viernes, julio 31, 2009

Agostados

Ayer, como de costumbre en estas fechas; en la entrada de la FNAC de Preciados, también como de costumbre, me cité con Tiburcio Samsa, que llegó algo tarde por culpa, al parecer, de ciertas ordenanzas, cuya existencia desconocía, sobre el tamaño máximo que pueden tener los seres vivos que viajan en metro.

Hablamos del sudeste asiático. Me explicó que Singapur es una nación sin nacionales, o sea un ente independiente formado por personas que no tienen en excesivo cariño su independencia. Hablamos sobre hasta qué punto el sistema político actual español no es, en el fondo, el canovismo reinventado. Hablamos sobre los problemas del primer franquismo a la hora de inventar una nueva clase política.

La cita con Tiburcio, este año como otros, marca el inicio de las vacaciones blogueras. Agosto es mes para otros menesteres. Seguiré editando comentarios cuando encienda el ordenador, cosa que haré con cierta habitualidad porque este mes debería dar los últimos retoques a una novela que, de forma más o menos dedicada, llevo cuatro años escribiendo. Pero no creo que escriba ningún post y, si lo escribo, para qué negarlo, le pondré fecha de publicación en septiembre, para así garantizarme eso que los sajones llaman un soft landing.

Hermosas y provechosas vacaciones para todos los que las tengáis. Coherentemente con mis aficiones, os deseo que leais muchos libros, estrenéis muchos videojuegos y veais mucho cine o, mejor, televisión (es mi opinión que hoy en día las series de televisión son mucho mejores que las películas).

Por lo que a mí se refiere, lo que está en la agenda es lo siguiente:

- La lectura del libro que editó la Generalitat de Cataluña en 1934 analizando el conflicto de la Ley de Contratos de Cultivo y que es (a día de hoy) el mayor enfrentamiento (no armado) entre Barcelona y Madrid que registra la Historia.

- La lectura del libro escrito por los asesinos del almirante Carrero Blanco.

- La lectura de las memorias de Harold MacMillan.

- La lectura de una biografía del general Gutiérrez Mellado.

- Continuaré con el PES 2009. Sigo en el Athletic de Bilbao donde, a pesar de no ser vasco, ya me pasan el balón. Por alguna extraña razón que los programadores japoneses conocerán bien, siendo el máximo goleador de la liga a unos 30 goles de diferencia de Eto'o, el puesto que me han dado en la roja es el de Xavi (sic). Así pues, mi destino es pasarle balones a Tamudo (sic) para que los remate. Me hicieron una oferta en el Madrid pero, la verdad, siendo el máximo goleador y habiendo llevado al Athletic a ganar el triplete, me toca los cojones ganar menos que Guti.

- Tele: segunda temporada de Los Soprano, segunda de The Wire y quinta de Curb your enthusiasm.

Que disfrutéis estas semanas.

miércoles, julio 29, 2009

The Godfather (1)

Bueno, pues ya estoy aquí. Las cuestiones, una a una.


1.- Francis Ford Coppola dudó entre dos actores para el papel de Vito Corleone. Uno, lógicamente, era Brando. ¿Cuál era el otro?

Sir Lawrence Olivier. Para Coppola, decidirse entre Brando y Olivier era la única cuestión importante en lo que al personaje de Vito Corleone se refiere. Pero eso no quiere decir exactamente que fueran los únicos actores manejados para el papel.

Empecemos por el propio Coppola. Aunque ahora nos parezca increíble, lo cierto es que la Paramount pensó para dirigir El Padrino en ¡doce! directores antes que él. Se pensó en Arthur Penn, que estaba liado; Franklin Shaffner y Fred Zinnermann, que rechazaron la novela de Puzo por ser excesivamente comprensiva con la Mafia; Costa-Gavras, que encontró el argumento demasiado americano; Peter Yates, Richard Brooks y Sidney J. Furie, entre otros.

De hecho, Coppola no tenía demasiadas ganas de aceptar. Si lo hizo era por la deuda enorme, de 600.000 dólares, que tenía con la Warner. En parte, le ayudó a decidirse su amigo Georges Lucas, quien, por cierto, según un comentario recibido de un anónimo montó una escena de la película, pero no sé cual. Pero, hablando del montaje: durante todo el tiempo que duró dicho montaje, Coppola se vistió con una camiseta... de la Warner.

Pasando al papel de Vito Corleone, entre los candidatos que fueron seriamente considerados figuran Ernest Borgnine, Richard Conte, Anthony Quinn, Ralph Valone, Vittorio de Sica o George C. Scott. Olivier, finalmente, resultó estar enfermo.

2.- La Paramount prefería que Brando se quedara fuera. Para cuando se rodó la película, ya tenía fama de actor caprichoso y difícil de gobernar. Decidieron ponerle tres condiciones para poder hacer el papel. Dos de ellas eran de contenido económico y, aunque duras, eran aceptables por parte de Brando. Pero la tercera fue pensada para que se negase en redondo. ¿Cuál fue esa condición?

Como ha expresado un mensaje anónimo, esa condición fue, efectivamente, que Brando hiciese un casting previo, algo a lo que todo el mundo esperaba que se negase. En realidad, lo hizo. Pero lo hizo porque Coppola lo engañó. Se presentó en su casa con el script de la primera escena de la película; el encuentro entre Corleone y el enterrador Bonasera. Coppola se hizo acompañar por un actor para que hiciese de Bonasera, y lo dejó cerca de la entrada. Discutió la escena con Brando durante un rato y, finalmente, cuando éste empezó a tener ideas en torno al personaje, le propuso grabarlo. Brando, entusiasmado, dijo que sí. Entonces Coppola hizo venir al actor, y grabó el a modo de casting.

3.- James Caan no es italiano de origen. Sin embargo, no sólo se llevó el papel de Santino Sonny Corleone, sino que Coppola incluso pensó en él para el papel de Michael. ¿Por qué era tan convincente en el papel un descendiente de alemanes?

Porque se había criado en Nueva York, muy cerca de Little Italy, y conocía bien cómo eran los italonorteamericanos.

Hablando de los papeles de los hijos de Vito, la Paramount quería que Michael Corleone fuese interpretado por Robert Redford, pero Puzo se negó en redondo, en mi opinión con razón, porque Redford puede parecer muchas cosas; pero hijo de sicilianos no es una de ellas. Aún y a pesar de eso, Redford recibió una oferta, pero la rechazó. Lo mismo hizo Warren Beatty. Rod Steiger quería hacer el papel, pero para entonces era demasiado mayor para él. También se pensó en Ryan O'Neal, que lo acababa de petar con Love Story, Jack Nicholson y, como decía, el propio Caan. El actor de origen alemán hizo un casting putomiérdico; por cierto, en las pruebas coincidió con David Carradine. Otros actores que asimismo fueron probados fueron Martin Sheen, Dean Stockwell y Tony lo Bianco.

Otro que hizo el casting de cagarla fue el propio Pacino, al cual, después de la prueba, Coppola motejó de self-destructive bastard (hijoputa autodestructivo).

Ante la falta de decisión, se llegó a pensar en Charles Bronson, lo cual, a mi modo de ver, habría sido una tragedia (pero Bronson no es el único duro que ha podido mojar en El Padrino; Silvester Stallone se postuló, años después, para la tercera parte). La cosa quedó entre Pacino y Caan. Finalmente, lo que pudo fue el criterio de Coppola (Puzo prefería a Caan).

Por cierto. A De Niro le dieron un papel: el de Paulie Gatto, así pues su destino era morir en la escena en la que Clemenza sale a mear del coche. No pudo hacerlo porque tenía otro compromiso. Un golpe de suerte: si hubiera hecho ese papel, no habría podido interpretar a Vito Corleone en el largo flashback de la segunda parte.

Un casting especialmente convincente fue el de Gianni Russo, que interpretaría a Carlo Rizzi, el marido de Connie Corleone. La escena del casting es aquélla en la que le da una paliza a su mujer. Por cosas que pasan, lo tuvieron dos horas esperando. Para cuando se puso a filmar, estaba tan encabronado de esperar que bordó la escena, y tuvieron que decirle que dejase de repartir hostias.

4.- Ya puestos: ¿por qué el segundo nombre de Coppola es Ford?

Pues porque es un hombre que, de alguna manera, le persigue. Cuando Coppola nació, su padre Carmine estaba trabajando en un programa musical de radio llamado The Ford Evening Hour, esponsorizado por la marca automovilística. Por otro lado, su alumbramiento se realizó en el hospital Henry Ford de Detroit.

5.- ¿En qué escena de la película trabajan juntos de extras Italia y Carmine Coppola, padres del director?

Ambos están cenando en Louis's, el restaurante italiano en el que Michael dispara a Sollozzo y al jefe de policía McCluskey.

En las tres películas de la saga los cameos y actuaciones familiares son legión. Connie Corleone, sin ir más lejos, es interpretada por Talia Shire, hermana de Coppola. Pero la pregunta para listillos, de ésas para pillar al que se chulee de ser cinéfilo, es ésta: ¿en cuántas películas de la saga participa Sofía Coppola, la hija del director? El enteradillo responderá: en una, la tercera, donde interpreta a Mary Corleone, hija de Michael Corleone y Kay Adams. Pero esa respuesta es errónea. La correcta es: las tres. En la primera parte, el bebé que hace de hijo de Connie Corleone y que es bautizado es, en realidad, Sofía Coppola. Y la misma Sofía Coppola, siendo una niña más crecidita, está en la cubierta del barco italiano que llega a Nueva York en la segunda parte, y donde viaja Antonio Andolini.

6.- ¿Qué actor de la película tuvo antes de hacerla el absurdo nombre artístico de Chief Chikawicky?

Lenny Montana, que interpretó a Luca Brassi. Antes de ser actor, había sido campeón de lucha libre, donde había tenido ese estúpido nombre artístico, junto con otros igual de escatológicos como Zebra Kid.

Montana era bastante cachondo mental. En la escena de la boda, cuando Luca da un sobre con dinero a don Vito, le sacó la lengua a Brando; en la punta llevaba pegado un mensaje que decía «Jódete». Otro cachondo mental es Caan, el cual, al parecer, incluso le hizo un calvo de coche a coche a Coppola.

7.- ¿Qué profesión tenía Morgana King antes de interpretar a la mujer de Vito Corleone? Y, ya para nota, ¿quién la recomendó para la película?

Maria Grazia Morgana Messina de Berardinis era cantante de jazz, y se impuso en los casting a Anne Brancroft y Allida Valli. La recomendó Al Lettieri, el actor escogido para interpretar al Turco Sollozzo, quien en la vida real era padrino de su hija.

8.- Coppola dudó mucho antes de darle a Diane Keaton el papel de Kay Adams. Una de las razones era que Keaton sólo había hecho comedia hasta entonces y se desconocía su registro dramático. Pero la segunda razón tiene que ver con su relación con Al Pacino en el film. ¿Cuál era esa otra razón?

Porque era sustancialmente más alta que Pacino. De hecho, los dos grandes hándicaps de Pacino ante los ejecutivos de la Paramount eran su enanez y que parecía excesivamente italiano.

Keaton, en todo caso, no lo tuvo nada fácil. Para su papel se probó a Jill Clayburgh (en mi opinión, muchísimo mejor actriz, de lejos, que Keaton), a Susan Blakely y a Michelle Phillips. Se pensó, asimismo, en Anne Archer, Trish van Devere, Jennifer O'Neill, Geneviève Bujold, Jennifer Salt, Veronica Hamel, Karen Black, Blythe Danner, Ali MacGraw... ¡e incluso Cybill Shepherd (horror)!

Para Sonny, el papel fue a Caan nada más descartarlo para Michael, aunque también se probó a Robert de Niro y John Saxon.

John Cazale fue reclutado directamente para el papel de Fredo.

Para el papel de Tom Hagen, además de Robert Duvall, se pensó en Peter Donat y Martin Sheen, además del eterno James Caan.

9.- ¿Cuántas personas resultan disparadas en la película?

Un total de 19: Sonny, Paulie, Sollozzo, McCluskey, dos mafiosos en el ascensor del St Regis (los mata Clemenza), un mafioso atrapado en una puerta giratoria, otro que está en la cama con una tía, la tía, Moe Greene, Barzini, su guardaespaldas, su chófer, Bruno Tataglia, Tessio y cuatro muertos en la guerra entre bandas que aparecen en los periódicos.

A todos éstos hay que unir a Luca Brassi y Carlo Rizzi, ambos estrangulados; Apollonia, la mujer de Michael que muere de un bombazo; y don Vito, que la palma de un infarto.

A modo de escaso equilibrio, en la película se ven 8 abrazos y 7 besos. A pesar de tanta parquedad, muchos americanos, especialmente los mafiosos, encontraron los mafiosos de Coppola excesivamente abrazadores. Al parecer, a los mafiosos también les hizo mucha gracia que los soldados de la película besasen la mano de su Don. Es una costumbre que parece ya para entonces había desaparecido en la Cosa Nostra.

10.- En la escena en la que Michael se mete en una cabina telefónica y llama a su casa para enterarse de que su padre ha sido herido, hay un detalle de mala ambientación que, de hecho, hace imposible que dicha escena esté ocurriendo en el año en que se supone que ocurre. ¿Cuál es ese detalle?

