viernes, octubre 09, 2009

La gran guerra vasca (3)

Los primeros años de la guerra carlista, como hemos visto, se pueden definir como un momento en el que se hace valer el enorme error isabelino a la hora de valorar a las fuerzas carlistas y los avances casi constantes de éstas, beneficiadas del proceso de conversión de las mismas en un ejército moderno en las manos de uno de los principales genios militares de nuestra Historia, Tomás Zumalacarregui. Sin embargo, todo se acaba, y también la buena suerte. Los éxitos carlistas, que parecían interminables, se van a estrellar contra las murallas de una ciudad. De una ciudad que no es cualquier ciudad, como bien saben en Baracaldo, Portugalete y otros satélites: la misma Bilbao, propiamente hablando.

Tras demostraciones como el ataque e incendio del silo de pan, los carlistas sitiaron Bilbao, y fueron allí con todo lo gordo. Zamalacarregui puso en juego 23 batallones y 18 cañones que, situados en Begoña y Artagan, hostilizaron la ciudad sin piedad. El 13 de junio de 1835 comenzó la historia y pronto los isabelinos trataron de concentrar tropas de apoyo. Espartero juntó 6.000 hombres en Portugalete, Iriarte tenía 2.000 más en Valmaseda y pronto llegarían unos 15.000 más al mando de Latre y Valdés. Pero tal demostración no logró romper el cerco.

La clave estuvo en la artillería. Los bilbainos tenían unos cañones que más parecían los atributos sexuales de un polifemo y, además, sabían utilizarlos muy bien. Zumalacarregui contaba con sus cañones para ablandar a la villa, pero del sitio salieron más disparos y más certeros y pronto la artillería carlista quedó para el arrastre. Así las cosas, cuando los refuerzos isabelinos consiguieron llegar, los carlistas tuvieron que volver grupas.

Aquí hay que hacerse una pregunta clara. Porque claro era para cualquier observador avezado que los carlistas no contaban con fuerzas suficientes para tomar Bilbao, y menos aún para conservarla en su poder si lo conseguían. En tal caso, ¿por qué un militar experimentado y nada temerario como Zumalacarregui se avino a realizar la operación? La clave, pienso yo, quizá se encuentra en el especial ambiente que entre los vascos generó el incendio de Gernika, así como el hecho de que el sitio de Bilbao se vio precedido por algunas victorias fáciles y sonadas de los carlistas, como la toma de Vergara. Por lo demás, para entonces los carlistas habían comenzado a practicar uno de sus deportes preferidos: la disensión interna. En el Consejo Real de don Carlos había quien le comía la oreja al presunto sucesor de la corona con el concepto de que la fidelidad de Zumalacarregui era relativa. Y probablemente no les faltaba razón pues Zumalacarregui, como casi todos los combatientes vascos, era carlistas porque los carlistas eran fueristas; en modo alguno era fuerista como consecuencia de su carlismo.

El general vasco hizo lo que pudo. Eligió Soloetxe como el lugar ideal para romper la resistencia de la ciudad y lo atacó durante todo el día 14 de junio de 1835. En Deusto y Olabeaga, envió unas gabarras a bloquear la ría, así como a presentar batalla a las avanzadillas de Espartero. Al día siguiente, mientras inspeccionaba unas defensas, fue herido en una pierna, herida de la que moriría once días más tarde, en un episodio nunca suficientemente aclarado, porque aún hace ya casi doscientos años, un balazo en una pierna no era como para pensar que se tuviera que morir.

Las últimas palabras de Zumalacarregui, asimismo, alimentan la leyenda. Dijo algo así como que siempre supo que la Junta de Vizcaya les llevaría a la ruina. Esta última confesión ha alimentado siempre la interpretación de que el sitio de Bilbao, empresa imposible, fue realizado por presión de dicha Junta, es decir de los políticos.

Eraso continuó las operaciones, aunque en las filas carlistas el desánimo podía untarse en el pan sin cuchillo. Ni aún así los isabelinos se apuntaron un tanto, pues sus columnas fueron derrotadas el día 18 en Castresana por un general de nombre bastante poco metrosexual (Sarasa). Las autoridades bilbainas, entonces, pidieron auxilio al rey francés Luis Felipe de Orleans. Pese a que éste apenas podía mandarles un tercio de las tropas que Madrid tenía ya concentradas en la zona, confiaban más en él. No obstante, para fin de mes, los carlistas se habían quedado sin munición, y tuvieron que levantar el campamento.

El sitio de Bilbao ha dado para mucho en las imaginaciones más o menos calenturientas de contemporáneos, herederos e historiadores. Para mí, sin embargo, fue un episodio que tuvo poca significación, y no habría tenido mucha más de haber vencido los carlistas. En primer lugar, este planteamiento es prácticamente de ciencia ficción. Las tropas de Don Carlos (por llamarlas así y no llamarlas las tropas vascas foralistas, que es como habría que llamarlas, en oposición a la resistencia vasca liberal de la ciudad) no tenían artillería, y sin artillería, a mediados del siglo XIX, era imposible debelar una ciudad adecuadamente pertrechada. De haber conseguido entrar, hubieran tenido que salir, más pronto que tarde, por patas.

Además, hemos de tener en cuenta que, mediante este sitio un tanto extemporáneo y chulesco, los carlistas perdieron a uno de sus mejores generales. Y, sin duda alguna, el mejor general del flanco más irredento del carlismo, que era el vasconavarro. La muerte de Zumalacarregui dio un pasito más hacia el embroque de Vergara. Don Carlos, que también tenía su vertiente de tonto contemporáneo, con siete trienios de antigüedad y seis balcones a la calle, se encargaría de dar unos cuantos más. Las sospechas que surgen de las postreras palabras de Zumalacarregui, por lo demás, apuntan a que los vascos también aportaron a este episodio sus buenas cuotas de cortoplacismo, oportunismo político y, en general, estupidez.

martes, octubre 06, 2009

Ciencia y orgullo

[Por alguna razón que desconozco, Blogger se empeña en que hoy es 7 de octubre. Como no se puede ir en contra los destinos de la ferralla y la pensalla, aquí queda este post, que debiera publicarse algunas horas más tarde de lo que se publica].

Hoy es miércoles, día 7 de octubre. En tal fecha, este blog, y varios cientos de blogs más por lo que sé, hace una paradinha en las funciones propias de su sexo. La razón es que al dueño de este colmao le provoca, como dicen en algunos lugares de América Latina, unirse a la campaña La ciencia española no necesita tijeras, representado por el logo que ves a la izquierda de este post. Adhiriéndome debo colocar ese logo, cosa que he hecho con gusto; escribir este post, hoy mismo, explicando por qué creo que no se debe reducir el presupuesto público de apoyo a la ciencia. Y, bueno, también se supone que debería twittear algo; pero para eso, claro, tendría que saber qué diablos es eso de twittear. La tercera condición, pues, queda en suspenso.

Puestos a daros las explicaciones de las que va este post, os diré que yo, cuando era un chavalín, pude elegir con total libertad por dónde irían mis derroteros culturales y profesionales. En la escuela se me daba bien todo, quizá con la excepción de la química. Mis especialidades eran el latín y las matemáticas, así de ecuménico me mostraba. Pero quizá una de las razones de que me decidiese por las letras era la mala sensación que me causaba la Historia de las ciencias. En la Historia de las Ciencias, apenas hay hitos que lleven nombres españoles. Recuerdo la ley de Boyle-Mariotte, o la de Hooke o, por supuesto, las de Newton. Repasaba en mis libros los faradios, los newtones, o elementos en la tabla periódica como rutherfordio, y me daba cuenta de que no hay una sola ley física que sea la Ley de Gómez, ni un solo elemento químico que se llame guadalquivirio.

Acusaba Machado a España de despreciar todo aquello de lo que no tiene idea. Es probable que haya sido nuestro mal durante mucho tiempo. España, como proyecto, tuvo la mala suerte de morir de éxito casi recién inventada, convirtiéndose en una potencia militar y económica. Cometimos el error de convertirnos en el principal baluarte de una manera de ver las cosas, la vaticana, a la que le costó entender que sus prevenciones nada tenían que ver con el avance del conocimiento; asunto del que sabe un poquito el señor Galilei, entre otros. La España que nació poderosa aprendió a girar alrededor de un concepto: el prestigio.

Todo, o casi todo, lo que se hizo desde el día en que dejamos de ser grandes, en algún momento del siglo XVII; y el momento en que nos dimos cuenta de que éramos directamente una puta mierda, o sea 1898; casi todo lo que se hizo entre esas dos fechas, digo, tuvo como objetivo conservar el prestigio. El orgullo de ser español. Y en ese terreno, la ciencia poco tenía que hacer, porque la ciencia, o mejor dicho la investigación o desarrollo científico, es un feto de maduración muy larga; así pues, procura muchas tardes de fatigas y negativas antes de poder echar un polvete en condiciones.

Nuestro orgullo era un orgullo de corto plazo. El orgullo de los matones. Por mucho que la Historia de la Ciencia española tenga muchas más referencias de las que probablemente sospechamos los legos en la materia, creo que no falta a la verdad quien diga, o al menos yo lo digo, que la ciencia española no estuvo en la agenda de nuestros reyes ni de nuestros consejos durante mucho tiempo. Despertamos a ello, más o menos, cuando, como digo, nos dimos cuenta de que éramos el cagarro de Europa. Desarrollamos una admiración probablemente excesiva por lo extranjero (hace bien pocos años se comenzaron a vender los coches Opel en España con el eslógan Ingeniería alemana a su alcance, como si la ingeniería alemana fuera la pera limonera, mientras los ingenieros españoles levantaban en Figueruelas la fábrica más eficiente de la marca) y empezamos a decirnos que aquello ya no podía ser.

Nos ha costado mucho darle la vuelta a esa tortilla. Ha costado mucho que España entendiese el valor del conocimiento, y el valor de liderarlo. Aunque no ha sido un camino de rosas. Hoy recordamos bien que Santiago Ramón y Cajal recibió un Nobel de Medicina y mucha gente olvida que Echegaray lo recibió de Literatura. Sin embargo, la emoción colectiva de ambos premios no tiene ni comparación; en su momento, fue mucho más valorado el segundo que el primero.

El franquismo, que mandó a tomar por culo a un porcentaje nada desdeñable de la ciencia española, no puso las cosas fáciles. La Transición política, tan denostada hoy por tanto y tanto culiparlante acostumbrado a ponderar los pares de banderillas siempre a toro pasado, fue, entre otras muchas cosas, la sensación de que, por fin, íbamos a ajustar cuentas con nosotros mismos. A aprender de los errores, muchos. Y la ciencia estaba en el paquete.

El guión de la democracia decía que se habían acabado, por fin, las visiones estrechas. Que había llegado el momento de que un español pudiese decir: soy español, y además un matemático de puta madre; y, dicho esto, un coro de tornerofresadores exclamase con admiración: «¡OOOOH!» Que había llegado el momento en el que, para un español, ser una autoridad en materia de cromodinámica cuántica (creo que se escribe así) se convertiría en una oportunidad para ser profeta en su tierra como no lo ha sido ninguno de sus abuelos desde los tiempos de Abderramán III el cachobestia. Por supuesto, también queríamos otras cosas: queríamos ganar la Eurocopa de Fútbol y, si es posible, el mundial. Queríamos que ¡Peeeeedro! ganase un Óscar. Queríamos situar a alguna de nuestras pericas en la lista de las tías más buenas de Vanity Fair. Cuando una nación sueña que es grande, todos los sueños caben.

