miércoles, octubre 24, 2007

Perdono a tutti

Noticias de la votación: Tras unos días de intensa votación en nuestra encuesta Ponle nota a los políticos de la República, la cosa, como es lógico, se ha remansado en las últimas horas. Hemos recibido 45 respuestas, lo cual, en mi opinión, está más que bien y permite hacer algunas distinciones en los resultados que espero os resulten interesantes.

La combinación del hecho de que las últimas horas no hayan supuesto la adición de nuevas respuestas, unido a que estamos en internet, el universo en el que todo va muy deprisa y también envejece deprisa; y contando, por último, con que mi principal obsesión es cumplir con aquéllos que habéis hecho el esfuerzo de contestar, me ha hecho recapacitar y pensar que, tal vez, el plazo del 15 de noviembre es excesivo.

Os anuncio, pues, que de no haber una extraña intensificación de las respuestas que me obligase a reformular los resultados, quizá el próximo post que cuelgue sea ya con los resultados. Y, si no, sería el siguiente.

Eso sí, si lees esto y no has votado, te animaría a que lo hicieses, pues la pelea está siendo dura.

Hechas estas salvedades coyunturales, vamos allá con el tema de este día, alejado, una vez más, de los asuntos de los que trata la encuesta.


Perdono a tutti. By JdJ

Es posible que no me esté equivocando si digo que casi todo el mundo sabe que un pelotazo es algo más que una agresión cometida con balón. El pelotazo es también una jugada inversora muy lucrativa, que se desarrolla normalmente en poco tiempo. En España hay, según las estadísticas, siete millones de personas que sueñan con dar un pelotazo en la Bolsa, que es donde se dan los pelotazos. Es la cifra de españoles que se estima tienen, o tenemos, alguna inversión en el parqué.

Jugar a la Bolsa no es algo moderno. Como ya hemos visto, hace ahora ochenta años que ya todo estadounidense medio metía los duros en la Bolsa; de hecho, buena parte del sistema económico de Estados Unidos sigue hoy en día sustentado sobre la inversión bursátil, pues es la americana una sociedad que, según las teorías, tiene mucha menor aversión al riesgo que la nuestra. Nosotros tendemos a ser más cautos; nos da más miedo la perspectiva de pérdida.

Así pues, por estos datos sabemos que jugar en Bolsa no es algo muy moderno. Pero quizá quienes esto lean no sepan que, en realidad, es más antiguo de lo que imaginan. Porque los pelotazos bursátiles, incluso en España, no se remontan a hace ochenta años sino, por lo menos, ciento cincuenta. Hoy, para demostrarlo, quiero hablar de uno que se produjo en 1844, nada menos. Y que terminó con un teatral (o, más bien, operístico) perdono a tutti. Lo pronunció el protagonista de nuestra historia: don José de Salamanca, marqués de Salamanca y hombre que da nombre al barrio de igual ídem de Madrid.

¿Qué podemos decir de la Bolsa de aquel entonces? Bueno, lo primero que debemos decir, aunque sólo sea un apunte geográfico, es que no estaba donde se encuentra ahora, en el llamado Palacio de la Lealtad, plaza del mismo nombre. La primera ubicación de la Bolsa de Madrid había sido el local que en la calle Carretas poseía la Compañía de Filipinas, aunque dos o tres años antes de los hechos que ahora analizaremos se fue de allí para ubicarse en el convento de San Martín, sito entre la calle Arenal y las Descalzas Reales. ¿Qué se intercambiaba allí? Pues no acciones, que es lo que hoy se compra y se vende mayoritariamente en la Bolsa. Entonces había muy pocas sociedades por acciones y, por lo tanto, el mercado no existía. Lo que se vendía y cotizaba entonces en el mercado eran los títulos de deuda pública.

Un título de deuda pública es lo que en el mundo financiero se llamaba un activo de renta fija. Quiere ello decir que compromete un determinado interés a cambio de librar el capital. Es una deuda mediante la cual el particular presta dinero, en este caso al Estado o al Reino de España, a cambio de lo cual éste se compromete a devolver dicho préstamo más un interés determinado.

