jueves, septiembre 24, 2026

Restauración (16): El enigma Serrano

 



El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto 


El anuncio de reformas hecho por el gobierno provocó la inmediata reunión de los círculos hispano-ultramarinos, y la creación de diversas comisiones, en las que los diferentes partidos conservadores fueron colocando sus peones. Por los viejos unionistas fueron colocados Caballero de Rodas, Cánovas y Salaverría. Por los conservadores posibilistas o constitucionales, Juan Bautista Topete, Adelardo López de Ayala y Herrera, Víctor Balaguer Cirera y Francisco Romero Robledo. Por los moderados fueron designados el conde de Toreno, Eduardo Fernández de San Román y Ruiz, marqués de San Román, y Juan Bautista Trúpita Jiménez Cisneros. Por último, por los carlistas fueron nominados José Ignacio Echevarría, Antonio Juan de Vildósola y José María de Canga-Argüelles y Villalba, segundo conde de Canga-Argüelles.

Los círculos fueron un movimiento exitoso que se extendió incluso más allá de las regiones donde existía un interés comprobable por el mantenimiento de la esclavitud y de las colonias. Quiero decir con esto que consiguieron vincular la defensa de las colonias con la defensa de la idea de España que, ahora que gobernaban los revolucionarios, se reputaba en peligro por parte de muchos (las cosas como son, cuando empezó la movida cantonal, tampoco hizo falta muchos tuits para convencer al personal de esto). Con todo, fue en Cataluña donde los círculos consiguieron más adeptos. Sus representantes bajaron a Madrid con una serie de peticiones que estaban avaladas por 4.000 firmas.

Otro elemento que dio un gran espaldarazo a las posiciones coloniales fue el colegio, por así llamarlo, de grandes de España y títulos del Reino. Los más altos aristócratas del país, en número de 136, se reunieron en uno de los pocos sitios donde cabían (el palacio de Liria) para expresar su fe en el mantenimiento de las colonias; ello a pesar que, las cosas como son, no se puede afirmar con solidez alguna que las colonias hayan sido el alimento principal de las fortunas del gotha español. El marqués de Molins, en el discurso pronunciado ante sus pares, afirmó que la nobleza española no era esclavista porque sabía vivir en su siglo; pero que tampoco quería que Cuba se convirtiese “en un segundo Haití, del que aparta la vista la Humanidad horrorizada”. En otras palabras, reclamaba la dirección colonial española por el bien de los propios cubanos. Se formó una comisión en la que se apuntaron Molins, Serrano, Agustín Crespí de Valldaura Carvajal y Caro, que estrenaba condado de Orgaz, y Rafael de Bustos y Castilla-Portugal, marqués de Corvera; y que en ese momento, hasta la eclosión en la vida española de Niceto Alcalá-Zamora, era el único hombre público del país con apellido de trayecto de la Renfe. Esta comisión se encargó de recoger firmas entre los nobles españoles.

El tema de los círculos estaba adquiriendo tanta importancia que se requería una vertebración de mayor calidad. Así, se creó una Liga Nacional, con una comisión directiva formada por Cánovas, López de Ayala, Toreno, Manzanedo, Moyano, Romero Robledo, Caballero de Rodas y alguien apellidado García Llorente, que no podría jurar quién era aunque tengo más que sospechas de que era aportación carlista. Especialmente rebolluda fue la formación de la Liga de Barcelona; se celebró el acto en la Lonja con la asistencia de todo el gotha del capital industrial catalán: los Güell y Ferrer, Puig y Llagostera, Godó, López, Mañé y Flaquer, Durán y Bas, Milá y Fontanals, Rubió y Ors... Un autentico Junts per la pela o Esquerra Esclavista de Catalunya. 

Con todo, el gran fichaje de este movimiento había sido Serrano. Meter a Serrano en los círculos de Podemos Mantener Esclava a la Negrada es como si mañana VOX fichase a Óscar López. El duque de la Torre, primer espadón importante de la revolución que yo creo que se dio cuenta de que aquello no iba a funcionar, había comenzado muy pronto su distanciamiento del poder amadeísta, y no digamos luego del republicano. Para Serrano, el movimiento colonial era ideal para acercarse al alfonsismo sin chapotear demasiado.