Todos vosotros habéis tenido alguna vez un sueño. O dos, o veintisiete. Sueño quiere decir ese logro complicado que daríamos cualquier cosa por conseguir, y que está lejos, allá lejos. Porque todos habéis tenido un sueño, todos sabéis cómo se consigue: regando todos los días. La lotería es el único éxito que te cae por lotería. Todo lo demás te lo tienes que currar. Te lo tienes que currar muchas veces. Un amigo mío dice: cada por fin cuesta por lo menos cincuenta me cago en la puta.

Rebajar el presupuesto de investigación es, simplemente, bajar los brazos. Dejar de regar. El mismo tío que hace eso no tiene huevos de hacer lo mismo con el programa ADO y decirle al personal: a partir de ahora, nos quedamos sin medallas olímpicas. O de sacar una ley que impida a los galácticos clubes de fútbol superar determinado nivel de endeudamiento. El detalle demuestra, a mi modo de ver, la vara que usan algunos a la hora de medir nuestro éxito como país. Siguen en las mismas: el prestigio. Sólo que ahora, el prestigio ya no se mide entrando en Nápoles a sangre y fuego, sino corriendo los 1.500 metros en menos tiempo que los marroquíes. Pero el error sigue siendo el mismo.

Y ahora te hablo a ti. Sí, a ti. No te escondas. Sé bien, por comentarios privados que me llegan cuando escribo en este blog, que tiene un porcentaje de lectores que aún residen en la juventud despreocupada y multiorgásmica. Y te hablo a ti porque supongo que estás hasta los cojones de las ciencias. Te putean, te dejan sin salir alguna que otra vez, te atan a la dura silla del estudio. Y qué difíciles son de entender, ¿verdad?

Pues, mira. No seré yo quien te diga que los exámenes y las notas no sirven para nada. Sirven. Pero lo más importante de la escuela, y de la universidad, es que te está enseñando (o debería) a pensar. En la vida, los conocimientos tienen valor, pero relativo. Un conocimiento es algo que se adquiere. Ya te he dicho que no tengo ni puta idea de química; pero tú dame cinco años sabáticos, y ya verás cómo me empapo de formaldehídos.

Lo importante de la educación es saber pensar. Y no sabrás pensar si no aprendes a pensar como piensan los científicos. También tienes que aprender a pensar como los poetas, ciertamente. Pero eso no es cuestión del día de hoy, porque la poesía y los presupuestos del Estado tienen, afortunadamente para la primera, poco que ver.

Habría que aumentar la asignación para investigación, no a pesar de la crisis, sino precisamente porque estamos en crisis. En la pista hay dos corredores al límite de sus fuerzas. Uno, el corredor cobarde, se para y se tira al suelo, derrengado. El otro, el corredor valiente, aprieta los dientes, rompe a sudar y se deja los cuádriceps en cada paso. Si hubiésemos querido ser el corredor valiente, habríamos aumentado los presupuestos de ciencia. Pero somos unos putos membrillos.

En fin, hasta aquí he llegado. Como he dicho, no voy a twittear una mierda porque no sé lo que es eso, ni siquiera me imagino si será legal. Pero si eres lector científico, no te digo ya si eres el padre de esta iniciativa y estás leyendo esto, que sepas que me debes una. Algún día deberías escribir en tu blog científico por qué hay que conocer la Historia.

A mandar.

lunes, octubre 05, 2009

La gran guerra vasca (2)

Con total seguridad, los pseudoliberales que eran el apoyo de la reina Isabel infravaloraron a las diputaciones vascas y, en general, a los vascos. Cuando la sublevación está queriendo estallar, el Estado está casi en bancarrota y no parece capaz de financiar un esfuerzo bélico. Sin embargo, el invento del ministro Mendizábal, la famosa desamortización (y es por esta razón que se hizo tan apresuradamente) le permitió a los militares que pululaban por palacio levantar el ejército de 100.000 hombres con que soñaban y que consideraban, quizá recordando a los 100.000 hijos de San Luis, más que suficiente para sofocar la rebelión. Las provincias vascas y navarras, sin embargo, demostraron un poder casi estratosférico de movilización, pues llegaron a tener un ejército de 40.000 miembros, más 10.000 reservistas, que no está nada mal para un territorio que no acumula ni de coña ni la mitad de la superficie, ni la mitad de la población, de España.

La guerra carlista tiene dos años de desarrollo, hasta 1835, que lo son básicamente de hostigamiento del enemigo, sin enfrentamientos directos; tiempo durante el cual el ejército vasco-carlista, sin embargo, se organiza en cuatro divisiones operativas. En realidad, los vasconavarros no podían llegar realmente muy lejos con esa estrategia; el terreno era relativamente pequeño y el ejército contrario muy grande. Haría falta alguien que fuese capaz de comprender las tácticas guerreras tradicionales de los vascos, escasamente basadas en el enfrentamiento frontal, y adaptarlas a la guerra moderna (moderna entonces) que reclamaba movimientos de tropas coordinados de miles de hombres.

Ese hombre fue Tomás de Zumalacarregui.

Los vascos aprendieron a desenvolverse como un ejército napoleónico. A plantear ataques frontales combinados con movimientos sorpresivos de ruptura de las líneas enemigas. En relativamente poco tiempo, los carlistas consiguieron asegurarse el control del País Vasco, excepción hecha de sus capitales. Y comenzaron a pensar en hacer lo que ya venían haciendo desde los tiempos de Recaredo y Sisebuto, es decir organizar expediciones y razzias en terreno castellano. Actitud que obligó a los castellanos a cambiar el paso y diseñar una guerra de contención en la que no habían pensado, y que les llevó a intentar aislar más o menos lo que hoy es el País Vasco y Navarra con una línea de fuertes. El general Gómez fue el primer estratega carlista que se dio uno de esos paseos: salió con 4.000 soldados, tiró para Santander, luego pasó a Asturias, luego a Galicia, puteó varias ciudades; luego bajó hasta Extremadura y a Algeciras, con un columna de 30.000 isabelinos persiguiéndole, y luego se volvió a su tierra forrado y con un montón de prisioneros.

A la eficiencia carlista (yo creo que cabe poca duda de que, en esos momentos, la inteligencia militar estaba más en el bando carlista que en el isabelino) se unió, como factor importante, la torpeza liberal. Como hemos dicho, los gubernamentales controlaban las capitales, especialmente Bilbao. Allí destituyeron a la diputación bizcaitarra (que se fue a Gernika) y formaron otra de corte totalmente liberal, de la que eran cabezas visibles el eterno Uhagón y Mariano de Eguía. Esta diputación de pega decretó la movilización de todos los jóvenes del área; medida torpe donde las haya, porque todo lo que consiguió fue que los jóvenes del área desertasen a las filas carlistas en fila de a 27.

La reina Isabel había mostrado cierta sensibilidad regionalista al poner al frente de su ejército a generales vascos. Casi todos lo eran: Valdés, Quesada, el mítico Mina, Iriarte, Oraá, Jáuregui. Isabel no entendió que, para bien o para mal, desde entonces y ahora también, los vascos no distinguen, en realidad, entre vascos y no vascos; sino entre vascos nacionalistas (entonces, fueristas) y resto del mundo. A los ojos de un fuerista, si alguien era de Mundaka pero profesaba el centralismo isabelino, era tan poca cosa como si hubiese nacido en el mismo Chamberí. En los albores de la guerra propiamente dicha, el general carlista De la Torre le mete una mano de hostias del cuarenta y siete a las tropas isabelinas del Barón del Solar. Esta derrota y otras acciones cambian completamente la faz de la guerra por el lado isabelino. La reacción de los militares, heridos en su orgullo, es iniciar una represión, con fusilamientos incluidos, que sirve para disparar el contador de agravios que todo nacionalista que se precie ha de llevar siempre consigo, dispuesto a ser alimentado. Por lo demás, a finales de 1833 ya está don Baldomero Espartero en el campo de batalla.

En abril de 1834, algún tiempo después de que el gesto de D. Carlos de jurar los fueros vasconavarros haya galvanizado a su bando, Zumalacarregui administra una nueva derrota a Quesada en Alsasua. Es una batalla directa, sin historias raras. Y en ella las fuerzas isabelinas son superiores en número. Y, aún así, pierden. Mal rollo. Rodil sustituye a Quesada como máximo general del ejército isabelino del norte. Su llegada supone un incremento exponencial de la represión. Pero parece poco, porque es cesado y sustituido por Mina, que va más allá. Los carlistas actúan en consecuencia. La guerra carlista se convierte en una guerra sin prisioneros. Lo dicho: sin prisioneros. Ya sé que hay mucha gente que va por ahí diciendo y escribiendo que si la guerra civil española del 36 fue la guerra más cruel nunca conocida en España y bla, bla, bla. Además de viajar más, hay que leer un poquito más de Historia.

Mina, cuando llegó al norte, tenía a su disposición 45 batallones. Zumalacarregui, todo lo más, podía reunir algo más de veinte. Sin embargo, el error del general isabelino fue pensar que todo el monte era orégano y que los navarros, igual que le habían ayudado contra el francés, le ayudarían ahora. En el momento en que reclamó la ayuda navarra, entró a jugar el gesto de D. Carlos de haber jurado los fueros, y los navarros se decantaron por ponerse enfrente. El viejo general fue finalmente sustituido tras los incidentes de Lecaroz, donde hizo fusilar a uno de cada cinco varones.

A Zumalacarregui, sin embargo, le preocupaba una cosa. Con diferencia, de todos los territorios históricos, aquél donde los fueristas tenían más fuerza, más posibilidades, era Vizcaya. Pero el líder militar bizcaitarra, Zabala, se contentaba con hacer guerra de guerrillas. En octubre de 1834, Zumalacarregui consiguió la destitución de Zabala y la colocación en su lugar del navarro Eraso. Con el riñón cubierto, pues, el general baja a las tierras alavesas y, en Alegría, consigue una humillante victoria contra las tropas isabelinas. La batalla de Alegría es importantísima. Es la primera vez que los vascos no ganan a base de dar por culo desde los bosques y las colinas, sino en una llanura, cargando y acometiendo con la bayoneta. Peleando como un ejército mayor de edad, que es lo que para entonces había hecho Zumalacarregui de ellos. La represión carlista fue brutal, inhumana. Querían tomar Vitoria. Aún así, no lo consiguieron.

A principios de 1835 los isabelinos, a la deriva, declaran el estado de sitio. Si había alguna esperanza entre los vascos liberales de que podrían conseguir una solución pactada al conflicto, se disolvió ese día. Pero ni el estado de sitio puede esconder el hecho de que, para entonces, los vascos mandan en los campos de Vasconia, hasta el punto de que las tropas carlistas, en marzo de aquel año, atacan un edificio utilizado como silo de harina, que está a apenas 200 metros de las puertas del mismo Bilbao. Este hecho coloca la situación en la capital vizcaína en muy mal tono. El gobernador militar no hizo nada por ayudar a la dotación del almacén mientras los carlistas entraban, los mataban a todos e incendiaban el edificio. Los bilbainos, pues, vieron morir en directo a sus vecinos sin que nadie les ayudase y, para colmo, se quedaron sin pan. Las gentes comenzaron a volverse contra los militares.

Algunas semanas después, Gernika es atacada por Iriarte, que ha ido allí hostigado por los carlistas. Pero éstos le engañan, porque no se han ido de la ciudad y le reciben desde las casas a tiros. Cuando Iriarte quiere volver grupas, se encuentra con tropas guipuzcoanas que rodean la ciudad y le cortan el paso. Los isabelinos registran enormes pérdidas. Y hay otra cosa importante, importantísima: la participación, fuera de Guipúzcoa, de tropas donostiarras. Eso se debe al genio militar de Zumalacarregui, que era euskaldún como el que más, pero al mismo tiempo tenía claro, con preclara conciencia militar, que en la guerra hay que dejarse de chorradas diferenciadoras, porque en la guerra no hay más diferencia que la que nos separa del enemigo. Cien años más tarde, en Santoña, cuando los gudaris vascos se rindan tras haber perdido el País Vasco a manos de Franco, no habrá ya ningún Zumalacarregui entre ellos.

