de cada lado firmante. Presidió el comité Alejandro Salaverría. La gran perdedora (teórica, como veremos) del convenio era Isabel II, a quien Montpensier exigió, como condición para la firma, su renuncia expresa de toda actuación política.
Montpensier, sin embargo, no colaboró en aquello en lo que probablemente era más esperado. La causa de Alfonso, conforme iba tomando cuerpo, precisaba cada vez de mayores necesidades económicas. Aunque Isabel II estaba rodeada de personas cuya riqueza está fuera de toda duda, como Pepe Alcañices o el marqués de Salamanca (aunque éste, en realidad, estaba arruinado, como veremos), lo lógico era que ella soportase la mayor parte de la carga; algo para lo que carecía de hacienda. La alianza con Montpensier era, para los alfonsinos, fundamentalmente una alianza con las muchas riquezas de su ilustre pariente. Pero esto era algo que el duque sabía. Además, estaba muy malquisto en ese terreno después de haber financiado la aventura del 68 y haber recibido a cambio los desaires de Prim. Poco a poco, pues, Montpensier se las fue arreglando para negar su apoyo.
Montpensier y Cánovas se vieron en Périgueux, en una importante entrevista personal. Sabemos que en dicha entrevista se planteó la posibilidad de traer a Alfonso a España mediante un pronunciamiento militar. Cánovas, sin embargo, desechó la idea. Yo creo que las razones son varias. La primera, que no confiaba demasiado en aquel socio. La segunda, que seguía confiando en la teoría que le había animado en los últimos meses, en el sentido de que la República caería por sí sola. La tercera y más importante, la fuerza que estaba adquiriendo la rebelión carlista en España, que le hizo pensar que un movimiento golpista, en ese momento, se produciría sobre un Ejército nacional tan débil, y débilmente comandado, que bien podía tener como consecuencia la ruptura del país en zonas de influencia; y eso, desde luego, no era lo que querían los monárquicos; ellos querían reinar sobre toda España.
De todas estas razones, la primera que cogió cuerpo fue la sensación, que cuando menos yo estoy seguro que tenía Cánovas ya en Périgueux, de que el alfonsismo nunca se entendería con Montpensier. El sustrato ideológico del montpensierismo eran determinados miembros del unionismo. El unionismo nunca se había llevado bien con la reina Isabel, por lo que eran muchos los agravios que ambas partes acumulaban. En ese momento, en el que ninguno tenía el poder y alguno incluso había renunciado a él para siempre, como Montpensier, ambos carecían de esa argamasa que ejerce el ejercicio del poder entre tendencias políticas enfrentadas, y que les permite aparcar todas sus diferencias (rollo Pedro Sánchez-Bildu, por ejemplo).
Los alfonsinos, además, pronto se dieron cuenta de que podían aspirar a aliados con más poder y de más valor. Lo cual es lógico, estando ahí, situado en la república, el general Serrano. El auténtico prototipo del político “me da igual Juana que su hermana” que ha terminado por imponerse en éste nuestro mundo.
A través de Jacinto María Ruiz, estrecho colaborador del general, los de París comenzaron a tener contactos discretos con el general bonito, para asegurarse de cuál sería su posición en el caso de producirse un movimiento pro monárquico. Los isabelinos se ocuparon muy mucho de que Montpensier fuese conocedor de aquellos embroques, sabedores como eran de que el duque, de natural envidioso a la par que ambicioso, se mosquearía. Montpensier era el teórico jefe del alfonsinismo político, y en condición de tal visitó varias veces a su sobrino, sobre todo cuando estaba en Viena. Pero yo creo que eran muchos los que asumían ya en ese momento que, en la fecha adecuada, sería apartado.
Las tensiones entre monpensieristas e isabelinos tomaron plena fuerza en enero de 1873. Tanto fue así que el 18 de enero, María Cristina recibió una carta del duque dimitiendo de sus cargos y comunicando que, por su parte, el acuerdo de Cannes estaba roto.
Aducía Montpensier incumplimientos por la otra parte. Sobre todo, venía a recordar que no se había producido la reconciliación entre Isabel y su marido Francisco de Asís, que era una de las condiciones del acuerdo y que, efectivamente, nunca se produjo porque aquellos dos no se podían ni ver. Otrosí, también recordaba el maniobrero duque que Isabel no había dejado de inmiscuirse en capillas políticas, cosa que también había prometido no hacer.