Al fondo de la escena se ve un Volkswagen. Pero es 1945, y los Volkswagen no llegaron a EEUU hasta los años cincuenta.

No es el único error de la película. En la escena en que la todos están esperando a saber dónde se va a reunir Michael con Sollozzo y McCluskey, los mafiosos están comiendo comida china, lo cual no es muy lógico en ellos. Asimismo, en el periódico de 1945 se ve incluida la lista de programas de televisión, cuando en aquel entonces no había. Otro error es que en el hospital donde está Vito Corleone se ve, en la escena de la visita de Michael, un cartel de prohibido fumar. En los años cuarenta se fumaba casi hasta en los quirófanos.

11.- ¿Por qué, en la primera escena de la película, Vito Corleone tiene un gato en el regazo, gato que no vuelve a aparecer en otras escenas?

Porque no estaba previsto. Brando de lo encontró por ahí justo antes de empezar a rodar y decidió cogerlo. Por esta razón, la escena que hoy vemos en la peli no tiene el sonido original. Fue doblada. En el sonido original se oían demasiado los ronroneos del gato.

12.- ¿Cuál fue la razón que puso Brando para meterse, antes del primer ensayo de su papel, unos kleenex en los carrillos, dando a su rostro el aspecto de la película?

En el falso casting que Coppola logró hacer, Brando, que entonces era relativamente joven (cuarenta y tantos) se puso betún en el pelo para parecer más mayor y unos kleenex en los carrillos. «Quiero parecer un bulldog», le dijo a Coppola.

13.- Se da la circunstancia de que en esta primera película hay un judío que hace de italiano, y un italiano que hace de judío. ¿Qué dos actores/personajes son?

Coppola quería que italianos hiciesen de italianos. Abe Vigoda nunca dijo que fuese italiano, pero los ejecutivos asumieron que lo era, así que le dieron el papel de Tessio. Pero no era italiano, sino judío. Pero un actor italiano, Alex Rocco, terminó haciendo el papel de Moe Greene, el gerente de casino asesinado por los Corleone, que en la película es judío.

14.- ¿Qué es en realidad la impresionante mansión donde vive Wolf, el productor de Hollywood?

Es la residencia de los Guggenheim en Sands Point, Long Island. Sólo se permitió a un equipo muy pequeño trabajar dentro, rodeados de detectives de la agencia Pinkerton que protegían las obras de arte.

15.- En la escena en la que Clemenza enseña a Michael a cocinar, hay una discrepancia entre la receta que Mario Puzo escribió en el libro y la que Ford Coppola reescribió en el script. Los gastrónomos suelen decir que el cambio hecho por Coppola, lejos de mejorar el plato, lo destroza. ¿Cuál es ese ingrediente?

En el libro, añade vino y dice que ése es su secreto. En la película, añade vino y azúcar. Echar vino (no azúcar) a la salsa de los spaghetti es típico del norte de Italia. Es normal que los hombres de los Corleone no estuviesen acostumbrados, puesto que son silicianos.

16.- ¿Quién y por qué decidió que Vito Corleone tuviese la voz susurrante que se hizo archifamosa?

Coppola le facilitó a Brando grabaciones de la voz del mafioso Frank Costello. Pero Brando decidió interpretar una voz más aguda y dificultosa. Al parecer, pretendía hacer ver que Vito Corleone había recibido alguna vez un tiro en la garganta. Eso no se dice nunca en el film, pero el dato debió de quedársele en la cabeza a Coppola, porque hay que recordar que Michael Corleone le pega un tiro en la tráquea al jefe McCluskey.

lunes, julio 27, 2009

El oro (y3)

La adopción por parte de la primera potencia mundial, Inglaterra, de un patrón de cambio basado en el valor del oro, unido al desarrollo de los instrumentos financieros para hacer líquidos los flujos derivados del comercio internacional, cambiaron la faz del mundo para convertirlo en el sitio en el que nosotros hemos nacido, hemos crecido y comemos, de vez en cuando, hamburguesas o nos compramos sudaderas de moda.

Sé que mucha gente piensa, entre otras cosas porque lo ha leído o incluso así se lo han explicado en la escuela, que la prosperidad de la Revolución Industrial se produjo fundamentalmente gracias a la explotación de la masa obrera. Y es innegable que las elevadas tasas de crecimiento de la economía mundial tienen mucho que ver con la elevadísima productividad del obrero decimonónico, que trabajaba doce y trece horas seis días a la semana; y sus salarios de mera subsistencia. Pero esta visión es simplista. A los obreros del mundo los podían haber aplastado con la bota mil veces que, si no hubiera existido este entorno monetario estable y los nuevos instrumentos de liquidez, la economía no se habría desarrollado como lo hizo.

Otra cosa que nos dejó aquella época fue el definitivo liderazgo de Londres como centro financiero, primero mundial y luego europeo, puesto que hasta entonces se había disputado con París y con Amsterdam.

En el comercio mundial, unas BoE se compensaban con otras. Pero, conforme pasó el tiempo, se fue haciendo claro que esta compensación nunca era un juego de suma cero. Los países que exportaban más que importaban acababan por ser superavitarios (es decir, acumulaban derechos de cobro de otros países no compensables con obligaciones de pago hacia dichos países, por lo que al final tenía que haber un pago en oro); mientras que los que importaban más que exportaban tendían a ser deficitarios. Entre los primeros se colocaron cuatro países: Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica. Estos cuatro países operaron como sumidero, pues tendían a acumular el oro mundial por la vía de los pagos no compensados con cobros del resto de los países. En el caso de la Inglaterra, su liderazgo, también incuestionable, en todos los servicios ligados al propio comercio (banca y seguros) acentuaba la situación.

Y aún había un tercer elemento que coadyudaba para ello: el proteccionismo. Como ya hemos contado aquí, aquí y aquí, la industria catalana fue la gran defensora en España del proteccionismo, para lo cual echó mano de un montón de argumentos, el principal de ellos que la libertad de comercio destruía actividad y empleo interior. Los propagandistas catalanes nunca entendieron bien, sin embargo, que el proteccionismo era seriamente lesivo desde el punto de vista del comercio internacional. Al permitir a las economías no competir (por la vía de imponer elevadas tasas aduaneras a las mercancías extranjeras que pudieran haber competido), impulsaba a la economía a seguir produciendo lo que ya producía y no diversificarse. Generando eso que ahora llamamos modelos de producción rígidos, una economía como la española, que era comercialmente deficitaria frente a Inglaterra, tendía a consolidar dicha situación ad eternum. En consecuencia, se generaba un flujo lento pero persistente de oro desde España hacia Inglaterra.

Aún hay que hablar de otro factor más que explica la enorme y neta tendencia natural mostrada por Inglaterra durante el siglo XIX para mantener el oro dentro de sus fronteras: el elevado nivel de inversiones interiores que abordó. La Revolución Industrial fue, también, una revolución de infraestructuras que, en el caso de Inglaterra, se demostró claramente en la construcción, en relativamente pocos años, de una impresionante red ferroviaria. A principios del siglo XX, cada vez que Sherlock Holmes tenía que salir de Londres para resolver cualquier caso, Watson le informa de no menos de tres o cuatro trenes diarios que van a la localidad de destino; signo éste de que el país apostó a tope por el tren, para lo cual hizo falta mucho dinero que en el siglo anterior había salido del país en forma de préstamos. Pero, al mismo tiempo, el país necesitaba, para mantener la estabilidad necesaria para que el comercio rulase, sostener el valor oro de la libra, es decir las famosas tres libras, 17 chelines y 10 peniques y medio por onza. Mantener el valor de la libra en oro, además, era la única manera de que esa tendencia a acumular oro se volviese tóxica para Inglaterra, por la vía de empobrecer en exceso a sus países clientes. Para poder llevar a cabo esto, el Banco de Inglaterra acabó por inventar un mecanismo al que ahora estamos más que acostumbrados: la política de tipos de interés.

Si el Banco de Inglaterra intervenía para reducir la retribución del dinero, la inversión interior se convertía en un destino menos atractivo para el dinero y, por lo tanto, ganaba en atractivo la operativa económica en el exterior. Si el tipo se elevaba, ocurría exactamente lo contrario. Por lo tanto, el Banco de Inglaterra empezó a usar los tipos de interés para equilibrar flujos de salida o de entrada de dinero que pusieran en peligro la paridad oro de la libra.

En 1872 Alemania, que vivía un momento dulce tras haber ingresado reparaciones de guerra, se adhirió al patrón internacional de cambios ideado por Inglaterra. Francia hizo lo propio en 1890. El primero de los movimientos no dio ni frío ni calor en Londres. El segundo acojonó. Al revés que Alemania, Francia era un país superavitario, acreedor y, por lo tanto, con su actuación era susceptible de poner en peligro los movimientos de control realizados por Inglaterra. De hecho, aunque en los primeros años tras la entrada de Francia en el patrón oro pareció que su actuación no tenía efecto, esto fue así tan sólo porque los franceses acumulaban oro, pero eso no afectaba al precio del metal porque había comenzado la producción en masa en el Transvaal surafricano y, por lo tanto, la mayor oferta compensaba la demanda. Pero, con el tiempo, se vería que las tensiones, en realidad, existían.

Tres de los cuatro líderes del comercio mundial estuvieron implicados en la primera guerra mundial. Lo cual hizo que la estabilidad de dicho comercio mundial no fuese un objetivo para nadie mientras duró la guerra. Terminada ésta, Inglaterra había perdido de vista la paridad oro de la libra, así que tuvo que buscar otro elemento de referencia, y lo encontró en el dólar. El día que el gobierno británico dio orden a los banqueros americanos JP Morgan & Co. para que trabajasen en la estabilización de la libra esterlina en 4,77 dólares, comenzó a quedar claro que la moneda americana era el nuevo jefe del patio.

Pero esta decisión inglesa tuvo una consecuencia colateral: el valor oro de la libra cambió. Ahora pasó a ser de 3 libras, 17 chelines y 4 peniques por onza. Se mantenía el patrón oro, pero en un valor distinto. Y es difícil que nos podamos hacer una idea de lo que supuso eso. De repente, todos los valores incluidos en contratos, en cartas de pago, en obligaciones, en hipotecas, habían cambiado.

El elemento más importante que trajo la posguerra fue, como decimos, la eclosión definitiva de Estados Unidos como poder mundial, y del dólar como su expresión monetaria. Y esto tiene muchísima importancia porque la concepción que tenían británicos y estadounidenses de la política cambiaria era radicalmente distinta. El patrón oro inventado por Inglaterra en 1816, y que había durado 90 años, tenía como prioridad mantener el equilibrio del comercio mundial; crear un estándar de valor estable que garantizase las condiciones de las operaciones de importación y exportación. La política monetaria y de cambio americana, como suele ocurrir con la de las naciones sobradamente superiores a las demás, era distinta. Para la administración Wilson y las que vinieron detrás, lo importante no es que los cambios fueran estables en el comercio mundial; lo importante es que las condiciones económicas fuesen estables dentro de los Estados Unidos. O, dicho de otra manera, para los americanos, el dólar debería valer lo que tuviese que valer para poder garantizar estabilidad interna de precios.

Consecuentemente, si el patrón esterlino había protegido a los países deficitarios (compraban más de lo que vendían) de quedarse sin oro y sin recursos, el estándar del dólar pasó de dicha garantía, y se aplicó a la succión de oro. Además, Estados Unidos comenzó a aplicar su política monetaria o de crédito pensando en sus precios interiores: cuando los precios subían, restringía el crédito para que la demanda se agostase y tuviesen que bajar; y lo contrario si bajaban. Como hemos visto antes, la primera política de tipos y crédito, la inglesa se hacía no pensando tanto en estabilizar los precios interiores como en animar el comercio o desinentivarlo, en orden a mantener así la relación de cambios internacional.

A mediados de los años veinte Inglaterra, consciente de que ya no era el jugador líder que había sido, se alineó con el patrón oro basado en el valor del dólar, y lo hizo a una paridad un 10% superior a la real. Esta decisión generó, a partir de julio de 1924, una fuerte situación de deflación, así como una fuerte crisis industrial en el país, creada por la necesidad de los industriales de reducir los salarios en ese 10% artificialmente fijado (puesto que fuera del país nada había cambiado, un exportador que quisiera ser competitivo, tanto como lo era el día antes de la revaluación, tenía ahora que reducir un 10% el valor de su mercancía), lo que generó una gran conflictividad. Los mineros del carbón, tradicionalmente la clase obrera más organizada, fueron los primeros en ir a la huelga en contra de su rebaja de salario. En términos muy gruesos, la decisión tomada por Inglaterra fue colocar la prosperidad productiva del país en manos de un país para el cual la prioridad en materia de política cambiaria era mantener su propio sistema de precios y que, por lo tanto, evitaría cualquier medida que los pusiera en peligro.