A socorrer a Iriarte acabó yendo Espartero, que logró salvar a algunas compañías que se habían refugiado, con el culo contra la pared, en un convento. Aquella acción de Espartero de Gernika fue el origen de su decisión más jodida. Porque hemos de saber que Espartero es un personaje histórico con muy buena imagen en España. Era liberal, lo cual place a los ojos de los progresistas. Y más les place aún el hecho de que, habiendo empezado de soldado raso, terminase sus días recibiendo incluso una oferta para ceñir la corona de España. Nunca nadie en la Historia de España ha llegado tan alto desde tan abajo. Sin embargo, los vascos odian a Espartero. Y, la verdad, no cabe culparles de ello. Espartero hizo lo único que no se le puede hacer a los vascos: quemar Gernika. Un vasco que se precie de serlo, pues, odia a Espartero por la misma razón por la que odia a Franco. Exactamente la misma. Franco provocó más muertes, claro está. Pero, vascamente hablando, probablemente el crimen esparteril es peor, porque la intención del general fue borrar Gernika, su casa de juntas y el árbol, para siempre (aún hoy, por cierto, resulta inexplicable que no lo consiguiera). Y, una vez terminada su labor, colocó un cartel que decía: «Aquí fue Guernica». Creo que sus intenciones eran bien evidentes. En las reacciones, muchísimas, contrarias al movidón, comienzan a leerse los actualmente comunes argumentos referidos al imperialismo castellano.

Y aquí, entre las ruinas humeantes de la ciudad sagrada de los vascos, dejamos el relato por hoy.

jueves, octubre 01, 2009

La gran guerra vasca (1)

Cualquiera de vosotros puede discutirme esta opinión. Pero, a la espera de vuestros argumentos, enuncio el teorema de que, hablando de Historia, no hay ningún hecho más complejo que una guerra civil. Es por eso que resulta peligroso tratar de explicarlo mediante esquemas sencillos.

En una guerra civil se juntan un montón de cosas distintas. No hay bandos puros, que sólo pelean por una razón. En cada bando, siempre, hay gentes diversas que toman su opción por motivos muy diferentes. Toda guerra civil es un dédalo de razones y de interpretaciones entrecruzadas que son las que hacen que saber de Historia sea, en realidad, interpretar la Historia.

Uno de esos hechos poliédricos, inaprehensibles, son las guerras carlistas. En la guerra carlista se juntan, como mínimo, cuatro grandes corrientes: primero, el absolutismo dinástico; segundo, el tradicionalismo católico; tercero, el fuerismo vasco; y, cuarto, las tensiones regionalistas, más que nacionalistas, en otros lugares de España, sobre todo Cataluña. En esta pequeña serie, os voy a hablar, básicamente, de uno solo de estos componentes, porque pienso que, en realidad, es el más importante: el fuerismo vasco. La guerra carlista de 1833 es, también, la gran guerra vasca. El primer enfrentamiento serio entre los vascos y el resto de los españoles. De ahí nacen muchas cosas. Creo que es importante conocerla, siquiera epidérmicamente, para entender eso que hoy llamamos el problema vasco.

La historia empieza, como dije, en 1833, a la vera de la cama de un rey voluble y moribundo. Fernando VII agoniza entre sábanas sudorosas y a su alrededor, inquietos, sus hombres políticos conspiran para evitar hechos que reputan peligrosos. Todo el mundo, en ese momento, considera que, muerto el rey, y puesto que sólo ha tenido una hija (Isabel, que además tiene apenas tres años entonces), la corona ceñirá las sienes de Carlos, su hermano. Carlos es un decidido partidario de la monarquía tradicional, como en el fondo lo ha sido Fernando. Isabel no es que sea muy liberal, pero es muy pequeña. En ella cifran sus esperanzas los sectores más liberales de palacio.

Todo el mundo le come la oreja al enfermo terminal. Fernando, entre que está sonado y que es ya de por sí gilipollas, da por la mañana una de cal y por la tarde una de arena. Primero anula la Ley Sálica, que impide reinar a las mujeres, abriendo el portillo para la sucesión en la persona de su hija. Luego da marcha atrás, presionado por la camarilla real partidaria de Don Carlos, dirigida sobre todo por el ministro Calomarde. Dice la tradición que el asunto lo zanjó la infanta María Carlota, quien arrancó de las manos de Calomarde el testamento del rey, lo rompió y luego le arreó una hostia al ministro. Calomarde habría respondido con la famosa frase «señora, manos blancas no ofenden».

Curiosamente, todo este problema de la Ley Sálica no afectaba a uno de los territorios que más decididamente serían carlistas, es decir Navarra. En Navarra, la norma aprobada en su día por Felipe V nunca había estado vigente, así pues en el territorio de Navarra no había impedimento alguno para que Isabel fuese la heredera. Sin embargo, los navarros tenían muy claro que lo que Isabel traía prendidas eran las ideas más aperturistas de sus partidarios, de un liberalismo primigenio pero ya enemigo de los fueros vasconavarros, considerados por los liberales como una chocha herencia caduca de los tiempos medievales. Navarra se hizo, entonces y por un largo siglo, carlista hasta las trancas. En las calles del futuro Euskadi se cantaba:

D. Karlosek emon dau
erege-berbea, erege-berbea,
gura dabela gorde
euskaldun legea...

O sea: D. Carlos ha dicho/el mismo rey, el mismo rey/que quiere respetar/la ley vasca.

Este planteamiento político-bélico, a la muerte de Fernando VII, tiene y tendrá su importancia para la causa vasca, por cuanto tenderá a vincular la suerte de los derechos seculares de los vascos a la causa del Antiguo Régimen; y, como quiera que ésta es la causa finalmente perdedora de la larga guerra civil que en el fondo fue todo el siglo XIX, acabará pagando muchos platos rotos y reaccionando mediante el encastillamiento en un nacionalismo con fuertes tintes tradicionalistas.

Las diputaciones vascas no habían enviado diputados a las Cortes de Cádiz. Más aún, el País Vasco, aunque de una forma un poco a la remanguillé, jugó bastante la baza de los afrancesados, es decir, otra causa finalmente perdedora. Se dice que esta pseudoidentificación de los vascos con José Bonaparte, a quien dieron importantes ministros como Urquijo, Colón de Larreategui o el muy céntrico Mazarredo, tiene que ver con la ilusión que algunos sectores del fuerismo albergaron de que Napoleón acabaría por esponsorizar la creación de un Estado independiente al norte del río Ebro; cosa que, que yo sepa, Napoleón se planteó con la misma seriedad con la que se planteó la posibilidad de usar rorcuales comunes para sus cargas de caballería.

En este caldo de cultivo, no cabe extrañarse de que las Cortes de Cádiz decidiesen proponer la abolición de los fueros euskaldunes sin, en realidad, pensárselo mucho. Para los diputados liberales, quitar los fueros era tan lógico como es lógico para un barrendero quitar de la acera unos papeles que molestan. Aunque hoy veamos, o queramos ver, los fueros, pelaos o amejorados, como lo más de lo más de la modernez política, lo cierto es que son privilegios antiguos; y las Cortes de Cádiz rompieron con todo, o casi todo, lo antiguo. Y, como decía, no hubo allí ningún vasco para oponerse seriamente a la movida (vascos hubo, sí; pero no habían sido elegidos por los vascos, ergo no los representaban).

Las relaciones con Fernando VII tampoco fueron buenas. Al Borbón nunca le gustaron los fueros porque eran una forma de no poder meter mano en el País Vasco y Navarra y Fernando, nunca lo olvidemos, era un rey absoluto (además de un tonto absoluto y un vendeatumadre absoluto). Durante la tercera década del siglo, hizo todo lo que pudo para terminar de abolir los fueros navarros, decisión que llegó a publicar sin llevarla a efecto. El problema fuerista provocó que los vascos tomasen las armas, y ahí está la asonada de Lausagarreta en Vitoria (1827) para atestiguarlo. Estos problemas dan alas a los tradicionalistas carlistas, los cuales predican con fuerza la idea de que sólo Don Carlos respetará los fueros. En 1830, de hecho, Madrid prepara una expedición militar para someter a los euskaldunes de una vez, con 30.000 hombres. No es la fiereza de los vascos la que detiene esos ímpetus, como le pasara a Roldán siglos antes, sino la casualidad que quiere que en el momento en que los fernandinos cruzan el Ebro para empezar a repartir, Mina entre por los Pirineos en una pseudoinvasión liberal que obliga a los ejércitos estatales a olvidarse por un rato del asunto de los fueros.

En septiembre de 1833, a la muerte del rey Fernando, las tres provincias vascas y Navarra se alzan prácticamente al segundo. Aunque con diferencias. Vizcaya y Álava fueron insurreccionales desde el primer momento. Pero la cosa no fue tan fácil y ni en Guipúzcoa ni en Navarra tuvo éxito la cosa, especialmente ésta última, a causa de la importancia que allí tiene la nobleza.

Y es que un elemento que, a mi modo de ver con pleno acierto, han destacado muchas veces los historiadores vascos, es que la insurrección de 1833 es, fundamentalmente, una movida popular. Tomemos el ejemplo del mismo Bilbao. Allí, el diputado general liberal Uhagón (la historiografía vasquista no duda en recordar que no fue en realidad elegido, sino impuesto por Fernando VII), unido al corregidor (hoy diríamos delegado del gobierno) creen tener la sartén por el mango y, con el mando de los miqueletes en la mano, presionan a los diputados carlistas para que acepten una situación de sometimiento. Éstos, en efecto, no se atreven a rebelarse, y por lo tanto acuden a la reunión de la diputación montada por los liberales. Pero cuando la noticia llega al extrarradio, a barrios hoy bien caros como Begoña o Deusto, el personal se encabrona y, poco a poco, se monta una buena manada de pueses armados que se dirigen a pedirles cuentas a sus diputados. Los miqueletes les abren la puerta de la ciudad y, de hecho, cuando esa multitud se presenta en la Diputación exigiendo la proclamación de D. Carlos, la guardia del edificio se junta con ellos dejando al corregidor y al diputado liberal, como aquél que dice, en bragas.

La situación está llamada a resolverse como casi siempre. Desde el centro se monta una gran armada, al mando del general Sarsfield, que entra en el País Vasco a leche limpia. Toma Vitoria y se dirige hacia Bilbao. El 25 de noviembre, los carlistas abandonan la ciudad. Pero se dispersan en pequeñas partidas por todo el territorio.

En Madrid creen estar sofocando una rebelión. Pero lo que ha empezado es una guerra en toda regla.

martes, septiembre 29, 2009

El hipódromo


Esta imagen data de la primavera de 1905. El edificio que se ve al fondo de la imagen es el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, con su inequívoca cúpula. Lo cual quiere decir que lo que estás viendo es el paseo de la Castellana hace algo más de cien años.

Como puedes comprobar viendo la foto, hace cien años la Castellana no era propiamente Madrid. Madrid, obviamente, era mucho más pequeño. Algunos días antes de tomarse esta foto, aprovechando ya el buen tiempo, se celebró en Madrid una de las primeras carreras pedestres urbanas, que ganó un tal señor Carlos Robert, quien invirtió 46 minutos en correr 10 kilómetros. ¿Que no te lo crees? Bueno, lo de la marca planetaria no te lo puedo demostrar, pero por lo menos te puedo enseñar la foto, donde Robert (izquierda) posa junto a José Nougués, que quedó segundo. No pierdas detalle de lo artesanal de los dorsales.