Las cosas como son, entre los alfonsistas mejor informados, la carta de Montpensier no provocó más reacción que: “¿Ya, por fin?” Para cuando Montpensier dimitió (y probablemente algo tuvo que ver el tema en dicha dimisión), los contactos con Serrano habían tocado pelo, y el general había enviado mensajes mostrándose dispuesto a aceptar el regreso de la monarquía, con la condición de que su egregia figura estuviese presente en la Regencia.
El comité de seguimiento o de gobierno que se había formado tras el acuerdo de Cannes reaccionó de manera inmediata y alarmada a la dimisión de Montpensier. Aún reconociendo que de alguna manera el duque se había ganado lo que le había pasado, porque no se había implicado lo necesario en la movida, los hombres de aquel órgano coordinador le recetaban los peores males al alfonsismo si la marcha anunciada se verificaba. Tal impostura, sin embargo, no engañó a nadie. Todo el mundo en el ámbito monárquico interpretó que aquel cabreo era impostado y que, en realidad, no respondía a resistencia efectiva alguna; y no erraron.
Para Montpensier, estaba claro que si quería llevar a cabo algún día sus ambiciones de llegar a ser alguien en la Historia de España, tenía que jugar sus propias cartas, sin ligarse a misión política de mayor calado alguna. Así que comenzó a movilizar a sus antoniomaestres, gonzalomirós y naranjos en flor. El resultado fue que en la primavera de 1874, en algunas legaciones destacadas en Madrid comenzó a registrarse el rumor de que el propio movimiento monarquista español estaba sumido en dudas en torno a la excesiva juventud del príncipe Alfonso (y es cierto que era como para pensárselo; un país en medio de una guerra civil y recientemente sumido en un caos profundísimo, en manos de un adolescente poliorgásmico); y que, por ello, parecía ganar peso la idea de que tenía que ser la infanta Luisa Fernanda la llamada a presidir la comunidad de vecinos. En la práctica, eso suponía resucitar la idea de que Montpensier debería ser el regente.
Que aquello pasó de ser una mera hablilla de periodista afecto lo demuestra que Isabel se lo refirió a su hijo en las cartas que se intercambiaron por entonces; aunque Alfonso le vino a decir que no se preocupase demasiado, que aquello era una gilipollez.
No lo era, sin embargo. La idea tenía muy importantes padrinos; aunque no defensores. En aquellas turbias semanas de abril de 1874, no fue de la posibilidad de una España montpensierista de lo único que se habló. Se habló también, y mucho, de la resurrección de una candidatura Sigmarinen para España. ¿Fue Bismarck? Difícil de creer. En 1874, Prusia estaba ya mucho más en entenderse con quien consideraba sería el futuro rey de España que en conseguir que una candidatura Frankenstein diese un par de pasos más antes de caer redonda al suelo de nuevo. Detrás de todo eso estaba, con bastante seguridad, aquél que tenía mucho que ganar en que la eventual idea restauradora se enfangase en una querella de nombres: el general José Serrano, que aspiraba a resecar la república española para convertirla en un régimen personal y vitalicio representado por su persona. Él era quien estaba interesado en que las Nurias Rocas y las Grisos de su época comprasen la idea de que eso de designar a un rey en el momento en que se decidiese acabar con la república no estaba tan claro.
Una de las personas a las que toda esa parafernalia no convenció fue Cánovas. Primero, porque era listo. Segundo, porque conocía muy bien a los resortes del poder. Y, tercero, porque conocía, en la misma medida que despreciaba, al general Serrano.
Como de costumbre, la defensa de la idea de Luisa Fernanda tenía sus principales avalistas políticos entre ciertos elementos militares. La apoyó, y mucho, Rafael Rodríguez de Arias y Fernández de Villavicencio, que en ese mometno era ministro de Marina (a las órdenes de Serrano, no se olvide). O el general José López Domínguez, primo de Serrano, comandante en jefe en ese momento del ejército de Cataluña y, además, amigo íntimo de María Isabel Borrell y Lemus, esposa de Miguel María Domínguez y de Guevara, primer conde de San Antonio y, por lo tanto, madre de Antonia María Micaela Domínguez y Borrell, segunda condesa de San Antonio y duquesa de la Torre, es decir, la mujer de Serrano. También Cristino Martos hizo de correveidile de la idea. El marqués de Sardoal, alcalde de Madrid y muy cercano a Serrano, también colaboró.