En agosto de 1928, la situación grave creada ya por el sumidero de oro americano, pues Estados Unidos absorbía reservas de los países deficitarios a una gran velocidad, se agravó con la entrada en juego de Francia. El país vecino se adhirió al patrón oro, con lo que introdujo en dicho sistema su moneda, intensamente devaluada y, sobre todo, eso que los ingleses denominaron «un complejo nacional de acaparamiento», que llevaba al francés medio a desechar cualquier otra forma de ahorro que no fuese acumular monedas y billetes y monedas y billetes. Ahora, pues, ya no había un sumidero de oro. Había dos.

Finalmente, lo que pasó es que el ticket Estados Unidos-Francia (y otros países gustosos de su política; nosotros los españoles, sin ir más lejos, teníamos en tiempos de la república unas superreservas de oro, que conformaron el famoso oro de Moscú) secó de oro a los países deficitarios, debilitándolos. Además, esta política agostó el mundo financiero, pues generó todo un movimiento a la francesa, en el que la gente dejó de ahorrar a través de instrumentos financieros y comenzó a acaparar numerario, agravando el sistema.

Así pues, la visión del crack del 29 como algo que llegó de la nada queda bien para películas de serie B, pero no casa con la realidad. La crisis del 29 estalla en un mundo que tiene serios problemas de liquidez, serios problemas de relación de cambio. Un mundo cuyo líder, Estados Unidos, ha olvidado desde hace cosa de diez años que toda política monetaria debe ser global; que, por decirlo coloquialmente, para poder seguir siendo fuerte hace falta que las naciones que comercian contigo sean lo suficientemente fuertes como para poder comprarte. Cuando en 1929 Estados Unidos entra en una crisis de superproducción, así pues no encuentra en su mercado interior clientes suficientes para su producción, mira al exterior. Pero todo lo que encuentra en el exterior es un montón de países que hace tiempo que le han pagado el último mango que tenían, así pues poco le pueden comprar. Esto es lo que convierte a la crisis del 29 en una crisis global de las proporciones que tuvo.

Podríamos pensar que, con aquella gravísima crisis, el mundo aprendió la lección. Pero no es verdad. Ejemplos de países ingresados en sistemas monetarios a paridades artificialmente altas, generando con ello serias crisis a medio plazo, ha seguido habiéndolos. Y, si queremos buscar ejemplos de países líderes desempeñándose en el mercado cambiario internacional con notable egoísmo y arrastrando con ello a todos los demás a una seria crisis, no tenemos más que mirar a la actitud de Alemania y el Bundesbank en los primeros años noventa, cuando el Sistema Monetario Europeo se fue a tomar por culo.

El patrón oro, pues, terminó sus días alimentando los gérmenes de la crisis económica más profunda de que tenemos noticia. Después de eso, no se ha vuelto a levantar. Ni ganas.

viernes, julio 24, 2009

Little quiz: El padrino (I parte)

¿Tiene sentido hablar de una serie de películas en un blog sobre Historia? En mi opinión, sí. El cine es cultura. Bueno, vale, el cine bien hecho es cultura. Y la trilogía de The Godfather, además de estar bien hecha, está íntimamente vinculada a la historia de América. Y, desde luego, tampoco podemos olvidar la importancia creciente que el cine ha adquirido dentro del panorama cultura de este siglo y el pasado. Hoy en día, en realidad, tan importante y relevante sería que los maestros hagan a sus alumnos leer según qué libros como que les hagan ver según qué películas.

La saga de la familia Corleone conjunta muchos elementos de gran interés. En primer lugar está la historia en sí, que es un trasunto, un tanto truculento cierto es, de hechos muy reales que condicionaron la Historia de los Estados Unidos durante el siglo XX. Luego está la personalidad arrolladora de su director, Francis Ford Coppola, que, entre otras cosas, ha hecho que algunos de los mejores actores masculinos de las últimas décadas hayan trabajado para él (Brando, Pacino, De Niro, Duvall... lo cierto es que The Godfather no es un sitio pensando para que brillasen las actrices). En tercer lugar, debemos tener en cuenta el hondo impacto social que generaron las películas, especialmente la primera y la segunda, que convirtieron la saga en un fenómeno de masas. A mi modo de ver, de hecho, la mitomanía cinéfila tiene dos grandes atractores, que son la saga de los Corleone y la saga de los Skywalker (Star Wars). ¿Tendrá algo que ver que Coppola y George Lucas sean amigos íntimos desde hace muchos años?

Así que he pensado en escribir un poco sobre el asunto... no sin antes provocaros un poco. Aquí tenéis, para el fin de semana, un pequeño quiz en torno a The Godfather, la primera película de la saga. Si no habéis visto la peli o la visteis una vez y no la recordais, este post no es para vosotros. Pero si habeis visto la peli con atención, tal vez pilleis alguna ;-P Y luego siempre queda internet, claro.


Vamos allá con las preguntas. Por delante digo que me parecen dificilillas.

1.- Francis Ford Coppola dudó entre dos actores para el papel de Vito Corleone. Uno, lógicamente, era Brando. ¿Cuál era el otro?

2.- La Paramount prefería que Brando se quedara fuera. Para cuando se rodó la película, ya tenía fama de actor caprichoso y difícil de gobernar. Decidieron ponerle tres condiciones para poder hacer el papel. Dos de ellas eran de contenido económico y, aunque duras, eran aceptables por parte de Brando. Pero la tercera fue pensada para que se negase en redondo. ¿Cuál fue esa condición?

3.- James Caan no es italiano de origen. Sin embargo, no sólo se llevó el papel de Santino Sonny Corleone, sino que Coppola incluso pensó en él para el papel de Michael. ¿Por qué era tan convincente en el papel un descendiente de alemanes?

4.- Ya puestos: ¿por qué el segundo nombre de Coppola es Ford?

5.- ¿En qué escena de la película trabajan juntos de extras Italia y Carmine Coppola, padres del director?

6.- ¿Qué actor de la película tuvo antes de hacerla el absurdo nombre artístico de Chief Chikawicky?

7.- ¿Qué profesión tenía Morgana King antes de interpretar a la mujer de Vito Corleone? Y, ya para nota, ¿quién la recomendó para la película?

8.- Coppola dudó mucho antes de darle a Diane Keaton el papel de Kay Adams. Una de las razones era que Keaton sólo había hecho comedia hasta entonces y se desconocía su registro dramático. Pero la segunda razón tiene que ver con su relación con Al Pacino en el film. ¿Cuál era esa otra razón?

9.- ¿Cuántas personas resultan disparadas en la película?

10.- En la escena en la que Michael se mete en una cabina telefónica y llama a su casa para enterarse de que su padre ha sido herido, hay un detalle de mala ambientación que, de hecho, hace imposible que dicha escena esté ocurriendo en el año en que se supone que ocurre. ¿Cuál es ese detalle?

11.- ¿Por qué, en la primera escena de la película, Vito Corleone tiene un gato en el regazo, gato que no vuelve a aparecer en otras escenas?

12.- ¿Cuál fue la razón que puso Brando para meterse, antes del primer ensayo de su papel, unos kleenex en los carrillos, dando a su rostro el aspecto de la película?

13.- Se da la circunstancia de que en esta primera película hay un judío que hace de italiano, y un italiano que hace de judío. ¿Qué dos actores/personajes son?

14.- ¿Qué es en realidad la impresionante mansión donde vive Wolf, el productor de Hollywood?

15.- En la escena en la que Clemenza enseña a Michael a cocinar, hay una discrepancia entre la receta que Mario Puzo escribió en el libro y la que Ford Coppola reescribió en el script. Los gastrónomos suelen decir que el cambio hecho por Coppola, lejos de mejorar el plato, lo destroza. ¿Cuál es ese ingrediente?

16.- ¿Quién y por qué decidió que Vito Corleone tuviese la voz susurrante que se hizo archifamosa?

El lunes tendréis el último post del oro. Y, luego, atacaremos con esto.

miércoles, julio 22, 2009

El oro (2)

Al comienzo del siglo XVIII, cualquier economista se hubiese descojonado si le hubiesen planteado la posibilidad de la desaparición del patrón plata. Sin embargo, el vídeo estaba a punto de comenzar a matar a la estrella de la radio, y a hacerlo desde un flanco totalmente desconocido: la prosperidad.

La entrada en juego en serio de Inglaterra como potencia colonial, unida a los muchos avances que trajo el siglo XVIII, el último de los cuales sería el estallido de la Revolución Industrial, cambiaría totalmente la faz de la economía mundial. Para las metrópolis, hasta entonces, las colonias habían sido tierras de explotación. Pero en el siglo XVIII, Inglaterra y, en menor medida, Holanda, comenzaron a verlas como tierras de comercio. Tierras a las que no sólo se les podía comprar, sino también vender. Por otra parte, la mejora de las comunicaciones y el transporte permitió mejores y más frecuentes flujos comerciales entre las propias naciones europeas.

El siglo XVIII es el siglo de las compañías británicas coloniales, como la Compañía de Indias, que suponen el primer ejemplo serio de inversión extranjera. Las presencias británicas en el exterior invertían fuertes sumas en factorías, plantaciones, etc., y todo eso había que financiarlo. Lo cual quiere decir que toda esa actividad comenzó a demandar dinero. Si de un solo grifo se llenaba antes una piscina (Europa) y ahora se llenan dos (Europa y el resto del mundo), está claro que o abrimos más o durante más tiempo el grifo o, con la misma agua, la primera piscina no podrá estar igual de llena. Esto exactamente es lo que le pasó a las monedas de plata inglesas: comenzaron a viajar fuera del país, en tales cantidades que ya en 1774 se consideraba imposible mantener un sistema monetario basado en la plata.

No fue el oro el que mató a la plata. Fue la prosperidad, sus consecuencias, y la invención del papel. Los billetes de banco se inventan o reinventan (y digo reinventan porque al parecer los chinos ya los tuvieron) en Suecia, en 1658. En 1694, el Banco de Inglaterra fue autorizado a emitir compromisos de pago en papel (no otra cosa es un billete; los antiguos de pela decían: «El Banco de España pagará al portador...») contra los intereses de la deuda pública británica. Incluso aparecieron otro tipo de billetes, los llamados Exchequer Bills, que eran, por lo que he podido saber, un híbrido entre billete y pagaré, pues tenían plazo de vigencia y devengaban intereses durante el mismo.

Ya sé que lo que mola es escribir posts antiglobi y tal. Pero lo cierto es que lo más parecido a la globalización que tuvo el mundo en el siglo XVIII, que fue el desarrollo del papel moneda y los créditos bancarios, salvó a ese mismo mundo de seguir siendo el mismo mundo que había sido hasta entonces, con crecimientos lentorros y una inmensa mayoría de personal viviendo igual, incluso peor que los cerdos y las vacas. Estas innovaciones financieras hicieron posible que la inversión creadora de riqueza superase las fronteras del puto pueblo de cada uno y llegase a cualquier rincón de la Tierra conocida. Pero, claro, también había una ley de oro: en algún momento, todos esos papeles debían ser abonados en lo que los británicos llaman hard cash. Nosotros decimos en pasta gansa. Como Inglaterra no exportaba lo suficiente como para recibir pasta de otros países en suficiente magnitud para financiar esas inversiones, necesitaba acopiar dinero para dichos pagos. Lo cual tenía a secar el sistema. Para colmo, las constantes entradas de oro en el mercado, pues en aquellos tiempos se intensificó su extracción en las minas brasileñas, tendió a poner el valor en la calle de la guinea por debajo de su valor real.

Mientras la política monetaria inglesa estuvo inspirada en la estrategia diseñada por Newton en 1717, la plata fue sin duda el estándar. Newton creía hasta el fondo en el patrón plata, pero, en los años tras su muerte, la situación evolucionó de una forma tan rápida y angustiosa que Conduitt, su sucesor al frente de la Casa de la Moneda, ya no estaba tan seguro de que se pudiese defender un patrón basado en el valor plata de la libra esterlina. De hecho, Conduitt puso en marcha una nueva política, que ha sido muy a menudo resumida con la frase «dejemos que sea el metal más fuerte el que gane». En el marco de esta política, se abandonó la estrategia newtoniana, basada en modificar el valor en plata de las monedas de oro (o sea, su peso) para así defender la plata, y se permitió la libre circulación internacional de las monedas de este último metal, a sabiendas de que en muchos países, como Francia, las monedas de plata eran el medio más usado para los pagos de comercio y, consecuentemente, la masa monetaria en plata se reduciría rápida y drásticamente. Como no tenía sentido llenar ese agujero con más plata (todo lo que haría sería salir por la puerta), se llenaba con emisiones de guineas. En unas pocas décadas, todas las monedas de plata de calidad habían desaparecido de la circulación.

A finales del siglo XVIII, por lo tanto, Inglaterra estaba, de hecho, en un patrón oro, pues su sistema monetario estaba petado de guineas. Y, además, las monedas de este tipo mostraban una mayor estabilidad en su precio de lo que lo habían hecho las de plata. A partir de 1770, además, la última esperanza de la plata se desvaneció. Hasta entonces, la plata había sido necesaria para pagar la inversión exterior porque Inglaterra, como hemos dicho, no exportaba lo suficiente como para obtener recursos y compromisos de pagos que equilibrasen las necesidades de esas inversiones. Pero en 1770, más o menos, comienza la Revolución Industrial. Inglaterra comienza a producir más que nadie, y a mejor calidad que nadie. Lo cual quiere decir que empieza a ponerse las botas a base de vender. A partir de ese momento, Inglaterra ya no necesita la plata para nada.