El alfonsismo, además, se benefició en Cuba, y mucho, de la guerra carlista. La existencia de un enfrentamiento frontal entre el carlismo y el Estado español provocó que sus militares se declarasen más o menos en rebeldía. Esto hizo imposible su nombramiento para cargos de administración en la isla. El resultado de todo ello fue que, dado que el monarquismo copaba los primeros puestos del escalafón militar español, y que los revolucionarios, sobre todo los más radicales, poco podían hacer contra eso sin desarmarse peligrosamente, Cuba vivió durante aquellos tiempos un rosario de administradores militares que, además de otras cosas, ganaron el sentir de los españoles de la isla hacia el alfonsismo. En todo el proceso de la Restauración, efectivamente, hay un proceso colateral, en modo alguno principal pero aun así influyente, mediante el cual los españoles cubanos, y algunos cubanos-cubanos, se fueron convenciendo de que una cosa era la madre y otra muy distinta el hijo;  una jugadita intelectual a la que los Borbones son muy aficionados cuando tienen problemas y, para muestra, el tiempo presente. 

En todo caso, no se puede hablar de la implicación de Cuba en el regreso de la monarquía sin hablar de José Gutiérrez de la Vega. Vega era hombre de letras pero, también, era un activo político de corte muy conservador. Tanto es así que en 1849, en una Europa en la que ya casi nadie daba un duro por aquella causa, participó en una expedición en auxilio de los Estados Pontificios. Y tampoco dejó lugar a dudas su actuación como gobernador de Madrid en la noche de San Daniel, un episodio histórico, e histérico, hoy básicamente olvidado.  Fue designado para el gobierno de La Habana en 1866, aunque dimitió en julio de 1869. Se fue a París, a tomar mojicones con la reina, y vete tú a saber si a algo más, que con esa señora (y esa genética) nunca se sabe.

De la Vega quería el regreso de los Borbones; de momento, así, en sinécdoque. Cuando fue consciente de los problemas prácticos que presentaba la movida, fue uno de los primeros en aconsejar a la reina que se quitase de en medio. En un momento en que Satisfier estaba bastante empalmada con la idea de que el general Lersundi encabezaría un grito monárquico casi inmediato, De la Vega le fue con que mejor se olvidase de aquel tipo con apellido de portero del Eibar porque, en su opinión, el candidato ideal era un militar destinado en Cuba, al que ya conocemos: Blas Villate, conde de Valmaseda. Villate era del mismo Sestao, y había tenido una carrera militar casi meteórica, que incluía una participación muy activa en la vicalvarada. Vasco, listo y con mando en plaza, si algún día algún historiador nos pudiese confirmar si sabía cocinar (lo cual, siendo vasco, podríamos reputar altamente probable), podríamos concluir que era perfecto para aquella misión.

De la Vega regresó a Cuba en diciembre de 1869, con una carta de la reina para Valmaseda. El gobierno sabía de su viaje desde el principio, pues al parecer Salustiano de Olózaga, en París, aprovechando que era lo más cercano a La Vieja'el'Visillo que han tenido nunca el cuerpo diplomático español y el CNI, se coscó de todo. Intentaron negarle el pasaporte, pero el siempre sneaky Serrano intervino para abrir la lata. Una vez en Cuba, sin embargo, no pudo entrevistarse con el vasco, porque estaba en el frente arreándose de hostias con los mambises. Así que regresó a París y le dio las cartas a la mujer de Valmaseda, para que se las enviase ella.

Valmaseda sustituyó a Caballero de Rodas como capitán general de la isla de Cuba desde diciembre de 1870, con Martínez Campos de ayudante. Allí siguió hasta julio de 1872, cuando lo sustituyó Fernando Fernández de Córdoba.

De lo conocido hasta el momento, os habrá quedado claro que una de las piezas fundamentales, si no la fundamental, del montaje alfonsista, era Valmaseda. Aunque no tuvo la posibilidad de alzarse por la monarquía; no son pocos los historiadores que lo consideran primer autor intelectual del grito de Sagunto. Valmaseda y Martínez Campos siempre estuvieron a tiro de Whatsapp, y crearon el grupo conspirador que finalmente cambiaría el régimen de España, del que también formaban parte dos hermanos “cubanos”, normalmente conocidos como los Riquelme; o sea, como los Javis, sólo que éstos, en lugar de imaginar guerras, las montaban. Uno de los Riquelmes, José, fue padre de José Riquelme y López-Bago, uno de los sufridos generales republicanos durante la guerra civil del siglo XX.