La cotización de los títulos de renta fija es producto del carácter mudable y variable del precio del dinero, como estamos experimentando, hoy en día, tantos y tantos españoles que tenemos préstamos hipotecarios a interés variable, normalmente referenciados al famoso euribor. El euribor y otros tipos existen hoy para dar referencias al mercado de cómo están los tipos de interés pero, de todas formas, esa referencia siempre ha existido, incluso cuando no ha existido, puesto que los inversores, desde que lo son, tienen una expectativa de beneficio. Por ejemplo, en una economía en la que los inversores tienen una expectativa de obtener, poniendo dinero en montar un negocio, una rentabilidad del 6%, alguien que emita renta fija al 3% difícilmente se comerá un colín. Así pues, si los tipos suben (las expectativas de beneficio crecen), el atractivo de la renta fija emitida a tipos menores es más bajo (dan menos de lo que está dando el mercado); de la misma forma que, si los tipos bajan, esos valores pasan a tener, por así decirlo, más valor.

A esto hay que unir el hecho de que en Bolsa se aplica mucho algo de lo que ya hablamos cuando hablamos del 29: la compra a crédito. Es decir: adquirir títulos con dinero prestado jugando a que la subida de los títulos va a ser muy superior a la tasa de interés que nos exige el prestamista. Obviamente, cuando esto no se cumple, el inversor está jodido.

La gran jugada bursátil de José de Salamanca se produjo en noviembre de 1844, es decir hace ahora 163 años. En aquel año, según los cronistas, el gobierno español procedió a una reestructuración y emisión de deuda propia y de ultramar que literalmente inundó Madrid de papel, así pues todo el mundo que pudo (y muchos que en realidad no podían) se dedicó a invertir. ¿Por qué? Pues porque en España gobernaban los conservadores, es decir el general José Narváez, el Espadón de Loja, y todo el mundo cotizaba una prolongada y provechosa estabilidad económica que, con seguridad, eliminaría los problemas del Estado para pagar aquella deuda que, además, se emitió a una interesante tasa del 3%.

Según los relatos más o menos contemporáneos de lo que ocurrió, en el Madrid de 1844 todo dios jugaba al alza. Esto es: compraban más que vendían, convencidos de que lo que iban a hacer los títulos era incrementar su valor. Sin embargo, hubo un bolsista que jugó a la baja, a vender. Se trataba de José de Salamanca quien, además, actuaba por nombre propio y también por nombre del propio Narváez y del duque de Riánsares, marido de la reina. Si trasladáis esto a la actualidad, gritaréis, escandalizados: ¿Zapatero y la reina Sofía jugando a la Bolsa? Bueno, eran otros tiempos...

Salamanca, según crónicas de tanto fuste como la del conde de Romanones o su biógrafo Hernández Girbal, respondió a aquel optimismo general jugando a la baja. La gente se cachondeaba de él y se decía que resultaba difícil de entender por qué había decidido suicidarse financieramente. Ya cotizaban los bolsistas la ruina del bueno de don José cuando de Nájera llegaron las noticias de la sublevación del general Martín Zurbano. Pronto se dijo en Madrid que aquella asonada liberal era bastante más que un golpe localizado en Nájera pues, se decía, el general Prim estaba presto a apoyarlo en Madrid. En realidad, la sublevación de Zurbano no llegó a nada y Narváez acabó fusilándolo. Pero, por medio, siempre según esta versión, la Bolsa se pegó una hostia del 10%, y no pocos inversores quedaron en manos de Salamanca. ¿Por qué? Pues porque muchas de las ventas hechas por el futuro marqués lo habían sido a plazo; así pues, en el momento que llegase el día señalado en la operación y Salamanca ejecutase la venta, los otros inversores deberían pagarle el precio convenido en su inicio, muy superior al real, pues entre el contrato y la venta la Bolsa se había derrumbado. Si a eso unimos el hecho de que muchos de esos vendedores habían comprado a crédito, tenemos todo el panorama montado.

Según el relato de Hernández Girbal, tras la fuerte caída, Salamanca se presentó un día en el convento (aunque Girbal cita erróneamente en su libro la sede de la Compañía de Filipinas). No estaba saliendo del coche de punto y ya estaban varias personas echándosele encima para solicitarle comprensión y un poquito de paciencia. Con mucho trabajo, Salamanca entró en el salón de cotizaciones, ya para entonces seguido de una nutrida cola de cometa formada por inversores arruinados. Salamanca llegó al llamado estrado de los agentes, que tenía una plataforma que colocaba a quien se subía un poco por encima del mar de cabezas que llenaba la sala, y se subió. En ese momento, se hizo el silencio. El silencio del acojone.