Como hemos dicho antes, la guinea era una moneda de oro que, a causa de la producción de oro relativamente fuerte que ya había en el mundo (y la demanda relativamente pequeña, pues la mayoría de los países seguían en el patrón plata), tenía un valor facial superior a su valor de mercado. Eso, sin embargo, cambió con la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, pues distorsionaron la producción y dispararon el precio del oro (el oro tiene cierta tendencia a disparar su precio siempre que hay guerras gordas, o no tan gordas). El hecho de que la guinea fuese el referente más estable del mundo monetario, mucho más que las monedas de plata, hizo que fuese acaparada y, de hecho, prácticamente desapareció en poquísimo tiempo. En 1790, se estimaba en Inglaterra una masa monetaria en guineas de oro de unos 25 millones de libras. Siete años después, el Banco de Inglaterra suspendía pagos, pues no le quedaban monedas con que pagar.

La suspensión de pagos de 1797 fue traumática para Inglaterra pero, en el fondo, le vino de coña, porque le dio la ocasión y el momento para reformar su sistema monetario. Hasta entonces, las dos experiencias positivas que se habían vivido eran: la consolidación de un estándar de valor, la libra esterlina; y la relativa estabilidad del precio de la guinea, o sea del oro. Se trataba de combinarlas las dos. La reforma fue profundísima, quizá la reforma monetaria más profunda en la Historia del mundo, de momento. La plata fue definitivamente abandonada como metal utilizado para definir la unidad de cuenta y para la acuñación. La libra esterlina, cuyo valor hasta entonces se había definido en plata, pasó a definirse en oro, concretamente 3 libras, 17 chelines y 10 peniques y medio por onza. La guinea, que no tenía este valor exacto, fue abolida. En su lugar, se emitió una nueva moneda, el soberano. El soberano equivalía a una libra esterlina.

Quizá resulte difícil, pero es importante captar lo intensamente revolucionario del cambio. El nuevo estándar de medición de valor y riqueza, la libra esterlina, ya no se definía según un determinado peso en plata, como antiguamente. Ahora se definía con oro. Pero no se definía con el peso de una determinada cantidad de oro, sino con su valor. De esta manera, la política monetaria pasaba a estar directamente conectada con el mantenimiento de dicho valor. Se sustituyó un valor enormemente volátil (el de la plata) por otro que se suponía estable, que debía permanecer estable. Por eso, en 1816, que es cuando se produce este cambio de enormes proporciones, la primera medida que se toma es reiniciar los pagos del Banco de Inglaterra. El Banco comienza a pagar los efectos que debe pagar pero, como está ya en un patrón oro, paga con oro. Las monedas de oro empiezan a circular; se corrige su escasez. De esta manera, el oro, cuyo valor de mercado estaba por encima del estándar de la libra, se iguala con éste rápidamente.

La reforma de 1816 inventa también otra cosa que hoy es fundamental para el funcionamiento económico: la intervención de los bancos centrales. En el marco de la reforma, se decreta la libre exportación e importación de oro a y desde Inglaterra, para evitar la formación de niveles de precio ficticios. Y, lo que es más importante, se establece que el Banco de Inglaterra comprará todas las cantidades de oro que se le ofrezcan al precio de 3 libras, 17 chelines y 10 peniques y medio por onza. De esta manera, si el oro se separaba del estándar por arriba, el Banco de Inglaterra enchufaría en el mercado contingentes de oro a su valor oficial, bajando el precio; y si bajaba, los poseedores de oro lo venderían al Banco de Inglaterra el cual, obligado a pagar el estándar, les procuraría un beneficio, pero también acabaría forzando la subida de precio del metal.

Los desarrollos financieros, además, sirvieron para que esta novedad histórica (nunca, hasta 1816, conoció el mundo la estabilidad en las relaciones de cambio de las monedas) se extendiese a todo el mundo. El gran instrumento difusor fue lo que lo ingleses llaman Sterling Bill of Exchange.
La BoE es un instrumento financiero que transfiere la responsabilidad de financiar el valor de una mercancía exportada o importada durante el periodo en que dicha mercancía estaba en tránsito, así pues no ha sido abonada por el comprador. Quienes aceptan dicha responsabilidad son bancos o casas financieras especializadas. El exportador, en el momento de la venta, recibe una BoE pagadera en el futuro, por ejemplo 90 días. Nada más salir el barco, va a su banco y la descuenta, es decir cobra su importe menos una comisión. El banco toma el título y lo coloca en el mercado secundario, en el que, habitualmente, es adquirido por el agente del importador de la mercancía a cambio de pagar una determinada cantidad de oro en algún momento prefijado. Como puede verse, estamos ante la invención del instrumento financiero que permite hacer líquidos los ingresos y pagos de una operación antes de que la operación misma se perfeccione, incrementando de esta manera la velocidad de circulación del dinero y, por lo tanto, su capacidad de financiación.

Pero como el pago último se hacía en oro, para que esta operación, que tardaba meses en perfeccionarse, fuese posible, era necesario que el valor oro permaneciese estable. Con la generalización de las BoE, por lo tanto, no fue Inglaterra, sino el mundo entero quien adquirió interés en la estabilidad del patrón oro.

A principios del siglo XVIII, los economistas se hubieran descojonado ante la posibilidad de la desaparición del patrón plata. A mediados del XIX, sus bisnietos economistas también se descojonaban, pero esta vez si alguien les decía que algún día desaparecería el patrón oro. En su percepción, el oro era la referencia eternamente estable que el mercado monetario mundial necesitaba. Si sus bisabuelos se equivocaron, ellos no.


Pero se equivocaban.

martes, julio 21, 2009

La vida de Chorlito

Just a respite...


La vida de Chorlito comienza cuando tenía 8 años. Ese día, sus padres tenían que ir a visitar a un tedioso pariente al que Chorlito odiaba: su tía Abigail. Él dijo que no quería ir. Sus padres dijeron que tenía que ir. Chorlito se puso a berrear, a llorar y a gritar. Entonces comenzó la negociación. Primero, sus padres intentaron razonar con él: tu tía te quiere mucho, hay cosas que hay que hacer, etc. Pero Chorlito no se movió ni un ápice. Entonces su padre le ofreció un trato: si les acompañaba sin rechistar, ese fin de semana le llevaría a Faunia. Chorlito aceptó.

Ese día, Chorlito aprendió dos cosas. Una, que todo es negociable. Otra, que hasta la mayor de las gilipolleces del mundo tiene valor, y en ocasiones un valor inusitadamente elevado. Porque una entrada en Faunia, que lleva anexos un helado de fresa, pipas, una comilona de pizza y algún que otro regalito, sale por una pasta.

Un día, cuando Chorlito tenía diez años, un compañero de clase le cogió de la taquilla unos cromos de futbolistas. Cuando Chorlito los quiso recuperar, el amigo pretendió hacer valer que ésos no eran los de Chorlito, sino suyos. La respuesta de Chorlito fue arrearle una hostia a su compañero y saltarle sangre en la nariz.

Los profesores anunciaron a Chorlito que iban a llamar a su madre. En ese momento, Chorlito aprendió otra lección importante: en la vida, cuando das una hostia, te contestan inmovilizándote. Pero no te contestan como en el mundo infantil del que él provenía, es decir: devolviéndote la hostia.

Cuando llegó la madre de Chorlito le echó una bronca de la leche en el pasillo. Pero no le arreó ninguna hostia, con lo que Chorlito siguió considerando que, en la transacción, había un beneficio para él; tenía los cromos y además había arreado una buena hostia. Además, como la puerta del jefe de estudios se quedó entornada, escuchó con claridad a su madre preguntar, con malos modos, cómo era posible que las taquillas de los alumnos no tuviesen candados para impedir los robos.

Así pues, Chorlito acabó aprendiendo de aquella anécdota que él era un justiciero que había reclamado lo suyo, y su compañero, el de la nariz escachiforciada, un ladrón que con toda probabilidad se merecía lo que le pasó.

Cuando Chorlito aún tenía 11 años, sus padres se separaron. Eso cambió su ritmo de vida y también cambió a sus padres. Su padre siempre había sido sanguíneo y visceral; desde que Chorlito tiene memoria, lo recuerda al volante de su coche, motejando a todo aquél que no circulaba como es debido de gilipollas, hijo de puta, cabronazo, y otras expresiones de parecido jaez. Pero ahora ya no se trataba de la gente que se saltaba un ceda el paso. Se trataba de su madre, y de su padre. A todas luces, sus padres trataban de mantenerlo aislado de las cosas que decían. Pero es que sus padres, como todos los padres, no eran conscientes de las cosas de las que se entera un niño pequeño; que es pequeño, pero no gilipollas.

Así pues, Chorlito, que de alguna manera aún estaba en la edad en la que se adora a los padres, comenzó a escuchar cómo esos mismos padres se ponían de vuelta y media entre ellos. El gran clásico era la llamada al móvil de la madre en las últimas horas que le tocaban a su padre de estar con él; esa típica llamada de cuándo lo vas a traer, viene cenado, viene bañado, qué. El tono de su padre en la conversación lo decía todo. Y luego, los comentarios en voz baja al colgar. Al principio, sólo suspiros. Con el tiempo, palabras cada vez más gruesas. Hasta que, con el tiempo, su padre acabó por utilizar al colgar los mismos epítetos que siempre había dedicado al resto de conductores.

Por su parte, su madre, en los momentos en que estaba en casa tomando café y fumando con sus hermanas o sus amigas, solía hablar del padre de Chorlito. Delante del niño nunca lo citaba, pero a Chorlito le costaba medio segundo decodificar las miradas de presunta inteligencia que las contertulias se lanzaban al referirse a él para darse cuenta de que estaban hablando de su padre. Con apelativos bien parecidos a los que él utilizaba tras colgar el móvil.

Esto le sirvió a Chorlito para darse cuenta de que la violencia es una forma de relación, incluso entre quienes se aman, o se amaron. También aprendió que insultar no puede ser algo deplorable, pues las personas menos deplorables del mundo, sus padres, lo hacían constantemente, y refiriéndose el uno al otro.

Con trece años, le llegó a Chorlito la hora de estudiar medio en serio. Hasta entonces, la escuela le había dado la impresión de ser un sitio donde siempre se estaban repasando conocimientos ya conocidos, con alguna que otra novedad. Ahora, sin embargo, las novedades comenzaron a multiplicarse. El colegio compró los libros con que Chorlito tenía que estudiar. Los recibió nuevos el primer día de clase y, automáticamente, se aplicó a pintarrajearlos y dibujar imágenes, normalmente obscenas, por las esquinas en blanco del libro. Un profesor que le vio un día le regañó por guarrear el libro. Pero para entonces Chorlito ya había aprendido, a base sobre todo de centenares de negociaciones varias con sus padres, que al final, si aguantas un poco la brasa y la moralina de los cojones, acabas haciendo lo que te sale de los huevos. Aquella vez no fue una excepción: cuando el profesor se cansó de argumentar con él o simplemente se fijó en otra cosa, lo dejó en paz, y él siguió pintando en su libro.

Ese mismo profesor, en clase, les iba explicando la materia y, en cada momento, les señalaba la frase exacta del libro donde se describían las explicaciones. Chorlito aprendió pronto que estudiar consistía en demostrar que se habían leído esos subrayados. Demostrar que se habían leído, no que se hubieran comprendido o asimilado. Así, en el examen de lengua, repetía por escrito la frase de la página 76, según la cual la poesía del Movimiento Tal era «lírica y centrada en los problemas morales del hombre»; frase de la que entender, entender, lo que se dice entender, entendía más o menos un 30% de las palabras. Pero para él, examinarse era demostrar que se había leído la tal frase y se recordaba. Un día, la profesora de literatura les hizo leer en voz alta un poema del Movimiento Tal y trató de que los chicos explicasen qué quería decir la frase de la página 76 del libro aplicada a aquel poema concreto. No lo consiguió. A la semana siguiente lo intentó de nuevo, otra vez sin éxito. A la semana siguiente, ya estaban dando otra unidad.

Con trece años, Chorlito tenía sólo dos obsesiones: follar y pillarse una buena curda. En su mundo, las clases sociales se dividían prácticamente así: los vírgenes y abstemios, prácticamente personajes de ficción; los vírgenes bebedores, normalmente chicos poco agraciados o directamente guarros; los abstemios folladores, una estricta élite de chicos deportistas que cuidaban el cuerpo; y los bebedores folladores, la inmensa mayoría de creer sus relatos.

Cada vez que Chorlito se sentaba en casa frente al televisor a ver alguna de sus series de adolescentes preferida, aprendía que para triunfar en la vida hay que conseguir ser un bebedor follador. Factor común tabaco, obviamente, porque, desde luego, con trece años Chorlito había empezado a fumar, porque lo de no fumar es para deportistas, venusianos y algunos, no todos, ni siquiera la mayoría de los asmáticos. El día que su madre descubrió que Chorlito fumaba le quitó el tabaco y el mechero y los tiró a la basura; pero la segunda vez que se lo encontró, comenzó la negociación. Tal y como Chorlito había previsto, el resultado final del pacto fue, básicamente, que no fumase en aquellos lugares donde estaba su madre o estaba con su madre.