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... pues bien: esta carrera, en la que participaron 35 corredores, se publicitó como una carrera desde Madrid hasta Chamartín, y volver. O sea, que Chamartín de la Rosa aún era un pueblo distinto de la capital (lo siguió siendo bastante tiempo, de hecho). Esto te podrá dar una medida de que la Castellana estaba en el extrarradio.

Unos pocos año antes de la foto que reproduzco, Amadeo de Saboya, el brevísimo rey italoespañol que acabó trayendo una república, tenía una amante a la que visitaba asiduamente en su casa del principio de la Castellana. Lo hacía así porque por aquellos lares no se aventuraban los paseantes.

En la Castellana, como puedes ver en la foto, había un hipódromo. Celebérrimo hipódromo. Durante muchos años, el no va más para la sociedad madrileña. Esta foto es una de las pocas que he encontrado tomada en dicho hipódromo. Hoy, esta instantánea es imposible. Sobre lo que fue lugar para las carreras de caballos se levanta hoy la fea mole de los Nuevos Ministerios.

Me pregunto qué dirían las encopetadas damas de la foto si alguien les hubiera dicho que estaban pisando el futuro centro financiero de España.

domingo, septiembre 27, 2009

Lhardy

A veces, los lugares son Historia. El paso del tiempo es un tamiz muy exigente que pocas pepitas de oro logran superar. Teniendo en cuenta la cantidad de gente que, en los últimos treinta siglos, ha muerto de enfermedad, o a causa de la violencia, o del hambre, la verdad es que cada uno de nosotros es una puta casualidad. Igual le ocurre a los lugares. Les resulta muy difícil sobrevivir, porque para sobrevivir es necesario resultarle interesante a todo tiempo que llegue. Cuando se es una pirámide enorme, sobrevivir es relativamente fácil. Pero cuando se es un restaurante más, ya la cosa cambia. Quizá por eso Lhardy, en la madrileña Carrera de San Jerónimo, tiene tanto mérito. Lugar que ha sido, y creo que sigue siendo, de reunión de gente importante y pituca, Lhardy tiene ya 170 años en sus fogones, y alguna que otra anécdota jugosa. El centro de este post es, de hecho, la circunstancia de que Lhardy ostenta un curioso récord histórico que, que yo sepa, no ha sido igualado por otros restaurantes famosos: el de haber servido de refugio último de conspicuos políticos en huida.

Emilio Lhardy nació en Suiza, y recaló en Madrid en 1839. Dicen quienes saben de esto que, quizá, la decisión de visitar un país en aquel entonces tan ignoto, y bastante incómodo, pudo provenir de que Lhardy tenía cierta amistad con Prosper Merimée, digno artista francés que profesaba cierta admiración por España.

Lhardy, como buen suizo, no era cocinero, sino pastelero. Había nacido en Chaux-les-Fonds en 1806, y desde muy joven había mostado vocación por el pasteleo y la cocina. Su pericia en las artes blancas la adquirió en Francia, que en ese momento era la capital mundial del dulce y el lugar donde se estaba inventando la pastelería moderna. Sabido es que el rey de los bollos, el cruasán, fue inventado por los vieneses (que también se llevan lo suyo en lo azucarado), y tiene esa forma porque de esa manera los locales de la ciudad tomada por los turcos se comían la media luna sin cometer crimen alguno. Pero, más allá del cruasán, todos los demás bollos y pasteles, o casi todos, son de invención francesa, pues a los franceses a pasteleros no los gana nadie (de lo bolleros y bolleras que sean, prefiero no hablar) y es por eso que la práctica totalidad de los inventos en la materia los conocemos por sus nombres franceses.

Según lo que he podido leer, Lhardy trajo a Madrid la delicadeza y el adorno en la pastelería, hasta entonces rica pero basta y simplona, como sabe cualquiera que se haya comido alguna vez una rosquilla tonta, una lista, un hueso de San Expedito o similar. De él se dijo, en aquella época, que le había puesto corbata blanca a los bollos de tahona; expresión que parece decirnos que tomó lo que ya se hacía y lo adornó, quizá, con azúcar glas. Pero, además, se trajo todo el bagage de invenciones parisinas. En el interior de su establecimiento comenzaron a verse en Madrid los petit-choux, más conocidos hoy como petisús o piononos; los millefeuilles, que a base de generaciones de españoles zampabollos han sido traducidos y se llaman milhojas; los brioches; los maffins, que hoy se escriben con su u original y correcta... Lhardy pone de moda los vaul-au-vents, de soltera volovanes, e introduce esas especialidades saladas propias de las pastelerías, notablemente el jamón de York.

La verdad es que Lhardy llegó y besó el santo. Le entró a los madrileños por donde otros restaurantes no le podían entrar, es decir excitándoles la glándula azucarada, y tuvo un éxito inmediato. De tal suerte que, con permiso La Fontana de Oro y de otros lugares también de mucho porte, en mi opinión el siglo XIX madrileño es, en gran parte, el siglo de Lhardy, y de Fornos. En uno he entrado y he comido. En el otro no he podido porque a la máquina del tiempo parece que le falta una bujía que hay que traer de Alemania. Estos dos locales había que pisarlos para ser alguien en Madrid. Yo diría que, por establecer una distinción, Lhardy era más aristocrático, más encopetado, más serio. Mientras que Fornos era un restaurante un poco crápula. En Fornos era donde se recogían las pequeñas masas de madrileños impenitentes que de madrugada salían de la cuarta del Apolo (hoy Hacienda municipal de Madrid) con ganas de seguir la juerga. Tenía el Fornos unos reservados en la planta de arriba que permanecían muchas veces toda la noche abiertos, o más bien entreabiertos, servidos por algún discreto camarero que nunca observaba muy de cerca lo que ocurría dentro, como en el tango, a media luz. En Fornos se ha jincado más que en Física o Química.

La prosperidad de Lhardy llevó al dueño a quedarse con todo el edificio, en cuya última planta incluso instaló un par de habitaciones para el caso de que a algún ilustre comensal se le hiciese tarde para volver a casa, y que pudiese dormir allí. Ignoro si hoy sigue existiendo este servicio, aunque sospecho que no.

Prueba del tono aristocrático de Lhardy es su vinculación con la casa real. Tanto de Isabel II como de Alfonso XII (en este último caso, con total seguridad) se dijo o se supo que eran asiduos del restaurante, a donde les gustaba ir de incógnito, sin ser reconocidos; que era algo más sencillo que hoy en día porque entonces no había programas del corazón. Pero, con todo, el verdadero monocultivo de Lhardy, sobre todo en el siglo XIX y principios del XX, son los políticos. Todo el que mandó un poquito en España acabó, por fas o por nefas, comiendo o cenando en Lhardy no una, sino varias veces.

En 1865 ocurrió el primer asilo que hoy quiero contaros.

En aquel año, concretamente en la noche de San Daniel, hubo unos gravísimos incidentes estudiantiles que conmocionaron a la capital. Uno de los principales objetivos de los estudiantes era el ministro gaditano Luis González Bravo. En aquellos tiempos, los ministros no tenían tantas escoltas (medio siglo después, todo un primer ministro sería asesinado en la Puerta del Sol mientras contemplaba un escaparate) y, además, Madrid era un lugar pequeño en el que era fácil que te encontrasen. Así que González Bravo resolvió disfrazarse de arriero. Esto equivale a pensar que mañana José Blanco se va a disfrazar de chófer para andar por Madrid; así tendréis una imagen bastante clara de lo que han cambiado los tiempos.

González Bravo, que además de político era periodista y, ya lo hemos dicho, sanguíneamente gaditano, resolvió cruzar la Puerta del Sol hacia el Ministerio de la Gobernación, hoy sede de la Comunidad de Madrid, y allí refugiarse. La plaza estaba llena de alborotadores dando por culo. Lo que siguió tiene su lógica pues, como es bien sabido, los de Cai no se callan ni sumergidos en una piscina de ácido sulfúrico. Bravo, viendo lo soliviantados que estaban los comunes, se subió a una farola y comenzó un discurso para convencerles de deponer su actitud.

Los transeúntes de Sol se quedaron agilipollados escuchando a tamaño pico de oro, pues González Bravo no era ningún mal orador. Pero, conforme avanzó la perorata, comenzaron a darse cuenta, siquiera intuitivamente, de un hecho: en España, y en 1865, los arrieros, todos, hablaban con acentos cerrados, profiriendo anacolutos como quien respira y, por lo general, asesinando el idioma canónico con cada palabra. Pero aquel arriero hablaba que lo flipabas.

Ergo no era un arriero.

Viendo que el personal se estaba coscando de la movida, González Bravo se bajó de la farola. Quiso tirar hacia Gobernación, pero se dio cuenta de que ese detalle lo delataría. Así pues, echó a andar, como distraído, en dirección contraria, seguido de grupos de madrileños crecientemente mosqueados. Al llegar a la altura de Lhardy, abrió la puerta y se tiró en plancha. Don Emilio lo acogió en su seno y lo tuvo allí hasta la mañana siguiente, pues antes el gaditano no se atrevió a salir, no fuera que le sacasen la mugre.

El general Prim, todopoderoso regente de los destinos de España que fue, tenía la costumbre, honradamente no sé si la inventó, de contratar los servicios de catering de Lhardy, pues servía las comidas en su casa, pero se traían cocinadas del restaurante. Se dice también que el arquitecto de la Restauración, Antonio Cánovas del Castillo, se ponía allí ciego de queso de Rochefort, su verdadera pasión; eso, claro, los días que no se quedaba en casa porque tenía invitado a cenar a su amigo Emilio Castelar, pues ambos políticos, uno monárquico en todas sus células y el otro republicano hasta en el Purgatorio, eran buenos amigos. Lamentablemente, esa España ya nunca volverá.

El segundo gran asilado de Lhardy fue el marqués de Salamanca. Financiero y político español, forrado hasta las cachas a base de hacer negocios en los que no faltó la generosidad, Salamanca adquirió un palacio en la calle Cedaceros, a tiro de piedra del restaurante, razón por la cual lo frecuentaba mucho. Cuando llegó la revolución del 68, La Gloriosa, y en sus primeras horas, todos los que se podían considerar representantes del viejo orden contra el cual se alzó la revolución, se consideraban en peligro. Salamanca era hombre envidiado a la par que admirado, y pronto le llegaron mensajes de que permanecer en su casa no era seguro. Así pues, Salamanca huyó del hogar y se fue a refugiar a Lhardy, donde los buenos oficios de don Emilio le procuraron ropas de fogonero. Y así disfrazado salió a la calle, de incógnito, para tomar el tren de Aranjuez y desde allí huir a su finca de Los Llanos, donde terminó por esconderse.

Todos estos hechos, de alguna manera, se respiran aún en esta esquina del Madrid de siempre. Y si, encima, comes bien, pues ya es la leche. Eso sí, siempre es recomendable que consigais que pague otro.

viernes, septiembre 25, 2009

Little Big Horn

Las grandes potencias, mientras lo son, atesoran básicamente el recuerdo de grandes victorias militares. Las grandes potencias son como los líderes de la liga de fútbol. Están acostumbradas a tener la pelota y a ganar. Pero a veces, eso todos lo sabemos, un club modesto salta al campo y le enchufa un pepino al más pintado. Estos son los dolorosos recuerdos de todo poderoso.

miércoles, septiembre 23, 2009

El robo de la Monna Lisa

Una de las noticias de alcance en este verano que ya se nos acaba fue la de una tipa rayada que se fue al Louvre y le tiró algo, no sé si tinta, a la Monna Lisa. La cosa quedó en nada, porque la Monna Lisa, o Gioconda, obra de Leonardo da Vinci, está más protegida que un teniente general de Nebraska en Kabul. Pero ha sido un mojón de la larga carretera construida por la criminalidad con o contra el arte.