Pero regresemos a Serrano. Las cosas entre el general bonito y los monárquicos, así, de principio, no iban bien, puesto que Serrano siempre concitó el odio africano del principal hombre del alfonsismo, Antonio Cánovas. Aunque yo no sabría deciros si el calculado desprecio que el astuto político siempre desplegó hacia la familia de los duques de la Torre estaba más dirigido hacia el marido, o hacia la mujer. En célebre anécdota, cierta noche que Cánovas cenó en casa de los Serrano en ausencia del general, su mujer le dijo delante del resto de invitados: “Me temo, don Antonio, que esta noche tenéis que sustituir a mi marido”. Y Cánovas, también delante de todos (lo cual fue un desaire notable), le contestó: “¿Hasta qué hora, señora?”

Se podría decir: bueno, pero el cortejo a Francisco Serrano y Domínguez tendría sentido si fuese él una mente preclara y necesaria para España. Pero, sinceramente, no es así. Es obvio que la suerte de las calles de las ciudades no la deciden sólo quienes las trazan y las nombran; pero, aun así, una cosa que yo siempre he pensado es que los regidores de la capital madrileña no se han mostrado muy ecuánimes con la Historia de España a la hora de marcar homenajes en el callejero. La calle de Serrano es una de las calles principales de la ciudad; probablemente la más cara, además. Sólo es superada en anchurosidad e importancia (aquí sí que se acierta) por la del Príncipe de Vergara, una calle tan principal y en justo homenaje que el franquismo la quiso borrar, otorgándosela al general Mola; lo cual, por cierto, no hizo sino alumbrar el chiste chusco: “general, mola; pero mola más príncipe de Vergara”.

La calle Serrano pre data en el tiempo a la de O'Donell, sin embargo; sin que esté claro, cuando menos para mí, que deba ser así. Y, lo que es más importante, cuando se pasea por la calle Prim, uno no puede sino preguntarse cómo es posible que el maestro posea ese sendero, mientras que su padawan, y no muy hábil, dispone de la ancha avenida que lleva su nombre. Sólo se podría decir que Narváez le llega un poco al mismo nivel.

Y es que Serrano, históricamente hablando, no es más que eso: Serrano es lo que quedó. Lo que quedó cuando Espartero se retiró, Narváez y O'Donell fallecieron, y a Prim lo pasaportaron. No llegó por ser brillante; llegó, más bien, porque los brillantes se fueron muriendo, Concha incluido. Careció Serrano del compromiso dinástico que sí tuvieron Espartero, Narváez y O'Donell porque Serrano, de alguna manera, como Napoleón III en Francia, es un poco el primer Pedro Sánchez de la Historia de España (persona básicamente sin ideología y compromiso exclusivo con el poder personal, capaz de cualquier cosa por obtenerlo y conservarlo). Supo convertirse en pieza clave de la revolución gloriosa. La suerte (o quién sabe si la planificación torticera) hizo que el binomio que estaba destinado a gobernar España: Prim-rey, se rompiese por su eslabón más importante, dejando un espacio que le beneficio sobremanera (qui prodest...)

A partir de ahí, la política española se convirtió en un encaje en el que siempre se repetía el bolillo serranista. Alfonsistas, montpensieristas y carlistas, en algún momento, y en no pocos a la vez, buscaron a Serrano.

Hay que entender, además, que el general Serrano, si no se puede decir, honradamente, que tenía mala prensa, tampoco la tenía buena. Tenía enemigos, eso sí, de corte bastante radical, que lo atacaban por su flanco más débil; un flanco que preocupaba, y de qué manera, a Cánovas: su cartera. 

El gran problema de Serrano era que era un grande de España sin posibles para ser grande de España. Vivía en una casa en la calle Villanueva que, desde luego, sobrepujaba en mucho a las viviendas actuales; pero, en términos de alta sociedad madrieña, era poco más que el pisito que puso Maple y que canta el tango. Por sobre eso, el general bonito tenía pocos posibles, y por eso se vio obligado a montar a lo largo de su vida operaciones no muy claras, como el casamiento de su hijo con Mercedes Martínez de Campos; un escándalo que fue aireado por escritores y periodistas, que huele fatal, y que lo mismo, si cojo impulso, algún día os cuento. A efectos de lo que estamos contando, lo que se os tiene que quedar en la cabeza es que Cánovas tenía hacia Serrano un poco la actitud que un político puede tener hacia una mano derecha que sabe que es putero, ludópata y corrupto. 