Chorlito sigue viendo la tele. En la tele, los bebedores folladores consumen más minutos de pantalla que nadie. Argumentalmente hablando, son los personajes más netos, los interpretados por los actores más populares o atractivos. Además, los bebedores folladores de la tele pueden ser malos, pero siempre el argumento se preocupa de dejar claro que hay alguna buena razón para que lo sean; son cabrones, pero cabrones con corazoncito. Y, a estas alturas de la vida, Chorlito ya ha aprendido que si tienes una razón de peso para ser un hijo de puta, estás perdonado. El malo no eres tú, sino tu pasado, o la sociedad que no te entiende, o sabe Dios quién; cualquiera, menos tú.

Así pues, Chorlito aprende con rapidez que hay que ser bebedor follador para estar en la casta adecuada. Todo eso requiere tiempo. Como el que tienen los personajes de la tele, a los que Chorlito ve pasar aventuras por la mañana, por la tarde, por la noche y en la madrugada, sin que exista la menor apariencia de que su vida esté constreñida por la más mínima regla. En la vida real, todo ese asunto de los horarios es, en realidad, muy fácil. Igual que lo de la visita a la tía coñazo aquélla de cuanto tenía ocho años. Todo consiste en dar la barrila hasta que la figura de autoridad, en el caso de Chorlito su madre, entra en la dinámica de negociar. Negociar, ya de por sí, supone establecer un mismo nivel para dos personas que antes estaban a distinto nivel. Chorlito, además, tiene la ventaja de tenerlo mucho más claro: para él, el beneficio alternativo tiene que superar a la putada de no dejarle salir. La que da la orden es su madre pero, de alguna manera, es él quien decide. Entre otras cosas, porque ahora es él quien domina los tiempos. En una orden, el que manda dice cuándo se ha acabado la discusión. Pero una negociación no termina hasta que los dos negociadores están de acuerdo en que termine. Así pues, todo consiste en prolongar las conversaciones hasta que la otra parte se canse.

En un viaje del colegio, a Chorlito y un grupo de amigos los pillan haciendo un botelloncito en una habitación del hotel. A la vuelta del viaje, los echan tres días. Chorlito no puede creerlo. Es como castigar a un asesino regalándole un Cadillac.

Con 16 años, Chorlito se enfrenta un día a su profesor en plena clase. El maestro les ha dicho que son todos unos vagos y Chorlito, que está opositando a líder de la manada, se levanta y le dice que a él no le insulta un puto reprimido de mierda. El maestro le dice que no le consiente que le hable así. Chorlito abre los brazos y le dice que qué va a hacerle, provocándolo. Y no le falta razón. Haciendo uso del derecho comparado, si un botellón en un viaje de paso del Ecuador vale tres días, llamarle a un profesor reprimido de mierda tiene que valer más o menos salir de clase y dar una vuelta a la manzana. Eso Chorlito lo sabe y, además, sabe otra cosa: que su profesor también lo sabe.

En consecuencia, se vuelve hacia sus compañeros y los solivianta. Todos se ponen contra el maestro. A duras penas, el profesor los acalla. Se marcha y vuelve con el jefe de Estudios. Tras veinte minutos de caótica explicación por parte de los alumnos de lo que ha pasado, explicación liderada por Chorlito, el jefe de estudios entra en la fase de negociación. Chorlito se frota las manos metafóricamente. Ya está en su terreno. Lleva la mitad de su vida negociando, y ganando las negociaciones a la postre. Ésta no es una excepción. El gran argumento de Chorlito es obvio: el profesor insultó primero. Siguiendo una técnica que tiene ampliamente depurada, de esta forma Chorlito consolida una doble argumentación: en primer lugar, establecer la relación entre el maestro y los alumnos como lo que es, es decir una relación entre iguales; en segundo lugar, colocar el hecho de que un maestro diga que sus alumnos son unos vagos y el hecho de que un alumno apele a un profesor de puto reprimido de mierda al mismo nivel de gravedad.

Chorlito sabe bien que la mejor forma de que un menor gane una negociación es conseguir que todos los argumentos se igualen. Y no se equivoca. El jefe de estudios no desautoriza a su compañero profesor; pero tampoco desmiente con efectividad el argumento de que fue el primero en insultar. Finalmente, la solución es hacer como que nada de esto ha pasado. Pero sí ha pasado para uno, que es el maestro: ya no puede volver a llamar vagos a sus alumnos, pues eso sería reincidir en un error. Por lo que se refiere a los alumnos, saben que, si vuelven a llamarle puto reprimido de mierda, pasarán una de dos cosas: o un castigo leve (recuérdese el derecho comparado); o una nueva negociación.

Este Chorlito es el Chorlito que cualquier noche de su vida se va a un botellón a cualquier parque, observa a una titi que le hace tilín, se le acerca y, cuando ella lo manda a la mierda, se dedica a beber más, ponerse al borde del coma etílico, seguirla cuando se marcha a su casa de madrugada, trincarla en un rincón solitario del parque y violarla. ¿Por qué? Pues por razones cuatro:

1) Porque lo que quiere es follársela. Y a Chorlito lo que le ha enseñado la vida es a hacer lo que quiere.

2) Porque no tiene sensación de proporcionalidad de las acciones. Para él, violar a una tía es hacerla suya. Goger un polvo. Como ha cogido y hecho suyas un montón de cosas en los últimos diez años de vida, empezando por los cromos, siguiendo por el derecho a ver la tele hasta las doce, siguiendo por el derecho a fumar, siguiendo por el derecho a salir hasta la madrugada, etc., etc., etc. Si nunca ha tenido problemas para tomar todo eso, ¿por qué va a ser problemático echarle un cañete a una tía que no quiere follar con él?

3) Porque no tiene sensación de que sus acciones tengan consecuencias. Ni para él, ni para los demás. El día que insultó al maestro, Chorlito reflexionó exactamente dos nanosegundos sobre la posibilidad de que al maestro aquel insulto pudiera afectarle de alguna manera. Chorlito es un bebedor follador; el resto del mundo, los que no lo son, son pringaos. Y nadie piensa en los sentimientos de los pringaos.

4) Porque no se siente responsable. La vida le ha enseñado que todos los problemas terminan en negociaciones. Ha negociado tanto a lo largo de su vida que sabe ganarlas hasta dormido. No problemo. Si alguien se mosquea por la violación, ya negociará.

Eso sí: que nadie se altere, porque a Chorlito le han explicado, mil veces mil veces, tres cosas:

1) La importancia de no ser racista.

2) La importancia de respetar las opciones sexuales.

3) La importancia de conservar el medio ambiente.

Sic transit gloria mundi.

lunes, julio 20, 2009

El oro (1)

Una de las mamoneces más al uso últimamente es la comparación, o mejor dicho el pretendido paralelismo, entre la actual crisis económica y la denominada crisis del 29. Hay muchas razones para sostener que ambas crisis se parecen poco, o nada. Pero en este artículo, o pequeña serie de artículos que aquí voy a tratar de bosquejar antes de que llegue el mes de agosto y la hora del silencio, me voy a centrar en uno. Un aspecto en el que la situación de 1929 y la situación actual no se parecen demasiado, por decirlo elegantemente. Me refiero al aspecto monetario.

Algo hemos escrito ya sobre el tema, aunque quizá centrado en el momento inmediatamente posterior a la crisis del 29 y la segunda guerra mundial. Esto, de alguna manera, enmascara una historia muy interesante, o al menos a mí me lo parece, que es la historia del patrón oro. Para contar la historia del patrón oro tendremos que centrarnos en un país que no es el nuestro: Inglaterra. Nosotros los españoles, ciertamente, hemos nadado en metales preciosos; pero éstos eran plata y no oro fundamentalmente y, además, en la era en que la convertibilidad de las monedas comenzó a preocupar a los economistas ya no decíamos gran cosa en el mundo económico. No obstante, os aseguro que la historia monetaria de España, notablemente en el siglo XIX, también es en sí misma muy interesante, así pues prometo contárosla cualquier otro día que os pille despistados. Pero hoy os voy a empezar a contar la historia monetaria inglesa. Una historia interesante en la que intervienen personajes como sir Isaac Newton. Para los más viejos: el de la manzana. Para los más jóvenes: el del Código da Vinci.

Vayamos a por ello, pues.

En el principio no fue el oro, sino la plata. Al principio de los principios, cuando sólo existía el trueque, lo que hacían las personas eran cambiar su riqueza. Tomaban su riqueza, por ejemplo en maíz, y buscaban alguien que tuviese riqueza en muebles para cambiar el maiz por una mesa de comedor. Pero muy pronto, el hombre fue tan rico que no pudo ir con su riqueza a cuestas; y, al mismo tiempo, ambicionó conseguir cosas que valían suficiente riqueza como para que no pudiese ser transportada por facilidad. Es en ese momento cuando nace del dinero. El dinero es como la imagen en un espejo: no eres tú, pero se te parece lo suficiente como para que a tu abuela, con ver la imagen del espejo, le baste para saber que eres tú el que está ahí. El dinero representa riqueza y es riqueza en sí mismo; aunque hoy, en realidad, ya sólo la representa, pues el valor real de las moneditas que llevamos en el bolsillo es muy pequeño.

Para poder acuñar dinero, fabricar dinero, hacía falta algo que existiese en suficiente abundancia como para poder representar toda la riqueza pero que, al mismo tiempo, no fuese tan común como para que cualquiera lo pudiese tener. Una economía basada en monedas de mierda, dicho sea en sentido literal, sería hiperinflacionaria y colapsaría en la ineficiencia, puesto que todo el mundo suele producir unas cuantas decenas de gramos de mierda diarios, distribuidos en entre una y tres entregas como media. Así pues, todo el mundo sería rico o más exactamente, podría ser rico en cuanto quisiera: le bastaría con sentarse a cagar.

Muy pronto en la Historia del hombre se llegó a la clara conclusión de que los metales preciosos, el oro y la plata, eran ideales para esta movida. En un principio, como digo, la plata tuvo más importancia, por ser un mineral relativamente más común que el oro, sobre todo en las zonas del mundo más civilizadas en aquellos primeros siglos.

Los ingleses, desde los tiempos de los reyes normandos, habían adquirido la costumbre de denominar a su penique de plata con el calificativo de esterlino, en inglés sterling o, más antiguamente, easterling. El penique de plata era tan común en la vida monetaria inglesa que su plural, sterlings, pasó a denominar a las monedas de plata en general.

La libra, como sabréis también, es una medida de peso, que importa más o menos la mitad de un kilo; si crees estar gordo, espera a que te den tu peso en libras, y ya verás la depre que te pillas. La libra esterlina, por lo tanto, se corresponde con el término de una libra de esterlinas, esto es, una libra de peniques de plata o de monedas de plata en general. Éste es el origen de la moneda que aún hoy manejaréis si os vais a Londres a pasar el rato o a vivir. Originalmente, la libra esterlina era un peso: medio kilo de monedas de plata. Con los años, el valor en sí se divorció del peso, y libra esterlina pasó a denominar únicamente dicho valor.

La guerra de las Dos Rosas, auténtica guerra civil inglesa que dejó el país que daba pena, supuso un colapso económico de grandes proporciones. En realidad, sólo algunas monedas de plata y oro sobrevivieron a la catástrofe, debido a su amplia difusión previa; en el caso de la plata, el penique y la denominada groat, que equivalía a 4 peniques; y en el del oro, el noble y el ángel.
El séptimo de los reyes de Inglaterra llamado Henry, el primer rey Tudor, introdujo el chelín y el soberano. Era necesaria esta introducción para poder simplificar la contabilidad de las operaciones. Las personas se habían acostumbrado a tomar la libra esterlina como medida de valor; en ese momento, la libra, debéis entenderlo, no era una moneda, sino un determinado valor. Las monedas existentes eran fracciones incómodas de la libra, por lo que se hizo necesario introducir monedas que se adaptasen mejor a dicho estándar. Así, el chelín, que pesaba 144 gramos de plata exactamente, se introdujo con un valor de 12 peniques de plata; mientras que la libra se establecía en un valor exacto de 20 chelines. Esta relación de valor entre las tres subdivisiones (240 peniques una libra, 12 peniques un chelín, un penique) fue introducida; probablemente, los hombres del rey no podrían imaginar que sobreviviría siglos.

El soberano, por su parte, tenía un peso de 240 gramos y fue emitido en 1489, hace ahora 620 años pues, y al valor exacto de una libra esterlina. Lo cual en la época era una jodida pasta. No la llamaron libra porque, como decía, el estándar de aquel entonces era la plata, y la moneda era de oro.