Confieso que nunca he entendido el halo de simpatía que suele rodear a los ladrones de arte. Especialmente a los que hacen de los museos y templos el lugar habitual de sus acciones. Ya que tanto nos gusta odiar casi para todo a los ricos, parecemos olvidar que un ladrón de arte, casi siempre, trabaja para los más ricos de entre los ricos, que son los tipos que pueden pagar cifras astronómicas por tener en su poder obras de arte que jamás podrán vender, porque no tienen mercado. Los ladrones de arte son tipos que hurtan a las personas comunes el placer de contemplar una cosa bella.

La Gioconda de Da Vinci es el Cadillac de las obras de arte, en lo que a robo se refiere. Cualquier ladrón importante se ha hecho pajas pensando que la robaba, cosa que hoy en día es poco menos que imposible. Sin embargo, y esto es lo que quiero contaros hoy, la Gioconda fue robada. Lo fue cuando ya era un cuadro famoso, mítico, y lo fue de una forma casi gilipollas. Robarla fue un juego de niños para su ladrón. Y, además, aquel robo tuvo algo más de original porque, a pesar de todo lo que he escrito antes, su ladrón tuvo motivos para hacer lo que hizo, además de los puramente crematísticos.

Pero antes hablemos un poco de la Gioconda. ¿Por qué se llama así? Pues se llama así porque la versión más aceptada sobre quién es la señora que sonríe enigmáticamente en el cuadro sostiene que se trata de Monna (diminutivo de Madonna, o sea, señorita) Lisa Gherardini, dama florentina que a los doce años de edad (sic) se casó con Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo.

El cuadro se debió comenzar en 1502, porque fue el momento en que Leonardo estaba en Florencia, la grandiosa ciudad medicea, quizá la más bonita del mundo, después de haber terminado sus labores como ingeniero militar para César Borgia. Soderini, nombrado gonfaloniero perpetuo de la ciudad, lo necesitaba para que le echase una mano en el sitio de la vecina Pisa, donde Leonardo estuvo junto con el padre de otro nombre bien conocido del Renacimiento italiano como Benvenutto Cellini.

Giorgio Vasari, el artista que es la fuente de la teoría giocondesa, nos dice que Leonardo tardó cuatro años en terminar el cuadro, hasta el punto de que lo acabó estando ya en Milán, adonde se fue en 1506. También nos da Vasari la clave de la sonrisa del cuadro: dice que Leonardo, para conseguir en su modelo un estado beatífico, amén de vencer el aburrimiento de pasar horas posando, hizo instalar unos músicos en la misma habitación, que tocaban constantemente para elevar el alma de la señorita.

Sin embargo, hay mucha gente que duda de todo esto, pese a ser la versión que da nombre al cuadro. Dan que pensar dos datos: el primero, que Vasari nunca vio directamente el cuadro, del que, por lo tanto, habla por referencias. La segunda es que, según esta versión (y es que es más que seguro que es así), el marido de Elisa Ghirardini nunca llegó a poseer la pintura, lo cual no tiene mucha lógica pues, si no fue el marido, ¿quién habría encargado el trabajo a Leonardo?

A partir de ahí, las teorías. Hay quien piensa que el cuadro es un encargo de Giuliano de Médicis, y la persona retratada sería, entonces, una perica de su incumbencia. Antonio de Beatis, clérigo que visitó a Leonardo por aquellos años ya en Francia, recuerda que el artista le enseñó varios cuadros entre los cuales se encontraba uno de una dama pintado al natural y que, según el propio autor, habría sido encargado por Giuliano. Que el hijo adoptivo de Lorenzo el Magnífico no poseyese la pintura que había encargado tiene su lógica, ya que por aquel entonces se casó con Filiberta de Saboya; y es más que probable que a Fili no le gustase demasiado que su maridito colgase de la pared el retrato de alguna de sus anteriores burracas.

Otros eruditos identifican a la Gioconda con Constanza de Ávalos, una aristócrata italiana que se dice habría practicado el salto del tigre con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, durante la guerra de los españoles en Nápoles.

Francisco I, el rey francés que llamó a Leonardo a su seno, se lo encontró en Amboise recién llegado de Italia, y observó que llevaba un retrato femenino muy bonito. Leonardo fijó la cláusula de rescisión de la elegante Monna Lisa en 4.000 escudos de oro, un pastón de la época que, sin embargo, el rey pagó sin decir cette bouche est la mienne. Desde aquel día, La Gioconda es francesa. Ha pasado por Versalles y por el dormitorio privado de Napoleón, hasta recalar en el Louvre, donde está desde que otro Napoleón, el tercero, así lo decidió.

Pero llega el 22 de agosto de 1911. Ese día, los pintores copistas que pululan por el Louvre, y que suelen trabajar en la sala de la Gioconda precisamente, observan, al entrar en la misma, que el cuadro no está. Inicialmente, no se mosquean demasiado. En aquel entonces, había en el Louvre un equipo de fotógrafos tomando imágenes de las grandes obras del museo, trabajo que hacían por la noche para restituir los cuadros en la mañana antes de la apertura. Todo el mundo pensó que se trataba de un mero retraso. Sin embargo, cuando uno de los copistas decidió ir a ver a los fotógrafos y comprobó que ellos no tenían el cuadro, todo el mundo se puso muy nervioso.

El robo de la Gioconda aparecía como algo realmente improbable. Para empezar, el cuadro está pintado sobre una madera, así pues quien lo robe no puede enrollarlo; se lo tiene que llevar debajo del brazo y, aunque no es un cuadro muy grande, tampoco cabe en los calzoncillos precisamente.

Cuando la policía llega al Louvre, encuentra en una escalera que lleva al llamado patio de la Esfinge, fuera de las rutas propias de los visitantes, tanto el marco del cuadro como los restos del cristal que ya entonces lo protegía. Se sabe que el robo se produjo el día anterior, lunes (cerrado para los visitantes) por el testimonio de dos albañiles que pasaron por la sala, primero a las siete y luego a las nueve, observando, en la segunda pasada, que faltaba el cuadro. Así pues, ése es el rango de horas en que la sustracción se produjo. Observando los itinerarios, la policía observó que para poder ir desde la sala hasta la escalera de la Esfinge a la salida del edificio es necesario pasar por el llamado pasadizo Visconti, que tiene un vigilante. Pero a ese vigilante le tocaba el lunes por la mañana fregar unas dependencias, así pues no pudo vigilar.

Esto hizo bastante evidente que el ladrón, por fuerza, era alguien que conocía muy bien las rutinas del museo. Interrogando a los testigos, se obtuvieron testimonios de un hombre saliendo el lunes por la mañana por el pasaje Visconti, llevando un paquete de relativas dimensiones. Los testigos le vieron arrojar a los pocos pasos un objeto brillante. Buscando en el área, la policía encontró el pomo de cobre que faltaba en la puerta que daba al patio de la Esfinge.

Así pues, el ladrón se disfrazó de albañil con una blusa blanca, pero iba vestido con traje y corbata por debajo. Una vez solo en la sala, descolgó el cuadro y se fue a la escalera de la Esfinge, donde se escondió, tiró el marco y el cristal. Luego aprovechó que pasaba un fontanero para, siempre haciéndose pasar por albañil, pedirle que le abriese la puerta al pasadizo Visconti. Cosa que hizo en el momento en que el vigilante estaba fregando. Se quitó la blusa blanca, envolvió en ella el cuadro, et voilá!

Ni Ocean's Eleven, ni leches. Fue un robo a lo Clemente: patadón p'alante y, si hay que dar hostias, se dan.

Los policías se las prometieron muy felices: en uno de los cristales rotos de lo que había sido la protección del cuadro, apareció una huella dactilar. Convencidos como estaban los policías de que el ladrón tenía que haber sido alguien que trabajase en el museo, tomaron las huellas de absolutamente todas las personas en esa circunstancia. Para su disgusto, no encontraron ninguna que coincidiese.

El robo de la Monna Lisa fue el no va más informativo del año 1911. Los periódicos ofrecieron grandes recompensas por devolver el cuadro. Un inglés llamado Harde Rathborne se presentó con toda su buena voluntad en la embajada británica en París para entregar un cuadro que había comprado en una subasta creyendo que era el Leonardo, pero que al final resultó ser una copia (aunque de cierto valor).

Y luego, nada.

La Monna Lisa no apareció, y el tiempo pasó.

Estamos ahora casi en 1914, el año que acabaría por estallar la primera guerra mundial. Alfredo Geri, un industrial florentino aficionado al arte, inserta un anuncio en la prensa de su ciudad ofreciéndose a comprar objetos artísticos para realizar una exposición. Entre las muchas ofertas recibidas por Geri se encuentra una carta remitida desde París por un tal Vincenzo Leonardi. El comunicante le afirma en la carta, sin tapujos, que se ha hecho con el cuadro de Leonardo, porque lo quiere ver colgado de la galería florentina de los Ufizzi o, quizá, en algún museo romano. Tras algunas dudas iniciales, Geri contesta a la carta, así pues Leonardi se desplaza a Florencia. El 11 de diciembre, se presenta en su despacho un joven delgado y vestido como un obrero, que le pide, con toda frialdad, medio millón de francos por el cuadro.

Leonardi, en efecto, tenía un interés crematístico. Eso sí, moderado, porque a principios del siglo XX mucha gente opinaba que cinco o seis millones de francos era una ganga por aquel cuadro. Pero también tenía otro motivo: deseaba ver la obra del maestro italiano colgado de la pared de un museo italiano. Fue, pues, un robo nacionalista.

Geri y los responsables de los Ufizzi montaron una compraventa del cuadro en un hotel de la ciudad, para poder comprobar, como hicieron, que la pintura era auténtica. Una vez hecha esa comprobación, Leonardi fue detenido sin oposición. En realidad, se llamaba Vincenzo Perugia, era pintor de brocha gorda y, efectivamente, había trabajado en el Louvre, aunque no en el momento del robo. La policía parisiense, cuando comprobó las huellas digitales de los empleados, se olvidó de los que habían dejado de serlo corto tiempo antes. De hecho, como se acabó por descubrir, incluso había sido interrogado por los policías; los cuales, para terminar de señalar su impericia, ni siquiera cayeron en la cuenta de que Perugia había sido ya condenado dos veces, una por tentativa de robo y otra por tenencia ilícita de armas.

Más aún. Para sonrojo de la policía y pavor de los amantes del arte, se acabó por saber que el domicilio de Perugia en París fue registrado. Durante dicho registro, Perugia escondió el cuadro colocándolo sobre una mesa y poniendo un tapete sobre ella, para hacer pasar la tabla por un tablero más. El comisario encargado del registro se sentó precisamente en esa mesa para escribir su informe. Escribió su atestado apoyando el papel sobre la Gioconda de Leonardo y, lo que es peor, apretando uno de sus codos contra el tablero.

Tras aquel registro, Perugia instaló el cuadro en su cuarto trastero, y esperó dos años a que la pasión de la desaparición se disolviese para intentar su regreso a Italia.

Justo antes de la Navidad de 1913, el gobierno italiano trasladó el cuadro de Florencia a Roma, y lo exhibió en el edificio del Ministerio de Instrucción Pública. El rey y miles y miles de italianos acudieron a comtemplar en directo la obra de arte. Sin embargo Italia nunca albergó la idea de quedarse con la obra. Los gobernantes del país, con buen criterio, siempre tuvieron claro que la obra pertenecía a Francia, por lo que se apresuraron a anunciar su devolución. La Monna Lisa regresó a París el primero de enero del aciago año de 1914.