El duque de la Torre probablemente no conocía ese refrán indio que dice que has de sentarte en la puerta de su casa hasta ver pasar el cadáver de tu enemigo; pero velay que lo practicaba. En el salón de su anchurosa casa de la calle Serrano esquina Villanueva, numero 14, el general bonito se limitó a contemplar cómo las diferentes componendas de pronunciamientos militares monárquicos iban muriendo en sus fases de blastocisto, comprobando, con una sonrisa en los labios, cómo muchos generales moderados iban convenciéndose de que lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible; y de cómo la figura de la reina, en la distancia que permitía ver con mejor perspectiva las muchas cosas que había hecho mal, se iba ennegreciendo. Entonces llegó el acuerdo de Cannes, y con el acuerdo de Cannes se frotó las manos. Él, que como buen proto Pedro Sánchez tenía la habilidad de leer los detalles del partido mejor que nadie, se dio cuenta de que, si Isabel era mala candidata para revivir la Corona de España, Montpensier no era mejor. Además, conocía a Satisfier y sabía que, aunque había firmado que ya no se metería en asuntos del siglo, no pensaba cumplir cosa tal.

El general Serrano estaba convencido de que algún día le vibraría el móvil, y en la pantalla él podría leer: “Borbona”. Y no se equivocó. Isabel, temerosa de que Montpensier, con sus contactos militares y su dinero, acabase haciéndole una OPA al monarquismo hispánico, pidió el comodín de la llamada, y marcó el número de Serrano. Aquello colocó las cosas en el sitio que don Francisco quería: si el rey volvía, volvería encarnado en un adolescente que necesitaría un regente experimentado, que conociese los recovecos de los pasillos del poder, y que le garantizarse cierto vínculo con una revolución que, se pensaba, había llegado para quedarse, como suelen decir los periodistas cursis; pensad en Adolfo Suárez si Juan Carlos I se hubiese muerto a finales de los setenta, dejando España en manos de un Felipe niño, y tendréis una imagen muy aproximada. Así que Serrano tenía un doble plan: o bien la revolución evolucionaba hacia un sistema republicano muy moderado (la célebre república “con mucha más Guardia Civil” de Emilio Castelar) con un presidente vitalicio (al estilo de Luis Napoleón, que era el modelo); o bien regresaba la monarquía, es decir, la Regencia. Tal y como lo veían los duques de la Torre, aquello era un win-win para ellos.

Jacinto María Ruiz Ibarra Grijalba y Recardo, de profesión pagafantas de los reyes exiliados y muy bien amigo de Serrano, hizo de correo del zar entre la reina y el general. El futuro marqués de Grijalba (título que hoy ostenta Ysabel Verónica Tilloy y Magescas de Bascarán; no es que tenga relación alguna con estas notas, pero no me digáis, que la pobre se tendrá que comprar una cartera de ésas apaisadas para poder meter el DNI) tuvo una importante aliada en su mujer, Higinia López Falcón; así como su hermana, Ifigenia Ruiz de Ibarra, casada con un político conservador que haría carrera durante la Restauración, José de Cárdenas y Uriarte. En junio de 1872, la reina le entregó a Ruiz la primera carta para Serrano.

Serrano supo contestar a esa carta, en la que la reina afectaba un total altruismo en favor de su hijo (bastante impostado) haciendo uso de esa habilidad consistente en decirle a todo el mundo lo que quiere oír. Jacinto María quedó muy contento con las palabras que le dedicó el general, aunque éste, las cosas como son, no se apeó del amadeísmo que en ese momento le estaba dando de comer. No obstante, por mucho que el general bonito se quiso mostrar indiferente hacia la pelea monarquista, la inevitabilidad de los pronunciamientos positivos que tuvo que hacer frente al isabelismo hizo que éste se reforzase y, consiguiente, fuese Montpensier quien perdiese pie. Aún así, Serrano nunca permitió que los alfonsistas diesen el paso de mandar a tomar por culo a su augusto primo y sustituirle por él. No quería definirse hasta ese punto; la monarquía era su Plan B. El gran servicio que le hizo al alfonsismo fue rechazar los muchos acercamientos de que fue objeto para verse con Montpensier; a todos quienes visitaron su casa les dijo que negociaría con él, pero siempre a través de Cánovas. Una vez más, nos encontramos con la característica fundamental de todo político de raza: adecuada lectura de partido, dominio de los tiempos.

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