Si el sistema con las monedas de plata funcionaba, en el caso de las monedas de oro no fue tan así. Siendo el patrón de plata, el valor de este metal se veía influido por los vaivenes económicos, cosa que no le pasaba al oro, que tendía a tener su propia oferta y su propia demanda. Con el tiempo, la plata tendió a depreciarse y, puesto que las monedas de oro eran de oro, tendieron a apreciarse. Si a finales del siglo XV se había fijado el valor del soberano en 20 chelines, para el momento en que accedió al trono la reina virgen, Isabel, valía treinta. Por esa razón, el Estado inglés emitió entonces una moneda, la libra de oro, que de nuevo valía una libra exacta, pero pesaba 40 gramos menos que el soberano. El objetivo de los economistas isabelinos es que aquella libra de oro valiese una libra esterlina de plata para toda la vida de Dios pero, sesenta años después, abrumados por la ley de la oferta y la demanda y la puñetera tendencia que siempre hemos tenido los agentes económicos de hacer lo que nos sale del pie y no lo que se espera que hagamos, tuvieron que abandonar el proyecto.

En esos sesenta años (1544-1604), para mantener el valor en plata de la libra de oro, fue necesario acuñarla en pesos cada vez menores, pasando de 200 a 171 gramos de oro; y, aún así, al final del periodo incluso esas monedas más ligeras valían un 50% más de lo que debían. Después de aquella cagada, ya nunca más una moneda de oro llevaría el nombre de libra.

Por cierto, uno de los factores fundamentales que forzaron esta apreciación del oro fueron los apresamientos por parte de los corsarios ingleses de los barcos españoles que volvían de las Américas cargados de plata. Esos apresamientos suponían inyecciones en el sistema económico inglés de contingentes de plata tan enormes que el precio descendía, apreciando el oro. Esta abundancia, además, generó un fuerte proceso inflacionario que depreció notablemente el valor de los metales preciosos en general.

En 1604, el rey Jaime I intenta un nuevo juego revuelto emitiendo una nueva moneda de oro, la unidad, llamada así porque conmemoraba la unión de las coronas inglesa y escocesa. Esa moneda pesaba 154 gramos y tenía, de nuevo, el valor exacto de una libra. Seis años más tarde, ya valía una libra y dos chelines.

Carlos II se enfrentó al mismo cachondeo monetario que sus predecesores. Y tomó la misma medida que ellos, es decir, intentarlo con una nueva moneda. Por eso, acuñó la guinea, llamada así porque el oro usado para su acuñación venía de dicha zona de África. No obstante, Inglaterra tenía delante de sí el problema de volver a restaurar la confianza del sistema en las monedas de plata, afectadas por las continuas depreciaciones y la inflación. La restauración de las monedas de plata al peso estándar fue encargada en 1696 al matemático sir Isaac Newton, más conocido por otro tipo de labores. La Casa de la Moneda, de la que Newton fue nombrado gobernador, recuperó unos siete millones de libras en monedas de plata, las cuales habían perdido peso respecto de su estándar por valor de unos dos millones. En consecuencia, fueron emitidos unos 7 millones de libras.

Todo este proceso había durado siglos, durante los cuales los ingleses, y de paso todos los enterados y enteradillos en economía desde entonces, habían aprendido que es mucho más importante una unidad de cuenta que una moneda física. En todos esos años, lo que había permanecido estable, impasible el ademán, había sido la libra esterlina, la cual, lo recordaremos otra vez, aún no era una moneda, sino una simple relación de peso o de valor. La otra cosa de lo que parecían seguros los ingleses, especialmente después de que las reformas de Newton limpiaron, fijaron y dieron esplendor al sistema monetario basado en la plata, es que este metal había ganado la batalla al oro como patrón monetario. Sin embargo, en las siguientes décadas, los primeros años del siglo XVIII, el patrón plata se vería seriamente amenazado y vería cómo saltaban sus costuras. Y el agente de que esto ocurriese fue completamente inesperado. Hoy estamos muy acostumbrados a verlo, pero entonces nadie lo hubiera imaginado.

Pero esto lo contaremos el próximo día.

viernes, julio 17, 2009

They boil beans everywhere

Contando con que es viernes, un día así como desestructurado, he pensado que voy a romper una pequeña lanza a favor de nuestro sistema educativo. Aprovechadlo, porque es más que probable que sea la única.

Sabido es que nuestros alumnos patrios están cada día peor preprarados y, consecuentemente, meten la gamba en los exámenes que es un gusto. Que haría falta mejorar la educación de los españolitos, es un hecho. Pero también es cierto que, en esta carrera a ver quién dice la burrada más fiera, no están solos.

He pasado un rato leyendo en la red sobre animaladas cometidas por alumnos angloparlantes. En la mayor parte de los casos, cosa que ocurre también en España, el rey del error es el uso incorrecto de una palabra que el estudiante cree designa lo que le han explicado o ha leído, cuando en realidad no es así. Aquí os dejo, para relajar el día, una pequeña antología de estas caralladas, obviamente centrada en la materia de Historia. Espero que la disfrutéis.


Los antiguos egipcios vivían en el desierto de Sara (Sarah por Sahara).

Asimismo, viajaban en camelots (camelot por camel, camello).

Los campos de Egipto se cultivaban mediante irritación (irritation por irrigation).

Las Pirámides son la cordillera que separa España de Francia (Pyramids por Pyrenees, Pirineos).

El primer libro de la Biblia tiene toda la pinta de haber sido patrocinado por una marca de cerveza, puesto que se llama Guinnesses, o sea, Libro de las Guinness (por Genesis).

Dios ordenó a Abraham que sacrificase a su hijo Isaac en el monte Moctezuma (¿ein?).

Moisés tuvo que luchar contra un pueblo aficionado a los sellos, los Filatélicos (Philatelists por Philistines, filisteos). Desgraciadamente para él, murió antes de llegar a Canadá (Canada por Canaan)

El rey Salomón tuvo 500 esposas y 500 puercoespines (porcupine, por concubine, concubina).

La doctrina por cual los cristianos creen que María dio a luz a Jesús sin intervención del hombre se conoce como El Inmaculado Chirimbolo (the Inmaculate Contraption por the Inmaculate Conception). Jesucristo, su hijo, dejó importantes mensajes a la Humanidad, tal como «no es bueno que el hombre sude solo» (Man doth not live by sweat alone). Uno de los grandes seguidores de Jesucristo fue San Mateo, que era taxista (en realidad, se trata de San Pablo; pero no era taxista, taximan, sino recaudador de impuestos, taxman). Según la doctrina cristiana, los hombres sólo pueden tener una esposa, lo cual se conoce como monotonía (monotony, por monogamy, monogamia).

Los antiguos griegos tenían mitos, es decir polillas de sexo femenino (polilla es moth, y mito es myth).

Sócrates murió por una sobredosis de himeneo (el estudiante usa la palabra wedlock, que es una forma anticuada de referirse al matrimonio. Confunde la palabra con hemlock, que es el nombre de la planta de cicuta, de donde se extrae el veneno que bebió Sócrates).

Los griegos guerrearon contra los parisinos (Parisians por Persians). Pero finalmente cayeron, como dice Radio Futura, enamorados de la moda juvenil, y fueron invadidos por Los Ramones (Ramons por Romans).

Martín Lutero fue clavado a las puertas de la iglesia de Wittenberg por vender bulas papales.

Juana de Arco fue encañonada por George Bernand Shaw. En realidad, la palabra usada por el estudiante, cannonized, no existe. Pero, al poner dos enes, hace que la palabra no proceda de canon (canonizar), sino de cannon, cañón. Lo de Shaw no me lo explico del todo, pues Juana de Arco fue canonizada por Benedicto XV. Quizá sea porque Shaw escribió un libro sobre ella.

La marina inglesa derrotó, en tiempos de la reina Isabel, a un armadillo español (Spanish Armadillo por Spanish Armada). En aquellos tiempos, sir Francis Drake circuncidó el mundo (este error lo cometen también los alumnos españoles, sólo que con Elcano).

El mayor escritor del Renacimiento es Agitalanzas (Shakespear), quien fue contemporáneo de Miguel de Cervantes, que escribió El Burro Hote (Donkey Hote).

Una de las razones por las que surgió la independencia de los EEUU fue porque los ingleses se empeñaron en poner tacos mezclados en el té que exportaban a las colonias (en realidad no fueron tacos, o sea tacks, lo que pusieron; sino impuestos, o sea taxes). Luego llegó Thomas Jefferson, que era virgen (Virgin por Virginian, virginiano o de Virginia).

Abraham Lincoln es considerado el mejor precedente de América (precedent por president). Su frase más famosa es: «La cebolla hace la fuerza» (In onion there’s strength, en lugar de In union there’s strength, o sea la unión hace la fuerza). Asimismo, propugnó la Proclamación de Castración (Emasculation Proclamation por Emancipation Proclamation).

Napoleón fue vencido en España por gorilas que bajaron de las montañas (gorrila por guerrilla).

La reina Victoria estuvo 63 años sentada encima de una espina (thorn por throne, trono).

Cyrus McCormick inventó el violador mecánico (Mechanical raper, que viene de rape, violar; por Mechanical reaper, cosechadora).

El Loco Curie descubrió el radio (Madman Curie por Madam Curie).

jueves, julio 16, 2009

Cosas que pienso sobre la financiación autonómica

En medio del ritmo más o menos regular de un post cada dos días sobre la temática de que va este blog se van colando, como la arena entre los dedos, comentarios sobre otras cosas. Espero que a nadie le importe demasiado. A mí, la verdad, no.

Y es que me apetece reflexionar en silencio, pero moviendo los dedos, a raíz de todo este asunto de la financiación autonómica que estos días nos tiene tan contritos a los españoles. Porque es un asunto complejo de analizar en sus muchas vertientes. Voy a ver si me organizo la cabeza al escribir.

El Estado autonómico forma parte del pacto en que se convierte la Transición política tras la muerte de Franco. Consideraciones electorales aparte, puesto que estoy hablando de tiempos en los que aún no se había tomado la opción por la Ley D'Hont. Es un pacto entre los llamados azules, es decir franquistas reformistas que querían traer la democracia y orbitaron, casi todos, alrededor de Adolfo Suárez; y los socialistas, que una vez que se habían lavado los bajos en Suresnes se auparon con facilidad a la categoría de máximos representantes de la oposición al franquismo. Los franquistas de última hora (o, se quiere ver la botella medio llena, demócratas de primera hora) y los nietos de la caverna antiburguesa se dieron cuenta de que nada, absolutamente nada, saldría bien en la Transición sin el concurso de los nacionalistas. Esto no es nuevo. Eduardo de Guzmán, en su fantástico libro 1930, nos cuenta que en la reunión del famosísimo Pacto de San Sebastián, en la que se habló de la vertebración de la República una vez cayese Alfonso XIII, casi todo el tiempo se invirtió discutiendo el ¿Qué hay de lo mío? de los nacionalistas; fundamentalmente, de los catalanes.

Se equivocan quienes piensan que cambiando la ley electoral se van a librar de la influencia nacionalista. La Ley Electoral hay que cambiarla, desde luego; pero no tanto para reducir la influencia de los nacionalistas, que está por ver que sea excesiva de acuerdo con sus votos; como para hacerla verdaderamente democrática. A mí, personalmente, me gustaría un sistema a la inglesa, con distritos pequeños y votaciones abiertas. Yo no quiero votar a 32 cantidatos; quiero elegir uno, y que, además, por ley me tenga que dar su teléfono y correo electrónico para que pueda tocarle los cojones cada vez que diga, haga o vote algo que no me guste.

Pero no quiero desviarme. La ecuación de España sólo se revuelve despejando las incógnitas de los nacionalismos vasco, catalán y navarro (sí, escribí bien: vasco, catalán y navarro. Y punto pelota.) El estado de las autonomías no fue un intento de resolverlo. Fue un intento de tirar para delante para «reservar» el problema nacionalista, darle una histórica patada a seguir y que no tocase los cojones en un momento en el que los gobiernos se podían pasar días enteros haciendo cábalas para no colocar al frente de la División Acorazada Brunete a algún héroe de vía estrecha que la acabase utilizando para mandarlo todo a tomar por culo. Las autonomías son un invento perpetrado por Abril Martorell et altera y, cuando es el PSOE el que gobierna, sus jóvenes líderes encuentran cómodo mantener el momio en un trantrán que yo creo que nadie tenía claro adónde iba a llegar. Pasado un cierto tiempo, yo diría que el final de los ochenta, se cumple la Ley de Hooke y el muelle, a fuerza de estirado, ya es incapaz de regresar a su posición original. En los años noventa, las autonomías alcanzan su techo competencial y, con ello, dejan de ser esas instituciones exóticas de la década anterior, cuyo destino parecía ser pagar la factura para traer a Bob Marley al Calderón, patrocinar exposiciones ultraístas y defender el medio ambiente, para ser la administración responsable de la sanidad, la educación y un montón de cosas.

Como consecuencia, el Estado de las Autonomías es un submarino que fue construido para no pasar de los trescientos metros de profundidad con el cual, al parecer, estamos intentando darnos una vuelta por la fosa de las Marianas.

Yo no sé a vosotros, pero a mí lo que más me ha llamado la atención de las informaciones sugidas en estos días es que el gobierno central le ha dicho a los autonómicos: os voy a dar 11.000 millones más. Pero no ha dicho, acto seguido, lo que en mi opinión es fundamental, y que es: y yo, gobierno central, voy a reducir mis gastos en esto, esto, y esto, por valor de 11.000 millones. Este detalle es el que delimita el principal error de diseño del Estado de las autonomías: no es un diseño basado en una relación entre A y B, en la que A empequeñece y B aumenta. No son vasos comunicantes. A empequeñece, relativamente, pero muy poco; mientras B crece acromegálicamente. El Estado de las autonomías no es un sistema basado en una redistribución de los recursos; es un sistema basado en el incremento de los recursos.