En el juicio de Perugia su abogado, con habilidad, expuso los motivos altruistas de la acción del pintor de brocha gorda y excitó la grandeur de los franceses destacando lo mucho que el mundo agradecería que Francia mostrase clemencia con el encausado. Los franceses, que son bastante pacatos en lo que concierne a las ideas chauvinistas, tragaron el anzuelo y lo condenaron a poco más de un año de cárcel. El ladrón de la Monna Lisa aún viviría hasta 1947.

lunes, septiembre 21, 2009

La construcción de las pirámides

Si hay un hecho que es oro molido y habitualmente visitado por los mistabobos, charlatanes, inventagilipolleces paranormales y demás comerciantes de la inopia ajena, ese hecho es la construcción de las pirámides. Siete de cada diez veces que un escritorcillo de lo paranormal no sabe con qué orear chorradas, le da la matraca a la idea, extendidísima, de que los egipcios o bien eran extraterrestres ellos mismos, o bien contaron con la ayuda de extraterrestres o seres superiores para construir las pirámides.

viernes, septiembre 18, 2009

La primera vez

He estado echando un vistazo a los microdatos del INE y he reparado en la Encuesta de Salud y Hábitos Sexuales, cuyos datos datan del 2003. Me he bajado los datos y los he mareado un poco porque me daba la impresión de que podrían darme alguna indicación sobre la evolución histórica reciente de la España sociológica. Aunque la encuesta es más rica, aquí me centraré en un aspecto importante: la edad de la primera relación sexual.

La encuesta distingue entre hombres y mujeres heterosexuales y homosexuales, a los que, por lo que he podido ver, trata como un todo (y los sitúa, además, en el capítulo de los hombres, que no veo yo por qué si también hay mujeres homosexuales). El simple cálculo de la media de edad de la primera relación según tramos de edad del encuestado en el 2003 y tipología de la relación ya nos dice muchas cosas.




En términos generales, los hombres tienen su primera relación dos años antes que las mujeres y seis años antes que los homosexuales los cuales, probablemente por andar pensándoselo un rato, tienen su primera relación sexual (recuérdese: es la media de toda la población encuestada) a los 32 años. Sin embargo, y esto sí que va de Historia, las relaciones varían sustancialmente según los tramos de edad. En el primer tramo, hasta 25 años, las situaciones están prácticamente igualadas. Según avanzamos en los tramos de edad, la edad de la primera relación se va retrasando, pero dicho retraso se acelera muy significativamente en el caso de los homosexuales; hasta el punto de que, si observáis los mayores tramos de edad (teóricamente, la encuesta abarca a personas de 49 años) observaréis que la media viene a coincidir bastante con los propios tramos, lo cual nos debe de llevar a pensar que los homosexuales de más de 40 años, en España, han empezado a ser homosexuales (o han aceptado esa situación mediante una sexualidad activa) a esa misma edad. Han pasado, pues, décadas en el armario.

Otra cosa muy curiosa que pregunta la encuesta es, además de a qué edad echaste el primer quiqui, qué edad tenía tu contraparte. Se he ma ocurrido mirar los resultados por comunidades autónomas. Sé que esto no colabora mucho a la paz de España, pero qué le vamos a hacer.

Hombres heterosexuales:



Contra lo que pueda parecer (quiero decir: contra lo que solemos contar), los hombres tendemos a tener nuestra primera relación sexual con una mujer mayor que nosotros. Esta norma únicamente se rompe en Ceuta y Melilla y casi en Extremadura, donde lo tradicional, por lo que se ve, es estrenar testiculina en compañía de una estricta gobernanta de la misma quinta. Las mayores diferencias se dan en Castilla León y Cantabria (¿habrá aquí un patrón sexo-geográfico?), hasta el punto de que los castellanoleoneses perdieron el frenillo con una tía que les superaba en cinco años. Chicos listos.

Echémosle un vistazo a ellas:



En las mujeres, la pulsión de regalarle la honra a un hombre de mayor edad es algo superior, con lo que queda confirmado que, en términos medios, todos confiamos en la experiencia. Las cántabras vuelven a estar a colación, pues buscan maromos que les superen en seis años, que son, para según qué turgencias, muchos años. En Baleares, por lo que se ve, también se practica mucho el jíncate a un abuelo. Manchegas, extremeñas (again) y asturianas se destacan por preferir a alguien con un DNI parecido. Lo que no hay, en términos medios, es comunidad autónoma donde a las mujeres les vaya eso de estrenarse con un yogurcito. Los yogurcitos, bien se sabe, son para el postre.

Y, finalmente, los homosexuales:


Estamos en el 2009. Pero hemos de recordar que esta encuesta la contestaron personas que en el 2003 tenían hasta 50 tacos, es decir que algunos de ellos habían nacido cuando a Franco todavía le quedaban por dar la friolera de 22 mensajes de Navidad. Sea por este factor o por otro distinto, queda claro que la llegada a la homosexualidad se hace siempre de la mano de un compi o compa mucho, pero mucho más mayor: seis años y medio es la media. Podemos pensar que como a mayor edad suele producirse mayor experiencia, mayor seguridad, estos son los elementos que se buscan en una primera relación homosexual en mucha mayor medida que en la heterosexual.

Obsérvese que aquí los rangos son mucho más bestiales. Los homosexuales castellanoleoneses son los que más diferencia de edad tenían en su primera relación respecto de la contraparte, casi 20 años, seguidos de gallegos, aragoneses y vascos. Hay un caso, sin embargo, que se aparta de la tónica claramente, que es de Baleares. Dejo en el aire la explicación, aunque se me ocurren varias. Ibiza, mon amour...

Ni qué decir tiene que las edades medias del primer canchete dan para muchos comentarios. Pero en este punto habré de recordaros que, aunque parece haber una verdad estadística que dice por ahí que si el 10% del personal es o somos homosexuales, la verdad es que en la encuesta las respuestas correspondientes a relaciones homosexuales apenas son el 2%. Hay comunidades autónomas, por lo tanto, donde el dato es, probablemente, poco significativo. Ahora que, si los damos por buenos, la pregunta es: ¿a qué esperan los homosexuales asturianos que no se van a los sanfermines?

jueves, septiembre 17, 2009

La última primavera del comunismo

Una de las principales líneas argumentales del siglo XX fue el nacimiento, crecimiento y caída de la idea de que el comunismo era una alternativa democrática al capitalismo, y la URSS un modelo progresista frente a los Estados Unidos. Legiones de personas de inteligencias variadas y en ocasiones acendradas, toneladas de escritores, actores, periodistas, directores de cine y de teatro, científicos, sociólogos, filósofos, cantantes, alfareros, músicos, pintores, escultores, climatólogos, médicos, biólogos, sexadores de pollos, cantamañanas y soplagaitas, creyeron, en algún momento entre 1920 y 1990, que en la gran pelea ideológica del siglo, la mal llamada guerra fría (y digo mal llamada porque de fría no tuvo nada) entre capitalismo y comunismo, era el segundo de ellos quien debía prevalecer para bien de la Humanidad.

Para que esta convicción pudiese funcionar, era necesario, como si de un montaje euclidiano se tratase, partir de un axioma: el comunismo y sus representantes eran ideologías, y regímenes políticos, democráticos. Insisto en el concepto de axioma. Este principio era eso, un principio. Algo que se otorgaba a los regímenes comunistas by default, sin que tuviese que ser demostrado pues, como todo axioma, era tan evidente que no hacía falta dicha demostración.

La literatura procomunista, especialmente la desarrollada en los años sesenta y setenta, que fueron los más intensamente prosoviéticos o filosoviéticos, abunda en referencias a las conquistas sociales del comunismo. Las defensas del régimen de los soviets repiten machaconamente los éxitos del comunismo en la lucha contra el analfabetismo y el logro de la sanidad gratuita y universal como los dos grandes pilares de eso que podríamos denominar el cuaderno de méritos del comunismo frente al capitalismo. Al mismo tiempo, se suele obviar la vertiente repugnante del comunismo, que casi siempre son los muertos. Porque el comunismo, como régimen político y en sus diferentes expresiones, tiene un triste récord de muertos y represaliados, no superado por nadie. Sólo Mao Zedong mató a 20 compatriotas (más una porción no desdeñable de tibetanos) por cada judío asesinado por Hitler. Como otro ejemplo, resulta históricamente inexplicable que alguien que se diga comunista propugne el respeto por las minorías nacionales o raciales, siendo lo cierto que ningún otro régimen político en la Historia moderna ha deportado de sus propias tierras de origen y residencia a más personas y, en general, ha sojuzgado bajo su bota a más naciones, pueblos y nacionalidades.

Todo esto ocurrió entre 1920 y 1990 pero, sin embargo, fue eficientemente evitado, o cuando menos expresado con sordina, por muchos y diversos portavoces, sobre todo pertenecientes a eso que llamamos intelectualidad, en general caracterizada por un acriticismo hacia las realidades de aquel mundo, acriticismo de tal calibre que hace que no pocos de los párrafos que hoy se pueden leer en aquellos libros de ayer provoquen el sonrojo. En todo caso, por mucho que los tiempos hayan colocado muchas cosas en su sitio, en modo alguno los resultados de aquella inmensa operación de autoconvencimiento colectivo están solucionados. Sin ir más lejos, ahí está la tendencia que, aún hoy en día, tienen muchos conocedores y observadores de la guerra civil española, en el sentido de identificar el bando republicano con el concepto de «fuerzas democráticas»; identificación que tiene el efecto inmediato de otorgar tal vitola a los comunistas españoles, que se parecían a un demócrata sincero más o menos lo que se parece Mariano Rajoy a Giselle Bunchen.

La historia del comunismo, no obstante, es muy larga. Más o menos setenta años (neto de Fidel y de Kim Jong Il, claro está). Demasiado larga para estas ilusorias versiones. Si lo que poseemos es un bidón lleno de mierda, es racional que podamos aspirar a convencer a alguien durante un par de minutos que en realidad es vino de Burdeos. Pero si llevamos el engaño más allá, llegará un momento en que nuestro interlocutor se empezará a oler que lo que hay en el bidón tal vez no sea tan bebible como nosotros queremos aparentar. A partir de los años cincuenta y, sobre todo, sesenta del siglo XX, las personas occidentales que se querían considerar de izquierdas empezaron a tener una alternativa en las diferentes socialdemocracias (incluido el laborismo británico) que, con sus acciones de gobierno, empezaron a demostrar que hay cosas (por ejemplo, la sanidad pública e universal) que se pueden conseguir sin mediar la dictadura del proletariado. Y, además, el régimen soviético fue desarrollándose, tomando decisiones, acciones, que en Occidente tenían mala venta. El propio comunismo occidental comenzó a darse cuenta que, en sociedades cada vez menos rurales y donde el papel de las clases medias era cada vez mayor, era imposible sostener un discurso comunista de libro; esto hizo nacer el eurocomunismo, que fue una especie de fistro diodenal ideológico que, en todo caso, basaba su actuación en la plena, y subrayo lo de plena, aceptación de la democracia parlamentaria como regla de juego para su actuación.

Este proceso fue muy lento y gradual, y en unos sitios se ha perfeccionado más que en otros. Pero, en todo caso, tuvo sus momentos de crisis. Sus puntos de dramático cambio cualitativo. Y hoy me toca escribir del más dramático de todos: la primavera de Praga. La última primavera del comunismo, porque aquella primavera de 1968 fue la última en la que el comunismo pudo considerarse democráticamente creíble ante el mundo.

