miércoles, enero 17, 2007

Aquellos días en que la República pudo ganar la guerra

Cuando un grupo de locos lectores de la Historia se reúne con tiempo y ganas para tertuliar, uno de los asuntos de discusión que más tópicamente surge es la pregunta de si la guerra civil española pudo terminar con otro ganador distinto. En estos casos, yo defiendo la idea de que el destino, en este caso, se cumplió. O, dicho de otra forma, que la República nunca tuvo más allá de un 30% de oportunidades de ganar la guerra.

No obstante, ésta es una opinión discutible (como muchas otras de la Historia; y, por cierto, me gustaría comentaros que de esto, es decir de opiniones discutibles, venimos hablando estos últimos días Ina y yo en privado, y espero que lo hagamos pronto en público). Cuando yo la expreso, la hago con las orejas bien abiertas a los argumentos contrarios, pues no estoy nada seguro de llevar la razón. Hay otras cosas, sin embargo, en las que sí pienso que no yerro. Y una de ellas es la que hoy os quiero comentar: ¿cuándo tuvo la República la última oportunidad de cambiar el curso de la guerra? Pues fue, claramente, en el verano y otoño de 1938.

La situación no era nada halagüeña para el bando republicano. Aunque había podido recibir suministros soviéticos que le permitieron al general Rojo montar la conocida como batalla del Ebro, la continuidad de dichos suministros era ya más que dudosa, pues la frontera francesa era cada vez más rígida. Sin embargo, la guerra civil española estuvo, durante más o menos noventa días, en un tris de cambiar de signo de forma radical. Ésta es la historia.

En el verano de 1938, Adolf Hitler, canciller de Alemania, había decidido aplastar Checoslovaquia, borrarla del mapa. Formalmente, Hitler tenía un solo problema con ese país, que era la minoría sudete, germanoparlante, presuntamente discriminada por el gobierno checo, básicamente eslavo. Lo cierto es que, además del problema de los sudetes, Checoslovaquia tenía dos características más que movían a los nazis a pensar en cargársela: una, buena para ellos, es que era un país de chichinabo, una invención diplomática tras el derrumbe del imperio austrohúngaro dentro de la cual vivía un dédalo de sudetes, checos, eslovacos, húngaros y rutenos; la segunda característica, inquietante para Hitler, es que Checoeslovaquia tenía un tratado militar con Francia, uno de ésos que dice si me pegan a mí tú te peleas conmigo y si te pegan a ti yo me peleo contigo. Así pues, Hitler, que ya pensaba en la conflagración europea y además, según muchos autores, tenía prisa ya que estaba convencido de que moriría joven, sabía que era necesario evitar ese frente: tal y como estaban las cosas en junio de 1938, el día que a él se le ocurriese atacar a Francia (cosa que, como sabemos, acabó haciendo), los checos le apuñalarían por la espalda.

Ya en 1937 el ejército alemán había diseñado un plan de invasión de Checoslovaquia, conocido como Plan Verde. Sin embargo, el diseño de ese plan había convencido a no pocos militares de que invadir Checoslovaquia era una locura. Lo pensaba, por ejemplo, el general Beck, que era el jefe de Estado Mayor de la Wehrmacht, o sea el estratega number one. Lo pensaba también Hermann Göring, el ministro del Aire, nazi hasta las cachas, quien pensaba en una estrategia de disolución lenta del país vecino, no de invasión. Lo sabía el jefe de la inteligencia militar alemana, Wilhelm Canaris, pues era su oficio saber que los alemanes, todo lo más, podrían movilizar 38 divisiones para invadir Checoslovaquia, mientras que sólo el ejército francés contaba con 100 (más el millón de soldados checos, y si Inglaterra entraba en guerra… la hueva).

Se ha hablado mucho, y escrito bastante, sobre esta oposición, sobre todo la de Beck. Se ha dicho que incluso se diseñaron planes para dar una especie de golpe de Estado que impidiese a Hitler llevar a cabo sus locos planes. A mí esas teorías me parecen, sinceramente, como diría Torrente y con perdón, pajillas. Cuando Beck decidió dimitir para protestar contra la medida, dimitió solo. Y Hitler pasó de él como de deglutir defecciones. Tenía a Keitel y a Jodl, y con esos dos generales repitiendo como loros jawöhl, Mein Führer, Beck se podía meter su renuncia por donde amargan los pepinos.