Por eso, precisamente, el Estado de las autonomías excita el problema básico que ha tenido siempre la tensión entre el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos, que es la cuestión que hoy solemos resumir con el concepto de balanza fiscal. Que las balanzas fiscales reales no se puedan calcular no borra el problema. En un entorno en el que el sistema se basa en el crecimiento de los recursos, es inevitable que acabe produciéndose el enfrentamiento entre quien aporta más a ese crecimiento y el que tiende a aportar menos, o sea a pillar más. Es imposible, a mi modo de ver, que los conspicuos padres de la Patria de hace treinta años no fuesen plenamente conscientes de que esto iba a acabar ocurriendo. Lo que pasa es que dijeron lo que siempre dice un político: un problema que va a estallar dentro de treinta años no es un problema, al menos para mí.

El problema de las autonomías y su financiación es, sustantivamente, el choque de trenes de dos ideas básicas:

- Por un lado, está la idea de que una nación debe tener solidaridad interna. Igual que los ricos, vía IRPF, pagan a los pobres porque satisfacen muchos más impuestos que servicios reciben, debe haber territorios desarrollados que financien a los menos desarrollados.

- Por otro lado, está la idea opuesta, que no es en modo alguno privativa de España. Se ve, por ejemplo, con claridad meridiana, en Italia, donde en la muy rica Lombardía ha terminado por germinar un nacionalismo con claros tintes ultramontanos, que ha vendido durante décadas la imagen del lombardo sudando la gota gorda para pagar sus impuestos, impuestos que se gastaban en que romanos, napolitanos, calabreses y demás ralea se diesen, presuntamente, la vida padre.

El problema de ambas teorías es que las dos son ciertas. Si una fuese una invención, una falacia, sería fácil gobernar: con atacar esa idea falsa bastaría. Pero no es el caso.

Los españoles preocupados por este enfrentamiento han intentado en la Historia resolver este problema por dos vías. Una es la vía vasconavarra; apoyados por el concepto casi mitológico que de sí mismo tiene el pueblo vasco nacionalista, los vascos y navarros han desarrollado la idea de que los privilegios normativos de que gozaban, los famosos fueros, son inmanentes a su existencia. Fueros, en la Edad Media y en el Renacimiento, tuvieron muchos territorios además de los vascos y navarros. De hecho, en gran parte la construcción de los Estados modernos pasa por acabar con esos fueros. Los vascos, sin embargo, supieron defenderlos y construir a su alrededor toda una teoría que hacía de los fueros algo más que unas leyes, igual que el Barça es más que un club. La resistencia de los vascos a perder los fueros es tan fuerte que ha provocado tres guerras civiles. Porque hay quien puede pensar que las tres guerras carlistas fueron la guerra del Altar y el Trono contra la España liberal; y lo fueron. Pero si duraron, si se enquistaron de la manera que lo hicieron, fue, en gran parte, por el sólido apoyo que el carlismo y el tradicionalismo encontraron en Vascongadas y Navarra.

La segunda propuesta es la de la I República y el nacionalismo catalán histórico, que bien puede representarse con las Bases de Manresa. Es una solución federal, probablemente más coherente con lo que se quiere hacer. Porque uno de los cuentos de Calleja de la financiación autonómica, cuento que nos contaba Suárez, nos lo contó Felipe, continuó Aznar y ahora repite como un loro Zapatero, es eso de la corresponsabilidad fiscal. En España no hay corresponsabilidad fiscal, salvo en las comunidades forales claro, porque la corresponsabilidad fiscal presupone que el corresponsable te cobre los impuestos.

La corresponsabilidad fiscal pasaría por la existencia de tantas haciendas como autonomías. Entonces la autonomía recaudaría los impuestos de sus ciudadanos. Esta solución, como digo, es teóricamente más sólida y es la que sostenían los nacionalistas catalanes de finales del siglo XIX, en su mayoría empresarios y propietarios industriales preoocupados porque la política arancelaria se diseñase desde Madrid. Pero todo en este terreno se parece al esfuerzo de tapar a Pau Gasol con la manta de un niño de siete años. Si las autonomías recaudasen sus impuestos, entonces ya no existirían balanzas fiscales, no existiría la solidaridad interna del sistema. Es más: las diferencias se incrementarían. Porque a quien cobra los impuestos tienes que darle capacidad normativa sobre los mismos; y, existiendo dicha capacidad normativa, las entidades ricas tenderán a conceder deducciones más generosas, mientras que las pobres tendrán que intentar recaudar lo más posible de cada contribuyente. Y, por mucho que los economistas de izquierdas se desgañiten, lo cierto es que la curva de Laffer se cumple muchas veces: bajando impuestos se recaudan más impuestos, porque se incrementa la actividad. Los grandes contribuyentes de comunidades pobres se harían residentes de las comunidades ricas para poder pagar impuestos allí. Consecuentemente, como digo, los ricos tenderían a ser más ricos y los pobres, más pobres.

Además, está la enseñanza histórica, muy presente en la II República española, que es la primera que inventa el pastiche éste de las autonomías. La enseñanza histórica es la I República, un periodo muy corto que a menudo no se cita, del que no se habla, pero que enseñó muchas cosas. Ahí se ensayó el esquema federal y lo que ocurrió, simple y llanamente, es que el país se rompió. Algunos territorios de España incluso se declararon la guerra. Y el hecho de que el summum que pen de aquel proceso no sea la villa de Cornellá del Vallés, o de Lequeitio, sino la muy murciana metrópoli cartagenera, nos demuestra que no estamos hablando de un fenómeno limitado a eso que llamamos autonomías históricas. Como consecuencia, todo lo que huela a federalismo, en España, tiene resistencias muy fuertes. Son muchas las cabezas españolas, desde Cánovas hasta Azaña, desde Indalecio Prieto hasta José María Aznar, que se han mostrado dispuestas a poner pies en pared ante las pretensiones pimargallianas.

Acertó el ministro Solbes al decir que el asunto de la financiación autonómica es un sudoku. Pero no en el sentido que él decía, de cuadrar las cifras. Es un sudoku filosófico, estratégico. Es un merdé en el que no está claro por dónde se puede tirar, razón por la cual está rodeado de oscurantismo. Porque llevamos meses hablando de esto y, a día de hoy, no tenemos aún algo tan sencillo como una tabla con el reparto del dinero. Bueno, de hecho, nunca, ni ahora ni en el pasado, se ha publicado dicho reparto con indicación de la composición de dichas transferencias según el factor que los origina (población, insularidad, dispersión... etc.) En el asunto de las comunidades autónomas, los políticos actúan como un profesor de matemáticas que se dirigese al alumno diciéndole: «la solución al problema es 7; pero no me preguntes cómo lo he calculado».

El proceso, como digo, está, a mi modo de ver, entrando en una nueva etapa que sabe Dios dónde y cómo puede terminar. El momento actual, efectivamente, tiene los tintes de lo nuevo, de lo que surge de un cambio significativo.

Porque yo no sé si os dais cuenta, pero estamos entrando en el franquismo inverso.

El franquismo fue un periodo fuertemente centralista. Yo lo viví en una esquina periférica, La Coruña. Allí había cantinelas que la gente repetía sistemáticamente. La más popular era la que se preguntaba dónde estaba el dinero de las cajas de ahorros. Según esta leyenda urbana, los emigrantes gallegos se abrían cuentas en oficinas de las cajas de ahorro españolas en su país de trabajo, para poder enviar dinero a casa. Luego ese dinero llegaba a España y se gastaba en hacer obras públicas en cualquier otro lugar que no fuese Galicia (preferentemente Madrid).

El centralismo franquista alimentó generosamente el victimismo periférico. Lo convirtió en una verdad oficial que hasta los mismos madrileños creían porque, al fin y al cabo, los madrileños, y esto es algo que catalanes, vascos, gallegos y demás familia, jamás entendieron o quisieron entender, los madrileños, digo, no se veían especialmente beneficiados por el franquismo, el cual les hizo vivir en una ciudad monstruosa, incómoda, peligrosa, y no digamos los esforzados inmigrantes interiores que se fueron a vivir a las llamadas ciudades dormitorio; Móstoles, a principios de los setenta, era como para pegarse un tiro en cada testículo.

Ayer, sin embargo, escuché a un político madrileño, Antonio Beteta, clamar en la radio: «No puede ser que un madrileño valga la mitad que un catalán». Cualquier español de más de cuarenta años y con suficientes gigas en el disco duro tendrá, ante esta frase, una fuerte sensación de dejá vu. Y, al mismo tiempo, de desazón. Se sentirá raro, incómodo. La frase es conocida, pero algo... algo falla. Y lo que falla es el orden de los factores, que altera el producto.

Tenemos, a la vuelta de la esquina, el victimismo madrileño. Que es como decir el antiesclavismo blanco. No es del todo nuevo, pues ha venido alimentándose en los últimos cinco o seis años. Sé que hay mucha gente, de dentro y de fuera de Madrid, que no se puede explicar que tanta gente vote a Esperanza Aguirre. Pero eso es porque aún no se han cambiado el chip y, por lo tanto, no pueden imaginar que eso del victimismo funcione en un sitio como la CAM. Y, efectivamente, hace menos de diez años yo habría jurado solemnemente que no funcionaría. Y me habría equivocado.

Dicen los analistas que la oferta de financiación autonómica ha sido diseñada por el gobierno para conservar su vivero de votos catalán. Probablemente es así. Lo que no sé si habrán colocado en sus cálculos los miembros gubernamentales es que, con la misma mano con que conservas ese invernadero de votantes, echas el cierre al de Madrid y, probablemente, al de la Comunidad Valenciana. En las últimas elecciones en las que el PSOE ha salido más o menos trasquilado siempre hemos visto a politicos salir a hacer valoraciones con un leiv motiv: descontado Madrid, la cosa no va tan mal. Ese «descontado Madrid» parecía dar al tono azul de la región una característica de provisionalidad. Quienes sigan pensando así, quienes sigan pensando que lo que pasa en Madrid es que está pasando un viento de derechas, un viento que se irá, deberían escuchar las soflamas de Beteta. Porque no hay nada como el victimismo para consolidar las tendencias.

Lo más triste de todo, a mi modo de ver, es que la pelota lleva ya tantos años rodando que la solución racional es ya poco menos que imposible. Si el Estado central no gusta porque es lejano e injusto, vale. Pero para eso se inventaron, ya en la Edad Media, los poderes locales.

miércoles, julio 15, 2009

Mussolini (y 6)

El 24 de enero de 1943, los aliados toman esa misma ciudad de Tripoli donde Mussolini desembarcó camino del cesáreo triunfo alejandrino que nunca se produjo. Además, Italia comienza a ser objeto de bombardeos, notablemente sus poblaciones del norte, lo cual provoca serio descontento de la población y huelgas. Aún y a pesar de lo evidente del desmoronamiento de Italia, en mayo de ese año, Mussolini aún promete el regreso al continente de las tropas italianas.

El 10 de julio de 1943, con todo su poderío y también bastantes ayudas por parte de la Mafia, los aliados desembarcan en Sicilia. Nueve días más tarde, se produce el primer bombardeo sobre Roma. Al Duce comienzan a crecerle los enanos, como siempre les ocurre a los hombres de poder en la hora de la derrota. Forzado por esos colaboradores que ya no creen ni en las palabras ni en las ideas de Mussolini, éste se ve obligado a convocar una sesión del Gran Consejo Fascista, el 24 de julio de 1943. La sesión se celebra a las cinco de la tarde de aquel sábado. Al entrar en la sala, Mussolini ya sabe que Dino Grandi, presidente de la Cámara, va a presentar una propuesta para que el mando de las fuerzas armadas italianas sea retrotraído al soldadito de plomo Víctor Manuel.

Quizá alguno de vosotros, leyendo el párrafo anterior e imaginando la escena, esté esperando de don Benito un fuerte estallido de cólera. Os equivocais. Ése hubiese sido Hitler, con seguridad. Si a Hitler le montan una reunión de jerifaltes en la que alguien hubiese osado proponer que se quitase de enmedio, le habría soltado tal cascada de ladridos que el proponente, con seguridad, habría terminado acojonado en un rincón. Pero Mussolini estaba hecho de otra pasta. Tenía, desde luego, ambición de poder; pero carecía de esa decisión, algunos piensan que psicótica, de su aliado alemán. El Duce que escuchó las palabras de Grandi se limitó a desabrocharse la camisa y musitar: «parece que esta tarde la suerte me ha dado la espalda».

Hablaron Polverelli y el yerno del Duce, Ciano. Ambos pusieron a los alemanes de cabrones para abajo, sostuvieron la idea de que era su abandono el que tenía a Italia al borde del KO y, consecuentemente, abrieron el portillo para que Italia contestase a la traición con traición, abandonando el Eje. Esto fue demasiado para Farinacci, quizá el dirigente fascista más enloquecido (además de decididamente pronazi) quien salió en defensa de las divisiones hitlerianas.

