jueves, septiembre 17, 2026

Restauración (11): La alternativa carlista



El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto 


 

La influencia de Nocedal, y el hecho innegable de que los tiempos no pasan en balde, también influyó mucho a Carlos María de los Dolores Juan Isidro José Francisco Quirino Antonio Miguel Gabriel Rafael de Borbón y Austria-Este , es decir uno de los pocos aristócratas con apellido de salida de autopista, que era el pretendiente legitimista a la corona de España. Carlos era un Borbón más y, como todos los Borbones del siglo XIX, vivió siempre con un ojo puesto en Francia como gran referente. Esto hizo que el conde de Chambord, Enrique de Borbón, fuese en realidad más modelo para él que Carlos María Isidro, el anterior pretendiente carlista; algo a lo que ayudaba mucho que uno estuviese vivo y el otro, no.

Carlos de Borbón siempre recordó las circunstancias de su nacimiento; lo parieron en una fonda de Laybach, en Estiria, cuando su familia estaba huyendo de la revolución de 1848. Su padre, Juan, era el segundo hijo de Carlos María Isidro y, por lo tanto, hermano del conde de Montemolín (Carlos Luis María Fernando de Borbón y Braganza). Juan era de ideas liberales, algo que le llevó a reconocer a Isabel II como reina.

Hombre tan liberal, sin embargo, estaba casado con una miembra de una de las familias más rabiosamente ultras de Europa. Efectivamente, la mamá de Carlos de Borbón fue la archiduquesa María Beatriz de Austria-Este, hermana de Francisco Fernando Geminiano de Austria-Este y Saboya, duque de Módena como Francisco V. Carlos admitiría en su diario que su madre era la base de su catolicismo y de su intransigencia ideológica. Bea, además, hizo piña con María Teresa de Braganza, la segunda mujer de Carlos María Isidro, que lo dirigió en la misma dirección.

En palabras de uno de esos historiadores españoles a los que los graduados en Historia considerarán, supongo, “superado”, cuando tal vez lo que les supera es a ellos entenderlo; en palabras de Carlos Seco Serrano, digo, el carlismo, en esos tiempos en los que el siglo estaba ya pidiendo pista, tenía la virtud de su españolismo, y el pecado de su anacronismo. Esto quiere decir que, además de ser una alternativa militar seria, era un punto de vista extremadamente popular. Esto, yo lo comprendo, es bastante complicado de asumir por los de las “visiones superadas”, puesto que suelen entender la Historia, y muy particularmente la Historia de El-Territorio-Sin-Nombre-Que-Sólo-Puede-Llamarse-España-Desde-Que-A-Mí-Me-Salga-De-Los-Cojones, como una evolución. Si entendemos la Historia de España como una evolución, entonces cómo vamos a entender que, un cuarto de siglo después de la revolución de 1848, o casi cien años después de la alegre asonada parisina, en España hubiese una porción de la sociedad mucho más que relevante que simpatizase con unos tipos que lo que decían querer era regresar a tiempos que no se veían en el país desde muchas décadas atrás. Pero lo cierto es que era así.

Empecemos por entender que muchos españoles se sentían españoles. Y no sólo se sentían españoles; es que, para escándalo de los actuales departamentos universitarios, el fluzodetritus y otras realidades concostrináceas, sentían que sus antecesores en muchas generaciones también habían sido españoles. En realidad, no; es que pensaban que esos abuelos y tatarabuelos habían sido mucho más españoles que ellos. El percorrer de la España tardo isabelina y revolucionario-republicana había dejado a estos españoles, a esta clase media de perfil conservador, muy mosqueada. Reyes extranjeros, un iberismo en el que tal vez creía Prim pero no los españoles, la libertad entrando por la puerta para descojonar el país hasta llevarlo a hacer el ridículo internacional más espantoso, políticos que daban la espantada y se largaban del país, asesinatos raros, raros, raros...

Seamos claros: vivir y crecer avanzado el segundo tiempo del siglo XIX siendo un Don Nadie (los políticos son otra cosa) y creer en el liberalismo fue un ejercicio realmente meritorio. El turbión absorbente era, sobre todo más allá de las grandes ciudades, la reivindicación de lo español. El problema del carlismo (de ahí el pecado a que se refiere Seco) fue que, sobrado como se sintió por la situación (en tiempos revolucionarios, los retratos de Don Carlos se vendían a miles, a decenas de miles, por toda España), no se preocupó en recauchutar su ideología. La llegada de Nocedal, un tipo anclado en las catacumbas de Roma, no ayudó en lo absoluto. Personalmente creo que si el carlismo hubiese caído en manos de un español más listo y con más cintura, una especie de Pim Fortuyn hispano decimonónico por citar un ejemplo relativamente contemporáneo, quizá la Historia que aquí estamos contando habría sido otra.