Las cosas se pusieron calientes en lo que la Historia conoce como La Crisis del Fin de Semana, ocurrida entre el 20 y el 22 de mayo de 1938. El día 19 Alemania, pretextando unas maniobras de primavera, emplazó tropas en la frontera con Checoslovaquia, movimiento que fue inmediatamente contestado por los checos con la movilización de más de 175.000 hombres. Para colmo, hubo un extraño incidente en el que la policía checa mató a dos sudetes. El 21 de mayo, sábado, por la tarde, el embajador inglés en Berlín, señor Henderson, visitó al ministro alemán de Asuntos Exteriores, Von Ribentropp, para informarle de que: a) si Checoslovaquia era atacada, Francia reaccionaría; b) si Francia reaccionaba, Inglaterra no miraría hacia otra parte. La respuesta de Ribentropp fue todo menos eufemística: «Si Francia nos ataca sufrirá la mayor derrota de su Historia; y si Inglaterra se le une, combatiremos hasta la muerte».

La Crisis del Fin de Semana, de hecho, lejos de amilanar a Hitler, le convenció de que tenía que golpear lo antes posible. A pesar de que en la crisis de mayo no hubo nada, apenas un par de meses después de ella, los ingleses recibieron certezas (certezas ciertas, por cierto) de que Hitler había decidido ya invadir Checoslovaquia, probablemente a mediados de septiembre, después de la concentración que el NSDAP tenía prevista en Nuremberg. Puede haber quien piense que, en ese punto, lo lógico para las potencias democráticas es ponerse duro. Pero se equivocaría. La decisión de los ingleses fue presionar, sí. A los checos. En abril, el líder nazi de los sudetes, Henlein, había dejado claro en Karlsbad que su reclamación de autodeterminación era irrenunciable. Los ingleses comenzaron a darle la barrila al presidente checo, Edouard Benes, para que cediese. Benes, con poco margen de maniobra, dio su brazo a torcer el 4 de septiembre.

Muy probablemente, el Foreign Office se las prometió muy felices: una vez aceptado el derecho de autodeterminación de los sudetes, Hitler se quedaba sin pretexto para defender sus razones bélicas. Si fue así, los funcionarios british se quedarían con un palmo de narices cuando, el 12 de septiembre, en la asamblea del partido, Hitler se sacó la careta. Pronunció un discurso en el que dijo todo de los checos menos que eran bonitos y, lo que es peor, ni siquiera reclamó un referéndum en el territorio de los sudetes como solución. No quería caldo, ni siquiera dos tazas; quería la olla entera.

La respuesta de Inglaterra a aquel discurso incendiario no fue enviar un telegrama a su nación amiga, Checoslovaquia, para tranquilizarla. Tampoco fue lanzar contradiscursos o declaraciones varias. No. La respuesta de Inglaterra fue mandarle un telegrama a Hitler con un mensaje muy sencillo: «¿Negociamos?»

El 15 de septiembre; Neville Chamberlain, primer ministro inglés, tomaba un avión por primera vez en su vida para viajar a Munich, dijo, a garantizar la paz. En la ciudad bávara las muchedumbres lo vitorearon. De la capital fue llevado a la imponente residencia de Hitler, Berchtesgarden.

El mensaje de Chamberlain fue muy sencillo: señor Adolfo, estoy dispuesto a considerar cualquier solución que Alemania proponga, siempre y cuando Alemania, a cambio, renuncie al uso de la fuerza. Entonces Hitler, tras un par de bravatas, se mostró conciliador y contestó que, si se reconocía el derecho de autodeterminación sudete, la solución sería posible.

Mister Chamberlain debió de hacer grandes esfuerzos para no orinarse de gusto allí mismo. Le dijo, eso sí, que tenía que consultar con su parlamento. Hitler le contestó que lo comprendía y que por eso, mientras su colega se embarcaba en esas gestioncillas liberales, él prometía no atacar Checoslovaquia.