En ese punto, Mussolini tomó la palabra para dolerse de las críticas que se vertían sobre el fascismo en las intervenciones. Alfredo de Marsico y Luigi Federzoni le contestan con virulencia. Especialmente Federzoni, presidente de la Academia italiana, quien contesta a la afirmación de Mussolini de que todas las guerras son impopulares aseverando que aquélla si lo es, pero por fascista, no por guerra.

A las dos de la mañana, después de nueve horas de debate, se pasó a votación la proposición de Grandi. Cuando De Bono y De Vecchi, dos fascistas de primera hora, votaron a favor de la propuesta, quedó claro que la suerte estaba echada. La propuesta ganó por 19 votos a favor contra 8 en contra y una abstención.

Existen indicios de que Mussolini se creció tras la votación, interpretando que se trataba tan sólo de un consejo no ejecutivo. Al día siguiente, por la tarde, se presentó ante el rey para despachar la reunión casi como si tal cosa. No se sabe a ciencia cierta de que hablaron el ampuloso jefe de gobierno y el liliputiense jefe del Estado. Lo que se sabe es que, a la salida de la reunión, tropas leales a Victor Manuel detuvieron a Mussolini.

Un solo fascista, el senador Morgagni, cayó con su Duce; se pegó un tiro en la sien cuando supo de su detención. El resto de los fascistas, y el resto de Italia, se aplicaron a una rápida terapia colectiva de borrado de disco duro que no es, en modo alguno, exclusiva de los italianos. El pueblo francés, sin ir más lejos, olvidó, a partir de 1945, que en su inmensa mayoría estaba formado por personas que habían colaborado con el gobierno de Vichy, cuando no directamente con los nazis. Personas que, si no sabían, sí sospechaban que esos judíos compatriotas que los alemanes se llevaban en trenes de mercancías no eran transportados precisamente a parques de atracciones. Francia olvidó con elegancia que la Resistencia, en realidad, estuvo formada por cuatro gatos mal contados. La misma elegancia se da en la España de los años setenta, en la que, de la noche a la mañana, todo dios tenía pedigree antifranquista, hasta el punto de que, de creer las confesiones de la época, resulta difícil responder a la pregunta de quién narices apoyó a Franco en los últimos diez o quince años de su dictadura.

Italia no fue una excepción. Así pues, en todas las esquinas de la patria, el quemado de retratos oficiales del Duce, la rotura de carnés y otros certificados, se convirtió en el deporte nacional. Italia aceptó barco como animal acuático y se convenció de que nunca había sido fascista. La leyenda urbana pervive a día de hoy, como, ya digo, pervive la de que todos los franceses eran de la Resistencia o en la España de Franco no había franquistas.

La caída de Mussolini fue anunciada al país a las once de la noche del 25 de julio, unas cinco horas después de su detención. Le sustituyó en el gobierno el mariscal Pietro Badoglio. Desde ese día hasta el 3 de septiembre, que se firma el armisticio, la pareja Víctor Manuel-Badoglio jugará constantemente a dos cartas, comiéndole la oreja a los alemanes y tratando de negociar al mismo tiempo con los aliados. Esto sí que es muy italiano.

En septiembre de 1943, cuando Italia le dice a los aliados eso de vamos a apagar a la luz, la volvemos a encender y aquí no ha pasado nada, Hitler, que de tonto no tenía ni un pelo, ha concentrado en Italia 400.000 hombres. Estos 400.000 hombres invadieron Italia desde dentro, hicieron unos 700.000 prisioneros entre las desmoralizadas tropas italianas, y fusilaron a varios miles de esos militares. Hitler no creía las promesas de Badoglio (en algunas de sus famosas actas de Estado Mayor lo pone de vuelta y media constantemente) y, consecuentemente, desde el mismísimo día de la detención de Mussolini se aplicó a la invasión. El rey Víctor Manuel huyó a Brindisi, bajo la protección aliada. Con ello, prestó un servicio histórico a su país, pues el Estado italiano siguió existiendo del lado aliado lo cual, al final de la guerra, sería de gran valor (tanto como para poner a Italia en el bando de los vencedores, lo cual tiene mucha, pero muchísima coña); sin embargo, fue un gesto de cobardía que costaría la monarquía.

Tras varios traslados, Mussolini fue recluido en un hotel de Campo Imperatore, en los apeninos. A las dos de la tarde del 12 de septiembre, mientras estaba asomado a la ventana contemplando la patria de Marco y el mono Amedio, ve un planeador aterrizar a unos pocos cientos de metros del hotel, y bajarse del mismo a un destacamento de paracaidistas alemanes. Al día siguiente, llega a Munich. Y el 14 se entrevista con Hitler en Berchstersgarten.

Es fácil de imaginar que esa entrevista no debió de ser agradable para el Duce. Él quería relaciones de igual a igual. Año y pico antes se creía con capacidad de reclamarle a Hitler el poder sobre una parte de Egipto, y ahora ya sólo era su subordinado.

El 19 de septiembre, todavía desde Munich, Mussolini se dirige al pueblo italiano una vez que, según el anuncio oficial alemán, ha retomado el poder en Italia. El discurso del Duce se parece poco a los que ha hecho hasta entonces. Da la impresión de que quiere volver a sus orígenes socialistas, así pues hace un discurso muy obrerista, muy campesino. Esas cosas.

Mussolini quiere volver a Roma. Pero ahora ya sólo es un becario fascista de los nazis. Éstos deciden que establezca su capital en Saló, en el lago de Garda. El 23 de septiembre nace la República de Saló. Una semana después, la población de Nápoles se rebela y los alemanes, incluso los alemanes, tienen que salir de allí por patas. Mussolini no tendrá ni ejército: a los 700.000 soldados prisioneros, deportados a Alemania, se les ofrece la libertad a cambio de enrolarse en el ejército de Saló. Se apuntan unos 7.000, o sea, una mierda pinchada en un palo.

Mussolini, además, no puede hacer nada para limar el tono gravísimamente sangriendo que toman las acciones de Hitler en Italia. En Montezemolo, el ejército alemán, como represalia por la muerte de 32 de sus miembros, ejecuta a 355 partisanos. En Marzabotto, la SS masacra a niños, mujeres y hombres, hasta que no quedó nadie. En Verona, la República Social de Saló monta un proceso en el que son condenados a muerte cinco miembros del Consejo Fascista que votaron a favor del despido de Mussolini: el propio yerno del Duce, Ciano; De Bono, Pareschi, Marinelli y Gottardi.

El 5 de junio de 1944, los americanos entran en Roma. El 20 de agosto ocupan Florencia. La guerra avanza y en 1945, tanto los alemanes como los camisas negras acabarán huyendo apresuradamente, pues en cada pueblo de Italia son cazados y masacrados.

Abril de 1945. Ahora ya no es Italia sola; es la propia Alemania de Hitler la que se está desmoronando. El 16 de dicho mes, en Gargnano, Mussolini celebra consejo de ministros de la República de Saló, en el que anuncia su intención de ir a Milán. En la gran ciudad italiana están concentradas las tropas fascistas, y el Duce espera poder mandarlas para conseguir una retirada hacia la Valtelina o, quizás, hacia Suiza. Pero una vez que llega a Milán comprueba que la situación en la ciudad es caótica. Por eso, dedice huir a Como, cerca de la frontera suiza. Cuando llega a esta ciudad, ya muy pocas personas quedan a su lado. Mussolini tiene miedo. Teme que su destino sea el que finalmente fue. Piensa en entregarse a los ingleses, confiando en que le respetarán. Pero luego se da cuenta de lo impracticable de sus planes.

El que fuese jefe industible de Italia entera ya sólo tiene la esperanza de que Pavolini llegue con 5.000 fascistas para escoltarlo en su huida. En los días de espera, llega Clara Petacci, su amante, su particular Eva Braun, la mujer que lo admira incluso ahora que está tembloroso, avejentado y vencido; y que, como Eva Braun, rendirá ese último tributo, sólo posible en una mujer enamorada, de morir con él.

Mussolini espera, pero Pavolini no llega. A las tres de la madrugada del 26 de abril, no puede más y emprende la huida. En Menaggio, por fin llega Pavolini. Pero llega solo. Ya no hay escuadras fascistas. En esas condiciones, no podrán pasar la frontera, porque está controlada por los partisanos. El 27 de abril, amanece en Menaggio con el sordo rumor de una pequeña columna de camiones alemanes que huye hacia Suiza. Los fascistas se unen al convoy. En el camino hacia Dongo, son interceptados por los maquis de la 52 brigada Garibaldi.

Los jefes partisanos, Urbano Lazzaro y Luigi Bellini delle Stelle, negocian con el comandante alemán. Las condiciones son éstas: les dejarán pasar a condición de que todo ciudadano italiano se quede con ellos. A las cuatro de la tarde, en la plaza de Dongo, se efectúa el control.
Mientras están en ello, un tipo llamado Giuseppe Negri se acerca a Bellini. Negri ha sido marinero en los años anteriores y, en condición de tal, formaba parte de la tripulación de un barco que transportó a Benito Mussolini de la isla de Ponza a la de Madalena, en junio de 1943. Con un susurro, le informa que un cabo alemán entrado en años que está como ausente en uno de los camiones es, en realidad, el otrora máximo mandatario de Italia y, si hemos de creer en las formas fascistas, aún presidente de la República Social de Saló.

Bellini se acerca a su compañero, a quien todos llaman Bill, y le dice_

-Bill, ghè chi el crapún.

O sea: Bill, está aquí el cabezón.

Se acercan al Duce. Lo reconocen y conminan para que se baje del camión. Mussolini, cabizbajo, obedece. Ya en el suelo de la plaza, a unos pasos del camión, intenta una última baza. Se vuelve a los alemanes y les grita:

-¿Aber so, ohne Kampf?

... que es una forma bastante macarrónica de preguntar en alemán: ¿os rendís así, sin luchar? Pensara lo que pensara el Duce, no hablaba alemán.

Walter Audisio, conocido como Coronel Valerio, un dirigente partisano de izquierda radical, condujo desde Milán hasta Dongo cuando supo la noticia. Al llegar a la población, se presentó ante Mussolini y Clara Petacci y les anunció que se los llevaba. Es prácticamente seguro que ambos supieran con certeza lo que significaba aquel inopinado traslado. Ella entró en el coche llorando quedamente, y él la abrazó y no la soltó durante todo el trayecto.

A las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de 1945, el coche se detuvo en un descampado, junto a una verja. Los dos prisioneros fueron sacados del automóvil y colocados frente a dicha verja. En ese momento Valerio, quizá borracho de nervios, comenzó a lanzar improperios y a gritar y a afirmar que les iba a matar. Tomó su metralleta y disparó, pero el arma se encasquilló. Entonces tomó su pistola y empezó a darles a ambos tiros arbitrarios hasta que Bellini, que iba con él y que probablemente estaba más sereno, acabó todo con una ráfaga de metralleta.

Los cuerpos de Mussolini y de Claretta Peracci fueron llevados a Milán, donde fueron colgados por los pies en la Piazzale Loreto, para su contemplación por la gente, en un espectáculo que tiene muy poco de edificante. Lo mismo se puede decir de su muerte, propia de países sin gobierno efectivo, como probablemente era el caso de la Italia de 1945.




Benito Mussolini es el prototipo del político amoral, oportunista, de escasas luces pero inteligencia estratégica. El mundo, y me refiero al mundo político, está lleno de tipos como él; que no hayan llegado al poder no quiere decir que no existan. Pero, más allá del asunto de los perfiles personales y esa parte de la Historia que sin duda está ligada a las personas que las hacen y los momentos en que viven, Mussolini es, a mi modo de ver, el principal representante de eso que llamamos fascismo. Mucho, muchísimo más que Adolf Hitler, cuyo régimen nazi tuvo otros matices más propios y complejos.

Hay que estudiar a Mussolini. Y hay que estudiarlo con sentido crítico. El ensayista académico o el profe de Historia de Bachillerato que caiga en la tentación de contar esta historia como si fuese el relato de algo que pasó en otro planeta distinto de éste en el que vivimos, cometerá un error. La gran enseñanza que nos deja la historia de Benito Mussolini y la Italia de 1925 es que, de cada veinte personas que caigais en este blog y leais estas mismas líneas, no menos de 17, de haber vivido hace tres cuartos de siglo en los Abruzzos, habríais (habríamos) sido fascistas.

Lo verdaderamente escalofriante de Mussolini es lo histriónico que era; lo limitadito que era; lo radical que era. Ojalá pudiésemos decir que Benito Mussolini fue un hondo intelectual lector de Tomás de Aquino. Ojalá pudiéramos decir que fue un matemático imponente o, cuando menos, que labró su popularidad porque en su juventud fue el mejor jugador de calcio de toda Italia. Ojalá pudiéramos decir que fue singular. Lejos de ello, y a pesar de tener ciertas dotes para la propaganda y el juego de los tiempos políticos que me parecen fuera de lugar, Benito Mussolini fue uno más.

Como tú.

Como yo.

Pensad en esto. Merece la pena. Cuanto más jóvenes seais, más pena merece.