Estas hablillas, en realidad, llegaron tarde para Montpensier, que estaba sumido en la depresión. En diciembre de 1873 había vivido la muerte de su primogénito, Fernando; y en abril de aquel año sería otro hijo, Luis, el que habría de morir. No es normal que un padre vea morir a sus hijos, pero el duque tuvo esa experiencia en tres ocasiones, pues hay que unir a su hija Amelia, que había fallecido en 1871. Por esta razón, cuando el manifiesto de Sandhurst llegó a las manos del propietario del palacio de San Telmo, éste prácticamente no hizo ni ruido.
La infanta Luisa Fernanda y sus hijos se habían traslado a vivir a París, al número 23 de la rue Ninot. Cuando se produjo el grito de Sagunto y nada más oírlo, toda la familia se fue a la residencia de Isabel a chuparle los pies. El jefe de la familia estaba en Nápoles, pero regresó a la naja, de modo que estaba en España el 2 de enero. Pero ya no volvió para dar por culo, sino para ser un mero testigo del proceso que ya daba por inevitable. Cuando Alfonso se enamoró de su hija María de las Mercedes, para escándalo de Lady Satisfier, que no quería ver ese matrimonio ni en pintura, todo colaboró para tranquilizar un poco más la relación entre la borbonada y sus primos montpensieros.
El otro gran mojón del camino restaurador fue, obviamente, el carlismo. Aquí, ya, las ideas y tentativas de acuerdo y fusión pinchaban más en hueso, porque los carlistas tenían la sensación de tener a su favor a un elemento mucho más relevante de la sociedad española. Pues si Montpensier podía pensar que cierto ejército le apoyaba, los carlistas sabían que cierta Iglesia hacía lo propio en su favor; y no precisamente una porción minoritaria.
El carlismo, por lo demás, es, más que una ideología dinástica, una cosmovisión de España que siempre ha mostrado una elevada capacidad de mutar. En tiempos de la tercera y última guerra carlista, se podría pensar que el movimiento estaba ideológicamente dominado por los hombres de las dos primeras; los veteranos de la querella dinástica. Esto, sin embargo, no es así. El carlismo era ya en el siglo XIX un movimiento mucho más poroso de lo que sus enemigos, y en general la gente que no lo conoce, piensan habitualmente. Se nutría, desde luego, del tradicionalismo dinástico que lo había alumbrado; pero tenía nuevas aportaciones. De todas ellas, la más importante era el grupo de personas nucleadas alrededor de la figura de Cándido Nocedal. El nocedalismo se apartaba un poco de las visiones teocráticas del primer carlismo para derivar en un neocatolicismo de carácter ultramontando e híper religioso, aunque más adaptado a los tiempos. Inicialmente, los nocedalistas fueron recibidos con hostilidad dentro del carlismo, dado que eran gentes a los que el foralismo, la verdad, les sobraba. Ellos no entendían demasiado la vertiente euskaldún del carlismo ni estaban dispuestos a sacrificar nada en el altar de los derechos forales. Sin embargo, pronto se hizo evidente que este neocarlismo era el tradicionalismo mejor organizado y que, lo que es más importante, portaba un mensaje más eficiente frente a las masas españolas. Así las cosas, el carlismo tuvo que reconocer en Nocedal a su nuevo líder político. La llegada de Nocedal al cuartel general carlista desplazó, o más bien enriqueció, sus frentes de batalla. Desde ahora, el carlismo se batía el cobre en los campos de batalla; pero también lo hacía en las Cortes. Aceptar el juego parlamentario y tratar de aprovecharlo fue una gran novedad introducida por Nocedal; novedad de tanta importancia que todavía se reprodujo muchas décadas después, cuando Herri Batasuna decidió bajar a Madridm o en figuras recientes como los catalanes esquerreros y demás presentes en el Congreso.
Estar en las Cortes, pertenecer al día a día político y social español, le permitió a Nocedal convertirse en el gran opositor de la Gloriosa. En efecto, si hubo una voz que se destacó netamente en contra de aquella revolución, fue la suya; y eso hizo que incluso hombres de tendencias liberales acabasen en el carlismo; tendencia que, cuando años después el movimiento se desencante con el franquismo, terminaría incluso por barnizarlo de socialdemocracia.
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