Chamberlain volvió a Londres más contento que unas pascuas y convencido de que había parado la guerra. Si hubiese sido un poco más listo, tal vez habría sido capaz de interpretar el detalle de que, la tarde después de la entrevista con Hitler, los alemanes se negaron a entregarles acta taquigráfica alguna de lo hablado; a todas luces, el Carnicerito de Linz no tenía ninguna intención de dejar trazas visibles de sus presuntos compromisos. Pacato y bobalicón, no obstante, Chamberlain se lo creyó todo, y se fue a su Cámara de los Comunes a rezarles: everything’s OK, guys. Y se aplicó a torcer la voluntad de los checos, es decir a convencerles de que renunciasen a una parte de su territorio; intención en la que fueron alegremente asistidos por los franceses. El 21 de septiembre, los checos cedieron de nuevo.

El día 22, Chamberlain y Hitler quedaron de nuevo para firmar ante notario la venta del piso. Se vieron en el hotel Dreesen de Bad Godesberg, una de esas villas balneario a las orillas del Rin. Chamberlain dijo: traigo el acuerdo de mi gobierno y el francés, que hemos convencido, además, a los checos. A lo que Hitler contestó: «Lamento, Herrn Chamberlain, que no pueda ya aceptar esas cosas. Después de lo sucedido en los últimos días, esta solución no sirve ya».

Básicamente, Hitler argumentó dos cosas: una, que el compromiso checo de dejar sudetilandia era a un plazo demasiado largo. Ahora quería que se largasen ya (en cuatro o cinco días); otra, que había que atender a las reivindicaciones de Polonia y Hungría, países ambos que estaban a las puertas del jardín, esperando que les cayese su cacho de carne. Aunque, en realidad, da igual. Aunque Chamberlain no lo quisiera creer, o no le diesen las neuronas para entenderlo, lo cierto es que si llega a aceptar eso, Hitler habría pedido que todos los checos de origen eslavo se cortasen una pierna. Y si aún se le hubiese concedido eso, entonces habría reivindicado que todas las checas recién nacidas sufriesen ablación con una taladradora casera.

A eso de las once de la noche de aquel día, nadie que tuviese una mínima relación con el encuentro Chamberlain-Hitler habría apostado ni un botón roto a que la guerra se evitaría. Sin embargo, Hitler se achantó, o eso pareció. A medianoche, se supo que Benes había decretado movilización general en Checoslovaquia, momento en el que Hitler decidió mostrarse conciliador, aseverando que… se avenía a retrasar la fecha para que le entregasen el territorio de los sudetes del 28 de septiembre al 1 de octubre. ¿Se acojonó o, simplemente, estaba administrando los tiempos a su antojo? Que cada uno piense lo que le parezca. Mi opinión es bastante definida al respecto.

De vuelta a Londres, a Chamberlain le entró un ataque de responsabilidad histórica, e impulsó a su gobierno a decidir que ya no presionarían más a los checos. La mano derecha de Chamberlain, Howard Wilson, voló a Berlín donde, el día 26, visitó a Hitler en la Cancillería y, abiertamente, le amenazó con la guerra, amén de entregarle una carta en la que se le informaba de que los checos habían rechazado de plano el memorando alemán de Godesberg. Respuesta de Hitler (entre aullidos): «Si Francia e Inglaterra quieren atacar, adelante. Mir ist das vollständig gleichgültig»; que viene a ser: me la suda. Y esa misma tarde, en el Sportpalast, soltó un discurso en el que acusó a los checos de estar exterminando la alemanidad (o sea, como bien sabemos, acusó a otros de hacer lo que él ya estaba pensando hacer, e hizo); anunció que su paciencia con Benes se había acabado; y elogió a Chamberlain por sus esfuerzos en pro de la paz. Las 20.000 personas que allí estaban le saludaron, al final de su soflama, con el hitleriano Führer befiehl, wir folgen! (¡Ordénanos Führer, te seguiremos!)