Las cosas, sin embargo, no pudieron ser más que como fueron. Don Carlos, un hombre con los pies en la tierra y para el que el ejemplo de su padre no había pasado en balde, siempre quiso presentarse ante sus acólitos como un hombre de modernidad; como un hombre de su siglo. Sin embargo, su Corte no se lo permitió, convencida como estaba de que su misión era propugnar la idea de que el reloj absolutista debía volver a ponerse a cero. De hecho, esta actitud suya provocó que algunos liberales tuviesen hacia él una actitud un poco parecida a la que los podemers y los sumatorios han tenido en los últimos tiempos hacia el Francisquito Francisco. Hombres liberales como Félix Cascajares y Azara intentaron acercamientos al prohombre del carlismo.

Carlos trataba de atraer a quienes venían de fábrica para oponérsele argumentando que, si bien sus principios siempre serían los que eran, las formas siempre se podían negociar. Se llegó a patrocinar una conferencia en Londres en la que estuvo Cascajares, pero también Prim, Sagasta y el general Cabrera, que representó al candidato legitimista. Cabrera llegó a aceptar los principios liberales, aunque puso pies en pared con el de la soberanía nacional, y ahí acabó todo.

Cabrera, efectivamente, seguía siendo el faro del carlismo, también en los campos de batalla. Pero la tercera guerra carlista vio eclosionar a muchos nuevos líderes. Eran los tiempos de Antonio Dorregaray Romingueram, o el cruel sacerdote Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi, normalmente conocido como el cura Santa Cruz. O Vicente Sabariegos Sánchez o Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco, Lucio Dueñas el cura de Alcabón o el malogrado Pedro Balanzátegui y Altuna. Sin embargo, faltaba un Zumalacárregui; alguien con liderazgo global y visión estratégica integral.

Carlos siempre quiso cubrir esta baja con Cabrera, lo cual nos da la medida de hasta qué punto el carlismo se había quedado huero de nuevos líderes militares respetados por todos. En el verano de 1872, tras la derrota de Oroquieta, Don Carlos tuvo que pasar la frontera, generando un momento muy amargo. Y, en parte, ese momento se había generado un par de años antes, a causa de la evolución en el mando militar y político del movimiento.

Cabrera, sin embargo, ya no podía tener el papel que se le reservaba. En 1849, tras la segunda asonada carlista, se había marchado a Londres, y allí se había casado con una mujer muy rica, lo cual lo aburguesó. Ya no era el mismo hombre. Cuando Juan de Borbón abdicó en beneficio de su hijo Carlos, 3 de octubre de 1868, éste colocó a Cabrera al frente de la nueva insurrección, a pesar de que el general ya se había mostrado ambiguo sobre su compromiso. Ya no estaba convencido; pero el caso es que, además, los neocatólicos de Nocedal le pusieron la proa, con lo que se vino a juntar el hambre con las ganas de comer, por así decirlo. El 31 de marzo de 1870 renunció definitivamente.

Don Carlos convocó una asamblea carlista en abril de 1871 en Vevey, Suiza, donde finalmente se decidió el cambio de mando. El bando neocatólico se presentó allí con una fuerza importante: el dominio prácticamente total de la Prensa carlista, a través de Vicente de la Hoz, que dirigía La Esperanza, y de Francisco Navarro Villoslada, que dirigía El Pensamiento Español. Cabrera ni siquiera asistió; así pues, el nombramiento de Nocedal prácticamente fue una candidatura única. A partir de ahí, Cabrera, crecientemente influido por los modos de la política inglesa decimonónica, iría evolucionando hacia ciertas veleidades liberales, que hicieron concebir a los alfonsistas la esperanza de ficharlo. Las intentonas no fueron pocas.

Con todo, la gran dificultad que enfrentó el carlismo fue la económica. Hacer una guerra es muy caro cuando se es un Estado; así que imaginad cuando no se es. Don Carlos y su mujer, Margarita de Parma, hubieron de deshacerse de una parte significativa de su patrimonio, como tuvieron que hacer otros prohombres carlistas, a fin de poder pagar el esfuerzo bélico de lo que conocemos como tercera guerra carlista. Conforme los rebeldes fueron dominando zonas de España, se vieron obligados a imponer elevados impuestos, sobre todo el pago por redención del servicio militar, que era prohibitivo. Las cosas mejoraron bastante en 1873, dado que la puta mierda de país y de Estado en que se convirtió la I República durante aquel año provocó un exilio voluntario de muchos españoles hacia las zonas carlistas y, obviamente, una vez llegados allí se convirtieron en contribuyentes. Por otra parte, los legitimistas franceses fueron los que le recomendaron a Carlos llevar a cabo una política que ellos también habían realizado: contactar con los grandes propietarios de las posesiones americanas, que se sentían amenazados por las decisiones del gobierno revolucionario relativas a la abolición de la esclavitud. El carlismo, sin embargo, siempre fue consciente de que la mayor parte del apoyo económico a que podía aspirar tenía que llegar de Europa, para lo cual necesitaba ser un contendiente con prestigio, que aportase victorias relevantes. De ahí la obsesión que durante toda la guerra carlista se apreció por la toma de Bilbao.