Checoslovaquia fue una carallada surgida del derrumbamiento de la monarquía austrohúngara. Terminada la primera guerra mundial, y dado que el encargado de resolver el sudoku del mapa geopolítico europeo de posguerra era el presidente norteamericano Wilson, el lobby checoslovaco de los Estados Unidos jugó sus cartas y logró la declaración de independencia para el país. A los checos se unen los eslovacos, un pueblo entonces significativamente más retrasado económicamente, de base rural, que los checos o bohemios. Eran tiempos felices en los que muchas gentes pensaban que en Europa se podrían construir estados que fuesen cócteles étnicos sin problemas. De aquellos polvos vinieron los lodos de guerras como la que arrasó la antigua Yugoslavia y que hoy se dirime en las salas del Tribunal Penal Internacional. Checoslovaquia fue un tutti frutti de checos, eslovacos, alemanes, húngaros, rutenos, polacos, judíos y algún que otro gitano.

En 1938, Checoslovaquia brillaba como una isla democrática en su área de influencia, pero por poco tiempo. Lo que pasó ya lo hemos contado. Acojonada y reducida a la impotencia por el matón alemán y la inacción de sus aliados franceses y británicos, Checoslovaquia, tras los acuerdos de Munich, se asemeja a un cadáver inerme al que se acercan los buitres. Hitler primero, pero después Polonia, que reclama las tierras de Teschen, y después Hungría, reclamando las áreas donde los húngaros son más frecuentes. En marzo de 1939, pocos meses antes de comenzar la segunda guerra mundial, un obispo, monseñor Tiso, proclama la independencia de Eslovaquia y pide el amparo del ejército alemán. Así las cosas, lo que queda del país es puesto bajo la protección del Reich.

En plena guerra, en 1942, los aliados reconocieron la legitimidad de un gobierno checoslovaco en el exilio. El 30 de abril de 1945 se crea, aún fuera del país, un Consejo Nacional Checo formado por todas las tendencias políticas. En la carrera contrarreloj que libraron sobre el mapa de Europa americanos y rusos a ver quién sentaba los reales en zonas de influencia, los americanos llegaron hasta Pilsen, localidad de evidentes resonancias cerveceras; pero fueron los rusos los que entraron en Praga. En 1946 se celebran elecciones, en las cuales el Partido Comunista consigue el 38% de los votos. Esto les da la mayoría junto con los socialdemócratas, pero pronto surgirán disensiones entre ellos. Las cosas van quedando claras cuando se anuncia que Checoslovaquia va a formar parte del archifamoso Plan Marshall. De Moscú llega la orden de que eso no llegue a producirse nunca. Stalin deja clara su voluntad de que el país permanezca en su órbita.

En febrero de 1948, los comunistas diseñan el ataque final para hacerse con el país. Desde el gobierno, acusan al resto de fuerzas políticas de saboteadoras y crean una crisis de gobierno a base de realizar una amplia purga en la Administración de elementos no comunistas. El 22 de febrero, dos millones y medio de trabajadores, siguiendo las instrucciones del líder sindical Antonin Zapotoky, van a la huelga general y paralizan el país. El presidente Benes tiene que ceder una vez más, cesar a los ministros no comunistas y nombrarles sustitutos. Esto es lo que la Historia conoce como Golpe de Praga: la manzana checoslovaca cae, durante los siguientes cuarenta años, del lado comunista.

La Checoslovaquia del líder Klement Gottwald, de Zapotoky y sobre todo del secretario del partido, Antonin Novotny, fue una digna hija de Stalin. No le faltó de nada. Por supuesto, desde el momento en que los comunistas lograron que Benes cesase a los ministros burgueses, por allí no se volvió a ver nada que oliese a elecciones libres. Haberlas, las hubo; pero con lista única. Otra cosa en la que los comunistas checoslovacos se demostraron como alumnos aventajados del padrecito fue en la realización de purgas internas, que se llevaron por delante a dos centenares de miembros del Partido.

En 1956, como todos pudimos saber (todos, incluida la mayoría de los residentes del paraíso soviético) unos treinta años después, se produjo la sesión secreta del PCUS en la que el nuevo líder de la URSS, Nikita Khuschev, denunció los crímenes del estalinismo. Aunque como digo en la Cibeles ni lo olimos porque todo fue como muy en secreto, esto se notó en cierto descenso de la presión dentro de los países de la órbita. No obstante, no detuvo en lo absoluto el imperialismo soviético, pues en ese mismo año de 1956, la URSS sofocó a leche viva sendas rebeliones en Polonia y Hungría, dejando bien claro que en lo que dimos en llamar Bloque del Este al que se movía medio centímetro se le daba una patada en los cojones.

En uno de esos arabescos acojonantes de los que sólo es capaz el comunismo, en Checoslovaquia quien se afana en la labor de borrar el estalinismo del país es precisamente quien lo pintó, es decir Antonin Novotny. Pero los arabescos son chorradas. Esto es algo que los jerifaltes soviéticos, y los prohombres comunistas en general, nunca entendieron bien, y así les fue. Uno no puede colocar al más furtivo de los cazadores al frente de la vigilancia del parque natural. Si hace eso, lo que acabará ocurriendo es que habrá gente en el mismo régimen que empezará a pensar por su cuenta. A mi modo de ver, este intento de Novotny (léase Moscú) de sucederse a sí mismo es algo que está en el germen del movimiento de la Primavera de Praga. Porque la Primavera de Praga, que es el movimiento que más seriamente pone al comunismo contra las cuerdas, no es un movimiento burgués. No es, como se podría decir desde una óptica comunista con esa expresión tan general, cosa de fachas. La Primavera de Praga la inventaron comunistas.

Desde la caída del estalismo, en el seno del comunismo checoeslovaco comienzan a aparecer elementos llamados reformistas, cuyo principal exponente es el eslovaco Alexander Dubcek. Hablan de las cosas que creen que la gente normal, el personal en general, demanda de su régimen comunista: el fin de la opresión policial sobre los ciudadanos, desaparición de la censura de prensa, libertad de expresión, legalización de sindicatos libres... Igual que si una mujer obesa se pusiese la blusa de una top-model, al régimen checoeslovaco se le saltan las costuras y por los intersticios se escapan individuos y grupos de individuos que, casi siempre desde dentro del Partido, se niegan a regirse por la disciplina única de sus dirigentes. En 1967, durante una sesión del Comité Central del Partido, Novotny y los duros acusan a Dubcek de entenderse con los burgueses. Lo siguiente que hace es llamar a Moscú para llamar al primo de Zumosol.

Para desgracia de Novotny, el que se puso al otro del teléfono ya no era el mismo que había repartido hostias en Hungría once años antes.

Desde 1964, mandaba en la URSS Leónidas Breznev; tal vez, el más inquietante y desconocido mandamás soviético de toda la Historia de la URSS, si hacemos excepción de las flores de un día que le siguieron hasta llegar a Mihail Gorvachov (Constantin Chernienko y Yuri Andropov, si no me falla la memoria). Breznev era un tipo cuya principal ocupación en las cinco primeras décadas de su vida había sido sobrevivir. Carecía del carácter sanguíneo de su antecesor Khruchev (él nunca habría golpeado en público una mesa con un zapato, como había hecho él) y, además, no olvidaba que a ese mismo antecesor se lo había pasado el Partido por la piedra, obligándolo a dimitir. Breznev, por lo tanto, fue, quizás, el primer líder soviético que entendió bien de qué iba eso de la URSS: entendió, pues, que la URSS fue un sistema político que basaba todo éxito en placer al Partido Comunista. Las acciones no tenían que ser buenas, ni eficaces, ni virtuosas, ni justas; todo lo que tenían que ser es buenas a los ojos del Partido.

Así las cosas, en una URSS que, bajo los báculos de Lenin, Stalin y Khruschev, se había acostumbrado a tener líderes que mandaban un huevo, pasó a ser mandada por un tipo extraordinariamente contemporizador, que todo lo consultaba, que nada hacía sin tener claro que la nomenklatura de los mandos del Partido no se lo iba a reprochar. Un gobernante lento. A mí me recuerda un poco a Felipe II, salvando las distancias.

La lentitud de Breznev fue gas sarín para Novotny. Si el checo había esperado ver los tanques rusos enfilando hacia Praga, se quedó con las ganas. Moscú le dejó solo y, en muy poco tiempo, se vió en minoría en el Partido y dimitió como secretario el 5 de enero de 1968. Le sucedió el eslovaco Dubcek.

Hasta la llegada de Milhail Gorvachov al poder en la URSS, Alexander Dubcek fue el único máximo mandatario de un partido comunista de la órbita soviética de cuyas verdaderas convicciones democráticas no quepa dudar. Pero entre Gorvachov y Dubcek media un abismo, pues el primero llegó a la máxima magistratura de la URSS para realizar la voladura controlada del sistema comunista; el segundo, sin embargo, nunca pretendió otra cosa que perpetuar el régimen comunista.

El 5 de marzo de 1968, hecho insólito en un país comunista, se levanta la censura de prensa. Pocos días después, Novotny abandona la presidencia de la república, siendo sustituido por un general, Ludvik Svoboda, que había experimentado en carne propia las purgas de los años cincuenta.

El programa de los reformadores se dio en llamar socialismo de rostro humano y tiene algunas reminiscencias del socialismo a la chilena de Salvador Allende. Entre sus elementos principales se encontraba la propiedad privada de pequeños negocios (se mantenía la estatal para los elementos básicos de la economía), la apertura del sistema a diferentes partidos políticos, sindicatos independientes y derecho de huelga, independencia del poder judicial, igualdad de las diferentes nacionalidades y libertad religiosa. Se fijó para el 9 de septiembre la celebración del XIV congreso del Partido Comunista de los Trabajadores checoslovaco, que debía dar carta de existencia a todas estas reformas.

El 26 de junio, una revista literaria, Literární Listy, publicaba un texto del escritor Ludvik Vaculik, conocido como El documento de las dos mil palabras, suscrito por las firmas de otros muchos intelectuales. Este manifiesto reclamaba de ls autoridades checoslovacas un avance más rápido hacia la plena democracia.

A partir de ese día, el Kremlin ya no puede más.

La URSS organiza en Varsovia, los días 14 y 15 de julio, una conferencia de países del bloque del Este para analizar las reformas checoslovacas. Dubcek se negó a asistir. Probablemente, no tenía otra opción pues, de haber ido, habría resultado inmovilizado allí mismo. Pero su ausencia dejó el campo libre al resto de los comunistas para aprobar mociones en las que se calificaba el proceso checoslovaco de contrarrevolucionario, y justificando la intervención armada.

Lo que siguieron fueron días de toma y daca. El bloque soviético presionó con la publicación de la Carta de Varsovia, y Dubcek intentó negociar, poniendo siempre sobre la mesa el aplastante apoyo social con que contaba en su país. Sin embargo, consciente de lo delicado de la situación, y probablemente sabiendo que su país había sido ya pisoteado sin contemplaciones en el pasado, el 3 de agosto firma, junto con otros mandatarios del área, una declaración que asevera que el socialismo deberá ser siempre defendido allí donde esté en peligro. Sin embargo Dubcek, que con gestos así parece demostrar que no carece de mentalidad estratégica, también hace cosas que hacen pensar que se desenvolvió en aquellos tiempos con notable torpeza. Durante el mes de agosto, de hecho, recibe en Praga a las dos bichas de Moscú: el mariscal Tito, jefe del Estado yugoslavo que mantiene una línea decididamente independiente del Kremlin; y Nicolae Ceaucescu, el dictador rumano que por aquel entonces coquetea con los chinos.