Pausadamente, Salamanca sacó de su cartera un gran mazo de pólizas de venta (retened este dato).

Una voz, simple, humilde, se escuchó sobre el murmullo:

-Queremos pagarle, pero… ¡por Dios, denos algo de tiempo!

Salamanca, tras mirar al hombre que le había hablado y dudar por un momento, comenzó, despacio, a romper los papeles que tenía en las manos mientras pronunciaba una frase entonces famosa, la de la romanza de Don Carlo en la ópera de Verdi Hernani:

-¡Perdono a tutti!



Estamos, pues, ante un capitalista anticapitalista, capaz de un gesto increíble: dejar de cobrar, o cuando menos de exigir lo debido. Y un hombre de importante sagacidad, que tuvo la inteligencia de jugar en contra de la tendencia general, excesivamente confiada en el alza de las cotizaciones.

Y, sin embargo, estas versiones, varias veces repetidas por escritores del pasado como digo, tienen probablemente bastante de mito, es decir de media verdad.

En los años sesenta del siglo pasado, un agente de cambio y bolsa aficionado a la Historia, José Antonio Torrente Fortuño, escribió un libro llamado Salamanca, bolsista romántico (si sois ratas de librería de lance, lo podéis encontrar; de hecho, yo lo he visto en alguna caseta de la Feria del Libro Antiguo de Madrid que se ha celebrado estos días). En dicha obra, Torrente aborda una seria investigación sobre los hechos de 1844, investigación que arroja el sorprendente resultado de que en dicho pelotazo Salamanca no jugó a la baja sino todo lo contrario, esto es, al alza. Sucintamente:

En primer lugar, Torrente hizo algo que los anteriores biógrafos de Salamanca no habían hecho, que es encerrarse en la biblioteca de la Bolsa para resumir las cotizaciones de aquellas jornadas. Se centró en los tres valores que entonces formaban el Ibex patrio: la deuda al 3%, conocida como Consolidado Inglés; la deuda al 5% amortizable; y la deuda flotante del Tesoro. Y, sorpresa: las cotizaciones entre el 1 de octubre y el 30 de diciembre de 1844 no muestran caída alguna del 10%.

En realidad, sí que hay una caída, aunque del 2% tan sólo. Se produjo en las jornadas posteriores al 10 de octubre de 1844, cuando el Gobierno anunció las condiciones del canje de Deuda Flotante por Deuda al 3% (la medida que, como decíamos, inundó Madrid de papel); este canje se realizó al 40% (esto es, el Tesoro entregaba 250 reales nominales al 3% por cada 100 reales de Deuda Flotante retirados), en un movimiento que, al parecer, fue interpretado por el mercado como una señal de notable debilidad por parte del Erario público a la hora de poder atender pagos, motivo por el cual las cotizaciones de sus empréstitos cayeron. Sin embargo Salamanca, que es diputado, se levanta en el Congreso en una sesión celebrada en noviembre de aquel año, con intención de criticar al ministro de Hacienda, Alejandro Mon. En dicha crítica, afirma su optimismo y asevera que los inversores no han sabido entender el decreto de conversión; dicho de otra forma, apuesta, negro sobre blanco y con taquígrafos, por la revalorización de la deuda que en la Bolsa se negocia. ¿Tiene sentido una declaración de tal calibre en alguien que está convencido de que las cotizaciones van a bajar?


El 16 de noviembre se produce la famosa sublevación de Zurbano en Nájera y, según las cifras publicadas por Torrente, las cotizaciones, simple y llanamente, se quedan donde estaban.

Por si no fueran pocas estas evidencias, el curioso bolsista hizo algo más y hundió la nariz en los registros bursátiles, a la búsqueda de las operaciones de Salamanca. Los datos, también publicados en su libro, marcan una gran abundancia de órdenes de compra y, cuando hay órdenes de venta, casi siempre aparecen operaciones de compra casadas con ésta, algo posteriores. Alguien que juega a la baja, vende; y el que juega al alza, compra. Y si Salamanca compró más que vendió... ¿a qué jugaba exactamente?