Las idas y venidas de todas estas situaciones son las que enmarcan las diferentes gestiones en pro de la fusión dinástica. En puridad, hay que decir que carlistas y cristinos-isabelinos-alfonsinos estuvieron hablando, de una manera o de otra, de reconciliación dinástica, prácticamente desde el momento en que partieron peras. Cuando Isabel II alcanzó la edad de merecer, Jaime Balmes, como personaje que estaba situado un poco in between, propuso la solución más directa, que habría sido el casamiento de la borbona con el conde de Montemolín. La idea volvió en 1867, cuando el casadero era Carlos (que lo hizo con Margarita de Borbón-Parma); de nuevo hubo presiones eclesiales para que decidiera casarse con la infanta Isabel. Con los años, de la factoría de opinión sincronizada carlista fue surgiendo la idea de que Alfonso casara con la hija de don Carlos, de forma que aquella unión adolescente se desarrollaría bajo la regencia de la mamá de uno y el papá de la otra. Era un proyecto muy inspirado en la unión entre Isabel y Fernando.

Estos acercamientos, es bien sabido, fueron casi siempre vistos con cierta displicencia por los Borbones reinantes, que no terminaban de entender qué necesidad tenía aquello, lo cual no ha de sorprendernos porque entender la utilidad de las cosas más allá de la pura superficialidad nunca ha sido su fuerte. Sin embargo, cuando Isabel se vio en el paro en París, yendo al Inem cada mes a ver si se había quedado libre algún curro de reina, le cambió el punto de vista. Utilizó a algunos intermediarios bienintencionados para conseguir una entrevista. Esa entrevista ocurrió en octubre de 1868 en París, pero no en ninguna de las residencias de personas de ambas ramas, sino en un piso de la avenida de la Grande Armée. Fue una merienda de parejitas. Estuvieron Isabel, el Francis, Charlie y Margarita de Parma. En aquella entrevista, Isabel propuso que su ilustre primo la reconociese como titular de la corona de España, a cambio de que ella nombrase a Carlos y a su hermano Alfonso Carlos infantes de España y capitanes generales. Carlos le vino a decir a Satisfier que si hacía eso sus partidarios harían hamburguesas con él; y añadió que si él podía ser algo más condescendiente, su hermano no lo sería; y que sin renuncia de Alfonso Carlos, el carlismo, simplemente, cambiaría de líder.

Las partes se volvieron a ver días después como tortolitos pajilleros, es decir, en el bois de Boulogne (que yo no sé si lo sabéis, pero en esas arboledas se han agarrado más penes que en PornHub). En apenas unas horas, Isabel había cambiado. Ya no quería ser reconocida ella, sino que quería eso para su hijo Fonsi. Carlos se descolgó con una propuesta un tanto ambigua, en la cual su prima lo reconocía como monarca legítimo, pero él se comprometía a gestionar y controlar la educación del príncipe para que, dijo, llegando a la mayoría de edad escogiese entre aceptarlo o hacerle la guerra. Isabel, de forma muy taimada, le devolvió a Carlos la posición de la reunión anterior, y le dijo que, por mucho que le pudiera parecer una buena propuesta, no podía aceptarla, porque ni su madre, ni su hija Isabel, ni Montpensier, estarían de acuerdo.

Las partes se separaron acordando no estar de acuerdo, y sin descartar una tercera reunión. Que la hubo. Esta vez, participaron Manuel Bertrán de Lis, como mandadero isabelino, y Antonio Aparisi y Guijarro, por Carlos. Se propuso proclamar a Carlos rey en el mismo acto en que éste aceptaría a Alfonso como príncipe de Asturias, concertando asimismo el matrimonio de éste con Blanca, la hija de Carlos.

Se dice que hubo un cuarto embroque, en Bayona (la de Francia) en la que habrían participado los generales Gasset y Reina, por parte de la ídem; y el general Joaquín Elío y Ezpeleta, por el carlismo; al parecer, don Carlos estuvo también en la entrevista, pero, si estuvo (y si hubo encuentro) permaneció en una indiscreta habitación continua abriéndose de orejas.

Aquella entrevista no trató de la unión dinástica, sino de planes para organizar un golpe de Estado conjunto en Barcelona, Valencia y Vascongadas, que buscaba contrarrestar la candidatura del duque de Montpensier, que los reunidos tenían por la más sólida para hacerse con la corona. Elío propuso que el ejército del norte fuese comandado por don Carlos en persona, a lo que los generales isabelinos se negaron con cajas destempladas.

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