A finales de agosto, el día 20, tenía señalada reunión el Presidium del PCT. Cerca de las doce de la noche de aquel día, cuando en las salas aún se trabajaba y se debatía, llegaron las noticias de la invasión soviética del país. La URSS, acompañada voluntariamente por Polonia, Hungría y la República Democrática Alemana, violaba las fronteras del país. La Historia, como vemos, se repite: los cuatro invasores del 68 fueron los mismos que, en el 38, se llevaron partes del país o sacaron tajada de la situación.

El PCT reformista intentó movilizar a la población, pero ya era demasiado tarde. Prueba de su ingenuidad fue que fueron detenidos en la misma sede del partido. Los llevaron a Ucrania, luego a Moscú. Mediante presiones, logran hacerles firmar un documento que legaliza la invasión. Los miembros del parlamento checo tendrán una suerte más agónica. Durante seis días, permanecerán en el interior del edificio, rodeados por lo carros de combate. Algunos no detenidos celebran el congreso previsto para septiembre en un local clandestino.

El día 27, los reformistas regresan a Praga. Pero lo hacen, ya, simplemente para contemplar cómo el partido es purgado de reformistas y a todas las reformas, sin faltar una, se les pone el freno primero, y la marcha atrás después.

El 16 de enero Jan Palach se quema vivo en la plaza de San Wenceslao. Algunos días después, otro estudiante hace lo mismo en Pilsen. El 25 se produce una gran manifestación. Es el último acto de rebeldía de los checoslovacos.



La primavera de Praga fue la prueba del nueve del comunismo. Hasta su producción, y aunque existiesen evidencias y datos, quien quisiera creer en las honradas convicciones democráticas del comunismo internacional, podía hacerlo. Tras la Primavera de Praga, es obvio que ha habido muchas personas que han seguido pensando, escribiendo y diciendo tal cosa. Pero tal idea se convirtió en demasiado exótica e incomprensible para mucha gente.

El principal ganador de la Primavera de Praga, a mi modo de ver, fue la socialdemocracia. A partir de 1968 comenzaría el lento goteo de comunistas que acabarán abrazando el socialismo; goteo del que en España tenemos bien conspicuos representantes.

martes, septiembre 15, 2009

Why not?

Este verano he paseado mucho por Madrid. Es una actividad siempre recomendable: aprovechar una porción de las vacaciones para encontrarse o descubrir algunos de los rincones de la ciudad donde uno mismo vive.

He paseado varias veces por la Puerta del Sol. Sí, ya sé que soy masoquista. Hace cosa de un par de años que la Puerta del Sol fue expropiada a los madrileños por una UTE (Unión Temporal de Empresas) formada por el Ministerio de Fomento y el Ayuntamiento de Madrid. Desde entonces hay que tener narices, o más bien no tenerlas, para aventurarse por allí, con tanto polvo y tanta molestia. Pero yo, aún así, lo he hecho.

Paseando, paseando, me he dado cuenta de que, al menos que yo haya visto, la vieja Casa de Correos, el edificio que hoy ocupa el gobierno de la Comunidad de Madrid, tiene dos placas conmemorativas. Una recuerda a las víctimas de la represión francesa durante la rebelión del 2 de mayo de 1808; aunque está redactada de una forma que hasta el embajador de Francia podría comer sobre ella. La otra placa está dedicada a todos los madrileños que aportaron su esfuerzo y su tesón durante los atentados del 11 de marzo del año 2004.

Ambas placas están bien puestas. Recensionan hechos históricos de gran calado para la Historia de Madrid, hoy en día representada por esa casa de Correos desde la que nos gobiernan. Pero he dado en pensar que, en realidad, y cuando menos en mi opinión, falta una tercera placa.

Desde el balcón de aquella Casa de Correos, un 14 de abril, concretamente el de 1931, fue proclamada la II República Española. Fue aquel día un día muy movido. A Madrid, como a otras ciudades de España, fueron llegando con cuentagotas los datos sobre los resultados de las elecciones municipales convocadas para tratar de normalizar la vida del país tras la caída del dictador Primo de Rivera y unos doce meses de evolución dubitativa. Los primeros resultados que llegaron fueron los de las grandes ciudades, donde las estructuras de recuento estaban más desarrolladas; ciudades donde la victoria republicana era patente, en casos amplia, en casos abrumadora. España utilizó una convocatoria electoral de tono menor (unas elecciones locales) para decirle al rey Alfonso XIII que se había cansado de sus estupideces, de sus dimes y diretes, de su forma un tanto peculiar y anticuada de entender el papel arbitral de un rey constitucional; en realidad, levemente constitucional, porque cuando un general de alzó para, entre otras cosas, dejar en suspenso esa constitución de la que teóricamente nacía la jefatura estatal del Borbón, éste no tuvo reparo en apoyarlo.

En Eibar, los ciudadanos proclamaron la República. En Madrid, en la mañana de aquel día, alguien colocó una bandera tricolor (extraña la pasión con que los republicanos catalanes adoptan esta enseña, teniendo en cuenta que la banda morada que la diferencia de la enseña monárquica tiene su origen en el pendón de Castilla) en las terrazas del Palacio de Comunicaciones, hoy sede del Virreinato Gallardonita. El conde de Romanones, viejo y maniobrero político liberal que se había convertido en el último baluarte de un rey al que hasta políticos conservadores como Sánchez Guerra habían abandonado, se fue a la casa del doctor Marañón, de notables contactos republicanos, a parlamentar con Niceto Alcalá-Zamora, el político del régimen que se había pasado a las huestes del cambio. Romanones, probablemente, intentó una transición larga. Alcalá-Zamora, sabiendo o sospechando que lo que hasta aquel momento era un alarde de civismo social podía terminar a hostias si el Borbón osaba ponerse de canto, le dijo que don Alfonso tenía que estar fuera de Madrid para la puesta de sol.

España, está bien claro, dio una lección al mundo con su incruenta transición política a la muerte de Franco. Pero también dio una lección al mundo el 14 de abril. A menos de un kilómetro de distancia de lugar donde la gente se concentraba espontáneamente como si fuesen a celebrar el año nuevo, en el palacio real, se celebraba el último consejo de ministros de Alfonso XIII. No faltó gente en aquel consejo que aún le dijo que debía quedarse y resistir. Pero el Borbón, por una vez en su vida, pensó recto, e hizo lo que tenía que hacer: ponerse en la frontera. Pero aquel consejo no se celebró escuchando el estruendo de las piedras contra los cristales. Una España se iba y otra nacía; pero no siguieron la tradición hispana de darse de hostias. Esto es tanto así que los ministros que estuvieron en aquel consejo, terminado aquél, salieron en sus coches, y cruzaron la Puerta del Sol, trabajosamente, eso sí, a causa de la multitud, pero sin ser hostigados por las gentes.

En un palacete de la calle Príncipe de Vergara, después General Mola y después Príncipe de Vergara again, esperaba el futuro gobierno de la República. Era la casa de Miguel Maura, líder de un pequeño grupo conservador republicano. Allí estaban casi todos los prohombres del Pacto de San Sebastián esperando acontecimientos. Llegó el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil. Los periodistas se le echaron a la chepa y le preguntaron que hacia allí.

-Vengo -dijo Sanjurjo; el mismo Sanjurjo que dos años después encabezaría un golpe de Estado contra la República -a poner a la Guardia Civil a las órdenes del gobierno legítimo de la República Española.

En un determinado momento Maura, si hemos de creer a sus propios recuerdos, ya no puede más y anuncia que se va a la Puerta del Sol, sede del Ministerio de la Gobernación. Todos salen de la casa y se abalanzan a los coches. La escena fue tan espontánea, tan naif, que en el coche en el que va Maura, no recuerdo bien si con Azaña, se les cuela un mediopensionista que nunca llegaron a saber quién era. Llegan a la Puerta del Sol y la atraviesan muy trabajosamente, en medio de los vivas y los parabienes de la multitud.

Llegados a las puertas del ministerio, llaman, y les abre un funcionario del Ministerio de la Gobernación, conocido de Maura. Éste le informa de que los que están allí tienen la intención de proclamar la República, y le dice que ya no tiene función que siga ahí. El funcionario musita una disculpa, y se va. Ni un tiro. Ni un golpe. Ni un empellón. Así se hizo la transición de poderes.

¿Por qué no recordamos aquella extremada muestra de civismo? ¿Acaso no es un hecho fundamental de la Historia de España que debería merecer un recuerdo en el lugar donde ocurrió? ¿Cómo es posible que en la Puerta del Sol de hoy no exista (al menos que yo sepa) ni el más mínimo indicio de lo que ocurrió allí hace ahora algo más de setenta años?

Se me ocurren dos razones.

La primera es que la República dejó pronto de ser cívica. Apenas unas semanas después de su proclamación, en muchas ciudades de España se produjo una quema de conventos y edificios religiosos que, además de suponer un atropello intolerable a la libertad de las personas, supuso la licuación de muchos tesoros artísticos y bibliográficos que los energúmenos de turno no tenían neuronas suficientes como para apreciar. Por lo demás, las revueltas obreras comenzaron pronto, con notable número de bajas, como en Sevilla. Luego, la acción de los radicales de derecha. En efecto, la República, casi desde su primer día, no dejó de ser un problema de orden público y, además, acabó diviviendo a los españoles en dos mitades irreconciliables que, como suele ocurrir en estas situaciones, acabaron por resolver sus diferencias a leches.

Pero es que el 2 de mayo de 1808 no trajo cosas mucho mejores. El 2 de mayo fue el principio de un proceso por el cual el pueblo español recuperó la soberanía sobre su destino, y la aplicó dándole el poder omnímodo a un tipo que ha sido, con mucho, pero con mucho, el peor rey que ha tenido España en toda su Historia. Un rey que, con sus ideas ultramontanas y su enorme capacidad de mentir, corromperse y putear, embarcó a España en un proceso que también la partió en dos y que de hecho no provocó una guerra civil, sino tres. Tres. Un proceso que también provocó riadas de españoles exiliados y que conformó la dinámica política del país en forma de rosario bananero de pronunciamientos militares. Si nos ponemos así, ¿por qué celebrar, por qué alabar el 2 de mayo? Medido por sus consecuencias, el 2 de mayo es una mierda. Pero lo celebramos porque, independientemente de lo que pasó después, el 2 de mayo fue una prueba de patriotismo, valentía y sacrificio; como lo fue el 14 de abril de civismo.

Hay una segunda razón posible: España es una monarquía, las monarquías no conmemoran la proclamación de una república. Este argumento, si es que alguien lo esgrime, es de una miopía tan intensa que más vale calificarlo de ceguera. En primer lugar, porque en las conmemoraciones históricas los bandos se difuminan. ¿O es que no vemos a los políticos alemanes acudiendo a las conmemoraciones del desembarco de Normandía? En segundo lugar, porque un gobierno, cualquier gobierno que de ello se precie, no debe nunca dar la espalda a su Historia. Hacerlo nos aboca a procesos en los que la propia interpretación histórica deambula por los mismos derroteros que el color político de esos mismos gobiernos: hoy la memoria histórica (horroroso pleonasmo) se acuerda de unos, mañana se acordará de otros.

Los hechos de nuestra Historia nos pertenecen a todos. A quienes los admiran, y a quienes los denuestan. Y aquellos hechos que son grandes, que marcan un antes y un después, aquellos hechos de que alguna forma nos han hecho como somos, deben ser reconocidos y conmemorados.

No hay ninguna razón, como no sea la desidia o el deseo de no saber, para que nuestra Puerta del Sol, nuestra Casa de Correos, no reconozca con mayor intensidad con que lo hace el hecho inolvidable de que fue desde su balcón desde donde nació el segundo sueño republicano español.