A ello hay que añadir otro detalle. Antes os he dicho que retuvieseis el dato de los relatos de la época, que describen a un Salamanca que va a la Bolsa y públicamente rompe las pólizas de venta. Pero, si alguien tiene en la mano un documento que acredita un compromiso de venta… ¿qué es, comprador o vendedor? Obviamente, es comprador; es al comprador al que le resulta vital tener la fe pública del compromiso, pues es él quien tiene que reclamar la posesión del valor una vez comprado. Y si Salamanca, en la célebre escena, sacó de la cartera un enorme fajo de pólizas de venta, entonces es que estaba comprando a lo bestia. O sea, jugando al alza.

¿Dónde está la clave de este misterio? ¿Por qué se equivocaron de una forma tan radical los cronistas más o menos contemporáneos de Salamanca? Pues la cosa tiene, a mi modo de ver, su explicación.

La primera explicación es que, en 1844, no había ni televisión ni radio. Esto quiere decir que había mogollón de gente que vivía su vida sin tener ni puñetera idea de lo que hacían las cotizaciones de Bolsa. Este desconocimiento, a todas luces, afectó a algunos de dichos cronistas, quienes probablemente, cuando hablaron de bajadas del 10% y cosas similares, hablaban de oídas, porque alguien les había dicho que había oído que dicha caída se había producido; y no tenían medios de comprobar la veracidad de aquellos asertos.

La segunda razón está en la estrategia de Salamanca. Un atento análisis de las operaciones del millonario demuestra, como he dicho antes, que compró mucho más que vendió y que, cuando vendió, cubrió la venta con compras inmediatas. Pero lo hizo, básicamente, vendiendo al contado y comprando a plazo. De esta manera, las operaciones que eran «visibles» en el parqué eran las que se hacían en el día; los agentes de Salamanca llegaban a la Bolsa y, ¿qué hacían? ¡Vender, claro! Vendían, vendían, vendían. Ese mismo día firmaban operaciones a plazo por las que compraban mucho más de lo que estaban vendiendo, pero eso la mayoría de los inversores del parqué no lo «veía». A los ojos de todo el mundo, Salamanca estaba jugando a la baja; jugando al desplome de la deuda pública, lo cual es lo mismo que decir jugando al desplome del crédito de la economía española. Y todo el mundo sabía que Salamanca hacía negocios bursátiles en compañía del primer ministro, Narváez, y del factotum de palacio, el conde de Riánsares.

Si vosotros supierais que Zapatero y Solbes juegan a la Bolsa, y que juegan a la baja… ¿qué pensaríais? ¿Compraríais o venderíais?

Salamanca, pues, engañó a los inversores. Jugó claramente al alza mientras que en el parqué aparentaba jugar a la baja. Él sabía que la operación de conversión de la Deuda Flotante era técnicamente buena, provechosa, y acabaría por hacer subir el valor. Sin embargo, el decreto de conversión generó una bajada del 2%. ¿No tendría él nada que ver en ello? Las investigaciones de Torrente no nos lo aclaran. Pero es un punto interesante para quien sea habilidoso en la lectura de papeles financieros y tenga ganas de investigar.

Como trile bursátil no está mal, no. Nada mal. Con parte de las ganancias de este montaje, estimadas en 30 millones de reales, un pastonazo de la época, supongo que adquiriría Salamanca su bello palacio, que es el que está en el paseo de Recoletos, nada más pasar la Casa de América camino de Castellana (número 18, creo). Echadle un vistazo. Un pedazo de queli.

La anécdota demuestra dos cosas de la Bolsa. Una, que es necesario que sea un mercado grande. En Inglaterra, Salamanca no habría podido hacer lo que hizo; la Bolsa de Londres era entonces tan grande que hubiera sido imposible mover a todos los inversores en una misma dirección. En cambio, aquella Bolsa madrileña era, como amargamente denunciaron en el Congreso los enemigos de Salamanca, un lugar que un solo especulador podía llevar del ronzal.

La segunda cosa que demuestra es que para los mercados bursátiles es fundamental la transparencia. Lo que impide que estas cosas pasen es que todo se pueda saber. Por eso los mercados bursátiles modernos son transparentes.

O eso dicen.