Las alabanzas de Hitler hacia Chamberlain surtieron su efecto. Al día siguiente, Wilson le garantizó al retirada de los sudetes si Alemania se comprometía a dejar de jugar con la pistolita y se olvidaba de las acciones militares. Hitler respondió fríamente que cumpliesen el memorando (o sea, que no es que se fueran; es que se tenían que ir poco menos que aquella tarde). Wilson volvió a amenazarlo directamente con una guerra contra Francia e Inglaterra. Respuesta de Hitler: «Hoy es martes; el lunes que viene estaremos todos en guerra». Claramente, estaba fingiendo: esa misma tarde estuvo redactando una carta conciliadora en la que de nuevo se conformaba con la autodeterminación, sin exigencias de retirada supersónica.

Además del fingimiento, seguro que influyó en su ánimo el famoso desfile de la Wilhelmstrasse, que se organizó para hacer ostentación del poderío militar alemán. La demostración duró tres horas durante las cuales apenas se vieron unos centenares de personas por las calles. El pueblo alemán, claramente, no quería la guerra.

A la mañana siguiente, Hitler y su amigo el dictador fascista italiano Benito Mussolini escenificaron un buen rollito pacifista. Mussolini, que había sido impulsado a mediar por todos (por Inglaterra, Francia y hasta por Göring, acojonado con la perspectiva de una guerra total), le presentó a Hitler una propuesta de acuerdo para que éste la aceptase. Era imposible que no lo hiciese, porque la propuesta de consenso de Mussolini era, básicamente, el memorando de Godesberg. A mediodía, Hitler informó al embajador británico que don Benito le había convencido de aplazar (24 horas, no os vayáis a creer) la movilización y que, hala, a negociar la paz todos.

Así, el 29 de septiembre, juntos en amor y compañía se juntaron Hitler, Mussolini, Chamberlain y Edouard Daladier, jefe de gobierno francés. A la reunión de Munich, en la que se firmó el Acuerdo que lleva dicho nombre, también acudieron los checos. Pero Hitler no les dejó pasar, y el resto de los reunidos permitieron que lo hiciese. El presidente electo de Checoslovaquia, Benes, tuvo que esperar en un antedespacho mientras en la sala de reuniones troceaban su país; y todo el papel que se le dio en esa historia fue conocer los resultados.

En la Führerbau, un edificio del complejo que rodeaba el cuartel general del NSDAP, estos cuatro interlocutores pactaron un acuerdo, que se firmó a las 2,30 horas de la madrugada del día 30, en el que básicamente se cedía a las reivindicaciones del memorando de Godesberg (o sea, Hitler ganaba) con el pequeño matiz de que la retirada checa del territorio de los sudetes se realizará no en cuatro días, sino en diez. La paz a cambio de un pueblo. ¿La paz? Dejemos hablar al diario de Joseph Goebbels (las cursivas son mías): «La palabra paz estaba en todos los labios. El mundo está invadido por un frenesí de alegría. El prestigio de Alemania ha crecido enormemente. Ahora somos otra vez realmente una potencia mundial. Es ya una cuestión de rearme, rearme, rearme…»

El Acuerdo de Munich firmó el acta de defunción de la República española. Desde meses atrás, bastantes meses, la única esperanza seria del bando republicano estribaba en que quienes se habían declarado no beligerantes, es decir Inglaterra y Francia, cambiasen de idea. Y eso pasaba por una conflagración a gran escala que el presidente Juan Negrín había creído varias veces a punto de estallar. En septiembre de 1938, sin duda, lo estuvo. Y los españoles lo supieron. Todos los españoles. Los republicanos primero, que ofrecieron a Francia e Inglaterra diversos apoyos, por ejemplo para la flota del Mediterráneo. Y Franco después, que pasó semanas literalmente acojonado ante la perspectiva de un enfrentamiento bélico en el que no podría permanecer, como era su deseo, neutral.

Pero la República tuvo la desgracia de depender de una cosa. Una cosa muy sencilla de decir e incluso de pensar pero, al parecer, dificilísima de practicar: cuando lo que tienes delante es un matón, tus alternativas son: o quitarle la porra o darle dos hostias. Pero no dialogar con él. Dialogar con un matón nunca te lleva a cambiar el destino sino, en el mejor de los casos, a aplazarlo.

Thank you, Mr. Chamberlain.